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Dos palomas muy desagradables - Patricia Highsmith

Vivían en Trafalgar Square. Eran dos palomas que por razones de conveniencia llamaremos Maud y Claud, aunque ellas no utilizaran esos nombres para llamarse. Eran simplemente una pareja. Ya llevaban dos o tres años juntas y se eran fieles, aunque en el fondo de su pequeño corazón de palomas se odiaban. 

Pasaban los días picoteando grano y cacahuetes sembrados por el desfile interminable de turistas y londinenses que compraban esas cosas a los vendedores ambulantes, Pec, pec, todo el día en medio de otros cientos de palomas que, como Maud y Claud, casi habían perdido la capacidad de volar porque ya apenas les era necesaria. 

Muchas veces, Maud se veía separada de Claud en un campo de palomas que movían la cabeza de un modo constante, como si asintieran, pero, al caer la noche, de un modo u otro se encontraban y se dirigían a un hueco que había al dorso de un muro de piedra situado cerca de la National Gallery. ¡Uf! Y con esfuerzo conseguían subir sus abultadas pechugas hasta su domicilio, que quedaba entre setenta centímetros y un metro de altura.

 Maud hacía unos ruidos muy desagradables con la garganta que expresaban despecho y desdén. Tenía la misma edad que Claud; no eran jóvenes. Su primer novio había muerto en la flor de la vida, atropellado por un autobús cuando intentaba recuperar parte de un bocadillo del suelo.

 Los ruiditos despectivos de Maud podían interpretarse como un "¿Qué? ¿Otra vez igual, eh?" y similares provocaciones a la virilidad de Claud y a su infundada autoestima. Tal vez Claud no hubiera hecho nada aquel día, pero estaba claro que era un mujeriego. 

Muchas veces, Maud había tenido la satisfacción de ver a Claud vencido por un macho más joven que aparecía en el peor momento para Claud y su recién encontrada hembra. Claud montaba un número bravucón, fingía que estaba dispuesto a pelear, pero el macho más joven iba por él, directo a sus ojos, y Claud se retiraba.

 —Cállate —contestó por fin Claud, y se instaló cómodamente para dormir.

 De vez en cuando, para cambiar de escenario, Claud y Maud cogían el metro a Hampstead Heath. La verdad es que una vez tomaron el metro y se encontraron para su sorpresa, en Hampestead Heath. ¡Espacio! ¡Montones de migas para picotear! ¡Sin gente! O casi sin gente. A veces tomaban el metro por diversión, sin importarles adónde irían a parar al salir. Siempre podían encontrar el camino de vuelta a Trafalgar Square, aunque tuvieran que hacer algo de esfuerzo y volar unos metros aquí y allá. 

Los autobuses eran más seguros respecto a la dirección que seguían, pero tampoco había muchos sitios donde agarrarse en el techo de un autobús. Ciertamente recordaban la dirección de Hampstead Heath, y saltando a un autobús que arrancara en aquella dirección tenían bastantes posibilidades de llegar, y si el autobús se desviaba, simplemente volaban hasta otro que pareciera más prometedor. Dos veces habían ido en autobús.

 Pero el metro era más divertido, porque a Maud y Claud les gustaba hacer que la gente se apartara de su camino. La gente se reía señalándolos cuando ellos subían o bajaban por las escaleras mecánicas. A veces la gente sacaba la cámara, como en Trafalgar Square, y les hacían fotos con flash.

 "¡Cuidado! ¡No pisen a las palomas! ¡Ja, ja, ja!" ya era una exclamación familiar.

 A Maud le obsesionaba el vago recuerdo de una hija que había muerto de un golpe de bastón, ante sus ojos, en una acera cerca de Trafalgar Square. Era una hija de su primera pareja. ¿O acaso se lo había imaginado? Desde entonces, Maud temía a la gente con bastón, incluso con paraguas, y los había a montones. Maud se estremecía y se apartaba unos centímetros. Pensaba que podría tener otra pareja si quisiera, pero algo —no sabía decir qué— la mantenía junto a su aburrido Claud.

 Un sábado por la mañana, de mutuo acuerdo, decidieron dirigirse a Hampstead Heath. En Trafalgar Square estaba ocurriendo algo horrible. Había hordas de gente y tribunas, y estaban instalando altavoces. No era un buen día para los cacahuetes y las palomitas de maíz. Maud y Claud bajaron al metro en Whitehall.

 —¡Oh, mira, mami! —gritó una niña—. ¡Palomas!

 Maud y Claud la ignoraron y siguieron bajando a saltitos. Pasaron bajo la puerta mecánica, inadvertidas pero golpeadas por algún pie, y luego bajaron por la escalera mecánica. Claud iba delante, aunque no sabía adónde iba. Saltó al primer tren.

 —¡Mira eso! ¡Palomas! —dijo alguien.

 Algunas personas se echaron a reír.

 Maud y Claud se contaban entre los pocos pasajeros que nadie empujaba. Había un círculo vacío a su alrededor. Otra vez fue Claud quien se adelantó cuando salieron, asintiendo autoritariamente con la cabeza. No sabía dónde estaba, pero le gustaba dar la impresión de que no era así.

 —¡Están subiendo las escaleras! ¡Ja, ja, ja!

 Les abrieron camino como si fueran autoridades o personas famosas.

 En el tumulto de gente que subía las escaleras hasta el nivel de la acera, Maud y Claud tuvieron que hacer uso de sus alas. Eso las dejó exhaustas, cuando por fin llegaron a la luz del sol, cerca de un kiosco. Maud se adelantó esta vez abriendo camino. La acera describía una leve pendiente hacia arriba y Maud tomó aquella dirección. Cerca de Hampstead Heath, las aceras solían ser de subida, recordó. Claud la siguió.

 —Ah, el amor —dijo una voz masculina.

