INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta tropa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tropa. Mostrar todas las entradas

La cañada del principio - Eraclio Zepeda

 

La cañada todavía estaba a obscuras. El sol que empezaba a nacer por los llanos de Tierra Colorada, aún no había podido entrar al fondo de estas peñas, todas quebradas con matorrales y pájaros. En el río, que pasa rebotando entre las piedras de abajo, todavía estaba la noche con sus luciérnagas. Los muchachos que andaban pasando por la última cresta del cerro, se llenaban los ojos con la enorme naranja que hacía el sol brotando de entre las nubes. Estaba amaneciendo; pero esto no se notaba en el fondo de esta cañada que le dicen del Principio.

Los árboles enredaban las ramas unos en otros con la hamaca de los bejucos. Las urracas estaban ya volando. El grito plateado de las peas se colgaba de los panales y hacía zumbar los avisperos.

El coronel fue distribuyendo los puestos. Los hombres escogían el hueco de una peña, o el tronco derribado de un árbol y algunos llegaban a trepar por una ceiba y acomodarse entre las ramas, con la carabina suspendida a las espaldas.

—No vayan a hacer ruido nomás; a lo mejor hay avanzadas –recomendaba el coronel al señalar los apostaderos.

Los hombres preparaban las armas y se aseguraban de que los cartuchos quedaran a mano. Algunos untaban saliva en la muesca de puntería, y trazaban con los dedos cruces sobre la boca del cañón.

La ametralladora, que habían conseguido en el asalto a Mojarras, fue emplazada en la boca de la cueva. Los tres hombres encargados de ella prepararon lo necesario.

La cañada se fue llenando de ruidos. Las chachalacas volaron a la punta del cerro y allí se quedaron desparramando su canto ronco y acezante. Seis pavas pasaron cerca, con el vuelo pesado y torpe, y descendieron a las ramas de un árbol de mulato que se levantaba al fondo, muy cerca del río.

Las dos paredes pedregosas de la cañada fueron ocupadas por los hombres. Todos los puestos fueron cubiertos. Se hacían señas de saludo de un acantilado al otro. Los últimos hombres fueron destinados a sus colocaciones. El coronel recorrió toda la línea de tiradores. Estaba satisfecho.

—De esta no se pelan ¿verdad?

—Ni queriendo —contestó el asistente que con la carabina colgada del hombro, caminaba a su lado.

—Andá a decirles que no vayan a hablar en voz alta. Si fuman que tapen el humo y la lumbre con el sombrero, para que no nos vaya a delatar. Si no cae la tropa en esta trampa podemos salir fregados. La señal de disparo la va a dar la ametralladora.

—Voy señor.

Neófito se acurrucó en una hondonada. Reclinó la espalda sobre la roca y revisó su carabina. El día anterior se la habían entregado. Apenas si tuvo tiempo de aprender su funcionamiento. Disparó unas cuantas veces sobre un papel que alguien colocó en una barda de adobe. Después dieron la orden de iniciar la marcha y ya no hubo oportunidad de seguir practicando. 

Ahora, a las seis de la mañana, sentado en este agujero de la peña, con la dotación de cartuchos pesándole sobre la cintura, hacía funcionar el mecanismo de la carabina, reluciente de aceite. Le gustaba sentir en sus manos la suave presión que ofrecía el cerrojo al cerrarse. Sacó de la carrillera cinco cartuchos y los fue colocando en su arma cuidadosamente. Con un movimiento seguro preparó el fusil y lo apostó sobre la roca. Luego se frotó las manos sobre los pantalones y encendió un cigarro.

—Hey, chamaco... —oyó que le llamaban. Levantó la vista y encontró la cara morena y angulosa, con arrugas incipientes, de uno de los hombres. Sintió que los ojos negros de aquel viejo le miraban con reproche.

—Que hubo.. — contestó, entrecerrando los párpados para no encandilarse con la luz que empezaba a iluminar la cañada.

— Tené cuidado con el humo. Te puede delatar. Si los soldados llegan a mirarlo no entran a la cañada. Y si se pelan por tu culpa, capaz te cuelga el viejo. . .

—¿Cuál viejo? . .

—El viejo... Don Pedro Pineda, el coronel. ¡Ah! Vos, como andás de pichón sólo por el grado es que lo conocés; pero yo, que dende que se pronunció en armas ando trotando tras su caballo, no muy me acostumbro a nombrarlo ansina.

