INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta cerebro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cerebro. Mostrar todas las entradas

El cerebro rojo - Donald Wandrei

 

Al alcance de la mano yace la muerte tibia del universo. ¿Podría el frío intelecto subsistir, o...?

Una tras otra, las pálidas estrellas que poblaban el firmamento titilaron cada vez más débilmente, hasta desaparecer. Una tras otra, aquellas luces llameantes se atenuaron y oscurecieron. Una tras otra se habían desvanecido para siempre, y en su lugar se formaron como enormes manchas de tinta que emborronaban inmensas áreas del cielo que en otro tiempo estuviera iluminado por las estrellas.

Transcurrieron años; siglos enteros huyeron hacia el pasado; los milenios se acumularon hasta convertirse en millones, y también ellos se perdieron en el olvido de la Eternidad. La Tierra había desaparecido. El Sol se había enfriado y endurecido y se disolvió en el polvo de su tumba. 

Tanto el sistema solar como otros innumerables sistemas se desmenuzaron y desaparecieron, y sus fragmentos se convirtieron en nubes de polvo que fueron tragándose el universo entero. 

A lo largo de billones de años, y barriéndolo todo hacia un destino común, los inmensos cuerpos, en otro tiempo incontables, que habían salpicado el firmamento desplazándose a través de distancias inconmensurables en el espacio, fueron disminuyendo en número a medida que se desintegraban, hasta que en el negro dosel del firmamento quedaron unos pocos y aislados puntos de luz tenue, que cada vez se iba haciendo más débil y macilenta.

Nadie sabía cuándo empezó a concentrarse el polvo, pero lejos, en el aura olvidada de los tiempos, los mundos muertos desaparecieron sin que nadie volviera a recordarlos ni lo lamentara.

Aquéllos fueron los embriones del polvo. Fueron los progenitores de la disolución universal que ahora tocaba a su fin. Fueron las primeras estrellas que se consumieron, murieron y se desperdigaron en miríadas de átomos. Fueron el primer cultivo que se redujo a la nada convertido en una mota de polvo.

Poco a poco, los claros enjambres se transformaron en nubes, las nubes en mares, y los mares en monstruosos océanos de polvo que lentamente se iba acumulando, polvo que procedía de mundos muertos y agonizantes, de colisiones interestelares causadas por los astros en su caída, de meteoros y cometas que, envueltos en llamas, llegaban del vacío para precipitarse en el abismo.

El polvo se extendía más y más. La apagada luminosidad de los cielos siguió debilitándose a medida que en las profundidades del espacio iban apareciendo grandes tachaduras negras.

A lo largo de los millones, billones y trillones de años que habían huido hacia el pasado, el polvo cósmico siguió agrupándose y la grey estelar se vio cada vez más diezmada. 

Hubo un tiempo en que el universo estaba formado por centenares de millones de estrellas, planetas y soles; pero eran tan efímeros como la vida o los sueños, y se apagaron y desvanecieron uno tras otro.

En primer lugar fueron destruidos los mundos más pequeños; les siguieron los mayores, y así en una escala que ascendía hacia los gigantes que jamás sufrieron desafío alguno y que, alzándose en medio de la noche frente al empuje conquistador del polvo, bramaron su furia e hicieron resplandecer su claridad. 

En su infernal e implacable guerra contra el universo, el Polvo Cósmico jamás concedió tregua; ahogó a los pequeños aerolitos; engulló a los satélites indefensos; se arremolinó en torno a los cometas, que, lanzados como cohetes, saltaban de un oscuro extremo del universo al otro, dejando un espléndido rastro de llamas, abriendo sendas de salvaje aventura a través de un infinito sin horizontes que el polvo había ya sometido; clavó sus garras en los planetas y sorbió su esencia; cargado de odio y rencor, fue barriendo a los monarcas y asolando sus tierras y desiertos.

Cada vez más y más denso, el Polvo Cósmico fue creciendo hasta que a los gigantes les resultó ya imposible avizorarse mutuamente en sus giros a través del vacío. Por ello, alzaron sus voces tonantes a través del desierto, solitarios, sin esperanza y perdidos. En solitaria grandeza, consumieron en llamas su brillante hermosura. En solitaria derrota y muerte, desaparecieron.

De todas las estrellas de las incontables miríadas que una vez salpicaron los cielos, solamente quedaba Antares. Sólo subsistía Antares, la más inmensa de las estrellas, el último cuerpo del universo, habitado por la última raza que aún poseía conciencia, que aún poseía vida. 

Esta raza, sumida en una compasión sin esperanza, había asistido al oscurecimiento de los cielos y, con cicatería, llevo la cuenta de las estrellas que todavía resistían. Se les desgarraba el corazón cada vez que una dejaba de titilar; cada una que abandonaba la lucha y era engullida por la marea de polvo, añadía un nuevo acento en el himno nacional, esa melodía indescriptible, esa salmodia a la fatalidad infinitamente sombría que arrancaba solemnes armonías de cada corazón de aquella raza agonizante. 

Los habitantes de Antares habían construido una gran cúpula de cristal alrededor de su mundo a fin de impedir que penetrase el polvo y la atmósfera se dispersara; protegidos por esta cúpula, los vigías mantenían su observación silenciosa. 

Las sombras llegaban avasalladoras, con más ímpetu cada vez, desde los lejanos reinos de la oscuridad, engullendo apresuradamente a la última de las estrellas. 

La tarea de los astrónomos se había convertido en la más sencilla, y al propio tiempo la más triste, de Antares: observar a la Muerte y el Olvido extendiendo un palio de oscuridad sobre cuanto era, sobre cuanto pudo ser.

La última estrella, Mira, la segunda después de Antares, había brillado con palidez glacial, su titilar se oscureció... y se desvaneció. En el espacio quedó tan sólo una extensión ilimitada de polvo que se expandía más y más en todas direcciones; sólo esto y Antares. 

Ya no volvieron los astrónomos a escudriñar los cielos par ver cómo una estrella moribunda sucumbía antes que ellos. No volvieron a explorar los más lejanos confines. Por todas partes se arremolinaba el polvo, envolviendo el espacio en una oscuridad sofocante. 

Hubo un tiempo a través de los abismos, en que fueron sembradas multitud de hermosas estrellas de blanco, casi enfermizo resplandor... Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que existió luz en el cielo. Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que se veía una tenue fosforescencia en la bóveda Ahora sólo había un pesado crespón de ébano un lóbrego reino huérfano de radiación, algo sofocante constituido por una oscuridad eterna e infinita.

