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Sueños del Desierto - Donald R. Burleson

Habitamos eternamente en reinos de sombras. Extrañamente complacientes, transitamos por nuestros agotadores días como si comprendiéramos la textura que conforma nuestro mundo; sin embargo, en verdad vemos con ojos de gusano y escuchamos con oídos de piedra, y no comprendemos nada. 

N
uestro entendimiento es una chinche de agua que pasa rasante y que tan sólo saborea la superficie de un mar negro insondable, mientras la realidad, un aterrador abismo de horror en el lecho oceánico, se mueve silenciosa y oscura a través de profundidades que están fuera de nuestro alcance, inescrutable, burlándose de nuestra ignorancia.
 
Los sueños intentan decirnos cosas de las que, de otra manera, sabríamos poco, y pretenden arrojar un atisbo de claridad a nuestras mentes, sin embargo, ni siquiera puedo precisar cuándo comienzan mis propios sueños, mis extrañas y recurrentes visiones nocturnas. «Sueños», he dicho, pero estas visiones, ahora soy consciente de ello, forman parte de un único sueño ubicuo que se desliza como un hilo demente aunque extrañamente persistente a lo largo de mi vida.
 
Me vienen a la mente aquellos días de mi niñez en los que me despertaba con la sensación de haber experimentado una fuerte impresión que era incapaz de recordar, pero como el sueño se repetía una y otra vez a lo largo del tiempo, poco a poco logré retener más de lo que había visto. 
 
Parecía existir una pauta común en estos sueños, pero a medida que la visión fue tomando forma, no fue alivio lo que sentí al poder recordar, sino más bien desconcierto ante lo que podrían significar estos fragmentos todavía imprecisos. Tenía que ver con un lugar olvidado en un vasto y abrasador desierto, pero no estaba seguro de mucho más.

Durante una etapa de mi adolescencia disminuyó la frecuencia de los sueños y, de hecho, llegué a pensar que los estaba superando, que estaba demasiado ocupado con la vida para prestar atención a estas cuestiones sin importancia. Con el paso del tiempo, los sueños parecieron cesar del todo. 
 
Alcancé la madurez en mi ciudad natal de Providence, Rhode Island, y conseguí un empleo mundano pero conveniente en una compañía de seguros, y compré una agradable y vieja casa en Benefit Street con la esperanza de pasar los días de mi vida en una apacible felicidad. 
 
Pasaba mis veladas leyendo a Proust, Baudelaire y Shakespeare y, en ocasiones, deambulaba por las antiguas callejuelas de la ciudad y reflexionaba en silencio. Estaba en paz, satisfecho con la vida.

Pero entonces los sueños retornaron.

Me desperté muy tarde una noche de otoño y luché por retener la marea baja de la memoria cuando el sueño comenzaba a desvanecerse. ¿Qué había soñado? Innegablemente era en esencia la visión de los años de mi niñez, aunque bastante más detallada en esta ocasión. 
 
Recuerdo ahora unas vistas del vasto y extenso desierto, donde enormes y quebradizas plantas rodadoras, como criaturas sin voluntad procedentes de algún planeta lejano, viraban bruscamente sobre la árida arena, y las puntiagudas yucas y los espinosos cactus se alzaban hacia el cielo bajo el sol cegador. 
 
Tras esa escena parecía escucharse una especie de rumor o zumbido, pero apenas estaba seguro de escucharlo; pronto estas impresiones medio recordadas desaparecieron y volví a dormirme.
 
La noche siguiente el sueño retornó, y cuando me desperté me quedé tumbado en la oscuridad pensando en lo que había visto. Y oído, o casi oído.
 
De nuevo, la tierra abrasada por el sol se extendía en todas direcciones a mi alrededor salpicada de cactus cholla en posición de saludo, como centinelas, y grandes yucas angulosas y jirones de matorrales de mezquite. 
 
Un viento cálido había removido la tierra amarilla y un quejumbroso atisbo de sonido parecía flotar en un tono demasiado bajo para ser escuchado con claridad. Pero durante unos segundos sonó como una voz grave, una voz que parecía estar diciendo algo como «Gwai-ti». No podía recordar más que eso.

Incapaz esta vez de volver a dormirme, paseé durante horas por las calles silenciosas sintiéndome extrañamente desorientado. Las conocidas fachadas de las casas coloniales de Nueva Inglaterra, con sus puertas de montante en abanico y ventanas con cristales pequeños, sólo me hacían sentir más extrañamente desplazado, como si no estuviera claro cuál de los dos escenarios era la realidad: las populares vistas de las calles Benefit, Jenckes y College o la tierra desértica barrida por el viento de mi paisaje onírico.

He vivido en Providence toda mi vida. Nunca he visto un desierto, tan sólo ocasionalmente en fotografías. ¿Qué sabía yo de cactus cholla o plantas de yuca o del mezquite, o de los ilimitados cielos morados —su recuerdo retornó a mi mente—, cielos abiertos no ocultos tras edificios urbanos, vastos cielos que dominaban océanos colosales de arena? Sin embargo, parece ser que conocía tales cosas.

En el trabajo, en ocasiones me sorprendía a mí mismo mirando al infinito, dando vueltas al enigma de mis visiones oníricas. Comencé a preguntarme dónde se encontraba realmente aquella tierra desértica, si es que, en efecto, estaba realmente en algún lugar. 

Un día un compañero del trabajo regresó de unas vacaciones en Albuquerque, y tras escuchar sus relatos acerca de la región, quedé repentina e inexplicablemente convencido de que las vistas desérticas de mis sueños eran reales y que se encontraban en algún lugar de Nuevo México. No podía saber tal cosa, pero estaba seguro de ello.

Con el paso del tiempo, el escenario de mis sueños fue haciéndose más nítido, pero también me di cuenta de que esto los hacía aún más inquietantes, porque no era capaz de encontrar explicación al hecho de que conociera detalles tan concretos sobre un lugar del cual debería haberlo ignorado todo. 

Nunca viajé al oeste más allá de Columbus, Ohio, y las tierras del suroeste norteamericano para mí eran sólo manchas de color en un mapa; sin embargo, estas visiones del desierto me resultaban perturbadoramente familiares, de un modo surrealista.

Bajo el destello de un sol cegador, miré hacia abajo y vi mi cuerpo, un cuerpo ahora sorprendentemente moreno y musculoso y tan sólo cubierto con una especie de trapo áspero por la cintura, y me pregunté si me estaba volviendo loco. ¿Cómo podía ese cuerpo ser el mío? 

Cuando me incliné hacia delante para verme mejor, rizos de cabello largo, sedoso y negro azab
ache cayeron sobre mis ojos, y cuando miré hacia arriba tras apartarme los rizos de la cara vi una figura desconocida, pero que me resultaba extrañamente familiar, de pie junto a mí, sobre la cálida arena salpicada de cactus. 

Era un hombre medicina, con el rostro marchito y casi totalmente oculto bajo un nido de arrugas como lagartos, a través de las cuales me observaban un par de ojos oscuros que parecían esconder los secretos de siglos. 