—¿A qué horas vendrán? —preguntó Neófito apagando el cigarro.

—¿Los soldados?... sepa la bola. A lo mejor de aquí una hora; capaz que horita. Total: es la misma cuenta. 

—¿Los acabaremos?

— Yo calculo. Es difícil que se pelen de una paliza de éstas —el viejo se sonrió—. ¿Qué, andas ciscado?

—No, miedo no. Sólo que quién sabe a la hora de la hora.

—Si te empieza a llegar el pálpito, nomás agarras una ramita cuando asomen y la mordés con gana. Eso da la juerza. Y ya en después, cuando empiece la retumbadera, ya ni te vas a acordar de nada. Sólo andás buscando en dónde colocar la bala.

—Ojalá vengan pronto.

—¿Es el bautizo?

—¿Cuál. . .? .

—¿La primera vez que echás bala sobre un cristiano?

—Sí. Ayer me incorporé en Tuxtla.

—¡Ah!. .. No te pongás nerviudo. Es cosa de escoger a uno y soltarle plomo; y aluego a otro; y ansina ansina hasta que tocan el cuerno pa que termine el agarrón.

 

Neófito se sonrió. Le costó trabajo hacerlo, pero sus dientes aparecieron cuando extendió sus labios en la mueca. Luego se pasó la mano por la boca para disimular el compromiso. El viejo le miró atentamente. Aún no tenía bigote. Una sombra le ponía la pelusa que el joven cuidaba celosamente.

—Sos chamaco todavía. ¿Cuántos años tenés?

—Acabo de entrar a dieciséis.

—Podés ser hasta mi nieto. ¿Cómo te llamás?

—Neófito Guerra, servidor. 

—¿Guerra? .. Qué casualidá, sos lo contrario de mi gracia.

—¿Por qué?

—A yo me nombro Augurio Paz. Y el hombre se rió con una risita sorda.

—Oí Neófito; ¿Y por qué andás en estos trotes?, en esto de la bola. . .

—Mataron a mi papá estos hijos de su madre.

El viejo se rascó la cabeza. Echó una mirada al fondo de la cañada. Luego siguió, con la vista, el camino que ladeaba el río, por donde tenían que pasar a fuerza los soldados. Reconoció el terreno palmo a palmo.

—No nos vayan a agarrar pujando —pensó.

Neófito quedó con su última frase repiqueteándole la boca. 

—Mataron a mi papá estos hijos de su madre. .. mataron a mi papá estos hijos de su madre. .. mataron a mi...

 

"Nos estábamos diciendo adiós con tu tata por cá María, cuando sonaron los cascos de la caballada y aluego la retumbadera de los balazos. La gente venía a tropel por las calles y se les echaba de ver el susto salpicándoles la cara. Atrás de ellos vimos llegar a la pelonada. Venían como doscientos jijos federales disparando a lo loco, en veces al aire y en veces sobre el gentío. Tu tata me agarró de la espalda y me dió un empujón. —Pélate, me dijo. 

El pobre había llegado en la mañanita del rancho ontá trabajando, nomás pa venirte a echar una miradita. Yo, en ese inter que me empujó, que lo volteo a ver y lo vide que ya estaba trastabillando, y aluego me quedó viendo con los ojos como de agua y me aventaba los brazos como queriendo pedir ayuda; pero aluego hizo como que se iba a reír, pero le bulló la sangre por la boca; de entre los dientes le asomaba como si estuviera comiendo una tuna. 

Yo lo quise ir a ver a tu tata, pero me ganó la muerte; se lo llevó antes de que yo llegara. Fueron los federales, Neófito, ellos fueron los que mataron a tu tata". Así se enteró Neófito Guerra de la muerte de su padre. El estaba trabajando en Tuxtla, de aprendiz de zapatero, y allí, a su taller, se lo vino a contar una vieja amiga de su padre.

Neófito sintió que le bailaba el paisaje, como si lo viera a través de un vaso de agua. Se limpió rápido los ojos con el dorso de la mano, y acarició de nuevo su carabina.

—Oí chamaco. .. vos, Neófito —le llamó el viejo Augurio.

—Dígame.. .

—¿Le cargás odio a los pelones?

—Imagínese...

—¿Vas a echar bala? ¿No te va a temblar el pulso? Como es la primera. . .

Neófito vio largamente la cara del viejo. Su rostro tostado, su gran bigote cano, sus pómulos fuertes. Bajó la vista y sopló el cañón de su carabina.

