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Alumbramiento Cósmico - Jörg Weigand

El ser estaba inquieto. El acostumbrado ciclo se había interrumpido. Una nueva vida debía desper­tar. Una vida sin cuerpo. Vida energética. Sólo dos veces, durante la existencia del energetón, era posi­ble el proceso del nacimiento. Condición indispensa­ble para ello era que hubiera suficiente energía, tanto en forma de calor como de radiación.

Ya el tiempo de preparación para el extraordina­rio acontecimiento requería una fuerza incremen­tada a lo largo de siglos, aunque eso, para el ener­getón, fuera únicamente un período breve, sin im­portancia. Para conseguir la cantidad de energía ne­cesaria, el ser se veía forzado a extraer más potencia del doble astro, del mismo modo que, sistemáticamente, le había sacado «alimento» a través de los milenios.

***** 

Cuando el doble sol se oscureció por tercera vez en este período, el planeta sufrió algo semejante a un estremecimiento. Ni siquiera los más ancianos habitantes del planeta Vanda, del sistema binario de Berthes, recordaban un fenómeno parecido.

Tales eclipses aparecían generalmente una vez durante cada período e iban acompañados de tre­mendas tormentas y tempestades de arena, que todo lo arrasaban. Si un ser viviente no lograba refugiar­se a tiempo en lugar seguro cuando sobrevenía el temporal, su muerte era segura.

La desaparición de la humedad del aire, que coin­cidía con impresionantes descargas eléctricas en la atmósfera, no daba posibilidad de supervivencia al hombre indefenso.

Sobre todo al principio, durante el primer pe­ríodo de colonización, los inmigrantes habían su­frido espantosas pérdidas. En la primera tormenta sucumbió una tercera parte de los desprevenidos pobladores.

Desde entonces, al cabo de casi dos siglos de la colonización de Vanda, sus habitantes estaban ya preparados para enfrentarse con tales fenómenos. Sólidas casas de roca ofrecían enérgica resistencia a las tempestades, y altos mástiles de acero, colo­cados en el centro de la doble población, desviaban hacia el suelo la peligrosa electricidad de la atmós­fera. Grandes depósitos de agua proporcionaban a los edificios la seguridad que el aire conservaría el grado de humedad necesario.

En el transcurso de las tres últimas generacio­nes se había producido dos veces la repetición del eclipse del doble astro dentro de un mismo período. Apenas repuesto el planeta de las consecuencias del pri­mer oscurecimiento, se había visto azotado de nuevo por las tormentas anunciadoras del segundo. Las devastaciones fueron terribles, y también hubo que lamentar desgracias personales.

***** 

El nuevo energetón iniciaba su existencia. Ansio­so absorbía ya las energías, para que el nacimiento fuera más fácil. En ese instante debía separarse de su madre en una difícil y agotadora operación.

En consecuencia, el energetón madre recurrió por tercera vez en un solo período al doble sol, con objeto de tener preparado suficiente alimento para el descendiente.

Cuando en el horizonte comenzaron a dibujarse las primeras señales, Pierre se hallaba trabajando en los campos de mengo. Este sustituto de la pa­tata terrestre era uno de los principales productos alimenticios del planeta. Pierre hundió con brío su pala en el fangoso suelo, sin observar que Lyra co­rría a su encuentro.

Desde lejos ella gritó sin alientos.

—¡Date prisa, Pierre! Tenemos que avisar a los demás y ayudarles...

—¿Cómo? ¿Y por qué?

—¡Vuelven a empezar las descargas azules!

—Pero eso significaría que...

—¡... Sí, que viene un tercer eclipse! —la mucha­cha terminó la frase.

—¡Corramos al pueblo, y hagamos lo que poda­mos!

Los dos jóvenes se tomaron de la mano y salieron a escape hacia la cercana aldea. Allí reinaba una ac­tividad angustiosa. La gente actuaba presa del pá­nico.

Había que acondicionar al ganado, preparar las provisiones y llenar los depósitos de agua hasta los bordes.

Cuando Lyra llegó a la granja de sus padres, se­guida del jadeante Pierre, chocó contra los brazos de su madre. Aquella mujer, normalmente tan sere­na y enérgica, estaba a punto de perder el control de sus nervios. La tormenta que se aproximaba iba a frustrar todas las esperanzas de una buena cose­cha.

Lyra intentó consolarla.

—¡Ánimo, madre, que el mundo no se hundirá por eso! Con las provisiones que tenemos, de sobra resistiremos también el año próximo, aunque la tem­pestad arrasara todos los campos.

—Sí, pero...

La pobre mujer rompió en sollozos y tardó en poder agregar:

—Busquen a George... Seguro que está otra vez con sus aparatos, en vez de ayudarnos...

***** 

Al oír que llamaban a la puerta, George movió la cabeza malhumorado. ¡Precisamente ahora tenía que venir alguien a molestarle! ¿Es que no podían de­jarle en paz? ¿No se habían reído todavía bastante de él y de su afición? Le llamaban el «escucha-estrellas», sólo porque se había construido un pequeño radiotelescopio —conectado a un aparato emisor y receptor— con el cual se dedicaba a buscar desco­nocidas fuentes de radio en el ámbito de la gala­xia.

Claro que, hasta el momento, no había consegui­do grandes éxitos. Pero él no era hombre que ca­pitulara tan pronto ante un problema. ¡Que la gente se burlara de él cuanto quisiera! ¿Qué le importaba, al fin y al cabo, la falta de comprensión de los de­más?

