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El viaje - Úrsula K. Le Guin

 Mientras tragaba la substancia supo que no debía tragarla, lo supo con seguridad, de la misma manera que un conductor ve venir un camión en línea recta hacia él a 110 km/h. Repentinamente, íntimamente, finalmente. 

La garganta se le cerró, el plexo solar se le anudó como una anémona marina, pero ya era muy tarde. No te puedes permitir tener miedo. El miedo lo enreda todo, y manda a aquellos pocos infelices, un porcentaje muy pequeño, al depósito loco, a agacharse en los rincones sin decir palabra...

No hay nada que temer con excepción del temor.

Sí señor. Sí señor don Roosevelt señor.

Lo que hay que hacer es relajarse. Pensar cosas agradables. Si la violación es inevitable...

Contempló a Rich Harringer mientras abría su pequeño paquete (compuesto con precisión y envuelto higiénicamente por un par de tipos que cursaban la escuela primaria de química gracias al método americano aprobado de la empresa libre; sin duda algo ilegal pero eso no es raro en América donde tan pocas cosas son legales que hasta un niño pequeño puede ser ilegal) y tragaba el pequeño caracol amargo con gozo deliberado y ceremonioso. 

Si la violación es inevitable, relájate y goza. Una vez a la semana.

¿Pero existe algo inevitable aparte de la muerte? ¿Por qué relajarse? ¿Por qué gozar? Lucharía. No haría un mal viaje. Lucharía concienzuda y deliberadamente contra la droga, sin pánico pero con resolución, y vería quién triunfaba. 

En este rincón, LSD/alfa, 100 microgramos, con bata lisa, el Torbellino Tibetano; y en este rincón, damas y salvajes, LSD/B.A., M.A., 62 kgs., el Llorica de Sonoma, usando baúles blancos, maletas rojas y bolsas azules. ¡Dejadme ir, dejadme ir! 

Clang.

Nada sucedió.

Lewis Sidney David, el hombre sin apellido, el judeocelta, arrinconado en su esquina, miró con cautela a su alrededor. Sus tres compañeros parecían normales, aunque fuera de su alcance, estaban en foco. No tenían aura. 

Jim estaba echado en el sofá leyendo Murallas; quizá deseaba un viaje a Vietnam, o a Sacramento. 

Richard estaba adormilado, pero siempre estaba adormilado, aun cuando almorzaba gratis en el parque, y Alex estaba punteando en la guitarra. La satisfacción infinita del acorde. 

La satisfacción infinita de la cuerda. Sursum corda. Si se desplaza con una guitarra a cuestas, ¿por qué no puede sacarle alguna melodía? No. 

La irritabilidad es un síntoma de que se está perdiendo el autocontrol; suprímela. Suprime todo. ¡Censor, censor! ¡Pelea, equipo, pelea!

Lewis se levantó, observando con placer la pronta desenvoltura de sus reflejos y la perfección de su sentido del equilibrio, y llenó un vaso de agua en el vil fregadero. Pelos de barba, esputos de Colgate, manchas de óxido y restos de comida, un fregadero de perversidad. 

Un fregadero pequeño, pero mío. ¿Por qué vivía en este vertedero? ¿Por qué había pedido a Jim y a Rich y a Alex que vinieran a compartir con él sus terrones de azúcar? Ya era suficientemente piojoso como para convertirlo además en un fumadero de opio. 

Pronto estaría lleno de cuerpos inertes, de ojos que saltarían como canicas y rodarían bajo la cama para reunirse con el polvo y las ruinas que acechaban desde allí. 

Lewis llevó el vaso de agua hasta la ventana, bebió la mitad, y empezó a volcar delicadamente el resto sobre las raíces de un olivo en miniatura plantado en una maceta emparchada que valía diez centavos.

–Bebe conmigo –dijo, mirando al árbol desde más cerca; medía doce centímetros pero era muy similar a un olivo, nudoso y perdurable. 

Un bonsai. ¡Banzai! ¿Pero dónde está el satori? ¿Dónde está el significado, la mejoría, todas las figuras y los colores y los significados, la intensificación de la percepción de la realidad? ¿Cuánto tiempo necesita para actuar este maldito menjunje? 