—Nos reunimos otra vez en esta Mansión de la Niebla, no con la esperanza de haber encontrado un remedio sino para ver cuál es la mejor forma de aceptar nuestra muerte. Nos reunimos, no en la vana esperanza de que podamos controlar el polvo, sino en la esperanza d que podamos triunfar aun cuando seamos destruidos. Sólo podemos ganar la batalla aceptando nuestra muerte heroicamente.

El orador hizo una pausa. A su alrededor se desplegaba una extraña sala del Espacio. A gran altura se extendía un vago techo cuyos bordes ondulantes se diluían pedidos en la distancia; un techo sustentado por paredes invisibles y poderosas columnas que, separadas por largos intervalos, emergían ondulantes del liso suelo de mármol. 

Una vaga neblina parecía flotar en el aire, debido a las dimensiones inconmensurables de aquella colosal arquitectura. Difuminado por la distancia, el orador se reclinó en la plataforma de metal que se alzaba por encima del mar de seres que se extendía frente a él. Aun que en realidad no era un orador, ni tampoco un ser como los que una vez habitaron el mundo llamado Tierra.

Debido a las insólitas condiciones de Antares, la evolución se desarrolló, según esquemas completamente distintos a los que siguió en cuerpos que habían poblado el firmamento cuando, en un pasado remoto, el infinito estaba salpicado de estrellas. 

Antares fue el sol más intenso de cuantos surgieron del caos primitivo. Cuando se enfrió, lo hizo mucho más lentamente que los demás, y cuando en él apareció la vida, tenía por delante una existencia, no de miles ni de millones de años, sino de millardos.

Esta vida, en sus comienzos, había evolucionado desde las formas más simples a las de la edad de las primeras sociedades humanas, y siguió recorriendo la escala paso a paso. Las civilizaciones de otros mundos alcanzaron su cenit y los propios mundos se enfriaron y murieron cuando la poderosa civilización de Antares no hacía más que empezar. 

La estrella pasó entonces por un período de guerras, hasta que se vio azotada por espantosas destrucciones, de tal magnitud, que, en la Guerra de los Dos Días, produjeron siete billones de víctimas de los ocho billones y medio de habitantes con que contaba el planeta. Aquellos dos días de carnicería terminaron con la guerra para siempre.

A partir de entonces empezó la edad de oro. La mente de los pobladores de Antares aumentó más y más, al tiempo que sus cuerpos se reducían proporcionalmente, hasta que el ciclo se completó. Cada ser situado frente al orador era un montón monstruoso de sustancia negra y viscosa, cada masa un enorme cerebro, un ente sin sexo que vivía sólo para el Pensamiento. 

Mucho tiempo atrás se descubrió que la vida podía crearse artificialmente mediante tejidos formados en los laboratorios químicos. Entonces se destruyó el sexo y los habitantes dejaron de consumir su tiempo ocupándose de la familia. 

Casi todas las incontables horas que de esta forma se ahorraron, fueron dedicadas al desarrollo científico, con el resultado de que la estrella experimentó un salto prodigioso hacia una era de progreso sin parangón.

En su rápida transformación en cerebros, los seres descubrieron que mediante la exterminación de los parásitos y las bacterias de Antares y modificando su propia estructura orgánica, y por medio de la voluntad de vivir se aproximaban a la inmortalidad. 

Descubrieron los secretos del tiempo y del espacio; conocieron la extensión del universo y supieron que el espacio, en sus límite extremos, se convierte en autoaniquilante. Supieron que la vida se creó a sí misma y controlaron su propio período de duración. 

Aprendieron que cuando, cansada de la existencia, una vida se daba muerte a sí misma, estaba muerta para siempre; no podría vivir de nuevo, pues la muerte era el último cambio químico de la vida.

Esas eran las formas que se desparramaban en vasto mar ante el orador. Eran formas porque podían adoptar cualquier apariencia que desearan. Sus mentes todopoderosas tenían un absoluto control de sí mismas. 

Cuando los Cerebros deseaban viajar, se relajaban, abandonando su habitual semirrigidez, y fluían de un lugar a otro como un reguero de tinta deslizándose cuesta abajo; cuando estaban cansados, se aplanaban hasta convertirse en discos; al exponer sus ideas, se convertían en arrogantes columnas de rígida exudación; y cuando se sumían en la abstracción o se perdían en una placentera contemplación de mundos sin límites creados en sus mentes, mundos por entre los que a menudo vagaban, ofrecían el aspecto de enormes pelotas durmientes.

Ningún sonido había emitido el orador pese a que impartió sus pensamientos a la sensitiva asamblea. Cuando sus mentes lo permitían, los pensamientos de los Cerebros fluían instantáneamente hacia quienes les rodeaban, lo mismo que ondas eléctricas. Antares era un mundo de silencio jamás quebrantado.

Los pensamientos del Gran Cerebro siguieron fluyendo:

—Hace mucho tiempo llegó a conocimiento de todos nosotros el destino que nos esperaba. Nada podíamos hacer. Ello no importaba mucho, desde luego, pues la existencia es algo inútil que a nadie beneficia. Sin embargo, en aquella reunión celebrada en fecha ya olvidada, solicitamos que quien quisiera ocuparse de ello, intentara pensar en alguna posible forma de salvación para nuestra propia estrella cuando menos, si no para las demás. 

No se ofreció ninguna recompensa porque no existía para ello recompensa adecuada. El Cerebro recibiría tan sólo la gloria de ser uno de los mayores que jamás se hubieran producido. En cuanto al resto de nosotros, recibiría solamente los efectos de esta gloria mediante el conocimiento de que habíamos dominado el Destino, considerado en aquel entonces, y todavía hoy, como inexorable; el placer que de ello obtendríamos se debería tan sólo al hecho de que nosotros, que nos hemos autocreado pero que no somos supremos, nos habríamos convertido a nosotros mismos en supremos por la conquista de la más poderosa amenaza que jamás haya atacado a la vida, el tiempo y el universo: el Polvo Cósmico.

"Nuestros cerebros más inteligentes estuvieron pensando en este tema durante incalculables millones de años. Excluyeron de sus pensamientos cualquier cosa que no fuera la pregunta: ¿cómo es posible dar jaque al polvo? Elaboraron innumerables planes, que se probaron concienzudamente. Todos fallaron. 

Lanzamos al vacío descargas de rayos imposibles de controlar, llamadas interplanetarias con la esperanza de poder fundir masas de polvo y convertirlas en nuevos mundos incandescentes. 

Hemos anclado en el espacio inmensos imanes con la esperanza de atraer el polvo, que es ligeramente magnético, y de esta forma solidificarlo o extraer de él gran parte de los escombros. 

