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La Bestia de la cueva - H. P. Lovecraft

La horrible conclusión que había ido gradualmente imponiéndose en mi mente confundida y reacia resultaba ahora de una espantosa certeza. Estaba perdido, completa y descorazonadoramente perdido en las vastas y laberínticas profundidades de la cueva Mammoth. Hacia donde me volviese, por más que forzase la vista no lograba distinguir nada que pudiera servirme de pista para encontrar el camino de salida. Mi intelecto ya no albergaba dudas sobre que nunca más llegaría a contemplar la bendita luz del día, ni a deambular por las amables colinas y valles del hermoso mundo exterior. La esperanza se había esfumado. 

Pero, condicionado como estaba por una vida de estudios filosóficos, obtuve no poca satisfacción de mi desapasionada postura; ya que aunque había leído suficiente acerca del salvaje frenesí que acomete a las víctimas de sucesos similares, yo no experimenté nada parecido, sino que mantuve la calma apenas descubrí que me había perdido.

Tampoco el pensamiento de haber errado más allá del alcance de una búsqueda normal me hizo ni por un momento perder la calma. Si había de morir, reflexionaba, entonces esta caverna terrible pero majestuosa me resultaría un sepulcro tan grato como el que pudiera brindarme un camposanto; una idea que me provocaba tranquilidad antes que desesperación.

La muerte por inanición sería mi destino; de eso estaba convencido. Yo sabía que algunos habían enloquecido en similares circunstancias, pero sentía que tal no sería mi fin.

Mi desgracia no era fruto sino de mi propia voluntad, ya que, a escondidas del guía, me había despegado voluntariamente del grupo visitante y, deambulando cerca de una hora a través de las prohibidas galerías de la cueva, me había encontrado luego incapaz de desandar los intrincados vericuetos recorridos tras abandonar a mis compañeros.

Mi antorcha comenzaba ya a flaquear y pronto me hallaría sumido en la negrura total y casi palpable de las entrañas de la tierra. Mientras permanecía al resplandor de la menguante y temblorosa luz, especulé ocioso sobre las circunstancias exactas en que se produciría mi cercano fin. 

Recordé las historias sobre la colonia de tuberculosos que, habiéndose instalado en esta gigantesca gruta buscando la salud en su temperatura uniforme y suave, su aire puro y su pacífica tranquilidad, habían, sin embargo, muerto en circunstancias extrañas y terribles. 

Yo había mirado los tristes restos de sus chozas destartaladas al pasar con el grupo, preguntándome qué antinatural efecto podría lograr una larga estancia en esta caverna inmensa y silenciosa sobre alguien como yo, saludable y vigoroso. Ahora, me dije tétricamente, había llegado la ocasión de comprobar tal respecto, a no ser que la falta de comida acelerase mi tránsito.

Según se esfumaban en la oscuridad los últimos e intermitentes resplandores de mi antorcha, resolví no dejar piedra sobre piedra, ni desdeñar cualquier posible medio de escapar; así que prorrumpí en una sucesión de gritos tremendos, a pleno pulmón, con la vana esperanza de llamar la atención del guía. 

Sin embargo, mientras vociferaba, tuve la sensación de que mis gritos resultaban un despropósito, y que mi voz, aumentando y reverberando por las innumerables paredes del negro laberinto circundante, no llegaba a otros oídos que los míos. Sin embargo, a una, mi atención se volvió sobresaltada hacia un sonido de suaves pasos que imaginé escuchar acercándoseme sobre el suelo rocoso de la cueva. ¿Era inminente mí salvación? ¿No habían sido entonces todos mis horribles temores otra cosa que naderías, y el guía, habiéndose percatado de mi inexplicable ausencia, había seguido mi rastro, buscándome a través de este laberinto calcáreo. 

Mientras aquellas preguntas felices brotaban en mi interior, estuve a punto de reanudar mis gritos para acelerar mi descubrimiento; pero en un instante mi alegría se trocó en horror al volver a escuchar, ya que mis siempre agudos oídos, ahora afinados aún más por el completo silencio de la cueva, dieron a mi entumecido entendimiento la inesperada y espantosa certeza de que aquellas pisadas no sonaban como las de un ser humano. 

