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El mejor amigo del hombre - Dee Stuart

—Muerte accidental —dijo el juez de instrucción. El único que sabía que fue un asesinato, nunca lo diría...

Emily se revolvió, sintiéndose incómoda entre Fred y «Cinnamon», en el asiento delantero. El roce con el pelo de «Cinnamon» le hacía estremecer la piel, aunque el último sol de agosto calentaba el aire de Nueva Inglaterra.

Su esposo, Fred, escueto y afable, parecía no darse cuenta.

Emily pellizcó con dureza el rabo de «Cinnamon». La perra, dirigiéndole una mirada de reproche, cambió de postura y sacó su nariz por la ventana, mientras Fred miraba con ojos de miope la carretera que tenía delante, a través de unas gafas de montura de hueso.

—Ahí está nuestro motel —dijo, dirigiendo el coche hacia una salida secundaria—. Sólo son las cuatro de la tarde. Hemos avanzado mucho.

Una vez en su habitación, Fred pidió una cerveza y dos bocadillos de jamón y queso.

—No pidas nada para mí —dijo Emily—. El ir todo el día en coche me trastorna el estómago.

—Está bien —dijo Fred, condescendiente.

Cuando llegaron la cerveza y los bocadillos, Fred los colocó sobre la mesa, y se sentó en el sillón, frente a la ventana desde donde dominaba una buena panorámica. Tomó un buen trago de cerveza, extendió el periódico y observó apreciativamente, por encima de él, los bikinis que había alrededor de la piscina.

En el momento en que Emily empezaba a sentarse, «Cinnamon» saltó al sillón y se quedó allí sentada, observando expectante a Fred. Este partió con la mano un trozo de bocadillo.

—¡Habla! —le ordenó.

«Cinnamon» emitió un ladrido breve y agudo. Fred le dio el trozo de bocadillo.

—¡Baja! —ordenó Emily.

Pero «Cinnamon» no le hizo el menor caso.

—Te dije que la teníamos que haber dejado en la perrera —comentó Emily de mal humor—. Dile que baje.

—Cuando viajamos, «Cin» y yo siempre hacemos esto —dijo Fred, sintiéndose herido—. Observamos a la gente que hay en la piscina, y nos tomamos un bocadillo.

Fred, representante de una empresa manufacturera, estaba en la carretera desde el lunes hasta el viernes.

—Pero esta semana, no estás en la carretera. Hemos alquilado una cabaña en las montañas y son nuestras vacaciones, y no las de esa perra. La estoy aguantando todo el viaje en el asiento de delante, cerca de la ventana, para que no se ponga enferma. Ahora quiero sentarme.

Cogió parte del periódico y levantó el brazo amenazadoramente, en dirección a «Cinnamon».

—Baja, «Cinnamon», baja —dijo Fred rápidamente.

A regañadientes, la perra saltó al suelo y se colocó junto al codo de Fred, con los ojos rogando aún por su bocadillo.

Emily se quedó mirando maliciosamente a «Cinnamon». ¿Cómo era posible que aquella perra la hiciera sentirse como una intrusa en su propia casa? Trató de imaginárselo. Todo empezó el último otoño, cuando Fred la hizo dejar de enseñar.

—Veinticinco años ya es bastante tiempo —le dijo él—. Estoy ganando dinero suficiente para vivir... Tenemos pagada la casa y el coche. Quédate en casa. Descansa. Visita a los amigos.

Pero todos los amigos de Emily seguían trabajando en la enseñanza. Se sentía sola, llevando una vida solitaria en una casa vacía. Y fue entonces cuando él trajo aquella perra a casa.

Un viernes por la noche, entró en la cocina con las manos a la espalda.

—Te traigo un regalo —le dijo con orgullo, y colocó en sus brazos el cálido, inquieto y sonrosado muñeco.

—¡Oh, qué lindo es! —exclamó Emily, sonriendo con indecisión.

—Es perra. Te hará compañía —dijo Fred, contento consigo mismo—. Y te protegerá mientras yo esté fuera.

En aquellos momentos, desde luego, ella no tenía la menor idea de cómo aquella perra desorganizaría su casa y su vida entera.

«Cinnamon» la miró, con sus ojos grises brillando con una luz muy peculiar. Aunque pareciera increíble, Emily podría haber jurado que aquella perra estaba sonriendo. Como una premonición, por su mente cruzó el pensamiento de que dos hembras no podrían vivir juntas, pacíficamente, en la misma casa. Aquello la hizo sentirse intranquila. Dejó la perra en el suelo de linóleo, de un amarillo brillante, donde sus pequeñas y aún débiles patas empezaron a resbalar.

—¿De qué raza es? —preguntó Emily, mirando las orejas puntiagudas dotadas de puntas colgantes y el espeso rabo, que se doblaba en un círculo perfecto.

—Es un cruce —dijo Fred a la defensiva—. Parte de fox terrier, parte de Weimaraner, quizá tenga algo de esquimal en el rabo —acarició su pelo corto y suave y añadió—: Su nombre es «Cinnamon».

La perra se le quedó mirando, con ojos de adoración.

—Es una perra callejera, eso es lo que es —dijo ella—. ¿Cómo se hará de grande?

—¡Oh! Unos cincuenta o sesenta centímetros —contestó, rascando las orejas de «Cinnamon», que acarició su mano con el hocico.

—Bueno, tendrás que entrenarla. Yo ya tengo bastantes cosas que hacer para ir limpiando además las porquerías de una perra.

Fred entrenó a «Cinnamon». La enseñó a pedir, hablar, ir a buscar cosas y a rodar sobre sí misma.

La bañaba y la cepillaba y se la llevaba a dar largos paseos. Un día, Emily dijo:

—Me parece que te pasas más tiempo con esa perra que conmigo.

Lo más irritante de todo era que él no lo negaba. Emily no le decía que, cuando él estaba fuera, de viaje, la perra iba cabizbaja de un lado a otro, con indiferencia, con el rabo colgando, incluso cuando Emily la dejaba estar dentro de casa. Únicamente volvía a la vida cuando escuchaba el ruido del coche de Fred entrando por el camino.

Poco a poco, los ojos malhumorados de la perra y su semblante acusador empezaron a deprimir a Emily. Se sentía enferma y cansada de sacar a la perra de la casa y atarla con la cadena, y de tener que sacarla a hacer sus necesidades. En una ocasión, Emily encontró a «Cinnamon» debajo de su cama, con sus zapatillas de satén verde tan masticadas que apenas si pudo reconocerlas.

—¡Mala perra! —gritó, golpeándola—. ¡Vas a tener que marcharte de esta casa!

Emily trató de imaginar un medio para librarse de ella. Al final se le ocurrió una idea que pareció ser la solución perfecta.

—Fred, ¿por qué no te llevas a esa perra contigo cuando vayas de viaje? Te hará compañía en la carretera.

Al principio, él se negó, pero finalmente Emily le convenció de que a ella no le importaría estar sola. A partir de entonces, Fred se marchaba cada lunes en el coche, con «Cinnamon» a su lado, serena y altiva, con los ojos y las orejas alertas, sonriendo como si fuera la dueña del coche.

«¡Pero desde luego no tenía la intención de traerme a esa perra durante mis vacaciones!», pensaba ahora Emily.

—Es hora de cenar —dijo Fred, interrumpiendo sus recuerdos.

Fred le puso la cena a «Cinnamon» y después llevó a Emily al restaurante del motel. Cuando terminaron de cenar ya era casi de noche, aunque seguía habiendo luces en la piscina y nadadores que, como peces brillantes, ponían en movimiento el agua transparentemente azul y centelleante.

