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Primer amor, primer temor - George Zebrowski


Hacía frío en el agua. El sol se ocultó detrás de unas nubes en el oeste y bajó la temperatura del aire; el cielo se tiñó de un azul más intenso, el mar se tornó más oscuro. 
Tim caminaba por el agua, mientras contemplaba al disco anaranjado del sol entre las nubes agrupadas en el horizonte, un sol que ya no calentaba, un globo de cadmio rodando entre cenizas, otra señal de que por fin acababa el largo segundo verano de Lea.
La estrella volvió a emerger de pronto, iluminando el cielo calentándole los hombros mojados. Tim miró la roca dentada que asomaba fuera del agua frente a él; estaba cubierta de relucientes algas verdes. Nadó hacia ella con renovadas energías.
Su padre le había prohibido alejarse demasiado de la costa, pero nunca se enteraría. Había ido al astropuerto a cien millas de distancia sobre la costa para recoger a una pareja y su hija que iban a compartir su casa, y tardaría una semana en regresar.
De pronto Tim tuvo miedo de las profundidades que se abrían debajo de él. El agua fría subía con fuerza y se arremolinaba en torno a sus pies, haciendo temblar todo su cuerpo. Recordó la madre pólipo que había desenterrado en la playa el verano anterior. 
Era el caparazón muerto de una criatura cuyos pequeños se habían abierto paso a mordiscos en primavera, dejando a la progenitora abierta y corroída. Las entrañas llevaban un tiempo pudriéndose cuando él la encontró, y tenían el aspecto de hongos rojos e hígado fresco cubierto de arena, una mezcla con olor a arena y a descomposición. La cubrió a toda prisa y su estómago tardó un día en recuperarse. ¿Tendría ahora alguna de esas cosas nadando bajo sus pies?
El planeta era un enorme océano, de varias millas de profundidad en algunos puntos, cálido y poco profundo a lo largo de miles de millas cuadradas en el resto. 
Nueva Australia era el único continente, con un astropuerto situado hacia el interior, junto a la costa oriental, al sur del lugar donde se encontraba la casa rural de la familia, y dos docenas de poblados dispersos en semicírculo, más alejados del astropuerto, el más distante de ellos a ciento cincuenta millas de la costa. 
El interior permanecía inexplorado, a excepción de los mapas fotográficos obtenidos por satélite. Era una enorme meseta boscosa cubierta de altos árboles, algunos de ellos con miles de años de antigüedad. Esa tierra era única entre los mundos explorados, pues no contaba con una población nativa como ocurría con la mayoría de los planetas habitables para el hombre. La población de aquel mundo vivía en el mar.
Tim nadó más rápidamente a medida que se aproximaba a la roca, todavía preocupado por la idea de lo que le podía estar acechando bajo el agua. Sus manos y sus pies tocaron las resbaladizas rocas sumergidas; se agarró a las plantas acuáticas que crecían de trecho en trecho y se izó hacia delante, medio nadando, medio arrastrándose sobre las rocas ocultas. Por fin se puso de pie en el agua, en precario equilibrio.
Fue avanzando con cuidado, adelantando primero un pie, luego el otro, hasta situarse frente a la aguja rocosa. Un cangrejo extraterrestre echó a correr hacia el agua, a sus pies. Tim se volvió y miró la playa a sus espaldas, pero no podía oír el rompiente, y las altas rocas cubiertas de arena se veían pequeñas a un cuarto de milla de distancia. Los nudosos árboles de negra corteza aferrados a las rocas de la playa se dibujaban nítidamente contra el cielo.
Apartó la mirada de la playa justo a tiempo para ver desaparecer el sol anaranjado tras las nubes oscuras que se iban acumulando sobre el borde del mundo; comprendió que no volvería a emerger antes de ponerse el sol.
Se agarró a las plantas trepadoras que crecían sobre la aguja y comenzó a circundarla por la derecha, con la intención de dar la vuelta a su alrededor. Avanzaba despacio, mirando a todos lados mientras se movía. El azul acerado del agua le daba una tonalidad más oscura al mismo cielo. La brisa iba secando rápidamente su piel y su bañador, y se detuvo para apartarse unos cabellos de los ojos. Por un instante, su mano le pareció más oscura, casi como si en cierto modo el mar la hubiera teñido.
La playa quedaba ahora a su izquierda y pudo ver la primera luna que asomaba detrás de las rocas, un pequeño espejo plateado, el objeto más brillante del cielo una vez desaparecida la luz directa del sol. Sabía que cuando nadara de regreso, el agua estaría más fría. En invierno podría intentar llegar hasta allí andando sobre el hielo.
Bordeó la roca hasta donde ya no se divisaba la playa. El aire tenía un olorcillo penetrante, producido por una tormenta en alta mar y arrastrado por el viento. Una pequeña ola rompió contra la roca, salpicándole de espuma, y Tim paladeó su frescor con un estremecimiento.