—No te ofusqués. Te lo estoy diciendo porque entuavía me acuerdo de cuando yo empecé... entre una brincadera de huesos y con ganas de quedarme escondido y no soltar ni un trancazo; por eso es que te lo digo.

—¿Sabe? la verdad es que sí tengo miedo.

—Te lo estoy diciendo. Pero cálmate. Es cuestión de costumbre.

—No. No es eso. Es que la cosa de matar a un hombre...

—No digás sonseras. No sea que ahora te cunda el escrúpulo. Esa gente es una partida de jijos de la sombrilla. Qué ¿no mataron a tu tata no más por gusto?

—No, sí. Y por eso es que estoy aquí.

—¿Pos entonces?

—Es que, la verdá, no sé si a la hora de la hora me entre la tembladera y...

—¡Ah, no! Allí va tu cuero por delante: O tiras o te tiran.

—Sí don Augurio, pero...

—Nada chamaco, nada. ¿Por qué creés que andamos alzados? Creés que es por gusto que andamos correteando por la serranilla toreando los balazos? No chamaco, es por que queremos que haiga tranquilidá pa en después. Que haiga paz pa que cunda la alegría. —el viejo apretaba su fusil y los ojos se le ponían más negros cuando hablaba—. Hay que finiquitar a todos esos que ahora andan con los caballos bailando. Hay que bajarlos de la montura pa que circulen. Los hombres son como el agua: hay que moverlos pa que no se empocen y resulten jediendo a podrido.

Neófito observaba cómo el viejo se iba transformando. Le hubiera gustado extender la mano y acariciarle los brazos; sentirlo más, que aquella seguridad del viejo le entrara por los dedos.

—Qué. .. ¿entuavía no te convences?

—Sí don Augurio.

—Vas a pensar que si no fuera ansina, y porque tengo la seguridá que sólo a balazos podemos dejar algo pa los que van a nacer, pa que crezcan juertes y contentos, con cariño a la tierra y sin miedo a los caporales, si no juera porque estoy en eso iba andar correteando federales? No chamaco; mejor me hubiera quedado muriendo de hambre, pero seguro, con la vieja y los hijos, allá en San Bartolomé de los Llanos.

—¿Y si no caen en esta trampa, y nos corretean y nos hacen salir de pelada?

—Pos ni modo; ya pa la otra será. Nomás te cuidás la espalda y aluego te reunís pa rehacer las juerzas como dice el viejo Pineda.

—Pero ¿y si nos toca?

—Qué ¿un trancazo? Pos algunos han de morir; eso que ni qué. En estas danzas no queda otra.

Neófito arregló la correa de su carabina. Sopló unas briznas de polvo que habían caído sobre el cañón. Después vio, a lo lejos, que alguien orinaba oculto en el tronco de un espino. Hizo todos estos movimientos para no seguir sintiendo los ojos negros del viejo y porque su pecho repiqueteaba con todo lo que aquél había dicho y ya no quería seguir oyéndolo.

Pensó en su trabajo en Tuxtla. El pequeño taller de zapatería al que había ingresado como aprendiz. La tranquilidad del cuarto en donde dormía se le vino a retacar en la cabeza y él la comparó a esta peña, tras de la que se ocultaba ahora con un rifle preparado y aguardando él unos hombres a los que odiaba, sin haberles visto nunca de persona a persona, pero que había que matarlos o tantear a la muerte que podía venir de esos mismos hombres. 

Volvió a palpar el recuerdo de la muerte de su padre, y un brillo le recrudeció el odio. Golpeó con la mano la culata de la carabina; echó saliva en la muesca de puntería y marcó una cruz en la boca del cañón, como había visto hacer a los otros. El viejo lo observó y asomó sus dientes en una ancha sonrisa. Se arriscó las alas del sombrero y untándose los dedos con saliva también marcó una cruz en la carabina y se rió satisfecho.

El sol ya había caído hasta el fondo de la barranca. Un suave calorcito subía de las peñas de abajo. Una pequeña neblina se empezaba a romper contra las peñas. Las urracas, las peas y las chachalacas se alejaron. Sólo se oía el largo chirriar de las chicharras que parecían hacer brillar las hojas de las enredaderas. Los hombres estaban impacientes. El coronel, con unos prismáticos anticuados, revisaba cada uno de los puestos. Luego sacó de la bolsa trasera del pantalón un paliacate y se enjugó el sudor que brincaba de su frente.

De pronto, una bandera roja se agitó en lo alto del cerro.