—Quedémonos aquí un rato —dijo Emily, deambulando por el césped y sentándose finalmente en una silla, sobre el cemento, cerca de la piscina.

—Tengo que sacar a «Cinnamon» a pasear.

—Te esperaré aquí.

Sin duda alguna, él no se atrevería a traer a aquella perra cerca de la piscina.

Volvió con «Cinnamon», que andaba airosa y elegantemente a su lado.

—¡No puedes tener a esa perra aquí! —murmuró Emily con enojo.

—Tonterías. Sabe muy bien cómo portarse. Siéntate, «Cinnamon», siéntate.

La perra se sentó a sus pies, con las orejas aguzadas, la nariz venteando el aire, contemplando el mundo que la rodeaba como una esfinge egipcia. Tranquilamente, Fred acarició a «Cinnamon» entre las orejas, y cruzó una pierna sobre la otra. Un muchacho se tiró a la piscina cerca de ellos, salpicándoles de agua y rápidamente Fred limpió las gotas que habían caído sobre el lomo de «Cinnamon», suavizando su pelo.

«No puede dejar de tocarla —pensó Emily—. Es indignante que prodigue tanto afecto a esa perra. Si me hubiera prestado a mí la mitad de la atención que le concede a ella... quizá si hubiéramos podido tener hijos... Si Fred no viajara tanto...»

«Cinnamon» se levantó de pronto y trotó hacia la piscina.

—¡Quieta! —ordenó Fred.

«Cinnamon» se detuvo, miró hacia el agua y volvió una mirada de ruego al amo.

—¡No! ¡Quieta! ¡Apártate del agua!

«Cinnamon» se quedó quieta. «Siempre obediente, siempre comportándose bien», pensó amargamente Emily. Y no era de extrañar. Fred se pasaba todo su tiempo libre entrenándola. Cada vez más, a Emily le parecía que Fred prefería estar con «Cinnamon» que con ella. ¿Sería todo igual en la cabaña? Fred y «Cinnamon» explorando y dando largos paseos juntos.

Entonces, «Cinnamon» se extendió a los pies de Fred. Él le acarició suavemente el estómago y la perra se volvió lánguidamente, con las patas al aire y los ojos cerrados en éxtasis. Por sus labios negros se extendió una sonrisa de pura felicidad, con la punta de su lengua sonrosada recostada indolentemente sobre su mejilla.

Desconcertada, Emily se dio cuenta de que la gente estaba mirándoles. De repente, escuchó exclamar a la joven del bañador negro:

—¡Mira, esa perra se está riendo! ¡Realmente se está riendo!

Allí estaba la prueba, pensó triunfalmente Emily. No eran imaginaciones suyas; aquella estúpida perra se estaba riendo... de ella.

Mientras observaba a los bañistas deseó desesperadamente poder nadar, pero el agua aún estaba demasiado fría para aprender. «Me pregunto si esa perra puede nadar», pensó maliciosamente Emily. Había oído decir que los perros nadan instintivamente cuando son arrojados al agua. ¿Pero durante cuánto tiempo? Y si a uno le estiraban hacia abajo...

Cuando la piscina se cerró y se apagaron las luces, se marcharon, andando en fila, como patos. «Cinnamon» haciendo cabriolas delante, con Fred inmediatamente después, escoltándola orgullosamente, y Emily siguiéndoles despacio, detrás.

Por muy fuerte que lo intentara, Emily no podía vencer los celos, la rabia y el daño que ahora se fundían en su interior, formando un nudo de profundo odio. ¡Dedicar todo su amor a una perra! ¡Era indecente! No lo consentiría más tiempo.

Sería inútil pedirle que diera la perra a alguna persona. No lo haría. Tendría que plantearle un ultimátum. Fred tendría que elegir entre ella y aquella perra. Pero él nunca podría olvidarla... y existía la terrible posibilidad, impensable, desde luego —aunque a pesar de todo existía— de que él eligiera a la perra. Pero había otra forma.

Emily esperó hasta que Fred estuvo metido en la cama, mirando la televisión.

—Creo que esa perra tiene que volver a salir —dijo.

—No, no lo necesita —afirmó Fred, sin apartar la mirada de la pantalla.

—Parece terriblemente inquieta.

—No, no lo está.

—No tienes que sacarla tú, si no quieres —insistió Emily—. Me pondré la bata y...

—¡No! —exclamó Fred severamente—. ¡Olvídalo!

Durante un largo tiempo, Emily permaneció tumbada, despierta, notando una sensación de frustración y derrota. Lo tendría que hacer a la mañana siguiente.

Como consecuencia de largos años de práctica, Emily podía ponerse un despertador en la mente y despertarse a la hora que quería. Lo hizo a las cinco de la madrugada, poco antes de que amaneciera. A hurtadillas, sacó a «Cinnamon» al exterior, llevándola a través del césped, húmedo por el rocío, hacia la piscina. No estaba todo tan oscuro como ella hubiera deseado.

Su corazón le golpeaba en el pecho, temerosa de que alguien pudiera verla. Tendría que arriesgarse. Si alguien le preguntaba, diría que la perra se había caído a la piscina y que ella estuvo tratando de sacar al animal del agua. Empezó a caminar por el suelo de cemento. «Cinnamon» se detuvo, y se sentó.

—¡Vamos, vamos! —dijo Emily ásperamente.

La perra se negó a moverse. Emily dio un tirón de la correa. ¡Aquella perra no podría recordar que no le estaba permitido acercarse al agua! Exasperada, Emily tiró del animal hacia la piscina. La perra se resistió, con su hocico raspando el cemento.

—¡Emi-i-ly! —gritó impacientemente Fred desde el balcón de la habitación, en el gris del amanecer—. No intentes andar con ella a través de la piscina. Sabe que no le está permitido.

Emily apretó los dientes, forzando una sonrisa, osciló hacia un lado y empezó a moverse hacia la zona del aparcamiento, con «Cinnamon» trotando obedientemente a su lado. Después, le dijo a Fred que la perra la había despertado y que quiso salir fuera. Furiosa, se dijo a sí misma que no fracasaría en la siguiente ocasión.

Aquella tarde se introdujeron con el coche en un camino arenoso, metiéndose entre los bosques. El perfume de los pinos refrescaba el aire y los rayos del sol se filtraban por entre los altos robles, teñidos de musgo. Se detuvieron ante una rústica cabaña, construida sobre un montículo.

—Mira, Em, estamos completamente rodeados de montañas. Desde el porche se puede ver el lago, allá abajo.

Con una secreta sonrisa, Emily miró hacia el lago, que relucía bajo los rayos del sol.

—Y los árboles empiezan a enrojecer y...

—Hay allá abajo un bote, que se alquila junto con la cabaña. Tendremos que intentar pescar algo en el lago.

—¡Hummm! —murmuró Emily pensativamente—. Pero ahora hace un tiempo estupendo.

Fred recogió la última cucharada de arándanos de su plato y terminó de beber el té helado.

—Bien, mientras tú limpias los platos, «Cin» y yo daremos un pequeño paseo exploratorio. ¿Paseo, «Cin»? ¿Paseo?

La perra empezó a hacer cabriolas, encantada, oscilando el rabo como una bandera. Los labios de Emily se estrecharon, formando una línea de expresión decidida.

Una hora después, cuando Emily ya estaba empezando a sentirse furiosa, aparecieron en el porche, llenos de excitación.

—¿Sabes lo que hemos encontrado, Em? Ese camino de atrás de la cabaña da unas vueltas y termina en una senda. Al fondo de la senda, hay otro sendero con huellas de carro, ahora cubiertas de hierba. Hemos seguido el sendero un rato y entonces la hemos visto. Una vieja granja de piedra, toda carbonizada y con el interior destruido, como si se hubiera producido un incendio. Hemos echado un vistazo al interior; estaba tan oscuro que casi me caí al sótano; hay un agujero en el suelo, donde antes estaban las escaleras que conducían al sótano.

