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La piedra de las estrellas - Valentina Zuravleva

    Hace cinco siglos, un meteorito cayó cerca de la ciudad de Ensisheim, en el Alto Rin. Para que el cielo no volviera a llevárselo lo ataron con cadenas al muro de la iglesia. Un hábil artesano grabó en él estas palabras: «a propósito de esta piedra, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente».

Cuando pienso en el meteorito de Pamir, acuden involuntariamente a mi recuerdo aquellas palabras. A propósito de él, yo sé mucho; sin duda más que cualquier otra persona. Pero estoy lejos de saberlo todo. Sin embargo, me acuerdo perfectamente de lo esencial. Tan perfectamente como si datara de ayer.

Hace seis meses, los periódicos anunciaron la caída de un meteorito en el Pamir. Aquella breve información, apenas media docena de líneas, retuvo inmediatamente mi atención.
Tal vez penséis: ¿qué podía haber de interesante en un meteorito para un bioquímico? 

Debo aclarar que los bioquímicos siguen con mucha atención todo lo que concierne a los meteoritos. En los fragmentos de esas «piedras celestes» buscamos el secreto de la aparición de la vida sobre la Tierra. Para ser menos romántico y más concreto, digamos que estudiamos los hidrocarburos contenidos en los meteoritos.

Un poco más tarde, el meteorito del Pamir fue objeto de una segunda información. Una expedición lo había descubierto a cuatro mil metros de altitud, y un helicóptero pudo descolgarlo de aquella percha. Se trataba, se decía, de un bloque de piedra de casi tres metros de longitud que pesaba más de cuatro toneladas.

Al leerlo, pensé que al día siguiente tendría que llamar por teléfono a Nikonov. En aquel preciso instante –a veces se producen esas coincidencias– resonó el timbre del teléfono. Empuñé el receptor. Era Nikonov.

Debo decir ante todo que, desde su época de escolar, Nikonov se ha distinguido siempre por su sangre fría y su placidez. Nunca –y hace casi medio siglo que nos conocemos– le había visto emocionado o alterado. Pero en aquella ocasión, por su voz entrecortada y febril, por sus palabras deshilvanadas, comprendí que sucedía algo extraordinario.

De aquel torrente de palabras retuve una cosa: tenía que dirigirme inmediatamente, con la mayor rapidez posible, al Instituto de Astrofísica.

Tomé un taxi.

El vehículo rodó por las calles desiertas, en cuyo espejo de asfalto se reflejaban los anuncios luminosos. Llovía. Pensé en los que no duermen a aquella hora tardía. En los que, inclinados sobre sus microscopios, sobre el frágil cristal de sus probetas, sobre sus páginas cubiertas de fórmulas, buscan lo nuevo. Pensé en el asombroso destino de los descubrimientos: desconocidos hoy de todos, mañana irrumpen en la vida, la cambian, la modifican.

Las ventanas del Instituto aparecían iluminadas. Sin saber por qué, pensé inmediatamente que la causa era el meteorito del Pamir. Pero, ¿qué podía tener de particular, de extraordinario, aquel meteorito?

El Instituto parecía una colmena excitada. Los colaboradores corrían de un lado a otro, atareados y preocupados; por las puertas entreabiertas surgía el sonido de voces excitadas.

Nikonov me esperaba en su despacho. He de admitir que entonces no había concedido una importancia especial a lo que ocurría. Los científicos nos inclinamos a veces a exagerar nuestros éxitos y nuestros sinsabores. Cuando, después de prolongados experimentos, consigo una reacción, siento también deseos de despertar a todo Moscú.

Pero, Nikonov... Había que conocerle para comprender hasta qué punto estaba excitado.
Sin contestar a mi saludo, me apretó fuertemente la mano.
Y aquel apretón de manos rápido, nervioso, me comunicó su emoción.
–¿Se trata del meteorito del Pamir? –pregunté, adivinando ya la respuesta.
–Sí –respondió.

Nikonov cogió un paquete de fotografías y las desplegó en abanico delante de mí. Eran fotografías del meteorito. Las examiné, esperando ver... Naturalmente no sabía lo que iba a ver. Pero estaba convencido de que se trataba de algo sensacional.

Quedé asombrado, pues, al comprobar que el meteorito era semejante a las docenas de ellos que había podido ver al natural o en fotografía. Un bloque de piedra en forma de cohete, de superficie porosa, y nada más.

Devolví las fotografías a Nikonov, el cual sacudió la cabeza y dijo, con voz ronca que no era la suya:
–No es un meteorito. Bajo el caparazón de piedra hay un cilindro metálico... con un ser vivo en su interior.
 
Ahora, cuando rememoro los acontecimientos de aquella noche, me parece raro que, durante un largo instante, fuera incapaz de comprender a Nikonov. Sin embargo, todo era muy simple. Pero precisamente por esto el asunto producía una impresión de inverosimilitud, de irrealidad, impidiéndome comprender inmediatamente a Nikonov.

El meteorito era una nave cósmica. La envoltura de piedra, que tenía unos siete centímetros de espesor, recubría un cilindro de metal obscuro, muy denso. Nikonov opinaba (y su opinión quedó confirmada más tarde) que la envoltura en cuestión estaba destinada a proteger al cilindro de los meteoritos y de un peligroso recalentamiento. El aspecto poroso de su superficie procedía de los choques con los micrometeoritos. Sus huellas, muy numerosas, demostraban que el ingenio había estado volando por espacio de muchos años.

–Si el cilindro fuera macizo –dijo Nikonov–, pesaría al menos veinte toneladas. Pero, sin la envoltura de piedra, su peso es ligeramente superior a las dos toneladas. En tres lugares, unos hilos muy finos salen del cilindro. Están rotos.

Evidentemente, en el momento de la caída se desprendieron unos aparatos que se encontraban en la parte exterior del cilindro. El galvanómetro, conectado a esos hilos, ha revelado unos leves impulsos eléctricos...

–Pero, ¿por qué tiene que tratarse necesariamente de un ser vivo? –repliqué–. En el interior del cilindro puede haber unos aparatos automáticos.
–Descartado –respondió Nikonov–. Da golpes.
No lo entendí.
–¿Qué es lo que da golpes?
–El que está dentro del cilindro –la voz de Nikonov tembló–. Cuando alguien se acerca, empieza a dar golpes. Puede ver. Ignoro cómo, pero puede ver.
Resonó el timbre del teléfono. Nikonov cogió el receptor y observé que una sombra cruzaba por su rostro.
–Han sondeado el cilindro –me dijo, soltando el receptor–. Su pared no alcanza los veinte milímetros de espesor. En el interior no hay metal.

En aquel momento se me ocurrió la objeción más lógica. El cilindro no era tan grande. ¿Cómo podían caber en él unos seres vivos? No sólo necesitaban espacio, sino también víveres, agua, dispositivos para el mantenimiento de una temperatura constante, para renovar el aire. ¿Cómo introducir todo aquello en un cilindro de menos de tres metros de longitud y unos sesenta centímetros de diámetro?

Nikonov me escuchó y dijo:
–Dentro de un cuarto de hora iremos a verlo. Espero a alguien. De momento, están colocando el cilindro en una cámara hermética.
–De todos modos, tienes que admitir que esa versión del ser vivo no es realista. No puede haber hombres en el cilindro.
–¿Hombres? ¿Qué entiendes tú por eso?
–Bueno, seres pensantes.
–¿Con unos brazos y unas piernas?
Por primera vez aquella noche, Nikonov sonrió.
–Sin duda –contesté.
–No los hay en la nave –dijo Nikonov–. Contiene seres pensantes, pero resulta difícil saber cómo son.

Yo no podía estar de acuerdo con él. Bastaba recordar cómo imaginaban los europeos, antes de los grandes descubrimientos geográficos, a los habitantes de los países desconocidos: hombres de seis brazos o con la cabeza de perro, enanos y gigantes... Y luego se comprobó que en Australia, en América y en Nueva Zelanda, los hombres eran semejantes a los de Europa.

–Las condiciones de vida idénticas, las leyes generales de la evolución, desembocan en los mismos resultados.
–¿Las leyes generales de la evolución? –inquirió Nikonov–. Pueden admitirse hasta cierto punto. Pero, ¿de dónde sacas las condiciones de vida idénticas?

Me expliqué: la existencia y el desarrollo de las formas superiores de las proteínas sólo son concebibles dentro de unos límites bastante restringidos de temperatura, de presión, de irradiación. De lo cual puede inferirse que el mundo orgánico evoluciona siguiendo unos caminos parecidos.

–Querido amigo –dijo Nikonov–, eres académico y un bioquímico eminente, la mayor autoridad en materia de síntesis bioquímica. Cuando hablas de las síntesis de las proteínas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero el que sabe fabricar ladrillos no es necesariamente experto en arquitectura. Y no lo tomes a mal.

¿Cómo podía tomarlo a mal? A decir verdad, nunca había reflexionado seriamente en la evolución del mundo orgánico en los otros planetas. No era mi especialidad.

–Las ideas que en la Edad Media proliferaban acerca de los hombres con cabeza de perro eran absurdas, efectivamente –continuó Nikonov–. Pero en la Tierra, si se exceptúa el clima, las condiciones de vida son muy parecidas. Por otra parte, cuando cambian las condiciones, cambia el hombre. En América del Sur, en los Andes peruanos, hay una tribu india que vive a 3.500 metros de altitud. Sus miembros son de baja estatura, y su peso medio es de cincuenta kilogramos, pero el volumen de su caja torácica y de sus pulmones es superior en un 50% al de los europeos.

