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Donante - Iban Zaldua

Circunstancias más bien peregrinas me llevaron a hacerme donante de sangre. A Loperena, compañero de cenas y chiquiteo, el médico le recomendó —más bien le ordenó— que se hiciera sacar sangre con cierta regularidad: lo ignoro todo sobre la ciencia de Esculapio, pero recuerdo que el curioso remedio, uno más de entre todo un arsenal, tenía que ver con la extrema obesidad de nuestro amigo, y con el lamentable estado de su hígado. 
 
Le indicó que lo mejor para seguir el curioso tratamiento iba a ser que se hiciera socio de Donantes de Sangre. Loperena fue objeto de nuestras chanzas durante un tiempo, hasta que, conforme iban transcurriendo los días y comprobamos que a la pregunta: «¿Qué, has ido ya a sacarte sangre?», seguía respondiendo con evasivas, comprendimos algo que ni remotamente podíamos sospechar en él: estaba cagado de miedo. 
 
Tratamos de alentarlo como siempre suele hacerse en estos casos: que no pasa nada, si es un pinchacito y se acabó, que no se ha muerto nadie… Inútilmente. Así que decidimos, en un acto de generosidad sin precedentes hacia Loperena y la Humanidad, convertirnos nosotros mismos también en donantes y acompañar al desdichado gordo en su particular calvario. 
 
Los siete —todos menos Juárez, que había tenido hepatitis— nos encaminamos un sábado a la mañana hacia el banco de sangre, sin dejar de hacer chistes y dando palmaditas en el hombro a Loperena, que estaba más blanco que la leche. 
 
Para animarle, quedamos en que luego visitaríamos los bares del barrio y saquearíamos sus reservas de tinto y pinchos. Entre protestas, todos nos comprometimos a invitar. Ni siquiera esto devolvió la vida a los ojos de perro apaleado de Loperena.
 
La sede de la Asociación de Donantes de Sangre se halla en el bajo de un oscuro edificio del Centro, en la calle Lope de Aguirre; como Nazábal, con su habitual pedantería, se encargó de ilustrarnos, ocupaba lo que habían sido las antiguas oficinas de la CNT durante la guerra: los agujeros de bala que tachonaban el dintel y uno de los balcones, rellenos de un mortero que había ennegrecido más que la piedra de la fachada, daban fe de ello. 
 
El interior se correspondía casi exactamente con la lúgubre entrada: una amplia sala con una mesa, tres camillas que parecían sacadas de un compendio decimonónico, varias vitrinas modernistas y gastadas, llenas de frascos, azulejos blancos en el suelo, el techo y las paredes. Lo único anacrónico allí eran las bolsas de plástico para la sangre y las balanzas en el suelo, junto a las camillas. 
 
Nos recibió el doctor Elorza, alto, espigado, calvo, con una mueca de seriedad permanente de esas que uno, por conservar la calma, procura no confundir con la animadversión hacia todo lo que se mueve sobre dos piernas. Ni el marco ni el galeno eran, evidentemente, los más adecuados para que Loperena caminara sin miedo hacia su primera donación, así que —una simple mirada de entendimiento nos bastó— Juancho, Loco y yo decidimos afrontar los primeros el potro de la tortura. 
 
Tras un prolijo y desagradable interrogatorio, una enfermera sin edad nos fue tumbando en las camillas y el doctor, con una mirada casi sádica, fue clavándonos la aguja en la vena y dándonos las instrucciones para que la sangre fluyera a la bolsa. Aunque sólo puedo hablar por mí mismo, estoy seguro de que a los tres nos dolió más de lo que preveíamos, y que nos pareció una experiencia bastante desagradable. 
 
Sin embargo, ante los demás, y sobre todo ante Loperena, evitamos cualquier gesto de disgusto y seguimos bromeando hasta el final. Marcos, Nazábal y Mikel hicieron lo mismo. Loperena no pudo echarse atrás. Aguantó como pudo y, aunque estuvo a punto de marearse, no vomitó. 
 
Todos juntos ya, y acompañados por la enfermera, nos zampamos el bocadillo, bebimos los litros de agua prescritos, recibimos cada uno nuestro carné y salimos para la calle. Era la una y media del mediodía. Fuera porque la sangre que nos habían restado debilitaba nuestro organismo, fuera porque los pinchos que trasegamos no fueron suficientes para hacer base en nuestros estómagos, el caso es que para las dos y cuarto ya estábamos como cubas. 
 
No tuvimos más remedio que quedarnos a comer por la zona, en uno de esos tascuchos con menú de a mil doscientas pesetas que invitan, en los postres, a cantar a coro y a iniciar interminables guerras de pan. La memorable juerga concluyó con los primeros rayos del sol de la mañana siguiente. 
 
No extrañará, por lo tanto, que decidiéramos convertir aquellas donaciones en tradición, en el preludio de largas jornadas de disparates, cánticos y chuletadas que íbamos a perpetrar cada tres o cuatro meses. Así lo decidimos, ya recuperados de la resaca, con un solemne juramento.
 