Emily empezó a escuchar con atención, brillándole los ojos.

—Fuera de la casa, todo está lleno de maleza. Hay una parra y rosas silvestres y gencianas. ¿Y sabes lo que ha encontrado «Cinnamon»?

Confundida, Emily sacudió su cabeza en un gesto de negación.

—¡«Cinnamon» encontró un pozo! ¡Qué digo un pozo...! Un gran agujero en el suelo, que parece como si fuera a desembocar a China. Me hubiera caído allí si «Cinnamon» no hubiera olfateado alrededor y no me hubiera hecho detener. Es tan inteligente... ¿Sabes lo que hizo? Se sentó justo delante del agujero. Nadie podría haberla movido de allí. ¿Puedes creer que una perra sea tan inteligente?

—No —dijo Emily ásperamente.

Fred acarició cariñosamente la cabeza de «Cinnamon».

—Tienes que ver el lugar, Em. Debe tener por lo menos doscientos años.

—Sí, me gustaría verlo.

«Ningún perro es más inteligente que yo —pensó—. ¡No lo toleraré!»

Al día siguiente, después de comer, Fred se tumbó un rato a dormir la siesta. En cuanto empezó a roncar, Emily enganchó la correa en el collar de «Cinnamon» y salió silenciosamente por la puerta trasera de la cabaña. Siguió el camino hasta llegar a la senda y tras haber seguido dos caminos falsos, encontró el sendero con huellas de carro, que le llevó hasta la antigua granja. 

Subió los desgastados escalones, cruzó el porche de la puerta de entrada y penetró cautelosamente en el interior. El suelo que quedaba parecía sólido. Unas pocas tablas estaban carcomidas, otras faltaban. Delante de ella observó una gran abertura negra, donde debieron estar los escalones que conducían al sótano.

Avanzando con mucho cuidado, se acercó. Cuando «Cinnamon» empezó a gruñir, se detuvo, la levantó y le quitó la correa. Se detuvo ante el borde del hueco, tratando de no respirar el aire malsano procedente de la madera carcomida y del sótano de tierra. «Cinnamon», inquieta entre sus brazos, gimió más fuerte.

De repente, Emily se dio cuenta de algo. El sótano no tenía una profundidad suficiente. La caída no sería lo bastante grande. «Cinnamon» se pondría a ladrar y quizá no la escuchara nadie, pero sus aullidos, que encontrarían eco en el oscuro sótano, se escucharían a varios kilómetros de distancia.

Emily sacó la perra al exterior, le volvió a sujetar la correa y la colocó en el suelo. Cautelosamente, rodeó la casa, observando con cuidado a «Cinnamon» para ver si hacía signos de querer retirarse a medida que iba olfateando. Fred habría advertido a «Cinnamon» que se mantuviera apartada del pozo, del mismo modo que había hecho con la piscina. 

Emily volvió a dar vueltas alrededor de la casa, en un círculo más amplio en esta ocasión, pasando disgustadamente a través de las hierbas altas y las malas hierbas que le pinchaban las piernas, mientras «Cinnamon» olfateaba delante de ella.

Emily se volvió abruptamente para evitar andar sobre algunos maderos anchos que encontró en el camino. Emily creyó que se trataba de maderos procedentes del antiguo suelo de la casa. Parecía como si alguien los hubiera colocado allí, uno al lado del otro. Pero «Cinnamon», olfateando con su nariz los secretos de la tierra, no quiso apartarse de allí. De repente, saltó hacia adelante y la correa se escapó de los dedos de Emily.

—¡Maldita seas! —gritó Emily, enfurecida—. ¡Vete! ¡Piérdete de mi vista!

Podría decirle a Fred que la perra había salido de la cabaña y se había marchado. Pero si él la descubría después llevando la correa, sabría que le había mentido. O le podría decir que había sacado a «Cinnamon» a dar un paseo y que la perra se le había escapado. Pero si aquella estúpida perra quedaba atrapada en unos arbustos y se estrangulaba al tirar de la correa, él nunca se lo perdonaría.

No podía hacerlo de aquel modo. Tendría que soltarle la correa del collar, o él sabría que la había sacado a pasear. Su cabeza le palpitaba y sentía las manos húmedas.

Entonces, «Cinnamon» se detuvo a medio camino, sobre las tablas. La perra parecía estar sonriendo, invitándola a seguirla. Emily corrió hacia «Cinnamon», intentando cogerla por el collar, y no lo consiguió. «Cinnamon» avanzó ligeramente sobre las maderas. Enfurecida, Emily intentó entonces coger el extremo de la correa y tampoco lo consiguió. 

Bajo el peso de su cuerpo, las maderas carcomidas empezaron a resquebrajarse y de pronto se partieron y Emily cayó hacia abajo, a través de la oscuridad que olía a humedad. Trató de gritar, pero su garganta se cerró, negándose a emitir ningún sonido. Parecía como si estuviera cayendo para siempre, pero no se sintió asustada, al menos hasta que se hundió en el agua helada del fondo.

Moviendo frenéticamente las piernas, Emily tuvo fuerzas para sacar la cabeza una sola vez sobre la superficie del agua. Todo lo que vio en el amplio círculo azul de cielo que había sobre ella fue a «Cinnamon» que, desde el borde, miraba hacia abajo, riendo. 

Chu-bu y Sheemish - Lord Dunsany

Los martes por la tarde era costumbre en el templo de Chu-bu que el sacerdote entrara y cantara: "Nadie existe salvo Chu-bu".

Y toda la gente se alegraba y gritaba: "Nadie existe salvo Chu-bu". Y ofrecían miel a Chu-bu, y maíz y manteca de cerdo. De esta manera era glorificado.

Chu-bu era un ídolo algo antiguo, como puede comprobarse por el color de la madera. Había sido esculpido en caoba y después pulimentado. Luego lo habían erigido sobre un pedestal de diorita con un brasero delante para quemar especias y dorados platos llanos para la manteca. De esta manera adoraban a Chu-bu. Debía haber estado allí más de cien años, cuando un día los sacerdotes llegaron al templo con otro ídolo y lo erigieron sobre un pedestal cerca de Chu-bu, cantando: "También existe Sheemish".

Palpablemente Sheemish era un ídolo moderno, y aunque su madera había adquirido un tono rojo oscuro, podía uno figurarse que acababa de ser esculpido. Y ofrecieron miel a Sheemish lo mismo que a Chu-bu, y también maíz y manteca de cerdo.

La furia de Chu-bu no conoció límite de tiempo estuvo furioso toda la noche y al día siguiente todavía lo estaba. La situación exigía inmediatos prodigios. Seguramente el ídolo no tenía potestad para devastar la ciudad con una peste que matara a todos sus sacerdotes, por lo que sabiamente concentró los poderes divinos que tenía a fin de originar un pequeño terremoto. "Así -pensaba Chu-bu- me reafirmaré como único dios, y los hombres escupirán sobre Sheemish".

Chu-bu insistió y volvió a insistir, mas el terremoto no llegaba todavía, cuando de pronto se dio cuenta de que el aborrecido Sheemish osaba tratar de hacer un milagro también. Dejó de ocuparse del terremoto y estuvo atento -¿o debería decir con todos los sentidos alerta?- a lo que Sheemish estaba pensando, pues los dioses se enteran de lo que pasa en la mente gracias a un sentido distinto a los otros cinco. Sheemish trataba también de provocar un terremoto.

