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Un par de escritores - Raymond Chandler

1
 
Por muy borracho que hubiera estado la noche anterior, Hank Bruton siempre se levantaba muy temprano y caminaba descalzo por la casa, esperando que se hiciera el café. Cerraba la puerta de la habitación de Marion, estirando un dedo para frenar el borde cuando este llegaba al marco y soltando el tirador con gran delicadeza para que no hiciera ruido. 

Le parecía muy extraño poder hacer eso, y que las manos se mantuvieran perfectamente firmes, cuando los músculos de las piernas y los muslos no paraban de temblar, y los dientes no dejaban de rechinar, y sentía aquella desagradable sensación en el hueco del estómago. Parecía no afectar en absoluto a sus manos, una idiosincrasia que resultaba curiosa y conveniente, así que, qué demonios.


Mientras se hacía el café y la casa permanecía en silencio, sin que afuera se oyera ningún ruido entre los árboles, con excepción del canto ocasional de algún pájaro lejano y el aún más lejano rumor del río, él salía y se quedaba junto a la puerta de rejilla mirando a Febo, el gatazo pelirrojo, que se sentaba en el porche vigilando la puerta. 

Febo sabía que aún no era hora de comer y que Hank no le dejaría entrar, y probablemente sabía por qué: si entrara empezaría a maullar, y era capaz de maullar como la sirena de un tren, lo cual echaría a perder el sueño matutino de Marion. No es que a Hank Bruton le importara un pimiento su sueño matutino. Lo que le gustaba era disponer de las primeras horas de la mañana para él solo, en silencio, sin voces... en especial sin la voz de Marion.


Bajó la mirada hacia el gato, y Febo bostezó, dejando escapar una nota triste, no demasiado fuerte, solo lo suficiente para dejar claro que a él no le engañaban.

—Cállate —dijo Hank.

Febo se volvió a sentar, levantó una de las patas traseras y se enfrascó en la limpieza de su piel. A mitad de la tarea se interrumpió, con la pata estirada hacia arriba, y miró a Hank de un modo deliberadamente insultante.

—Un truco muy visto —dijo Hank—. Los gatos llevan diez mil años haciéndolo.

Aun así resultaba eficaz. Quizá tengas que ser absolutamente desvergonzado para ser un buen cómico. Era una idea. Quizá debiera anotarla. ¿Y para qué? Si se le había ocurrido a Hank Bruton, algún otro ya lo habría pensado antes. Retiró la cafetera de la rejilla de amianto y esperó a que silbara. 

Luego se sirvió una taza y añadió un poco de agua fría antes de bebérsela. En la siguiente taza añadió crema y azúcar y la sorbió poco a poco. La sensación nerviosa del estómago se alivió, pero los músculos de las piernas aún le seguían atormentando.


Puso al mínimo la llama bajo la rejilla de amianto y volvió a colocar encima la cafetera. Salió de la casa por la puerta delantera y caminó descalzo, bajando del porche de madera y andando de lado por la hierba mojada de rocío. Era una casa vieja, sin distinción, pero tenía mucha hierba alrededor que había que cortar, y un montón de pinos no muy grandes alrededor de la hierba, excepto por el lado que bajaba al río. 

No era gran cosa como casa y estaba condenadamente lejos de cualquier parte, pero por treinta y cinco dólares al mes era una ganga. Más valía que se aferraran a ella. Si alguna vez tenían que quedarse en algún sitio, mejor que fuera aquí.


Por encima de las copas de los pinos se veía el semicírculo de colinas bajas con niebla a mitad de las laderas. El sol se ocuparía de aquello enseguida. El aire era fresco, pero con un frescor suave, no penetrante. Era un sitio bastante bueno para vivir, pensó Hank. Estupendamente bueno para una pareja de pretendidos escritores que, en lo que a talento se refería, eran un par de muertos de hambre. 

Un hombre tenía que ser capaz de vivir allí sin emborracharse cada noche. Probablemente, un hombre sería capaz. Pero probablemente, un hombre no estaría allí, para empezar. Durante la bajada al río intentó recordar algo anormal que había ocurrido la última noche. No pudo acordarse, pero tenía la vaga sensación de que se había producido alguna especie de crisis. 

Probablemente habría dicho algo acerca del segundo acto de Marion, pero no podía recordar qué. No debió ser halagador. Pero ¿de qué servía mostrarse hipócrita respecto a su maldita obra? Andarse por las ramas no la haría mejor. Decirle que era buena cuando no lo era no le ayudaría a avanzar. Los escritores tienen que mirarse directamente a los ojos, y si no ven nada, eso es lo que tienen que decir.


Se detuvo y se frotó el hueco del estómago. Ahora podía ver entre los árboles el agua de color gris acerado, y le gustó verla así. Se estremeció un poco, sabiendo lo fría que iba a estar, y sabiendo también que eso era lo que le gustaba. Era criminal durante unos pocos segundos, pero no te mataba, y luego te sentías de maravilla, aunque no por mucho tiempo.

Llegó a la orilla, dejó en el suelo la toalla y el par de zapatillas que llevaba, y se quitó la camisa. Allí abajo todo era soledad. El leve rumor del agua era el sonido más solitario del mundo. Como siempre, deseó tener un perro que correteara entre sus piernas, ladrando, y que se bañara con él, pero no se podía tener un perro estando Febo, que era demasiado viejo y demasiado duro para tolerar a un perro. 

O bien se libraba del perro, o el perro le cogía desprevenido y le rompía el cuello. En cualquier caso, tendría que ser un perro muy raro el que se metiera en aquel agua helada. Hank tendría que tirarle. Y el perro se asustaría, y tendría problemas con la corriente, y Hank tendría que sacarlo. Había ocasiones en que a él mismo le costaba salir.


Se quitó los pantalones y se metió de golpe en el agua, mirando corriente arriba. La mano de un gigante furioso le agarró el pecho y le hizo soltar todo el aire. Otra mano de gigante tiró de sus piernas hacia donde no debía, y se encontró nadando río abajo en lugar de río arriba, sin aliento y tratando de gritar, pero sin poder emitir ni un sonido. 

Moviéndose con furia, consiguió darse la vuelta y al cabo de un momento se encontraba a la par con la corriente; y luego, poniendo en ello todas sus fuerzas, empezó a ganar un poco de terreno. Llegó a la orilla, aunque no consiguió alcanzar el sitio preciso por donde se había metido. Llevaba un año sin conseguirlo. Debía ser por el whisky. En fin, no parecía un precio demasiado elevado. Y si alguna mañana fracasaba por completo y se dejaba arrastrar bajo el agua y se golpeaba con una piedra y se ahogaba...


—Mira —dijo en voz alta, todavía un poco jadeante—, no empecemos así el día. De ninguna manera.

Caminó con cuidado a lo largo de la accidentada orilla y recogió su toalla; se frotó la piel con violencia hasta que entró en calor y empezó a sentirse relajado. Los gusanos de las piernas habían desaparecido. El plexo solar estaba tan quieto como un flan.

Se vistió, se puso las zapatillas y emprendió el regreso cuesta arriba. A mitad del camino se puso a silbar un fragmento de alguna pieza sinfónica. Luego trató de recordar cuál era y cuando se acordó se puso a pensar en el compositor, la vida que había llevado, las luchas, la miseria, y ahora estaba muerto y podrido, como tantos hombres que Hank Bruton había conocido en el ejército.

Típico de un mal escritor, pensó. En vez de la cosa en sí, la emoción barata que la acompaña.
 
2

Febo seguía en el porche trasero, pero ahora estaba maullando como un poseso, y eso significaba que Marion se había levantado. Estaba en la cocina, vestida de calle y con una bata de color cobrizo encima.

—¿Por qué no has esperado a que yo volviera? —dijo Hank—. Te habría subido el café.

Ella no le respondió directamente ni le miró directamente. Se quedó mirando a un rincón, como si viera allí una telaraña.

—¿Ha estado bien el baño? —preguntó con aire ausente.

—Perfecto. Pero está la mar de frío el riachuelo este.

—Qué bien —dijo Marion—. Maravilloso. Perfecto. Asombrosa recuperación. Aunque al cabo de algún tiempo se hace bastante monótona. ¿Querrías dar de comer al maldito gato?

—¡Caramba, qué oigo! —dijo Hank—. ¿Cómo ha llegado el pobre Febo a ser un maldito gato? Creía que era el amo aquí. Teniendo en cuenta que no se entrompa.

—«Dijo él con una sonrisa triunfal» —se burló Marion.