—Ahí vienen! —fue un grito apenas contenido, que saltó de la boca de todos los hombres. Era la señal convenida.

Hubo un acomodarse de cuerpos. Casi todos sentían la necesidad de ocultarse más aún. El coronel corrió al puesto por él escogido. Revisaron las armas por última vez. El enemigo no tardaría en llegar a esta Cañada del Principio. Todos sabían qué era lo que les tocaba hacer.

El viejo Augurio se escupió las manos y se peinó el bigote. Estaba alegre. Le hubiera encantado pegar un grito para avisar que allí estaba él, Augurio Paz, para balacear a los federales.

—Ora sí chamaco; ya Ilegaron los jijos. 

—Sí —sopló Neófito. Sintió la boca seca y dura la lengua.

—¿Entuavía dudas?

Neófito negó con la cabeza.

—En la madre hay que darles, chamaco. El viejo se acomodó en su parapeto. Tosió muy quedo y volvió a poner saliva en la carabina.

Ya se escuchaba el metálico sonido de la marcha de los soldados sobre las piedras del camino que corre al fondo de la cañada.

Neófito hubiera querido persignarse, pero desechó la idea pensando que un hombre no debe hacer esas cosas. Es por miedo que lo hacen...

Ninguno de los hombres del coronel Pineda estaba tranquilo. Aguardaban, con las narices dilatadas por una respiración fatigosa, a que los soldados cayeran en la trampa.

Al lado de una gran piedra blanca, partida a la mitad, aparecieron dos figuras verdes. Era la avanzada de la tropa. Venían con paso seguro pero desconfiado. Pasaban los ojos por todas las peñas esperando descubrir algo. Una cañada es un mal paso en época de revueltas; y eso lo sabían los dos soldados que ahora vigilaban las paredes.

Los hombres de Pineda se ocultaron más, queriendo enterrarse entre las piedras. Nadie hubiera podido descubrirlos. Los soldados describieron un amplio ademán con los brazos y continuaron el avance. Atrás de ellos el ruido de las pisadas aumentó.

Neófito apretó la carabina. No quiso poner el dedo sobre el gatillo por temor a que le fueran a ganar los nervios y se le escapara un disparo.

El grueso de la tropa hizo su aparición al fondo del barranco. Al frente venían cuatro oficiales a caballo. Platicaban entre sí y señalaban las peñas.

—Que no nos vean... que no nos vean —musitó Neófito.

Los soldados, instintivamente, al ir entrando a la trampa, se separaban y descolgaban del hombro los fusiles. Se veían sudorosos los rostros debajo de las gorras verdes. Ellos, en contraste con los oficiales no hablaban.

Neófito se mordió los labios. Sintió que un dolor le punzaba los riñones. Los músculos del brazo se contraían. Abrió y cerró la boca varias veces para frotar su mentón sobre la piedra en que descansaba la cabeza. Los dedos le dolían como si hubiera estado trabajando, durante mucho tiempo, con la lezna allá en el pequeño taller de zapatería. Sintió que el miedo se le estaba reuniendo en el estómago. Cortó una ramita y la mordió desesperadamente. Recordó al viejo y volteó la cara.

Augurio le guiñó un ojo y le sonrió.

—A darles en la madre chamaco —susurró. Neófito quisto repetir la mueca pero no consiguió dibujarla.

La avanzada estaba ya a la mitad del barranco.

Sudaba de las manos. Quiso irse y que todo esto de la carabina, los hombres, la tropa y la muerte, quedara sólo como un mal recuerdo. Aspiró fuerte para destaparse las narices; iba a escupir sonoramente, pero se abstuvo, por temor de indicar su presencia al enemigo.

La tropa federal estaba íntegra en la trampa. La retaguardia. compuesta por tres soldados, entró a la cañada. El ruido de la marcha era grande. Había rodar de piedras bajo las botas del ejército. Los oficiales se habían separado. Sus caballos resaltaban, aquí y allá, rodeados de la marcha trabajosa de los soldados. Todos indagaban con inquietud a las peñas y a los árboles.

Neófito apuntó a uno de los oficiales; lo vio moverse en el centro de su muesca de puntería. Comprendió que la vida de aquel hombre estaba en sus manos; con sólo jalar el gatillo y todo se habría terminado para aquel oficial del Gobierno. Veía todos sus ademanes. Lo fue siguiendo con el cañón por una larga parte del camino. Escogió la parte del cuerpo a la que dirigiría la bala. El plomo le romperá la mitad del pecho. De pronto, las manos volvieron a temblarle; ladeó la carabina. Cerró los ojos y el cuerpo le bailó con varias temblorinas.

