La
luz azul llameó más allá de Pelham Woods. Fue vista por varios de los muchachos
que haraganeaban frente a la barbería en la calle principal de Kensigton
Corners.
—¿Qué
diablos ha sido eso? —preguntó uno de ellos.
—Un
rayo bajo. ¿Qué otra cosa podía ser?
—No
parecía como un rayo. Se mantuvo demasiado tiempo. Además, no hay nubes ahí
arriba.
—Puede
que haya algunas nubes bajas que tú no puedas ver debido a los árboles.
Sam
Cárter, fresco tras su afeitado de la tarde, salió de la barbería y dijo:
—¿De
qué estáis discutiendo, amigos?
—Acabamos
de ver un platillo volante.
Sam
sonrió.
—¿Sólo
uno? Nadie tiene derecho a jactarse de ello en estos días a menos que vea como
mínimo seis. Y al menos tienen que arrojar luces de cinco colores distintos.
—Éste
sólo era azul.
—Yo
siempre he preferido los amarillos.
Los
chicos sonrieron. Sam miró al otro lado de la calle y llamó:
—¡Lee!
Espera. Voy contigo.
Lee
Hayden, un hombre grueso y de rostro agrio, se detuvo y aguardó, y cuando Sam
Cárter llegó a su lado pregunto:
—¿Qué
demonios están tramando esos chismosos holgazanes?
—Platillos
volantes. Esta vez, uno azul.
— Uf. Es una forma como otra de perder el valioso tiempo.
—Oh,
hacen lo que pueden, Lee. Mira..., parece como si las cosas empezaran a adoptar
un tono serie entre nuestros chicos.
Lee
Hayden bufó.
—Que los zurzan a todos. Ni siquiera saben lo que quieren. Es un
signo de los tiempos.
—Oh,
yo no diría eso. Mi Johnny se toma la vida en serio. Y Joan es precisamente lo
que necesita.
Lee
frunció el ceño.
—Hoy
en día los chicos nunca piensan en el mañana..., de dónde les va a venir el
próximo dólar. En todo lo que piensan es en vivir bien..., en crearse
problemas..., en meterse en deudas...
—Sin
embargo, parece que la cosa funciona. No hay en ellos nada malo que el
matrimonio no cure.
Sam
Cárter era uno de los pocos hombres en Kensington Corners a quien le gustaba
Lee Hayden. La mayoría de la gente se quejaba de su agria perspectiva de la
vida y de sus instintos avaros. Sam, sin embargo, comprendía al hombre, y esto
era bueno para Johnny y Joan.
—Parece
como si su cita de esta noche sea más bien importante —dijo Sam—. Johnny me
pidió que le dejara el Packard. Espero que no se declare a la chica en ese
carricoche.
—Son
demasiado jóvenes para casarse.
—Bueno,
quizá no lo hagan inmediatamente —dijo Sam, tranquilamente—. Nos veremos más
tarde, Lee.
Sam
entró en su casa y Lee Hayden siguió calle abajo, con el ceño fruncido como de
costumbre.
Mientras,
mucho más allá de Pelham Woods, la nave espacial con los azules gases de escape
se posaba en la superficie del estanque de Nelson y se sumergía fuera de la
vista.
El
teléfono de Sam Cárter sonó chillonamente. Se despertó y sacudió el sueño de
sus ojos. Encendió la luz y, mientras cogía el teléfono observó que eran la una
y media de la madrugada.
—¿Hola?
—Hola...
¡Papá! ¿Estás despierto? Escúchame. Por favor...
—¡Johnny!
¿Qué demonios te ocurre? ¿Estás en dificultades?
—¿De
qué está usted hablando? —dijo el policía.
—¡En
terribles dificultades, papá!
Sam
se levantó de la cama y apoyó los pies en el suelo.
—¿Un
accidente? ¿Hay alguien herido? ¡Maldita sea, muchacho! Hace rato que tendrías
que estar de vuelta a casa.