George se concentró nuevamente en su aparato. Hoy parecía tener suerte. Llevaba un rato percibien­do un extraño gemido entrecortado que, de vez en cuando, se veía dominado por un sonido sordo y constante. El joven no se explicaba tal fenómeno.

En aquel instante trataba de ajustar exactamente la fuente con ayuda de la antena del tejado. Lo ha­bía intentado ya varias veces, pero la radiación se le escapaba una y otra vez. Por consiguiente, se mo­lestó mucho cuando la llamada a la puerta se repi­tió.

—¡Adelante, maldición!

La cabeza ensortijada de Lyra asomó por el res­quicio de la puerta. La muchacha hizo una mueca.

—¡Aquí está nuestro sabio incomprendido! —ex­clamó—. ¿Qué, ya estás escuchando la inmortal mú­sica de las esferas celestiales?

—¡Déjame tranquilo! ¿Qué quieres ahora? No ten­go tiempo...

—Calma, George —intervino Pierre, apartando a Lyra al mismo tiempo que se acercaba al receptor—. Oye, ¿qué significa ese piar en el aparato?

—¡Eso no tiene importancia ahora! —protestó Lyra—. George, debes saber que nos espera un ter­cer eclipse. Tienes que ayudarnos a prepararlo todo.

—¡Imposible! Sería la primera vez que eso ocu­rre.

—Pues llegó esa primera vez —señaló Pierre con cierto aire de condescendencia—. Pero no me dijiste aún qué son esos ruidos tan raros que hace tu recep­tor.

Inmediatamente, los dos jóvenes se enfrascaron en una viva discusión. Tras repetidos intentos de interrumpir su conversación, Lyra comprendió que nada conseguiría, por lo que abandonó la estancia sin hacer ruido y se reunió con su madre para aca­bar con ésta los preparativos.

***** 

Pronto llegó el momento. El nuevo ser comenzó a moverse. Como una esponja iba chupando las ener­gías extraídas del doble sol. El energetón madre se veía obligado a proporcionarle cantidades cada vez mayores.

Poco a poco se inició la separación del cuerpo original. El ser materno cayó en unas ligeras con­vulsiones para facilitar el proceso. De una densidad electromagnética increíblemente escasa por natura­leza, estas convulsiones produjeron una retracción. El energetón se espesó. Si antes era invisible a causa de la delicada distribución —incluso había sido inútil la radiación procedente del doble sol—, la nueva conglomeración produjo una suave lumino­sidad azul y fosforescente.

***** 

En su acalorada discusión, los dos muchachos no se dieron cuenta, de momento, que la fuente de radio había vuelto a desaparecer. Fue la súbita fal­ta de señales lo que les hizo reaccionar.

—No lo entiendo en absoluto —dijo George con el ceño fruncido—. No puede existir una fuente que varíe de lugar con tanta rapidez.

—Quizá se trate de una nave espacial.

—No, Pierre. Eso no es posible, pero...

Pensativo, George tomó las anotaciones que te­nía sobre su mesa de trabajo y, después de reflexio­nar con esfuerzo durante un par de minutos, corrió a la ventana.

—¡Perthes! —gritó—. ¡Esa tiene que ser la solución! Sal conmigo. Creo que lo descubrí.

Lleno de curiosidad, Pierre siguió a su amigo al exterior. Una vez fuera, George contempló caviloso el doble sol. Una súbita ráfaga de viento había des­garrado el velo de polvo, de modo que los dos as­tros quedaban perfectamente visibles.

Pierre apoyó una mano en el hombro del compa­ñero.

—No creerás que... —comenzó a decir.

—Pues es la única posibilidad. Y dime, Pierre: ¿no observas nada especial?

Pero Pierre no descubrió nada raro, por mucho que se esforzara, y sacudió la cabeza.

—¡Mira bien los dos soles!

Fue entonces cuando Pierre notó que el doble as­tro aparecía rodeado de un halo de un azul fosfo­rescente, fenómeno que no acertaba a explicarse. Nunca había visto nada semejante.

Por eso prestó escasa atención a lo que al res­pecto decía el amigo hasta que, de pronto, una de sus frases le arrancó de su estupor.

—¡No irás a afirmar que se trata de un ser vi­viente! ¿Ese resplandor azulado...? ¡Pero eso es ab­surdo!

—¿Ves como nunca escuchas? Acabo de expo­nerte por qué ese gemido o ese modo de piar, como prefieras llamarlo, tiene que ser la expresión de una forma u otra de vida. A mí me recuerda algo así como..., como los ladridos de un perro...

Por fin le comprendió Pierre.

—¡Los de una perra, querrás decir!

Ahora fue George el asombrado.

—¿Cómo...? ¿Qué...?

—Supongamos que una perra va a tener cacho­rros. ¿Qué hace entonces?

—Pues..., muchas cosas. Gemir quedamente, por ejemplo —respondió George.

—¿Te das cuenta? En consecuencia, si tu teoría es cierta, pudiera tratarse aquí de un alumbramien­to. Y para tal operación hace falta una cosa: ¡ener­gía! La energía que pueden suministrar en cantidad suficiente nuestros dos soles...

—Son gemidos, en efecto —comprobó George muy pensativo—. Y en ese caso..., ¡lo tengo, lo ten­go...! —gritó el muchacho, volviendo a la casa a todo correr.

