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El Visitante del Cementerio - J. Vernon Shea

 

Los que iban a visitarle por primera vez siempre tenían dificultad en localizar las señas de Elmer Harrod, pues aunque su calle estaba a escasa distancia de una de las grandes arterias de la ciudad, un grupo de abetos obstruía parcialmente la entrada. Un gran cartel, CALLE SIN SALIDA, desalentaba, además, a entrar, aparentemente contrarrestado por una pequeña flecha que temblaba al viento, con esta leyenda: CEMENTERIO VIEJO DE DETHSHILL.

A pesar de la señal indicadora, no habla acceso para coches ni peatones, ni tampoco casa para un vigilante. Uno tenía que saltar por encima de una pequeña cerca de piedra, ya que ésta era la parte posterior del cementerio. El cementerio propiamente dicho hacía tiempo que no se utilizaba por estar ocupado todo el terreno. El último entierro había tenido lugar hacía más de cincuenta años.

Las autoridades de la ciudad se ocupaban poco de la conservación de este cementerio. Hacía doce años habían tratado de abrir una calle por allí, pero el proyecto levantó tal clamor, dado que suponía la profanación de una tierra sagrada, que tuvieron que abandonarlo. Después de ganar el pleito, los defensores del histórico cementerio olvidaron pronto el asunto. 

Ahora, sus calles interiores se hallaban en tal estado de abandono, con la maleza susurrando triunfante por encima del hormigón agrietado, que habría sido imposible transitarlas en coche. Incluso el camino de tierra que circunvalaba e1 cementerio por el exterior y cruzaba sus calles en diversos puntos estaba abandonado, pues los caballos se comportaban de un modo extraño al pasar por él, dando saltos y sorteando obstáculos invisibles.

La calle de Harrod desembocaba al pie de la cuesta. Harrod tenía pocos vecinos, aunque un cierto número de casas de su alrededor, ruinosas, desmoronadas y abandonadas hacía mucho tiempo, ofrecían su precaria protección a los vagabundos. La casa de Harrod estaba al final de la calle, pegada a la cerca del cementerio. Era un edificio declaradamente de época victoriana, con cúpula, azotea, gabletes y demás aditamentos. Su ampulosidad encantaba a la acusada vena histriónica de Harrod, y era la única razón de que la comprara. De no haber estado dotada de tales detalles góticos, Harrod habría considerado necesario añadírselos.

Harrod se jactaba incluso de que la casa contenía un pasadizo secreto, aunque nunca lo enseñó a sus invitados, «de otro modo ya no sería secreto». Sus invitados sospechaban que eran fantasías propias de él -Harrod lo exageraba siempre todo-, pero era completamente cierto.

Harrod había descubierto el pasadizo de la manera más extraña. Poco después de instalarse en la casa habla tenido un sueño; un sueño turbador en el que le habían llamado de noche para asistir a un singular ritual; había bajado al sótano y, como si estuviese muy familiarizado, había presionado en cierto lugar de la pared, y luego se había introducido por un pasadizo que se había abierto repentinamente. El sueño terminaba aquí, antes de averiguar adónde conducía el pasadizo ni por qué había sido llamado. Por la mañana volvió a la pared del sótano, juzgando que hacía una tontería, buscó un resorte oculto... y lo encontró.

El pasadizo, había descubierto, consistía en un túnel excavado en la tierra.

Parecía adentrarse kilómetros y kilómetros, húmedo y cubierto de telarañas, sin que pareciese tener fin, con invisibles respiraderos que permitían que circulase un poco de aire. A lo largo del recorrido, había anillas fijas en las paredes para sostener antorchas; y a juzgar por el suelo -que no era exactamente de tierra apisonada, sino de algún material desgastado-, se notaba que habían pasado muchos pies por este camino. Ni aun el haz de luz era capaz de penetrar todas las cavidades que desembocaban en el pasadizo, pero al parecer no contenían nada de interés; ni siquiera huesos y cráneos, que era lo que casi había esperado encontrar. El túnel era lo bastante ancho y alto como para que pudiesen apresurarse a acudir varias personas.

Apresurarse..., pues notaba una sensación de urgencia en el túnel. La gente que había pasado por aquí no había caminado morosamente. Incluso Harrod sentía premura por llegar al final. Pero acababa inesperadamente en una pared lisa. No torcía ni a un lado ni a otro, y aunque recorrió repetidamente con el haz de luz toda la superficie, no pudo descubrir señal alguna de interruptor ni botón. Al pegar el oído a la pared, le pareció oír al otro lado un rugido distante, como de oleaje; pero él sabía muy bien que eso no podía ser, pues la casa estaba a kilómetros de distancia del mar.

En los días siguientes, Harrod hizo muchas excursiones al túnel, pero no consiguió pasar del muro. Sin embargo, tras una nueva exploración, descubrió que uno de los nichos tenía una salida que no había advertido, una prolongación del túnel que conducía hacia arriba, y siguiendo por ella, llegó a un rincón apartado, detrás de un mausoleo del viejo cementerio de Dethshill.

Tal vez fue este descubrimiento lo que hizo que aumentase su interés por el cementerio. El cementerio viejo de Dethshill tenía muy pocos visitantes. A veces Harrod veía, desde el mirador de su casa, a algún anciano buscando trabajosamente la tumba de algún antepasado, o a algún anticuario con su cámara fotográfica andando de aquí para allá en busca de alguna lápida especialmente vieja, o a algún joven estudiante de arte con idea de sacar copia de alguna curiosa inscripción. 