Provocamos espantosas perturbaciones haciendo estallar nuestros compuestos más poderosos en las regiones que nos rodean, con la esperanza de agitar tan violentamente el polvo que, en el seno de las tempestades así formadas, se conmocionarán las tormentas de la creación. 

Con nuestros rayos aniquiladores hemos abierto billones de brechas a través del incesante flujo de polvo. Destruimos la vida en Betelgeuse y emplazamos allí titánicos generadores de vacío, descomunales máquinas zumbantes destinadas a succionar el polvo del espacio y amontonarlo en aquella estrella. 

Liberamos enormes cantidades de gas, lo incendiamos y lanzamos el fuego ardiente y furioso en enloquecidas llamaradas, a través del polvo estremecido. 

En nuestra desesperación, llegamos a llamar en nuestra ayuda a los Devoradores de Éter. Finalmente, sí, utilizamos nuestra Voluntad-Potente para barrer las oleadas arrolladoras ¡Fue en vano! ¿Qué ocurrió? El polvo, que por un momento había cedido terreno, se tomó un respiro y volvió a lanzarse adelante, en oleadas. Retornó triunfante, en silencio, y de nuevo colgó su palio de oscuridad sobre un Espacio acosado por el temor y cabalgado por las pesadillas.

Henchidos de silenciosa aflicción, los pensamientos del Gran Cerebro seguían fluyendo y esparciéndose por la Mansión de la Niebla:

—Con una amarga tenacidad que jamás antes habían desplegado, nuestros químicos dedicaron su tiempo a la producción de Supercerebros, con la esperanza de llegar a obtener uno que fuera capaz de vencer al Polvo Cósmico. 

Cambiaron los componentes utilizados en nuestra génesis; experimentaron con moldes y formas, ensayaron todas las posibilidades. ¿Cuál fue el resultado? Salieron monstruos rabiosos, locas abominaciones, horrores satánicos y asquerosos entes devoradores que chillaban salvajemente bajo el influjo de los innúmeros e indescriptibles fantasmas que atestaban sus mentes. 

Les matamos para salvarnos. ¡Y el Polvo siguió avanzando! Hemos pedido ayuda a todos los Cerebros vivientes. En los siglos remotos, cubiertos por el velo del pasado, hemos apelado a cualquier clase de ayuda. De vez en cuando se nos han propuesto planes que durante cierto tiempo han causado estragos terribles en el Polvo, pero que, por último, siempre han fracasado.

"Está a punto de producirse el triunfo del Polvo Cósmico. Nos queda ya tan poco tiempo que los esfuerzos que podamos hacer ahora serán inevitablemente vanos. Pero hoy, la esperanza de que algún Cerebro, ya sea de los viejos o de los nuevos y gigantescos, haya descubierto una posibilidad aún no ensayada, nos ha movido a convocar esta conferencia, la primera que se celebra desde hace más de doce mil años.

El silencio tenso y alerta que reinaba en el Salón se suavizó, relajándose, cuando dejaron de fluir los pensamientos del Gran Cerebro. Las ondas eléctricas que habían llenado la vasta Mansión de la Niebla se extinguieron y durante largo rato el recinto se vio invadido por una extraña tranquilidad. Pero la masa no permanecía nunca inmóvil. 

El mar que se extendía frente a la tarima se agitaba en un flujo y reflujo cuando lo atravesaban las olas de pensamiento. Pero ningún Cerebro se ofreció para hablar, y toda la extensión visible se fue aquietando a medida que transcurrían los minutos.

En forma de fina columna que emergía de la tarima, elevándose hasta gran altura, el Gran Cerebro se balanceaba- una y otra vez recorrió con la mirada todo el Salón, escudriñando entre las ondulantes formas con la esperanza de encontrar en algún punto, entre aquella multitud una que pudiera ofrecer una sugerencia. 

Pero transcurrieron los minutos y el tiempo se alargaba sin que llegara ninguna respuesta; la tristeza del fin inmutable y fijo se infiltró a través de la última raza. Y los Cerebros, absortos en su meditación, vieron cómo el Polvo presionaba sobre la concha de cristal de Antares, mostrando una mueca de triunfo.

El Gran Cerebro no había esperado obtener respuesta, ya que desde hacía siglos se consideraba inútil combatir al Polvo- así, pues, cuando su previsión, aunque no su deseo sé vio cumplida, se relajó y se dejó caer en señal de que la reunión había terminado.

Pero antes de que se hubiera completado su movimiento, en el centro de aquel mar, surgiendo de las profundidades, se produjo una violenta agitación; en un instante todo un sector se replegó y, precipitándose en tromba como un surtidor, se lanzó hacia arriba silbando al cortar el aire; el chorro ascendió en dirección al techo hasta que empezó a ondular, fino y tenue como una columna de humo- desde la oscuridad de las alturas de 1a Sala, la cúspide del Cerebro, miró fijamente hacia abajo.

—¡He encontrado un plan infalible! ¡El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo Cósmico!

Una terrible tensión cayó sobre los Cerebros entumecidos por el lamento que en oleadas silenciosas se extendía desde la Mansión de la Niebla hasta el sepulcro vacío y huérfano de sueños hecho de mármoles exóticos. El Gran Cerebro, apenas relajado, se irguió de nuevo. Y, formando un curioso torbellino, la multitud reunida se volvió repentinamente.

En el acto, el Cerebro Rojo quedó suspendido sobre el centro de un mar que había adoptado la disposición de un anfiteatro; todos los Cerebros tenían la mirada puesta en el centro. Una expectación y esperanza difícilmente contenidas electrizaban el aire.

El Cerebro Rojo era una de las últimas creaciones de los químicos, y se había obtenido durante los experimentos que se realizaron para producir cerebros más perfectos. En el pasado, todos habían sido negros, pero quizá debido a impurezas en los componentes químicos éste había evolucionado hacia un color rojo mate muy oscuro. 

Sus compañeros sintieron admiración por él sobre todo cuando descubrieron que muchos de sus pensamientos no podían ser captados por ellos. De entre las cosas que pasaban por su interior y que él permitía a los demás conocer, había una considerable porción que les resultaba incomprensible. Nadie sabía cómo juzgar al Cerebro Rojo, pero muchos pusieron sus esperanzas en él.

Por lo tanto, cuando el Cerebro Rojo lanzó su anuncio, los demás formaron un ancho círculo alrededor de él, con las mentes pasivas y abiertas hacia la explicación. Así, pues, se tendieron silenciosamente, a la espera del descubrimiento, y se recostaron, completamente desprevenidos para lo que iba a suceder.

