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La Bestia de la cueva - H. P. Lovecraft

La horrible conclusión que había ido gradualmente imponiéndose en mi mente confundida y reacia resultaba ahora de una espantosa certeza. Estaba perdido, completa y descorazonadoramente perdido en las vastas y laberínticas profundidades de la cueva Mammoth. Hacia donde me volviese, por más que forzase la vista no lograba distinguir nada que pudiera servirme de pista para encontrar el camino de salida. Mi intelecto ya no albergaba dudas sobre que nunca más llegaría a contemplar la bendita luz del día, ni a deambular por las amables colinas y valles del hermoso mundo exterior. La esperanza se había esfumado. 

Pero, condicionado como estaba por una vida de estudios filosóficos, obtuve no poca satisfacción de mi desapasionada postura; ya que aunque había leído suficiente acerca del salvaje frenesí que acomete a las víctimas de sucesos similares, yo no experimenté nada parecido, sino que mantuve la calma apenas descubrí que me había perdido.

Tampoco el pensamiento de haber errado más allá del alcance de una búsqueda normal me hizo ni por un momento perder la calma. Si había de morir, reflexionaba, entonces esta caverna terrible pero majestuosa me resultaría un sepulcro tan grato como el que pudiera brindarme un camposanto; una idea que me provocaba tranquilidad antes que desesperación.

La muerte por inanición sería mi destino; de eso estaba convencido. Yo sabía que algunos habían enloquecido en similares circunstancias, pero sentía que tal no sería mi fin.

Mi desgracia no era fruto sino de mi propia voluntad, ya que, a escondidas del guía, me había despegado voluntariamente del grupo visitante y, deambulando cerca de una hora a través de las prohibidas galerías de la cueva, me había encontrado luego incapaz de desandar los intrincados vericuetos recorridos tras abandonar a mis compañeros.

Mi antorcha comenzaba ya a flaquear y pronto me hallaría sumido en la negrura total y casi palpable de las entrañas de la tierra. Mientras permanecía al resplandor de la menguante y temblorosa luz, especulé ocioso sobre las circunstancias exactas en que se produciría mi cercano fin. 

Recordé las historias sobre la colonia de tuberculosos que, habiéndose instalado en esta gigantesca gruta buscando la salud en su temperatura uniforme y suave, su aire puro y su pacífica tranquilidad, habían, sin embargo, muerto en circunstancias extrañas y terribles. 

Yo había mirado los tristes restos de sus chozas destartaladas al pasar con el grupo, preguntándome qué antinatural efecto podría lograr una larga estancia en esta caverna inmensa y silenciosa sobre alguien como yo, saludable y vigoroso. Ahora, me dije tétricamente, había llegado la ocasión de comprobar tal respecto, a no ser que la falta de comida acelerase mi tránsito.

Según se esfumaban en la oscuridad los últimos e intermitentes resplandores de mi antorcha, resolví no dejar piedra sobre piedra, ni desdeñar cualquier posible medio de escapar; así que prorrumpí en una sucesión de gritos tremendos, a pleno pulmón, con la vana esperanza de llamar la atención del guía. 

Sin embargo, mientras vociferaba, tuve la sensación de que mis gritos resultaban un despropósito, y que mi voz, aumentando y reverberando por las innumerables paredes del negro laberinto circundante, no llegaba a otros oídos que los míos. Sin embargo, a una, mi atención se volvió sobresaltada hacia un sonido de suaves pasos que imaginé escuchar acercándoseme sobre el suelo rocoso de la cueva. ¿Era inminente mí salvación? ¿No habían sido entonces todos mis horribles temores otra cosa que naderías, y el guía, habiéndose percatado de mi inexplicable ausencia, había seguido mi rastro, buscándome a través de este laberinto calcáreo. 

Mientras aquellas preguntas felices brotaban en mi interior, estuve a punto de reanudar mis gritos para acelerar mi descubrimiento; pero en un instante mi alegría se trocó en horror al volver a escuchar, ya que mis siempre agudos oídos, ahora afinados aún más por el completo silencio de la cueva, dieron a mi entumecido entendimiento la inesperada y espantosa certeza de que aquellas pisadas no sonaban como las de un ser humano. 

En la quietud ultraterrena de esa subterránea región, la aparición del guía con su calzado hubiera resultado como una serie de golpes claros e incisivos. Aquellos sonidos eran blandos y sigilosos, como los que podrían producir las zarpas almohadilladas de un felino. Además, a veces, escuchando cuidadosamente, me parecía distinguir el paso no de dos, sino de cuatro pies.

Ahora ya estaba convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia salvaje, quizás un puma extraviado por accidente en el interior de la cueva. Quizás, reflexioné, el Todopoderoso me había designado una muerte más rápida y misericordiosa que el hambre. 

Aunque el instinto de conservación, nunca apagado por completo, se conmovió en mi ser y, a pesar de que evitar el peligro que se acercaba podía depararme un final más largo e inclemente, me dispuse, sin embargo, a vender la vida lo más cara posible. Por extraño que pueda parecer, mi mente no concebía otra intención en el visitante que la de una clara hostilidad. 

En consecuencia, permanecí inmóvil, esperando que la bestia desconocida, a falta de un sonido que la guiase, perdiese mi dirección y pasase de largo. Pero esa esperanza iba a revelarse infundada, ya que aquellas extrañas pisadas avanzaban implacables; sin duda, el animal me olfateaba y, en una atmósfera tan absolutamente limpia de cualquier influencia contaminante como resulta la de una cueva, podía sin duda seguirme hasta gran distancia.

Por consiguiente, viendo que debía armarme para defenderme de un extraño e invisible ataque en la oscuridad, tanteé en busca de los mayores de entre los fragmentos de roca dispersos por doquier en el suelo de la caverna circundante y, empuñando uno en cada mano, listos para ser usados, esperé resignado los inevitables sucesos. 

Mientras, el odioso paso de garras se acercaba. La conducta de esa criatura era realmente extraña. Casi todo el tiempo, los movimientos parecían propios de un cuadrúpedo, moviéndose con una curiosa descoordinación entre miembros delanteros y traseros; y, sin embargo, durante algunos pocos y cortos intervalos, me pareció que caminaba sobre dos patas tan sólo. 

Me pregunté qué clase de animal tenía delante; debía tratarse, suponía, de alguna infortunada bestia que había pagado la curiosidad de indagar a las puertas de la temible gruta con una reclusión de por vida en esas interminables profundidades. Sin duda, se alimentaba de peces ciegos, murciélagos y ratas de la cueva, así como de los peces comunes que nadan en los manantiales del río Verde, el cual comunica por vías ocultas con las aguas de la caverna. 

Llené mi terrible espera haciendo grotescas conjeturas sobre los efectos que una vida cavernaria pudieran haber causado sobre la estructura física de la bestia, recordando las espantosas apariencias que la tradición local achacaba a los tuberculosos muertos tras una larga residencia en la cueva. 