»Como puedes ver, su organismo está adaptado a las condiciones de vida en una atmósfera enrarecida, a costa de una notable modificación del aspecto exterior. Ahora, reflexiona un poco en las considerables diferencias que pueden existir entre las condiciones de vida en la Tierra y en los otros planetas. Tomemos la gravedad, por ejemplo. No sé por qué la has olvidado. 

En Mercurio, la gravedad es cuatro veces menor que en la Tierra. Si ese planeta estuviera habitado, es poco probable que sus habitantes necesitaran unos miembros inferiores tan desarrollados como los nuestros. En cambio, en Júpiter la gravedad es mucho mayor que en nuestro planeta. En tales condiciones, es muy probable que la evolución de los vertebrados no haya desembocado en la postura vertical...

Había una brecha en el razonamiento de Nikonov, y me dispuse a explotarla.
–Querido amigo –dije–, eres profesor, eres un astrofísico eminente, la mayor autoridad en el campo del análisis espectral de la atmósfera de las estrellas. Cuando hablas de los planetas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero, el que sabe fabricar ladrillos... Resumiendo, olvidas que las manos tienen que estar libres. Sin ello, el trabajo que ha formado al hombre resultaría imposible. Y, con la postura horizontal, los cuatro miembros sirven como puntos de apoyo.

–Desde luego. Pero, ¿por qué cuatro? ¿Acaso existe un límite?
–Entonces, ¿volvemos a los hombres de seis brazos?
–En los planetas donde la gravedad es muy intensa, ese es sin duda el camino que seguiría la evolución de los vertebrados. Pero, además de la gravedad, existen otros factores. 

El estado de la superficie del planeta, por ejemplo, tiene una enorme importancia. Si la Tierra estuviera cubierta de un modo permanente y total por el océano, la evolución del mundo animal hubiese sido muy distinta.
–¡Seríamos sirenas! –ironicé.

–Tal vez –replicó Nikonov, imperturbable–. La vida en el océano evoluciona sin cesar, aunque más lentamente que en tierra firme. Lo que debe ser común a todos los seres dotados de razón, habiten donde habiten, es un cerebro desarrollado, un sistema nervioso complejo, unos órganos para trabajar y para desplazarse que estén adaptados al medio ambiente.


–Sin embargo –dije, sin querer darme por vencido–, no está descartado que en planetas semejantes a la Tierra vivan unos seres racionales semejantes a los hombres.
–No, no está descartado –convino Nikonov–, pero es poco verosímil. Has omitido otro factor importante: el tiempo. El aspecto del hombre no es algo constante. 

Hace diez millones de años, nuestros antepasados tenían una cola y una facies alargada. ¿Y qué aspecto tendremos dentro de diez millones de años? Es absurdo pensar que siempre seremos como ahora. Tú hablas de los planetas de la misma naturaleza. Existen, indiscutiblemente. Pero es muy poco probable que la evolución de los seres pensantes coincida en ellos en el tiempo. 

En una palabra, amigo mío, Shakespeare tenía mucha razón cuando puso en boca de Hamlet aquellas famosas palabras: «Hay más cosas en el cielo y en la Tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía».

Me resulta difícil, al cabo de tanto tiempo, recordar con exactitud los términos de aquella conversación con Nikonov. Tanto más por cuanto nos interrumpían continuamente: resonaban los timbres de los teléfonos, los colaboradores entraban y salían del despacho, el propio Nikonov consultaba su reloj cada diez minutos... Pero la conversación en sí me parece memorable. Nuestras hipótesis eran atrevidas, pero la realidad resultó serlo mucho más.

Ahora, todo me parece sencillo. Si la nave, procedente de otro sistema planetario, había podido cruzar las inmensidades del Cosmos, era porque en su planeta de origen el Saber estaba más adelantado de lo que podíamos imaginar. Esta sola circunstancia debió estimularnos a no extraer conclusiones precipitadas...

Nuestra conversación fue interrumpida definitivamente por la llegada del académico Ashtakov, especialista en medicina astronáutica.
Con gran asombro por mi parte, lo primero que preguntó Ashtakov fue:
–¿Qué clase de motor utilizan?
Me reproché inmediatamente no haber pensado en el motor. La respuesta hubiese permitido aclarar numerosos extremos: el nivel de evolución de los recién llegados, la duración de su viaje por el Cosmos, la distancia recorrida, la aceleración que podían soportar...
–No hay ningún motor –respondió Nikonov–. Debajo del caparazón de piedra hay un cilindro metálico completamente liso.
–¡Ah! –exclamó Astakhov; Meditó unos instantes, mientras su rostro reflejaba el mayor de los asombros–. Entonces... eso significa que poseen un motor antigravitacional. Han dominado la gravitación.
–Probablemente –asintió Nikonov–. Esa es también mi opinión.
–¿Cómo? –inquirí–. ¿Es posible controlarla?
–En principio, sí, indiscutiblemente –respondió Nikonov–. No existe en la naturaleza una fuerza que el hombre no pueda dominar, tarde o temprano. Es una cuestión de tiempo. Pero hay que reconocer que, de momento, sabemos muy poco acerca de la gravitación. 

Conocemos la ley de Newton: dos cuerpos cualesquiera se atraen mutuamente en razón directa de sus masas y en razón inversa del cuadrado de sus distancias. Sabemos, aunque de un modo puramente teórico, que la fuerza de atracción se difunde a la velocidad de la luz. Pero ignoramos de dónde procede esa fuerza y cuál es su naturaleza.

Volvió a sonar el timbre del teléfono; Nikonov cogió el receptor y, tras escuchar unos segundos, dijo:
–En seguida vamos para allá.
Luego añadió, dirigiéndose a nosotros:
–Nos esperan.
Salimos al pasillo.
–Algunos físicos opinan –continuó Nikonov– que todos los cuerpos contienen unas partículas de gravitación: los gravitones. Yo no estoy muy convencido de que esa hipótesis sea cierta. Pero, si lo fuera, las dimensiones de los gravitones tendrían que ser tan reducidas en relación con los de los núcleos atómicos, como las de estos últimos lo son comparados con los cuerpos ordinarios. Y la concentración de la energía tendría que ser en ellos incomparablemente más elevada que en el núcleo del átomo.

Descendimos por una escalera de caracol, muy empinada, que conducía al sótano del Instituto. Al final de un angosto pasillo, un grupo de colaboradores nos esperaba delante de una puerta de acero. Alguien puso un motor en marcha y la puerta se abrió lentamente.

Vi por primera vez la nave cósmica. 

Reposaba horizontalmente sobre dos puntos de apoyo. Era un cilindro de metal obscuro y de superficie muy lisa. La envoltura de piedra, que se había agrietado por diversos lugares en el momento de la caída, había sido desprendida del cilindro, de uno de cuyos extremos colgaban tres cables muy finos.

Nikonov, que se encontraba más cerca, avanzó un par de pasos: inmediatamente percibimos unos golpes. En el interior del cilindro alguien emitía unos raros sonidos que no recordaban en nada el ritmo de una máquina. Se me ocurrió la idea de que la nave no contenía necesariamente unos hombres: nosotros situamos en nuestros cohetes experimentales monos, perros, conejos...

Nikonov se alejó en dirección a la puerta y los golpes cesaron. En medio del silencio que se había establecido, se oía claramente la penosa respiración de uno de los presentes, sin duda acatarrado.

No sé lo que pensaban los demás, pero en lo que a mí respecta ni siquiera se me ocurrió la idea de que acababa de abrirse una nueva era para la ciencia. Lo comprendí más tarde, y la escena que acabo de evocar se fijó entonces para siempre en mi memoria: una pequeña estancia de techo bajo inundada de luz; en el centro, el obscuro cilindro, liso y brillante; cerca de la puerta, un grupo de hombres profundamente emocionados, con los rostros contraídos por la tensión...

Pusimos manos a la obra. Los ingenieros tenían que determinar lo que había dentro del cilindro. Astakhov y yo estábamos encargados de asegurar una doble protección biológica: la de los pasajeros de la nave cósmica contra las bacterias terrestres, y la del personal contra las bacterias que podía contener el cilindro.

Me resultaría difícil explicar cómo realizaban su tarea los ingenieros. Me faltó tiempo para fijarme en su trabajo. Sólo recuerdo que sondearon el cilindro con ultrasonidos y con rayos gamma. Tras prolongadas discusiones (no era fácil ponerse de acuerdo con Astakhov, a causa de su sordera), convinimos en proceder a abrir el cilindro con la ayuda de «brazos mecánicos» teledirigidos. 

Antes, la cámara hermética en la que se encontraba el cilindro tenía que ser desinfectada con potentes rayos ultravioleta.

Nos apresuramos. A dos pasos de nosotros un ser viviente moría y teníamos que acudir en su ayuda.
Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.

Armados de un pico termonuclear, los «brazos mecánicos cortaron el metal con mil precauciones, abriendo el acceso a los aparatos de la nave cósmica. A través de las angostas rendijas encristaladas, practicadas en el muro de hormigón, observamos los gestos impecablemente precisos de aquellos enormes «brazos mecánicos». Lentamente, centímetro a centímetro, el chorro de fuego mordía el metal desconocido. Luego, los «brazos mecánicos» asieron la base del cilindro, que se despegó.

La nave cósmica no contenía ningún ser vivo. Pero había en él materia viviente. Un gigantesco cerebro palpitante, situado en el centro del cilindro.