En la quietud ultraterrena de esa subterránea región, la aparición del guía con su calzado hubiera resultado como una serie de golpes claros e incisivos. Aquellos sonidos eran blandos y sigilosos, como los que podrían producir las zarpas almohadilladas de un felino. Además, a veces, escuchando cuidadosamente, me parecía distinguir el paso no de dos, sino de cuatro pies.

Ahora ya estaba convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia salvaje, quizás un puma extraviado por accidente en el interior de la cueva. Quizás, reflexioné, el Todopoderoso me había designado una muerte más rápida y misericordiosa que el hambre. 

Aunque el instinto de conservación, nunca apagado por completo, se conmovió en mi ser y, a pesar de que evitar el peligro que se acercaba podía depararme un final más largo e inclemente, me dispuse, sin embargo, a vender la vida lo más cara posible. Por extraño que pueda parecer, mi mente no concebía otra intención en el visitante que la de una clara hostilidad. 

En consecuencia, permanecí inmóvil, esperando que la bestia desconocida, a falta de un sonido que la guiase, perdiese mi dirección y pasase de largo. Pero esa esperanza iba a revelarse infundada, ya que aquellas extrañas pisadas avanzaban implacables; sin duda, el animal me olfateaba y, en una atmósfera tan absolutamente limpia de cualquier influencia contaminante como resulta la de una cueva, podía sin duda seguirme hasta gran distancia.

Por consiguiente, viendo que debía armarme para defenderme de un extraño e invisible ataque en la oscuridad, tanteé en busca de los mayores de entre los fragmentos de roca dispersos por doquier en el suelo de la caverna circundante y, empuñando uno en cada mano, listos para ser usados, esperé resignado los inevitables sucesos. 

Mientras, el odioso paso de garras se acercaba. La conducta de esa criatura era realmente extraña. Casi todo el tiempo, los movimientos parecían propios de un cuadrúpedo, moviéndose con una curiosa descoordinación entre miembros delanteros y traseros; y, sin embargo, durante algunos pocos y cortos intervalos, me pareció que caminaba sobre dos patas tan sólo. 

Me pregunté qué clase de animal tenía delante; debía tratarse, suponía, de alguna infortunada bestia que había pagado la curiosidad de indagar a las puertas de la temible gruta con una reclusión de por vida en esas interminables profundidades. Sin duda, se alimentaba de peces ciegos, murciélagos y ratas de la cueva, así como de los peces comunes que nadan en los manantiales del río Verde, el cual comunica por vías ocultas con las aguas de la caverna. 

Llené mi terrible espera haciendo grotescas conjeturas sobre los efectos que una vida cavernaria pudieran haber causado sobre la estructura física de la bestia, recordando las espantosas apariencias que la tradición local achacaba a los tuberculosos muertos tras una larga residencia en la cueva. 

Entonces, con un sobresalto, recordé que, aun en el caso de lograr matar a mi antagonista, nunca llegaría a contemplar su apariencia, dado que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y no tenía encima ni una cerilla. La tensión mental se volvía ahora espantosa. Mi imaginación desbocada conjuraba formas odiosas y temibles en la siniestra oscuridad circundante, que parecían ya casi presionarme. Las espantosas pisadas se acercaban, cerca, más cerca. 

Creo que debí lanzar un grito, aunque de haber sido en verdad tan timorato como para hacerlo, mi voz apenas debió responderme. Estaba petrificado, clavado al sitio. Dudaba de que mi brazo derecho me respondiera lo bastante como para disparar sobre el ser llegado el momento crucial. El inexorable, pat, pat, de pisada está al alcance de la mano, ya muy cerca. 

Podía oír el trabajoso resuello del animal, y, aterrorizado como estaba, aún llegué a comprender que venía de muy lejos y estaba por tanto fatigado. Repentinamente se rompió el maleficio. Mi brazo derecho, guiado por mi siempre fiable oído, lanzó con todas sus fuerzas el pedazo de caliza, de bordes agudos, que sostenía, impulsándolo hacia el lugar de la oscuridad de donde provenían resuello y pisadas; y, por increíble que parezca, estuvo a punto de alcanzar su objetivo, ya que escuché brincar al ser, yendo a cierta distancia y pareciendo detenerse allí.