De vez en cuando, una pareja de enamorados concertaba allí su cita; los vagabundos guisaban sus breves comidas en pequeñas fogatas; y los niños nuevos de la vecindad trepaban encantados sobre su cerca, asombrados ante tantos acres de terreno donde jugar. Pero ni siquiera durante el día se demoraban demasiado. Pronto se retiraban ligeramente asustados.

El cementerio había tenido en la ciudad larga fama de lugar poco agradable, y su reputación no mejoró precisamente cuando Harrod descubrió, al año de estar viviendo en la casa, junto a una de sus calles, el cadáver de un vagabundo. Le habían degollado hacía poco con algo muy afilado. Posiblemente, el crimen había sido cometido por otro vagabundo, por venganza, o tal vez era obra de algún animal de gran tamaño. Comunicó su descubrimiento a las autoridades; vino la policía, realizó una rápida inspección y se llevaron el cadáver rápidamente.

En el cementerio proliferaban los árboles; descendían hasta el valle para beber del serpenteante riachuelo y subían decididamente laderas arriba. Crecían en espesor, empujándose con las ramas unos a otros en su lucha por el espacio vital, tan juntos que ni aun a mediodía lograba el sol penetrar completamente entre sus copas; de modo que cuando Harrod se tendía bajo uno de ellos, el sol no era más que un temblor en el cielo.

Podría pensarse que con tal abundancia de árboles, el cementerio bulliría con los cantos de los pájaros, pero Harrod no había oído ni visto jamás un solo pájaro allí. Sin embargo, el cementerio no estaba nunca tranquilo: había un constante rumor de crujidos o ruidos furtivos; aunque Harrod no había sorprendido aún a ninguna bestezuela, ni siquiera a una rata almizclera en el riachuelo, o a un nervioso ratón de campo. Tal vez no era él buen observador, aunque cuando se detenía a mirar una inscripción y oía un chasquido de ramas tras él, por muy rápido que se volviese nunca descubría nada.

Hay algo misterioso en las espesuras que no dejan filtrar el sol, en las que reina una sensación de crepúsculo aun en pleno mediodía; y Harrod, atraído, volvía una y otra vez al lugar, sólo con idea de sorprender a lo que fuera que acechase entre los árboles. Pero por mucho que esforzaba sus ojos, y volvía la cabeza inesperadamente, o mantenía la mirada fija en el suelo para levantarla de pronto, no lograba descubrir ni una sola vez a ningún ser vigilándole, ni siquiera un ciervo asomando su hocico inquisitivo. No había nada más que árboles y espacios entre ellos y hojas agitadas por el viento.

Y los árboles tenían aspecto de bosque primitivo, como quizá lo tuviera esta región antes de aparecer el hombre. Estos bosques no querían visitantes, y Harrod sentía que era un intruso.

Pero él tenía que entrometerse, pues lo llevaba en su sangre, como el actor que se siente impulsado a actuar en el escenario a oscuras de un teatro vacío.

Experimentaba, debido a la proximidad de su casa, un sentimiento de propiedad sobre el cementerio, y se sentía vivamente contrariado los raros días en que alguien entraba a pasear por allí.

La casa de Harrod resultaba familiar a miles de telespectadores, ya que en su programa, Harrod aparecía frecuentemente delante de ella, con alguna de sus horrendas caracterizaciones. Otras veces la cámara se detenía morosamente en alguna de sus singularidades arquitectónicas -la gárgola del tejado era el motivo favorito-, y finalmente descubría a Harrod en su biblioteca, en medio de su impresionante colección de libros fantásticos. 

Harrod sonreía al espectador, quizá acariciaba su falsa barba, y señalaba con el dedo algún libro que podía tener alguna relación con la película que iban a pasar. Con voz ampulosa, aflautada, contaba la historia del vampiro u hombre-lobo o ghoul, mientras se iniciaba el filme.

Porque la especialidad de Harrod -y su medio de vida- era presentar películas de miedo, cuanto más viejas y gastadas mejor, para una audiencia de televisión predominantemente juvenil. 

Sabía que los jóvenes seguían su programa –eso decía él al menos-, no por fingidos escalofríos, sino por los sardónicos comentarios con que empedraba él la acción de la película. Comentaba destructivamente la actuación, la calidad del guión y las evidentes falsedades de los decorados, y «animaba» a los actores: «Adelante, Bela, enseña ahora tus colmillos.» «Será mejor que no entre ahí, señora.» «Malo tú también.» Harrod se mostraba sordo para los entusiastas de las películas de horror que le llamaban por teléfono para sugerirle que dejase las películas en paz. Una vez que se hartaron, cualquier filme fue bueno para sus dardos.

Con el paso de los años, el cementerio fue ejerciendo progresivamente una suerte de fascinación sobre Harrod. Escondía un misterio que él estaba decidido a penetrar. Durante un tiempo, abrigó la sospecha de que alguien - no de sus vecinos, quizá, o de sus telespectadores- había tomado la costumbre de gastarle bromas. Algunas veces, durante una misma noche, podía ver parpadear luces en el interior del cementerio, pero cuando iba a investigar, no encontraba prueba alguna de la presencia de nadie.

A veces se oían leves rumores de viento, como sonidos susurrantes o agudos, que resultaban horribles e infinitamente estremecedores, y cuando los oía, sentía que su corazón dejaba de latir, y en ese momento nada habría sido capaz de hacerle entrar en el cementerio.