El móvil del nuevo dios era probablemente hacer valer sus derechos. Dudo que Chu-bu comprendiera o se preocupase lo más mínimo por ese motivo; para un ídolo inflamado de celos era suficiente que su detestable rival estuviera a punto de hacer un milagro. Todo el poder de Chu-bu viró inmediatamente en redondo, oponiéndose resueltamente al terremoto, por  pequeño que éste fuera. Durante algún tiempo todo siguió igual en el templo de Chu-bu, sin que se produjera ningún terremoto.

Ser un dios y no poder realizar un milagro es una sensación desesperante; es como si un hombre decidiera estornudar y no le saliera el estornudo; como si alguien intentara nadar provisto de pesadas botas o pretendiera recordar un nombre completamente olvidado: todos estos sufrimientos padecía Sheemish.

Y el martes llegaron los sacerdotes y los fieles, y todos adoraron a Chu-bu y le ofrecieron manteca de cerdo, diciendo: "Oh, Chu-bu, que has creado todo"; y luego los sacerdotes cantaron: "También existe Sheemish"; y Chu-bu se avergonzó y no habló en tres días.

En el templo de Chu-bu había pájaros sagrados, y al acercarse el tercer día y su noche, la mente de Chu-bu descubrió, por así decirlo, que había excrementos en la cabeza de Sheemish.

Chu-bu habló a Sheemish como hablan los dioses, sin mover los labios ni siquiera alterar el silencio, diciendo: "Hay excrementos en tu cabeza, oh, Sheemish". A lo largo de toda la noche murmuró una y otra vez: "Hay excrementos en la cabeza de Sheemish". Y cuando al amanecer se oyeron voces a lo lejos, Chu-bu se mostró exultante con el despertar de las cosas de la Tierra, y exclamó hasta que el sol estuvo alto: "Excrementos, hay excrementos en la cabeza de Sheemish"; y al mediodía dijo: "Por tanto, Sheemish debe de ser dios". De esa manera dejó confundido a Sheemish.

Y el martes llegó alguien y lavó su cabeza con agua de rosas, y de nuevo fue adorado y le cantaron: "También existe Sheemish". Y Chu-bu todavía estaba contento, pues decía: "La cabeza de Sheemish ha sido profanada", y de nuevo: "Su cabeza fue profanada, eso está bien". Y he aquí que una tarde había también excrementos en la cabeza de Chu-bu, circunstancia de  la que se apercibió Sheemish inmediatamente.

Con los dioses no ocurre como con los hombres. Nosotros nos enfadamos unos con otros y cambiamos continuamente de parecer, mas la ira de los dioses es perdurable. Chu-bu recordaba y Sheemish no olvidaba. Hablaron entre ellos como nosotros no solemos hacer, en silencio, pero oyéndose uno al otro, y sus puntos de vista no fueron como los nuestros. No deberíamos juzgarlos solamente mediante criterios humanos. 

A lo largo de toda la noche hablaron y en todo ese tiempo únicamente pronunciaron estas palabras: "Sucio Chu-bu". "Sucio Sheemish". "Sucio Chu-bu". "Sucio Sheemish" toda la noche. Al amanecer su ira no se había agotado, ni se habían hartado de acusarse mutuamente. Y, poco a poco, Chu-bu vino a darse cuenta de que no era más que el igual de Sheemish.

Todos los dioses son celosos; mas esta igualdad con el adversario Sheemish, un objeto de madera pintada cien años después que el propio Chu-bu, y la adoración a él prestada en el templo del mismo Chu-bu, eran particularmente amargas. 

Aunque fuera dios, Chu-bu era celoso; y cuando llegó de nuevo el martes, tercer día de la adoración a Sheemish, Chu-bu no pudo soportarlo más. Sentía que debía manifestar su enojo a toda costa, y  con toda la vehemencia de su voluntad reanudó sus intentos de provocar un pequeño terremoto. 

Nada más irse del templo los adoradores, Chu-bu se concentró a fin de realizar el milagro; de vez en cuando sus meditaciones se veían alteradas por la ya familiar máxima "Sucio Chu-bu"; mas Chu-bu perseveraba ferozmente, sin dejar de decir lo que quería decir y ya había dicho novecientas veces, y pronto cesaron incluso esas interrupciones.

Cesaron porque Sheemish había retomado un proyecto que nunca había abandonado del todo: el deseo de exaltarse e imponerse a Chu-bu, realizando un milagro; y, como estaban en una zona volcánica, había elegido un pequeño terremoto como milagro más fácilmente asequible a un dios pequeño.

Ahora bien, un milagro solicitado a la vez por dos dioses tiene el doble de probabilidad de cumplirse que si es deseado por uno solo, y una posibilidad incalculablemente mayor que cuando dos dioses tiran cada uno por su lado; como ocurre en el caso de dioses más antiguos y más importantes: cuando el sol y la luna apuntan a la misma dirección tenemos las mayores mareas.

Chu-bu nada sabía de la teoría de las mareas, y estaba demasiado ocupado con su milagro para darse cuenta de lo que Sheemish estaba haciendo. Y súbitamente se consumó el milagro.

Fue un terremoto muy localizado, pues existen otros dioses además de Chu-bu o incluso Sheemish, y éstos habían querido que fuera pequeño; mas derribó algunos monolitos de una columnata que soportaba un ala del templo e hizo caer todo un muro del mismo; y las humildes casuchas de los habitantes de aquella ciudad temblaron un poco, y algunas puertas se bloquearon y no podían abrirse. Ni Chu-bu ni Sheemish pretendían hacer nada más; mas habían puesto en marcha una vieja ley más antigua que el propio Chu-bu: la ley de la gravedad, que aquella columnata había aplacado durante centenares de años; y el templo de Chu-bu se estremeció, luego se tambaleó una vez y finalmente se derrumbó sobre las cabezas de Chu-bu y Sheemish.

Nadie lo reconstruyó, pues nadie osaba acercarse a dioses tan terribles.

Algunos dijeron que Chu-bu hizo el milagro; otros dijeron que fue Sheemish; y se originó un cisma. Los más débiles, alarmados por el encono de las sectas rivales, buscaron un término medio y dijeron que ambos lo habían realizado; mas ninguno de ellos adivinó la verdad: que lo hicieron por rivalidad.

Y un rumor surgió, y ambas sectas lo compartieron: quien tocase a Chu-bu o mirase a Sheemish, moriría.

Así fue como adquirí a Chu-bu cuando una vez realicé un viaje más allá de las colinas de Ting. Lo encontré en el derrumbado templo de Chu-bu: sus manos y dedos de los pies sobresalían de los escombros, y estaba tendido boca arriba. Y en esa misma postura en que lo encontré lo he mantenido hasta la fecha sobre la repisa de la chimenea; de esa manera está menos expuesto a ser derribado. Sheemish estaba roto, de manera que lo dejé donde estaba.

Y Chu-bu parece tan desvalido, con sus regordetas manos alzadas, que , a veces, me entran ganas de inclinarme ante él y rezarle, diciendo: "Oh, Chu-bu, tú que lo has creado todo , socorre a tu siervo".

Chu-bu no puede hacer mucho, aunque estoy seguro de que en cierta ocasión en una partida de bridge me envió un as de triunfos, después de que en toda la velada no había tenido una sola carta que mereciera la pena. La suerte podía haber hecho por mí otro tanto, mas eso no se lo conté a Chu-bu.

¡Dejadme dormir con mi mujer! - Victoria Robbins

¿Podrán mis palabras describir a Lucía? ¿Hasta qué límites tendría que llegar la prosa que reflejase exactamente la belleza, su lujuria, la pasión de sus besos, el hipnotismo de su mirada, esa morbosa obsesión suya hacia todo lo relacionado con el MÁS ALLÁ, y el grado de esclavitud al que llegó a someterme? 