Cuando digo «cerebro» hablo en términos convencionales. En el primer momento, lo que vi me pareció la réplica exacta, aunque considerablemente aumentada, de un cerebro humano. Pero, al mirarlo con más atención, comprendí mi error. Era únicamente un fragmento de cerebro. Más tarde descubrimos que estaba desprovisto de todos los centros que gobiernan los sentimientos y los instintos. Además, sólo incluía algunos de los centros «pensantes» de un cerebro normal, aumentados decenas de veces.

Para dar una definición exacta, habría que decir que era una «neuro-calculadora», o sea, una máquina de calcular en la cual los diodos y los triodos estaban reemplazados por células vivas de materia cerebral. Y –hecho fundamental– de materia cerebral sintética. Lo adiviné inmediatamente por múltiples detalles. Más tarde, aquella hipótesis se confirmó.

En alguna parte, sobre un planeta desconocido, la ciencia está mucho más desarrollada que en la Tierra. En tanto que nosotros apenas llegamos a sintetizar parcelas de las moléculas más simples de albúmina, allí saben sintetizar ya las formas superiores de la materia orgánica. Este es también el objetivo de nuestra bioquímica, pero, ¡cuán lejos estamos de él!

He de reconocer que lo que descubrimos en la nave cósmica fue para todos nosotros una gran sorpresa. El único que no dio la menor muestra de asombro fue Astakhov. Fue también el primero en hablar.

–¡Ah! –exclamó–. ¡Lo que yo había predicho! Recuerden lo que escribí hace un par de años... Las distancias entre las galaxias son infranqueables para el hombre. Ese viaje sólo puede ser realizado por una nave de mando automático. ¡Au-to-má-ti-co! Pero, ¿de qué tipo? ¿Máquinas electrónicas? ¡No, y no! Es demasiado difícil, casi imposible de realizar. ¡No! Es necesario el sistema más perfeccionado: un cerebro... Escribí eso hace dos años. Y algunos bioquímicos lo tildaron de fantástico. Escribí: para los viajes entre las galaxias se necesitan bio-autómatas, capaces de regenerar sus células...

Lo que decía Astakhov era verdad. Dos años antes había publicado un artículo exponiendo aquellas ideas. Y yo fui uno de los que las consideraron demasiado fantásticas. Sin embargo, los hechos le daban la razón. Había predicho, con notable anticipación, la síntesis de la materia cerebral, aquella forma superior de la materia.

Por regla general, los especialistas no prevén demasiado bien el futuro. Se acostumbran a las cosas en las cuales trabajan hoy. Piensan: hoy hay automóviles, por lo tanto, dentro de cien años habrá también automóviles, con la diferencia de que serán más rápidos. Hay aviones, por lo tanto habrá aviones, pero volarán más aprisa. Por desgracia, todas esas previsiones no sirven de mucho...

A veces, lo nuevo parece increíble, inverosímil, imposible. Y, sin embargo, nace. Heinrich Hertz, que fue el primero en estudiar las oscilaciones electromagnéticas, negaba en su época la posibilidad de desarrollar la telegrafía sin hilos. Y unos años más tarde, Popov inventó la radio.

No, yo no había creído en lo que escribió Astakhov. Para crear bio-autómatas, hay que resolver unos problemas sumamente complejos: sintetizar las formas superiores de la materia biológica; aprender a controlar los procesos bio-electrónicos; obligar a la materia viviente y a la materia inerte a trabajar conjuntamente... Todo eso me parecía demasiado fantástico. 

Pero lo nuevo, aunque creado por los hombres de otro planeta, hacía irrupción en nuestra vida, confirmando aquella gran verdad de que no pueden existir límites para el progreso de la ciencia. Nosotros no conocíamos la composición de la atmósfera en el interior del cilindro. Ignorábamos también cómo repercutiría en el cerebro artificial el paso a la atmósfera terrestre.

Cada uno de nosotros estaba clavado a su puesto, junto a los compresores, a los aparatos, a los balones de gas. Todo estaba preparado para modificar lo más rápidamente posible la composición de la atmósfera en la cámara hermética. 

Pero, apenas se abrió el cilindro, los aparatos señalaron que la atmósfera en el interior de la nave cósmica estaba compuesta de una quinta parte de oxígeno y de cuatro quintas partes de helio, en tanto que la presión era superior en una décima parte a la de la Tierra. El cerebro seguía palpitando; un poco más aprisa, quizás.

Los compresores aullaron, elevando la presión en la cámara. La primera fase de trabajo había sido completada con éxito.
Subí al despacho de Nikonov, arrastré un sillón hasta la ventana y levanté un visillo. Fuera, las luces de la ciudad iban encendiéndose, expulsando las tinieblas. Era la segunda noche, pero me parecía que sólo hacía unas horas que había llegado al Instituto.

De modo que la atmósfera del ingenio cósmico contenía un veinte por ciento de oxígeno, lo mismo que la atmósfera terrestre. ¿Era una casualidad? No. Con esa concentración, precisamente, la hemoglobina de la sangre se satura completamente de oxígeno. Por lo tanto, la nave cósmica tenía que incluir un sistema circulatorio. La muerte de una parte del cerebro acarrearía fatalmente la muerte del conjunto.

Me precipité hacia el sótano.

Al rememorar ahora nuestras tentativas para salvar el cerebro artificial, vuelvo a experimentar el sentimiento de impotencia y de amargura que nos invadió entonces.
¿Qué podíamos hacer?

Aquel cerebro creado por los hombres de otro planeta, estaba muriendo. Su parte inferior aparecía reseca y ennegrecida. Sólo en la parte superior quedaba un poco de materia palpitante. Cuando alguien se acercaba, las pulsaciones se hacían febriles, como si el cerebro pidiera ayuda.

Habíamos descubierto rápidamente cómo funcionaba el sistema que proporcionaba el oxígeno. Tal como había supuesto, aquella respiración se producía por medio del hema, una combinación química semejante a la hemoglobina. 

También habíamos comprendido fácilmente cómo funcionaban los otros dispositivos que alimentaban al cerebro y absorbían el gas carbónico.

Pero no podíamos evitar la muerte de las células del cerebro. En alguna parte, sobre un planeta desconocido, unos seres racionales habían sintetizado la materia cerebral, la más perfectamente organizada. Habían sabido enviar su cerebro artificial a las profundidades del Cosmos. Sin duda alguna, las células de aquel cerebro habían registrado múltiples secretos del Universo. Pero nosotros no podíamos enterarnos de ellos. El cerebro moría.

Utilizamos todos los medios de que disponíamos, desde los antibióticos hasta la intervención quirúrgica. Inútilmente.
En mi calidad de presidente del comité especial de la Academia de Ciencias, pregunté una vez más a mis colegas si habíamos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance.
Nos encontrábamos en la pequeña sala de conferencias del Instituto. Estaba amaneciendo. Los sabios se habían sentado y permanecían silenciosos, rendidos de fatiga.

Nikonov se pasó la mano por el rostro y respondió con voz ronca:
–Todo.
Los otros asintieron.

Durante seis días, mientras vivieron las últimas células del cerebro, nos relevamos junto a él, sin interrumpir por un solo instante las observaciones. Resulta difícil enumerar todo lo que aprendimos. Pero lo más interesante fue el descubrimiento de la substancia utilizada para proteger los tejidos vivientes contra las radiaciones.

La nave cósmica tenía un casco relativamente delgado que los rayos cósmicos traspasaban con facilidad. Esta circunstancia nos impulsó, desde el primer momento, a buscar en las células del bio-autómata una substancia protectora. Y la encontramos. Una concentración ínfima de esa substancia sensibiliza al organismo contra las dosis más elevadas de radiaciones. 

En adelante, podríamos simplificar considerablemente la construcción de las naves cósmicas. Ya no sería necesario colocar los reactores atómicos detrás de pesadas pantallas protectoras, lo cual nos acercaba extraordinariamente a la era de las naves estelares atómicas.

El sistema de regeneración del oxígeno resultó también muy interesante. Durante años enteros, una colonia de algas desconocidas en la Tierra y que pesaban menos de un kilogramo habían absorbido regularmente el gas carbónico y desprendido el oxígeno que el cerebro necesitaba.
Hablo de los descubrimientos biológicos. Pero los realizados por los ingenieros serán todavía más importantes, sin duda. 

Tal como creía Astakhov, la nave cósmica llevaba un motor antigravitacional. No estoy en condiciones de entrar en detalles técnicos acerca de su construcción, pero puedo afirmar una cosa: los físicos tendrán que revisar a fondo sus conceptos sobre la naturaleza de la gravitación. La era de la técnica atómica dejará paso, probablemente, a la era de la técnica antigravitacional. Gracias a ella, los hombres controlarán energías y velocidades actualmente inconcebibles.

Los análisis nos revelaron que el casco de la nave estaba construido con una aleación de titanio y de berilio. Pero, a diferencia de las aleaciones ordinarias, estaba constituida por un solo cristal. Nuestros metales son, por así decirlo, una mezcla de cristales. Cada uno de los cristales, por separado, es sólido. Pero están unidos muy débilmente entre ellos. El metal del futuro estará formado por un solo cristal, muy sólido. Al modificar la red cristálica, será posible modificar sus propiedades ópticas, su resistencia, su conductibilidad.