Como era de esperar, la primera juerga eclipsó a todas las siguientes. Es sabido lo que perduran las tradiciones recién adoptadas en estas circunstancias: dos, tres años, o acaso lo que tarda en deshacerse una cuadrilla. En nuestro caso ambos plazos casi coincidieron. 
 
Habíamos concluido los estudios, conocimos a otras gentes, algunos encontraron trabajo lejos del barrio, la vida nos trazó líneas que se fueron separando en el mapa del tiempo. Yo fui de los que se quedó en la ciudad. Y el único que, una vez cada cuatro meses, siguió acudiendo a donar sangre. Es posible que alguno siguiera haciéndolo, pero no desde luego en aquel local del centro. 
 
La lista de excusas que fueron proporcionando para justificar su deserción es demasiado prolija y la considero innecesaria en este relato. Loperena fue el último en abandonarme. Un día me comunicó que su nuevo médico de cabecera había decidido cambiar radicalmente de tratamiento, aduciendo que, a fin de cuentas, aquellas donaciones de sangre no eran más que una burda variante de las sangrías de antaño. 
 
Todo eso, según Loperena, acompañado de una serie de lindezas sobre su colega que se pagarían a muy buen precio en el Colegio Provincial de Médicos. Pese a los alicientes que rodeaban a las jornadas de donación, Loperena nunca logró sacudirse de encima el malestar que le producían el doctor Elorza y sus agujas. 
 
Le felicité sinceramente, pero no advertí rastros de alegría —ni siquiera de alivio— en su mirada. Me lo explicó: el nuevo médico le había impuesto un régimen muy estricto. Después de realizar mi donación —la solidaridad de Loperena no llegó hasta el punto de acompañarme aquel día—, decidimos celebrarlo por todo lo alto en el Felipe: marmitako, pencas rellenas, gorrín, repostería variada, café, puro y pacharán. 
 
Todo ello regado con un par de botellas de Viña Ardanza de 1973 que elevaron la cuenta —y nuestra moral— como la espuma. Pero no nos importó. Loperena lo dejó muy claro: «Esta es la última. Mañana mismo empiezo con el régimen».
 
No sé por qué seguí donando. Local y empleados me resultaban desagradables, las satisfacciones que me proporcionaba el hecho de perder medio litro de sangre cada cuatro meses eran intangibles y —cavilaba— lo que sobra en esta provincia son donantes de sangre. Eso decían las estadísticas, por lo menos: cuando empecé a ir solo me sorprendió no coincidir nunca con nadie. ¿Por qué me empeñaba en ir, entonces? ¿Era, acaso, una forma de tranquilizar mi conciencia, de decirme que ya hacía —y, además, gratis— lo suficiente por la Humanidad? ¿Mi coartada para afrontar la vida con un mínimo de hipocresía? ¿Era la Asociación de Donantes de Sangre —a cuyas reuniones jamás acudía— lo mismo que el Movimiento de Objeción de Conciencia para Nazábal, la Asociación para la Protección de Nuestro Patrimonio Industrial para Marcos, el sindicato para Juancho? Lo ignoro. Creo que actuaba movido por una suerte de premonición. Esperaba a Milagros.
 
El hecho es que, tres sábados al año, allí me tenían, listo para vaciar mis venas. El doctor Elorza nunca llegó a tutearme, ¡faltaría más! Cuando traspasaba la puerta y le saludaba me solía atravesar con una mirada cansada, como si anduviera cargado de trabajo, agobiado por las masas de donantes. 
 
Nunca encontré a nadie allí. Después celebrábamos el ritual mecánicamente: me hacía las mismas preguntas, yo daba las mismas respuestas, me tumbaba en la camilla más alejada, me pinchaba, volvía a su escritorio y a partir de entonces era su casi muda ayudante la que se ocupaba de todo: vigilar la oscilación de la balanza, decidir cuándo había suficiente sangre en la bolsa, cortar el flujo, aplicarme el algodón en el pinchazo y recitarme, siempre con la misma voz monocorde: «Ahora apriete fuerte hasta que deje de manar sangre». 
 
Ni siquiera llegué a saber su nombre. Después de aquello, me bajaba la manga y, ya sin ayuda, me encaminaba a los sofás de la entrada, bebía medio litro de agua, ojeaba algunas revistas y deglutía un bocadillo de —parece difícil de creer— excelente salchichón. Siempre había cuatro o cinco más preparados en la mesilla, y más de una vez estuve tentado de pedirles permiso para repetir. 
 
Pero algo en el silencio de aquella amplia sala me lo impedía siempre también. Quizá fuera el recuerdo del brillo extraño que asomaba a los ojos de Elorza cada vez que extraía la aguja de su protector de plástico y miraba mi brazo buscando el punto exacto. No logré acostumbrarme.
 