¿Cómo lograría comunicar el inmenso pavor que me asaltó aquella madrugada cuando, después de una noche interminable esperándola, la vi entrar en nuestro dormitorio hediendo a azufre, y exultando una malignidad infinita, «¡porque acaba de poseerme el Demonio!»? ¿Y seríais capaces vosotros de entender que yo, en lugar de sentirme destruido por los celos, me echase a reír y a abrazarla igual que si me la hubieran devuelto más hermosa que nunca?

Sin embargo, antes, la protesta surgió de mi garganta, rabiosa y con pretensiones de ir en aumento, y hasta mis puños se alzaron dispuestos a golpearla. Entonces, sus ojos negros, esos carbúnculos de un fulgor subyugador, me lanzaron unos mensajes de lascivia, invitándome al desvarío. Y sin quererlo, lo mismo que el pajarillo que camina lentamente hasta la serpiente que va a devorarlo, yo me aproximé a su cuerpo.

Nada más que me situé a su alcance, Lucía saltó a por mi boca. ¡Sus labios se hicieron brasas en las que se fundió mi voluntad, y toda mi sensualidad alcanzó niveles de al rojo vivo!

Luego, revoleándome en la cama, riendo y gozando de un cuerpo que había sido madurado diabólicamente, torrente de orgasmos, infinito en sutilezas eróticas y dueño de una piel capaz de otorgar calidad de incombustible a la mía a pesar de estarla sometiendo a temperaturas de fundición, respondí a todas y a cada una de sus caricias, olvidados los celos. Y no nos detuvimos hasta el alba. En el momento que nuestras energías se hallaban en el límite de la mortal extenuación.

En realidad el Demonio me devolvió una gata en celo, una ninfómana insaciable para la que no existía ningún tipo de obstáculos. Por eso, al llegar la noche, luego de haberme saciado sexualmente, se escapaba en busca de otros lechos y de otras virilidades, entregada a una fiebre incurable.

Tardé en descubrir estas correrías nocturnas, debido a que su poderío carnal me dejaba materialmente exhausto. Necesité la colaboración de una impresionante tormenta, cuyos truenos me despertaron a la evidencia de que la otra mitad de mi cama se encontraba vacía.

Los celos me asaltaron, porque la casa estaba totalmente a oscuras. Cierto, en un principio supuse que Lucía podía encontrarse en el cuarto de baño o en la cocina. Pero los relámpagos no cesaban de señalarme una sola realidad: había sido burlado por una mujer a la que ni siquiera retenía en su hogar la furia de los elementos. Me vestí precipitadamente, fui en busca del impermeable y la linterna, y me dispuse a salir a la calle...

En aquel instante, escuché el ruido de la puerta. ¡Sólo podía ser ella! Corrí en busca de una válvula de escape para toda la cólera almacenada en los últimos minutos. Y me la encontré descalza, quitándose sigilosamente la gabardina, y con el extremo inferior del paraguas cubierto con un plástico, para que el agua que chorreaba no empapase la alfombra de la entrada.

–¿Dónde has estado, «gata salida»? ¿No irás a negarme que con todas esas precauciones lo que pretendes es que el «cornudo» de tu marido siga durmiendo? ¿Cuánto tiempo llevas pegándomela?

Lucía me miró con ojos burlones. Después, colgó su gabardina en el perchero, sin importarle ya dejar el testimonio de la lluvia en el suelo. Acto seguido, me hizo frente con una voz fría y preñada de una burla demoníaca:

–De acuerdo, soy una «gata salida», o mejor diré una «tía con un furor uterino», que le impide conformarse con pasar las noches en una sola cama y con un solo hombre. Eres un médico de pueblo. ¿Verdad que hablando así de claro tú y yo nos entendemos mucho mejor? Porque, al menos, debías estar agradeciéndome la delicadeza de no querer despertarte.

Su desfachatez, la osadía de sus gestos y la realidad de que yo me estaba excitando con la visión de su lengua, que se asomaba lujuriosamente entre sus labios, y con su amplísimo escote, donde los senos casi se exhibían en su totalidad, me impusieron una réplica volcánica. Mis puños la golpearon con odio, y mi garganta la insultó y la maldijo con unos gritos enloquecidos.

Pero ella no permaneció inmóvil, sino que reaccionó como el felino en el que se había convertido. Sus uñas se clavaron en mi carne, rasgándome la piel, y hasta me mordió en distintas partes del cuerpo. También replicó a mis voces estentóreas con mofas y escarnios dedicados a mi virilidad.

No sé cuánto tiempo permanecimos enzarzados en aquel terrible combate de fieras, ni recuerdo quién de los dos fue el primero que exclamó ese «¡basta ya!», acaso después de repetirlo por enésima vez. Esto nos obligó finalmente a detener la violencia, cuando estábamos deshechos, destrozados y mirándonos con los ojos tumefactos.

Con las ropas destrozadas, cubiertos de heridas y jadeantes, nos arrastramos hasta la estancia donde yo practicaba las curas a mis pacientes. Allí me entregué a aliviar sus heridas con un esmero acaso excesivo, a la vez que lamentaba nuestra pelea. 

Sin saber cómo me vi inmerso en una enorme sensación de culpa, en cuya savia emocional fue germinando una pasión arrasadora. Por este motivo, olvidando los destrozos que había sufrido mi cuerpo, la llevé a la cama. Para dar rienda suelta a unos instintos exacerbados que me transformaban en una bestia.

¡Y cómo se reía Lucía bajo mis besos y caricias, y cuando llegó la eyaculación casi epiléptica!

A la mañana siguiente, no fui al hospital, porque me cuidé de poner alambreras en todas las ventanas y me aseguré de que mi esposa jamás pudiera escapar de casa. Abrí la consulta a las seis de la tarde. Nada más que encontré a tres pacientes, cuando lo normal era que allí me estuvieran esperando más de veinte. 

Dos de ellos se marcharon, después de hacerme oír sus torpes disculpas. Y el que aceptó hablar conmigo, se preocupó más de mis arañazos, cardenales y tumefacciones de mi rostro y manos que de su propia dolencia.

Desde aquel momento me vi marginado por la mayoría de las gentes importantes del pueblo. Y es que siempre se encuentra una disculpa maliciosa para el «cornudo» que ignora su condición; pero nadie perdona a quien lo acepta, aunque se pegue con su mujer. 

Porque lo tradicional es, sin que importe la despenalización jurídica del adulterio, que el marido mate a la mujer infiel o, al menos, se niegue a seguir viviendo con ella.

* * *

Con el paso del tiempo me quedé totalmente sin pacientes, porque todos anularon sus igualas; y nadie volvió a llamar a mi casa para que atendiese un parto, un proceso febril o cualquier otra enfermedad imprevista. 

El director del hospital me llamó al orden, y hasta me aconsejó que tomara unas vacaciones, «si es posible llévese a su esposa con usted, pues únicamente de esta forma conseguirán los dos que se apague la indignación de las personas honorables de nuestra comunidad».

Así se lo propuse a Lucía; pero me tropecé con su negativa más rotunda. De nuevo nos enzarzamos en una discusión a grito pelado, la cual degeneró en unos insultos y en un conato de pelea. Luego, ignoro en qué momento, ella se echó en mis brazos e hicimos el amor con el mismo vigor sexual que las otras veces. Terminé en la cama, exhausto y pensando únicamente en mi descanso.

