Despertó lentamente, como un hombre
avanzando con lentitud, hundido hasta las rodillas en la densa esencia de las
pesadillas. No había ninguna frontera definida entre el sueño y el despertar.
Sólo un asomo de conocimiento de que finalmente estaba consciente y de que
tenía que hacer algo al respecto.
Abrió los ojos, pero eso no representó
ninguna diferencia. La oscuridad permaneció. El dolor en su cabeza se acentuó;
alzó la mano y descubrió la gran protuberancia que evidentemente habían puesto
en su cabeza como medida adicional... un margen de seguridad.
Debía tratarse de una gente prudente, puesto
que el golpe en la cabeza no hubiera sido necesario. La bebida preparada que le
habían dado hubiera podido derribar a un buey. Recordó haberse sumido en la
oscuridad inmediatamente después de haberla bebido, sabiendo qué era lo que le
estaba ocurriendo. Recordó la sensación de impotencia.
Ahora ya no valía la pena preocuparse por
ello. Era una persona filosófica, y el hecho de que aún estaba vivo compensaba
la bebida y sus resultados. Pensó, paladeándolo, en la muchacha de pelo color
castaño que lo había estado observando mientras bebía. Llevaba un corpiño
escaso y ajustado, y era allí donde se habían fijado sus ojos en el último
momento —en sus hermosos y tostados pechos—, hasta que se tambaleó y se
sumergió en la imprecisión y luego en la nada.
La muchacha del pelo color castaño era
hermosa, pero ahora se había ido, y había otros problemas más urgentes.
Se sentó, las manos detrás, al extremo de
unos rígidos brazos, clavándose en el polvo y la suciedad durante tanto tiempo
no importunados. Su movimiento soliviantó al polvo, que penetró por sus fosas
nasales.
Se levanto, y su cabeza golpeó contra el
bajo techo. El dolor le hizo sentirse enfermo durante un momento, y volvió a
sentarse para recuperar los sentidos. Maldijo al techo, por maldecir algo, en
un agónico susurro.
Preparado para moverse de nuevo, se apoyó
sobre manos y rodillas y se arrastró precavidamente hacia adelante, explorando
mientras lo hacia. Su mano atravesó unas telarañas y encontró una áspera pared
de cemento. Fue recorriéndola. Toda ella de cemento..., toda ella sólida.
¡Infiernos! ¡Lo habían encerrado en aquel
lugar! Pero debía de haber alguna forma de salir de allí.
Probo el techo y encontró la abertura...,
una trampilla de madera cubriendo ajustadamente un hueco cuadrangular. Empujó
la trampilla y la luz del día entró. Se alzó hasta que el suelo de arriba quedó
al nivel de sus ojos, para ver un desechado tubo de crema de afeitar en los
adoquines de un callejón. Pudo leer la marca en el tubo, y el eslogan: “Para
hombres meticulosos”.
Salió al callejón. Como resultado de su
metódica infancia, volvió a colocar la trampilla de madera en su sitio, y pateó
el tubo de crema de afeitar contra un cubo de basura. Se frotó la mejilla y
miró arriba y abajo del callejón.
Era mediodía. El sol llameaba en un cielo
sin nubes para confirmárselo.
Y no había nadie a la vista.
Empezó a andar hacia el extremo más cercano
del callejón. Había permanecido mucho tiempo en aquel agujero, decidió. Aquella
convicción surgió de su hambre y de la longitud de los pelos de su barba.
Veinticuatro horas..., quizás más. Aquel agujero podría haberse convertido en
su tumba.
Salió a la calle. Estaba vacía. Ninguna
persona..., ningún coche aparcado junto a las aceras... Sólo un gato
limpiándose su sucia cara junto a la entrada de una casa al otro lado de la
calle. Alzó la vista hacia las ventanas de la casa. Le devolvieron su mirada.
Era una mirada abandonada, vacía.
El gato bajó los escalones de la entrada de
la casa y desapareció hacia la parte de atrás, y entonces estuvo realmente
solo. Se froto la áspera barbilla. Debe de ser domingo, pensó. Entonces recordó
que no podía ser domingo. Había entrado en la taberna el martes por la noche.
Aquello haría cinco días. Demasiado tiempo.
Había estado caminando, y ahora se
encontraba en un cruce donde podía mirar arriba y abajo a lo largo de una nueva
calle. No había ningún coche..., ninguna persona. Ni siquiera un gato.
Un cartel colgando sobre la acera decía:
Restaurante. Fue hacia allí y probó la puerta. Estaba cerrada. No había luces
dentro. Se alejó... sonriendo para tranquilizarse. Todo estaba bien. Debía de
tratarse de algún día festivo. En una gran ciudad como Chicago la gente se
marchaba en los calurosos días festivos del verano. Se iban a las playas y a
los parques, y a veces no podía uno ver un alma viviente por las calles. Y por
supuesto uno no podía descubrir ningún coche porque la gente los utilizaba para
conducir hasta las playas y los parques y afuera al campo. Respiró un poco más
sosegadamente y empezó a caminar de nuevo.
Seguro que era eso. Ahora bien, ¿qué maldito
día festivo era? Intentó recordar. No pudo pensar en cuál festividad podía ser.
Quizá se habían inventado alguna nueva. Sonrió ante aquel pensamiento, pero la
sonrisa era forzada.
Muy pronto llegaría a algún barrio donde no
todo el mundo se hubiera ido a las playas y a los parques, y hubiera algún
restaurante abierto y pudiera conseguir una buena comida.
¿Una comida? Sus manos acudieron a sus
bolsillos. Rebuscó, y encontró un pañuelo y un botón del puño de su camisa.
Recordó que el botón estaba a punto de caerse y que lo había arrancado para
evitar perderlo. No había perdido el botón, pero todo lo demás había
desaparecido. Frunció el ceño. Lo menos que podían haber hecho era dejarle a un
hombre algún dinero para poder comer.
Llegó a otra esquina hacia otra calle, y
todo era igual a la anterior. Ningún coche..., ninguna persona... ni siquiera
gatos.
El pánico lo inundó. Se detuvo y giró en
redondo para mirar tras él. No había nadie allí. Caminó en un circulo cerrado,
observando en todas direcciones. Las ventanas le devolvieron su mirada. Ojos a
los que no les importaba que todo el mundo se hubiera ido o cuándo iban a
volver. Las ventanas podían esperar. Las ventanas no tenían hambre. A ellas no
les dolía la cabeza. No estaban asustadas.
Empezó a caminar, y sus pasos se alejaron de
la acera hasta que se encontró en el centro de la silenciosa calle. Caminó
siguiendo la desgastada línea blanca. Cuando llegó a la siguiente esquina se
dio cuenta que las señales de tráfico no funcionaban. Eran otros tantos ojos
negros vacíos.
Apresuró el paso. Caminó más aprisa..., más
aprisa aún, hasta que estuvo trotando por el cuarteado pavimento, el eco de sus
pasos resonando contra los edificios. Más aprisa. Otra esquina. Y estaba
corriendo, lleno de pánico, bajando por la vacía calle.
*
* *
La muchacha abrió los ojos y miró al techo.
El techo era apenas un borrón, pero empezó a aclararse a medida que su mente se
aclaraba. El techo se convirtió en una superficie de yeso sucio y cuarteado, y
había una sensación de inmundicia y suciedad también en su mente.
Siempre era igual en esos despertares, pero
ahora era doblemente amargo, puesto que no había esperado volver a despertarse
nunca. Se inclinó hacia abajo y tiró de la acolchada sábana de debajo de sus
piernas y la extendió por encima. Miró el frasco encima de la destartalada
mesilla de noche. Había tres píldoras para dormir. Los ojos de la muchacha se
nublaron resentidamente.
Una creía que siete píldoras tenían que haber sido
suficientes. Se inclinó hacia abajo y tomó la sábana con ambas manos y tiró de ella
hasta cubrir su estómago. Era un gesto de frustración. Siete no habían sido
suficientes, y allí estaba ella de nuevo..., despierta en el mundo que había
deseado abandonar. Despierta, con la dosis necesaria de determinación
desaparecida.
Arrojó la sábana contra la pared. Se puso en
pie, caminó hacia la ventana y miro afuera. Un espléndido día. Se preguntó
cuánto había dormido. Mucho tiempo, no había la menor duda.
Sus desnudos muslos se apretaron contra el
reborde de la ventana y su desnudo estómago se apoyó contra el sucio cristal.
Desnuda en la ventana, pero no importaba, porque daba a un patio de luces y las
otras ventanas estaban también tan llenas de mugre que ni siquiera servían como
ventanas.
Y aunque hubieran servido, tampoco
importaba. No importaba en absoluto.
Se dirigió al lavabo, sus desnudos pies sin
hacer ningún ruido sobre la gastada moqueta. Abrió los grifos, pero no salió
agua. No había agua, y ella tenía una sed terrible. Se dirigió a la puerta y ya
había dado la vuelta al picaporte antes de recordar de nuevo que estaba
desnuda. Se volvió y vio la semivacía botella de Pepsi-Cola en el suelo al lado
de la mesilla de noche. Alguien la había dejado allí —¿hacía cuántas noches?—,
pero bebió de todos modos, y aunque estaba pasada y caliente ablandó un poco su
garganta.
Se inclinó para tomar sus ropas del suelo y
el mareo la invadió, obligándola a apoyarse en el borde de la cama. Tras un
momento la sensación pasó, y metió sus piernas por sus bragas y tiro hacia
arriba.
Tomando los cosméticos de su bolso, se
dirigió de nuevo al lavabo y probó los grifos. Seguía sin haber agua. Se peinó,
metiendo el peine entre los nudos de su enredado pelo con sádica satisfacción.
Cuando el pelo cayó en sus naturales rizos rubios, se aplicó colorete y lápiz
labial. Regresó junto a la cama tomó su sujetador y empezó a ponérselo mientras
se dirigía hacia el deteriorado espejo de cuerpo entero de la puerta del
armario. Se quedo mirando su esbelta imagen. Se gustó, de una forma completamente
impersonal.
No debería
tener tan buen aspecto como tenía..., no después de la paliza que había
recibido. No después de las largas noches y los días y los años, aunque los
años tampoco habían sido tantos.
Podría pasar
por la esposa de alguien, pensó con ácido humor. Podría estar llevando los
niños a la escuela y discutiendo con el tendero acerca de que los tomates
estaban demasiado blandos. «No tengo tan mal aspecto como todo eso.»
Alzó los ojos
hasta que estuvieron mirando a su propia imagen en el espejo, y se habló a sí
misma con una voz baja e interrogante. Dijo:
—¿Quién
infiernos soy, después de todo? ¿Quién soy yo? Un cuerpo llamado Nora..., eso
es quien soy. No..., eso es lo que
soy. Un cuerpo no es quien..., es qué. Cuarenta y seis kilos de bien
formado cuerpo llamado Nora, modelo 1931, sin dientes postizos, un buen
trabajo. Ven y tómame. Estoy de rebajas...
Se mordió el
labio inferior que acababa de pintarse y se volvió rápidamente para dirigirse a
la cama y ponerse el vestido de algodón gris y verde..., el único que tenía.
Tomó su bolso y se dirigió hacia la puerta. Allí se detuvo para dirigir una
mueca a las tres píldoras para dormir. Cerró la puerta tras ella y salió.
El conserje no
estaba en la garita desde donde presidía el vestíbulo del edificio, y no había
mirones para desnudarla mientras caminaba hacia la puerta.
Tampoco había
nadie afuera en la calle. La muchacha miró al norte y al sur. Tampoco se veía
ningún coche. Ningún autobús acercándose a la acera para que los pasajeros se
apearan.
La muchacha se
dirigió cinco puertas más al norte e intentó entrar en un lugar llamado La
Hamburguesería de Tim. Cuando la manija no giró y la puerta se negó a abrirse,
vio que no había luces dentro..., nadie tras el mostrador. El lugar estaba
cerrado.
Caminó calle
abajo, seguida únicamente por el solitario sonido de sus propios tacones. Todas
las tiendas estaban cerradas. Todas las luces estaban apagadas.
Todos se habían ido.
* * *
Era un hombre
enorme y el lugar donde se había escondido en la comisaría de policía de la
avenida Chicago era muy pequeño..., apenas una hendidura en la pared de cemento
entre dos tuberías de ventilación. El hombre llevaba cuarenta y ocho horas en
aquel lugar. Había golpeado a un hombre más de la cuenta por un asunto de
trampas en una partida de cartas, y había sido arrestado y puesto a la espera
de juicio.
Lamentaba
haber golpeado demasiado fuerte a aquel hombre. No sentía ninguna animosidad
particular hacia él. Todo había sido el resultado de una exteriorización de la
irritación del momento. Aunque no consideraba que fuese asunto de demasiada
importancia, no estaba dispuesto sin embargo a aceptar los seis meses que
indudablemente iban a caerle.
Su oportunidad
de ocultarse en aquel escondrijo había llegado tan accidental y repentinamente
como su oportunidad de golpear a su compañero de juego. Había ocurrido después
de que los prisioneros hubieran sido avisados de la crisis y fueran conducidos
a coches celulares para ser trasladados a otro lugar.