Ya que, en cuanto el Cerebro Rojo se halló suspendido en el aire inició un lento pero incansable balanceo; a medida qué se balanceaba, sus pensamientos se verían en forma de canto rítmico. 

Descollaba en lo alto por encima de todos, igual que una columna lisa y tenue cuyo altivo capitel se moviera cada vez más rápidamente a medida que un estremecimiento nervioso recorría toda su extensión en oleadas que subían y bajaban. 

El tono del extraño canto se fue haciendo cada vez más y más fuerte, hasta convertirse en un salvaje y ditirámbico salmo, dedicado a la belleza del pasado, a la gloria del presente y al esplendor del futuro. Y la balada se convirtió en una quejumbrosa loa, en una exaltación; ramalazos de furiosa alegría la recorrieron, repitiendo:

El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo. Otros fracasaron, pero él no. Cantemos el himno nacional en honor del Cerebro Rojo, porque él ha triunfado. Exaltémosle, porque ha demostrado ser el más grande de todos. Veneremos al que es más grande que Antares, más grande que el Polvo Cósmico, más grande que el Universo.

De repente se detuvo. Los Cerebros, perplejos, miraron hacia lo alto. Por un momento, el Cerebro Rojo había detenido su cabeceo, acercando a ellos sus pensamientos. Pero, a lo largo de toda su extensión, inició un giro vertiginoso, que fue acelerándose hasta alcanzar una increíble velocidad. 

De pronto, algo antagónico emanó de él y antes de que los Cerebros lograran captar la situación, antes de que pudieran protegerse cerrando sus mentes, los impulsos de voluntad del Cerebro Rojo, cargados de odio y muerte, latieron sobre ellos y penetraron en sus mentes abiertas. 

Como un remolino, el Cerebro Rojo giraba arrastrándoles a su destino. Igual que balones semihinchados, los demás Cerebros yacían a su alrededor; durante un segundo se pusieron rígidos como burbujas de vidrio al enfriarse; y a medida que sus pensamientos, y por lo tanto, sus vidas, ya que Pensamiento era Vida, iban siendo aniquilados, quedaban instantáneamente aplastados como globos pinchados, disolviéndose en charcos de limo evanescente. Sucumbían por decenas y por centenares, destruidos por los pensamientos devastadores, imparables, del Cerebro Rojo, que llenaba todo el Salón; por grupos, por secciones, por doquier.

Alrededor del círculo caían los cerebros sentenciados por el destino en aquel único momento de descuido, mientras fluía una espesa tinta que formaba charcos, que se arrastraba y se convertía en ríos de brea que se precipitaban por el suelo de mármol pulido con un suave siseo sedoso.

La esperanza del universo se había cifrado en el Cerebro Rojo.

Y el Cerebro Rojo estaba loco.

La piedra de las estrellas - Valentina Zuravleva

    Hace cinco siglos, un meteorito cayó cerca de la ciudad de Ensisheim, en el Alto Rin. Para que el cielo no volviera a llevárselo lo ataron con cadenas al muro de la iglesia. Un hábil artesano grabó en él estas palabras: «a propósito de esta piedra, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente».

Cuando pienso en el meteorito de Pamir, acuden involuntariamente a mi recuerdo aquellas palabras. A propósito de él, yo sé mucho; sin duda más que cualquier otra persona. Pero estoy lejos de saberlo todo. Sin embargo, me acuerdo perfectamente de lo esencial. Tan perfectamente como si datara de ayer.

Hace seis meses, los periódicos anunciaron la caída de un meteorito en el Pamir. Aquella breve información, apenas media docena de líneas, retuvo inmediatamente mi atención.
Tal vez penséis: ¿qué podía haber de interesante en un meteorito para un bioquímico? 

Debo aclarar que los bioquímicos siguen con mucha atención todo lo que concierne a los meteoritos. En los fragmentos de esas «piedras celestes» buscamos el secreto de la aparición de la vida sobre la Tierra. Para ser menos romántico y más concreto, digamos que estudiamos los hidrocarburos contenidos en los meteoritos.

Un poco más tarde, el meteorito del Pamir fue objeto de una segunda información. Una expedición lo había descubierto a cuatro mil metros de altitud, y un helicóptero pudo descolgarlo de aquella percha. Se trataba, se decía, de un bloque de piedra de casi tres metros de longitud que pesaba más de cuatro toneladas.

Al leerlo, pensé que al día siguiente tendría que llamar por teléfono a Nikonov. En aquel preciso instante –a veces se producen esas coincidencias– resonó el timbre del teléfono. Empuñé el receptor. Era Nikonov.

Debo decir ante todo que, desde su época de escolar, Nikonov se ha distinguido siempre por su sangre fría y su placidez. Nunca –y hace casi medio siglo que nos conocemos– le había visto emocionado o alterado. Pero en aquella ocasión, por su voz entrecortada y febril, por sus palabras deshilvanadas, comprendí que sucedía algo extraordinario.

De aquel torrente de palabras retuve una cosa: tenía que dirigirme inmediatamente, con la mayor rapidez posible, al Instituto de Astrofísica.

Tomé un taxi.

El vehículo rodó por las calles desiertas, en cuyo espejo de asfalto se reflejaban los anuncios luminosos. Llovía. Pensé en los que no duermen a aquella hora tardía. En los que, inclinados sobre sus microscopios, sobre el frágil cristal de sus probetas, sobre sus páginas cubiertas de fórmulas, buscan lo nuevo. Pensé en el asombroso destino de los descubrimientos: desconocidos hoy de todos, mañana irrumpen en la vida, la cambian, la modifican.

Las ventanas del Instituto aparecían iluminadas. Sin saber por qué, pensé inmediatamente que la causa era el meteorito del Pamir. Pero, ¿qué podía tener de particular, de extraordinario, aquel meteorito?

El Instituto parecía una colmena excitada. Los colaboradores corrían de un lado a otro, atareados y preocupados; por las puertas entreabiertas surgía el sonido de voces excitadas.

Nikonov me esperaba en su despacho. He de admitir que entonces no había concedido una importancia especial a lo que ocurría. Los científicos nos inclinamos a veces a exagerar nuestros éxitos y nuestros sinsabores. Cuando, después de prolongados experimentos, consigo una reacción, siento también deseos de despertar a todo Moscú.

Pero, Nikonov... Había que conocerle para comprender hasta qué punto estaba excitado.
Sin contestar a mi saludo, me apretó fuertemente la mano.
Y aquel apretón de manos rápido, nervioso, me comunicó su emoción.
–¿Se trata del meteorito del Pamir? –pregunté, adivinando ya la respuesta.
–Sí –respondió.