Harrod dijo a sus amistades que el cementerio le recordaba el decorado de una película. Cuando la niebla se remansaba en el valle y las lápidas asomaban tétricamente al sesgo, uno medio esperaba ver salir al conde Drácula a cumplir una misión nocturna. Ciertas zonas del cementerio podían pasar aceptablemente por páramos Brontë. 

Al principio, Harrod había disfrutado dejándose fotografiar delante de tales fondos -su álbum de recortes estaba repleto de instantáneas suyas con disfraces horripilantes-, pero al cabo de cierto tiempo empezó a comprender que todo eso estaba muy bien para divertirse en el cementerio, pero que había estado desestimando unas posibilidades verdaderamente explotables.

Confeccionó pequeños guiones para películas de televisión y reclutó la ayuda de algunos estudiantes de la Miskatonic University para que desempeñasen los papeles. Y comenzó a oírse en el cementerio el desusado bullicio de los equipos de la cámara en acción. Los actores se metían en ambiente con facilidad. No era difícil expresar asombro y horror en este ambiente macabro, sobre todo cuando parecía que el cementerio mismo deseaba cooperar. 

Cuando pasaban las tomas del día, a todos les daba la sensación de que aparecían cosas que ellos no recordaban haber filmado: densas sombras amenazadoras que parecían alargarse para atrapar a los actores, una especie de vaga impresión de cosas incomprensibles al margen de la acción, bancos de bruma que oscurecían la pantalla momentáneamente, cielos muchísimo más sombríos de lo que la imaginación sería capaz de representar. 

Y la banda sonora tenía grabadas muchísimas más cosas de lo que los técnicos del sonido habían contado: no era la clase de cosas que molestan a los equipos de Hollywood, como el zumbido de los insectos o el rugido de los aviones, sino ruidos completamente acordes con el talante del filme; era una serie realmente inspirada de susurros y crujidos furtivos. La banda sonora, de hecho, estaba tan repleta que Harrod decidió prescindir del usual (y costoso) fondo de música electrónica. Incluir la música sería recargar la cinta demasiado.

Al pasarlas en los estudios de televisión, estas cintas impresionaron considerablemente a las agencias publicitarias; y los filmes constituyeron la base para el spot que ofrecieron a Harrod. Tras una secuencia introductoria en la que Harrod emprendía el camino hacia la ladera salpicada de lápidas, mientras los árboles se inclinaban bajo el viento y parecían estirarse para agarrarle, la película de horror que seguía parecía doblemente coherente, y las bromas de Harrod más divertidas. 

El sospechaba -aunque no quería reconocerlo- que algunas de estas escenas pretendidamente genuinas habían sido trucadas por los estudiantes de la Miskatonic cuando él volvía la espalda, pues pensar de otro modo que estas tomas no ensayadas y estos sonidos fuesen completamente auténticos, era una posibilidad demasiado escalofriante para soportarla demasiado tiempo.

Así pues, su memoria no le permitía descansar. Recordaba que una vez, al marcharse el personal de las cámaras, bajó él a dar su acostumbrado paseo por el cementerio y experimentó casi inmediatamente un cambio en el ambiente. 

Se sintió vigilado..., vigilado de una manera claramente hostil. Era como si hubiera traicionado una confianza. Y cuando reparó en las inmundicias dejadas por la compañía -colillas aplastadas en el suelo, vasos de papel con un poco de café aún, bombillas de flash gastadas, hierba pisoteada, rayaduras en las lápidas, huellas dejadas por el equipo de las cámaras- comprendió por qué el ambiente era tan activamente hostil. 

Había una quietud en el aire como expectante. Al pasar bajo un árbol una rama se estiró como a punto de agarrarle del cuello. El cementerio viejo de Dethshill no tenía guardián; y se sintió un poco estúpido cuando se puso a reparar el daño lo mejor que podía, recogiendo la basura en un montón y yendo a su casa por cajas de cartón para retirarla; pero tenía la concreta sensación de que su presencia no sería bien acogida hasta tanto no hiciese al menos un esfuerzo en favor del cementerio.

Es cierto que el cementerio no adoptaba siempre un aire tan antipático, de otro modo no se habría sentido inclinado a visitarlo tan frecuentemente. Había días espléndidos, días de primavera y verano, en que el cementerio parecía de humor apacible, como un tigre lavándose al sol. Jamás había flores en las tumbas, naturalmente, pero durante los meses cálidos, la misma naturaleza aportaba sus ramilletes de flores silvestres. 

Incluso una ladera amarilla con dientes de león al sol es una alegría para la vista, y la luz suave que a veces se filtraba entre los árboles y salpicaba el suelo del cementerio parecía casi benigna. Y abajo, en el riachuelo, e1 agua que gorgoteaba entre las rocas fingía formar rápidos. A veces, un enorme gato de piel moteada caminaba a cierta distancia, por encima de la cerca de piedra, y parecía a punto de aventurarse a entrar, pero en el último momento se lo pensaba mejor, y saltaba al exterior apresuradamente.

En aquellos días, Harrod pensó por primera vez en llevarse algo para leer al cementerio, y a partir de entonces le acompañaba siempre un libro o una revista.

Tenía que elegir su lectura cuidadosamente, pues había encontrado que sus escritores favoritos, como Jane Austen y Peacock, por ejemplo, desentonaban inmediatamente con su entorno. Después descubrió que, en cambio, cuando se tendía sobre una lápida a leer, incluso la historia más artificiosa de revista barata parecía ganar validez. 

