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Primer amor, primer temor - George Zebrowski


Hacía frío en el agua. El sol se ocultó detrás de unas nubes en el oeste y bajó la temperatura del aire; el cielo se tiñó de un azul más intenso, el mar se tornó más oscuro. 
Tim caminaba por el agua, mientras contemplaba al disco anaranjado del sol entre las nubes agrupadas en el horizonte, un sol que ya no calentaba, un globo de cadmio rodando entre cenizas, otra señal de que por fin acababa el largo segundo verano de Lea.
La estrella volvió a emerger de pronto, iluminando el cielo calentándole los hombros mojados. Tim miró la roca dentada que asomaba fuera del agua frente a él; estaba cubierta de relucientes algas verdes. Nadó hacia ella con renovadas energías.
Su padre le había prohibido alejarse demasiado de la costa, pero nunca se enteraría. Había ido al astropuerto a cien millas de distancia sobre la costa para recoger a una pareja y su hija que iban a compartir su casa, y tardaría una semana en regresar.
De pronto Tim tuvo miedo de las profundidades que se abrían debajo de él. El agua fría subía con fuerza y se arremolinaba en torno a sus pies, haciendo temblar todo su cuerpo. Recordó la madre pólipo que había desenterrado en la playa el verano anterior. 
Era el caparazón muerto de una criatura cuyos pequeños se habían abierto paso a mordiscos en primavera, dejando a la progenitora abierta y corroída. Las entrañas llevaban un tiempo pudriéndose cuando él la encontró, y tenían el aspecto de hongos rojos e hígado fresco cubierto de arena, una mezcla con olor a arena y a descomposición. La cubrió a toda prisa y su estómago tardó un día en recuperarse. ¿Tendría ahora alguna de esas cosas nadando bajo sus pies?
El planeta era un enorme océano, de varias millas de profundidad en algunos puntos, cálido y poco profundo a lo largo de miles de millas cuadradas en el resto. 
Nueva Australia era el único continente, con un astropuerto situado hacia el interior, junto a la costa oriental, al sur del lugar donde se encontraba la casa rural de la familia, y dos docenas de poblados dispersos en semicírculo, más alejados del astropuerto, el más distante de ellos a ciento cincuenta millas de la costa. 
El interior permanecía inexplorado, a excepción de los mapas fotográficos obtenidos por satélite. Era una enorme meseta boscosa cubierta de altos árboles, algunos de ellos con miles de años de antigüedad. Esa tierra era única entre los mundos explorados, pues no contaba con una población nativa como ocurría con la mayoría de los planetas habitables para el hombre. La población de aquel mundo vivía en el mar.
Tim nadó más rápidamente a medida que se aproximaba a la roca, todavía preocupado por la idea de lo que le podía estar acechando bajo el agua. Sus manos y sus pies tocaron las resbaladizas rocas sumergidas; se agarró a las plantas acuáticas que crecían de trecho en trecho y se izó hacia delante, medio nadando, medio arrastrándose sobre las rocas ocultas. Por fin se puso de pie en el agua, en precario equilibrio.
Fue avanzando con cuidado, adelantando primero un pie, luego el otro, hasta situarse frente a la aguja rocosa. Un cangrejo extraterrestre echó a correr hacia el agua, a sus pies. Tim se volvió y miró la playa a sus espaldas, pero no podía oír el rompiente, y las altas rocas cubiertas de arena se veían pequeñas a un cuarto de milla de distancia. Los nudosos árboles de negra corteza aferrados a las rocas de la playa se dibujaban nítidamente contra el cielo.
Apartó la mirada de la playa justo a tiempo para ver desaparecer el sol anaranjado tras las nubes oscuras que se iban acumulando sobre el borde del mundo; comprendió que no volvería a emerger antes de ponerse el sol.
Se agarró a las plantas trepadoras que crecían sobre la aguja y comenzó a circundarla por la derecha, con la intención de dar la vuelta a su alrededor. Avanzaba despacio, mirando a todos lados mientras se movía. El azul acerado del agua le daba una tonalidad más oscura al mismo cielo. La brisa iba secando rápidamente su piel y su bañador, y se detuvo para apartarse unos cabellos de los ojos. Por un instante, su mano le pareció más oscura, casi como si en cierto modo el mar la hubiera teñido.
La playa quedaba ahora a su izquierda y pudo ver la primera luna que asomaba detrás de las rocas, un pequeño espejo plateado, el objeto más brillante del cielo una vez desaparecida la luz directa del sol. Sabía que cuando nadara de regreso, el agua estaría más fría. En invierno podría intentar llegar hasta allí andando sobre el hielo.
Bordeó la roca hasta donde ya no se divisaba la playa. El aire tenía un olorcillo penetrante, producido por una tormenta en alta mar y arrastrado por el viento. Una pequeña ola rompió contra la roca, salpicándole de espuma, y Tim paladeó su frescor con un estremecimiento.
Se frotó los ojos, apartando de ellos un poco de agua, y vio la muesca superficial en la base de la roca. La miró más de cerca. Era casi como una pequeña cueva. Se inclinó y se puso de rodillas para verla mejor.
Cuando descubrió la oscura sombra agazapada ahí dentro le empezó a latir con fuerza el corazón. Ella se inclinó hacia delante y clavó la vista en él. Las pupilas eran de un rojo encendido, rodeadas de un blanco perfecto. Él vio cómo se abrían y cerraban lentamente las agallas de sus espaldas, absorbiendo el aire, jadeantes. Miró con más precisión y advirtió que el interior de las agallas era de un delicado color rosa. 
Era una muchacha, una habitante del mar; estaba seguro de que así era, a pesar de no haber visto nunca a una muchacha viva, ni humana ni nativa, que él pudiera recordar. 
Había visto fotografías de mujeres y también de su madre, quien había muerto de parto. Su padre le había criado con ayuda de Jak, su empleado, que era amigo de Tim y le había enseñado a utilizar la máquina de aprender traída de la vieja Tierra.
Se incorporó y retrocedió mientras ella extraía su cuerpo de la baja cueva, dejando caer sus cabellos hasta la cintura. Casi tenía la misma estatura que Tim, un metro y medio aproximadamente. 