***** 

Impulsado por el deseo de terminar cuanto antes el proceso de separación, el energetón madre recu­rría cada vez con mayor frecuencia al abastecedor de energía. Era una feliz casualidad que la podero­sa fuente se hallara tan cerca. Por regla general, el parto se producía mucho más despacio y solía aca­bar en un total agotamiento del cuerpo materno.

Las convulsiones adquirieron mayor intensidad y el calor azul se puso más denso. Pronto tendría efecto el nacimiento.

***** 

Pierre había seguido lentamente a George a la casa. El primero estaba manejando ya el ajuste de frecuencia del aparato, pero no el de recepción, sino el de emisión.

—¿Qué significa eso? ¿Acaso vas a emitir?

—Sí, claro.

—No lo entiendo.

—Fuiste tú, precisamente, quien me dio la idea. ¿Qué hace un perro pequeño cuando tiene miedo y se siente amenazado?

—Gimotea y aúlla.

—¿Cómo?

—Pues..., con voz aguda. Yo... Ahora ya sé lo que quieres hacer, pero..., ¿crees que tendremos éxito?

—Hay que intentarlo. Cuando el cachorro llora, la madre procura ayudarle. Aquí no se trata de ver­daderos aullidos, sino de algo que se manifiesta co­mo señales de radio. Si ahora, yo emito en ultraso­nido, y lo hago de manera entrecortada, entonces...

—...Entonces pudiera suceder que ese algo de allí arriba lo tomara por una expresión de angus­tia y comprendiese, quizá, que la excesiva extracción de energía de nuestros soles amenaza otras vidas.

—Exactamente.

Y George empezó a emitir.

La población de Vanda estaba al borde de la de­sesperación. Ráfagas cada vez más furiosas reven­taban el suelo de los campos de cultivo, y las cui­dadas plantaciones de frutales existían ya sólo en el recuerdo de los que fueran sus propietarios.

Las descargas eléctricas alcanzaron un nuevo punto culminante. Tremendos rayos hicieron tamba­learse los mástiles de acero, que se veían envueltos en un loco fuego de San Telmo. La gente permanecía apretujada en sus viviendas, en espera de lo peor.

De repente, la oscura capa que cubría el cielo se abrió. La tempestad de arena iba cediendo. Tampoco se repitieron las descargas eléctricas.

¿Un milagro? El doble astro brillaba con su anti­gua fuerza. Los habitantes de Vanda se lanzaron al exterior con un inmenso alivio.

***** 

¿Un milagro?

Aunque todo el mundo creyera en un hecho mara­villoso, George y Pierre estaban convencidos de lo contrario. Para ellos no existía duda que habían sido testigos de un entendimiento entre el hombre y la vida cósmica.

Claro que George hubiera dado cualquier cosa por saber qué había entendido aquel ser de su men­saje, y qué había sido de su cuerpo...

El montaje cósmico - Paul W. Fairman

La luz azul llameó más allá de Pelham Woods. Fue vista por varios de los muchachos que haraganeaban frente a la barbería en la calle principal de Kensigton Corners.

—¿Qué diablos ha sido eso? —preguntó uno de ellos.

—Un rayo bajo. ¿Qué otra cosa podía ser?

—No parecía como un rayo. Se mantuvo demasiado tiempo. Además, no hay nubes ahí arriba.

—Puede que haya algunas nubes bajas que tú no puedas ver debido a los árboles.

Sam Cárter, fresco tras su afeitado de la tarde, salió de la barbería y dijo:

—¿De qué estáis discutiendo, amigos?

—Acabamos de ver un platillo volante.

Sam sonrió.

—¿Sólo uno? Nadie tiene derecho a jactarse de ello en estos días a menos que vea como mínimo seis. Y al menos tienen que arrojar luces de cinco colores distintos.

—Éste sólo era azul.

—Yo siempre he preferido los amarillos.

Los chicos sonrieron. Sam miró al otro lado de la calle y llamó:

—¡Lee! Espera. Voy contigo.

Lee Hayden, un hombre grueso y de rostro agrio, se detuvo y aguardó, y cuando Sam Cárter llegó a su lado pregunto:

—¿Qué demonios están tramando esos chismosos holgazanes?

—Platillos volantes. Esta vez, uno azul.

Uf. Es una forma como otra de perder el valioso tiempo.

—Oh, hacen lo que pueden, Lee. Mira..., parece como si las cosas empezaran a adoptar un tono serie entre nuestros chicos.

Lee Hayden bufó.

Que los zurzan a todos. Ni siquiera saben lo que quieren. Es un signo de los tiempos.

—Oh, yo no diría eso. Mi Johnny se toma la vida en serio. Y Joan es precisamente lo que necesita.

Lee frunció el ceño.

—Hoy en día los chicos nunca piensan en el mañana..., de dónde les va a venir el próximo dólar. En todo lo que piensan es en vivir bien..., en crearse problemas..., en meterse en deudas...

—Sin embargo, parece que la cosa funciona. No hay en ellos nada malo que el matrimonio no cure.

Sam Cárter era uno de los pocos hombres en Kensington Corners a quien le gustaba Lee Hayden. La mayoría de la gente se quejaba de su agria perspectiva de la vida y de sus instintos avaros. Sam, sin embargo, comprendía al hombre, y esto era bueno para Johnny y Joan.

—Parece como si su cita de esta noche sea más bien importante —dijo Sam—. Johnny me pidió que le dejara el Packard. Espero que no se declare a la chica en ese carricoche.

—Son demasiado jóvenes para casarse.

