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Recomendación: «El final» de Fredric Brown, por Sivela Tanit

Fredric Brown siempre ha sido uno de mis autores favoritos; en esta ocasión te presento un microcuento llamado «El final», donde encontrarás una pincelada de ciencia ficción y el característico sentido de la ironía de Brown.

Aun cuando la duración de su lectura es muy breve, contiene elementos muy importantes, como el arduo trabajo científico y el viaje en el tiempo.

Te invito a que disfrutes de la breve historia que encontrarás en el siguiente enlace:

https://sivela.blogspot.com/2010/09/el-final-fredric-brown.html

El inútil velorio - María Elvira Bermúdez

La habitación en penumbra, silenciosa y quieta. La atmósfera pesada cercando su espíritu con la angustia de todas las esperas. La ventana oprimida por viejas y conservadoras persianas y allí, en el lecho acre, la madrastra muriéndose.
 
Los días tediosos reemplazaban a las noches lentas. La congoja sucedía al temor, pero en el silo oscuro de sus emociones, la esperanza brilló siempre como diamante perdido en el basurero. Ella aguarda. Desde hace tanto tiempo aguarda, que la espera ha llegado a ser una gota más en su sangre y una neurona más en sus nervios. Espera que la mujer odiada termine de irse de una vez.
 
Ha anhelado su partida aun antes de que esta fuera anunciada. Desde el momento mismo de su aparición ha deseado, con todo el ímpetu de su pobre vitalidad, no verla más. Y ese anhelo ha crecido como el río al que las nubes arrojan torrentes de agua. Crece con cada mirada, con cada roce, con cada susurro que la madrastra vierte en torno. 
 
Al principio, fue solo el odio natural a la intrusa. A la mujer absurda que venía a suplantar a la madre. Después, fue un aborrecimiento surgido en la fuente de su propia abulia. 

Porque ella jamás pudo sustraerse a las imposiciones, a los despotismos, a las críticas, a las censuras que la madrastra dejaba caer con la naturalidad con que los tlaconetes prodigan su baba. 

Eran parte de la mujer misma, de su condición de irreprochable responsabilidad. Había que guiarla —decía—, que corregirla, que aconsej
arla. Era su deber ante Dios. Y la muchacha recibía correcciones y consejos con un silencio preñado de inútil rabia.
 
Un día, murió el padre. La confianza y la alegría que le quedaban a la muchacha se apagaron también y huyeron definitivamente en el ataúd lujoso que, como tardío vasallaje al marido bueno, exhibió la madrastra.
 
La hija fue entonces la intrusa en su propia casa. Oprimida por el duelo servil y monótono, se dejó absorber por la habilidad de la mujer al trocar sus papeles respectivos y llegó a persuadirse de que obedecer y odiar en silencio eran su signo. Pero esperaba. Esperar era lo único de que su magro ser era capaz.
 
Los minutos gotean como grifo mal cerrado. Con sorna, una lamparilla de buró persiste en esparcir su luz. La madrastra jadea y tiene los ojos cerrados. 

¿Tendrá conciencia en estos momentos de su egoc
éntrica vida, de su despotismo? ¿De su astucia? ¿Verá, retrospectivamente, como dicen que ven los agonizantes, su existencia triunfadora y soberbia? ¿La verá, anticipadamente, desembocar en una sima ayuna de gratitudes? 

Quizá se estremece ante las postreras tentaciones del Malo
. O espera confiada en que sus repetidas invocaciones al Todopoderoso le hayan conseguido un lugar en el Paraíso.
 
Incapaz de comprender el drama o el sainete que aquella agonía entraña, la muchacha mira sobrecogida cómo la mujer ladea la cabeza, abre la boca y queda inmóvil. Una racha helada invade sus arterias, mil sombras bailan a sus espaldas; susurros irónicos, llantos quedos, salen de los rincones, del techo, del suelo… 

Echa a correr aturdida y llama a gritos a las vecinas. Ya no hay que esperar. La espera se ha disipado, pero en su lugar, no una alegría satisfecha,
sino un miedo torvo ha aparecido. ¡Gente! ¡Gente! La que sea. Lo importante es no estar a solas con su ausencia.
 
