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Una ciudad dividida - Roger Zelazny

La primavera se abría paso, tortuosa y lentamente, en el País del Norte; avanzaba y retrocedía por turnos, y al final del día conservaba parte de sus conquistas. La nieve aún yacía abundante en los picos más altos, pero durante el día se fundía en las zonas inferiores, los campos quedaban húmedos, y los arroyos se hinchaban y corrían velozmente. 

Ya se veía nuevo verde en los valles, y en días despejados como aquel, el sol secaba las sendas y el ambiente se calentaba hasta el punto de ser agradable al mediodía. El viajero del extraño caballo negro, que acababa de liberar de nuevo Portaroy tras convocar a sus espectrales legiones, se detuvo en una rocosa elevación y señaló hacia el norte.

—Black —dijo—. Esa colina... a media legua de aquí. ¿No has visto algo peculiar en la cima hace un momento?

Su montura volvió su metálica cabeza y observó.

—No. Tampoco ahora. ¿Qué parecía?

—El perfil de algunas casas. Han desaparecido.

—Tal vez fuera el reflejo del sol en el hielo.

—Tal vez.

Siguieron avanzando, descendieron la pendiente y continuaron. En la siguiente colina que subieron, minutos después, hicieron una nueva pausa y miraron en aquella dirección.

—¡Allí! —dijo el jinete que raramente sonreía, sonriente.

Black meneó la cabeza.

—Ahora lo veo. Parece el muro de una ciudad...

—Quizá disfrutemos allí de una buena comida... y de un baño. Y esta noche de una cama de verdad. Vamos, apresurémonos.

—Mira tus mapas, por favor. Siento curiosidad por saber cómo se llama el lugar.

—Eso lo sabremos muy pronto. ¡Vamos!

—Compláceme, en consideración a los viejos tiempos.

El jinete guardó silencio y luego metió la mano en la bolsa. Buscó algo hasta encontrar un pequeño pergamino que sacó de su funda, lo desenrolló y lo sostuvo ante él.

—Hum —dijo al cabo de unos instantes. Después, enrolló de nuevo el mapa y lo dejó en la funda.

—¿Y bien? ¿Cómo se llama el lugar?

—No puedo decirlo. No aparece.

—¡Ajá!

—Sabes que este no será el primer error que hemos descubierto en el mapa. El cartógrafo olvidó el lugar o no había oído hablar de él. O la población es nueva.

—¿Dilvish...?

—¿Sí?

—¿Te ofrezco consejo a menudo?

—Frecuentemente.

—¿Suelo equivocarme?

—Podría citar casos.

—No me gusta la idea de pasar la noche en un lugar que aparece un momento y desaparece al siguiente.

—¡Absurdo! Era simplemente el ángulo de visión, o una ilusión causada por la lejanía.

—Soy suspicaz...

—Por naturaleza, lo sé. Y yo tengo hambre. Pescado fresco cogido en uno de esos ríos, asado con hierbas...

Black bufó y dejó escapar un jirón de humo, y avanzó.

—De pronto tu estómago es un gran problema.

—También podría haber mujeres.

—¡Puf!

La senda que subía colina arriba hacia la ciudad no era amplia, y la puerta de entrada permanecía abierta. Dilvish se detuvo ante ella, pero nadie le dio el alto. Prestó atención. Los únicos ruidos eran los del viento y los pájaros.

—Adelante —dijo, y Black le llevó al otro lado de la puerta.

Las calles se extendían a derecha e izquierda, siguiendo los ángulos del muro. El camino donde se hallaba Dilvish se prolongaba en línea recta y terminaba en las casas de lo que quizá fuera una plaza. Todas las calles estaban empedradas y bien conservadas. Los edificios eran principalmente de piedra y ladrillo, limpios y de rectos ángulos. Al recorrer la calle que seguía en línea recta, Dilvish notó que ni había ni fluían desechos en la zanja lateral.

—Un lugar silencioso —dijo Black.

—Sí.

Al cabo de quizá cien pasos, Dilvish tiró de las riendas y desmontó. Entró en la tienda que estaba a su izquierda. Un instante después salió.

—¿Qué hay?

—Nada. Está vacía. Ninguna mercancía. Ni una estaca por mobiliario.

Cruzó la calle y entró en otra casa. Salió meneando la cabeza.

—Lo mismo —dijo mientras montaba de nuevo.

—¿Nos vamos? Ya sabes lo que pienso.

—Antes echemos un vistazo a la plaza. Hasta ahora no hay indicios de violencia. Podría ser algún día de fiesta.

Los cascos de Black resonaron en los adoquines.

—Una fiesta bastante muerta, en ese caso.

Siguieron avanzando, inspeccionando callejones, galerías y patios. No había actividad visible, ninguna persona en los alrededores. Por fin llegaron a la plaza. Había puestos vacíos a ambos lados, una fuentecilla que no echaba agua en el centro y una gran estatua de dos peces cerca de una esquina. Dilvish se detuvo y contempló el viejo símbolo. El pez de arriba se dirigía a la izquierda, el de abajo hacia la derecha. Dilvish se encogió de hombros.

—Tenía razón —dijo—. Vamos a...

El aire se estremeció con un solo tañido, de una campana que oscilaba en una elevada torre, a la izquierda.

—Qué extraño...

Un joven, de pelo rubio y rubicundas mejillas, con una alechugada camisa blanca, calzón verde, espada corta y un enorme braguero, salió de detrás de la estatua, sonrió y quedó inmóvil con una mano en la cadera.

—¿Extraño? —dijo—. Sí, lo es. Pero será más extraño lo que estáis a punto de contemplar, viajero. ¡Observad!

Hizo un gesto, recorriendo la calle con la mano, el mismo momento en que sonaba de nuevo la campana.

Dilvish volvió la cabeza y quedó sin aliento. Con tanto silencio como los gatos, las casas empezaron a moverse alrededor de la plaza. Dieron vueltas, avanzaron, retrocedieron. Cambiaron su orden, cambiaron de posición con respecto al resto de edificios como si ejecutaran una danza ridícula y ciclópea. La campana sonó otra vez, y otra vez, mientras Dilvish observaba.

—¿Qué clase de brujería es esta? —inquirió por fin al joven.

—Lo que veis —fue la réplica—. Brujería, ciertamente... y en curso de cambiar la disposición de la ciudad hasta que adopte la forma de un laberinto a vuestro alrededor.

Dilvish meneó la cabeza con el acompañamiento de otro tañido.

—Me impresiona la exhibición —dijo—. Pero ¿cuál es su finalidad?

—Podéis decir que es un juego —repuso el joven—. Cuando la campana deje de tocar, varios tañidos más, el laberinto estará dispuesto. Dispondréis de una hora hasta que vuelva a sonar. Si por entonces no habéis encontrado la salida de la ciudad y estáis lejos de aquí, la nueva disposición de los edificios os aplastará.

—¿Y por qué este juego? —preguntó Dilvish, esperando otro tañido hasta que oyó la réplica.

—Eso no lo sabréis nunca, Botas Elfas, tanto si ganáis como si perdéis, porque sois únicamente un elemento del juego. Pero también estoy encargado de advertiros que quizá sufráis ataques en diversos puntos de cualquier ruta que elijáis.

Los edificios siguieron danzando con el sonido de la campana.

—No me interesa este juego —dijo Dilvish, y sacó la espada—. Y tengo intención de divertirme con otro. Acabo de elegirte para que me conduzcas fuera de aquí. Niégate, y perderás la compañía de tu cabeza.

El joven sonrió y, con la mano izquierda levantada, agarró un puñado de su cabello mientras sacaba su espada con la otra mano. Blandió el arma en lo alto y la dejó caer con un rápido y duro golpe sobre su cuello. La espada atravesó la carne.

Su mano izquierda se alzó, sosteniendo la partida cabeza, que todavía sonreía, sobre sus hombros. La campana sonó de nuevo. Los labios se movieron.

—¿Creías que te enfrentabas a mortales, forastero?

Dilvish frunció el ceño.

—Entiendo —dijo—. Muy bien. Enfréntate a él, Black.

—Con mucho gusto —replicó Black, y las llamas bailaron en su boca y llenaron las cuencas de sus ojos mientras se encabritaba coincidiendo con otro tañido.

El semblante de la partida cabeza mostró repentina sorpresa mientras el ambiente cobraba un rasgo eléctrico. Los cascos de Black se lanzaron hacia adelante, cayeron en un movimiento impropio de un caballo y golpearon a la silueta acompañados por un infernal tronido que apagó el siguiente campanazo. Un chillido escapó de la criatura antes de que se esfumara en una oleada de fuego.

La campana sonó dos veces más mientras Black recuperaba la estabilidad, y montura y jinete contemplaron los chamuscados adoquines. Luego hubo silencio. Las casas habían dejado de moverse.

—De acuerdo —dijo Dilvish, por fin—. Ya me lo advertiste. Gracias por tu acción.

Black avanzó acto seguido en círculo, y pudieron ver la nueva disposición de las calles que salían de la plaza.

—¿Alguna preferencia? —inquirió Black.

—Probemos por ahí —dijo Dilvish, señalando un callejón lateral a la izquierda.

—Perfectamente —dijo Black—. A propósito, he visto mejores ejecuciones de ese truco.

—¿Sí?

—Te lo explicaré en otra ocasión.

Avanzaron por el empedrado. Nada se movía alrededor.