Un sábado, nada más entrar, me di cuenta de que las cosas habían cambiado, y mucho, en el último cuatrimestre. Mamparas de color salmón dividían el espacio que antes ocupaba la gran sala, de manera que la entrada se reducía a un hall bastante pequeño, aunque coqueto. De las paredes originales no habían podido arrancar aquellos horribles azulejos, pero las habían cubierto con pósters y reproducciones de pinturas impresionistas que les daban otro aire. 
 
La mesa de oficina había sido sustituida por un mostrador tras el cual una vivaracha enfermera, que enseguida me dijo que se llamaba Merche, pedía los datos, rebuscaba en el fichero y conducía al donante a una pequeña sala de espera donde —y aquí venía la sorpresa— la doctora en medicina general Milagros Rotaeche cumplimentaba, con una amabilidad inusitada, el cuestionario de rigor. 
 
Ella fue la que me informó del cese del doctor Elorza y de cómo ella se había hecho con el puesto. Todo eso sin dejar de sonreír. Puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que es una hermosa mujer, morena, de ojazos verdes y largas pestañas, y con una sonrisa que no abandona su boca en ningún momento: creo que fue ese rasgo, en contraste quizás con la actitud de Elorza, lo que me cautivó. 
 
Sospeché, con una mezcla de horror y satisfacción, que por fin habían descubierto los experimentos secretos que sin duda realizaba el doctor Elorza y se hallaba expiando sus crímenes en alguna institución penitenciaria; no he sabido hasta mucho después que se enroló en una misión de Medicus Mundi con destino a Ruanda, donde por lo visto realizó durante dos años una labor más que meritoria. 
 
Salió hasta en el semanal de El País. Tengo que confesar que la noticia me ha contrariado un tanto, pero en aquel entonces di gracias al Señor —las sigo dando— por el cambio y por el castigo que por sus crímenes contra la Humanidad se merecía Elorza. Pero sobre todo por el cambio.
 
La doctora Rotaeche era además encantadora, atenta e inteligente. Su conversación no decaía nunca y suponía una delicia estar con ella. Si no tenía mucho trabajo se quedaba junto a mí durante la extracción, y hablábamos de cualquier cosa. La verdad, era ella la que más hablaba, porque yo no tenía mucho que decir. 
 
Mi trabajo, en la sección de contabilidad de una sucursal de la caja de ahorros provincial, no daba para grandes aventuras; mis recuerdos de juventud, de puro felices, se me antojaban insulsos; mis vacaciones en Cuba —desde que empecé a trabajar he ido cuatro veces, cada verano—, eran más bien inconfesables, pese a que eran lo más excitante en una vida que se reducía a un eterno paseo entre la oficina y el apartamento. 
 
Milagros —enseguida si insistió en tratarme de tú— opinaba sobre todo lo divino y lo humano con una soltura envidiable, de esas que arrastran: yo mismo me sorprendí, en más de una ocasión, proporcionándole mi punto de vista sobre cuestiones que en la vida me habían interesado, o sobre las que nunca me habría atrevido a discutir. 
 
Aquellos ratos, desgraciadamente, no fueron tan abundantes como yo hubiera deseado. La voz corrió y los miembros de la Asociación de Donantes acudieron como moscas. Nunca había visto el local tan concurrido: hubo sábados en que tuve que volverme a casa sin haber cumplido con mi deber. Una vez en la sala, donde habían colocado dos camillas más, amén de una televisión, todos nos disputábamos los favores de Milagros. 
 
Al principio creí ser el preferido, pero casi estoy convencido de que a todos nos ocurría lo mismo. Durante un año entero me devoraron los celos: ¿acaso no pasaba unos minutos más con esa foca sebosa de Rodríguez Rezola, un carnicero que contaba chistes sin cesar, y no precisamente de los mejores? 
 
Pero no, luego volvía junto a mí, introducía aquella suave aguja bajo mi piel, acariciaba mi hombro, me preguntaba por el trabajo, me tranquilizaba. Mes tras mes, esperaba aquellos sábados con ansiedad. Más de una vez me planteé si podría verla fuera de aquel local, si me atrevería a invitarla a salir, o algo así. Nunca lo intenté: algo más fuerte que mi deseo me detenía. Como si la imagen de Milagros fuera de aquel local me pareciera irreal. Como si no pudiera tomar cuerpo en otro sitio que no fuera aquel escenario. Ahora sé que no tiene por qué ser así.
 
Milagros era, además, una médico muy preparada. Pronto nos enteramos —todo se llega a saber en los círculos devotos— de que había sido la primera de su promoción, y de que había publicado artículos en las revistas más importantes de la especialidad. 
 
Reputada experta en hematología, ella misma nos confesó que estaba perfeccionando un preparado con el que queremos conseguir que la sangre de los donantes recuperara más rápidamente los elementos que se perdían con la transfusión. No podíamos estar más de acuerdo con su línea de investigación: si tenía éxito el ritmo de donaciones se aceleraría y habría más sangre para transfusiones y, lo más importante, podríamos acudir cada menos tiempo a visitar la sede de la Asociación. A visitar a Milagros. 
 