 La voz se equivocaba. Muchas veces era Claud el primero, cuando quería parecer superior a Maud, pues sabía que Maud le seguiría de todas maneras. Otras veces era al contrario y no tenía nada que ver con el deseo de aparearse. Al cabo de tres calles, saltando arriba y abajo por los bordillos de las aceras, Maud empezó a cansarse. 

Claud se había equivocado al bajar en aquella parada y Maud se acercó a él y se lo indicó con una mirada y un carraspeo significativo. Ella tampoco sabía dónde estaban, aunque sí sabía que Trafalgar Square estaba en algún sitio por detrás, a su derecha. Al final llegarían a casa sin problemas. Pero aquello no era Hampstead Heath.

 Luego, Maud intuyó o divisó una franja de verde a la izquierda, y con un movimiento de la cabeza que hizo brillar su pecho azul y verde a la luz del sol dirigió a Claud hacia la izquierda. Se detuvieron para dejar pasar un taxi y luego siguieron la marcha, bordillo arriba. Ahora Maud ya veía el verde y aceleró un poco el paso, aleteando mientras sus patas se movían a la vez sobre la acera. Hizo acopio de energías para sobrevolar la barandilla de casi un metro que rodeaba un pequeño parque.

 Había bancos con gente sentada tranquilamente, y una considerable extensión de césped sin recortar, con un estanque en el centro. Maud empezó a picotear.

 Claud vio otras tres palomas, una hembra y dos machos, no muy lejos, en el césped. Seguramente no les recibirían con agrado, pero en aquel momento los dos machos estaban absortos. Maud dijo algo para que Claud probara suerte allí y Claud le replicó enseguida que probara ella. Maud se alejó, dándoles la espalda a todos, incluyendo a Claud. Claud estaba picoteando un gusano y pensando que prefería grano seco cuando uno de los machos se abalanzó volando sobre él.

 El pájaro que le atacó estaba en mejor forma física. Claud sólo se levantó unos centímetros del suelo y se lanzó sobre el otro, pero su gesto no tuvo mucho efecto. Se batió en retirada, andando, agitando las alas y haciendo ruidos para indicar que estaba disgustado pero en absoluto vencido, y que simplemente no se iba a molestar en luchar.

 Maud adoptó una expresión divertida e indiferente.

 De pronto empezó a llover. Claud y Maud avanzaron hacia el árbol más cercano. Tenía todo el aspecto de que la lluvia iba a persistir. ¿Debían tomar el metro para llegar a casa? Sólo era media tarde. La lluvia haría salir los gusanos, tal vez un caracol o dos. De pronto, Maud voló hacia Claud y le atacó en el cogote.

 Claud ya estaba de malhumor y se alejó hacia un camino. Cuando llegó a la acera, giró rápidamente a la izquierda. Aquél era el camino del metro, pensó, y también era la dirección de casa.

 Maud le siguió, odiándose a sí misma por seguirle, pero consolándose con el hecho de que tenía a Claud controlado y que aquélla era la dirección de Trafalgar Square. Ya le llegaría el día a Claud, pensó Maud. Si se esforzaba un poco, un macho más joven podía invadir su casa y expulsar a Claud. Aquello le enseñaría a...

 ¡Blam!

 ¿Qué era aquello?

 La oscuridad había caído sobre ella. Claud también estaba allí con ella, haciendo ruidos y aleteando.

 Maud oyó risas de niños. ¡Una caja! A Maud ya le había pasado antes y había escapado, recordó. La caja de cartón se arrastró por la acera, aprisionándole dolorosamente una de las patas. Ella y Claud se encontraron de pronto volcados, patas arriba, vieron un breve trozo de cielo y luego una desagradable cubierta que cayó sobre la caja y fueron empujados y sacudidos mientras los niños corrían. Bajaron unas escaleras. Los niños tiraron a Maud y Claud al suelo de una habitación fuertemente iluminada. Ahora estaban dentro de una casa.

 Una mujer gritó algo.

 Los dos niños se reían.

 Maud voló sobre una mesa. Era la cocina de uno de esos edificios que Claud y ella habían observado muchas veces por la ventana de un semisótano.

 —¿Qué vas a hacer con ellos? ¡Aaah!

 Claud se había ido a posar en el borde del fregadero. Un niño fue a buscarlo y Claud saltó a un rincón junto a una puerta que tenía una rendija abierta.

 Un niño esparció pan por el suelo, pero Claud lo ignoró. A Claud le interesaba la puerta, Maud se dio cuenta, pero pensó que tal vez el resto de la casa estuviera cerrado, entonces, ¿para qué serviría la puerta? En ese momento Maud defecó.

 Aquello provocó un grito de la mujer. ¡Dios mío! Maud sabía que su excremento podía tener consecuencias: significaba desprecio, por ejemplo. A Maud le habían dado una patada alguna vez —deliberada— cuando lo había hecho en su propio terreno, Trafalgar Square, sin pretender insultar a nadie. Pero aquella gente no era normal, la mayoría estaba loca. No podía predecirse lo que iba a hacer la gente. Cacahuetes en un momento dado y al momento siguiente un palo.

 La mujer seguía parloteando. Hubo un chillido de los chicos y luego se abalanzaron sobre Claud con los brazos abiertos, intentando atraparlo. Claud levantó el vuelo y dejó caer su excremento, que aterrizó en la cara de uno de los chicos. Se oyeron risas. Claud se tambaleó sobre un tendedero de ropa que había cerca del techo, oscilando.

 Entró un hombre de voz estentórea. Maud le detestó nada más verlo. El hombre pronunció un largo y rugiente discurso y luego se acercó a Maud y le habló con más suavidad. Maud dio dos pasos atrás, chocó contra una tapa de porcelana de algo, sin quitarle ojo al hombre, dispuesta a unirse a Claud si el hombre se le acercaba más. Pero él salió de la cocina.