—No puedo. No voy a poder. No puedo –hubiera querido que el viejo lo animara. Que le volviera a decir lo de antes. Deseaba sentir aquellas palabras que le habían dado los ánimos necesarios. Volteó la cabeza al apostadero de Augurio; no pudo descubrirlo. Con seguridad que el viejo estaría oculto, estudiando los movimientos del enemigo. El combate se abriría en unos cuantos momentos; decididamente el viejo no podía. hablarle.

Se dio cuenta de que estaba solo. El mismo tendría que escoger entre ponerse a llorar y revolcarse de miedo y luego huir de su puesto en medio de pujidos de angustia, o quedarse ahí y apretar fuerte la rama que tenía mordida para calmarse y poder colocar la muerte en los cuerpos verdes de los soldados, para vengar al padre, y para lograr todas aquellas cosas de que el viejo le había hablado.

De pronto la ametralladora inició el quebradero de federales y las carabinas corearon los disparos. Al fondo, los soldados se movían en desorden como un camino de hormigas. Algunos quedaban doblados sobre una piedra. Otros a rastras, buscaban un refugio.

El viejo estaba en su sitio, vociferando, mentándoles la madre a los soldados, y efectuando, certero, uno tras otro los disparos.

Neófito se fue encogiendo. Plegó las piernas al vientre y metió los brazos entre las rodillas. El ojo derecho le parpadeaba sin que él pudiera evitarlo. Empezó a llorar.

Los federales contestaron el fuego. Sus balas rebotaban en las piedras y zumbaban al igual que una caña que se agita con el viento. Una rama recibió un impacto y crujiendo, cayó cerca del viejo. La piedra que protegía a Neófito palpitó varias veces y le aparecieron puntos blancos. El muchacho se cubrió; volvió a morder la varita hasta hacerla pedazos. Restregaba los pies sobre la tierra y con las manos se cubría el cuello y la cabeza. No podía pensar en nada. Su carabina yacía a su lado, quieta, callada, ajena al tiroteo.

Un crujir de huesos y el pujido de un herido cercano le causaron sobresalto. Oyó el desprenderse de algo. Un sombrero pasó rodando. Neófito arrojó la carabina y se incorporó para iniciar la fuga. Que se vaya al carajo todo... A grandes saltos escaló las peñas rumbo a la cresta del cerro. Los gritos roncos del viejo le llegaron a la espalda.

—¡Hey, chamaco!... No te peles. Eso es de viejas... Ya mero ganamos... ¡Heya, chamaco!

Neófito no se detuvo. Llevaba las manos sangrando de arañar las peñas. Ya mero, ya mero, se decía midiendo los últimos peñascos.

El viejo volvió a gritar. El muchacho se arrancó la carrillera y la lanzó a lo lejos.

Augurio Paz lo encañonó con la carabina. Apuntó e hizo un disparo. Después volvió a dirigir los tiros hacia los soldados.

Gil Braltar - Julio Verne


CAPÍTULO I

Estaban allí reunidos lo menos de setecientos a ochocientos. De mediano estatura; pero robustos, ágiles, cabellos, hechos para los saltos prodigiosos, Iban de acá para  allá, a los últimos resplandores del sol, que se ocultaba al otro lado de las montañas escalonadas hacia el Oeste de la rada. 

El disco rojizo desapareció bien pronto, y la obscuridad comenzó a extenderse en medio de toda aquella cuenca encajonada entre las lejanas sierras de Sonorra, de Ronda y del país desolado del Cuervo.

De repente, la tropa se inmovilizó. Su jefe acababa de aparecer, montado en la misma cresta de la montaña, como sobre el torno de un asno flaco. Desde el puesto de soldados, que estaba como colgado en lo más extremo de la cima de la enorme roca, no se podía ver nada de lo que pasaba bajo los árboles.

—¡Uiss, uiss! —silbó el jefe, cuyos labios, recogidos como un culo de pollo, dieron a este silbido una intensidad extraordinaria.
—¡Uiss, uiss! —repitió aquella extraña tropa, formando un conjunto completo.

Un ser singular era este jefe de alta estatura, vestido con una piel de mono con el pelo al exterior, la cabeza rodeada de una inculta y espesa cabellera, la faz erizada de una barba corta, los pies descalzos, duros en las plantas como cascos de caballos.