Y, sin embargo, el descubrimiento más importante –hasta ahora no ha sido aún descifrado– se refiere al cerebro artificial de la nave cósmica. Los tres cables que colgaban del cilindro estaban conectados efectivamente con él por medio de un sistema bastante complicado. Gracias a ellos, durante seis días unos oscilógrafos muy sensibles pudieron registrar las corrientes del bio-autómata. 

No se parecían en nada a las biocorrientes del cerebro humano. Y pusieron de relieve toda la diferencia existente entre el cerebro artificial y un verdadero cerebro. En efecto, el cerebro de la nave cósmica no era más que una instalación cibernética en la cual unas células vivas desempeñaban el papel de lámparas. A pesar de toda su complejidad, era incomparablemente más simple, más especializado, por así decirlo, que el cerebro humano.

En seis días, se registraron millares de metros de oscilogramas. ¿Conseguiremos descifrarlos? ¿Qué nos revelarán? Tal vez la historia del viaje a través del Cosmos.
De momento, a propósito de esa piedra caída de las estrellas, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente. Sin embargo, llegará el día en que queden desvelados sus últimos secretos.

Y entonces, unos mensajeros terrestres, unas naves provistas de un motor antigravitacional, remontarán el vuelo hacia las inmensidades sin límites del Universo.
No serán conducidas por hombres. La vida humana es corta y el Universo infinito.

Serán conducidas por unos bio-autómatas. Las naves del futuro, después de millares de años de viaje, después de haber penetrado en las lejanas galaxias, regresarán a la Tierra, portadoras de la llama inextinguible del Saber.

En estado latente - A. E. Van Vogt

 Vieja era la isla. Hasta la cosa que yacía en el canal exterior, expuesta al rudo ir y venir del mar abierto, nunca había adivinado, cuando se hallaba viva, millones de millones de años atrás, que aquí se encontraba un trecho protuberante que databa de una remotísima edad geológica.

La isla medía aproximadamente tres millas de largo y, en su punto más ancho, media milla de costa a costa. Allí donde se hallaba una laguna azulada asumía una forma nítidamente serpenteante. Los escuetos y largos arrecifes salientes, donde se remansaban las espumas de las olas, se extendían hasta la punta de la isla. Hubiérase dicho que, con aquella morfología, la naturaleza intentaba trazar la figura de un hombre gigantesco con la cintura doblada, tratando de tocarse los pies sin lograrlo.

A través del canal formado por esa brecha, entre los pies y las manos del gigante, batía el oleaje del mar.

El mar se oponía al canal. Con interminable paciencia se afanaba por derruir la muralla de rocas, y el tumulto del mar era un sonido especial, una mezcla de todo aquello que resultaba estridente y desmañado en la eterna querella entre la resistente tierra y el transgresor oleaje.

Precisamente donde rompía el oleaje yacía Iilah, muerto ahora casi para siempre, olvidado por el tiempo y el universo.

A principios de 1941 llegaron barcos japoneses y navegaron por el peligroso estrecho hasta desembocar en las aguas de la laguna. Desde la cubierta de uno de los barcos, un par de ojos curiosos pasó con algún detenimiento por aquella cosa que emergía de los arrecifes rompeolas. 

Pero el dueño de aquellos ojos servía a un gobierno que miraba mal las empresas de carácter extramilitar. De modo que el ingeniero Taku Onilo se limitó a anotar en su informe que: «A la entrada de este canal yace una forma sólida hecha de una sustancia reluciente, aparentemente mineral, de cerca de cuatrocientos pies de largo y noventa pies de ancho».

Los hombrecitos amarillos construyeron sus tanques subterráneos de gasolina y de petróleo y emproaron hacia el levante. Las olas iban y venían, iban y venían. Los días y los años transcurrieron, y la mano del tiempo se hizo pesada. 

Las lluvias estacionales cayeron más o menos cuando debían caer y arrasaron las improntas dejadas por el hombre. Brotó la vegetación allí donde las máquinas hubieron removido la tierra. La guerra concluyó, los tanques subterráneos se hundieron un poco dentro de sus lechos de tierra y se produjeron fisuras en algunos de los principales oleoductos. Poco a poco sobrevinieron las consiguientes filtraciones y durante años una oleaginosa capa verdeamarilla añadió un lustre diferente a las aguas de la laguna.

En las extensiones del atolón de Bikini, a cientos de millas de distancia, primero un estallido, después otro, y gradualmente se contaminaron de radioactividad las aguas aledañas a la isla. El primer desplazamiento de aquella potente energía alcanzó la isla en el otoño de 1946.

Dos años después, un acucioso archivero de Tokio, hurgando en los documentos de la marina imperial japonesa, informó sobre la existencia de aquellos tanques de petróleo. A su debido tiempo -1950- el cazatorpedero Coulson inició su rutinario recorrido de exploración.

El tiempo de la pesadilla había llegado.

 

El teniente Keith Maynard atisbaba la isla con aire sombrío a través de sus binoculares. Se hallaba predispuesto a descubrir alguna anomalía, pero esperaba más bien encontrarse con una perturbadora y monótona uniformidad, no con algo que fuera radicalmente dispar.

- La misma maleza de siempre - masculló - y un espinazo semimontañoso semejante a una armadura que se extiende a todo lo largo de la isla, los árboles...

Después de esta última palabra se quedó callado.

Un ancho derrotero había sido desbrozado a través de las palmas en la cercana costa. Las palmas no habían sido derribadas recientemente, sino aplanadas por completo en el fondo de un surco semejante a un barranco donde ya crecían la hierba y pequeños arbustos. El surco, que parecía medir unos cien pies de ancho, conducía cuesta arriba desde la playa a la ladera de una colina, hasta donde descansaba una empinadísima piedra medio enterrada cerca de la cima.

Perplejo, Maynard bajó la vista hacia las fotos japonesas de la isla. De repente se volvió hacia su segundo, el teniente Gerson.

- ¡Dios mío! - exclamó Maynard -. ¿Cómo habrá llegado hasta allá arriba esa piedra? No aparece en la fotografía.

Lamentó haber dicho aquellas palabras no bien salieron de su boca. Gerson lo miró, con aquella leve hostilidad que le era característica, encogió los hombros y dijo:

- Quizá no sea ésta la isla que buscamos.

Maynard no contestó. Consideraba a Gerson un tipo extraño. Poseía una de esas lenguas que rezumaban ironía.

- Yo diría que pesa alrededor de dos millones de toneladas. Los japoneses probablemente la arrastraron hasta allá para desconcertamos.

Maynard permaneció callado. Le molestaba haberse permitido emitir aquel comentario. En especial porque, por un instante, de hecho había pensado en los japoneses en relación con aquella piedra. La suposición respecto de su peso, que enseguida le pareció bastante certera, puso término a sus más descarriadas especulaciones. Si los japoneses pudieran trasladar una piedra de dos millones de toneladas de peso, la guerra la habrían ganado ellos. Aún así, la cuestión era harto curiosa y merecía ser investigada más adelante.

Navegaron por el canal sin sufrir percances. Era más ancho y más profundo de lo que había inferido Maynard de los informes japoneses, y esto contribuía a viabilizar la misión que los traía acá. Ingirieron el almuerzo anclados en la laguna. Maynard reparó en la capa oleaginosa que cubría las aguas de la laguna y cursó órdenes a la tripulación a los efectos de no tirar fósforos al agua. Después de una breve consulta con los demás oficiales, determinó que incendiarían el petróleo tan pronto hubieran cumplido la misión que los retenía allí y salieran de la laguna.

Sobre la una y media de la tarde, fueron bajados los botes de remo y Maynard y sus hombres pisaron tierra sin pérdida de tiempo. En una hora, con la ayuda de los planos japoneses transcritos, dieron con los cuatro tanques enterrados. Demoró algo más estimar las dimensiones de los tanques y descubrir que tres de ellos se hallaban vacíos. 

Sólo el más pequeño, que contenía carburante de alto octanaje, había permanecido herméticamente sellado y todavía se hallaba lleno. Su valor ascendía a diecisiete mil dólares. Consiguientemente, no merecía la atención de los grandes tanqueros de la marina que surcaban aquellas aguas en busca de materiales bélicos extraviados de fabricación japonesa o norteamericana. Maynard presumía que una barcaza no tardaría en ser enviada para llevarse el carburante, pero aquello no era de su incumbencia.

A pesar de la rapidez con que había efectuado su faena del día, Maynard trepó a cubierta cansadamente cuando comenzaba a anochecer. Tal vez su paso revelara cierto agotamiento físico, ya que Gerson alzó demasiado la voz para preguntarle:

- ¿Se siente agotado, mi teniente?

Maynard se enderezó. Fue esa pregunta lo que lo movió a no dejar para la mañana siguiente la exploración de la piedra. Poco después de la comida, pidió voluntarios para ir con él a tierra. Era noche cerrada cuando el bote de remos, con siete hombres a bordo además del primer contramaestre Yewell y él, atracó en la playa arenosa a corta distancia de las crecidas palmeras. La partida se encaminó tierra adentro.

No había luna en el cielo y las estrellas se encontraban desperdigadas entre las nubes residuales de la recién transcurrida estación lluviosa. Caminaron por el anchísimo surco donde los árboles habían sido literalmente arados dentro de la tierra. A la pálida luz de las linternas, el espectáculo de los numerosos árboles, incinerados y aplanados a un nivel parejo con la tierra circundante, se veía antinatural.

Maynard oyó a uno de los hombres murmurar:

- Debe de haber sido obra de algún tifón fenomenal.