Entonces, con un sobresalto, recordé que, aun en el caso de lograr matar a mi antagonista, nunca llegaría a contemplar su apariencia, dado que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y no tenía encima ni una cerilla. La tensión mental se volvía ahora espantosa. Mi imaginación desbocada conjuraba formas odiosas y temibles en la siniestra oscuridad circundante, que parecían ya casi presionarme. Las espantosas pisadas se acercaban, cerca, más cerca. 

Creo que debí lanzar un grito, aunque de haber sido en verdad tan timorato como para hacerlo, mi voz apenas debió responderme. Estaba petrificado, clavado al sitio. Dudaba de que mi brazo derecho me respondiera lo bastante como para disparar sobre el ser llegado el momento crucial. El inexorable, pat, pat, de pisada está al alcance de la mano, ya muy cerca. 

Podía oír el trabajoso resuello del animal, y, aterrorizado como estaba, aún llegué a comprender que venía de muy lejos y estaba por tanto fatigado. Repentinamente se rompió el maleficio. Mi brazo derecho, guiado por mi siempre fiable oído, lanzó con todas sus fuerzas el pedazo de caliza, de bordes agudos, que sostenía, impulsándolo hacia el lugar de la oscuridad de donde provenían resuello y pisadas; y, por increíble que parezca, estuvo a punto de alcanzar su objetivo, ya que escuché brincar al ser, yendo a cierta distancia y pareciendo detenerse allí.

Reajustando el tiro, lancé el segundo proyectil, esta vez con mejores resultados, ya que lleno de alegría oí cómo la criatura caía de una forma que sonaba a desplome, quedando sin lugar a dudas tendida e inmóvil. Casi desbordado por el tremendo alivio consiguiente, me recosté tambaleándome contra la pared. El resuello proseguía, pesado, boqueando inhalaciones y exhalaciones; así que comprendí que no había hecho otra cosa que herir a la criatura. Y cualquier deseo de examinar al ser se esfumó. 

Por fin, algo semejante al miedo ultraterreno y supersticioso se alojó en mi cerebro y no me aproximé al cuerpo, ni seguí cogiendo piedras para rematarlo. En vez de eso, eché a correr tan rápido como pude y, tanto como me lo permitía mi frenético estado, por donde había llegado. 

Bruscamente escuché un sonido o, mejor, una sucesión regular de sonidos. AI instante siguiente se habían convertido en un golpeteo claro y metálico. Ahora no había duda. Era el guía. Y entonces grité, chillé, vociferé, incluso aullé de alegría contemplando en los techos abovedados la luminosidad débil y resplandeciente que yo sabía era el reflejo del brillo de una antorcha aproximándose.

Corrí al encuentro del resplandor y, antes de comprender del todo lo que hacía, estaba a los pies del guía, abrazándole las botas, balbuceando a pesar de mi reserva ostentosa de una forma que resultaba de lo más insensata y estúpida, barbotando mi terrible historia y, a la vez, aturullando a mi oyente con mis demostraciones de gratitud. 

El guía había notado mi ausencia cuando el grupo volvió a la entrada de la cueva y, llevado por su intuitivo sentido de la orientación, había procedido a realizar una exploración exhaustiva de los pasadizos frente a los que me viera por última vez, localizando mi paradero tras una búsqueda de unas cuatro horas.

Cuando me lo hubo contado, yo, envalentonado por la luz de su antorcha y por su compañía, comencé a pensar en la extraña bestia a la que había herido unos metros más atrás, en la oscuridad, y sugerí que fuéramos a ver, con ayuda del hacha, qué clase de criatura había yo abatido. Así que me volví sobre mis pasos, esta vez con un valor que nacía del estar acompañado, hasta el escenario de mi terrible experiencia. 

Pronto descubrimos un cuerpo blanco en el suelo, más blanco aún que la propia caliza resplandeciente. Avanzando con precaución, prorrumpimos en simultáneas exclamaciones de asombro, ya que de todos los monstruos antinaturales que pudiéramos haber contemplado en nuestra vida, éste resultaba con mucho el más extraño. 

Parecía ser un mono antropoide de grandes dimensiones, escapado quizás de algún circo ambulante. Su pelaje era blanco como la nieve, debido sin duda a la acción decolorante de una larga existencia en los recintos negros como la tinta de la cueva, pero asimismo aquel pelo era sorprendentemente ralo, faltando por doquier, excepto en la cabeza, donde era tan largo y abundante que caía sobre sus hombros en profusión considerable. 

El rostro permanecía oculto, ya que la criatura estaba boca abajo. El ángulo de los miembros era también muy singular, explicando empero la alteración de uso que yo antes notara y por la cual la bestia empleaba unas veces cuatro zarpas para desplazarse y otras sólo dos. Las manos o pies no eran prensiles, algo que atribuí a su larga estancia en la cueva que, como antes dije, parecía probada por aquella blancura completa y casi ultraterrena tan característica de toda su anatomía. No parecía dotada de cola.

La respiración se había vuelto ahora sumamente débil, y el guía había empuñado su pistola con la evidente intención de rematar a la criatura, cuando un inesperado sonido lanzado por esta última le hizo abatir el arma sin usarla. 

Aquel sonido era de naturaleza difícil de explicar. No era como los tonos normales que emiten las especies de simios conocidas, y me pregunté si aquella cualidad antinatural no sería el fruto de una larga estancia en silencio total, roto al fin por la sensación provocada por la llegada de luz, algo que la bestia no había visto desde su llegada a la cueva. El sonido, que de lejos puede definirse como una especie de profundo charloteo, proseguía débilmente. De repente, un fugaz espasmo de energía pareció estremecer el cuerpo de la bestia. 

Las zarpas se movieron convulsivamente y los miembros se contrajeron. Con un espasmo, el cuerpo blanco rodó hasta que el rostro giró en nuestra dirección. Por un instante me vi tan abrumado por lo que mostraban aquellos ojos, que no vi nada más. Eran negros, esos ojos; profundos, tremendamente negros, contrastando espantosamente con la nívea blancura de cabello y carnes. Como en otros moradores de cavernas, estaba profundamente hundidos en las órbitas y carecían completamente de iris.

Mirando más detenidamente, vi que se encontraban en un rostro que era menos prognato que el de cualquier mono normal e infinitamente más peludo. La nariz era bastante distinta.

Mientras observábamos la extraña visión que teníamos ante los ojos, los gruesos labios se abrieron y brotaron algunos sonidos, tras lo cual el ser se relajó y murió.

El guía se aferró a la manga de la chaqueta, temblando con tanta violencia que la luz se estremeció espasmódicamente, proyectando sombras extrañas y móviles sobre los muros de alrededor.

Yo no hice gesto, sino que permanecí envaradamente quieto, los ojos espantados fijos sobre el suelo de delante.

Y entonces se disipó el miedo, suplantado por asombro, espanto, comprensión y reverencia, ya que los sonidos lanzados por la figura herida que yacía sobre el suelo calcáreo nos habían susurrado la terrible verdad. La criatura que yo había matado, la extraña bestia de la inexplorada caverna, era o había sido en tiempos, ¡¡¡un HOMBRE!!!