Hank la miró pensativo. Tenía el cabello negro y corto, muy pegado a la cabeza. Sus ojos eran azules, pero de un azul mucho más oscuro que los de Hank. Tenía una boca pequeña y primorosa, que a Hank le había parecido provocativa antes de llegar a considerarla petulante. Era una muchacha muy bien formada y bien compuesta, tirando a frágil. 

La fragilidad de una cabra de montaña, pensó Hank. «Soy del tipo de Dorothy Parker, pero sin su ingenio», le había dicho ella cuando se conocieron. A él, aquello le había parecido encantador. Ninguno de los dos se daba cuenta de que era verdad.


Hank abrió la puerta de rejilla y Febo entró haciendo trizas la atmósfera con sus aullidos selváticos. Hank abrió una lata de comida de gato, la vació en un plato y lo puso delante del fregadero. Sin decir una palabra, Marion dejó su taza de café, cogió el plato y quitó la mitad de la comida de gato. Abrió la puerta de rejilla y dejó el plato fuera. Febo se lanzó sobre el plato como un futbolista que recibe un pase adelantado. Marion dejó que la puerta se cerrara de golpe.

—Muy bien —dijo Hank—. Lo tendré presente la próxima vez.

—La próxima vez puedes darle de comer como quieras —dijo Marion—. Yo no estaré aquí.

—Ya veo —dijo Hank despacio—. ¿Tan mal estuve?

—No peor que de costumbre —respondió ella—. Y gracias por no decir «otra vez». La última vez que me marché... —se interrumpió con la voz un poco temblona. Hank inició un movimiento hacia ella, pero ella se recuperó al instante—. Puedes prepararte algo de desayuno. Yo tengo que terminar el equipaje. Lo dejé casi todo hecho esta noche.

—Deberíamos hablar sobre esto —dijo Hank con suavidad.

Ella se dio la vuelta en el umbral de la puerta.

—Oh, claro —ahora su voz era tan dura como el tacón de una bota—. Podemos dedicarle al tema diez fascinantes minutos, si te das prisa.

Salió y sus pasos resonaron escaleras arriba.

—«Dijo ella, volviéndose en el umbral de la puerta» —murmuró Hank mirándola marchar.

Se dio la vuelta bruscamente y salió de la casa. Febo estaba husmeando en torno al borde del plato, en busca de la comida que había tirado. Hank se agachó y le ayudó a recoger la comida caída. Rascó la vieja y dura cabeza del gato, y Febo dejó de comer y esperó rígido a que Hank retirara la mano. Hasta que no lo hizo no volvió a la comida.

Hank abrió de golpe las puertas plegables del garaje y revisó los neumáticos del Ford. Estaban gastados, pero aún les quedaba aire. El coche estaba bastante sucio. Soy un escritor, pensó Hank, no tengo tiempo para trabajos serviles. Rodeó la parte delantera del coche para pasar al rincón oscuro donde se guardaba un montón de sacos. 

Debajo de los sacos había una damajuana de whisky de maíz. Hank aflojó el grueso corcho que tapaba el cuello y levantó el pesado recipiente con el antebrazo, al estilo clásico. Lo mantuvo en alto con la pose de un levantador de pesos. Luego bebió un largo trago, bajó la damajuana, le puso el corcho y la colocó de nuevo bajo los sacos.


No lo necesito para nada, se dijo, y casi llegó a creérselo. Pero para ella será una satisfacción notarme el olor. Marion es una chica que necesita tener razón.

Estaba de pie en medio del cuarto de estar cuando ella bajó las escaleras. Tenía un cigarrillo en la boca. Parecía muy tranquila. Parecía incluso competente, pero los muebles del cuarto de estar no se mostraron de acuerdo con este diagnóstico. Se quedaron de pie, mirándose uno al otro, mientras Hank llenaba una pipa y la encendía.

—¿Has tomado un trago de la garrafa? —preguntó Marion con suavidad.

Él asintió y encendió la pipa. Sus ojos volvieron a encontrarse en medio del espacio inmóvil. Marion se sentó despacio en el brazo de un banco de mimbre. El banco crujió un poco. Fuera de la casa se oyó una repentina algarabía de cantos de pájaros, y luego un chirrido indignado que debía ser Febo, dándose una vuelta matutina alrededor de los nidos.

—El coche está bien —dijo Hank—. ¿Quieres coger el de las diez y cinco?

—Diez y once —corrigió Marion—. Sí. Quiero coger ese. Sería tonto decir que lo siento. No lo siento. Cuanto más me aleje de aquí, mejor estaré. Cada milla será una bendición.

Hank la miró con los ojos en blanco.

—No quiero nada de esta porquería —dijo Marion, mirando los muebles anticuados y de segunda mano que a duras penas habían podido pagar—. No quiero nada de esta casa. Excepto mi ropa. Mi ropa y me largo.

Sus ojos se dirigieron a la mesa de trabajo del rincón, un enorme armatoste de madera con patas de dos por cuatro pulgadas y una arpillera clavada sobre las tablas sin curar que formaban el tablero. Miró la vieja Underwood, y los papeles sueltos, y los lápices, y la caja de color crema con letras rojas que contenía el resultado de los esfuerzos de Hank con su novela.

—Y sobre todo, no quiero eso —dijo Marion señalando la mesa—. Estás colgado de eso. Cuando termines el libro, puedes poner una foto de ese elegante ejemplar de Chippendale Neanderthal en la solapa, en lugar de tu foto. Porque para entonces no serás nada fotogénico, a menos que puedan fotografiar tu aliento. Si lo lograran, eso sí que tendría verdadera presencia —se pasó rápidamente la mano por la frente—. Otra vez vuelvo a hablar como un maldito escritor —murmuró, haciendo un gesto que podría haber indicado desesperación si no hubiera sido tan deliberado.

—Podría dejar de beber whisky —dijo Hank muy despacio, a través de una bocanada de humo.

Ella le miró con sonrisa tensa.

—¡Claro! ¿Y después, qué? No eres un hombre. Eres un ejemplar físicamente perfecto de eunuco alcohólico. Eres un zombi en plena forma. Eres un cadáver con la tensión arterial absolutamente normal.

—Deberías escribir eso —dijo Hank.

—No te preocupes, lo escribiré —ahora tenía la mirada dura y brillante. Ya no parecía quedar nada de azul en sus ojos—. Y por amor de Dios, no te preocupes por mí. Conseguiré trabajo. Publicidad, prensa, qué demonios, siempre encontraré un trabajo. Hasta puede que escriba esa obra que creí que podría escribir aquí, en estos hermosos bosques, en un entorno maravillosamente tranquilo, sin nada que te distraiga salvo el suave y constante gorgoteo de una botella de whisky.

—Es una mierda —dijo Hank.

Ella le miró con los ojos en llamas.

—¿El qué?

—El diálogo. Y además es demasiado largo —dijo Hank—. Y los actores ya no hablan al público. Hablan entre ellos.

—Te estoy hablando a ti —dijo Marion.

—En realidad, no —dijo Hank—. En realidad, no.

Ella se encogió de hombros. Hank no estaba muy seguro de que ella entendiera lo que le estaba diciendo, de que entendiera que le estaba diciendo indirectamente, como tantas otras veces, que las parrafadas literarias ya no sirven para el teatro. Al menos, para el teatro que se lleva a escena.

—Nadie podría escribir una obra aquí —dijo Marion—. Ni siquiera Eugene O'Neill. Ni siquiera Tennessee Williams. Ni siquiera Sardou. Nómbrame alguien capaz de escribir una obra aquí. El que sea. Dime el nombre y te demostraré que mientes.

Hank miró su reloj de pulsera.

—No te casaste conmigo para escribir una obra de teatro —dijo con suavidad—. Ni yo me casé contigo para escribir una novela. Y por entonces tú también empinabas el codo de lo lindo, ¿recuerdas? Hubo una noche que perdiste el conocimiento y tuve que desnudarte y meterte en la cama.

—¿Tuviste que hacerlo?

—Está bien —dijo Hank—. Quise hacerlo.

—Entonces me parecías un buen camarada, ¿no es cierto? —el recuerdo romántico, si es que se trataba de eso, no la había impresionado más de lo que una pisada impresiona al suelo—. Tenías ingenio, e imaginación, y una especie de alegría aventurera. Pero entonces no tenía que contemplarte sumiéndote en el estupor ni quedarme despierta toda la noche escuchándote roncar hasta tirar la casa —casi se quedó sin aliento en la voz—. Y lo peor de todo, o casi lo peor...

