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Sortilegio de Otoño - Joseph von Eichendorff

El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una barba tupida y descuidada.

Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Al día siguiente, añadió, le indicaría la única manera de salir de aquellos bosques. Ubaldo aceptó y le siguió a través de los desiertos desfiladeros.

Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa cueva, en medio de la cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de madera. Al fondo estaba situada un lecho de hojas secas. Ubaldo ató su caballo a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y vino. 
 
Después de haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué le había llevado hasta allí.

—No indagues quién soy —respondió secamente el ermitaño, y su rostro se volvió sombrío y severo. Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con atención y se sumía en profundas meditaciones cuando empezó a contarle algunos viajes y gestas gloriosas que había realizado en su juventud. Finalmente Ubaldo, cansado, se acostó en el lecho de hojas secas que le había ofrecido su huésped y se durmió pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.

A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó sobresaltado y se incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el silencioso perfil de los montes. Delante de la caverna vio al desconocido paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles. Cantaba con voz profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:
 
Me arrastra fuera de la cueva el temor. 
Me llaman viejas melodías.
Dulce pecado, déjame
O póstrame en el suelo
Frente al embrujo de esta canción,
Ocultándome en las entrañas de la tierra.
¡Dios! Querría suplicarte con fervor,
Mas las imágenes del mundo siempre
Se interponen entre nosotros,
Y el rumor de los bosques
Me llena de terror el alma.
¡Severo Dios, te temo! 
¡Oh, rompe también mis cadenas! 
Para salvar a todos los hombres 
Sufriste tú una amarga muerte. 
Estoy perdido ante las puertas del infierno. 
¡Qué desamparado estoy! 
¡Jesús, ayúdame en mi angustia!
 
Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una imperceptible oración, semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del riachuelo cercano a las montañas y el leve silbido de los abetos se unieron en una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de nuevo sobre su lecho.

Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los árboles, cuando el ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el camino hacia los desfiladeros. Ubaldo montó alegre su caballo y su extraño guía cabalgó en silencio junto a él. 
 
Pronto alcanzaron la cima del monte, y contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño pareció especialmente sorprendido:

—¡Ah, qué hermoso es el mundo! —excluyó turbado, cubrió su rostro con ambas manos y se apresuró a adentrarse de nuevo en los bosques. Ubaldo, moviendo la cabeza, tomó el conocido camino que conducía a su castillo.

La curiosidad le empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con esfuerzo, consiguió encontrar la cueva, donde el ermitaño le recibió esta vez sombrío y silencioso.

Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que éste quería sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu luchaba en vano contra el enemigo, pues en su conducta no existía la alegre confianza de un alma verdaderamente sumisa a la voluntad de Dios, y, con frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía una contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y llameantes ojos de aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto aire salvaje.

Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para ayudar con todas sus fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el ermitaño calló su nombre y su vida anterior durante todo aquel tiempo, y parecía temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más apacible y confiado. Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerle para que le acompañara a su castillo.

Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo ordenó encender un hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de cuantos tenía. Era la primera vez que el ermitaño parecía encontrarse a gusto. Observaba muy atentamente una espada y otras armas que, colgadas en la pared, reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba silenciosamente al caballero.

—Vos sois feliz —dijo—, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero temor y profundo respeto; vive sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y domina con serena tranquilidad la vida, al igual que un navegante que sabe manejar el timón, y no se deja confundir con el maravilloso canto de las sirenas. Junto a usted me he sentido muchas veces como un necio cobarde o como un loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la sobriedad!

Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de su huésped, le insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su vida. El ermitaño se quedó pensativo.

—Si me promete —dijo finalmente— mantener eternamente en secreto lo que voy a contarle y me permite omitir los nombres, lo haré.

El caballero levantó su mano en señal de juramento y llamó a continuación a su mujer, de cuyo silencio respondía, para que participase junto con él de la historia tan ansiosamente esperada.

Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era alta y de hermosa figura en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el crepúsculo, reflejando en los encantadores niños su propia belleza. 
 
El huésped se sintió profundamente confundido al verla. Abrió bruscamente la ventana y, pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido. Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a hablar de la siguiente manera:

«El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los valles cercanos a mi castillo. La música había callado, la fiesta terminaba y los animados invitados se dispersaban. Era una fiesta de despedida que yo ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había armado de la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa. 
 
«Desde nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el único deseo y la única esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy recuerdo con indescriptible nostalgia aquel tiempo tranquilo como la mañana, cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos con la imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y otros héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué pronto cambió todo en mí!

«Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual, sin que ella lo supiera, estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel silenciosa de estas montañas. Sí, yo era lo bastante fuerte para luchar, pero no tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.

«También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al esplendor de su hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba a montar en su caballo, tuve el valor de confesarle que, si era su voluntad, renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró fijamente, casi con horror, y salió al galope».

Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro. Pero el huésped no lo advirtió y siguió su relato:

«Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas ojivales, entraban en los salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos. Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del silencioso bosque llegaban los acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era mi soledad, que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido corazón.

«Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje desconocido entre las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano a través de un prado maravilloso que acariciaban los oblicuos rayos del sol poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el aire azul y sobre las montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.

«De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que parecían responderse unos a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban con un canto. Hasta entonces, ninguna melodía me había conmovido de tal manera, y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que llegaban a mí a través del viento:

Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
Se van los pájaros volando.
Los pensamientos vagan sin consuelo
¡Ay de mí, que no encuentran refugio!
Y las oscuras quejas de los cuernos,
Golpean el corazón solitario.
¿Ves el perfil de los azules montes
Que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes?
Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
Todo se junta allá a lo lejos.
Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente.
Pronto sucumbe la belleza;
Igual que el esplendor se apaga del verano
Debe la juventud inclinar sus flores.
Callan alrededor todos los cuernos.
Esbeltos brazos para abrazar,
Y roja boca para el dulce beso,
El cobijo del blanco seno,
Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.  
Dulce amor, ven, antes de que callen.

«Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi halcón, tan pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después desaparecer en el aire y no volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir, seguí oyendo aquella seductora melodía que confusa, unas veces se alejaba y, otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
 
«Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una montaña, un majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un bellísimo jardín, repleto de todos los colores, que rodeaba al castillo como un anillo mágico. 
 
«Todos los árboles y los setos, encendidos por los tonos violentos del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster, las últimas estrellas del verano, brillaban allí con múltiples destellos. El sol poniente derramaba sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando sus deslumbrantes llamas en las ventanas y en las fuentes.

«Me di cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había escuchado poco antes provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta magnificencia, bajo los emparrados, a la doncella de mis sueños, que paseaba cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los cuernos de caza seguían sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me ayudaron a desmontar.

«Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la explanada del jardín, donde se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro; largos velos transparentes cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas sujetaba sobre la frente.

«Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el dolor, me dijo:

«—¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y cuando el otoño inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has llegado a la esfera de mi canción? Déjame y vete.

«Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me hablara y se explicase. Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al lado del otro, el jardín.

«Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había tornado grave y majestuoso.

«—Debes saber —dijo— que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido de ti, es un traidor. He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha ocultado su amor. No ha partido hacia Palestina: mañana vendrá para llevarme a un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la mirada de todos. Ahora debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.

«Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una gema de su diadema heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un tembloroso deleite.

«Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido como un veneno en mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios senderos. Finalmente, cansado, me eché sobre los escalones de piedra de la puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía, y me dormí combatido por extraños pensamientos.

«Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del castillo estaban cerradas, y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los nuevos y hermosos colores de la mañana, se despertaban en mi corazón la imagen de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía feliz sabiéndome amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.

«El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre sus propios pasos. Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De improviso vislumbré en la copa de un árbol un pájaro con un plumaje tan maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco para lanzar la flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía saltando de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.

«Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí no llegaba la fría brisa y todo estaba todavía verde y florido como en el verano. Del centro del valle salía un canto embriagador. Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se manifestó delante de mí.

«En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hiedra y juncos. Muchas doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas. Entre ellas se encontraba mi hermosísima amada sin velos, que, silenciosa, mientras las otras cantaban, miraba fijamente el agua, que cubría sus tobillos, como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua. Permanecí durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso grupo salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.

«Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que abrasaban mi corazón. Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba delante de mis ojos la visión de aquellos miembros juveniles.

«La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una tremenda tormenta apareció sobre los montes. "Sólo nos volveremos a ver si él muere", repetía para mí, mientras huía como si me persiguieran fantasmas.

«A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de toda mirada humana y de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo de mi amada. Los cuernos de caza sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como una tenue luz de luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y la oscuridad.

«Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a cuyos pies pasaba un ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra oscura que, sentada sobre una piedra, silenciosa e inmóvil, parecía ella misma también de piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo. Una luna color sangre apareció por un instante, reconocí entonces a mi amigo, el prometido de mi amada.

«Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces le vi empuñar su espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré. Luchamos unos instantes y luego lo despeñé.

«De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte como si sepultase eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas turbulentas.

«Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis espaldas una carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles. Al mismo tiempo creí ver en la confusión de mis sentidos, al pájaro que poco antes había perseguido. Me precipité lleno de espanto, a través del bosque, y salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas del castillo:

«—¡Abre —gritaba fuera de mí—, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón! ¡Ahora eres mía en la tierra y en el infierno!

«La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi pecho, destrozado por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.

«No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas y maravillosas flores, entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los torrentes de luz y de música, del placer salvaje e inefable que gusté entre los brazos de la doncella».

En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción. Eran pocas notas: ora semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un clarinete, cuando el viento soplaba sobre los lejanos montes, encogiendo el corazón.

—Tranquilícense —dijo el caballero—. Estamos acostumbrados a esto desde hace tiempo. Se dice que en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces, en las noches de otoño, esta música llega hasta nuestro castillo. Pero igual que se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.

Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con esfuerzo consiguió dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado, callaba, perdido en profundos pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de una larga pausa volvió en sí y retomó su narración, aunque no con la calma de antes:

«Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en una invencible melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a despedirse. Pero bastaba un sueño profundo para que se calmase, y su rostro maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la mañana, frescos y como recién creados.

«Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi amada estaba más triste y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el viento del invierno jugaba con las hojas caídas. Advertí que mientras miraba el paisaje palidecía y temblaba. Todas sus damas se habían ido, las canciones de los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que, finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi hasta apagarse. 
 
«El sol se ocultó detrás de los montes, e iluminó con un último fulgor el jardín y los valles. De repente, la doncella me apretó entre sus brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta entonces y resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado. Era como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos se cerraron involuntariamente: caí adormecido y soñé.

«Cuando me desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el castillo y la luna brillaba muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho de seda. La observé con asombro: estaba pálida, como muerta. Sus rizos caían desordenadamente como enredados por el viento, sobre su rostro y su pecho. Todo lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto; igual que cuando me había dormido. Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. 
 
«Me acerqué a la ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había visto. El rumor de los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla del castillo a dos hombres que murmuraban frases oscuras, y se inclinaban curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer una tela de araña. No entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi nombre. 
 
«Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad de la luna. Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte e inmóvil. Sobre su plácido seno brillaba una piedra similar al ojo del basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.

«Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la alcoba y me precipité a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor se había apagado. Cuando salí del castillo vi a los dos desconocidos dejar lo que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como estatuas. 
 
«Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron mi terror. Salté aprisa el muro del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los árboles susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.

«Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores cantaban entre los arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces humanas, y viejos y olvidados recuerdos volvieron a amanecer en mi corazón apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas una hermosa alba de primavera.