La calle era estrecha y corta. Las casas se apiñaban a ambos lados de Dilvish. Hubo un abrupto giro hacia la derecha, luego hacia la izquierda.

—¡Psst! ¡Por aquí! —sonó una voz a la izquierda.

—La primera emboscada —murmuró Dilvish.

Volvió la cabeza y sacó la espada.

Un hombrecillo de oscuros ojos y agradable sonrisa, con el largo pelo cano recogido en un moño alto, las manos alzadas a la altura de los hombros y con las vacías palmas abiertas, les observaba desde un umbral. Vestía ropa gris muy raída.

—No temas —musitó rápidamente—. Quiero ayudarte. No es un truco.

Dilvish no bajó la espada.

—¿Quién eres?

—Del otro bando —fue la réplica.

—¿Qué quieres decir?

—Esto es un juego, tanto si te gusta como si no —dijo el hombrecillo—. Entre dos jugadores. El otro bando quiere que tú mueras aquí. El mío solo ganará si huyes. El otro bando es el responsable de la ciudad. Yo soy responsable de burlarlo.

—¿Cómo sé que dices la verdad? ¿Cómo puedo distinguir ambos bandos?

El desconocido contempló la pechera de su camisa y arrugó la frente.

—¿Puedo bajar una mano?

—Adelante.

Bajó la mano derecha y alisó la holgada prenda que cubría su pecho. Con ello se vio el emblema de un pez que nadaba hacia la derecha. El hombrecillo lo señaló.

—El del pez que nada hacia la derecha —dijo— es el que quiere verte a salvo lejos de aquí. Ahora comprueba mis palabras. Dos esquinas más, y será mejor que te prepares para un ataque desde lo alto.

Dicho esto, el hombrecillo se apoyó en la puerta, que cedió. La cerró después de entrar, y Dilvish oyó bajar una barra.

—Vamos —dijo a Black.

No había ruidos aparte de los cascos de Black al doblar la primera esquina. Dilvish siguió cabalgando con la espada desenvainada y los ojos escrutando cualquier abertura.

La segunda esquina continuaba con un arco. Dilvish fue más despacio y lo examinó antes de proseguir. Pasaron bajo el arco y continuaron por la callejuela. Una puerta con enrejado permitía ver un pequeño patio. Dilvish miró abajo y arriba pero no vio nada.

Luego escuchó el ruido de metal arañando piedra en lo alto. Miró hacia arriba.

—¡Black! ¡Black! —gritó.

Su montura invirtió su movimiento sin volverse, rápidamente, mientras una catarata de humeante aceite caía y salpicaba las piedras delante. Dilvish solo vislumbró las siluetas en el tejado de la derecha.

Hubo un terrorífico estruendo que produjo ecos y reverberó alrededor. Al volver la cabeza, Dilvish vio que habían arrojado una enorme puerta con barras desde el arco. El charco de burbujeante aceite siguió creciendo, extendiéndose hacia Black.

—No podré mantenerme en pie ahí —dijo Black.

—¡Esa puerta, a la derecha! ¡Embístela!

Black se volvió y chocó contra la puerta enrejada. La puerta quedó rota, pasaron por el hueco y llegaron a un pequeño patio enlosado con una fuentecilla seca en el centro y una puerta de madera en el extremo opuesto.

—¡Es un engaño! —sonó una voz en lo alto y a la izquierda—. ¿Te advirtieron?

Dilvish miró hacia arriba.

Allí, en un pequeño balcón de un tercer piso, había un hombre de aspecto muy similar al informante de Dilvish, aunque su cabello estaba atado con una cinta azul y en su pechera estaba el emblema de un pez que nadaba hacia la izquierda. En sus manos llevaba una ballesta, que alzó para apuntar a Dilvish.

Dilvish se deslizó hacia la derecha de Black y se acurrucó. Oyó que el dardo golpeaba el metálico costado de su montura.

—¡Por la otra puerta antes de que pueda cargarla otra vez! ¡Yo iré detrás!

Black salió como una flecha, ni siquiera se detuvo al golpear la puerta. Dilvish corrió detrás.

—¡Engaño! ¡Engaño! —resonó el grito.

La nueva calle discurría en ambas direcciones.

—A la derecha —dijo Dilvish mientras montaba.

Black galopó en esa dirección. Llegó a una bifurcación. Cogieron el camino de la izquierda, que iba ligeramente cuesta arriba.

—Quizá valga la pena arriesgarse a subir al tejado de una casa alta —dijo Dilvish—. Es posible que pueda ver la salida.

—No es necesario —sonó una voz familiar a la derecha—. Yo puedo ahorrarte tiempo y esfuerzo. Ya has encontrado un atajo... por ahí. No está muy lejos.

Dilvish miró al primer hombre a los ojos, el del moño, con el emblema del pez mirando a la derecha. Estaba en una ventana baja, a solo un brazo de distancia.

—Pero debes apresurarte. Él ya está llevando sus fuerzas a la entrada. Si llega primero, todo habrá terminado.

—Podría haberse limitado a vigilarla desde el principio y aguardar.

—No está permitido. No puede empezar allí. Coge la siguiente a la derecha, la siguiente a la izquierda y dos veces más a la derecha. Pasarás por un callejón y saldrás a un gran patio. La salida estará a la izquierda y abierta. ¡Apresúrate!

Dilvish saludó y Black partió al galope, doblando a la derecha en la siguiente esquina.

—¿Crees en él? —preguntó Black.

Dilvish se alzó de hombros.

—Debo intentarlo o correr un terrible riesgo.

—¿A qué te refieres?

—Usar la magia más potente que conozco.

—¿Una de las Frases Atroces que aprendiste en el Infierno, para el día que encuentres a tu enemigo?

—Exacto. Una de las doce sirve para arrasar una ciudad.

Black giró a la izquierda, con precaución, y continuó.

—¿Qué efecto crees que tendría contra una construcción tan mágica como esta?

—En cuanto a poder bruto, la magia terrenal no puede igualarla...

—Pero no hay avisos. No tendrás una segunda oportunidad si cometes un error.

—No hace falta que me lo digas.

Black se detuvo en la siguiente esquina, atisbó el otro lado, continuó.

—Si él ha dicho la verdad, casi hemos llegado —musitó—. Esperemos haber superado al otro jugador. Y la próxima vez, ¡confía más en tus mapas!

—De acuerdo. Ahí está la esquina. Con cuidado ahora...

Doblaron la última esquina. Había un largo callejón iluminado en el extremo opuesto.

—Hasta ahora parece que él ha dicho la verdad —murmuró Black, yendo más despacio para suavizar el sonido de sus cascos.

Se detuvieron al llegar al final del callejón, y contemplaron un patio.

El hombre que habían dejado en el balcón se hallaba en el centro del patio, sonriéndoles. En su mano derecha empuñaba el asta de una lanza.

—Me has hecho correr —dijo—. Pero mi camino era más corto... como puedes ver. —Miró a la derecha—. Ahí está la puerta.

Levantó la lanza y golpeó el suelo tres veces con ella. De inmediato, las losas que lo rodeaban se alzaron igual que trampas y diversos personajes salieron del suelo. Quizás había dos decenas de hombres. Todos blandían lanzas. Todos levantaron la mano izquierda, se agarraron el cabello y alzaron su cabeza por encima de los hombros. Todos rieron entonces, volvieron a colocarse la cabeza, agarraron las lanzas con ambas manos y avanzaron por el patio.

—¡Black! —dijo Dilvish—. ¡Nunca lo conseguiremos!

Huyeron por el callejón y giraron a la izquierda. Oyeron detrás a los lanceros.

—Había otras calles que daban a ese patio —dijo Dilvish—. Si pudiéramos dar la vuelta...

—Otra calle...

—¡A la izquierda!

Black obedeció.

—Otra.

—¡Derecha!

La calle acababa en una plaza en un cruce, con una fuente en el centro. De pronto, varios lanceros llegaron por la izquierda y por el frente. Detrás seguía oyéndose el ruido de la persecución.

Black fue hacia la derecha y siguió en esa dirección tras un breve trecho. Calle arriba, una puerta cayó y les cerró el paso. Doblaron a la izquierda y entraron en una larga zona de arcos que bordeaba un jardín.

—¡Métete por el jardín! —sonó una voz detrás de una hilera de matorrales—. ¡Hay una puerta allí! —El otro hombrecillo se levantó y señaló—. Luego, recuerda, dos veces a la izquierda y una a la derecha, dos veces a la izquierda y una a la derecha... ¡Todo el camino así!

Los cascos de Black destrozaron el jardín cuando se dirigió hacia la puerta. Después se encabritó y se detuvo, en el mismo momento que un tañido de campana vibraba en el aire.

—Oh, oh —dijo el hombrecillo del moño.

Una casa, a la izquierda, giró noventa grados, se estabilizó y se deslizó calle abajo. Una cerca de piedra se alejó rápidamente. Una torre avanzó poco a poco. El segundo hombrecillo llegó a la zona y se situó junto al otro. Estaba risueño. El primero, no.

—¿Ha llegado el momento? —preguntó Black mientras una vivienda pasaba velozmente al lado y cruzaba un arco que se dirigía hacia ellos.

—Me temo que sí —dijo Dilvish. Se irguió y alzó ambos brazos por encima de la cabeza—. Mabra, brahoring Mabra...

Descendió un intenso viento, que contenía un gemido. Formó remolinos que solamente afectaron a Dilvish con un escalofrío, y una humeante neblina brotó de las casas.

