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Primer amor, primer temor - George Zebrowski


Hacía frío en el agua. El sol se ocultó detrás de unas nubes en el oeste y bajó la temperatura del aire; el cielo se tiñó de un azul más intenso, el mar se tornó más oscuro. 
Tim caminaba por el agua, mientras contemplaba al disco anaranjado del sol entre las nubes agrupadas en el horizonte, un sol que ya no calentaba, un globo de cadmio rodando entre cenizas, otra señal de que por fin acababa el largo segundo verano de Lea.
La estrella volvió a emerger de pronto, iluminando el cielo calentándole los hombros mojados. Tim miró la roca dentada que asomaba fuera del agua frente a él; estaba cubierta de relucientes algas verdes. Nadó hacia ella con renovadas energías.
Su padre le había prohibido alejarse demasiado de la costa, pero nunca se enteraría. Había ido al astropuerto a cien millas de distancia sobre la costa para recoger a una pareja y su hija que iban a compartir su casa, y tardaría una semana en regresar.
De pronto Tim tuvo miedo de las profundidades que se abrían debajo de él. El agua fría subía con fuerza y se arremolinaba en torno a sus pies, haciendo temblar todo su cuerpo. Recordó la madre pólipo que había desenterrado en la playa el verano anterior. 
Era el caparazón muerto de una criatura cuyos pequeños se habían abierto paso a mordiscos en primavera, dejando a la progenitora abierta y corroída. Las entrañas llevaban un tiempo pudriéndose cuando él la encontró, y tenían el aspecto de hongos rojos e hígado fresco cubierto de arena, una mezcla con olor a arena y a descomposición. La cubrió a toda prisa y su estómago tardó un día en recuperarse. ¿Tendría ahora alguna de esas cosas nadando bajo sus pies?
El planeta era un enorme océano, de varias millas de profundidad en algunos puntos, cálido y poco profundo a lo largo de miles de millas cuadradas en el resto. 
Nueva Australia era el único continente, con un astropuerto situado hacia el interior, junto a la costa oriental, al sur del lugar donde se encontraba la casa rural de la familia, y dos docenas de poblados dispersos en semicírculo, más alejados del astropuerto, el más distante de ellos a ciento cincuenta millas de la costa. 
El interior permanecía inexplorado, a excepción de los mapas fotográficos obtenidos por satélite. Era una enorme meseta boscosa cubierta de altos árboles, algunos de ellos con miles de años de antigüedad. Esa tierra era única entre los mundos explorados, pues no contaba con una población nativa como ocurría con la mayoría de los planetas habitables para el hombre. La población de aquel mundo vivía en el mar.
Tim nadó más rápidamente a medida que se aproximaba a la roca, todavía preocupado por la idea de lo que le podía estar acechando bajo el agua. Sus manos y sus pies tocaron las resbaladizas rocas sumergidas; se agarró a las plantas acuáticas que crecían de trecho en trecho y se izó hacia delante, medio nadando, medio arrastrándose sobre las rocas ocultas. Por fin se puso de pie en el agua, en precario equilibrio.
Fue avanzando con cuidado, adelantando primero un pie, luego el otro, hasta situarse frente a la aguja rocosa. Un cangrejo extraterrestre echó a correr hacia el agua, a sus pies. Tim se volvió y miró la playa a sus espaldas, pero no podía oír el rompiente, y las altas rocas cubiertas de arena se veían pequeñas a un cuarto de milla de distancia. Los nudosos árboles de negra corteza aferrados a las rocas de la playa se dibujaban nítidamente contra el cielo.
Apartó la mirada de la playa justo a tiempo para ver desaparecer el sol anaranjado tras las nubes oscuras que se iban acumulando sobre el borde del mundo; comprendió que no volvería a emerger antes de ponerse el sol.
Se agarró a las plantas trepadoras que crecían sobre la aguja y comenzó a circundarla por la derecha, con la intención de dar la vuelta a su alrededor. Avanzaba despacio, mirando a todos lados mientras se movía. El azul acerado del agua le daba una tonalidad más oscura al mismo cielo. La brisa iba secando rápidamente su piel y su bañador, y se detuvo para apartarse unos cabellos de los ojos. Por un instante, su mano le pareció más oscura, casi como si en cierto modo el mar la hubiera teñido.
La playa quedaba ahora a su izquierda y pudo ver la primera luna que asomaba detrás de las rocas, un pequeño espejo plateado, el objeto más brillante del cielo una vez desaparecida la luz directa del sol. Sabía que cuando nadara de regreso, el agua estaría más fría. En invierno podría intentar llegar hasta allí andando sobre el hielo.
Bordeó la roca hasta donde ya no se divisaba la playa. El aire tenía un olorcillo penetrante, producido por una tormenta en alta mar y arrastrado por el viento. Una pequeña ola rompió contra la roca, salpicándole de espuma, y Tim paladeó su frescor con un estremecimiento.
Se frotó los ojos, apartando de ellos un poco de agua, y vio la muesca superficial en la base de la roca. La miró más de cerca. Era casi como una pequeña cueva. Se inclinó y se puso de rodillas para verla mejor.
Cuando descubrió la oscura sombra agazapada ahí dentro le empezó a latir con fuerza el corazón. Ella se inclinó hacia delante y clavó la vista en él. Las pupilas eran de un rojo encendido, rodeadas de un blanco perfecto. Él vio cómo se abrían y cerraban lentamente las agallas de sus espaldas, absorbiendo el aire, jadeantes. Miró con más precisión y advirtió que el interior de las agallas era de un delicado color rosa. 
Era una muchacha, una habitante del mar; estaba seguro de que así era, a pesar de no haber visto nunca a una muchacha viva, ni humana ni nativa, que él pudiera recordar. 
Había visto fotografías de mujeres y también de su madre, quien había muerto de parto. Su padre le había criado con ayuda de Jak, su empleado, que era amigo de Tim y le había enseñado a utilizar la máquina de aprender traída de la vieja Tierra.
Se incorporó y retrocedió mientras ella extraía su cuerpo de la baja cueva, dejando caer sus cabellos hasta la cintura. Casi tenía la misma estatura que Tim, un metro y medio aproximadamente. 
Desprendía un cálido y agradable olor húmedo que le hacía desear permanecer cerca de ella. Se detuvo a sólo medio metro de él y Tim sintió y oyó su aliento que removía el aire junto a su cara.
Tenía los pies palmeados; sus piernas eran largas y delicadas para su estatura y constitución. La cintura era fina, pero tenía las caderas llenas; el vello púbico era una masa de rizos de ébano, entre los que colgaban gotitas de agua y espuma como lechosas perlas blancas. Sus largos cabellos negros le tapaban parcialmente los senos.
Él sintió una vaga expectación. Se estaba levantando el viento, secándole el bañador y la piel y poniéndole carne de gallina. Su único pensamiento era que debía permanecer quieto y mirarla sin apartar los ojos de su figura hasta que ella dejara de prestarle atención. Sintió un nudo en el estómago y una gran alegría de que ella también le mirara. 
Empezó a oír su pulso, que palpitaba en sus oídos, por debajo del susurro del viento. El placer iba acompañado de una sensación de fuerza. No le importaba la fría travesía de regreso a nado; no le importaba el viento cada vez más fuerte y la creciente oscuridad. 
La roca, el cielo, el viento y el hogar de donde había venido eran irreales; su padre era una imagen distante, muy alejada de la vívida realidad que le rodeaba.
Ella se le acercó un paso, con los ojos fijos en él, su mirada atenta y curiosa. Le sonreía. Él observó que no tenía cejas y su piel gris estaba cubierta de una película viscosa que captaba curiosamente la luz. Desprendía un olor embriagador.
Adelantó una pierna, doblada a la altura de la rodilla, y le rozó con ella en un gesto que le hizo suspirar profundamente y estremeció todo su cuerpo. 
Después abrió la boca y emitió una apaciguadora nota de soprano, casi como un fragmento de una canción que no cantaría. Tim olió el frescor del agua de mar en sus cabellos.
Permaneció totalmente inmóvil, comprendiendo que debía hacer algo. La presencia de ella parecía milagrosa, y tal vez jamás volviera a repetirse un momento como ése. Tendría que intentarlo.