«—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —exclamé con asombro. No sabía qué me había pasado—. El otoño y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he permanecido tanto tiempo?

«Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un estremecimiento de placer recorrió la tierra; brillaron los torrentes y los castillos; los tranquilos y alegres hombres preparaban sus trabajos cotidianos; incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré amargamente mi vida perdida.

«No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me propuse no bajar más al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí sepultarme vivo en un lugar desolado, invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de los hombres antes de haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único que en mi pasado era claro para mí.
 
«Así viví todo un año hasta que me encontré con usted. Cada día elevaba ardientes plegarias y a veces me pareció haber superado todo y haber encontrado la gracia de Dios, pero era una falsa ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de colores sobre el monte y el valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban en mi soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. 
 
«El sonido de las campanas de la lejana catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela sobre las montañas y llega hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y callado reino del Dios de la infancia, que ya no existe. 
 
«Sepan que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo».

—¡Pobre Raimundo! —exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con profunda emoción al ermitaño, absorto e inmerso en su relato.

—¡Por Dios! ¿Quién es que conoce mi nombre? —preguntó el ermitaño levantándose como herido por un rayo.

—Dios mío —respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso ermitaño—. ¿Es que no me reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas, Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas en secreto y a la que ayudaste a montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y una vida venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. 
 
Te he reconocido sólo cuando comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el que tú describes y nunca he luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente después de aquella fiesta salí para Palestina, donde combatí varios años, y, a mi vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. 
 
Ella tampoco te ha visto jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía. Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha tenido, mi pobre Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años. Los días han sido meses para ti. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme dónde estabas y todos te creíamos perdido.

A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada vez más fuertemente a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su esposa con ojos extraviados. De repente reconoció a su amigo y a la amada de su juventud, iluminados por la crepitante llama de la chimenea.

—¡Perdido, todo perdido! —exclamó trágicamente. Se separó de los brazos de Ubaldo y huyó velozmente en la noche hacia el bosque.

—Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga ilusión —decía para sí mientras corría, hasta que las luces del castillo de Ubaldo desaparecieron a sus espaldas. Involuntariamente, se había dirigido hacia su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.

Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años antes, cuando se había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el dolor por el perdido esplendor de la gloria de su juventud se apoderaron de toda su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como antaño, pero la desolación reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en ruinas.

Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías brillaban acá y allá sobre la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro cantaba una maravillosa canción que llenaba el corazón de una gran nostalgia.

Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo. Con terror reconoció también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado. Asomado a una ventana del castillo había un hombre alto, pálido y manchado de sangre. Era la imagen de Ubaldo.

Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la claridad de la mañana. De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en la flor de su juventud. Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.

Raimundo, enloquecido, salió del jardín y persiguió a la dulce figura, precedido del extraño canto del pájaro.

A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del cuerno de caza, que en otro tiempo le sedujera.

Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente,

oyó, como si fuera un eco en la lejanía...

Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes.

Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.

Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
¡Dulce amor, ven antes de que callen!
resonó una vez más.

Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo profundo del bosque. Desde entonces nadie le ha vuelto a ver.

La Bestia de la cueva - H. P. Lovecraft

La horrible conclusión que había ido gradualmente imponiéndose en mi mente confundida y reacia resultaba ahora de una espantosa certeza. Estaba perdido, completa y descorazonadoramente perdido en las vastas y laberínticas profundidades de la cueva Mammoth. Hacia donde me volviese, por más que forzase la vista no lograba distinguir nada que pudiera servirme de pista para encontrar el camino de salida. Mi intelecto ya no albergaba dudas sobre que nunca más llegaría a contemplar la bendita luz del día, ni a deambular por las amables colinas y valles del hermoso mundo exterior. La esperanza se había esfumado. 

Pero, condicionado como estaba por una vida de estudios filosóficos, obtuve no poca satisfacción de mi desapasionada postura; ya que aunque había leído suficiente acerca del salvaje frenesí que acomete a las víctimas de sucesos similares, yo no experimenté nada parecido, sino que mantuve la calma apenas descubrí que me había perdido.

Tampoco el pensamiento de haber errado más allá del alcance de una búsqueda normal me hizo ni por un momento perder la calma. Si había de morir, reflexionaba, entonces esta caverna terrible pero majestuosa me resultaría un sepulcro tan grato como el que pudiera brindarme un camposanto; una idea que me provocaba tranquilidad antes que desesperación.

La muerte por inanición sería mi destino; de eso estaba convencido. Yo sabía que algunos habían enloquecido en similares circunstancias, pero sentía que tal no sería mi fin.

Mi desgracia no era fruto sino de mi propia voluntad, ya que, a escondidas del guía, me había despegado voluntariamente del grupo visitante y, deambulando cerca de una hora a través de las prohibidas galerías de la cueva, me había encontrado luego incapaz de desandar los intrincados vericuetos recorridos tras abandonar a mis compañeros.

Mi antorcha comenzaba ya a flaquear y pronto me hallaría sumido en la negrura total y casi palpable de las entrañas de la tierra. Mientras permanecía al resplandor de la menguante y temblorosa luz, especulé ocioso sobre las circunstancias exactas en que se produciría mi cercano fin. 

Recordé las historias sobre la colonia de tuberculosos que, habiéndose instalado en esta gigantesca gruta buscando la salud en su temperatura uniforme y suave, su aire puro y su pacífica tranquilidad, habían, sin embargo, muerto en circunstancias extrañas y terribles. 

Yo había mirado los tristes restos de sus chozas destartaladas al pasar con el grupo, preguntándome qué antinatural efecto podría lograr una larga estancia en esta caverna inmensa y silenciosa sobre alguien como yo, saludable y vigoroso. Ahora, me dije tétricamente, había llegado la ocasión de comprobar tal respecto, a no ser que la falta de comida acelerase mi tránsito.