La cueva secreta - H. P. Lovecraft

 

—Pórtense bien, chicos, mientras estoy fuera —dijo la señora Lee— y no hagan travesuras.

Porque los señores Lee iban a salir de casa, dejando solos a John, de diez años de edad, y Alice, de dos.

—Claro —contestó John.

Tan pronto como los Lee mayores se hubieron marchado, los jóvenes Lee bajaron al sótano y comenzaron a revolver entre los trastos. La pequeña Alice estaba apoyada en el muro, mirando a John. Mientras John fabricaba un bote con duelas de barril, la chica lanzó un grito penetrante y los ladrillos, a su espalda, cedieron. Él se precipitó hacia ella y la sacó oyendo sus gritos. Tan pronto como sus chillidos se apaciguaron, ella le dijo.

—La pared se ha caído.

John se acercó y descubrió que había un pasadizo. Le dijo a la niña.

—Voy a entrar y ver qué es esto.

—Bien —aceptó ella.

Entraron en el pasaje; cabían de pie, pero iba hasta más lejos de lo que podían ver. John subió arriba, al aparador de la cocina, cogió dos velas, algunos cerillos y luego regreso al túnel del sótano. Los dos entraron de nuevo. Había yeso en las paredes y el techo raso, y en el suelo no se veía nada, excepto una caja. Servía para sentarse y, aunque la examinaron, no encontraron nada dentro. Siguieron adelante y, de pronto, desapareció el enyesado y descubrieron que estaban en una cueva. La pequeña Alice estaba espantada al principio, y solo las afirmaciones de su hermano, acerca de que todo estaba bien, consiguieron calmar sus temores.

Pronto se toparon con una pequeña caja, que John cogió y llevó consigo.

Al poco llegaron a un bote de dos remos. Lo arrastraron consigo con dificultad y en seguida descubrieron que el pasadizo estaba cortado. Apartaron el obstáculo y, para su consternación, el agua comenzó a entrar en torrentes. John era buen nadador y buen buzo. Tuvo tiempo de tomar una bocanada de aire y trató de salir con la caja y con su hermana, pero descubrió que era imposible. Entonces vio cómo emergía el bote y lo agarró...

Lo siguiente que supo es que estaba en la superficie, agarrando con fuerza el cuerpo de su hermana y la caja misteriosa. No podía imaginarse cómo le habían dejado ahí las aguas, pero le amenazaba un nuevo peligro. Si el agua seguía subiendo, lo llenaría todo. 

De repente, tuvo una nueva idea. Podía encerrar otra vez a las aguas. Lo hizo con rapidez y, lanzando el ahora inerte cuerpo de su hermana al bote, se aupó él mismo y remó a lo largo del pasadizo. Aquello era espantoso, y estaba total y extrañamente oscuro, ya que había perdido la vela en la inundación, y navegaba con un cuerpo muerto yaciendo a su lado. No reparó en nada, sino que remó en su propio sótano. Subió con rapidez las escaleras, llevando el cuerpo, y descubrió que sus padres ya habían vuelto a casa. Les contó la historia.

* * *

 

El funeral de Alice ocupó tanto tiempo que John se olvidó de la caja. Pero, cuando la abrieron, descubrieron que contenía una pieza de oro macizo, valorada en unos 10,000 dólares. Suficiente para pagar casi cualquier cosa, excepto la muerte de su hermana.

Gil Braltar - Julio Verne


CAPÍTULO I

Estaban allí reunidos lo menos de setecientos a ochocientos. De mediano estatura; pero robustos, ágiles, cabellos, hechos para los saltos prodigiosos, Iban de acá para  allá, a los últimos resplandores del sol, que se ocultaba al otro lado de las montañas escalonadas hacia el Oeste de la rada. 

El disco rojizo desapareció bien pronto, y la obscuridad comenzó a extenderse en medio de toda aquella cuenca encajonada entre las lejanas sierras de Sonorra, de Ronda y del país desolado del Cuervo.

De repente, la tropa se inmovilizó. Su jefe acababa de aparecer, montado en la misma cresta de la montaña, como sobre el torno de un asno flaco. Desde el puesto de soldados, que estaba como colgado en lo más extremo de la cima de la enorme roca, no se podía ver nada de lo que pasaba bajo los árboles.

—¡Uiss, uiss! —silbó el jefe, cuyos labios, recogidos como un culo de pollo, dieron a este silbido una intensidad extraordinaria.
—¡Uiss, uiss! —repitió aquella extraña tropa, formando un conjunto completo.

Un ser singular era este jefe de alta estatura, vestido con una piel de mono con el pelo al exterior, la cabeza rodeada de una inculta y espesa cabellera, la faz erizada de una barba corta, los pies descalzos, duros en las plantas como cascos de caballos.

Levantó el brazo derecho, y le extendió hacia la parte inferior de la montaña. En el mismo instante, todos repitieron aquella actitud con una precisión militar, mejor dicho, mecánica, como verdaderos muñecos movidos por el mismo resorte. El jefe
bajó su brazo, y todos bajaron el suyo. Se encorvó hacia el suelo, y todos se inclinaron en la misma actitud. Empuñó un sólido palo, que blandió en el aire, y todos blandieron sus bastones, haciendo el mismo molinete; el mismo molinete que
los jugadores del palo llaman la «rosa cubierta».

Después, el jefe se volvió y se escurrió sobre la hierba, subiendo por entre los árboles. La tropa la siguió, haciendo los mismos movimientos. En menos de diez minutos los senderos del monte, descarnados por la lluvia, fueron recorridos, sin que el choque de una roca ni de un guijarro hubiese detenido aquella masa en marcha.

Un cuarto de hora después, el jefe se detuvo, y todos se detuvieron, como si algo los hubieran clavado en el sitio.
A doscientos metros por bajo, aparecía la ciudad, tendida a lo largo de la sombría rada. 

Numerosas luces iluminaban el grupo confuso de edificios, de casas, de quintas, de cuarteles. Al otro lado, los fanales de los navíos de guerra, los fuegos de los buques de comercio y de los pontones anclados en la rada, reverberaban sobre la superficie de las tranquilas aguas. Más lejos, a la extremidad de la Punta de Europa, el faro proyectaba su hay de rayos luminosos sobre el estrecho.

En aquel momento se oyó un cañonazo; el Birstgun fire, disparado desde una de las baterías rasantes. Entonces, los redobles del tambor, acompañados del agudo chillido del pito, se dejaron oír.

Era la hora de la retreta, la hora da que cada cual entrara en su casa. Ningún extranjero tenía ya derecho para transitar por la ciudad, sin ir escoltado por un oficial de la guarnición a los marineros se les dio orden de volver a bordo antes de que las
puertas de la ciudad estuviesen cerradas. De cuarto en cuarto de hora, circulaban patrullas, que conducían al puesto de vigilancia a los retrasados y a los borrachos.
Después, todo quedó en silencio.

El general Mac Kackmale podía dormir a pierna suelta.
No parecía que Inglaterra tuviese nada que temer aquella noche por la seguridad de su roca de Gibraltar.