Había tomado la
oportunidad al vuelo sin pensar siquiera en lo que podía ser la crisis en sí.
Probablemente a causa de que no poseía la suficiente imaginación como para
temer nada —por terrible que fuera— de lo que pudiera ocurrirle en el futuro. Y
porque apreciaba su libertad por encima de todo lo demás. La libertad para hoy;
del mañana ya se ocuparía a su debido tiempo.
Ahora, tras
cuarenta y ocho horas, encogió y retorció su enorme cuerpo fuera de su
alojamiento y apoyó los pies en el suelo de la habitación de calderas. Sus
piernas estaban entumecidas y descubrió que no le sostenían. Consiguió sentarse
y fue capaz de doblar lo suficientemente el espinazo como para que sus grandes
manos pudieran alcanzar sus piernas y empezar a masajearlas para devolverles la
vida.
Tan
elementalmente brutal era aquel hombre, que puñeó sus piernas hasta que se
pusieron negras y azules antes de notar que podía usarlas de nuevo. Al cabo de
algunos minutos estaba saliendo de la habitación de calderas y cruzando un
centro de detención que ahora tenía que estar desierto. ¿Pero lo estaba? Avanzó
lentamente, deslizándose pegado a las paredes hasta alcanzar la puerta
delantera sin ser visto.
Salió a la
calle. Era de día y la calle estaba totalmente vacía. El hombre inspiró
profundamente y sonrió.
—Que me
condene —murmuró—. Que me condene dos y tres veces. Se han ido. Todos. Han
echado a correr como ratas y me han dejado a mí solo detrás. ¡Que me condene!
Una tremenda
sensación de exultación se apoderó de él. Apretó los puños y rió fuertemente, y
su risa resonó en toda la calle. Se sentía más feliz de lo que se había sentido
nunca en su rápida y violenta vida. Y su alegría era la de un niño encerrado en
una despensa con un enorme pastel de chocolate.
Se pasó una
mano por la boca, miró calle arriba y echó a andar.
—Me pregunto
si se habrán llevado todo el whisky con ellos —dijo. Luego sonrió; estaba
seguro de que no.
Echó a andar a
largas zancadas hacia la calle Clark. Directamente hacia el corazón de la vacía
ciudad.
* * *
Era un
hombrecillo delgado y de piel pálida. Era muy peligroso y también era muy
listo. Finalmente tendrían que haberlo descubierto, pero había sido lo
suficientemente listo como para engañarles y ahora nunca llegarían a saberlo.
Había muchas riquezas en su familia, y con todos los demás ocupados en
abandonar la ciudad y llevarse consigo todo lo valioso que pudieran reunir en
tan poco tiempo, él había sido puesto a cargo de uno de los choferes.
El chofer
había recibido la responsabilidad de llevar al pálido joven fuera de la ciudad.
Pero el joven consiguió retrasar la partida hasta que todos los demás se
hubieron ido. Entonces, mansamente, había acompañado al chofer al garaje. El
chofer se había sentado al volante del último coche que quedaba —un Cadillac
Seden—, y el joven había ocupado el asiento de atrás.
Pero antes de
que el chófer pudiera poner en marcha el motor, el joven lo había golpeado en
la cabeza con una palanca para los neumáticos que había tomado de un estante
cuando entraron en el garaje.
La palanca se
hundió profundamente en el cráneo del chófer con un sonido sólido, y de este
modo el chófer encontró la muerte que se hallaba implícita en el acto mismo de
huir.
El joven
extrajo del coche al chófer muerto y lo dejó en el suelo de cemento. Lo
deposito muy cuidadosamente, de modo que estuviera en el centro de un amplio
cuadrado de cemento con los pies apuntando directamente al norte y sus brazos
abiertos apuntando al sur.
El joven
colocó muy cuidadosamente la gorra del chófer sobre su pecho, porque le
gustaban las cosas bien hechas. Luego subió al coche, lo puso en marcha, y
condujo en dirección este, hacia el lago Michigan y la parte baja de la ciudad.
Tras viajar
durante cinco o seis kilómetros, desvió el coche de la carretera y lo empotró
contra un poste de teléfonos. Luego caminó hasta llegar a un lugar de hierba
alta. Se tendió en la hierba y aguardo.
Sabía que
probablemente habría una última vanguardia del ejército buscando rezagados. Si
veían un coche en movimiento investigarían. Lo tomarían bajo su custodia y le
obligarían a abandonar la ciudad.
Y no tenían
derecho a hacerlo. Durante toda su vida no había hecho más que recibir órdenes.
Órdenes estúpidas de gente estúpida. Idiotas que habían llegado tan lejos como
para proclamar que toda la ciudad iba a ser destruida, únicamente para
conseguir que la gente hiciera lo que ellos decían. ¡Dios! ¡A los extremos a
los que podía llegar la gente estúpida para afirmar su voluntad sobre la gente
lista!
El joven
permaneció tendido entre la hierba y se adormeció, su mente ocupada con el
agradable recuerdo de la palanca de acero hundiéndose en el cráneo del chófer.
Tras un rato
se despertó y oyó los coches de la última vanguardia pasando carretera abajo.
Se detuvieron, inspeccionaron el Cadillac y lo consideraron utilizable. Se lo
llevaron con ellos, pero no registraron las inmediaciones.
El joven
sonrió.
* * *
La muchacha
tenía miedo. Llevaba cuatro horas andando por las calles de la vacía ciudad, y
el temor añadido al cansancio le provocaba terror.
—Un rostro
—susurró—. Únicamente una persona saliendo de una casa o cruzando la calle. Eso
es todo lo que pido. Alguien que me diga qué significa todo esto. Si puedo
descubrir a alguna persona, ya no sentiré más miedo.
Y la ironía de
todo aquello la golpeó. Hacía algunas horas había intentado suicidarse.
Asqueada de sí misma y de toda la gente, había intentado terminar con su propia
vida. En consecuencia, aceptando la muerte como respuesta a todo, ahora no
debería sentir miedo de nada ni de nadie. Tras aceptar cruzar el puente hacia
la muerte, ninguna faceta de la vida debería traerle ningún terror.
Pero la vacía
ciudad le traía el terror. Un rostro..., alguna forma moviéndose era todo lo
que pedía.
Luego, una
segunda ironía. Cuando vio al hombre en la esquina de Washington y Wells, el
terror se incremento. Se vieron el uno al otro casi en el mismo momento. Ambos
se detuvieron y se miraron. Los dedos del pánico recorrieron la espina dorsal
de la muchacha. El hombre alzó una mano, y el conjuro quedó roto. La muchacha
se dio la vuelta y echó a correr. Indudablemente, había más terror en ella del
que había habido un momento antes.
Sabía lo
absurdo que era aquello, pero siguió corriendo ciegamente. ¿De qué debería
tener miedo? Lo sabía todo sobre los hombres; todas las cosas que los hombres
podían hacerle ya se lo habían hecho. El asesinato era lo último, pero acababa
de salir de un intento de suicidio. La muerte no debería traerle ningún terror.
Pensó en todas
esas cosas mientras los pasos del hombre sonaban tras los pasos de ella. Giró
hacia un estrecho callejón en busca de algún lugar donde ocultarse. No encontró
ninguno, y el hombre siguió tras ella.
Encontró un
pasadizo, entró en él tan ciegamente como lo había hecho en el callejón. Había
una puerta de acero al final y un ladrillo en el suelo, junto al umbral. La
puerta estaba cerrada. Tomó el ladrillo y se volvió.
El hombre
resbaló en la sucia superficie del callejón cuando giró hacia el pasadizo.
La muchacha
alzó el ladrillo por encima de su cabeza.
—¡Quédese ahí!
¡Manténgase lejos de mí!
—¡Espere un
momento! Tranquilícese. ¡No voy a hacerle ningún daño!
—¡Aléjese!
Bajó un poco
su brazo. El hombre se lanzó contra ella y aferró su muñeca. El ladrillo golpeó
contra su hombro, las uñas de ella arañaban su cara. Él la agarró sin
contemplaciones, y ambos rodaron por el suelo. Ella luchó con todo lo que tenía
y él neutralizó metódicamente todas sus armas..., sus manos, sus piernas, sus
dientes..., hasta que no pudo moverse.
—Déjeme sola.
¡Por favor!
—¿Qué le
ocurre? No voy a hacerle ningún daño. ¡Pero tampoco voy a dejar que me golpee
con un ladrillo!
—¿Que quiere?
¿Por qué me persigue?
—Mire..., soy
un tipo pacífico, pero no dejaré que se me escape. He pasado toda la tarde
buscando a alguien. La encuentro a usted, y lo único que hace es echar a
correr. Por eso he venido detrás.
—Yo no le he
hecho nada.
—Eso es hablar
tontamente. Vamos..., ¡sea sensata! Le he dicho que no voy a hacerle ningún
daño.
—Déjeme
levantarme.
—¿Para que
vuelva a echar a correr? No de momento. Quiero hablar con usted.
—Yo... no voy
a echar a correr. Estaba asustada. No sé por qué. Me esta haciendo daño.
Él se puso en
pie cautelosamente y la ayudó a levantarse. Sonrió, sujetando aún las dos manos
de ella.
—Lo siento.
Imagino que es natural que esté usted asustada. Mi nombre es Frank Brooks. Lo
único que deseo es descubrir qué demonios le ha ocurrido a esta ciudad.
Dejó que ella
retirara sus manos, pero siguió bloqueando su camino de escape. Ella retrocedió
un paso y se arregló las ropas.
—No sé lo que
ocurrió. Yo también estaba buscando a alguien.
Él sonrió de
nuevo.
—Para echar a
correr.
—No sé por qué
lo hice. Creo...
—¿Cuál es su
nombre?
—Nora... Nora
Spade.
—¿También
estaba durmiendo cuando ocurrió todo?
—Sí..., sí.
Estaba durmiendo, y cuando desperté ya todos se habían ido.
—Salgamos de
este callejón.
La precedió
hacia afuera pero aguardo a que ella se situara a su lado cuando hubo espacio
suficiente para caminar juntos, y ella no intentó echar a correr de nuevo.
Evidentemente aquella fase había sido superada.
—Me dieron
algo en una taberna —dijo Frank Brooks—. Luego me desplumaron y me arrojaron
por un agujero.
Sus ojos
preguntaron. Ella captó su pregunta y dijo:
—Yo estaba...
dormida en la habitación de mi hotel.
—¿La
olvidaron?
—Supongo que
sí.
—¿Entonces no
sabe nada de lo que ocurrió?
—Nada. Pero
tiene que haber sido algo terrible.
—Vayamos por
aquí —dijo Frank, y avanzaron hacia la calle Madison.
Él había
cogido su brazo y ella no lo retiró. Antes al contrario, se acercó más a él
mientras andaban.
—Es tan
extraño... —dijo ella—. Tan... vacío todo. Creo que fue eso lo que me asustó.
—Asustaría a
cualquiera. Debe de haber sido una evacuación de algún tipo.
—Quizá los
rusos vayan a arrojar alguna bomba.
Frank agito la
cabeza.
—Eso no
explicaría lo ocurrido. Quiero decir, los rusos no lo anunciarían... Además, el
ejército estaría aquí. No todo el mundo se hubiera ido.
—Se ha hablado
mucho de guerra bacteriológica. ¿Supone que el agua por ejemplo, ha sido
envenenada?
Volvió a
agitar la cabeza.
—Lo mismo que
antes. Aunque hubieran evacuado a toda la gente, el ejercito estaría aquí.
—No sé.
Simplemente parece que no tenga sentido.
—Ha ocurrido,
así que tiene que tener sentido. Ha sido algo que ha ocurrido de pronto. No
pueden haber tenido mucho más de veinticuatro horas. —Se detuvo de pronto y la
miró—. ¡Tendríamos que salir de aquí!
Nora Spade
sonrió por primera vez, pero sin humor.
—¿Cómo? No he
visto ni un solo coche. No circula ningún autobús.
La mente de él
estaba en otro lugar. Caminaron de nuevo.
—Es curioso
que no haya pensado en eso antes.
—¿Pensado en
qué?
—En que
cualquiera que haya quedado en esta ciudad es un pichón muerto. La única razón
por la que pueden haber evacuado la ciudad es para salvar a sus habitantes de
una muerte segura. Eso quiere decir que la muerte está presente aquí para
cualquiera que se haya quedado. Curioso. Estaba tan preocupado buscando a
alguien con quien hablar que nunca pensé en eso.
—Yo si lo
hice.
—¿Es por eso
por lo que estaba tan asustada?
—No
especialmente. No tengo miedo a morir. Era otra cosa lo que me asustaba. La
soledad, supongo.
—Será mejor
que vayamos hacia el este..., fuera de la ciudad. Quizá encontraremos algún
coche o algo así.
—No creo que
encontremos ningún coche.
Él la hizo
detenerse y la miró directamente al rostro.
—Ya no tiene
miedo, ¿verdad?
Ella se lo
pensó un momento.
—No. Supongo
que no. No de morir, al menos. Morir es algo normal. Pero tenía miedo de las
calles vacías..., de que no hubiera nadie a mi alrededor. Era algo extraño.