Según se esfumaban en la oscuridad los últimos e intermitentes resplandores de mi antorcha, resolví no dejar piedra sobre piedra, ni desdeñar cualquier posible medio de escapar; así que prorrumpí en una sucesión de gritos tremendos, a pleno pulmón, con la vana esperanza de llamar la atención del guía. 

Sin embargo, mientras vociferaba, tuve la sensación de que mis gritos resultaban un despropósito, y que mi voz, aumentando y reverberando por las innumerables paredes del negro laberinto circundante, no llegaba a otros oídos que los míos. Sin embargo, a una, mi atención se volvió sobresaltada hacia un sonido de suaves pasos que imaginé escuchar acercándoseme sobre el suelo rocoso de la cueva. ¿Era inminente mí salvación? ¿No habían sido entonces todos mis horribles temores otra cosa que naderías, y el guía, habiéndose percatado de mi inexplicable ausencia, había seguido mi rastro, buscándome a través de este laberinto calcáreo. 

Mientras aquellas preguntas felices brotaban en mi interior, estuve a punto de reanudar mis gritos para acelerar mi descubrimiento; pero en un instante mi alegría se trocó en horror al volver a escuchar, ya que mis siempre agudos oídos, ahora afinados aún más por el completo silencio de la cueva, dieron a mi entumecido entendimiento la inesperada y espantosa certeza de que aquellas pisadas no sonaban como las de un ser humano. 

En la quietud ultraterrena de esa subterránea región, la aparición del guía con su calzado hubiera resultado como una serie de golpes claros e incisivos. Aquellos sonidos eran blandos y sigilosos, como los que podrían producir las zarpas almohadilladas de un felino. Además, a veces, escuchando cuidadosamente, me parecía distinguir el paso no de dos, sino de cuatro pies.

Ahora ya estaba convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia salvaje, quizás un puma extraviado por accidente en el interior de la cueva. Quizás, reflexioné, el Todopoderoso me había designado una muerte más rápida y misericordiosa que el hambre. 

Aunque el instinto de conservación, nunca apagado por completo, se conmovió en mi ser y, a pesar de que evitar el peligro que se acercaba podía depararme un final más largo e inclemente, me dispuse, sin embargo, a vender la vida lo más cara posible. Por extraño que pueda parecer, mi mente no concebía otra intención en el visitante que la de una clara hostilidad. 

En consecuencia, permanecí inmóvil, esperando que la bestia desconocida, a falta de un sonido que la guiase, perdiese mi dirección y pasase de largo. Pero esa esperanza iba a revelarse infundada, ya que aquellas extrañas pisadas avanzaban implacables; sin duda, el animal me olfateaba y, en una atmósfera tan absolutamente limpia de cualquier influencia contaminante como resulta la de una cueva, podía sin duda seguirme hasta gran distancia.

Por consiguiente, viendo que debía armarme para defenderme de un extraño e invisible ataque en la oscuridad, tanteé en busca de los mayores de entre los fragmentos de roca dispersos por doquier en el suelo de la caverna circundante y, empuñando uno en cada mano, listos para ser usados, esperé resignado los inevitables sucesos. 

Mientras, el odioso paso de garras se acercaba. La conducta de esa criatura era realmente extraña. Casi todo el tiempo, los movimientos parecían propios de un cuadrúpedo, moviéndose con una curiosa descoordinación entre miembros delanteros y traseros; y, sin embargo, durante algunos pocos y cortos intervalos, me pareció que caminaba sobre dos patas tan sólo. 

Me pregunté qué clase de animal tenía delante; debía tratarse, suponía, de alguna infortunada bestia que había pagado la curiosidad de indagar a las puertas de la temible gruta con una reclusión de por vida en esas interminables profundidades. Sin duda, se alimentaba de peces ciegos, murciélagos y ratas de la cueva, así como de los peces comunes que nadan en los manantiales del río Verde, el cual comunica por vías ocultas con las aguas de la caverna. 

Llené mi terrible espera haciendo grotescas conjeturas sobre los efectos que una vida cavernaria pudieran haber causado sobre la estructura física de la bestia, recordando las espantosas apariencias que la tradición local achacaba a los tuberculosos muertos tras una larga residencia en la cueva. 

Entonces, con un sobresalto, recordé que, aun en el caso de lograr matar a mi antagonista, nunca llegaría a contemplar su apariencia, dado que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y no tenía encima ni una cerilla. La tensión mental se volvía ahora espantosa. Mi imaginación desbocada conjuraba formas odiosas y temibles en la siniestra oscuridad circundante, que parecían ya casi presionarme. Las espantosas pisadas se acercaban, cerca, más cerca. 

Creo que debí lanzar un grito, aunque de haber sido en verdad tan timorato como para hacerlo, mi voz apenas debió responderme. Estaba petrificado, clavado al sitio. Dudaba de que mi brazo derecho me respondiera lo bastante como para disparar sobre el ser llegado el momento crucial. El inexorable, pat, pat, de pisada está al alcance de la mano, ya muy cerca. 

Podía oír el trabajoso resuello del animal, y, aterrorizado como estaba, aún llegué a comprender que venía de muy lejos y estaba por tanto fatigado. Repentinamente se rompió el maleficio. Mi brazo derecho, guiado por mi siempre fiable oído, lanzó con todas sus fuerzas el pedazo de caliza, de bordes agudos, que sostenía, impulsándolo hacia el lugar de la oscuridad de donde provenían resuello y pisadas; y, por increíble que parezca, estuvo a punto de alcanzar su objetivo, ya que escuché brincar al ser, yendo a cierta distancia y pareciendo detenerse allí.

Reajustando el tiro, lancé el segundo proyectil, esta vez con mejores resultados, ya que lleno de alegría oí cómo la criatura caía de una forma que sonaba a desplome, quedando sin lugar a dudas tendida e inmóvil. Casi desbordado por el tremendo alivio consiguiente, me recosté tambaleándome contra la pared. El resuello proseguía, pesado, boqueando inhalaciones y exhalaciones; así que comprendí que no había hecho otra cosa que herir a la criatura. Y cualquier deseo de examinar al ser se esfumó. 