Ella alargó una mano palmeada y palpó su vientre, desnudo, por encima del bañador; esto quebró la voluntad de Tim. Luego palpó con curiosidad el verde tejido sintético, como si pensara que tal vez formaba parte del cuerpo del muchacho.
De pronto ella avanzó, pasó rozándole con todo su cuerpo y se zambulló en el agua entre las rocas. Él se volvió y la siguió en el acto, se adentró en el agua y se lanzó veloz en su persecución. Nadó un par de metros y tocó fondo, esperando que ella saliera a la superficie.
Sin nada que lo anunciara, ella se apretó contra Tim bajo el agua y su cabeza apareció enfrente de él. Nuevamente sonreía; sus cabellos eran una maraña de negras algas rebosantes de agua. Su cuerpo se apretó tenso contra él por un instante y Tim acarició sus redondos senos con los dedos. Y entonces ella desapareció otra vez.
Por el oeste, el horizonte estalló en distintos matices de rojo y azul oscuro sobre el agitado océano. El puño cerrado de las nubes que retenían al sol poniente se abrió sólo un instante para revelar la hinchada y deforme esfera que ya se hundía en el mar, tiñendo las nubes y ensombreciendo el agua con su rojo apagado.
Ella volvió a emerger a un par de metros de distancia. Expulsó el agua por las agallas y él sintió un deseo desesperado de tenerla cerca, de alargar la mano y tocar sus largos cabellos, su vientre y sus largas y gráciles piernas.
Nadó hacia ella, pero la chica se sumergió y salió a la superficie detrás de él, cerca de la roca. Él la vio salir del agua, con el cuerpo reluciente, y la visión de sus nalgas fue un nuevo deleite, algo de lo que se habría burlado si simplemente se lo hubieran descrito. 
Recordó cómo se reía imaginando qué aspecto tendrían las mujeres de las fotografías de la tierra si pudiera desvestirlas y darles la vuelta. La contempló mientras se sentaba de espaldas a la roca. Sus agallas vertieron un poco de agua. sobre su pecho en el proceso de adaptación al aíre.
Tim nadó hacia la roca, contemplando cómo ella extendía las piernas hacia delante y las separaba un instante con los ojos fijos en él. Se sumergió un momento y comenzó a bracear más rápido para mantener la cabeza fuera del agua. Se dio un golpe cortante en la rodilla contra la roca.
Por fin consiguió izarse otra vez sobre la roca. Parecía más fría y más resbaladiza bajo sus pies. Permaneció de pie, mirándola, confuso, con la respiración entrecortada, satisfecho de sí mismo, con los ojos fijos en ella como si pudiera desvanecerse en cualquier instante. No podía apartar la mirada; los ojos de ella le mantenían clavado a la roca.
Un enorme rugido llegó de la playa. Tim se volvió al oír el primer eco y estuvo a punto de perder pie. Recuperado el equilibrio, miró hacia la playa. Ahora la luna mayor comenzaba a elevarse sobre las rocas, arrojando su mortecina luz dorada sobre la arena gris. La luna pequeña, un brillante disco plateado casi encima de sus cabezas, daría otra veloz vuelta al mundo antes de que apareciera la luna grande. Las rocas proyectaban largas sombras dentadas de sólida negrura sobre la playa, dientes estigios adentrándose entre los rompientes. 
Las sombras retrocederían cuando la luna mayor se elevara en el cielo. El océano se había tragado el sol putrefacto por el oeste y las oscuras nubes habían reconstruido su rompecabezas de ébano que cubría una tercera parte del cielo. Ahora la marea iba subiendo rápidamente y pronto cubriría toda la roca, a excepción de la punta de la aguja. Arriba, brillaban unas cuantas estrellas cerca de la luna pequeña.
Se oyó otra vez el rugido, un grito imperioso algo enfadado que chocó contra las rocas de la playa y rebotó hasta él sobre las aguas. La muchacha se levantó y se le acercó, pero tenía la mirada fija en la playa. 
Él la agarró e intentó retenerla, pero ella se mantenía más firme que él sobre la roca. Tim resbaló y cayó de costado, con los pies en el agua.
Ella se zambulló y echó a nadar hacia la playa, deslizándose veloz entre las aguas, asomando sólo la cabeza. Un instante después había desaparecido en el interior oscuro del agua. El permaneció sentado con la mirada fija en la costa; se sentía desolado, como si aquello fuera el fin de su vida.
Al cabo de algunos minutos vio aparecer en la playa una silueta negra procedente del agua, como si el mar en sombras hubiera tomado forma. Otra figura se desprendió de la negrura de las rocas y salió a su encuentro sobre la arena iluminada por la luna, precedida de una larga sombra. Las dos siluetas se fundieron, formando una criatura de dos cabezas que proyectaba una única sombra en dirección al mar. La vio alejarse del agua hasta que se confundió con las rocas y se hizo invisible.
Se sentía vacío, incapaz de moverse, inundado por la pérdida. Se estremeció, consciente del frío, y todo el mundo estaba vacío a su alrededor, a excepción del viento que lo cruzaba como un apresurado intruso. 
Sobre la playa, las sombras eran consistentes, nítidamente dibujadas, y sólo cedían su terreno ante la luz de la luna que iba levantándose. En las zonas altas, los árboles enanos se inclinaban hacia atrás en dirección a la tierra y sus hojas se desprendían una a una...
Se incorporó y entró en el agua, sin prestar atención a las afiladas rocas, y se zambulló. Estuvo nadando lo que le pareció un largo rato y durante unos minutos se tendió de espaldas sobre las aguas oscuras como la tinta y se impulsó con las piernas mientras contemplaba el cielo cada vez más opaco de nubes y de niebla.
Por fin hizo pie en el agua y vadeó hasta la orilla. Una ola le derribó, pero se incorporó rápidamente y logró salir antes de que pudiera darle alcance la siguiente.
Con los brazos apretados contra el cuerpo mojado, siguió la doble huella de pies palmeados hasta las rocas. Comenzó a trepar y siguió adelante incluso después de que desaparecieran las huellas que le servían de guía. Llegó a lo alto y comenzó a descender por el otro lado; durante un rato sólo percibió su jadeo y el dolor de los dedos de los pies heridos y la rodilla magullada. Lentamente fue tomando conciencia de otro sonido apenas perceptible para el oído normal.
La única luz procedía ahora de la luna grande. La luna pequeña había desaparecido entre las nubes que cubrían el cielo por el oeste. Tim fue bajando entre las rocas a paso más acelerado.
En algún punto de allí abajo oyó un suave murmullo del mar, distinto del amortiguado estallido de las olas sobre la playa. Se detuvo, perfectamente inmóvil, y escuchó. Su cuerpo se puso tenso. Le dolía el pensamiento de que había perdido a la muchacha. 
El mar se introducía por alguna parte entre las rocas, tal vez a través de un canal abierto por las mareas, y desembocaba en una charca que una vez al día se llenaba con la marea alta. No le permitían explorar las rocas y comprendió que en realidad ésa era la primera vez que se encontraba a una distancia considerable de la casa después de oscurecer, y solo.
Avanzó cuidadosamente paso a paso, cada uno de los cuales le hacía descender un poco, le acercaba un poquito más al sonido del agua. Luego, por un instante, se situó en la perspectiva adecuada y vislumbró el reflejo platinado de la luna flotando sobre una charca de agua. Bajó de las rocas a 1a arena lisa y la luz desapareció.
Intuyó que estaba sobre una gran depresión arenosa circundada por las altas rocas. La charca y el canal que atravesaba las rocas se encontraban en algún lugar de la penumbra que se extendía frente a él, tal vez a unos treinta metros de distancia. Siguió avanzando. La arena estaba aún caliente y ello fue un consuelo para sus pies.
Unas nubes avanzaron sobre la luna grande y la cubrieron. Se detuvo. Allí mismo, delante de él se oía otro sonido. Forzó la vista intentando ver algo. En esa zona resguardada no había viento, sólo el sonido del agua que se agitaba en la charca y el otro son casi inexistente.
Avanzó cinco pasos más y volvió a detenerse.