Levantó el brazo derecho, y le extendió hacia la parte inferior de la montaña. En el mismo instante, todos repitieron aquella actitud con una precisión militar, mejor dicho, mecánica, como verdaderos muñecos movidos por el mismo resorte. El jefe
bajó su brazo, y todos bajaron el suyo. Se encorvó hacia el suelo, y todos se inclinaron en la misma actitud. Empuñó un sólido palo, que blandió en el aire, y todos blandieron sus bastones, haciendo el mismo molinete; el mismo molinete que
los jugadores del palo llaman la «rosa cubierta».

Después, el jefe se volvió y se escurrió sobre la hierba, subiendo por entre los árboles. La tropa la siguió, haciendo los mismos movimientos. En menos de diez minutos los senderos del monte, descarnados por la lluvia, fueron recorridos, sin que el choque de una roca ni de un guijarro hubiese detenido aquella masa en marcha.

Un cuarto de hora después, el jefe se detuvo, y todos se detuvieron, como si algo los hubieran clavado en el sitio.
A doscientos metros por bajo, aparecía la ciudad, tendida a lo largo de la sombría rada. 

Numerosas luces iluminaban el grupo confuso de edificios, de casas, de quintas, de cuarteles. Al otro lado, los fanales de los navíos de guerra, los fuegos de los buques de comercio y de los pontones anclados en la rada, reverberaban sobre la superficie de las tranquilas aguas. Más lejos, a la extremidad de la Punta de Europa, el faro proyectaba su hay de rayos luminosos sobre el estrecho.

En aquel momento se oyó un cañonazo; el Birstgun fire, disparado desde una de las baterías rasantes. Entonces, los redobles del tambor, acompañados del agudo chillido del pito, se dejaron oír.

Era la hora de la retreta, la hora da que cada cual entrara en su casa. Ningún extranjero tenía ya derecho para transitar por la ciudad, sin ir escoltado por un oficial de la guarnición a los marineros se les dio orden de volver a bordo antes de que las
puertas de la ciudad estuviesen cerradas. De cuarto en cuarto de hora, circulaban patrullas, que conducían al puesto de vigilancia a los retrasados y a los borrachos.
Después, todo quedó en silencio.

El general Mac Kackmale podía dormir a pierna suelta.
No parecía que Inglaterra tuviese nada que temer aquella noche por la seguridad de su roca de Gibraltar.

 

CAPÍTULO II


Ya se sabe lo que es esta roca formidable, de ochenta y cinco metros de altura, que descansa sobre una base de mil doscientos cuarenta y cinco de ancha, y de cuatro mil trescientos de larga. 

Tiene alguna semejanza con un inmenso león acotado, con la
cabeza del lado de España y la cola hundiéndose en el mar. Su faz descarnada deja ver los dientes —setecientos cañones que enseñan sus bocas a través de las troneras— la dentadura de la vieja, como la llaman vulgarmente. Pero es una vieja, que
mordería con fuerza si se la molestara.

Inglaterra está situada sólidamente en aquel punto, como lo está en Perin, en Aden, en Malta, en Poulo-Pinang y en Hongkong, en otras tantas rocas, con las cuales algún día, con los progresos de la mecánica, formará fortalezas giratorias.

Entretanto, Gibraltar asegura al Reino Unido una dominación Indiscutible sobre los diez y ocho kilómetros de aquel estrecho, que la maza de Hércules ha abierto entre Ávila y Calpe, en lo más profundo de las aguas mediterráneas.

¿Han renunciado los españoles a reconquistar este trozo de su Península? ¡Si!, sin duda; pues parece ser inatacable por tierra y por mar.

Sin embargo, había uno que abrigaba el pensamiento constante de reconquistar aquella roca ofensiva y defensiva. Éste era el late de la banda, un ser raro, y hasta se puede decir, loco. Éste hidalgo se llamaba precisamente Gil Braltar, hombre que, en su pensamiento sin duda, la predestinaba a una conquista tan patriótica. 

Su cerebro no había resistido a la idea, y su plaza hubiera debido estar en un asilo de dementes. Se la conocía perfectamente; sin embargo, desde hacía diez años no se sabía a ciencia cierta lo que había sido de él. ¿Vagaría errante por el mundo? En realidad, él no había abandonado su territorio patrimonial…, Llevaba una existencia de troglodita, bajo los
bosques, en las cavernas, y más particularmente en el fondo de los inaccesibles reductos de las grutas de San Miguel, que, según se dice, comunican con el mar. Se le creía muerto. 