Mientras Dilvish seguía hablando, se inició un ruido de destrozo y astillamiento, seguido a los pocos instantes por el estruendo de la mampostería que se derrumbaba. En alguna parte, un campanario se tambaleó y se desplomó; un último y estridente retumbo brotó de la campana al caer y destrozarse sobre una tienda o residencia que corría velozmente.

El suelo tembló cuando el gemido se convirtió en un aullido ensordecedor. Las casas desaparecieron en sus mantos de niebla. Luego hubo un crujido como de cien árboles hendidos por rayos, y el viento cesó con la misma brusquedad con que había comenzado.

Dilvish y Black se hallaban en la cumbre de una colina bañada por el sol. Alrededor de ellos no quedaba rastro de la ciudad.

—Felicidades —dijo Black—. Muy bien ejecutado.

—Y yo debo añadir mi felicitación —sonó una voz familiar detrás del jinete.

Tras volver la cabeza, Dilvish vio al hombrecillo del moño, cuyo pez nadaba hacia la derecha.

—Mis más sinceras disculpas —prosiguió—. No tenía la menor idea de que habíamos atrapado a un hermano mago. Ha sido una Frase Atroz, ¿no es cierto? Nunca había visto una ejecutada.

—Sí, lo era.

—Por fortuna llegué rápidamente cerca de la zona protegida. Mi hermano, claro está, ha tenido que desaparecer con su ciudad. Deseo darte las gracias por eso... Muchas gracias.

—Ahora me gustaría una explicación —dijo Dilvish— de lo que ha pasado. ¿No conocíais mejores formas de diversión?

—¡Ah, buen caballero! —dijo el hombrecillo, apretándose las manos—. ¿No lo has deducido del parecido? Éramos gemelos... una situación muy desgraciada siendo ambos practicantes de las artes más sutiles. El poder está repartido. Cada uno tenía la mitad de fuerza que podía tener si...

—Empiezo a comprender —dijo Dilvish—, un poco.

—Sí. Recurrimos a duelos, pero estábamos muy igualados. Por eso, en vez de compartir una debilidad, llegamos a un acuerdo. Uno de nosotros pasaría diez años exiliado en un limbo astral mientras el otro disfrutaba de pleno poder aquí. Al final de dicho tiempo, jugaríamos a este juego para determinar quién pasaría los siguientes diez años en la tierra. Uno de los dos erigiría la ciudad, el otro apoyaría al campeón que se enfrentara al laberinto. Yo estaba bastante deprimido cuando atraje al campeón esta vez, porque la ciudad solía vencer siempre. Pero tú has sido mi buena suerte, caballero. Debimos sospechar algo al ver tu montura. ¡Pero quién podía sospechar una Frase Atroz! Aprender eso debió de ser un infierno.

—Lo fue.

—Naturalmente estoy en deuda contigo, y ahora tengo pleno poder... o casi pleno. ¿Hay alguna forma en que pueda serte útil?

—Sí —dijo Dilvish.

—Di cuál.

—Estoy buscando a un hombre... no, a un mago. Si tienes conocimiento de su paradero, quiero saberlo. Mencionarle aquí es arriesgado, porque es posible que su atención se haya visto atraída por estos actos recientes de poder. Su fuerza es potentísima, y muy siniestra. ¿Sabes de quién hablo?

—No... no estoy seguro.

Dilvish suspiró.

—Muy bien.

Desmontó y, con la punta de la espada, escribió la palabra Jelerak en la tierra.

El menudo mago se puso pálido y se frotó las manos otra vez.

—¡Oh, buen caballero! ¡Buscas tu muerte!

—No, la suya —dijo Dilvish, borrando el nombre con la punta de una bota—. ¿Puedes ayudarme?

El otro hombre tragó saliva.

—Que yo sepa, él tiene siete castillos en diferentes lugares del mundo. Están defendidos de forma distinta. Él utiliza siervos humanos e inhumanos. Se rumorea que él puede ir rápidamente de una a otra de estas fortalezas. ¿Cómo es que no conoces estos detalles?

—He estado lejos algún tiempo. Ten paciencia conmigo. ¿Dónde están situados esos castillos?

—Creo saber quién eres —dijo el mago. Se arrodilló y trazó rayas en el suelo con su dedo.

Dilvish se agachó junto a él y observó cómo iba cobrando forma el mapa.

—...Éste es el del confín del mundo, que sólo he visto en visiones. Aquí está la Fortaleza Roja... Hay otro muy al sur...

Dilvish grabó las posiciones en su memoria conforme aparecían ante él.

—...El más cercano parece ser pues el que llamas la Torre de Hielo —dijo Dilvish—. A cien leguas al noreste de aquí. He oído rumores de ese lugar. He estado buscándolo.

—Acepta mi consejo, Libertador —dijo el hombrecillo mientras se ponía en pie—. No...

La ciudad se alzaba de nuevo alrededor, pero alterada. Empezaba en un punto más bajo y se extendía colina abajo hasta el límite de la visión.

—¿No habrás... eh... invocado la ciudad para hacer una bromita, no? —preguntó el mago.

—No.

—Temía que dijeras eso. Ha aparecido con un silencio espantoso, ¿no es cierto?

—Sí.

—Mucho más extensa, además. Strodd y yo jamás habríamos podido construirla así. ¿Y ahora qué? ¿Crees que él quiere que entremos?

Una oscura mole apareció en lo alto del cielo.

—Yo entraría gustosamente, si él estuviera aguardándome dentro.

—¡No digas eso, amigo! ¡Mira!

Igual que lentos rayos, capas de fuego cayeron del cielo, en silencio, sobre la nueva ciudad. Al cabo de unos momentos las casas ardieron. Se olía a humo. Las cenizas flotaban en el aire. Dilvish y el mago no tardaron en verse rodeados por un gigantesco muro de fuego, y oleadas de calor cayeron sobre ellos.

—Una ejecución magnífica —observó el mago, enjugándose la frente con la manga—. Voy a decirte mi nombre, Strodd, en un acto de suma generosidad por mi parte, ya que quizás estemos sentenciados a muerte, de todas formas... y creo que ya he adivinado el tuyo. ¿No es cierto?

—Diría que sí.

Las llamas comenzaron a extinguirse. No había ciudad bajo ellas.

—Sí, una ejecución magnífica —comentó Strodd—. Creo que la exhibición está prácticamente terminada, pero me extraña que él no se haya limitado a desviar el fuego hacia nosotros.

Black se echó a reír, con una risa áspera, metálica.

—Hay motivos —dijo.

El fuego fluctuó y desapareció, dejando la soleada colina exactamente igual que hacía un rato.

—Bien, ya está —dijo Strodd—. De pronto estoy ansioso por emprender un largo viaje, por motivos de salud. Uno se debilita un poco con tanto errar por limbos astrales. Sigo debiéndote algo, pero temo la compañía que puedas tener. Preferiría que recurrieras a mí para pequeños problemas, y no para esa gran aventura que temo vas a correr... ¿Me entiendes?

—Lo recordaré —dijo Dilvish, risueño. Montó a Black y volvió la cabeza hacia el noreste.

Strodd se sobresaltó.

—Temía que irías por ahí —dijo—. Bien, de todas formas, buena suerte para ti.

—Y para ti.

Dilvish lanzó un saludo al hombrecillo antes de alejarse.

—¿La Torre de Hielo? —dijo Black.

—La Torre de Hielo.

Cuando Dilvish volvió la cabeza, la cumbre de la colina estaba vacía.

Todo ese día, cruzando el campo de hielo, el jinete del pulido animal negro no se enteró de que lo perseguían. Había vislumbrado la gran forma blanca que corría a medio galope muy lejos, entre la nieve arrastrada por el viento. Luego, con la luz de la luna chispeando en las tersas y níveas sombras y con un viento helado que barría las montañas y la oscurecida llanura, el jinete oyó el primer aullido de su perseguidor.

Pero las montañas ya estaban muy cerca. En algún lugar de la base, quizás habría un hueco, una cueva, un refugio fortificado... un lugar donde poder descansar con roca detrás y al lado, una hoguera delante y la espada en las rodillas.

El aullido se repitió. La gran montura negra avanzó con más lentitud. Enormes rocas yacían dispersas, primero delante, luego a los lados... El jinete prosiguió entre las rocas, con los ojos examinando los taludes en busca de indicios de una posible abertura.

—Allí, delante —sonó la baja voz, debajo y por delante del jinete. Había hablado el animal.

—Sí, la veo. ¿Cabremos?

—En caso contrario, la agrandaré. Es peligroso seguir buscando. Quizá no haya más.

—Cierto.

Se detuvieron ante la boca. El hombre desmontó, y sus botas verdes no hicieron ruido en la nieve. Su negra montura, similar a un caballo, fue la primera en entrar.

—Es más espaciosa de lo que parece, vacía y seca. Entra.

El hombre entró en la cueva, agachando la cabeza bajo el borde exterior. Se arrodilló y buscó leña a tientas.

—Unas ramitas, una rama, hojas...

Hizo un montón y se sentó. El animal seguía detrás. El jinete se quitó la espada y la dejó cerca.

Hubo otro aullido, mucho más cerca.

—Ojalá ese maldito lobo blanco tenga el valor suficiente para atacar. No podré dormir hasta que hayamos resuelto nuestras diferencias —dijo el hombre tras encontrar su pedernal—. Todo el día ha estado acechándonos, siguiéndonos, observando, aguardando...