Las nubes se abrieron de pronto. Enormes moles desintegradas flotando en torno a la luna. Dentro de unos instantes llegaría todo el frente nuboso procedente del mar. Tim avanzó otro paso y vio las formas oscuras sobre la arena. Siguió avanzando hasta que pudo verlas bajo la luz de la luna.
El macho la tenía cogida por las agallas, abriéndoselas mientras se movía arriba y abajo. La muchacha del mar respiraba pesadamente; con esos gemidos musicales que Tim ya conocía y pudo verle la cara cuando se volvió en su dirección. Solo se distinguían los blancos de los ojos mientras hacía rodar la cabeza de un lado a otro. Sus cabellos formaban una negra maraña en torno a su cabeza sobre la arena.
Los dos parecían incapaces de prestarle atención. Por lo que Tim alcanzaba a ver, el gran macho era igual a ella, pero su piel parecía más áspera y tenía un olor desagradable. Sus enormes pies palmeados se hundían en la arena.
La forma oscura se desprendió del cuerpo de la muchacha y rodó sobre la arena. Luego se puso de cuatro patas, acercó la boca al vientre de ella y mordió su carne trazando aproximadamente el contorno de un círculo. Ella extendió las manos palmeadas y las hundió en la arena.
Cuando hubo terminado, el macho levantó la vista y Tim vio dos rojos carbones encendidos fijos en él. La criatura rugió y Tim retrocedió un par de pasos. La muchacha siseó. El macho se incorporó alcanzando una fantástica estatura. Tim dio media vuelta y echó a correr. La criatura continuó rugiendo pero no le siguió.
Tim subió a trompicones por donde había venido. Cuando había trepado hasta media altura, las nubes ocultaron la luna y se hizo muy oscuro. A tientas se abrió peso hasta la cima.
Agradeció la escasa luz que se filtraba de la luna y gracias a la cual pudo encontrar el camino hasta la playa. Corrió en dirección al sendero que se abría en el otro extremo de la media luna de la línea costera. 
Subió velozmente por el familiar atajo hasta el camino polvoriento y mantuvo un paso rápido y uniforme hasta que divisó las luces de su casa engarzadas entre los árboles en la ladera de la colina y escuchó el débil zumbido del generador eléctrico en el galpón contiguo. La fresca hierba fue un consuelo para sus pies magullados mientras ascendía por la colina hasta la puerta de entrada.
Jak estaba sentado fumando su pipa junto a la mesa de madera, en el centro de la habitación. Tim pasó por su lado y cruzó la puerta abierta en dirección a su cuarto.
-¿Dónde has estado? -preguntó Jak en tono amistoso a su espalda.
Tim no se sentía con ánimos para explicárselo y, puesto que su padre no estaba en casa, consideró que no era necesario decir nada. Se dejó caer en la cama y permaneció callado. Su respiración fue haciéndose regular y se durmió.
Cuando despertó, la aurora se anunciaba en forma de luz pardusca sobre la ventana del este. Apartó la manta con que Jak le había cubierto durante la noche y se levantó de la cama.
Todavía llevaba el bañador y observó los esparadrapos sobre sus pies lavados.
El recuerdo de ella estaba agradablemente presente en su mente mientras se ponía a toda prisa un par de tejanos limpios y una camisa. Entró en el cuarto principal donde Jak roncaba sonoramente frente a las ascuas mortecinas. Se detuvo junto a la puerta, cogió una antorcha y unas cuantas cerillas del estante y salió.
La mañana estaba húmeda. La hierba castigada por el sol aparecía muy mojada sobre la colina. Bajó al camino y recorrió los dos kilómetros que le separaban del sendero de la playa. Sólo una leve brisa agitaba el aire húmedo.
Bajó rápidamente por el sendero y atravesó la playa en dirección a las rocas altas. Mientras caminaba miró hacia el mar, donde la aguja rocosa se elevaba entre la bruma sobre el agua y se sintió orgulloso de haber llegado por fin hasta allí. Ahora parecía estar más próxima, no tan alejada como le había parecido un año atrás cuando tenía trece años.
Trepó rápidamente por las rocas bajo la luz del día. Cuando empezó a bajar por el otro lado, la hondonada rocosa parecía vacía, vulgar incluso. Saltó a la arena y avanzó hacia el lugar donde estaba la charca de agua. Era una lisa cavidad en la roca, ahora vacía. Imaginó que, si había una gran tormenta, la cavidad se desbordaría convirtiendo toda la depresión en una profunda laguna.
Miró de soslayo el oscuro túnel a través de las rocas por donde entraba el mar durante la marea alta. "Tal vez se fueron por allí", pensó. Miró hacia atrás y vio una única huella de pisadas que avanzaban hasta el borde, próximas a las suyas. Rápidamente dio media vuelta y volvió al lugar donde les había observado la noche anterior. La arena estaba sucia y revuelta.
Sacó las cerillas y encendió la antorcha. La clavó en la arena y se calentó las manos en cuclillas. Luego se puso a cuatro patas y empezó a cavar. La arena estaba húmeda tras la primera capa de la superficie y se desprendía con facilidad, como si acabaran de ponerla allí.
Siguió cavando más de prisa al encontrar el mechón de negros cabellos. Cuando la descubrió tenía lágrimas en los ojos. Contempló la textura cubierta de arena de su piel, sus grandes ojos cerrados y muertos, los cabellos llenos de pequeñas piedrecitas y trozos de concha. Dio un puñetazo en la arena y se sentó sobre los talones, sollozando en 1a húmeda mañana. La antorcha crepitaba en el aire húmedo a su lado.
Cuando se hubo recuperado, observó las señales sobre el vientre de la muchacha, un círculo de perforaciones muy próximas unas a otras. Parecía hinchado, como si la hubieran apaleado, y en su vello púbico había unas gotitas color vino. La miró más detenidamente y advirtió que... parecía que la hubieran llenado de algas y arena. Tocó su vientre. Milagrosamente, todavía se conservaba caliente y blando. Recordó qué lozana y mágica le había parecido allí fuera, sobre la roca, y cuánto la había deseado. Entonces comprendió que no estaba muerta y la desesperanza de toda la situación le pesó como una piedra fría en el estómago.
Tenía que taparla en seguida o moriría antes de concluir su sueño invernal. Era todo lo que podía hacer, ahora que sabía que estaba llena de pequeños. Todos los pequeños fragmentos de información recogidos adquirían ahora un sentido. 
En primavera, los pequeños saldrían y se abrirían camino hasta la charca de agua, pequeñas criaturas en forma de lagarto que con el tiempo se transformarían en habitantes marinos. 
El líquido del vientre de la muchacha estaba lleno de huevos que el macho le había insertado. Dormiría mientras alimentaba a los pequeños seres en fase de desarrollo y por fin estos se abrirían paso con los dientes a través de la sección perforada de su vientre. Pero aunque no estaba muerta, la muchacha no volvería a despertar. Fue arrojando arena sobre su cuerpo.
¡Los pájaros! Las aves marinas acudirían allí en primavera para devorar a los pequeños que huían. Recordó el ruido que hacían sobre las rocas en años anteriores. "Yo estaré aquí con una escopeta -pensó-, estaré aquí y al menos podré hacer eso". Y tal vez volvería a encontrar otra como ella.
Su miedo se fue aplacando y terminó de enterrarla. Se incorporó y apagó la antorcha en la arena. Se alejó a través del claro, en dirección a las rocas y comenzó a subir lentamente, y durante todo el camino hasta su casa estuvo pensando en la nueva vida enterrada allí en la arena.
Cuando estuvo a la vista de la casa, descubrió el remolque y el pesado tractor aparcados frente al galpón. Su padre había regresado pronto. 
Corrió colina arriba desde el camino, olvidada casi su melancolía. Se detuvo a mitad de la colina al ver a su padre que charlaba con otro hombre frente a la puerta de la casa. El otro hombre apartó la vista de su padre y Tim siguió su mirada hacia la izquierda. Vio a la muchacha allí de pie observando cómo el sol intentaba abrirse paso entre la bruma matutina. 
Sus largos cabellos flotaban movidos por la brisa que ahora soplaba del mar. Tim vio que su padre le saludaba y le devolvió el saludo. En ese mismo momento, la muchacha se volvió a mirarle y Tim vio que sonreía. Al instante decidió cambiar de rumbo y continuó colina arriba, en dirección a la muchacha.