Y las viejas vecinas van llegando. Vierten en sus oídos palabras de pésame que son desmentidas por las miradas brillantes que entre sí cambian. Ella comprende: la felicitan por su liberación.
 
Dos de ellas amortajan a la difunta. La muchacha contempla con placer escondido las vueltas de la sábana y los alfileres gruesos que harán cesar definitivamente los movimientos reptantes de la madrastra.

Otra vecina solícita enciende cuatro cirios y entona interminables oraciones hasta la madrugada. La muchacha permanece inmóvil en un rincón. Al calor de los comentarios, la pavura íntima se diluye como neblina y una certeza amanece en su espíritu. 

Ahora sí, la casa es suya, de ella nada más. Dueña y señora de tranquila
aunque modesta mansión; de su propio, aunque balbuciente designio.
 
Aún no es de día cuando la última vecina se va. A cargo de la muchacha quedan las postrimerías del velorio. Y el hábito antiguo sale a flote: se acerca a la madrastra y, más con el pensamiento que con las frases serviles de costumbre, le pregunta si su entierro debe ser igual al del padre. Claramente surge en su mente este vocablo: Mejor. «La soberbia mujer querrá, sin duda, un entierro mejor que el del padre».

Acostumbrada a callar, la muchach
a impide la salida al comentario despectivo e interroga: «¿Dónde está el dinero?». Y otra vez en su cerebro aparece la respuesta: En el desván. «La vieja avarienta, de seguro, oculta su tesoro en el desván». Y a ella le ha negado aun el alimento y el vestido imprescindible. Esto sí no puede olvidarlo.
 
Y va en busca del dinero. Ahora comprará muchas cosas: un vestido como el de Mariquita, un collar como el de Rosa, unas sandalias como las de la hija del sastre. Y comerá durante días hasta que no pueda más.
 
El desván, guarida de arañas y ratones, aparece desierto y sombrío. En un rincón, un carcomido cofre encierra ropa y objetos de la madre. Por el suelo rueda un retrato sin marco. 

La muchacha, llorosa y estremecida, reconoce aquella reliquia que durante tanto tiempo buscó e
n vano. Y acaricia con ternura las telas apolilladas, las cartas amarillentas, los libros deshojados y las flores marchitas que un día fueron trasunto de la personalidad materna. 

Se afe
rra a aquellos despojos con vehemencia, los moja con lágrimas antiguas y se pregunta desesperadamente por qué las madres son capaces de morir antes que sus hijas. El recuerdo de que la otra también ha muerto la reanima. 

Oprime con
tra su pecho el retrato y se promete reivindicar, cuando sea de día, aquellos objetos. Ni en los muebles desvencijados, ni en los colchones deshechos, ni entre las botellas secas o las cajas vacías, encuentra otra cosa que polvo o desilusión. 

Impaciente y atrevida va a increpar
a la madrastra, a hurgar entre sus pertenencias, si necesario es en el cadáver mismo, hasta encontrar el dinero; pero la escena que presencia la hace olvidar sus afanes.
 
La madrastra y el padre, erguidos y frente a frente, conversan. 

El padre di
ce:
 
—Allá no hay odios ni rencores, todos somos iguales. Ninguno vale ni cree valer más que otro. Y hay una gran paz. La paz del que nada desea y del que nada teme. Ven, mujer, ven conmigo.

Dice la madrastra:

—Pero ella, ¿está ahí?

—Ella es nuestra hermana, como tú y yo somos hermanos.

—No. Ella no puede ser nunca mi hermana.

Y siguen hablando, el padre con paciencia, la madrastra con odio. La muchacha no capta todas sus palabras. Las oye como esas voces conocidas que revientan en el cerebro en medio de un silencio somnoliento, pero a ellos los ve con claridad. Parecen dirigirse a ella ahora. En efecto, la madrastra le pregunta con risa cruel: 
 
—Tú, ni en el otro mundo me tolerarías, ¿verdad?

El padre aduce:

—¿Verdad que tú me perdonas?

Esperan su respuesta. La miran inmóviles y urgentes. ¿Por qué? ¿Ella qué sabe? Y con firmeza les grita:

—Yo no sé. Son ustedes los que deben saber. Ustedes están muertos.

Vuelven ellos, resignados, a su singular coloquio. El padre, a suplicar; la madrastra, a negarse.