Se dio cuenta de que tal comportamiento era pura baladronada por parte suya, pero le producía un delicioso cosquilleo. Una vez, un niño se extravió por el cementerio, y se lo encontró envuelto en una capa (parte de su disfraz de Drácula) y adormilado sobre una lápida. La criatura, sobresaltada, salió gritando y gritando, y sus gritos hacían reír a Harrod en complacido recuerdo.

Pero leer en el cementerio viejo de Dethshill por la noche, con una potente luz enfocada sobre las páginas de Blackwood o de Machen, era lo más emocionante de todo. Normalmente, elegía los mejores cuentos de horror para estas excursiones nocturnas, a veces casi temeroso de volver la página porque la frase que acababa de leer había sido puntuada por un ruido completamente indefinible...

Había hecho calor durante el día, pero ahora la crudeza del aire de la noche presagiaba la proximidad del invierno. Harrod se levantó el cuello del gabán alrededor de la cara. El cementerio estaba singularmente tranquilo; lo único que se oía eran los crujidos de las hojas secas bajo sus pisadas.

Con tantas hojas caídas, las ramas destacaban de manera exagerada, y cada silueta retorcida sorprendía como acabada de pintar. Los árboles parecían agrupados con menos intimidad, permitiendo con su desnudez que la luna penetrase hasta el suelo del cementerio.

Pero la luz de la luna no daba calor. Se oscureció con el paso repentino de una nube, cosa que hizo que Harrod levantara la vista. La escena era tan evocadora de un centenar de películas de horror que Harrod rió entre dientes involuntariamente y alzó la cabeza burlonamente y aulló en hábil imitación del Hombre Lobo.

La burla estaba fuera de lugar, pensó súbitamente Harrod. Sintió un picor en la piel. El cementerio era sensiblemente consciente de su presencia. Tenía la inquietante sensación de ser vigilado. Medio esperaba que saliese tanteando de entre los arbustos el tentáculo de algún monstruo extraterrestre.

La hierba del sendero no había sido segada desde tiempo inmemorial, y le llegaba más arriba de las rodillas, y las hojas parecían cortarle con sus dientes serrados. El viento comenzó a soplar con fuerza, y una ráfaga movió las puntas de las hierbas como marcando el paso de algún animal.

Tropezó y casi cayó sobre una tumba semioculta por la maleza. Apartó la bierba y enfocó su linterna a la inscripción. «OBEDIAH CARTER», leyó. Las fechas estaban casi borradas por el tiempo, pero por lo que pudo descifrar, eran 179-, 187-.

Había cierto número de tumbas con el apellido Carter, parte de una familia de armadores en un tiempo floreciente. ¿No había conocido en su juventud a un tal Randolph Carter, a quien le sucedió un horripilante incidente en un cementerio como éste?

El cementerio viejo de Dethshill conocía indudablemente muchas historias de ese género. Harrod se había preguntado a menudo cómo fueron los rostros de las gentes que ahora moraban aquí en soledad. Rostros duros, puritanos evidentemente; o trastornados, dementes. Rostros de pesadilla...

La tumba de Obediah Carter estaba demasiado ahogada por la maleza para su gusto, y siguió andando. Había pasado por aquí docenas de veces y, sin embargo, a la luz de la luna, tenía todo un aspecto extrañamente distinto, y las tumbas aparecían ante sus ojos en lugares donde no recordaba que estuvieran, y el camino serpeaba en curvas inesperadas. Antes de lo que había calculado, llegó al lugar que él llamaba la Hoya de las Brujas, su punto de destino.

Era un paraje donde los árboles y los arbustos habían sido apartados como por la mano de un gigantesco jardinero, un lugar que tenía tosca forma de círculo, donde la tierra parecía tan negra y desolada como la de un bosque quemado, aunque nadie recordaba que hubiese habido ahí ningún incendio. Quizá un siglo antes había servido de punto de reunión para un aquelarre donde las brujas quemaran ofrendas sacrificiales a su dios el cabrón negro.

El lugar estaba bordeado de abetos que se alzaban como centinelas, los árboles más altos del cementerio; y poco más allá se apretujaban los robles, los sauces y los arces como queriendo asomarse. 

Las lápidas del círculo interior parecían seguir un orden olvidado ya en el tiempo. Harrod sospechaba que si alguien corriese las lápidas de las principales tumbas unos centímetros aquí y allá, podría formarse un pentáculo perfecto. Y no hacía falta mucha imaginación para representarse a un grupo de brujas y hechiceros sentados sobre las losas de sus tumbas, vigilándole; en efecto, Harrod había filmado precisamente esta escena aquí.

Él mismo había sido la víctima sacrificial de la película, pues con su cuerpo más bien rollizo y su pinta de atildado sibarita, era el más indicado.

Consideraba que había realizado una buena actuación, desorbitando los ojos de terror y tartamudeando al hablar.

Harrod se acomodó lo mejor que pudo en su habitual postura sobre la tumba de Jeremy Kent, y abrió el libro enfocando el haz de luz de su poderosa linterna sobre las páginas, aunque la luna bañaba la escena con tanta claridad que casi podía prescindirse de luz artificial. 

El mármol de la lápida estaba completamente frío por el relente de la noche, y al cabo de un rato esta frialdad comenzó a penetrar en sus nalgas, aun a pesar de su gabán. Sus dedos se le quedaban tan tiesos y torpes que apenas podía pasar las páginas.