Correr - George R. R. Martin

Había ocasiones, según los distintos casos, en que Colmer se sentía extrañamente inquieto. Pero nunca sa­bía exactamente el motivo. Constantemente lindaba en el aburrimiento, pero en lo más íntimo de su ser sabía que había algo más.

Claro que Colmer era un hombre de recursos. Cuan­do le asaltaba un cambio de humor tenía el remedio a mano. Lo mejor, había descubierto, era volver a la ac­ción. Sus servicios siempre eran muy solicitados. Era un Maestro Sondeador, uno entre el centenar escaso de todo el espacio. A veces, si los clientes no podían abo­nar sus fabulosos honorarios, aceptaba un pago menor. Esto, si el caso era interesante y él se sentía aburrido.

Colmer tenía aún otros recursos para las ocasiones en que no hallaba ningún caso. A menudo se mantenía ocupado con juegos, con los amigos y con los deportes. Y con la comida, frecuentemente con la comida. Era un hombre bajito, sosegado, a quien le gustaba mucho co­mer, especialmente cuando estaba de malhumor y no tenía otra cosa que hacer. Colmer estaba seguro de que la comida formaba parte de su propia vida.

Estaba sentado en el Vieja Dama, aguardando su cena en una pausa entre sus casos, cuando le encon­tró Bryl.

El Vieja Dama había sido una goleta en otros tiem­pos. Ahora flotaba en el muelle de Sullivan, en el cora­zón del distrito pescador del Viejo Poseidón. Cerca, las embarcaciones plateadas, de suma elegancia, iban y ve­nían diariamente, dragando las riquezas marítimas del Gran Mar de Poseidón. 

Las barcas arrastraban enormes redes llenas de sardinas plateadas y otros peces. Otras, asimismo, retenían inmensas cargas de cangrejos sala­dos. Y los barquichuelos, cosa extraña, pescaban los gigantescos peces de aletas en pico y las anguilas vam­piro, cuya carne era negruzca y mantecosa.

Todo el distrito olía a pescado, mar y sal, y Colmer lo amaba. Cuando le quedaba algún tiempo libre, se tomaba un día de asueto y paseaba por las calles re­vestidas de madera. Contemplaba las barcas de pesca al amanecer, y luego bebía hasta mediodía en los bares del muelle, buscando más tarde curiosidades en las tien­das más polvorientas que encontraba. A última hora de la tarde, descubría usualmente que tenía un apetito fe­roz. Entonces se encaminaba al Vieja Dama. Había va­rias docenas de restaurantes marineros en aquel distri­to, pero el mejor era el Vieja Dama.

Aquel día acababa de saborear un suculento plato cuando Bryl arrastró una silla y se sentó a la mesa.

–Necesito su ayuda –murmuró rápida y llanamente.

Colmer quería cenar sin compañía. Frunció las ce­jas.

–Tengo un consultorio –le recordó al otro.

–¿Tiene expedientes de todos sus clientes?

–Naturalmente –asintió Colmer.

–Yo no quiero expediente alguno. Por eso estoy aquí. Me dijeron que Adrián Colmer siempre cenaba en el Vieja Dama y que le encontraría con un poco de pa­ciencia. Ignoraba si podría esperarle mucho, pero he tenido suerte. Ayúdeme, por favor.

Colmer se sintió repentinamente interesado, despier­ta su curiosidad. Estudió al desconocido que tenía de­lante. Era un individuo alto, delgado, de rostro moreno enmarcado por el cabello, que le llegaba a los hombros; llevaba un traje anodino, que podían llevar miles de hombres. Pero la cara carecía de edad, el sujeto agitaba nerviosamente los dedos y movía constantemente los ojos. Colmer abarcó todo esto de una sola ojeada.

Claro está, podía sondear. Algunos Talentos lo ha­brían hecho, sin preocuparse de la ética profesional. Pero Colmer sólo ejercía por dinero.

Le ofreció a Bryl un vaso de vino de la botella que estaba sobre la mesa.