No sólo un tifón, meditó Maynard, sino también un fuego voraz seguido de un viento monstruoso, tan monstruoso que... Sus reflexiones quedaron truncas. No podía imaginar una tormenta con fuerza suficiente para empujar cuesta arriba sobre la ladera de una colina de un cuarto de milla de extensión y a cuatrocientos pies sobre el nivel del mar, una piedra de dos millones de toneladas de peso. 

A una distancia cercana la piedra no parecía ser más que granito natural. Tocada por la luz de las linternas, destellaban sus innumerables estrías coloradas. Maynard condujo a la partida en su derredor, y su vastedad le abrumaba el ánimo mientras trepaba hasta la cúspide de la colina y luego alzaba la vista sobre aquellas murallas centelleantes parecidas a farallones que se perdían en lo alto. La parte superior, aunque firmemente hundida en la tierra, se elevaba por lo menos cincuenta pies sobre su cabeza.

La noche se había tornado desagradablemente cálida. Maynard sudaba de pies a cabeza. Durante un momento, así maltrecho como estaba, derivó placer de la convicción de que cumplía con su deber bajo ingratas circunstancias. Estaba enhiesto, dubitativo, sombríamente saboreando el intenso y primitivo silencio de la noche.

- Tomen algunas muestras aquí y allá - dijo por fin -. Esas estrías coloradas parecen ser interesantes.

Unos segundos después, uno de los hombres emitió un aullido de tan intenso dolor que pareció desgarrar la envolvente negrura de la noche.

De inmediato se encendieron las linternas. Descubrieron al marino Hicks retorciéndose de dolor en el suelo. A la esplendente luz de las linternas, la muñeca del hombre se veía carbonizada, humeante. La mano había sido enteramente consumida por una potente combustión.

Había tocado a Iilah.

Maynard le administró morfina al infeliz, a quien el dolor martirizaba más allá de todo aguante humano. Se le trasladó enseguida al barco y, por medio de la radio, un cirujano de la base ilustró paso a paso la operación que se le hizo. Se determinó que en un avión hospital viniera a buscar al paciente. 

Lo más probable es que el accidente provocara cierta perplejidad en el cuartel general, puesto que se solicitó información adicional acerca de la piedra «quemante». A la mañana siguiente los que estaban radicados allá llamaban a la piedra el «meteorito».

Maynard, que no acostumbraba poner en entredicho las opiniones de sus superiores, se molestó cuando supo que aquella mole era definida así, y señaló que ese «meteorito» pesaba dos millones de toneladas y que descansaba sobre la superficie de la isla.

- Mandaré al segundo jefe de máquinas a tomarle la temperatura - dijo.

Un termómetro procedente de la sala de máquinas del barco indicaba que la temperatura exterior de la roca ascendía a unos ochocientos y pico de grados Fahrenheit. Lo que aquello implicaba constituía un interrogante que anonadaba a Maynard.

- Sí contestó Maynard -, hemos estado registrando leves reacciones radioactivas de las aguas adyacentes, pero nada más. Y no nos parece que esto sea grave. De todos modos vamos a retiramos de la laguna enseguida y a aguardar el arribo de los barcos donde vienen los científicos.

Pálido y estremecido, puso término a aquella conversación. Una partida de nueve hombres, de la que él formaba parte, se había aproximado a unos metros de la roca, adentrándose en la zona de peligro mortal. De hecho, hasta el Coulson, surto a media milla de distancia del paraje donde se erguía la roca, se encontraba en peligro.

Pero las hojas doradas del electroscopio se proyectaban tiesamente en el aire y el contador Geiger-Mueller cloqueaba sólo cuando se sumergía en el agua y, aún así, sólo a espaciados intervalos. Reanimado, Maynard bajó a ver al marino Hicks. El lesionado dormía intranquilamente, pero no había muerto, lo que era una buena señal. 

El avión hospital llegó con un médico a bordo para atender a Hicks. El médico no perdió tiempo en hacerle un conteo globular a toda la tripulación del Coulson. Acto continuo, subió a cubierta y se presentó a Maynard.

- No puede ser lo que hemos sospechado - dijo el joven y animoso médico -. Todos se hallan bien, incluso Hicks, si descontamos la lesión en la mano. Se abrasó con demasiada rapidez, si se tiene en cuenta que la superficie con que hizo contacto es de una temperatura de ochocientos grados Fahrenheit.

- Creo que de algún modo la mano quedó aprisionada - dijo Maynard, estremeciéndose un tanto al revivir mentalmente el accidente de Hicks, movido por un inconsciente impulso masoquista.

- Así que aquélla es la piedra - dijo el doctor Clason -. ¿Cómo habrá podido plantarse allá arriba?

Aún permanecían allí parados cuando, cinco minutos después, un repentino y escalofriante griterío que procedía de la bodega del barco aportó una nota discordante en medio de la completa quietud que reinaba de un confín a otro de la pequeña isla de la extensa laguna.

 

Algo se agitó dentro de Iilah que lo hizo recapacitar. Se trataba de una cosa que él había tenido la intención de hacer. No podía recordar qué cosa era.

Ese fue el primer pensamiento verdadero que tuvo y databa de fines de 1946, cuando sintió el impacto de una energía exterior. Y aquello lo hizo volver a la vida, saberse vivo. El fluido llegado de fuera se avivó pero luego decayó. Era anormalmente, abismalmente laxo. 

La superficie del planeta que él había conocido palpitaba con las menguantes pero poderosas energías de un mundo que aún estaba por enfriarse y dejar atrás su condición solar. Fue con lentitud que Iilah vino a comprender hasta qué punto era calamitoso para él aquel medio circundante. Al principio se mostró inclinado a encerrarse en sí mismo, a duras penas vivo para interesarse en lo que le era ajeno.

Se obligó a sí mismo a hacerse un tanto más consciente de su medio circundante. Mediante su visión radar contemplaba un mundo extraño. Ocupaba una estrecha meseta en lo alto de una montaña. La desolación de aquellos contornos iba más allá del alcance de su memoria. No existía siquiera un destello ni la presión del fuego atómico. Ni tan siquiera una burbuja de piedra incandescente; ni el formidable torbellino de una energía catapultada hacia el cielo por algún vasto estallido interno.

Nunca pensó que lo que veía fuera una isla rodeada por un océano en apariencia ilimitado. Había visto la tierra bajo el agua del mismo modo que sobre el agua. Su visión, basada como estaba en ondas ultra-ultracortas, no podía discernir el agua. Se dio cuenta que se hallaba en un viejo y moribundo planeta, donde hacía tiempo que se había extinguido la vida. Solo, y en trance de extinguirse él mismo sobre aquel olvidado planeta: no era otro su dilema. Si tan sólo pudiera encontrar la fuente de la energía que lo había revivido.

Guiado por una simple intuición lógica comenzó a bajar la montaña en la dirección de donde parecía venir la corriente de energía atómica. De algún modo, se encontró debajo de ella y tuvo que alzarse de nuevo hasta una atalaya cercana. Una vez emprendido el ascenso, se dirigió hacia la cumbre, hasta la cual le resultaba más fácil llegar, movido por el propósito de ver lo que quedaba al otro lado de la montaña.

A medida que se propulsaba fuera de las aguas no sentidas ni vistas de la laguna, dos fenómenos diametralmente opuestos lo afectaron. Perdió todo contacto con la corriente atómica transmitida por las aguas. Y, simultáneamente, las aguas cesaron de inhibir la actividad de los neutrones y deutones de su cuerpo. 

Su vida adquirió una acrecentada actividad. Quedó abolida la tendencia a asfixiarse lentamente. Su gran mole se convirtió en una pila autoabastecedora, capaz de perpetuarse más allá del tiempo normal de vida radioactiva de los elementos que la integraban, pero aún así se hallaba a un nivel de actividad incalculablemente por debajo del que era normal en él. Otra vez, Iilah pensó: «Había algo que yo debía hacer».

Se produjo una acrecentada afluencia de electrones a través de una veintena de células gigantes mientras Iilah se esforzaba por recordar. La afluencia disminuyó gradualmente ante la infructuosidad del esfuerzo. El leve incremento de su energía vital trajo aparejado una mayor y más exacta comprensión de su estado. 

Oleadas tras oleadas de sutilísima potencia radar afluían de la Luna, a Marte, a todos los planetas del sistema solar; y los ecos que regresaban a él eran examinados con la alarmada acuciosidad que le impartía la certeza de que allá también se encontraban cuerpos muertos.

Se hallaba atrapado en los confines de un sistema inanimado, prisionero hasta tanto el inexorable agotamiento de su estructura material le hiciera una vez más entrar en maridaje con la árida masa del planeta sobre el cual se hallaba varado. Sólo ahora comprendió que había estado muerto. 

No recordaba exactamente cómo le había acontecido aquello, a menos que pudiera explicarlo la explosiva, violenta, anuladora sustancia que lanzara eructos a su alrededor, que lo enterrara y le sofocara sus procesos vitales. La química atómica inherente a aquella sustancia debió de haberse vuelto inocua con el tiempo y de ser ya incapaz de crearle impedimentos a él. Pero para entonces ya Iilah había dejado de existir.

Ahora se encontraba con vida nuevamente, pero con tan débil vida que sólo le restaba esperar el fin. Iilah esperó.

En 1950 vio al cazatorpedero flotar hacia él a través del cielo. Mucho antes de que disminuyeran la marcha y se detuviera justamente debajo de él, había descubierto que se trataba de una forma de vida no emparentada a la suya. Producía un desvaído calor interno, y, a través de sus paredes exteriores, Iilah podía ver los vagos destellos de más de un fuego.