Horas más tarde, volví a descubrir que la otra mitad de la cama estaba vacía. Me dominó una furia de celos, aunque me dije que ella no podía haber escapado de casa. Acto seguido, la busqué por todas las habitaciones, mirando en el interior de los armarios y los baúles... ¡No estaba en ninguna parte! Pero ¿cómo era posible si todas las ventanas y puertas seguían cerradas herméticamente?

No podría explicar cómo me vi recorriendo el pueblo a pie, rastreando las sombras con el haz luminoso de mi linterna, examinando cada portal, y deteniéndome en el momento que escuchaba unos pasos. Siempre confiando que significasen el anuncio de que ella retornaba a mi lado.

Mientras, la inutilidad de este empeño parecía ir cerrando mi mente racional. Porque terminé gritando su nombre, suplicándole que no me abandonase, hasta que las pocas voces de las gentes a las que había despertado, sus burlas, sus insultos y algunos cubos de agua, así como las maderas, zapatos y otros proyectiles de la misma índole me permitieron recuperar un poco de razón.

Estaba amaneciendo cuando regresé a casa. La angustia de haber perdido a mi mujer ya me lastraba las piernas y los brazos. Lágrimas de desesperación herían mis ojos cuando metí la llave en la cerradura, abrí la puerta y me quité el abrigo y el sombrero.

Súbitamente, escuché unas risas y unos grititos lujuriosos. ¡Lucía estaba allí, en nuestro dormitorio!

Sin saber realmente por qué lo hacía, tal vez impulsándome algún recóndito presentimiento, cogí uno de mis bastones de paseo y caminé en busca de las necesarias explicaciones. Llegué a la habitación y...

Me vi frente a un enorme gato negro, de ojos más rojos que el fuego, tan tenso como una ballesta a punto de ser disparada y que bufaba escalofriantemente. Pero esta amenaza no era lo peor, ¡sino el hecho de que ella, completamente espatarrada, con lechosos testimonios en su pubis, significaba la más cruel evidencia de que acababa de ultrajar el lecho nupcial con otro de sus repugnantes adulterios!

Sentí tanta humillación que no me arredraron los ataques del gato, ni el dolor de las profundas heridas que me causaban sus garras. Conseguí propinarle dos certeros bastonazos. Y el inmundo animal escapó de allí, maullando lastimeramente y arrastrando una de las patas traseras. Pero, antes de que pudiese rematarlo, consiguió salir a la calle, por la puerta que yo había dejado torpemente sin cerrar, donde las tinieblas fueron sus aliadas.

Después de convencerme de la imposibilidad de darle caza, liberé la cólera en forma de maldiciones y blasfemias y, luego, regresé al dormitorio. Lucía continuaba en la misma insultante postura; además, pude comprobar que su boca se entreabría con una sonrisa voluptuosa.

No la golpeé. Preferí atarla a la cama, sin vestirla pero tapándola con la colcha y la sábana. Me aseguré de que no se podía soltar por sus propios medios, y la dejé en una total oscuridad: eché las persianas y las cortinas, cerré la puerta de la habitación, y hasta cubrí las rendijas con vendas y esparadrapos. Luego, marché a curarme las heridas. Seguía desconociendo cómo ella había podido salir y entrar en la casa sin forzar las ventanas y las puertas.

Mientras desinfectaba mi carne abierta y sangrante, caí en la cuenta de que Lucía no se había quejado ni una sola vez. Su pasividad hacia mi conducta había sido la misma que se puede ofrecer a una mosca o a cualquier otro animalillo al que se ha terminado por tolerar. Y esta certeza me hundió aún más en la vileza de mi situación.

Ya era la hora de entrada en el hospital. Me olvidé del reloj y de mis obligaciones. Me notaba invadido por un deseo escrupuloso de limpieza, por lo que me entregué a limpiar todos los testimonios de la corta pelea que acababa de sostener con la bestia. 

Sin embargo, como no dejaba de encontrar infinidad de minúsculas manchas en los sitios más inverosímiles, no dudé en fregar los suelos, las paredes y la chimenea del comedor; luego, utilicé todas mis provisiones de alcohol, para asegurarme de que la casa se hallaba libre de hasta el más minúsculo vestigio del maldito gato.

En el momento que me disponía a preparar la comida, escuché el timbre del teléfono. Me empeñé en no hacerle caso; pero, ante su insistencia, debí atender la llamada, aunque sólo fuera para eliminar tan molesto sonido. 

Era la directora de personal del hospital, amenazándome con tomar represalias si continuaba incumpliendo mi horario de trabajo. Intenté disculparme utilizando unos razonamientos demasiado torpes, con lo que di pie a que la agria solterona me hiciese escuchar un discurso sobre la obligación de avisar de mi inasistencia, ya que así podía buscarse un sustituto.

De pronto, las palabras que llegaban a través del auricular perdieron todo su sentido, transformándose en un ronroneo desagradable. Colgué el teléfono sin más miramientos, y me olvidé del mismo aunque estuvo sonando durante diez minutos.

Después, cuando me encontraba en la cocina, fue otro sonido muy distinto y más insufrible el que vino a hacer patente mi esclavitud a una pasión sobrehumana: Lucía estaba cantando unas letrillas lujuriosas, repletas de insinuaciones a mi virilidad, «tan inferior a la de ese gato al que te has enfrentado con un bastón, porque con tus armas naturales hubieras sido vencido igual que lo fuiste en la cama».

Como ella no se callaba, a pesar de llevar varias horas desafiándome, me vi forzado a entrar en el dormitorio. Blandía un cinturón y estaba dispuesto a azotarla. Sin embargo, la encontré totalmente desnuda e irresistiblemente insinuante. De alguna forma se había desprendido de la colcha y de la sábana.

–¿Te atreves a demostrarme que eres mejor macho que ese precioso animalito? –me preguntó, mirándome con los estiletes de sensualidad que encerraban sus pupilas.

Sé que fueron los celos el motor de mis manos. La azoté y la abofeteé repetidamente, y me eché sobre ella queriendo triturarla; no obstante, terminé recogiendo la miel de sus labios, la electricidad lujuriosa de su cuerpo y el panal de la gloria, o del infierno, que se me reservaba en su pubis. Y cuando mi excitación alcanzó techos demenciales, la desaté queriendo sentirme acariciado por cada partícula de su ser. ¡De verdad, jamás me sentí tan feliz!

Al final, abrazados y con los rostros unidos, se diría que con nuestras respiraciones agotadas por el esfuerzo sexual firmamos una especie de tregua. Porque vivimos quince días inmersos en un verdadero paraíso de sensualidad, gracias a que, sobre todo, ella no volvió a escaparse por las noches.

Al mismo tiempo, reanudé mi actividad profesional, brindando todas las disculpas que fueron necesarias, e intenté recuperar a mis antiguos pacientes. Sólo conseguí convencer a una décima parte de ellos, lo que constituyó un estímulo para seguir ganando todo el terreno perdido.

Sin embargo, en el momento que mi confianza era total, recibí la bofetada emotiva de la nueva desaparición de Lucía. Durante una semana la estuve buscando por todas partes, sintiéndome cada vez más desesperado e indefenso. Y en el momento que me echaba en la cama, después de toda una jornada siguiendo el rastro que alguien me había sugerido o que yo mismo era capaz de deducir, intentaba imaginar que ella se hallaba a mi lado, que volvíamos a encontrarnos durmiendo juntos. 

Pero el vacío que me rodeaba era tan desolador, y la humanidad de mi esposa tan imposible de recrear por mi cerebro humano, que las lágrimas arrasaban mis ojos, me clavaba las uñas en las palmas de tanto apretar los puños, y llegaba a golpearme la cabeza contra la pared.

¡La necesitaba más que a mi propia vida!