Su sueño, me confesó un día, era la producción artificial de sangre, pero no confiaba en lograrlo aún, dados los escasos medios de que disponía. Por eso había optado por perfeccionar el funcionamiento de la mejor máquina de producir sangre que la naturaleza había creado. Y me acarició la cabeza.
 
Cuando, tímidamente, nos propuso formar parte de su experimento, dudo que nadie se negara a probar aquel brebaje rosa que Merche nos iba a servir después de cada donación, junto al agua y el bocadillo. Nos dijo que íbamos a ser famosos y que nuestros nombres aparecerían en el artículo que sin duda le publicarían en el Scientific American. Eso, por lo menos. 
 
A partir de ese momento empezamos a ser citados más a menudo. Primero cada tres meses, luego cada dos, y a partir de ahí Milagros fue bajando una semana a cada visita. Mi vida se convirtió en una delicia, al menos en parte. No sólo porque acudía al local de la Asociación de Donantes de Sangre más a menudo, sino también porque pasaba más tiempo allí. 
 
Efectivamente, el revitalizador de Milagros, por lo visto, no sólo lograba acelerar la recuperación de los elementos que perdía la sangre del donante, sino que lograba triplicar el ritmo de reproducción de la propia masa sanguínea, con lo que, nos comunicó, podríamos donar más sangre cada vez. 
 
La perspectiva de pasar ratos más largos junto a Milagros me sedujo —nos sedujo— sin remedio. Casi se convirtió en una competición entre los habituales. Subimos de medio litro a tres cuartos, de ahí al litro y algunos llegamos al techo de litro y medio por donación, con descansos de tres semanas entre una sesión y la siguiente.
 
Evidentemente, cada día que pasaba me sentía más débil. No puedo decir que me importara mucho. Nunca he sido muy dado a tomar el sol, pero la imagen que cada mañana me devolvía el espejo me decía a las claras que mi piel había perdido cualquier vestigio de color que alguna vez hubiera tenido. 
 
Perdí el apetito, adelanté y empecé a llegar tarde al trabajo. Siempre he sido puntual, y nunca antes se me habían pegado las sábanas. Pero ahora subía a casa y no sentía más que ganas de dormir, acudía al trabajo y me entraba sueño frente al ordenador. No, ni se me ocurrió preocuparme. 
 
Milagros nos hacía chequeos antes y después de cada sesión, nos tomaba la tensión, realizaba complicadas pruebas con muestras de nuestra orina y casi siempre proclamaba que estábamos estupendos; a algunos les prescribía unas vitaminas, «una ayudita», como ella solía decir, pero poco más. 
 
Un día, nada más llegar a la oficina, me desmayé. El médico diagnosticó anemia con complicaciones —la lista es demasiado larga—, y me dio a entender que tenía la sangre tan debilitada que lamentaba hasta haberme extraído la muestra. Me dio baja para un mes, que tenía que pasar en la cama. Ni se me ocurrió comentarle nada de los experimentos de Milagros. 
 
Ella misma se había encargado de subrayar que aquello era un secreto entre nosotros, que en el mundo de la investigación hay muchas envidias y muchos desaprensivos dispuestos a robar descubrimientos que no les pertenecen. Nunca dudamos de su buena fe, ni de sus revisiones. Confiábamos en Milagros.
 
Aquella baja, qué duda cabe, me salvó la vida. A la segunda semana ya estaba algo mejor, y pude empezar a leer los periódicos que, a regañadientes, me subía un vecino. La noticia apareció un lunes. Los titulares de los diferentes diarios no podían ser más expresivos: «LO MATÓ PARA EXTRAERLE TODA SU SANGRE», «HORRIBLE ASESINATO», «EL LOCAL DE LOS HORRORES», «LA VAMPIRESA DE LA CALLE LOPE DE AGUIRRE». Y continuaron los días siguientes: «MÁS CUERPOS EN LA TRASTIENDA DEL LOCAL», «SED DE SANGRE», «LA DOCTORA ROTAECHE INGRESA EN PRISIÓN», «DIMISIONES EN LA ASOCIACIÓN DE DONANTES DE SANGRE», «POSIBLE IMPLICACIÓN DEL DIRECTOR DE OSAKIDETZA», etc. 
 
La policía dio con el caso casi por casualidad, mientras investigaba la desaparición de Rodríguez Rezola que, como todos los carniceros, tenía dinero y sólidas relaciones. A algún espabilado se le ocurrió que acudía con demasiada asiduidad al local de Donantes y mientras hacían una pregunta por aquí, manoseaban un aparatito por allá, algún agente abrió la puerta del depósito y se topó con el cuerpo —por decir algo— de Rodríguez Rezola, convertido en un saco de piel y huesos apenas reconocible. 
 