Por fin, algo semejante al miedo ultraterreno y supersticioso se alojó en mi cerebro y no me aproximé al cuerpo, ni seguí cogiendo piedras para rematarlo. En vez de eso, eché a correr tan rápido como pude y, tanto como me lo permitía mi frenético estado, por donde había llegado. 

Bruscamente escuché un sonido o, mejor, una sucesión regular de sonidos. AI instante siguiente se habían convertido en un golpeteo claro y metálico. Ahora no había duda. Era el guía. Y entonces grité, chillé, vociferé, incluso aullé de alegría contemplando en los techos abovedados la luminosidad débil y resplandeciente que yo sabía era el reflejo del brillo de una antorcha aproximándose.

Corrí al encuentro del resplandor y, antes de comprender del todo lo que hacía, estaba a los pies del guía, abrazándole las botas, balbuceando a pesar de mi reserva ostentosa de una forma que resultaba de lo más insensata y estúpida, barbotando mi terrible historia y, a la vez, aturullando a mi oyente con mis demostraciones de gratitud. 

El guía había notado mi ausencia cuando el grupo volvió a la entrada de la cueva y, llevado por su intuitivo sentido de la orientación, había procedido a realizar una exploración exhaustiva de los pasadizos frente a los que me viera por última vez, localizando mi paradero tras una búsqueda de unas cuatro horas.

Cuando me lo hubo contado, yo, envalentonado por la luz de su antorcha y por su compañía, comencé a pensar en la extraña bestia a la que había herido unos metros más atrás, en la oscuridad, y sugerí que fuéramos a ver, con ayuda del hacha, qué clase de criatura había yo abatido. Así que me volví sobre mis pasos, esta vez con un valor que nacía del estar acompañado, hasta el escenario de mi terrible experiencia. 

Pronto descubrimos un cuerpo blanco en el suelo, más blanco aún que la propia caliza resplandeciente. Avanzando con precaución, prorrumpimos en simultáneas exclamaciones de asombro, ya que de todos los monstruos antinaturales que pudiéramos haber contemplado en nuestra vida, éste resultaba con mucho el más extraño. 

Parecía ser un mono antropoide de grandes dimensiones, escapado quizás de algún circo ambulante. Su pelaje era blanco como la nieve, debido sin duda a la acción decolorante de una larga existencia en los recintos negros como la tinta de la cueva, pero asimismo aquel pelo era sorprendentemente ralo, faltando por doquier, excepto en la cabeza, donde era tan largo y abundante que caía sobre sus hombros en profusión considerable. 

El rostro permanecía oculto, ya que la criatura estaba boca abajo. El ángulo de los miembros era también muy singular, explicando empero la alteración de uso que yo antes notara y por la cual la bestia empleaba unas veces cuatro zarpas para desplazarse y otras sólo dos. Las manos o pies no eran prensiles, algo que atribuí a su larga estancia en la cueva que, como antes dije, parecía probada por aquella blancura completa y casi ultraterrena tan característica de toda su anatomía. No parecía dotada de cola.

La respiración se había vuelto ahora sumamente débil, y el guía había empuñado su pistola con la evidente intención de rematar a la criatura, cuando un inesperado sonido lanzado por esta última le hizo abatir el arma sin usarla. 

Aquel sonido era de naturaleza difícil de explicar. No era como los tonos normales que emiten las especies de simios conocidas, y me pregunté si aquella cualidad antinatural no sería el fruto de una larga estancia en silencio total, roto al fin por la sensación provocada por la llegada de luz, algo que la bestia no había visto desde su llegada a la cueva. El sonido, que de lejos puede definirse como una especie de profundo charloteo, proseguía débilmente. De repente, un fugaz espasmo de energía pareció estremecer el cuerpo de la bestia. 

Las zarpas se movieron convulsivamente y los miembros se contrajeron. Con un espasmo, el cuerpo blanco rodó hasta que el rostro giró en nuestra dirección. Por un instante me vi tan abrumado por lo que mostraban aquellos ojos, que no vi nada más. Eran negros, esos ojos; profundos, tremendamente negros, contrastando espantosamente con la nívea blancura de cabello y carnes. Como en otros moradores de cavernas, estaba profundamente hundidos en las órbitas y carecían completamente de iris.

Mirando más detenidamente, vi que se encontraban en un rostro que era menos prognato que el de cualquier mono normal e infinitamente más peludo. La nariz era bastante distinta.

Mientras observábamos la extraña visión que teníamos ante los ojos, los gruesos labios se abrieron y brotaron algunos sonidos, tras lo cual el ser se relajó y murió.

El guía se aferró a la manga de la chaqueta, temblando con tanta violencia que la luz se estremeció espasmódicamente, proyectando sombras extrañas y móviles sobre los muros de alrededor.

Yo no hice gesto, sino que permanecí envaradamente quieto, los ojos espantados fijos sobre el suelo de delante.

Y entonces se disipó el miedo, suplantado por asombro, espanto, comprensión y reverencia, ya que los sonidos lanzados por la figura herida que yacía sobre el suelo calcáreo nos habían susurrado la terrible verdad. La criatura que yo había matado, la extraña bestia de la inexplorada caverna, era o había sido en tiempos, ¡¡¡un HOMBRE!!!

La cueva secreta - H. P. Lovecraft

 

—Pórtense bien, chicos, mientras estoy fuera —dijo la señora Lee— y no hagan travesuras.

Porque los señores Lee iban a salir de casa, dejando solos a John, de diez años de edad, y Alice, de dos.

—Claro —contestó John.

