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Desde su posición en lo alto de la escalera,
sobre el piso del museo, Cliff Sutherland estudió con cuidado cada línea y
sombra del gran robot, y luego se volvió y miró pensativamente a la masa de
visitantes llegados de todas partes del Sistema Solar para ver a Gnut y la
nave, y oír, una vez más, su asombrosa y trágica historia.
Sutherland había acabado por sentir un
interés casi de propietario en la exhibición, y no sin motivo. Había sido el
único fotógrafo de prensa que se hallaba en los terrenos del Capitolio cuando
habían llegado los visitantes de lo Desconocido, y había obtenido las primeras
fotografías profesionales de la nave.
Había contemplado de cerca cada
acontecimiento de los siguientes y locos días. Después, había fotografiado
muchas veces al robot de dos metros y medio de alto, la nave, y al apuesto
embajador muerto, Klaatu, y su imponente tumba Y, dado que aquel acontecimiento
seguía teniendo una enorme importancia como noticia para miles de millones de
personas de todo el espacio habitable, allí estaba de nuevo, para conseguir más
fotos y, si era posible, un nuevo “ángulo”.
Esta vez quería conseguir una foto que
mostrase a Gnut como extraño y amenazador. Las fotos que había tomado el día
anterior no habían producido el efecto que deseaba, y esperaba lograrlo hoy;
pero la luz aún no era la adecuada y tenía que esperar a que se hiciera más
tarde.
Los últimos componentes de la muchedumbre
admitida en aquel grupo se apresuraron a entrar, lanzando exclamaciones ante
las amplias y nítidas curvas verdes del misterioso vehículo espacio-temporal,
olvidando luego completamente la nave al ver la asombrosa figura y la gran
cabeza del gigantesco Gnut.
Los robots articulados de una burda apariencia
humanoide eran bastante corrientes, pero los ojos de los terrestres jamás
habían visto nada como aquello. Pues Gnut casi tenía la forma exacta de un
hombre... de un gigante, pero humano, de metal verdoso. Estaba desnudo, a
excepción de un taparrabos.
Se alzaba como el poderoso dios de las máquinas de
alguna civilización científica jamás imaginada, y en su rostro se veía una
expresión hosca y pensativa. Aquellos que lo miraban ni bromeaban ni hacían
comentarios tontos, y los que estaban más cerca de él acostumbraban a no decir
ni palabra.
Sus extraños ojos rojos, iluminados desde el interior, estaban
colocados de tal manera que cada observador creía que estaban fijos en él, y
daba la sensación de que en cualquier momento podía adelantarse airado y
realizar acciones inimaginables.
Se oyó un ligero sonido crujiente, que
provenía de los altavoces ocultos en el techo, e inmediatamente disminuyeron
los sonidos de la multitud. Iba a empezar la explicación grabada. Cliff
suspiró. Se sabía aquello de memoria; incluso había estado presente cuando se
había efectuado la grabación y conocido al locutor, un joven llamado Stillwell.
—Damas y caballeros —comenzó a decir una voz
clara y bien modulada... pero Cliff ya no la escuchaba.
Las sombras en el rostro y figura de Gnut se
habían hecho más marcadas; casi había llegado el momento de hacer la foto. Tomó
y examinó las copias de las fotografías que había obtenido el día anterior y
las comparó, con aire critico, con su modelo.
Mientras miraba, arrugó el entrecejo. No se
había dado cuenta antes, pero ahora, de repente, tuvo la sensación de que,
desde ayer, algo había cambiado en Gnut. La pose era idéntica a la que se veía
en las fotografías, y todos los detalles parecían exactos, sin embargo,
seguía notando aquella sensación. Cogió su lupa y comparó con más cuidado el
sujeto y la fotografía, línea a línea. Y entonces vio que había una diferencia.
Con repentina excitación, Cliff hizo dos
fotografías con distintas exposiciones. Sabía que debía esperar un poco y tomar
otras, pero estaba tan seguro de que se había tropezado con un misterio
importante, que no pudo resistir seguir allí, y recogiendo con rapidez sus
equipos accesorios, descendió por la escalera y salió del edificio. Veinte
minutos más tarde, consumido por la curiosidad, estaba revelando las nuevas
fotos en la habitación de su hotel.
Lo que Cliff vio cuando comparó los
negativos tomados ayer y hoy hizo que se le erizara el cabello. ¡Desde luego,
había un cambio de inclinación! ¡Y, aparentemente, era el único que lo sabía!
No obstante, creía que, a pesar de que lo que había descubierto hubiera
aparecido en todas las primeras planas de cada uno de los periódicos del
Sistema Solar, sólo era un inicio. Como los demás, no sabía qué había tras
aquella historia, ni lo que en realidad había sucedido. Debía ocuparse de
averiguarlo.
Y aquello significaba que debía ocultarse en
el edificio y permanecer allí toda la noche. Aquella misma noche; y le quedaba
poco tiempo para regresar antes de que cerrasen. Tomaría una pequeña cámara de
infrarrojos con la que poder trabajar en la oscuridad, y conseguiría la
verdadera foto y la historia que había tras ella.
Tomó la pequeña cámara, llamó a un taxi
aéreo y se apresuró a regresar al museo. El lugar estaba lleno con otra parte
de la omnipresente cola, y la grabación estaba terminando. Dio gracias al cielo
de que su convenio con el museo le permitiese entrar y salir a su libre
albedrío.
Ya había decidido lo que iba a hacer.
Primero fue hasta el guarda y le hizo una única pregunta, y su rostro se
iluminó por la expectación cuando oyó la respuesta que esperaba. La segunda
cosa era hallar un punto en el que estuviese oculto de los ojos de quienes
fueran a cerrar el local para la noche. Sólo había un lugar posible: el
laboratorio montado detrás de la nave.
Resueltamente, enseñó sus credenciales
de prensa al segundo guarda, que estaba en el pasadizo que llevaba al
laboratorio, afirmando que iba a entrevistar a los científicos; y un momento
después se hallaba en la puerta del laboratorio. Había estado allí varias veces
y conocía bien la sala.
Era una gran área burdamente dividida para el trabajo
de los científicos dedicados a abrirse camino hacia el interior de la nave, y
repleto de una confusión de objetos grandes y pesados: hornos eléctricos y de
aire caliente, garrafones de productos químicos, aislamientos de asbesto,
compresores, cubetas, crisoles, un microscopio y muchísimo equipo más pequeño,
común en un laboratorio metalúrgico.
Tres hombres con batas blancas estaban
absortos por completo en un experimento que se realizaba en el extremo más
lejano. Cliff, tras esperar un buen rato, entró y se ocultó bajo una mesa medio
enterrada en un montón de suministros. Se creía razonablemente a salvo de ser
descubierto allá abajo. Pronto los científicos se irían a casa.
Podía oír a otro grupo de gente que entraba
a ver la nave... Suponía que serían los últimos de aquel día. Se acomodó tan
confortablemente como le fue posible. Dentro de un momento empezaría la
explicación grabada. Tuvo que sonreír cuando pensó en una de las cosas que
diría la grabación.
Luego, la oyó de nuevo: la clara y
profesional voz de aquel tipo, Stillwell. Los movimientos y susurros de la
multitud murieron, y Cliff pudo oír cada una de las palabras, a pesar de que
eran pronunciadas al otro lado de la gran masa de la nave.
—Damas y caballeros —comenzaron las
familiares palabras—, el Instituto Smithsoniano les da la bienvenida a su nueva
Sección Interplanetaria y a la maravillosa exposición que tienen delante.
Una breve pausa.
—Todos ustedes deben de saber ya lo que pasó
aquí hace tres meses, si es que no lo vieron personalmente en la telepantalla
—prosiguió la voz—. Se pueden resumir los pocos hechos: algo después de las
cinco de la tarde del dieciséis de septiembre, los turistas de visita en
Washington llenaban los terrenos que hay fuera de este edificio en su número
habitual, y, sin duda alguna, con sus pensamientos de siempre. El día era
cálido y hermoso. Un torrente de gente estaba abandonando la entrada principal
del museo, que se halla en la dirección en la que ustedes miran en este
momento.
Como pueden suponer, este pabellón no había sido edificado entonces.
Todo el mundo iba hacia sus casas, sin duda cansados tras pasar muchas horas de
pie en las que habían visto los objetos exhibidos en el museo y visitado los
muchos edificios que se extienden por los terrenos contiguos. Y, entonces,
sucedió.
“En el área que tienen a su derecha, tal
como está ahora, apareció la nave espaciotemporal. Surgió en un abrir y cerrar
de ojos. No había bajado del cielo; docenas de testigos lo juraron; se limitó a
aparecer. No estaba aquí, y al siguiente momento estaba. Se materializó en el
mismo punto en que ahora descansa.
“La gente que se hallaba más cerca de la
nave fue presa de pánico y huyó con gritos y alaridos. Todo Washington fue
inundado por una oleada de excitación. La radio, la televisión y los periódicos
vinieron a la carrera. La policía formó un amplio cordón alrededor de la nave,
y llegaron unidades del ejercito que apuntaron cañones y proyectores de rayos
contra ella. Se temía que se fuera a producir la más horrible de las
catástrofes.
“Pues, desde el principio, todo el mundo
estuvo de acuerdo en que no se trataba de una espacionave llegada de ningún
punto del Sistema Solar. Hasta los niños sabían que en la Tierra sólo se habían
construido dos espacionaves, y ninguna de ellas en cualquiera de los otros
planetas y satélites; y de esas dos, una había sido destruida al ser atraída
por el Sol, y la otra acababa de comunicar su llegada a Marte. Además, las
construidas aquí tenían un casco de una dura aleación de aluminio, mientras que
ésta, como bien pueden ver, está hecha con un metal verdoso desconocido.
“La nave apareció y se quedó ahí. Nadie
salió de ella, y no había signo alguno de que contuviese ningún tipo de vida.
Esto, como todo lo demás, hizo que la excitación llegase a un clímax. ¿Quién o
qué habría dentro? ¿Serían amistosos u hostiles los visitantes? ¿De dónde venía
la nave? ¿Cómo es que llegó de un modo tan repentino a este punto, sin caer del
cielo?
“La nave descansó aquí durante dos días, tal
como ustedes la ven ahora, sin que hubiese ningún movimiento o señal alguna de
que contuviese vida. Mucho antes de que hubiese pasado este tiempo, los
científicos ya habían explicado que no se trataba de una espacionave sino de un
vehículo espaciotemporal, ya que sólo un artefacto como éste podría haber
llegado de la forma en que llegó... materializándose.
Indicaron que tal
vehículo, si bien era teóricamente comprensible para nosotros, los terrestres,
estaba fuera de todo lo alcanzable por nuestro actual estado de conocimientos,
y que esta nave, activada por los principios de la relatividad, podía muy bien
haber llegado desde el rincón más lejano del universo, de una distancia que la
luz tardase millones de años en cruzar.
“Cuando se difundió esta opinión, la tensión
pública creció hasta un punto que casi resultaba intolerable. ¿De dónde había
llegado el vehículo? ¿Quién lo ocupaba? ¿Por qué había venido a la Tierra? Y,
sobre todo, ¿por qué no se mostraban? ¿Estarían quizá preparando alguna
terrible arma destructora?
“¿Y dónde estaba la compuerta de entrada a
la nave? Quien se había atrevido a acercarse a mirar informó que no podía
hallarse orificio alguno. Ni la menor fisura o abertura quebraba la perfecta
lisura de la superficie ovoidal de la nave. Y una delegación de altas
jerarquías que visitó la nave no pudo lograr, ni aun llamando, conseguir que
sus ocupantes dieran señal alguna de que les habían oído.
“Y al fin, tras exactamente dos días, a la
vista de decenas de millares de personas reunidas y que se hallaban a buena
distancia, y bajo las bocas de docenas de los más poderosos cañones y
proyectores de rayos del ejército, apareció una abertura en la pared de la
nave, se deslizó una rampa, y por ella bajó un hombre, de aspecto divino y
forma humana, que era seguido muy de cerca por un gigantesco robot Y cuando
tocaron el suelo la rampa volvió a deslizarse hacia atrás y la entrada se cerró
como antes.
“Inmediatamente resultó obvio a todos los
reunidos que el desconocido era amistoso. La primera cosa que hizo fue alzar en
alto su mano derecha, en el gesto universal de paz; pero no fue esto lo que
impresionó a aquellos que estaban cerca de él, sino la expresión de su rostro,
que irradiaba bondad, sabiduría y la más pura de las noblezas. Ataviado con una
túnica de colores delicados, parecía un dios benigno.