El forense no encontró en su cuerpo, casi momificado, ni una gota de sangre. Lo mismo puede decirse de los otros cuatro cuerpos que hallaron bajo el suelo de aquella habitación; publicaron sus fotos y he de decir que los conocía a casi todos: mis antiguos rivales. El famoso preparado resultó estar compuesto básicamente de sirope de granadina. 
 
Merche, la enfermera, por lo visto, no sabía nada. La policía vino a visitarme una semana después de la detención de Milagros. Confirmé punto por punto las declaraciones de los demás testigos. Sin embargo no quise ponerle una denuncia. No he debido ser el único, porque los policías no insistieron. Ni siquiera parecieron sorprenderse.
 
Por suerte, los periodistas no me molestaron. No hubiera sabido qué contarles. El caso de la doctora Rotaeche fue, como era de esperar, un duro golpe para la Asociación Provincial de Donantes de Sangre: las estadísticas de este último año son elocuentes. Incluso han cambiado de sede, pero no parece que les haya servido de mucho. 
 
Yo, desde luego, no he vuelto a donar, y no conozco el nuevo local. Nunca lo conoceré. No es por lo que nos ocurrió. Sé que si voy no encontraré a Milagros allí, y eso es suficiente. No sería lo mismo. He intentado conseguir un permiso para visitarla en la cárcel, pero no me lo han concedido. 
 
Razones de seguridad, añaden. Me han dicho que probablemente pueda cuando la sentencia sea firme. Incluso un vis a vis; eso sería estupendo. Esperaré. Vaya que si esperaré. Me da un poco de lástima, claro. Todo este tiempo. Con la sed que estará pasando, la pobre.

El beso de la muerte - Kathy Reichs

- ¡No! -protesté mientras el terror superaba mi decisión de no perder la calma.

Con un brazo oprimiéndome la tráquea y el otro doblando mi codo en un ángulo terriblemente doloroso, Pascal me condujo a través de la multitud. La hoja de la navaja saltaba con cada paso y yo sentía la sangre que bajaba por el costado del cuello.

La furia y el pánico habían disparado mi adrenalina y mi mente gritaba órdenes contradictorias.

¡Haz lo que te dice! ¡No vayas con él! Miré frenéticamente a todas partes buscando alguna fuente de ayuda. El tío de la barra se limitaba a observar nuestros progresos entre la muchedumbre, mientras las volutas de humo bailaban delante de su rostro.

En la gramola sonaba música rockabilly a toda pastilla. Oía silbatinas y abucheos, pero los rostros que pasaban junto a nosotros eran pasivos, tallados en la apatía. Nadie mostraba interés por lo que me estaba pasando.

¡No permitas que te saque del bar! Luché y me retorcí tratando de librarme de su abrazo, pero todos mis esfuerzos eran baldíos contra la fuerza de Pascal. Aumentó la presión sobre mi cuello y me obligó a salir a través de una puerta trasera que daba a un tramo de escalera metálica. El ruido de las pisadas de unas botas me confirmó que Tank estaba detrás de nosotros.

Cuando mis pies tocaron grava, respiré profundamente, me agaché y traté de darme la vuelta, pero Pascal aumentó su presa asfixiante.

Desesperada, bajé la barbilla y le mordí la mano con toda la fuerza que mis maxilares pudieron reunir.

Pascal lanzó un grito de dolor y me arrojó al suelo. Me arrastré entre papeles grasientos, condones, chapas de cerveza y colillas, con el estómago encogido ante la peste de orín y fango putrefacto, tratando de abrir la cremallera del bolsillo donde guardaba el bote de Mace.

- No tendrás esa jodida suerte -se burló Pascal, golpeándome con la bota en la espalda.

Mi pecho golpeó el suelo con fuerza. El aire desapareció de mis pulmones y una intensa luz blanca estalló en el centro de mi cerebro.

¡Grita! Había un incendio en mi tórax. No podía articular un sonido.

La bota se apartó, luego oí pasos y la puerta de un coche que se abría.

Jadeando desesperadamente en busca de aire, comencé a arrastrarme hacia adelante, codos y rodillas deslizándose sobre el fétido lodazal.

- ¿Es hoy el día, puta? Me quedé inmóvil al sentir el cañón de una arma apoyada en mi sien.

Tank estaba tan cerca que pude oler nuevamente su pestilente aliento.

‹Oí pisadas de botas sobre la grava.

- Tu limusina ha llegado, zorra. Tank, levántala del puto suelo.

Unas manos ásperas me levantaron como si fuese una alfombra enrollada. Me sacudí y revolví con todas mis fuerzas, pero era inútil. Ya en estado de pánico, miré a ambos lados del callejón. No había nadie a la vista.

Las estrellas y los tejados de las casas desaparecieron cuando me arrojaron dentro del coche. Tank subió al asiento trasero, colocó una de sus pesadas botas sobre mis hombros y me aplastó la cara contra la alfombrilla.