Vivía, sin embargo; pero a la manera de los hombres salvajes
desprovistos de la razón humana, que no obedecen más que a los instintos de la animalidad.

 

CAPÍTULO III

El general Mac Kackmale dormía perfectamente a pierna suelta, sobre sus dos orejas, algo más largas que lo que manda la ordenanza. Con sus brazos desmesurados, sus ojos redondos hundidos bajo sus espesas cejas, su faz rodeada de una barba grisácea, fisonomía gesticuladora, sus gestos de anthrooppitheco y el prognatismo extraordinario de su mandíbula, era de una fealdad notable, aun para un general
inglés.

Un verdadero mono; excelente militar por otra parte, a pesar de su figura simiesca.

Sí; dormía en su confortable habitación de Main-Stréet, aquella sinuosa calle que atraviesa la ciudad, desde la puerta del Mar hasta la puerta de la Alameda. Acaso estaría soñando que Inglaterra se apoderaba de Egipto, de Turquí, de Holanda, del Afganistán, del, Sudán, del país de los Boers, en una palabra, de todos los puntos del globo que le conviniera, y esto en el momento en que corría peligro de perder Gibraltar.

La puerta de la habitación se abrió bruscamente.
—¿Qué hay? —preguntó el general Mac Kackmale, levantándose de un salto.
—Mi general —respondió un ayudante de campo, que acababa de entrar en la habitación como una bomba— la ciudad está Invadida.
—¿Por los españoles, quizá?
—Preciso es creerlo.
¿Se habrían atrevido?…
El General no acabó de hablar. Se levantó, arrojó el casquete que cubría su cabeza, se metió el pantalón, se envolvió en su levita, se metió en sus bolas, se caló el claque y se preparó con su espada, diciendo:
—¿Qué ruido es ese que oigo?
—El ruido que forman los habitantes de las rocas, que corren como una avalancha por la ciudad.
—¿Son muy numerosos esos pillos?
—Deben serlo.
—¿Sin duda se han reunido todos los bandidos de la costa para dar este golpe de mano, los contrabandistas de Ronda, los pescadores de San Roque, los refugiados que pululan en todas las poblaciones?
—Es de temer, mi General.
—¿Y el Gobernador está prevenido?
—¡No! Y es imposible ir a darle aviso a su quinta de la Punta de Europa. Las puertas están ocupadas; las calles llenas de visitantes.
—¿Y en el cuartel de la puerta del Mar?

—¡No hay medio alguno de llegar hasta allí! Los artilleros deben hallarse sitiados en su cuartel.
—¿De cuantos hombres podéis disponer?
—De una veintena, mi General: soldados de línea del tercer regimiento, que han podido escapar.
—¡Por San Dunstán! —exclamó Mac Kackmale—. ¡Gibraltar arrancado a la Inglaterra por esos vendedores de naranjas! ¡Eso no puede ser, no; no será! 

En aquel momento la puerta de la habitación dio paso a un ser extraño, que saltó sobre los hombros del General.

 

CAPÍTULO IV

—¡Rendíos! —exclamó con voz ronca, que tenía más de rugido que de voz humana.
Algunos hombres que habían acudido detrás del ayudante de campo se disponían a lanzarse sobre aquel hombre, cuando, a la claridad de la habitación, le reconocieron.
—¡Gil Braltar! —exclamaron.
Era él, en efecto; el hidalgo, en el cual no se pensaba ya desde hacía largo tiempo; el salvaje de las grutas de San Miguel.
—¡Rendíos! —continuaba gritando.
—¡Jamás! —respondió el general Mac Kackmale.
De repente, en el momento en que los soldados le rodeaban, Gil Braltar hizo resonar un uiss… agudo y prolongado.

En seguida, el patio del edificio, el edificio todo, la habitación misma en que se hallaban, todo se llenó de una masa Invasora.
¿Lo creerán ustedes? Eran monos; monos, por centenares. 

Iban a tomar a los ingleses aquella roca de que son verdaderos propietarios, aquella montaña que ocupaban antes los españoles, mucho antes de que Cromwell hubiese soñado su
conquista para la Gran Bretaña. ¡Sí, en verdad! Y eran temibles por su número aquellos monos sin cola, con los cuales no se vivía en buena paz sino a condición de tolerar sus merodeos; aquellos seres inteligentes y audaces, que se cuidaban mucho de no molestar, pues sabían vengarse, y esto había sucedido muchos veces, haciendo rodar enormes rocas sobre la ciudad.

