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El círculo rojo - Arthur Conan Doyle

- Bueno, señora Warren, no veo que tenga ningún motivo especial para estar intranquila, ni comprendo por qué yo, puesto que mí tiempo tiene cierto valor, debería intervenir en el asunto. La verdad es que tengo otras cosas en que ocuparme. -Así dijo Sherlock Holmes, y volvió al gran libro de apuntes en que ordenaba y clasificaba algún material reciente.

Pero la patrona era tan pertinaz y astuta como puede serlo una mujer. Mantuvo firmemente sus posiciones.

- Usted arregló un asunto de un huésped mío el año pasado -dijo-, el señor Fairdale Hobbs.

- Ah, sí; un asunto muy sencillo.

- Pero él no hace más que hablar de eso, de su amabilidad, señor Holmes, y del modo en que hizo luz en las tinieblas. Recordé sus palabras cuando yo misma me encontré entre brumas y dudas. Sé que usted podría si quisiera.

Holmes era accesible por el lado de la lisonja y también, para hacerle justicia, por el lado de la benevolencia. Las dos fuerzas le hicieron dejar el pincel de la goma con un suspiro de resignación y echar atrás su asiento.

- Bueno, bueno, señora Warren, hablemos sobre eso, entonces. No le molesta el tabaco, me parece. Gracias, Watson, ¡los fósforos! Está usted inquieta, según entiendo, porque su nuevo huésped permanece en sus habitaciones y usted no le puede ver. Bueno, señora Warren, si yo fuera su huésped muchas veces no me vería durante varias semanas.

- No lo dudo, señor Holmes, pero esto es diferente. Me da pánico; no puedo dormir de miedo. Oír sus rápidos pasos, moviéndose de acá para allá desde la madrugada hasta altas horas de la noche, y sin embargo no ver ni un atisbo de él…, es más de lo que puedo soportar. Mi marido está tan nervioso con eso como yo, pero él pasa fuera todo el día en su trabajo, mientras que yo no tengo descanso, ¿Por qué se esconde? ¿Qué ha hecho? Salvo por la chica, estoy sola en casa todo el día con él, y es algo que mis nervios no pueden aguantar.

Holmes se inclinó hacia delante y puso sus largos y flacos dedos en el hombro de la mujer. Tenía un poder tranquilizador casi hipnótico cuando lo deseaba. El susto se desvaneció de los ojos de ella, y sus agitados rasgos volvieron a su habitual estado. Se sentó en la silla que él le indicaba.

- Si lo tomo, debo conocer todos sus detalles -dijo él-. Tómese tiempo para considerarlo. El punto más pequeño puede ser esencial. ¿Dice usted que el hombre llegó hace diez días, y le pagó una quincena de pensión y alimentación?

- Preguntó mis condiciones, señor Holmes. Dije que cincuenta chelines por semana. Hay un pequeño gabinete y una alcoba, todo completo, en lo más alto de la casa.

- ¿Y bien?

- Dijo: «Le pagaré cinco libras por semana si lo puedo tener en mis propios términos.» Yo soy pobre, señor Holmes, y mi marido gana poco, y el dinero es muy importante para mí. Sacó un billete de diez libras, y lo extendió hacia allí mismo. «Puede recibir lo mismo cada quincena durante mucho tiempo si cumple mis condiciones», dijo. «Si no, no tendré que ver más con usted.»

- ¿Cuáles eran las condiciones?

- Pues bien, señor Holmes, que tenía que tener una llave de la casa. Eso estaba muy bien. Los huéspedes muchas veces la tiene. También, que había que dejarle completamente solo, sin molestarle nunca, bajo ninguna excusa.

- Nada extraño en eso, ¿verdad?

- De un modo razonable, no, señor. Pero esto está fuera de toda razón. Lleva allí diez días y ni mi marido, ni yo, ni la chica le hemos puesto los ojos encima una sola vez. Podemos oír sus rápidos pasos dando vueltas de un lado para otro, por la noche, de madrugada, a mediodía; pero, salvo esa primera noche, nunca ha salido de la casa ni una vez.

- Ah, salió la primer anoche, ¿no?

- Sí, señor, y volvió muy tarde…, cuando ya todos estábamos en la cama. Me dijo, después de tomar las habitaciones, que lo haría así, y me pidió que no pusiera la barra en la puerta. Le oí subir las escaleras pasada la medianoche.

- Pero ¿y sus comidas?

- Dio instrucciones especiales de que siempre, cuando llamara, debíamos dejar su comida en una silla, fuera de la habitación. Luego vuelve a llamar cuando ha terminado, y la cogemos de la misma silla. Si quiere alguna cosa, lo pone en letras de molde en un papel y lo deja.

- ¿En letras de molde?

- Sí, señor; en letras de molde a lápiz. Sólo la palabra; nada más. Aquí tiene uno que le he traído: JABÓN. Aquí hay otro: FÓSFORO. Este es el que dejó esta mañana: DAILY GAZETTE. Le dejo ese periódico con el desayuno todas las mañanas.

- Caramba, Watson -dijo Holmes, mirando con gran curiosidad las tiras de papel de barba que le había entregado la patrona-: esto sí que es un poco raro. El encierro lo puedo entender, pero ¿por qué en letras de molde? Es un procedimiento un poco complicado. ¿Por qué no escribir normalmente? ¿Qué sugeriría, Watson?

- Que deseara ocultar su letra.

- Pero ¿por qué? ¿Qué puede importarle que su patrona tuviera una palabra en su letra? Sin embargo, quizá sea lo que dice usted. Pero entonces, ¿por qué unos mensajes tan lacónicos?

- No me lo puedo imaginar.

- Esto abre un placentero campo a la especulación inteligente. Las palabras están escritas con un lápiz de clase nada rara, de punta ancha y color violeta. Observará que el papel está roto aquí, por el lado, después de escribir, de modo que parte de la J de Jabón se ha perdido. Sugerente, Watson, ¿verdad?

- Denota precaución.

- Exactamente. Está claro que había alguna señal, alguna marca del pulgar, algo que pudiera dar una clave sobre la identidad de la persona. Bueno, señora Warren, dice usted que el hombre era de tamaño mediano, moreno y barbudo. ¿Qué edad tendría?

- Joven, señor; no más de treinta años.

- Bueno, ¿no me puede dar más indicaciones?

- Hablaba un buen inglés, y sin embargo pensé que era extranjero por su acento.

- ¿Iba bien vestido?

- Muy elegantemente vestido…, un caballero. Ropa oscura, nada que llamara la atención.

- ¿No dio nombre?

- No, señor.

- ¿Y no ha tenido cartas o visitantes?

- Nada.

- Pero sin duda, usted o la chica entran en su cuarto por la mañana.

- No, señor; él cuida de sí mismo.

- ¡Vaya!, eso sí que es notable. ¿Y su equipaje?

- Llevaba una sola maleta, grande, oscura… nada más.

- Bueno, no veo que tengamos mucho material que nos sirva. ¿Dice usted que nada ha salido de ese cuarto…, absolutamente nada?

La patrona sacó un envoltorio de su bolso; de él, sacudió dos fósforos quemados y una colilla de cigarrillo, y los hizo caer en la mesa.

- Estaban en su bandeja esta mañana. Los traje porque había oído que usted sabe leer grandes cosas en cosas pequeñas.

- Aquí no hay nada -dijo-. Los fósforos, desde luego, se han usado para encender cigarrillos. Eso se ve en lo corto del lado quemado. Encendiendo una pipa o un cigarro se consume la mitad. Pero ¡caramba!, esta colilla es verdaderamente notable. ¿Dice usted que el caballero tenía barba y bigote?

- Sí, señor.

- No lo entiendo. Yo diría que sólo un hombre afeitado del todo podía haber fumado esto. Bueno, Watson, incluso su modesto bigote habría sufrido quemaduras.

- ¿Una boquilla? -sugerí.

- No, no; el extremo está aplastado. Supongo que no podría haber dos personas en sus habitaciones, señora Warren.

- No, señor. Come tan poco, que muchas veces me extraña que pueda conservar la vida de una sola persona.