 La mujer estaba haciendo palomitas en el fogón. Maud y Claud reconocieron el olor. Mientras, los niños se reían estúpidamente junto al fregadero. El hombre volvió con una especie de trípode alto. Se encendieron unas luces muy brillantes. Entonces Maud y Claud lo entendieron. 

Habían visto lo mismo en Trafalgar Square, a gran escala: trípodes, plataformas móviles, luces terribles por todas partes que convertían la noche en día. Ahora la luz daba directamente en los ojos de Maud y ella empezó a dar vueltas. La cámara zumbaba. Maud quería volver a defecar, pero no pudo.

 —¡Palomitas! —gritó el hombre.

 —¡Ya van! —La mujer se acercó con la sartén justo a tiempo de chocar con Claud, que se dirigía a la ventana intentando escapar. Esperaba que la parte de arriba estuviera abierta, pero antes de poder comprobarlo ya estaba tumbado de lado en el suelo. Se levantó. La mujer echó palomitas en el suelo junto a él, y Claud las rechazó como si fueran venenosas.

 —¡Ja, ja! —se rió el hombre—. ¡Asústales otra vez, Simon!

 El más pequeño de aquellos dos odiosos niños agitó los brazos hacia Maud mientras el otro saltaba hacia Claud.

 Maud y Claud se levantaron batiendo las alas fuertemente. Claud cayó como una gruesa águila en la frente y el pelo del niño mayor, sacando las uñas.

 —¡Ay! —gritó el niño.

 Maud se contentó con darles dos fuertes picotazos a las mejillas del pequeño, además de clavar las uñas todo lo que pudo, antes de saltar justo a tiempo para escapar del puño del hombre. Maud comprendió que iba a ser una lucha por la vida, y que ella y Claud estaban atrapados.

 La mujer intentaba atizar a Claud con una escoba, pero fallaba cada vez.

 —¡Abrid la ventana! ¡Dejadlas salir!

 —¡Voy a torcerles el pescuezo! ¡Están locas! —gritó el hombre de cara colorada, dirigiéndose a la ventana.

 Maud se dio cuenta de que el hombre estaba furioso, pero ¿quién les había llevado allí sino aquellos repulsivos hijos suyos? Maud atacó al hombre justo cuando abría la ventana desde arriba. El apartó a Maud con un codo y agachó la cabeza.

 Claud salió volando por la ventana.

 —¡Usa la escoba! —gritó la mujer, ofreciéndosela al hombre.

 Maud esquivó la escoba, voló al escurridero de platos que había sobre la pila, intentó agarrarse a un platillo, y mientras volaba hacia la ventana, el platillo cayó en el fregadero y se hizo añicos.

 Otro grito de la mujer y un rugido del hombre que se desvanecieron mientras Maud se alejaba. Voló unos cuantos metros con la energía que le daba su ira, y luego descendió hasta la civilizada acera para poder andar normalmente y recuperar el aliento. ¡Qué alivio salir de aquella casa de locos! ¡Dios mío! ¡Alguien tendría que denunciar a aquella gente! 

Maud levantó la cabeza con orgullo, impulsando el pico a cada paso. Había grupos de gente que luchaba a favor de las palomas. Ella había visto a algunos en Trafalgar Square impidiendo que los niños usaran armas o incluso que les tiraran cosas a las palomas. Si alguna vez atrapaban a aquella familia, les harían pagar por aquello.

 ¿Dónde estaba Claud?

 Maud se detuvo y se volvió. No es que le importara mucho dónde estaba. Si iba directamente a casa, como pretendía, Claud aparecería aquella misma noche, no tenía ninguna duda. ¿Y acaso la había ayudado él hasta ahora en algo? No.

 Entonces oyó su voz. Claud apareció tras ella, acercándose sobre las patas y las alas, con aspecto de estar exhausto. Maud sacudió las alas y continuó adelante. Claud avanzaba junto a ella, protestando un poco, como hacía Maud, pero sus sonidos se fueron calmando gradualmente. Después de todo, eran libres otra vez y estaban andando en dirección a casa. 

De pronto, Maud se dirigió a un autobús. Claud la siguió, y se instalaron con dificultad en el techo del vehículo. Algunos autobuses daban unos bandazos terribles. Tuvieron que cambiar a otro, esperando que les llevara, pero su instinto era correcto y pronto se encontraron traqueteando por Haymarket. ¡Casa! Y aún no estaba oscuro. El cielo era de un azul grisáceo y el sol se estaba poniendo.

 Todavía tenían tiempo de picotear un poco en Trafalgar Square antes de retirarse, pensó Maud. Claud estaba pensando lo mismo, así que dejaron el autobús en Whitehall y se deslizaron al territorio familiar.

 No quedaban muchas palomas por allí. Las luces se encendían en los escaparates. Las migajas y restos eran pocos y estaban pisoteados. Y Maud se sintió cansada y débil.

 Claud impulsó la cabeza hacia ella y cogió un pedacito de cacahuete que Maud estaba a punto de alcanzar.

 Maud voló hacia él, agitando las alas. ¿Por qué seguía con él? Egoísta y avaricioso... ¡No podía contar con él para nada, ni siquiera para vigilar el nido cuando tenía un huevo!

 Claud quiso vengarse con un maligno picotazo en el ojo de Maud, pero falló y le dio en la cabeza.

 Entonces, de pronto —imposible decir quién de los dos se movió primero—, atacaron a un cochecito que pasaba. Fueron por el bebé, las mejillas, los ojos. La joven que empujaba el cochecito soltó un grito y empezó a golpear a las palomas. 