—Bueno, quizá no lo hagan inmediatamente —dijo Sam, tranquilamente—. Nos veremos más tarde, Lee.

Sam entró en su casa y Lee Hayden siguió calle abajo, con el ceño fruncido como de costumbre.

Mientras, mucho más allá de Pelham Woods, la nave espacial con los azules gases de escape se posaba en la superficie del estanque de Nelson y se sumergía fuera de la vista.

El teléfono de Sam Cárter sonó chillonamente. Se despertó y sacudió el sueño de sus ojos. Encendió la luz y, mientras cogía el teléfono observó que eran la una y media de la madrugada.

—¿Hola?

—Hola... ¡Papá! ¿Estás despierto? Escúchame. Por favor...

—¡Johnny! ¿Qué demonios te ocurre? ¿Estás en dificultades?

—¿De qué está usted hablando? —dijo el policía.

—¡En terribles dificultades, papá!

Sam se levantó de la cama y apoyó los pies en el suelo.

—¿Un accidente? ¿Hay alguien herido? ¡Maldita sea, muchacho! Hace rato que tendrías que estar de vuelta a casa.

—No me sermonees, papá. Simplemente escucha.

—¿Dónde estás? Cuéntamelo todo.

—Llevé a Joan a bailar a Storm Lake, e íbamos de camino a casa cuando...

—¿Cuándo qué? ¡Habla, muchacho!

—Chocamos...

—¿Mataste a alguien?

—Sí..., bueno, no..., nosotros...

—¡Por el amor de Dios, Johnny! Cálmate y cuéntamelo. O lo hiciste oí no lo hiciste. ¡No me digas que saliste huyendo después de un accidente!

—No..., escucha, papá, ¿puedes colgar y venir aquí tan rápido como puedas? Necesito ayuda. Necesito desesperadamente ayuda. ¡Simplemente ven!

—De acuerdo, hijo. Tomaré tu cacharro y...

—No lo hagas, papá..., no funciona. Llama al señor Hayden. Utiliza su coche.

—De acuerdo. ¿Dónde estás?

—Estoy llamándote desde la granja en Garner Road..., la de Frank Williams. Es un granjero. ¿Sabes qué carretera...?

—Lo sé. ¿Dónde dices que ocurrió todo? ¿Dónde está el coche?

—En una curva a unos tres kilómetros de Storm Lake. Allí es donde... ocurrió todo. Joan y yo volveremos allá y esperaremos.

—Quedaos donde estáis... Os recogeré.

—¡No, papá! No les he dicho a esta gente lo ocurrido. Esperaremos cerca del coche.

—De acuerdo, lo que tú digas. Vendré tan pronto como pueda. Diez minutos más tarde, Sam Cárter estaba sentado al lado de Lee Hayden mientras éste conducía su Chevrolet en dirección a Storm Lake.

—¡Malditos chicos estúpidos! —murmuró Lee—. ¿Por qué no averiguaste lo que había ocurrido? Pueden haber matado a alguien. Probablemente lo hicieron. Lo menos que podía haber hecho tu hijo era decírtelo.

—Vayamos allá y averigüémoslo —dijo Sam, con un asomo de tensión en su voz.

Llegaron a Garner Road desde el sur, y Lee condujo lentamente entre las rodadas y los baches.

—¿Por qué demonios tomaron una carretera como ésta?

—Probablemente les pareció buena para ellos.

—Me pregunto lo buena que les parecerá ahora.

—¿Puedes conducir un poco más aprisa?

—¿Y cargarme un muelle? Estoy haciéndolo lo mejor que puedo. Sam refrenó su impaciencia hasta que los faros iluminaron la parte de atrás del Packard. Permanecía detenido en medio mismo de la carretera.

—No parece que haya sufrido ningún daño —dijo Lee.

—Todavía no podemos ver la parte delantera.

Lee avanzó quince metros más, y los dos hombres se apearon del vehículo. Hubo un relumbrar de algo blanco y los dos jóvenes aparecieron de entre unos arbustos junto a la cuneta. Joan, una hermosa morena, parecía etérea en su traje de tarde blanco..., fuera de lugar con sus tacones altos en aquella solitaria carretera de segundo orden. El agraciado rostro joven de Johnny Cárter estaba tenso y pálido.

—¿De qué os estáis ocultando? —preguntó Lee.

—¿Qué es lo que ha ocurrido? —dijo Sam—. No hay ningún otro coche...

—No ha sido ningún choque, papá. Está en la parte de delante. Ven. Joany..., quédate aquí.

—Yo... me siento un poco mal. Iré al Chevy.

Johnny la ayudó y cerró la portezuela. Luego se volvió y dijo:

—Vamos. —Mientras caminaban rodeando el Packard, añadió—: Ahora tranquilícense. Van a ver algo que nunca antes en sus vidas han visto.

Rodearon el coche y se detuvieron por un instante. Luego Johnny conectó los faros del Packard y Lee Hayden gruñó:

—¡Gran Dios de los cielos! ¿Es eso real?

Sam Cárter sintió que un estremecimiento le recorría arriba y abajo desde el centro de su espina dorsal, congelando sus piernas y volviéndolo mudo.

—Estaba conduciendo y no iba distraído —dijo Johnny—, puedo jurarlo. Quizá no demasiado atento, pero ¿quién espera que alguien..., que algo... aparezca en esta carretera sin ninguna luz? De todos modos vi como un atisbo y frené, pero era demasiado tarde. Al principio creí que era un hombre y salí y..., y lo recogí antes de darme cuenta de que...