 

CAPÍTULO II


Ya se sabe lo que es esta roca formidable, de ochenta y cinco metros de altura, que descansa sobre una base de mil doscientos cuarenta y cinco de ancha, y de cuatro mil trescientos de larga. 

Tiene alguna semejanza con un inmenso león acotado, con la
cabeza del lado de España y la cola hundiéndose en el mar. Su faz descarnada deja ver los dientes —setecientos cañones que enseñan sus bocas a través de las troneras— la dentadura de la vieja, como la llaman vulgarmente. Pero es una vieja, que
mordería con fuerza si se la molestara.

Inglaterra está situada sólidamente en aquel punto, como lo está en Perin, en Aden, en Malta, en Poulo-Pinang y en Hongkong, en otras tantas rocas, con las cuales algún día, con los progresos de la mecánica, formará fortalezas giratorias.

Entretanto, Gibraltar asegura al Reino Unido una dominación Indiscutible sobre los diez y ocho kilómetros de aquel estrecho, que la maza de Hércules ha abierto entre Ávila y Calpe, en lo más profundo de las aguas mediterráneas.

¿Han renunciado los españoles a reconquistar este trozo de su Península? ¡Si!, sin duda; pues parece ser inatacable por tierra y por mar.

Sin embargo, había uno que abrigaba el pensamiento constante de reconquistar aquella roca ofensiva y defensiva. Éste era el late de la banda, un ser raro, y hasta se puede decir, loco. Éste hidalgo se llamaba precisamente Gil Braltar, hombre que, en su pensamiento sin duda, la predestinaba a una conquista tan patriótica. 

Su cerebro no había resistido a la idea, y su plaza hubiera debido estar en un asilo de dementes. Se la conocía perfectamente; sin embargo, desde hacía diez años no se sabía a ciencia cierta lo que había sido de él. ¿Vagaría errante por el mundo? En realidad, él no había abandonado su territorio patrimonial…, Llevaba una existencia de troglodita, bajo los
bosques, en las cavernas, y más particularmente en el fondo de los inaccesibles reductos de las grutas de San Miguel, que, según se dice, comunican con el mar. Se le creía muerto. 

Vivía, sin embargo; pero a la manera de los hombres salvajes
desprovistos de la razón humana, que no obedecen más que a los instintos de la animalidad.

 

CAPÍTULO III

El general Mac Kackmale dormía perfectamente a pierna suelta, sobre sus dos orejas, algo más largas que lo que manda la ordenanza. Con sus brazos desmesurados, sus ojos redondos hundidos bajo sus espesas cejas, su faz rodeada de una barba grisácea, fisonomía gesticuladora, sus gestos de anthrooppitheco y el prognatismo extraordinario de su mandíbula, era de una fealdad notable, aun para un general
inglés.

Un verdadero mono; excelente militar por otra parte, a pesar de su figura simiesca.

Sí; dormía en su confortable habitación de Main-Stréet, aquella sinuosa calle que atraviesa la ciudad, desde la puerta del Mar hasta la puerta de la Alameda. Acaso estaría soñando que Inglaterra se apoderaba de Egipto, de Turquí, de Holanda, del Afganistán, del, Sudán, del país de los Boers, en una palabra, de todos los puntos del globo que le conviniera, y esto en el momento en que corría peligro de perder Gibraltar.

La puerta de la habitación se abrió bruscamente.
—¿Qué hay? —preguntó el general Mac Kackmale, levantándose de un salto.
—Mi general —respondió un ayudante de campo, que acababa de entrar en la habitación como una bomba— la ciudad está Invadida.
—¿Por los españoles, quizá?
—Preciso es creerlo.
¿Se habrían atrevido?…
El General no acabó de hablar. Se levantó, arrojó el casquete que cubría su cabeza, se metió el pantalón, se envolvió en su levita, se metió en sus bolas, se caló el claque y se preparó con su espada, diciendo:
—¿Qué ruido es ese que oigo?
—El ruido que forman los habitantes de las rocas, que corren como una avalancha por la ciudad.
—¿Son muy numerosos esos pillos?
—Deben serlo.
—¿Sin duda se han reunido todos los bandidos de la costa para dar este golpe de mano, los contrabandistas de Ronda, los pescadores de San Roque, los refugiados que pululan en todas las poblaciones?
—Es de temer, mi General.
—¿Y el Gobernador está prevenido?
—¡No! Y es imposible ir a darle aviso a su quinta de la Punta de Europa. Las puertas están ocupadas; las calles llenas de visitantes.
—¿Y en el cuartel de la puerta del Mar?

—¡No hay medio alguno de llegar hasta allí! Los artilleros deben hallarse sitiados en su cuartel.
—¿De cuantos hombres podéis disponer?
—De una veintena, mi General: soldados de línea del tercer regimiento, que han podido escapar.
—¡Por San Dunstán! —exclamó Mac Kackmale—. ¡Gibraltar arrancado a la Inglaterra por esos vendedores de naranjas! ¡Eso no puede ser, no; no será! 

En aquel momento la puerta de la habitación dio paso a un ser extraño, que saltó sobre los hombros del General.

 

CAPÍTULO IV

—¡Rendíos! —exclamó con voz ronca, que tenía más de rugido que de voz humana.
Algunos hombres que habían acudido detrás del ayudante de campo se disponían a lanzarse sobre aquel hombre, cuando, a la claridad de la habitación, le reconocieron.
—¡Gil Braltar! —exclamaron.
Era él, en efecto; el hidalgo, en el cual no se pensaba ya desde hacía largo tiempo; el salvaje de las grutas de San Miguel.
—¡Rendíos! —continuaba gritando.
—¡Jamás! —respondió el general Mac Kackmale.
De repente, en el momento en que los soldados le rodeaban, Gil Braltar hizo resonar un uiss… agudo y prolongado.

En seguida, el patio del edificio, el edificio todo, la habitación misma en que se hallaban, todo se llenó de una masa Invasora.
¿Lo creerán ustedes? Eran monos; monos, por centenares. 

Iban a tomar a los ingleses aquella roca de que son verdaderos propietarios, aquella montaña que ocupaban antes los españoles, mucho antes de que Cromwell hubiese soñado su
conquista para la Gran Bretaña. ¡Sí, en verdad! Y eran temibles por su número aquellos monos sin cola, con los cuales no se vivía en buena paz sino a condición de tolerar sus merodeos; aquellos seres inteligentes y audaces, que se cuidaban mucho de no molestar, pues sabían vengarse, y esto había sucedido muchos veces, haciendo rodar enormes rocas sobre la ciudad.

Y en aquel momento, aquellos monos se habían convertido en soldados de un loco, tan salvaje como ellos; de aquel Gil Braltar que todos conocían, que llevaba una vida Independiente; de aquel Guillermo Tell cuadrumanizado, cuya existencia entera se concentraba en esto pensamiento: ¡Arrojar a los extranjeros del territorio español!

¡Qué vergüenza para el Reino Unido, si la tentativa llegaba a tener éxito! Los Ingleses, vencedores de los indios, de los abisinios, de los tasmanios, de los australianos, de los hotentotes y de tantos otros, ¡vencidos por los monos!