—Somos escritores, tenemos que calificarlo todo —murmuró Hank para su pipa.

—... es que ni siquiera estás irritable por las mañanas. No te despiertas con los ojos vidriosos y la cabeza como un tambor. Te limitas a sonreír y continúas la tarea donde la habías dejado, lo cual te identifica como el perfecto borracho perenne, nacido para los vapores del alcohol, que vive entre ellos como la salamandra vive en el fuego.

—Quizá deberías escribir tú la novela y yo la obra teatral —dijo Hank.

La voz de ella adquirió tonos de histeria.

—¿Sabes lo que les ocurre a los hombres como tú? Un buen día se caen en pedazos, como si les hubiera acertado un obús. Durante años y años no se advierte prácticamente ninguna señal de degeneración. Se emborrachan todas las noches y por la mañana empiezan otra vez a emborracharse. Se sienten de maravilla. No les afecta. Y de pronto llega ese día en el que ocurre de golpe todo lo que a una persona normal le va ocurriendo poco a poco, a lo largo de meses y años, en pasos razonables y plazos razonables. En un momento dado pareces un hombre saludable, y al minuto siguiente pareces un horror consumido que rezuma whisky. ¿Crees que voy a esperar hasta entonces?

Él se encogió de hombros pero no respondió. Lo que ella le decía no parecía significar nada para él, como si no se lo hubieran dicho a él. Era como un rumor monótono en la oscuridad, al otro lado de los árboles, pronunciado por un desconocido invisible al que nunca llegaría a ver. Volvió a consultar el reloj de pulsera, mientras ella aplastaba su cigarrillo y se ponía en pie.

—Sacaré el coche —dijo Hank, saliendo de la habitación.

Ella ya había dicho su parlamento, que era lo principal. Se había quedado despierta toda la noche inventándolo, poniéndolo en palabras, ensayándolo y probándolo en silencio, y ahora ya lo había pronunciado y la escena había concluido. Le pareció que podría haber quedado un poco mejor si hubiera sido más corto, pero, qué demonios, no eran más que un par de escritores.

3

Le pegó otro viaje a la damajuana antes de sacar el Ford marcha atrás. Cuando lo llevó a la puerta de la casa, Marion se encontraba en una esquina del porche mirando por encima de los árboles. El sol daba en las laderas de las colinas y la niebla había desaparecido. Pero en aquellas alturas todavía hacía un poco de frío. 

Marion llevaba sobre sus oscuros cabellos un sombrerito que le sentaba mal, y sus labios aferraban un cigarrillo como unos alicates sujetando un tornillo. Hank entró en la casa sin dirigirle la palabra. En el piso de arriba estaban las dos maletas, el neceser, la sombrerera y el baulito verde con esquinas redondeadas de latón. Lo bajó todo y lo amontonó en la trasera del coche. Marion ya había ocupado el asiento.


Hank se sentó junto a ella, puso el motor en marcha y descendieron por el camino de grava hasta la sucia carretera que seguía las curvas del río durante seis millas para luego desviarse ladera abajo hasta el pueblecito por el que pasaba el ferrocarril. Marion miró con atención el río y dijo:

—Te gusta pelear con ese río, ¿verdad? ¿Es peligroso?

—No, si tienes el corazón en forma.

—¿Por qué no luchas por algo que valga la pena?

—Oh, Dios mío —dijo Hank.

Marion le miró un momento, y luego se quedó mirando hacia delante, a través del polvoriento parabrisas.

—En un año habré olvidado que existías —dijo—. Es un poco triste. Pero ¿cuánta vida pretenden chuparle a las mujeres los hombres como tú?

Se atragantó. Hank estiró el brazo y le palmeó el hombro.

—Tómatelo con calma —dijo—. Algún día lo pondrás todo en un libro.

—Ni siquiera sé dónde ir —sollozó ella.

Él volvió a palmearle el hombro y esta vez no dijo nada. Ninguno de los dos habló hasta que llegaron a la estación. Hank descargó el equipaje y lo colocó junto a las vías. Quiso facturar el baúl, pero Marion dijo que lo haría ella misma.

—Bueno, me sentaré en el coche hasta que te vayas —dijo Hank.

Le dio un apretón en el brazo y ella dio media vuelta y se alejó de él. Se quedó bastante tiempo sentado en el coche hasta que el tren llegó. Empezó a tener ganas de echar un trago. Pensó que Marion le miraría y, por lo menos, le diría adiós con la mano al subir al tren. Pero no lo hizo. 

No tenía que haber esperado. Podría haber vuelto a casa y cogido la garrafa hacía un buen rato. Era un gesto vacío, eso de esperar. Peor aún, ni siquiera tenía estilo. Contempló sin mover un músculo cómo el tren se perdía de vista. También aquello resultaba inútil y sin estilo.

 
4

Cuando regresó a la casa, el sol ya calentaba y la débil brisa que agitaba la hierba también era cálida. Los árboles susurraban, hablándole a él, diciéndole que era un hermoso día. Entró despacio en la casa y se quedó de pie, esperando que el silencio le abrumara. Pero la casa no parecía más vacía que antes. Una mosca zumbó y un pájaro hizo ruido en un árbol. Miró por la ventana para ver qué clase de pájaro era. Era escritor y tenía que enterarse, pero ni vio al pájaro ni le importó un pepino.

—Si al menos tuviera un perro —dijo en voz alta, aguardando a que resonara el lúgubre eco.

Se acercó a la maciza mesa de trabajo, destapó la caja y leyó la hoja de encima de su manuscrito, sin sacarlo de la caja.

—Pastiche —dijo en tono fúnebre—. Todo lo que escribo suena como algo desechado por un auténtico escritor.

Salió de la casa para meter de nuevo el coche en el garaje, por la única razón de que allí estaba la garrafa de whisky. Llevó la damajuana a la casa y la colocó sobre la mesa de trabajo. Buscó un vaso y lo puso junto a la garrafa. Luego se sentó y se quedó mirando la garrafa. Estaba a su disposición, y quizá por eso no le apetecía en aquel preciso instante. Se sentía vacío, pero no con la clase de vacío que la bebida puede llenar.

Ni siquiera estoy enamorado de ella, pensó. Ni ella de mí. No hay tragedia, ni verdadera pena, solo un vacío plano. El vacío de un escritor al que no se le ocurre nada que escribir, y se trata de un vacío bien doloroso, pero por alguna razón no llega a ser como la tragedia. Jesús, somos la gente más inútil del mundo. 

Y debemos ser un buen montón, todos solitarios, todos vacíos, todos pobres, todos afligidos por pequeñas y mezquinas preocupaciones sin dignidad. Todos esforzándose, como si estuvieran atrapados en arenas movedizas, por alcanzar un terreno firme donde apoyar los pies, y sabiendo en todo momento que no tiene la menor importancia que lo consigamos o no. 

Deberíamos celebrar un congreso en alguna parte, en un sitio como Aspen, Colorado, un sitio donde el aire sea claro, fresco y estimulante, y donde podamos lanzar nuestras desviadas inteligencias contra la dura mollera de los demás. Quizá así nos sentiríamos durante un rato como si de verdad tuviéramos talento. 

Todos los aspirantes a escritores del mundo, los chicos y chicas que poseen educación, voluntad, deseo, esperanza y nada más. Saben todo lo que hay que saber acerca de cómo se hace, pero son incapaces de hacerlo. Han estudiado a fondo e imitado a conciencia a todo aquel que alguna vez dio en el clavo.


Qué encantadora colección de nulidades formaríamos, pensó. Seríamos tan agudos como navajas de afeitar. Resonarían en el aire los chasquidos de nuestros sueños. La pena es que no duraría mucho. Pronto terminaría el congreso y tendríamos que regresar a nuestras casas a sentarnos frente a este maldito trasto metálico que escribe las palabras en el papel. Sí, a sentarnos aquí a esperar... como quien espera en la galería de los condenados a muerte.

Levantó la damajuana y, olvidándose del vaso, bebió directamente con la técnica tradicional del levantapesos. Estaba caliente y agrio, pero esta vez no le sirvió de mucho. Siguió pensando en lo de ser un escritor sin talento. Al cabo de un buen rato, volvió a llevar la damajuana al garaje y la metió bajo el montón de sacos. 