Allí estaba su olivo. Ni menos, ni más. Insignificante, sin haber crecido. Los hombres gritan Paz, Paz, pero la paz no llega. No hay suficientes olivos debido a la explosión demográfica de la especie humana. ¿Era esto una Percepción? No, cualquier cabeza de melón podría percibir esto sin la ayuda de drogas. 

Oh, vamos, veneno, veneno, envenéname. Ven alucinación, ven para que pueda luchar contra ti, repelerte, rehusarte, perder la lucha y volverme loco, en silencio.

Como Isobel.

Por eso era que vivía en este vertedero, y por eso era que había invitado a Jim y Rich y Alex, y por eso era que se había tomado un viaje con ellos, un crucero de placer, una vacación a bordo del pintoresco Old Erewhon. 

Estaba tratando de ponerse a tono con su mujer. Lo más difícil de tener que contemplar cómo va enloqueciendo tu mujer es que no puedes seguirla. Se aleja más y más, sin mirar atrás, en un largo viaje al silencio. 

La lira enmudece y los psiquiatras también mienten. Te encuentras detrás de la pared de vidrio de tu cordura como alguien que ve un accidente desde el aeropuerto. Gritas: ¡Isobel! Ni visto ni oído. El avión se estrella en silencio. Ella no oye su nombre gritado. Tampoco le pudo hablar. 

Las paredes que ahora los separan son de ladrillo, muy sólidas, y él podía estar a su antojo en su propia casa cuerda de cristal. Tirar piedras. Tirar alfas. Tintín, crash.

LSD/alfa no te volvía loco, por supuesto. Ni siquiera te desenreda los cromosomas. Solamente te abre la puerta a las realidades más elevadas. Supuso que la esquizofrenia hacía lo mismo, pero en ella el problema era que no podías hablar, no podías comunicarte, no podías decir nada.

Jim había abandonado sus Murallas. Estaba sentado de una forma notable, inhalando. Se iba a encontrar con la realidad del modo correcto, como un lama, hombre. Era un verdadero creyente y su vida estaba ahora centrada en la experiencia del LSD/a como la de un místico religioso en su disciplina mixta. 

Sin embargo, ¿podías seguir haciéndolo una vez a la semana durante dos años? ¿A los treinta? ¿A los cuarenta y dos? ¿A los sesenta y tres? Encontrarás la vida terriblemente monótona y adversa; necesitarás un monasterio. Maitines, nonas, vísperas, silencio, muros, grandes y sólidas paredes de ladrillo. Para mantener fuera a la grosera realidad.

Vamos, alucinógeno, empieza. Alucínate, alucina. Destroza la pared de cristal. Llévame a un viaje en el que haya estado mi esposa. Persona perdida, 22 años, 1.61 m, peso 42 kg, pelo castaño, género humano, sexo femenino. Nunca fue buena caminadora. Podía alcanzarla saltando a la pata coja... No.

Llegaré hasta allí por mí mismo, dijo Lewis Sidney David. Terminó de volcar el agua en pequeños canales alrededor de las raíces del olivo y levantó la mirada hacia la ventana. 

A través del vidrio grasoso se erguía el monte Hood con sus tres mil metros de altura; un volcán que poseía la simetría serena característica de los volcanes, durmiente pero no oficialmente extinto, lleno de fuegos adormilados y rodeado por su propio clima y atmósfera, tan diferentes de aquellos que reinaban en alturas más bajas: nieve y luz despejada. 

Por eso era que vivía en este vertedero. Porque cuando mirabas a través de la ventana, veías la realidad más alta. Tres mil metros más alta.

–Maldito sea –dijo Lewis en voz alta, sintiendo que estaba a punto de percibir algo verdaderamente importante.

Pero esto lo sentía bastante a menudo y sin ayuda de productos químicos. Entretanto, allí estaba la montaña.

Entre él y la montaña se extendía una cantidad de basura, autopistas y edificios de oficinas disponibles y altos montículos y elefantes de neón que lavaban automóviles de neón con punteadas duchas de neón, y la base del monte y sus laderas inferiores estaban cubiertos por un velo de smog, así que el pico flotaba.