Durante todo aquel primer día, Iilah esperó a que el ente se percatara de él. Pero ni una sola oleada de Vida emanó de su seno. Y, no obstante, el ente flotaba en el cielo por encima de la estrecha meseta, cosa que constituía un imposible fenómeno, una desconocida experiencia. 

Para Iilah, que no podía percibir el agua, ni tan siquiera imaginar el aire, cuyas ultrasondas pasaban a través de los seres humanos como si éstos no existieran, aquella reacción sólo podía significar una cosa: allí se hallaba una forma de vida extraña a él, que se había adaptado al mundo muerto en su derredor.

Poco a poco Iilah fue excitándose. Aquello podría moverse libremente sobre la superficie del planeta. De ese modo a Iilah le sería dado descubrir cualquier foco residual de energía atómica. Su problema estribaba en comunicarse con aquello.

El sol se hallaba en el cenit de otro día cuando Iilah realizó los primeros intentos de comunicarse con el cazatorpedero. Había apuntado al opaco fuego anidado en la sala de máquinas, puesto que allí era -de acuerdo con la lógica de Iilah- donde debía de encontrarse la inteligencia del ente extranjero.

 

Los treinta y cuatro hombres que perecieron dentro y fuera del recinto de la sala de máquinas y del cuarto de calderas del Coulson fueron inhumados no lejos de la orilla de la laguna. Sus camaradas sobrevivientes esperaban permanecer en la proximidad de las sepulturas hasta que el barco evacuado cesara de despedir peligrosas energías radioactivas. 

Al séptimo día del arribo del Coulson, cuando los aviones de transporte lanzaban sobre la isla equipo científico y personal, tres de los hombres se enfermaron y el conteo globular que se hizo reveló una sensible y ominosa disminución de los glóbulos rojos. Aunque no había recibido órdenes al respecto, Maynard se alarmó y dispuso que toda la tripulación fuera enviada a Hawaii para ser sometida a observación médica.

Dejó a los oficiales en libertad de escoger, pero le aconsejó segundo oficial de máquinas, al primer oficial de tiro y a varios alféreces, todos los cuales habían intervenido en el traslado de los muertos a cubierta, que no vacilaran en irse en los primeros aviones. 

Aunque a todos ellos se les ordenó abandonar la isla, algunos miembros de la tripulación solicitaron permiso para permanecer allí. Y después de ser sometidos a un minucioso interrogatorio por Gerson, a una docena de estos hombres, gracias a que pudieron probar que no habían estado cerca del área contaminada, les fue concedido permiso para quedarse.

Maynard hubiera preferido que el propio Gerson se marchara, pero no pudo tener esa satisfacción. Entre los oficiales del Coulson que no se hallaban a bordo cuando ocurrió el siniestro, se contaban los tenientes Gerson, Lausson y Haury -los dos últimos eran oficiales de tiro-, y los alféreces McPelty, Roberts y Manchioff, todos los cuales permanecieron en la isla. Dos de los tripulantes de más alta graduación, de clase, que decidieron quedarse, fueron el jefe de aprovisionamientos, Jenkins, y el primer contramaestre, Yewell.

El grupo de sobrevivientes del Coulson que permaneció en la isla fue relegado. En varias ocasiones se le pidió que mudara sus tiendas de campaña donde éstas no significaran un estorbo para el diario trajín del personal científico recién llegado a la isla. 

Al fin, cuando resultó evidente que el grupo del Coulson sería abrumado una vez más por la premiosa convivencia con los civiles, Maynard, enojado, ordenó el traslado de sus tiendas de campaña mucho más allá de donde ahora se levantaban sobre la playa, a un terreno contiguo a la costa, cubierto de suave césped y no tan poblado de palmas.

A medida que transcurría el tiempo y no recibía órdenes respecto de cómo habérselas con aquella situación -puesto que, entre todos los oficiales, él era el de mayor rango- Maynard primero se sintió confundido, y luego disgustado. 

En uno de los periódicos norteamericanos que comenzaron a aparecer en la isla junto con la llegada de los científicos, de los bull-dozers y las mezcladoras de cemento, leyó en una de las páginas interiores un artículo de un columnista que le aportó los primeros indicios acerca de cómo era juzgada la situación. 

De acuerdo con el columnista, había habido una disputa entre altos mandamases de la Marina y los miembros civiles de la Comisión de Energía Atómica acerca del control de las investigaciones. A resultas de ello, se determinó que la Marina se mantuviera «al margen» de lo que acontecía en la isla.

Maynard leyó la versión que deba el columnista lleno de contradictorios sentimientos, pero al fin cayó en cuenta de que, si aquel era el orden de cosas existentes, sobre él había recaído el papel de máxima autoridad de la Marina en la isla. La verificación de este hecho lo instaba a sentirse llevado de la mano por la suerte a ascender al rango de almirante, dado el caso de que supiera desempeñarse como era debido. Qué era lo que debía de hacer para proceder atinadamente, fuera de vigilar con ojo avizor cuanto sucedía a su alrededor, constituía a todas luces para él un atormentador enigma.

No podía conciliar el sueño. Se pasaba los días en ir y venir, tan desembarazadamente como le era posible hacerlo, entre aquel creciente ejército de científicos, y sus ayudantes, acampado allí. De noche contaba con varios escondrijos desde los cuales podía otear las brillantes luces del campamento enclavado en la playa.

Era un fabuloso oasis de luz en medio de la hermética y vasta oscuridad de las noches del Pacífico. A lo largo de una milla entera, una retahíla de luces se extendía cerca de las susurrantes aguas. Iluminaban, al par que reflejaban, la silueta de los largos, gruesos y combados murallones como de cemento que se alzaban fantasmalmente a partir del borde de las colinas. 

Se trataba de edificaciones que se levantaban para tender un cordón sanitario alrededor de la piedra. Siempre, a medianoche, los bull-dozers cesaban su rugir y las mezcladoras de cemento rodantes descargaban sus últimos trasiegas y se precipitaban sobre la carretera provisional hacia el silencio. A

quella intrincada red de operaciones quedaba sumida en un sueño intranquilo. Por lo general, aguardaba el advenimiento de aquella inactividad con la dolorosa paciencia de quien se ha extremado en el cumplimiento del deber. Sobre la una de la madrugada, Maynard se dirigía a la cama y el sueño no tardaba en rendirlo también a él.

Aquel secreto pasatiempo tuvo su recompensa. Maynard fue el único hombre del campamento que vio a la piedra subir hasta la cúspide de la colina.

Fue un suceso estupendo. La hora era cerca de la una menos cuarto de la madrugada y Maynard estaba a punto de irse a acostar cuando oyó el sonido, semejante a un camión descargando grava. Por un instante, sólo atinó a relacionar aquel fragor con su escondrijo.

Creyó que su nocturno espiar iba a ser descubierto. Pero acto continuo la piedra se dejó ver recortada contra el luminoso esplendor creado por las luces de la playa.

El rugir que ahora se escuchaba era el de las barreras de cemento viniéndose abajo ante aquella incontenible locomoción. Cincuenta, sesenta, luego noventa pies de la piedra-monstruo se irguieron cuesta arriba sobre la colina; se deslizó la mole con titánica fuerza hasta ganar la cumbre y al fin se detuvo.

 

Por espacio de dos meses, Iilah había observado los buques de carga atravesar el canal. Y no dejaba de preguntarse por qué todos se mantenían a idéntico nivel sobre la superficie del agua. Pero lo que era aún más interesante, sin embargo, es que de modo invariable aquellos entes extranjeros hojeaban la isla hasta llegar a un punto donde desaparecían detrás de un alto promontorio que marcaba el comienzo de la costa oriental. En todos los casos, después de mantenerse ocultos durante unos días, reaparecían y atravesaban otra vez el canal para luego ser tragados por el cielo lejano.

Durante meses, Iilah vio de pasada naves con alas, más pequeñas que las otras pero mucho más rápidas, que se lanzaban de picada desde lo alto del cielo y desaparecían tras la cresta de la colina al oriente. Siempre al oriente. Su curiosidad aumentó enormemente pero era remiso a malgastar energías. 

Por último, vino a reparar en un velo de luminosidad nocturna que alumbraba en la oscuridad la parte del cielo hacia el oriente. Iilah echó a andar los mecanismos más activos de su extremo inferior que hacían posible en él la locomoción y pudo trepar los setenta y tantos pies que lo separaban del pináculo de la colina. Pero aquella acción le pesó no bien la hubo realizado.

Uno de los barcos estaba anclado a poca distancia de la orilla de la playa. El velo de luz que bañaba la estribación oriental de la loma no parecía tener origen. Mientras Iilah observaba, veintenas de camiones y bulldozers corrían a su alrededor. Unos cuantos de ellos se le aproximaron bastante. Lo que se proponían o lo que estaban haciendo era un enigma para Iilah. Dirigió unas cuantas ondas de pensamientos a varios objetos pero sin obtener respuesta de ellas.

Se dio por vencido creyendo haber pifiado.

 

A la mañana siguiente la piedra todavía descansaba sobre la cima de la loma, posada en un lugar desde donde, con aquellas esporádicas descargas de energía que lanzaba de modo tan fortuito, amenazaba por igual todo el territorio insular. Maynard oyó la primera versión de los daños causados por Iilah de labios de Jenkins, el jefe de aprovisionamientos: nueve muertos, siete choferes de camión y dos de bull-dozers, una docena de hombres con quemaduras de primer grado y la destrucción del fruto de dos meses de trabajo.