—Creo que es a mí al que más teme —dijo la oscura silueta—. Presiente que no soy natural, y que te protegeré.

—Yo también tendría miedo de ti —dijo el hombre, riendo.

—Pero tu inteligencia es humana. ¿Y la suya?

—¿Qué quieres decir?

—Nada. De verdad. No lo sé. Come. Descansa. Yo te protegeré.

Las hojas ardieron bajo la lluvia de chispas, despidieron humo.

—Si se arriesga a las llamas, salta rápidamente y me atrapa, podría arrastrarme fuera de aquí... hasta alguna capa de nieve donde alguien de tu peso no podría caminar bien. Así lo haría yo.

—Ahora estás concediéndole demasiada sabiduría.

El hombre echó más leña, sacó sus provisiones.

—Lo veo moverse, entre las rocas. Tiene hambre, pero piensa esperar... el momento oportuno.

El jinete desenvainó su espada.

—¿Hay alguna forma especial de conocer a una bestia espectral? —preguntó.

—No, salvo si ves que cambia de forma, o la oyes hablar.

—¡Eh, ahí fuera! —gritó de pronto el hombre—. ¿Hacemos un trato? Compartiré mis provisiones contigo y te irás. ¿De acuerdo?

Sólo el viento respondió.

El jinete cogió un trozo de carne, lo espetó y lo calentó. Luego lo partió por la mitad y dejó un trozo a un lado.

—Están siendo bastante ridículos —dijo su compañero.

El hombre se encogió de hombros y empezó a comer. Fundió nieve para tener agua, la mezcló con un poco de vino, bebió.

Pasó una hora. El jinete estaba sentado envuelto en su capa y en una manta plegada, echando al fuego las últimas ramas.

En el exterior, la nívea silueta se aproximó. El hombre vio el reflejo del fuego en aquellos ojos por primera vez, pasando hacia la izquierda y hacia un punto invisible para su negro compañero. No dijo nada. Observó. Los ojos pasaron más cerca... grandes, amarillos.

Por fin los ojos se detuvieron, a poca altura, al otro lado del borde de la boca de la cueva.

—¡La carne! —sonó un jadeante susurro.

El jinete puso una mano en la pata delantera de su compañero, indicándole que permaneciera quieto. Con la otra mano, cogió el trozo de carne y lo lanzó fuera. La carne desapareció de inmediato, y el hombre escuchó el ruido de la bestia al masticar.

—¿Eso es todo? —sonó la voz al cabo de un rato.

—La mitad de mi ración, tal como prometí —musitó el jinete.

—Estoy muy hambriento. Temo que deberé comerte también. Lo lamento.

—Lo sé. Y también yo lo lamento, pero lo que me queda debe servirme de alimento hasta llegar a la Torre de Hielo. Además, tendré que matarte si tratas de capturarme.

—¿La Torre de Hielo? Morirás allí y habrás desperdiciado las provisiones. Habrás desperdiciado la misma carne de tu cuerpo. El amo de ese lugar te matará. ¿No lo sabías?

—No, si yo lo mato antes.

La bestia blanca jadeó unos instantes.

—Estoy tan hambriento... —repitió—. Dentro de poco tendré que intentar capturarte. Algunas cosas son peores que la muerte.

—Lo sé.

—¿Puedes decirme tu nombre?

—Dilvish.

—Creo haber oído ese nombre, hace tiempo...

—Es posible.

—Si él no te mata... ¡Mírame! También yo, una vez, traté de matarlo. También yo fui hombre en otro tiempo.

—No conozco el hechizo capaz de liberarte.

—Demasiado tarde. Ya no me preocupa eso. Sólo la comida.

Hubo un sonido de babeo, seguido por una brusca aspiración. El hombre dispuso la espada en su mano y aguardó.

—Recuerdo haber oído hablar de un tal Dilvish hace tiempo, llamado el Libertador —se oyeron las lentas palabras—. Era fuerte.

Silencio.

—Yo soy ese Dilvish.

Silencio.

—Deja que me acerque un poco más... ¡Y tus botas son verdes!

La blanca silueta retrocedió. Los ojos amarillos miraron los del jinete y permanecieron inmóviles.

—Tengo hambre, siempre tengo hambre.

—Lo sé.

—Sólo conozco un ser que sea más fuerte. Tú también lo conoces. Adiós.

—Adiós.

Los ojos desaparecieron. La sombría forma se alejó de la cueva. Más tarde Dilvish oyó un aullido a lo lejos. Luego, silencio.

El círculo rojo - Arthur Conan Doyle

- Bueno, señora Warren, no veo que tenga ningún motivo especial para estar intranquila, ni comprendo por qué yo, puesto que mí tiempo tiene cierto valor, debería intervenir en el asunto. La verdad es que tengo otras cosas en que ocuparme. -Así dijo Sherlock Holmes, y volvió al gran libro de apuntes en que ordenaba y clasificaba algún material reciente.

Pero la patrona era tan pertinaz y astuta como puede serlo una mujer. Mantuvo firmemente sus posiciones.

- Usted arregló un asunto de un huésped mío el año pasado -dijo-, el señor Fairdale Hobbs.

- Ah, sí; un asunto muy sencillo.

- Pero él no hace más que hablar de eso, de su amabilidad, señor Holmes, y del modo en que hizo luz en las tinieblas. Recordé sus palabras cuando yo misma me encontré entre brumas y dudas. Sé que usted podría si quisiera.

Holmes era accesible por el lado de la lisonja y también, para hacerle justicia, por el lado de la benevolencia. Las dos fuerzas le hicieron dejar el pincel de la goma con un suspiro de resignación y echar atrás su asiento.

- Bueno, bueno, señora Warren, hablemos sobre eso, entonces. No le molesta el tabaco, me parece. Gracias, Watson, ¡los fósforos! Está usted inquieta, según entiendo, porque su nuevo huésped permanece en sus habitaciones y usted no le puede ver. Bueno, señora Warren, si yo fuera su huésped muchas veces no me vería durante varias semanas.

- No lo dudo, señor Holmes, pero esto es diferente. Me da pánico; no puedo dormir de miedo. Oír sus rápidos pasos, moviéndose de acá para allá desde la madrugada hasta altas horas de la noche, y sin embargo no ver ni un atisbo de él…, es más de lo que puedo soportar. Mi marido está tan nervioso con eso como yo, pero él pasa fuera todo el día en su trabajo, mientras que yo no tengo descanso, ¿Por qué se esconde? ¿Qué ha hecho? Salvo por la chica, estoy sola en casa todo el día con él, y es algo que mis nervios no pueden aguantar.

Holmes se inclinó hacia delante y puso sus largos y flacos dedos en el hombro de la mujer. Tenía un poder tranquilizador casi hipnótico cuando lo deseaba. El susto se desvaneció de los ojos de ella, y sus agitados rasgos volvieron a su habitual estado. Se sentó en la silla que él le indicaba.

- Si lo tomo, debo conocer todos sus detalles -dijo él-. Tómese tiempo para considerarlo. El punto más pequeño puede ser esencial. ¿Dice usted que el hombre llegó hace diez días, y le pagó una quincena de pensión y alimentación?

- Preguntó mis condiciones, señor Holmes. Dije que cincuenta chelines por semana. Hay un pequeño gabinete y una alcoba, todo completo, en lo más alto de la casa.

- ¿Y bien?

- Dijo: «Le pagaré cinco libras por semana si lo puedo tener en mis propios términos.» Yo soy pobre, señor Holmes, y mi marido gana poco, y el dinero es muy importante para mí. Sacó un billete de diez libras, y lo extendió hacia allí mismo. «Puede recibir lo mismo cada quincena durante mucho tiempo si cumple mis condiciones», dijo. «Si no, no tendré que ver más con usted.»

- ¿Cuáles eran las condiciones?

- Pues bien, señor Holmes, que tenía que tener una llave de la casa. Eso estaba muy bien. Los huéspedes muchas veces la tiene. También, que había que dejarle completamente solo, sin molestarle nunca, bajo ninguna excusa.

- Nada extraño en eso, ¿verdad?

- De un modo razonable, no, señor. Pero esto está fuera de toda razón. Lleva allí diez días y ni mi marido, ni yo, ni la chica le hemos puesto los ojos encima una sola vez. Podemos oír sus rápidos pasos dando vueltas de un lado para otro, por la noche, de madrugada, a mediodía; pero, salvo esa primera noche, nunca ha salido de la casa ni una vez.

- Ah, salió la primer anoche, ¿no?

- Sí, señor, y volvió muy tarde…, cuando ya todos estábamos en la cama. Me dijo, después de tomar las habitaciones, que lo haría así, y me pidió que no pusiera la barra en la puerta. Le oí subir las escaleras pasada la medianoche.

- Pero ¿y sus comidas?

- Dio instrucciones especiales de que siempre, cuando llamara, debíamos dejar su comida en una silla, fuera de la habitación. Luego vuelve a llamar cuando ha terminado, y la cogemos de la misma silla. Si quiere alguna cosa, lo pone en letras de molde en un papel y lo deja.

- ¿En letras de molde?

- Sí, señor; en letras de molde a lápiz. Sólo la palabra; nada más. Aquí tiene uno que le he traído: JABÓN. Aquí hay otro: FÓSFORO. Este es el que dejó esta mañana: DAILY GAZETTE. Le dejo ese periódico con el desayuno todas las mañanas.