—No
me sermonees, papá. Simplemente escucha.
—¿Dónde
estás? Cuéntamelo todo.
—Llevé
a Joan a bailar a Storm Lake, e íbamos de camino a casa cuando...
—¿Cuándo
qué? ¡Habla, muchacho!
—Chocamos...
—¿Mataste
a alguien?
—Sí...,
bueno, no..., nosotros...
—¡Por
el amor de Dios, Johnny! Cálmate y cuéntamelo. O lo hiciste oí no lo hiciste.
¡No me digas que saliste huyendo después de un accidente!
—No...,
escucha, papá, ¿puedes colgar y venir aquí tan rápido como puedas? Necesito
ayuda. Necesito desesperadamente ayuda. ¡Simplemente ven!
—De
acuerdo, hijo. Tomaré tu cacharro y...
—No
lo hagas, papá..., no funciona. Llama al señor Hayden. Utiliza su coche.
—De
acuerdo. ¿Dónde estás?
—Estoy
llamándote desde la granja en Garner Road..., la de Frank Williams. Es un
granjero. ¿Sabes qué carretera...?
—Lo
sé. ¿Dónde dices que ocurrió todo? ¿Dónde está el coche?
—En
una curva a unos tres kilómetros de Storm Lake. Allí es donde... ocurrió todo.
Joan y yo volveremos allá y esperaremos.
—Quedaos
donde estáis... Os recogeré.
—¡No,
papá! No les he dicho a esta gente lo ocurrido. Esperaremos cerca del coche.
—De
acuerdo, lo que tú digas. Vendré tan pronto como pueda. Diez minutos más tarde,
Sam Cárter estaba sentado al lado de Lee Hayden mientras éste conducía su
Chevrolet en dirección a Storm Lake.
—¡Malditos
chicos estúpidos! —murmuró Lee—. ¿Por qué no averiguaste lo que había ocurrido?
Pueden haber matado a alguien. Probablemente lo hicieron. Lo menos que podía
haber hecho tu hijo era decírtelo.
—Vayamos
allá y averigüémoslo —dijo Sam, con un asomo de tensión en su voz.
Llegaron
a Garner Road desde el sur, y Lee condujo lentamente entre las rodadas y los
baches.
—¿Por
qué demonios tomaron una carretera como ésta?
—Probablemente
les pareció buena para ellos.
—Me
pregunto lo buena que les parecerá ahora.
—¿Puedes
conducir un poco más aprisa?
—¿Y
cargarme un muelle? Estoy haciéndolo lo mejor que puedo. Sam refrenó su
impaciencia hasta que los faros iluminaron la parte de atrás del Packard.
Permanecía detenido en medio mismo de la carretera.
—No
parece que haya sufrido ningún daño —dijo Lee.
—Todavía
no podemos ver la parte delantera.
Lee
avanzó quince metros más, y los dos hombres se apearon del vehículo. Hubo un
relumbrar de algo blanco y los dos jóvenes aparecieron de entre unos arbustos
junto a la cuneta. Joan, una hermosa morena, parecía etérea en su traje de
tarde blanco..., fuera de lugar con sus tacones altos en aquella solitaria
carretera de segundo orden. El agraciado rostro joven de Johnny Cárter estaba
tenso y pálido.
—¿De
qué os estáis ocultando? —preguntó Lee.
—¿Qué
es lo que ha ocurrido? —dijo Sam—. No hay ningún otro coche...
—No
ha sido ningún choque, papá. Está en la parte de delante. Ven. Joany...,
quédate aquí.
—Yo...
me siento un poco mal. Iré al Chevy.
Johnny
la ayudó y cerró la portezuela. Luego se volvió y dijo:
—Vamos.
—Mientras caminaban rodeando el Packard, añadió—: Ahora tranquilícense. Van a
ver algo que nunca antes en sus vidas han visto.