“Inmediatamente, pues estaban esperando esta
aparición, se adelantó un nutrido comité de altas jerarquías gubernamentales y
oficiales militares. Con un gesto digno y mayestático, el hombre se señaló a sí
mismo, luego a su compañero robot, y luego dijo en perfecto inglés, con un
extraño acento: “Soy Klaatu”, o un nombre que sonaba así, “y este es Gnut”. Al
principio, los nombres no fueron muy bien comprendidos, pero la película sonora
de la televisión los grabó, y, todo el mundo los conoció.
“Y entonces ocurrió la cosa que avergonzará
a la raza humana por siempre jamás. De un árbol situado a un centenar de metros
de distancia surgió un destello de luz violeta y Klaatu se desplomó. La
multitud reunida se quedó anonadada por un instante, sin comprender lo que
había sucedido. Gnut, situado un poco por detrás de su amo y a un costado, giró
lentamente su cuerpo hacia él, movió un par de veces la cabeza y se quedó
quieto, en la posición exacta en que lo ven ahora.
“Entonces, se produjo un pandemónium La
policía bajó del árbol al asesino de Klaatu. Descubrieron que era una persona
que tenía alteradas sus facultades mentales; no dejaba de gritar que el diablo
había venido a matar a todos los seres vivos de la Tierra. Se lo llevaron de
allí, y Klaatu, aunque era obvio que estaba muerto, fue trasladado al hospital
más cercano para ver si se podía hacer algo para revivirlo.
Las multitudes,
confusas y aterrorizadas, se desparramaron por los terrenos del Capitolio, permaneciendo
en ellos el resto de la tarde y buena parte de la noche. La nave permaneció tan
en silencio e inmóvil como antes. Y tampoco Gnut se volvió a mover de la
posición en que había quedado.
“Gnut no volvió a moverse jamás. Se quedó
exactamente tal como lo ven ahora durante aquella noche y los días siguientes.
Y cuando fue construido el mausoleo en el Tidal Basin, se efectuaron los
servicios fúnebres por Klaatu en el lugar donde se hallan ustedes ahora, siendo
atendidos por los más altos dignatarios de todos los grandes países del mundo.
No sólo era la cosa más apropiada, sino también la más segura, pues si había
otros seres vivos en el interior del vehículo, como parecía posible en aquel tiempo,
tenían que sentirse impresionados por la sincera pena por lo sucedido que
mostrábamos todos los terrestres.
Pero si Gnut seguía aún con vida, o quizá
sería mejor que dijese en funcionamiento, no dio señal alguna de ello.
Permaneció tal como le ven ustedes durante toda la ceremonia. Y se quedó así
mientras su amo era llevado hasta el mausoleo y pasaba a la historia junto con
la trágicamente corta grabación en sonido y visión de su histórica visita. Y
así se quedó día tras día, noche tras noche, con buen o mal tiempo, sin moverse
jamás ni demostrar que se diera cuenta de lo que había sucedido.
“Tras el entierro se construyó este pabellón
comunicado con el museo para cubrir al vehículo y a Gnut. Pues, como se
descubrió, no podía hacerse ninguna otra cosa, pues tanto Gnut como la nave
eran demasiado pesados para ser transportados con seguridad con los medios de
los que disponemos.
“Ya han oído hablar de los esfuerzos que han
realizado desde entonces nuestros metalúrgicos para entrar en la nave, y de su
completo fracaso. Tal como pueden ver desde donde están, se ha montado tras el
vehículo una sala de trabajo en donde siguen llevándose a cabo intentos.
“Pero hasta el momento este maravilloso
metal verdoso ha resultado inviolable. No sólo no podemos entrar en el
vehículo, sino que ni siquiera podemos hallar el lugar exacto del que salieron
Klaatu y Gnut. Las marcas de yeso que ven son la estimación más aproximada a la
que se ha llegado.
“Muchas personas temieron que Gnut sólo
estuviera temporalmente averiado, y que de volver a funcionar pudiera resultar
peligroso. Sin embargo, los científicos han eliminado por completo cualquier
posibilidad de que eso se produzca. El metal verdoso del que está fabricado
parece ser el mismo que el de la nave, y no podía ser cortado, por lo que
tampoco se podía hallar forma alguna en que estudiar sus mecanismos internos;
pero los científicos tenían otros métodos.
Enviaron corrientes eléctricas de
enorme voltaje y amperaje a través del robot Aplicaron un terrible calor a
todas las partes de su superficie metálica. Lo sumergieron durante muchos días
en gases y ácidos y soluciones fuertemente corrosivas, y lo bombardearon con
todos los tipos de rayos conocidos. No tienen, pues, que temerlo ya. No hay
manera posible en que pueda haber conservado la capacidad de seguir
funcionando.
“Pero... una advertencia Las autoridades
gubernamentales esperan de los visitantes el máximo respeto en el interior de
este edificio. Quizá la civilización desconocida e inconcebiblemente poderosa
de la que Klaatu y Gnut proceden envíe otros emisarios para ver lo que les
sucedió. Lo hagan o no, todos nosotros debemos mantener una misma actitud.
Nadie podría imaginarse lo que iba a suceder, y todos lo lamentamos
enormemente; pero en cierto sentido, todos somos responsables, y debemos hacer
todo lo posible para evitar cualquier represalia.
“Pueden ustedes permanecer cinco minutos más
y luego, cuando suene el gong, hagan el favor de salir con presteza. Los
ujieres robot que hay a lo largo de la pared responderán a cualquier pregunta
que ustedes puedan hacerles.
“Fíjense bien, pues ante ustedes se hallan
los símbolos desnudos de los logros, misterios y fragilidad de la raza humana.
La voz grabada dejó de hablar. Cliff;
moviendo con mucho cuidado sus entumecidos miembros, sonrió ampliamente. ¡Si
supieran lo que él sabía!
Pues sus fotografías contaban una historia
bastante diferente a la del narrador. En las de ayer aparecía bien clara una
línea del suelo junto al borde del pie más adelantado del robot; en la de hoy
aquella línea estaba tapada por el
pie. ¡Gnut se había movido!
O había sido movido, aunque aquello era muy
poco probable. ¿Dónde estaba la grúa o cualquier otra evidencia de tal
actividad? Era casi imposible que hubiera sido movido en una noche y luego se
hubiesen hecho desaparecer todos los signos de tal actividad. Y, ¿por qué iba a
llevarse a cabo tal traslado?
Sin embargo, para asegurarse, se lo habla
preguntado al guarda. Casi podía recordar su respuesta, al pie de la letra:
—No, Gnut ni se ha movido ni ha sido movido
desde la muerte de su amo. Se tuvo mucho cuidado en mantenerlo en la posición
que había adoptado a la muerte de Klaatu. El suelo fue construido bajo él y los
científicos que llevaron a cabo su inutilización erigieron sus aparatos a su
alrededor, sin moverlo del lugar que ocupa. No tenga ningún miedo al respecto.
Cliff sonrió de nuevo. No tenía ningún
miedo.
Por ahora.
2
Un momento más tarde, el gran gong que había
sobre las puertas de entrada tocó la hora de cerrar. Inmediatamente le siguió
una voz que decía por los altavoces:
—Las cinco, damas y caballeros. Es la hora
de cerrar, damas y caballeros.
Los tres científicos, como se sintiesen
sorprendidos porque fuera tan tarde, se lavaron apresuradamente las manos, se
pusieron sus ropas de calle y desaparecieron a lo largo del pasillo, sin
fijarse en el joven fotógrafo escondido bajo la mesa.
Rápidamente disminuyeron los sonidos de
pasos en la sala de exhibiciones, hasta que al fin sólo sonaron los pasos de
los dos guardas que caminaban de un lugar a otro, asegurándose de que todo
estaba en orden para la noche.
Uno de ellos miró por un instante desde la
puerta del laboratorio, y luego se unió al otro en la entrada. Después, se
cerraron con un sonido metálico las grandes puertas, y hubo silencio.
Cliff esperó varios minutos y luego,
cuidadosamente, salió de debajo de la mesa. Mientras se erguía, sonó un débil
ruido tintineante en el suelo junto a sus pies. Inclinándose con mucho cuidado,
halló los astillados restos de una pequeña pipeta de cristal. La había
derribado de la mesa.
Esto le hizo darse cuenta de algo en lo que
no había pensado hasta aquel momento: un Gnut que se había movido podía ser un
Gnut que viera y oyese... y que realmente fuera peligroso. Tendría que tener
mucho cuidado.
Miró a su alrededor. La habitación estaba
limitada a los extremos por dos separaciones de fibra que, en uno de sus lados,
seguía la curvada parte inferior de la nave. Aquel lado de la habitación estaba
formado por la misma nave, mientras que el opuesto era la pared sur del
pabellón. Había cuatro grandes y altas ventanas. La única entrada era a través
del pasillo.
Sin moverse, y dado su conocimiento del
edificio, estableció su plan. Aquel pabellón estaba conectado con el extremo
oeste del museo por una puerta jamás usada, y se extendía hacia el oeste en
dirección al monumento Washington. La nave se hallaba más cerca de la pared sur
y Gnut se alzaba frente a ella, no muy lejos del rincón noreste y en el lado
opuesto de la habitación con respecto a la entrada del edificio y al pasillo
que llevaba al laboratorio.
Volviendo sobre sus pasos saldría al punto de la
sala más alejado del robot Y esto era justo lo que deseaba, pues, al otro lado
de la entrada, sobre una baja plataforma, se alzaba una mesa artesonada que
contenía los aparatos en que estaba grabada la charla, y dicha mesa era el
único objeto de la sala que le ofrecía un lugar en el que permanecer oculto
mientras contemplaba lo que pudiera suceder.
Los únicos otros objetos que había
en la sala eran los seis robots humanoides colocados en lugares fijos a lo
largo de la pared norte, para responder a las preguntas de los visitantes.
Tendría que llegar hasta la mesa.
Se volvió y comenzó a caminar
cautelosamente, de puntillas, saliendo del laboratorio y recorriendo el
pasillo, que ya estaba oscuro, pues la luz que aún entraba en la sala de
exhibiciones era obstruida por la gran masa de la nave. Llegó al extremo de la habitación
sin hacer ningún ruido. Cuidadosamente, se deslizó hacia adelante y atisbo por
debajo de la curva de la nave, en dirección a Gnut.
Tuvo un momentáneo estremecimiento. ¡Los
ojos del robot estaban clavados en él!... O así parecía. ¿Era sólo el efecto
producido por la forma en que estaban colocados los ojos? ¿Acaso había sido
descubierto? De cualquier forma, no parecía haber variado la posición de la
cabeza de Gnut Probablemente todo fuera bien, pero le hubiera gustado no tener
que cruzar aquel extremo de la sala con la sensación de que los ojos del robot
lo iban siguiendo.
Se echó hacia atrás, se sentó y esperó.
Tendría que ser totalmente de noche antes de que recorriese el camino hasta la
mesa.
Esperó una hora, hasta que los débiles rayos
de las lámparas que había en los terrenos exteriores dieron la impresión de que
la sala estaba más iluminada. Se alzó y miró de nuevo desde detrás de la nave.
Los ojos del robot parecían estar clavados directamente en él, como antes, sólo
que ahora, sin duda a causa de la oscuridad, la extraña iluminación interna
daba la sensación de ser mucho más brillante. Era algo aterrador. ¿Sabía Gnut
que él estaba allí? ¿En qué pensaba el robot? ¿Cuáles podían ser los pensamientos
de una máquina construida por el hombre, aunque fuera una tan maravillosa como
Gnut?
Era ya hora de atravesar la sala, así que
Cliff se colgó la cámara tras la espalda, se puso a gatas y, con gran cuidado,
se movió hasta el borde de la pared de entrada. Allí se acurrucó tanto como
pudo contra el ángulo que formaba con el suelo y avanzó, centímetro a
centímetro. Sin hacer una pausa, sin arriesgarse a mirar a los aterrorizadores
ojos rojos de Gnut, fue reptando.
Le costó diez minutos cruzar la distancia de
treinta metros, y cuando al fin tocó el estrado de treinta centímetros de alto
sobre el que se alzaba la mesa, estaba cubierto de sudor. Con la misma lentitud
y tan silencioso como una sombra, subió al estrado y se acurrucó tras la
protección de la mesa. Al fin había llegado.
Se relajó por un momento y luego, ansioso
por saber si había sido visto, se giró con mucho cuidado y miró por detrás del
costado de la mesa.
¡Ahora los ojos de Gnut estaban clavados de
lleno en él! O así parecía. En la oscuridad reinante, el robot se erguía
formando una sombra misteriosa y aún más oscura que el resto, y, a pesar de
hallarse a unos cincuenta metros de distancia, parecía dominar la sala. Cliff
no podía saber si había variado o no la posición de su cuerpo.