Maud quedó fuera de combate durante unos segundos, pero enseguida se unió a Claud en el cochecito. Dos personas corrieron hacia allí y las palomas salieron volando. Volaron sobre las cabezas de sus frustrados atacantes y se unieron a un grupo de más de veinte palomas que picoteaban en torno a una papelera.

 Cuando las dos personas y la mujer del cochecito se acercaron a las palomas, Maud y Claud no sentían ningún miedo, aunque algunas de las demás palomas levantaron la vista, asustadas por las voces iracundas.

 Uno de los humanos, un hombre, corrió entre las palomas, pateándolas, agitando los brazos y gritando. La mayoría de las palomas emprendieron un perezoso vuelo. Maud se dirigió a casa, al nicho situado tras el bajo muro de piedra, y cuando llegó, Claud ya estaba allí. 

Se prepararon para dormir, demasiado cansados incluso para intercambiar sonidos de protesta. Pero Maud no estaba tan cansada como para olvidar el medio cacahuete que Claud le había arrebatado. ¿Por qué vivía con él? ¿Por qué vivía allí, por qué vivían los dos juntos allí, corriendo el riesgo de ser capturados a diario, como aquel día, o pateados por gente que se molestaba incluso si defecaban? ¿Por qué? Maud se quedó dormida, exhausta de tanto descontento.

 El incidente de las palomas de Trafalgar Square con el bebé picoteado, que se quedó ciego de un ojo, inspiró un par de cartas al Times. Pero nadie hizo nada al respecto. 

Colisión - Gerd Maximovic

 A primera vista parecía que todo estuviera en orden. Allí permanecía el hombre inmóvil en el si­llón cuyo respaldo se había volcado hacia atrás. Mi­raba fijamente al techo y tenía los ojos muy abier­tos. En línea diagonal a él, delante de la pantalla que emitía un leve zumbido, había un pupitre sumido en luz verdosa, y en él se apoyaba un segundo hom­bre algo inclinado hacia un lado y con los brazos caídos.

A primera vista parecía que todo estuviera en orden. Pero una observación más penetrante reve­laba que los dos individuos no se habían petrificado en pleno movimiento, sino que su actividad prose­guía. Porque, propiamente, el hombre del pupitre no se apoyaba en el mueble. Algo le había hecho caer de espaldas sobre él, y ahora resbalaba poco a poco, y la segunda mirada, la de comprobación, demostra­ba que sus pies tocaban el suelo y que el movimiento se cristalizaba en las puntas de los dedos.

Quizá ni siquiera esto hubiera resultado inquie­tante.

Lo inquietante era el hilillo de sangre que bro­taba de la comisura derecha de la boca para resba­lar por la barbilla y el cuello, y que no indicaba nada bueno. Era una situación extraña. Uno de los hombres, llamado Hal, yacía inmóvil en su sillón con los ojos clavados en el techo, y llamaba la aten­ción el hecho que el respaldo tenía que haberse volcado hacia atrás de manera violenta, ya que la penúltima ranura aparecía astillada y la butaca pre­sentaba un profundo arañazo que se extendía hasta la estría siguiente. 

Para explicarlo mejor: el hom­bre no estudiaba el techo ni seguía con la mirada el reflejo verde opaco que procedía de la pantalla. Sus ojos tampoco pretendían perforar el techo. El hombre producía la impresión, más bien, de hallar­se simplemente concentrado, y que en su cabeza se daban caza febriles pensamientos.

El otro, Art, se apoyaba en el pupitre con un bra­zo ya no flojo. Este segundo hombre movió la ca­beza como si deseara sacudir sus ideas para luego darles una forma más clara. A continuación se en­derezó su cuerpo, como lógica consecuencia, y Art captó la situación de una sola mirada, al menos en lo que a Hal se refería.

Con una agilidad pasmosa se deslizó por la estan­cia hasta inclinarse al fin sobre el sillón de su com­pañero. Al hacerlo se agarró a los dos brazos, para conseguir una sujeción firme.

—¡Hal! —gritó conteniendo la voz, pues en se­guida se dio cuenta que éste no estaba herido ni inconsciente.

—¡Hal!

El cosmonauta sentado acabó por arrugar la frente.

—Art... —repuso.

Art examinó su rostro.

Hal tenía el cabello oscuro, aunque no del todo, con evidente tendencia a ensortijarse. Pero él se lo había arreglado de manera que dejara visibles las entradas. Como siempre, iba muy bien peinado, aun­que usaba una loción capilar repugnante, que olía a alcohol de quemar o a esencia de amoníaco o a una mezcla de ambas cosas. 

Hal tenía un pálido color de cara que hubiera desconcertado a cualquiera de esas personas que creían que los astronautas debían ser todos unos tipos atezados. Lo que tales personas no podían saber, era que Hal había estado largo tiempo enfermo antes de ese viaje.

Los ojos de Hal eran grises con reflejos de agua en ellos, lo que acentuaba aún más el rictus burlón de sus labios. Quien no se fijara en ese rasgo, vería sólo la expresión vigilante de sus ojos, acostumbra­dos sin duda a una penetrante observación.

Art se apartó del sillón.

—¿Qué opinas tú? —preguntó, a la vez que daba media vuelta y avanzaba hacia la pantalla.

—Lo que es seguro —dijo Hal con voz acompa­sada—, es que fue una colisión.

—Yo también lo creo —asintió Art—. Pero..., ¿con qué chocamos, para que continuemos vivos?

—El aire de la nave se mantuvo —indicó Hal.

—Sí, claro. De no ser así, difícilmente podríamos hacer ahora esta comprobación.

—Todo viene a confirmar que la nave sigue in­tacta, en conjunto —agregó Hal.

Art se detuvo delante del pupitre con el que tan desagradables experiencias había tenido y dio vuelta a las ruedas situadas en el centro de la superficie gris. El tenue resplandor verde de la inactiva pan­talla se fue desvaneciendo para dar paso a una im­penetrable y aterciopelada negrura sólo animada por unos diminutos puntos del grueso de una aguja que despedían un brillo duro.