Reajustando el tiro, lancé el segundo proyectil, esta vez con mejores resultados, ya que lleno de alegría oí cómo la criatura caía de una forma que sonaba a desplome, quedando sin lugar a dudas tendida e inmóvil. Casi desbordado por el tremendo alivio consiguiente, me recosté tambaleándome contra la pared. El resuello proseguía, pesado, boqueando inhalaciones y exhalaciones; así que comprendí que no había hecho otra cosa que herir a la criatura. Y cualquier deseo de examinar al ser se esfumó. 

Por fin, algo semejante al miedo ultraterreno y supersticioso se alojó en mi cerebro y no me aproximé al cuerpo, ni seguí cogiendo piedras para rematarlo. En vez de eso, eché a correr tan rápido como pude y, tanto como me lo permitía mi frenético estado, por donde había llegado. 

Bruscamente escuché un sonido o, mejor, una sucesión regular de sonidos. AI instante siguiente se habían convertido en un golpeteo claro y metálico. Ahora no había duda. Era el guía. Y entonces grité, chillé, vociferé, incluso aullé de alegría contemplando en los techos abovedados la luminosidad débil y resplandeciente que yo sabía era el reflejo del brillo de una antorcha aproximándose.

Corrí al encuentro del resplandor y, antes de comprender del todo lo que hacía, estaba a los pies del guía, abrazándole las botas, balbuceando a pesar de mi reserva ostentosa de una forma que resultaba de lo más insensata y estúpida, barbotando mi terrible historia y, a la vez, aturullando a mi oyente con mis demostraciones de gratitud. 

El guía había notado mi ausencia cuando el grupo volvió a la entrada de la cueva y, llevado por su intuitivo sentido de la orientación, había procedido a realizar una exploración exhaustiva de los pasadizos frente a los que me viera por última vez, localizando mi paradero tras una búsqueda de unas cuatro horas.

Cuando me lo hubo contado, yo, envalentonado por la luz de su antorcha y por su compañía, comencé a pensar en la extraña bestia a la que había herido unos metros más atrás, en la oscuridad, y sugerí que fuéramos a ver, con ayuda del hacha, qué clase de criatura había yo abatido. Así que me volví sobre mis pasos, esta vez con un valor que nacía del estar acompañado, hasta el escenario de mi terrible experiencia. 

Pronto descubrimos un cuerpo blanco en el suelo, más blanco aún que la propia caliza resplandeciente. Avanzando con precaución, prorrumpimos en simultáneas exclamaciones de asombro, ya que de todos los monstruos antinaturales que pudiéramos haber contemplado en nuestra vida, éste resultaba con mucho el más extraño. 

Parecía ser un mono antropoide de grandes dimensiones, escapado quizás de algún circo ambulante. Su pelaje era blanco como la nieve, debido sin duda a la acción decolorante de una larga existencia en los recintos negros como la tinta de la cueva, pero asimismo aquel pelo era sorprendentemente ralo, faltando por doquier, excepto en la cabeza, donde era tan largo y abundante que caía sobre sus hombros en profusión considerable. 

El rostro permanecía oculto, ya que la criatura estaba boca abajo. El ángulo de los miembros era también muy singular, explicando empero la alteración de uso que yo antes notara y por la cual la bestia empleaba unas veces cuatro zarpas para desplazarse y otras sólo dos. Las manos o pies no eran prensiles, algo que atribuí a su larga estancia en la cueva que, como antes dije, parecía probada por aquella blancura completa y casi ultraterrena tan característica de toda su anatomía. No parecía dotada de cola.

La respiración se había vuelto ahora sumamente débil, y el guía había empuñado su pistola con la evidente intención de rematar a la criatura, cuando un inesperado sonido lanzado por esta última le hizo abatir el arma sin usarla. 