Febo apareció por la esquina con un enorme saltamontes de aspecto asqueroso en la boca. Hacía un ruido muy desagradable. Hank se agachó, obligó al gato a abrir las mandíbulas y dejó libre al saltamontes, con una pata menos pero aún rebosante de espíritu viajero. Febo miró a Hank fijándose hambriento. Así que Hank le dejó entrar en la cocina.


—Siéntate donde quieras —le dijo Hank al gato—. Estás en tu casa.

Le ofreció algo de comida, pero sabía que Febo no la querría, y así fue. De manera que se sentó ante la mesa de trabajo e introdujo un folio en la máquina de escribir. Al cabo de un rato, Febo se subió a la mesa junto a él y se puso a mirar por la ventana.

—Uno no debería trabajar el día en que su mujer le abandona, ¿no crees, Febo? Debería tomarse el día libre.

Febo bostezó. Hank le rascó la cabeza junto a la oreja y Febo ronroneó concienzudamente. Hank pasó los dedos por el lomo del gato, y Febo arqueó su cuerpo hacia la mano con una fuerza sorprendente.

—Eres un viejo gato hijoputa, ¿eh, Febo? Tendría que escribir algo sobre ti.

La tarde transcurrió con lentitud. Por fin fue cediendo paso al crepúsculo, y el vacío aún seguía allí. Febo ya había comido y se había echado a dormir en el banco de mimbre. Hank se sentó en el porche, contemplando a los insectos que bailaban en un tardío rayo de sol. Justo antes de que salieran los mosquitos oyó el coche que se acercaba. Hacía mucho ruido. 

Sonaba como el Chevy del viejo Simpson. Luego lo vio a lo lejos, avanzando por la polvorienta carretera, y supo que era él. Se notaba por el parabrisas roto. Apenas se sorprendió cuando el coche se desvió por el sendero y rodeó torpemente los escalones. El viejo Simpson se quedó inmóvil, con sus nudosas manos sobre el volante y sus ojos acuosos mirando al frente. Sus mandíbulas se movieron para escupir. No dijo nada. Ni siquiera volvió la cabeza cuando Marion salió del Chevy.


—Le he pagado al señor Simpson —dijo Marion.

Hank sacó el equipaje del coche sin que el viejo Simpson hiciera ademán de ayudarle. Cuando todo estuvo fuera, el viejo Simpson metió el embrague y se marchó, sin haber pronunciado una palabra ni haber mirado a ninguno de los dos.

—¿Por qué está molesto? —preguntó Hank.

—No está molesto. Simplemente, no le gustamos. Siento haber malgastado el dinero, Hank —tenía cara de derrotada—. Parece que no te sorprende que haya vuelto.

—No estaba seguro —meneó la cabeza en un gesto ambiguo.

Ella se echó a llorar estrepitosamente y Hank le pasó el brazo por los hombros.

—No se me ocurrió ningún maldito sitio donde ir —balbuceó ella—. Todo parecía tan absurdo —se arrancó el sombrero de la cabeza y se soltó el pelo—. Tan completa y absolutamente sin sentido. Ni puntos altos ni puntos bajos, solo una terrible sensación de cosa rancia.

Hank asintió y la miró mientras ella se secaba los ojos y se esforzaba por dibujar una ligera y avergonzada sonrisa.

—Hemingway habría sabido dónde ir —dijo ella.

—Claro. Habría ido a África a cazar un león.

—O a Pamplona a cazar un toro.

—O a Venecia a tirar al blanco —dijo Hank, y los dos sonrieron.

Hank levantó las dos maletas y empezó a subir los escalones.

—¿Dónde está Febo? —preguntó ella desde abajo.

—En mi mesa de trabajo —respondió Hank—. Está escribiendo un cuento. Una cosa cortita... para pagar el alquiler.

Ella subió corriendo los escalones y le hizo apartar el brazo de la puerta. Hank dejó las maletas con un suspiro y se encaró con ella. Quería ser amable, pero sabía que nada de lo que habían dicho en el pasado o de lo que dijeran ahora o en el futuro significaba nada. No eran más que ecos.

—Hank —dijo ella, desesperada—, me siento fatal. ¿Qué va a ser de nosotros?

—No gran cosa —dijo Hank—. ¿Por qué habría de pasarnos nada? Aún podemos aguantar seis meses.

—No me refiero al dinero. Tu novela... mi obra teatral. ¿Qué va a pasar con ellas, Hank?

Sintió un vuelco en el estómago, porque conocía la respuesta, y Marion también la conocía, y no tenía ningún sentido fingir que se trataba de un problema sin resolver. El problema no consistía en lograr algo que sabes que no está a tu alcance, sino en dejar de comportarse como si lo tuvieras a la vuelta de la esquina, aguardando a que tú dieras con ello, oculto tras un matorral o bajo un montón de hojas secas, pero real y verdadero. No estaba allí y nunca lo estaría. ¿Por qué seguir aparentando que sí que estaba?

—Mi novela es una mierda —dijo muy tranquilo—. Y tu obra, lo mismo.

Ella le pegó en la cara con toda su fuerza y entró corriendo en la casa. Estuvo a punto de caerse al subir las escaleras. Dentro de un instante, si escuchaba con atención, la oiría llorar. No quería oírlo, así que bajó del porche, se dirigió al garaje y sacó la garrafa de debajo de los sacos. Bebió un buen trago, bajó con cuidado la garrafa, la tapó y la metió de nuevo bajo los sacos.

Cerró las puertas del garaje y puso en su sitio la clavija de madera. Estaba anocheciendo, y los huecos entre los árboles se veían negros y profundos.

—Ojalá tuviera un perro —le dijo a la noche—. ¿Por qué sigo deseándolo? Supongo que necesito alguien que me admire.

Una vez en la casa, escuchó pero no pudo oír ningún llanto. Subió hasta la mitad de las escaleras y vio la luz encendida, lo cual indicaba que ella se encontraba bien. Cuando se quedó parado en el umbral de la habitación, ella estaba sacando las cosas del neceser. Mientras lo hacía, silbaba muy bajito entre dientes.

—Ya te has tomado un trago, ¿no? —dijo ella sin levantar la mirada.

—Solo uno. Era un brindis. En homenaje a un Corazón Destrozado.

Ella se enderezó bruscamente y le miró con fijeza por entre los cabellos despeinados.

—Qué agradable —dijo con frialdad—. ¿Tu corazón o el mío?

—Ninguno de los dos —dijo Hank—. Es solo un título que se me ocurrió.

—¿Un título para qué? ¿Para un cuento?

—Para la novela que no voy a escribir —dijo Hank.

—Estás borracho —dijo Marion.

—No he comido nada.

—Lamento haberte abofeteado, Hank.

—No tiene importancia —dijo Hank—. Lo habría hecho yo mismo si se me hubiera ocurrido.

Dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras, caminando con delicadeza, paso a paso, sin tocar la barandilla; luego cruzó el vestíbulo y salió por la puerta, dejando que la rejilla se cerrara con suavidad, bajó los escalones uno a uno, con cuidado y con decisión, y luego dio la vuelta a la esquina de la casa, pisando firmemente la grava, en su interminable y predestinado viaje de regreso a la garrafa escondida bajo el montón de sacos.

La soledad del escorpión - Jorge Velasco Mackenzie

Detrás del mar estaba el muelle y la colina; digo bien, porque el mar era lo que abandonábamos, junto a El Escorpión, anclado allí, entregado a los cargadores que entre risas y gritos subían grandes bultos a bordo. 

Habíamos navegado durante tres meses para llegar a esta isla. Situada en la mitad del golfo donde desembocaba un río, en cuyas riberas serpenteaban los manglares —más que manglares parecían tentáculos, ramas, retorciéndose, enredándose—, como la cabellera de una inmensa Medusa que sacaba la cabeza sobre las aguas oscuras.

El Cojo Marcial ya antes había estado aquí, fue él quien propuso venir. «Es burdel y despensa a la vez, la dueña cobra por igual libras de manteca y los puntos que hacen las muchachas, buen negocio, ¿no?», decía sonriendo, mostrando aquel fulgor horrendo de un diente de oro. 

Bajamos a tierra despacio; cuando uno navega por mucho tiempo pierde la prisa, todas las horas son lentas y los días se van sin apuro, estás como encerrado en una cárcel, sólo que en vez de rejas te encuentras rodeado de agua; lo digo yo, que he vivido esos dos encierros muchas veces.  

El Escorpión es un barco viejo que navega siempre por las mismas rutas: Panamá, Cartagena, a veces, si hay contrabando, la isla de San Andrés, Buenaventura y Guayaquil; es igual a esos insectos de los que tomó su nombre, nunca se aleja demasiado de su escondite, si lo hace es para matarse o matar. 