Las estrellas no se movían.

—No creo que la nave esté tan intacta como di­ces —señaló Art—. El buscador, al menos, se ha ido al infierno.

Art conectó la memoria y de ella salió de inme­diato una larga tira de papel que el joven leyó mien­tras el vibrante aparato escupía nuevas tiras. Inte­rrumpiendo el funcionamiento de la memoria, las serpientes de papel no leídas cayeron al suelo. Art conservó la primera tira durante unos momentos en la mano. Luego la dejó caer también.

—Muy interesante —dijo con desengaño—. Nues­tra nave parece haber chocado con algo, en efecto, si podemos creer lo que nos cuenta la memoria. Pero eso es todo. El aparato no se compromete —aña­dió con un movimiento de cabeza—. Yo no acierto a imaginarme qué pudo habernos detenido, de no ser un cuerpo celeste de ínfima categoría.

—¿La memoria registra únicamente que nuestra velocidad relativa descendió de pronto a cero? —pre­guntó Hal.

—Eso mismo.

—¿Y nada indica la existencia de un cuerpo só­lido o algo por el estilo?

—Nada.

Hal se enderezó y pasó las piernas por encima del tapizado borde del sillón.

—Eso tiene cierto sentido... —murmuró.

—¿Qué?

Hal esbozó una vaga sonrisa.

—¡Un momento! —exclamó Art, a la vez que le­vantaba la cabeza con gesto reflexivo.

Hal le estudiaba ahora de modo distinto: diver­tido y con aire de autosuficiencia. Sus cejas forma­ron un arco.

—Propiamente, la memoria debe haber indicado el rumbo axial que tenía la nave en relación con las estrellas poco antes de la colisión —dijo entonces Art—. Comparado con el rumbo actual...

—¿Qué pretendes con eso?

Art gruñó algo, y las tiras de papel crujieron en­tre sus dedos.

—¡Lo que pensaba! —gritó de súbito, casi asom­brado de sí mismo—. El rumbo axial que llevábamos antes del choque, es el mismo de ahora.

—¿Y eso qué demuestra?

—De momento, nada —admitió Art—, pero pue­de llegar a significar algo.

—¡Bah, pura casualidad!

—¿Ah, sí?

—¿Por qué no?

—Las coordenadas coinciden perfectamente —de­claró Art en voz muy alta—. ¿Y tú pretendes que sea casualidad? ¡Qué idiotez!

—O sea que lo crees intencionado —dijo Hal, recalcando cada palabra.

—Hum...

—¿Piensas, entonces, que nos quieren bien esas personas que nos detienen de manera tan violenta para que nos rompamos las cabezas?

—No, eso no —reconoció Art, y sus ojos se abrieron desmesuradamente—. ¿Adónde quieres ir a pa­rar?

—¿No te parece que a alguien le interesaba nues­tra desaparición? —indicó Hal con voz suave.

Art se volvió hacia la pantalla.

—¿Opinas que...?

Dio otros tres largos pasos y se dejó caer en el asiento del piloto. Intentó poner en marcha los apa­ratos, y el retumbar que de pronto inundó la cabina le proporcionó una agradable sensación de seguri­dad. Pero ésta se desvaneció cuando, al manejar los instrumentos, la nave no se movió. Al menos, éstos nada marcaban. Una vez ahogado el ruido de los motores, Art desconectó la pantalla, las estrellas se borraron y la luz verdosa iluminó su rostro en medio del silencio que siguió.

—Esto —explicó Hal en un tono de condescen­dencia— te lo hubiese podido predecir... ¿No lo sa­bes hacer rimar? ¿No te sale la cuenta con los cin­co dedos? ¡Porque no creerás que la cosa puede aclararse así como así! Los motores se ponen en marcha, nos mandan a mil parsecs de dis­tancia, si no más, y luego, desde lugar bien seguro, mueven la cabeza fingiendo preocupación, y ya está el problema solucionado. Eso resultaría muy có­modo, pero no resuelve el conflicto, y yo estoy se­guro que no saldremos de aquí mientras no le pongamos remedio...

»Sí, ya sé que es peligroso permanecer aquí, pe­ro tú mismo has visto que no nos dejan avanzar... ¿No nos dejan? Tampoco lo sé, en realidad. Puede que nadie tenga la culpa, y que de veras sea cosa casual. Pura casualidad. Imagínate que accidental­mente chocamos con algo, la nave da una vuelta entera y vuelve a la misma posición que tenía antes de entrar en colisión. Bien. El aire no puede esca­parse porque no se ha formado ninguna fuga, dado que hemos chocado con algo. Probable, ¿no?

»Tú conectas los motores, que funcionan como de costumbre, y pones en movimiento la nave, que también funciona como siempre... ¿Me entiendes?

—No entiendo ni una palabra —contestó Art.

Hal le miró con los ojos muy abiertos.

—¿No?

—¿Acaso lo comprendes tú?

De pronto, Art sintió frío y se frotó las manos.

—Creo que sí —dijo Hal con voz súbitamente insegura.

—¡Sí, sí...! —repuso Art.

Veintisiete grados.

¿De qué le servía fortalecer el convencimiento de Hal? ¡Que éste siguiera en su certeza! Era el único modo en que él se beneficiaría.

¡Maldito frío!

Hal habló despacio:

—Hay momentos en los que todo resulta claro, en los que no existe la duda. Yo viví uno de esos ins­tantes cuando tú recobraste el conocimiento. Ha­bía seguido una cadena de reflexiones y llegué a la conclusión indiscutible, a la solución de nuestro problema.

—¡De tu problema! —le corrigió Art, aunque en el acto hubiese querido tragarse las palabras.