—¿Y ahora no
es extraño?
—No..., no
tanto.
—Me pregunto
cuánto tiempo tendremos.
Nora se alzó
de hombros.
—No lo sé,
pero tengo hambre.
—Podemos
arreglar eso. Hace poco entré en un restaurante y me preparé un bocadillo. Creo
que todavía debe de haber comida por ahí. No pueden habérsela llevado toda
consigo.
Estaban en la
calle Madison, y giraron al este por el lado sur de la calle. Nora dijo:
—Me pregunto
si habrá más personas por ahí..., como nosotros.
—Debe de haber
más. No muchas, pero alguien habrá quedado. Tuvieron que evacuar a cuatro
millones de personas en una sola noche. Es lógico que alguien se quedara
olvidado. ¿Ha intentado usted vaciar alguna vez un paquete de azúcar? ¿Vaciarlo
realmente? Es imposible. Siempre quedan algunos granos pegados al papel.
Minutos más
tarde la sabiduría de su observación quedó probada cuando llegaron a un
restaurante con la ventana delantera rota, y vieron a un hombre y a una mujer
sentados ante una de las mesas.
El hombre era
corpulento, con rizado pelo negro y una boca ligeramente abierta mostrando una
hilera de dientes increíblemente blancos. Agitó un brazo y gritó:
—¡Vengan!
¡Vengan, por todos los diablos, y siéntense!! Tenemos cerveza y rosbif, y la
cerveza aún está fría. Vengan y conozcan a Minna.
Aquello era
diferente, pensó Nora. No fantasmagórico. No extraño como ver a un hombre de
pie en medio de una calle desierta. Aquello parecía normal, natural, y ni
siquiera la rota ventana desdecía mucho de la naturalidad de la situación.
Entraron.
Había más sillas junto a la mesa y se sentaron. El hombre corpulento no se
levantó. Hizo un gesto con la mano hacia su compañera y dijo:
—Esta es
Minna. ¿No es estupenda? La encontré sentada en un bar vacío, mortalmente
asustada. Llegamos a un entendimiento y me la traje conmigo. —Sonrió a la mujer
y le guiñó un ojo—. Llegamos a un auténtico entendimiento, ¿no es así, Minna?
Minna era una
mujer completamente incolora de quizá treinta y cinco años. Su piel era lisa y
pálida, y no llevaba maquillaje de ninguna clase. Su pelo estaba peinado tenso
hacia atrás y atado en un moño. El pelo no tenía ningún color definido. Era
algo entre un marrón claro y un rubio.
Sonrió un poco
tristemente, pero la sonrisa no cubrió su cansada y opaca mirada. Parecía más
un gesto de obediencia que cualquier otra cosa.
—Sí. Llegamos
a un entendimiento.
—Me llamo Jim
Wilson —retumbó el corpulento hombre—. Estaba en la comisaria de la avenida
Chicago por zurrarle a un tipo en una partida de cartas. Intentaron encerrarme,
pero me escabullí. —Guiñó de nuevo un ojo—. Les di por el morro. Luego encontré
a Minna. —Parecía saborear tremendamente sus palabras.
Frank inició
las presentaciones, pero Nora Spade lo interrumpió:
—Quizás
ustedes sepan lo que ha ocurrido —murmuró.
Wilson negó
con la cabeza.
—Estaba en la
comisaria, y ellos no dijeron nada. Simplemente empezaron a evacuar a todo el
mundo. Oí algo... acerca de una invasión o algo así. Nadie lo sabía seguro.
Tomen algo de cerveza y carne.
Nora se volvió
hacia la inmóvil Minna.
—¿Oyó usted
algo?
—No —dijo
Wilson con una especie de afectuoso desdén—. Ella no sabe nada de eso. Vivía en
alguna buhardilla y estaba en cama con la garganta mala. Tomó algunas píldoras
o algo así, y cuando despertó todo el mundo se había ido.
—Fui a
trabajar y... —empezó a hablar Minna pero Wilson la interrumpió:
—Se dedicaba a
limpiar en algunos locales de la avenida Chicago para ganarse la vida, y así
fue que la encontré sentada en esa taberna. Era el día de cobro, ¡y Minna
estaba aguardando a que le dieran su dinero! —Estalló en una risotada y palmeó
la mesa con una enorme mano—. ¿Qué les parece eso? ¡Esperando su paga en un
momento como éste!
Frank Brooks
depositó en la mesa su botella de cerveza. La cerveza estaba fría y sabía bien.
—¿Han
encontrado ustedes a alguien más? Tiene que haber más gente por ahí.
—No. No he
encontrado a nadie excepto a Minna. —Volvió de nuevo su mirada hacia la mujer,
luego se puso en pie—. Vámonos, Minna. Tú y yo tenemos que celebrar una pequeña
conferencia. Tenemos cosas de las que hablar.
Sonriendo, se
dirigió hacia la parte de atrás del restaurante. Minna se levantó, mucho más
lentamente. Lo siguió detrás del mostrador y a las habitaciones de atrás.
A solas con
Nora, Frank dijo:
—No está
comiendo. ¿Quiere que mire si hay alguna otra cosa?
—No..., no
tengo mucha hambre. Sólo me estaba preguntando lo que va a ocurrir. Cuando está
a punto de ocurrir algo... Ya sabe a qué me refiero...
—Más bien me
gustaría saber qué es lo que va a
ocurrir. Odio los rompecabezas. Es un infierno saber que algo puede matarte y
no saber qué.
—No nos
estamos comportando muy consecuentemente, ¿no cree?
—¿Qué quiere
decir?
—Al menos
deberíamos actuar de una forma normal.
—No la
entiendo.
Nora frunció
el ceño, ligeramente irritada.
—La gente
normal estaría intentando ponerse a salvo. No estaría sentada en un restaurante
bebiendo cerveza. Deberíamos intentar escapar, aunque esto signifique echar a
andar. La gente normal intentaría salir de la ciudad.
Frank miró por
unos instantes su botella.
—Deberíamos
estar terriblemente asustados, ¿no?
—No estoy
segura. Quizá no. Sé que no estoy luchando contra nada que haya dentro de mí…,
contra el miedo, quiero decir. Simplemente parece que no importa lo que pueda
ocurrir.
—A mí si me
importa —respondió Frank—. Me importa. No quiero morir. Pero estamos
enfrentados a una situación en la que cualquier decisión que tomemos es como
una apuesta. Puede que estemos muertos antes de que yo termine esta botella de
cerveza. Si eso es cierto, ¿por qué no quedarnos sentados aquí y ponernos
cómodos? O quizá tengamos el tiempo suficiente como para caminar lo bastante
lejos del radio de acción de lo que sea que ha echado de aquí a todo el mundo.
—¿Qué es lo
que cree que debemos hacer?
—No creo que
tengamos tiempo de salir de la ciudad. La evacuaron demasiado rápidamente.
Necesitaríamos al menos cuatro o cinco horas para salir de ella. Si
dispusiéramos de tanto tiempo el ejército, o quienquiera que sea, estaría aún
por los alrededores.
—Quizás ellos
tampoco sepan cuándo va a ocurrir.
Él hizo un
gesto de impaciencia.
—¿Qué
diferencia representa eso? Nos hallamos en una situación que nosotros no hemos
buscado. El azar fue lo que nos metió en ella.
Nora iba a
responder, pero en aquel momento Jim Wilson apareció dando grandes zancadas.
Lucía su amplia sonrisa, y llevaba entre las manos otra media docena de
botellas de cerveza.
—Minna saldrá
en un momento —dijo—. Las mujeres son más lentas que el infierno.
Se dejó caer
en una silla y abrió una botella de cerveza. Alzó la botella y miró a su
través, suspirando placenteramente—. ¡Huau! ¡Nunca le había encontrado tanto
gusto!
Agitó la
botella en un saludo y bebió.
El sol se
estaba hundiendo en el oeste entonces, y cuando Minna reapareció pareció
materializarse entre las sombras, tan suavemente se movía. Jim Wilson abrió
otra botella y la puso ante ella.
—Toma..., echa
un trago, muchacha.
Obedientemente,
ella tomó la botella y bebió.
—¿Que piensan
hacer? —preguntó Frank.
—Pronto estará
oscuro —dijo Wilson—. Deberíamos salir y agenciarnos algunas linternas. Apuesto
a que las centrales eléctricas no funcionan. Probablemente tampoco encontremos
ninguna linterna.
—¿Piensan
quedarse?—preguntó Nora—. ¿Aquí en la ciudad?
Pareció
sorprendido.
—¿Por qué no?
El que piense en andar todo ese trecho para salir de aquí es un estúpido. Aquí
dispone de todo lo que desee para comer y beber. Ni un maldito policía por los
alrededores. Una vida de rey. ¿Por qué irse?
—¿No teme lo
que pueda ocurrir?
—Me importa un
pimiento lo que pueda ocurrir. ¡Infiernos! Siempre ocurren cosas.
—Si evacuaron
la ciudad fue por algo —dijo Frank.
—¿Quiere decir
que todos podemos resultar muertos? —Jim Wilson se echó a reír—. Seguro que
podemos. Pudimos resultar muertos la semana pasada. Podemos ser atropellados
por un camión cada vez que cruzamos la calle. —Vació su botella, la arrojó
certeramente contra un espejo detrás de la caja registradora.
El ruido de
cristales rotos fue estruendoso—. El problema con ustedes, amigos, es que se
preocupan por todo —dijo con una sonrisa expansiva—. Vamos a buscar algunas
linternas para poder encontrar nuestro camino a la cama en uno de esos hermosos
hoteles.
Se puso en pie
y Minna lo imitó, un poco cansada, un poco aprensiva, pero enteramente
sometida. Jim Wilson dijo:
—Vamos,
muchacha. Te aseguro que no quiero perderte.
—Sondeó a los otros—. ¿Venís, chicos?
Los ojos de
Frank se cruzaron con los de Nora. Se alzó de hombros.
—¿Por qué no?
—dijo—. A menos —dirigiéndose a Nora— que desee echar a andar.
—Estoy
demasiado cansada —dijo Nora.
Mientras
salían por la destrozada ventana, tanto Nora como Frank esperaron a medias ver
otras formas moviéndose arriba y abajo por la calle Madison. Pero no había
nadie. Sólo la irreal desolación de la solitaria calzada y los edificios de
oscuras ventanas.
—La mayor
ciudad fantasma de la Tierra —murmuró Frank.
La mano de
Nora se deslizó en la de él. Frank la apretó, y ninguno de los dos pareció ser
consciente del contacto.
—Me pregunto
si ésta no será tan sólo una de ellas —dijo Nora—. Quizá todas las demás
grandes ciudades hayan sido evacuadas también.
Jim Wilson y
Minna caminaban delante de ellos. El hombre se volvió.
—Si ustedes
dos no pueden dormir sin descubrir lo que ha ocurrido, van a tener mucho
trabajo.
—¿Cree que
podemos encontrar alguna radio a pilas en alguna tienda? —preguntó Frank.
—¡Infiernos,
no! Se las deben haber llevado todas. Pero lo único que tiene que hacer es
husmear un poco en las oficinas de algún periódico. Si sabe usted leer, podrá
descubrir lo que ha ocurrido.
A Frank le
pareció extraño no haber pensado en ello. Luego se dio cuenta de que no había
intentado pensar en nada concreto. Se sintió sorprendido también por su falta
de miedo. Había pasado por la vida tomando las cosas tal como venían —tan
crédulo como cualquier otro hombre—, cometiendo más errores y desatinos de los
que le correspondían.
Descubriéndose por primera vez en su vida totalmente solo
en una ciudad abandonada, se había sentido presa de un repentino terror. Pero
esto había ido pasando gradualmente, y ahora era capaz de aceptar la nueva
realidad de una forma absolutamente pasiva.
Se preguntó si eso mismo le
ocurriría a todo el mundo. Las nuevas situaciones producían una oleada de
emociones a la gente que se enfrentaba a ellas. Luego la nueva situación se
convertía en normal.
Decidió que
así sobrevivía la humanidad. La humanidad tomaba las cosas tal como venían.
Junta la suficiente cantidad de cualquier cosa, y se convierte en normalidad.
Jim Wilson
había tomado un cubo de basura y lo arrojó contra el escaparate de una tienda
de electrodomésticos. El cristal se hizo añicos con un ruido que estremeció la
vacía calle cada vez más oscura, y luego el silencio volvió a reinar de nuevo.
Jim Wilson se metió por la abertura.
—Veré lo que
puedo encontrar. Ustedes quédense aquí y vigilen por si viene algún policía
Su risa resonó
a través del roto cristal mientras desaparecía.
Minna aguardó
inmóvil y silenciosa, y de algún modo le recordó a Frank un animal estúpido;
una criatura irracional sin mente propia, aguardando una señal de su dueño.
Extrañamente, sintió un claro resentimiento hacia aquella situación, pero no
pudo encontrar razón alguna para ello, excepto la sensación de que nadie
parecía tanto un esclavo como Minna.
Jim Wilson
reapareció en el escaparate. Hizo una seña a Minna.