Puedo asegurar esto porque la única vez que avanzamos hasta Valparaíso, nos atacaron fuertes vientos terrales que estuvieron a punto de hacernos zozobrar, se desató una peste de viruela que diezmó a la tripulación, incluido el jefe de máquinas; por último, fuimos acusados de transportar armas para una guerrilla en no sé dónde y nos detuvieron cuarenta días en la cárcel del puerto. «Nunca de los nuncas», prometió el capitán y marcó en la carta de navegación, con tinta roja, esos únicos cinco puertos que El Escorpión tocaría.

Pronto empezamos a subir la colina; al hacerlo se me ocurrió voltearme para ver el mar desde lo alto: lucía ancho, como un mantón azul extendido hasta el horizonte. Hacia el frente aparecía marcada la línea del macizo andino de este país que sólo conocía en los mapas. 

Matías, como un práctico que conoce los accidentes del canal, iba delante de la tripulación; el capitán se había quedado en el muelle vigilando la carga. Al bajar vimos la tienda, primero el techo de zinc, después las grandes puertas abiertas por donde entraban mujeres y niños, todos descalzos. 

Al descubrirnos corrieron hacia nosotros, como si fuéramos los primeros seres vivos que vieran en mucho tiempo; caminaban saltando, felices junto a nosotros. Uno de los chicos se acercó a la trastienda y gritó hacia adentro: «¡El Escorpión, señora Tenia, llegó El Escorpión!».

¿Tenia? ¿Tentáculos? ¿Medusas? Todo parecía ir tomando sentido. Me quedé rezagado, tal vez deseando no haber venido. Una mujer alta y delgada apareció; no era mayor, pero tenía una sonrisa vieja dibujada en la cara. Matías se acercó y ella dijo para todos: «Mi nombre es Tania, pero ellos no pueden decirlo bien»; enseguida añadió dirigiéndose al chico: «Tania, ya te lo he dicho cien veces: Tania. Anda, ve a llamar a las muchachas». 

El chico salió corriendo, pero lo detuvo con un grito, casi imposible de creer que salía de ese cuerpo delgado: «¡Oye, no olvides llevar la sal!»; después, volviendo a hablarnos, dijo: «Vamos, señores, pasen, pasen, no hay escorpiones».

En alta mar, cuando no había nada que hacer, me ponía a pensar en la soledad de los escorpiones, en su temor a ser vistos, incluso por las madres a las que devoran al nacer. Pensaba que al salir del istmo de Panamá, rumbo a Cartagena de Indias, éramos uno de ellos abandonando la piedra debajo de la cual viven para avanzar por una pared mojada. 

El barco tenía el casco pintado de negro y en los amaneceres yo imaginaba que al dueño de la embarcación se le ocurrió llamarlo así para que todos le temieran, lo odiaran, porque nunca perdonan a nadie al inyectar su veneno, por vivir ocultos en el fondo de una vieja botella, en un rincón olvidado del mundo, o en el colchón gastado de un hotel de marineros.

El piso del burdel era de tierra, una tierra apisonada y húmeda que no levantaba polvo. Hacia un lado había algo así como un escenario de tablas bordeado de grandes caracoles. Las mesas de madera, igual que las sillas, estaban colocadas frente a ese lugar. Nos sentamos con cuidado para no caer y Tania se acercó; había cambiado su traje y lucía una especie de batón floreado con escote abierto, el pelo suspendido en un moño, también estaba descalza.

«A ver, mis hombres de mar, qué van a beber», dijo inclinándose para limpiar la mesa; el escote se abrió y pude ver sus senos casi planos, los pezones abiertos en una mancha oscura que ella no se preocupó en cubrir. 

«¡Bielas!», gritó Matías, «no se preocupe, tenemos completo el dinero de tres meses», explicó. Alamiro, el más joven de nosotros, dijo algo entre dientes y la mujer contestó: «No hay cuidado, ya vienen, es que tienen que dejar cocinado y barrer la casa, después vestirse y arreglarse, ya vienen, tranquilo...». 

«¿Cuáles casas?», debí haber preguntado yo, pero esta mujer que parecía adivinarlo todo indicó: «El poblado queda más abajo, detrás de la empalizada, no tardan». Se alejó caminando rápidamente. Siguiéndola con la mirada, pude ver el golpe de la luz del congelador iluminando su cara.

Con Alamiro ha venido Bribón, que es negro y no habla español, y el Tieso; le decimos así por su caminar muy erguido, como echado hacia atrás. El Tieso, alguna vez, en un bar de San Andrés, esperando que cesara un torrencial aguacero, me contó que se había embarcado porque en su tierra natal había matado a un hombre; ese hombre era su hermano. 

Empecé a preguntarme si los escorpiones machos se matan entre sí; mientras servían las botellas me dije que no, porque no los conocen, al nacer huyen; lo que ellos no soportan es ver esa figura horrenda donde se reflejan como en un espejo, por eso viven solos y mueren en solitario.

Soportando las bromas de Matías, la impaciencia de Alamiro, el silencio del Tieso y de Bribón, esperamos a las mujeres; la mesa se fue humedeciendo, marcada por los círculos de las botellas que bebíamos sin parar. 

Cuando llegaron me sorprendí: ninguna tenía facha de puta, eran simplemente unas dóciles madres de familia que pasaron de largo, rumbo a un cuarto posterior donde Tania las esperaba, y fueron entrando sin hablar; salían de allí transformadas, mostrando escotes profundos, como tajaduras de un pez espada, faldas cortas y deshilachadas, con los costados abiertos. 

Una de ellas, la más robusta, lucía un vestido rojo que tenía una randa transparente en el lugar del sexo y los pezones. Los labios ardían en bermellones sangrantes, los cabellos fueron reemplazados con viejas pelucas rubias; la única parte de sus cuerpos que no había sido tocada eran los pies, iban descalzas, como si jamás quisieran dejar de sentir la corteza dura de la tierra donde vivían. 

Cada una recibía sus instrucciones: «Oye, Ramira, ten más cuidado con el vestido, la otra vez lo quemaste», «Carmela, el que tiene que acabar es el cliente, no tú», «Fernanda, no chupes mucho, después te quedas dormida», «y tú, Algarrobo, debes moverte más en el baile, eso ayuda a excitarlos, a vender». 

Con las cabezas bajas se sentaron frente a nosotros las tres primeras, menos esa a la que llamó Algarrobo; ella caminó a la trastienda a encender el picó, la voz de Daniel Santos inundó el ambiente: «réntame un cuartito / en el hotel de tu alma / quiero estar cerquita / de tu corazoncito». Algarrobo era flaca, tal vez por eso le decían Algarrobo; rápidamente traspuso los caracoles y se ubicó en el centro de la pista, allí comenzó a bailar.

Bribón tenía los ojos muy abiertos y la miraba fijamente; las manos grandes, con las palmas arrugadas y amarillas, se apretaban con fuerza, como si temiera despertar de un sueño o alguna pesadilla. 

El negro era de algún lugar de la Martinica y lo recogimos en la zona del Canal, vagaba perdido sin tener voz para nadie, otro escorpión que ni siquiera sabía decir su nombre; le pusimos Bribón porque en una pelea repetía esa palabra cada vez que tiraba al suelo a algún contrincante, nunca supe qué quería decir y nadie quiso llamarlo de otra forma; le temíamos cuando se enojaba, como a los escorpiones reales, queríamos acabar con él antes de saber sus intenciones, lo inmovilizábamos entre todos y, después de amarrarlo, lo encerrábamos en la bodega para que no se matara o nos matara a todos.

Algarrobo enseguida dejó caer la blusa de gasa oscura sobre el entablado y se quedó en un sostén con lentejuelas y un calzón brilloso; sus movimientos eran torpes, alejados del baile. Imaginé a una condenada que no quiere avanzar por el pasillo que la llevará a su ejecución. 

Mis amigos seguían bebiendo y gritando. En un momento ella caminó hasta el filo de la pista donde estaban los caracoles, se volvió de  espaldas y pude ver, sobre uno de sus omóplatos, el dibujo de un escorpión: el insecto estaba allí inmóvil, ausente a todo, a los gritos de los tres marineros, a mis silencios; Algarrobo no lo sentía ni parecía importarle demasiado, una picadura podía dejarla en cama varios días, con fiebres altas y delirios. 