Desprendía un cálido y agradable olor húmedo que le hacía desear permanecer cerca de ella. Se detuvo a sólo medio metro de él y Tim sintió y oyó su aliento que removía el aire junto a su cara.
Tenía los pies palmeados; sus piernas eran largas y delicadas para su estatura y constitución. La cintura era fina, pero tenía las caderas llenas; el vello púbico era una masa de rizos de ébano, entre los que colgaban gotitas de agua y espuma como lechosas perlas blancas. Sus largos cabellos negros le tapaban parcialmente los senos.
Él sintió una vaga expectación. Se estaba levantando el viento, secándole el bañador y la piel y poniéndole carne de gallina. Su único pensamiento era que debía permanecer quieto y mirarla sin apartar los ojos de su figura hasta que ella dejara de prestarle atención. Sintió un nudo en el estómago y una gran alegría de que ella también le mirara. 
Empezó a oír su pulso, que palpitaba en sus oídos, por debajo del susurro del viento. El placer iba acompañado de una sensación de fuerza. No le importaba la fría travesía de regreso a nado; no le importaba el viento cada vez más fuerte y la creciente oscuridad. 
La roca, el cielo, el viento y el hogar de donde había venido eran irreales; su padre era una imagen distante, muy alejada de la vívida realidad que le rodeaba.
Ella se le acercó un paso, con los ojos fijos en él, su mirada atenta y curiosa. Le sonreía. Él observó que no tenía cejas y su piel gris estaba cubierta de una película viscosa que captaba curiosamente la luz. Desprendía un olor embriagador.
Adelantó una pierna, doblada a la altura de la rodilla, y le rozó con ella en un gesto que le hizo suspirar profundamente y estremeció todo su cuerpo. 
Después abrió la boca y emitió una apaciguadora nota de soprano, casi como un fragmento de una canción que no cantaría. Tim olió el frescor del agua de mar en sus cabellos.
Permaneció totalmente inmóvil, comprendiendo que debía hacer algo. La presencia de ella parecía milagrosa, y tal vez jamás volviera a repetirse un momento como ése. Tendría que intentarlo.
Ella alargó una mano palmeada y palpó su vientre, desnudo, por encima del bañador; esto quebró la voluntad de Tim. Luego palpó con curiosidad el verde tejido sintético, como si pensara que tal vez formaba parte del cuerpo del muchacho.
De pronto ella avanzó, pasó rozándole con todo su cuerpo y se zambulló en el agua entre las rocas. Él se volvió y la siguió en el acto, se adentró en el agua y se lanzó veloz en su persecución. Nadó un par de metros y tocó fondo, esperando que ella saliera a la superficie.
Sin nada que lo anunciara, ella se apretó contra Tim bajo el agua y su cabeza apareció enfrente de él. Nuevamente sonreía; sus cabellos eran una maraña de negras algas rebosantes de agua. Su cuerpo se apretó tenso contra él por un instante y Tim acarició sus redondos senos con los dedos. Y entonces ella desapareció otra vez.
Por el oeste, el horizonte estalló en distintos matices de rojo y azul oscuro sobre el agitado océano. El puño cerrado de las nubes que retenían al sol poniente se abrió sólo un instante para revelar la hinchada y deforme esfera que ya se hundía en el mar, tiñendo las nubes y ensombreciendo el agua con su rojo apagado.
Ella volvió a emerger a un par de metros de distancia. Expulsó el agua por las agallas y él sintió un deseo desesperado de tenerla cerca, de alargar la mano y tocar sus largos cabellos, su vientre y sus largas y gráciles piernas.
Nadó hacia ella, pero la chica se sumergió y salió a la superficie detrás de él, cerca de la roca. Él la vio salir del agua, con el cuerpo reluciente, y la visión de sus nalgas fue un nuevo deleite, algo de lo que se habría burlado si simplemente se lo hubieran descrito. 
Recordó cómo se reía imaginando qué aspecto tendrían las mujeres de las fotografías de la tierra si pudiera desvestirlas y darles la vuelta. La contempló mientras se sentaba de espaldas a la roca. Sus agallas vertieron un poco de agua. sobre su pecho en el proceso de adaptación al aíre.
Tim nadó hacia la roca, contemplando cómo ella extendía las piernas hacia delante y las separaba un instante con los ojos fijos en él. Se sumergió un momento y comenzó a bracear más rápido para mantener la cabeza fuera del agua. Se dio un golpe cortante en la rodilla contra la roca.
Por fin consiguió izarse otra vez sobre la roca. Parecía más fría y más resbaladiza bajo sus pies. Permaneció de pie, mirándola, confuso, con la respiración entrecortada, satisfecho de sí mismo, con los ojos fijos en ella como si pudiera desvanecerse en cualquier instante. No podía apartar la mirada; los ojos de ella le mantenían clavado a la roca.
Un enorme rugido llegó de la playa. Tim se volvió al oír el primer eco y estuvo a punto de perder pie. Recuperado el equilibrio, miró hacia la playa. Ahora la luna mayor comenzaba a elevarse sobre las rocas, arrojando su mortecina luz dorada sobre la arena gris. La luna pequeña, un brillante disco plateado casi encima de sus cabezas, daría otra veloz vuelta al mundo antes de que apareciera la luna grande. Las rocas proyectaban largas sombras dentadas de sólida negrura sobre la playa, dientes estigios adentrándose entre los rompientes. 
Las sombras retrocederían cuando la luna mayor se elevara en el cielo. El océano se había tragado el sol putrefacto por el oeste y las oscuras nubes habían reconstruido su rompecabezas de ébano que cubría una tercera parte del cielo. Ahora la marea iba subiendo rápidamente y pronto cubriría toda la roca, a excepción de la punta de la aguja. Arriba, brillaban unas cuantas estrellas cerca de la luna pequeña.
Se oyó otra vez el rugido, un grito imperioso algo enfadado que chocó contra las rocas de la playa y rebotó hasta él sobre las aguas. La muchacha se levantó y se le acercó, pero tenía la mirada fija en la playa. 
Él la agarró e intentó retenerla, pero ella se mantenía más firme que él sobre la roca. Tim resbaló y cayó de costado, con los pies en el agua.