- Caramba, Watson -dijo Holmes, mirando con gran curiosidad las tiras de papel de barba que le había entregado la patrona-: esto sí que es un poco raro. El encierro lo puedo entender, pero ¿por qué en letras de molde? Es un procedimiento un poco complicado. ¿Por qué no escribir normalmente? ¿Qué sugeriría, Watson?

- Que deseara ocultar su letra.

- Pero ¿por qué? ¿Qué puede importarle que su patrona tuviera una palabra en su letra? Sin embargo, quizá sea lo que dice usted. Pero entonces, ¿por qué unos mensajes tan lacónicos?

- No me lo puedo imaginar.

- Esto abre un placentero campo a la especulación inteligente. Las palabras están escritas con un lápiz de clase nada rara, de punta ancha y color violeta. Observará que el papel está roto aquí, por el lado, después de escribir, de modo que parte de la J de Jabón se ha perdido. Sugerente, Watson, ¿verdad?

- Denota precaución.

- Exactamente. Está claro que había alguna señal, alguna marca del pulgar, algo que pudiera dar una clave sobre la identidad de la persona. Bueno, señora Warren, dice usted que el hombre era de tamaño mediano, moreno y barbudo. ¿Qué edad tendría?

- Joven, señor; no más de treinta años.

- Bueno, ¿no me puede dar más indicaciones?

- Hablaba un buen inglés, y sin embargo pensé que era extranjero por su acento.

- ¿Iba bien vestido?

- Muy elegantemente vestido…, un caballero. Ropa oscura, nada que llamara la atención.

- ¿No dio nombre?

- No, señor.

- ¿Y no ha tenido cartas o visitantes?

- Nada.

- Pero sin duda, usted o la chica entran en su cuarto por la mañana.

- No, señor; él cuida de sí mismo.

- ¡Vaya!, eso sí que es notable. ¿Y su equipaje?

- Llevaba una sola maleta, grande, oscura… nada más.

- Bueno, no veo que tengamos mucho material que nos sirva. ¿Dice usted que nada ha salido de ese cuarto…, absolutamente nada?

La patrona sacó un envoltorio de su bolso; de él, sacudió dos fósforos quemados y una colilla de cigarrillo, y los hizo caer en la mesa.

- Estaban en su bandeja esta mañana. Los traje porque había oído que usted sabe leer grandes cosas en cosas pequeñas.

- Aquí no hay nada -dijo-. Los fósforos, desde luego, se han usado para encender cigarrillos. Eso se ve en lo corto del lado quemado. Encendiendo una pipa o un cigarro se consume la mitad. Pero ¡caramba!, esta colilla es verdaderamente notable. ¿Dice usted que el caballero tenía barba y bigote?

- Sí, señor.

- No lo entiendo. Yo diría que sólo un hombre afeitado del todo podía haber fumado esto. Bueno, Watson, incluso su modesto bigote habría sufrido quemaduras.

- ¿Una boquilla? -sugerí.

- No, no; el extremo está aplastado. Supongo que no podría haber dos personas en sus habitaciones, señora Warren.

- No, señor. Come tan poco, que muchas veces me extraña que pueda conservar la vida de una sola persona.

- Bueno, creo que debemos esperar a tener un poco más de material. Después de todo, usted no tiene de que quejarse. Ha recibido su renta, y no es un huésped molesto, aunque ciertamente es raro. Paga bien, y si decide vivir oculto, no es asunto que le incumba directamente a usted. No tenemos excusa para invadir su vida privada mientras no tengamos razones para pensar que hay un motivo culpable. Yo acepto el asunto y no lo perderé de vista. Infórmeme si ocurre algo nuevo, y confíe en mi asistencia si hace falta.

- Ciertamente hay algunos puntos de interés en este caso, Watson -observó, cuando se marchó la patrona-. Claro que quizá sea trivial, una excentricidad individual; o quizá sea mucho más profundo de lo que parece a primera vista. Lo primero que se le ocurre a uno es la posibilidad obvia de que la persona que está ahora en las habitaciones sea diferente de la que las tomó.

- ¿Por qué piensa eso?

- Bueno, aparte de esta colilla, ¿no resulta curioso que la única vez que salió el huésped fuera inmediatamente después de tomar las habitaciones? Volvió -o alguien volvió- cuando todos los testigos estaban alejados. No tenemos pruebas de que la persona que volvió fuera la que salió. Luego, además, el hombre que tomó las habitaciones hablaba bien el inglés. Este otro, en cambio, escribe «fósforo» cuando debía ser «fósforos». Puedo imaginar que sacó la palabra de un diccionario, que da el sustantivo, pero no el plural, el estilo lacónico puede ser para ocultar la falta de conocimiento del inglés. Sí, Watson, hay buenas razones para sospechar que ha habido una sustitución de huéspedes.

- Pero ¿con que posible fin?

- ¡Ah!, ahí está nuestro problema. Hay una sola línea evidente de investigación.         

-Bajó el gran libro en que, día tras día, ordenaba los anuncios personales de los diversos diarios de Londres-. ¡Válgame Dios! -dijo, pasando las hojas-, ¡qué coro de gemidos, gritos y balidos! ¡Qué mezcla de sucesos extraños! Pero sin duda es el terreno de caza más valioso que le ha sido dado nunca a un estudioso de lo insólito. Esta persona está sola, y no se la puede abordar por carta sin romper el absoluto secreto que se desea. ¿Cómo le va a llegar de fuera una noticia o un mensaje? Obviamente, por un anuncio en un periódico. No parece haber otro camino, y por suerte sólo tenemos que ocuparnos de un periódico. Aquí están los recortes de la Daily Gazette de la última quincena: «Señora con boa negro en el club de Patinaje Prince’s», eso lo podemos pasar. «Sin duda Jimmy no le partirá el corazón a su madre»; esto parece que no viene a cuento. «Si la señora que se desmayó en el autobús de Brixton…»…no me interesa. «Todos los días mi corazón anhela…» Un balido, Watson, un balido sin disimulo. ¡Ah! esto es un poco más probable: «Ten paciencia. Encontraré algún medio de comunicación. Mientras, esta columna. G.» Esto es dos días después de que llegara el huésped de la señora Warren. Parece plausible, ¿no? El misterioso ser podría entender inglés aunque no pudiera escribirlo. Vamos a ver si encontramos otra vez el rastro. Sí, aquí estamos, tres días después. «Hago arreglos con éxito. Paciencia y prudencia. Pasará la nube. G.» Nada en una semana después de esto. Luego viene algo mucho más claro: «El camino se despeja. Si encuentro oportunidad de mensaje por señales recuerda código convenido; uno A, dos B, etcétera. Pronto sabrás. G.» Eso estaba en el periódico de ayer, y no hay nada en el de hoy. Todo esto concuerda bastante con el huésped de la señora Warren. Si esperamos un poco, Watson, no dudo que el asunto se hará más comprensible.

Y así resultó: pues por la mañana encontré a mi amigo de pie, ante la chimenea, de espaldas al fuego y con una sonrisa de completa satisfacción en la cara.

- ¿Qué tal esto, Watson? -exclamó, tomando el periódico de la mesa-. «Casa alta roja con molduras de piedra blanca. Tercer piso. Segunda ventana a la izquierda. Después del oscurecer. G.» Eso está bastante claro. Creo que después de desayunar debemos hacer una pequeña exploración del barrio de la señora Warren. Ah, señora Warren, ¿qué noticias nos trae esta mañana?

Nuestra cliente había irrumpido en el cuarto con una energía explosiva, que prometía algún acontecimiento nuevo e importante.

- ¡Es cosa para la policía, señor Holmes! -exclamó-. ¡No quiero saber nada más de esto! Que se marche con su equipaje. Iba a subir a decírselo sin más, sólo que pensé que era mejor pedir primero su opinión. Pero mi paciencia ha llegado a su límite, y cuando se llega a golpear al marido de una…

- ¿Golpear al señor Warren?

- En todo caso, tratarle mal.

- Pero ¿quién le ha tratado mal?

- ¡Ah! ¡Eso es lo que queremos saber! Fue esta mañana, señor Holmes. Mi marido es cronometrador en Morton y Waylight’s, en Tottenham Court Road. Tiene que salir de casa antes de las siete. Pues bien, esta mañana, no había dado diez pasos en la calle cuando dos hombres le fueron por detrás, le echaron un abrigo por la cabeza y le metieron en un coche de punto que estaba junto a la acera. Le llevaron una hora en el coche, y luego abrieron la puerta y le arrojaron fuera. Se quedó en la calzada tan trastornado que no vio qué se hacía del coche. Cuando pudo dominarse, se dio cuenta de que estaba en Hampstead Heath; así que tomó un ómnibus hasta casa, y ahí está, tumbado en el sofá, mientras yo venía en seguida a contarle lo que ha pasado.

- Muy interesante -dijo Holmes-. ¿Observó el aspecto de esos hombres?, ¿les oyó hablar?

- No, está aturdido. Sólo sabe que le arrebataron como por arte de magia y le dejaron caer del mismo modo. Había por lo menos dos en el asunto, o quizá tres.

- ¿Y usted relaciona este ataque con su huésped?

- Bueno, llevamos viviendo ahí quince años y nunca nos ha pasado tal cosa. Ya estoy harta de él. El dinero no lo es todo. Le haré salir de mi casa antes que termine el día.