—Ven, mujer, es tu hora.

—No. Yo no puedo rebajarme ante nadie. Yo no puedo abandonar lo mío. Yo no quiero estar donde ella.

El padre se marcha contristado y digno. La madrastra se hunde de nuevo en su lecho mortuorio, junta las manos y cierra los ojos.
 
La luz de un nuevo día asoma por la puerta entornada y las temblorosas rendijas. La otra luz, la de los cirios, se extingue con un ensueño que ya no sabe hablar consigo mismo. La muchacha, absorta ante la presencia evidente y tiránica, presiente el retorno de su vieja compañera, la esperanza. 

Ha esperado du
rante tanto tiempo que ya no sabe hacer otra cosa. Por lo demás, el objeto de su espera está ahí, no se ha ido. No partirá. Entre sus facultades, la de partir no cuenta.
 
La lamparilla de buró renuncia a luchar con la luz del día, su sorna se trueca en retirada. El grifo mal cerrado vierte ya chorros de tiempo. La madrastra se rebulle en el lecho y, con la rapidez de una pesadilla que comienza, grita: 
 
—¡Quítenme esta mortaja! ¡Quítenmela! He decidido no morir.

Y la muchacha, sumisa, sin el menor matiz de asombro en el rostro, con el odio antiguo emboscado en el pecho huérfano otra vez de la reliquia materna, se dispone a desamortajar lentamente a la madrastra. Y a esperar de nuevo.

Recomendación: "El asesino" de Stephen King por Sivela Tanit

El cuento "El asesino" de Stephen King, es una agradable muestra de ciencia ficción y es, a mi parecer, el único relato corto que posee este escritor, eso no demerita que sea atractivo e interesante.

Al iniciar la lectura, nos adentramos en una rutina, un hombre trabajador de una fábrica de ensamblaje de armas y balas, de inmediato nos damos cuenta de que este personaje ha perdido su identidad.

A lo largo de toda la historia, el punto central es la pregunta que hace el protagonista: ¿Quién soy? En su desesperación, carga una pistola y dispara a los hombres a su alrededor. 

Toda la narración es una mezcla de tragedias que abarcan desde su memoria y la muerte de sus compañeros hasta el desenlace.

Recomiendo la lectura de "El asesino" porque invita al lector a hacerse un planteamiento profundo sobre el camino que ha tomado la humanidad como respuesta a los avances científicos.

Si decides leerlo, te comparto el enlace:

https://sivela.blogspot.com/2010/09/el-asesino-stephen-king.html

El toro negro de Noruega - Cuento popular británico

En otro tiempo (y fue hace muchos años) y en otro país (y el país era Noruega), había una pobre montañesa cuyo marido murió cuando sus tres hijas eran todavía muy pequeñas.
 
La mujer se hizo la firme promesa de que a sus hijas no les faltaría de nada. Trabajaba todo el día y la mitad de la noche. Los vestidos de las niñas eran sencillos y bonitos; su comida era buena, y la pequeña casa en la que siempre habían vivido estaba tan limpia como la lengua de un gato.
 
En verano, las muchachitas traían diariamente flores silvestres de las praderas; las colocaban entre las asas de cada taza y cada jarro del aparador; las entrelazaban en los collares de sus tres vacas y arreglaban un ramo en el centro de la mesa reluciente.
 
A medida que las muchachas crecían se daban cuenta del precio que su madre había tenido que pagar por tan duro trabajo: su juventud y su alegría. Se apenaron por ella, y empezaron a sentir la impaciencia propia de los pajarillos volantones.
 
—Bajaré al valle —dijo la mayor de las hijas, cuyo nombre era Betony—. ¿Quién sabe a quién encontraré?
 
La mujer horneó para su hija un pastel de cebada y un buen pedazo de jamón. Después, Betony dejó atrás las laderas de la montaña, atravesó un pinar y llegó hasta una casa: el hogar de la bruja y de su única hija.
 
—Quédate hoy aquí —dijo la bruja—. Ve y asómate por la puerta trasera. Verás lo que puedes ver. 
 
—¡Nada! —dijo Betony—. Nada en el camino.
 
Tampoco el segundo día la hija mayor vio nada. Pero el tercero observó seis caballos que se encaminaban hacia la casa tirando de una carroza de cristal.
 