Quise levantarme para liberarla de él, algo me mantuvo aferrado a la silla; más que un baile provocador me pareció que ella se retorcía, con señas le pedí que se volteara pero no me entendió; cuando se quitó el sostén y los senos pequeños aparecieron, pensé que el escorpión había caído junto a la prenda, me equivocaba: el animal seguía en su espalda, inmóvil pese a que ella había aumentado sus movimientos yéndose hacia atrás, después hacia delante. «Mujer vil», pensé, «torturas a ese pobre insecto que morirá cuando clave en ti sus tenazas». 

Me arrepentí de hacerlo, quise creer que todas convivían con un escorpión, eran esas hembras escorpionas que ellos no reconocen como sus madres y se reproducen en alguna parte de sus cuerpos. «Ramira, Carmela o Fernanda llevan un escorpión», dije en voz baja. La tripulación no me escuchó, seguía bebiendo cerveza; sólo Alamiro se acercó a una de ellas, le dijo algo, pero regresó cabizbajo.

La canción de Daniel Santos me pareció interminable, igual que el mar, no se acababa nunca, o era Tania o Tenia que volvía a poner el disco. De pronto, como un hecho fugaz, un relámpago, Algarrobo se soltó el calzón; allí, a un palmo de nuestros ojos y manos, apareció su pubis de vellos escasos o perdidos tal vez de tanto uso, nada podía ser más desolador que eso. 

Bribón estiró el brazo pero ella se apartó, fijándose un poco en mí, en la mirada que yo posaba sobre ella sin compasión. Tenía mucho rato sin beber, levanté una botella y pasé un trago largo; al bajarla vi aquella pared de cañas, desde adentro, a contraluz, pude observar algunos brillos de ojos, todos apuntando hacia donde nos encontrábamos, en posiciones diferentes, unos más altos que otros, pero todos con un brillo infeliz y un rumor de voces cortadas. 

Cuando Tania regresó con un nuevo pedido, le pregunté: «¿Qué es eso?»; ella ni siquiera miró hacia allá: «No se preocupe, son los hijos que vienen a verlas, están contentos, hoy también comerán». La pared de cañas era como un tapiz en movimiento, una alfombra mágica de luces y oscuridades; golpeé la mesa furioso, asustando a Bribón que seguía obsesionado mirando el baile de Algarrobo y su desnudez.

Algarrobo se estremeció, y yo me pregunté si en ese momento ya le había picado el escorpión; el insecto ya iniciaba su muerte y ella su dolor, pero en el rostro de la mujer no había ninguna mueca de sufrimiento, sólo un gesto extraño que era un gesto de soledad y vergüenza. 

Hubiera deseado saber en esos momentos si los escorpiones conocen cuando la piel de la víctima está desnuda; imaginé que era así, ellos avanzan sintiendo que sus cuerpos brillantes se deslizan suavemente, buscando el mejor espacio, el más sensible, para hundir sus tenazas, sin los contratiempos de sortear los pliegues de tela del vestido o el abrigo, el veneno llegará más rápido y la herida será más bella.

En nuestra mesa fue creciendo un marcado silencio. Alamiro, desde que fue rechazado por la mujer, bebía cabizbajo; con el dedo humedecido dibujaba algo sobre la mesa. Matías se despreocupó de ellas y llenaba los vasos con aplicación, pedía nuevas rondas y llevaba las cuentas de cada uno. 

De pronto, el Tieso se puso de pie, echó hacia atrás su pesado cuerpo y avanzó hasta donde ellas estaban, se detuvo por un instante y, estirando el brazo, sin decir una sola palabra, agarró a Ramira por la muñeca y la levantó causándole dolor; el escote del vestido de la mujer se abrió más, dejando al descubierto sus senos y sus hombros. 

Con pasos largos se la llevó al cuarto de atrás; desde la pared se oyeron otras voces entrecortadas, los puntos brillantes se movieron como luciérnagas en la oscuridad.

Tania o Tenia, recostada en el mostrador, lo observaba todo con una mirada de triunfo complacido; yo continuaba observando el escorpión sobre el omóplato de Algarrobo cuando la sirena del barco sonó con fuerza: era el primer aviso de regreso a bordo, siempre eran tres, espaciados en media hora cada uno. 

Bribón, al escucharlo, frunció el ceño y apretó más las manos mirando el cuerpo desnudo de la mujer, bailando siempre dentro del espacio bordeado de caracoles. Alamiro había desaparecido con su secreto, Matías siguió bebiendo y era el más complacido de los tres; yo comprendí que ya no me quedaba demasiado tiempo para salvar a Algarrobo, ahuyentar el escorpión de su espalda, pero me asustaba Bribón, que también quería ir con ella al cuarto de atrás.

Me pregunto ahora, cuando termino de contar esta historia lejos del mar, si yo odiaba o admiraba a los escorpiones, por qué me perseguían y tuvo que tocarme viajar en un barco que tenía ese nombre. De niño, salía al patio de mi casa para buscarlos; cuando hallaba alguno, lo rodeaba con papeles encendidos, esperando el momento supremo de su suicidio. 

He leído que de todas las especies vivas, después del hombre, el escorpión es el único que decide qué hacer con su vida: se clava una de las tenazas entre los ojos y muere para evitar otro aniquilamiento más doloroso; como siempre están solos, ellos son como los muertos sin deudos, no son llorados, igual a tantos hombres de mar que yo conocí, fallecidos sin patria, sin hijos, sin mujeres.

Me pareció que Algarrobo había entrado en un trance porque bailaba sin música, desnuda para dos pares de ojos, los míos y los de Bribón. Matías no la miraba, bebía las últimas botellas y contaba el dinero sobre la mesa para entregárselo a Tania antes de que sonara un nuevo llamado del barco. 

Cuando sucedió, nos levantamos los dos al mismo tiempo, traspusimos los caracoles y nos acercamos a ella adelantando las manos: las palmas gruesas y amarillas del negro, las mías blancas, pero cruzadas por viejas cicatrices de sogas y arpones. 

Recordé aquellos bailes públicos en mi pueblo lejano, cuando la chica más bella de la noche es invitada a bailar por varios hombres a la vez, quienes le extienden sus manos esperando ser elegidos. 

Algarrobo no levantó la vista ni detuvo su baile, solamente se dejó caer contra mi pecho como si buscara protección. Yo esperé el golpe y la furia de Bribón que no llegaron; se apartó y levantó en vilo a la mujer del traje rojo para llevarla a la trastienda.

Como pude llevé a Algarrobo al cuarto de atrás. El Tieso ya lo había abandonado, alcancé a verlo correr rumbo al muelle, asustado de que el barco partiera sin él. Al cerrar la puerta, la mujer resbalaba entre mis brazos, tenía la piel húmeda y fría; encendí la luz para quitarle el escorpión de la espalda y al mostrármela me di cuenta de que era un tatuaje, una marca perfecta de color verde oscuro que parecía moverse con su respiración. 

Aturdido le pregunté quién se lo había hecho. Después de un silencio prolongado, con una voz debilitada, respondió: «Nadie, un marinero que me pagó bien por dejármelo hacer». Le pedí que se fuera. Sentado en ese catre sucio, oculto y solo como los escorpiones, escuché la sirena, el último llamado.

No se asombre, Sargento - Eraclio Zepeda

 

Esto jué entrando la nochecita; serían por ahí de las seis de la tarde, porque ya los zanates se dejaban caer como puñados de frijol sobre el zacatal. Yo tenía como dos diyas de no dormir, esperando que en cualquier momento el viento cambiara de camino y se llevara el ánima de mi tata que ya se andaba queriendo morir desde dos semanas antes. 

No se sabe qué es lo que tenía; el dotor nomás meneaba la cabeza de un lado pal otro, igualito que un gavilán cuando anda buscándole el ruido a los conejos: nomás eso hacía, digo, y no declaraba qué es lo que le había caido al tata quebrándole el cuerpo con aquellos calenturones como de terciana. 

Que si era esto, que si era aquello, y no sé cuántos decíres más. La verdá es que desde que le echó la primera revisada yo me quedé con la seguridá de que aquel dotor nomás andaba dándole vueltas al bramadero sin saber en donde meter el nudo.

El tata era hombre macizo, cuerudo como decimos; pero de pronto, cuando vino a ver, se le empezaron a poner los ojos turbios, ya no aguantaba la boca, y ya no se pudo levantar del catre; ansina empezó la cosa: después pujaba y echaba maldiciones porque se quería parar pa meter el hombro en las tareas, pero ya las juerzas no le daban cabalidá. A yo me entraba un pálpito por los dedos cada vez que entraba al cuarto y le pasaba las manos por aquella cara que parecía piedra de rescoldo por lo caliente. 