Y en aquel momento, aquellos monos se habían convertido en soldados de un loco, tan salvaje como ellos; de aquel Gil Braltar que todos conocían, que llevaba una vida Independiente; de aquel Guillermo Tell cuadrumanizado, cuya existencia entera se concentraba en esto pensamiento: ¡Arrojar a los extranjeros del territorio español!

¡Qué vergüenza para el Reino Unido, si la tentativa llegaba a tener éxito! Los Ingleses, vencedores de los indios, de los abisinios, de los tasmanios, de los australianos, de los hotentotes y de tantos otros, ¡vencidos por los monos!

Si semejante catástrofe sucedía, el general Mac Kackmale no tendría otro remedio que saltarse la tapa de los sesos. ¡No se sobrevive a semejante deshonor!

Sin embargo, antes que, los monos, llamados por el silbido de su jefe, hubiesen Invadido la habitación, algunos soldados habían conseguido apoderarse de Gil Braltar. El loco, dotado de un vigor extraordinario, resistió, y no costó poco trabajo el
reducirlo. Su piel prestada le había sido arrancada en la lucha, y permaneció casi desnudo, en un rincón, amordazado, atado, bien seguro, para que no pudiera ni moverse, ni hacerse oír. 

Poco tiempo después, Mac Kackmale se lanzaba fuera de su habitación, resuelto a vencer o morir, según la fórmula militar.

Pero el peligro no era menos grande en el exterior. Sin duda, algunos soldados habían podido reunirse en la puerta del Mar, y marchaban hacia la vivienda del General. Varios tiros se oían en Main-Strett y en la plaza del Comercio. 

Sin embargo, el número de monos era tal, que la guarnición de Gibraltar corría peligro de verse muy pronto obligada a ceder el puesto, y entonces, si los españoles hacían causa común con los monos, los fuertes serían abandonado; las baterías quedarían desiertas, las fortificaciones no contarían más que con un solo defensor, y los ingleses, que habían hecho inaccesible aquella roca, no volverían a poseerla jamás.

De repente se produjo un gran movimiento. En efecto: a la luz de las Antorcha que iluminaba el patio, se pudo ver a los
monos batirse en retirada. A la cabeza de la bando marchaba su jefe, blandiendo su palo. Todos le seguían, imitando sus movimientos de brazos y piernas, y el mismo paso.

¿Era que Gil Braltar habla podido desembarazarse de sus ligaduras, y escapar de la habitación donde se le guardaba? No había duda posible. ¿Pero adónde se dirigían entonces? ¿Iban hacia la Punta de Europa, a la quinto del Gobernador, para tomarla por asalto, y a intimarle la rendición, conforme habían hecho con el General?

¡No! El loco y su banda descendían por Main Street. Después de haber franqueado la puerta de la Alameda, tomaron oblicuamente a través del parque, y subieron por las pendientes de la montaña.
Una hora después no quedaba en la ciudad al uno sólo de los invasores de Gibraltar.
¿Qué había pasado?

Bien pronto se supo, cuando el general Mac Kackmale apareció en el límite del parque.
Había sido él, que, desempeñando el papel del loco, se había envuelto en la piel de mono del prisionero. Parecía de tal modo un cuadrúmano aquel bravo guerrero, que los monos mismos se habían engañado. Así fue que no tuvo que hacer otra cosa
que presentarse, y todos le siguieron.

Una idea del genio seguramente, que fue muy pronto recompensada con la concesión de la cruz de San Jorge.
En cuanto a Gil Braltar, el Reino Unido lo cedió, por dinero, a un Barnum o empresario de espectáculos, que hace su fortuna paseándolo por las principales ciudades del Antiguo y del Nuevo Mundo. 

Varias veces el empresario llega hasta decir que no es el salvaje de San Miguel el que exhibe, sino el general Mac Kackmale en persona. Sin embargo, esta aventura ha sido una lección para el gobierno de su Graciosa Majestad. 

Ha comprendido que si Gibraltar no podía ser tomada por los
hombres, estaba, en cambio, a merced de los monos. Por  consiguiente, Inglaterra, que es muy práctica, ha decidido no enviar allí en adelanto sino los más feos de sus generales, a fin de que los monos puedan engañarse con facilidad.
Esta medida los asegura verdaderamente para siempre la posesión de Gibraltar.