—Una carroza de seis caballos se dirige hacia aquí —dijo Betony.
 
—¡Ah! —exclamó la bruja—. Viene a por ti.
 
Uno de los cocheros desmontó, abrió la puerta de cristal a la hija mayor y se alejaron de allí al galope.
 
Poco tiempo después, la segunda hija, cuyo nombre era Bracken, quiso seguir los pasos de su hermana mayor.
 
—¡Madre! —dijo—. Prepárame un pastel de cebada y un trozo de jamón. Bajaré hasta el valle. ¿Quién sabe a quién encontraré? ¿Quién sabe adónde iré?
 
Como había hecho su hermana, Bracken llamó a la casa de la bruja. Se asomó por la puerta trasera y, el tercer día, vio cuatro caballos que tiraban de una carroza de plata y se encaminaban hacia la casa.
 
—Una carroza de cuatro caballos se dirige hacia aquí —dijo Bracken.
 
—¡Ah! —exclamó la bruja—. Viene a por ti.
 
El cochero desmontó, abrió la puerta de plata a la hija segunda y se alejaron de allí al galope.
 
—¡Madre! —dijo la hija menor, cuyo nombre era Flora—. Prepárame un pastel de cebada y un trozo de jamón. Bajaré hasta el valle.
 
—¿También tú? —preguntó la madre.
 
—¿Quién sabe a quién encontraré? —respondió Flora—. ¿Quién sabe adónde iré?
 
Flora dejó a su madre y bajó la montaña, atravesó el bosque y llegó hasta la casa de la bruja.
 
—Ve y mira por la puerta trasera —dijo la bruja—. Verás lo que puedes ver.
 
—¡Nada! —dijo Flora—. Nada en el camino.
 
Tampoco el segundo día la hija menor pudo ver nada. Pero el tercero observó un gigantesco toro negro que mugía y escarbaba la tierra mientras caminaba hacia la casa.
 
—Un toro negro se dirige hacia aquí —dijo Flora—, y es muy grande.
 
—¡Ah! —dijo la bruja—. Viene a por ti.
 
—¡A por mí! —exclamó la muchacha; y sus ojos se llenaron de lágrimas.
 
El toro esperó fuera de la casa; la bruja ayudó a la hija menor a montar sobre su lomo y se fueron lejos de allí.
 
El toro negro era una bestia horrible y enorme. Sus hombros eran anchos, sus ojos estaban inyectados en sangre y su pelo era tosco y enmarañado.
 
—Agárrate a mis cuernos, Flora —dijo el toro.

Flora se inclinó hacia adelante y asió los cuernos del toro. Inmediatamente después, el toro se dirigió, trotando, hacia las lomas. Saltó por encima de un arroyo; subió pedregosas laderas golpeando cantos que rodaban y se estrellaban, tras ellos, al pie de la montaña.
 
Al cabo de un rato, el miedo de Flora dejó paso a la curiosidad. El toro negro viajaba rápidamente internándola en una remota región rocosa. Hora tras hora siguió trotando sin aflojar la marcha.
 
—Tengo hambre —dijo Flora.
 
—Hay comida en mi oreja derecha —contestó el toro negro.
 
—Y tengo sed —dijo Flora.
 
—Hay bebida en mi oreja izquierda. Come y bebe cuanto quieras.
 
De esta forma, Flora comió y bebió, sintiéndose maravillosamente reconfortada.
 
Llegaba la noche y una niebla fría y húmeda comenzaba a levantarse a su alrededor, cuando Flora divisó un castillo que parecía brotar de la misma roca. Estaba lleno de murallas, almenas y saeteras.
 
—Descansaremos aquí esta noche —dijo el toro—. Mi hermano mayor vive aquí.
 
—¿Quién eres tú, entonces? —preguntó Flora.
 
Pero el toro no contestó y galopó hacia el patio del castillo.
 
Varios sirvientes ayudaron a Flora a descender del lomo del toro y la acompañaron al interior; luego, condujeron al toro hacia unos pastos rodeados de serbales y perfumados pinos.
 
Flora comió y durmió bien. Por la mañana, un sirviente la condujo a una habitación luminosa. Ante una gran mesa de castaño había un hombre sentado.
 
—Sé bienvenida —dijo el hombre.
 