Si semejante catástrofe sucedía, el general Mac Kackmale no tendría otro remedio que saltarse la tapa de los sesos. ¡No se sobrevive a semejante deshonor!

Sin embargo, antes que, los monos, llamados por el silbido de su jefe, hubiesen Invadido la habitación, algunos soldados habían conseguido apoderarse de Gil Braltar. El loco, dotado de un vigor extraordinario, resistió, y no costó poco trabajo el
reducirlo. Su piel prestada le había sido arrancada en la lucha, y permaneció casi desnudo, en un rincón, amordazado, atado, bien seguro, para que no pudiera ni moverse, ni hacerse oír. 

Poco tiempo después, Mac Kackmale se lanzaba fuera de su habitación, resuelto a vencer o morir, según la fórmula militar.

Pero el peligro no era menos grande en el exterior. Sin duda, algunos soldados habían podido reunirse en la puerta del Mar, y marchaban hacia la vivienda del General. Varios tiros se oían en Main-Strett y en la plaza del Comercio. 

Sin embargo, el número de monos era tal, que la guarnición de Gibraltar corría peligro de verse muy pronto obligada a ceder el puesto, y entonces, si los españoles hacían causa común con los monos, los fuertes serían abandonado; las baterías quedarían desiertas, las fortificaciones no contarían más que con un solo defensor, y los ingleses, que habían hecho inaccesible aquella roca, no volverían a poseerla jamás.

De repente se produjo un gran movimiento. En efecto: a la luz de las Antorcha que iluminaba el patio, se pudo ver a los
monos batirse en retirada. A la cabeza de la bando marchaba su jefe, blandiendo su palo. Todos le seguían, imitando sus movimientos de brazos y piernas, y el mismo paso.

¿Era que Gil Braltar habla podido desembarazarse de sus ligaduras, y escapar de la habitación donde se le guardaba? No había duda posible. ¿Pero adónde se dirigían entonces? ¿Iban hacia la Punta de Europa, a la quinto del Gobernador, para tomarla por asalto, y a intimarle la rendición, conforme habían hecho con el General?

¡No! El loco y su banda descendían por Main Street. Después de haber franqueado la puerta de la Alameda, tomaron oblicuamente a través del parque, y subieron por las pendientes de la montaña.
Una hora después no quedaba en la ciudad al uno sólo de los invasores de Gibraltar.
¿Qué había pasado?

Bien pronto se supo, cuando el general Mac Kackmale apareció en el límite del parque.
Había sido él, que, desempeñando el papel del loco, se había envuelto en la piel de mono del prisionero. Parecía de tal modo un cuadrúmano aquel bravo guerrero, que los monos mismos se habían engañado. Así fue que no tuvo que hacer otra cosa
que presentarse, y todos le siguieron.

Una idea del genio seguramente, que fue muy pronto recompensada con la concesión de la cruz de San Jorge.
En cuanto a Gil Braltar, el Reino Unido lo cedió, por dinero, a un Barnum o empresario de espectáculos, que hace su fortuna paseándolo por las principales ciudades del Antiguo y del Nuevo Mundo. 

Varias veces el empresario llega hasta decir que no es el salvaje de San Miguel el que exhibe, sino el general Mac Kackmale en persona. Sin embargo, esta aventura ha sido una lección para el gobierno de su Graciosa Majestad. 

Ha comprendido que si Gibraltar no podía ser tomada por los
hombres, estaba, en cambio, a merced de los monos. Por  consiguiente, Inglaterra, que es muy práctica, ha decidido no enviar allí en adelanto sino los más feos de sus generales, a fin de que los monos puedan engañarse con facilidad.
Esta medida los asegura verdaderamente para siempre la posesión de Gibraltar.

Espacio oscuro - Rober F. Young

    Vivo en una cueva.

No tengo nombre. La mayor parte del tiempo la paso durmiendo.

Siempre llevo la misma ropa. Camisa roja, pantalones color canela, botas negras.

El ruido de algunas piedras en la pronunciada colina que conduce hacia la boca de la cueva me ha despertado. Esto mismo ya ha ocurrido muchas veces. Estoy acostado sobre mi espalda en el suelo de la cueva. Me vuelvo sobre mi estómago, me apoyo sobre las manos y las rodillas y atisbo hacia la entrada de la cueva. 

Extrañamente, aunque esta experiencia se ha repetido muchas veces, nunca sé quién es mi visitante hasta que le veo. Es una muchacha. No, en realidad no es una muchacha, sino una mujer, pero pienso en ella como si fuese una muchacha. Nos miramos bajo la luz grisácea y ella está tan sorprendida de verme a mí como lo estoy yo de verla a ella. En ese momento profiere un grito y se lanza colina abajo.

Corro detrás de ella.

La colina es la pronunciada elevación de un pequeño valle. Los bosques cubren el valle. Cuando la muchacha se interna entre los árboles, yo hago lo mismo. Ella sigue gritando.

Los árboles son en su mayoría alerces, pero algunos son acacias y no faltan tampoco los nogales. A1 principio ignoraba el nombre de estos árboles, pero uno a uno se han instalado en mi memoria.

Corro detrás de la muchacha, pero no consigo alcanzarla. Nunca lo hago. Finalmente ambos llegamos a una estrecha corriente de agua, ella la atraviesa a la carrera y desaparece. Yo también trato de cruzar la corriente, pero es una especie de barrera y no puedo siquiera introducir un pie. En ese momento me siento débil y apenas tengo fuerzas para regresar a la cueva. Me dejo caer en el suelo y vuelvo a dormirme.

Básicamente, la experiencia nunca varía.

Esta vez, cuando la muchacha me despierta nos hallamos frente a frente en la boca de la cueva y trato de cogerla. Mi mano roza su hombro antes de que logre retirarse. Tiene un rostro muy atractivo. Sus ojos son de un azul pálido y tiene pómulos altos. Sus mejillas son finas y la boca tiene forma de arco. 

Está vestida de azul y la ropa se ciñe a su cuerpo. Siempre lleva esa clase de ropa. En ocasiones la ropa es de color verde claro en lugar de azul claro, a veces es amarillo claro. El material es tan fino que puedo ver su cuerpo a través de él. Pero nunca me muestro interesado por su cuerpo. Me lanzo en su persecución por una única razón: para matarla.

Después de evitar mi intento de cogerla, ella grita y corre colina abajo. Me lanzo nuevamente detrás de ella. Casi puedo tocarla con los dedos y percibo su olor. Su olor es una mezcla de perfume y sudor. Pero no hace que la desee. ¿Desearla cómo?, me pregunto. No lo sé. Sólo sé que quiero matarla.

Penetra en el bosque. Su pelo se agita detrás de ella. Trato de cogerlo y mis dedos rozan las puntas. Pero no puedo acercarme lo suficiente para asirlo. A través del bosque. El bosque está muerto. No hay vida en él, salvo la de la muchacha y la mía. ¿Por qué debiera haber vida?, me pregunto. ¿A qué clase de vida me refiero? Algunas palabras afluyen a mí. Pájaros. Insectos. Pequeños animales. Pero no hay señales de ellos. Sí, el bosque está muerto.