Dio un inconsciente paso atrás y se frotó las mangas de su chaqueta, como si estuvieran cubiertas de suciedad.

Aún inmóvil, Sam Cárter intentó hallar pensamientos con los que describir aquella cosa horrible. No tendría más de metro veinte de altura y poseía una cabeza demasiado grande para su delgado cuerpo. Su piel era verde, los tonos variaban desde un oscuro hasta un pálido acentuado. Tenía piernas delgadas y dos brazos como de araña terminados en manos con finos y delicados dedos y un pulgar en cada lado. Sus ojos estaban desprovistos de párpados y estaban hundidos en unos alvéolos óseos en un cráneo redondo, de color verde pálido. Había todo un tramado de oscuras venas por todo el cuerpo, y los pies eran muñones informes sin dedos ni pezuñas.

Se produjo todo un minuto de absoluto silencio. Luego Lee Hayden consiguió pronunciar algunas palabras:

—¿Está..., está muerto?

—Sí, está muerto del todo —dijo Johnny—. Cuando di por primera vez la vuelta al coche..., después de haberle golpeado..., las grandes venas estaban pulsando..., uno podía ver su sangre..., o lo que sea que hay ahí dentro, moviéndose en ellas. Luego fue disminuyendo su velocidad, hasta» detenerse por completo.

—Esa luz azul que vieron los chicos —murmuró Sam—. Esta vez era, una nave espacial.

Lee Hayden, aunque su rostro seguía lleno de aversión, parecía haberse recuperado algo.

—Ese debió de salir a dar una vuelta. Nunca había visto un coche antes. No sabía que hubiera ningún peligro.

—Probablemente se sintió atraído por los faros..., como una polilla.

—Es horrible —dijo Johnny—, pero también parece patético..., tendido aquí, muerto. Nunca sabrá lo que lo golpeó.

Sam se recuperó de su impresión.

—Será mejor que uno de nosotros vaya a buscar al sheriff. Ve tú, Johnny. Toma el Chevy y deja a Joan en casa.

—De acuerdo.

El muchacho se dio la vuelta.

Lee Hayden había estado mirando aquella cosa horrible, y ahora una calculadora luz estaba asomando a sus ojos.

Espera un minuto, Johnny. —Alzó los ojos hacia Sam Cárter—. ¿Te das cuenta de lo que esto significa?

—Me doy cuenta de que...

—¡Es algo que procede del espacio, hombre! Un..., un extraterrestre, así es como lo llaman, que ha venido a la Tierra en una nave y que..., y que ahora está aquí.

Sam parecía desconcertado.

—Todo eso ya lo sé.

—Correcto. Y tú y yo..., nosotros cuatro..., somos los únicos en toda la Tierra que lo saben.

—Joan no lo sabe —dijo Johnny—. No creo que lo viera cuando lo golpeamos, y después de verlo yo no la dejé acercarse a la parte frontal del coche. Tenía miedo que se pusiera mala.

Los ojos de Lee Hayden resplandecieron.

—Estupendo. ¡Chico listo! Entonces sólo somos tres los que lo sabemos.

Sam Cárter frunció el ceño a su amigo.

—¿Qué estás pensando, Lee?

—Simplemente esto..., ¡hay dinero aquí, Sam! ¡Montones de dinero! Si lo manejamos bien. Pero debemos actuar con prudencia.

—Me temo que no te sigo.

—¡Usa tu cabeza! Si llamamos al sheriff y todo el mundo se entera, entonces lo perderemos. Vendrán fotógrafos, y periodistas, y el asunto pasará a ser propiedad pública.

—¿Quieres decir silenciarlo? —preguntó Johnny—. A menos que lo enterremos en algún lugar y lo olvidemos, la gente terminará descubriéndolo.

—Por supuesto..., deseamos que lo hagan. Pero de la forma correcta. No hasta que hayamos pensado en el asunto y descubierto la mejor forma de explotarlo. ¿Entendéis lo que quiero decir? ¿Cómo manejaría esto un hombre de empresa? ¿Cómo lo haría Barnum? ¿Llamaría a la policía y lo daría a la luz pública a cambio de un montón de publicidad y nada de dinero? Usad vuestras cabezas..., ¡los dos!

—¡No, Lee! —dijo Sam—. ¡No tenemos derecho! Esto es serio. Esto puede ser una invasión de algún tipo. Tenemos que hacer que la gente se entere, y al diablo con el dinero.

—Si supiéramos que Rusia va a atacarnos mañana —dijo Johnny—, ¿tendríamos algún derecho a venderle la información a Washington?

—El chico tiene razón, Lee. No podemos jugar con una cosa enorme como esta.

—Un infierno no podemos. Esto no es ninguna invasión, y los dos lo sabéis. Es una posibilidad de hacer más dinero del que ninguno de nosotros haya visto nunca.

—No es correcto, Lee.

—¿Por qué no? No vamos a engañar a nadie. Quiero decir, simplemente vamos a tomarnos las cosas con calma y no correr al primero que encontremos con las bocas abiertas y soltando información. Veinticuatro horas es todo lo que necesitamos. Iré a Sioux City y arreglaré las cosas en seguida. Conseguiré un contrato con la gente que sabe cómo explotar una cosa así, si no conseguimos imaginar cómo hacerlo nosotros mismos.

—Pero, mientras tanto, ¿y si...?