- Espere un poco, señora Warren. No se precipite. Empiezo a creer que este asunto puede ser mucho más importante de lo que parecía a simple vista. Ahora está claro que algún peligro amenaza a su huésped. Está igualmente claro que sus enemigos, acechando en su espera junto a su puerta, le confundieron con su marido en la luz neblinosa de la mañana. Al descubrir su error, le soltaron. Qué habrían hecho si no hubiera sido un error, sólo podemos hacer conjeturas.

- ¿Qué tengo que hacer, señor Holmes?

- Tengo muchas ganas de ver a ese huésped suyo, señora Warren.

- No veo cómo pueda conseguirlo, a no ser que eche abajo la puerta. Siempre le oigo quitar la llave mientras bajo la escalera después de dejar la bandeja.

- Tiene que meter la bandeja. Sin duda podríamos ocultarnos y verle actuar.

- Bueno, señor, enfrente está el cuarto de los baúles. Podría poner un espejo, quizá, y si usted estuviera detrás de la puerta…

- ¡Excelente! -dijo Holmes-. ¿A qué hora almuerza?

- Hacia la una, señor Holmes.

- Entonces, el doctor Watson y yo nos daremos una vuelta. Por el momento, señora Warren, adiós.

A las doce y media estábamos en la entrada de la casa de la señora Warren, un edificio alto, estrecho, de ladrillo amarillo, en Great Orme Street, estrecho pasadizo al nordeste del British Museum. Como queda cerca de la esquina de la calle, domina Howe Street, con sus casas más pretenciosas. Holmes señaló con una risita una de ellas, una serie de pisos residenciales, que se destacaba tanto que no podía menos de llamar la atención.

- ¡Vea, Watson! -dijo-. «Casa alta, roja, con molduras de piedra.» Esa es la estación de señales, sin duda. Conocemos el lugar y conocemos el código; nuestra tarea debería ser simple. Hay en esa ventana un rótulo de «Se Alquila». Evidentemente es un piso vacío al que tiene acceso el cómplice. Bueno, señora Warren, ¿qué más?

- Se lo tengo todo preparado. Si suben y dejan las botas en el descansillo, les llevaré allí en seguida.

Era un escondite excelente el que había arreglado. El espejo estaba puesto de tal modo que, sentados en la oscuridad, podíamos ver claramente la puerta de enfrente. Apenas nos habíamos instalado allí, y se había marchado la señora Warren cuando un claro campanilleo nos hizo saber que llamaba nuestro misterioso vecino. 

Al fin apareció la patrona con la bandeja, la dejó en una silla junto a la puerta cerrada, y luego, pisando pesadamente, se marchó. Acurrucados en el ángulo de la puerta, manteníamos los ojos fijos en el espejo. De repente, mientras dejaban de oírse los pasos de la patrona, hubo un rechinar de la llave, giró el pistillo, y dos manos delgadas salieron disparadas y levantaron la bandeja de la silla. 

Un momento después la volvían a poner, y vi un atisbo de una cara morena, hermosa, horrorizada, que miraba fijamente a la estrecha apertura del cuarto de los baúles. Luego, la puerta se cerró de golpe, la llave volvió a girar, y todo fue silencio. Holmes me tiró de la manga y nos deslizamos juntos escaleras abajo.

- Volveré a verla esta noche -dijo a la expectante patrona-. Creo, Watson, que podremos discutir mejor este asunto en nuestra propia residencia.

- Mi sospecha, como ha visto, ha resultado ser correcta -dijo él luego, hablando desde las profundidades de su butaca-. Ha habido una sustitución de huéspedes. Lo que no preví es que encontráramos una mujer, y una mujer nada corriente, Watson.

- Ella nos vio.

- Bueno, vio algo que la alarmó. Eso es seguro. La sucesión general de acontecimientos está bastante clara, ¿verdad? Una pareja busca en Londres refugio contra un peligro terrible y muy apremiante. La medida de ese peligro es el rigor de sus precauciones. El hombre, que tiene algún trabajo que hacer, desea dejar a la mujer en absoluta seguridad mientras lo hace. No es un problema fácil, pero lo ha resuelto de modo original, y tan eficazmente que la presencia de ella no era conocida ni por la patrona que le da su alimento. Los mensajes en letras de molde está claro que eran para evitar que su letra revelara su sexo. El hombre no puede acercarse a la mujer, pues guiaría a sus enemigos hacia ella. Como no puede comunicarse con ella directamente, recurre a los anuncios personales de un periódico. Hasta ahí, todo está claro.

- Pero ¿qué hay en la base de todo?

- Ah, sí, Watson: ¡severamente práctico, como de costumbre! ¿Qué hay en la base de todo? El caprichoso problema de la señora Warren se ensancha un poco y toma un aspecto más siniestro conforme avanzamos. Esto sí que lo puedo asegurar: no es una escapada amorosa corriente. Ya vio la cara de la mujer ante las señales de peligro. Hemos sabido también del ataque contra el patrón, que sin duda iba contra el huésped. Estas alarmas, y la desesperada necesidad de secreto, indican que el asunto es de vida o muerte. El ataque contra el señor Warren hace pensar además que el enemigo, quienquiera que sea, no se ha dado cuenta de la sustitución del huésped masculino por el femenino. Es muy curioso y complejo, Watson.

- ¿Por qué se va a meter más en ello? ¿Qué puede sacar de eso?

- ¿Por qué, en efecto? Es el Arte por el Arte, Watson. Supongo que cuando usted se doctoró se encontró estudiando casos sin pensar en los honorarios, ¿no?

- Para mi educación, Holmes.

- La educación no se termina nunca, Watson. Es una serie de lecciones, de las cuales las más instructivas son las últimas. Este es un caso instructivo. No hay en él dinero ni prestigio, y sin embargo, a uno le gustaría ponerlo en claro. Cuando anochezca nos deberíamos hallar en una etapa más avanzada de nuestra investigación.

Cuando volvimos a casa de la señora Warren, la oscuridad de un anochecer invernal de Londres se había espesado en una cortina gris, en una muerta monotonía de color, rota sólo por los nítidos cuadrados amarillos de las ventanas y los halos borrosos de los faroles de gas. Atisbando desde el salón oscurecido de la pensión, otra pálida luz brilló, alta, en la oscuridad.

- Alguien se mueve en ese cuarto -dijo Holmes, en un susurro, con su cara macilenta y ansiosa tendida hacia el cristal-. Sí, veo su sombra. ¡Ahí está otra vez! Tiene una vela en la mano. Ahora escudriña al otro lado. Quiere estar seguro de que ella está alerta. Ahora empieza a destellar. Tome el mensaje usted también, Watson, que lo confrontaremos uno con otro. Un único destello, eso es A, sin duda. Bueno, ahora. ¿Cuántos ha contado? Veinte. Yo también. Seguro que ése es el comienzo de otra palabra. Ahora -TENTA. Se acabó. ¿Puede ser eso todo, Watson? ATTENTA no tiene sentido. Ni vale en tres palabras: AT-TEN-TA. ¡Ahí va otra vez! ¿Qué es eso? ATTE… vaya, el mismo mensaje otra vez. ¡Curioso, Watson, muy curioso! Ahora empieza otra vez: AT… vaya, lo repite por tercera vez. ¡ATTENTA tres veces! ¿Cuántas veces lo va a repetir? No, parece que sea el final. Se ha retirado de la ventana. ¿Qué piensa de eso, Watson?

- Un mensaje en cifra, Holmes.

Mi compañero lanzó una súbita risa de comprensión.

- Y no es una cifra muy difícil, Watson -dijo-. ¡Vaya, claro, es italiano! El mensaje va dirigido a una mujer ¡Atenta! ¡Ten cuidado! ¿Qué tal, Watson?

- Creo que ha acertado.

- Sin duda. Es un mensaje muy urgente, repetido tres veces para hacerlo aún más apremiante; ¿atenta a qué? Espere un poco; otra vez vuelve a la ventana.

Al renovarse las señales, vimos otra vez la vaga silueta de un hombre acurrucado y el fulgor de la pequeña llama por la ventana. Eran más frecuentes que antes; tanto que era difícil seguirlas.

- PERICOLO. ¿Eh, qué es eso, Watson? Peligro, ¿verdad? Sí, es una señal de peligro. Ahí va otra vez. Hola, qué demonios pasa…

La luz se había extinguido de repente, había desaparecido el cuadrado luminoso de la ventana, y el tercer piso formaba una banda oscura en torno al alto edificio, con sus filas de ventanas brillantes. El último grito de aviso había quedado cortado de pronto. ¿Cómo, y por quién? En el mismo instante se nos ocurrió la misma idea. Holmes se levantó de un salto del lugar donde estaba acurrucado, junto a la ventana.

- Esto es serio, Watson -exclamó-. Hay algo diabólico en marcha. ¿Por qué iba a detenerse tal mensaje a medio camino? Yo pondría a Scotland Yard en contacto con este asunto… pero es demasiado apremiante para que nos marchemos.

- ¿Voy a llamar a la policía?

- Tenemos que definir la situación de un modo un poco más claro. A lo mejor admite alguna interpretación más inocente. Vamos, Watson, crucemos nosotros mismos al otro lado a ver qué sacamos de ello.

Caminando rápidamente por Howe Street me volví para mirar el edificio que habíamos dejado. Allí, vagamente perfilada en la ventana más alta, vi la sombra de una cabeza, una cabeza de mujer, mirando tensamente, con rigidez, a la noche, esperando en suspenso, casi sin aliento, la continuación de ese mensaje interrumpido. En la puerta de los pisos de Howe Street, un hombre, embozado en un plastrón y un gabán, estaba apoyado en la verja. Se sobresaltó cuando la luz del vestíbulo nos dio en la cara.