Daba profundas caladas a una larga pipa de barro y lanzaba nerviosas volutas de humo gris al cálido aire, y al mismo tiempo que daba caladas agitaba una carraca ceremonial de carey y entonaba unas palabras incomprensibles para mí en un nivel de conciencia, pero vagamente familiares en otro nivel, las palabras de una canción ritual de la antigüedad. 

Giraba mientras cantaba, lanzando el humo y las crípticas palabras en una dirección y luego en otra, para finalmente dar un giro completo y terminar frente a mí, y mientras su rostro intemporal volvía a girar hacia mí, las palabras finales de la canción tomaron forma en mi mente «Gwai-ti, Gwai-ti». 

Me desperté con estas imágenes todavía frescas en mi memoria y salí a dar un largo paseo en la noche, intentando entender los sonidos que había escuchado, o bien hacer que su recuerdo se desvaneciera. Me detuve entre las grandes lápidas negras del cementerio de St. John, junto a Benefit Street, e intenté aclararme las ideas, hasta que finalmente logré recomponerme y retomar mi exhausto camino de regreso a casa sin ningún deseo de dormir. Sin embargo, tras leer un rato me quedé dormido y, por lo que puedo recordar, no soñé.
 
Me tomé el día libre en el trabajo y acudí a una cita con alguien que, sospechaba, posiblemente podría contarme algo sobre mi misterio: el catedrático Carlos Armijo de la Universidad Brown. Su campo de conocimiento era la antropología del suroeste norteamericano, y en una ocasión asistí a una de sus conferencias. Dudaba de que pudiera interpretar mis visiones nocturnas, pero valía la pena intentarlo.

El catedrático Armijo era un hombre de mediana edad, de voz suave y semblante meditabundo, confortablemente resguardado entre pilas de libros y publicaciones profesionales en su despacho de Brown. A medida que iba describiendo en rasgos generales la naturaleza de mis sueños, me sentía más y más estúpido por haber creído que iba a servir de algo hacer perder el tiempo al catedrático con mi relato, y a duras penas logré reunir el coraje necesario para mencionar las sílabas sin sentido de mis visiones nocturnas del desierto, por todo lo cual quedé profundamente sorprendido al escuchar su respuesta.

—He oído esas sílabas antes —dijo con un suave acento hispano—, y poseen unas conexiones que hacen difícil explicar su presencia en los sueños de alguien no familiarizado con las culturas del suroeste. Incluso para la mayor parte de los estudiosos versados en esas culturas, esas palabras serían totalmente desconocidas. Yo las conozco únicamente porque soy un especialista en, digamos, algunos de los aspectos más oscuros del folclore del suroeste.
 
Me sentía intrigado, aunque de alguna manera no estaba seguro de si realmente quería saber más acerca de los orígenes de una expresión que había brotado en mis sueños sin ningún motivo aparente; tal vez Carl Jung estaba en lo cierto al sostener que poseemos un Inconsciente Colectivo capaz de pulsar los profundos mundos compartidos del ser, mundos arquetípicos, ignorados por la mente consciente y, sin embargo, hasta cierto punto conectados con alguna clase de realidad.

—Por favor, continúe.

El catedr
ático Armijo miró por la ventana durante unos instantes, evidentemente ordenando sus ideas.
 
—Durante siglos existió una especie de culto secreto entre ciertos chamanes nativos americanos de Arizona y Nuevo México —dijo—, que aparentemente involucraban la adoración de un dios de la antigüedad desconocido por la mayor parte de tradiciones amerindias —se calló unos segundos, aumentando así el efecto dramático, el cual me pareció totalmente justificado—. Parece ser que ese dios era llamado Gwai-ti.
 
Sentí que me quedaba sin aliento ante esta revelación. ¿Qué sabía yo de todo aquello? ¿Qué quería saber realmente de todo aquello? Nada… y, sin embargo, no había duda alguna de que había soñado ese nombre.

—Se sabe muy poco —continuó el catedrático— sobre este culto o su dios, porque todo este asunto se convirtió en un tema tabú entre los propios indios americanos y pocos han oído hablar de ello. Incluso en lugares de Nuevo México como Pueblo Nambé, donde sobreviven tradiciones muy oscuras y antiguas de la brujería típica del suroeste, sólo he encontrado a lo largo de mis investigaciones a un chamán que admitiera saber algo sobre la existencia del dios Gwai-ti; accedió a regañadientes a hablar del tema y debo añadir que al final lo hizo mostrando un evidente rechazo.

»De sus relatos inconexos deduzco que se cree que Gwai-ti ha existido desde el principio de los tiempos y que habita bajo la tierra, apareciéndose sólo en ocasiones muy excepcionales a unas cuantas almas desgraciadas. Se cuentan historias sobre sacrificios humanos realizados de vez en cuando por sacerdotes indios renegados que carecen del estatus de los líderes espirituales reconocidos en la región, la mayoría de los cuales, sin embargo, consideran las supuestas actividades de los sacerdotes renegados como meras supercherías.

—¿Y el nombre? Honestamente, pensé que sonaba a chino —pregunté intentando desesperadamente encontrar un sentido a todo esto.

El catedrático Armijo asintió.

—He mantenido unas cuantas discusiones interesantes con especialistas en lingüística comparativa de esta universidad sobre el nombre Gwai-ti. En efecto, hay sonidos en la fonética china que recuerdan a estas sílabas. Me informaron de que existe la palabra gwai, que significa algo parecido a «extraño» o «monstruoso». Existe la palabra ti, que significa «cuerpo» o «forma». Y, por supuesto, los etnólogos contemplan teorías que sostienen que algunos pueblos asiáticos migraron en la era prehistórica atravesando el Estrecho de Bering hacia Norteamérica, pero, por otro lado, no se han detectado apenas rastros lingüísticos de léxico asiático en las lenguas de los nativos americanos.
 
—¿Cómo es posible que yo conozca el nombre? —pregunté.

—Tal vez lo haya escuchado en algún lugar y simplemente lo ha olvidado —respondió el catedrático encogiéndose de hombros.

Me dispuse a marcharme, agradeciendo al hombre el tiempo que me había dedicado.

—Tiene razón, debo de haber escuchado el nombre en algún lugar.

Pero, por supuesto, yo sabía que no era así. Sólo lo había escuchado en mis sueños.

Unas cuantas noches después, los sueños comenzaron a adoptar una naturaleza aún más anómala.

Una noche soñé que estaba agazapado entre las sombras, observando alguna especie de pérfida ceremonia en la que un semicírculo de sacerdotes extrañamente pintados entonaba la siguiente frase: «M’warrh Gwai-ti, h’nah m’warrh Gwai-ti, ph’nglui w’gah Gwai-ti». 

En otra ocasión soñé que observaba una enorme llanura desértica bajo un baño de luz de luna, con una distante cadena de montañas al fondo, casi fuera de mi rango de visión, y contemplaba lo que en un primer momento me pareció un remolino de arena. Sin embargo, poco después, el remolino se transformó en una joven india que corría y gritaba aterrorizada moviendo los brazos en aspas. 