Lewis sintió un fuerte impulso de gritar a todo pulmón el nombre de su esposa. Pero lo reprimió, como lo venía haciendo desde hacía tres meses, cuando la había llevado en mayo al sanatorio después de la época de silencio. 

En enero, antes de que empezase el silencio, había gritado mucho, algunas veces durante todo el día, y a él el miedo le hacía llorar. Primero el llanto, luego el silencio. No sirve para nada. ¡Oh, Dios, sácame de esto! Trató de serenarse, y abandonó la lucha contra su enemigo impalpable. Imploró que todo eso terminase. Le rogó a la droga que corría por su sangre que actuase, que hiciera algo, que le permitiera gritar, o ver colores, o que lo hiciera caer sobre su mecedora... cualquier cosa.

Nada sucedió. 

Dio por terminadas sus faenas de riego y levantó la mirada hacia la habitación: era un vertedero, pero grande, con una buena vista del monte Hood. Y en los días despejados, también de la cresta dentada del monte Adams. Pero aquí nada sucedería. Esta era la antesala. Recogió su abrigo de una silla rota y salió.

Era un buen abrigo, forrado de lana de oveja y con una capucha y esas cosas; su madre y su hermana se lo habían comprado a duras penas como regalo de Navidad, haciéndole sentirse R. R. Raskolnikov. Pero hoy no iba a asesinar a ninguna anciana usurera. Ni siquiera una parodia de algocidio. 

En la escalinata se cruzó con los pintores y estucadores, con sus cubos y escaleras. Eran tres, e iban a pintar su habitación, pacíficos, con el rostro fresco; hombres de cuarenta y cincuenta años. Pobres desgraciados, ¿qué harían con el fregadero? ¿Y con los tres drogados, Rich y Jim y Alex, que con el azúcar habían tomado la leche del Paraíso? 

¿Y con sus apuntes sobre LeNotre, Olmsted y McLaren, con sus cinco kilos de fotografías de la arquitectura doméstica japonesa, y con su pizarra y sus aparejos de pesca, sus Obras completas de Theodore Sturgeon encuadernadas en sensacional cartón, el óleo de dos metros por tres de un desnudo atáxico pintado por un amigo cuya compañía de selfcrédito le había embargado las obras, la guitarra de Alex, el olivo, el polvo, y los ojos de debajo de la cama? 

Eso era asunto de ellos. Bajó las escaleras de la casa de huéspedes que hedía a gato viejo, y oyó cómo retumbaban cordialmente sus botas de excursión. Y sintió que todo esto ya había sucedido alguna vez.

Salir de la ciudad le tomó bastante tiempo. Dado que era obvio que los transportes públicos estaban prohibidos para un hombre en su estado, no pudo subir al autobús de Gresham que le habría ahorrado mucho tiempo, llevándolo a través de los suburbios y bajando en la mitad del trayecto. 

Pero tenía mucho tiempo. Podía contar con que el atardecer veraniego prolongaría la iluminación. Los crepúsculos de las latitudes que se hallan entre el trópico y el polo son dulces y benignos en cuanto a longitud, sin la monotonía ecuatorial, sin los extremos polares, sino con inviernos de largas sombras y veranos de largos atardeceres: degradaciones y ajustes de la claridad, ocios y sutilezas de la luz. 

Por los verdes parques de Portland y por largas calles laterales correteaban niños, jugando todos ellos en la ciudad un solo juego: el juego de la Juventud. Alguna que otra vez se veía un chico solitario, jugando a la Soledad, en busca de más altos riesgos. Niños hay que son tahúres natos. La basura se amontonaba en las canaletas y un viento cálido la movía a ratos. 

Desde la ciudad se oía un sonido lejano, fuerte y triste, similar al que producían leones rugiendo en sus jaulas, caminando y azotando sus flancos dorados con rabos borlados de oro, rugiendo sin parar. El Sol se puso en algún lugar al oeste de los tejados, pero en las lejanas alturas de la montaña ardía aún un fuego blanco. 

A medida que Lewis dejaba las últimas casas de la ciudad y se adentraba en tierras agradables, montañosas y bien labradas, el viento empezó a oler a tierra húmeda, fría, compuesta, como lo hace cuando cae la noche; y pasando Sandy, la obscuridad invadía los bosques que se alzaban en las laderas que atravesaba. 