–Está bien –musitó–. Coma, si gusta. Y dígame por qué necesita ayuda.

Bryl aceptó el vino, y lo probó, sin dejar de mover los ojos.

–Me llamo Ted Bryl. Y quiero que me sondee. Me persiguen. Llevan años persiguiéndome. Estoy seguro de que quieren matarme, aunque ignoro por qué. Por lo que recuerdo, toda la vida me han estado cazando y yo he estado corriendo.

Colmer juntó las manos y apoyó en ellas la barbilla.

–Usted parece paranoico –decidió.

No le gustaba andarse con rodeos.

Bryl se echó a reír.

–Sí, lo parezco, claro. Pero no lo soy. He ido a la policía. Me sondearon y saben que tengo razón. A veces, incluso han arrestado a algunos de los que me persi­guen. Pero siempre acaban por soltarles. Y no me ayu­dan en nada.

–Muy paranoico.

–La policía me ha sondeado, repito.

Colmer sonrió con tolerancia.

–La policía siempre sondea –asintió.

Lo dijo como un médico pronunciando quiropracticante.

–Bien –exclamó Bryl–. Sondéeme. Véalo usted mismo.

–No se altere. Sí es usted un paranoico, seguramen­te podré ayudarle. Un Maestro Sondeador es un psicólogo calificado, entre otras cosas. Sin embargo, usted no ha hablado de precios...

–No puedo pagar nada. Tengo muy poco dinero. Con­sigo empleos, pero duran poco. He de echar a correr. Nunca están muy lejos de mí.

–Ya –Colmer le estudió un minuto–. Bien, por el momento, no tengo ningún caso. De modo que puedo interesarme por su problema. Si no se lo cuenta a na­die, le ayudaré sin pago alguno. En caso contrario, yo lo negaré, claro.

–Claro –asintió Bryl Colmer le sondeó.

Todo acabó en menos de un minuto; una rápida aber­tura de la mente de Colmer, un trago, un dragado. Para un espectador ingenuo, una sola mirada vacua.

Luego, Colmer se retrepó en su asiento, se rascó la barbilla y cogió su vaso.

–Es auténtico –murmuró–. Oh, muy extraño.., –Eso es lo que dijeron los policías al sondearme –sonrió Bryl–. Pero ¿por qué? ¿Por qué me persi­guen?

–Usted no lo sabe, de modo que yo no lo sé, ni puedo saberlo sin sondear a uno de ellos. A propósito, usted tiene una barrera. –¿Una barrera?

–Un bloqueo mental. Su memoria se remonta sólo a cinco años y unos meses, y después retrocede a la adolescencia. Que pasó hace ya mucho tiempo, claro. Indudablemente, usted sufrió bastante. En su cabeza hay un gran agujero. Y, por algún motivo, alguien lo puso allí.

Bryl pareció asustado súbitamente. –Lo sé –murmuró–. Creo que fue cosa de ellos. Yo debo de saber algo, algo muy importante. Y ellos se llevaron mi memoria. Pero temen que la recobre. De modo que ahora quieren matarme. ¿No es así?

–No –denegó Colmer–, no puede ser tan simple. Si fuesen unos criminales, la policía no les volvería a soltar. Y recuerde que esto ha sucedido ya varias veces. En Newholme, en Baldur, en Silversky. Ha viajado us­ted mucho. Le envidio –sonrió el Maestro.

Bryl no correspondió a la sonrisa.

–He huido mucho, quiere decir. No me envidiaría de haber sido usted el fugitivo. Mire, Colmer, vivo en un temor constante. Cada vez que miro por encima del hombro, me pregunto si estarán ya muy cerca de mí. Y a veces lo están.

–De acuerdo, ya lo vi. La vez en que la joven gruesa estaba sentada en su apartamento cuando usted entró en él. El individuo que aguardaba en el aerospacio cuando usted regresó de su viaje a los puertos orbita­les. La rubia que le siguió en el carnaval. Recuerdos vi­vidos, en abundancia. Muy estremecedor.

Bryl le estaba mirando, con el asombro escrito en su semblante.

–¡Dios mío! ¿Cómo puede usted hablar así? Colmer, usted es un pez de sangre fría.

–A la fuerza. Soy un Sondeador.

–¿Qué más puede decirme?

–Que los tres actúan juntos. Pero usted ya lo sabe, ¿no es cierto? La rubia es telépata. Por eso puede se­guirle. El individuo es el guardaespaldas de la rubia. La gruesa... no lo sé. Es muy rara. Sonríe como una idio­ta. No comprendo su función en esto. Pero parece ate­rrarle a usted.

–Sí –Bryl sintió un escalofrío–. Lo entendería si la viese. Es gorda. Enorme y blanca, como un inmenso caracol. Y siempre sonríe, maldita sea, siempre me son­ríe. Nunca sé cuándo se presentará. Aquella vez en Newholme estaba sentada, sonriéndome... Fue como... como encontrar una cucaracha en un plato de sopa a medio comer. ¡Qué asco!

–Y usted está convencido de que desea matarle –re­flexionó Colmer–. Ignoro por qué. Si hubiera que eje­cutar un asesinato, el hombre sería el instrumento más lógico. Es muy alto, y parece muy fuerte. Usted ya ha visto la pistola que lleva.

–Lo sé –asintió Bryl–. Pero no sería él el asesino. También lo sé. Por esto la gorda sonríe siempre.

–Puede usted comprar una pistola y matarles a ellos –aconsejó Colmer.

–Nunca... –tartamudeó el cliente muy sorprendi­do–, ...nunca había pensado en ello.

–Cierto, y es muy extraño. ¿No lo cree así?

–Sí, pero no podría matar. No soy un hombre vio­lento.

–Al contrario, es usted muy violento –objetó Col­mer–. Aunque estoy de acuerdo. Usted no quiere usar la fuerza contra ellos por algún motivo que ni usted mismo sabe.

–¿No puede ayudarme? –Bryl agitaba nerviosamen­te los dedos–. ¿Antes de que me encuentren?

–Tal vez sí. Sin embargo, ya le han encontrado. La rubia acaba de entrar en el restaurante. Y la conducen a una mesa.

Bryl lanzó un gemido sordo y giró sobre sí mismo en su silla. Al otro lado del local, el maitre acompañaba a una joven muy rubia hasta una mesa. Bryl la contem­pló, boquiabierto.

–¡Dios mío! –murmuró–. ¡No quieren dejarme tran­quilo!

De repente se puso en pie y echó a correr. A correr, literalmente, saliendo del Vieja Dama. La rubia ni si­quiera le miró.

Colmer le vio irse, y luego se asomó al ojo de buey. Bryl todavía se aterraría más al llegar al muelle. Allí abajo, una chica gorda, con una sonrisa idiota, estaba sentada al borde del desembarcadero, contemplando cómo sacaban la pesca de las barcas.

–Muy dramático –comentó Colmer.

En aquel momento le sirvieron el segundo plato; pescado azul cocido con queso. Sin embargo, se levantó.

–Voy a reunirme con aquella joven –le dijo al ca­marero, señalando a la rubia–. Lleve allí mi cena.

Atravesó el establecimiento y tomó asiento. El ca­marero le siguió con el plato de pescado.