El olor a polvo, vino seco, humo rancio y vómito me provocó una sensación de náusea que recorrió todo mi cuerpo.

Las portezuelas se cerraron con violencia, los neumáticos giraron y el coche abandonó el callejón a toda velocidad.

¡Estaba atrapada! ¡Me estaba asfixiando! Llevé las manos a la altura de los hombros y levanté la cabeza. La bota se elevó y el tacón me golpeó en la espalda.

- Un solo ruido y te meto una bala por el culo.

Ahora la voz de Tank era más dura, menos pastosa que en el bar.

Con el alcohol y las pastillas alimentando sus habitualmente malvadas inclinaciones, yo no tenía ninguna duda de que estos hombres me matarían sin vacilar. No los provoques mientras no tengas una oportunidad de escapar, pensé. Busca esa oportunidad. Bajé la cabeza y esperé. 

Pascal conducía de forma errática, pisando el freno y el acelerador con movimientos bruscos. El coche se sacudía, intensificando mi sensación de náusea. Incapaz de ver el exterior, contaba las paradas y los giros, tratando de memorizar la ruta.

Cuando nos detuvimos, Tank apartó la bota y las portezuelas se abrieron y se cerraron. Oí voces, luego la puerta trasera volvió a abrirse.

Pascal me cogió de los brazos y me arrastró fuera del coche.

Mientras luchaba por mantener el equilibrio, mi mirada se posó en Tank y una oleada de terror ascendió por mi columna vertebral. Sostenía el 38 apuntando directamente a mi cabeza. Sus ojos tenían un brillo oscuro bajo la pálida luz rosada de las farolas, disfrutando cruelmente del momento.

Resistí el impulso de implorar, sabiendo que mis ruegos no harían más que alimentar su lujuria.

Pascal me condujo un breve trecho hasta un edificio con el techo verde y las paredes de ladrillo. Cuando sacó una llave, abrió la puerta y me empujó hacia el interior del recinto, mi calma dolorosamente construida se hizo pedazos.

¡Corre! ¡No entres ahí! -¡No! -Mueve el culo, zorra.

- ¡Por favor, no! El corazón se me salía por la boca.

Traté de clavar los pies en el suelo para impedir el avance, pero Pascal me obligó a atravesar el patio en dirección a la casa. Tank nos seguía a corta distancia. Podía sentir su arma en mi nuca y sabía que era imposible escapar.

- ¿Qué es lo que quieren de mí? -pregunté casi sollozando.

- Todo lo que tienes y algo más, zorra -se burló Pascal-. Ni siquiera ‹has soñado con lo que te pasará.

Habló por un intercomunicador. Oí una voz metálica seguida de un clic, luego abrió la puerta de acero reforzada con el hombro y me empujó al interior.

Hay momentos en la vida en los que parece claro que el resumen final es inminente. Tu corazón bombea y la presión sanguínea se eleva, pero sabes que la sangre pronto se derramará, que jamás volverá a fluir. Tu mente oscila entre la urgencia de un último y desesperado esfuerzo y una sensación de resignación, un deseo de tirar la toalla.

Había experimentado esa sensación una o dos veces, pero nunca tan vívidamente como en ese momento. Mientras Pascal me empujaba a lo largo del corredor, supe con absoluta certeza que no abandonaría esa casa con vida. Mi cerebro optó entonces por una acción desesperada.

Me volví y lancé el puño con todas mis fuerzas contra el rostro de Pascal. Sentí que algo se rompía, pero volví a golpearlo con el codo debajo de la barbilla. La cabeza de Pascal salió disparada hacia atrás, me deslicé por debajo de su brazo y corrí hacia una puerta que había a mi izquierda.

Me encontré en un salón de juegos similar al que había en la casa de los Serpientes en St-Basile-le-Grand. La misma barra. El mismo arte de neón.

Los mismos monitores de vídeo. La única diferencia era que éstos funcionaban, arrojando una fría luz azulada sobre la barra y sus ocupantes.

Corrí hacia el extremo más alejado de la mesa de billar, cogí un taco con una mano y busqué el bote de Mace con la otra, mientras mis ojos buscaban desesperadamente una puerta o una ventana.

Dos hombres estaban sentados a la barra y había un tercero detrás de ella. Los tres se habían girado al oír el rugido de Pascal. Me observaron cruzar la sala y luego dirigieron su atención nuevamente hacia la puerta cuando Pascal irrumpió en la habitación.

- ¡Mataré a ese pequeño saco de mierda! ¿Dónde coño se ha metido? La luz del cartel de neón cruzaba de forma oblicua el rostro de Pascal, acentuando las arrugas y arrojando sombras sobre las mejillas y los ojos.

- Quédate donde estás.

El tono de voz era bajo y duro como el cuarzo e hizo que Pascal se detuviera en seco. El sonido de la puerta exterior sugería que Tank había decidido no seguir participando de la fiesta. Eché una mirada furtiva al hombre que había hablado.