Nikonov cogió un paquete de fotografías y las desplegó en abanico delante de mí. Eran fotografías del meteorito. Las examiné, esperando ver... Naturalmente no sabía lo que iba a ver. Pero estaba convencido de que se trataba de algo sensacional.

Quedé asombrado, pues, al comprobar que el meteorito era semejante a las docenas de ellos que había podido ver al natural o en fotografía. Un bloque de piedra en forma de cohete, de superficie porosa, y nada más.

Devolví las fotografías a Nikonov, el cual sacudió la cabeza y dijo, con voz ronca que no era la suya:
–No es un meteorito. Bajo el caparazón de piedra hay un cilindro metálico... con un ser vivo en su interior.
 
Ahora, cuando rememoro los acontecimientos de aquella noche, me parece raro que, durante un largo instante, fuera incapaz de comprender a Nikonov. Sin embargo, todo era muy simple. Pero precisamente por esto el asunto producía una impresión de inverosimilitud, de irrealidad, impidiéndome comprender inmediatamente a Nikonov.

El meteorito era una nave cósmica. La envoltura de piedra, que tenía unos siete centímetros de espesor, recubría un cilindro de metal obscuro, muy denso. Nikonov opinaba (y su opinión quedó confirmada más tarde) que la envoltura en cuestión estaba destinada a proteger al cilindro de los meteoritos y de un peligroso recalentamiento. El aspecto poroso de su superficie procedía de los choques con los micrometeoritos. Sus huellas, muy numerosas, demostraban que el ingenio había estado volando por espacio de muchos años.

–Si el cilindro fuera macizo –dijo Nikonov–, pesaría al menos veinte toneladas. Pero, sin la envoltura de piedra, su peso es ligeramente superior a las dos toneladas. En tres lugares, unos hilos muy finos salen del cilindro. Están rotos.

Evidentemente, en el momento de la caída se desprendieron unos aparatos que se encontraban en la parte exterior del cilindro. El galvanómetro, conectado a esos hilos, ha revelado unos leves impulsos eléctricos...

–Pero, ¿por qué tiene que tratarse necesariamente de un ser vivo? –repliqué–. En el interior del cilindro puede haber unos aparatos automáticos.
–Descartado –respondió Nikonov–. Da golpes.
No lo entendí.
–¿Qué es lo que da golpes?
–El que está dentro del cilindro –la voz de Nikonov tembló–. Cuando alguien se acerca, empieza a dar golpes. Puede ver. Ignoro cómo, pero puede ver.
Resonó el timbre del teléfono. Nikonov cogió el receptor y observé que una sombra cruzaba por su rostro.
–Han sondeado el cilindro –me dijo, soltando el receptor–. Su pared no alcanza los veinte milímetros de espesor. En el interior no hay metal.

En aquel momento se me ocurrió la objeción más lógica. El cilindro no era tan grande. ¿Cómo podían caber en él unos seres vivos? No sólo necesitaban espacio, sino también víveres, agua, dispositivos para el mantenimiento de una temperatura constante, para renovar el aire. ¿Cómo introducir todo aquello en un cilindro de menos de tres metros de longitud y unos sesenta centímetros de diámetro?

Nikonov me escuchó y dijo:
–Dentro de un cuarto de hora iremos a verlo. Espero a alguien. De momento, están colocando el cilindro en una cámara hermética.
–De todos modos, tienes que admitir que esa versión del ser vivo no es realista. No puede haber hombres en el cilindro.
–¿Hombres? ¿Qué entiendes tú por eso?
–Bueno, seres pensantes.
–¿Con unos brazos y unas piernas?
Por primera vez aquella noche, Nikonov sonrió.
–Sin duda –contesté.
–No los hay en la nave –dijo Nikonov–. Contiene seres pensantes, pero resulta difícil saber cómo son.

Yo no podía estar de acuerdo con él. Bastaba recordar cómo imaginaban los europeos, antes de los grandes descubrimientos geográficos, a los habitantes de los países desconocidos: hombres de seis brazos o con la cabeza de perro, enanos y gigantes... Y luego se comprobó que en Australia, en América y en Nueva Zelanda, los hombres eran semejantes a los de Europa.

–Las condiciones de vida idénticas, las leyes generales de la evolución, desembocan en los mismos resultados.
–¿Las leyes generales de la evolución? –inquirió Nikonov–. Pueden admitirse hasta cierto punto. Pero, ¿de dónde sacas las condiciones de vida idénticas?

Me expliqué: la existencia y el desarrollo de las formas superiores de las proteínas sólo son concebibles dentro de unos límites bastante restringidos de temperatura, de presión, de irradiación. De lo cual puede inferirse que el mundo orgánico evoluciona siguiendo unos caminos parecidos.

–Querido amigo –dijo Nikonov–, eres académico y un bioquímico eminente, la mayor autoridad en materia de síntesis bioquímica. Cuando hablas de las síntesis de las proteínas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero el que sabe fabricar ladrillos no es necesariamente experto en arquitectura. Y no lo tomes a mal.

¿Cómo podía tomarlo a mal? A decir verdad, nunca había reflexionado seriamente en la evolución del mundo orgánico en los otros planetas. No era mi especialidad.

–Las ideas que en la Edad Media proliferaban acerca de los hombres con cabeza de perro eran absurdas, efectivamente –continuó Nikonov–. Pero en la Tierra, si se exceptúa el clima, las condiciones de vida son muy parecidas. Por otra parte, cuando cambian las condiciones, cambia el hombre. En América del Sur, en los Andes peruanos, hay una tribu india que vive a 3.500 metros de altitud. Sus miembros son de baja estatura, y su peso medio es de cincuenta kilogramos, pero el volumen de su caja torácica y de sus pulmones es superior en un 50% al de los europeos.

»Como puedes ver, su organismo está adaptado a las condiciones de vida en una atmósfera enrarecida, a costa de una notable modificación del aspecto exterior. Ahora, reflexiona un poco en las considerables diferencias que pueden existir entre las condiciones de vida en la Tierra y en los otros planetas. Tomemos la gravedad, por ejemplo. No sé por qué la has olvidado. 

En Mercurio, la gravedad es cuatro veces menor que en la Tierra. Si ese planeta estuviera habitado, es poco probable que sus habitantes necesitaran unos miembros inferiores tan desarrollados como los nuestros. En cambio, en Júpiter la gravedad es mucho mayor que en nuestro planeta. En tales condiciones, es muy probable que la evolución de los vertebrados no haya desembocado en la postura vertical...