La rubia levantó la mirada.

–Adrián Colmer –pronunció–. He oído hablar de usted.

Colmer le dio las gracias.

–Me ha sondeado sin mi permiso. Muy antiprofesio­nal, jovencita. Pero la perdono. Estoy seguro de que no ha visto gran cosa. Mis defensas son excelentes.

–Cierto –sonrió ella–. Supongo que era inevitable, que él solicitase un sondeo privado. ¿Qué es lo que sabe usted?

–Todo lo que él sabe. Lo bastante para hacerla arres­tar a usted, a menos que me lo explique todo.

–Él nos ha hecho arrestar de cuando en cuando. Y la policía siempre nos ha soltado. Pero adelante, son­dee.

–¿No piensa resistirse?

–No. Me sentiré muy honrada.

Colmer la sondeó.

No llegó muy lejos. Al fin y al cabo, ella era un Ta­lento. Sólo una ojeada, pero fue bastante. Después, el Maestro se retrepó en la silla, parpadeando rápidamente con gran confusión.

–Cada vez es más curioso. ¿Él la contrató?

–No lo recuerda, claro. Fue parte del trato. Pero po­seemos todos los documentos. Suficiente documentación para convencer a la policía siempre que nos detienen. Y no pueden decírselo a él. Esto también está en los docu­mentos. De lo contrario, se rompería la barrera y ha­bría una grave demanda judicial.

–Edward Bryllanti –murmuró Colmer–. Sí, ese nombre me suena. Muy acaudalado. Podía permitírselo Pero ¿por qué lo hizo? Una existencia de temor constan­te, de constantes fugas...

–Fue idea suya –explicó la joven–. Incluso esco­gió a Freda. Claro está, es idiota. Con el cerebro tras­tornado. Tenemos que llevarla de la mano y dejarla donde él pueda verla. Pero algo de esa gorda le aterra. Y echa a correr de nuevo.

Colmer empezó a comer. Masticaba lenta, pensativa­mente.

–No lo entiendo –admitió al fin, entre dos bocados.

–Usted no ha sondeado bastante –sonrió la rubia–. ¿No lo descubrió? Dígame, ¿no se ha preguntado algu­na vez si alguna cosa valía la pena? ¿No ha pensado en ocasiones que todo carece de significado, que todo está vacío?

Colmer se limitó a mirarla fijamente, sin dejar de masticar.

–Bryllanti lo pensó muchas veces –prosiguió ella–. También tenía psiquismos, y consultó a Sondeadores. No le sirvieron de nada. Y finalmente hizo esto. Ahora ya no ha vuelto a pensarlo. Vive todos los días plena­mente, porque piensa que cada día puede ser el último. Vive constantemente agitado, con un miedo continuo, y no le queda tiempo para pensar si vale o no la pena vivir. Está demasiado ocupado y, así, se limita a se­guir viviendo. ¿Lo entiende ahora?

Colmer continuaba mirándola, sintiendo de repente un intenso frío. El pescado en su boca tenía el sabor de aserrín mojado.

–Pero huye –murmuró al fin–. Su vida está vacía. Sólo corre, corre sin ningún sentido, por un sendero de su propia creación.

–Me defrauda usted, Maestro –suspiró la rubia– o Esperaba una visión más acertada de un Maestro Sondeador. ¿No lo comprende? Todos corremos.

Después de oír estas palabras, Colmer decidió reba­jar sus precios, y conseguir más casos. Pero a menudo todavía cambia de humor.

Una coartada de dos minutos - George Harmon Coxe

    Cuando se abrió la puerta que daba a la sala del tribunal y el ujier dijo: «El doctor Lane, por favor», Thomas Lane se puso en pie y se arregló la americana antes de lanzar una ojeada al joven y a la muchacha que estaban sentados junto a él, en el banco de madera.

Janet Watkins le devolvió la mirada, su rostro pálido pero tranquilo, rodeado por el halo de cabellos rubio ceniza, sus ojos color de avellana abiertos e indefensos, hasta el punto que podía leerse claramente en ellos la duda y la incertidumbre, en el preciso instante en que trataba de esbozar una sonrisa de aliento. Janet Watkins había sido ya interrogada y no podía hacer más que esperar la decisión que liberaría a Don Maynard o le inculparía de asesinato.

A su lado, Maynard exhibía una sonrisa estereotipada y fingida, pero su mirada fue franca y segura cuando se cruzó con la de Lane, reflejando más confianza que temor y reafirmando el convencimiento del médico de que Maynard no podía haber asesinado a su esposa.

—No os preocupéis —declaró Lane, con una seguridad que estaba muy lejos de sentir—. Todo saldrá bien.

Forbes, el abogado de Maynard, que encendía cigarrillo tras cigarrillo desde hacía una hora, suspiró y dijo:

—Eso tal vez dependa de usted, doctor.

La sala alta de techo recordó a Lane las aulas de la Universidad; los miembros del jurado no estaban alineados unos al lado de otros como había esperado, sino repartidos al azar delante de él de igual modo que sus alumnos, ante unas mesas, para que pudieran tomar notas con más facilidad. Inmediatamente se dio cuenta de su interés, y, cuando hubo prestado juramento, dirigió a su auditorio una sonrisa ausente, sabiendo que estaba impecable en su traje oscuro, su camisa blanca y su corbata lisa, seguro de que sus abundantes cabellos blancos estaban bien peinados.

Dijo cómo se llamaba, dónde vivía y en qué se ocupaba, añadiendo que a pesar de tener el título de médico había decidido hacía muchos años dedicar su vida a la investigación y a la enseñanza. Cuando se había jubilado, tres años antes, ocupaba un cargo de profesor en la Universidad; posteriormente, se había dedicado a escribir una obra acerca de las consecuencias de la vida moderna sobre el funcionamiento del corazón.

—Y ahora —dijo el fiscal del distrito, llamado MacCann—, ¿puede usted decirnos cuánto tiempo hace que conoce a Janet Watkins?

Con sus modales reposados, el médico respondió que la conocía desde hacía año y medio, aproximadamente. Había tenido necesidad de alguien que mecanografiara un manuscrito, y la Universidad le había recomendado a la joven. Desde entonces, la había visto casi una vez por semana.

—¿Siente usted mucho afecto por ella, doctor?

—Sí.

Lane consideró inútil añadir que había llegado a estimar a Janet Watkins como a la hija que ahora tendría si hubiese vivido lo suficiente.

Luego explicó lo que sabía de Don Maynard, y que Janet le había traído a su casa, hacía nueve meses. A partir de entonces, el muchacho solía presentarse cuando la joven tenía que entregar algún manuscrito, y a veces se quedaban a tomar café con él. De cuando en cuando, jugaban a cartas.

—Usted sabía que Mrs. Maynard vivía al otro lado del patio de su casa, en aquel grupo de inmuebles —dijo MacCann—. En el mismo piso, creo. ¿La conocía usted antes de entablar conocimiento con su marido?

—De vista —respondió Lane.

No añadió que hubiera sido imposible dejar de fijarse en ella, con sus vestidos ceñidos, su andar provocativo y sus llameantes cabellos rubios, cuya tonalidad sólo podía haber sido obtenida por algún procedimiento químico.