Jeremy Kent. Era un nombre agradable, inofensivo. Pero en la tradición local, Jeremy Kent era considerado hechicero o brujo, posiblemente dirigente de un conventículo. La lápida atestiguaba que había muerto a principios de la década de los treinta, y había sido un hombre hermoso de ojos azules y fríos. 

Las leyendas en torno a Kent eran sumamente interesantes, y desde hacía mucho Harrod tenía proyectado hacer una película de duración normal sobre su vida, en cuanto dispusiera del capital necesario. Pero ¿cómo podría filmar la escena en que Jeremy Kent arrancaba el corazón palpitante del cuerpo de un niño?

Jeremy Kent no había muerto de muerte natural. Las furiosas gentes del pueblo habían tomado el caso en sus manos. Pero si Harrod se ceñía a una fidelidad histórica en este asunto, la escena sería muy semejante a las de Frankenstein y de una docena de películas de horror más. Posiblemente, pensaba Harrod, podía aparecérsele Kent en venganza celestial.

Se quedó pensando en Kent, como si no deseara continuar la lectura del relato de Lovecraft, desde el punto en que lo había dejado la noche anterior. Pues el solitario de Providence había llegado desagradablemente cerca de la realidad. 

El cementerio viejo de Dethshill era como un plagio de sus páginas, y este claro que Harrod había bautizado con el nombre de la Hoya de las Brujas encajaba demasiado en una obra lovecraftiana, y Jeremy Kent difería bien poco de los perversos personajes de Lovecraft. 

Era casi como si Lovecraft hubiese visitado este lugar; y teniendo en cuenta sus dilatados vagabundeos arqueológicos por la región, no era improbable que hubiese efectuado tal visita.

Lo más turbador había sido el sueño. Es bien sabido que H.P. Lovecraft había tenido gran cantidad de sueños realmente inquietantes, aterradores dislocaciones del tiempo y el espacio, pesadillas tan completas y coherentes en sí mismas, que con frecuencia había podido pasarlas prácticamente sin alteración alguna a las páginas impresas. Sus sueños no tenían esa fortuita falta de lógica que caracteriza al sueño normal, sino que, concedido su supuesto fantástico, eran de un realismo angustiante.

La historia que Harrod había estado leyendo la noche anterior, sospechaba él, había tenido asimismo su génesis en uno de los sueños de Lovecraft. Era un relato tan inquietante que Harrod no había parado de pensar en él toda la noche; de modo que no era sorprendente que cuando finalmente se quedó dormido, se encontrara reviviendo dicha historia.

Con una diferencia: que el elemento local del relato había sido reemplazado por la propia casa de Harrod. El formaba parte de un grupo de figuras encapuchadas, con ropas propias de otra época bajo los capuchones, que iban presurosas por el pasadizo secreto que había descubierto. 

Habían cogido las antorchas que sostenían las anillas de los muros y avanzaban de tres en fondo. Cuando llegaron al muro final, no vacilaron: el que abría la marcha insertó los dedos en unas muescas de la base de la pared y tiró hacia arriba, y un instante después la pared se levantó como la puerta de un garaje.

De detrás de la pared brotó una súbita bocanada de aire frío, y Harrod entró con el grupo en una gruta cuya inmensidad producía vértigo, una caverna mal iluminada de paredes rezumantes de limo. Una luz verdosa revelaba que el agua se hallaba sólo a unos centenares de metros de sus pies, agua de caverna, aparentemente con salida al mar, al otro lado de las rocas que se veían a lo lejos. Lo curioso era que Harrod sabía al mismo tiempo que era un sueño, y pugnaba por despertar. 

Al llegar aquí debió de haber un lapso en blanco en el desarrollo del sueño, porque lo que venía a continuación era que participaba, juntamente con el grupo, en una especie de ceremonia en la orilla del lago subterráneo, entonando un conjuro incoherente:

-¡Ia! ¡Ia! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah-nagl fhtagn!

Seguidamente, en el sueño, hubo una respuesta a esa llamada. Pero su memoria se negaba a recordar los detalles de la criatura que surgió entonces a la superficie, un ser de tamaño descomunal, con unos tentáculos increíblemente grandes...

Afortunadamente, el sueño había terminado en ese momento. Por la mañana, Harrod se había sentido tan alterado que su espíritu se había rebelado ante la idea de bajar al pasadizo para confirmar que la pared se corría hacia arriba como en el sueño; el pensamiento de que podía ver nuevamente la caverna era demasiado para la paz de su espíritu.

Por suerte, le habían pedido más tarde un trabajo para el estudio, y había estado ocupado casi todo el día preparando el guión. Pero ahora, al leer las páginas del relato de Lovecraft, el sueño monstruoso volvía a importunarle...

Un súbito golpe de viento alborotó las páginas que leía, y casi le arrancó el libro de las manos. Cesó, con un gemido. Una quietud sobrevino en el claro. Los abetos del círculo, que habían estado agitándose y temblando como un perro que se sacude el agua, se quedaron ahora estatuariamente inmóviles.

Reinaba demasiado silencio. Movido de un impulso repentino, cuyo origen no podía adivinar, Harrod volvió al libro de Lovecraft, pasó las hojas hasta que encontró lo que buscaba. Se envolvió con el gabán, se puso de pie como en un escenario, y con gran afectación histriónica declamó lo mejor que pudo:

-¡Ia! ¡Ia! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah-nagl fhtagn!