Pero si Gnut lo estaba mirando, al menos no
hizo nada más. No pareció ni efectuar el menor movimiento que pudiera detectar.
Su posición era la misma que había mantenido en aquellos últimos tres meses, en
la oscuridad, bajo la lluvia, y, aquella última semana, en el museo.
Cliff tomó la decisión de no dejarse dominar
por el miedo. Comenzó a darse cuenta de lo que pasaba en su propio cuerpo. El
cauto reptar había tenido su efecto: le ardían las rodillas y los codos, y no
le cabía duda de que se había estropeado el pantalón. Pero aquello eran
naderías, si sucedía lo que esperaba que pasase.
Si Gnut se movía, y él lo
podía fotografiar con su cámara de infrarrojos, tendría un artículo con el que
podría comprarse medio centenar de trajes. Y si además podía enterarse del
propósito que había tras los movimientos de Gnut, suponiendo que hubiera algún
propósito, aquello sería un relato que conmovería al mundo.
Se dispuso a una larga espera; no podía
saber cuándo se iba a mover Gnut, ni siquiera si se movería aquella noche. Los
ojos de Cliff se habían adaptado a la oscuridad y podía divisar bastante bien
los objetos más grandes. De vez en cuando atisbaba al robot: lo miraba mucho
tiempo y con gran fijeza, hasta que se desdibujaba su silueta y parecía
moverse, y tenía que parpadear y dejar descansar sus ojos para estar seguro de
que sólo se trataba de su imaginación.
De nuevo la minutera de su reloj recorrió la
totalidad de la esfera. La inactividad hizo que Cliff se fuera confiando más y
más, y durante períodos más y más largos mantuvo su cabeza oculta tras la mesa,
sin mirar. Así que cuando Gnut se movió, casi se desmayó del susto. Amodorrado
y algo aburrido, de repente se encontró con el robot en medio de la sala, yendo
en su dirección.
Pero aquello no era lo más aterrador. ¡Lo
peor era que, cuando miró a Gnut no lo vio moviéndose! Estaba tan quieto como
un gato que acecha a un ratón. Ahora, sus ojos eran mucho más brillantes, y no
cabía duda alguna acerca de dónde estaban enfocados: ¡miraba fijamente a Cliff!
Sin apenas atreverse a respirar, medio
hipnotizado, Cliff le devolvió la mirada. Su mente era un remolino. ¿Cuál era
la intención del robot? ¿Por qué se había quedado tan quieto? ¿Lo estaba
acechando? ¿Cómo podía moverse con tal silencio?
En la profunda oscuridad, los ojos de Gnut
se acercaron aún más. El sonido casi imperceptible de sus pisadas tamborileaba
en los oídos de Cliff con lentitud, pero con un ritmo perfecto. El fotógrafo,
que habitualmente tenía recursos, se halló en esta ocasión paralizado por el
miedo, resultándole totalmente imposible huir. Permaneció donde se hallaba
mientras se le acercaba el monstruo de metal de brillantes ojos.
Por un momento Cliff estuvo a punto de
desmayarse, y cuando se recuperó, allí estaba Gnut alzándose junto a él, con
sus piernas casi al alcance de su mano. ¡Estaba algo inclinado hacia él,
clavando sus terribles y ardientes ojos en los suyos!
Era ya demasiado tarde para salir corriendo.
Temblando como cualquier ratón atrapado, Cliff esperó el golpe que lo iba a
aplastar. Gnut lo escrutó durante lo que le pareció una eternidad, sin moverse.
Y durante cada segundo de aquella eternidad Cliff estuvo esperando la
aniquilación repentina, rápida y completa. Y luego, de forma repentina e
inesperada, todo hubo terminado. El cuerpo de Gnut se enderezó y dio un paso
hacia atrás. Se volvió. Y después, con el ritmo nada mecánico que sólo él
poseía entre todos los robots, regresó hacia el lugar del que había venido.
Cliff casi no podía creer que no le hubiera ocurrido nada. Gnut podría haberlo
aplastado como a un insecto... y se había limitado a darse la vuelta y
regresar. ¿Por qué? No podía suponer que un robot fuera capaz de mostrar
consideraciones humanas.
Gnut fue directamente al otro extremo del
vehículo. Se detuvo en un cierto lugar y produjo una curiosa sucesión de
sonidos. Y, de pronto, Cliff vio aparecer en el costado de la nave una
abertura, más oscura que las penumbras del edificio, y a esto siguió un débil
sonido deslizante cuando apareció una rampa que bajó hasta el suelo. Gnut subió
por ella e, inclinándose un poco, desapareció en el interior de la nave.
Entonces, por primera vez, Cliff recordó que estaba allí para tomar fotos.
¡Gnut se había movido, pero él no lo había fotografiado! Pero al menos, fuera
cuales fuesen las oportunidades que pudiera tener después, podía obtener una
foto de la rampa que conectaba con la puerta abierta; así que colocó en
posición su cámara, puso la exposición adecuada y apretó el disparador.
Pasó largo rato y Gnut no salió. ¿Qué podía
estar haciendo dentro?, se preguntaba Cliff. Le fue volviendo algo de su valor
y consideró la idea de arrastrarse hacia delante y atisbar a través de la
compuerta, pero se dio cuenta de que no tenía valor para ello. Gnut le había
perdonado la vida, al menos por el momento, pero no había forma de saber hasta
dónde llegaría su tolerancia.
Transcurrió una hora, y luego otra. Gnut
estaba haciendo algo dentro de la nave, pero Cliff no se podía imaginar el qué.
Si el robot hubiera sido un ser humano, sabía que se hubiera atrevido a dar una
ojeada; pero tal como estaban las cosas era una incógnita totalmente
irresoluble.
Bajo ciertas circunstancias, incluso los más simples robots
terrestres resultan artefactos inexplicables; por consiguiente, aquél, llegado
de una civilización desconocida e incluso inconcebible, y que era, con mucho,
el artefacto más maravilloso jamás visto, podía estar dotado de poderes
sobrehumanos.
Todo lo que le habían hecho los científicos de la Tierra no había
podido averiarlo. Acido, calor, rayos, terribles golpes demoledores... Lo había
soportado todo; y ni siquiera había sido dañado su acabado exterior. Quizá
fuera capaz de ver perfectamente en la oscuridad. Y tal vez, sin moverse de
donde estaba, pudiera oír o notar, de algún modo, el menor cambio en la
posición de Cliff.
Pasó más tiempo, y entonces, en algún
momento después de las dos de la madrugada, sucedió algo que no tenía nada de
extraordinario, pero que resultaba tan inesperado que, por un momento, destruyó
por completo el equilibrio de Cliff. De repente, se oyó un débil aleteo a
través del oscuro y silencioso edificio, seguido pronto por el chillido,
penetrante y agradable, de un pájaro. Era un sinsonte, el pájaro burlón.
Estaba
en algún punto de la penumbra, por encima de su cabeza. Sus notas eran claras y
resonantes, y cantó una docena de tonadas, una tras otra y sin ninguna pausa:
llamadas cortas e insistentes, trinos, gorjeos y arrullos... La canción de amor
primaveral de lo que quizá fuera el mejor cantante que había en el mundo.
Luego, de una forma tan brusca como había comenzado, el canto cesó.
Cliff se hubiera sentido menos sorprendido
si un ejército invasor hubiera descendido de la nave. Estaban en diciembre, y
ni siquiera en Florida habían comenzado a cantar los sinsontes. ¿Cómo había
llegado aquél al cerrado y oscuro museo? ¿Cómo y por qué estaba cantando allí?
Esperó, con gran curiosidad. Luego, de
repente, se dio cuenta de que Gnut se hallaba junto a la compuerta de la nave.
Permanecía muy quieto, con sus brillantes ojos vueltos en dirección a Cliff.
Por un instante pareció que el silencio del museo se hacía más profundo; luego
fue interrumpido por un suave golpe en el suelo, cerca de donde Cliff se
hallaba. Se quedó asombrado.
La luz de los ojos de Gnut cambió, y comenzó a
caminar con su paso casi normal en dirección a Cliff. Cuando estaba a corta
distancia, el robot se detuvo, se inclinó y recogió algo del suelo. Durante
algún tiempo permaneció inmóvil, contemplando el pequeño objeto que tenía en su
mano. Aunque no podía verlo, Cliff sabía que era el pájaro burlón. O, mejor
dicho, su cadáver, pues estaba seguro de que ya no cantaría nunca más.
Entonces, Gnut se volvió y, sin mirar a Cliff, regresó a la nave,
introduciéndose en ella.
Pasaron horas mientras Cliff esperaba que
hubiera alguna secuela a aquel sorprendente acontecimiento. Quizá fuera a causa
de su curiosidad, pero el caso es que comenzó a perderle miedo al robot Creía
que si aquella máquina tenía algo en contra de él, si pensase hacerle algún
daño, hubiera acabado con él antes, cuando tenía una oportunidad perfecta.
Cliff comenzó a animarse para ir a dar una rápida ojeada al interior de la
nave. Y tomar una foto; debía acordarse de tomar una foto. Continuamente se
estaba olvidando de la razón que lo había llevado allí.
Fue en la más profunda oscuridad de la falsa
madrugada cuando reunió el suficiente valor para iniciar su acción. Se quitó
los zapatos y, con los pies cubiertos sólo por los calcetines y llevando los
zapatos atados por los cordones y colgados del cuello, se movió con el cuerpo
rígido pero con mucha rapidez hasta un lugar situado tras el más próximo de los
seis ujieres robot estacionados a lo largo de la pared, haciendo una pausa para
ver si había algún signo que indicase que Gnut sabía que se había movido.
No
oyendo nada, se deslizó tras el siguiente robot y se detuvo de nuevo.
Sintiéndose ya más atrevido, dio una carrera hasta el más lejano, el sexto,
situado justo enfrente de la compuerta de la nave. Allí se sintió desengañado.
No podía ver ninguna luz detectable en el interior; sólo había oscuridad, y el
silencio que lo llenaba todo. No obstante, sería mejor que tomase la foto. Alzó
su cámara, la enfocó a la oscura abertura, y tomó la foto con una exposición
bastante larga. Luego se quedó quieto, sin saber qué hacer a continuación.
Durante esta pausa, una extraña serie de
sonidos apagados llegó a sus oídos, aparentemente procedentes del interior de
la nave. Sonidos animales: primero jadeos y roces, acentuados por varios clics
secos, y luego profundos y sonoros rugidos, interrumpidos por nuevos roces y
jadeos, como si se estuviese produciendo algún tipo de lucha. Y entonces, de
repente, antes de que Cliff pudiera decidirse a volver a la carrera bajo la
mesa, una forma baja, robusta y oscura saltó de la compuerta e inmediatamente
se volvió y creció hasta la altura de un hombre. Un terrible miedo avasalló a
Cliff, aun antes de saber qué era aquella forma.
Al instante siguiente apareció Gnut en la
compuerta y bajó, sin titubear, por la rampa, en dirección a la figura.
Mientras avanzaba hacia ella, ésta retrocedió lentamente unos pasos; pero luego
se quedó a pie firme, y unos gruesos brazos se alzaron de sus costados e
iniciaron un potente tamborileo contra su pecho, mientras de su garganta surgía
un terrible rugido de desafío. Sólo había un ser en todo el mundo que se
golpease el pecho y produjese un sonido como aquél: ¡aquella forma era la de un
gorila!
¡Y además, un gorila enorme!
Gnut siguió avanzando, y cuando estuvo
cerca, se abalanzó y aferró a la bestia. Cliff no se hubiera imaginado que Gnut
pudiera moverse con tal rapidez. No pudo ver, dada la oscuridad, los detalles
de lo que sucedió; lo único que sabía era que las dos enormes formas, el
titánico robot Gnut y el más bajo pero terriblemente fuerte gorila se fundieron
por un instante, entre el silencio del robot por una parte y los profundos e
indescriptibles rugidos del gorila por otra; y cuando los dos se hubieron
separado, fue porque el gorila había sido lanzado de espaldas.
El animal se irguió inmediatamente en toda
su altura y rugió ensordecedoramente. Gnut avanzó de nuevo, y volvió a
producirse la escena anterior. El robot continuó avanzando inexorable, y
entonces el gorila comenzó a retroceder hacia la pared del edificio. De
repente, la bestia corrió hacia una de las figuras humanoides que había apoyada
contra la pared y, con un rápido movimiento lateral, lanzó al quinto ujier
robot contra el suelo y lo decapitó.
Tenso de pavor, Cliff se acurrucó tras su
propio robot. Dio gracias al cielo por el hecho de que Gnut estuviese entre él
y el gorila y que continuase su avance. El gorila retrocedió aún más, pero de
pronto se abalanzó hacia el siguiente robot de la hilera y, con una fuerza casi
increíble, lo arrancó del suelo y lo lanzó contra Gnut Con un tremendo
estrépito metálico, el robot golpeó al otro robot, y el producido en la Tierra
rebotó hacia un lado y rodó hasta detenerse.