Tenía mucho tiempo. Arriba se alzaba el pico, blanco, con un leve tono albaricoque bajo la luz del Sol. Mientras escalaba el largo y empinado camino, al salir de los bosques desembocaba una y otra vez en golfos de claridad amarillenta. Prosiguió hasta que pudo ver por encima de los bosques y por encima de la obscuridad, en las cumbres donde sólo había nieve y piedra y aire y la amplia, clara, perdurable luz.

Pero estaba solo.

Eso no estaba bien. Cuando había sucedido aquello no fue estando solo. Se tenía que encontrar con... Había estado con... ¿Dónde?

Ni esquíes ni trineo ni botas para la nieve ni siquiera una cámara de aire. Si hubiese sido el encargado de este paisaje, Dios, habría hecho un sendero por aquí. 

¿Sacrificar la grandeza en aras de la comodidad? Bueno, tan sólo un senderillo. No hará ningún daño, solamente una leve rajadura en la Campana de la Libertad, una pequeña gotera en el dique, una espoleta de la granada, un capricho del cerebro... 

Oh mi muchacha loca, mi amor silencioso, mi esposa, a la que vendí a un manicomio porque no escuchabas mi charla, ¡Isobel, ven a salvarme de ti misma! He trepado a tu zaga todos los senderos y ahora me encuentro aquí, solo. No hay dónde ir.

La luz se extinguió y el blanco de la nieve se ensombreció. En el este, sobre bosques y praderas interminables y obscurecientes y lagos claros enmarcados por colinas, resplandecía Saturno, brillante y saturnino.

Lewis no sabía dónde estaba el refugio; en algún lugar después de los bosques. Pero él tenía los bosques debajo, y no iba a descender. A las alturas. ¡Más alto, más alto! Un joven que llevaba a través del hielo y de la nieve una pancarta con este extraño lema:

AYUDA AYUDA SOY UN PRISIONERO DE LA REALIDAD MÁS ALTA.

Escaló. Desgreñado, escaló crestas que no habían sido escaladas, y mientras escalaba lloraba. Las lágrimas se arrastraban por su rostro y él se arrastraba por el rostro de la montaña.

Al atardecer los lugares muy altos son terribles, solitarios. La luz no lo esperó más. Ya no le quedaba mucho tiempo. Se había quedado sin tiempo. Cuando desviaba la vista de la planicie empinada, las estrellas aparecían y lo miraban a los ojos desde los golfos de obscuridad. 

A cada lado tenía un vacío, en el que brillaban unas pocas estrellas. Pero la nieve mantenía su propia luz fría, y siguió trepando. Recordó el sendero cuando lo vio. 

Dios o el Estado o él mismo había puesto un sendero en la montaña, después de todo. Giró a la derecha y se equivocó. Giró a la izquierda y permaneció quieto. No sabía a dónde ir. Temblando de frío y de miedo gritó a la cumbre blanco muerte y a los lugares negros el nombre de su esposa:

–¡Isobel!

Ella apareció en el sendero, entre las tinieblas.

–Empezabas a preocuparme, Lewis.

–Llegué más lejos de lo que había pensado –dijo Lewis.

–La luz permanece tanto tiempo aquí que piensas que seguirá eternamente...

–Así es. Siento haberte preocupado.

–Oh, no estaba preocupada. Tú sabes. Solitaria. Pensé que quizá tu pierna te había hecho retrasar. Un hermoso paseo, ¿verdad?

–Espectacular.

–Llévame mañana.

–¿No te has divertido esquiando?

Ella sacudió la cabeza.

–No. Al no estar tú, no –murmuró avergonzada.

Giraron a la izquierda, con lentitud. Lewis aún cojeaba ligeramente a causa del tendón desgarrado que le había impedido esquiar los últimos días, y había obscurecido y no tenían ninguna prisa. Iban de la mano. 

Nieve, luz estelar, quietud. Fuego bajo los pies, obscuridad en derredor; delante, la luz del fuego, cerveza, un lecho. Cada cosa en su momento. Algunos, tahúres natos, siempre elegirán vivir junto a un volcán.