Palideció la luna. Se acumularon las sombras allí donde antes no las había, en una súbita suspensión de luz que emborronó los árboles y las hierbas altas. Las sombras parecieron avanzar.

Harrod parpadeó y se frotó los ojos para limpiarlos de asperezas granulares. No, no era su imaginación. Las sombras estaban allí, en cierto modo, más sólidas que las que había un momento antes, formando una falange de tinieblas.

Un frío de hielo le recorrió la espina dorsal. Las sombras estaban allí cerca, Ahora se habían detenido, pero no se habían retirado; estaban inmóviles, y miraban a Harrod y esperaban.

La oscuridad desapareció de la faz de la luna, y surgió de nuevo la luz en el cielo, y un torrente de claridad cayó sobre el círculo de abetos.

Y aparecieron seres en el cielo, allá por encima de los árboles; con rostros de gigantescas dimensiones, remotamente humanoides, y un tumultuoso agitarse de miembros no humanos que sugerían tentáculos.

Estaban allí, con ojos rapaces, pero parecía que su atención no se había centrado aún sobre Harrod; buscaban en el suelo como el pájaro busca insectos.

Harrod dejó escapar un gemido, y trató de ocultarse, arrojándose de la lápida y arañando en la grava con las manos.

Posiblemente, el movimiento de sus pies disparó algún mecanismo, pues al acurrucarse junto a la lápida oyó un crujido, como de protesta de goznes, que elevaron un sonoro estrépito en el aire de la noche; y la losa que acababa de dejar comenzó a levantarse lentamente ante sus ojos.

Y entonces vio Harrod que la losa ocultaba unos peldaños, una escalera que descendía en la tierra, de la que brotaba una bocanada de aire viciado y pestilente.

Al mirar aterrado hacia la escalera, se dio cuenta de que la luz disminuía fuera del límite de su campo visual, y alzando los ojos, vio que la luna se había alejado del claro, y que las sombras se habían aproximado y le rodeaban en un círculo infranqueable, con pequeños puntitos luminosos como ojos.

La pálida luz no llegaba a definir sus formas. No eran en absoluto fantasmales, ni mucho menos transparentes, sino más bien concentraciones de oscuridad.

Oyó como un levísimo susurro, casi por debajo del límite de lo audible, que fue aumentando gradualmente hasta convertirse en un cuchicheo cavernoso. Provenía del pasadizo subterráneo.

No había nadie allí debajo, que él supiese. No podía haberlo. Y sin embargo, siguió mirando aterrado hacia la escalera, como esperando de un momento a otro la aparición de una figura envuelta en un sudario; posiblemente, con unos fríos ojos azules...

El susurro creció, se hizo insistente, urgente. Y se convirtió en una voz fría y antigua e indeciblemente corrompida. Y entonces comenzó a distinguir las palabras:

-Baja, Harrod, baja.

El cementerio viejo de Dethshill se ve poco frecuentado, y transcurrió mucho tiempo hasta que una pareja de enamorados, alejándose del camino principal, casi tropezó con un cuerpo. Estaba tan descompuesto que fue preciso recurrir a una comprobación dental para identificarlo como el desaparecido Elmer Harrod.

De haber sobrevivido Harrod, habría cortado la escena por demasiado horrorosa para sus telespectadores. Porque tenía la cabeza casi enteramente arrancada del cuerpo, y se adhería a él tan sólo por algunos jirones de carne putrefacta. 

Su boca estaba abierta en un perpetuo alarido, y los ojos, casi fuera de sus órbitas, expresaban demasiado horror para contemplarlos mucho tiempo. El cadáver era difícilmente reconocible como humano: estaba casi vuelto del revés, y algún animal había andado mordisqueándolo.

El último verano - Amparo Dávila

Llevaba un vestido de gasa con volantes en el cuello y en las mangas; el pelo castaño oscuro, recogido hacia atrás con un moño de terciopelo negro, dejaba despejado un rostro joven de armoniosas facciones en el cual resaltaban los ojos sombreados por largas pestañas. No sólo irradiaba juventud y frescura aquella muchacha, sino una gran paz y felicidad. 

Pero aquella muchacha hermosa, porque en verdad lo era, y tan bien arreglada y respirando tranquilidad por todos los poros, estaba dentro de un marco, colocado sobre el tocador, cerca del espejo. Así era a los diez y ocho años, antes de casarse. Pepe había querido que le diera un retrato como regalo de cumpleaños. Había salido muy bien, sí, realmente, y experimentó un inmenso dolor al comparar a la joven de la fotografía con la imagen que se reflejaba en el espejo, su propia imagen: la de una mujer madura, gruesa, con un rostro fatigado, marchito, donde empezaban a notarse las arrugas y el poco cuidado o más bien el descuido de toda su persona: el pelo opaco, canoso, calzada con zapatos de tacón bajo y un vestido gastado y pasado de moda. Nadie pensaría que esa que estaba mirándola detrás del vidrio del portarretratos había sido ella, sí, ella, cuando estaba tan llena de ilusiones y de proyectos, en cambio, ahora...

"¿Qué te pasa mamá?" —le preguntó Ricardo, porque se había quedado con la cara escondida entre las manos, sentada allí, frente al tocador, a donde había ido a arreglarse un poco para salir. Con gran desaliento se cambió de ropa y se arregló, "claro que no es posible sentirse contenta y animosa cuando de sobra se sabe que una no es ya una mujer sino una sombra, una sombra que se irá desvaneciendo lentamente, lentamente..." Ahora tuvo que taparse la boca con el pañuelo para ahogar un sollozo. Porque aquel último tiempo se había sentido demasiado sensible y deprimida, y lloraba fácilmente.