—Ven, muñeca.
Tú y yo vamos a tener una pequeña conferencia. —Su exagerado guiño fue apenas
perceptible en la semioscuridad, mientras Minna penetraba en la oscura boca de
la tienda—. No tardaremos mucho, amigos —dijo Wilson de muy buen humor, y los
dos se desvanecieron en la negrura.
Frank Brooks
miró a Nora, pero el rostro de ella estaba vuelto hacia otro lado. Maldijo en
voz baja para sí mismo.
—Espere un
momento —dijo.
Y penetró en
la tienda por la enorme abertura.
Una vez dentro
le costó localizar los mostradores. El lugar era más grande de lo que parecía
desde fuera. No había rastro ni de Wilson ni de Minna.
Frank encontró
la sección que estaba buscando y tanteó varias linternas. Eran únicamente tubos
vacíos, pero encontró una caja de pilas en la estantería acristalada junto a la
pared.
—¿Quién anda
ahí?
—Soy yo. He
entrado a buscar algunas linternas.
—¿No puede
esperar?
—Se está
haciendo oscuro.
—No debería
ser usted tan malditamente impaciente.
La voz de Jim
Wilson era hostil y arisca. Frank se tragó su repentina irritación.
—Estaremos
fuera —dijo.
Encontró a
Nora aguardándole allá donde la había dejado. Metió pilas en cuatro linternas
antes de que Jim Wilson y Minna reaparecieran.
El buen humor
de Wilson había vuelto.
—¿Qué les
parecen el Morrison o el Sherman? —dijo—. ¿O prefieren el auténtico lujo y
caminar hasta el Drake?
—Me duelen los pies—dijo Minna.
La mujer hablaba tan raramente que Frank Brooks se sintió sorprendido por
las palabras.
—El Morrison es el que está más cerca —dijo Jim Wilson—. Vamos allá.
Cogió a Minna del brazo y tiró de ella calle arriba. Frank y Nora les
siguieron.
Nora se estremeció. Frank, sujetando su brazo, preguntó:
—¿Tienes frío?
—No. Pero todo vuelve a parecer tan... irreal. Nunca esperé ver la ciudad
tan a oscuras. No puedo habituarme a ello.
Un vago y susurrante viento alzó un trozo de papel y lo hizo girar a lo
largo de la calle. Se pegó al tobillo de Nora. Ésta se estremeció
imperceptiblemente y lo desprendió. El viento volvió a apoderarse del trozo de
papel y lo arrastró a la oscuridad.
—Querría decirle algo —murmuró.
—Adelante —dijo él.
—Antes le hablé de que estaba dormida cuando lo de la evacuación o lo que
fuera. Eso no es totalmente cierto. Estaba dormida, pero fui yo quien me
obligué a dormir. Intente matarme tomando pastillas para dormir. Tomé siete,
pero parece que no fueron suficientes.
Frank no dijo nada mientras seguían caminando por el oscuro cañón que era
la calle Madison. Nora se preguntó si habría oído.
—Intenté suicidarme —recalcó.
—¿Por qué?
—Estaba hastiada de la vida, supongo.
—¿Qué es lo que desea? ¿Simpatía?
La repentina dureza de su voz hizo que los ojos de ella lo miraran, pero
su rostro seguía siendo una blanca mancha imprecisa
—No..., no. No pretendía eso.
—El suicidio es una actitud estúpida. Puede tener usted problemas y todo
eso..., todo el mundo los tiene..., pero el suicidio... ¿Por qué lo intentó?
Un alto y agudo lamento —una vibración sin palabras— atravesó la
oscuridad hasta sus oídos. La impresión fue como una repentina rociada de agua
helada cayendo sobre sus cuerpos. Los dedos de Nora se clavaron en el brazo de
Frank, pero éste no notó las afiladas uñas.
—¿Qué demonios... ? ¡Hay alguien ahí delante en la calle!
A ocho metros de distancia de donde Frank y Nora se habían inmovilizado
brotó la retumbante voz de Jim Wilson.
—¿Qué infiernos es eso?
Y la impresión se disipó. El círculo blanco de la linterna de Wilson
hendió la oscuridad para siluetear un movimiento en el extremo más lejano de la
calle. Luego las linternas de Frank Brooks y Nora se le unieron en su
exploración.
—Hay alguien ahí delante —gruño Wilson—. ¡Hey, ustedes! ¡Muéstrense!
¡Dejen de merodear por ahí!
La luz de Frank trazó un arco que silueteó claramente los edificios del
otro lado de la calle y luego se debilitó a medida que avanzaba hacia el este.
Había algo o alguien ahí delante, aunque oscurecido por las tinieblas. Se
sintió presa de nuevo de una sensación de irrealidad.
—¿Ha visto usted algo?
La luz de Nora había caído a sus pies, como si temiera enfocarla a la
oscuridad.
—Creo que sí.
Jim Wilson estaba maldiciendo.
—Había un tipo ahí delante. Se escondió en la esquina. Algún maldito
estúpido jugando al gato y al ratón. Me gustaría tener una pistola.
Frank y Nora avanzaron, y los cuatro se reunieron en un solo grupo.
—Apaguen las luces —dijo Wilson—. Somos un buen blanco si el tipo ese
tiene alguna arma.
Se inmovilizaron en la oscuridad. Nora aferrando apretadamente el brazo
de Frank. Frank dijo:
—Es el más condenado ruido que haya oído nunca.
—¿Como una sirena?
Frank creyó que Jim Wilson hablaba esperanzadamente, como si deseara que
alguien estuviera de acuerdo con él.
—Nunca había oído una sirena así. Tampoco era como un silbido. Era más
bien como un lamento.
—Metámonos en ese maldito hotel y...
Las palabras de Jim Wilson fueron cortadas en seco por un nuevo y
melancólico ulular. Esta vez era distinto. Sonaba desde varios lugares, pero
extendiéndose arriba y abajo y debilitándose hasta morir arrastrado por el
viento.
Nora estaba temblando, aferrándose a Frank sin ninguna reserva.
Jim Wilson dijo:
—Que me condene si no suena como una señal de algún tipo.
—Quizá sea un lenguaje..., una forma de comunicación.
—¿Pero quién demonios está comunicándose?
—¿Cómo quiere que lo sepa?
—Lo mejor que podemos hacer es ir a ese hotel y poner barricadas a unas
cuantas puertas. Un hombre no puede luchar en la oscuridad... y sin nada contra
lo que luchar.
Se apresuraron calle arriba, pero ahora todo era distinto. La ilusión de
estar solos había desaparecido; la sensación de soledad no existía. A su
alrededor, la ciudad fantasma había cobrado repentinamente vida. Siniestras
fuerzas más aterradoras que la anterior soledad debían ser tenidas en cuenta
ahora.
—Ha ocurrido algo... en los últimos minutos —susurró Nora
Frank la atrajo más hacia sí mientras cruzaban la calle hacia la oscura y
silenciosa masa que era el hotel Morrison.
—Creo que entiendo lo que quiere decir.
—Es como si no hubiera nadie por los alrededores y luego, de pronto,
aparecieran todos.
—Espero que aparezcan y vuelvan a irse de nuevo.
—¿Realmente vio algo cuando
enfocó la luz?
—No..., no puedo decir positivamente que viera nada. Pero tuve la
impresión de que había formas ahí delante..., al menos una docena de ellas...,
y que retrocedían ante la luz. Siempre al límite de ella.
—Tengo miedo, Frank.
—Yo también.
—¿Crees que todo puede haber sido imaginación?
—¿Esos lamentos? Quizás el primero... Sé de gente imaginando sonidos.
Pero no los últimos. Y además, todos los oímos.
Jim Wilson, olvidando totalmente las sutiles emanaciones en el aire,
radió satisfacción:
—No tenemos que forzar la entrada. Las puertas giratorias funcionan.
—Entonces quizá deberíamos ir con cuidado —dijo Frank—. Es posible que
haya alguien más por ahí.
—Es posible. Ya lo descubriremos.
—¿Por qué tenemos miedo? —susurró Nora.
—Es natural, ¿no?
Frank fundió el rayo de su linterna con el de Jim Wilson. El blanco dedo
atravesó la oscuridad del interior. Nada se movió.
—No veo por qué deberíamos tenerlo. Si hay gente ahí dentro, tiene que
estar tan asustada como nosotros.
Nora estaba muy pegada a él cuando entraron.
El vestíbulo parecía desierto. Los rayos de luz de las linternas
registraron los vacíos sillones y sofás. El cristal de los abandonados
casilleros les devolvió sus reflejos.
—Las llaves están ahí —dijo Frank.
Saltó por encima del mostrador y comprobó los números en sus casillas.
—Será mejor que nos quedemos en los pisos bajos—dijo Jim Wilson—.
Malditas las ganas que tengo de subir.
—¿Qué le parece el cuarto piso?
—Sigue siendo alto.
Frank volvió con un puñado de llaves.
—Buenas habitaciones —dijo—. Cuatro contiguas.
Subieron las escaleras en silencio. Pasaron los silenciosos comedores,
salas de banquete, y cuando llegaron al cuarto piso las puertas que se
alineaban en los pasillos adquirieron uniformidad.
—Ya estamos.—Frank tendió una llave a Wilson—. Es la última.
No dijo nada cuando entregó la llave a Minna.
—¡Por los clavos de Cristo! —gruñó Wilson con voz disgustada. Tomó la
llave de Minna y la arrojó al suelo.
Frank y Nora se quedaron mirando mientras Wilson abría su puerta. Wilson
se volvió.
—Bien, buenas noches a todos. Gritad cuando aparezca algún fantasma.
Minna le siguió sin una palabra, y la puerta se cerró.
Frank le tendió a Nora su llave.
—Cierra bien la puerta y estarás a salvo. Yo registraré la habitación
primero. —Abrió la puerta y enfocó la luz de la linterna. Nora estaba detrás de
él, muy cerca. Registró el cuarto de baño—. Todo está bien. Cierra la puerta y
estarás a salvo.
—Frank.
—¿Sí?
—Tengo miedo de estar sola.
—¿Quieres que... ?
—Aquí hay dos camas... —Luego su voz alcanzó el borde de la histeria—. No
seas tan malditamente conservador. ¡Las cosas han cambiado! ¿No te das cuenta?
¿Qué importa dónde o cómo dormimos? ¿A quién le preocupa? ¿Qué diferencia
representa para el mundo si yo me desnudo delante de ti? —Un sollozo ahogó sus
palabras—. ¿O acaso esto hiere tu moralidad?
Él avanzó hacia ella, se detuvo a un metro de distancia.
—No es eso. ¡Por Dios! No soy un santo. Sólo que pensé que...
—Estoy aterrada y no deseo quedarme sola. Para mí eso es lo único que
importa.
Su rostro estaba contra el pecho de él, y Frank la rodeó con sus brazos.
Pero las manos de ella eran puños apretados contra su pecho, y él podía sentir
sus nudillos clavándose en su carne. Estaba llorando.
—Por supuesto—dijo Frank—. Me quedaré contigo. Ahora tranquilízate. Todo
irá bien.
Nora sorbió sus lágrimas, sin preocuparse de acudir a su pañuelo.
—Deja de mentir. Sabes que no será así.
Frank no supo qué hacer. Las reacciones de Nora eran del todo inesperadas. Se dirigió hacia el lugar donde
la linterna le había mostrado que había una cama. Se sentó en ella.
—¿Quieres que
yo duerma en la otra? —preguntó.
—Por supuesto
—replicó Nora con marcada amargura—. Me temo que no vas a estar muy cómodo en
la misma cama conmigo.
Hubo un lapso
de silencio. Frank se sacó la chaqueta, la camisa y los pantalones. Era
curioso, pensó. Había gastado su dinero, había sido drogado, golpeado y robado,
como resultado de un único objetivo: estar a solas en una habitación con una
chica. Y una chica mucho menos atractiva que Nora. Y ahora estaba a solas en
una habitación con un auténtico sueño, y su lengua estaba trabada. Aquello no
tenía sentido. Se alzó de hombros. A veces la vida era una completa locura.
Oyó el roce de
ropas y se preguntó cuántas prendas se estaría quitando Nora. Luego dejó caer
sus pantalones al suelo, repentinamente, olvidando todo.
—¿Has oído
eso?
—Sí. ¿Es... ?
Frank se
dirigió a la ventana, alzó la persiana. El lamento se hizo más fuerte, pero
venía de lejos.
—Creo que
suena por la calle Evanston.
Frank sintió
un calor junto a su mejilla, y se dio cuenta de que Nora estaba a su lado,
inclinada hacia adelante. La rodeó con un brazo y permanecieron allí, sin
moverse, en silencio. Aunque sus oídos estaban atentos hacia el distante sonido
que llegaba del norte, Frank no podía dejar de ser consciente del cálido tacto
de la piel bajo su mano.
La respiración
de Nora producía un cálido aliento contra su mejilla. Dijo:
—Escucha como
sube y baja. Es casi como si lo utilizaran para hablar. Las inflexiones
cambian.
—Creo que es
eso precisamente. Viene de un montón de sitios distintos. Se interrumpe en
algunos lugares y empieza en otros.