Ella se zambulló y echó a nadar hacia la playa, deslizándose veloz entre las aguas, asomando sólo la cabeza. Un instante después había desaparecido en el interior oscuro del agua. El permaneció sentado con la mirada fija en la costa; se sentía desolado, como si aquello fuera el fin de su vida.
Al cabo de algunos minutos vio aparecer en la playa una silueta negra procedente del agua, como si el mar en sombras hubiera tomado forma. Otra figura se desprendió de la negrura de las rocas y salió a su encuentro sobre la arena iluminada por la luna, precedida de una larga sombra. Las dos siluetas se fundieron, formando una criatura de dos cabezas que proyectaba una única sombra en dirección al mar. La vio alejarse del agua hasta que se confundió con las rocas y se hizo invisible.
Se sentía vacío, incapaz de moverse, inundado por la pérdida. Se estremeció, consciente del frío, y todo el mundo estaba vacío a su alrededor, a excepción del viento que lo cruzaba como un apresurado intruso. 
Sobre la playa, las sombras eran consistentes, nítidamente dibujadas, y sólo cedían su terreno ante la luz de la luna que iba levantándose. En las zonas altas, los árboles enanos se inclinaban hacia atrás en dirección a la tierra y sus hojas se desprendían una a una...
Se incorporó y entró en el agua, sin prestar atención a las afiladas rocas, y se zambulló. Estuvo nadando lo que le pareció un largo rato y durante unos minutos se tendió de espaldas sobre las aguas oscuras como la tinta y se impulsó con las piernas mientras contemplaba el cielo cada vez más opaco de nubes y de niebla.
Por fin hizo pie en el agua y vadeó hasta la orilla. Una ola le derribó, pero se incorporó rápidamente y logró salir antes de que pudiera darle alcance la siguiente.
Con los brazos apretados contra el cuerpo mojado, siguió la doble huella de pies palmeados hasta las rocas. Comenzó a trepar y siguió adelante incluso después de que desaparecieran las huellas que le servían de guía. Llegó a lo alto y comenzó a descender por el otro lado; durante un rato sólo percibió su jadeo y el dolor de los dedos de los pies heridos y la rodilla magullada. Lentamente fue tomando conciencia de otro sonido apenas perceptible para el oído normal.
La única luz procedía ahora de la luna grande. La luna pequeña había desaparecido entre las nubes que cubrían el cielo por el oeste. Tim fue bajando entre las rocas a paso más acelerado.
En algún punto de allí abajo oyó un suave murmullo del mar, distinto del amortiguado estallido de las olas sobre la playa. Se detuvo, perfectamente inmóvil, y escuchó. Su cuerpo se puso tenso. Le dolía el pensamiento de que había perdido a la muchacha. 
El mar se introducía por alguna parte entre las rocas, tal vez a través de un canal abierto por las mareas, y desembocaba en una charca que una vez al día se llenaba con la marea alta. No le permitían explorar las rocas y comprendió que en realidad ésa era la primera vez que se encontraba a una distancia considerable de la casa después de oscurecer, y solo.
Avanzó cuidadosamente paso a paso, cada uno de los cuales le hacía descender un poco, le acercaba un poquito más al sonido del agua. Luego, por un instante, se situó en la perspectiva adecuada y vislumbró el reflejo platinado de la luna flotando sobre una charca de agua. Bajó de las rocas a 1a arena lisa y la luz desapareció.
Intuyó que estaba sobre una gran depresión arenosa circundada por las altas rocas. La charca y el canal que atravesaba las rocas se encontraban en algún lugar de la penumbra que se extendía frente a él, tal vez a unos treinta metros de distancia. Siguió avanzando. La arena estaba aún caliente y ello fue un consuelo para sus pies.
Unas nubes avanzaron sobre la luna grande y la cubrieron. Se detuvo. Allí mismo, delante de él se oía otro sonido. Forzó la vista intentando ver algo. En esa zona resguardada no había viento, sólo el sonido del agua que se agitaba en la charca y el otro son casi inexistente.
Avanzó cinco pasos más y volvió a detenerse.
Las nubes se abrieron de pronto. Enormes moles desintegradas flotando en torno a la luna. Dentro de unos instantes llegaría todo el frente nuboso procedente del mar. Tim avanzó otro paso y vio las formas oscuras sobre la arena. Siguió avanzando hasta que pudo verlas bajo la luz de la luna.
El macho la tenía cogida por las agallas, abriéndoselas mientras se movía arriba y abajo. La muchacha del mar respiraba pesadamente; con esos gemidos musicales que Tim ya conocía y pudo verle la cara cuando se volvió en su dirección. Solo se distinguían los blancos de los ojos mientras hacía rodar la cabeza de un lado a otro. Sus cabellos formaban una negra maraña en torno a su cabeza sobre la arena.
Los dos parecían incapaces de prestarle atención. Por lo que Tim alcanzaba a ver, el gran macho era igual a ella, pero su piel parecía más áspera y tenía un olor desagradable. Sus enormes pies palmeados se hundían en la arena.
La forma oscura se desprendió del cuerpo de la muchacha y rodó sobre la arena. Luego se puso de cuatro patas, acercó la boca al vientre de ella y mordió su carne trazando aproximadamente el contorno de un círculo. Ella extendió las manos palmeadas y las hundió en la arena.
Cuando hubo terminado, el macho levantó la vista y Tim vio dos rojos carbones encendidos fijos en él. La criatura rugió y Tim retrocedió un par de pasos. La muchacha siseó. El macho se incorporó alcanzando una fantástica estatura. Tim dio media vuelta y echó a correr. La criatura continuó rugiendo pero no le siguió.
Tim subió a trompicones por donde había venido. Cuando había trepado hasta media altura, las nubes ocultaron la luna y se hizo muy oscuro. A tientas se abrió peso hasta la cima.
Agradeció la escasa luz que se filtraba de la luna y gracias a la cual pudo encontrar el camino hasta la playa. Corrió en dirección al sendero que se abría en el otro extremo de la media luna de la línea costera. 