No tenía por qué haberlas dicho. Estaba confun­dido.

Su frase tuvo el efecto de una chispa.

—¡Diantre! —gritó Hal—. ¡Yo nunca tuve la me­nor duda! —Y más sereno agregó—: Ni siquiera en los momentos de la mayor vacilación se duda real­mente, ya que uno está profundamente convencido del acierto de sus propias ideas.

—¿Y me revelarás esa solución?

Hal movió la cabeza en sentido negativo.

—Debes hallarla tú mismo. Será la confirma­ción definitiva.

Lo dijo con voz firme, imperturbable.

El traje espacial era poco manejable, y Art tar­dó un rato en ponérselo. Luego saludó con la mano a Hal y avanzó pesadamente hacia la com­puerta. Desde el interior de su escafandra, el ruido producido por sus botas se percibía sólo como un leve sonido. Pronto no oyó nada más, porque la puerta se abrió con un potente silbido. Art penetró en la esclusa. Cuando las luces brillaron con la má­xima intensidad, la puerta interior quedó hermé­ticamente cerrada. Se abrió entonces la puerta ex­terior y la luz se apagó. Las estrellas esparcían, serenas, su vivo y agudo resplandor, que hería los ojos.

Art introdujo un filtro bajo la placa visora.

La puerta de la esclusa llevaba unos simples ganchos de los que pendían rollos de cable de ace­ro. Art sujetó el extremo libre de uno de los cabos a su traje espacial y se lanzó al vacío. Las estrellas daban vueltas a su alrededor, cuando él se hubo soltado de la nave. Esta se contrajo hasta que, de un tirón, el cable se tensó.

Art se vio girar lentamente en la inmensa cue­va que formaba el espacio. Disparó una, dos veces, y la rotación terminó.

En el momento justo.

La mirada quedó fija, y su cabeza se movió po­co a poco hacia la izquierda. El hombre era presa de la máxima curiosidad.

La otra nave describía una amplia curva y se deslizaba en silencio bajo las estrellas. Tenía la misma forma que éstas. Era una bola de superficie reluciente y, al menos desde lejos, no se veía su sistema de impulsión ni que llevara armas.

Los dedos de Art temblaron cuando conectó el teléfono. Se maldijo a sí mismo por no haberlo hecho antes. Sintió que le invadía una sensación de infinito alivio cuando, por fin, escuchó el zumbido y los crujidos de la línea.

—¡La solución —gritó aplicando la boca a la membrana— es una nave espacial!

—¡Imbécil! —contestó Hal, con desprecio—. La verdad casi nunca es agradable —añadió en tono docente—, y sólo pocas personas la soportan. Por lo tanto, pocas son las que la llegan a conocer. Pero no quiero discursos...

Se produjo una pausa.

La plateada nave permaneció inmóvil.

—No hubo choque —continuó Hal— ni existe otra nave por aquí. Tales cosas viven únicamente en mi mente, en mi imaginación. Yo las ideé. Igual que a ti.

—Una solución muy asombrosa —dijo Art entre dientes—. Esa sí que no se me hubiera ocurrido.

—¿Verdad que no? —repuso Hal, satisfecho.

Art pensó que debía impedir a toda costa que su nave cayera en poder de los desconocidos.

—No creo que tal solución sea acertada de todos modos —indico, conciliador—. Tú mismo dudas de ella.

—¡No, no, ya no! —repuso Hal—. Tú me has sa­cado de dudas. Y no es un milagro, ya que eres parte de mí mismo.

—En ese caso, yo...

«Cuidado —se dijo Art de pronto—. Una cosa tras otra.» Y continuó:

—Entonces, ¿por qué me permitiste buscar la solución, en lugar de descubrírmela inmediatamen­te? ¿Hubiera tenido alguna posibilidad de encontrar­la solo?

—No, ninguna posibilidad —confirmó Hal desde la nave—. Pero quería ver cómo reaccionabas. De cualquier forma, me has decepcionado. Te faltó la fantasía. Además no te esforzaste. No vales absolu­tamente nada.

—¿Y semejante calamidad es tu creación? —ex­clamó Art con amargura.

—Revelaba mi propia valía.

Art ansió febrilmente hallar un argumento con el que derribar todo el castillo de pensamientos de Hal. Pero su mente parecía negarse a obedecerle.

—Bonito cortocircuito —declaró Hal—. Tú, in­ventado por mí, te resistes a aceptar que eres mi obra —y rió divertido—. Pero eso tiene fácil arre­glo.

Art desapareció como si jamás hubiera existido.

(Nunca había existido.)

—¿Y ahora qué? —preguntó cuando reapareció al cabo de un rato.

—Hum, la cosa es más complicada de lo que supuse en un principio —murmuró Hal—. Mira: yo afirmo haber inventado también la existencia de esa nave plateada. Poco me costaría, entonces, hacer que se desvaneciera.

—Si tú la imaginaste, no sería difícil.

—Bien. Si la nave desaparece, quedará demos­trado que yo me la inventé. ¿De acuerdo?

—De a-cuer-do...

Art miró hacia el lugar donde la otra nave se deslizaba majestuosamente. Miró, mejor dicho, hacia donde se había deslizado segundos antes. Porque la nave había desaparecido.

El traje espacial le impidió frotarse los ojos. Se dijo que, si el ingenio acababa de desvanecerse, an­tes tenía que haber estado allí, y se preguntó cómo lo habría hecho Hal. ¿Con el traje espacial puesto? Eso ya le había parecido extraño desde un principio. ¿Sería cosa del filtro?

—Buen truco —dijo Art—, aunque no lo suficien­temente bueno.

Y su voz sonó firme.

—Te equivocas, amigo. No fue un truco. Podría demostrarlo haciéndote desaparecer, pero tú no te darías mucha cuenta.