Después, Cliff se maldeciría a sí mismo por
ello, pero de nuevo volvió a olvidarse por completo de tomar una foto. El
gorila, retrocedió a lo largo de la pared, demolió con terribles estallidos de
ira cada uno de los ujieres robot frente a los que pasaba, y lanzó las piezas
al implacable Gnut.
Pronto se hallaron frente a la mesa y Cliff dio entonces
gracias a su buena estrella por no haber ido hasta allí. Se produjo un breve
silencio, y Cliff no pudo saber qué era lo que estaba pasando, pero se imaginó que
al fin el gorila había llegado al rincón del edificio, y estaba atrapado.
Si lo estaba fue sólo por un instante.
Súbitamente el silencio fue rasgado por un terrible rugido, y la robusta forma
del animal llegó dando botes hacia Cliff. Recorrió todo el camino y se dio la
vuelta justo entre Cliff y la compuerta de la nave. El fotógrafo rogó con
frenesí a todos los dioses que regresase pronto Gnut, pues ahora sólo había el
único robot indemne entre él y la peligrosa bestia. Gnut surgió de la
oscuridad. El gorila se alzó de nuevo en toda su altura, golpeó su pecho y
rugió en señal de reto.
Y entonces ocurrió una cosa curiosa. La
bestia cayó de cuatro patas y, lentamente, rodó sobre su costado, como si
estuviese débil o se hubiese hecho daño. Luego, jadeando, lanzando unos sonidos
aterradores, se puso de nuevo en pie y se enfrentó con el robot que se le
acercaba. Y mientras esperaba, su atención fue atraída por el último ujier
mecánico y quizá por Cliff, que estaba acurrucado tras él.
Con un estallido de
terrible ira destructora, el gorila caminó de lado en dirección a Cliff; pero
esta vez, a pesar de su pánico, éste pudo ver que el animal se movía con
dificultad, al parecer enfermo o gravemente herido. Se echó hacia atrás justo a
tiempo: el gorila alzó el último ujier robot y se lo lanzó con violencia a
Gnut, fallando por unos centímetros.
Aquél fue su último esfuerzo. Una vez más,
la debilidad se apoderó de él; cayó como un fardo sobre un costado, rodó
adelante y a atrás varias veces y comenzó a estremecerse. Luego se quedó quieto
y ya no se movió.
La primera y débil luz del alba estaba
entrando en la sala. Desde el rincón en donde se había refugiado, Cliff
contemplaba muy de cerca al gran robot. Le parecía que se comportaba de una
forma muy extraña. Se quedó junto al gorila muerto, mirándolo con lo que en un
humano hubiera sido considerado tristeza.
Cliff lo vio con mucha claridad: las
facciones verde oscuro de Gnut tenían una expresión pensativa y doliente, que
antes no había visto. Permaneció así algunos segundos, y luego, como haría un
padre con su hijo enfermo, se inclinó, alzó al gran animal en sus brazos
metálicos y lo llevó con ternura al interior de la nave.
Cliff regresó a la mesa a la carrera,
sintiéndose aterrado ante la idea de que pudieran producirse nuevos
acontecimientos peligrosos e inexplicables. Pensó que estaría más seguro en el
laboratorio y, con las rodillas temblorosas, recorrió el camino hasta allí y se
ocultó dentro de uno de los hornos. Rezaba porque pronto fuera de día. Su mente
era un verdadero caos.
Con rapidez, uno tras otro, iba rememorando todos los
asombrosos acontecimientos de la noche; pero todos eran misteriosos, y le
parecía que no podía haber explicación racional alguna para los mismos. El
pájaro burlón, el gorila, la triste expresión de Gnut y su ternura.
¡No había nada que pudiera explicar una
mezcla tan fantástica de acontecimientos!
Gradualmente llegó la luz del día. Pasó
mucho rato. Al fin comenzó a creer que quizá pudiese escapar con vida de aquel
lugar misterioso y terrible. A las ocho y media se oyeron ruidos en la entrada
y el agradable sonido de las voces humanas llegó a sus oídos. Salió del horno y
caminó de puntillas por el pasillo.
De pronto, los sonidos se interrumpieron, se
oyó una exclamación de asombro, y luego el ruido de pasos a la carrera, tras lo
que hubo un silencio. Cliff recorrió el estrecho pasillo con mucho sigilo y
atisbó temeroso por detrás de la nave.
Allá estaba Gnut en su lugar
acostumbrado, en idéntica postura a la que había adoptado a la muerte de su
amo, solitario y aparentemente pensativo, frente a un vehículo que de nuevo
estaba cerrado y en una habitación que era una ruina. Las puertas de la entrada
estaban abiertas de par en par, y, con el corazón en la garganta, Cliff corrió
al exterior.
Unos minutos más tarde, ya seguro en la
habitación de su hotel, totalmente agotado, se sentó por un instante y casi
enseguida se quedó dormido. Más tarde, aún sin desnudarse y todavía medio
dormido, se tambaleo hasta la cama. No se despertó hasta mediada la tarde.
3
Se despertó con lentitud, sin darse cuenta
al principio de que las imágenes que giraban por su mente eran verdaderos
recuerdos y no un sueño fantástico. Fue el recuerdo de las fotos lo que le hizo
ponerse en pie. Con rapidez, se dedicó a revelar la película que había en su
cámara.
Entonces, tuvo en sus manos la prueba de que
los acontecimientos de la noche eran verdaderos. Ambas fotos habían salido
bien. La primera mostraba con claridad la rampa que llevaba a la compuerta, tal
como la había atisbado desde su posición tras la mesa.
La segunda, de la
compuerta abierta, y tomada de frente, le produjo un desengaño pues una pared
desnuda que había tras la apertura impedía toda visión del interior. Esto
explicaba el que no hubiese surgido ninguna luz del interior de la nave
mientras Gnut se hallaba en ella. Suponiendo que Gnut necesitase luz para hacer
lo que hubiese hecho.
Cliff miró los negativos y se sintió
avergonzado de si mismo. ¡Qué mal fotógrafo era, al tomar sólo dos fotos tan
ridículas como aquéllas! Había tenido docenas de oportunidades de conseguir
maravillosas fotos... fotos de Gnut en acción, su lucha con el gorila o incluso
cuando tenía en su mano al pájaro... ¡fotos que hubieran provocado escalofríos
a quien las hubiera visto! Y lo único que había conseguido eran dos fotos de
una puerta. Oh, eran valiosas, pero él era un burro de marca mayor.
¡Y, para acabar de redondear esta brillante
actuación, se había quedado dormido!
Bueno, sería mejor que saliera y averiguase
lo que había sucedido.
Se duchó, se afeitó y se cambió de ropa con
rapidez. Y pronto estuvo en un restaurante cercano, frecuentado por periodistas
y fotógrafos. Sentado en el mostrador, descubrió a un amigo y competidor.
—Bueno, ¿qué es lo que piensas? —le preguntó
a su amigo cuando tomó el taburete de al lado.
—No pienso nada hasta que no he desayunado
—le respondió Cliff.
—Entonces, ¿es que no te has enterado?
—¿Enterado de qué? —fintó Cliff, que sabía
muy bien lo que iba a decirle el otro.
—Desde luego, eres un excelente fotógrafo
—comentó el otro—. Cuando sucede algo realmente importante, tú estás durmiendo.
Pero luego le contó lo que se había
descubierto aquella mañana en el museo y la excitación mundial originada por
las noticias. Cliff hizo tres cosas a la vez, con éxito: se tragó un desayuno
muy sustancioso, agradeció a su buena estrella el que no se hubiese descubierto
nada nuevo, y mostró una continua sorpresa. Aún masticando, se alzó y corrió al
museo.
En el exterior, agolpada junto a la puerta,
se veía una gran muchedumbre de curiosos, pero Cliff no tuvo problema alguno
para lograr entrar, cuando mostró sus credenciales de prensa. Gnut y la nave
estaban tal como él los había dejado, pero habían limpiado el suelo y los
trozos de los ujieres robot hechos pedazos se hallaban apilados en un lugar,
junto a la pared. Allí había otros amigos y competidores suyos.
—Estaba fuera y me perdí todo este asunto
—le dijo a uno de ellos, llamado Gus—. ¿Cuál es la explicación que dan a lo
sucedido?
—¿Por qué no me haces otra pregunta más
fácil? —fue la respuesta—. Nadie sabe nada. Se piensa que quizá algo saliese de
la nave, tal vez otro robot como Gnut. Oye... ¿dónde has estado?
— Durmiendo.
—Pues será mejor que te despiertes. Varios
miles de millones de bípedos están tiesos de terror. Se habla de la venganza
por la muerte de Klaatu. De que la Tierra está a punto de ser invadida.
—Pero eso es una...
—Oh, sé que todo esto es una locura, pero
eso es lo que están contando; sirve para vender periódicos. Aunque hay un nuevo
dato que acaba de aparecer, y es muy sorprendente. Ven aquí.
Llevó a Cliff a una mesa en la que había un
grupo de personas contemplando con mucho interés varios objetos guardados por
un técnico. Gus señaló una placa de Petri en la que estaban montados una serie
de cortos cabellos marrón oscuro.
—Esos cabellos son de un gorila macho, de
buen tamaño —dijo Gus con un aire casual y muy profesional—. La mayor parte de
ellos fueron hallados esta mañana, cuando barrieron el suelo. El resto fue
hallado en los ujieres robot.
Cliff trato de parecer asombrado. Luego, Gus
señaló un tubo de ensayo parcialmente lleno con un fluido de suave color ámbar.
—Y eso es sangre... diluida... Sangre de
gorila. Fue hallada en los brazos de Gnut.
—¡Santo cielo! —logró exclamar Cliff—. ¿Y no
hay explicación alguna?
—Ni siquiera una teoría. Es tu gran
oportunidad, muchacho.
Cliff se aparto de Gus, no siéndole posible
mantener durante más tiempo su actuación. No podía decidir qué hacer con su
historia. Los servicios de noticias le hubieran pagado fuertes sumas por
ella... con sus fotos, pero eso le quitaría la posibilidad de seguir actuando.
Y en lo más profundo de su corazón sentía deseos de volver a permanecer aquella
noche en el museo, aunque... tenía miedo. Lo había pasado realmente mal, y
sentía unos grandes deseos de continuar con vida.
Fue hasta Gnut y lo contempló durante largo
rato. Nadie se podría haber imaginado jamás que se había movido, o que su
rostro de metal verdoso había adquirido una expresión de tristeza. ¡Aquellos
extraños ojos! Cliff se preguntó si realmente estarían mirándole, como parecía,
reconociendo en él al atrevido intruso de la noche anterior.
¿De qué material
desconocido estaban hechos aquellos instrumentos colocados en sus ojos por una
rama desconocida de la raza del hombre, y que toda la ciencia terrestre no había
logrado poner fuera de funcionamiento? ¿En qué estaba pensando Gnut? ¿Cuáles
podían ser los pensamientos de un robot, un mecanismo metálico salido de los
crisoles del hombre? ¿Estaría irritado con él? Cliff no lo creía. Gnut lo había
tenido a su merced... y se había alejado.
¿Se atrevería a quedarse otra vez?
Cliff pensaba que quizá se atreviese.
Cruzó la habitación, reflexionando. Estaba
seguro de que Gnut se movería de nuevo. Un lanzarrayos Mikton lo protegería de
cualquier otro gorila... o de cincuenta. Aún no tenía toda la historia. ¡Sólo
había conseguido dos miserables fotos de objetos inmóviles!
Debería haberse dado cuenta desde el
principio de que se quedaría. Aquella noche, armado con su cámara y un pequeño
lanzarrayos Mikton, se escondió de nuevo bajo la mesa de suministros del
laboratorio y oyó cerrarse las puertas metálicas del edificio.
Esta vez iba a conseguir la historia... y
las fotos.
¡Si es que no habían puesto ningún guarda en
el interior!
Cliff escuchó durante largo rato para tratar
de oír cualquier sonido que le indicase que habían dejado un guarda, pero el
silencio del interior del pabellón no fue roto por nada. Le agradaba eso...
pero no del todo. La creciente oscuridad y el darse cuenta de que ahora ya no
había forma de echarse atrás hacían que no le hubiese disgustado la idea de
tener un compañero.
Más o menos una hora después de que se
hiciera totalmente oscuro, se quitó los zapatos, los ató y se los colgó
alrededor del cuello, dejándolos sobre sus espaldas, y caminó en silencio a lo
largo del pasillo hasta el área de exhibiciones. Todo parecía estar sucediendo
como la noche anterior.