Rodearon
el coche y se detuvieron por un instante. Luego Johnny conectó los faros del
Packard y Lee Hayden gruñó:
—¡Gran
Dios de los cielos! ¿Es eso real?
Sam
Cárter sintió que un estremecimiento le recorría arriba y abajo desde el centro
de su espina dorsal, congelando sus piernas y volviéndolo mudo.
—Estaba
conduciendo y no iba distraído —dijo Johnny—, puedo jurarlo. Quizá no demasiado
atento, pero ¿quién espera que alguien..., que algo... aparezca en esta
carretera sin ninguna luz? De todos modos vi como un atisbo y frené, pero era
demasiado tarde. Al principio creí que era un hombre y salí y..., y lo recogí
antes de darme cuenta de que...
Dio
un inconsciente paso atrás y se frotó las mangas de su chaqueta, como si
estuvieran cubiertas de suciedad.
Aún
inmóvil, Sam Cárter intentó hallar pensamientos con los que describir aquella
cosa horrible. No tendría más de metro veinte de altura y poseía una cabeza
demasiado grande para su delgado cuerpo. Su piel era verde, los tonos variaban
desde un oscuro hasta un pálido acentuado. Tenía piernas delgadas y dos brazos
como de araña terminados en manos con finos y delicados dedos y un pulgar en
cada lado. Sus ojos estaban desprovistos de párpados y estaban hundidos en unos
alvéolos óseos en un cráneo redondo, de color verde pálido. Había todo un
tramado de oscuras venas por todo el cuerpo, y los pies eran muñones informes
sin dedos ni pezuñas.
Se
produjo todo un minuto de absoluto silencio. Luego Lee Hayden consiguió
pronunciar algunas palabras:
—¿Está...,
está muerto?
—Sí,
está muerto del todo —dijo Johnny—. Cuando di por primera vez la vuelta al
coche..., después de haberle golpeado..., las grandes venas estaban
pulsando..., uno podía ver su sangre..., o lo que sea que hay ahí dentro,
moviéndose en ellas. Luego fue disminuyendo su velocidad, hasta» detenerse por
completo.
—Esa
luz azul que vieron los chicos —murmuró Sam—. Esta vez era, una nave espacial.
Lee
Hayden, aunque su rostro seguía lleno de aversión, parecía haberse recuperado
algo.
—Ese
debió de salir a dar una vuelta. Nunca había visto un coche antes. No sabía que
hubiera ningún peligro.
—Probablemente
se sintió atraído por los faros..., como una polilla.
—Es
horrible —dijo Johnny—, pero también parece patético..., tendido aquí, muerto.
Nunca sabrá lo que lo golpeó.
Sam
se recuperó de su impresión.
—Será
mejor que uno de nosotros vaya a buscar al sheriff. Ve tú, Johnny. Toma el
Chevy y deja a Joan en casa.
—De
acuerdo.
El
muchacho se dio la vuelta.
Lee
Hayden había estado mirando aquella cosa horrible, y ahora una calculadora luz
estaba asomando a sus ojos.
—Espera un minuto, Johnny. —Alzó
los ojos hacia Sam Cárter—. ¿Te das cuenta de lo que esto significa?
—Me
doy cuenta de que...
—¡Es
algo que procede del espacio, hombre! Un..., un extraterrestre, así es como lo
llaman, que ha venido a la Tierra en una nave y que..., y que ahora está aquí.
Sam
parecía desconcertado.
—Todo
eso ya lo sé.
—Correcto.
Y tú y yo..., nosotros cuatro..., somos los únicos en toda la Tierra que lo
saben.
—Joan
no lo sabe —dijo Johnny—. No creo que lo viera cuando lo golpeamos, y después
de verlo yo no la dejé acercarse a la parte frontal del coche. Tenía miedo que
se pusiera mala.
Los
ojos de Lee Hayden resplandecieron.
—Estupendo.