—Veinticuatro horas no van a representar ninguna diferencia. ¡Te lo aseguro! Y en este lapso de tiempo podemos arreglar las cosas de tal modo que consigamos una fortuna. Sam..., ¿tú no quieres que los chicos empiecen una nueva vida con auténtica cuenta en el banco? ¿Prefieres que tengan que luchar siempre como hemos tenido que hacer tú y yo? 

En un día podemos resolver sus vidas, y las nuestras también..., y sin perjudicar a nadie. Es tu obligación, Sam. ¿Acaso no puedes verlo? Lee Hayden siguió argumentando. Tras un momento, Johnny Cárter dejó de poner objeciones y observó a su padre, evidentemente dispuesto a seguir el camino que él eligiera. 

El padre miró a su hijo e interpretó mal su actitud y su expresión. Pensó: «¿Se pondrá el muchacho en contra mía si lo privo de su oportunidad? ¿Tengo derecho a hacerlo? Posiblemente Lee tenga razón. De todos modos, el condado lo sabrá..., el gobierno será informado». Se volvió hacia Lee Hayden y preguntó:

—¿Cómo crees que debemos proceder?—. Los ojos de Hayden brillaron.

—Sabía que lo entenderías. Ahora te diré lo que debemos hacer. Tú y Johnny llevad la cosa a casa y ocultedla en vuestro sótano. El vuestro es mejor porque sólo estáis vosotros dos. Yo no puedo ocultar en mi casa ni una cagada de mosca que mi esposa no termine descubriendo.

—¿Y qué hay con Joan? —preguntó Johnny—. Ella no ha visto la cosa, pero sabe que ha ocurrido algo. Hará preguntas.

—Déjame a mí a mi hija. Joan hará lo que yo le diga..., por un tiempo al menos. Ahora empecemos a trabajar.

Johnny regresó al Chevrolet de Hayden, le dio trabajosamente la vuelta en la estrecha carretera, y se encaminó de vuelta a casa, con Joan a su lado. Aferrado al volante, eludió hoscamente todas sus preguntas, hasta que al final la corto con un:

—Pregúntaselo a tu padre cuando vuelva a casa. Él te lo contará todo. Joan Hayden se acurrucó miserablemente en su asiento. Aquel era un adecuado final para una cita romántica.

Una vez el Chevrolet hubo desaparecido, Lee Hayden dijo:

—Bien, vamos con ello. Tú cógelo de los brazos..., yo lo agarraré de los pies, y lo meteremos en el asiento de atrás. Sam Cárter se estremeció.

—Abriré el portamaletas. No quiero conducir de vuelta a casa con esa cosa en el asiento detrás de mí..., ni siquiera aunque esté muerta.

Se dirigió a la parte de atrás y abrió el portamaletas, y regresó para alzar su parte de la carga. Había una blandura repugnante, fría, húmeda, en aquella piel, que le hizo estremecer cuando agarró sus brazos. El peso era liviano, sin embargo, y muy pronto tuvieron a aquella monstruosidad metida en el portamaletas.

Mientras Sam conducía, despacio y cuidadosamente, Lee Hayden permanecía sentado mirando al frente, tensamente inclinado hacia adelante, como si estuviera ya a punto de alcanzar el dinero que pronto sería suyo. Dijo:

—Mira, Sam..., esto es grande..., realmente grande.

—Ya lo dijiste antes.

—Pero ahora estoy pensando en ello y cada vez me doy más cuenta de sus posibilidades. Al infierno con detenernos en Sioux City. Iré directamente a Chicago. Y no tendremos que meter a nadie más en el asunto.

—Será mejor que vayamos con cuidado. No sabemos nada acerca de explotar una cosa así.

—Los hombres de la prensa se ocuparán de eso una vez vean la cosa. Nos darán toda la publicidad que necesitemos. Alquilaremos un teatro en Chicago y pondremos algunos anuncios.

—Se van a reír de nosotros. Pensarán que es un fraude.

—Naturalmente que lo harán..., hasta que lo vean. Hasta que los hombres de la prensa lo vean. Entonces van a tener que alquilar un estadio.

—Espero que no tengamos problemas con el gobierno acerca de esto.

—¿Por qué deberíamos tenerlos? No estamos violando ninguna ley. ¿Y quién puede culparnos por intentar ganar algunos dólares? Cuando nos pregunten, se lo diremos.

—Nos retendrán por no haber informado de un accidente —dijo Sam, sonriendo débilmente.

Lee Hayden se echó a reír y le dio a su amigo una palmada en el hombro.

—¡Buen tipo! Sabía que ibas a ser listo y comprenderías mi punto de vista. ¿Qué derecho tenemos a renunciar a un buen dinero?

Johnny estaba en casa y aguardando cuando llegaron allí. Sam condujo directamente hasta el interior del garaje. Johnny dijo:

—Estaba intentando imaginar qué íbamos a hacer con la cosa, papá, de modo que vacié el congelador grande del sótano. Puse todo lo que pude en la nevera de la cocina y dejé todo lo demás fuera.

—Buen chico —dijo Lee cordialmente—. Eso es usar la cabeza. ¿Qué es un poco de comida estropeada cuando estamos a punto de cobrar una fortuna con esto?

Llevaron el verde cuerpo, ligero como un pluma, hasta el sótano, protegidos por la oscuridad, y lo dejaron en el congelador. Luego subieron a la cocina, donde Sam hizo café y se sentaron planeando su estrategia.