- Bueno, creo que debemos esperar a tener un poco más de material. Después de todo, usted no tiene de que quejarse. Ha recibido su renta, y no es un huésped molesto, aunque ciertamente es raro. Paga bien, y si decide vivir oculto, no es asunto que le incumba directamente a usted. No tenemos excusa para invadir su vida privada mientras no tengamos razones para pensar que hay un motivo culpable. Yo acepto el asunto y no lo perderé de vista. Infórmeme si ocurre algo nuevo, y confíe en mi asistencia si hace falta.

- Ciertamente hay algunos puntos de interés en este caso, Watson -observó, cuando se marchó la patrona-. Claro que quizá sea trivial, una excentricidad individual; o quizá sea mucho más profundo de lo que parece a primera vista. Lo primero que se le ocurre a uno es la posibilidad obvia de que la persona que está ahora en las habitaciones sea diferente de la que las tomó.

- ¿Por qué piensa eso?

- Bueno, aparte de esta colilla, ¿no resulta curioso que la única vez que salió el huésped fuera inmediatamente después de tomar las habitaciones? Volvió -o alguien volvió- cuando todos los testigos estaban alejados. No tenemos pruebas de que la persona que volvió fuera la que salió. Luego, además, el hombre que tomó las habitaciones hablaba bien el inglés. Este otro, en cambio, escribe «fósforo» cuando debía ser «fósforos». Puedo imaginar que sacó la palabra de un diccionario, que da el sustantivo, pero no el plural, el estilo lacónico puede ser para ocultar la falta de conocimiento del inglés. Sí, Watson, hay buenas razones para sospechar que ha habido una sustitución de huéspedes.

- Pero ¿con que posible fin?

- ¡Ah!, ahí está nuestro problema. Hay una sola línea evidente de investigación.         

-Bajó el gran libro en que, día tras día, ordenaba los anuncios personales de los diversos diarios de Londres-. ¡Válgame Dios! -dijo, pasando las hojas-, ¡qué coro de gemidos, gritos y balidos! ¡Qué mezcla de sucesos extraños! Pero sin duda es el terreno de caza más valioso que le ha sido dado nunca a un estudioso de lo insólito. Esta persona está sola, y no se la puede abordar por carta sin romper el absoluto secreto que se desea. ¿Cómo le va a llegar de fuera una noticia o un mensaje? Obviamente, por un anuncio en un periódico. No parece haber otro camino, y por suerte sólo tenemos que ocuparnos de un periódico. Aquí están los recortes de la Daily Gazette de la última quincena: «Señora con boa negro en el club de Patinaje Prince’s», eso lo podemos pasar. «Sin duda Jimmy no le partirá el corazón a su madre»; esto parece que no viene a cuento. «Si la señora que se desmayó en el autobús de Brixton…»…no me interesa. «Todos los días mi corazón anhela…» Un balido, Watson, un balido sin disimulo. ¡Ah! esto es un poco más probable: «Ten paciencia. Encontraré algún medio de comunicación. Mientras, esta columna. G.» Esto es dos días después de que llegara el huésped de la señora Warren. Parece plausible, ¿no? El misterioso ser podría entender inglés aunque no pudiera escribirlo. Vamos a ver si encontramos otra vez el rastro. Sí, aquí estamos, tres días después. «Hago arreglos con éxito. Paciencia y prudencia. Pasará la nube. G.» Nada en una semana después de esto. Luego viene algo mucho más claro: «El camino se despeja. Si encuentro oportunidad de mensaje por señales recuerda código convenido; uno A, dos B, etcétera. Pronto sabrás. G.» Eso estaba en el periódico de ayer, y no hay nada en el de hoy. Todo esto concuerda bastante con el huésped de la señora Warren. Si esperamos un poco, Watson, no dudo que el asunto se hará más comprensible.

Y así resultó: pues por la mañana encontré a mi amigo de pie, ante la chimenea, de espaldas al fuego y con una sonrisa de completa satisfacción en la cara.

- ¿Qué tal esto, Watson? -exclamó, tomando el periódico de la mesa-. «Casa alta roja con molduras de piedra blanca. Tercer piso. Segunda ventana a la izquierda. Después del oscurecer. G.» Eso está bastante claro. Creo que después de desayunar debemos hacer una pequeña exploración del barrio de la señora Warren. Ah, señora Warren, ¿qué noticias nos trae esta mañana?

Nuestra cliente había irrumpido en el cuarto con una energía explosiva, que prometía algún acontecimiento nuevo e importante.

- ¡Es cosa para la policía, señor Holmes! -exclamó-. ¡No quiero saber nada más de esto! Que se marche con su equipaje. Iba a subir a decírselo sin más, sólo que pensé que era mejor pedir primero su opinión. Pero mi paciencia ha llegado a su límite, y cuando se llega a golpear al marido de una…

- ¿Golpear al señor Warren?

- En todo caso, tratarle mal.

- Pero ¿quién le ha tratado mal?

- ¡Ah! ¡Eso es lo que queremos saber! Fue esta mañana, señor Holmes. Mi marido es cronometrador en Morton y Waylight’s, en Tottenham Court Road. Tiene que salir de casa antes de las siete. Pues bien, esta mañana, no había dado diez pasos en la calle cuando dos hombres le fueron por detrás, le echaron un abrigo por la cabeza y le metieron en un coche de punto que estaba junto a la acera. Le llevaron una hora en el coche, y luego abrieron la puerta y le arrojaron fuera. Se quedó en la calzada tan trastornado que no vio qué se hacía del coche. Cuando pudo dominarse, se dio cuenta de que estaba en Hampstead Heath; así que tomó un ómnibus hasta casa, y ahí está, tumbado en el sofá, mientras yo venía en seguida a contarle lo que ha pasado.

- Muy interesante -dijo Holmes-. ¿Observó el aspecto de esos hombres?, ¿les oyó hablar?

- No, está aturdido. Sólo sabe que le arrebataron como por arte de magia y le dejaron caer del mismo modo. Había por lo menos dos en el asunto, o quizá tres.

- ¿Y usted relaciona este ataque con su huésped?

- Bueno, llevamos viviendo ahí quince años y nunca nos ha pasado tal cosa. Ya estoy harta de él. El dinero no lo es todo. Le haré salir de mi casa antes que termine el día.

- Espere un poco, señora Warren. No se precipite. Empiezo a creer que este asunto puede ser mucho más importante de lo que parecía a simple vista. Ahora está claro que algún peligro amenaza a su huésped. Está igualmente claro que sus enemigos, acechando en su espera junto a su puerta, le confundieron con su marido en la luz neblinosa de la mañana. Al descubrir su error, le soltaron. Qué habrían hecho si no hubiera sido un error, sólo podemos hacer conjeturas.

- ¿Qué tengo que hacer, señor Holmes?

- Tengo muchas ganas de ver a ese huésped suyo, señora Warren.

- No veo cómo pueda conseguirlo, a no ser que eche abajo la puerta. Siempre le oigo quitar la llave mientras bajo la escalera después de dejar la bandeja.

- Tiene que meter la bandeja. Sin duda podríamos ocultarnos y verle actuar.

- Bueno, señor, enfrente está el cuarto de los baúles. Podría poner un espejo, quizá, y si usted estuviera detrás de la puerta…

- ¡Excelente! -dijo Holmes-. ¿A qué hora almuerza?

- Hacia la una, señor Holmes.

- Entonces, el doctor Watson y yo nos daremos una vuelta. Por el momento, señora Warren, adiós.

A las doce y media estábamos en la entrada de la casa de la señora Warren, un edificio alto, estrecho, de ladrillo amarillo, en Great Orme Street, estrecho pasadizo al nordeste del British Museum. Como queda cerca de la esquina de la calle, domina Howe Street, con sus casas más pretenciosas. Holmes señaló con una risita una de ellas, una serie de pisos residenciales, que se destacaba tanto que no podía menos de llamar la atención.

- ¡Vea, Watson! -dijo-. «Casa alta, roja, con molduras de piedra.» Esa es la estación de señales, sin duda. Conocemos el lugar y conocemos el código; nuestra tarea debería ser simple. Hay en esa ventana un rótulo de «Se Alquila». Evidentemente es un piso vacío al que tiene acceso el cómplice. Bueno, señora Warren, ¿qué más?