Una conferencia de los científicos de la isla parecía estarse desarrollando, ya que poco después de mediodía, bull-dozers y camiones cargados de equipo comenzaron a desfilar a lo largo del campamento naval. Un marino, que fue enviado a averiguar a qué se debía todo aquel trajinar, informó que los científicos se estaban mudando para el extremo bajo de la isla.

Poco antes de oscurecer se verificó un trascendente suceso. El Director del Proyecto, en unión de cuatro científicos con cargos ejecutivos, se presentó en la zona alambrada del campamento de la Marina y pidió hablar con Maynard. Era un grupo afable y sonriente. Todos le tendieron la mano a Maynard, que a su vez les presentó a Gerson, cuya presencia allí en ese momento no dejaba de ocasionarle cierta desazón que, por supuesto, él sabía disimular con entera urbanidad. La delegación de científicos enseguida pasó a plantear el asunto que motivaba su visita.

- Como usted sabe - dijo el director -, el Coulson sólo está parcialmente contaminado de radioactividad. La torreta de popa ha permanecido incontaminado. Por consiguiente, queremos que usted coopere con nosotros ordenando que se abra fuego contra la piedra hasta convertirla en pedazos.

De primer intento, Maynard no sabía qué responder, tan atónito lo había dejado la petición. Pero aquella perplejidad sólo le duró un instante. Ni entonces ni días después de haber escuchado la petición, discrepó del parecer de los científicos. 

No dudaba que la piedra debía de ser despedazada para destruir de una vez por todas su peligrosidad. Rehusó la petición que se le hacía, y en adelante persistió en su negativa. Pero tuvieron que transcurrir tres días para que se le ocurriera una razón valedera.

- No bastan, señores - les dijo -, las precauciones que ustedes han tomado. No creo que ustedes estén a verdadero resguardo de la piedra por haber acampado al otro extremo de la isla. Si ella estalla probablemente nadie en la isla escaparía con vida. Desde luego, si a mis manos llegara una orden procedente de arriba contentiva de lo que ustedes me piden...

Con todo propósito dejó inconclusa la oración, y dedujo de sus alargados semblantes que un sinnúmero de radiogramas debía de estar yendo y viniendo entre ellos y el organismo central del que formaban parte. Durante el cuarto día, un rotativo de Kwajalein citó en parte la declaración de un alto oficial de la Marina radicado en Washington: «...decisiones de ese carácter sólo son de la competencia del comandante naval que se encuentra en la isla». También hizo saber el oficial de Washington que si una petición debidamente dirigida era hecha, la Marina tendría a bien despachar a uno de sus expertos atómicos a la isla.

A Maynard le era evidente que estaba manejando la situación a la exacta medida de los deseos de sus superiores. Sólo que, cuando aún no había acabado de leer la información, el inconfundible ladrido de uno de los cañones de cinco pulgadas del cazatorpedero que, de todas las armas, es la que posee la más aguda detonación, desgarró inesperadamente el silencio reinante.

Tambaleándose, Maynard se puso en pie. Se encaminó a la más cercana altura. Antes de llegar a ella una segunda detonación se dejó oír del otro lado de la laguna, y una vez más un tronante estallido resonó en la proximidad de la piedra. 

Maynard ascendió a su miradero y a través de sus binoculares vio como a una docena de hombres moviéndose de aquí para allá sobre el puente de popa alrededor de la torreta. Experimentó una más viva contrariedad que la que ya albergaba hacia el director del grupo de los científicos. 

Ipso facto resolvió ordenar la detención de todos los hombres que en una forma o en otra fueran culpables de la comisión de aquel acto, bajo la acusación de hacer uso inicuo y peligroso de las facultades inherentes a sus cargos.

Reflexionó de pasada en lo triste que sería ver desafiada algún día la autoridad de las fuerzas armadas debido a diferencias surgidas entre tales o cuales organismos del Estado, como si en el fondo no se tratara más que de una lucha por el poder. Aguardó el tercer disparo y entonces descendió la colina apresuradamente hacia el campamento. 

Rápidas órdenes impartidas a marinos y oficiales dieron por resultado que ocho de estos hombres asumieran posiciones a lo largo de la costa de la isla, donde les era dado avistar cualquier bote que quisiera tocar tierra. Con el resto de la partida, Maynard se encaminó hacia la más próxima embarcación de la Marina para hacerse a la mar. 

Se vio obligado a tomar la ruta más larga hacia el Coulson: una ruta que lo llevaba por uno de los extremos de la isla. Era indudable que, desde el comienzo de la aventura, no faltó la comunicación radial entre quienes habían hecho uso del cañón blindado del barco para disparar contra la roca y sus cómplices de la isla, puesto que, cuando Maynard y sus subalternos atracaron a un costado del barco desierto, podía divisarse a lo lejos una lancha de motor, parecida a la que ellos ocupaban, que se daba a la fuga con hombres culpables a bordo.

Maynard vaciló. ¿Debía de darle caza a la lancha prófuga? Un cuidadoso escrutinio de la piedra le hizo concluir que aparentemente no había sido agrietada. El fracaso de los disparos lo puso de buen humor, pero también le aconsejó cautela. No le convenía que a oídos de sus superiores llegara que él se había mostrado impotente en lo que se refería a evitar el ilícito abordamiento del cazatorpedero.

 

Aún rumiaba aquel descuido cuando Iilah se puso en marcha cuesta abajo rumbo al Coulson.

Iilah vio el primer flamígero resoplido que salió de la boca de los cañones del barco. Y después, durante el curso de un brevísimo instante, se percató de un objeto que centelleaba hacia él. En los inmemoriales, harto inmemoriales tiempos, había desarrollado defensa contra objetos expelidos hacia él. Por lo que ahora, automáticamente, se había puesto en tensión para asimilar aquel impacto. 

El objeto, en lugar de limitarse a golpearlo duramente, estalló sobre su superficie con estupendo efecto. Su revestimiento protector se resquebrajó. La conclusión resultante emborronó y distorsionó el fluido de todas las láminas electrónicas de su gran mole.

Al momento, los tubos estabilizadores de operación automática generaron impulsos rectificadores. La materia interior de abrasadora temperatura de la cual estaba compuesta la mayor parte de su cuerpo, cuyo estado oscilaba entre la fluidez y la rigidez, registró una más alta temperatura al par que su estado se fluidificaba en mucha mayor proporción. 

El debilitamiento causado por la tremenda concusión facilitó la natural unión de un líquido, rápidamente endurecido a resultas de enormes presiones. Superada la crisis, Iilah meditó en lo que había sucedido. ¿Acaso había sido aquello un intento de comunicación?

La posibilidad lo entusiasmó. En lugar de cerrar la brecha de su pared exterior, endureció el material contiguo a ella para así poner coto a sus pérdidas de radiación. Aguardó. De nuevo le era destinado otro objeto expelido. De nuevo el potente impacto sobre su superficie.

Después de una docena de impactos, cada uno de los cuales hubo dejado su catastrófica huella sobre su revestimiento protector, Iilah se contraía por dentro lleno de dudas. Si acaso se trataba de mensajes, él no podía recibirlos ni entenderlos. 

De mala gana, comenzó a engendrar las reacciones químicas que sellaban su barrera protectora. Superior a la rapidez con que él podía sellar sus lesiones, nuevos objetos expelidos que le causaban nuevas lesiones hacían blanco en su mole.

Y con todo no creyó que hubiera sido objeto de un ataque. En toda su existencia anterior jamás había sido acometido de aquella forma. Iilah no podía recordar cuáles habían sido los métodos empleados contra él en el pasado. Pero ciertamente ninguno de éstos había poseído un carácter tan netamente molecular.

Fue con renuencia que llegó a convencerse de que se trataba de un ataque, pero no se encolerizó. En él los reflejos defensivos eran lógicos, no emocionales. Estudió el cazatorpedero y le pareció que su propósito debía de ser el de ahuyentarlo. También vendría a ser necesario ahuyentar todo ente que se le aproximara. Era hora de que echara de donde estaban a todos los escurridizos objetos que había visto cuando hiciera el recorrido hasta la cumbre de la colina.

Iilah echó a andar colina abajo.

El ente que flotaba sobre la ondulada llanura había puesto término a su flamígero exudación. En tanto Iilah se acercaba al ente, la única señal de vida de que dio muestras la aportó un pequeño objeto que se separó de el velozmente.

Iilah siguió de largo hasta internarse en el agua. Aquello le produjo un shock. Casi había olvidado que bajo aquella desolada montaña existía un nivel que le era perjudicial. Cuanto más descendente el nivel, tanto más afectadas quedaban sus energías vitales.

Iilah vaciló. Pero a continuación siguió sumergiéndose en el elemento líquido, consciente de haber logrado entrar en posesión de la fuerza que le permitiría prevalecer a todo trance sobre aquella presión tan negativa.

 

El cazatorpedero abrió fuego contra él. Los proyectiles, disparados casi a boca de jarro, hendían hondamente el peñasco de noventa pies que Iilah semejaba ante su enemigo. Cuando aquella mole rocosa chocó contra el navío, el fuego se acalló. (Maynard y sus hombres, al no poder ya continuar defendiendo el Coulson, se dejaron caer en la lancha a estribor y arrancaron al máximo de velocidad.)