Llevaba un traje cruzado color tostado, una camisa melocotón pálido y una corbata a juego. Tenía la piel muy bronceada y probablemente le pagaba ochenta dólares al

peluquero cada vez que lo visitaba. Grandes anillos adornaban sus manos.

Pero era el hombre que estaba detrás de él quien hizo que se me parara el corazón.

Andrew Ryan llevaba tejanos negros, botas y una sudadera gris con las mangas cortadas. Los músculos de su rostro estaban tensos y una barba de tres días cubría la barbilla y las mejillas.

Los ojos de Ryan se encontraron con los míos y la piel de sus pómulos se tensó ligeramente, luego apartó la mirada.

Sentí que una oleada de calor me subía hasta la nuca y se extendía por las mejillas. Me temblaban las piernas y tuve que apoyarme en el borde de ‹la mesa de billar para no caerme.

Unos segundos después, Ryan giró sobre su taburete y estiró las piernas en mi dirección. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

- Vaya, ésta sí que es una jodida coincidencia.

- ¿Conoces a esta putita? La voz de Pascal temblaba de ira. La sangre le manaba de la nariz y se la secaba con la manga.

- Es la doctora Demasiados Jodidos Títulos -dijo Ryan, sacando un paquete de cigarrillos del bolsillo.

Los otros miraron a Ryan cuando colocó el cigarrillo entre sus labios, sacó un fósforo de madera de debajo del celofán del paquete, lo encendió y exhaló el humo.

Yo hice lo mismo. Las manos de Ryan me resultaban tan familiares con el fósforo y el cigarrillo que sentí lágrimas detrás de los párpados. Mi pecho se expandió con un suspiro involuntario.

¿Por qué está aquí? Ryan cogió el cigarrillo entre el pulgar y el índice, colocó de forma vertical el fósforo usado entre los dientes, lo arqueó y lo lanzó volando hacia mí a través de la habitación. Miré el fósforo que caía sobre la moqueta verde y la furia estalló en mi interior.

- ¡Jodido traidor! ¡Cabrón hijo de puta! Lee mis labios, Ryan. ¡Muérete! -Veis lo que quiero decir. -Pascal volvió a limpiarse la sangre de la nariz-. Vamos a enseñarle modales a esta zorra.

- Mala idea -dijo Ryan, dando una profunda calada a su Marlboro.

El hombre del traje cruzado miró el costado del rostro de Ryan. Pasaron varios segundos. La tensión en la habitación podía cortarse con una pestaña.

- ¿Por qué dices eso? -preguntó finalmente con voz tranquila.

- Es una policía. -Otra calada-. Y los polis ya tienen un dos por cuatro sobre el culo de Pascal por exactamente esta clase de mierda.

- ¿Y? ¿Qué pasa, no tienes pelotas? -lo desafió Pascal.

Ryan expulsó el humo por la nariz.

- Éstas son las últimas noticias, capullo. Ya la has cagado una vez liquidando a una de tus furcias, y ahora traes a una poli a esta casa. Te cargas a un poli, especialmente a una mujer, y tienes a todo el puto Departamento de Policía pisándote los talones. Ahora bien, tal vez a ti no te importe darle el viaje a esta rubia, pero al resto de nosotros nos importa y mucho. Toda la mierda que tenemos en movimiento quedará paralizada mientras los polis nos cortan en pedazos.

Pascal miró a Ryan, con los ojos brillando de furia y speed.

- ¡Esta maldita zorra me golpeó! Le voy a hacer un culo nuevo.

Los músculos del rostro parecían saltar debajo de la piel y los ojos y la boca se movían espasmódicamente.

El hombre del traje cruzado continuaba estudiando a Ryan, su rostro carente de toda expresión. Luego se volvió hacia Pascal.

- No -dijo con calma-. No lo harás.

Pascal comenzó a protestar, pero Ryan levantó una mano.

- ¿Quieres ver sangre? Observa esto.

Ryan fue hasta el extremo de la barra, cogió una botella de plástico roja, rodeó la mesa de billar y la sostuvo frente a mí. Luego la apretó, ‹haciendo movimientos circulares con la mano. No me moví.

- Lee eso, Shakespeare.

Golpeó la botella con fuerza contra la mesa.

Bajé la vista. La salsa de tomate formaba remolinos en mi camisa.

Cuando mis ojos volvieron a fijarse en el rostro de Ryan, en mi cabeza se arremolinaban palabras que sabía que nunca pronunciaría.

La sonrisa presuntuosa había desaparecido y, durante un momento, sus ojos azules sostuvieron mi mirada. Luego la mirada de Ryan se apartó de mí para volver a Pascal.

- Esta fiesta ha terminado.

- La fiesta terminará cuando yo diga que ha terminado.

Las pupilas de Pascal estaban más dilatadas que una tubería maestra.

Se dirigió al compañero de Ryan.