Fue a principios del verano, de ese verano seco y asfixiante, que había empezado a sentirse mal; a veces era una intensa náusea al despertar y unas como oleadas de calor que le subían hasta la cabeza, o fuertes mareos, como si el cuarto y los muebles se movieran; mareos que en algunas ocasiones persistían durante todo el día; también había perdido el apetito, no se le antojaba nada y todo le daba asco, y de su cuenta se habría pasado los días sin comer, sólo con un café o un jugo. 

Una inmensa fatiga se iba apoderando de ella y la imposibilitaba para el cumplimiento de las tareas diarias, ella que siempre había trabajado de la mañana a la noche, como una negra. Todo lo que hacía ahora era con un gran esfuerzo, un esfuerzo que cada día iba siendo mayor. "Ha de ser la edad." Esa edad que la mayoría de las mujeres teme tanto y que ella en especial veía llegar como el final de todo: esterilidad, envejecimiento, serenidad, muerte... Los días pasaban y el malestar aumentaba a tal punto que decidió ir a ver al médico. Tal vez le diera algo con que hacer menos pesada esa difícil etapa.

Después de examinarla detenidamente, el doctor le dio una palmada cariñosa en el hombro y la felicitó. Sería madre de nuevo. No podía creer lo que estaba escuchando. "Nunca lo hubiera creído, pero a mis años, yo pensaba que era... es decir, que ya serían los síntomas de... pero, ¿cómo es posible, doctor?" Y tuvo que preguntarle varias veces si estaba realmente seguro de su diagnóstico, pues era muy raro que eso sucediera a su edad. "Eso es, hija, y nada más, sigue mis indicaciones y vienes a verme dentro de un mes, no tengas temor, si te cuidas todo saldrá bien, ya verás, te espero dentro de un mes." Le recetó algunas medicinas que debería tomar. 

Y ella que durante días y días, y todavía unas horas antes, había llorado de sólo pensar que ya había llegado a esa terrible edad en la que la maternidad, la lozanía y el vigor terminan, ahora, al recibir la noticia, no experimentó ninguna alegría, por el contrario una gran confusión y una gran fatiga. Porque, claro, era bien pesado después de siete años volver a tener otro niño, cuando ya se han tenido seis más y una ya no tiene veinte años, y no cuenta con quien le ayude para nada y tiene que hacerlo todo en la casa y arreglárselas con poco dinero, y con todo subiendo día a día. 

Así iba pensando en el camión, de regreso a su casa, mirando pasar las calles que le parecían tan tristes como la tarde, como ella misma. Porque ya no quería volver a empezar; otra vez las botellas cada tres horas, lavar pañales todo el día y las desveladas, cuando ella ya no quería sino dormir y dormir, dormir mucho, no, no podía ser, ya no tenía fuerzas ni paciencia para cuidar otro niño, ya era bastante con lidiar con seis y con Pepe, tan seco, tan indiferente, "no es partido para ti, hija, nunca logrará nada en la vida, no tiene aspiraciones y lo único que hará será llenarte de hijos", sí, otro hijo más y él no haría el más mínimo esfuerzo por buscarse otro trabajo y ganar más dinero, qué le importaba que ella hiciera milagros con el gasto, o que se muriera de fatiga.

Esa noche le dio la noticia. Los niños ya se habían acostado y ellos estaban en la estancia viendo la televisión como todos los días después de cenar. Pepe le pasó un brazo sobre los hombros y le rozó la mejilla con un beso. "Cada hijo trae su comida y su vestido, no te preocupes, saldremos adelante como hemos salido siempre." Y ella se quedó mirando aquella pantalla de televisión donde algo se movía sin sentido, mientras en su interior un mundo de pensamientos y sentimientos se apretujaban.

Pasaban los días, las semanas, y seguía sin encontrar resignación ni esperanza. La fatiga aumentaba con los días y una gran debilidad la obligaba a recostarse, en ocasiones, varias veces durante el día. Así transcurría el verano.

Por las noches y un poco entre sueños Pepe la oía llorar o la sentía estremecerse, pero él apenas si se daba cuenta de que ella no dormía. Era natural que Pepe descansara a pierna suelta, ¡claro!, él no tendría que dar a luz un hijo más, ni que cuidarlo, "los hijos son un premio, una dádiva", pero cuando se tienen cuarenta y cinco años y seis hijos otro hijo más no es un premio sino un castigo porque ya no se cuenta con fuerzas ni alientos para seguir adelante.

A veces se levantaba a mitad de la noche y se sentaba cerca de la ventana, ahí, a oscuras, oía los grillos abajo en el pequeño huerto donde ella cultivaba algunas hortalizas, y el alba la sorprendía con los ojos abiertos aún y las manos crispadas por la angustia.

Había ido a ver al médico al cumplirse el mes y, después, al siguiente. Le cambiaba un poco las prescripciones, pero siempre las recomendaciones eran las mismas: "procura no cansarte tanto, hija, reposa más, tranquilízate". Ella regresaba a su casa caminando pesadamente.