Había una brecha en el razonamiento de Nikonov, y me dispuse a explotarla.
–Querido amigo –dije–, eres profesor, eres un astrofísico eminente, la mayor autoridad en el campo del análisis espectral de la atmósfera de las estrellas. Cuando hablas de los planetas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero, el que sabe fabricar ladrillos... Resumiendo, olvidas que las manos tienen que estar libres. Sin ello, el trabajo que ha formado al hombre resultaría imposible. Y, con la postura horizontal, los cuatro miembros sirven como puntos de apoyo.

–Desde luego. Pero, ¿por qué cuatro? ¿Acaso existe un límite?
–Entonces, ¿volvemos a los hombres de seis brazos?
–En los planetas donde la gravedad es muy intensa, ese es sin duda el camino que seguiría la evolución de los vertebrados. Pero, además de la gravedad, existen otros factores. 

El estado de la superficie del planeta, por ejemplo, tiene una enorme importancia. Si la Tierra estuviera cubierta de un modo permanente y total por el océano, la evolución del mundo animal hubiese sido muy distinta.
–¡Seríamos sirenas! –ironicé.

–Tal vez –replicó Nikonov, imperturbable–. La vida en el océano evoluciona sin cesar, aunque más lentamente que en tierra firme. Lo que debe ser común a todos los seres dotados de razón, habiten donde habiten, es un cerebro desarrollado, un sistema nervioso complejo, unos órganos para trabajar y para desplazarse que estén adaptados al medio ambiente.


–Sin embargo –dije, sin querer darme por vencido–, no está descartado que en planetas semejantes a la Tierra vivan unos seres racionales semejantes a los hombres.
–No, no está descartado –convino Nikonov–, pero es poco verosímil. Has omitido otro factor importante: el tiempo. El aspecto del hombre no es algo constante. 

Hace diez millones de años, nuestros antepasados tenían una cola y una facies alargada. ¿Y qué aspecto tendremos dentro de diez millones de años? Es absurdo pensar que siempre seremos como ahora. Tú hablas de los planetas de la misma naturaleza. Existen, indiscutiblemente. Pero es muy poco probable que la evolución de los seres pensantes coincida en ellos en el tiempo. 

En una palabra, amigo mío, Shakespeare tenía mucha razón cuando puso en boca de Hamlet aquellas famosas palabras: «Hay más cosas en el cielo y en la Tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía».

Me resulta difícil, al cabo de tanto tiempo, recordar con exactitud los términos de aquella conversación con Nikonov. Tanto más por cuanto nos interrumpían continuamente: resonaban los timbres de los teléfonos, los colaboradores entraban y salían del despacho, el propio Nikonov consultaba su reloj cada diez minutos... Pero la conversación en sí me parece memorable. Nuestras hipótesis eran atrevidas, pero la realidad resultó serlo mucho más.

Ahora, todo me parece sencillo. Si la nave, procedente de otro sistema planetario, había podido cruzar las inmensidades del Cosmos, era porque en su planeta de origen el Saber estaba más adelantado de lo que podíamos imaginar. Esta sola circunstancia debió estimularnos a no extraer conclusiones precipitadas...

Nuestra conversación fue interrumpida definitivamente por la llegada del académico Ashtakov, especialista en medicina astronáutica.
Con gran asombro por mi parte, lo primero que preguntó Ashtakov fue:
–¿Qué clase de motor utilizan?
Me reproché inmediatamente no haber pensado en el motor. La respuesta hubiese permitido aclarar numerosos extremos: el nivel de evolución de los recién llegados, la duración de su viaje por el Cosmos, la distancia recorrida, la aceleración que podían soportar...
–No hay ningún motor –respondió Nikonov–. Debajo del caparazón de piedra hay un cilindro metálico completamente liso.
–¡Ah! –exclamó Astakhov; Meditó unos instantes, mientras su rostro reflejaba el mayor de los asombros–. Entonces... eso significa que poseen un motor antigravitacional. Han dominado la gravitación.
–Probablemente –asintió Nikonov–. Esa es también mi opinión.
–¿Cómo? –inquirí–. ¿Es posible controlarla?
–En principio, sí, indiscutiblemente –respondió Nikonov–. No existe en la naturaleza una fuerza que el hombre no pueda dominar, tarde o temprano. Es una cuestión de tiempo. Pero hay que reconocer que, de momento, sabemos muy poco acerca de la gravitación. 

Conocemos la ley de Newton: dos cuerpos cualesquiera se atraen mutuamente en razón directa de sus masas y en razón inversa del cuadrado de sus distancias. Sabemos, aunque de un modo puramente teórico, que la fuerza de atracción se difunde a la velocidad de la luz. Pero ignoramos de dónde procede esa fuerza y cuál es su naturaleza.

Volvió a sonar el timbre del teléfono; Nikonov cogió el receptor y, tras escuchar unos segundos, dijo:
–En seguida vamos para allá.
Luego añadió, dirigiéndose a nosotros:
–Nos esperan.
Salimos al pasillo.
–Algunos físicos opinan –continuó Nikonov– que todos los cuerpos contienen unas partículas de gravitación: los gravitones. Yo no estoy muy convencido de que esa hipótesis sea cierta. Pero, si lo fuera, las dimensiones de los gravitones tendrían que ser tan reducidas en relación con los de los núcleos atómicos, como las de estos últimos lo son comparados con los cuerpos ordinarios. Y la concentración de la energía tendría que ser en ellos incomparablemente más elevada que en el núcleo del átomo.

Descendimos por una escalera de caracol, muy empinada, que conducía al sótano del Instituto. Al final de un angosto pasillo, un grupo de colaboradores nos esperaba delante de una puerta de acero. Alguien puso un motor en marcha y la puerta se abrió lentamente.

Vi por primera vez la nave cósmica. 

Reposaba horizontalmente sobre dos puntos de apoyo. Era un cilindro de metal obscuro y de superficie muy lisa. La envoltura de piedra, que se había agrietado por diversos lugares en el momento de la caída, había sido desprendida del cilindro, de uno de cuyos extremos colgaban tres cables muy finos.

Nikonov, que se encontraba más cerca, avanzó un par de pasos: inmediatamente percibimos unos golpes. En el interior del cilindro alguien emitía unos raros sonidos que no recordaban en nada el ritmo de una máquina. Se me ocurrió la idea de que la nave no contenía necesariamente unos hombres: nosotros situamos en nuestros cohetes experimentales monos, perros, conejos...