Gnut era una ominosa e indiferenciada sombra situada en
el extremo opuesto de la sala, y sus brillantes ojos rojos parecieron de nuevo
clavados en el punto en el que se hallaba Cliff atisbando. Como la noche antes,
pero de un modo aún más cuidadoso, Cliff se echó de bruces en el ángulo de la
pared, y reptó con lentitud hasta la baja plataforma en la que se alzaba la
mesa. Una vez en su refugio, dispuso sus zapatos de forma que le colgasen de un
hombro y se colocó bien la cámara y la pistolera, para tener ambas cosas a la
mano. Esta vez, se dijo, iba a lograr las fotos.
Se acomodó para esperar, pero cuidándose de
vigilar a Gnut en todo momento. Su visión alcanzó un máximo ajuste a la
oscuridad. Al cabo de un tiempo comenzó a sentirse solitario y un tanto
atemorizado. Los brillantes ojos rojos de Gnut le estaban poniendo los nervios
de punta; tenía que decirse a sí mismo, una y otra vez, que el robot no iba a
hacerle daño. Pero no le cabía ninguna duda de que también él era vigilado.
Las horas pasaron con lentitud. A veces oía
leves sonidos en la entrada, en el exterior... Quizá fuera un guarda, o tal vez
curiosos.
A las nueve en punto vio a Gnut moverse.
Primero sólo fue la cabeza; se volvió para que sus ojos estuvieran aún más
clavados en Cliff. Durante un momento, eso fue todo; luego la oscura forma
metálica se agitó un poco y comenzó a moverse hacia delante..., en línea recta
hacia el fotógrafo. Cliff había pensado que no tendría miedo, al menos mucho,
pero ahora se le detuvo el corazón. ¿Qué sucedería en aquella ocasión?
Con asombroso silencio, Gnut se fue
acercando hasta que se alzó, cual ominosa sombra, sobre el punto en que yacía
Cliff. Durante largo rato, sus ojos rojos ardieron por encima del hombre. Cliff
temblaba como una hoja; aquello era peor que la primera vez. Sin haberlo
planeado, se encontró a sí mismo hablando con el ser metálico.
—No me hagas daño –suplicó—. Sólo sentía
curiosidad por saber lo que sucede. Es mi trabajo. No te haré ningún daño ni te
molestaré. ¡No..., no podría hacerlo aunque quisiera! ¡Por favor!
El robot siguió sin moverse, y Cliff no
podía imaginarse si sus palabras habían sido comprendidas, o siquiera oídas.
Cuando creía que ya no podría soportar más la larga tensión, Gnut tendió la
mano y tomó algo de un cajón de la mesa, o quizá metió algo en el mismo; luego
dio un paso atrás, se volvió y regresó por donde había venido. ¡Cliff estaba a
salvo! ¡De nuevo le había perdonado la vida!
A partir de ese momento, Cliff perdió buena
parte de su miedo. Ahora estaba seguro de que Gnut no le haría daño alguno. Lo
había tenido dos veces en su poder y en cada ocasión se había limitado a
mirarlo, para luego irse en silencio. Cliff no podía ni imaginarse qué era lo
que Gnut había hecho en el cajón de la mesa. Contempló con gran curiosidad la
escena, para ver qué pasaba a continuación....
Tal como había sucedido la noche anterior,
el robot fue directamente al extremo de la nave y produjo la peculiar secuencia
de sonidos que abría la compuerta, y cuando la rampa se deslizó, entró en el
vehículo. Después de eso, Cliff permaneció solo en la oscuridad durante largo
rato, probablemente dos horas. De la nave no salía ni un solo sonido.
Cliff sabia que debía ir a hurtadillas hasta
la compuerta y atisbar al interior, pero no acababa de tener el valor necesario
para hacerlo. Con su arma podía enfrentarse a otro gorila, pero si Gnut lo
atrapaba aquello podía ser el fin. Esperaba que de un momento a otro sucediese
algo fantástico... y no sabía el qué.
Quizá de nuevo se oyese el dulce canto
del pájaro burlón, o quizás apareciese un gorila, o tal vez... cualquier cosa.
Una vez más lo que sucedió lo pilló totalmente por sorpresa.
Oyó un repentino sonido apagado y luego
palabras..., palabras humanas, muy familiares.
—Caballeros —fue la primera, y luego una
ligera pausa—. El Instituto Smithsoniano les da la bienvenida a su nueva
Sección Interplanetaria y a la maravillosa exposición que tienen delante.
Tras una ligera pausa, prosiguió:
—Todos ustedes deben... deben... —aquí
tartamudeó y se detuvo. A Cliff se le erizó el cabello. ¡Aquel tartamudeo no
estaba en la grabación!
Por un instante se produjo un silencio;
luego oyó un alarido, el ronco y ahogado alarido de un hombre que surgía de
algún lugar en el interior de la nave y que fue seguido por una serie de
apagados jadeos y gritos, como los que lanzaría un hombre que estuviese muy
asustado o en peligro.
Con todos los nervios en tensión, Cliff
contempló la compuerta. Oyó el sonido de un golpe en el interior de la nave, y
luego por la abertura salió a la carrera la sombra de lo que sin duda era un
ser humano. Jadeante y medio cayéndose, corrió directamente en dirección a
Cliff. Cuando se hallaba a unos seis metros de distancia, la gran sombra de
Gnut lo siguió por la compuerta.
Cliff lo observaba sin aliento. El hombre,
que ahora podía ver que era Stillwell, vino directamente hacia la mesa tras la
que se ocultaba Cliff; como para protegerse tras ella, pero cuando se hallaba a
pocos pasos de distancia se le doblaron las piernas y cayó al suelo.
De repente
Gnut estuvo inclinado sobre él pero Stillwell no pareció darse cuenta de eso.
Tenía el aspecto de estar muy enfermo, pero no dejaba de hacer un espasmódico y
fútil esfuerzo por arrastrarse hacia la protección de la mesa.
Gnut no se movió, así que Cliff se atrevió a
hablar.
—¿Qué es lo que pasa, Stillwell? —le
preguntó—. ¿Puedo ayudarte? No tengas miedo. Soy Cliff Sutherland, ¿me
recuerdas? Soy el fotógrafo.
Sin mostrar la menor sorpresa al hallarse
con Cliff allí, y agarrándose a su presencia como lo haría uno que se ahogase,
Stillwell jadeó:
—¡Ayúdame! Gnut... Gnut —no parecía poder
proseguir.
—¿Qué es lo que pasa con Gnut? —preguntó
Cliff. Teniendo muy presente que el robot de los ojos de fuego se alzaba junto
a ellos, y temiendo incluso moverse hacia el hombre, Cliff añadió con aire
tranquilizador—: Gnut no te hará daño. Estoy seguro de que no te lo hará. A mi
no me lo hace. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué puedo hacer?
Con una repentina decisión y energía,
Stillwell se alzó sobre sus codos.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
—En el Pabellón Interplanetario —le contestó
Cliff—. ¿Es que no lo sabías?
Durante un instante sólo se oyó la
dificultosa respiración de Stillwell. Luego, ronca y trabajosamente, preguntó:
—¿Cómo he llegado aquí?
—No lo sé —le contestó Cliff.
—Estaba haciendo una grabación informativa
—dijo Stillwell—, cuando, de repente, me encontré aquí..., es decir, allí
dentro...
Se interrumpió y su rostro mostró una nueva
expresión de horror.
—¿Y qué pasó entonces? —le preguntó Cliff,
con voz suave.
—Estaba en esa caja... y allí, junto a mí,
estaba Gnut, el robot. ¡Gnut! ¡Pero si lo habían inutilizado! ¡Nunca se ha
movido!
—Tranquilízate ya —le dijo Cliff—. No creo
que Gnut te haga daño.
Stillwell se dejó caer de nuevo al suelo.
—Estoy muy débil —jadeó—. Algo... ¿Querrías
buscar a un doctor?
No se daba cuenta de que el robot que tanto
temía se alzaba junto a él, con los ojos fulgurando en la oscuridad.
Mientras Cliff dudaba, sin saber qué hacer,
la respiración del hombre se transformó en una serie de débiles jadeos, tan
regulares como el tic tac de un reloj. El fotógrafo no se atrevía a acercarse a
él, pero nada que hubiese hecho podría ayudar ya al hombre. Sus jadeos se
debilitaron y se hicieron espasmódicos, y luego, de repente, se quedó
totalmente quieto y en silencio. Cliff le auscultó el corazón, y luego alzó la
vista hacia los ojos de la figura que había arriba.
—Está muerto —susurró.
El robot pareció comprenderle, o al menos
oírle. Se inclinó hacia delante y contempló la figura inmóvil..
—¿Qué es lo que pasa, Gnut? —le preguntó de
repente Cliff al robot—. ¿Qué es lo que estás haciendo? ¿Puedo ayudarte de
alguna manera? Hay algo que me dice que tus móviles no son malos, y no creo que
hayas matado a este hombre. Pero, ¿qué ha pasado? ¿Puedes comprenderme? ¿Puedes
hablar? ¿Qué es lo que estás tratando de hacer?
Gnut ni se movió ni emitió sonido alguno,
limitándose a mirar a la figura inerte que tenía a sus pies. En el rostro del
robot, que ahora tenía tan cerca, Cliff veía una expresión de tristeza
infinita.
El robot permaneció así varios minutos;
luego, se inclinó aún más, tomó con mucho cuidado, incluso con suavidad, la
forma inerte y, llevándola en sus poderosos brazos, fue hasta el lugar junto a
la pared en donde yacían los trozos desmembrados de los ujieres robot.
Cuidadosamente, la colocó a su lado. Luego, regresó hacia la nave.
Ahora ya sin miedo, Cliff corrió a lo largo
de la pared de la habitación. Había llegado ya casi hasta el lugar en donde
estaban las máquinas hechas pedazos cuando, de pronto, se detuvo en seco. Gnut
estaba saliendo de nuevo.
Llevaba algo que parecía otro cadáver, más
grande. Lo sostenía con un brazo y lo depositó con cuidado junto al cadáver de
Stillwell. En la mano de su otro brazo sostenía algo que Cliff no podía divisar
y que colocó junto al cuerpo que acababa de dejar en el suelo.
Luego regresó a
la nave y volvió una vez más con una forma que colocó con el mismo cuidado
junto a las otras; y cuando hubo realizado este último viaje, las miró por un
instante y luego retornó con lentitud a la nave y se quedó quieto, como muy ensimismado,
junto a la rampa.
Cliff contuvo su curiosidad tanto como le
fue posible, y después se deslizó hacia los objetos que Gnut había colocado
allí. El primero en la hilera era el cadáver de Stillwell, tal como había
esperado, y el siguiente era la gran forma peluda del gorila muerto... el de la
noche pasada. Junto al gorila yacía el objeto que el robot había llevado en su
mano libre, el diminuto cadáver del pájaro burlón. Aquellos dos habían
permanecido en la nave durante el pasado día, y Gnut, a pesar del mucho cuidado
con que los había tratado, sólo estaba haciendo limpieza. Pero había un cuarto
cadáver del que nada sabía. Se acercó al mismo y se inclinó sobre él, para
mirarlo.
Lo que vio le hizo quedarse sin aliento:
¡imposible!, pensó; debía de haberse equivocado; volvió a mirar muy de cerca al
primer cadáver.
Entonces, se le congeló la sangre en las
venas. El primer cadáver era el de Stillwell, pero el último de la hilera
también era de Stillwell; había dos cadáveres de Stillwell, ambos exactamente
idénticos, ambos desprovistos de vida.
Cliff se echó hacia atrás con un grito, y
luego el pánico hizo presa en él y corrió por la habitación, apartándose de
Gnut, y se puso a gritar y a golpear salvajemente la puerta. Se oyó un ruido en
el exterior.
—¡Déjenme salir! —aulló aterrorizado—.
¡Déjenme salir! ¡Déjenme salir! ¡Apresúrense!
Se abrió una rendija entre las dos hojas de
la puerta, que él agrandó con salvajismo animal, escapando muy lejos por el
césped. Una pareja tardía que caminaba por un sendero cercano se lo quedó
mirando asombrada, y esto le devolvió algún sentido, por lo que frenó su marcha
y al fin se detuvo. Mirando hacia atrás, al edificio, vio que todo tenía el
aspecto de siempre y que a pesar de su terror, Gnut no lo estaba persiguiendo.
Aún estaba con los pies descalzos.