- Se lo tengo todo preparado. Si suben y dejan las botas en el descansillo, les llevaré allí en seguida.

Era un escondite excelente el que había arreglado. El espejo estaba puesto de tal modo que, sentados en la oscuridad, podíamos ver claramente la puerta de enfrente. Apenas nos habíamos instalado allí, y se había marchado la señora Warren cuando un claro campanilleo nos hizo saber que llamaba nuestro misterioso vecino. 

Al fin apareció la patrona con la bandeja, la dejó en una silla junto a la puerta cerrada, y luego, pisando pesadamente, se marchó. Acurrucados en el ángulo de la puerta, manteníamos los ojos fijos en el espejo. De repente, mientras dejaban de oírse los pasos de la patrona, hubo un rechinar de la llave, giró el pistillo, y dos manos delgadas salieron disparadas y levantaron la bandeja de la silla. 

Un momento después la volvían a poner, y vi un atisbo de una cara morena, hermosa, horrorizada, que miraba fijamente a la estrecha apertura del cuarto de los baúles. Luego, la puerta se cerró de golpe, la llave volvió a girar, y todo fue silencio. Holmes me tiró de la manga y nos deslizamos juntos escaleras abajo.

- Volveré a verla esta noche -dijo a la expectante patrona-. Creo, Watson, que podremos discutir mejor este asunto en nuestra propia residencia.

- Mi sospecha, como ha visto, ha resultado ser correcta -dijo él luego, hablando desde las profundidades de su butaca-. Ha habido una sustitución de huéspedes. Lo que no preví es que encontráramos una mujer, y una mujer nada corriente, Watson.

- Ella nos vio.

- Bueno, vio algo que la alarmó. Eso es seguro. La sucesión general de acontecimientos está bastante clara, ¿verdad? Una pareja busca en Londres refugio contra un peligro terrible y muy apremiante. La medida de ese peligro es el rigor de sus precauciones. El hombre, que tiene algún trabajo que hacer, desea dejar a la mujer en absoluta seguridad mientras lo hace. No es un problema fácil, pero lo ha resuelto de modo original, y tan eficazmente que la presencia de ella no era conocida ni por la patrona que le da su alimento. Los mensajes en letras de molde está claro que eran para evitar que su letra revelara su sexo. El hombre no puede acercarse a la mujer, pues guiaría a sus enemigos hacia ella. Como no puede comunicarse con ella directamente, recurre a los anuncios personales de un periódico. Hasta ahí, todo está claro.

- Pero ¿qué hay en la base de todo?

- Ah, sí, Watson: ¡severamente práctico, como de costumbre! ¿Qué hay en la base de todo? El caprichoso problema de la señora Warren se ensancha un poco y toma un aspecto más siniestro conforme avanzamos. Esto sí que lo puedo asegurar: no es una escapada amorosa corriente. Ya vio la cara de la mujer ante las señales de peligro. Hemos sabido también del ataque contra el patrón, que sin duda iba contra el huésped. Estas alarmas, y la desesperada necesidad de secreto, indican que el asunto es de vida o muerte. El ataque contra el señor Warren hace pensar además que el enemigo, quienquiera que sea, no se ha dado cuenta de la sustitución del huésped masculino por el femenino. Es muy curioso y complejo, Watson.

- ¿Por qué se va a meter más en ello? ¿Qué puede sacar de eso?

- ¿Por qué, en efecto? Es el Arte por el Arte, Watson. Supongo que cuando usted se doctoró se encontró estudiando casos sin pensar en los honorarios, ¿no?

- Para mi educación, Holmes.

- La educación no se termina nunca, Watson. Es una serie de lecciones, de las cuales las más instructivas son las últimas. Este es un caso instructivo. No hay en él dinero ni prestigio, y sin embargo, a uno le gustaría ponerlo en claro. Cuando anochezca nos deberíamos hallar en una etapa más avanzada de nuestra investigación.

Cuando volvimos a casa de la señora Warren, la oscuridad de un anochecer invernal de Londres se había espesado en una cortina gris, en una muerta monotonía de color, rota sólo por los nítidos cuadrados amarillos de las ventanas y los halos borrosos de los faroles de gas. Atisbando desde el salón oscurecido de la pensión, otra pálida luz brilló, alta, en la oscuridad.

- Alguien se mueve en ese cuarto -dijo Holmes, en un susurro, con su cara macilenta y ansiosa tendida hacia el cristal-. Sí, veo su sombra. ¡Ahí está otra vez! Tiene una vela en la mano. Ahora escudriña al otro lado. Quiere estar seguro de que ella está alerta. Ahora empieza a destellar. Tome el mensaje usted también, Watson, que lo confrontaremos uno con otro. Un único destello, eso es A, sin duda. Bueno, ahora. ¿Cuántos ha contado? Veinte. Yo también. Seguro que ése es el comienzo de otra palabra. Ahora -TENTA. Se acabó. ¿Puede ser eso todo, Watson? ATTENTA no tiene sentido. Ni vale en tres palabras: AT-TEN-TA. ¡Ahí va otra vez! ¿Qué es eso? ATTE… vaya, el mismo mensaje otra vez. ¡Curioso, Watson, muy curioso! Ahora empieza otra vez: AT… vaya, lo repite por tercera vez. ¡ATTENTA tres veces! ¿Cuántas veces lo va a repetir? No, parece que sea el final. Se ha retirado de la ventana. ¿Qué piensa de eso, Watson?

- Un mensaje en cifra, Holmes.

Mi compañero lanzó una súbita risa de comprensión.

- Y no es una cifra muy difícil, Watson -dijo-. ¡Vaya, claro, es italiano! El mensaje va dirigido a una mujer ¡Atenta! ¡Ten cuidado! ¿Qué tal, Watson?

- Creo que ha acertado.

- Sin duda. Es un mensaje muy urgente, repetido tres veces para hacerlo aún más apremiante; ¿atenta a qué? Espere un poco; otra vez vuelve a la ventana.

Al renovarse las señales, vimos otra vez la vaga silueta de un hombre acurrucado y el fulgor de la pequeña llama por la ventana. Eran más frecuentes que antes; tanto que era difícil seguirlas.

- PERICOLO. ¿Eh, qué es eso, Watson? Peligro, ¿verdad? Sí, es una señal de peligro. Ahí va otra vez. Hola, qué demonios pasa…

La luz se había extinguido de repente, había desaparecido el cuadrado luminoso de la ventana, y el tercer piso formaba una banda oscura en torno al alto edificio, con sus filas de ventanas brillantes. El último grito de aviso había quedado cortado de pronto. ¿Cómo, y por quién? En el mismo instante se nos ocurrió la misma idea. Holmes se levantó de un salto del lugar donde estaba acurrucado, junto a la ventana.

- Esto es serio, Watson -exclamó-. Hay algo diabólico en marcha. ¿Por qué iba a detenerse tal mensaje a medio camino? Yo pondría a Scotland Yard en contacto con este asunto… pero es demasiado apremiante para que nos marchemos.

- ¿Voy a llamar a la policía?

- Tenemos que definir la situación de un modo un poco más claro. A lo mejor admite alguna interpretación más inocente. Vamos, Watson, crucemos nosotros mismos al otro lado a ver qué sacamos de ello.

Caminando rápidamente por Howe Street me volví para mirar el edificio que habíamos dejado. Allí, vagamente perfilada en la ventana más alta, vi la sombra de una cabeza, una cabeza de mujer, mirando tensamente, con rigidez, a la noche, esperando en suspenso, casi sin aliento, la continuación de ese mensaje interrumpido. En la puerta de los pisos de Howe Street, un hombre, embozado en un plastrón y un gabán, estaba apoyado en la verja. Se sobresaltó cuando la luz del vestíbulo nos dio en la cara.

- ¡Holmes! -gritó.

- ¡Vaya, Gregson! -dijo mi compañero, dando la mano al detective de Scotland Yard-. Fin del viaje con encuentro de enamorados. ¿Qué le trae por aquí?

- Lo mismo que a usted, espero -dijo Gregson-. ¿Cómo ha llegado usted a esto?, no puedo imaginarlo.