Con la inconexa naturaleza de los sueños, mi visión de ella se hizo repentinamente más cercana que antes, de hecho tan cercana que su figura ocupaba todo mi campo de visión. Desde algún lugar me llegaba un profundo tamborileo, como las notas graves de un órgano de tubos, y una voz —era como la del viejo chamán de mis primeras visiones—, una voz que cantaba, en una lengua que yo conocía en el sueño: «Ella fue elegida, tuvimos que enviarla». 

Y un segundo después, una vasta y hambrienta oscuridad pareció envolver a la joven que gritaba, y esta desapareció, y el tamborileo también se desvaneció. Me desperté empapado de sudor y con la impresión de que todavía podía oler el penetrante aroma de la artemisa. Tuve miedo de dormirme de nuevo.

Pero, por supuesto, la noche siguiente tuve que volver a dormir, y en esta ocasión soñé con una piedra alta y estrecha que se alzaba en la arena, con antiguos petroglifos tallados en la superficie, como inscripciones rúnicas de tiempos remotos, y de nuevo escuché el lúgubre tamborileo en el suelo y observé fugazmente borrosos atisbos de movimiento bajo la luna menguante, y apenas escuché entre murmullos el nombre de Gwai-ti antes de que la escena se difuminase y apagase del todo.
 
Fue sólo cuestión de tiempo que me dejara llevar por el inexplicable deseo de visitar realmente Nuevo México. Era como si hiciera mucho tiempo que hubiera tomado la decisión, inconscientemente, de que fuera cual fuese la impensable confluencia de realidades que me habían despertado a aquel otro mundo tan diferente al mundo de mi vigilia cotidiana, yo tenía que contemplar con toda la objetividad posible el escenario real de mis sueños. Por supuesto, ignoraba en qué punto exacto de aquel vasto desierto se podrían haber originado mis sueños.
 
Sin embargo, al final me encontré en un avión, aterrizando en Albuquerque con aquella extraña sensación de irrealidad que uno siente al visitar por primera vez un lugar que tan sólo conoce por lo que ha leído sobre él. O soñado.

Alquilé un todoterreno en el aeropuerto y me dirigí primero hacia el este y luego hacia el sur. Aunque no tenía ninguna noción de hacia dónde debía dirigirme, no me importó dejar que mi instinto me guiase. 

Tras bordear las laderas de las Montañas Sandias y embelesado por las fugaces visiones de paredes de adobe de color tierra y vallados para coyotes, avancé por el desierto abierto, donde lejanos y majestuosos altiplanos se cernían intemporales sobre interminables praderas de hierba que se agitaban al viento e islotes de mezquite, de artemisa y de puntas de yuca. 

Teniendo en cuenta las motivaciones que me habían llevado a una tierra tan diferente a mi Nueva Inglaterra natal, había esperado que el desierto me hiciera sentir un sutil terror e inquietud, pero para mi sorpresa capté unas sensaciones totalmente diferentes.

Era un lugar hermoso. No había nada siniestro en aquella extensión vertiginosamente vasta de cielo color turquesa, las franjas de chaparral, las montañas grises azuladas en la distancia, los anchos y profundos arroyos que serpenteaban surcando la tierra, los tranquilos altiplanos que se extendían sobre la arenosa llanura como serenas bestias que pastaban. Apenas recordaba ya lo que había esperado encontrar allí, pero lo que encontré fue una tierra de cautivadora belleza y paz.

Mientras atravesaba en coche aquel espectáculo desértico, me preguntaba en voz alta cómo era posible que hubiera llegado a pensar que esta región podía tener algo de espectral o extraño. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto como en esos momentos y pensé que había sido un idiota por sentirme atribulado por unos sueños extraños pero esencialmente inofensivos. Incluso aquellas sílabas sin sentido, tan accidentalmente similares a un nombre procedente del oscuro folclore del suroeste, eran sin duda algo por lo que no tenía por qué preocuparme.

El sol estaba comenzando a ponerse tras la sierra al oeste, y quedé fascinado por la belleza del ocaso en el desierto; el cielo explotó en un caótico despliegue de color que sin duda alguna podría rivalizar con el arte de los pinceles del mejor pintor del mundo. 

En algún lugar al sur de Corona me desvié por una carretera más estrecha, con el asfalto en peor estado, y continué deleitándome con las increíbles vistas de los cactus cholla y las extensiones ondulantes de arena, donde las sombras puntiagudas de las yucas y el mezquite comenzaban a derramarse sobre la llanura bajo la moribunda luz del sol. 

Recordé entonces que pronto anochecerí
a y que, o bien regresaba a Corona, o bien continuaba hasta Roswell o Artesia para encontrar una habitación donde pasar la noche.
 
Pero primero me apeteció explorar un poco el lugar; había algo adictivo en aquel paisaje.
 
Me desvié por una carretera aún más estrecha y avancé a saltos entre una nube de polvo, mientras pensaba con cierto deleite que estaba más alejado de cualquier población humana de lo que jamás había estado antes. Al cabo de un rato, la carretera se transformó en un sendero primitivo plagado de piedras por el que resultaba difícil abrirse paso incluso para el vehículo resistente que había alquilado. 

Una extensión cada vez más oscura de chaparral me rodeaba por todos los costados y ahora, por primera vez desde mi llegada y a pesar de la excitación que la novedad del lugar producía en mí, comenzaron a brotar en mi mente ciertas sospechas de que, después de todo, sí que había algo de espectral en esas tierras. Pero aun así seguía fascinado y levemente reticente a regresar a alguna zona habitada justo en ese momento.

Por fin, la carretera por donde transitaba, que por entonces era tan sólo una difusa elevación de roca flanqueada de cactus y mezquite, terminó; paré el coche, salí y seguí avanzando a pie bajo el crepúsculo, pisando con cuidado y deteniéndome en una ocasión para observar la oscura silueta de una serpiente de cascabel deslizándose entre la penumbra, mientras me llegaba a los oídos el cascabeleo de advertencia como papel seco crujiendo al sacudirse en el viento de la noche. 

Estaba claro que se tenía que avanzar con cautela, y la visión d
e esa serpenteante advertencia fue suficiente para que pensara que, en efecto, había llegado el momento de regresar.
 
Pero entonces me pareció ver algo en la distancia que quise examinar más de cerca. Era algo que me resultaba vagamente familiar, aunque la luz ya resultaba muy poco fiable.

Evitando cuidadosamente los nidos de serpiente y las masas espinosas de cactus, me abrí paso hasta una gran piedra que sobresalía de la tierra arenosa como un dedo sombrío apuntando al cielo.

Y no pude creer lo que estaba viendo, ahora ya en la cruda realidad y no en la vaguedad de un sueño. Simplemente no era posible, pero ahí estaba. Los antiguos petroglifos indios todavía eran visibles bajo la luz mortecina, la piedra sin duda era el siniestro monolito de mis sueños en Providence.

Providence, ahora infinitamente distante en otro mundo más cuerdo.

Que el cielo me ayude, ese era el lugar de mis sueños.

No tengo ni idea de cuánto tiempo permanecí allí, incapaz de apartar los ojos de aquella aterradora piedra, antes de que mi mente registrara algo más.

Un sonido. Un grave e insistente tamborileo en la tierra, como las notas graves de un enorme órgano de tubos.