Nikonov se alejó en dirección a la puerta y los golpes cesaron. En medio del silencio que se había establecido, se oía claramente la penosa respiración de uno de los presentes, sin duda acatarrado.

No sé lo que pensaban los demás, pero en lo que a mí respecta ni siquiera se me ocurrió la idea de que acababa de abrirse una nueva era para la ciencia. Lo comprendí más tarde, y la escena que acabo de evocar se fijó entonces para siempre en mi memoria: una pequeña estancia de techo bajo inundada de luz; en el centro, el obscuro cilindro, liso y brillante; cerca de la puerta, un grupo de hombres profundamente emocionados, con los rostros contraídos por la tensión...

Pusimos manos a la obra. Los ingenieros tenían que determinar lo que había dentro del cilindro. Astakhov y yo estábamos encargados de asegurar una doble protección biológica: la de los pasajeros de la nave cósmica contra las bacterias terrestres, y la del personal contra las bacterias que podía contener el cilindro.

Me resultaría difícil explicar cómo realizaban su tarea los ingenieros. Me faltó tiempo para fijarme en su trabajo. Sólo recuerdo que sondearon el cilindro con ultrasonidos y con rayos gamma. Tras prolongadas discusiones (no era fácil ponerse de acuerdo con Astakhov, a causa de su sordera), convinimos en proceder a abrir el cilindro con la ayuda de «brazos mecánicos» teledirigidos. 

Antes, la cámara hermética en la que se encontraba el cilindro tenía que ser desinfectada con potentes rayos ultravioleta.

Nos apresuramos. A dos pasos de nosotros un ser viviente moría y teníamos que acudir en su ayuda.
Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.

Armados de un pico termonuclear, los «brazos mecánicos cortaron el metal con mil precauciones, abriendo el acceso a los aparatos de la nave cósmica. A través de las angostas rendijas encristaladas, practicadas en el muro de hormigón, observamos los gestos impecablemente precisos de aquellos enormes «brazos mecánicos». Lentamente, centímetro a centímetro, el chorro de fuego mordía el metal desconocido. Luego, los «brazos mecánicos» asieron la base del cilindro, que se despegó.

La nave cósmica no contenía ningún ser vivo. Pero había en él materia viviente. Un gigantesco cerebro palpitante, situado en el centro del cilindro.

Cuando digo «cerebro» hablo en términos convencionales. En el primer momento, lo que vi me pareció la réplica exacta, aunque considerablemente aumentada, de un cerebro humano. Pero, al mirarlo con más atención, comprendí mi error. Era únicamente un fragmento de cerebro. Más tarde descubrimos que estaba desprovisto de todos los centros que gobiernan los sentimientos y los instintos. Además, sólo incluía algunos de los centros «pensantes» de un cerebro normal, aumentados decenas de veces.

Para dar una definición exacta, habría que decir que era una «neuro-calculadora», o sea, una máquina de calcular en la cual los diodos y los triodos estaban reemplazados por células vivas de materia cerebral. Y –hecho fundamental– de materia cerebral sintética. Lo adiviné inmediatamente por múltiples detalles. Más tarde, aquella hipótesis se confirmó.

En alguna parte, sobre un planeta desconocido, la ciencia está mucho más desarrollada que en la Tierra. En tanto que nosotros apenas llegamos a sintetizar parcelas de las moléculas más simples de albúmina, allí saben sintetizar ya las formas superiores de la materia orgánica. Este es también el objetivo de nuestra bioquímica, pero, ¡cuán lejos estamos de él!

He de reconocer que lo que descubrimos en la nave cósmica fue para todos nosotros una gran sorpresa. El único que no dio la menor muestra de asombro fue Astakhov. Fue también el primero en hablar.

–¡Ah! –exclamó–. ¡Lo que yo había predicho! Recuerden lo que escribí hace un par de años... Las distancias entre las galaxias son infranqueables para el hombre. Ese viaje sólo puede ser realizado por una nave de mando automático. ¡Au-to-má-ti-co! Pero, ¿de qué tipo? ¿Máquinas electrónicas? ¡No, y no! Es demasiado difícil, casi imposible de realizar. ¡No! Es necesario el sistema más perfeccionado: un cerebro... Escribí eso hace dos años. Y algunos bioquímicos lo tildaron de fantástico. Escribí: para los viajes entre las galaxias se necesitan bio-autómatas, capaces de regenerar sus células...

Lo que decía Astakhov era verdad. Dos años antes había publicado un artículo exponiendo aquellas ideas. Y yo fui uno de los que las consideraron demasiado fantásticas. Sin embargo, los hechos le daban la razón. Había predicho, con notable anticipación, la síntesis de la materia cerebral, aquella forma superior de la materia.

Por regla general, los especialistas no prevén demasiado bien el futuro. Se acostumbran a las cosas en las cuales trabajan hoy. Piensan: hoy hay automóviles, por lo tanto, dentro de cien años habrá también automóviles, con la diferencia de que serán más rápidos. Hay aviones, por lo tanto habrá aviones, pero volarán más aprisa. Por desgracia, todas esas previsiones no sirven de mucho...

A veces, lo nuevo parece increíble, inverosímil, imposible. Y, sin embargo, nace. Heinrich Hertz, que fue el primero en estudiar las oscilaciones electromagnéticas, negaba en su época la posibilidad de desarrollar la telegrafía sin hilos. Y unos años más tarde, Popov inventó la radio.

No, yo no había creído en lo que escribió Astakhov. Para crear bio-autómatas, hay que resolver unos problemas sumamente complejos: sintetizar las formas superiores de la materia biológica; aprender a controlar los procesos bio-electrónicos; obligar a la materia viviente y a la materia inerte a trabajar conjuntamente... Todo eso me parecía demasiado fantástico. 

Pero lo nuevo, aunque creado por los hombres de otro planeta, hacía irrupción en nuestra vida, confirmando aquella gran verdad de que no pueden existir límites para el progreso de la ciencia. Nosotros no conocíamos la composición de la atmósfera en el interior del cilindro. Ignorábamos también cómo repercutiría en el cerebro artificial el paso a la atmósfera terrestre.

Cada uno de nosotros estaba clavado a su puesto, junto a los compresores, a los aparatos, a los balones de gas. Todo estaba preparado para modificar lo más rápidamente posible la composición de la atmósfera en la cámara hermética. 

Pero, apenas se abrió el cilindro, los aparatos señalaron que la atmósfera en el interior de la nave cósmica estaba compuesta de una quinta parte de oxígeno y de cuatro quintas partes de helio, en tanto que la presión era superior en una décima parte a la de la Tierra. El cerebro seguía palpitando; un poco más aprisa, quizás.