Subió velozmente por el familiar atajo hasta el camino polvoriento y mantuvo un paso rápido y uniforme hasta que divisó las luces de su casa engarzadas entre los árboles en la ladera de la colina y escuchó el débil zumbido del generador eléctrico en el galpón contiguo. La fresca hierba fue un consuelo para sus pies magullados mientras ascendía por la colina hasta la puerta de entrada.
Jak estaba sentado fumando su pipa junto a la mesa de madera, en el centro de la habitación. Tim pasó por su lado y cruzó la puerta abierta en dirección a su cuarto.
-¿Dónde has estado? -preguntó Jak en tono amistoso a su espalda.
Tim no se sentía con ánimos para explicárselo y, puesto que su padre no estaba en casa, consideró que no era necesario decir nada. Se dejó caer en la cama y permaneció callado. Su respiración fue haciéndose regular y se durmió.
Cuando despertó, la aurora se anunciaba en forma de luz pardusca sobre la ventana del este. Apartó la manta con que Jak le había cubierto durante la noche y se levantó de la cama.
Todavía llevaba el bañador y observó los esparadrapos sobre sus pies lavados.
El recuerdo de ella estaba agradablemente presente en su mente mientras se ponía a toda prisa un par de tejanos limpios y una camisa. Entró en el cuarto principal donde Jak roncaba sonoramente frente a las ascuas mortecinas. Se detuvo junto a la puerta, cogió una antorcha y unas cuantas cerillas del estante y salió.
La mañana estaba húmeda. La hierba castigada por el sol aparecía muy mojada sobre la colina. Bajó al camino y recorrió los dos kilómetros que le separaban del sendero de la playa. Sólo una leve brisa agitaba el aire húmedo.
Bajó rápidamente por el sendero y atravesó la playa en dirección a las rocas altas. Mientras caminaba miró hacia el mar, donde la aguja rocosa se elevaba entre la bruma sobre el agua y se sintió orgulloso de haber llegado por fin hasta allí. Ahora parecía estar más próxima, no tan alejada como le había parecido un año atrás cuando tenía trece años.
Trepó rápidamente por las rocas bajo la luz del día. Cuando empezó a bajar por el otro lado, la hondonada rocosa parecía vacía, vulgar incluso. Saltó a la arena y avanzó hacia el lugar donde estaba la charca de agua. Era una lisa cavidad en la roca, ahora vacía. Imaginó que, si había una gran tormenta, la cavidad se desbordaría convirtiendo toda la depresión en una profunda laguna.
Miró de soslayo el oscuro túnel a través de las rocas por donde entraba el mar durante la marea alta. "Tal vez se fueron por allí", pensó. Miró hacia atrás y vio una única huella de pisadas que avanzaban hasta el borde, próximas a las suyas. Rápidamente dio media vuelta y volvió al lugar donde les había observado la noche anterior. La arena estaba sucia y revuelta.
Sacó las cerillas y encendió la antorcha. La clavó en la arena y se calentó las manos en cuclillas. Luego se puso a cuatro patas y empezó a cavar. La arena estaba húmeda tras la primera capa de la superficie y se desprendía con facilidad, como si acabaran de ponerla allí.
Siguió cavando más de prisa al encontrar el mechón de negros cabellos. Cuando la descubrió tenía lágrimas en los ojos. Contempló la textura cubierta de arena de su piel, sus grandes ojos cerrados y muertos, los cabellos llenos de pequeñas piedrecitas y trozos de concha. Dio un puñetazo en la arena y se sentó sobre los talones, sollozando en 1a húmeda mañana. La antorcha crepitaba en el aire húmedo a su lado.
Cuando se hubo recuperado, observó las señales sobre el vientre de la muchacha, un círculo de perforaciones muy próximas unas a otras. Parecía hinchado, como si la hubieran apaleado, y en su vello púbico había unas gotitas color vino. La miró más detenidamente y advirtió que... parecía que la hubieran llenado de algas y arena. Tocó su vientre. Milagrosamente, todavía se conservaba caliente y blando. Recordó qué lozana y mágica le había parecido allí fuera, sobre la roca, y cuánto la había deseado. Entonces comprendió que no estaba muerta y la desesperanza de toda la situación le pesó como una piedra fría en el estómago.
Tenía que taparla en seguida o moriría antes de concluir su sueño invernal. Era todo lo que podía hacer, ahora que sabía que estaba llena de pequeños. Todos los pequeños fragmentos de información recogidos adquirían ahora un sentido. 
En primavera, los pequeños saldrían y se abrirían camino hasta la charca de agua, pequeñas criaturas en forma de lagarto que con el tiempo se transformarían en habitantes marinos. 
El líquido del vientre de la muchacha estaba lleno de huevos que el macho le había insertado. Dormiría mientras alimentaba a los pequeños seres en fase de desarrollo y por fin estos se abrirían paso con los dientes a través de la sección perforada de su vientre. Pero aunque no estaba muerta, la muchacha no volvería a despertar. Fue arrojando arena sobre su cuerpo.
¡Los pájaros! Las aves marinas acudirían allí en primavera para devorar a los pequeños que huían. Recordó el ruido que hacían sobre las rocas en años anteriores. "Yo estaré aquí con una escopeta -pensó-, estaré aquí y al menos podré hacer eso". Y tal vez volvería a encontrar otra como ella.
Su miedo se fue aplacando y terminó de enterrarla. Se incorporó y apagó la antorcha en la arena. Se alejó a través del claro, en dirección a las rocas y comenzó a subir lentamente, y durante todo el camino hasta su casa estuvo pensando en la nueva vida enterrada allí en la arena.
Cuando estuvo a la vista de la casa, descubrió el remolque y el pesado tractor aparcados frente al galpón. Su padre había regresado pronto. 
Corrió colina arriba desde el camino, olvidada casi su melancolía. Se detuvo a mitad de la colina al ver a su padre que charlaba con otro hombre frente a la puerta de la casa. El otro hombre apartó la vista de su padre y Tim siguió su mirada hacia la izquierda. Vio a la muchacha allí de pie observando cómo el sol intentaba abrirse paso entre la bruma matutina. 
Sus largos cabellos flotaban movidos por la brisa que ahora soplaba del mar. Tim vio que su padre le saludaba y le devolvió el saludo. En ese mismo momento, la muchacha se volvió a mirarle y Tim vio que sonreía. Al instante decidió cambiar de rumbo y continuó colina arriba, en dirección a la muchacha.