—Dado que ya no distingo ninguna otra nave, voy a regresar a la nuestra —anunció Art.

Y Hal repuso:

—Ya he perdido bastante tiempo contigo. Sin embargo, aún no pienso disolverte. Quiero que aguan­tes unas cuantas cosas más. Será mejor que sigas fuera. Tu provisión de aire durará media hora, poco más o menos. Me llena de curiosidad ver qué sen­sación se experimenta manteniendo con el pensa­miento un hombre muerto. Muerto de manera na­tural.

Hal rió.

Eso era lo que Art había temido. El demente se ponía serio. Si uno no existe en realidad, ¿por qué debe contar con una probabilidad?

Art comprendió que necesitaba penetrar en la nave y eliminar a Hal. Pero, ¿cómo?

Pregunta: ¿Cómo podría impedírselo Hal?

La nave tenía forma de gota. Era relativamente corta y su máximo diámetro contaba de ocho a nue­ve metros. Resultaba, entonces, panzuda y poco esbelta. Art estaba del lado de la esclusa. Junto a ésta aso­maban dos piezas de artillería cuyos rayos puntea­dos, dirigidos por la memoria, no errarían el blanco.

Art...

Hal se haría la ilusión de imaginarse quién sabe qué obstáculos para que él, Art, no pudiera volver a entrar en la nave, cuando en realidad bastaba con pulsar un botón. Esa presión iría acoplada a la «in­vención».

Tampoco tenía sentido dar la vuelta a la nave y acercarse a ella por el otro lado, ya que todo el vehículo estaba erizado de armas.

Art levantó el brazo izquierdo y echó una mirada al aparato que medía el oxígeno. Le quedaban vein­te minutos para regresar a la nave.

Si disparaba los cohetes de dirección para acer­carse a la nave, Hal lo notaría. Los instrumentos de a bordo eran lo suficientemente sensibles para transmitir la información a la memoria.

¿Qué sucedería si trataba de volver agarrándose a la cuerda?

Cuando Art abandonó la nave, Hal yacía pensa­tivo en su sillón.

¿Controlaría la pantalla?

Bueno, ¿y qué?

Art tuvo la sensación de un velo que se retiraba de sus ojos. El buscador estaba estropeado y, ade­más, Art intentó recordar... En efecto, la pantalla mostraba otra parte del espacio. La empresa era expuesta y, para llevarla a cabo, necesitaba distraer a Hal.

La aguja que marcaba la existencia de oxígeno indicaba que sólo le quedaban quince minutos.

Art se arrastró hacia delante aferrado al cable. Lentamente flotó hacia el vehículo. Luego volvió a soltarse, porque la velocidad marcada al principio seguía siendo la misma, igual que la dirección, y ésta conducía a la nave.

Art dijo:

—Cuando un autor escribe una novela, una obra de teatro o lo que sea, siempre pone en los perso­najes por él creados algo de sí mismo. No puede hacerlo de otra forma, ya que sólo tiene conocimien­to exacto de su propio ser y forzosamente debe partir de sus experiencias personales. En consecuen­cia, cada pieza delata la auténtica naturaleza de un poeta, y cada novela la esencia de su autor. Basta con saber leer. Aun así, a veces resulta difícil re­conocer al escritor detrás de sus figuras, pero eso sucede raramente. Sin embargo, ocurre en ocasio­nes, y el motivo es que tanto el dramaturgo como el novelista no logran trabajar con la suficiente exac­titud, es decir, que incluso el más inteligente tro­pieza con problemas de expresión.

»Distinto es cuando alguien tiene la posibilidad de inventarse un personaje. Cuando no se ve obli­gado a dar vida sobre el papel, en penoso y pro­longado esfuerzo, a una figura con todos sus rasgos, sino que ésta surge de repente, de un segundo al otro.

—Vas empezando a tener conocimiento de ti mismo —le alabó Hal.

—Entonces estamos de acuerdo —replicó Art—. También en que poseo tus rasgos y pienso como tú.

—¡Naturalmente, viejo amigo! Pero no debes ol­vidar que tu situación es distinta de la mía. Como bien has dicho, eres parte de mi persona. La parte a la que destino el espanto.

Art respondió impasible:

—¿Quieres decir que, como parte de tu ser, pue­do llegar a sentir espanto? ¿Acaso no debo pensar y sentir lo mismo que tú? ¿No tendría que conocer yo todos los argumentos? ¿Acaso nuestra conversa­ción es algo más que un simple monólogo?

—Propiamente sí —señaló Hal—. Mi yo superior conversa con mi yo asustado. Un «monólogo interno» muy plástico y lleno de colorido, sobrecargado de conmoción. Me proporcionas... Mejor dicho, yo mismo me proporciono una magnífica idea.

«¡Paciencia! —pensó Art, furioso—. Debo tener paciencia. El monólogo no tardará en convertirse en diálogo...»

Y exclamó:

—¡Eso no puede ser de ningún modo! Sé de so­bras que mis pensamientos me pertenecen a mí solo. ¿Te enteras?

—Tu argumento no vale gran cosa —objetó Hal—. Además, tus pensamientos me pertenecen.

—Supongamos que tienes razón —expuso Art, pensativo—. Supongamos que tú me inventaste o creaste, como prefieras llamarlo... En tal caso, mis pensamientos te pertenecen y forman una unidad con los tuyos... Pero entonces, yo puedo afirmar, con el mismo derecho, que tus pensamientos me pertenecen a mí, y que yo te creé.

—A esto puedo responderte —dijo Hal con toda tranquilidad— que fui yo quien se dio cuenta de haberte imaginado, y no al revés.

Art alzó su brazo izquierdo y volvió a consultar el aparato que medía el oxígeno.

Sólo cinco minutos más.

La nave espacial en forma de gota flotaba muy cerca de su cuerpo. El brillante cable formaba am­plios lazos y curvas a su espalda.