Tan pronto como los Lee mayores se hubieron marchado, los jóvenes Lee bajaron al sótano y comenzaron a revolver entre los trastos. La pequeña Alice estaba apoyada en el muro, mirando a John. Mientras John fabricaba un bote con duelas de barril, la chica lanzó un grito penetrante y los ladrillos, a su espalda, cedieron. Él se precipitó hacia ella y la sacó oyendo sus gritos. Tan pronto como sus chillidos se apaciguaron, ella le dijo.

—La pared se ha caído.

John se acercó y descubrió que había un pasadizo. Le dijo a la niña.

—Voy a entrar y ver qué es esto.

—Bien —aceptó ella.

Entraron en el pasaje; cabían de pie, pero iba hasta más lejos de lo que podían ver. John subió arriba, al aparador de la cocina, cogió dos velas, algunos cerillos y luego regreso al túnel del sótano. Los dos entraron de nuevo. Había yeso en las paredes y el techo raso, y en el suelo no se veía nada, excepto una caja. Servía para sentarse y, aunque la examinaron, no encontraron nada dentro. Siguieron adelante y, de pronto, desapareció el enyesado y descubrieron que estaban en una cueva. La pequeña Alice estaba espantada al principio, y solo las afirmaciones de su hermano, acerca de que todo estaba bien, consiguieron calmar sus temores.

Pronto se toparon con una pequeña caja, que John cogió y llevó consigo.

Al poco llegaron a un bote de dos remos. Lo arrastraron consigo con dificultad y en seguida descubrieron que el pasadizo estaba cortado. Apartaron el obstáculo y, para su consternación, el agua comenzó a entrar en torrentes. John era buen nadador y buen buzo. Tuvo tiempo de tomar una bocanada de aire y trató de salir con la caja y con su hermana, pero descubrió que era imposible. Entonces vio cómo emergía el bote y lo agarró...

Lo siguiente que supo es que estaba en la superficie, agarrando con fuerza el cuerpo de su hermana y la caja misteriosa. No podía imaginarse cómo le habían dejado ahí las aguas, pero le amenazaba un nuevo peligro. Si el agua seguía subiendo, lo llenaría todo. 

De repente, tuvo una nueva idea. Podía encerrar otra vez a las aguas. Lo hizo con rapidez y, lanzando el ahora inerte cuerpo de su hermana al bote, se aupó él mismo y remó a lo largo del pasadizo. Aquello era espantoso, y estaba total y extrañamente oscuro, ya que había perdido la vela en la inundación, y navegaba con un cuerpo muerto yaciendo a su lado. No reparó en nada, sino que remó en su propio sótano. Subió con rapidez las escaleras, llevando el cuerpo, y descubrió que sus padres ya habían vuelto a casa. Les contó la historia.

* * *

 

El funeral de Alice ocupó tanto tiempo que John se olvidó de la caja. Pero, cuando la abrieron, descubrieron que contenía una pieza de oro macizo, valorada en unos 10,000 dólares. Suficiente para pagar casi cualquier cosa, excepto la muerte de su hermana.

Gil Braltar - Julio Verne


CAPÍTULO I

Estaban allí reunidos lo menos de setecientos a ochocientos. De mediano estatura; pero robustos, ágiles, cabellos, hechos para los saltos prodigiosos, Iban de acá para  allá, a los últimos resplandores del sol, que se ocultaba al otro lado de las montañas escalonadas hacia el Oeste de la rada. 

El disco rojizo desapareció bien pronto, y la obscuridad comenzó a extenderse en medio de toda aquella cuenca encajonada entre las lejanas sierras de Sonorra, de Ronda y del país desolado del Cuervo.

De repente, la tropa se inmovilizó. Su jefe acababa de aparecer, montado en la misma cresta de la montaña, como sobre el torno de un asno flaco. Desde el puesto de soldados, que estaba como colgado en lo más extremo de la cima de la enorme roca, no se podía ver nada de lo que pasaba bajo los árboles.

—¡Uiss, uiss! —silbó el jefe, cuyos labios, recogidos como un culo de pollo, dieron a este silbido una intensidad extraordinaria.
—¡Uiss, uiss! —repitió aquella extraña tropa, formando un conjunto completo.

Un ser singular era este jefe de alta estatura, vestido con una piel de mono con el pelo al exterior, la cabeza rodeada de una inculta y espesa cabellera, la faz erizada de una barba corta, los pies descalzos, duros en las plantas como cascos de caballos.

Levantó el brazo derecho, y le extendió hacia la parte inferior de la montaña. En el mismo instante, todos repitieron aquella actitud con una precisión militar, mejor dicho, mecánica, como verdaderos muñecos movidos por el mismo resorte. El jefe
bajó su brazo, y todos bajaron el suyo. Se encorvó hacia el suelo, y todos se inclinaron en la misma actitud. Empuñó un sólido palo, que blandió en el aire, y todos blandieron sus bastones, haciendo el mismo molinete; el mismo molinete que
los jugadores del palo llaman la «rosa cubierta».

Después, el jefe se volvió y se escurrió sobre la hierba, subiendo por entre los árboles. La tropa la siguió, haciendo los mismos movimientos. En menos de diez minutos los senderos del monte, descarnados por la lluvia, fueron recorridos, sin que el choque de una roca ni de un guijarro hubiese detenido aquella masa en marcha.

Un cuarto de hora después, el jefe se detuvo, y todos se detuvieron, como si algo los hubieran clavado en el sitio.
A doscientos metros por bajo, aparecía la ciudad, tendida a lo largo de la sombría rada. 

Numerosas luces iluminaban el grupo confuso de edificios, de casas, de quintas, de cuarteles. Al otro lado, los fanales de los navíos de guerra, los fuegos de los buques de comercio y de los pontones anclados en la rada, reverberaban sobre la superficie de las tranquilas aguas. Más lejos, a la extremidad de la Punta de Europa, el faro proyectaba su hay de rayos luminosos sobre el estrecho.