—Es tan...
extraño.
—Fantasmal
—dijo Frank—. Pero en cierto sentido hace que me sienta mejor.
—No entiendo
cómo lo consigues.
Nora se apretó
más contra él.
—Hace poco
estaba convencido de que la ciudad iba a saltar por los aires..., debido a una
bomba no localizada, o algo así. Pero ahora estoy seguro de que se trata de
algo distinto. Estoy dispuesto a apostar que estaremos vivos por la mañana.
Nora pensó en
ello, en silencio.
—Si es así...,
si algún tipo de invasores están avanzando desde el norte..., ¿no es una
estupidez permanecer aquí? Por cansados que estemos deberíamos intentar
alejarnos de ellos.
—Estaba
pensando en lo mismo. Hablaré con Wilson.
Al dirigirse
hacia la puerta recordó que iba en calzoncillos y retrocedió para tomar sus
pantalones. Una vez se los hubo puesto se preguntó qué importancia tenía
aquello. Abrió la puerta.
Algo le
advirtió..., algún instinto. O posiblemente su miedo y su cautela natural
coincidieron con la presencia del peligro. Oyó los pasos en la moqueta, al
fondo del pasillo..., débiles pero inconfundibles pasos. Llamó:
—Wilson...
Wilson... ¿Es usted?
Frank sintió
mas que oyó un cuerpo lanzarse contra la parte exterior de la puerta. Una
estridente y alocada risa rasgó sus oídos al tiempo que un cuerpo golpeaba
contra la puerta.
Frank extrajo
fuerzas de su propio pánico mientras arrojaba todo su peso contra la hoja de la
puerta, pero cuando le faltaban uno o dos centímetros para cerrarse, la puerta
se estremeció ante la fuerza aplicada por el lado opuesto. Por la estrecha
abertura pudo sentir en su cara la ronca respiración del esfuerzo. Locos
balbuceos y maldiciones resonaron en la oscuridad.
Frank tuvo la
frenética convicción de que estaba perdiendo la batalla, y extrajo fuerzas no
supo de dónde. Apretó, y sonó un grito, y supo que al menos había pillado un
dedo a su oponente entre la puerta y la jamba. Lanzo todo su peso contra la
puerta con un frenético esfuerzo, y oyó el crujir del dedo. La voz ascendió
hasta convertirse en un aullido de agonía, como el de un animal herido.
Aunque sus
vidas estaban en juego, Frank era incapaz de romperle deliberadamente los dedos
a un hombre. Aunque lucho contra su impulso, y se llamó a sí mismo estúpido,
dejó que la puerta volviera a entreabrirse ligeramente. La mano fue retirada
precipitadamente.
En aquel
momento otra puerta se abrió al lado, y la voz de Jim Wilson retumbó:
—¿Qué demonios
ocurre ahí afuera?
Simultáneamente,
unos rápidos pasos retrocedieron hasta el fondo del pasillo, y desde el
descansillo al lado de las escaleras les llego un ululante grito de dolor.
—¡Maldita
sea!—aulló Wilson—. Tenemos compañía. ¡No estamos solos!
—Intentó
meterse en mi habitación.
—No debería
haber abierto la puerta. ¿Está bien Nora?
—Sí. Esta
bien.
—Dígale que no
se mueva de su habitación. Y usted haga lo mismo.
Estaríamos
locos si fuéramos detrás de ese pichón en la oscuridad. Tendremos que esperar
hasta mañana.
Frank cerro la
puerta, la aseguró con la doble cerradura, y regresó junto a la cama de Nora.
Pudo oír unos apagados sollozos. Se inclinó y retiró las mantas, y los sollozos
se hicieron más fuertes. Se metió en la cama, y ella estuvo en sus brazos.
Nora lloraba.
Él la abrazó sin decir nada. Al cabo de un rato recuperó el control de sí
misma.
—No me dejes,
Frank —suplicó—. Por favor, no me dejes.
Él apretó su
hombro.
—No lo haré
—susurró.
Permanecieron
tendidos largo tiempo, inmóviles, en silencio, cada uno extrayendo fuerzas de
la proximidad del otro. El silencio fue roto finalmente por Nora.
—¿Frank?
—¿Sí?
—¿Me deseas?
—Él no respondió—. Ya te expliqué que quise suicidarme...
—Lo recuerdo.
—Lo hice
porque estaba hastiada. Porque tenía un terrible lío en la cabeza. No deseaba
seguir viviendo.
Él permaneció
en silencio, abrazándola.
Cuando ella
habló de nuevo, su voz se hizo más aguda.
—¿No puedes
entender lo que te estoy diciendo? ¡No soy buena! ¡Soy una basura! ¡Otros
hombres me han conseguido! ¿Por qué quieres privarte de lo que otros han
gozado?
Él siguió en
silencio, imperturbable. Al cabo de unos momentos Nora dijo:
—¡Por el amor
de Dios, di algo!
—¿Cómo te
sientes ahora? ¿Intentarás suicidarte de nuevo a la próxima ocasión que se te
presente?
—No..., no. No
creo que vuelva a intentarlo nunca más.
—Entonces, las
cosas están mejor que antes.
—No lo sé.
Sólo deseo que no vuelva a ocurrir.
Ella no le
urgió esta vez, y él habló lentamente.
—Es curioso.
Realmente lo es. No soy un moralista. Nunca he tenido moralidad. He gozado de
mi correspondiente cuota de mujeres. Estaba trabajándome una la noche en que me
hicieron la faena..., la noche antes de que me despertara en esta tumba de
ciudad. Pero ahora..., esta noche..., las cosas son diferentes. Tengo la
sensación de que debo protegerte. ¿No es extraño?
—No —dijo ella
suavemente—. Creo que no.
Permanecieron
allí tendidos en silencio, sus pensamientos perdiéndose en la oscuridad de la
sepulcral noche. Tras mucho rato, la acompasada respiración de Nora le indicó
que se había dormido. Se levantó con cuidado, la cubrió con las mantas, y se
dirigió a la otra cama.
Pero antes de
dormirse, los extraños lamentos procedentes de la calle Evanston llegaron de
nuevo..., ascendieron y disminuyeron en aquella extraña cadencia... y
finalmente se fundieron en la noche.
* * *
Frank se
despertó con las primeras luces del amanecer. Nora seguía durmiendo. Se vistió
y apoyó unos instantes una mano en el picaporte de la puerta. Luego corrió las
cerraduras, hizo girar el picaporte y abrió cautelosamente la puerta.
El pasillo
estaba desierto. En aquel momento le golpeó con violencia la sensación de que
no era un hombre valiente. Advirtió que durante toda su vida había evitado el
peligro físico y se había negado a reconocer la auténtica razón de actuar así.
Se había clasificado a sí mismo como un hombre que eludía los problemas
utilizando el buen sentido.
Se dio cuenta
ahora de que esa actitud era únicamente una coartada para su ego. Enfrentó el
vacío corredor y no sintió ningún deseo de ir más allá. Pero se impuso a sí
mismo a cruzar el umbral, cerrar la puerta suavemente tras él y caminar hacia
las escaleras.
Hizo una pausa
frente a la puerta tras la cual Jim Wilson y Minna debían de estar durmiendo
todavía. La miró fijamente. Luego caminó de puntillas hacia el lugar donde
terminaba el pasillo, tras cruzarse con otro. Dobló la esquina con
precauciones, se pegó contra una pared. Nadie a la vista. Se dirigió hacia la
escalera y empezó a bajarla.
Sus músculos y
sus nervios se tensaban a cada peldaño.
Llegó hasta la
puerta de cristal que conducía a la tienda del hotel con únicamente el silencio
gritando en sus oídos. La puerta no estaba cerrada con llave. Una bisagra
chirrió ligeramente cuando la abrió.
Fue en la
tienda donde Frank encontró indicios del intruso del cuarto piso. Un mostrador
tenía manchas de sangre. Algunos vendajes habían sido sacados de sus cajas y
abandonados por todas partes. Indudablemente allí se había curado el hombre su
aplastada mano.
¿Pero adónde
había ido? A dormir probablemente, en una de las habitaciones de arriba. Frank
deseó fervientemente tener alguna arma. Sin la menor duda no debía de haber
quedado ninguna pistola en toda la ciudad.
Pero una
pistola no era la única arma creada por el ingenio del hombre, pensó y Frank
rebusco en la tienda hasta encontrar un expositor lleno de navajas de bolsillo
en sus hermosas cajas cerca de la sección de perfumería.
Tomó cuatro de
las más grandes, y descubrió también un punzón con mango de madera que evidentemente se utilizaba para partir el
hielo.
Así armado,
salió al exterior por la puerta giratoria. Caminó por calles muertas bajo el
sol del amanecer, donde el nuevo día no había conseguido despertar la vida ni
disminuir el terror de la noche pasada.
Encontró
cerrada la puerta del Edificio de Servicios Públicos del Chicago Tribune. Utilizó el punzón para el hielo para romper el
cristal de una puerta. El ruido de los trozos de cristal contra el cemento fue
una explosión en el aullante silencio.
Entró. Allí la sensación de desolación
era total: se podían contemplar los casilleros llenos de cartas de la sección
de anuncios por palabras. Respuestas a un millar de peticiones aguardando
pacientemente a que alguien viniera a buscarlas.
Tras bajar al
sótano y a los archivos del Chicago
Tribune, Frank subió al segundo piso y descubrió lo que había venido a
buscar. Una hilera de teletipos con la bandeja de las copias junto a cada una
de las máquinas.
Rápidamente,
recogió todas las copias e hizo un fajo con ellas, y volvió escaleras abajo.
Regresó al hotel a paso de carga, animado por una repentina urgencia de
regresar al cuarto piso tan pronto como fuera posible.
Se detuvo en
la puerta del hotel y se llenó los bolsillos con jabón, una navaja de afeitar,
crema de afeitar y loción facial. Impulsado por un pensamiento repentino, tomó
una llamativa caja de cosméticos de alto precio.
Entró
nuevamente en la habitación y cerró suavemente la puerta. Nora se volvió en su
sueño, dejando al descubierto un hombro y un pecho. El pecho atrajo su mirada
durante largo rato. Luego un sentimiento de culpabilidad le hizo apartar la
vista y se metió en el cuarto de baño y cerró la puerta.
Afortunadamente,
el depósito auxiliar en el techo aún contenía agua, y Frank pudo lavarse y
afeitarse. Vestido otra vez, se sintió como un hombre nuevo. Pero lamentó no
haber penetrado en una tienda de artículos para caballero y haber cogido una
camisa limpia.
Nora aún no se
había despertado cuando salió del baño. Se dirigió hacia la cama y se detuvo de
pie junto a ella, contemplando a la mujer durante un rato. Luego tocó su
hombro.
—Despierta. Ya
es de día.
Nora se
desperezó y abrió los ojos, pero Frank tuvo la impresión de que tardó varios
segundos en despertarse realmente. Su mirada se clavó en su rostro, luego en la
ventana, luego en su rostro de nuevo.
—¿Qué hora es?
—No lo sé.
Creo que serán las ocho aproximadamente.
Nora estiró
los brazos indolentemente. Cuando se sentó, su sujetador volvió a colocarse en
su sitio, y Frank tuvo la impresión de que ella ni siquiera se había dado
cuenta de su parcial desnudez.
Nora se lo
quedó mirando, la sorpresa reflejándose en sus ojos.
—Veo que te
has lavado y afeitado.
—He salido a
buscar algunas cosas.
—¿Solo?
—¿Por qué no?
No podemos quedarnos aquí dentro todo el día. Tenemos que alcanzar la carretera
y salir de aquí. No conviene seguir tentando a la suerte.
Frank se
dirigió hacia la mesa y regreso con la caja de cosméticos. La puso en el regazo
de Nora.
—Esto es para
ti.
Su expresión
fue una mezcla de sorpresa y placer.
—Eso ha sido
un buen detalle. Supongo que será mejor que me vista.
Frank se
volvió hacia la ventana donde había dejado el fajo de copias de los teletipos.
—Yo voy a leer
un poco.
Mientras se
sentaba vio, por el rabillo del ojo, unas esbeltas piernas morenas avanzando
hacia el cuarto de baño. Al llegar junto a la puerta, Nora se volvió.
—¿Ya se han
levantado Jim Wilson y Minna?
—No lo creo.
Los ojos de
Nora permanecieron fijos en él.
—Creo que has
sido muy valiente yendo abajo solo. Pero fue una estupidez. Tendrías que haber
esperado a Jim Wilson.
—Tienes razón
con respecto a lo de la estupidez, pero tenía que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque no soy
un hombre valiente. Quizás esa fue la razón.
Nora dejó la
puerta del baño abierta unos quince centímetros, y Frank oyó el ruido del agua
al correr. Se sentó, con los papeles en su mano, preguntándose acerca del agua.
Cuando había ido al baño no se le había ocurrido. Era natural que fuera así.
Pero ahora no dejaba de preguntarse. ¿Por qué seguía manando? Tras un cierto
tiempo consideró la posibilidad del depósito de reserva en el techo.