No importa. Acelero mi carrera. Delante de mí alcanzo a ver la corriente de agua. La muchacha la atraviesa velozmente y desaparece. Yo también intento cruzarla, aunque sé que no podré hacerlo. Como siempre, ni siquiera puedo introducir un pie en el agua.

Estoy exhausto, y los árboles se agitan furiosamente. Regreso trabajosamente a la colina y me las arreglo para llegar a mi cueva. Me arrastro hacia el interior. Hago un gran esfuerzo por no volver a dormirme y, por un momento, tengo éxito. Entonces las paredes parecen caer sobre mí y giran del mismo modo en que lo han hecho los árboles y mis últimos vestigios de lucidez acaban por desaparecer.

Hoy, después de haber perseguido a la muchacha infructuosamente, me las arreglo para permanecer despierto más tiempo que nunca.

«Hoy» es una palabra nueva en mi vocabulario, pero no es la más apropiada para aplicarla a los períodos de tiempo en que estoy despierto. Asocio la palabra «día» con un cielo luminoso y un sol elevándose en él, y campos y árboles y casas debajo. 

Pero no hay sol en el cielo que cubre el valle, y el cielo es siempre gris. Tampoco hay campos ni casas en el mundo que me rodea. El pequeño mundo en el que vivo, en cualquier lugar donde se halle, nunca cambia de un período de vigilia a otro.

Pero no puedo pensar en una palabra mejor que «día» para atribuirla a mis períodos de tiempo.

Mientras estoy en la cueva tratando de permanecer despierto, descubro súbitamente que conozco a la muchacha a quien deseo matar. Pero no puedo pensar en su nombre, y tampoco en por qué quiero matarla.

Después de haber perseguido a la muchacha hasta la corriente de agua y de que ella haya desaparecido, permanezco junto al agua y miro hacia la inasequible orilla. Un momento después descubro a alguien que, desde la otra orilla, me está mirando. Es un hombre delgado que lleva una camisa roja, pantalones color canela y botas negras. 

No lleva sombrero y su pelo es del mismo color castaño que el mío. Su rostro me resulta familiar. Lo he visto en otra parte... muchas veces. No dejo de mirarle y el otro hombre hace lo mismo, hasta que, finalmente, descubro que ese rostro es el mío, con la parte derecha y la izquierda invertidas como en un espejo, y que ese hombre soy yo.

Nuevamente la muchacha. Nuevamente la persecución a través del bosque. La miro cuando desaparece al otro lado del río. Desaparece en el mismo instante en que sus pies alcanzan la orilla opuesta. Alicia a través del espejo. Comienzo a recordarlo todo.

Me miro a mí mismo a través de la corriente de agua.

Ahora comprendo que mi valle es sólo la mitad del valle.

¿Hasta dónde se extiende a mi derecha y a mi izquierda? ¿Qué hay detrás de la colina donde se encuentra mi cueva?

Cuando regreso a la colina, subo hasta la cueva y no me detengo. Subo y subo y sigo subiendo. Finalmente me doy cuenta de que no estoy subiendo sino descendiendo. De pronto, llego a otra cueva. Miro hacia ella. No, no se trata de otra cueva, es mi cueva. Apenas tengo tiempo de arrastrarme hacia el interior antes de que el sueño me engulla.

Pienso en mis períodos de conciencia como sucesos diurnos. Pero, ¿lo son? Tal vez, entre uno y otro duermo durante varios días. No tengo forma de saberlo. Mis despertares dependen totalmente del capricho de la muchacha. Ella es la única capaz de devolverme a la vida. Me pregunto por qué lo hace. Seguramente ya sabe que vivo en la cueva. ¿Por qué, entonces, sigue subiendo la colina hasta aquí?

Parece sorprendida cada vez que me ve. ¿Acaso no recuerda mi existencia de una a otra visita? Aparentemente no, o de otra forma se mantendría alejada de la cueva.

Mis períodos conscientes son ahora más prolongados y aumentan su duración con cada despertar. Estoy tratando de salir del valle. Hoy, en lugar de regresar directamente a la cueva después de que la muchacha hubiese vuelto a huir a través del río, me volví hacia la derecha y eché a andar a través del valle. Caminé durante horas. 

Al cabo de un tiempo comprendí que pasaba debajo de árboles que estaba seguro de haber visto antes. Me aproximé a la ladera del valle. Un momento después, y a través de las ramas de un árbol, descubrí la negra boca de una cueva. Subí rápidamente la ladera en dirección a ella. La forma de la entrada me resultó familiar. Entré en ella. Sí, era mi cueva. El sueño se apoderó de mí.

No intentaré salir del valle caminando en la otra dirección. Sé que si lo hago acabaré regresando al punto de partida. Un término extraño me ha venido a la mente: «Cinta de Möbius.» Sí, una curvatura del espacio. Eso es el valle, una curvatura del espacio. Una cinta de Möbius tridimensional. Un cruel callejón sin salida del que me resulta imposible escapar y del que sólo la muchacha tiene la llave.

He recordado la comida. La gente come para poder sobrevivir. Soy una persona. ¿Por qué no necesito comida?

¿Por qué no necesito agua? Uno también necesita agua para sobrevivir.

¿Por qué nunca siento calor ni frío?

He recordado mi nombre. Ha venido a mi mente mientras perseguía a la muchacha a través de los árboles. Wishman. Charles Wishman.

Ese nombre hizo que otros nombres aparecieran en mi mente. John Ranch. Carl Jung. Immanuel Kant. Paul Cuiran. Janice Rowlin. Cheryl Wishman...

¿Acaso es Cheryl el nombre de la muchacha?

Ella lleva mi apellido. ¿Es posible que sea... mi esposa?

Me concentro en la palabra «esposa». Pasa un rato antes de que pueda comprender -recordar- su significado. Cuando logro recordarlo me siento confundido. Si Cheryl Wishman es mi esposa, ¿por qué quiero matarla?

Hoy, en mi afán por atrapar a la muchacha, me lancé hacia adelante y la cogí por las piernas. Pero, de alguna manera, logró escabullirse. Sus pies están descalzos y uno de ellos me golpeó en la garganta. Pero ni siquiera sentí el golpe.

Una vez de pie me echó una mirada por encima del hombro. Su rostro era una máscara de terror, pero alcancé a distinguir rasgos familiares debajo de esa máscara, y ahora sé positivamente que era mi esposa. ¿Era? ¿Por qué digo «era»? Ella debe de ser todavía mi esposa. Pero, si es mi esposa, ¿por qué quiero matarla? Finalmente la respuesta aparece claramente en mi mente: porque ella te mató a ti.

Pero es una respuesta equivocada. Ahora sé que ella me mató, pero no recuerdo cómo ni por qué; pero no es ésa la razón por la que deseo matarla. Quiero matarla porque ella espera precisamente eso.