Flora vio que sostenía en sus manos la más maravillosa de las manzanas. Brillaba como encendida por su propia luz interior.
 
—Esta manzana es para ti —dijo el hombre—. No deberás cortarla ni abrirla hasta que no tengas verdadera necesidad de hacerlo.
 
A continuación, los sirvientes del castillo ayudaron a Flora a montar sobre el lomo del toro. Y se alejaron de allí. Al llegar la noche, tras haber viajado muchas millas, llegaron a un castillo engalanado con numerosas banderas ondeantes. Había banderas a su alrededor, banderas en el torreón y banderas pendiendo de casi todas las ventanas.
 
—Pasaremos la noche en este lugar —dijo el toro—. Mi segundo hermano vive aquí.
 
—¿Quién eres tú, entonces? —dijo Flora.

Pero el toro no replicó y galopó hacia el patio del castillo.

Varios sirvientes ayudaron a Flora a descender del lomo del toro y condujeron a este hacia unos pastos para pasar la noche. Por la mañana, un sirviente acompañó a Flora a una habitación adornada con centelleantes tapices. Un hombre sentado presidía una larga mesa y Flora vio que sostenía en su mano una pera maravillosa.
 
—Sé bienvenida —dijo el hombre—. Esta pera es para ti. No deberás cortarla ni abrirla hasta que no tengas verdadera necesidad de hacerlo.
 
Una vez más, los sirvientes del castillo ayudaron a Flora a subir sobre el lomo del toro. Y se alejaron de allí. Viajaron muchas millas. Cruzaron una comarca escarpada y pedregosa. Flora nunca había visto antes un lugar tan desolado. El toro continuó avanzando muy deprisa, y al llegar la noche alcanzaron un tercer castillo. Este estaba enteramente revestido de madera pintada y decorada.
 
—Pasaremos ahí la noche —dijo el toro—. Mi hermano más pequeño vive aquí.
 
—¿Quién eres tú, entonces? —preguntó Flora.
 
Pero el toro no contestó y galopó hacia el patio del castillo.
 
Varios sirvientes ayudaron a Flora a descender del lomo del toro, y condujeron a este hacia un prado para pasar la noche. Por la mañana, un sirviente condujo a Flora al interior de una habitación cuyas paredes eran espejos. Había un hombre sentado ante una mesa, y Flora vio que sostenía una maravillosa ciruela entre sus manos.

—Sé bienvenida —dijo el hombre—. Esta ciruela es para ti. No deberás cortarla ni abrirla hasta que no tengas verdadera necesidad de hacerlo.

Una vez más, los sirvientes del castillo ayudaron a Flora a subir sobre el lomo del toro. Y se alejaron de allí hasta llegar a un valle oscuro y sombrío. A ambos lados de un riachuelo de fuerte corriente se levantaban encumbradas rocas que tapaban el sol, excepto al mediodía. El riachuelo estaba lleno de cantos rodados.

—Este es el lugar —dijo el toro negro—. Bájate de mi lomo.

Flora desmontó y contempló al toro negro, sus anchos hombros, sus ojos inyectados en sangre y su pelo tosco y enmarañado.

—Debes esperar aquí —dijo el toro—, mientras yo voy a luchar con el diablo. Debes sentarte en esa roca.

Flora miró una roca con forma de plato que emergía del agua.

—¡Siéntate en esa roca y no muevas ni una mano ni un pie hasta que yo vuelva! Si te mueves, aunque solo sea una vez, no podré encontrarte nunca más. Si todo a tu alrededor se vuelve azul, habré vencido al diablo —explicó el toro—. Pero si todo se vuelve rojo en torno a ti, él me habrá vencido a mí.

Flora se sentó en la roca con forma de plato. Miró fijamente el agua; pensó en su madre y sus hermanas, tan lejos de allí, y meditó sobre su compañero de viaje…

Poco después, todo comenzó a teñirse de azul alrededor de Flora. Las altas crestas de las rocas se volvieron de color índigo y las rocas del riachuelo tomaron el azul de la pizarra; el agua plateada se tornó aguamarina y las nubes se alejaron por encima de su cabeza.

Flora suspiró de placer. Quería gritar y bailar. Levantó el pie izquierdo y lo cruzó sobre el derecho.