–Cuando estaba en el sanatorio –dijo Isobel deteniéndose, y haciendo que él también se detuviera y ya no se oyó siquiera el ruido de sus botas sobre la nieve seca, ningún otro sonido que no fuese el sonido suave de aquella bendita voz–, tenía un sueño como este. Terriblemente parecido a este. Fue... el sueño más importante que he tenido. A pesar de que no puedo recordarlo con claridad. Nunca pude, ni siquiera durante las terapias. Pero era como esto. Este silencio. Este estar en las alturas. El silencio sobre todo... sobre todo. Reinaba un silencio tal que si yo decía algo, tú lo oías. Eso lo sabía, estaba segura. Y creo que durante el sueño dije tu nombre, y tú podías oírme... Me contestabas.

–Di mi nombre –susurró Lewis.

Ella se volvió y lo miró. No se oía sonido alguno en las montañas o entre las estrellas. Lo dijo.

Lewis contestó diciendo el de ella, y luego la abrazó; ambos temblaban.

–Hace frío, hace frío, tenemos que continuar –y prosiguieron, sobre la cuerda floja tendida entre los fuegos externos e internos.

–Mira aquella estrella enorme.

–Planeta. Saturno, el Padre Tiempo.

–Se comió a sus niños, ¿no es así?

–A todos menos a uno –respondió Lewis.

Delante, al pie de un declive, vieron bajo la luz gris de las estrellas la mole de la cabaña alta, las torres del montacargas, borrosas y esfumadas, y la vasta extensión de las pistas.

Tenía las manos frías y por un momento se sacó los guantes para frotarse una con otra, pero esto le resultó difícil a causa del vaso de agua que estaba sosteniendo. Terminó de verter el agua en los pequeños canales alrededor de las raíces del olivo y colocó el vaso al lado del florero emparchado. 

Pero había algo que se le estaba quedando en la mano, plegado dentro de la palma como una anotación para trampear en un examen final de francés, que je fusse, que tu fusses, qu'il fût, pequeña y pegoteada de sudor. 

Abrió la mano y estudió el objeto durante un momento. Un mensaje. ¿De quién y para quién? De la tumba, al vientre. Un pequeño envoltorio cerrado que contenía azúcar empapada en 100 mg de LSD/a.

¿Cerrado?

Recordó, en orden y con exactitud, cómo lo había abierto, cómo había ingerido la substancia, degustado su sabor. También recordó con el mismo orden y exactitud dónde había estado hasta el momento y supo que aún no había estado allí.

Se inclinó sobre Jim, que en ese instante exhalaba la bocanada que había inhalado mientras Lewis comenzaba a regar el olivo. Suave y diestramente guardó el paquete en el bolsillo del abrigo de Jim.

–¿No vienes? –preguntó Jim, sonriendo.

Lewis sacudió la cabeza.

–Gallina –murmuró Jim; sería difícil explicarle que ya había regresado del viaje que no había hecho; además, Jim no le escucharía, estaba allí donde las personas no oyen ni pueden contestar, amurallado.

–Buen viaje –dijo Lewis.

Cogió el impermeable (de popelín sucio, espera... nada de forro de lana), bajó las escaleras y salió a la calle. El verano terminaba, la estación estaba cambiando. Llovía pero aún no había obscurecido, y el viento urbano soplaba fuertes bocanadas frías que traían el olor de la tierra húmeda y de los bosques y de la noche.

Las ruinas circulares - Jorge Luis Borges

 Nadie lo vio desembarcar en la anónima noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. 

Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. 

El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. 

Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. 

Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los labradores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a mucho siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. 

El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. 

El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. 

Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. 

Sin embargo, la catástrofe sobrevino. 

El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatía contra él. 

Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. 

Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. 

Las raras veces que soñó durante ese periodo, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor vivencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorceava rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. 

Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo, era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) 

Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. 

Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las Criaturas excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. 

Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviara al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Intimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: «Ahora estaré con mi hijo». O, más raramente: «El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy».

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer. Tal vez impaciente. 

Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanquean río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. 

Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. 

El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. 

En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

Amor 77 - Julio Cortázar

Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.