El viaje - Úrsula K. Le Guin

 Mientras tragaba la substancia supo que no debía tragarla, lo supo con seguridad, de la misma manera que un conductor ve venir un camión en línea recta hacia él a 110 km/h. Repentinamente, íntimamente, finalmente. 

La garganta se le cerró, el plexo solar se le anudó como una anémona marina, pero ya era muy tarde. No te puedes permitir tener miedo. El miedo lo enreda todo, y manda a aquellos pocos infelices, un porcentaje muy pequeño, al depósito loco, a agacharse en los rincones sin decir palabra...

No hay nada que temer con excepción del temor.

Sí señor. Sí señor don Roosevelt señor.

Lo que hay que hacer es relajarse. Pensar cosas agradables. Si la violación es inevitable...

Contempló a Rich Harringer mientras abría su pequeño paquete (compuesto con precisión y envuelto higiénicamente por un par de tipos que cursaban la escuela primaria de química gracias al método americano aprobado de la empresa libre; sin duda algo ilegal pero eso no es raro en América donde tan pocas cosas son legales que hasta un niño pequeño puede ser ilegal) y tragaba el pequeño caracol amargo con gozo deliberado y ceremonioso. 

Si la violación es inevitable, relájate y goza. Una vez a la semana.

¿Pero existe algo inevitable aparte de la muerte? ¿Por qué relajarse? ¿Por qué gozar? Lucharía. No haría un mal viaje. Lucharía concienzuda y deliberadamente contra la droga, sin pánico pero con resolución, y vería quién triunfaba. 

En este rincón, LSD/alfa, 100 microgramos, con bata lisa, el Torbellino Tibetano; y en este rincón, damas y salvajes, LSD/B.A., M.A., 62 kgs., el Llorica de Sonoma, usando baúles blancos, maletas rojas y bolsas azules. ¡Dejadme ir, dejadme ir! 

Clang.

Nada sucedió.

Lewis Sidney David, el hombre sin apellido, el judeocelta, arrinconado en su esquina, miró con cautela a su alrededor. Sus tres compañeros parecían normales, aunque fuera de su alcance, estaban en foco. No tenían aura. 

Jim estaba echado en el sofá leyendo Murallas; quizá deseaba un viaje a Vietnam, o a Sacramento. 

Richard estaba adormilado, pero siempre estaba adormilado, aun cuando almorzaba gratis en el parque, y Alex estaba punteando en la guitarra. La satisfacción infinita del acorde. 

La satisfacción infinita de la cuerda. Sursum corda. Si se desplaza con una guitarra a cuestas, ¿por qué no puede sacarle alguna melodía? No. 

La irritabilidad es un síntoma de que se está perdiendo el autocontrol; suprímela. Suprime todo. ¡Censor, censor! ¡Pelea, equipo, pelea!

Lewis se levantó, observando con placer la pronta desenvoltura de sus reflejos y la perfección de su sentido del equilibrio, y llenó un vaso de agua en el vil fregadero. Pelos de barba, esputos de Colgate, manchas de óxido y restos de comida, un fregadero de perversidad. 