Cuando el toro negro regresó al valle oscuro no pudo encontrar a Flora. Ella le oyó y le llamó una y otra vez. Pero él no podía verla ni oírla.

Finalmente, Flora se levantó. Sin saber adónde iba, caminó valle arriba. De cuando en cuando podía distinguir un brillante pico muy lejos de allí y, a medida que se iba acercando, se dio cuenta de que estaba hecho enteramente de cristal.

«Si pudiera escalar esta montaña —se dijo Flora—, vería cómo es el terreno de alrededor. Necesito comida y refugio. Si no logro escalar esta montaña, nunca podré encontrar el camino de casa».

Pero Flora no pudo escalar la montaña. Apenas conseguía dar unos pocos pasos sobre la inclinada ladera, cuando se escurría hacia abajo de nuevo.

Flora comenzó a llorar. Luego, se puso a caminar. Aquella noche, en la linde de un pinar, encontró una cabaña. Era poco más que un pesebre, y al principio pensó que estaba abandonada. Pero entonces apareció un anciano que se acercó cojeando hacia ella.

El hombre comprendió que Flora estaba tan cansada que apenas si podía hablar, comer o beber. Le dio una taza de caldo y no le hizo preguntas.

—Puedes dormir aquí —le dijo, señalando un trozo de sucia arpillera.

Flora durmió y, por la mañana, después de descubrir que el hombre era un herrero, le pidió ayuda.

—Si no consigo escalar la montaña de cristal —explicó—, no encontraré nunca el camino de casa.

—Te ayudaré si tú me ayudas a mí —dijo el anciano—. Si trabajas para mí durante siete años, te haré un par de zapatos de hierro, y con ellos podrás escalar la montaña.

Pasados siete años, Flora ganó sus zapatos de hierro y escaló la montaña de cristal. Vio a su alrededor gran número de picos y glaciares, altos pastizales, bosques y valles. Todo el campo estaba a sus pies. Miró y remiró a su alrededor, hasta que finalmente tomó el camino de su casa.

Anduvo durante ocho días. El noveno llegó a las laderas de su propia montaña y se detuvo en la casa de la bruja.

—¡Ah! ¡De manera que has vuelto! —dijo la bruja—. Y quizás justo a tiempo. Un joven caballero y sus dos compañeros de caza se hospedan aquí durante varios días. El caballero me ha dado estas camisas manchadas de sangre para lavar. «Y quienquiera que pueda lavarlas, ha dicho, quienquiera que lave estas camisas hasta dejarlas limpias, será mi mujer».

—¿Y tú no puedes lavarlas? —preguntó Flora.

—No puedo —respondió la mujer—. Y mi hija tampoco.

—Entonces, ¿cómo podría hacerlo yo?

—Puedo leer las cosas que sucederán —dijo la bruja—. ¡Intenta lavarlas!

Y, de esta forma, Flora calentó un cubo de agua en el fuego y lavó las camisas. Una a una, las manchas desaparecieron.

—Las camisas han quedado inmaculadas —dijo la bruja.

—Entonces, el caballero y yo nos casaremos —dijo Flora.

Pero Flora estaba tan cansada después de tantas aventuras que, mientras esperaba la llegada del joven caballero, que debía volver aquella noche, se quedó dormida. La bruja dio la bienvenida al caballero, le contó que su propia hija había lavado las camisas y el caballero consintió en casarse con ella.

Cuando Flora se despertó, se dio cuenta de que yacía en la cama de la bruja. En primer lugar, miró a hurtadillas para ver lo hermoso que era el caballero, con cuello de toro, sus anchos hombros y su pelo negro.

—Te conozco —musitó Flora—. Sé quién eres. Y ahora sé por qué he trabajado, caminando y esperando durante siete años.

Pero en ese momento Flora escuchó cómo él y la bruja discutían los planes de la boda entre el caballero y la hija de la bruja, que tendría lugar aquella misma noche. Se sintió sola y muy triste. Pensó que necesitaba ayuda.

—Mi manzana —susurró.

Abrió la manzana y descubrió que estaba llena de oro y ricas joyas. A continuación llamó a la hija de la bruja.

—Así es que estás despierta —dijo la hija.

—¿Ves esto? —preguntó Flora.

Al contemplar las joyas, la hija de la bruja se quedó con la boca abierta.