Respirando con agitación, se sentó en el húmedo césped y se puso los zapatos;
luego se alzó y miró al edificio, tratando de recuperar la calma. ¡Qué lío tan
enorme! El cadáver de Stillwell, el cadáver del gorila, y el cadáver del
sinsonte... todos los cuales habían fallecido ante sus ojos. Y luego la última
cosa aterradora, el segundo cadáver de Stillwell, al que no había visto morir.
Y la extraña gentileza de Gnut, y la triste expresión que había visto en dos
ocasiones en su rostro.
Mientras miraba empezó una cierta animación
por los terrenos circundantes. Varias personas se reunieron en una puerta del
pabellón, sonó por encima la sirena de un helicóptero de la policía, y luego
otra en la distancia, y llegó gente corriendo de todos lados, unos pocos al
principio, y luego más y más.
Los aparatos de la policía aterrizaron en el
césped junto a la puerta del pabellón, y creyó poder ver a los agentes
atisbando al interior del mismo. Luego, de pronto, se encendieron las luces del
edificio. Recuperado ya el control de sí mismo, Cliff volvió al museo.
Entró. Había dejado a Gnut pensativo a un
lado de la rampa, pero ahora estaba de nuevo en su vieja y familiar postura en
su lugar habitual, como si jamás se hubiera movido. La puerta de la nave estaba
cerrada, y la rampa había desaparecido. Pero los cadáveres, los cuatro extraños
cadáveres, yacían aún junto a los destrozados ujieres robot allí donde los
había dejado en la oscuridad.
Se sobresaltó al oír un grito detrás de él:
un guarda uniformado del museo le estaba señalando.
—¡Es éste! —gritaba el guarda—. ¡Cuando abrí
la puerta este hombre la forzó de un empellón y salió corriendo como si le
persiguiese el diablo!
Los agentes de la policía convergieron hacia
Cliff.
—¿Quién es usted? ¿Qué es todo esto? —le
preguntó uno de ellos, con bastante aspereza.
—Soy Cliff Sutherland, periodista gráfico
—le contestó con mucha calma Cliff—. Estaba aquí dentro y salí corriendo, tal
como dice ese guarda.
—¿Qué es lo que hacía aquí dentro? —le
preguntó el agente, mirándolo con fijeza—. ¿Y de dónde han salido esos
cadáveres?
—Caballeros, se lo contaría todo con mucho
placer... Sólo que lo primero es el negocio —les contestó Cliff—. Se han
producido algunos hechos realmente fantásticos en esta habitación, y yo los he
visto todos y conozco su historia, pero... –sonrió—. Debo negarme a
contestarles sin contar con el consejo de un abogado, y hasta que haya vendido
mi artículo a uno de los sindicatos de prensa. Ya saben cómo son las cosas. Si
me permiten utilizar la radio de su aparato..., sólo un instante, caballeros,
les contaré toda la historia a continuación..., digamos que dentro de media
hora, cuando la emitan los chicos de la televisión. Mientras tanto, pueden
creerme si les digo que no hay nada que puedan hacer, y que no perderán nada
con el retraso.
El agente que había hecho las preguntas
parpadeó, y uno de los otros, de reacciones más rápidas y que desde luego no
era un caballero, dio un paso hacia Cliff con los puños apretados. Cliff lo
desarmó entregándole sus credenciales de prensa. El otro le dio una rápida
ojeada y se las metió en el bolsillo.
Por aquel entonces ya había allí medio
centenar de personas, y entre ellas dos miembros del equipo de un sindicato a
los que conocía, llegados en helicóptero. Los policías gruñeron, pero le
dejaron que les susurrase al oído y luego fuera bajo escolta al aparato de
aquellos hombres.
Allí, por radio, y en cinco minutos, Cliff hizo un trato que
le iba a proporcionar más dinero del que jamás antes había ganado en todo un
año. Luego, entregó todas sus fotos y negativos al equipo y les contó la
historia, tras lo que ellos no perdieron ni un segundo en regresar a su oficina
con la exclusiva.
Fueron llegando más y más personas, y la
policía vació el edificio. Diez minutos más tarde, un gran equipo de radio y
televisión, enviado por el sindicato con el que había hecho el trato, se abrió
camino al interior del pabellón.
Y luego, algunos minutos más tarde, bajo las
deslumbrantes luces colocadas por los técnicos y situándose cerca de la nave y
no muy lejos de Gnut (rehusó colocarse al lado), Cliff contó su historia a las
cámaras y micrófonos, que en una fracción de segundo la enviaron a todos los rincones
del Sistema Solar.
Inmediatamente después, la policía se lo
llevó a la cárcel. Lo hicieron por principio, y además porque se los comía la
ira.
5
Cliff pasó la noche en la cárcel... hasta
las ocho de la mañana siguiente, cuando el sindicato logró al fin encontrar a
un abogado que lo sacase. Y entonces, cuando al final salía, un agente de
paisano lo agarró por la muñeca.
—Deseamos que venga a la Oficina Continental
de Investigación para hacerle algunas preguntas —le dijo el agente. Cliff fue
con él de buena gana.
Cuarenta y tres jerarquías estatales y
“personalidades” lo esperaban en una imponente sala de conferencias: uno de los
secretarios del presidente, el vicesecretario de estado, el viceministro de
defensa, científicos, un coronel, ejecutivos, jefes de departamento y varios
agentes principales de la Oficina. El viejo Sanders, el del bigote canoso, jefe
del C.B.I., era quien presidía la reunión.
Le hicieron contar la historia de nuevo,
completa..., no porque no le creyesen, sino porque esperaban obtener algún dato
que arrojara alguna luz sobre el misterioso comportamiento de Gnut y los
acontecimientos de las últimas tres noches. Con mucha paciencia, Cliff rebuscó
en su cerebro hasta el último detalle.
El jefe Sanders fue el que hizo casi todas
las preguntas. Tras más de una hora, cuando Cliff creía que ya había terminado,
Sanders le hizo varias preguntas más, todas las cuales tenían que ver con sus
opiniones personales acerca de lo sucedido.
—¿Cree que Gnut fue averiado de algún modo
por los ácidos, rayos, calor y demás cosas que le aplicaron los científicos?
—No vi ninguna evidencia de ello.
—¿Cree que puede ver?
—Estoy seguro de que puede ver, o bien tiene
otros poderes equivalentes a la visión.
—¿Cree que puede oír?
—Sí, señor. Cuando le susurré que Stillwell
estaba muerto, se inclinó aún más, como para verlo por sí mismo. No me
sorprendería que hubiese comprendido lo que le dije.
—¿No habló en ninguna otra ocasión que
cuando produjo esos sonidos para abrir la nave?
—No dijo ni una palabra ni en inglés ni en
ningún otro idioma. Ni produjo un solo sonido por su boca.
—Según su opinión, ¿ha resultado disminuida
de algún modo su fuerza a causa del tratamiento que le hicimos? —preguntó uno
de los científicos.
—Ya les he contado la facilidad con que
manejó al gorila. Atacó al animal y lo lanzó al suelo, tras lo cual éste se
retiró al otro extremo del edificio, muerto de miedo.
—¿Cómo explicaría el hecho de que nuestras
autopsias no han encontrado ninguna herida mortal, ni causa alguna de muerte en
ninguno de los cadáveres: el del gorila, el del pájaro, o los dos idénticos de
Stillwell? —interrogó un médico.
—No puedo explicarlo.
—¿Cree que Gnut es peligroso? —preguntó
Sanders.
—Potencialmente lo es mucho.
—Y, sin embargo, usted tiene la sensación de
que no es hostil.
—He querido decir que no lo era conmigo.
Tengo esa sensación, y me temo no poder dar ninguna buena razón para
explicarla, exceptuando la forma en que me perdonó la vida en dos ocasiones,
cuando me tenía en su poder. Creo que quizá también influya la forma en que
manejó los cadáveres, y quizá la expresión triste y pensativa que vi en su
rostro, en dos ocasiones.
—¿Se arriesgaría a permanecer solo en el
edificio durante toda otra noche?
—No, por ningún precio —aseguró, provocando
sonrisas.
—¿Tomó alguna foto de lo que pasó anoche?
—No, señor.
Cliff, con un esfuerzo, logró mantener su
compostura, pero se sintió inundado por una oleada de vergüenza. Un hombre, que
hasta ahora había permanecido en silencio, lo rescató al decir:
—Hace un rato utilizó la frase “con un
objetivo”, refiriéndose a las acciones de Gnut ¿Puede explicar esto un poco
más?
—Sí, esa fue una de las cosas que atrajo mi
atención: Gnut nunca parece hacer nada en vano. Cuando lo desea, puede moverse
con sorprendente rapidez; vi esto cuando atacaba al gorila; pero la mayor parte
de las otras veces camina como si estuviese llevando a cabo de un modo metódico
alguna tarea simple.
Y esto me hace recordar una cosa muy peculiar: hay
momentos en que adopta una posición, cualquier posición, quizá medio inclinado,
y se queda así durante varios minutos. Es como si su escala de valores temporales
fuese diferente de la nuestra: algunas cosas las hace con una sorprendente
rapidez y otras con una asombrosa lentitud. Esto podría explicar sus largos
períodos de inmovilidad.
—Muy interesante —dijo uno de los
científicos—. ¿Cómo explicaría usted el hecho de que últimamente sólo se mueve
de noche?
—Creo que está haciendo algo que no quiere
que vea nadie, y que la noche es el único período en que permanece solo.
—Pero siguió adelante aun después de
hallarse usted allí.
—Lo sé. Pero no tengo ninguna otra
explicación, a menos que me considerase inofensivo o incapaz de detenerlo... lo
que desde luego era cierto.
—Antes de que usted llegase, estábamos
pensando en encerrarlo en un gran bloque de glassita. ¿Cree que lo permitiría?
—No lo sé. Probablemente lo permitiese;
aceptó lo de los ácidos, los rayos y el calor. Aunque quizá sea mejor que lo
hagan durante el día, pues parece moverse sólo de noche.
—Pero se movía de día cuando salió del
vehículo con Klaatu.
—Lo sé.
Aquello parecía ser todo lo que se les
ocurría preguntarle. Sanders dio una palmada en la mesa.
—Bueno, me parece que eso es todo, señor
Sutherland –dijo—. Muchas gracias por su ayuda, y deje que le felicite por ser
usted un joven muy alocado, testarudo y valiente... y un buen negociante.
Sonrió levemente.
—Puede irse ahora, pero quizá tengamos que
llamarle otra vez. Ya veremos.
—¿Puedo quedarme mientras toman la decisión
acerca de la glassita? —preguntó Cliff—. Ya que estoy aquí, me gustaría poder
enterarme de la noticia.
—La decisión ya ha sido tomada... Puede dar
la noticia. Comenzará a efectuarse la operación de vertido de la glassita
inmediatamente.
—Gracias, señor —dijo Cliff, y, con mucha
calma, añadió: Y, ¿sería tan amable de autorizarme para que esté presente junto
al edificio esta noche? En el exterior. Tengo la corazonada de que va a suceder
algo.
—Ya veo que quiere otra exclusiva —le dijo
Sanders, sin animosidad—. Y luego hará que la policía espere mientras usted
realiza los negocios.
—Eso no volverá a suceder, señor. Si pasa
algo, ellos serán los primeros en enterarse.
El jefe dudó.
—No sé—dijo al fin—, pero le diré una cosa.
Todos los servicios de noticias desearán tener gente allí, y no podemos
aceptarlo; pero si logra arreglar las cosas para que usted los represente a
todos, yo por mi parte lo aceptaré. No va a suceder nada, pero sus artículos
servirán para calmar el histerismo. Hágame saber si llega a un arreglo.
Cliff le dio las gracias, salió y,
apresuradamente; comunicó la noticia por teléfono al sindicato, sin pedir nada
a cambio, y luego les contó la propuesta de Sanders. Diez minutos más tarde le
llamaron ellos diciéndole que todo estaba arreglado y que se fuera a dormir un
poco. Ellos estarían presentes en la operación de la glassita.
Con el corazón
alegre, Cliff se apresuró a ir al museo. El lugar estaba rodeado de millares de
curiosos, que estaban siendo contenidos, muy lejos del edificio, por un fuerte
cordón policial. Esta vez no le fue posible atravesarlo: lo reconocieron, y la
policía aun seguía resentida. Pero no le importaba mucho, y, de pronto, se
sintió muy cansado y necesitado de una siesta. Regresó a su hotel, dio aviso, y
se fue a la cama.
Llevaba dormido sólo unos minutos cuando
sonó el teléfono. Lo contestó sin abrir los ojos. Era uno de los chicos del
sindicato, con unas noticias muy peculiares. Habían encontrado a Stillwell con
vida..., el verdadero Stillwell. Los dos muertos eran una especie de copia; y
el verdadero no sabía cómo explicar eso. No tenía ningún hermano.