Se frotó los ojos, apartando de ellos un poco de agua, y vio la muesca superficial en la base de la roca. La miró más de cerca. Era casi como una pequeña cueva. Se inclinó y se puso de rodillas para verla mejor.
Cuando descubrió la oscura sombra agazapada ahí dentro le empezó a latir con fuerza el corazón. Ella se inclinó hacia delante y clavó la vista en él. Las pupilas eran de un rojo encendido, rodeadas de un blanco perfecto. Él vio cómo se abrían y cerraban lentamente las agallas de sus espaldas, absorbiendo el aire, jadeantes. Miró con más precisión y advirtió que el interior de las agallas era de un delicado color rosa. 
Era una muchacha, una habitante del mar; estaba seguro de que así era, a pesar de no haber visto nunca a una muchacha viva, ni humana ni nativa, que él pudiera recordar. 
Había visto fotografías de mujeres y también de su madre, quien había muerto de parto. Su padre le había criado con ayuda de Jak, su empleado, que era amigo de Tim y le había enseñado a utilizar la máquina de aprender traída de la vieja Tierra.
Se incorporó y retrocedió mientras ella extraía su cuerpo de la baja cueva, dejando caer sus cabellos hasta la cintura. Casi tenía la misma estatura que Tim, un metro y medio aproximadamente. 
Desprendía un cálido y agradable olor húmedo que le hacía desear permanecer cerca de ella. Se detuvo a sólo medio metro de él y Tim sintió y oyó su aliento que removía el aire junto a su cara.
Tenía los pies palmeados; sus piernas eran largas y delicadas para su estatura y constitución. La cintura era fina, pero tenía las caderas llenas; el vello púbico era una masa de rizos de ébano, entre los que colgaban gotitas de agua y espuma como lechosas perlas blancas. Sus largos cabellos negros le tapaban parcialmente los senos.
Él sintió una vaga expectación. Se estaba levantando el viento, secándole el bañador y la piel y poniéndole carne de gallina. Su único pensamiento era que debía permanecer quieto y mirarla sin apartar los ojos de su figura hasta que ella dejara de prestarle atención. Sintió un nudo en el estómago y una gran alegría de que ella también le mirara. 
Empezó a oír su pulso, que palpitaba en sus oídos, por debajo del susurro del viento. El placer iba acompañado de una sensación de fuerza. No le importaba la fría travesía de regreso a nado; no le importaba el viento cada vez más fuerte y la creciente oscuridad. 
La roca, el cielo, el viento y el hogar de donde había venido eran irreales; su padre era una imagen distante, muy alejada de la vívida realidad que le rodeaba.
Ella se le acercó un paso, con los ojos fijos en él, su mirada atenta y curiosa. Le sonreía. Él observó que no tenía cejas y su piel gris estaba cubierta de una película viscosa que captaba curiosamente la luz. Desprendía un olor embriagador.
Adelantó una pierna, doblada a la altura de la rodilla, y le rozó con ella en un gesto que le hizo suspirar profundamente y estremeció todo su cuerpo. 
Después abrió la boca y emitió una apaciguadora nota de soprano, casi como un fragmento de una canción que no cantaría. Tim olió el frescor del agua de mar en sus cabellos.
Permaneció totalmente inmóvil, comprendiendo que debía hacer algo. La presencia de ella parecía milagrosa, y tal vez jamás volviera a repetirse un momento como ése. Tendría que intentarlo.
Ella alargó una mano palmeada y palpó su vientre, desnudo, por encima del bañador; esto quebró la voluntad de Tim. Luego palpó con curiosidad el verde tejido sintético, como si pensara que tal vez formaba parte del cuerpo del muchacho.
De pronto ella avanzó, pasó rozándole con todo su cuerpo y se zambulló en el agua entre las rocas. Él se volvió y la siguió en el acto, se adentró en el agua y se lanzó veloz en su persecución. Nadó un par de metros y tocó fondo, esperando que ella saliera a la superficie.
Sin nada que lo anunciara, ella se apretó contra Tim bajo el agua y su cabeza apareció enfrente de él. Nuevamente sonreía; sus cabellos eran una maraña de negras algas rebosantes de agua. Su cuerpo se apretó tenso contra él por un instante y Tim acarició sus redondos senos con los dedos. Y entonces ella desapareció otra vez.
Por el oeste, el horizonte estalló en distintos matices de rojo y azul oscuro sobre el agitado océano. El puño cerrado de las nubes que retenían al sol poniente se abrió sólo un instante para revelar la hinchada y deforme esfera que ya se hundía en el mar, tiñendo las nubes y ensombreciendo el agua con su rojo apagado.
Ella volvió a emerger a un par de metros de distancia. Expulsó el agua por las agallas y él sintió un deseo desesperado de tenerla cerca, de alargar la mano y tocar sus largos cabellos, su vientre y sus largas y gráciles piernas.
Nadó hacia ella, pero la chica se sumergió y salió a la superficie detrás de él, cerca de la roca. Él la vio salir del agua, con el cuerpo reluciente, y la visión de sus nalgas fue un nuevo deleite, algo de lo que se habría burlado si simplemente se lo hubieran descrito. 