¡Chico listo! Entonces sólo somos tres los que lo sabemos.
Sam
Cárter frunció el ceño a su amigo.
—¿Qué
estás pensando, Lee?
—Simplemente
esto..., ¡hay dinero aquí, Sam! ¡Montones de dinero! Si lo manejamos bien. Pero
debemos actuar con prudencia.
—Me
temo que no te sigo.
—¡Usa
tu cabeza! Si llamamos al sheriff y todo el mundo se entera, entonces lo
perderemos. Vendrán fotógrafos, y periodistas, y el asunto pasará a ser
propiedad pública.
—¿Quieres
decir silenciarlo? —preguntó Johnny—. A menos que lo enterremos en algún lugar
y lo olvidemos, la gente terminará descubriéndolo.
—Por
supuesto..., deseamos que lo hagan. Pero de la forma correcta. No hasta que
hayamos pensado en el asunto y descubierto la mejor forma de explotarlo.
¿Entendéis lo que quiero decir? ¿Cómo manejaría esto un hombre de empresa?
¿Cómo lo haría Barnum? ¿Llamaría a la policía y lo daría a la luz pública a
cambio de un montón de publicidad y nada de dinero? Usad vuestras cabezas...,
¡los dos!
—¡No,
Lee! —dijo Sam—. ¡No tenemos derecho! Esto es serio. Esto puede ser una
invasión de algún tipo. Tenemos que hacer que la gente se entere, y al diablo
con el dinero.
—Si
supiéramos que Rusia va a atacarnos mañana —dijo Johnny—, ¿tendríamos algún
derecho a venderle la información a Washington?
—El
chico tiene razón, Lee. No podemos jugar con una cosa enorme como esta.
—Un
infierno no podemos. Esto no es ninguna invasión, y los dos lo sabéis. Es una
posibilidad de hacer más dinero del que ninguno de nosotros haya visto nunca.
—No
es correcto, Lee.
—¿Por
qué no? No vamos a engañar a nadie. Quiero decir, simplemente vamos a tomarnos
las cosas con calma y no correr al primero que encontremos con las bocas
abiertas y soltando información. Veinticuatro horas es todo lo que necesitamos.
Iré a Sioux City y arreglaré las cosas en seguida. Conseguiré un contrato con
la gente que sabe cómo explotar una cosa así, si no conseguimos imaginar cómo
hacerlo nosotros mismos.
—Pero,
mientras tanto, ¿y si...?
—Veinticuatro
horas no van a representar ninguna diferencia. ¡Te lo aseguro! Y en este lapso
de tiempo podemos arreglar las cosas de tal modo que consigamos una fortuna.
Sam..., ¿tú no quieres que los chicos empiecen una nueva vida con auténtica
cuenta en el banco? ¿Prefieres que tengan que luchar siempre como hemos tenido
que hacer tú y yo?
En un día podemos resolver sus vidas, y las nuestras
también..., y sin perjudicar a nadie. Es tu obligación, Sam. ¿Acaso no puedes
verlo? Lee Hayden siguió argumentando. Tras un momento, Johnny Cárter dejó de
poner objeciones y observó a su padre, evidentemente dispuesto a seguir el
camino que él eligiera.
El padre miró a su hijo e interpretó mal su actitud y
su expresión. Pensó: «¿Se pondrá el muchacho en contra mía si lo privo de su
oportunidad? ¿Tengo derecho a hacerlo? Posiblemente Lee tenga razón. De todos
modos, el condado lo sabrá..., el gobierno será informado». Se volvió hacia Lee
Hayden y preguntó:
—¿Cómo
crees que debemos proceder?—. Los ojos de Hayden brillaron.
—Sabía
que lo entenderías. Ahora te diré lo que debemos hacer. Tú y Johnny llevad la
cosa a casa y ocultedla en vuestro sótano. El vuestro es mejor porque sólo
estáis vosotros dos. Yo no puedo ocultar en mi casa ni una cagada de mosca que
mi esposa no termine descubriendo.