Entonces se
preguntó acerca de Nora. Era extraño cómo podía pensar en ella personal e
impersonalmente a la vez. Recordó sus palabras la noche anterior. Aquello la
hacía... Buscó la palabra adecuada. ¿Cuál era el viejo cliché? Una mujer de
virtud fácil.
¿Qué era lo
que hacía que una mujer fuera así?, se preguntó. ¿Era algo inherente a su
personalidad? Aquella puerta parcialmente abierta era de algún modo simbólico.
Estaba seguro de que muchas esposas cerraban la puerta del cuarto de baño a sus
esposos; lo hacían sin pensar, instintivamente. Estaba seguro de que Nora la
había dejado parcialmente abierta sin pensar. ¿Podía trazarse un esquema de
comportamiento a partir de un detalle tan insignificante?
Rumió acerca
de su propia actitud hacia Nora. Había rechazado lo que ella le ofrecía por la
noche. Y sin embargo no lo había hecho por una sensación de disgusto.
Evidentemente había en Nora más cosas que le atraían de las que le repelían.
La moral, se
dio cuenta vagamente, era impuesta —o al menos funcionaba— para proteger a la
sociedad. Cuando la sociedad había desaparecido, desvanecida de la noche a la
mañana... ¿podía seguirse manteniendo un código moral?
Si alguna vez
regresaran a la masa de la gente, ¿cambiarían sus sentimientos hacia Nora?
Pensó que no. Se casaría con ella, se dijo firmemente a sí mismo, tan sin
pensarlo como se casaría con cualquier otra chica. No pensaría siquiera en lo
que era para echarlo en su contra. Creo que a fin de cuentas soy
fundamentalmente un amoral, pensó, y empezó a leer las copias de los teletipos.
* * *
Hubo una
llamada en la puerta, seguida de la atronadora voz de Jim Wilson.
—¡Hey, los de
dentro! ¿Preparados para el desayuno?
Frank se
levantó y se dirigió hacia la puerta. Mientras lo hacía, la puerta del baño se
cerró.
Jim Wilson
lucía una barba de dos días, y no parecía importarle en absoluto. Entró en la
habitación frotándose las manos con gran placer.
—Bien, ¿dónde
vamos a comer, muchachos? Elijamos el más selecto restaurante de la ciudad.
Nada excepto lo mejor para Minna.
Le guiño
ostentosamente un ojo a Minna, que le seguía inexpresiva y silenciosa,
exactamente igual a como le seguiría una sombra, y se sentó en una silla de
respaldo recto junto a la pared.
—Será mejor
que empecemos a dirigirnos hacia el sur —dijo Frank—, y no nos preocupemos del
desayuno.
—¿Aún
asustado?—preguntó Jim Wilson.
Por supuesto
que estoy asustado... ahora. Estamos en medio de una enorme tierra de nadie.
—No le capto.
En aquel
momento la puerta del baño se abrió y apareció Nora. Jim Wilson olvidó la
pregunta que acababa de hacer. Dejó escapar un largo silbido de admiración.
Luego volvió su mirada hacia Frank, y sus pensamientos eran tan diáfanos como
el cristal. Estaba envidiando a Frank la noche que acababa de pasar.
Una repentina
irritación se apoderó de Frank Brooks, una clara sensación de disgusto.
—Empecemos a
preocuparnos de cosas importantes..., de nuestras vidas. ¿O acaso considera que
su vida no es lo más importante?
Jim Wilson
pareció desconcertado.
—¿Qué demonios
le ocurre? ¿No ha dormido bien?
—He ido al
periódico esta mañana y he encontrado algunos teletipos. Acabo de leer los
informes.
—¿Qué hay
acerca de ese tipo que intentó meterse en su habitación la pasada noche?
—No lo he
visto. No he visto a nadie. Pero sé por qué la ciudad ha sido evacuada. —Frank
regresó junto a la ventana y tomó el fajo de copias que había estado leyendo.
Jim Wilson se sentó en el borde de la cama, frunciendo el ceño. Nora siguió a
Frank y se acomodó en el brazo del sillón donde él se había sentado.
—¿Van a volar
la ciudad? —preguntó Wilson.
—No. Estamos
siendo invadidos por alguna forma de vida alienígena.
—¿Es eso lo
que dicen esos papeles?
—Fue la más
grande y la más rápida de las evacuaciones en masa jamás intentadas. He reunido
todos los datos a partir de los informes. Fue un infierno durante esos dos días
que nosotros estuvimos... fuera de circulación.
—¿Dónde han
ido todos? —preguntó Nora.
—Al sur. Han
evacuado una fronda de sesenta kilómetros a partir del lago en el oeste. La
primera línea defensiva terrestre ha sido instalada al norte de Indiana. Los
invasores proceden de algún otro planeta..., o al menos no son originarios de
ningún lugar de la Tierra.
—Eso es la
cosa más estúpida que he oído en mi vida —dijo Wilson.
—Probablemente
mucha gente pensará lo mismo —respondió Frank—. Los platillos volantes eran
algo muy corriente. Nadie creía que fueran nada importante y nadie les prestaba
mucha atención. Pero de pronto atacaron, hace tres días..., y barrieron toda
alma viviente en tres pequeñas ciudades al sur de Michigan. Desde ahí empezaron
a desparramarse. Ellos...
Los cuatro
oyeron el sonido al mismo tiempo. Un débil rumor que fue creciendo rápidamente
hasta convertirse en un rugido atronador. Se dirigieron como una sola persona
hacia la ventana y vieron los cuatro aviones a reacción, en formación, cruzando
el cielo hacia el sur.
—Aquí están
—dijo Frank—. La lucha ha empezado. A partir de ahora el ejército intentará
pararles los pies, supongo.
—¿Hay alguna
forma de que podamos ponernos en contacto con ellos? —dijo Nora—. ¿De hacerles
saber... ?
Sus palabras
se cortaron en seco ante el horror de lo que ocurrió.
Mientras
observaban, los aviones cayeron en picado hacia la ciudad. En un punto
determinado, aproximadamente sobre la calle Lake, calculó Frank, los aviones
fueron aniquilados. Hubo un destello de fuego azul que se alzó hacia el cielo
como un retorcido rayo para formar cuatro bolas de fuego en torno a los
aparatos. Las bolas de fuego se convirtieron, casi instantáneamente, en globos
de humo blanco que derivaron mansamente hasta desaparecer.
Y eso fue
todo. Pero los aviones se esfumaron completamente.
—¿Qué ha
ocurrido?—murmuró Wilson—. ¿Dónde han ido?
—Ha sido como
si golpearan contra una pared —dijo Nora la voz ronca por el asombro.
—Creo que eso ha sido lo que ha ocurrido —dijo Frank—.
Los invasores poseen algún tipo de arma que nos hace indefensos. De otro modo
el ejército no hubiera establecido esta tierra de nadie ni la habría
abandonado. Los informes decían que los tenemos rodeados por todos lados, con
la ayuda del lago. Estamos intentando mantenerlos aislados.
Jim Wilson
resopló.
—Parece como
si los tengamos exactamente como ellos quieren que los tengamos.
—Sea como sea,
seremos unos estúpidos si nos quedamos por aquí. Será mejor que nos dirijamos
hacia el sur.
Wilson miró
atentamente a su alrededor, a toda la habitación.
—Supongo que
si, pero es una lástima... abandonar todo esto.
Nora estaba
mirando por la ventana, el ceño ligeramente fruncido.
—Me pregunto
quiénes son y de dónde vienen.
—Las noticias
del teletipo son más bien vagas al respecto.
Ella se volvió
rápidamente.
—Hay algo
peculiar acerca de ellos. Algo realmente extraño. Anoche, cuando estábamos
andando por la calle, debió de ser a esos invasores a quienes oímos. Debían de
estar al otro lado de la calle. Tengo la impresión de que huyeron de nosotros
presas del pánico. Y no han vuelto.
—Puede que no
hayan estado aquí en absoluto —dijo Wilson—. Probablemente fue nuestra
imaginación.
—Yo no lo creo
así —interrumpió Frank—. Estaban aquí, y luego se fueron. Estoy seguro de ello.
—Esos sonidos,
como lamentos. Seguramente se estaban lanzando señales unos a otros. ¿Supone
que es el único lenguaje que poseen?
Nora se
dirigió hacia la silenciosa Minna y le ofreció un cigarrillo. Minna lo rechazó
con un movimiento de su cabeza.
—Me gustaría
saber cuál es su aspecto —dijo Frank—. Pero no nos quedemos aquí sentados
hablando. Actuemos.
Jim Wilson
permanecía con el ceño fruncido. Había un evidente mal humor en sus modales.
—No Minna y
yo. He cambiado de idea Me quedo aquí.
Frank
parpadeó, sorprendido.
—¿Está usted
loco? Hemos apurado demasiado ya nuestra suerte. ¿No ha visto lo que les ha
ocurrido a esos aviones?
—Al diablo con
los aviones. Hemos estado bien aquí. Esto es lo que me gusta. Y me gusta mucho.
Nos quedaremos.
—De acuerdo
—respondió Frank vehementemente—, pero hable sólo por usted. ¡No puede hacer
que Minna se quede!
Wilson
entrecerró los ojos.
—¿No? Mire,
muchacho..., ¿por qué no se ocupa de sus propios asuntos?
La vaga
sensación de disgusto que había sentido Frank cristalizó ahora en palabras.
—¡No voy a
dejar que siga adelante con esto! ¿Cree que estoy ciego? ¡Arrastrándola a la
habitación de atrás cada diez minutos! ¿Cree que no sé por qué? ¡Usted no es
más que un maldito maníaco sexual! ¡La ha aterrorizado hasta tal punto que
tiene miedo de abrir la boca! ¡Ella se viene con nosotros!
Jim Wilson
saltó en pie. Su rostro ardía de rabia. El ansia de matar estaba escrita en su
crispado cuerpo y en su retorcida boca.
—Maldito y
asqueroso entrometido. Voy a...
Wilson cargó a
lo largo de la escasa distancia que separaba a los dos hombres. Sus brazos se
tendieron con ansias de aferrar.
Pero Frank
Brooks no estaba lleno de gotas atontadoras esta vez, y con la cabeza clara no
era un mal adversario. Cegado por la rabia, Jim Wilson era un mal adversario.
Frank aguardó a que el otro estuviera sobre él, con los brazos abiertos, y
entonces le golpeó fuertemente la cabeza con el teléfono. Wilson se derrumbó
como un novillo apuntillado.
El grito brotó
de Minna cuando saltó cruzando la habitación. Se había convertido de una
incolora muñeca de trapo en una tigresa. Golpeó a Frank directamente en el
vientre con sus pequeños puños. Toda la fuerza de su carga estaba detrás de los
puños, y Frank cayó de espaldas sobre la cama.
Minna no
prosiguió su ataque. Se dejó caer al suelo junto a Jim Wilson y apoyó su enorme
cabeza en su regazo.
—Lo ha matado
—sollozó—. ¡Usted, usted..., asesino! ¡Lo ha matado! ¡No tenía derecho!
Frank se
sentó, los ojos muy abiertos.
—¡Minna! ¡Por
el amor de Dios! Estaba ayudándola. ¡Lo hice por usted!
—¿Por qué no
se preocupa de sus asuntos? ¿Le pedí acaso que me protegiera? No necesito
ninguna protección..., no contra Jim.
—¿Quiere decir
que no le importa la forma en que la trata... ?
—Usted lo ha
matado..., lo ha matado... —Minna alzó lentamente la cabeza. Miró a Frank como
si lo viera por primera vez—. Estúpido —dijo lentamente—. Es usted un gran
estúpido. ¿Qué derecho tiene a mezclarse en los asuntos de los demás? ¿Es usted
Dios o algo así, para gobernar la vida de los otros?
—Minna...,
yo...
Era como si no
hubiera hablado.
—¿Sabe usted
lo que es no tener a nadie? ¿Ir por la vida y crecer y hacerse vieja sin tener
a nadie? Yo nunca he tenido a nadie, hasta que de pronto llegó Jim y me deseó.
Frank se
acercó a ella y se agachó a su lado. Ella reaccionó como una tigresa.
—¡Déjelo solo!
¡Déjelo solo! ¿No le basta con lo que ha hecho? —Perplejo, Frank retrocedió—.
Gente con grandes narices..., siempre metiéndolas donde no les importa. ¿Acaso
le importa lo que él pueda desear de mí? ¿Acaso me he quejado?
—Lo siento,
Minna. No lo sabía.
—Prefiero las
habitaciones de atrás con él a quedarme en las habitaciones de delante sin
nadie.
Entonces se
echó a llorar. Silenciosamente..., balanceándose adelante y atrás con la enorme
y sangrante cabeza del hombre en su regazo.
—Todas las
veces —canturreó—. Todas las veces que él quiera...
El cuerpo
entre sus brazos se agitó. Ella bajó la mirada en medio de sus lágrimas y vio
los pequeños ojos negros abrirse. Estaban ligeramente estrábicos, turbios por
la fuerza del golpe. Se afirmaron, y Jim murmuró:
—¿Qué
demonios..., qué demonios... ?