Recordó cómo se reía imaginando qué aspecto tendrían las mujeres de las fotografías de la tierra si pudiera desvestirlas y darles la vuelta. La contempló mientras se sentaba de espaldas a la roca. Sus agallas vertieron un poco de agua. sobre su pecho en el proceso de adaptación al aíre.
Tim nadó hacia la roca, contemplando cómo ella extendía las piernas hacia delante y las separaba un instante con los ojos fijos en él. Se sumergió un momento y comenzó a bracear más rápido para mantener la cabeza fuera del agua. Se dio un golpe cortante en la rodilla contra la roca.
Por fin consiguió izarse otra vez sobre la roca. Parecía más fría y más resbaladiza bajo sus pies. Permaneció de pie, mirándola, confuso, con la respiración entrecortada, satisfecho de sí mismo, con los ojos fijos en ella como si pudiera desvanecerse en cualquier instante. No podía apartar la mirada; los ojos de ella le mantenían clavado a la roca.
Un enorme rugido llegó de la playa. Tim se volvió al oír el primer eco y estuvo a punto de perder pie. Recuperado el equilibrio, miró hacia la playa. Ahora la luna mayor comenzaba a elevarse sobre las rocas, arrojando su mortecina luz dorada sobre la arena gris. La luna pequeña, un brillante disco plateado casi encima de sus cabezas, daría otra veloz vuelta al mundo antes de que apareciera la luna grande. Las rocas proyectaban largas sombras dentadas de sólida negrura sobre la playa, dientes estigios adentrándose entre los rompientes. 
Las sombras retrocederían cuando la luna mayor se elevara en el cielo. El océano se había tragado el sol putrefacto por el oeste y las oscuras nubes habían reconstruido su rompecabezas de ébano que cubría una tercera parte del cielo. Ahora la marea iba subiendo rápidamente y pronto cubriría toda la roca, a excepción de la punta de la aguja. Arriba, brillaban unas cuantas estrellas cerca de la luna pequeña.
Se oyó otra vez el rugido, un grito imperioso algo enfadado que chocó contra las rocas de la playa y rebotó hasta él sobre las aguas. La muchacha se levantó y se le acercó, pero tenía la mirada fija en la playa. 
Él la agarró e intentó retenerla, pero ella se mantenía más firme que él sobre la roca. Tim resbaló y cayó de costado, con los pies en el agua.
Ella se zambulló y echó a nadar hacia la playa, deslizándose veloz entre las aguas, asomando sólo la cabeza. Un instante después había desaparecido en el interior oscuro del agua. El permaneció sentado con la mirada fija en la costa; se sentía desolado, como si aquello fuera el fin de su vida.
Al cabo de algunos minutos vio aparecer en la playa una silueta negra procedente del agua, como si el mar en sombras hubiera tomado forma. Otra figura se desprendió de la negrura de las rocas y salió a su encuentro sobre la arena iluminada por la luna, precedida de una larga sombra. Las dos siluetas se fundieron, formando una criatura de dos cabezas que proyectaba una única sombra en dirección al mar. La vio alejarse del agua hasta que se confundió con las rocas y se hizo invisible.
Se sentía vacío, incapaz de moverse, inundado por la pérdida. Se estremeció, consciente del frío, y todo el mundo estaba vacío a su alrededor, a excepción del viento que lo cruzaba como un apresurado intruso. 
Sobre la playa, las sombras eran consistentes, nítidamente dibujadas, y sólo cedían su terreno ante la luz de la luna que iba levantándose. En las zonas altas, los árboles enanos se inclinaban hacia atrás en dirección a la tierra y sus hojas se desprendían una a una...
Se incorporó y entró en el agua, sin prestar atención a las afiladas rocas, y se zambulló. Estuvo nadando lo que le pareció un largo rato y durante unos minutos se tendió de espaldas sobre las aguas oscuras como la tinta y se impulsó con las piernas mientras contemplaba el cielo cada vez más opaco de nubes y de niebla.
Por fin hizo pie en el agua y vadeó hasta la orilla. Una ola le derribó, pero se incorporó rápidamente y logró salir antes de que pudiera darle alcance la siguiente.
Con los brazos apretados contra el cuerpo mojado, siguió la doble huella de pies palmeados hasta las rocas. Comenzó a trepar y siguió adelante incluso después de que desaparecieran las huellas que le servían de guía. Llegó a lo alto y comenzó a descender por el otro lado; durante un rato sólo percibió su jadeo y el dolor de los dedos de los pies heridos y la rodilla magullada. Lentamente fue tomando conciencia de otro sonido apenas perceptible para el oído normal.
La única luz procedía ahora de la luna grande. La luna pequeña había desaparecido entre las nubes que cubrían el cielo por el oeste. Tim fue bajando entre las rocas a paso más acelerado.