Y entonces… ese otro sonido.
 
Dos sílabas, pronunciadas con una voz mental o alguna vibración física real, no podría decir qué fue… dos sílabas que no deben obsesionarme.
 
Debo evitar reflexionar demasiado sobre las visiones que se sucedieron si quiero retener algo de la poca cordura que me queda.

Bajo la inestable luz de la blanquecina luna que comenzaba a derramar sus rayos a través de las negras y veloces nubes, por algún motivo que desconozco, pensé que la árida llanura en la que ahora me encontraba estaba, ¿cómo podría explicarlo?, más hundida, más accidentada, sutilmente cóncava, al tiempo que, por el contrario, la línea en penumbra del horizonte se había elevado ligeramente. 

Tal vez mi mente inconsciente lo captó antes de que mi yo racional pudiera hacerlo, pero en ese mismo instante rompí a correr en dirección al coche, que ya no se veía desde allí. 

Avancé a trompicones y golpes, aunque apenas notaba cómo el cactus y la tierra pedregosa rasgaban mi ropa cuando caía y corría, y caía y volvía a correr, intentando evitar escuchar aquellos tonos reverberantes que habían ido aumentado de intensidad durante todo este lapso de tiempo, aquellas notas que susurraban «Gwai-ti, Gwai-ti», desde regiones subterráneas que ni siquiera me atrevía a imaginar.

Tenía la sensación de que, tras de mí, se abría un enorme abismo que iba a engullirme, y que un segundo después ya sería demasiado tarde y yo habría desaparecido, y nadie sabría qué me había ocurrido. 

Todo lo que me rodeaba parecía arremolinarse formando un caleidoscopio de visiones de pesadilla, una amalgama de arena y plantas rodadoras y piedras y murmullos y un cielo cejijunto; corrí y corrí, ahogándome con las nubes de polvo y aterrado de mirar hacia atrás por encima de mi hombro. 

Sólo cuando me vi conduciendo frenéticamente de regreso por la polvorienta y pedregosa carretera, fue cuando alguna pequeña porción de mi cerebro comprendió que, después de todo, debía de haber alcanzado el vehículo antes de que, fuera lo que fuese aquello que me perseguía, tuviese tiempo de caer sobre su presa.

Pasé el resto de mi viaje paseando desganado por las populosas y bien iluminadas calles de Albuquerque y Santa Fe, y tomé el vuelo de regreso a Providence, Rhode Island.

Ahora, cuando paseo por Benefit Street y me paro a contemplar las entradas con montante de abanico o me cruzo con un gato gris y lustroso que pasa serenamente por las antiquísimas calles empedradas, me doy cuenta de que es posible que conciencias que escapan a nuestro entendimiento terrenal logren atravesar impensables abismos de tiempo y espacio y se aferren a los soñadores incautos. 

Ahora sé que, digan lo que digan acerca de los sueños o la imaginación o la ficticia naturaleza de criaturas míticas como el abyecto dios caníbal Gwai-ti, una noche, en las tierras desérticas de Nuevo México, yo estuve a punto de ser engullido por la ávida y primigenia boca de aquel horror de mis sueños.

Terror en el espacio (Capítulo 5) - Leigh Brackett

Capítulo 5

 
El tembloroso Lundy empezó a sudar copiosamente. Cerró los ojos para no ver. Pero era inútil: la veía igualmente. No podía dejar de verla. Trató de luchar mentalmente, pero estaba muy cansado...

Ella estaba oculta casi por completo bajo su propia cabellera, negra como la noche y brillante como un rayo de luna y tornasolada como el pecho de un colibrí. Una cabellera de ensueño. Una cabellera con la que se hubiera estrangulado muy gustoso.

Ella levantó lentamente la cabeza, apartando de su cara aquel velo de cálidas tinieblas. Tenía los ojos ocultos por espesas y sedosas pestañas. Tendió ambas manos hacia Lundy, como una niña implorante.

Pero no era una niña. Era una mujer, desnuda como una perla y tan encantadora que Lundy sollozó, presa de un éxtasis tembloroso.
–No –dijo roncamente–. No. ¡No!

Ella le tendió los brazos implorando que la liberase, sin moverse.

Lundy se arrancó la red del cinto y la tiró sobre el altar de piedra. Levantándose, se dirigió cautelosamente hacia la puerta, pero ante ella las voraces rayas seguían acechando. Volvió a sentarse en el rincón mas alejado de los dos sitios que pudo hallar, y tomó un poco de bencedrina.

Esto constituyó un craso error. Había alcanzado ya casi el limite de saturación. La droga se le subió a la cabeza. Se sintió incapaz de luchar contra ella, de desoír sus ruegos. Ella se arrodilló sobre el altar tendiéndole los brazos, mientras un rayo de luz dorada la iluminaba como si se hallase en el interior de un templo.
–Abre los ojos –le suplicó Lundy–. Abre los ojos y mírame.
«Suéltame. ¡Suéltame!»

Aquella criatura hablaba a Lundy de una libertad que éste desconocía, la libertad del espacio interplanetario, con toda la Vía Láctea como campo de juegos, sin nada que constituyese una traba o un estorbo. Y con aquella añoranza se mezclaba el temor. Un pánico ciego, cerval...
–¡No! –gritó Lundy.

La mente de éste se ofuscó. De pronto se halló ante el altar, desatando la red con dedos temblorosos.

Se apartó tropezando y regresó tambaleándose a su rincón. Temblaba de pies a cabeza como un perro asustado.
–¿Por qué tienes que hacerlo? ¿Por qué tienes que torturarme y volverme loco por algo imposible... por algo que me matará? Igual haces con todos.
«¿Torturar? ¿Locura? ¿Matar? No entiendo. Todos me rinden culto. Es muy agradable sentirse objeto de un culto.»
–¿Agradable? –vociferó Lundy, casi sin darse cuenta–. ¿Agradable, dices? De modo que matas a un buen hombre como Farrell y ahogas a Jackie Smith...
«¿Matar? Espera... piensa de nuevo esta palabra...»

Algo en el interior de Lundy se volvió frío y quieto, conteniendo el aliento. Le envió de nuevo aquel pensamiento. Muerte. Final. Silencio. Tinieblas...

La pequeña figura resplandeciente que se erguía sobre el altar de piedra negra se postró de nuevo de hinojos, y su aspecto fue más triste que el grito de un ave marina en el crepúsculo.
«Así estaré yo pronto. Así estaremos todos nosotros. ¿Porqué este planeta nos arrebató al espacio? El peso, la gravedad y la presión nos oprimen y nos aplastan, y no podemos liberarnos. En el espacio no existía la muerte, pero aquí moriremos...»

Lundy permanecía absolutamente inmóvil, mientras la sangre tamborileaba en sus sienes.
–¿Quieres decir que tú y todos tus semejantes del espacio vais en camino de morir? ¿Que... que esta ola de locura cesará por si misma?
«Pronto. Muy pronto. ¡En el Espacio no existía la muerte. ¡Ni el dolor! No los conocíamos. Aquí todo era nuevo, queríamos saborearlo todo, jugar con todo. No sabíamos...»
–¡Es espantoso! –exclamó Lundy, y miró a los monstruos que trataban de forzar la puerta de piedra. Luego se sentó.
«Tu también morirás.»