- Diferentes hilos, pero que llevan al mismo enredo. He estado recibiendo las señales.

- ¿Las señales?

- Sí, desde esa ventana. Se interrumpieron a la mitad. Pasamos acá a ver por qué razón. Pero puesto que está a salvo en sus manos, no veo de qué sirve continuar el asunto.

- ¡Espere un poco! -gritó Gregson, con empeño-. Le he de hacer justicia, señor Holmes; nunca he tenido un caso en que no me sintiera más fuerte por contar con usted a mi lado. Hay sólo una salida de estos pisos, así que le tenemos seguro.

- ¿Quién es él?

- Bueno, bueno, por una vez le llevamos ventaja, señor Holmes. Tiene que reconocernos como mejores esta vez. -Golpeó fuertemente el suelo con el bastón, a lo cual un cochero de punto, látigo en mano, se acercó desde un coche de cuatro ruedas en que estaba al otro lado de la calle-. Este es el señor Leverton, de la Agencia American Pinkerton’s.

- ¿El héroe del misterio de la cueva de Long Island? -dijo Holmes-. Encantado de conocerle.

El americano, un joven tranquilo, con aire práctico, y de cara afilada y bien afeitada, se ruborizó ante esas palabras de elogio.

- Estoy sobre la pista de mi vida, señor Holmes -dijo-. Si puedo encontrar a Gorgiano…

- ¡Cómo! ¿Gorgiano el del Circulo Rojo?

- Ah, ¿tiene fama en Europa, entonces? Bueno, en América lo sabemos todo de él. Sabemos que está en la base de cincuenta asesinatos, y sin embargo no tenemos nada positivo con que cazarle. Voy detrás de él desde Nueva York, y le he seguido de cerca durante una semana en Londres, esperando alguna excusa para echarle la mano al cuello. El señor Gregson y yo le hemos acorralado en esa gran casa de pisos, y hay sólo una puerta, así que no se nos puede escapar. Han salido tres personas desde que entró, pero juraría que no era ninguna de ellas.

- El señor Holmes habla de señales -dijo Gregson-. Espero que, como de costumbre, sepa cosas que nosotros no sabemos.

En pocas palabras, Holmes explicó la situación tal como nos ha aparecido. El americano dio una palmada, consternado.

- ¡Va contra nosotros! -exclamó.

- ¿Por qué lo cree así?

- Bueno, eso parece, ¿no? Ahí está, enviando mensajes a un cómplice; hay en Londres varios de su banda. Luego, de repente, cuando, según lo que cuenta, les decía que había peligro, se interrumpió. ¿Qué podía significar eso sino que desde la ventana había visto que estábamos en la calle, o que había comprendido lo cerca que estaba el peligro, y que debía actuar en seguida para evitarlo? ¿Qué sugiere, señor Holmes?

- Que subamos en seguida y lo veamos con nuestros propios ojos.

- Pero no tenemos orden de detención.

- Está el local desalquilado en circunstancias sospechosas -dijo Gregson-. Eso basta por el momento. Una vez que lo tengamos sujeto ya veremos si Nueva York puede o no ayudarnos a retenerle. Yo asumiré la responsabilidad de detenerle ahora.

Nuestros detectives oficiales pueden fallar en cuestión de inteligencia, pero nunca de valentía. Gregson subió por la escalera para detener a ese asesino desesperado, con el mismo aire absolutamente tranquilo y de negocios con que habría subido la escalera de Scotland Yard. El agente de Pinkerton había tratado de adelantársele de un empujón, pero Gregson le echó atrás firmemente con el codo. Los peligros de Londres son privilegio de la policía de Londres.

En el tercer descansillo, la puerta del piso de la izquierda estaba entreabierta. Gregson la abrió de un empujón. Dentro, todo era silencio y oscuridad. Encendí un fósforo, y prendí la linterna del detective. Cuando el chisporroteo se afirmó en una llama, todos lanzamos un grito de sorpresa. 

En las tablas del suelo sin alfombra se destacaba una reciente traza de sangre. Los pasos ensangrentados apuntaban hacia nosotros, y salían de un cuarto interior, cuya puerta estaba cerrada. Gregson la abrió de una sacudida y sostuvo por delante la luz, mientras todos escudriñábamos ansiosos sobre sus hombros.

En medio del suelo del cuarto vacío apareció la figura de un hombre enorme, con su cara morena y bien afeitada contorsionada de modo grotesco y horrible, y con la cabeza rodeada por un espectral halo carmesí de sangre, tendido en un ancho círculo mojado sobre las blancas tablas. 

Tenía las rodillas enhiestas y las manos extendidas con angustia, y del centro de su ancha garganta morena, levantada hacia arriba, surgía el mango blanco de un cuchillo con toda la hoja metida en su cuerpo. Gigantesco como era, el hombre debía haber caído como un buey en el matadero bajo ese terrible golpe. Junto a su mano derecha, había en el suelo un tremendo puñal de doble filo y mango de cuerno, y al lado, un guante negro de cabritilla.

- ¡Caramba! ¡Es Gorgiano el Negro en persona! -exclamó el detective americano-. Alguien se nos ha adelantado esta vez.

- Ahí está la vela en la ventana, señor Holmes -dijo Gregson-. Pero ¿qué hace?

Holmes había ido al otro lado, había encendido la vela, y la estaba pasando de un lado a otro a través de los cristales de la ventana. Luego atisbó en la oscuridad, apagó la vela de un soplo, y la tiró al suelo.

- Creo más bien que eso será útil -dijo. Se acercó y se quedó profundamente pensativo, mientras los dos profesionales examinaban el cadáver-. Dice usted que tres personas más salieron de la casa mientras usted esperaba abajo -dijo, por fin-. ¿Las observó bien?

- Sí.

- ¿Había un hombre de unos treinta años, de barba negra, moreno, de tamaño mediano?

- Sí, fue el último en pasar delante de mí.

- Ese es su hombre, me parece. Puedo darle su descripción, y tenemos un excelente perfil de su huella. Eso debería bastarle.

- No es mucho, señor Holmes, entre los millones de habitantes de Londres.

- Quizá no. Por eso me pareció lo mejor convocar a esta señora en su ayuda.

Nos volvimos todos ante esas palabras. Allí, enmarcada en el umbral, había una mujer alta y bella: la misteriosa huésped de Bloomsbury. Avanzó lentamente, con la cara pálida y tensa a causa del terrible temor, los ojos fijos, y su mirada aterrorizada clavada en la oscura figura tendida en el suelo.

- ¡Le han matado! -murmuró-. ¡Oh, Dios mío, le han matado!

Entonces oí que tomaba aliento, profundamente, y dio un salto con un grito de alegría. Dando vueltas al cuarto, danzó dando palmadas, con sus ojos oscuros fulgurando en asombro, felicidad, y con mil bonitas exclamaciones italianas en los labios. Era terrible y sorprendente ver a tal mujer tan convulsa de alegría ante semejante espectáculo. De repente se detuvo y nos miró con ojos interrogantes.

- ¡Pero ustedes! ¡Ustedes son de la policía! ¿no es verdad? Ustedes han matado a Guiseppe Gorgiano. ¿No es verdad?

- Somos de la policía, señora.

Miró en torno suyo, a las sombra del cuarto.

- Pero entonces, ¿dónde está Gennaro? -preguntó-. Es mi marido, Gennaro Lucca. Yo soy Emilia Lucca, y somos de Nueva York. ¿Dónde está Gennaro? Me acaba de llamar desde esta ventana y he venido a toda prisa.

- Fui yo quien llamó -dijo Holmes.

- ¡Usted! ¿Cómo pudo?

- Su cifra no era difícil, señora. Su presencia aquí era necesaria. Sabía que sólo tenía que transmitir con la luz VIENI para que usted viniera.

La hermosa italiana miró con respeto a mi compañero.

- No comprendo cómo sabe esas cosas -dijo-. Guiseppe Gorgiano… cómo pudo… -se detuvo; luego, de repente, su cara se iluminó de orgullo y placer-. ¡Ya lo veo! ¡Mi Gennaro! ¡Mi espléndido, mi hermoso Gennaro, que me ha conservado a salvo de todo daño, lo hizo; con su propia mano fuerte mató al monstruo! ¡Ah, Gennaro, qué estupendo eres! ¿Qué mujer puede merecer a tal hombre?