Un fregadero pequeño, pero mío. ¿Por qué vivía en este vertedero? ¿Por qué había pedido a Jim y a Rich y a Alex que vinieran a compartir con él sus terrones de azúcar? Ya era suficientemente piojoso como para convertirlo además en un fumadero de opio. 

Pronto estaría lleno de cuerpos inertes, de ojos que saltarían como canicas y rodarían bajo la cama para reunirse con el polvo y las ruinas que acechaban desde allí. 

Lewis llevó el vaso de agua hasta la ventana, bebió la mitad, y empezó a volcar delicadamente el resto sobre las raíces de un olivo en miniatura plantado en una maceta emparchada que valía diez centavos.

–Bebe conmigo –dijo, mirando al árbol desde más cerca; medía doce centímetros pero era muy similar a un olivo, nudoso y perdurable. 

Un bonsai. ¡Banzai! ¿Pero dónde está el satori? ¿Dónde está el significado, la mejoría, todas las figuras y los colores y los significados, la intensificación de la percepción de la realidad? ¿Cuánto tiempo necesita para actuar este maldito menjunje? 

Allí estaba su olivo. Ni menos, ni más. Insignificante, sin haber crecido. Los hombres gritan Paz, Paz, pero la paz no llega. No hay suficientes olivos debido a la explosión demográfica de la especie humana. ¿Era esto una Percepción? No, cualquier cabeza de melón podría percibir esto sin la ayuda de drogas. 

Oh, vamos, veneno, veneno, envenéname. Ven alucinación, ven para que pueda luchar contra ti, repelerte, rehusarte, perder la lucha y volverme loco, en silencio.

Como Isobel.

Por eso era que vivía en este vertedero, y por eso era que había invitado a Jim y Rich y Alex, y por eso era que se había tomado un viaje con ellos, un crucero de placer, una vacación a bordo del pintoresco Old Erewhon. 

Estaba tratando de ponerse a tono con su mujer. Lo más difícil de tener que contemplar cómo va enloqueciendo tu mujer es que no puedes seguirla. Se aleja más y más, sin mirar atrás, en un largo viaje al silencio. 

La lira enmudece y los psiquiatras también mienten. Te encuentras detrás de la pared de vidrio de tu cordura como alguien que ve un accidente desde el aeropuerto. Gritas: ¡Isobel! Ni visto ni oído. El avión se estrella en silencio. Ella no oye su nombre gritado. Tampoco le pudo hablar. 

Las paredes que ahora los separan son de ladrillo, muy sólidas, y él podía estar a su antojo en su propia casa cuerda de cristal. Tirar piedras. Tirar alfas. Tintín, crash.

LSD/alfa no te volvía loco, por supuesto. Ni siquiera te desenreda los cromosomas. Solamente te abre la puerta a las realidades más elevadas. Supuso que la esquizofrenia hacía lo mismo, pero en ella el problema era que no podías hablar, no podías comunicarte, no podías decir nada.

Jim había abandonado sus Murallas. Estaba sentado de una forma notable, inhalando. Se iba a encontrar con la realidad del modo correcto, como un lama, hombre. Era un verdadero creyente y su vida estaba ahora centrada en la experiencia del LSD/a como la de un místico religioso en su disciplina mixta. 

Sin embargo, ¿podías seguir haciéndolo una vez a la semana durante dos años? ¿A los treinta? ¿A los cuarenta y dos? ¿A los sesenta y tres? Encontrarás la vida terriblemente monótona y adversa; necesitarás un monasterio. Maitines, nonas, vísperas, silencio, muros, grandes y sólidas paredes de ladrillo. Para mantener fuera a la grosera realidad.

Vamos, alucinógeno, empieza. Alucínate, alucina. Destroza la pared de cristal. Llévame a un viaje en el que haya estado mi esposa. Persona perdida, 22 años, 1.61 m, peso 42 kg, pelo castaño, género humano, sexo femenino. Nunca fue buena caminadora. Podía alcanzarla saltando a la pata coja... No.

Llegaré hasta allí por mí mismo, dijo Lewis Sidney David. Terminó de volcar el agua en pequeños canales alrededor de las raíces del olivo y levantó la mirada hacia la ventana. 

A través del vidrio grasoso se erguía el monte Hood con sus tres mil metros de altura; un volcán que poseía la simetría serena característica de los volcanes, durmiente pero no oficialmente extinto, lleno de fuegos adormilados y rodeado por su propio clima y atmósfera, tan diferentes de aquellos que reinaban en alturas más bajas: nieve y luz despejada. 

Por eso era que vivía en este vertedero. Porque cuando mirabas a través de la ventana, veías la realidad más alta. Tres mil metros más alta.

–Maldito sea –dijo Lewis en voz alta, sintiendo que estaba a punto de percibir algo verdaderamente importante.

Pero esto lo sentía bastante a menudo y sin ayuda de productos químicos. Entretanto, allí estaba la montaña.

Entre él y la montaña se extendía una cantidad de basura, autopistas y edificios de oficinas disponibles y altos montículos y elefantes de neón que lavaban automóviles de neón con punteadas duchas de neón, y la base del monte y sus laderas inferiores estaban cubiertos por un velo de smog, así que el pico flotaba.

Lewis sintió un fuerte impulso de gritar a todo pulmón el nombre de su esposa. Pero lo reprimió, como lo venía haciendo desde hacía tres meses, cuando la había llevado en mayo al sanatorio después de la época de silencio. 

En enero, antes de que empezase el silencio, había gritado mucho, algunas veces durante todo el día, y a él el miedo le hacía llorar. Primero el llanto, luego el silencio. No sirve para nada. ¡Oh, Dios, sácame de esto! Trató de serenarse, y abandonó la lucha contra su enemigo impalpable. Imploró que todo eso terminase. Le rogó a la droga que corría por su sangre que actuase, que hiciera algo, que le permitiera gritar, o ver colores, o que lo hiciera caer sobre su mecedora... cualquier cosa.