En aquel momento se oyó un cañonazo; el Birstgun fire, disparado desde una de las baterías rasantes. Entonces, los redobles del tambor, acompañados del agudo chillido del pito, se dejaron oír.

Era la hora de la retreta, la hora da que cada cual entrara en su casa. Ningún extranjero tenía ya derecho para transitar por la ciudad, sin ir escoltado por un oficial de la guarnición a los marineros se les dio orden de volver a bordo antes de que las
puertas de la ciudad estuviesen cerradas. De cuarto en cuarto de hora, circulaban patrullas, que conducían al puesto de vigilancia a los retrasados y a los borrachos.
Después, todo quedó en silencio.

El general Mac Kackmale podía dormir a pierna suelta.
No parecía que Inglaterra tuviese nada que temer aquella noche por la seguridad de su roca de Gibraltar.

 

CAPÍTULO II


Ya se sabe lo que es esta roca formidable, de ochenta y cinco metros de altura, que descansa sobre una base de mil doscientos cuarenta y cinco de ancha, y de cuatro mil trescientos de larga. 

Tiene alguna semejanza con un inmenso león acotado, con la
cabeza del lado de España y la cola hundiéndose en el mar. Su faz descarnada deja ver los dientes —setecientos cañones que enseñan sus bocas a través de las troneras— la dentadura de la vieja, como la llaman vulgarmente. Pero es una vieja, que
mordería con fuerza si se la molestara.

Inglaterra está situada sólidamente en aquel punto, como lo está en Perin, en Aden, en Malta, en Poulo-Pinang y en Hongkong, en otras tantas rocas, con las cuales algún día, con los progresos de la mecánica, formará fortalezas giratorias.

Entretanto, Gibraltar asegura al Reino Unido una dominación Indiscutible sobre los diez y ocho kilómetros de aquel estrecho, que la maza de Hércules ha abierto entre Ávila y Calpe, en lo más profundo de las aguas mediterráneas.

¿Han renunciado los españoles a reconquistar este trozo de su Península? ¡Si!, sin duda; pues parece ser inatacable por tierra y por mar.

Sin embargo, había uno que abrigaba el pensamiento constante de reconquistar aquella roca ofensiva y defensiva. Éste era el late de la banda, un ser raro, y hasta se puede decir, loco. Éste hidalgo se llamaba precisamente Gil Braltar, hombre que, en su pensamiento sin duda, la predestinaba a una conquista tan patriótica. 

Su cerebro no había resistido a la idea, y su plaza hubiera debido estar en un asilo de dementes. Se la conocía perfectamente; sin embargo, desde hacía diez años no se sabía a ciencia cierta lo que había sido de él. ¿Vagaría errante por el mundo? En realidad, él no había abandonado su territorio patrimonial…, Llevaba una existencia de troglodita, bajo los
bosques, en las cavernas, y más particularmente en el fondo de los inaccesibles reductos de las grutas de San Miguel, que, según se dice, comunican con el mar. Se le creía muerto. 

Vivía, sin embargo; pero a la manera de los hombres salvajes
desprovistos de la razón humana, que no obedecen más que a los instintos de la animalidad.

 

CAPÍTULO III

El general Mac Kackmale dormía perfectamente a pierna suelta, sobre sus dos orejas, algo más largas que lo que manda la ordenanza. Con sus brazos desmesurados, sus ojos redondos hundidos bajo sus espesas cejas, su faz rodeada de una barba grisácea, fisonomía gesticuladora, sus gestos de anthrooppitheco y el prognatismo extraordinario de su mandíbula, era de una fealdad notable, aun para un general
inglés.

Un verdadero mono; excelente militar por otra parte, a pesar de su figura simiesca.

Sí; dormía en su confortable habitación de Main-Stréet, aquella sinuosa calle que atraviesa la ciudad, desde la puerta del Mar hasta la puerta de la Alameda. Acaso estaría soñando que Inglaterra se apoderaba de Egipto, de Turquí, de Holanda, del Afganistán, del, Sudán, del país de los Boers, en una palabra, de todos los puntos del globo que le conviniera, y esto en el momento en que corría peligro de perder Gibraltar.

La puerta de la habitación se abrió bruscamente.
—¿Qué hay? —preguntó el general Mac Kackmale, levantándose de un salto.
—Mi general —respondió un ayudante de campo, que acababa de entrar en la habitación como una bomba— la ciudad está Invadida.
—¿Por los españoles, quizá?
—Preciso es creerlo.
¿Se habrían atrevido?…
El General no acabó de hablar. Se levantó, arrojó el casquete que cubría su cabeza, se metió el pantalón, se envolvió en su levita, se metió en sus bolas, se caló el claque y se preparó con su espada, diciendo:
—¿Qué ruido es ese que oigo?
—El ruido que forman los habitantes de las rocas, que corren como una avalancha por la ciudad.
—¿Son muy numerosos esos pillos?
—Deben serlo.
—¿Sin duda se han reunido todos los bandidos de la costa para dar este golpe de mano, los contrabandistas de Ronda, los pescadores de San Roque, los refugiados que pululan en todas las poblaciones?
—Es de temer, mi General.
—¿Y el Gobernador está prevenido?
—¡No! Y es imposible ir a darle aviso a su quinta de la Punta de Europa. Las puertas están ocupadas; las calles llenas de visitantes.
—¿Y en el cuartel de la puerta del Mar?

—¡No hay medio alguno de llegar hasta allí! Los artilleros deben hallarse sitiados en su cuartel.
—¿De cuantos hombres podéis disponer?
—De una veintena, mi General: soldados de línea del tercer regimiento, que han podido escapar.
—¡Por San Dunstán! —exclamó Mac Kackmale—. ¡Gibraltar arrancado a la Inglaterra por esos vendedores de naranjas! ¡Eso no puede ser, no; no será! 