- Bueno, señora Lucca -dijo el prosaico Gregson, poniendo la mano en la manga de la señora con tan poco sentimiento con si ella fuera un chulo de Notting Hill-, todavía no tengo muy claro quién es usted o qué es usted, pero ha dicho bastante como para dejar en claro que la vamos a necesitar en Scotland Yard.

- Un momento, Gregson -dijo Holmes-. Me parece que esta señora puede tener tantos deseos de proporcionarnos información como nosotros de recibirla. ¿Comprende usted, señora, que su marido será detenido y juzgado por la muerte del hombre que tenemos delante? Lo que diga usted puede ser utilizado en el proceso. Pero si usted piensa que ha actuado por motivos que no son criminales, y que él querría que se conocieran, entonces no puede ayudarle mejor que contándonos toda la historia.

- Ahora que Gorgiano ha muerto, no tenemos nada -dijo la señora-. Era un demonio y un monstruo, y no puede haber juez en el mundo que castigue a mi marido por haberle matado.

- En ese caso -dijo Holmes-, sugiero que cerremos esta puerta, que dejemos las cosas como las encontramos, que vayamos con esta señora a sus habitaciones y que formemos nuestra opinión después de oír lo que tenga que decirnos.

Media hora después estábamos sentado los cuatro en el pequeño gabinete de la signora Lucca, oyendo su notable relato sobre esos siniestros acontecimientos, cuyo final habíamos presenciado por casualidad. Hablaba en un inglés rápido y fluido, pero nada convencional, que no intentaremos imitar:

- Nací en Posilipo, cerca de Nápoles -dijo-, hija de Augusto Barelli, que era el abogado más importante, y que en una ocasión fue diputado de esa comarca. Gennaro era empleado de mi padre, y me enamoré de él, como tiene que amarle toda mujer. No tenía dinero ni posición, así que mi padre prohibió el matrimonio. Escapamos juntos, nos casamos en Bari y vendí mis joyas para obtener el dinero con que llegar a América. Eso fue hace cuatro años, y desde entonces hemos estado en Nueva York.

»Al principio, la fortuna fue muy buena con nosotros. Gennaro pudo hacer un favor a un caballero italiano -le salvó de unos rufianes en un sitio llamado la Bowery, haciendo así un amigo poderoso. Se llamaba Tito Castalotti, y era el principal socio de la firma Castalotti y Zamba, que son los mayores importadores de fruta de Nueva York. El señor Zamba está inválido, y nuestro nuevo amigo Castalotti tenía poder en toda la firma, que emplea más de trescientos hombres. Dio empleo a mi marido, le hizo jefe de un departamento y le mostró su buena voluntad en todos los sentidos. El señor Castalotti era soltero, y creo que sentía que Gennaro era como su hijo, y tanto mi marido como yo le queríamos como si fuera nuestro padre. Habíamos tomado y amueblado una casita en Brooklyn, y nuestro porvenir parecía asegurado, cuando apareció una nube negra que pronto iba a cubrir nuestro cielo.

»Una noche, al volver del trabajo, Gennaro trajo a un paisano con él. Se llamaba Gorgiano y también era de Posilipo. Era un hombre enorme, como saben, pues han visto su cadáver. No sólo tenía cuerpo de gigante, sino que todo en él era gigantesco, enorme, aterrador. Su voz era como un trueno en nuestra casita. Apenas había sitio para sus braceos cuando hablaba. Sus pensamientos, sus emociones, sus pasiones, eran todas exageradas y monstruosas. Hablaba, o más bien rugía, con tal emoción que los demás no podían sino quedarse escuchando, acobardados por aquel poderoso torrente de palabras. Era un hombre terrible y extraño. ¡Gracias a Dios que está muerto!

»Volvió una y otra vez. Pero yo me daba cuenta de que Gennaro no estaba más contento que yo con su presencia. Mi pobre marido se quedaba sentado, pálido y nervioso, escuchando su inacabable delirio sobre política y cuestiones sociales. Gennaro no decía nada, pero yo, que le conocía tan bien, pude leer en su rostro una emoción que nunca había visto en él. Al principio creí que era rencor. Y luego, poco a poco, comprendí que era algo más: era miedo, un miedo profundo, secreto, penetrante. Esa noche, que advertí su terror, le abracé y le imploré por su amor y por todo lo que quería que no me ocultara nada, y que me contara por qué ese hombre enorme le abrumaba tanto.

»Él me lo contó, y mi corazón se sintió frío como el hielo al escucharlo. Mi pobre Gennaro, en sus días locos y encendidos, cuando todo el mundo parecía estar contra él y su mente estaba medio desquiciada por las injusticias de la vida, se había unido a una sociedad napolitana, el Círculo Rojo, que estaba en relación con los antiguos Carbonarios. Los juramentos y secretos de esa fraternidad eran terribles; pero una vez bajo su dominio no era posible escapar. Cuando huimos a América, Gennaro creyó que se los había quitado de encima para siempre. ¡Cuál fue su horror una noche al encontrar por la calle al mismo hombre que le había iniciado en Nápoles, el gigante Gorgiano, un hombre que se había ganado el sobrenombre de “Muerte” en el Sur de Italia, pues estaba teñido hasta los codos en crimen! Había llegado a Nueva York para evitar a la policía italiana, y ya había plantado una rama de esa terrible sociedad en su nuevo país. Todo esto me dijo Gennaro, y me enseño una convocatoria que había ese mismo día, con un Círculo Rojo en el encabezamiento, diciéndole que se iba a convocar una reunión en una determinada fecha, y que se ordenaba y requería su presencia.

»Eso ya era bastante malo, pero aún faltaba lo peor. Yo había notado que desde hacía algún tiempo que cuando Gorgiano venía a vernos, según solía, al anochecer, me hablaba mucho a mí; y aun cuando sus palabras fueran para mi marido, esos terribles ojos, bestiales y fulgurantes, siempre se dirigían a mí. Una noche reveló su secreto. Yo había despertado en él lo que llamaba “amor”; el amor de un bruto, de un salvaje. Cuando Gennaro no había vuelto todavía, él llegó. Se abrió paso a empujones, me agarró con sus poderosos brazos, me abrazó con su abrazo de oso, me cubrió de besos y me imploró que me escapara con él. Yo estaba luchando y chillando cuando entró Gennaro y le atacó. Él dejó sin sentido a Gennaro de un golpe y huyó de la casa, donde nunca más entraría. Esa noche hicimos un enemigo mortal.

»Pocos días después tuvo lugar la reunión. Gennaro volvió de ella con una cara tan sombría que comprendí que había ocurrido algo terrible. Era peor de lo que yo podía haber imaginado. Los fondos de la sociedad se recaudaban por medio de chantaje a italianos ricos a los que se amenazaba cuando rehusaban pagar. Parece que habían abordado a Castalotti, nuestro querido amigo y protector. Él se había negado a ceder a las amenazas, y había entregado los avisos a la policía. En la reunión se acordó que él y su casa debían ser volados con dinamita. Echaron a suertes quién había de realizarlo. Gennaro vio la cruel cara de nuestro enemigo sonriéndole cuando metió la mano en la bolsa. Sin duda lo habían arreglado previamente de algún modo, pues fue el fatal disco, con el Círculo Rojo, lo que sacó en la mano. Tenía que matar a su mejor amigo o exponerse él mismo y a mí a la venganza de sus camaradas. Era parte de su demoníaco sistema castigar a quienes temían u odiaban dañando no sólo a sus personas, sino a sus seres queridos, y el saberlo era lo que pendía con terror sobre la cabeza de mi pobre Gennaro y lo que casi le enloquecía de temor. Toda esa noche velamos juntos, abrazados, fortaleciéndonos mutuamente para las dificultades que teníamos por delante. La noche siguiente era la fijada para el intento. A mediodía, mi marido y yo estábamos de camino para Londres, pero no sin antes avisar a nuestro bienhechor del peligro, y dejar también a la policía la información que protegiera su vida en el futuro.