Ahora estoy nuevamente de pie y persiguiéndola a través del bosque. Pero, como siempre, ella llega al río antes que yo, cruza la corriente y desaparece en la orilla opuesta.

Estoy sentado en el suelo de la cueva, pensando. Mis períodos de conciencia son cada vez más largos.

¿Por qué me mató mi esposa?

¿Por qué no estoy muerto?

Una nueva palabra aparece en mi mente. Endoanalista.

Es una palabra clave y revela mucho de lo que estoy intentando recordar.

Yo era un endoanalista. Estudié cuiranismo en la John Ranch School de Endopsicología. Abrí una consulta en Beech Street en la subciudad de Forestview, N.A. Compré una casa en la colina en las afueras de la ciudad y me instalé allí con mi esposa Cheryl. Teníamos muchos amigos. Organizábamos fiestas y asistíamos a las que organizaban nuestros amigos. Mi trabajo marchaba viento en popa. Durante la temporada de caza, Cheryl y yo solíamos cazar venados.

Pero no me es posible comprender/recordar qué significa cuiranismo.

Hoy la muchacha -no, la llamaré Cheryl, porque es Cheryl-, hoy Cheryl se cayó mientras huía colina abajo. Pero logró esquivarme cuando intenté cogerla y rodó por la ladera. Mientras me internaba en el bosque tras sus pasos me oí a mí mismo gritando la palabra «asesina» una y otra vez. Es como si ella hubiese puesto esa palabra en mis labios.

¡Ya lo tengo! Cuiranismo es la teoría de Paul Cuiran relativa a la naturaleza de los sueños.

De la naturaleza de la realidad.

Pero es algo más que una simple teoría. Hace mucho tiempo que la hizo realidad. Pero los analistas freudianos se han negado a aceptarla. Ellos siguen intentando dejar a Cuiran al margen de sus especulaciones.

Han sido incapaces de hacerlo.

A finales del siglo pasado, Cuiran combinó las propiedades de la estética trascendental de Kant y del inconsciente colectivo de Jung y comenzó a hablar de Espacio Luminoso y Espacio Oscuro. El Espacio Luminoso, afirmó Cuiran, es la realidad tal como la percibimos. El Espacio Oscuro es el reino de los sueños. Ambos, decía Cuiran, constituyen la cosa-en-sí kantiana, y ninguno de los dos posee tiempo ni, a pesar del nombre que se les aplica, espacio. Tiempo y espacio, sostenía él, son impuestos por el espectador.

Cuiran concentró sus esfuerzos en la investigación del Espacio Oscuro. Después de desarrollar una droga, a la que llamó cuirano, que servía para establecer un nexo emocional con ellos, Cuiran descubrió que podía entrar en los sueños de sus pacientes. Entonces se concentró en sus sueños recurrentes y comenzó a curarles destruyéndolos o cambiándolos. Se llamó a sí mismo endoanalista. En los Catskills, John Ranch, su discípulo más famoso, construyó la John Ranch School de Endopsicología.

Yo he entrado en miles de sueños.

Sueños recurrentes.

Un endoanalista competente no se preocupa de los sueños ordinarios. Incluso las llamadas pesadillas son inocuas. Es en los sueños obsesivos donde concentramos toda nuestra atención.

Los pacientes con sueños recurrentes acudían a mí. Yo penetraba en esos sueños y les curaba. Yo sé lo que es el Espacio Oscuro. Es muchas cosas si uno explora sus ramificaciones arquetípicas jungianas; pero para el endoanalista avezado no es más que lo que el soñador quiere, y su reloj es la mente del paciente. Invariablemente, los dos «niveles» de realidad de la cosa-en-sí están divididos por una barrera simbólica. Cuando el soñador despierta; él/ella pasa a través de esa barrera. El soñado nunca puede hacerlo.

Yo me encuentro ahora en el Espacio Oscuro. Pero no como endoanalista. Yo soy el soñado.

La mente soñante de Cheryl ha formado en el Espacio Oscuro un bosque que revierte en sí mismo, y una colina sin cima. Como barrera, ella usa una corriente de agua.

Ella me asesinó y ahora continúa soñando que yo me oculto en una cueva, esperando para matarla. Pero su mente durmiente sigue olvidando que estoy aquí e, ignorante de mi presencia, su yo soñante sigue subiendo la colina hasta mi cueva.

¿Por qué me asesinó?

¿Cómo?

No puedo recordarlo. Las paredes de la cueva parecen cernirse sobre mí cuando intento pensar. La boca de la cueva se oscurece. Justo antes de que los últimos rastros de conciencia desaparezcan, un relámpago de terror cruza mi mente. ¡Si ella no vuelve a soñar ese sueño estaré verdaderamente muerto!

Aquel día salimos de caza. Sí, ahora lo recuerdo.

Hace poco que Cheryl desapareció más allá de la corriente/barrera. Estoy sentado en el suelo de mi cueva.

Sí, aquel día salimos de caza.

Ella y yo.

El día es oscuro. Mis pensamientos me llevan más allá de él. Vuelvo a ser lo que era antes de mi asesinato. Un endoanalista. Estoy sentado en mi consultorio de Beech Street, escuchando el relato de los sueños de mis pacientes. 

Soy cada vez más rico. En los círculos profesionales se dice que mis honorarios son exorbitantes. Tal vez lo son. Pero si un médico no roba a sus pacientes, su prestigio profesional se verá resentido. En cualquier caso, lo que cobro está perfectamente justificado. 

Hube de pasar cinco largos años adquiriendo la experiencia que ahora poseo. Incluso con el cuirano, uno no se adentra alegremente en los sueños. Y cada sueño es diferente, y uno debe aprender del paciente qué es lo que habrá de encontrar antes de entrar en el sueño, y debes saber de antemano qué hay que hacer para destruir el sueño o para alterarlo de un modo tal que él o ella no vuelva a soñarlo y se cure de la enfermedad que le ha provocado el sueño.

¡Yo he entrado en esos sueños!

Una mujer camina por la calle. Ve un desfile de niños que se aproxima y se detiene para mirarlos. Ve que cada niño lleva una lanza. Cuando el centro del desfile llega junto a ella, el líder grita «¡Alto!» y los niños se detienen. «¡Vista a la izquierda!», grita el líder, y todos los niños se vuelven simultáneamente para mirar a la mujer. La mitad son niños y la otra mitad, niñas. 

Las niñas llevan uniformes de color rosa y los niños de color azul. Cada uno de ellos tiene una gran cruz dorada pendiente de una cadena de oro en torno al cuello. No hay sol, pero las cruces relucen como si el sol brillase en lo alto del cielo. «¡Falange!», grita el líder, y la segunda, cuarta y sexta líneas dan un paso hacia la derecha. «Cerrar líneas, bajar las lanzas y avanzar.» La falange se aproxima a la mujer mientras las puntas de las lanzas despiden destellos bajo la luz del inexistente sol. 