Nada sucedió. 

Dio por terminadas sus faenas de riego y levantó la mirada hacia la habitación: era un vertedero, pero grande, con una buena vista del monte Hood. Y en los días despejados, también de la cresta dentada del monte Adams. Pero aquí nada sucedería. Esta era la antesala. Recogió su abrigo de una silla rota y salió.

Era un buen abrigo, forrado de lana de oveja y con una capucha y esas cosas; su madre y su hermana se lo habían comprado a duras penas como regalo de Navidad, haciéndole sentirse R. R. Raskolnikov. Pero hoy no iba a asesinar a ninguna anciana usurera. Ni siquiera una parodia de algocidio. 

En la escalinata se cruzó con los pintores y estucadores, con sus cubos y escaleras. Eran tres, e iban a pintar su habitación, pacíficos, con el rostro fresco; hombres de cuarenta y cincuenta años. Pobres desgraciados, ¿qué harían con el fregadero? ¿Y con los tres drogados, Rich y Jim y Alex, que con el azúcar habían tomado la leche del Paraíso? 

¿Y con sus apuntes sobre LeNotre, Olmsted y McLaren, con sus cinco kilos de fotografías de la arquitectura doméstica japonesa, y con su pizarra y sus aparejos de pesca, sus Obras completas de Theodore Sturgeon encuadernadas en sensacional cartón, el óleo de dos metros por tres de un desnudo atáxico pintado por un amigo cuya compañía de selfcrédito le había embargado las obras, la guitarra de Alex, el olivo, el polvo, y los ojos de debajo de la cama? 

Eso era asunto de ellos. Bajó las escaleras de la casa de huéspedes que hedía a gato viejo, y oyó cómo retumbaban cordialmente sus botas de excursión. Y sintió que todo esto ya había sucedido alguna vez.

Salir de la ciudad le tomó bastante tiempo. Dado que era obvio que los transportes públicos estaban prohibidos para un hombre en su estado, no pudo subir al autobús de Gresham que le habría ahorrado mucho tiempo, llevándolo a través de los suburbios y bajando en la mitad del trayecto. 

Pero tenía mucho tiempo. Podía contar con que el atardecer veraniego prolongaría la iluminación. Los crepúsculos de las latitudes que se hallan entre el trópico y el polo son dulces y benignos en cuanto a longitud, sin la monotonía ecuatorial, sin los extremos polares, sino con inviernos de largas sombras y veranos de largos atardeceres: degradaciones y ajustes de la claridad, ocios y sutilezas de la luz. 

Por los verdes parques de Portland y por largas calles laterales correteaban niños, jugando todos ellos en la ciudad un solo juego: el juego de la Juventud. Alguna que otra vez se veía un chico solitario, jugando a la Soledad, en busca de más altos riesgos. Niños hay que son tahúres natos. La basura se amontonaba en las canaletas y un viento cálido la movía a ratos. 

Desde la ciudad se oía un sonido lejano, fuerte y triste, similar al que producían leones rugiendo en sus jaulas, caminando y azotando sus flancos dorados con rabos borlados de oro, rugiendo sin parar. El Sol se puso en algún lugar al oeste de los tejados, pero en las lejanas alturas de la montaña ardía aún un fuego blanco. 

A medida que Lewis dejaba las últimas casas de la ciudad y se adentraba en tierras agradables, montañosas y bien labradas, el viento empezó a oler a tierra húmeda, fría, compuesta, como lo hace cuando cae la noche; y pasando Sandy, la obscuridad invadía los bosques que se alzaban en las laderas que atravesaba. 

Tenía mucho tiempo. Arriba se alzaba el pico, blanco, con un leve tono albaricoque bajo la luz del Sol. Mientras escalaba el largo y empinado camino, al salir de los bosques desembocaba una y otra vez en golfos de claridad amarillenta. Prosiguió hasta que pudo ver por encima de los bosques y por encima de la obscuridad, en las cumbres donde sólo había nieve y piedra y aire y la amplia, clara, perdurable luz.

Pero estaba solo.

Eso no estaba bien. Cuando había sucedido aquello no fue estando solo. Se tenía que encontrar con... Había estado con... ¿Dónde?

Ni esquíes ni trineo ni botas para la nieve ni siquiera una cámara de aire. Si hubiese sido el encargado de este paisaje, Dios, habría hecho un sendero por aquí. 

¿Sacrificar la grandeza en aras de la comodidad? Bueno, tan sólo un senderillo. No hará ningún daño, solamente una leve rajadura en la Campana de la Libertad, una pequeña gotera en el dique, una espoleta de la granada, un capricho del cerebro... 

Oh mi muchacha loca, mi amor silencioso, mi esposa, a la que vendí a un manicomio porque no escuchabas mi charla, ¡Isobel, ven a salvarme de ti misma! He trepado a tu zaga todos los senderos y ahora me encuentro aquí, solo. No hay dónde ir.

La luz se extinguió y el blanco de la nieve se ensombreció. En el este, sobre bosques y praderas interminables y obscurecientes y lagos claros enmarcados por colinas, resplandecía Saturno, brillante y saturnino.

Lewis no sabía dónde estaba el refugio; en algún lugar después de los bosques. Pero él tenía los bosques debajo, y no iba a descender. A las alturas. ¡Más alto, más alto! Un joven que llevaba a través del hielo y de la nieve una pancarta con este extraño lema:

AYUDA AYUDA SOY UN PRISIONERO DE LA REALIDAD MÁS ALTA.