»Lo demás, caballeros, ya lo saben por ustedes mismos. Estábamos seguros de que nuestros enemigos nos seguirían como nuestras sombras. Gorgiano tenía sus razones particulares para vengarse, pero además sabíamos lo inexorable, astuto e incansable que podía ser. Italia y América estaban llenas de historias de su temible poder. Ahora sería cuando se ejerciera del todo. Mi marido empleó los pocos días sin peligro que habíamos conseguido con nuestra fuga en buscarme un refugio para poder estar a cubierto de cualquier riesgo. Por su parte, él deseaba estar libre para poder comunicar con la policía americana y la italiana. Yo misma no sé dónde vivía, ni cómo. Lo único que sabía era por los anuncios de un periódico. Pero una vez, mirando por la ventana, vi dos italianos observando la casa, y comprendí que Gorgiano había encontrado de algún modo nuestro refugio. Finalmente, Gennaro me dijo, por el periódico, que me haría señales desde una ventana, pero cuando llegaron, las señales no fueron más que alertas, que se interrumpieron de pronto. Ahora veo claro que él sabía que Gorgiano le seguía de cerca, y ¡gracias a Dios! estaba preparado para cuando llegara. Y ahora, caballeros, les preguntaría si tenemos algo que temer de la justicia, o si algún juez en el mundo condenaría a mi Gennaro por lo que ha hecho.

- Bueno, señor Gregson -dijo el americano, mirando al inspector-, no sé cuál será su punto de vista británico, pero supongo que en Nueva York el marido de esta señora recibiría una muestra de agradecimiento casi general.

- Tendrá que venir conmigo a ver al jefe -respondió Gregson-. Si se confirma lo que dice, creo que ni ella ni su marido tienen mucho que temer. Pero lo que no puedo entender en absoluto, señor Holmes, es cómo demonios se ha mezclado usted también en el asunto.

- Por la educación, Gregson, por la educación. Sigo buscando conocimientos en la vieja universidad. Bueno, Watson, ya tiene otra muestra más de lo trágico y lo grotesco que añadir a su colección. Por cierto, ¿no son las ocho, y es una noche de Wagner en Covent Garden? Si nos damos prisa, podemos llegar a tiempo para el segundo acto.

El cerebro rojo - Donald Wandrei

 

Al alcance de la mano yace la muerte tibia del universo. ¿Podría el frío intelecto subsistir, o...?

Una tras otra, las pálidas estrellas que poblaban el firmamento titilaron cada vez más débilmente, hasta desaparecer. Una tras otra, aquellas luces llameantes se atenuaron y oscurecieron. Una tras otra se habían desvanecido para siempre, y en su lugar se formaron como enormes manchas de tinta que emborronaban inmensas áreas del cielo que en otro tiempo estuviera iluminado por las estrellas.

Transcurrieron años; siglos enteros huyeron hacia el pasado; los milenios se acumularon hasta convertirse en millones, y también ellos se perdieron en el olvido de la Eternidad. La Tierra había desaparecido. El Sol se había enfriado y endurecido y se disolvió en el polvo de su tumba. 

Tanto el sistema solar como otros innumerables sistemas se desmenuzaron y desaparecieron, y sus fragmentos se convirtieron en nubes de polvo que fueron tragándose el universo entero. 

A lo largo de billones de años, y barriéndolo todo hacia un destino común, los inmensos cuerpos, en otro tiempo incontables, que habían salpicado el firmamento desplazándose a través de distancias inconmensurables en el espacio, fueron disminuyendo en número a medida que se desintegraban, hasta que en el negro dosel del firmamento quedaron unos pocos y aislados puntos de luz tenue, que cada vez se iba haciendo más débil y macilenta.

Nadie sabía cuándo empezó a concentrarse el polvo, pero lejos, en el aura olvidada de los tiempos, los mundos muertos desaparecieron sin que nadie volviera a recordarlos ni lo lamentara.

Aquéllos fueron los embriones del polvo. Fueron los progenitores de la disolución universal que ahora tocaba a su fin. Fueron las primeras estrellas que se consumieron, murieron y se desperdigaron en miríadas de átomos. Fueron el primer cultivo que se redujo a la nada convertido en una mota de polvo.

Poco a poco, los claros enjambres se transformaron en nubes, las nubes en mares, y los mares en monstruosos océanos de polvo que lentamente se iba acumulando, polvo que procedía de mundos muertos y agonizantes, de colisiones interestelares causadas por los astros en su caída, de meteoros y cometas que, envueltos en llamas, llegaban del vacío para precipitarse en el abismo.

El polvo se extendía más y más. La apagada luminosidad de los cielos siguió debilitándose a medida que en las profundidades del espacio iban apareciendo grandes tachaduras negras.

A lo largo de los millones, billones y trillones de años que habían huido hacia el pasado, el polvo cósmico siguió agrupándose y la grey estelar se vio cada vez más diezmada. 

Hubo un tiempo en que el universo estaba formado por centenares de millones de estrellas, planetas y soles; pero eran tan efímeros como la vida o los sueños, y se apagaron y desvanecieron uno tras otro.

En primer lugar fueron destruidos los mundos más pequeños; les siguieron los mayores, y así en una escala que ascendía hacia los gigantes que jamás sufrieron desafío alguno y que, alzándose en medio de la noche frente al empuje conquistador del polvo, bramaron su furia e hicieron resplandecer su claridad. 

En su infernal e implacable guerra contra el universo, el Polvo Cósmico jamás concedió tregua; ahogó a los pequeños aerolitos; engulló a los satélites indefensos; se arremolinó en torno a los cometas, que, lanzados como cohetes, saltaban de un oscuro extremo del universo al otro, dejando un espléndido rastro de llamas, abriendo sendas de salvaje aventura a través de un infinito sin horizontes que el polvo había ya sometido; clavó sus garras en los planetas y sorbió su esencia; cargado de odio y rencor, fue barriendo a los monarcas y asolando sus tierras y desiertos.

Cada vez más y más denso, el Polvo Cósmico fue creciendo hasta que a los gigantes les resultó ya imposible avizorarse mutuamente en sus giros a través del vacío. Por ello, alzaron sus voces tonantes a través del desierto, solitarios, sin esperanza y perdidos. En solitaria grandeza, consumieron en llamas su brillante hermosura. En solitaria derrota y muerte, desaparecieron.

De todas las estrellas de las incontables miríadas que una vez salpicaron los cielos, solamente quedaba Antares. Sólo subsistía Antares, la más inmensa de las estrellas, el último cuerpo del universo, habitado por la última raza que aún poseía conciencia, que aún poseía vida. 

Esta raza, sumida en una compasión sin esperanza, había asistido al oscurecimiento de los cielos y, con cicatería, llevo la cuenta de las estrellas que todavía resistían. Se les desgarraba el corazón cada vez que una dejaba de titilar; cada una que abandonaba la lucha y era engullida por la marea de polvo, añadía un nuevo acento en el himno nacional, esa melodía indescriptible, esa salmodia a la fatalidad infinitamente sombría que arrancaba solemnes armonías de cada corazón de aquella raza agonizante. 

Los habitantes de Antares habían construido una gran cúpula de cristal alrededor de su mundo a fin de impedir que penetrase el polvo y la atmósfera se dispersara; protegidos por esta cúpula, los vigías mantenían su observación silenciosa. 

Las sombras llegaban avasalladoras, con más ímpetu cada vez, desde los lejanos reinos de la oscuridad, engullendo apresuradamente a la última de las estrellas. 

La tarea de los astrónomos se había convertido en la más sencilla, y al propio tiempo la más triste, de Antares: observar a la Muerte y el Olvido extendiendo un palio de oscuridad sobre cuanto era, sobre cuanto pudo ser.

La última estrella, Mira, la segunda después de Antares, había brillado con palidez glacial, su titilar se oscureció... y se desvaneció. En el espacio quedó tan sólo una extensión ilimitada de polvo que se expandía más y más en todas direcciones; sólo esto y Antares. 

Ya no volvieron los astrónomos a escudriñar los cielos par ver cómo una estrella moribunda sucumbía antes que ellos. No volvieron a explorar los más lejanos confines. Por todas partes se arremolinaba el polvo, envolviendo el espacio en una oscuridad sofocante. 