Una de esas noches en que no lograba conciliar el sueño y el calor y la desesperación la hacían levantarse y caminar, salió a refrescarse un poco y se recargó en el barandal de la escalera que bajaba de las habitaciones hacia el huerto. Hasta, ella llegaba el perfume del huele de noche que tanto le gustaba, pero que ahora le parecía demasiado intenso y le repugnaba. Estaba observando indiferente a las luciérnagas que se encendían y se apagaban poblando la noche de pequeñas y breves lucecitas, cuando algo caliente y gelatinoso empezó a correr entre sus piernas. Miró hacia abajo y vio sobre el piso un ramo de amapolas deshojadas.     

Sintió la frente bañada en sudor frío, las piernas que se le iban aflojando y se afianzó al barandal mientras le gritaba a su marido. Pepe la llevó a la cama y corrió a buscar al médico.    "Te recomendé mucho que descansaras, hija, que no te fatigaras tanto", dijo el doctor cuando terminó de atenderla y le dio una breve palmada en el hombro,  "trata de dormir, mañana vendré a verte". Antes de caer en el sueño, le pidió a Pepe que envolviera los coágulos en unos periódicos y los enterrara en un rincón del huerto, para que los niños no los vieran.

El sol llenaba la habitación cuando despertó. Había dormido muchas horas. Sus hijos se habían ido a la escuela sin hacer ruido. Pepe le llevó una taza de café con leche y pan que comió con agrado. Tenía hambre. Y cuando Pepe salió a buscar a su hermana para que viniera unos días mientras ella se recuperaba, se quedó pensando y no pudo menos que experimentar un gran descanso por haber salido de aquella tremenda pesadilla. Claro que le dolía que hubiera sido en una forma tan triste, tan desagradable, pero las cosas no son como uno las desea, ni las piensa, sino como tienen que ser. Desde luego que ya no quería otro hijo, no, hubiera sido superior a sus fuerzas, pero no así, que no hubiera sucedido así, así, cómo le afectaba y la conmovía, y comenzó a llorar desconsoladamente, largo rato, hasta que se quedó nuevamente dormida.

A los pocos días todo había vuelto a la normalidad y cumplía con sus tareas domésticas, como siempre lo había hecho. Cuidando de no fatigarse demasiado procuraba estar ocupada todo el día, para así no tener tiempo de ponerse a pensar y que la invadieran los remordimientos. Trataba de olvidarlo todo, de no recordar aquel desquiciante verano que por fin había terminado, y casi lo había logrado hasta ese día en que le pidió a Pepito que le cortara unos jitomates. "No mami, porque ahí también hay gusanos."

Comenzaron a zumbarle los oídos y todos los muebles y las cosas a girar a su alrededor, se le nubló la vista y tuvo que sentarse para no caer. Estaba empapada en sudor y la angustia le devoraba las entrañas. Seguramente que Pepe, tan torpe como siempre, no había escarbado lo suficiente y entonces... pero, qué horror, qué horror, los gusanos saliendo, saliendo...

Ese día apenas si hubo comida y lo que logró hacer o estaba salado o medio crudo o quemado pues ella había empezado a girar dentro de un torbellino de ideas y temores desquiciantes.

Toda su vida y la diaria rutina cambiaron de golpe. Hacía el quehacer muy nerviosa, presa de una gran ansiedad, mal tendía las camas, daba unos cuantos escobazos y corría a asomarse a las ventanas que daban hacia el huerto; empezaba a quitar el polvo de los muebles, y otra vez a la ventana; se le olvidaba lo que estaba haciendo, al trapear dejaba los pisos encharcados, se le caían las cosas de las manos, rompía la loza, recogía rápidamente los pedazos y los echaba al bote de la basura para que nadie los viera y sospechara; pasaba largas horas recargada en el barandal, observando, observando...

Apenas si hablaba con Pepe y con los chicos, todo le molestaba: que le preguntaran algo, que le platicaran, que hicieran ruido, que pusieran el radio, que jugaran, que gritaran, que vieran la televisión..., ella quería estar sola, pensar, observar... que no la distrajeran, necesitaba estar atenta, escuchando, observando, escuchando, observando...

Esa tarde, Pepe había ido al centro a comprar unos zapatos y a la peluquería. Los tres niños más pequeños a la doctrina como todos los sábados, y los mayores a jugar basket. Estaba sola en la modesta estancia tratando inútilmente de zurcir calcetines y remendar las camisas y los pantalones, lo que antes hacía con bastante habilidad y rapidez mientras veía en la televisión los "Sábados con Saldaña" que tanto le gustaban, sobre todo "Nostalgia"... pero eso ya no era posible, a ella ya no le interesaba nada que no fuera escuchar, observar, estar atenta observando, escuchando...    

Cerca de las seis de la tarde, alcanzó a percibir como un leve roce, algo que se arrastraba sobre el piso apenas tocándolo; se quedó quieta, sin respirar...  sí, no cabía la menor duda, eso era, se iban acercando, acercando, acercando lentamente, cada vez más, cada vez más...  y sus ojos descubrieron una leve sombra bajo la puerta...  sí, estaban ahí, habían llegado, no había ya tiempo que perder o estaría a su merced...  Corrió hacia la mesa donde estaba el quinqué de porcelana antiguo que fuera de su madre y que ella conservaba como una reliquia. Con manos temblorosas desatornilló el depósito de petróleo y se lo fue virtiendo desde la cabeza hasta los pies hasta quedar bien impregnada; después, con el sobrante, roció una circunferencia, un pequeño círculo a su alrededor. Todavía antes de encender el cerillo los alcanzó a ver entrando trabajosamente por la rendija de la puerta... pero ella había sido más lista y les había ganado la partida. No les quedaría para consumar su venganza sino un montón de cenizas humeantes.