Minna
sonrió..., una sonrisa apenas perceptible, como si fuera sólo para ella.
—Estás bien
—dijo—. Todo va bien. Estás bien.
Jim la apartó
torpemente y se puso en pie, tambaleándose. Vaciló por unos instantes, la
cabeza dándole vueltas, un toro ciego y atormentado a los ojos de todos. Luego
sus ojos enfocaron a Frank.
—Me golpeó con
el maldito teléfono.
—Sí..., le
golpeé.
—Voy a
matarle.
—Mire...,
cometí un error. —Frank tomó el teléfono y retrocedió contra la pared—. Le
golpeé, pero usted iba a atacarme. Cometí un error, y lo siento.
—Voy a
aplastarle esa maldita cabeza.
—Quizá pueda
hacerlo —dijo Frank tétricamente—. Pero va a costarle. No crea que le voy a
dejar hacerlo.
Una nueva voz
resonó en la habitación.
—Dejen ya de
decir estupideces. Yo soy quien va a matar. Eso es lo que más me gusta. Todo el
mundo quieto.
Se volvieron y
vieron a un hombre joven, delgado y de piel pálida en la abierta puerta. La
puerta se había abierto tan suavemente que nadie se había dado cuenta de ello.
Ahora el pálido joven estaba de pie en la habitación, con una pequeña y
plateada pistola en su mano derecha.
Su mano
izquierda colgaba cerca de su cuerpo. Estaba abundantemente envuelta en un
vendaje blanco.
El joven dejó
escapar una risita.
—Las últimas
cuatro personas en el mundo estaban en una habitación —dijo—, y de pronto
llamaron a la puerta.
Su risita se
convirtió en un gorjeo de pura alegría.
—Sólo que no
fue una llamada. Simplemente, un hombre entró con una pistola que lo convertía
en el jefe.
Nadie se
movió. Nadie habló. El hombre aguardó, luego prosiguió:
—Mi nombre es
Leroy Davis. Vivía en la parte oeste, y siempre tenía un cuidador porque decían
que no estaba bien del todo. Deseaban llevárme con todos los demás, pero le
chafé la cabeza a mi cuidador y ahora estoy aquí.
—Baje esa arma
y hablaremos —dijo Frank—. Todos estamos metidos en esto.
—No, no lo
estamos. Yo tengo una pistola, de modo que eso me hace el más importante.
Ustedes están metidos en esto, pero yo no. Soy el jefe, junto con el que
intentó partirme la mano ayer por la noche.
—Intentó
meterse aquí dentro gritando y chillando como un loco. Yo cerré la puerta. ¿Qué
otra cosa podía hacer?
—Correcto. No
estoy loco. Los tipos como yo... puede que seamos un poco excéntricos, pero no
guardamos rencor. No puedo recordar gran cosa de lo que pasó ayer por la noche.
Encontré algo de whisky en un lugar calle abajo, y el whisky me hacer ver cosas
raras. No sé lo que hago cuando bebo whisky. Dicen que en una ocasión, hará
unos cinco años, me emborraché y maté a un chiquillo, pero no lo recuerdo.
Nadie habló.
—Salí de
aquello. Lo arreglaron de alguna manera. Unos abogados muy caros me sacaron. A
mi papi le costó un montón de pasta.
La histeria
estaba creciendo dentro de Nora. Había conseguido mantenerla en su interior,
pero en aquel momento algo de ella surgió entre sus apretados dientes.
—Que alguien
haga algo. ¿Es que nadie va a hacer nada?
Leroy Davis la
miró parpadeando.
—Nadie va a
hacer nada, ricura —dijo con una voz muy amable—. Tengo la pistola. Serían unos
locos si intentaran algo.
La risa de
Nora fue como el agitar de una caja de guisantes secos. Se sentó en la cama y
miró hacia el techo y rió.
—Es una
locura. ¡Todo esto es una locura! —farfulló—. Aquí estamos, sentados en una
ciudad condenada, con algún tipo de invasores alienígenas a nuestro alrededor
de los que no sabemos ni siquiera su aspecto. No nos han hecho ningún daño. Ni
siquiera sabemos cuál es su aspecto. Ni siquiera nos preocupamos de ellos
porque estamos demasiado atareados matándonos entre nosotros.
Frank Brooks
sujetó a Nora del brazo.
—¡Cállese!
¡Deje de reírse así!
Nora se aparto
de un tirón.
—Quizá
necesitemos a alguien que nos saque de esto. ¡Es una locura!
—Cállese
—repitió Frank.
Los ojos de
Nora se enturbiaron cuando miró a Frank. Dejó caer la cabeza y pareció algo
avergonzada de sí misma.
—Lo siento.
Estaré callada.
Jim Wilson
había permanecido de pie junto a la pared, mirando primero al recién llegado,
luego de nuevo a Frank Brooks. Wilson parecía confuso acerca de quien era el
auténtico enemigo. Finalmente dio un paso hacia Leroy Davis.
Frank Brooks
lo detuvo con un gesto, pero mantuvo su mirada fija en Davis.
—¿Ha visto
usted a alguien más?
Davis estudió
a Frank larga y cuidadosamente. Sus ojos eran brillantes como los de un pájaro.
Le recordaron a Frank los ojos de una ardilla.
—Me tropecé
con un anciano en la calle Halstead —dijo Davis—. Quería saber dónde se había
ido todo el mundo. Me lo preguntó, pero yo no lo sabía.
—¿Qué le
ocurrió al anciano? —inquirió Nora.
Hizo la
pregunta como si temiera hacerla, pero como si una profunda compulsión la
obligara a hablar.
—Le disparé
—dijo Davis alegremente—. Le hice un favor, realmente. Ahí estaba aquel
anciano, tambaleándose en la calle sin nada más que un montón de años
malgastados. No quería seguir viviendo pero tampoco tenía el valor de morir.
—Davis se interrumpió e inclinó vivamente su cabeza—. Ya saben..., creo que eso
es lo que va mal en este mundo. Hay demasiada gente sin el valor necesario para
morir, y una ley que prohibe matarlos.
Jim Wilson
comprendía ahora que estaban frente a un maníaco. Su mirada se cruzó con la de
Frank Brooks y asintieron mutuamente. Una línea de acción se estableció entre
ellos, sin necesidad de ninguna palabra. Jim Wilson dio un lento y casual paso
hacia el maníaco homicida.
—¿Vio usted a
alguien más?—preguntó Frank.
Davis ignoró
la pregunta.
—Mírenlo de
este modo —dijo—. En los tiempos antiguos había los cuernilargos de Texas. Un
ganado flaco y correoso con una carne casi tan dura como el cuero. ¿Tenemos un
ganado así en nuestros días? No. ¿Para qué seguir conservando una raza tan
pobre como ésa?
—Hay
cigarrillos en esa mesa, si quiere usted uno —dijo Frank.
Jim Wilson dio
lentamente otro paso hacia Davis.
—Criamos el
ganado con inteligencia —dijo Davis—, teniendo en mente para que sirve un
novillo, y así producimos un trozo de carne con patas tan ancho como largo.
—Ajá —dijo
Frank.
—¿Captan la
idea? ¿Entienden a dónde voy? Los seres humanos son más importantes que el
ganado, pero ¿podemos criarlos inteligentemente? ¡Oh, no! Eso interfiere con
las malditas libertades humanas. Uno no puede decirle a un hombre que solamente
puede tener dos hijos. Es su derecho divino tener doce cuando el maldito
estúpido ni siquiera puede alimentar a tres. ¿Captan lo que quiero decir?
—Seguro...,
claro, lo captamos.
—Será mejor
que piensen en ello..., y usted, caballero, dígale a ese gordo bastardo que
deje de arrastrarse hacia mí o le voy a esparcir los sesos por la moqueta.
Si la
situación no hubiera sido tan seria hubiera parecido ridícula. Jim Wilson, con
el éxito casi al alcance de la mano, estaba de puntillas, listo para saltar.
Vaciló, estuvo a punto de perder el equilibrio, y se apoyó de espaldas contra
la pared.
—Tómeselo con
calma —dijo Frank.
—Me lo tomaré
con calma —respondió Davis—. Los mataré a todos ustedes... —apuntó la pistola a
Jim Wilson—, empezando por él.
—Espere un
minuto —dijo Frank—. No es usted razonable. ¿Qué derecho tiene a hacer eso?
¿Qué hay acerca de la ley de la supervivencia? Aquí esta usted, apuntándonos
con una pistola. Está dispuesto a matarnos. ¿No es natural intentar cualquier
cosa que pueda salvar nuestras vidas?
Una expresión
admirativa hizo brillar los ojos de Davis.
—¡Oiga! Me
gusta usted. Tiene razón. Es lógico. Se puede hablar con usted. Si hay algo que
me gusta es hablar con un hombre lógico.
—Gracias.
—Es una
lástima que tenga que matarle. Podríamos sentarnos y tener largas y agradables
conversaciones.
—¿Por qué
quiere matarnos? —dijo Minna.
No había
hablado hasta entonces. De hecho, había hablado tan poco durante todo el tiempo
que habían permanecidos juntos que su voz era una novedad para Frank. Se sintió
inclinado a no tener en cuenta su perorata en el suelo con la cabeza de Wilson
en su regazo. Había sido una persona distinta entonces. Ahora había vuelto a
meterse en su antiguo cascarón.
Davis la miró
pensativamente.
—¿Ha de
existir alguna razón?
Debería tener
usted una razón para matar a la gente.
—De acuerdo
—dijo Davis—, si eso la hace más feliz. Le hablaré de cómo maté a mi cuidador
cuando intentó hacerme abandonar la ciudad. Se metió en el coche, tras el
volante. Yo me situé en el asiento de atrás y le abrí la cabeza con una barra
de hierro.
—¿Qué tiene
que ver eso con nosotros?
—Sólo eso.
Tommy era una persona mucho mejor que cualquiera de ustedes o incluso que todos
ustedes juntos. Si él tuvo que morir, ¿qué derecho tienen ustedes a seguir
viviendo? ¿No es eso razón suficiente?
—Todo esto es
una completa locura —rugió Jim Wilson.
Estaba a punto
de saltar sobre Davis y su arma.
En aquel
momento, procedente del norte, les llegó un súbito crescendo de los extraños
lamentos de los invasores. Eran mucho más intensos de lo que habían sido antes,
pero no parecían estar más cerca.
El grupo se
inmovilizó, lo oídos atentos al sonido.
—Están
hablando de nuevo—susurró Nora.
—Ajá—respondió
Frank—. Pero esta vez es distinto. Como si...
—... como si
estuvieran preparándose para algo —dijo Nora.
—No voy a
matarles aquí arriba —dijo Davis—. Vamos a ir abajo.
El momento
crucial, engarzado en la mente de Jim Wilson, que podía haber cambiada la
situación, había llegado y se había ido. El afilado borde de la locura
adicional que podía hacer que un hombre se lanzara contra una pistola cargada
se había embotado. Leroy Davis hizo un gesto perentorio hacia Minna.
—Usted
primero..., luego la otra chica. Caminen una al lado de la otra hasta el
vestíbulo, con los hombres detrás. Directamente hacia la recepción.
Obedecieron
sin resistirse. Jim Wilson tenía el ceño fruncido, Frank Brooks los ojos
vacuos, y Nora miraba de una forma tensa e inexpresiva.
La mente de
Nora estaba centrada en la pistola. Estaba llena con pensamientos acerca del
pálido maníaco que los conducía. Él estaba al mando. Instintivamente, sintió
que los maníacos al mando tenían una o quizá dos motivaciones..., sexo y
asesinato.
Su reacción a un posible asesinato era secundaria. Pero ¿y si aquel
hombre insistía en ponerle las manos encima? ¿Y si la obligaba a realizar el
acto más antiguo del mundo que ella había
realizado tan a menudo? Nora se estremeció. Se hizo la pregunta a sí misma y
se sintió sorprendida por las razones de su repulsión. Visualizó las manos del
hombre sobre su cuerpo —las viejas cosas familiares—, y el sabor en su boca era
de horror.
Nunca antes
había experimentado tales contradicciones. ¿Por qué ahora? ¿Había cambiado
ella? ¿Había ocurrido algo durante la noche que había convertido su pasado en
una época de vergüenza? ¿O la razón estaba en el propio hombre? No lo sabía.
Nora regresó
de su ensimismamiento para encontrarse de pie en el vacío vestíbulo. Leroy
Davis, hablando con Frank, estaba diciendo:
—Parece como
si quisiera hacerme algún truco. Ponga las manos sobre su cabeza. Entrelace sus
dedos sobre su cabeza y mantenga las manos ahí.
Jim Wilson
estaba de pie cerca de la silenciosa Minna. Ella había seguido todas las
órdenes sin experimentar la menor ira, sin ninguna expresión exterior. Siempre
había mantenido sus ojos fijos en Jim Wilson. Obviamente, cualquier cosa que
Jim ordenara, la haría sin hacer preguntas.
Wilson volvió
la cabeza hacia ella y dijo:
—Escucha,
muñeca hay algo que siempre he querido preguntarte pero que siempre he olvidado
hacerlo. ¿Cuál es tu apellido?