—No creo que debamos apresurarnos en esto —dijo Lee Hayden—. Será mejor que vayamos con cuidado. Aquello sorprendió a Sam Cárter.

—¿Cómo? Parecías tener tanta prisa...

—Pero hay aspectos que debemos considerar. Ya casi está amaneciendo, y si salimos disparados hacia Chicago después de haber estado fuera toda la noche, mi esposa puede empezar a hacerse preguntas. Habrá rumores por toda la cuidad. Además, tengo que hablar con mi hija. Tranquilizarla hasta que las cosas empiecen a funcionar.

Lee Hayden había cambiado. Con algo a lo que hincarle el diente había asumido el liderazgo de una forma absoluta. Sam dijo:

—De acuerdo. Lo que tú digas, pero sigo estando un poco nervioso acerca de...

—¡Tómatelo con calma! Te digo que todo irá bien. Vosotros dos id a dormir un poco, y yo ya os llamaré.

Sam Cárter se fue a la cama, pero el sueño no quiso venir. Permaneció mirando al techo, pensando en el horror que yacía en el hondo congelador del sótano. El hecho de que estuviera muerto no lo tranquilizaba demasiado. Llevaba tendido con los ojos abiertos durante quizá una hora, cuando oyó el ruido. 

Se envaró y aguzó el oído. El sonido se produjo de nuevo. Ahora no había la menor duda. Era en el sótano. Se alzó y buscó el interruptor de la lámpara en su mesilla de noche cuando la puerta se abrió. La luz entró en la habitación revelando el pálido y aterrado rostro de Johnny.

Se quedaron mirando el uno al otro durante un largo momento. Luego Johnny susurró:

—¿Lo has oído, papá? Viene de abajo. Es...

—Apostaría a que es Lee. No puede dormir y ha vuelto a echar otra ojeada. Vayamos a ver.

—No puede ser él. ¿Sabes qué pienso? ¡No estaba muerto! La cosa aún estaba viva, y ahora ha salido y está merodeando por el sótano. ¿Qué vamos a hacer, papá? No sabemos nada de él. Quizá sea peligroso..., mortífero...

—Vamos, no te excites. Estoy seguro de que es Lee. —Sam tomó el teléfono y marcó un número. Aguardaron tensamente mientras otro de los rechinantes sonidos llegó procedente del sótano. Luego broto la voz de Lee Hayden:

—¿Hola?

—Lee... Lee, por el amor de Dios. ¡Ven inmediatamente! Hay problemas. La cosa está viva.

Lee Hayden ni siquiera se molestó en contestar. Sam oyó el golpe del teléfono sobre su horquilla. Se puso los pantalones, y apenas había terminado con sus zapatos cuando la puerta delantera se abrió de golpe, y corrieron rápidamente hacia allá. Encontraron a Lee cuando cerraba la puerta tras él.

—¿Qué ocurre? —restalló éste—. ¿Qué es lo que va mal?

—Hay alguien ahí abajo —dijo Johnny—. Pensamos que fuera usted...

—¿Qué iba a hacer yo ahí abajo? ¿Por qué no fuisteis a ver qué pasaba?

—Entonces, quizá..., quizá la cosa haya revivido.

—¿Y no lo habéis comprobado? ¿No os dais cuenta de lo que representa si se escapa?

—Pero puede ser peligrosa.

—Tonterías, pero si ha vuelto a la vida, entonces es diez veces más valiosa.

Lee estaba ya junto a la puerta del sótano. Bajó osadamente las escaleras, con Sam y Johnny Cárter siguiéndole los pasos más cautelosamente.

Al pie de las escaleras, Lee se detuvo en seco. Señaló. La tapa del congelador estaba abierta. Lee corrió hacia allá y miró dentro.

—Está vacío —gimió—. Se ha ido.

Se volvió hacia la abierta puerta que conducía al patio de atrás.

—Vamos..., tenemos que atraparlo..., ¡tenemos que traerlo de vuelta!

Echó a correr hacia la oscuridad Sam, siguiéndole, tomó una linterna colgada junto a la puerta.

En el patio, golpeó violentamente contra Lee Hayden, que había vuelto a pararse en seco.

—El garaje —susurró roncamente Lee—. La puerta lateral. ¡Está abierta!

Sam encendió la linterna, y los tres hombres caminaron cuidadosamente hacia allá.

—Quizá simplemente alguien esté intentando robárnoslo —susurró Johnny.

Entonces Sam encendió la luz del garaje, y ninguno de los tres volvió a hablar.

Había seis de las cosas presentes. Dos de ellas estaban llevando el cuerpo del congelador. Las otras cuatro llevaban unos tubos peculiares en sus manos, algo más pequeños que la linterna de Sam. Y si las criaturas eran repulsivas cuando muertas, eran estremecedoras vivas y en movimiento. Sus fríos ojos sin párpados se clavaron en los tres hombres, y Sam murmuró:

—¡Estamos atrapados!

Las criaturas los miraron sin el menor asomo de miedo. Parecía haber desprecio en sus engañosos rostros, y en el tono de los extraños piídos como de pájaro con los que aparentemente se comunicaban entre sí, reforzando la impresión de Sam de que estaban transmitiéndose el mismo desprecio. Pero algo le dijo que eran peligrosamente mortales.

—¡No os mováis! —jadeó Sam—. ¡Por el amor de Dios, quedaos donde estáis! ¡No mostréis ninguna hostilidad!