Lundy alzo lentamente la cabeza. Sus ojos tenían un terrible brillo.
–Te gusta que te rindan culto –murmuró–. ¿Te gustaría que te rindiesen culto después de tu muerte? ¿Te gustaría que te recordasen siempre como algo bueno y hermoso... como una diosa?
«Esto sería preferible a caer en el olvido.»
–¿Harás entonces lo que yo te pida? Si quieres, puedes salvarme la vida. Puedes salvar la vida de muchos de esos pequeños seres vegetales. Yo me ocuparé de que todos conozcan tu verdadera historia. Ahora te odian y te temen, pero después de esto te amarán y te reverenciarán.
«¿Quieres librarme de esta red?»
–Lo haré si antes me prometes hacer lo que te pido.
«Si he de morir, profiero hacerlo libre de esta red.»

La pequeña figura tembló y se echó hacia atrás el velo de su cabellera, negra como ala de cuervo.
«Apresúrate. Dime que...»
–Aparta a esos monstruos de la puerta. Llévatelos, con todos los que merodean por la ciudad, hasta el fuego de la montaña, donde perecerán.
«Me reverenciarán. Vale más esto que morir en una red. Te lo prometo.»

Lundy se levantó y se dirigió hacia el altar. Caminaba con paso incierto. Le temblaban las manos al desatar la red. El sudor le corría a raudales por el rostro, metiéndosele en los ojos. Quizás ella no mantendría su promesa. Quizás ella...

La red se abrió. Ella se irguió sobre sus piececitos sonrosados. Lentamente, como un jirón de niebla arrastrado por la brisa. Levantó la cabeza y sonrió. Tenía la boca roja y carnosa, los dientes eran dos ristras de níveas perlas. Sus pestañas bajas tenían sombras débilmente azuladas.

Empezó a crecer bajo el rayo de áurea luz, como una columna de niebla alzándose hacia el sol. El corazón de Lundy cesó de latir. El claro brillo de su tez, la armoniosa línea de su garganta y de su seno joven, la suave y modelada curva de su cadera y de su flanco...
«Tú también me rindes culto...»

Lundy dio dos pasos vacilantes hacia atrás.
–Te rindo culto... te adoro –susurró–. Déjame ver tus ojos.
Ella le sonrió y volvió la cabeza. Descendió del pétreo altar, y pasó flotando junto a él en las negras aguas. Estaba hecha de la materia de los sueños, sin peso ni substancia, pero era más deseable y atractiva que todas las mujeres que Lundy había conocido en su vida o visto en sus sueños.

El la siguió, tambaleándose. Trató de asirla.
–¡Abre los ojos! ¡Te lo ruego, ábrelos!

Ella siguió flotando y pasó por la puerta de piedra entreabierta. Las feroces rayas no la vieron. Unicamente veían a Lundy que avanzaba hacia ellas.
–¡Abre los ojos!

Ella se volvió entonces, en el preciso instante en que Lundy iba a precipitarse a una muerte cierta en la sala contigua. Lundy se detuvo, y vio cómo ella alzaba sus largas pestañas.

Lanzó un solo grito penetrante, y cayó de bruces sobre el piso de piedra negra.

Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí postrado. Debió de ser mucho tiempo, porque cuando volvió en si apenas le quedaba el oxígeno suficiente para alcanzar la costa. Las rayas vegetales habían desaparecido.

Pero aquel tiempo fue una eternidad para Lundy... una eternidad de la que salió con el cabello canoso, amargas arrugas en torno a su boca, y una tristeza que jamás dejó su mirada.

Su sueño fue fugaz. Duró un breve instante, para verse ensombrecido al punto por la muerte. Tenía el cerebro embotado por las drogas y cansado, y no sentía las cosas con la suficiente fuerza y claridad. Eso fue lo que le salvó.

Pero ya sabía lo que vio Jackie Smith antes de ahogarse. Sabía lo que había hecho enloquecer para siempre a tantos hombres, cuando veían los ojos de su sueño, y al verlos, lo destruían.

Porque tras aquellas largas y sedosas pestañas, no había... nada.

La huella del Diablo - Kathy Reichs

 

Mi siguiente sensación consciente también fue de oscuridad; os­curidad y dolor. Me incorporé lentamente, incapaz de distinguir ninguna forma en aquella boca de lobo. Una intensa punzada de dolor me atravesó la cabeza y pensé que vomitaría. El dolor se acentuó cuando levanté las rodillas y coloqué la cabeza entre ellas.

Un momento después, la sensación de náusea desapareció. Traté de escuchar algo. No oía nada, excepto los latidos de mi corazón. Miré mis manos, pero estaban perdidas en la oscuri­dad. Respiré profundamente. Olía a madera putrefacta y tierra mojada. Extendí ambos brazos con cuidado.

Estaba sentada sobre un suelo lleno de suciedad. Detrás de mí y a ambos lados había una pared de piedras ásperas y re­dondeadas. Un metro ochenta por encima de mi cabeza mi mano se topó con una superficie de madera.

La respiración se convirtió en una rápida sucesión de breves jadeos mientras luchaba contra el pánico.

¡Estaba atrapada! ¡Tenía que salir de allí!

«¡Noooooooo!»

El grito estaba dentro de mi cabeza. No había perdido total­mente el control de la situación.

Cerré los ojos con fuerza y traté de controlar la hiperventilación. Comencé a dar palmadas para concentrarme en una cosa a la vez.

«Inspira. Exhala. Adentro. Afuera.»

El pánico comenzó a remitir lentamente. Me apoyé sobre las rodillas y extendí una mano delante de mí. Nada. El intenso do­lor que sentía en la rodilla izquierda me hizo saltar las lágri­mas, pero comencé a arrastrarme hacia el negro vacío. Medio metro. Un metro. Dos metros.

A medida que avanzaba sin encontrar ningún obstáculo, el terror fue desapareciendo. Un túnel era mucho mejor que una jaula de piedra.

Me senté con la espalda apoyada en la pared y traté de co­nectarme con alguna parte activa de mi cerebro. No tenía ni idea de dónde me encontraba, cuánto tiempo llevaba en ese lu­gar o cómo había llegado hasta allí.

Comencé la reconstrucción.

Harry. La cabaña. El coche.

¡Ryan! ¡Dios! ¡Dios mío! ¡Oh, Dios!

«¡Por favor, no! ¡Por favor, por favor, Ryan no!»

Mi estómago volvió a revolverse y un regusto amargo ascen­dió hasta la boca. Tragué.

¿Quién le había disparado a Ryan? ¿Quién me había traído hasta ahí? ¿Dónde estaba Harry?

Me latía la cabeza y el frío comenzaba a agarrotarme el cuerpo. No era una buena señal. Tenía que hacer algo. Respiré profundamente y me arrodillé nuevamente.

Con movimientos vacilantes y temerosos, comencé a avan­zar lentamente por el túnel. Había perdido los guantes y la tie­rra helada me entumecía las manos y acentuaba el dolor de mi rótula herida. El dolor me ayudó a mantener la concentración hasta que toqué el pie.