En aquel momento la puerta de la habitación dio paso a un ser extraño, que saltó sobre los hombros del General.

 

CAPÍTULO IV

—¡Rendíos! —exclamó con voz ronca, que tenía más de rugido que de voz humana.
Algunos hombres que habían acudido detrás del ayudante de campo se disponían a lanzarse sobre aquel hombre, cuando, a la claridad de la habitación, le reconocieron.
—¡Gil Braltar! —exclamaron.
Era él, en efecto; el hidalgo, en el cual no se pensaba ya desde hacía largo tiempo; el salvaje de las grutas de San Miguel.
—¡Rendíos! —continuaba gritando.
—¡Jamás! —respondió el general Mac Kackmale.
De repente, en el momento en que los soldados le rodeaban, Gil Braltar hizo resonar un uiss… agudo y prolongado.

En seguida, el patio del edificio, el edificio todo, la habitación misma en que se hallaban, todo se llenó de una masa Invasora.
¿Lo creerán ustedes? Eran monos; monos, por centenares. 

Iban a tomar a los ingleses aquella roca de que son verdaderos propietarios, aquella montaña que ocupaban antes los españoles, mucho antes de que Cromwell hubiese soñado su
conquista para la Gran Bretaña. ¡Sí, en verdad! Y eran temibles por su número aquellos monos sin cola, con los cuales no se vivía en buena paz sino a condición de tolerar sus merodeos; aquellos seres inteligentes y audaces, que se cuidaban mucho de no molestar, pues sabían vengarse, y esto había sucedido muchos veces, haciendo rodar enormes rocas sobre la ciudad.

Y en aquel momento, aquellos monos se habían convertido en soldados de un loco, tan salvaje como ellos; de aquel Gil Braltar que todos conocían, que llevaba una vida Independiente; de aquel Guillermo Tell cuadrumanizado, cuya existencia entera se concentraba en esto pensamiento: ¡Arrojar a los extranjeros del territorio español!

¡Qué vergüenza para el Reino Unido, si la tentativa llegaba a tener éxito! Los Ingleses, vencedores de los indios, de los abisinios, de los tasmanios, de los australianos, de los hotentotes y de tantos otros, ¡vencidos por los monos!

Si semejante catástrofe sucedía, el general Mac Kackmale no tendría otro remedio que saltarse la tapa de los sesos. ¡No se sobrevive a semejante deshonor!

Sin embargo, antes que, los monos, llamados por el silbido de su jefe, hubiesen Invadido la habitación, algunos soldados habían conseguido apoderarse de Gil Braltar. El loco, dotado de un vigor extraordinario, resistió, y no costó poco trabajo el
reducirlo. Su piel prestada le había sido arrancada en la lucha, y permaneció casi desnudo, en un rincón, amordazado, atado, bien seguro, para que no pudiera ni moverse, ni hacerse oír. 

Poco tiempo después, Mac Kackmale se lanzaba fuera de su habitación, resuelto a vencer o morir, según la fórmula militar.

Pero el peligro no era menos grande en el exterior. Sin duda, algunos soldados habían podido reunirse en la puerta del Mar, y marchaban hacia la vivienda del General. Varios tiros se oían en Main-Strett y en la plaza del Comercio. 

Sin embargo, el número de monos era tal, que la guarnición de Gibraltar corría peligro de verse muy pronto obligada a ceder el puesto, y entonces, si los españoles hacían causa común con los monos, los fuertes serían abandonado; las baterías quedarían desiertas, las fortificaciones no contarían más que con un solo defensor, y los ingleses, que habían hecho inaccesible aquella roca, no volverían a poseerla jamás.

De repente se produjo un gran movimiento. En efecto: a la luz de las Antorcha que iluminaba el patio, se pudo ver a los
monos batirse en retirada. A la cabeza de la bando marchaba su jefe, blandiendo su palo. Todos le seguían, imitando sus movimientos de brazos y piernas, y el mismo paso.

¿Era que Gil Braltar habla podido desembarazarse de sus ligaduras, y escapar de la habitación donde se le guardaba? No había duda posible. ¿Pero adónde se dirigían entonces? ¿Iban hacia la Punta de Europa, a la quinto del Gobernador, para tomarla por asalto, y a intimarle la rendición, conforme habían hecho con el General?

¡No! El loco y su banda descendían por Main Street. Después de haber franqueado la puerta de la Alameda, tomaron oblicuamente a través del parque, y subieron por las pendientes de la montaña.
Una hora después no quedaba en la ciudad al uno sólo de los invasores de Gibraltar.
¿Qué había pasado?

Bien pronto se supo, cuando el general Mac Kackmale apareció en el límite del parque.
Había sido él, que, desempeñando el papel del loco, se había envuelto en la piel de mono del prisionero. Parecía de tal modo un cuadrúmano aquel bravo guerrero, que los monos mismos se habían engañado. Así fue que no tuvo que hacer otra cosa
que presentarse, y todos le siguieron.

Una idea del genio seguramente, que fue muy pronto recompensada con la concesión de la cruz de San Jorge.
En cuanto a Gil Braltar, el Reino Unido lo cedió, por dinero, a un Barnum o empresario de espectáculos, que hace su fortuna paseándolo por las principales ciudades del Antiguo y del Nuevo Mundo. 

Varias veces el empresario llega hasta decir que no es el salvaje de San Miguel el que exhibe, sino el general Mac Kackmale en persona. Sin embargo, esta aventura ha sido una lección para el gobierno de su Graciosa Majestad. 

Ha comprendido que si Gibraltar no podía ser tomada por los
hombres, estaba, en cambio, a merced de los monos. Por  consiguiente, Inglaterra, que es muy práctica, ha decidido no enviar allí en adelanto sino los más feos de sus generales, a fin de que los monos puedan engañarse con facilidad.
Esta medida los asegura verdaderamente para siempre la posesión de Gibraltar.