Cliff se quedó despierto por un instante,
pero luego volvió a dormirse. Ya nada le parecía fantástico.
6
A las cuatro de la tarde, muy descansado y
con un catalejo de infrarrojos colgado al hombro, Cliff atravesó el cordón
policial y entró por la puerta del pabellón. Lo esperaban, y no tuvo problemas.
Cuando clavó su vista en Gnut, lo recorrió una extraña sensación, y, por alguna
razón desconocida, casi sintió pena por el gigantesco robot.
Gnut se hallaba igual que siempre, con el
pie derecho un poco adelantado y la misma expresión ensimismada en el rostro;
pero ahora había algo más. Estaba sólidamente encerrado en un gran bloque de
glassita transparente. El bloque de plástico tenía unos cinco metros de alto y
otros tantos de ancho y grueso, constituyendo una prisión transparente como el
agua, que confinaba cada centímetro de superficie del robot e impediría incluso
el más ligero movimiento de sus asombrosos músculos.
Sin duda, era absurdo sentir pena por un
robot, un mecanismo hecho por el hombre; pero Cliff había empezado a pensar en
él como un ser vivo, tan vivo como un ser humano. Mostraba un propósito y una
fuerza de voluntad; realizaba actos complicados y llenos de recursos, en dos
ocasiones su rostro había mostrado con toda claridad la emoción de la tristeza,
y varias veces lo que parecía ser una expresión de profunda reflexión; se había
mostrado implacable con el gorila, y dulce con el pájaro y los otros dos cadáveres,
y en dos ocasiones no había utilizado su fuerza para aplastar a Cliff cuando
parecía haber todas las razones para hacerlo. Cliff no había dudado ni por un
instante que Gnut estuviese vivo, significara lo que significase ese “vivo”.
Pero allá fuera estaban esperando los chicos
de la radio y la televisión; tenía trabajo que hacer. Fue a su encuentro y
comenzó a trabajar.
Una hora más tarde, Cliff estaba sentado,
solo, a unos cinco metros por encima del suelo, en un gran árbol situado al
otro lado del paseo que había frente al edificio, lo que le permitiría ver con
claridad la parte superior del cuerpo de Gnut a través de una ventana. Había
atado a las ramas que lo rodeaban tres instrumentos: su catalejo de
infrarrojos, un micrófono radiofónico y una cámara de televisión de infrarrojos
con toma de sonido.
El primero, el catalejo, le permitiría ver en la oscuridad
con sus propios ojos, como si fuera de día, una imagen agrandada del robot, y
los otros recogerían todas las imágenes y sonidos, incluyendo sus propios
comentarios, y los transmitirían a los diversos estudios de retransmisión que
los enviarían a millones de kilómetros en todas las direcciones, a través del
espacio.
Nunca antes había tenido fotógrafo alguno una misión tan importante...
desde luego no la había tenido ninguno que se olvidase de tomar fotografías.
Pero Cliff ya se había olvidado de aquello, y se sentía bastante orgulloso y
dispuesto.
Muy hacia atrás, y formando un gran círculo
se hallaba la multitud compuesta por los curiosos... y los temerosos.
¿Contendría la glassita a Gnut? ¿Saldría con ansias de venganza, si el plástico
no podía detenerlo? ¿Aparecerían unos seres inimaginables, que hubiesen estado
ocultos en el interior de la nave, para librarle y quizá para vengarse?
Millones de personas esperaban temblorosos ante sus receptores; y quienes se
hallaban a una cierta distancia esperaban que no sucediese nada horrible; pero
lo cierto es que también admitían la posibilidad de que sucediese alguna
catástrofe y estaban dispuestos a salir corriendo.
En lugares cuidadosamente elegidos, no muy
lejos de Cliff, y por todas partes, había baterías móviles de rayos del
ejército, y en una depresión situada tras él y hacia la derecha estaba
estacionado un enorme tanque con un gigantesco cañón. Cada una de las armas
apuntaba a la puerta del pabellón.
Una hilera de tanques más pequeños estaba
alerta a cincuenta metros al norte. Sus lanzarrayos estaban apuntando hacia la
puerta, pero no sus cañones. Desde donde se hallaba el tanque pesado, un
proyectil dirigido contra la puerta no podía causar daños ni víctimas en parte
alguna de la capital.
Cayó la noche; del edificio fueron saliendo
los últimos oficiales militares, políticos y otros privilegiados; al fin se
cerraron con sonido metálico las grandes puertas del pabellón, echándoles la
llave para la noche. Pronto Cliff se encontró solo, exceptuando a los
centinelas de los tanques.
Pasaron las horas. Salió la luna. De vez en
cuando Cliff informaba al equipo del estudio de que todo estaba en calma. Ahora
no podía divisar a Gnut a simple vista, con excepción de los dos débiles puntos
rojos que eran sus ojos, pero a través del catalejo lo veía con tanta claridad
como si fuera de día y estuviese situado a una distancia aparente de sólo tres
metros. Exceptuando sus ojos, no había ninguna evidencia de que fuera otra cosa
que metal muerto y sin funcionamiento.
Pasó otra hora. De vez en cuando Cliff
tocaba los controles de su pequeña radiotelevisión de muñeca..., sólo unos
segundos cada vez a causa de lo limitado de su batería. La emisión no hacía más
que referirse a Gnut o él mismo, y en una ocasión la pequeña pantalla mostró el
árbol en que estaba sentado e incluso, muy diminuto, al propio Cliff.
Desde
puntos cercanos habían enfocado sobre él poderosas cámaras de televisión de
infrarrojos y con teleobjetivo. Aquello le producía una extraña sensación.
Repentinamente Cliff vio algo que le hizo
mirar hacia el ocular del catalejo. Los ojos de Gnut se estaban moviendo; o al
menos había variado la intensidad de la luz que emanaba de ellos. Era como si
dos pequeños reflectores rojos fueran girados de un lado a otro y sus rayos
cruzasen, a cada movimiento, el campo visual de Cliff.
Muy excitado, Cliff hizo una señal a los
estudios, inició la retransmisión y describió el fenómeno. Millones de personas
vibraron en resonancia ante la emoción de su voz. ¿Podría salir Gnut de aquella
tremenda prisión? Pasaron minutos, y continuaron los destellos de los ojos,
aunque Cliff no podía discernir ningún movimiento o intento de moverse por
parte del cuerpo del robot Describió con cortas frases lo que estaba viendo.
Resultaba claro que Gnut estaba con vida; y no cabía duda alguna de que estaba luchando
contra la prisión transparente en la que había sido encerrado; pero, a menos de
que pudiera quebrarla, no habría ningún movimiento.
Cliff tuvo un sobresalto. A ojo desnudo
podía ver algo asombroso que aún no resultaba visible a través de su
instrumento: un débil brillo rojo se estaba extendiendo sobre el cuerpo del
robot. Reajustó el objetivo de la cámara de televisión con dedos temblorosos,
pero mientras lo hacía, el brillo fue creciendo con intensidad. ¡Parecía como
si el cuerpo de Gnut estuviese caldeándose hasta la incandescencia!
Lo describió con frases excitadas, pues
dedicaba casi toda su atención a ir corrigiendo el enfoque del objetivo. Gnut
pasó a ser una figura de color rojo apagado hasta un ser que cada vez era más
brillante, viéndose con claridad su brillo, incluso a través del catalejo. ¡Y
entonces se movió! ¡No cabía duda de que se había movido!
Tenía en su interior algún dispositivo que
le permitía aumentar su propia temperatura y estaba aprovechándose de la única
debilidad del plástico en que había sido encerrado. Pues, como ahora recordaba
Cliff, la glassita era un material termoplástico que se solidificaba al
enfriarse y se fundía al calentarse. ¡Gnut se estaba liberando de ella a base
de fundirla!
Con frases breves, Cliff fue describiéndolo.
El robot se puso de un color rojo cereza, los ángulos del bloque de plástico se
fueron redondeando, y toda la estructura comenzó a deformarse. El proceso se
fue acelerando. El cuerpo del robot se movía con más facilidad.
El plástico fue
descendiendo hasta llegar sólo a la coronilla, luego hasta el cuello y después
hasta la cintura, que era lo más que Cliff podía ver. ¡Su cuerpo estaba libre!
Y entonces, aún de un color rojizo cereza, se movió hacia adelante, perdiéndose
de vista.
Cliff forzó su vista y oído, pero no logró
enterarse de nada, en medio del lejano rugido de los curiosos que había más
allá del cordón de la policía y algunas secas y débiles voces de mando en las
baterías situadas a su alrededor.
Pasaron varios minutos. Se oyó un seco y
resonante estrépito: se abrieron de golpe las grandes puertas metálicas y el
gigantesco robot apareció en el hueco de la entrada, ya sin brillar. Se quedó
quieto, y en la oscuridad su mirada se movía.
En las tinieblas sonaron voces aullando
órdenes, y Gnut fue bañado por los entrecruzados rayos de una luz
chisporroteante y colorada. Tras él comenzaron a fundirse las puertas
metálicas, pero su gran cuerpo verde no mostró ningún cambio.
Luego pareció acabar
el mundo: se oyó un trueno ensordecedor y todo lo que había ante Cliff semejó
estallar en humo y caos, siendo su árbol agitado de tal modo que estuvo a punto
de caer. Llovieron restos. Había hablado el cañón del tanque pesado y, estaba
seguro, Gnut habla sido alcanzado.
Cliff se agarró con fuerza al tronco y
atisbo en la neblina. Mientras se aclaraba, divisó un movimiento entre los
restos junto a la puerta y luego, de modo impreciso pero indudable, vio cómo la
gran forma de Gnut se ponía en pie. Se alzó con lentitud, volviéndose hacia el
tanque y, de repente, saltó hacia él trazando un amplio arco en el aire.
El
enorme cañón se movió en un intento de seguirle, pero el robot hizo una finta y
luego cayó sobre el vehículo. Mientras la tripulación del mismo escapaba en todas
direcciones, destruyó la recámara de un puñetazo, tras lo que se volvió y miró
directamente a Cliff.
Se dirigió a él y, en un momento, estuvo
bajo el árbol. Cliff subió aún más arriba. Gnut colocó sus brazos alrededor del
árbol y tiró de él hacia arriba, arrancándolo de cuajo, con raíces y todo, y
dejándolo caer a su lado. Antes de que Cliff pudiera salir huyendo, el robot lo
había alzado en su manos metálicas.
Cliff pensó que había llegado su hora. Pero
aún le estaban reservadas muchas y extrañas cosas aquella noche. El robot no le
hizo el menor daño. Lo mantuvo frente a sí por un instante, mirándolo, y luego
se lo colocó sentado sobre los hombros, con las piernas a cada lado de su
cabeza. Después, agarrándolo por un tobillo, se volvió y, sin dudarlo, tomó el
camino que llevaba hacia el Oeste, alejándose del edificio.
Cliff estaba inerme. Vio que las bocas de
los cañones de los tanques se movían, siguiéndolo.
Pero no dispararon. Al colocarlo sobre sus
hombros, el robot se había asegurado de que no harían fuego... Al menos eso era
lo que Cliff esperaba.
El robot caminó en línea recta hacia el
Tidal Basin. La mayor parte de los soldados lo siguieron, con lentitud y
titubeantes. A lo lejos, Cliff vio como una oscura línea de confusión se
desparramaba hacia la zona despejada de gente: las barreras policiales habían
sido rotas.
Por delante se fue aclarando con rapidez la multitud, que pasaba
hacia los lados; luego, de todas las direcciones, exceptuando por delante,
volvió la marea hasta que pudieron oírse con claridad gritos y alaridos
individuales. La gente se detuvo a unos cincuenta metros de distancia, y pocas
fueron las personas que se atrevieron a acercarse más.
Gnut no les prestó atención, como tampoco se
la prestaba a su carga, que podría haber sido una mosca posada sobre su cuello.
Su superficie metálica era para Cliff un asiento tan duro como el acero, pero
con la diferencia de que los músculos que había bajo ella se flexionaban con
cada movimiento, tal como sucedería con un ser humano. El periodista se asombró
mucho ante esa musculatura metálica.
Gnut caminó tan recto como vuela una abeja,
atravesando senderos, cruzando parterres y yendo por entre las hileras de los
árboles, con el joven sobre sus hombros, seguido por el rugido de millares de
personas. Por encima zumbaban los helicópteros y silbaban los aviones,
contándose entre ellos vehículos de la policía con sus sirenas que le
destrozaban los nervios.
Por delante se veían las tranquilas aguas del Tidal
Basin, y en su centro la simple tumba de mármol de Klaatu, el embajador
asesinado, que brillaba negra y fría a la luz de la docena de proyectores que
siempre la iluminaban de noche. ¿Era aquélla una visita al muerto?