- ¡Holmes! -gritó.

- ¡Vaya, Gregson! -dijo mi compañero, dando la mano al detective de Scotland Yard-. Fin del viaje con encuentro de enamorados. ¿Qué le trae por aquí?

- Lo mismo que a usted, espero -dijo Gregson-. ¿Cómo ha llegado usted a esto?, no puedo imaginarlo.

- Diferentes hilos, pero que llevan al mismo enredo. He estado recibiendo las señales.

- ¿Las señales?

- Sí, desde esa ventana. Se interrumpieron a la mitad. Pasamos acá a ver por qué razón. Pero puesto que está a salvo en sus manos, no veo de qué sirve continuar el asunto.

- ¡Espere un poco! -gritó Gregson, con empeño-. Le he de hacer justicia, señor Holmes; nunca he tenido un caso en que no me sintiera más fuerte por contar con usted a mi lado. Hay sólo una salida de estos pisos, así que le tenemos seguro.

- ¿Quién es él?

- Bueno, bueno, por una vez le llevamos ventaja, señor Holmes. Tiene que reconocernos como mejores esta vez. -Golpeó fuertemente el suelo con el bastón, a lo cual un cochero de punto, látigo en mano, se acercó desde un coche de cuatro ruedas en que estaba al otro lado de la calle-. Este es el señor Leverton, de la Agencia American Pinkerton’s.

- ¿El héroe del misterio de la cueva de Long Island? -dijo Holmes-. Encantado de conocerle.

El americano, un joven tranquilo, con aire práctico, y de cara afilada y bien afeitada, se ruborizó ante esas palabras de elogio.

- Estoy sobre la pista de mi vida, señor Holmes -dijo-. Si puedo encontrar a Gorgiano…

- ¡Cómo! ¿Gorgiano el del Circulo Rojo?

- Ah, ¿tiene fama en Europa, entonces? Bueno, en América lo sabemos todo de él. Sabemos que está en la base de cincuenta asesinatos, y sin embargo no tenemos nada positivo con que cazarle. Voy detrás de él desde Nueva York, y le he seguido de cerca durante una semana en Londres, esperando alguna excusa para echarle la mano al cuello. El señor Gregson y yo le hemos acorralado en esa gran casa de pisos, y hay sólo una puerta, así que no se nos puede escapar. Han salido tres personas desde que entró, pero juraría que no era ninguna de ellas.

- El señor Holmes habla de señales -dijo Gregson-. Espero que, como de costumbre, sepa cosas que nosotros no sabemos.

En pocas palabras, Holmes explicó la situación tal como nos ha aparecido. El americano dio una palmada, consternado.

- ¡Va contra nosotros! -exclamó.

- ¿Por qué lo cree así?

- Bueno, eso parece, ¿no? Ahí está, enviando mensajes a un cómplice; hay en Londres varios de su banda. Luego, de repente, cuando, según lo que cuenta, les decía que había peligro, se interrumpió. ¿Qué podía significar eso sino que desde la ventana había visto que estábamos en la calle, o que había comprendido lo cerca que estaba el peligro, y que debía actuar en seguida para evitarlo? ¿Qué sugiere, señor Holmes?

- Que subamos en seguida y lo veamos con nuestros propios ojos.

- Pero no tenemos orden de detención.

- Está el local desalquilado en circunstancias sospechosas -dijo Gregson-. Eso basta por el momento. Una vez que lo tengamos sujeto ya veremos si Nueva York puede o no ayudarnos a retenerle. Yo asumiré la responsabilidad de detenerle ahora.

Nuestros detectives oficiales pueden fallar en cuestión de inteligencia, pero nunca de valentía. Gregson subió por la escalera para detener a ese asesino desesperado, con el mismo aire absolutamente tranquilo y de negocios con que habría subido la escalera de Scotland Yard. El agente de Pinkerton había tratado de adelantársele de un empujón, pero Gregson le echó atrás firmemente con el codo. Los peligros de Londres son privilegio de la policía de Londres.

En el tercer descansillo, la puerta del piso de la izquierda estaba entreabierta. Gregson la abrió de un empujón. Dentro, todo era silencio y oscuridad. Encendí un fósforo, y prendí la linterna del detective. Cuando el chisporroteo se afirmó en una llama, todos lanzamos un grito de sorpresa. 

En las tablas del suelo sin alfombra se destacaba una reciente traza de sangre. Los pasos ensangrentados apuntaban hacia nosotros, y salían de un cuarto interior, cuya puerta estaba cerrada. Gregson la abrió de una sacudida y sostuvo por delante la luz, mientras todos escudriñábamos ansiosos sobre sus hombros.

En medio del suelo del cuarto vacío apareció la figura de un hombre enorme, con su cara morena y bien afeitada contorsionada de modo grotesco y horrible, y con la cabeza rodeada por un espectral halo carmesí de sangre, tendido en un ancho círculo mojado sobre las blancas tablas. 

Tenía las rodillas enhiestas y las manos extendidas con angustia, y del centro de su ancha garganta morena, levantada hacia arriba, surgía el mango blanco de un cuchillo con toda la hoja metida en su cuerpo. Gigantesco como era, el hombre debía haber caído como un buey en el matadero bajo ese terrible golpe. Junto a su mano derecha, había en el suelo un tremendo puñal de doble filo y mango de cuerno, y al lado, un guante negro de cabritilla.

- ¡Caramba! ¡Es Gorgiano el Negro en persona! -exclamó el detective americano-. Alguien se nos ha adelantado esta vez.

- Ahí está la vela en la ventana, señor Holmes -dijo Gregson-. Pero ¿qué hace?

Holmes había ido al otro lado, había encendido la vela, y la estaba pasando de un lado a otro a través de los cristales de la ventana. Luego atisbó en la oscuridad, apagó la vela de un soplo, y la tiró al suelo.

- Creo más bien que eso será útil -dijo. Se acercó y se quedó profundamente pensativo, mientras los dos profesionales examinaban el cadáver-. Dice usted que tres personas más salieron de la casa mientras usted esperaba abajo -dijo, por fin-. ¿Las observó bien?

- Sí.

- ¿Había un hombre de unos treinta años, de barba negra, moreno, de tamaño mediano?

- Sí, fue el último en pasar delante de mí.

- Ese es su hombre, me parece. Puedo darle su descripción, y tenemos un excelente perfil de su huella. Eso debería bastarle.

- No es mucho, señor Holmes, entre los millones de habitantes de Londres.

- Quizá no. Por eso me pareció lo mejor convocar a esta señora en su ayuda.

Nos volvimos todos ante esas palabras. Allí, enmarcada en el umbral, había una mujer alta y bella: la misteriosa huésped de Bloomsbury. Avanzó lentamente, con la cara pálida y tensa a causa del terrible temor, los ojos fijos, y su mirada aterrorizada clavada en la oscura figura tendida en el suelo.

- ¡Le han matado! -murmuró-. ¡Oh, Dios mío, le han matado!

Entonces oí que tomaba aliento, profundamente, y dio un salto con un grito de alegría. Dando vueltas al cuarto, danzó dando palmadas, con sus ojos oscuros fulgurando en asombro, felicidad, y con mil bonitas exclamaciones italianas en los labios. Era terrible y sorprendente ver a tal mujer tan convulsa de alegría ante semejante espectáculo. De repente se detuvo y nos miró con ojos interrogantes.

- ¡Pero ustedes! ¡Ustedes son de la policía! ¿no es verdad? Ustedes han matado a Guiseppe Gorgiano. ¿No es verdad?

- Somos de la policía, señora.

Miró en torno suyo, a las sombra del cuarto.

- Pero entonces, ¿dónde está Gennaro? -preguntó-. Es mi marido, Gennaro Lucca. Yo soy Emilia Lucca, y somos de Nueva York. ¿Dónde está Gennaro? Me acaba de llamar desde esta ventana y he venido a toda prisa.

- Fui yo quien llamó -dijo Holmes.

- ¡Usted! ¿Cómo pudo?

- Su cifra no era difícil, señora. Su presencia aquí era necesaria. Sabía que sólo tenía que transmitir con la luz VIENI para que usted viniera.

La hermosa italiana miró con respeto a mi compañero.

- No comprendo cómo sabe esas cosas -dijo-. Guiseppe Gorgiano… cómo pudo… -se detuvo; luego, de repente, su cara se iluminó de orgullo y placer-. ¡Ya lo veo! ¡Mi Gennaro! ¡Mi espléndido, mi hermoso Gennaro, que me ha conservado a salvo de todo daño, lo hizo; con su propia mano fuerte mató al monstruo! ¡Ah, Gennaro, qué estupendo eres! ¿Qué mujer puede merecer a tal hombre?

- Bueno, señora Lucca -dijo el prosaico Gregson, poniendo la mano en la manga de la señora con tan poco sentimiento con si ella fuera un chulo de Notting Hill-, todavía no tengo muy claro quién es usted o qué es usted, pero ha dicho bastante como para dejar en claro que la vamos a necesitar en Scotland Yard.

- Un momento, Gregson -dijo Holmes-. Me parece que esta señora puede tener tantos deseos de proporcionarnos información como nosotros de recibirla. ¿Comprende usted, señora, que su marido será detenido y juzgado por la muerte del hombre que tenemos delante? Lo que diga usted puede ser utilizado en el proceso. Pero si usted piensa que ha actuado por motivos que no son criminales, y que él querría que se conocieran, entonces no puede ayudarle mejor que contándonos toda la historia.