Escaló. Desgreñado, escaló crestas que no habían sido escaladas, y mientras escalaba lloraba. Las lágrimas se arrastraban por su rostro y él se arrastraba por el rostro de la montaña.

Al atardecer los lugares muy altos son terribles, solitarios. La luz no lo esperó más. Ya no le quedaba mucho tiempo. Se había quedado sin tiempo. Cuando desviaba la vista de la planicie empinada, las estrellas aparecían y lo miraban a los ojos desde los golfos de obscuridad. 

A cada lado tenía un vacío, en el que brillaban unas pocas estrellas. Pero la nieve mantenía su propia luz fría, y siguió trepando. Recordó el sendero cuando lo vio. 

Dios o el Estado o él mismo había puesto un sendero en la montaña, después de todo. Giró a la derecha y se equivocó. Giró a la izquierda y permaneció quieto. No sabía a dónde ir. Temblando de frío y de miedo gritó a la cumbre blanco muerte y a los lugares negros el nombre de su esposa:

–¡Isobel!

Ella apareció en el sendero, entre las tinieblas.

–Empezabas a preocuparme, Lewis.

–Llegué más lejos de lo que había pensado –dijo Lewis.

–La luz permanece tanto tiempo aquí que piensas que seguirá eternamente...

–Así es. Siento haberte preocupado.

–Oh, no estaba preocupada. Tú sabes. Solitaria. Pensé que quizá tu pierna te había hecho retrasar. Un hermoso paseo, ¿verdad?

–Espectacular.

–Llévame mañana.

–¿No te has divertido esquiando?

Ella sacudió la cabeza.

–No. Al no estar tú, no –murmuró avergonzada.

Giraron a la izquierda, con lentitud. Lewis aún cojeaba ligeramente a causa del tendón desgarrado que le había impedido esquiar los últimos días, y había obscurecido y no tenían ninguna prisa. Iban de la mano. 

Nieve, luz estelar, quietud. Fuego bajo los pies, obscuridad en derredor; delante, la luz del fuego, cerveza, un lecho. Cada cosa en su momento. Algunos, tahúres natos, siempre elegirán vivir junto a un volcán.

–Cuando estaba en el sanatorio –dijo Isobel deteniéndose, y haciendo que él también se detuviera y ya no se oyó siquiera el ruido de sus botas sobre la nieve seca, ningún otro sonido que no fuese el sonido suave de aquella bendita voz–, tenía un sueño como este. Terriblemente parecido a este. Fue... el sueño más importante que he tenido. A pesar de que no puedo recordarlo con claridad. Nunca pude, ni siquiera durante las terapias. Pero era como esto. Este silencio. Este estar en las alturas. El silencio sobre todo... sobre todo. Reinaba un silencio tal que si yo decía algo, tú lo oías. Eso lo sabía, estaba segura. Y creo que durante el sueño dije tu nombre, y tú podías oírme... Me contestabas.

–Di mi nombre –susurró Lewis.

Ella se volvió y lo miró. No se oía sonido alguno en las montañas o entre las estrellas. Lo dijo.

Lewis contestó diciendo el de ella, y luego la abrazó; ambos temblaban.

–Hace frío, hace frío, tenemos que continuar –y prosiguieron, sobre la cuerda floja tendida entre los fuegos externos e internos.

–Mira aquella estrella enorme.

–Planeta. Saturno, el Padre Tiempo.

–Se comió a sus niños, ¿no es así?

–A todos menos a uno –respondió Lewis.

Delante, al pie de un declive, vieron bajo la luz gris de las estrellas la mole de la cabaña alta, las torres del montacargas, borrosas y esfumadas, y la vasta extensión de las pistas.

Tenía las manos frías y por un momento se sacó los guantes para frotarse una con otra, pero esto le resultó difícil a causa del vaso de agua que estaba sosteniendo. Terminó de verter el agua en los pequeños canales alrededor de las raíces del olivo y colocó el vaso al lado del florero emparchado. 

Pero había algo que se le estaba quedando en la mano, plegado dentro de la palma como una anotación para trampear en un examen final de francés, que je fusse, que tu fusses, qu'il fût, pequeña y pegoteada de sudor. 

Abrió la mano y estudió el objeto durante un momento. Un mensaje. ¿De quién y para quién? De la tumba, al vientre. Un pequeño envoltorio cerrado que contenía azúcar empapada en 100 mg de LSD/a.

¿Cerrado?

Recordó, en orden y con exactitud, cómo lo había abierto, cómo había ingerido la substancia, degustado su sabor. También recordó con el mismo orden y exactitud dónde había estado hasta el momento y supo que aún no había estado allí.

Se inclinó sobre Jim, que en ese instante exhalaba la bocanada que había inhalado mientras Lewis comenzaba a regar el olivo. Suave y diestramente guardó el paquete en el bolsillo del abrigo de Jim.

–¿No vienes? –preguntó Jim, sonriendo.

Lewis sacudió la cabeza.

–Gallina –murmuró Jim; sería difícil explicarle que ya había regresado del viaje que no había hecho; además, Jim no le escucharía, estaba allí donde las personas no oyen ni pueden contestar, amurallado.

–Buen viaje –dijo Lewis.

Cogió el impermeable (de popelín sucio, espera... nada de forro de lana), bajó las escaleras y salió a la calle. El verano terminaba, la estación estaba cambiando. Llovía pero aún no había obscurecido, y el viento urbano soplaba fuertes bocanadas frías que traían el olor de la tierra húmeda y de los bosques y de la noche.