—Trumble...
Minna Trumble. Creí habértelo dicho.
—Quizá lo
hiciste. Quizá yo no lo recuerdo.
Nora sintió
que la histeria se apoderaba de nuevo de ella.
—¿Cuánto
tiempo va a seguir usted haciendo esto?—preguntó.
Leroy Davis
inclinó la cabeza hacia un lado al mirarla.
—¿Haciendo
qué?
—Jugando al
gato y al ratón. Manteniéndonos clavados con una aguja como moscas en un
expositor.
Leroy Davis
sonrió ampliamente.
—Como una
mariposa en su caso, ricura. Una grande y hermosa mariposa.
—¿Qué es lo
que piensa hacer? —restalló Frank Brooks—. Sea lo que sea, hágalo ya.
—¿No se da
cuenta de lo que estoy haciendo? —preguntó Davis con una genuina sorpresa—.
¿Tan estúpido es? Soy el jefe. Estoy al mando y me gusta. Tengo el poder de la
vida y de la muerte sobre ustedes cuatro, y estoy saboreando cada momento de
ello. Es usted más bien estúpido, caballero, y si sigue así me veré obligado a
meter una bala por su oreja izquierda y observar cómo sale por la derecha.
Jim Wilson
tenía los puños apretados. Estaba acercándose de nuevo al punto de la
temeridad. Y de nuevo este punto retrocedió a medida que el sonido de un motor
iba haciéndose más fuerte..., no en el aire, sino al nivel de la calle,
procedente del sur.
Era un sonido
alegre, sano, y fue captado inmediatamente por la insana mente de Leroy Davis.
Se crispó
hasta el punto de que su rostro se volvió aún más pálido por la tensión. Se
dirigió hacia una ventana, miró rápidamente fuera, y volvió sobre sus pasos.
—Es un jeep
—dijo—. Va a pasar junto al hotel. Si alguno de ustedes hace el menor
movimiento, o grita, hallarán sus cuatro cadáveres aquí y yo habré
desaparecido. Eso es todo lo que tengo que decirles, y saben que lo haré.
Sabían que
podía hacerlo y guardaron silencio, intentando reunir el valor necesario para
efectuar algún movimiento. El motor del jeep petardeó un par de veces a medida
que se acercaba a la calle Madison. Cada vez, los nervios de Leroy Davis
reaccionaron secamente, y los cuatro mantuvieron sus ojos clavados en la
pistola que tenía en su mano.
El jeep llegó
al cruce y disminuyó su marcha. Hubo una conferencia entre sus dos
ocupantes..., soldados provistos de cascos y trajes de batalla marrón oscuro.
Luego el jeep giró hacia la calle Clark en dirección a Lake.
Un ahogado
suspiro escapó de la garganta de Nora. Frank Brooks se volvió hacia ella.
—Tranquilícese
—dijo—. Aún no estamos muertos. No creo que quiera matarnos.
La respuesta
llegó de Minna. Habló suavemente:
—No me
importa. Ya no puedo seguir resistiendo esto. Después de todo, no somos
animales. Somos seres humanos, y tenemos derecho a vivir y morir como queramos.
Minna caminó
hacia Leroy Davis.
—Ya no tengo
miedo a su pistola. Todo lo que puede hacer con ella es matarme. Adelante,
hágalo.
Minna se
acercó a Leroy Davis. Él se la quedó mirando con la boca abierta y dijo:
—¡Está usted
loca! Vuelva ahí. ¡Es usted una dama loca!
Disparó dos
veces la pistola, y Minna murió apreciando la incongruencia de sus palabras.
Hubo como una risa en ella mientras caía.
Con un
resonante rugido animal, Jim Wilson saltó contra Leroy Davis. Su gran mano se
cerró sobre la de Davis, ocultando la pistola. Hubo una ahogada explosión, y la
bala atravesó la palma de Wilson sin que éste se diera cuenta de ello. Wilson
arrancó la pistola de la débil sujeción de Davis y la arrojó a lo lejos. Luego
mató a Davis.
Lo hizo
lentamente, algo sorprendente en Wilson. Alzó a Davis por el cuello y lo
mantuvo en el aire, con sus pies separados del suelo. Entonces le retorció el
cuello, pareciendo hacerlo con un gran placer, mientras Davis emitía horribles
ruidos y pateaba
Nora se apoyó
en el hombro de Frank Brooks, pero no pudo evitar que los sonidos llegaran
hasta sus oídos. Frank la atrajo hacia sí.
—Tranquilícese
—dijo—. Tranquilícese.— Y probablemente no era consciente de lo que estaba
diciendo.
—Dígale que se
apresure —susurró Nora—. Dígale que termine rápido. Es como..., es como si
estuviera matando a un animal.
—Eso es lo que
es..., un animal.
Frank Brooks
contemplo fascinado el distorsionado rostro de Leroy Davis, que se iba poniendo
oscuro por momentos. Ahora estaba más allá de cualquier parecido con algo
humano. Sus ojos estaban desorbitados, y la lengua surgía de su boca como si
buscara frenéticamente alivio.
Los sonidos
animales se apaciguaron y murieron. Nora oyó el sonido del cuerpo cayendo al
suelo..., un sonido blando y suave de finalidad. Se volvió y vio a Jim Wilson
con las manos aún extendidas y engarfiadas. Las terribles manos a través de las
cuales el hálito de una terrible vida se había disipado en el vacío aire.
Wilson bajó
los ojos hacia su obra.
—Está muerto
—dijo lentamente. Se volvió para enfrentarse a Frank y Nora. Había como una
gran decepción en su rostro—. Esto es todo —dijo con torpeza—. Simplemente...,
está muerto.
Sin saber
exactamente por qué, Jim Wilson estaba lleno con el fútil regusto de la
venganza. Se inclinó para recoger el cuerpo de Minna. Había un pequeño agujero
azulado en su mejilla derecha y otro encima de su ojo izquierdo. Con una mirada
a Frank y Nora, Jim Wilson cubrió las heridas con su mano, como si considerara
que eran algo indecente. Alzó a Minna entre sus brazas y caminó cruzando el
vestíbulo y subiendo las escaleras, con el lento y pausado paso arrastrante de
un hombre agotado.
El sonido del
jeep se oyó de nuevo, pero ahora mucho más lejos. Frank Brooks tomó a Nora de
la mano y corrieron hacia la calle. Mientras cruzaban la acera, el sonido del
jeep fue ahogado por un repentino crescendo de los lamentos.
Resonando con
una nueva nota, ascendieron y murieron en el quieto aire. Parecía una nota de
pánico, de nuevo conocimiento, pero Frank y Nora no le prestaban mucha
atención. Los sonidos del motor del jeep procedían del oeste, y llegaron al
cruce de Madison con Well a tiempo para ver al jeep dirigirse hacia el sur a
toda velocidad.
Frank gritó y
agitó los brazos, pero supo que no había sido ni visto ni oído. Tuvieron poco
tiempo para la decepción. Un nuevo centro de interés apareció hacia el
noroeste. Por la esquina de la calle Washington y en dirección a Clark,
surgieron tres extrañas figuras.
Había una
mezcla de beligerancia y sufrimiento en sus acciones. Llevaban armas de extraña
apariencia, y parecían interesados en utilizarlas contra algo o contra alguien,
pero aparentemente les faltaban las energías necesarias para alzarlas pase a
que parecían más bien livianas.
Las propias
criaturas eran humanoides, pensó Frank. Apretó la mano de Nora.
—Nos han
visto.
—No corramos
—dijo Nora—. Estoy cansada de correr. Todo lo que nos ha traído ha sido
problemas. Simplemente quedémonos aquí.
—No sea
estúpida.
—No voy a
correr. Usted hágalo si quiere.
Frank trasladó
de nuevo su atención a las tres extrañas criaturas. Dejó que su curiosidad
natural tomara las riendas. Los pensamientos de huida se desvanecieron de su
mente.
—Son tan
delgados..., tan frágiles —dijo Nora.
—Pero sus
armas, no.
—Es difícil de
creer, incluso viéndolos, que procedan de otro planeta.
—¿Realmente?
No se parecen demasiado a nosotros.
—Quiero decir
como los relatos que han corrido durante tanto tiempo acerca de platillos
volantes y vuelos espaciales y cosas así. Aquí están, pero no parece posible.
—Hay algo raro
en ellos.
Era cierto.
Dos de los extraños seres se habían derrumbado en la acera. El tercero siguió
avanzando tambaleándose, arrastrando un pie tras otro hasta que cayó sobre
manos y rodillas. Permaneció inmóvil durante largo rato, la cabeza colgando
blandamente. Luego también se derrumbó sobre el cemento y quedó inmóvil.
Los lamentos
al norte adquirieron ahora un tono de intensa agonía... de gran desesperación.
Tras ellos reinó un silencio absoluto.
* * *
—Se derrotaron
a sí mismos —dijo el militar—. O mejor dicho, las fuerzas naturales los
derrotaron. Seguro que nosotros poco tuvimos que ver con ello.
Nora, Frank y
Jim Wilson estaban de pie en la acera al lado de la motocicleta. El hombre en
la motocicleta se sostenía con un pie apoyado en el bordillo mientras hablaba.
—Vimos a tres
de ellos morir ahí delante en la calle—dijo Frank.
—Nuestro grupo
de avanzada vio ocurrir lo mismo en otras partes. Es por eso por lo que
avanzamos de nuevo. Ahora ya todo ha terminado. Sabremos mucho más de ellos
dentro de veinticuatro horas.
—No sé nada de
ustedes tres. Si ignoraron la evacuación sin ninguna culpa y además pueden
probarlo... —añadió el militar.
—Éramos cuatro
—dijo Jim Wilson—. Luego encontramos a otro hombre. Está dentro, en el hotel.
Yo lo maté.
—¿Asesinato?
—dijo el militar secamente.
—Mató a una
mujer que estaba con nosotros —dijo Frank—. Era un maníaco.
—¿Dónde está
el cuerpo de la mujer?
—En una cama,
arriba—dijo Wilson.
—Tengo que
retenerles a los tres. Todavía rige la ley marcial en esta zona. Están ustedes
en manos del ejército.
* * *
Las calles
estaban llenas de gente ahora, yendo a sus asuntos, empujándose y
apresurándose, comiendo en los restaurantes, produciendo electricidad para las
luces, generando energía para los teléfonos.
Nora, Frank y
Jim Wilson estaban sentados en un restaurante en la calle Clark.
—Todos somos
diferentes ahora —dijo Nora—. Nadie puede pasar por lo que hemos pasado y
seguir siendo el mismo.
Jim Wilson
aceptó indiferentemente su afirmación.
—¿Descubrieron
qué fue lo que los mató?
—Aún están
trabajando en ello, creo.
Frank Brooks
agitó su café, alzó una cucharada y la dejó caer goteando de nuevo en la taza.
—Voy a ir a la
estación de policía de la avenida Chicago —dijo Wilson.
Frank y Nora
alzaron la vista sorprendidos. Frank preguntó:
—¿Por qué? El
tribunal militar desestimó el caso..., el hecho de que usted hubiera escapado
de la celda.
—No creo que
lo desestimaran. No creo que les importara tampoco. De todos modos, voy a ir.
—No creo que
la condena sea muy larga.
—No, más bien
pequeña. Deseo acabar con todo eso.
Se alzó de su
silla.
—Hasta otra.
Quizá volvamos a vernos algún día.
—Si, quizá
volvamos a vernos.
—Adiós.
—Creo que yo
también voy a irme —dijo Frank—. Tenía un trabajo en una fábrica al norte.
Quizá esté funcionando de nuevo.— Se puso en pie y se apoyó torpemente en la
mesa—. Además..., aún tengo que cobrar mi última paga.
Nora no dijo
nada.
—Bueno...
—dijo Frank—. Quizá volvamos a vernos algún día.
—Quizás.
Adiós.
Frank Brooks
caminó hacia el norte por la calle Clark. Se sentía feliz de haberse marchado
del restaurante. Nora era una buena chica, pero infiernos..., uno no concierta
una cita con alguien como ella para liarse en serio.
Pero era algo
que hacía pensar. Ya había pasado la edad de la adolescencia. Ya era tiempo de
buscarse alguna chica y sentar la cabeza. Uno no podía ir dando tumbos así toda
su vida.
Nora caminó
hacia el este por la calle Madison. Entonces recordó que los tugurios de la
calle Halstead estaban en aquella dirección y giró hacia el sur en Wells. Tenía nueve dólares en su bolso y aquello la
preocupaba. Una no puede sobrevivir mucho tiempo en Chicago con nueve dólares.
Había una
taberna en Jackson, cerca de Wells. Nora entró. El camarero no frunció el ceño
al verla. Aquello era buena señal. Se dirigió a la barra, pidió una cerveza, y
se la sirvieron.
Tras un rato
entró un hombre. Un hombre de edad media que probablemente había acabado de
llegar a Chicago y cuyas maletas tal vez aún estuvieran en la estación de la
calle LaSalle, un poco más abajo. El hombre miró a Nora luego apartó la vista.
Tras un rato volvió a mirarla.
Nora sonrió.
* * *