—¿Y
qué hay con Joan? —preguntó Johnny—. Ella no ha visto la cosa, pero sabe que ha
ocurrido algo. Hará preguntas.
—Déjame
a mí a mi hija. Joan hará lo que yo le diga..., por un tiempo al menos. Ahora
empecemos a trabajar.
Johnny
regresó al Chevrolet de Hayden, le dio trabajosamente la vuelta en la estrecha
carretera, y se encaminó de vuelta a casa, con Joan a su lado. Aferrado al
volante, eludió hoscamente todas sus preguntas, hasta que al final la corto con
un:
—Pregúntaselo
a tu padre cuando vuelva a casa. Él te lo contará todo. Joan Hayden se acurrucó
miserablemente en su asiento. Aquel era un adecuado final para una cita
romántica.
Una
vez el Chevrolet hubo desaparecido, Lee Hayden dijo:
—Bien,
vamos con ello. Tú cógelo de los brazos..., yo lo agarraré de los pies, y lo
meteremos en el asiento de atrás. Sam Cárter se estremeció.
—Abriré
el portamaletas. No quiero conducir de vuelta a casa con esa cosa en el asiento
detrás de mí..., ni siquiera aunque esté muerta.
Se
dirigió a la parte de atrás y abrió el portamaletas, y regresó para alzar su
parte de la carga. Había una blandura repugnante, fría, húmeda, en aquella
piel, que le hizo estremecer cuando agarró sus brazos. El peso era liviano, sin
embargo, y muy pronto tuvieron a aquella monstruosidad metida en el
portamaletas.
Mientras
Sam conducía, despacio y cuidadosamente, Lee Hayden permanecía sentado mirando
al frente, tensamente inclinado hacia adelante, como si estuviera ya a punto de
alcanzar el dinero que pronto sería suyo. Dijo:
—Mira,
Sam..., esto es grande..., realmente grande.
—Ya
lo dijiste antes.
—Pero
ahora estoy pensando en ello y cada vez me doy más cuenta de sus posibilidades.
Al infierno con detenernos en Sioux City. Iré directamente a Chicago. Y no
tendremos que meter a nadie más en el asunto.
—Será
mejor que vayamos con cuidado. No sabemos nada acerca de explotar una cosa así.
—Los
hombres de la prensa se ocuparán de eso una vez vean la cosa. Nos darán toda la
publicidad que necesitemos. Alquilaremos un teatro en Chicago y pondremos
algunos anuncios.
—Se
van a reír de nosotros. Pensarán que es un fraude.
—Naturalmente
que lo harán..., hasta que lo vean. Hasta que los hombres de la prensa lo vean.
Entonces van a tener que alquilar un estadio.
—Espero
que no tengamos problemas con el gobierno acerca de esto.
—¿Por
qué deberíamos tenerlos? No estamos violando ninguna ley. ¿Y quién puede
culparnos por intentar ganar algunos dólares? Cuando nos pregunten, se lo
diremos.
—Nos
retendrán por no haber informado de un accidente —dijo Sam, sonriendo
débilmente.
Lee
Hayden se echó a reír y le dio a su amigo una palmada en el hombro.
—¡Buen
tipo! Sabía que ibas a ser listo y comprenderías mi punto de vista. ¿Qué
derecho tenemos a renunciar a un buen dinero?
Johnny
estaba en casa y aguardando cuando llegaron allí. Sam condujo directamente
hasta el interior del garaje. Johnny dijo:
—Estaba
intentando imaginar qué íbamos a hacer con la cosa, papá, de modo que vacié el
congelador grande del sótano. Puse todo lo que pude en la nevera de la cocina y
dejé todo lo demás fuera.
—Buen
chico —dijo Lee cordialmente—. Eso es usar la cabeza. ¿Qué es un poco de comida
estropeada cuando estamos a punto de cobrar una fortuna con esto?