En algún punto de allí abajo oyó un suave murmullo del mar, distinto del amortiguado estallido de las olas sobre la playa. Se detuvo, perfectamente inmóvil, y escuchó. Su cuerpo se puso tenso. Le dolía el pensamiento de que había perdido a la muchacha. 
El mar se introducía por alguna parte entre las rocas, tal vez a través de un canal abierto por las mareas, y desembocaba en una charca que una vez al día se llenaba con la marea alta. No le permitían explorar las rocas y comprendió que en realidad ésa era la primera vez que se encontraba a una distancia considerable de la casa después de oscurecer, y solo.
Avanzó cuidadosamente paso a paso, cada uno de los cuales le hacía descender un poco, le acercaba un poquito más al sonido del agua. Luego, por un instante, se situó en la perspectiva adecuada y vislumbró el reflejo platinado de la luna flotando sobre una charca de agua. Bajó de las rocas a 1a arena lisa y la luz desapareció.
Intuyó que estaba sobre una gran depresión arenosa circundada por las altas rocas. La charca y el canal que atravesaba las rocas se encontraban en algún lugar de la penumbra que se extendía frente a él, tal vez a unos treinta metros de distancia. Siguió avanzando. La arena estaba aún caliente y ello fue un consuelo para sus pies.
Unas nubes avanzaron sobre la luna grande y la cubrieron. Se detuvo. Allí mismo, delante de él se oía otro sonido. Forzó la vista intentando ver algo. En esa zona resguardada no había viento, sólo el sonido del agua que se agitaba en la charca y el otro son casi inexistente.
Avanzó cinco pasos más y volvió a detenerse.
Las nubes se abrieron de pronto. Enormes moles desintegradas flotando en torno a la luna. Dentro de unos instantes llegaría todo el frente nuboso procedente del mar. Tim avanzó otro paso y vio las formas oscuras sobre la arena. Siguió avanzando hasta que pudo verlas bajo la luz de la luna.
El macho la tenía cogida por las agallas, abriéndoselas mientras se movía arriba y abajo. La muchacha del mar respiraba pesadamente; con esos gemidos musicales que Tim ya conocía y pudo verle la cara cuando se volvió en su dirección. Solo se distinguían los blancos de los ojos mientras hacía rodar la cabeza de un lado a otro. Sus cabellos formaban una negra maraña en torno a su cabeza sobre la arena.
Los dos parecían incapaces de prestarle atención. Por lo que Tim alcanzaba a ver, el gran macho era igual a ella, pero su piel parecía más áspera y tenía un olor desagradable. Sus enormes pies palmeados se hundían en la arena.
La forma oscura se desprendió del cuerpo de la muchacha y rodó sobre la arena. Luego se puso de cuatro patas, acercó la boca al vientre de ella y mordió su carne trazando aproximadamente el contorno de un círculo. Ella extendió las manos palmeadas y las hundió en la arena.
Cuando hubo terminado, el macho levantó la vista y Tim vio dos rojos carbones encendidos fijos en él. La criatura rugió y Tim retrocedió un par de pasos. La muchacha siseó. El macho se incorporó alcanzando una fantástica estatura. Tim dio media vuelta y echó a correr. La criatura continuó rugiendo pero no le siguió.
Tim subió a trompicones por donde había venido. Cuando había trepado hasta media altura, las nubes ocultaron la luna y se hizo muy oscuro. A tientas se abrió peso hasta la cima.
Agradeció la escasa luz que se filtraba de la luna y gracias a la cual pudo encontrar el camino hasta la playa. Corrió en dirección al sendero que se abría en el otro extremo de la media luna de la línea costera. 
Subió velozmente por el familiar atajo hasta el camino polvoriento y mantuvo un paso rápido y uniforme hasta que divisó las luces de su casa engarzadas entre los árboles en la ladera de la colina y escuchó el débil zumbido del generador eléctrico en el galpón contiguo. La fresca hierba fue un consuelo para sus pies magullados mientras ascendía por la colina hasta la puerta de entrada.
Jak estaba sentado fumando su pipa junto a la mesa de madera, en el centro de la habitación. Tim pasó por su lado y cruzó la puerta abierta en dirección a su cuarto.
-¿Dónde has estado? -preguntó Jak en tono amistoso a su espalda.
Tim no se sentía con ánimos para explicárselo y, puesto que su padre no estaba en casa, consideró que no era necesario decir nada. Se dejó caer en la cama y permaneció callado. Su respiración fue haciéndose regular y se durmió.
Cuando despertó, la aurora se anunciaba en forma de luz pardusca sobre la ventana del este. Apartó la manta con que Jak le había cubierto durante la noche y se levantó de la cama.
Todavía llevaba el bañador y observó los esparadrapos sobre sus pies lavados.
El recuerdo de ella estaba agradablemente presente en su mente mientras se ponía a toda prisa un par de tejanos limpios y una camisa. Entró en el cuarto principal donde Jak roncaba sonoramente frente a las ascuas mortecinas. Se detuvo junto a la puerta, cogió una antorcha y unas cuantas cerillas del estante y salió.