—Usted sabía que Mrs. Maynard recibía, visitas de cuando en cuando —continuó el fiscal, consultando sus notas—. Con frecuencia, llegaba a su casa acompañada por algún hombre.

Lane esperó, sabiendo que había hecho todas aquellas declaraciones al comienzo de la investigación. No había prestado atención a aquellos hombres ni había espiado conscientemente el piso de enfrente. Había comprobado que las luces estaban encendidas a menudo hasta muy tarde, pero casi nunca se había preguntado el significado de aquel hecho.

—Usted no simpatizaba con Mrs. Maynard —dijo MacCann. Y, en vista de que no llegaba ninguna respuesta—: Consideraba usted que era una situación más bien sórdida.

—Sórdida, tal vez; pero no única.

—Recientemente, cuando Mr. Maynard y Miss Watkins empezaron a visitarle, ¿emitió usted alguna opinión acerca de Mrs. Maynard?

—Nunca hablábamos de ella.

—¿De veras? —MacCann se permitió una leve sonrisa dedicada al jurado, y luego su voz se hizo más incisiva—. Pero, durante ese período, esas dos personas se enamoraron una de otra. Usted debió darse cuenta del hecho.

—Supongo que sí.

—Sentía usted mucho afecto por Janet Watkins. Estaba usted interesado en su felicidad. Sin embargo, aprobaba aquellos sentimientos, sabiendo que Maynard estaba ya casado.

—El matrimonio de Don fue un error de juventud —respondió Lane—. Una consecuencia de la guerra de Corea.

—Eso es una opinión suya, doctor.

—Los Maynard estaban separados desde hacía un año cuando Don conoció a Janet —insistió Lane—. Ella no tuvo nada que ver en su ruptura.

—Sin embargo, Maynard pidió el divorcio a causa de Janet Watkins.

El médico no discutió, ya que conocía demasiado bien los hechos: Don había vendido sus escasos bonos del tesoro y había pedido prestado algún dinero sobre su seguro de vida para dar a su esposa una suma compensadora. Luego, en el último momento, ella había exigido unas sumas complementarias a entregar semanalmente.

—Lo cual nos conduce a la noche del 12 de diciembre —continuó MacCann—. Maynard acababa de enterarse de que su esposa exigía una suma semanal que él no podía entregar. Fue a su casa de usted —el Fiscal del Distrito consultó sus notas—, a eso de las nueve cuarenta y cinco. ¿Para qué, doctor? ¿Quería un consejo? Y, en caso afirmativo, ¿qué le aconsejó usted?

La escena había quedado claramente impresa en la memoria del médico, y pensó de nuevo en el joven que esperaba fuera en compañía de Janet Watkins. Aquella noche fatal, Maynard tenía un rostro cansado, surcado de arrugas, y su resentimiento y su excitación se traicionaban en su voz y en los movimientos nerviosos de su cuerpo mientras andaba de un lado a otro de la estancia, explicándole la situación. El médico no dio ahora ningún detalle.

—Maynard sabía que su esposa mantenía relaciones con otros hombres —dijo—. Le sugerí que contratara, por desagradable que pudiera resultarle, los servicios de un detective privado a fin de poder obtener el divorcio sin verse obligado a desembolsar ningún dinero.

MacCann se volvió hacia el jurado y resumió la posición de la acusación. Pero el médico no le escuchaba ya: conocía de sobra aquella posición. Fastidiado por una esposa a la cual odiaba, Maynard había salido del piso del doctor Lane lleno de impotente rabia, había cruzado el patio y se había precipitado a casa de su esposa con un revólver en el bolsillo. Ella insistió en sus pretensiones, y Maynard utilizó el revólver.

Dado que una de sus ventanas estaba abierta, el médico había oído la detonación. Otros inquilinos la habían oído también. La hora exacta había sido determinada con precisión, pero sólo una persona se había preocupado por el disparo. Tres o cuatro minutos después de sonar el tiro, un hombre que vivía en el mismo rellano, impulsado por una esposa curiosa que deseaba enterarse de lo sucedido, había salido de su casa. La puerta del piso de Maynard estaba entreabierta y, echando una ojeada, el vecino en cuestión había visto a Maynard arrodillado junto al cadáver de su esposa, con un revólver en la mano: un recuerdo de guerra cuya procedencia no había podido establecer la policía.

A tales evidencias, Maynard no podía oponer más que una absurda historia. Reconoció que estaba contrariado y trastornado por las exigencias de su esposa, y que había subido a su casa en aquella disposición de ánimo, pero no llevaba encima ninguna arma y sólo tenía la intención de amenazarla. Negó haberse precipitado a casa de su esposa… sus preocupaciones le habían hecho aflojar el paso. Al entrar en el inmueble, un hombre que salía corriendo había tropezado con él en el vestíbulo. Como la iluminación era deficiente, Maynard no había podido distinguir su rostro, pero tenía una idea de la estatura del desconocido y del traje que llevaba. Sostuvo que aquel hombre —uno de los seis o siete que figuraban en el cuaderno de direcciones de su esposa— tuvo que ser el asesino de Mrs. Maynard, puesto que cuando él entró en el piso la había encontrado muerta. Estupefacto y sin darse cuenta de lo que hacía, había recogido el revólver. Y seguía teniéndolo en la mano cuando el vecino le había visto.

—Veamos, doctor —dijo MacCann—. En su declaración a la policía, afirmó usted que habían transcurrido dos minutos, como máximo, después de marcharse Maynard, cuando oyó usted el disparo fatal. Ha confirmado usted sus declaraciones acerca de ese extremo, pero ha reconocido también que no miró el reloj cuando Maynard se marchó, ni cuando oyó el disparo.

—En efecto.

—¿Acaso posee usted un sentido especial del tiempo que le permite determinar la hora con exactitud?

—Que yo sepa, no.

—Entonces no se trata de una certeza propiamente dicha…, sino únicamente de una conjetura.

Antes de que el médico pudiera responder, una mujer miembro del jurado preguntó:

—¿Puedo formular una pregunta? —Estaba sentada en las primeras filas…, una mujer regordeta, de rostro amable, que llevaba un vestido de paño gris—. ¿Comprobó la policía el tiempo que necesita un hombre para ir de un piso al otro?

—Sí —respondió MacCann—. En condiciones diversas. Puede bajarse por la escalera tan rápidamente como con el ascensor. Un hombre con cierta prisa, que cruce sin correr, pero a buen paso, el espacio existente entre los dos edificios, puede recorrer el trayecto en dos minutos y diez segundos. Añadiendo otros diez segundos para llegar al piso y utilizar el arma…

No terminó, pero se volvió hacia el médico:

—Me gustaría comprobar su noción del tiempo, doctor. ¿Ve usted algún inconveniente?