- Ahora que Gorgiano ha muerto, no tenemos nada -dijo la señora-. Era un demonio y un monstruo, y no puede haber juez en el mundo que castigue a mi marido por haberle matado.

- En ese caso -dijo Holmes-, sugiero que cerremos esta puerta, que dejemos las cosas como las encontramos, que vayamos con esta señora a sus habitaciones y que formemos nuestra opinión después de oír lo que tenga que decirnos.

Media hora después estábamos sentado los cuatro en el pequeño gabinete de la signora Lucca, oyendo su notable relato sobre esos siniestros acontecimientos, cuyo final habíamos presenciado por casualidad. Hablaba en un inglés rápido y fluido, pero nada convencional, que no intentaremos imitar:

- Nací en Posilipo, cerca de Nápoles -dijo-, hija de Augusto Barelli, que era el abogado más importante, y que en una ocasión fue diputado de esa comarca. Gennaro era empleado de mi padre, y me enamoré de él, como tiene que amarle toda mujer. No tenía dinero ni posición, así que mi padre prohibió el matrimonio. Escapamos juntos, nos casamos en Bari y vendí mis joyas para obtener el dinero con que llegar a América. Eso fue hace cuatro años, y desde entonces hemos estado en Nueva York.

»Al principio, la fortuna fue muy buena con nosotros. Gennaro pudo hacer un favor a un caballero italiano -le salvó de unos rufianes en un sitio llamado la Bowery, haciendo así un amigo poderoso. Se llamaba Tito Castalotti, y era el principal socio de la firma Castalotti y Zamba, que son los mayores importadores de fruta de Nueva York. El señor Zamba está inválido, y nuestro nuevo amigo Castalotti tenía poder en toda la firma, que emplea más de trescientos hombres. Dio empleo a mi marido, le hizo jefe de un departamento y le mostró su buena voluntad en todos los sentidos. El señor Castalotti era soltero, y creo que sentía que Gennaro era como su hijo, y tanto mi marido como yo le queríamos como si fuera nuestro padre. Habíamos tomado y amueblado una casita en Brooklyn, y nuestro porvenir parecía asegurado, cuando apareció una nube negra que pronto iba a cubrir nuestro cielo.

»Una noche, al volver del trabajo, Gennaro trajo a un paisano con él. Se llamaba Gorgiano y también era de Posilipo. Era un hombre enorme, como saben, pues han visto su cadáver. No sólo tenía cuerpo de gigante, sino que todo en él era gigantesco, enorme, aterrador. Su voz era como un trueno en nuestra casita. Apenas había sitio para sus braceos cuando hablaba. Sus pensamientos, sus emociones, sus pasiones, eran todas exageradas y monstruosas. Hablaba, o más bien rugía, con tal emoción que los demás no podían sino quedarse escuchando, acobardados por aquel poderoso torrente de palabras. Era un hombre terrible y extraño. ¡Gracias a Dios que está muerto!

»Volvió una y otra vez. Pero yo me daba cuenta de que Gennaro no estaba más contento que yo con su presencia. Mi pobre marido se quedaba sentado, pálido y nervioso, escuchando su inacabable delirio sobre política y cuestiones sociales. Gennaro no decía nada, pero yo, que le conocía tan bien, pude leer en su rostro una emoción que nunca había visto en él. Al principio creí que era rencor. Y luego, poco a poco, comprendí que era algo más: era miedo, un miedo profundo, secreto, penetrante. Esa noche, que advertí su terror, le abracé y le imploré por su amor y por todo lo que quería que no me ocultara nada, y que me contara por qué ese hombre enorme le abrumaba tanto.

»Él me lo contó, y mi corazón se sintió frío como el hielo al escucharlo. Mi pobre Gennaro, en sus días locos y encendidos, cuando todo el mundo parecía estar contra él y su mente estaba medio desquiciada por las injusticias de la vida, se había unido a una sociedad napolitana, el Círculo Rojo, que estaba en relación con los antiguos Carbonarios. Los juramentos y secretos de esa fraternidad eran terribles; pero una vez bajo su dominio no era posible escapar. Cuando huimos a América, Gennaro creyó que se los había quitado de encima para siempre. ¡Cuál fue su horror una noche al encontrar por la calle al mismo hombre que le había iniciado en Nápoles, el gigante Gorgiano, un hombre que se había ganado el sobrenombre de “Muerte” en el Sur de Italia, pues estaba teñido hasta los codos en crimen! Había llegado a Nueva York para evitar a la policía italiana, y ya había plantado una rama de esa terrible sociedad en su nuevo país. Todo esto me dijo Gennaro, y me enseño una convocatoria que había ese mismo día, con un Círculo Rojo en el encabezamiento, diciéndole que se iba a convocar una reunión en una determinada fecha, y que se ordenaba y requería su presencia.

»Eso ya era bastante malo, pero aún faltaba lo peor. Yo había notado que desde hacía algún tiempo que cuando Gorgiano venía a vernos, según solía, al anochecer, me hablaba mucho a mí; y aun cuando sus palabras fueran para mi marido, esos terribles ojos, bestiales y fulgurantes, siempre se dirigían a mí. Una noche reveló su secreto. Yo había despertado en él lo que llamaba “amor”; el amor de un bruto, de un salvaje. Cuando Gennaro no había vuelto todavía, él llegó. Se abrió paso a empujones, me agarró con sus poderosos brazos, me abrazó con su abrazo de oso, me cubrió de besos y me imploró que me escapara con él. Yo estaba luchando y chillando cuando entró Gennaro y le atacó. Él dejó sin sentido a Gennaro de un golpe y huyó de la casa, donde nunca más entraría. Esa noche hicimos un enemigo mortal.

»Pocos días después tuvo lugar la reunión. Gennaro volvió de ella con una cara tan sombría que comprendí que había ocurrido algo terrible. Era peor de lo que yo podía haber imaginado. Los fondos de la sociedad se recaudaban por medio de chantaje a italianos ricos a los que se amenazaba cuando rehusaban pagar. Parece que habían abordado a Castalotti, nuestro querido amigo y protector. Él se había negado a ceder a las amenazas, y había entregado los avisos a la policía. En la reunión se acordó que él y su casa debían ser volados con dinamita. Echaron a suertes quién había de realizarlo. Gennaro vio la cruel cara de nuestro enemigo sonriéndole cuando metió la mano en la bolsa. Sin duda lo habían arreglado previamente de algún modo, pues fue el fatal disco, con el Círculo Rojo, lo que sacó en la mano. Tenía que matar a su mejor amigo o exponerse él mismo y a mí a la venganza de sus camaradas. Era parte de su demoníaco sistema castigar a quienes temían u odiaban dañando no sólo a sus personas, sino a sus seres queridos, y el saberlo era lo que pendía con terror sobre la cabeza de mi pobre Gennaro y lo que casi le enloquecía de temor. Toda esa noche velamos juntos, abrazados, fortaleciéndonos mutuamente para las dificultades que teníamos por delante. La noche siguiente era la fijada para el intento. A mediodía, mi marido y yo estábamos de camino para Londres, pero no sin antes avisar a nuestro bienhechor del peligro, y dejar también a la policía la información que protegiera su vida en el futuro.

»Lo demás, caballeros, ya lo saben por ustedes mismos. Estábamos seguros de que nuestros enemigos nos seguirían como nuestras sombras. Gorgiano tenía sus razones particulares para vengarse, pero además sabíamos lo inexorable, astuto e incansable que podía ser. Italia y América estaban llenas de historias de su temible poder. Ahora sería cuando se ejerciera del todo. Mi marido empleó los pocos días sin peligro que habíamos conseguido con nuestra fuga en buscarme un refugio para poder estar a cubierto de cualquier riesgo. Por su parte, él deseaba estar libre para poder comunicar con la policía americana y la italiana. Yo misma no sé dónde vivía, ni cómo. Lo único que sabía era por los anuncios de un periódico. Pero una vez, mirando por la ventana, vi dos italianos observando la casa, y comprendí que Gorgiano había encontrado de algún modo nuestro refugio. Finalmente, Gennaro me dijo, por el periódico, que me haría señales desde una ventana, pero cuando llegaron, las señales no fueron más que alertas, que se interrumpieron de pronto. Ahora veo claro que él sabía que Gorgiano le seguía de cerca, y ¡gracias a Dios! estaba preparado para cuando llegara. Y ahora, caballeros, les preguntaría si tenemos algo que temer de la justicia, o si algún juez en el mundo condenaría a mi Gennaro por lo que ha hecho.

- Bueno, señor Gregson -dijo el americano, mirando al inspector-, no sé cuál será su punto de vista británico, pero supongo que en Nueva York el marido de esta señora recibiría una muestra de agradecimiento casi general.

- Tendrá que venir conmigo a ver al jefe -respondió Gregson-. Si se confirma lo que dice, creo que ni ella ni su marido tienen mucho que temer. Pero lo que no puedo entender en absoluto, señor Holmes, es cómo demonios se ha mezclado usted también en el asunto.

- Por la educación, Gregson, por la educación. Sigo buscando conocimientos en la vieja universidad. Bueno, Watson, ya tiene otra muestra más de lo trágico y lo grotesco que añadir a su colección. Por cierto, ¿no son las ocho, y es una noche de Wagner en Covent Garden? Si nos damos prisa, podemos llegar a tiempo para el segundo acto.