La mañana estaba húmeda. La hierba castigada por el sol aparecía muy mojada sobre la colina. Bajó al camino y recorrió los dos kilómetros que le separaban del sendero de la playa. Sólo una leve brisa agitaba el aire húmedo.
Bajó rápidamente por el sendero y atravesó la playa en dirección a las rocas altas. Mientras caminaba miró hacia el mar, donde la aguja rocosa se elevaba entre la bruma sobre el agua y se sintió orgulloso de haber llegado por fin hasta allí. Ahora parecía estar más próxima, no tan alejada como le había parecido un año atrás cuando tenía trece años.
Trepó rápidamente por las rocas bajo la luz del día. Cuando empezó a bajar por el otro lado, la hondonada rocosa parecía vacía, vulgar incluso. Saltó a la arena y avanzó hacia el lugar donde estaba la charca de agua. Era una lisa cavidad en la roca, ahora vacía. Imaginó que, si había una gran tormenta, la cavidad se desbordaría convirtiendo toda la depresión en una profunda laguna.
Miró de soslayo el oscuro túnel a través de las rocas por donde entraba el mar durante la marea alta. "Tal vez se fueron por allí", pensó. Miró hacia atrás y vio una única huella de pisadas que avanzaban hasta el borde, próximas a las suyas. Rápidamente dio media vuelta y volvió al lugar donde les había observado la noche anterior. La arena estaba sucia y revuelta.
Sacó las cerillas y encendió la antorcha. La clavó en la arena y se calentó las manos en cuclillas. Luego se puso a cuatro patas y empezó a cavar. La arena estaba húmeda tras la primera capa de la superficie y se desprendía con facilidad, como si acabaran de ponerla allí.
Siguió cavando más de prisa al encontrar el mechón de negros cabellos. Cuando la descubrió tenía lágrimas en los ojos. Contempló la textura cubierta de arena de su piel, sus grandes ojos cerrados y muertos, los cabellos llenos de pequeñas piedrecitas y trozos de concha. Dio un puñetazo en la arena y se sentó sobre los talones, sollozando en 1a húmeda mañana. La antorcha crepitaba en el aire húmedo a su lado.
Cuando se hubo recuperado, observó las señales sobre el vientre de la muchacha, un círculo de perforaciones muy próximas unas a otras. Parecía hinchado, como si la hubieran apaleado, y en su vello púbico había unas gotitas color vino. La miró más detenidamente y advirtió que... parecía que la hubieran llenado de algas y arena. Tocó su vientre. Milagrosamente, todavía se conservaba caliente y blando. Recordó qué lozana y mágica le había parecido allí fuera, sobre la roca, y cuánto la había deseado. Entonces comprendió que no estaba muerta y la desesperanza de toda la situación le pesó como una piedra fría en el estómago.
Tenía que taparla en seguida o moriría antes de concluir su sueño invernal. Era todo lo que podía hacer, ahora que sabía que estaba llena de pequeños. Todos los pequeños fragmentos de información recogidos adquirían ahora un sentido. 
En primavera, los pequeños saldrían y se abrirían camino hasta la charca de agua, pequeñas criaturas en forma de lagarto que con el tiempo se transformarían en habitantes marinos. 
El líquido del vientre de la muchacha estaba lleno de huevos que el macho le había insertado. Dormiría mientras alimentaba a los pequeños seres en fase de desarrollo y por fin estos se abrirían paso con los dientes a través de la sección perforada de su vientre. Pero aunque no estaba muerta, la muchacha no volvería a despertar. Fue arrojando arena sobre su cuerpo.
¡Los pájaros! Las aves marinas acudirían allí en primavera para devorar a los pequeños que huían. Recordó el ruido que hacían sobre las rocas en años anteriores. "Yo estaré aquí con una escopeta -pensó-, estaré aquí y al menos podré hacer eso". Y tal vez volvería a encontrar otra como ella.
Su miedo se fue aplacando y terminó de enterrarla. Se incorporó y apagó la antorcha en la arena. Se alejó a través del claro, en dirección a las rocas y comenzó a subir lentamente, y durante todo el camino hasta su casa estuvo pensando en la nueva vida enterrada allí en la arena.
Cuando estuvo a la vista de la casa, descubrió el remolque y el pesado tractor aparcados frente al galpón. Su padre había regresado pronto. 
Corrió colina arriba desde el camino, olvidada casi su melancolía. Se detuvo a mitad de la colina al ver a su padre que charlaba con otro hombre frente a la puerta de la casa. El otro hombre apartó la vista de su padre y Tim siguió su mirada hacia la izquierda. Vio a la muchacha allí de pie observando cómo el sol intentaba abrirse paso entre la bruma matutina. 
Sus largos cabellos flotaban movidos por la brisa que ahora soplaba del mar. Tim vio que su padre le saludaba y le devolvió el saludo. En ese mismo momento, la muchacha se volvió a mirarle y Tim vio que sonreía. Al instante decidió cambiar de rumbo y continuó colina arriba, en dirección a la muchacha.