Llevaron
el verde cuerpo, ligero como un pluma, hasta el sótano, protegidos por la
oscuridad, y lo dejaron en el congelador. Luego subieron a la cocina, donde Sam
hizo café y se sentaron planeando su estrategia.
—No
creo que debamos apresurarnos en esto —dijo Lee Hayden—. Será mejor que vayamos
con cuidado. Aquello sorprendió a Sam Cárter.
—¿Cómo?
Parecías tener tanta prisa...
—Pero
hay aspectos que debemos considerar. Ya casi está amaneciendo, y si salimos
disparados hacia Chicago después de haber estado fuera toda la noche, mi esposa
puede empezar a hacerse preguntas. Habrá rumores por toda la cuidad. Además,
tengo que hablar con mi hija. Tranquilizarla hasta que las cosas empiecen a
funcionar.
Lee
Hayden había cambiado. Con algo a lo que hincarle el diente había asumido el
liderazgo de una forma absoluta. Sam dijo:
—De
acuerdo. Lo que tú digas, pero sigo estando un poco nervioso acerca de...
—¡Tómatelo
con calma! Te digo que todo irá bien. Vosotros dos id a dormir un poco, y yo ya
os llamaré.
Sam
Cárter se fue a la cama, pero el sueño no quiso venir. Permaneció mirando al
techo, pensando en el horror que yacía en el hondo congelador del sótano. El
hecho de que estuviera muerto no lo tranquilizaba demasiado. Llevaba tendido
con los ojos abiertos durante quizá una hora, cuando oyó el ruido.
Se envaró y
aguzó el oído. El sonido se produjo de nuevo. Ahora no había la menor duda. Era
en el sótano. Se alzó y buscó el interruptor de la lámpara en su mesilla de
noche cuando la puerta se abrió. La luz entró en la habitación revelando el
pálido y aterrado rostro de Johnny.
Se
quedaron mirando el uno al otro durante un largo momento. Luego Johnny susurró:
—¿Lo has oído, papá? Viene de abajo. Es...
—Apostaría
a que es Lee. No puede dormir y ha vuelto a echar otra ojeada. Vayamos a ver.
—No
puede ser él. ¿Sabes qué pienso? ¡No estaba muerto! La cosa aún estaba viva, y
ahora ha salido y está merodeando por el sótano. ¿Qué vamos a hacer, papá? No
sabemos nada de él. Quizá sea peligroso..., mortífero...
—Vamos,
no te excites. Estoy seguro de que es Lee. —Sam tomó el teléfono y marcó un
número. Aguardaron tensamente mientras otro de los rechinantes sonidos llegó
procedente del sótano. Luego broto la voz de Lee Hayden:
—¿Hola?
—Lee...
Lee, por el amor de Dios. ¡Ven inmediatamente! Hay problemas. La cosa está
viva.
Lee
Hayden ni siquiera se molestó en contestar. Sam oyó el golpe del teléfono sobre
su horquilla. Se puso los pantalones, y apenas había terminado con sus zapatos
cuando la puerta delantera se abrió de golpe, y corrieron rápidamente hacia
allá. Encontraron a Lee cuando cerraba la puerta tras él.
—¿Qué
ocurre? —restalló éste—. ¿Qué es lo que va mal?
—Hay
alguien ahí abajo —dijo Johnny—. Pensamos que fuera usted...
—¿Qué
iba a hacer yo ahí abajo? ¿Por qué no fuisteis a ver qué pasaba?
—Entonces,
quizá..., quizá la cosa haya revivido.
—¿Y
no lo habéis comprobado? ¿No os dais cuenta de lo que representa si se escapa?
—Pero
puede ser peligrosa.
—Tonterías,
pero si ha vuelto a la vida, entonces es diez veces más valiosa.