Lane había sospechado que iba a producirse algo por el estilo. En realidad, él había proporcionado una coartada a Maynard. Si el jurado creía que había transcurrido un máximo de dos minutos entre la salida de Maynard de su casa y la detonación, era evidente que el disparo tuvo que hacerlo otra persona. MacCann tenía que atacar aquella coartada —demostrar que la noción que el médico tenía del tiempo no era exacta, ni mucho menos—, y Lane sabía que lo único que podía hacer era afrontar tranquilamente la prueba. Cuando hubo inclinado la cabeza en señal de asentimiento, MacCann dijo:

—Hagamos antes una prueba de ensayo. Usted, señora —se dirigía a la mujer vestida de gris—, ¿tiene inconveniente en volverse de espaldas al reloj y cerrar los ojos? Gracias. Voy a dar la señal, y usted me dirá cuándo le parece que han transcurrido dos minutos.

El médico no pudo evitar volver la cabeza para mirar el reloj de pared que había detrás de él. Oyó la señal de MacCann y vigiló la saeta de los segundos. Quedó a la vez sorprendido y aterrado cuando, al cabo de setenta y dos segundos, la mujer declaró.

—Ahora han pasado dos minutos.

En la sala se oyeron algunas risas, mientras MacCann se dirigía a un hombre, sentado a su derecha:

—¿Quiere usted probar, caballero?

De nuevo, el médico miró el reloj, dándose cuenta de que aquel hombre sabría calcular los dos minutos completos pero experimentó la misma sensación de decepción cuando vio que el cálculo del miembro del jurado sobrepasaba en veintiocho segundos los dos minutos. En la sala se repitieron las risas, y MacCann se dirigió ahora al médico:

—Por favor, doctor, si está usted dispuesto, vamos a ver con qué precisión puede usted calcular ese intervalo de dos minutos del cual hemos oído hablar tanto. Y, para que no pueda usted guiarse por las reacciones del jurado, tenga la bondad de inclinar la cabeza y de cerrar los ojos… ¡Oh! Otra cosa más: su reloj.

—¿Cómo dice?

MacCann se tomó el tiempo necesario para sonreír al jurado, y su voz adquirió un leve acento de reproche.

—Veo que lleva usted un reloj de pulsera. Y no creo que quiera usted hacer trampa, ¿verdad, doctor?

Lane notó que sus mejillas se teñían de púrpura mientras se quitaba el reloj de pulsera y lo introducía en uno de sus bolsillos; luego cruzó las manos e inclinó ligeramente el busto hacia delante, con la cabeza baja. Era una actitud que tomaba el domingo en la iglesia y que en aquel momento parecía adecuada, ya que, mientras el Fiscal del Distrito se disponía a dar la señal, en el corazón del doctor Lane había una plegaria.

Concentrándose, Lane se dio cuenta de la importancia de aquella prueba. Comprendía ahora todo el sentido de lo que había dicho Forbes, el abogado de Maynard, un poco antes.

—Si inculpan a Don, el trabajo será nuestro, ya que la policía olvidará a todos esos individuos que visitaban a su esposa. Sabemos que uno de ellos la asesinó, y si el fiscal del distrito no obtiene la inculpación de Don, la policía se verá obligada a buscar entre aquellos individuos. Sólo así podrá ser descubierto el culpable.

La sala estaba ahora profundamente silenciosa. No llegaba el menor sonido del reloj, ni el menor ruido de respiración del jurado, que se había convertido en mudo e inmóvil. Los segundos que transcurrían parecían interminables, pero la concentración del doctor era ahora muy intensa.

Reflexionando de nuevo en las palabras del abogado, vio otro aspecto de la cuestión, y ese aspecto fue el que alivió su conciencia. Los años dedicados a la enseñanza le habían hecho adquirir una perspicacia en materia de caracteres que rara vez fallaba, como había podido comprobar en estudiantes cuya vida posterior había confirmado su juicio, bueno o malo.

En el fondo de su corazón, no creía que Maynard hubiera asesinado a su esposa, y su opinión se basaba en la actitud del joven cuando estaba con Janet Watkins. No eran únicamente las miradas y los buenos modales de Maynard, sino también su ternura, que se manifestaba especialmente cuando contemplaba a la muchacha creyendo que nadie le observaba. Sin embargo, había tenido la posibilidad material de asesinar a su esposa…, y en esto se basaba la acusación.

El médico no deseaba en absoluto ejercer las funciones de juez y de jurado, pero sabía que un veredicto de «no ha lugar» no es lo mismo que una absolución. Si surgían unos testimonios complementarios —si más adelante se adquiría la prueba de que Maynard era efectivamente culpable—, podría reunirse un nuevo jurado y dictar un veredicto distinto. De momento, lo importante era que la policía se viera obligada a buscar otro culpable…

—Ahora, creo —dijo con voz ahogada, levantando la cabeza.

Oyó la mal disimulada reacción del jurado: sofocados murmullos, que se convirtieron en un zumbido de exclamaciones a media voz. Comprendió que había ganado antes incluso de haber visto la expresión de incredulidad que crispó el rostro de MacCann y el encogimiento de hombros, confesión de fracaso, que acompañó a aquella expresión…

Un poco más tarde, después que el jurado hubo votado el «no ha lugar», Forbes insistió para que fueran a tomar una copa con él en la cafetería de la esquina. El joven y la muchacha estaban sentados uno al lado del otro, con los ojos brillantes de alegría y de gratitud, los dedos unidos debajo de la mesa.

Forbes, que había discutido brevemente el caso con el fiscal del distrito, después del veredicto, se dirigió al médico con aire de triunfo:

—Ha sido usted el testigo clave, y MacCann no se ha repuesto todavía de su asombro. Si el jurado le creía a usted, ¿cómo podía votar de modo distinto al que lo ha hecho? —Se echó a reír—. Dice MacCann que sólo se equivocó usted de un segundo.

—Añadí a propósito un segundo más —respondió el médico.

—¿Que añadió a propósito…?

El médico sonrió. Miró a los dos jóvenes, comprendiendo su alegría y compartiéndola.

—Tenía los dedos apoyados en las muñecas —explicó—, de modo que pudiera tomarse el pulso.

—¿El pulso? —Forbes se inclinó hacia delante, con expresión de sorpresa—. Pero, yo creía que variaba…, que la menor emoción lo aceleraba.

—¡Oh, sí! Normalmente, sí. Para un profano, la sola idea de algo divertido (por ejemplo, unas vacaciones o una tarde de golf) acelera los latidos. Pero yo estoy lejos de ser un profano. —Sonrió—. He dedicado una gran parte de mi existencia a unos estudios sobre el corazón, y me había tomado el pulso innumerables veces mientras escribía mi obra. Y en toda clase de circunstancias.

—¡Oh!

—Y también… —Volvió a sonreír, sin vanidad, con dignidad—, también resulta posible llegar a controlar los pensamientos… Tengo un pulso lento y regular. Muy constante. Sesenta y cuatro pulsaciones. Deliberadamente, añadí un par de pulsaciones suplementarias. Un cálculo demasiado exacto hubiera podido despertar sospechas.

 Diez días más tarde, el médico se tomaba una copa solo. Había tenido remordimientos de conciencia de cuando en cuando, al pensar cómo había engañado a MacCann. Pero ahora estaba completamente tranquilo, mientras releía en el periódico la noticia de que el asesino de Mrs. Maynard había sido detenido y había confesado de plano.

Y la confesión de aquel hombre —uno de los seis o siete que figuraban en el cuaderno de direcciones de Mrs. Maynard— ponía fin al caso…