El primer ataque - Zenna Henderson


 Bueno, pues tuve un ataque. Qué cosa más estúpida. Nosotros los Martin no tenemos ataques. Seguimos nuestro camino hasta los ochenta o noventa años de edad ―más o menos― en posesión de nuestras facultades, hasta que nuestros corazones se apagan con un clic y volvemos al seno del Señor. Es una manera de funcionar agradable y confortable, bien mirado, aunque a veces el clic en cuestión se ha producido en los momentos más inoportunos… o lugares.

Y heme aquí, un Martin y con sólo setenta años y ¡tuve un ataque! Sin aviso. Sin preliminares. Simplemente, ¡zas!

Resultó, como mínimo, interesante.

Estaba en el jardín segando el césped y renegando de los hormigueros donde aquellas hormigas rojas, hormigas cosecheras…, sea como fuere, esas hormigas grandes y rojas habían salido de sus agujeros después de la hibernación y habían acumulado arena alrededor de los agujeros, y habían hecho largos y delgados senderos que partían de ellos y cruzaban toda mi pradera. Esos montículos son infernales para la segadora, y entre ellos y los senderitos mi césped siempre tiene un aspecto astroso y parcheado. He combatido a esas hormigas durante todos y cada uno de los años de mi vida, pero la situación sigue en impasse.

Recuerdo que di un paso que no llegué a concluir. Después del clic de la segadora contra el bordillo de cemento se apagaron todos los sonidos. Verdaderamente interesado en todo, ni asustado ni herido, simplemente fijándome en todo. En primer lugar el mundo aceleró su rotación, arrastrándome con él hasta que estuvo a punto de arrancarme de mí mismo, pero me mantuve firme. Me encontré allá en lo alto viendo desde arriba mi casa y mi jardín, el jardín poco mayor que un naipe, abajo a lo lejos, con una pequeña mota negra cerca de un costado. Aquello era yo y las cosas seguían haciéndose cada vez más pequeñas, como si yo fuera en tren alejándome a toda velocidad de la Tierra. Después todo vino de vuelta con tal impulso que la casa y los árboles y la hierba surgieron en torno a mí como una fuente. Entonces me encontré hundido a tan poca profundidad que me quedé viendo cómo una nueva hilera de células hacía surgir las hojas de hierba como si estuvieran empujando la antena de la radio de un coche.

Entonces todo empezó a dar vueltas y a balancearse de nuevo y los colores se volvieron lo suficientemente vividos como para ahogarme, y también los sonidos, y todo más sonoro y más brillante y más rápido hasta que se produjo un salvaje chirrido de frenos y hubo un cortocircuito en alguna parte. Lo único que había era un gris neutro y vacío.

Los detalles volvieron poco a poco, como si alguien estuviera dibujándolos, tridimensionales. Mi cara estaba apoyada sobre el bordillo. El verde recortado pinchaba mi mandíbula y el bordillo oprimía mi mejilla como el mango de un martillo. No estoy seguro de que mis ojos estuvieran abiertos, pero podía ver. En primer lugar el áspero plano blanco grisáceo del camino, con una grieta diagonal desde aquel lado hasta mi mejilla y más allá la línea que había entre dos bloques del camino. A lo largo de los bordes, podía ver la hierba, quieta y roma donde acababa de cortarla. Podía ver y en cierto modo sentir, pero era incapaz de mover una pestaña.

Entonces vi a las hormigas.

Seguían tozudamente su camino en pulcras hileras, cruzando mi línea de visión de un extremo al otro, acarreando todo tipo de cosas, dirigiéndose a su nido. Y viendo como veía en aquel momento, aquellas hormigas me parecieron tan grandes como sapos verrugosos.

Por todos los demonios, pensé. ¡Como se dediquen a mí, esto se va a poner interesante de verdad!

Esas hormigas grandes y rojas pegan unos picotazos que parecen un atizador al rojo vivo, y se quedan colgadas con sus mandíbulas y curvando la parte de atrás del cuerpo y metiéndole a uno todo ese ácido fórmico que tienen. Algunos dicen que sólo muerden, otros dicen que sólo pican. Algunos dicen que hacen las dos cosas. Pero sea lo que fuere que hagan, duele como el demonio, y yo me hincho como un cachorro envenenado.

¡Oye! Y qué pasa si esas cosas se toman verdadero interés por mí y encuentran la forma de entrarme dentro. ¡Y me muerden! ¡Y me bloquean las vías respiratorias! ¡Madre mía, eso sería el final de todo!

Intenté averiguar si tenía o no la boca abierta. Pero aun así, estaban las narices y los oídos… De modo que empecé a sentirme profundamente interesado en aquellas hormigas.

Una hormiga pasó de largo con una ramita. Una… no, dos hormigas con semillas… parecían semillas de césped de Johnson. Una hormiga con un bloque de algo… parecía azúcar. Un vehículo blindado con una antena telescópica… Una hormiga con…

¿Vehículo blindado? ¡Antena telescópica!

Intenté echarle otro vistazo a aquella cosa, pero ¡había desaparecido ya de mi vista!