Hubo un tiempo a través de los abismos, en que fueron sembradas multitud de hermosas estrellas de blanco, casi enfermizo resplandor... Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que existió luz en el cielo. Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que se veía una tenue fosforescencia en la bóveda Ahora sólo había un pesado crespón de ébano un lóbrego reino huérfano de radiación, algo sofocante constituido por una oscuridad eterna e infinita.

—Nos reunimos otra vez en esta Mansión de la Niebla, no con la esperanza de haber encontrado un remedio sino para ver cuál es la mejor forma de aceptar nuestra muerte. Nos reunimos, no en la vana esperanza de que podamos controlar el polvo, sino en la esperanza d que podamos triunfar aun cuando seamos destruidos. Sólo podemos ganar la batalla aceptando nuestra muerte heroicamente.

El orador hizo una pausa. A su alrededor se desplegaba una extraña sala del Espacio. A gran altura se extendía un vago techo cuyos bordes ondulantes se diluían pedidos en la distancia; un techo sustentado por paredes invisibles y poderosas columnas que, separadas por largos intervalos, emergían ondulantes del liso suelo de mármol. 

Una vaga neblina parecía flotar en el aire, debido a las dimensiones inconmensurables de aquella colosal arquitectura. Difuminado por la distancia, el orador se reclinó en la plataforma de metal que se alzaba por encima del mar de seres que se extendía frente a él. Aun que en realidad no era un orador, ni tampoco un ser como los que una vez habitaron el mundo llamado Tierra.

Debido a las insólitas condiciones de Antares, la evolución se desarrolló, según esquemas completamente distintos a los que siguió en cuerpos que habían poblado el firmamento cuando, en un pasado remoto, el infinito estaba salpicado de estrellas. 

Antares fue el sol más intenso de cuantos surgieron del caos primitivo. Cuando se enfrió, lo hizo mucho más lentamente que los demás, y cuando en él apareció la vida, tenía por delante una existencia, no de miles ni de millones de años, sino de millardos.

Esta vida, en sus comienzos, había evolucionado desde las formas más simples a las de la edad de las primeras sociedades humanas, y siguió recorriendo la escala paso a paso. Las civilizaciones de otros mundos alcanzaron su cenit y los propios mundos se enfriaron y murieron cuando la poderosa civilización de Antares no hacía más que empezar. 

La estrella pasó entonces por un período de guerras, hasta que se vio azotada por espantosas destrucciones, de tal magnitud, que, en la Guerra de los Dos Días, produjeron siete billones de víctimas de los ocho billones y medio de habitantes con que contaba el planeta. Aquellos dos días de carnicería terminaron con la guerra para siempre.

A partir de entonces empezó la edad de oro. La mente de los pobladores de Antares aumentó más y más, al tiempo que sus cuerpos se reducían proporcionalmente, hasta que el ciclo se completó. Cada ser situado frente al orador era un montón monstruoso de sustancia negra y viscosa, cada masa un enorme cerebro, un ente sin sexo que vivía sólo para el Pensamiento. 

Mucho tiempo atrás se descubrió que la vida podía crearse artificialmente mediante tejidos formados en los laboratorios químicos. Entonces se destruyó el sexo y los habitantes dejaron de consumir su tiempo ocupándose de la familia. 

Casi todas las incontables horas que de esta forma se ahorraron, fueron dedicadas al desarrollo científico, con el resultado de que la estrella experimentó un salto prodigioso hacia una era de progreso sin parangón.

En su rápida transformación en cerebros, los seres descubrieron que mediante la exterminación de los parásitos y las bacterias de Antares y modificando su propia estructura orgánica, y por medio de la voluntad de vivir se aproximaban a la inmortalidad. 

Descubrieron los secretos del tiempo y del espacio; conocieron la extensión del universo y supieron que el espacio, en sus límite extremos, se convierte en autoaniquilante. Supieron que la vida se creó a sí misma y controlaron su propio período de duración. 

Aprendieron que cuando, cansada de la existencia, una vida se daba muerte a sí misma, estaba muerta para siempre; no podría vivir de nuevo, pues la muerte era el último cambio químico de la vida.

Esas eran las formas que se desparramaban en vasto mar ante el orador. Eran formas porque podían adoptar cualquier apariencia que desearan. Sus mentes todopoderosas tenían un absoluto control de sí mismas. 

Cuando los Cerebros deseaban viajar, se relajaban, abandonando su habitual semirrigidez, y fluían de un lugar a otro como un reguero de tinta deslizándose cuesta abajo; cuando estaban cansados, se aplanaban hasta convertirse en discos; al exponer sus ideas, se convertían en arrogantes columnas de rígida exudación; y cuando se sumían en la abstracción o se perdían en una placentera contemplación de mundos sin límites creados en sus mentes, mundos por entre los que a menudo vagaban, ofrecían el aspecto de enormes pelotas durmientes.

Ningún sonido había emitido el orador pese a que impartió sus pensamientos a la sensitiva asamblea. Cuando sus mentes lo permitían, los pensamientos de los Cerebros fluían instantáneamente hacia quienes les rodeaban, lo mismo que ondas eléctricas. Antares era un mundo de silencio jamás quebrantado.

Los pensamientos del Gran Cerebro siguieron fluyendo:

—Hace mucho tiempo llegó a conocimiento de todos nosotros el destino que nos esperaba. Nada podíamos hacer. Ello no importaba mucho, desde luego, pues la existencia es algo inútil que a nadie beneficia. Sin embargo, en aquella reunión celebrada en fecha ya olvidada, solicitamos que quien quisiera ocuparse de ello, intentara pensar en alguna posible forma de salvación para nuestra propia estrella cuando menos, si no para las demás. 

No se ofreció ninguna recompensa porque no existía para ello recompensa adecuada. El Cerebro recibiría tan sólo la gloria de ser uno de los mayores que jamás se hubieran producido. En cuanto al resto de nosotros, recibiría solamente los efectos de esta gloria mediante el conocimiento de que habíamos dominado el Destino, considerado en aquel entonces, y todavía hoy, como inexorable; el placer que de ello obtendríamos se debería tan sólo al hecho de que nosotros, que nos hemos autocreado pero que no somos supremos, nos habríamos convertido a nosotros mismos en supremos por la conquista de la más poderosa amenaza que jamás haya atacado a la vida, el tiempo y el universo: el Polvo Cósmico.

"Nuestros cerebros más inteligentes estuvieron pensando en este tema durante incalculables millones de años. Excluyeron de sus pensamientos cualquier cosa que no fuera la pregunta: ¿cómo es posible dar jaque al polvo? Elaboraron innumerables planes, que se probaron concienzudamente. Todos fallaron. 

Lanzamos al vacío descargas de rayos imposibles de controlar, llamadas interplanetarias con la esperanza de poder fundir masas de polvo y convertirlas en nuevos mundos incandescentes. 

Hemos anclado en el espacio inmensos imanes con la esperanza de atraer el polvo, que es ligeramente magnético, y de esta forma solidificarlo o extraer de él gran parte de los escombros. 

Provocamos espantosas perturbaciones haciendo estallar nuestros compuestos más poderosos en las regiones que nos rodean, con la esperanza de agitar tan violentamente el polvo que, en el seno de las tempestades así formadas, se conmocionarán las tormentas de la creación. 

Con nuestros rayos aniquiladores hemos abierto billones de brechas a través del incesante flujo de polvo. Destruimos la vida en Betelgeuse y emplazamos allí titánicos generadores de vacío, descomunales máquinas zumbantes destinadas a succionar el polvo del espacio y amontonarlo en aquella estrella. 

Liberamos enormes cantidades de gas, lo incendiamos y lanzamos el fuego ardiente y furioso en enloquecidas llamaradas, a través del polvo estremecido. 

En nuestra desesperación, llegamos a llamar en nuestra ayuda a los Devoradores de Éter. Finalmente, sí, utilizamos nuestra Voluntad-Potente para barrer las oleadas arrolladoras ¡Fue en vano! ¿Qué ocurrió? El polvo, que por un momento había cedido terreno, se tomó un respiro y volvió a lanzarse adelante, en oleadas. Retornó triunfante, en silencio, y de nuevo colgó su palio de oscuridad sobre un Espacio acosado por el temor y cabalgado por las pesadillas.