Aterrorizada, la mujer trata de alejarse de la compacta línea de lanceros, pero se ve acorralada contra el sólido muro de un edificio. Entonces trata de huir calle arriba, pero la falange le corta el paso. Yo me encuentro en un portal contiguo. Sabía lo que eran esos niños antes de entrar en el sueño. Esos niños eran los que ella hubiese dado a luz si no hubiera desafiado a la Iglesia tomando píldoras anticonceptivas. 

Yo sé que ella despertará antes de que los niños la alcancen, pero debo impedir que la mujer vuelva a tener ese sueño. Me quito el cinturón, camino hasta donde se halla la mujer, me apoyo sobre una rodilla y coloco a la mujer encima de la otra. Levanto su vestido, le bajo las bragas y comienzo a golpear sus nalgas desnudas con mi cinturón. 

Ella grita de dolor. La falange se detiene, los niños bajan sus lanzas y se echan a reír. Un momento después el sueño finaliza. Nunca más volverá a soñar lo mismo.

Un hombre joven está escalando un risco. No es un montañero y está verdaderamente aterrorizado. Ha alcanzado una zona del risco desde la que no puede encontrar ningún asidero. Su situación es precaria y, en breves momentos, caerá al vacío. Entonces se despertará. 

A partir de su descripción de este sueño recurrente he deducido que el risco es la universidad en la que está realizando un curso de medicina, y he llegado a la conclusión de que no ha obtenido las calificaciones necesarias para convertirse en médico. No puede llegar más alto porque no desea llegar más alto, y es precisamente esta situación la que debe admitir.

Yo me he colocado a una considerable distancia por encima de él y ahora le lanzo una cuerda.

-Debe deslizarse hacia la derecha -le grito-. Ahí hay un saliente.

Coge desesperadamente la cuerda, se impulsa y realiza un movimiento pendular hacia el saliente. Se trata de un saliente de gran tamaño y desde ahí parte una gran fisura que conduce a la cima del risco. De modo que ahora, en lugar de despertarse, termina de escalar el risco. 

Se trata de una ruta tan sencilla que el joven comprende que ésa es la forma lógica de llegar a la cima y que debe abandonar la ruta anterior, aun cuando el nuevo camino le lleve a una cumbre diferente.

Cuando llega a la cima, se siente encantado con la vista y liberado de su atolladero.

¡Qué sueños!

Yo acostumbraba a entrar en muchos de los sueños de mi esposa.

La había perseguido otra vez y luego había regresado a mi cueva. Cuando desperté tuve la sensación de que había dormido durante siglos.

A1 principio entré en sus sueños sólo por curiosidad. Solamente deseaba saber qué soñaba. Tomaba una dosis de curiano antes de meterme en la cama y luego, acostado junto a ella en la oscuridad, deslizaba mi yo soñante dentro de su mente.

Sus sueños eran muy simples y me aburrían. Pero yo ya estaba aburrido. De ella. Y me irritaba descubrir que era tan inocente como parecía.

Su simplicidad siempre había sido una afrenta a mi inteligencia. Me colocaba en situaciones comprometidas en las fiestas al hablar en el momento menos oportuno, al reírse cuando no debía hacerlo o al no reír cuando debía hacerlo. Y además estaba aquella situación mía con Janice Rowlin. 

Todos mis pacientes eran ricos -debían serlo para permitirse el lujo de acudir a mi consulta-, pero Janice era obscenamente rica. Sus padres habían construido un castillo junto al Hudson. A1 igual que muchas de mis pacientes, Janice se había enamorado de mí. Era sólo una chiquilla y un día heredaría la inmensa fortuna de sus padres. Pero el dinero no era lo único que la volvía fascinante. Era sofisticada, culta, inteligente... todo lo que Cheryl no era. 

Deseaba casarme con ella, pero Cheryl era una mujer chapada a la antigua y yo sabía que tendría que librar una verdadera batalla para que me concediera el divorcio y temía que la publicidad afectara a mi profesión.

Hay dos formas diametralmente opuestas que un endoanalista puede escoger para matar a alguien. Puede hacerlo desde fuera... o desde el interior.

Cheryl soñaba a menudo con agua. Ella soñaba que estaba en la orilla del mar y veía que una enorme ola se aproximaba a la playa. Una tsunami. Ella echaba a correr. Yo hacía que tropezara, aumentando así su angustia. Se arrastraba por la arena, rodaba sobre sí misma y veía que la ola estaba prácticamente sobre ella y gritaba. 

También me veía a mí pero yo pensaba que simplemente creía que soñaba conmigo. Cheryl se ponía de pie y echaba a correr nuevamente sin dejar de gritar. Por supuesto, se despertaba antes de que la ola la alcanzara. Entonces se acurrucaba junto a mí, gimoteando durante un rato antes de volver a dormirse.

Otro sueño recurrente de Cheryl era uno que supuse que se trataba de un sueño infantil. En realidad no se puede decir que era un sueño recurrente en el sentido usual del término, porque no le provocaba ningún malestar psicológico. De hecho, antes de que yo pudiese entrar en él, el sueño la aliviaba.

En el sueño aparecía su osito. Ella era apenas una niña y entraba en un cuarto de niños cuyas paredes estaban empapeladas con dibujos de juguetes y cajones de arena, columpios y caballitos, y buscaba su osito. Al no encontrarlo se asustaba. Lo buscaba por todas partes. Debajo de la cama, debajo del ropero, en el armario, detrás de las cortinas. 

Finalmente, lo encontraba debajo de la almohada de su pequeña cama, lo abrazaba con fuerza y se acostaba en la cama sin soltarlo, y, cuando se dormía, se encontraba durmiendo en su verdadera cama junto a mí. A la mañana siguiente se despertaba radiante y feliz y cantaba una de sus canciones favoritas mientras se vestía.

Las primeras veces que entré en su sueño me mantuve alejado de su punto de observación y ella ignoraba que me encontraba allí. Entonces, una noche, la seguí hasta la pequeña habitación y, después de que hubo encontrado el osito, se lo quité de los brazos y le arranqué los ojos. Luego se lo devolví y ella permaneció sollozando sobre la cama. Cuando el sueño terminó pude oír cómo lloraba junto a mí en la oscuridad.

Arranqué los ojos del osito en sucesivos sueños y luego cambié de táctica. Ahora, cuando le quitaba el osito, lo cogía de una pata y le golpeaba la cabeza contra la pared. Cada vez que yo hacía esto, Cheryl se despertaba profiriendo alaridos. Lo repetí una y otra vez. 

En todos esos sueños yo me convertía en un viejo con una gran nariz en forma de gancho y pequeños ojos malignos, y estaba seguro de que ella creía que el viejo no era más que otro elemento perverso añadido al sueño. Pero me traicioné a mí mismo al entrar en sus sueños de agua con mi verdadera identidad. 

Las mañanas que seguían a los sueños del osito, Cheryl despertaba con los ojos hinchados y el rostro macilento. Durante el desayuno sólo bebía una taza de café. Creo que no probaba bocado en todo el día. A medida que transcurría el tiempo, Cheryl se volvía cada vez más delgada. Se hundía progresivamente dentro de sí misma. Yo estaba seguro de que acabaría matándose. Pero no lo hizo. Me mató a mí.