Lee
estaba ya junto a la puerta del sótano. Bajó osadamente las escaleras, con Sam
y Johnny Cárter siguiéndole los pasos más cautelosamente.
Al
pie de las escaleras, Lee se detuvo en seco. Señaló. La tapa del congelador
estaba abierta. Lee corrió hacia allá y miró dentro.
—Está
vacío —gimió—. Se ha ido.
Se
volvió hacia la abierta puerta que conducía al patio de atrás.
—Vamos...,
tenemos que atraparlo..., ¡tenemos que traerlo de vuelta!
Echó
a correr hacia la oscuridad Sam, siguiéndole, tomó una linterna colgada junto a
la puerta.
En el
patio, golpeó violentamente contra Lee Hayden, que había vuelto a pararse en
seco.
—El
garaje —susurró roncamente Lee—. La puerta lateral. ¡Está abierta!
Sam
encendió la linterna, y los tres hombres caminaron cuidadosamente hacia allá.
—Quizá
simplemente alguien esté intentando robárnoslo —susurró Johnny.
Entonces
Sam encendió la luz del garaje, y ninguno de los tres volvió a hablar.
Había
seis de las cosas presentes. Dos de ellas estaban llevando el cuerpo del
congelador. Las otras cuatro llevaban unos tubos peculiares en sus manos, algo
más pequeños que la linterna de Sam. Y si las criaturas eran repulsivas cuando
muertas, eran estremecedoras vivas y en movimiento. Sus fríos ojos sin párpados
se clavaron en los tres hombres, y Sam murmuró:
—¡Estamos
atrapados!
Las
criaturas los miraron sin el menor asomo de miedo. Parecía haber desprecio en
sus engañosos rostros, y en el tono de los extraños piídos como de pájaro con
los que aparentemente se comunicaban entre sí, reforzando la impresión de Sam
de que estaban transmitiéndose el mismo desprecio. Pero algo le dijo que eran
peligrosamente mortales.
—¡No
os mováis! —jadeó Sam—. ¡Por el amor de Dios, quedaos donde estáis! ¡No
mostréis ninguna hostilidad!
Era
la misma sensación con la que se había enfrentado ante un nido de serpientes de
cascabel; la sensación de que cualquier falso movimiento podía desnudar los
mortales colmillos.
Las
criaturas parecían estar discutiendo entre sí, y Sam estaba seguro de que los
extraños chillidos que puntuaban sus piídos eran su forma de reírse. Pero no
hicieron ningún movimiento agresivo.
Entonces
fue sacado rápidamente de su error. En un movimiento concordado, volvieron sus
pequeños tubos hacia la parte delantera del Packard. No hubo ningún sonido,
ningún calor de un rayo de alta frecuencia, sólo el blando sonido del metal
siendo curvado y retorcido por una mano enfundada en un guante de terciopelo.
Y
los tres hombres miraron mientras la parte delantera del Packard se retorcía y
aplastaba como si estuviera chocando de frente contra una pared de ladrillos.
Entonces la verdad afloró a la mente de Sam..., o lo que parecía ser la verdad.
—No
están enojados con nosotros. Creen que fue el Packard quien lo hizo; están
castigando al coche por matar a su camarada. ¿No lo entendéis?
Las
criaturas no prestaron atención a las palabras. Aquello envalentonó a Lee.
Dijo:
—Creo
que tienes razón. ¡Es increíble! ¿Cómo pueden ser tan listos como para inventar
y utilizar naves espaciales, y sin embargo no saber que un coche no es
responsable de la muerte?
—No
lo sé. ¿Por qué no salimos de aquí? ¿Por qué no nos vamos?
—Creo
que será mejor que nos quedemos donde estamos —dijo Lee rápidamente.