Una hormiga con una pata de saltamontes. Una hormiga con una miga de pan. Una hormiga con un enorme trozo de hoja que la desequilibraba cada cuatro pasos más o menos. ¡Un vehículo blindado con una antena telescópica!

Lo observé con toda la atención posible hasta que desapareció de mi vista. Tenía ruedas o cadenas bajo él, y algo que se movía donde debería ir el conductor. ¡Vaya, esto sí que era interesante!

Las hormigas seguían pasando de largo, ignorándome, excepto una que dejó en el suelo su semilla de césped de Johnson y se acercó a mí agitando inquisitivamente sus antenas, con una de sus patas delanteras levantada a modo de indicador. Pensé ¡Largo! ¡Fuera! con todas mis fuerzas hasta que se dio la vuelta, recogió su semilla y se fue a toda prisa. Y con intervalos de tres o cuatro hormigas, aquellos vehículos blindados con antenas telescópicas.

Entonces uno de ellos se salió de la fila y se acercó tanto a mí que ya no podía ni verlo. ¡Pero podía oírle! El sonido había vuelto a mí, vacilante como la radio por la noche en una zona apartada. Podía oír el susurro de las patas de las hormigas según pasaban. Creo que incluso oía el entrechocar de los átomos que iban acelerando sus movimientos al calentarse el camino cada vez más por el calor del sol del mediodía. Entonces se interfirieron las voces, rugiendo con más intensidad que las cataratas del Niagara, luego más suaves que la nieve cayendo sobre la nieve, pero siempre con un delgado hilo de inteligibilidad, sin importar su volumen:

«…molesta ser tan pequeños. No podemos hacernos una idea de la perspectiva real…»

«…más fácil ser lanzados y viajar con este tamaño que grandes. Deberíamos ser devueltos a nuestro tamaño en cuanto nos reunamos todos…»

«¡Bof! Me pregunto si nos enfrentaremos con mucha hostilidad. Estas criaturas parecen bastante pacíficas. No consigo acostumbrarme a totalizar una población…»

«…riesgos del juego. Nosotros jamás iniciamos la destrucción…»

«Tampoco nos hemos molestado demasiado en hacer preguntas. Oh, bueno, estas criaturas no están suficientemente cerebradas como para pensárselo mucho…»

«Pero no son las dominantes. Aquí encima de nosotros puedes ver una porción de uno de los dominantes.»

«No parece muy activo. No puedo captar ninguna…»

«No es característico. Está casi moribundo, desafortunadamente. Fuimos advertidos de no poner en funcionamiento ni accidentalmente ni a propósito, ninguno de nuestros… ahí está el Vehículo 67…»

Entonces, ¡que me ase en el infierno si los muy caraduras no se volvieron a meter en la línea y se marcharon! Dos vehículos, con blindaje y antenas telescópicas. Una hormiga con una pepita de melón, una hormiga con una miga de pan… marrón…

La dureza y el calor del bordillo empezaron a clavárseme en la mejilla y un millar de alfileres empezó a hincarse en mi barbilla. Hubo una súbita marea de ruido, puntuada por el sonido de pasos sobre el camino.

¡Oh, oh!, pensé. ¡Aquí viene esa vieja empalagosa! Tenía que ser ella la que me encontrara tirado aquí, indefenso en medio del suelo.

Hubo un alarido como el de un reclamo para alces, y un golpe un tanto pastoso contra el suelo.

Ya lo sabía yo, pensé, cerrando los ojos, que habían adquirido una expresión de paciencia. ¡Ahí se quedó la jalea! Veamos, ¿hoy es martes? Sí, jalea de plátano con piña incorporada.

Aquella vieja pelma de la casa de al lado. Tontita ella. Bien entrada en la cincuentena y todavía enfrascada en la caza del hombre. Incluso a sus cincuentaitantos años es demasiado vieja para mí. Nació vieja, supongo. Y tampoco me gusta demasiado la jalea. Bueno, qué remedio, tal vez pueda necesitarla ahora, ya que mis mandíbulas no parecen funcionar.

Pero probablemente ya no me traiga más. ¿Para qué le iba a servir ahora? No puedo moverme, no puedo hablar. No puedo ver a través de toda esa tumultuosa oscuridad que me cubre como si fueran olas que agitan mis hombros… es que ella me está sacudiendo y gritando, «¡Señor Martin! ¡Señor Martin!»…

No le contestaría aunque pudiera.

 Bueno, tardé algo de tiempo, pero ya estoy casi como nuevo. Sólo estoy esperando recuperar todas mis fuerzas. Aún vacilo un tanto al andar, a veces, pero también eso se me está pasando.

—No tienes nada que no sea cosa del Anno Domini —dijo el doctor Klannest hoy cuando pasó a, según él, hacerme una visita, pero en parte vino también a buscar un cuartelillo—. Si tuviste un ataque, saliste de pura suerte. No hay señal alguna de daño permanente… que no estuviera ya ahí.

—Anno Domini —piafé a modo de respuesta—. ¡No tengo más que 73 años! Conoces a mi familia… ¡Viviré para ver tu entierro!