- Este cabrón no puede hablarme así. Ni siquiera es…

- Pero yo sí puedo. La fiesta ha terminado. Ahora lárgate de aquí.

Fue apenas un susurro.

El ceño de Pascal se frunció hasta convertirse en un surco y una vena se abultó en su sien. Con un último «¡Hija de puta!», dio media vuelta y abandonó la habitación.

El hombre del traje cruzado observó en silencio mientras Ryan se volvía hacia mí.

- Conservas tu patético culo, zorra, pero no te confundas. Esto no ha sido por ti. -Enfatizaba cada palabra con un golpe en mi pecho-. Por lo que a mí respecta, podrías estar arriba colocada a cuatro patas debajo de Pascal.

Y toma nota.

Estaba tan cerca de mí que podía oler su transpiración, un olor tan familiar como mi propio cuerpo.

- La aventura de esta noche es un gran agujero negro en tu banco de memoria. No sucedió. -Me cogió del pelo y acercó mi cara a la suya-. Si abres la boca, yo personalmente llevaré a Pascal a hacerte una visita.

Me soltó empujándome por el pecho y salí trastabillada hacia atrás.

- Abriremos la puerta desde aquí. Ahora desaparece.

Ryan volvió a reunirse con el hombre en la barra, dio una calada al cigarrillo y luego arrojó la colilla contra el zócalo de acero inoxidable debajo de la barra.

Mientras observaba el baile de chispas, sentí que algo dentro de mí se transformaba en una bola dura y fría.

Sin decir una palabra, dejé el taco sobre la mesa de billar y me marché con piernas temblorosas. Una vez fuera pude sacar finalmente el bote de Mace y, en un ataque de frustración, humillación, alivio y furia, me volví y rocié la casa. Sollozando y castañeteando los dientes, aferré el bote vacío contra el pecho y me confundí con la oscuridad.

La casa donde me habían retenido estaba a menos de seis manzanas de La Taverne des Rapides y, después de haber recorrido esa distancia medio corriendo, medio trastabillando, no me llevó mucho tiempo encontrar mi coche. Una vez dentro, me aseguré de que las puertas tuviesen el seguro puesto, luego permanecí sentada durante un momento, con las piernas ‹como gelatina, las manos temblando de forma incontrolada, la mente confusa. Respiré profundamente varias veces y me obligué a moverme con gestos lentos y premeditados. Cinturón de seguridad. Encendido. Primera.

Acelerar.

Aunque los relámpagos iluminaban el cielo y la lluvia golpeaba el parabrisas, violé todas las restricciones de velocidad para llegar a casa. Mis pensamientos eran un caos.

Ryan le había dado a su compañero un valioso consejo. Una empresa ilegal necesita una poderosa razón para quitar de en medio incluso a una policía adjunta como yo. La represalia sería contundente y la organización estaría fuera del negocio durante mucho tiempo. A menos que esa policía estuviese causando graves daños a la organización, no tenía sentido cargársela, y el hombre del traje lo había entendido perfectamente.

¿Pero qué pasaba con Ryan? ¿Había sido el valioso consejo de un consigliere el único motivo de su actitud? ¿Qué había pasado en aquella casa? ¿Me había tropezado con Ryan en su nueva vida? ¿Estaba allí como miembro de la banda o tenía otras razones? ¿Qué significaban sus acciones? ¿Acaso me había humillado como si fuese un mensaje de que su vida pasada era historia y ahora él pertenecía al otro bando, o lo había hecho como parte de un montaje destinado a sacarme de allí sana y salva? ¿Se había puesto en peligro al hacerlo? Yo sabía que debía informar de ese incidente. ¿Pero qué ganaríamos con ello? Carcajou conocía la existencia de esa casa y seguramente tenía las fichas de Pascal y Tank.

Carcajou. Claudel y Quickwater. Tenía un nudo en el estómago. ¿Qué dirían ellos cuando se enterasen de cómo me había metido literalmente en la boca del lobo? ¿Reforzaría ese incidente el deseo de Claudel de que me retirasen como enlace con la unidad? ¿Y si Ryan era un infiltrado? ¿Un informe policial podría poner en peligro su tapadera? No tenía las respuestas, pero tomé una decisión. Independientemente de cuáles fuesen las razones de ese hombre, yo no haría nada que pudiese perjudicar a Andrew Ryan. Si existiera la más mínima posibilidad de que un informe sobre ese incidente pudiese ponerlo en peligro, no presentaría ninguno. Mañana lo decidiré, pensé.

Cuando llegué a casa, la puerta del cuarto de Kit estaba cerrada, pero pude oír la música a través de la pared.

Buena jugada, tía Tempe. Por eso no eres policía.

Arrojé la ropa sobre una silla y me metí en la cama. Mientras lo hacía, un pensamiento me asaltó de repente. ¿Qué hubiera pasado si Pascal me hubiese llevado a otro lugar? El sueño llegó mucho, mucho más tarde.