Los compresores aullaron, elevando la presión en la cámara. La primera fase de trabajo había sido completada con éxito.
Subí al despacho de Nikonov, arrastré un sillón hasta la ventana y levanté un visillo. Fuera, las luces de la ciudad iban encendiéndose, expulsando las tinieblas. Era la segunda noche, pero me parecía que sólo hacía unas horas que había llegado al Instituto.

De modo que la atmósfera del ingenio cósmico contenía un veinte por ciento de oxígeno, lo mismo que la atmósfera terrestre. ¿Era una casualidad? No. Con esa concentración, precisamente, la hemoglobina de la sangre se satura completamente de oxígeno. Por lo tanto, la nave cósmica tenía que incluir un sistema circulatorio. La muerte de una parte del cerebro acarrearía fatalmente la muerte del conjunto.

Me precipité hacia el sótano.

Al rememorar ahora nuestras tentativas para salvar el cerebro artificial, vuelvo a experimentar el sentimiento de impotencia y de amargura que nos invadió entonces.
¿Qué podíamos hacer?

Aquel cerebro creado por los hombres de otro planeta, estaba muriendo. Su parte inferior aparecía reseca y ennegrecida. Sólo en la parte superior quedaba un poco de materia palpitante. Cuando alguien se acercaba, las pulsaciones se hacían febriles, como si el cerebro pidiera ayuda.

Habíamos descubierto rápidamente cómo funcionaba el sistema que proporcionaba el oxígeno. Tal como había supuesto, aquella respiración se producía por medio del hema, una combinación química semejante a la hemoglobina. 

También habíamos comprendido fácilmente cómo funcionaban los otros dispositivos que alimentaban al cerebro y absorbían el gas carbónico.

Pero no podíamos evitar la muerte de las células del cerebro. En alguna parte, sobre un planeta desconocido, unos seres racionales habían sintetizado la materia cerebral, la más perfectamente organizada. Habían sabido enviar su cerebro artificial a las profundidades del Cosmos. Sin duda alguna, las células de aquel cerebro habían registrado múltiples secretos del Universo. Pero nosotros no podíamos enterarnos de ellos. El cerebro moría.

Utilizamos todos los medios de que disponíamos, desde los antibióticos hasta la intervención quirúrgica. Inútilmente.
En mi calidad de presidente del comité especial de la Academia de Ciencias, pregunté una vez más a mis colegas si habíamos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance.
Nos encontrábamos en la pequeña sala de conferencias del Instituto. Estaba amaneciendo. Los sabios se habían sentado y permanecían silenciosos, rendidos de fatiga.

Nikonov se pasó la mano por el rostro y respondió con voz ronca:
–Todo.
Los otros asintieron.

Durante seis días, mientras vivieron las últimas células del cerebro, nos relevamos junto a él, sin interrumpir por un solo instante las observaciones. Resulta difícil enumerar todo lo que aprendimos. Pero lo más interesante fue el descubrimiento de la substancia utilizada para proteger los tejidos vivientes contra las radiaciones.

La nave cósmica tenía un casco relativamente delgado que los rayos cósmicos traspasaban con facilidad. Esta circunstancia nos impulsó, desde el primer momento, a buscar en las células del bio-autómata una substancia protectora. Y la encontramos. Una concentración ínfima de esa substancia sensibiliza al organismo contra las dosis más elevadas de radiaciones. 

En adelante, podríamos simplificar considerablemente la construcción de las naves cósmicas. Ya no sería necesario colocar los reactores atómicos detrás de pesadas pantallas protectoras, lo cual nos acercaba extraordinariamente a la era de las naves estelares atómicas.

El sistema de regeneración del oxígeno resultó también muy interesante. Durante años enteros, una colonia de algas desconocidas en la Tierra y que pesaban menos de un kilogramo habían absorbido regularmente el gas carbónico y desprendido el oxígeno que el cerebro necesitaba.
Hablo de los descubrimientos biológicos. Pero los realizados por los ingenieros serán todavía más importantes, sin duda. 

Tal como creía Astakhov, la nave cósmica llevaba un motor antigravitacional. No estoy en condiciones de entrar en detalles técnicos acerca de su construcción, pero puedo afirmar una cosa: los físicos tendrán que revisar a fondo sus conceptos sobre la naturaleza de la gravitación. La era de la técnica atómica dejará paso, probablemente, a la era de la técnica antigravitacional. Gracias a ella, los hombres controlarán energías y velocidades actualmente inconcebibles.

Los análisis nos revelaron que el casco de la nave estaba construido con una aleación de titanio y de berilio. Pero, a diferencia de las aleaciones ordinarias, estaba constituida por un solo cristal. Nuestros metales son, por así decirlo, una mezcla de cristales. Cada uno de los cristales, por separado, es sólido. Pero están unidos muy débilmente entre ellos. El metal del futuro estará formado por un solo cristal, muy sólido. Al modificar la red cristálica, será posible modificar sus propiedades ópticas, su resistencia, su conductibilidad.

Y, sin embargo, el descubrimiento más importante –hasta ahora no ha sido aún descifrado– se refiere al cerebro artificial de la nave cósmica. Los tres cables que colgaban del cilindro estaban conectados efectivamente con él por medio de un sistema bastante complicado. Gracias a ellos, durante seis días unos oscilógrafos muy sensibles pudieron registrar las corrientes del bio-autómata. 

No se parecían en nada a las biocorrientes del cerebro humano. Y pusieron de relieve toda la diferencia existente entre el cerebro artificial y un verdadero cerebro. En efecto, el cerebro de la nave cósmica no era más que una instalación cibernética en la cual unas células vivas desempeñaban el papel de lámparas. A pesar de toda su complejidad, era incomparablemente más simple, más especializado, por así decirlo, que el cerebro humano.

En seis días, se registraron millares de metros de oscilogramas. ¿Conseguiremos descifrarlos? ¿Qué nos revelarán? Tal vez la historia del viaje a través del Cosmos.
De momento, a propósito de esa piedra caída de las estrellas, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente. Sin embargo, llegará el día en que queden desvelados sus últimos secretos.

Y entonces, unos mensajeros terrestres, unas naves provistas de un motor antigravitacional, remontarán el vuelo hacia las inmensidades sin límites del Universo.
No serán conducidas por hombres. La vida humana es corta y el Universo infinito.

Serán conducidas por unos bio-autómatas. Las naves del futuro, después de millares de años de viaje, después de haber penetrado en las lejanas galaxias, regresarán a la Tierra, portadoras de la llama inextinguible del Saber.