Durante el octavo día de búsqueda infructuosa, supe que Lucía se encontraba en la cantina de la estación. Corrí a su encuentro animado por el mismo impulso que si ella hubiera regresado de un largo viaje. Pero, al rebasar la puerta de cristal, la vi sentada en una mesa con tres hombres, a uno de los cuales estaba besando sin ningún pudor.

Nuevamente me cegaron los celos. Cogí una silla y arremetí como una catapulta contra los acompañantes de mi esposa, sin importarme su corpulencia y que fuesen demasiados enemigos. Creo que hubiese podido obligarles a huir, después de unos veinte minutos de pelea, de no ser porque aparecieron varios policías.

Me mantuvieron encarcelado durante veinticuatro horas, acaso para que me serenase lo suficiente. Luego, me dejaron en libertad, no sin antes prevenirme de que olvidase tomar cualquier tipo de represalias violentas contra mi esposa. Yo me comprometí a seguir una conducta civilizada.

Al volver a casa, encontré que Lucía me estaba esperando con la mejor de sus sonrisas, con un banquete servido en la mesa del comedor, cuyo centro lo ocupaba un cestito de flores y dos candelabros de plata con unas velas sin estrenar, y con un cuerpo, ¡el suyo!, más sensual y provocativo que nunca. 

Ante aquello resultaban innecesarias las preguntas, porque sólo había una interpretación: ella imponía el cambio de la sexualidad más refinada por el olvido de su larga desaparición.

¿Aceptaría yo el trato?

Jugué a su manera, dejándome arrastrar por algo que ya no podía ser igual que antes. Porque el recuerdo de los ocho días buscándola infructuosamente, a lo que debía añadirse mi destrucción total como hombre y como médico, suponía una muralla imposible de rebasar. 

Actué siguiendo la inercia de mis instintos, aletargados antes de verla y en ebullición durante todos aquellos momentos, siendo en manos de mi esposa un simple pelele incandescente. Comí, bebí, besé y amé. Pero sin llegar a la saturación en ninguna de estas acciones, que resultaron meramente fisiológicas al faltarles el chispazo de una imaginación totalmente rendida. Ni siquiera obtuve una sola eyaculación.

Y en la cama, hostigado por esos celos que no eran míos sino de la represión social, de los conceptos tatuados por otros en mi conciencia, fingí que me levantaba para ir a por la última copa de champaña. Cuando lo que pretendía, en realidad, era comportarme de la forma «más civilizada» con aquella «gata salida». En lugar de dirigirme a la pequeña bodega, preferí entrar en la clínica. Con una frialdad inusitada cogí algunas vendas, un carrete del esparadrapo más ancho y un potente somnífero.

Luego mezclé éste con la bebida burbujeante, y regresé a la habitación. Donde me esperaba la intranquilidad de Lucía, aunque no su desconfianza. Posé mis labios en los suyos, queriendo detener el chorro de sus palabras; seguidamente, le dejé la copa en las manos, y me tomé la que había traído para mí.

En el momento que Lucía apuró la suya, riendo la invité a que rompiésemos las copas igual que en las películas románticas. Con el estrépito de los cristales, se me disparó un apetito inusitado de su carne, acaso por una reacción de triunfo. Mientras la acariciaba y la besaba, empecé a sentirla cada vez más floja, su voz se fue haciendo pastosa y terminó por quedarse totalmente dormida.

Entonces, procedí a vestirla, a atarla y a amordazarla con evidente crueldad. ¡Era totalmente mía... Ya nunca más volvería a escaparse de casa!

De nuevo la dejé rodeada de la más absoluta oscuridad, y abandoné la habitación. El resto de la noche intenté dormir en la cama del cuarto de los huéspedes; pero me fue imposible descansar, debido a que mi cerebro únicamente proyectaba pesadillas, en las que Lucía se reía de mi virilidad, me rechazaba cuando yo pretendía poseerla, a pesar de ponerme de rodillas suplicando rastreramente, y terminaba por escaparse de casa atravesando las paredes como un espectro, ¡para llevarse el lujurioso desnudo de su cuerpo a «otros lechos y a otros hombres»!

Me desperté sudando, con la boca reseca y necesitando asegurarme de que Lucía seguía encontrándose en el dormitorio. Por eso me precipité a abrir la puerta, después de quitar los esparadrapos que cubrían todas las rendijas, encendí la luz, y me encontré con la crueldad de sus ojos: ¡todo un desafío incomprensible!

–¿Crees que terminarás derrotándome, como las otras veces, porque soy el más débil de los dos? –pregunté con un tono de ironía, que hasta mí mismo llegó a sorprenderme–. Existe un método infalible para «domar» a una «gata salida»... ¿Me mirarás de la misma forma cuando lleves tres o cuatro días sin comer ni beber, y siempre en esta misma postura? ¿Resistirá tu bello cuerpo la necesidad de defecar aquí, en la cama? Y una vez que hayas cedido al insoportable deseo fisiológico, ¿cómo te notarás bajo el contacto nauseabundo de los excrementos?

Las palabras eran liberadas por mis labios con el placer de quien se desliza por un tobogán: cada vez, más deprisa, y con las ideas creciendo en unos niveles de perversión y venganza impropios de una mente que se tenga por normal.

Cumplí con una de las amenazas, recreándome morbosamente en mi doble función de carcelero y verdugo. Y con el propósito de que nada ni nadie me molestase, eché todas las persianas y me moví por la casa con el simple resplandor de una vela. No atendí al timbre de la puerta e hice oídos sordos en las decenas de veces que sonó el teléfono. Todos debían creer que habíamos salido de viaje.

Me preparé el desayuno, y sólo tomé un sorbo de leche. También hice la comida y la cena, aunque nada más que probé los bocadillos y picoteé en los platos fríos. Porque me había cuidado de no encender el gas, así como evité todo alimento del que se desprendiera un olor fuerte. Mientras, en cada uno de los lentos segundos que iban transcurriendo, notaba que Lucía estaba más dentro de mí, por eso se iba adueñando de cada uno de mis pensamientos.

Sin embargo, todo esto terminé por considerarlo el simple testimonio de lo mucho que debía combatir. Al llegar la noche, di un nuevo vistazo al dormitorio. ¡Con que odio me contemplaron los ojos de mi prisionera! Pero mantenía las piernas estiradas y los muslos muy juntos. Alcé su falda, levanté un poco la braga y palpé su monte de venus.

–Estás a punto de reventar. De buena gana intentarías enchufarme con tu meada si yo estuviera más a tiro. Lástima que las mujeres no estéis provistas de un pene flexible y erecto, ¿verdad, «gatita salida»?

Bajo el esparadrapo que cubría su boca noté el impulso rabioso de escupirme. Sus pezones se hallaban en la máxima rigidez, su bajo vientre palpitaba y su piel aparecía tan erizada como las diminutas limaduras de acero que han sido atraídas por el imán.

Por eso me alejé de allí, rápidamente, negándome a volver a ser hechizado por ese cúmulo de elementos lujuriosos. Después de asegurarme de que la puerta quedaba cerrada herméticamente, me dirigí al cuarto de los huéspedes. 

Preso de una gran confusión me dejé caer en la cama, totalmente vestido. Cerré los ojos y me dispuse a entregarme al sueño. Pero, a pesar de haber cerrado los párpados, en la pantalla de mi mente se proyectó el pubis de Lucía y todas las zonas de su cuerpo que acababan de amenazar mis intenciones de «domarla».

Luego de dar infinidad de vueltas y de fumar toda una cajetilla de cigarrillos, la mayoría de los cuales los aplasté contra el suelo a medio consumir, comprendí que no podía dormir sin tenerla a mi lado. 