Mientras retrocedía me di un golpe en la cabeza con algo de madera y el comienzo de un grito se heló en mi garganta.

«Maldita sea, Brennan, contrólate. Eres una profesional que ha estado en centenares de escenas de un crimen y no una es­pectadora histérica.»

Permanecí agazapada, todavía paralizada por el terror. No era del espacio, que parecía una sepultura, sino de la cosa con la que lo estaba compartiendo de donde provenía el miedo. Ge­neraciones enteras nacieron y murieron mientras yo esperaba un signo de vida. Nada hablaba, nada se movía. Respiré pro­fundamente y luego extendí la mano y volví a tocar el pie.

Llevaba una bota de cuero, pequeña, con cordones como las mías. Encontré a su compañera y seguí las piernas hacia arri­ba. El cuerpo yacía de costado. Con mucho cuidado, lo hice girar y continué mi exploración: dobladillo, botones, bufanda. Sentí un nudo en la garganta cuando las puntas de mis dedos reconocieron aquella vestimenta. Antes de llegar al rostro, ya lo sabía.

¡Pero no podía ser! ¡Aquello no tenía ningún sentido!

Retiré la bufanda y toqué el pelo. Sí. Era Daisy Jeannotte.

¡Dios mío! ¿Qué estaba pasando?

«¡Sigue moviéndote!», me ordenó una porción del cerebro.

Me arrastré como lo hacen los bebés, sobre una mano y una rodilla, desplazando la palma de la otra mano sobre la pared. Mis dedos tocaban telarañas y otras cosas que no quería consi­derar en absoluto. Los desperdicios caían a tierra mientras avanzaba penosamente a lo largo de aquel túnel.

Unos metros más adelante, la oscuridad se aclaró de un modo casi imperceptible. Mi mano chocó con algo y lo seguí. Barandas de madera. Cuando alcé la vista pude ver un débil rectángulo de luz ambarina y una escalera.

Comencé a subir los peldaños, tratando de oír algún sonido. Tres peldaños me acercaron al techo. Mis manos identificaron los bordes de una trampilla, pero cuando empujé hacia arriba no se movió.

Apoyé la oreja contra la madera y los ladridos de unos pe­rros provocaron una inundación de adrenalina en todo mi cuerpo. El sonido parecía llegar desde lejos, pero no había duda de que los animales estaban excitados. Una voz les orde­nó que se callasen; luego vino el silencio, y después los ladridos comenzaron de nuevo.

Directamente encima de mi cabeza no había sonidos de mo­vimiento, ninguna voz.

Hice presión con el hombro, y la madera cedió ligeramente, pero no se abrió. Cuando examiné las rayas de luz pude ver una sombra hacia la derecha. Traté de tocarla con las puntas de los dedos, pero la abertura era demasiado estrecha. Frustrada, metí los dedos un poco más arriba y los deslicé a lo largo de la abertura. Las astillas de madera se clavaron en la carne y me rompieron las uñas, pero no pude alcanzar el punto de sujeción de la trampilla. La abertura alrededor de los bordes no era lo bastante ancha.

«¡Mierda!»

Pensé en mi hermana, y en los perros, y en Jennifer Cannon. Pensé en mí, y en los perros, y en Jennifer Cannon. Tenía los de­dos tan fríos que ya no los sentía. Metí las manos en los bolsi­llos. Mi mano derecha tocó algo duro y plano. Confundida, ex­traje el objeto del bolsillo y lo acerqué a la débil luz de la ranura de la trampilla.

Era la hoja del escarbador que había roto al quitar el hielo de la señal. «¡Por favor!»

Con una silenciosa plegaria, metí la hoja y comprobé que encajaba. Temblando, la llevé hacia el punto que sujetaba la trampilla. El ruido que hacía la hoja parecía lo bastante es­tridente como para ser oído desde varios kilómetros a la re­donda.

Me quedé inmóvil y escuché. No se producía ningún movi­miento encima de mi cabeza. Casi sin respirar, continué mo­viendo la hoja del escarbador. A pocos centímetros de lo que es­peraba que fuese un pestillo, la hoja topó con algo, se me escapó de la mano y cayó-hacia la oscuridad. «¡Mierda! ¡Mierda! ¡Hijo de puta!»

Bajé los escalones apoyada en las manos y las nalgas, y me quedé sentada en el suelo. Maldiciendo mi torpeza, comencé una búsqueda en miniatura a través de la tierra húmeda. Un momento después, mis dedos encontraron finalmente la hoja del escarbador.

Volví a subir la pequeña escalera. Los movimientos me oca­sionaban un dolor lacerante arriba y abajo de la pierna herida. Con ambas manos, volví a insertar la hoja e hice presión con­tra el pestillo. Nada. Retiré la hoja y volví a deslizaría a lo lar­go de la estrecha ranura.

Algo cedió. Me quedé inmóvil, escuchando. Sólo me llegó el silencio. Hice fuerza con el hombro y la trampilla se abrió. Co­giendo la pequeña puerta con ambas manos por sus bordes, la levanté y luego la deposité con cuidado sobre el suelo. Con el corazón latiendo a toda pastilla, asomé la cabeza y eché un vis­tazo a mi alrededor.

La habitación estaba iluminada por una sola lámpara de aceite. Me encontraba en una especie de despensa. Tres de las paredes aparecían cubiertas de estantes y en algunos se veían botes y cajas. Delante de mí, a la derecha y a la izquierda, ha­bía pilas de cajas de cartón en los rincones. Cuando miré hacia atrás, sentí un escalofrío infinitamente mayor que el provoca­do por las bajas temperaturas.

Junto a la pared había docenas de bombonas de propano que brillaban bajo la tenue luz de la lámpara. Una imagen cru­zó mi mente; se trataba de una fotografía de la época de la gue­rra que mostraba armamento almacenado en filas perfectamente ordenadas. Con manos temblorosas, me agaché hasta quedar sentada en el último escalón.

¿Qué podía hacer para detenerlos?

Miré hacia abajo de la escalera. Un cuadrado de luz amari­llenta se filtraba hasta el suelo del sótano e iluminaba el rostro de Daisy Jeannotte. Contemplé sus facciones frías e inmóviles.

—¿Quién eres? —susurré—. Pensé que éste era tu espec­táculo.

Silencio total.

Respiré un par de veces hasta llenar los pulmones y entré en la despensa. La sensación de alivio por haber escapado del tú­nel se combinaba con el temor de lo que encontraría a conti­nuación.

La despensa se abría a una cocina cavernosa. Me acerqué renqueando hasta una puerta que había en el otro extremo. Apoyé la espalda contra la pared y traté de escuchar algún so­nido. Oía el crujir de la madera, el siseo del viento y el hielo, el ruido de las ramas heladas.

Conteniendo el aliento, atravesé la puerta y entré en un co­rredor largo y oscuro.

Los sonidos de la tormenta se fueron apagando. Olía a pol­vo, madera quemada y alfombra vieja. Avancé con cuidado, apoyándome contra la pared para no perder el equilibrio. En esa parte de la casa, no se filtraba una gota de luz.

«¿Dónde estás, Harry?»