Eso
último demostró ser un buen consejo, porque, después de destruir la parte
frontal del coche hasta que se sintieron satisfechas, las criaturas chillaron y
piaron durante un rato, evidentemente dando rienda suelta a su satisfacción, y
luego salieron a la oscuridad. Mientras pasaban, por su lado, cada una de ellas
miró maliciosamente a los tres inmóviles: hombres, les chilló un adiós que
crispaba los nervios, y el grupo desapareció, llevándose consigo a su muerto.
Un
explosivo suspiro de Lee Hayden rompió el silencio.
—Creo
que hemos tenido una condenada suerte —dijo—. Seguimos con vida.
—¿Cómo
creen que encontraron la casa? —preguntó Johnny.
—No
lo sé ni me importa —dijo Sam—. Simplemente me alegro de que se hayan ido.
—Tenemos
que hacer algo al respecto —dijo Lee Hayden con virtuosa indignación—. Alertar
a la policía. Al pueblo..., toda la nación puede estar en peligro. ¡Tenemos que
hacer algo al respecto!
Sam
ni se molestó en llamarle a Lee la atención respecto a su repentino cambio de
actitud. Ahora no le parecía importante. Lo único importante era difundir la
noticia.
Abandonaron
el garaje y se encaminaron a la casa. Pero a medio camino, el sonido de un
coche acercándose los detuvo. El coche se detuvo frente a la casa, y dos
hombres uniformados salieron de él.
—Es
la policía estatal —dijo Johnny—. ¡Deben de haberse dado cuenta de que ha
ocurrido algo!
Los
dos policías se acercaron rápidamente. Lee empezó a hablar pero uno de ellos le
interrumpió en seco:
—Estamos
buscando al señor Sam Cárter. Nos dieron esta dirección, y...
—Yo
soy Cárter —dijo Sam—. Hay algo...
—Yo
haré las preguntas. ¿Tiene usted un hijo?
—Por
supuesto. Éste es mi hijo..., John Cárter...
—¿Tiene
usted un coche Packard?
—Sí.
—¿Estaba
su hijo conduciendo por Garner Road la pasada noche? ¿Cerca de la granja de
Frank Williams?
—Bueno,
sí. Llevó a su chica a bailar a Storm Lake, y...
—Sabemos
todo eso. ¿Cómo cree que lo hemos rastreado hasta aquí?
—Pero
¿por qué...?
El
policía frunció el ceño.
—¿Cree
usted que el cuerpo no iba a ser encontrado?
—¿Pero
cómo pueden...? ¿Qué cuerpo?
El
segundo policía resopló disgustado.
—El
cuerpo de Frank Williams. Donde el coche lo aplastó contra un árbol y lo mató.
Por lo que sabemos, nadie utilizó esa carretera esta última noche excepto su
hijo.
Johnny
avanzó un paso.
—¿Quiere
decir usted que Frank Williams fue encontrado muerto en la carretera?
—Exacto.
Podemos estar equivocados, por supuesto. Pero el coche que lo atropello debe de
estar bastante malparado por delante. Si nos dejan ustedes echarle una ojeada a
su coche...
—Pero
eso es absurdo, oficial —dijo Sam Cárter—. Fue..., fue...
—Mire,
todo lo que tenemos que hacer es comprobar su coche. Si no está dañado...
Entonces
comprendió Sam lo que los intrusos verdes habían hecho..., cuál era su
auténtico propósito. Habían matado a Williams, habían preparado la escena...,
habían arreglado el colosal montaje. Miró a Lee Hayden y dijo:
—¡Pensamos
que estaban locos atacando al coche! Pensamos...
—¿De
qué está usted hablando? —dijo el policía.
—Bueno,
había un hombrecillo verde procedente de Marte o no sé de dónde, y Johnny lo
atropello cuando...
Sam
dejó de hablar cuando vio la expresión en el rostro del policía. Entonces
comprendió lo estúpidas que sonaban sus palabras..., lo absolutamente
increíbles que eran. Volvió la vista hacia Lee Hayden y se echó a reír. Pero no
había ninguna alegría en su risa. Sólo miedo y desesperanza.