Iilah empujaba la embarcación. Los dolores que le acarreaban aquellos desmesurados golpes equivalían a los que todo ser viviente sufre cuando se halla en trance de parcial disolución. A duras penas pudo recobrarse su cuerpo. Ahora empujaba con ira, odio y espanto. En pocos minutos convirtió aquella torpe estructura en un indescriptible amasijo, estrellándola contra los macizos y filosos arrecifes de la costa. Más allá se erguía el escarpado declive de la montaña.

Algo imprevisto sucedió. Abatido contra los arrecifes, el ente comenzó a estremecerse y a experimentar sacudidas, como atenaceado por alguna fuerza destructora en su interior. Se derrumbó sobre un costado y permaneció en esa posición a semejanza de un ser biológico herido, palpitando y desintegrándose.

Era un asombroso espectáculo. Iilah emergió del agua, y reemprendió el ascenso de la montaña. Salvó el pináculo sin detenerse y descendió sobre la estribación opuesta de la montaña hasta meterse otra vez en el mar, donde un buque de carga se disponía a zarpar. 

El buque dobló el promontorio, se deslizó grácilmente fuera de las aguas del canal, y bojeó a lo largo de la penumbrosa hondonada que se ocultaba más allá de los lejanos rompientes. Siguió apartándose de la costa y después de recorrer varias millas disminuyó la marcha y se detuvo.

A Iilah le hubiera gustado seguirle dando caza, pero estaba circunscrito a moverse en tierra. De suerte que, no bien se hubo detenido el buque, Iilah se volvió para dirigirse hacia donde los pequeños objetos se daban a la precipitada confusamente. No reparó en los hombres que se arrojaban en los bajíos cerca de la costa, desde donde, creyéndose a buen recaudo del peligro, atestiguaban la destrucción de su equipo. Iilah dejó tras de sí una estela de destrozados y llameantes vehículos. Los pocos choferes de vehículos que se aventuraron a salvar sus unidades fueron convertidos en manchones de sangre y carne dispersos en el interior y en la superficie del metal de sus máquinas.

Cundió el pánico y el desconcierto. Iilah se movía a una velocidad de cerca de ocho millas por hora. Trescientos diecisiete hombres fueron víctimas de diversas trampas individuales en que habían caído y perecieron aplastados por un monstruo que ignoraba por completo que existieran los seres humanos. Cada hombre debió haberse creído objeto de la persecución de Iilah.

Luego, Iilah ascendió al picacho más próximo y escudriñó el cielo para descubrir la presencia de nuevos transgresores. Sólo el buque de carga era visible, la sombra de una amenaza a cuatro millas de distancia mar afuera.

 

La oscuridad se cernió sobre la isla lentamente. Maynard caminaba con cautela por entre la hierba con la linterna encendida a la altura de las caderas, hollando un terreno sumamente escarpado. A cada rato preguntaba en voz alta: «¿Hay alguien por aquí?». Llevaba horas dedicado a aquella tarea. La búsqueda de los sobrevivientes se había iniciado a la caída de la tarde. Cuando reunían una partida de sobrevivientes era metida en la lancha de motor que había servido a Maynard y a sus hombres para escapar del Coulson y, a través del canal, era conducida hasta donde esperaba el buque de carga.

Las órdenes fueron transmitidas por radio. Se les daba cuarenta y ocho horas para evacuar la isla, al cabo de cuyo plazo un avión piloteado por control remoto dejaría caer su carga sobre la piedra.

Maynard se representó a sí mismo caminando por esta isla habitada por monstruos, continuamente sometida al asedio de la noche. Y la escalofriante emoción que experimentó lo colmó de raro placer, de jubiloso terror. Se sintió como se había sentido cuando su barco estaba entre los barcos que cañoneaban una isla dominada por los japoneses. 

Había estado triste hasta que de repente se vio a sí mismo en la playa, blanco de los cañonazos disparados por las naves de su país. Se torturaba imaginándose abandonado en la playa, extraviado en la isla por algún capricho del azar y no echaba de menos su presencia en el buque de carga.

Un gemido proveniente de la oscuridad casi total puso término a aquella repentina y macabra obsesión. A la luz de la linterna, Maynard distinguió con dificultad un rostro familiar. El hombre había sido abatido por un árbol caído. Al tiempo que Gerson, su segundo, se adelantó y le administró morfina, Maynard se inclinó más sobre el herido y lo miró con fijeza y con ansiedad.

Era uno de los científicos de renombre mundial despachados a la isla. Desde el desastre, la mayoría de los mensajes transmitidos a la isla no cesaban de invocar su nombre. No existía una sola entidad científica en el mundo que estuviera dispuesta a dar su visto bueno al proyecto de la Marina de bombardear la piedra hasta no conocer su opinión.

- Señor - le dijo Maynard -, ¿qué cree usted acerca de...?

Pero dejó la pregunta en el aire. En vez, se dio a recapacitar en que las autoridades navales ya habían ordenado el lanzamiento de la bomba atómica, luego de la decisión del gobierno de dejar a la elección de dichas autoridades lo que competía hacerse.

El científico se agitó.

- Maynard - dijo con la voz rota -, hay algo raro con relación a esa piedra caminante. Opóngase a que la...

Los dolores que padecía tomaron vidriosos sus ojos. Movía los labios pero no tenía fuerzas para seguir hablando.

Había que aprovechar ese momento para interrogarle. Dentro de unos instantes la inyección de morfina que le administraba Gerson lo sumiría en profundo letargo, y quién sabe cuánto tiempo sería mantenido así mediante sucesivas dosis. Pasado aquel momento sería demasiado tarde. Y el momento pasó.

- Esa inyección lo librará del dolor - dijo Gerson, levantándose del suelo.

Se volvió a los marinos que cargaban las camillas.

- Hacen falta dos hombres aquí para trasladar a este herido al barco. Traten de cargarlo con el mayor cuidado posible, que está narcotizado.

Maynard caminó a la zaga de la camilla sin emitir palabra. Sentía que le habían ahorrado la necesidad de tomar una decisión, que él nada tenía que ver con la decisión de las autoridades navales.

La noche se hacía interminable. Al fin asomaron las cenicientas luces del alba. Poco después de ponerse el sol, un chubasco tropical rugió a través de la isla y se precipitó en dirección este. El cielo se coloreó de un vivo y esplendente azul y el ilimitado mar circundante se sumió en una calma chicha.

De la inconmensurable bóveda azul salió el avión sin piloto que se dirigía a la isla con su apocalíptico carga. Proyectaba una sombra que se movía a gran velocidad sobre el espejeante océano.

 

Mucho antes de que pudiera verlo, Iilah presintió la carga que llevaba. Su proximidad provocó estremecimientos en el interior de su mole. Expectantes, sus tubos electrónicos comenzaron a funcionar activamente a crecientes intervalos. Durante corto rato, Iilah pensó que se trataba de un ejemplar de su propio género que se acercaba.

A medida que se reducía la distancia entre ellos, Iilah se puso a transmitirle cautelosos pensamientos al avión. En el pasado, varios aviones a los cuales él había transmitido sus ondas de pensamientos, de pronto se retorcieron en pleno vuelo, como carentes de control, y al fin cayeron y se estrellaron contra la tierra. 

Pero éste de ahora ni siquiera se desvió de su ruta. Cuando se hallaba perpendicularmente encima de Iilah dejó caer un objeto de gran tamaño que progresaba en perezosas volteretas hacia el lugar exacto donde él se hallaba. Su estallido se había fijado para cuando estuviera a cien pies sobre el blanco. En todos los aspectos, el estallido fue un éxito cabal.

Tan pronto hubieron transcurrido los difuminadores efectos de tan vasta cantidad de nueva energía liberada, Iilah, que sólo ahora venía a cobrar conciencia de sí mismo, pensó asombrado: «Pero si precisamente era esto lo que yo estaba tratando de recordar. Si es esto lo que yo debo hacer».

Ahora le extrañaba que se hubiera olvidado. Había sido despachado en el curso de una guerra interastral, guerra que por lo visto aún proseguía. Iilah había sido trasladado al planeta donde se hallaba, a despecho de las enormes dificultades interpuestas, pero al instante de ser depositado aquí, agentes enemigos consiguieron dar con él. Puesto que su misión no tenía secretos para ellos, sabían cómo era preciso proceder con él. Pero ahora Iilah se aprestaba a cumplir su misión.

Tomó la lectura del sol y de los planetas comprendidos dentro del alcance de sus señales de radar. Entonces dio comienzo a un organizado proceso que terminaría por disolver todos los mecanismos protectores que albergaba. Concentró dentro de sí toda su fuerza de presión para el asalto final. Para lograr la plena efectividad de su cometido era menester que a la hora cero todos los elementos vitales de Iilah quedasen aunados en un solo haz inextricable.

 

El estallido que sacó de su órbita a la Tierra fue registrado en todos los sismógrafos del globo. Sin embargo, algún tiempo pasaría antes de que los astrónomos descubrieran que la Tierra estaba cayendo hacia el Sol. Y ningún hombre viviría para ver al Sol estallar y convertirse en una brillante nova, abrasando todos sus planetas antes de volver nuevamente, gradualmente, a ser la insignificante y opaca estrella clase G que había sido una vez.

Por más que Iilah hubiera sabido que no se trataba de la misma guerra que ardiera diez mil millones de siglos atrás, no habría podido sino hacer lo que hizo.

Los robots que son bombas atómicas no están dotados de la facultad de actuar libremente.