—No lo dudes —dijo levantándose cansadamente, los planos de su cara colgándole, profundizando las arrugas—. Especialmente si me sacan de mi consulta a tirones más veces para recogerte mientras tengo que mantener a raya a unas hembras histéricas.

—¡Esa vieja pelma! —dije. Después me eché a reír—. Desde luego, se ha de haber impresionado mucho con el asunto. Se cargó por completo su programa de actividades. Ahora trae la jalea los viernes. Esperaba que con un poco de suerte la hubiera curado de hacer jalea. No fue así.

—Bueno. —El doctor Klannest se enderezó como pudo—. No es mala cosa tener a alguien que esté lo suficientemente interesado en uno como para estar pendiente.

—Desde luego que está pendiente —dije con sorna.

—Cuídate —dijo el doctor, y se fue camino abajo.

—Cuídate tú —dije a sus espaldas.

Me tenía preocupado. Estaba trabajando al límite de sus fuerzas.

Miré hacia el césped. Aún no había crecido demasiado. No había sido regado lo suficiente como para que creciera mucho. Anduve hasta donde estaba aún mi segadora. Aquellas malditas hormigas cruzaban el camino como una marea roja. Había casi terminado la hierba de aquel lado antes de que ocurriera todo el incidente. Bueno, tendría que esperar hasta que recuperara algo más de empuje.

Arrastré la segadora hasta el garaje, aplastando unas cuantas hormigas de paso. Después saqué mi quemador de malas hierbas. Todos los años, pensé, ¡todos los años la misma historia!

No es que sirva para nada en absoluto. Pero lo hago de todas maneras.

Encendí el quemador y salí, con fuego en la mano, a batallar contra aquellas malditas hormigas. Curioso, pensé mientras barría con la mano el camino, calcinando las hormigas, que quedaban convertidas en apretadas bolitas negras. Lo único que consigo recordar es que estaba pensando en las hormigas y de golpe esa vieja pelma aullando. Era como haberse ido a dormir y despertarse sabiendo que tenía que haber pasado tiempo entre las dos cosas… y sueños.

Y sueños. Repasé de nuevo los hormigueros, después apagué el quemador. Las malditas hormigas se apoderan de todo a poco que las dejemos. Sueños. Algo había… ¿Nunca han atrapado un sueño por la cola, intentando traerlo de vuelta a la consciencia?

Salí al paseo. Me dirigí al garaje para guardar el quemador, aplastando las pelotitas de carbón bajo mis pies. ¡De repente, uno de ellos empezó a moverse de debajo de mí! Recuperé el equilibrio con el otro, ¡y que se me lleven los demonios si también el otro no se puso a deslizarse de debajo de mí!

¡Otra vez no!, pensé. ¡Yo soy un Martin! Pero después de un par de patinazos más me encontré sobre la hierba. Agitado, pero aún en pie.

En cuanto recuperé la respiración, me agaché para mirar el camino. No podía haber patinado más de unos pocos centímetros con cada pie. No había sido más que la precariedad de mi equilibrio lo que había hecho que me pareciera medio metro. Ni siquiera lo hubiera notado si para empezar me hubiera sentido más seguro de mis propios pies.

Toqué una de las motas de carbón con el dedo. Se deshizo dejando una manchita. Me estoy volviendo viejo si una cosa como ésta puede derribarme, pensé. Toqué otra manchita. Otra. ¡Se escurrió bajo la presión de mi dedo, rodando de una forma torpe y excéntrica!

Vaya, aquello era interesante… Me acerqué a donde había ido a parar el chismecito negro, lo apreté firmemente con el dedo, y después lo levanté para verlo más de cerca. Era como una bolita metálica deformada y ennegrecida. Sentí una opresión en el pecho. Aquella presa que tenía aún sobre la cola de mi sueño súbitamente se engrandeció sobre mi mente y casi me dejó sin respiración.

Estuve tocando puntos negros hasta que tuve media docena de los pequeños pegotes metálicos, pensando fútilmente Yo no quería hacerlo, yo no quería hacerlo a cada uno que encontraba. Les limpié del hollín que los cubría frotándolos contra la palma de mi mano. Después parpadeé ante el brillo opaco del metal. Pequeños pegotes de metal entre las pelotitas de carbón…

Miré a lo alto… y a mi alrededor. ¿Enseñárselo a alguien? ¿Alguien que se burlara de mi insensatez? ¿Alguien a quien explicar aquella agresión inintencionada? ¿Alguien?

Nadie.

Y entonces, al otro lado del carbonizado y oscurecido paseo, aparecieron de nuevo todas las líneas reagrupándose, dirigiéndose hacia las carbonizadas, oscurecidas cumbres de los nidos de hormiga cuyos incontables túneles atravesaban el terreno bajo mi césped. Cientos y cientos fuera del alcance de la vista, indemnes.

Una línea se desvió ligeramente en torno a la punta de mi zapato y siguió su camino.

Una hormiga con una ramita. Una hormiga con una semilla. Una hormiga con un trozo de algo. Y un…