—¿Vas a casarte con ese caballero? —quiso saber Flora.

—No puedes detenerme —contestó la hija.

—Te daré todo esto —dijo Flora— si pospones la boda hasta mañana y me dejas entrar en su habitación, sola, esta noche.

La hija estuvo de acuerdo. Pero cuando la bruja conoció este trato, diluyó un somnífero en la cerveza del caballero. Luego, ella y su hija acostaron al caballero en su propia habitación y se acurrucaron junto al fuego para dormir.

Flora entró y miró intensamente al durmiente caballero; su cuello de toro, sus anchos hombros y su pelo negro. «Sé quién eres —se dijo—. Sé quién eres». Luego se sentó junto a él y, dulcemente, comenzó a cantar:

Durante siete largos años trabajé por ti,
Por ti escalé la montaña de cristal.
Por ti restregué la mancha de sangre de la camisa…
¿Es que no vas a volverte hacia mí?

Pero el caballero no se despertó; ni siquiera se movió. Flora se puso a llorar y comenzó de nuevo a cantar, pero el caballero durmió hasta el alba.

A la mañana siguiente, Flora rompió la pera. Estaba llena de joyas, incluso más valiosas que las que había en el interior de la manzana. Por segunda vez hizo un trato con la hija de la bruja. Y aquella noche, cuando el caballero regresó con sus dos compañeros de caza, y una vez que todos hubieron cenado juntos, Flora volvió a subir a su habitación, donde encontró al caballero dormido. Con la dulce voz de una paloma, cantó:

Durante siete largos años trabajé por ti,
Por ti escalé la montaña de cristal,
Por ti restregué la mancha de sangre de la camisa…
¿Es que no vas a volverte hacia mí?

Cantó una y otra vez; lloraba mientras cantaba, pero el caballero no se despertó; ni siquiera se movió. La bruja le había dado otra poción para hacerle dormir.

Por la mañana, el caballero y sus compañeros volvieron a salir de caza, prometiendo volver a tiempo para la celebración de la boda aquella noche.

—¿Qué era aquel ruido? —preguntó un compañero—. ¿Todos esos lamentos y arrullos durante la noche pasada?

—Yo no oí nada —respondió el caballero.

—En tu habitación —informó el otro compañero—. Canciones y lamentos.

—Es extraño —dijo el caballero—. Esta noche obraré con más cautela. Quiero estar despierto y escuchar esos sonidos por mí mismo.

Flora vivía entre la esperanza y la desesperación. Rompió la ciruela, descubriendo que contenía las más ricas joyas. De nuevo pactó con la hija de la bruja y, por tercera vez, la bruja mezcló una poción en la cerveza del caballero.

—A decir verdad —dijo el caballero—, soy algo goloso y esta cerveza me sabe un tanto agria. ¿Me darías un poco de miel para endulzarla?

Mientras la bruja salía a buscar la miel, el caballero vertió rápidamente la cerveza en un cesto que había en una esquina de la habitación y volvió a llenar su jarro de madera con agua del cántaro.

—¡Aquí está! —dijo la bruja—. Esto la endulzará.

Entonces, el caballero se retiró a su habitación, y sus dos compañeros, la bruja y su hija se tendieron alrededor del fuego. Un poco más tarde, Flora volvió a la habitación del caballero por tercera vez. Con la voz clara de un ruiseñor comenzó a cantar:

Durante siete largos años trabajé por ti,
Por ti escalé la montaña de cristal,
Por ti restregué la mancha de sangre de la camisa…
¿Es que no vas a volverte hacia mí?

Al escuchar esto, el joven caballero se volvió hacia Flora. Ella le contó a él todo lo que le había sucedido y él le contó a ella todo cuanto le había ocurrido también.

El caballero no esperó la llegada de la mañana. Se levantó y ordenó a sus compañeros que ataran con cuerdas a la engañosa bruja y a su hija y las quemaran hasta darles muerte.

Al amanecer, Flora condujo al caballero a través del pinar y sobre las laderas de la montaña. En pie, junto a la puerta de la casa, su madre miraba y aguardaba.

Poco después, el caballero y Flora contrajeron matrimonio. ¡Fueron tan felices! Y, por lo que tengo oído, ¡qué felices son!