Art se fijó en la compuerta. Si mantenía la direc­ción, iría a parar junto al borde superior.

Cuando sus botas chocaron contra la pared metá­lica del vehículo —cosa que él, naturalmente, no oyó—, comprobó que se había equivocado, aterri­zando todavía más «arriba». Aguzó el oído para sa­ber sí Hal había notado algo, pero no percibió nin­gún ruido sospechoso.

Poco a poco avanzó hacia la entrada, sujeto a la superficie de la nave con sus botas magnéticas. Le aguardaba lo más complicado.

—¿Cómo empezó todo? —inquirió Art—. ¿Por qué me inventaste?

—Fue a causa de la soledad en el espacio —con­fesó Hal.

Art sabía que encima de la compuerta interior, visible desde la cámara de control, se encendía una luz roja mientras la esclusa estaba sin aire. Cuando, una vez dentro, se pudiera desprender del traje es­pacial, la luz se apagaría. Ésta no esparcía un res­plandor muy intenso, por lo que, si uno no estaba muy atento, fácilmente le podía pasar inadvertido tal detalle.

—¿En el espacio? —repitió Art.

Si Hal seguía en su sillón, en la misma postura de antes, sólo podía vigilar la compuerta dando me­dia vuelta. ¿Y para qué iba a volverse?

—Sí, en el espacio —afirmó Hal de nuevo, sin burla en la voz.

Art abrió la compuerta exterior, entró y la cerró de nuevo. En cuanto el contacto quedó encajado, se encendieron las luces e iluminaron la cara su­dorosa del joven.

Entonces dijo Hal:

—En circunstancias normales no suele suceder que el hombre sufra un shock tan fuerte que cam­bie todo su modo de ser. Tú ya conoces la historia del individuo que cayó prisionero en Fomalhaut y luego fue salvado por Ley. Sus cabellos se habían vuelto totalmente blancos, le temblaban las manos y no resistía oír la palabra Fomalhaut ni nada re­lacionado con ella.

»Existen otros ejemplos de hombres que paga­ron sus experiencias con la pérdida de su persona­lidad. Siempre hubo casos semejantes. No hay su­cesos, por horribles que te parezcan, que el ser hu­mano ha conocido.

El oxígeno penetró con intenso silbido en la es­clusa. Al mismo tiempo comenzó a calentarse aquel lugar, a luchar contra el frío mortal del espacio, que parecía adherido a las paredes. Art se quitó el filtro e inmediatamente el cristal se empañó y grue­sas perlas de agua resbalaron por su parte exterior.

—Sin embargo, se suele pasar por alto el más duro trauma que, evidentemente, sufre el hombre. Es el trance por el que pasa al nacer. De tener en esos momentos plena conciencia, perdería la razón. Pero hay un segundo trance espantoso del que no se libra nadie: la muerte. Ahora bien, en esa transformación no pierde la razón porque pierde algo aún más importante, que es la vida.

La luz verde indicó que Art podía desprenderse del traje espacial sin peligro. Ansioso se arrancó el casco y tiró del plateado género hasta ver libre su cuerpo, lo que no logró sin considerable esfuerzo. Cuando por fin pudo moverse sin impedimentos, se agachó nervioso y desenganchó del traje espacial su pistola a chorro. El arma era pesada, y la frialdad del metal penetró en su piel.

Una extraordinaria serenidad le invadió enton­ces.

Con la mano libre rodeó el pomo de la puerta para abrir la compuerta interior, pero un súbito instinto le detuvo. Levantó la manga izquierda del traje espacial y miró el aparato que medía el oxí­geno. La aguja se había parado en la marca de los dos minutos.

Art se hizo cargo, en seguida, de la situación en la sala de mandos. Todo estaba como se había ima­ginado. Hal seguía en su sillón y hablaba a través del micrófono colgado de su pecho. El altavoz si­tuado en la pared produjo un leve crujido.

«Menos mal que no desconecté el micro de mi traje espacial», pensó Art.

—La navegación interplanetaria proporcionó a los hombres una nueva conmoción —continuó Hal desde su asiento—. Y aunque ésta todavía no ha sido re­conocida como tal, es sumamente eficaz: la adapta­ción al espacio. Es algo que requiere tiempo, ya que cuesta familiarizarse con los misterios de la inmensidad. Para algunos deben pasar meses; para otros, años. Durante este tiempo se produce una transformación, un enorme trauma retardado. Tam­bién el efecto es distinto al de las demás experien­cias de horror. Ello se debe a la particularidad del espacio. A la tremenda soledad en que el espacio en­vuelve a los hombres, que los aísla y los encierra en la cárcel de sus propias meditaciones. No quiero generalizar, pero los espíritus sensibles reaccionan antes y, cuanto más tiempo pasa un hombre en el espacio, más destacados y reales se hacen sus pen­samientos...

»No sé de qué depende. Ignoro si es el espacio el que da a los hombres la fuerza para confiar en esos pensamientos. Después de examinar a los astro­nautas víctimas de alucinaciones, los médicos afir­man que el espacio hace enfermar al ser humano. Pero yo opino, más bien, que le da una salud nueva.

Art permanecía inmóvil, observando a Hal. Con amargura se dijo que era una lástima tener que llegar tan lejos.

Luego su cuerpo se tensó y su mano se alzó tran­quila.

El arma encañonaba a Hal.

Art vaciló un instante.

«La verdad es que nos parecemos de manera asombrosa —pensó—. Él quería matarme. Ahora, el que le mata soy yo.»

Y apretó el gatillo.

Un estremecimiento, y Hal cayó hacia atrás.

El arma rodó por el suelo con duro ruido.

Inexplicable, lo que la había sostenido en el aire.

Los ojos de Hal estaban desmesuradamente abier­tos.