Y él nomás me quedaba viendo y buscaba la manera de reírse conmigo, y yo también le contestaba de la misma intención, pero por dentro sentía que me quebraban el chaco y me cundía por todo el cuerpo una retumbadera de hipos que parecía que ya merito me iba a poner a chillar. Sólo por no darle un disgusto al viejo jué que no se me pusieron de cristal los ojos con la lloradera. Pero apenitas salía del cuarto me iba pal corral y allá me hacía guaje hasta que me pasaba el sentimiento.

Yo, desde que cayó enjermo, sabía que ya se le había pelado la fortaleza y que no era más que una cañita seca de milpa. Supe que el tata no tenía pa cuando sanar; y lo más seguro era que ya no volviera a caminar más nunca. En las noches me jalaba los pelos y me mordía la boca pa no pegar de gritos, porque yo sabía que no quedaba otra cosa sino irle a buscar su lugarcito pa enterrarlo, porque era seguro que se me moría. 

Palabra que sentía un miedo como el que dan las cuevas de Cerro Hueco cuando uno las mira de chamaco; esa misma calazón que da la soledá y la negrura era la que me tenía golpeado en aquellos diyas de la gravedá del viejo. De la misma formalidá que si él me estuviera contando cosas de en antes, yo veía un montón de sucedidos que me pasaban por la cara, y eran cosas que habíamos visto juntos el viejo y yo. 

Ansina eran todas las noches: de la cruz a la firma del sueño yo no podía ni cabecear viendo aquellos recuerdos que se me metían por todos lados como avisándome que ya eran los últimos momentos que pasábamos juntos; algunos de esos recuerdos me hacían chillar de tristeza y hasta puéque también de alegría, y esos eran los que se me encajaban en el corazón; pero otros me rechinaban los dientes de coraje y se me acomodaban en los camotes; otros se me clavaban por debajo y yo me sonreía de contento porque es que me había acordado de alguna mujer; pero otros de plano me hacían carcajiar y era que se me metían por los sobacos porque yo sentía que me cosquilleaban de al tiro. 

Así me pasaba aquellas noches: pensando y repensando recuerdos que me salían de quién sabe dónde, y yo los jugueteaba y aluego los volvía a surdir en la oscuridá, pa volverlos a sacar al rato como si juera lino de esos güeyes que nomás se la pasan eructando la comida pa volverla a masticar. 

Y en medio de todas esas revolcaderas en el catre, lo que más me calaba era que en toda la vida no había sabido gozar de la cercanía del tata; nomás muy de vez en cuando me le acercaba; pero casi siempre me la pasaba viéndolo de lejecitos como si solo juera un conocido. La verdá es que él y yo habíamos vivido en una vencindá nomás, pero no muy platicamos de cosas de verdá. Y todo por mi culpa. 

Primero jué porque a las horas de juntarse yo prefería pelarme al monte a buscar animalitos pa matar; aluego porque me tenía que esconder de sus ojos pa echarme el pinche cigarrito. Y más en después, porque prefería cambalachear sus pláticas por las bebederas con los amigos o por seguirle el paso a alguna hembra. Ansina siempre, por cualquier babosada, yo me le pelaba al viejo y casi no lo había oído platicar de todo lo que él sabía. 

Sólo muy de cuando en cuando, en los campamentos, cuando a juerzas tenía que estar con él, es que me hablaba de lo que tenía guardado pa contármelo a mí, de lo que sabía, de lo que había visto o de lo que le había tocado hacer. Y yo me ponía más contento que una ceiba llena de pericos de oírle todas aquellas cosas. Y cuando regresábamos pa la casa yo les presumía a los compañeros de lo que había aprendido y me hacía el compromiso de ya no separarme del viejo pa seguir oyéndolo. 

Pero a los pocos diyas ya andaba por ahí haciéndome el amalditado buscando mis cosas lejos de su autoridá. Total y cuenta que ahora que el viejo se me andaba muriendo yo sentía un coraje de todos los diablos contra mí solito por no haber oído sus palabras que tanta falta me hacían ahora. Me daba cuenta que no había aprendido nada del viejo; que sólo de a por jueras lo conocía bien; pero de su carne no había agarrado nada por mi culpa. ¡Uno no sabe qué tal es la tierra hasta que la vende!

Me acuerdo cuando se murió mi nana: el viejo estaba como si le hubieran metido un balazo; hablaba nomás por hablar; pa que no dijeran que era llorón. Pero en su soledá el pobre se había quedado como uno de esos palos huecos al que las hormigas le han robado toda la interioridá. Yo era ansina de chamaquito, pero también estaba que no podía decir nada de la pena que me andaba pegando. 

Y quién sabe por qué, pero la tristeza del tata era lo que más me dejaba rompida el alma. Y yo, pishpilinito como estaba, me hice la obligación de cuidar al viejo, de ya no dejarlo solo, de que siempre me sintiera cerca del ruido de sus espuelas. Pero apenas acabamos de rezarle su novena a mi nana, ya cuanto hay me había olvidado del pensamiento, y ya andaba otra vez trotando con toda la chamacada buscando nidos de pajaritos. Y el viejo solo en su soledá.

Y ahora que el viejo se andaba muriendo me crecía la carga de conciencia, y también me maldecía por no haber sabido acompañarlo. Pero ya pa qué. Eso es lo que pensaba: ahora ya pa qué.

    Ansina fueron pasando los diyas, cada vez me convencía más de que el viejo no tenía remedio. La enjermedá se lo estaba chupando. Ya no era ni su sombra lo que ahora se revolcaba bajo las chamarras del catre. Que me maldigan los santos si hice pecado, pero casi quería que ya se me muriera porque a las claras veía que estaba sufriendo más de la cuenta. 

    Él, que siempre había sido como un muchacho por su fortaleza, debe de haber estado con el desconsuelo pudriéndole la agonía de ver que ya no le quedaban esperanzas. Al menos eso era lo que yo me figuraba. El tata se iba quedando con el puro pellejo untado sobre el esqueleto, y yo nomás lo veía y la tristeza me cundía de plano.

Un día amaneció sin calentura y yo me empecé a alegrar y a pensar que a lo mejor se salvaba. Pero cuando el dotor llegó me dijo que eso era lo pior. Que cuando la quemazón se acaba es que ya la vida se dio por vencida y ya no quiere seguir pataleando. Y ansina jué realmente.

Ese día cayó un gran aguacero que duró desde que tempraneó la mañana hasta que se contó el ganadito. Toda la jornada jué un solo lloviznar, y macizo, como aquellos aguaceros que ya no se ven seguido. A mí eso me tenía encabritado porque mi nana se murió en día de llovizna, y ella decía que la nana grande también se había pelado en medio de un temporal. Son esas señas que no fallan.

Como decía al principio, serían las seis de la tarde cuando el dotor salió con una cara larga como un tecomate, y todo pálido.

—Quién sabe si hice mal —me dijo—, pero su papá me preguntó que si tenía remedio y yo lo vi tan macho y tan seguro que no lo quise engañar y le hice ver que estaba grave y que se iba a morir. Así se lo dije.

Yo sentí como si me hubieran metido un palo ardiendo. Pegué un reparo y de un salto me paré del banquito en que estaba sentado y me quedé parado frente al dotor. Estaba con el coraje rebalsándome la boca. Hubiera querido agarrar el machete y darle por la madre allí mismo. Tenía piquetes en los ojos como si me hubiera untado chile. Pero aluego me puse a pensar que tal vez eso era lo más mejor; al tata siempre le habían gustado las cosas derechas y a lo macho. 

Recordé que una vez me había dicho que lo bueno aquí en el campo es saber cuando se va uno a morir; que en el campo la muerte no es más que un sucedido que a juerzas tiene que llegar y casi siempre es hasta una salida pa los problemas. Porque pensé todo esto, y porque el dotor, pa qué es más que la verdá, me quedó viendo muy machito, jué que me empecé a apaciguar, y con la cabeza le di a entender que lo que había hecho estaba bien. 

Aluego me voltié y me quedé viendo pa la pared, hasta que oí clarito los cascos del caballo del dotor pasando por las lajas de la tranca. Entonces respiré hasta onde pude y me juí pal cuarto del tata; me urgía verlo porque el pobre debía de estar queriendo consuelo.