Henchidos de silenciosa aflicción, los pensamientos del Gran Cerebro seguían fluyendo y esparciéndose por la Mansión de la Niebla:

—Con una amarga tenacidad que jamás antes habían desplegado, nuestros químicos dedicaron su tiempo a la producción de Supercerebros, con la esperanza de llegar a obtener uno que fuera capaz de vencer al Polvo Cósmico. 

Cambiaron los componentes utilizados en nuestra génesis; experimentaron con moldes y formas, ensayaron todas las posibilidades. ¿Cuál fue el resultado? Salieron monstruos rabiosos, locas abominaciones, horrores satánicos y asquerosos entes devoradores que chillaban salvajemente bajo el influjo de los innúmeros e indescriptibles fantasmas que atestaban sus mentes. 

Les matamos para salvarnos. ¡Y el Polvo siguió avanzando! Hemos pedido ayuda a todos los Cerebros vivientes. En los siglos remotos, cubiertos por el velo del pasado, hemos apelado a cualquier clase de ayuda. De vez en cuando se nos han propuesto planes que durante cierto tiempo han causado estragos terribles en el Polvo, pero que, por último, siempre han fracasado.

"Está a punto de producirse el triunfo del Polvo Cósmico. Nos queda ya tan poco tiempo que los esfuerzos que podamos hacer ahora serán inevitablemente vanos. Pero hoy, la esperanza de que algún Cerebro, ya sea de los viejos o de los nuevos y gigantescos, haya descubierto una posibilidad aún no ensayada, nos ha movido a convocar esta conferencia, la primera que se celebra desde hace más de doce mil años.

El silencio tenso y alerta que reinaba en el Salón se suavizó, relajándose, cuando dejaron de fluir los pensamientos del Gran Cerebro. Las ondas eléctricas que habían llenado la vasta Mansión de la Niebla se extinguieron y durante largo rato el recinto se vio invadido por una extraña tranquilidad. Pero la masa no permanecía nunca inmóvil. 

El mar que se extendía frente a la tarima se agitaba en un flujo y reflujo cuando lo atravesaban las olas de pensamiento. Pero ningún Cerebro se ofreció para hablar, y toda la extensión visible se fue aquietando a medida que transcurrían los minutos.

En forma de fina columna que emergía de la tarima, elevándose hasta gran altura, el Gran Cerebro se balanceaba- una y otra vez recorrió con la mirada todo el Salón, escudriñando entre las ondulantes formas con la esperanza de encontrar en algún punto, entre aquella multitud una que pudiera ofrecer una sugerencia. 

Pero transcurrieron los minutos y el tiempo se alargaba sin que llegara ninguna respuesta; la tristeza del fin inmutable y fijo se infiltró a través de la última raza. Y los Cerebros, absortos en su meditación, vieron cómo el Polvo presionaba sobre la concha de cristal de Antares, mostrando una mueca de triunfo.

El Gran Cerebro no había esperado obtener respuesta, ya que desde hacía siglos se consideraba inútil combatir al Polvo- así, pues, cuando su previsión, aunque no su deseo sé vio cumplida, se relajó y se dejó caer en señal de que la reunión había terminado.

Pero antes de que se hubiera completado su movimiento, en el centro de aquel mar, surgiendo de las profundidades, se produjo una violenta agitación; en un instante todo un sector se replegó y, precipitándose en tromba como un surtidor, se lanzó hacia arriba silbando al cortar el aire; el chorro ascendió en dirección al techo hasta que empezó a ondular, fino y tenue como una columna de humo- desde la oscuridad de las alturas de 1a Sala, la cúspide del Cerebro, miró fijamente hacia abajo.

—¡He encontrado un plan infalible! ¡El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo Cósmico!

Una terrible tensión cayó sobre los Cerebros entumecidos por el lamento que en oleadas silenciosas se extendía desde la Mansión de la Niebla hasta el sepulcro vacío y huérfano de sueños hecho de mármoles exóticos. El Gran Cerebro, apenas relajado, se irguió de nuevo. Y, formando un curioso torbellino, la multitud reunida se volvió repentinamente.

En el acto, el Cerebro Rojo quedó suspendido sobre el centro de un mar que había adoptado la disposición de un anfiteatro; todos los Cerebros tenían la mirada puesta en el centro. Una expectación y esperanza difícilmente contenidas electrizaban el aire.

El Cerebro Rojo era una de las últimas creaciones de los químicos, y se había obtenido durante los experimentos que se realizaron para producir cerebros más perfectos. En el pasado, todos habían sido negros, pero quizá debido a impurezas en los componentes químicos éste había evolucionado hacia un color rojo mate muy oscuro. 

Sus compañeros sintieron admiración por él sobre todo cuando descubrieron que muchos de sus pensamientos no podían ser captados por ellos. De entre las cosas que pasaban por su interior y que él permitía a los demás conocer, había una considerable porción que les resultaba incomprensible. Nadie sabía cómo juzgar al Cerebro Rojo, pero muchos pusieron sus esperanzas en él.

Por lo tanto, cuando el Cerebro Rojo lanzó su anuncio, los demás formaron un ancho círculo alrededor de él, con las mentes pasivas y abiertas hacia la explicación. Así, pues, se tendieron silenciosamente, a la espera del descubrimiento, y se recostaron, completamente desprevenidos para lo que iba a suceder.

Ya que, en cuanto el Cerebro Rojo se halló suspendido en el aire inició un lento pero incansable balanceo; a medida qué se balanceaba, sus pensamientos se verían en forma de canto rítmico. 

Descollaba en lo alto por encima de todos, igual que una columna lisa y tenue cuyo altivo capitel se moviera cada vez más rápidamente a medida que un estremecimiento nervioso recorría toda su extensión en oleadas que subían y bajaban. 

El tono del extraño canto se fue haciendo cada vez más y más fuerte, hasta convertirse en un salvaje y ditirámbico salmo, dedicado a la belleza del pasado, a la gloria del presente y al esplendor del futuro. Y la balada se convirtió en una quejumbrosa loa, en una exaltación; ramalazos de furiosa alegría la recorrieron, repitiendo:

El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo. Otros fracasaron, pero él no. Cantemos el himno nacional en honor del Cerebro Rojo, porque él ha triunfado. Exaltémosle, porque ha demostrado ser el más grande de todos. Veneremos al que es más grande que Antares, más grande que el Polvo Cósmico, más grande que el Universo.

De repente se detuvo. Los Cerebros, perplejos, miraron hacia lo alto. Por un momento, el Cerebro Rojo había detenido su cabeceo, acercando a ellos sus pensamientos. Pero, a lo largo de toda su extensión, inició un giro vertiginoso, que fue acelerándose hasta alcanzar una increíble velocidad. 

De pronto, algo antagónico emanó de él y antes de que los Cerebros lograran captar la situación, antes de que pudieran protegerse cerrando sus mentes, los impulsos de voluntad del Cerebro Rojo, cargados de odio y muerte, latieron sobre ellos y penetraron en sus mentes abiertas. 

Como un remolino, el Cerebro Rojo giraba arrastrándoles a su destino. Igual que balones semihinchados, los demás Cerebros yacían a su alrededor; durante un segundo se pusieron rígidos como burbujas de vidrio al enfriarse; y a medida que sus pensamientos, y por lo tanto, sus vidas, ya que Pensamiento era Vida, iban siendo aniquilados, quedaban instantáneamente aplastados como globos pinchados, disolviéndose en charcos de limo evanescente. Sucumbían por decenas y por centenares, destruidos por los pensamientos devastadores, imparables, del Cerebro Rojo, que llenaba todo el Salón; por grupos, por secciones, por doquier.

Alrededor del círculo caían los cerebros sentenciados por el destino en aquel único momento de descuido, mientras fluía una espesa tinta que formaba charcos, que se arrastraba y se convertía en ríos de brea que se precipitaban por el suelo de mármol pulido con un suave siseo sedoso.

La esperanza del universo se había cifrado en el Cerebro Rojo.

Y el Cerebro Rojo estaba loco.