Sin un instante de duda, Gnut llegó hasta la
orilla y entró en el agua. Se hundió en ella hasta las rodillas, y luego hasta
la cintura, de modo que los pies de Cliff se mojaron. Y el robot prosiguió su
inexorable avance a través de las oscuras aguas, en dirección a la tumba de
Klaatu.
La oscura y cuadrada masa de brillante
mármol se fue alzando sobre ellos a medida que se acercaban, y el cuerpo de
Gnut comenzó a emerger del agua cuando fue subiendo el fondo del estanque,
hasta que sus gigantes pies pisaron el primero de los escalones de la pirámide.
En un momento estuvieron en la parte superior de la misma, en la estrecha
plataforma en cuyo centro descansaba la simple tumba oblonga.
Desnudo bajo los brillantes reflectores, el
gigantesco robot la rodeó, y luego, inclinándose, asentó los pies en tierra y
dio un tremendo tirón a la tapa. El mármol se resquebrajó; la gruesa tapa se
deslizó hacia un lado y se rompió con estruendo por su extremo opuesto. Gnut se
puso de rodillas y miró al interior, haciendo que Cliff quedase bastante más
allá del borde.
En el interior, en un contraste de sombras
formado por las convergentes luces de los reflectores, yacía un ataúd de
plástico transparente, de gruesas paredes y sellado para resistir el paso de
los siglos, que contenía los restos mortales de Klaatu, el visitante de lo
Ignoto, y la pequeña bobina de película sonora en la que estaba grabada para
toda la eternidad la secuencia de sus pocos movimientos y palabras.
Cliff permaneció muy quieto, deseando haber
podido ver el rostro del robot. Tampoco Gnut se movió de su posición de
reverente contemplación... Allí, en la brillantemente iluminada pirámide, ante
los ojos de una multitud temerosa y arremolinada, Gnut hizo las honras fúnebres
a su apuesto y venerado maestro.
Entonces, de repente, todo hubo terminado.
Gnut tendió la mano y tomó la pequeña caja de la grabación, se puso de pie y
comenzó a bajar los escalones.
Cruzando el agua, volviendo hacia el
edificio a través de senderos y campos de césped como antes, Gnut avanzó
irresistible. Frente a él se dispersó la caótica masa de gente, que le seguía
tan de cerca como se atrevía, pisoteándose unos a otros en su esfuerzo de no
perderlo de vista. No hubo ninguna grabación televisiva de su regreso. Todas
las cámaras habían sido dañadas en su camino hacia la tumba.
Mientras se aproximaba al edificio, Cliff
vio que el proyectil del tanque había hecho un agujero de seis metros de ancho
que iba desde el techo al suelo. La puerta aún estaba abierta, y Gnut, sin
apenas una variación en el ritmo de su paso, cruzó por encima de los cascotes y
fue en línea recta hacia la parte trasera de la nave. Cliff se preguntó si iba
a ser liberado.
Así fue. El robot lo puso en el suelo y
señaló hacia la puerta del edificio; luego, volviéndose, emitió los sonidos que
abrían la nave. La rampa se deslizó hasta el suelo y subió por ella.
Y entonces Cliff llevó a cabo la acción,
loca y arriesgada, que le iba a hacer famoso durante aquella generación. Cuando
la rampa comenzaba a deslizarse de nuevo hacia arriba, saltó sobre ella y entró
también en el vehículo. La compuerta se cerró tras él.
7
La oscuridad era total y el silencio
absoluto. Cliff no se movió. Notaba que Gnut estaba cerca, justo delante de él,
y así era.
Su dura mano metálica lo tomó por la
cintura, lo llevó contra su costado y lo trasladó a algún lugar. De repente,
unas lámparas bañaron el recinto con una luz azulada.
Dejó a Cliff en el suelo, y se quedó
mirándolo. El joven ya estaba arrepentido de su alocada acción, pero el robot
no parecía irritado, y su rostro era inexpresivo, a excepción de sus siempre
insondables ojos. Indicó un taburete que había en un rincón de la habitación.
Esta vez Cliff obedeció con rapidez y se sentó sumiso, sin atreverse, por un
instante, ni a mirar a su alrededor.
Luego vio que se hallaba en un pequeño
laboratorio. Las paredes estaban cubiertas de complicados aparatos de metal y
plástico, que también llenaban varias pequeñas mesas. No podía reconocer ni
imaginarse para qué servía ninguno de ellos.
Dominando el centro de la sala
había una larga mesa de metal en cuya parte superior había una gran caja, muy
parecida exteriormente a un ataúd, que estaba conectada por muchos cables a un
complicado aparato que había en el extremo opuesto. Encima de ella brillaba un
cono de deslumbrante luz que surgía de una lámpara de muchos tubos.
Un objeto medio cubierto, en una mesa
cercana, tenía un aspecto familiar... y resultaba del todo incongruente. Desde
donde él se hallaba parecía un maletín, un vulgar maletín. Se preguntó qué
sería aquello.
Gnut no le prestó atención alguna;
inmediatamente cortó el borde de la caja de grabación, utilizando la hoja de
una gruesa herramienta. Alzó la bobina de película sonora y pasó casi media
hora ajustándola sobre el aparato que se hallaba al extremo de la gran mesa.
Cliff lo contempló, fascinado por la habilidad con que el robot usaba sus duros
dedos de metal.
Hecho aquello, Gnut trabajó largo rato en algún aparato
accesorio que había en una mesa adjunta. Más tarde hizo una momentánea pausa,
pensativo, tras de lo cual tiró de una larga palanca.
De la caja parecida a un ataúd surgió una
voz: la voz del embajador asesinado.
—Soy Klaatu –dijo—. Y este es Gnut.
“¡Aquello era de la grabación!”, pensó al
instante Cliff. Eran las primeras y únicas palabras que había dicho el
embajador. Pero luego, al siguiente segundo, vio que no era así. ¡Había un
hombre en la caja! El hombre se agitó y se sentó, ¡y Cliff vio el rostro de
Klaatu vivo!
El embajador parecía algo sorprendido, y
habló con rapidez con Gnut, en un idioma desconocido..., y Gnut, por primera
vez desde que Cliff lo conocía, habló en respuesta. Las sílabas del robot
tenían el tono de la emoción humana, y la expresión del rostro de Klaatu pasó
de la sorpresa al asombro. Hablaron durante varios minutos, y al cabo Klaatu,
aparentemente fatigado, comenzó a recostarse, pero se detuvo a media acción,
pues vio a Cliff. Gnut habló de nuevo, largo rato. Klaatu hizo un gesto a Cliff
con la mano, y éste fue hacia él.
—Gnut me lo ha contado todo —dijo con una
voz débil y suave, y a continuación miró a Cliff, en silencio, con débil y
cansada sonrisa.
Cliff tenía un centenar de preguntas que
hacer, pero por el momento no se atrevía a abrir la boca.
—Pero usted —logró decir al fin con mucho
respeto, si bien con un estallido de excitación—, usted no es el Klaatu que
esta en la tumba, ¿verdad?
Desapareció la sonrisa del hombre y agitó la
cabeza negativamente.
—No. —Se volvió hacia el gigantesco Gnut y
le dijo algo en su propio idioma y, ante sus palabras, las facciones metálicas
del robot se estremecieron de dolor. Después, se volvió de nuevo hacia Cliff—:
Me estoy muriendo —se limitó a anunciar, como si repitiese sus palabras para el
terrestre. De nuevo su rostro fue iluminado por la débil y cansada sonrisa.
Cliff notaba un nudo en la garganta. Se
limitó a mirarle, esperando que se aclarase la situación. Klaatu pareció leer
en su mente.
—Veo que no lo comprendes –dijo— A pesar de
que es distinto a nosotros, Gnut tiene grandes poderes. Cuando edificaron el
pabellón y comenzaron las charlas grabadas, tuvo una maravillosa inspiración.
Actuando a partir de la misma, montó este aparato durante las noches... y ahora
me ha reconstruido a partir de mi voz, tal como fue grabada por tu gente. Como
debes saber, cada voz tiene un sonido característico. Construyó un aparato que
revertía el proceso de grabación, y de un sonido determinado reconstruyó el
cuerpo característico que lo había emitido.
Cliff se quedó con la boca muy abierta. ¡Así
que era aquello!
—¡Pero no tiene por qué morir! —exclamo
Cliff, con ansiedad—. ¡La grabación de su voz fue tomada cuando bajaba usted de
la nave, mientras se encontraba bien! ¡Debe permitirme que lo lleve a un
hospital! ¡Nuestros doctores son muy hábiles!
Con un movimiento apenas perceptible, Klaatu
negó con la cabeza.
—Sigues sin comprender —dijo con lentitud y
con voz más débil—. Vuestra grabación tenía imperfecciones. Pequeñas pero
suficientes para estropear el producto final. Según me dice, todos los
productos de los anteriores experimentos de Gnut murieron a los pocos
minutos... y también me ocurrirá lo mismo a mí.
Entonces, de repente, Cliff comprendió el
origen de los “experimentos”. Recordó que el día en que había sido abierto el
pabellón, un ejecutivo del Instituto Smithsoniano había perdido un maletín con
grabaciones de sonidos emitidos por diversos animales. ¡Y allí, sobre la mesa,
había un maletín! ¡Y los Stillwells debían de haber sido construidos a partir
de las grabaciones que estaban en el cajón de la mesa!
Pero notaba un peso en su corazón. No
deseaba que aquel ser muriese. Poco a poco, se le fue ocurriendo una idea
interesante. La explicó con creciente excitación.
—Dice usted que la grabación era imperfecta
y, naturalmente, lo era. Pero la causa de esto fue la utilización de un aparato
de grabación imperfecto. Así que si Gnut, en su reversión del proceso, hubiera
utilizado exactamente los mismos aparatos con los que fue grabada su voz,
entonces podrían ser estudiadas las imperfecciones, eliminadas, y así usted no
tendría por qué morir.
Mientras las últimas palabras salían de sus
labios, Gnut se retorció como un gato y lo agarró con fuerza. En los músculos
metálicos de su rostro brillaba una excitación verdaderamente humana.
—¡Consígueme ese aparato! —ordenó en un
inglés claro y perfecto. Comenzó a empujar a Cliff hacia la puerta, pero Klaatu
alzó la mano.
—No hay prisa —dijo con suavidad.
Las siguientes dos horas siempre
permanecieron en la memoria de Cliff como si hubieran sido un sueño. Era como
si el misterioso laboratorio con aquel hombre que yacía tan pacíficamente fuese
la parte verdadera y central de su vida, y aquella escena con los ruidosos
hombres que hablaba un burdo y bárbaro interludio. No estaba muy lejos de la
rampa. Sólo contó parte de la historia. Lo creyeron. Esperó en silencio
mientras era efectuada toda la presión que las más altas jerarquías del país
eran capaces de ejercer para obtener los aparatos que el robot había pedido.
Cuando llegaron, los llevó hasta el suelo
del pequeño vestíbulo situado tras la compuerta. Gnut se hallaba allí, como
esperándole. Llevaba en sus brazos el cadáver del segundo Klaatu. Se lo pasó
con ternura a Cliff, quien lo aceptó sin decir palabra, como si hubiera sido
algo establecido previamente. Aquello parecía ser la despedida.
De todas las cosas que Cliff hubiera deseado
decir a Klaatu, había una que permanecía nítidamente destacada en su mente.
Ahora, mientras el robot de metal verdoso permanecía encuadrado en la gran nave
del mismo color, aprovechó su oportunidad.
—Gnut —dijo con ansia, manteniendo
cuidadosamente asido el flácido cadáver entre sus brazos—, debes hacer una cosa
por mí. Escúchame con mucha atención. Quiero que le digas a tu amo, el amo al
que harás revivir, que lo que le sucedió al primer Klaatu fue un accidente que
lamenta toda la Tierra. ¿Querrás hacer eso por mí?
—Eso es algo que ya sabía —le contestó con
suavidad el robot
—¿Pero me prometes decirle estas mismas
palabras a tu amo... tan pronto como reviva?
—No has comprendido nada —le dijo Gnut con
suavidad, y, en voz baja, dijo cuatro palabras más. Mientras Cliff las oía, se
le nubló la vista y se le envaró el cuerpo.
Cuando se recuperó y volvió a enfocar la
vista, vio cómo desaparecía la gran nave. De pronto, ya no estaba allí. Dio un
paso o dos hacía atrás.
En sus oídos resonaban las últimas palabras
de Gnut, como si fueran tremendos tañidos de campana. Nunca, nunca las
revelaría, hasta que le llegase el instante de la muerte.
—No has comprendido nada — le había dicho el
poderoso robot—. Yo soy el amo.