Regresé a la habitación; y nada más abrir la puerta, me abofeteó un hedor insoportable. Encendí la luz. ¡Sus ojos continuaban mirándome con el desafío del más fuerte!

Al acercarme a la cama, advertí que ella se había meado encima... ¿Ese hedor tan repulsivo era de su orina?

En seguida vencí la sensación de repugnancia, porque me resultaba más imperioso el deseo de acostarme a su lado. Así lo hice, sin desnudarme. Una singular lasitud me invadió, y estuve a punto de quedarme dormido. No obstante, el cuerpo de Lucía se encontraba demasiado pegado al mío: lo sentía vibrar, caliente, voluptuoso y convertido en una llamada a la lujuria...

Por eso estuve a punto de ceder, enloquecido bajo el hechizo carnal. De repente, se encendió en mi cerebro una llamada de emergencia... ¡No, no podía rendirme cuando estaba en juego algo tan importante como domarla, para que fuese únicamente mía!

Di un brinco en busca del suelo, salí corriendo hasta mi clínica y me tomé unas anfetaminas, con el fin de hallar un estímulo muy distinto al sexual. Esperé a que me hiciesen efecto; luego, me dio por reír y burlarme de ella, actuando como un perfecto imbécil; pero sin rendirme ante la fascinación pecaminosa de su belleza. Hasta conseguí dormir unas horas.

¡Qué victoria más absurda, y cómo me llevo a creer que marchaba por el camino de mi superioridad!

Sirviéndome del recurso de la droga, mantuve la actitud de carcelero-verdugo durante más de cincuenta horas. Sin embargo, en el momento que me estaba preparando la cena –llevaba todo el último día comiendo con buen apetito–, cortando embutido con el gran cuchillo de la cocina, me pareció haber escuchado un maullido lastimero. Sorprendido, llegué hasta el comedor, encendí la luz, ¡y, entonces, vi al enorme gato negro que me atacó semanas atrás!

Lo más extraño es que, en lugar de hacerme frente, corría por el pasillo que conducía a los dormitorios. Le seguí blandiendo el cuchillo; pero sin saber realmente dónde se había escondido. Más de media hora le estuve buscando. Súbitamente, volví a escuchar sus maullidos diabólicos... ¡Maldita bestia! ¿Cómo era posible que se hubiera metido en nuestra habitación si la puerta continuaba encontrándose cerrada herméticamente?

Abandoné las preguntas, que acaso me hubieran servido para no cometer el error más grande de mi vida, y preferí entregar mis fuerzas y mi inteligencia a la satisfacción del impulso homicida que me dominaba. Quité los esparadrapos, accioné la manija, y...

¡La bestia se arrojó a por mi rostro, bufando y con las garras como saetas disparadas por la más poderosa ballesta!

Hizo presa en mi pómulo derecho y en mi oreja izquierda, que casi me arrancó. ¡Pero yo conseguí mover en abanico el brazo armado, y clavé el cuchillo en la garganta del feroz, enemigo!

¿Por qué lo hice...? ¡Dios, Dios! ¿Por qué lo hice...?

El gato lanzó un alarido humano... ¡Y al desplomarse en el suelo, acusó una mutación, lenta y extraordinaria, hasta convertirse en el cuerpo desnudo de Lucía!

Creí que estaba viendo algo irreal, la secuela de las anfetaminas. Un destello de raciocinio me permitió recordar que llevaba más de diez, horas sin tomar ninguna. Encendí la luz del dormitorio... ¡La cama estaba vacía, las ataduras desgarradas y las ropas de mi esposa se mezclaban con unos excrementos humanos, que hedían como los de un gato! Con que facilidad identifiqué, en aquel momento, esta pestilencia.

Entonces, ¿había dado muerte a Lucía? ¡No, no... Aún palpitaba!

Me incorporé, después de escuchar los latidos de su corazón, la cogí en mis brazos y la llevé a la clínica.

Repentinamente, el enorme gato negro pasó corriendo por entre mis piernas, entró en el comedor, dio un salto para alcanzar las paredes internas de la chimenea, y ya no lo volví a ver.

En una fracción de segundo pensé que la chimenea también había sido la vía de escape de Lucía, cuando podía adquirir una forma gatuna al haber sido poseída por el Demonio.

¡En efecto, eso lo explicaba todo! ¡Y también me permitió tener la certeza de que, si conseguía curarla, ella quedaría exorcizada!

Con el mayor empeño me entregué a salvarle la vida. Le practiqué una eficaz, traqueotomía, le apliqué el oxígeno en el momento que corté la hemorragia y la desinfecté. El trabajo debió absorberme toda la atención, porque perdí la noción del tiempo. Cuando di por finalizada mi labor quirúrgica, comprobé... ¡Cielos... Lucía estaba muerta!

¡No, no podía reanimarla! ¡Debía aplicarle fuertes masajes en el corazón, inyectarle todos los estimulantes cardíacos que encontrase, hacerle transfusiones de sangre y demostrarle que contaba con la ayuda de un hombre que no temía al Demonio! ¡Sólo así volvería a la vida, lo mismo que había dejado de ser una gata por una voluntad satánica!

Horas y horas me entregué a la tarea de resucitarla, presionando mis manos acompasadamente sobre su cavidad torácica; luego, le practiqué una transfusión de mi propia sangre, sin que me preocupase el rudimentario utillaje que debí utilizar. Y en vista de que su corazón no recobraba el ritmo vital, continué insistiendo, insistiendo...

¿En qué momento me sacaron de casa? ¿Quién lo hizo? ¿Es que perdí el sentido...? ¿Y por qué me tenían encerrado en aquella habitación acolchada y me habían puesto una camisa de fuerza? ¿Cuál había sido mi conducta para que se me considerara un loco?

Desconocía el tiempo que llevaba encerrado, aunque debía ser mucho porque estaban cicatrizadas las terribles heridas que me hizo el gato. Sentí unos deseos irresistibles de gritar que yo no tenía que encontrarme allí. Pero entendí que ese no era el mejor camino. Acurrucado en un rincón, comencé a esforzar mi mente. Todo lo sucedido fue llegando a mi cabeza igual que las secuencias de una película.

Describir cada uno de los hechos seguro que resultaría excesivamente prolijo. Me limitaré a señalar que se me consideraba loco por el obsesivo empeño de repetir esta demanda: «¡dejadme dormir con mi mujer!».

Sirviéndome de mis conocimientos médicos, no me resultó difícil imponerme un disfraz. Por medio de la pasividad, del ahorro de palabras, de escuchar a los psiquiatras y de comer con apetito, fui consiguiendo salir de la celda, pasear por el jardín del manicomio, empezar a ayudar a los celadores y, al fin, que se me diera el alta...

¡Anoche he vuelto a dormir con ella!

Salté las tapias del cementerio, llevando una pala, una linterna y un mapa en el que se indicaba el emplazamiento de la tumba. ¡Con qué frenesí levanté la lápida, extraje la tierra, saqué el ataúd –es el primero de los cuatro que ocupan el mismo hueco–, desclavé su tapa y me encontré con Lucía!

¿Puede importarme algo que su belleza se haya perdido bajo los efectos de la putrefacción y de la labor devoradora de los gusanos, si sé que estando a su lado, durmiendo con ella diez noches, cien, mil o las que sean necesarias, conseguiré vencer el maleficio?

Sólo tengo que repetir el mismo proceso cada atardecer, sin que nada me desanime, ¡porque ahora yo sé dónde se encuentra Lucía todas las noches; nada más he de ir a su encuentro, porque ya no es una «gata salida» sino una mujer, ¡mi esposa!, que me necesita!