Llegué a otra puerta y me incliné sobre ella. Nada. La rodi­lla herida temblaba y me pregunté cuánto más podría avanzar. Entonces oí unas voces apagadas.

«¡Escóndete!», gritaron todas mis neuronas al unísono.

El pomo de la puerta comenzó a girar y me deslicé hacia la oscuridad.

En la habitación había un olor dulce y desagradable, como a flores que se han dejado marchitar en un florero. De pronto, se me erizaron los pelos de los brazos y la nuca. ¿Había sido eso un movimiento? Nuevamente, contuve la respiración y clasifi­qué los sonidos.

¡Algo estaba respirando!

Tenía la boca completamente seca. Hice un esfuerzo por tra­gar y traté de percibir el más leve movimiento. Excepto por el ritmo regular de la respiración, la habitación estaba vacía de cualquier otro sonido. Comencé a avanzar Ientamente hasta que los objetos surgieron de la oscuridad. Vi una cama, una for­ma humana y una mesilla de noche con un vaso de agua y un frasco con píldoras.

Dos pasos más y vi una cabellera rubia sobre un edredón de retazos.

¿Era posible? ¿Era posible que mis plegarias recibieran una respuesta tan rápida?

Me acerqué vacilante e hice girar la cabeza para dejar el ros­tro al descubierto.

—¡Harry!

Dios, sí. Era Harry.

Su cabeza volvió a moverse y dejó escapar un débil gemido.

Extendí la mano para coger el frasco con las píldoras cuan­do un brazo me cogió por detrás. Me rodeó la garganta, aplas­tando la tráquea y cortando el suministro de aire a los pulmo­nes. Una mano me cubrió la boca con fuerza.

Mis piernas se agitaron y clavé las uñas en la mano que me sujetaba para liberarme del abrazo. De alguna manera, conse­guí aferrar la muñeca y apartar la mano de mi rostro. Antes de que volviese a presionarme la boca, alcancé a ver el anillo: un rectángulo negro, con una cruz egipcia tallada y el borde crenulado. Mientras agitaba las piernas y arañaba el brazo y la mano que me sujetaban, recordé una herida en una piel blanca y suave. Sabía que estaba en poder de alguien que no vacilaría en acabar con mi vida.

Intenté gritar, pero el asesino de Malachy me tenía cogida de modo que oprimía mi garganta y cubría completamente mi boca. Luego me sacudió la cabeza con violencia y la presionó contra un pecho huesudo. En la mortecina oscuridad, alcancé a vislumbrar un ojo pálido, una raya de pelo blanco. Pasaron años luz mientras luchaba por aspirar un poco de aire. Los pul­mones eran dos bolas de fuego, el pulso había enloquecido y perdía el conocimiento por momentos.

Oía voces, pero el mundo se alejaba cada vez más. El dolor de la rodilla remitió a medida que el aturdimiento se apodera­ba de mi conciencia. Sentí que me arrastraban. Mi hombro gol­peó contra algo. El suelo era blando y después fue duro otra vez. Pasamos a través de otra puerta. El brazo era una prensa alrededor de mi cuello. Unas manos me cogieron los brazos y

algo áspero se deslizó alrededor de mis muñecas. Mis brazos salieron disparados hacia arriba, pero la presión sobre la cabe­za y la garganta desapareció y pude respirar. Oí un gemido que salía de mi propia boca cuando los pulmones recibieron su pre­ciosa carga de aire.

Cuando pude restablecer el contacto con mi cuerpo, el dolor volvió a aparecer con toda su intensidad.

Me dolía el cuello y la respiración resultaba dificultosa. Los hombros y los codos estaban tensos por la tracción. Sentía las manos frías y entumecidas por encima de la cabeza.

«Olvídate del cuerpo. Usa el cerebro.»

La habitación era grande, de la clase que se puede ver en las cabañas y las posadas. El suelo estaba formado por anchas ta­blas de madera, las paredes eran de troncos y estaba iluminada sólo con velas. Me habían sujetado a una viga del techo y mi sombra se proyectaba como una escultura de Giacometti con los brazos sostenidos en el aire.

Giré la cabeza y la sombra ovoide del cráneo se extendió bajo la luz trémula que bañaba la estancia. Justo delante había dos puertas, y un hogar de piedra a mi izquierda y una venta­na panorámica a mi derecha. Registré la escena.

Al oír voces detrás de mí, impulsé un hombro hacia adelan­te, llevé el otro hacia atrás e hice fuerza con los pies. Mi cuer­po giró y, por una décima de segundo, pude verlos antes de que las cuerdas me hicieran girar en sentido contrario. Reconocí el pelo y el ojo rayados del hombre. Pero ¿quién era la otra per­sona?

Las voces cesaron, y luego continuaron en un susurro ape­nas audible. Alcancé a oír pasos; después se hizo el silencio otra vez. Sabía que no estaba sola. Contuve el aliento y esperé.

Cuando ella se colocó delante de mí, me sobresalté, pero no estaba sorprendida. Llevaba las trenzas anudadas sobre la ca­beza, no colgando como cuando acompañaba a Kathryn y a Carlie por las calles de Beaufort.

Extendió una mano y enjugó una lágrima que caía por mi mejilla.

—¿Tienes miedo?

Su mirada era dura y fría.

«¡El miedo la excitará como a un perro rabioso!»

—No, El; no de ti, o de tu banda de fanáticos.

El dolor en la garganta hacía que me resultase difícil hablar.

Deslizó un dedo por mi nariz y los labios. Sentí su aspereza contra mi piel.

—El no. Je suis Elle. Yo soy Ella, la tuerza femenina. Reconocí al instante la voz profunda y susurrante.

—¡La gran sacerdotisa de la muerte! —exclamé.

—Debería habernos dejado en paz.

—Deberían haber dejado en paz a mi hermana.

—La necesitamos.

—¿Acaso no tienen suficiente gente? ¿O tal vez cada una de las muertes los excita de un modo diferente? «Haz que siga hablando. Gana tiempo.»

—Castigamos a los indisciplinados.

—¿Es por eso por lo que mataron a Daisy Jeannotte?

—Jeannotte. —Su voz se tiñó de desprecio—. Esa maldita entrometida. Finalmente, él seguirá su camino.

«¿Qué es lo que tengo que decir para que continúe ha­blando?»

—Ella no quería que su hermano muriera.

—Daniel vivirá eternamente.

—¿Como Jennifer y Amalie?

—Su debilidad iba a retrasarnos.

—¿De modo que cogen a los más débiles y contemplan cómo los hacen pedazos?

Sus ojos se entrecerraron en un gesto que no supe interpre­tar. ¿Amargura? ¿Arrepentimiento? ¿Anticipación?

—Las saqué de la miseria y les mostré cómo sobrevivir. Ellas eligieron el cataclismo.

—¿Cuál fue el pecado de Heidi Schneider? ¿Amar a su espo­so y a sus bebés?

Su mirada se endureció.

—Le revelé el camino, y ella trajo veneno al mundo. ¡El mal multiplicado!

—El Anticristo.

—¡Sí! —dijo con el silbido de una serpiente. «¡Piensa! ¿Cuáles fueron sus palabras en Beaufort?»