    Antecito de la puerta entuavía me detuve. Me quedé buscando la manera de hablarle. De que se olvidara de lo que le habían dicho, de que supiera que ahí estaba su hijo pa darle la mano en los momentos alrevesados, y sobre todo, me quedé parado pa coger valor, porque sentía que de las piernas me subían olitas de calosfrío y si el tata notaba que yo ya mero soltaba la lloradera se iba a poner enojado. Eso me quedé haciendo cuando oí que me llamaba. Ya sin pensarlo más eché el paso y me metí en su cuarto.

—Si viera usté qué galán está lloviendo —le dije—, este año vamos a tener buen tiempo pa trabajar.

— Tenés que aprovecharlo. El gasto va a ser juerte. Así que ponéte a pensar qué es lo que vas a hacer pa ir pagando las deudas que salgan.

Yo me hice guaje y me puse a ver por la ventanita como si no hubiera entendido lo que me había querido decir. Frente a la ventana pasó despacio el caballo del viejo y yo no más por hablar le dije:

—¡Si usté viera qué hermoso anda su caballo! Con estos diyitas de descanso se ha puesto como bestia de general por lo gordo. Le va a dar alegría cuando usté lo vuelva a montar. Caballo acostumbrado a buena rienda sólo a esa mano se encariña.

El viejo se empezó a sonreír pero aluego, de golpe, cortó el gusto y me dijo:

—Ese animal vendélo a una persona que sea muy de a caballo. Y que se lo lleven pronto pa que no le caiga sangre en su corazón de la tristeza de no encontrarme.

—Pa qué dice eso. ..

—Pos tal vez tú no estés sobre avisado, pero yo me voy a morir dentro de poco; ya me lo dijo el dotor.

—No piense eso, tata.

Entonces él me hizo una seña con la mano como diciéndome que me callara.

    —Ahora tú vas a ser el que se quede al frente de todo. Procurá ser como son los hombres; siempre listo pa cualquier eventualidá y  a resolverla como debe ser. No te echés pa atrás en nada de lo que sepás que tienes la razón y también reconocéla cuando no la tengás.

Yo sentí que una chibola me subía y me bajaba por la garganta, pero el viejo me obligaba a ponerme hombrecito nomás con demostrarme su serenidá.

—El dotor me dijo que tal vez no pase la noche ¿lo sabías?

Con una seña de la cabeza le dije que sí, y él me quedó viendo como esperando que yo le dijera más cosas:

—Desde la semana pasada supe que usté se iba a morir, y desde entonces he estado preparando todo lo necesario.

Clarito vide cómo al tata se le alegraron los ojos y yo entendí que era del gusto de verme controlado; aluego me puso su mano sobre la frente y yo la sentí fría, fría, como si la muerte ya le anduviera buscando la embocadura.

—Procurá que todo quede en orden. —Y aluego me acercó más la cabeza jalándome con su mano—. Y que no hayan gritos ni nada en el velorio. Si falta dinero pedíle prestado a mi compadre José; él te dará lo que haga falta pal entierro. No es que tenga obligación; pero hemos sido muy amigos.

—Desde hace como siete diyas me dijo que todos los gastos corrían por su cuenta.

    Mi tata se sonrió y movió la cabeza. Esos son amigos —dijo— que no fallan ni se escuenden cuando uno los precisa.

    Y aluego como si no quisiera que se le fuera a ir ningún pensamiento de los que se le venían:

—Oí. .. ahí me buscás un lugarcito que no esté tan pior pa que me entierren.

Yo sentí que me puyaban los riñones, pero hice la juerza y ni siquiera moví la cara. Me lo quedé viendo y le di a entender que de eso ni tuviera cuidado. En después ya no pude aguantarme y le dije:

—¡Caray viejo! ¿Cómo puede usté estar tan macho hablando de estas cosas sin que siquiera le tiemble la voz?

El tata se sonrió.

—Cuando está uno viejo ya no hay miedo de nada. Uno anda tranquilo porque ya hizo de todo, y todo lo gozó Y lo sufrió. Yo estoy contento de todo lo que vide y lo que arranqué y lo que sembré. Cuando te murás, ahí lo vas a ver, también estarás igual.

—Pos quien sabe. A yo se me arruga el cuero no más de pensarlo...

—No tenés porqué. La muerte no mata, lo que mata es la suerte, y siendo ansina pos pa qué alegar. Lo que sí, acordáte siempre, nunca debes de sentirte solo; onde quiera que estés yo voy a andar contigo. Y cuando te murás yo voy a estar esperándote al ladito pa mostrarte el camino.

Así, con esa serenidá con que lo estoy contando me lo dijo. Hasta pué que más a lo macho, porque a yo, con todo y que ya pasaron sus añitos, entuavía siento una urgencia en el gañote cuando platico de estas cosas.

    Me quedaba mirando como si se quisiera aprender de memoria mi cara pa no olvidarme en el otro mundo y poderme reconocer cuando me viniera a enseñar el camino de los muertos de ley. Y yo sentí que sus ojos me picoteaban la cara.

En después me estuvo platicando sus recuerdos. De lo que yo nunca había querido oírle me estuvo platicando. Y era como si de plano juéramos cuates más bien que padre y cría. Me contó de cuando anduvo con la carabina repartiendo muerte en la bola, de las ciudades que vio, de sus amigos, de sus enemigos, de sus risas y sus miedos; hasta de sus mujeres y de algunos hermanos que a lo mejor me dejó rodando por las rancherías. A las claras se veía que no quería llevarse ningún recuerdo pal entierro. Y yo los recibía como si juera lluvia de abril, porque a lo macho nunca he aprendido más cosas que esa noche. ¡Cómo sabía cosas el viejo!

Yo sentía que estaba recuperando todo el camino chueco que había caminado. Que en esos últimos decires el tata me abonaba la boca con sus cosas; que me dejaba de golpe todo lo que yo debí ir cargando poquito a poco. Pero me sentía tranquilo, porque ahora sí lo sentía a él bien cerquita del corazón como si lo tuviera adentro de la camisa.

—Acordáte: cuando te murás yo te voy a estar esperando: no tengás miedo. Hay dos cosas a las que no tiene caso sacarles la vuelta: nacer y morirse. De una y otra forma que te caigan es lo mismo. Lo que sí, hay que ponerse listo pa hacer lo que se debe en la vida pa poderse morir tranquilo.

Y yo lo quedaba viendo.

    —Otra cosa que debés recordar es que es mejor que te maten por lo que sabés que es la verdá que vivir jediendo a mentira.

Así estuvo hablando toda la noche y yo pegado a la orilla de su catre. A cada palabra que sacaba a las claras se veía que se iba quedando más acabado. Yo veía que se me estaba pelando, y me daba un rechinamiento de güesos el solo pensar que no le podía echar una manita pa nada. Cuando cantó el gallo me dijo: —Agarráme juerte la mano—. Y yo se la apreté y él se jué poniendo más pálido. 

Movía la boca sin parar y cualquiera hubiera pensado que estaba rezando, pero yo que lo conocía bien sabía que nomás repasaba recuerdos pa no olvidarse de nada. De repente los chuchos empezaron a latir muy feo, como si tuvieran miedo o como si estuvieran llorando, y yo sentí que el tata me aflojaba la mano. Le besé la frente igual que cuando se iba pa cualquier viaje y le cerré los ojos. Aluego le prendí unas velas y me juí a arreglar lo necesario y a llamar a los amigos.

Ansina jué como se murió mi tata. Amina me enseñó a morir. Ansina jué que me dijo lo que se debe hacer. Ansina jué que me prometió que siempre iba a andar a mi lado esperando a que me muriera pa vigilar que todo juera como es la obligación; pa que constatara que hijo de tigre tigrillo. Por eso es que usté no debe espantarse que yo esté tan tranquilo. A cada palada de tierra que saco es una carga menos que tengo. Cuando acabe de abrir la tumba ya todo va estar arreglado. 

Pero yo voy a andar entero porque es como hay que portarse, como es la obligación. Porque sé que en estas llanadas lo mejor es no patalear cuando nos llega la hora; porque sé que el tata tenía razón cuando me dijo que la muerte no viene a ser más que un caballo matrero al que algún día tenemos que montar. Por eso es que estoy tranquilo señor. Y usté, sargento, también debe de estar igual. Hoy le toca tirar a usté, mañana le tocará recibir.

¡Bueno! yo ya acabé de hacer la tumba. No más le recomiendo que me entierren hasta el fondo. Usté dice, sargento, en dónde me pongo pa que me fusile.