Era la misma sensación con la que se había enfrentado ante un nido de serpientes de cascabel; la sensación de que cualquier falso movimiento podía desnudar los mortales colmillos.

Las criaturas parecían estar discutiendo entre sí, y Sam estaba seguro de que los extraños chillidos que puntuaban sus piídos eran su forma de reírse. Pero no hicieron ningún movimiento agresivo.

Entonces fue sacado rápidamente de su error. En un movimiento concordado, volvieron sus pequeños tubos hacia la parte delantera del Packard. No hubo ningún sonido, ningún calor de un rayo de alta frecuencia, sólo el blando sonido del metal siendo curvado y retorcido por una mano enfundada en un guante de terciopelo. 

Y los tres hombres miraron mientras la parte delantera del Packard se retorcía y aplastaba como si estuviera chocando de frente contra una pared de ladrillos. Entonces la verdad afloró a la mente de Sam..., o lo que parecía ser la verdad.

—No están enojados con nosotros. Creen que fue el Packard quien lo hizo; están castigando al coche por matar a su camarada. ¿No lo entendéis?

Las criaturas no prestaron atención a las palabras. Aquello envalentonó a Lee. Dijo:

—Creo que tienes razón. ¡Es increíble! ¿Cómo pueden ser tan listos como para inventar y utilizar naves espaciales, y sin embargo no saber que un coche no es responsable de la muerte?

—No lo sé. ¿Por qué no salimos de aquí? ¿Por qué no nos vamos?

—Creo que será mejor que nos quedemos donde estamos —dijo Lee rápidamente.

Eso último demostró ser un buen consejo, porque, después de destruir la parte frontal del coche hasta que se sintieron satisfechas, las criaturas chillaron y piaron durante un rato, evidentemente dando rienda suelta a su satisfacción, y luego salieron a la oscuridad. Mientras pasaban, por su lado, cada una de ellas miró maliciosamente a los tres inmóviles: hombres, les chilló un adiós que crispaba los nervios, y el grupo desapareció, llevándose consigo a su muerto.

Un explosivo suspiro de Lee Hayden rompió el silencio.

—Creo que hemos tenido una condenada suerte —dijo—. Seguimos con vida.

—¿Cómo creen que encontraron la casa? —preguntó Johnny.

—No lo sé ni me importa —dijo Sam—. Simplemente me alegro de que se hayan ido.

—Tenemos que hacer algo al respecto —dijo Lee Hayden con virtuosa indignación—. Alertar a la policía. Al pueblo..., toda la nación puede estar en peligro. ¡Tenemos que hacer algo al respecto!

Sam ni se molestó en llamarle a Lee la atención respecto a su repentino cambio de actitud. Ahora no le parecía importante. Lo único importante era difundir la noticia.

Abandonaron el garaje y se encaminaron a la casa. Pero a medio camino, el sonido de un coche acercándose los detuvo. El coche se detuvo frente a la casa, y dos hombres uniformados salieron de él.

—Es la policía estatal —dijo Johnny—. ¡Deben de haberse dado cuenta de que ha ocurrido algo!

Los dos policías se acercaron rápidamente. Lee empezó a hablar pero uno de ellos le interrumpió en seco:

—Estamos buscando al señor Sam Cárter. Nos dieron esta dirección, y...

—Yo soy Cárter —dijo Sam—. Hay algo...

—Yo haré las preguntas. ¿Tiene usted un hijo?

—Por supuesto. Éste es mi hijo..., John Cárter...

—¿Tiene usted un coche Packard?

—Sí.

—¿Estaba su hijo conduciendo por Garner Road la pasada noche? ¿Cerca de la granja de Frank Williams?

—Bueno, sí. Llevó a su chica a bailar a Storm Lake, y...

—Sabemos todo eso. ¿Cómo cree que lo hemos rastreado hasta aquí?

—Pero ¿por qué...?

El policía frunció el ceño.

—¿Cree usted que el cuerpo no iba a ser encontrado?

—¿Pero cómo pueden...? ¿Qué cuerpo?

El segundo policía resopló disgustado.

—El cuerpo de Frank Williams. Donde el coche lo aplastó contra un árbol y lo mató. Por lo que sabemos, nadie utilizó esa carretera esta última noche excepto su hijo.

Johnny avanzó un paso.

—¿Quiere decir usted que Frank Williams fue encontrado muerto en la carretera?

—Exacto. Podemos estar equivocados, por supuesto. Pero el coche que lo atropello debe de estar bastante malparado por delante. Si nos dejan ustedes echarle una ojeada a su coche...

—Pero eso es absurdo, oficial —dijo Sam Cárter—. Fue..., fue...

—Mire, todo lo que tenemos que hacer es comprobar su coche. Si no está dañado...

Entonces comprendió Sam lo que los intrusos verdes habían hecho..., cuál era su auténtico propósito. Habían matado a Williams, habían preparado la escena..., habían arreglado el colosal montaje. Miró a Lee Hayden y dijo:

—¡Pensamos que estaban locos atacando al coche! Pensamos...

—¿De qué está usted hablando? —dijo el policía.

—Bueno, había un hombrecillo verde procedente de Marte o no sé de dónde, y Johnny lo atropello cuando...

Sam dejó de hablar cuando vio la expresión en el rostro del policía. Entonces comprendió lo estúpidas que sonaban sus palabras..., lo absolutamente increíbles que eran. Volvió la vista hacia Lee Hayden y se echó a reír. Pero no había ninguna alegría en su risa. Sólo miedo y desesperanza.