—Recuerdo que dijiste que la muerte es una transición en el proceso de crecimiento. ¿Acaso educas a la gente asesinando a bebés y mujeres ancianas?

—No se puede permitir que los corruptos contaminen el nuevo orden.

—¡Los bebés de Heidi sólo tenían cuatro meses!

El miedo y la ira hicieron que se me quebrase la voz.

—¡Eran la perversión!

—¡Eran bebés!

Traté de lanzarme contra ella, pero las cuerdas estaban su­jetas con fuerza a la viga.

Más allá de la puerta podía oír los sonidos de los otros miembros de la secta. Pensé en los niños del complejo de Saint Helena, y se me oprimió el pecho.

«¿Dónde está Daniel Jeannotte?»

—¿A cuántos niños habéis matado tú y tu criado?

Las comisuras de sus ojos se cerraron casi imperceptible­mente.

«Haz que siga hablando.»

—¿Piensas pedirles a todos tus seguidores que mueran?

El no dijo nada.

—¿Por qué necesitas a mi hermana? ¿Acaso has perdido tu habilidad para motivar a tus seguidores?

Mi voz sonaba temblorosa y dos octavas demasiado aguda.

—Ella ocupará el lugar de otra persona.

—Ella no cree en tu Armagedón.

—Su mundo se está acabando.

—La última vez que lo vi lo estaban haciendo bastante bien.

—Matan secoyas para fabricar papel higiénico y arrojan ve­neno a ríos y océanos. ¿Es eso hacerlo bastante bien?

Acercó su cara a la mía, de modo que pude ver las venas que latían en sus sienes.

—Mátate tú si debes hacerlo, pero permite que los demás to­men sus propias decisiones.

—Debe existir un equilibrio perfecto. El número ha sido re­velado.

—¿De verdad? ¿Y están todos aquí?

Ella apartó la cabeza, pero no respondió. Vi algo que brilla­ba en su ojo, como la luz que rebota en un cristal astillado.

—No vendrán todos, El.

Sus ojos nunca la traicionaban.

—Kathryn no morirá por ti. Ella se encuentra a muchos ki­lómetros de aquí, a salvo con su bebé.

—¡Miente!

—No alcanzarás tu cupo cósmico.

—Las señales ya han sido enviadas. ¡El apocalipsis es ahora y renaceremos de nuestras cenizas!

Sus ojos eran dos agujeros negros bajo la débil luz de las ve­las. Reconocí la expresión: demencia.

Estaba a punto de contestarle cuando oí el ladrido de los pe­rros. El sonido llegaba desde el interior de la cabaña.

Me agité con desesperación, tratando de liberarme, pero sólo conseguí tensar aún más las cuerdas. La respiración se convir­tió en un frenético jadeo. Era una lucha refleja, instintiva.

¡No podría conseguirlo! ¡No podría liberarme de mis atadu­ras! ¿Y qué si lo conseguía? Estaba atrapada. —Por favor —imploré. El me miró con ojos despojados de cualquier sentimiento.

No pude reprimir un sollozo cuando los ladridos se hicieron más intensos. Continué sacudiendo el cuerpo. No me entrega­ría pasivamente, aun cuando mi resistencia fuese inútil.

¿Qué habían hecho los otros? Yo había visto la carne desga­rrada y los cráneos agujereados. Los ladridos se convirtieron en feroces gruñidos. Los perros estaban muy cerca. Me asaltó un pánico absolutamente incontrolable.

Me volví para mirar, y mis ojos barrieron la ventana pano­rámica. Mi corazón se paralizó. ¿Había visto unas figuras que se movían en el exterior de la casa?

«¡No desvíes la atención hacia la ventana!»

Aparté la vista de la ventana e hice girar el cuerpo para que­dar nuevamente delante de El; seguía luchando por liberarme de mis ataduras, pero mis pensamientos estaban entonces fue­ra de la casa. ¿Existía aún una posibilidad de que me rescata­sen?

El me observaba en silencio. Pasó un segundo, dos, cinco. Giré hacia la derecha y eché otro vistazo.

A través del hielo y la condensación de aire, vi una sombra que se movía de izquierda a derecha.

«¡Debes distraerla!»

Volví a girar y clavé mis ojos en El. La ventana estaba a su izquierda.

Los ladridos se oían cada vez más cerca.

«¡Di cualquier cosa!»

—Harry no cree en...

La puerta se abrió de par en par y oí voces.

—¡Policía!

Las botas resonaban sobre el suelo de madera.

—Haut les mains! ¡Manos arriba!

Protestas, gente que corría y gritos.

La boca de El se convirtió en un óvalo perfecto, y luego en una línea fina y oscura. Sacó una arma de entre sus ropas y la apuntó hacia algo detrás de mí.

En el instante en que apartó la mirada, me cogí con fuerza de la cuerda, lancé las caderas hacia adelante, agité los pies y me abalancé hacia ella. Un dolor lacerante recorrió mis hom­bros y muñecas mientras me balanceaba hacia adelante con los brazos totalmente extendidos. Flexioné el cuerpo a la altura de las caderas y lancé los pies hacia el frente; le golpeé el brazo con toda la fuerza de mi peso. El arma salió volando a través de la habitación y fuera de mi campo visual.

Mis pies dieron contra el suelo y me eché hacia atrás para aliviar la presión sobre los brazos. Cuando alcé la vista, El es­taba inmóvil, y un policía le apuntaba al pecho. Una de sus trenzas oscuras colgaba sobre la frente como una cinta de bro­cado.

Sentí unas manos en la espalda y oí voces que me hablaban. Un momento después estaba libre de mis ataduras y unos bra­zos fuertes me llevaron hasta un sofá. Olía a aire helado y a lana húmeda; cuero inglés.

Calmez-vous, madame. Tout va bien.

Mis brazos eran dos ramas de plomo y las rodillas parecían hechas de mermelada. Quería hundirme en la oscuridad y dor­mir para siempre, pero hice un esfuerzo por levantarme.

Ma soeur! ¡Tengo que encontrar a mi hermana!

Tout est bien, madame. —Las manos volvieron a apoyarme contra los cojines.

Más botas y puertas. Órdenes a viva voz. Vi que se llevaban esposados a El y a Daniel Jeannotte.

—¿Dónde está Ryan? ¿Conoce a Andrew Ryan?

—Cálmese, pronto estará bien —me dijo alguien en inglés.

Traté de relajarme.

—¿Se encuentra bien Ryan?

—Tranquila.

Harry estaba junto a mí. Sus ojos parecían enormes en esa penumbra nebulosa.

—Tengo miedo —murmuró con voz pastosa.

—Ya ha pasado todo. —Pasé mis brazos entumecidos alre­dedor de sus hombros—. Te llevaré a casa.

Su cabeza se apoyó en mi hombro, y yo descansé la mía sobre ella  La mantuve abrazada un momento, y luego la dejé Reuniendo los dispersos recuerdos de la educación religiosa que había recibido en mi infancia, cerré los ojos, junté las ma nos delante de. pecho y lloré en silencio mientras rezaba a Dios pidiendo por la vida de Andrew Ryan.