Aquel sonido era de naturaleza difícil de explicar. No era como los tonos normales que emiten las especies de simios conocidas, y me pregunté si aquella cualidad antinatural no sería el fruto de una larga estancia en silencio total, roto al fin por la sensación provocada por la llegada de luz, algo que la bestia no había visto desde su llegada a la cueva. El sonido, que de lejos puede definirse como una especie de profundo charloteo, proseguía débilmente. De repente, un fugaz espasmo de energía pareció estremecer el cuerpo de la bestia. 

Las zarpas se movieron convulsivamente y los miembros se contrajeron. Con un espasmo, el cuerpo blanco rodó hasta que el rostro giró en nuestra dirección. Por un instante me vi tan abrumado por lo que mostraban aquellos ojos, que no vi nada más. Eran negros, esos ojos; profundos, tremendamente negros, contrastando espantosamente con la nívea blancura de cabello y carnes. Como en otros moradores de cavernas, estaba profundamente hundidos en las órbitas y carecían completamente de iris.

Mirando más detenidamente, vi que se encontraban en un rostro que era menos prognato que el de cualquier mono normal e infinitamente más peludo. La nariz era bastante distinta.

Mientras observábamos la extraña visión que teníamos ante los ojos, los gruesos labios se abrieron y brotaron algunos sonidos, tras lo cual el ser se relajó y murió.

El guía se aferró a la manga de la chaqueta, temblando con tanta violencia que la luz se estremeció espasmódicamente, proyectando sombras extrañas y móviles sobre los muros de alrededor.

Yo no hice gesto, sino que permanecí envaradamente quieto, los ojos espantados fijos sobre el suelo de delante.

Y entonces se disipó el miedo, suplantado por asombro, espanto, comprensión y reverencia, ya que los sonidos lanzados por la figura herida que yacía sobre el suelo calcáreo nos habían susurrado la terrible verdad. La criatura que yo había matado, la extraña bestia de la inexplorada caverna, era o había sido en tiempos, ¡¡¡un HOMBRE!!!

La bestia se acerca - Margaret Millar

            SE dio la vuelta y vio a Evelyn Merrick acercándosele a través de la recepción, abriéndose paso con dificultad entre la multitud. Ese día, que había cambiado a la señorita Clarvoe, también había hecho lo propio con Evelyn. Ni sonreía ni parecía tan segura de sí misma como cuando se encontraron en la calle. Ahora era una extraña con mala cara y mirada fría que iba vestida de negro, como si estuviese de luto.

            —Veo que has leído mi nota.

            —Sí —dijo la señorita Clarvoe—. Aquí la tengo.

            —Tenemos que hablar.

            —Sí, claro que sí, tengo que averiguar cómo he perdido el día, cómo me han pasado los minutos por encima sin tocarme, como pájaros apresurados. Los minutos del ganso salvaje. Recuerdo que una vez papá nos llevó a cazar, a Evelyn y a mí. Ese día papá se enfadó conmigo porque el calor me dio dolor de cabeza. Dijo que yo era una aguafiestas y una quejica. Y añadió: ¿Por qué no puedes ser como Evelyn?

            —Todo el mundo ha estado muy preocupado por ti —dijo la desconocida—. ¿Dónde te has metido?

            —Ya lo sabes. Lo sabes muy bien. Estaba contigo.

            —¿De qué estás hablando?

            —Hemos ido juntas al campo… a ver los altramuces… Hemos…

            La voz de la extraña era dura y horrenda:

            —Siempre has contado mentiras fantasiosas, Helen, pero esta vez te has superado a ti misma. Hace casi un año que no nos vemos.

            —No intentes negarlo…

            —No intento negarlo. ¡Lo niego!

            —Por favor, no levantes la voz. La gente nos mira. Eso no me conviene: tengo una reputación que proteger, un nombre.

            —Nadie nos está prestando la menor atención.

            —Vaya que sí. Mira, se me han roto las medias, y el abrigo. De ir al campo. Tú no te acuerdas de que hemos ido al campo, juntas, para ver los altramuces. Tropecé con un pedrusco y me caí. —Pero su voz adoptaba un tono interrogativo y sus ojos destilaban incertidumbre y temor—. ¿Te…? ¿Te acuerdas ahora?

            —No hay nada de lo que acordarse.

            —¿Nada?

            —Hace casi un año que no nos vemos, Helen.

            —Pero esta mañana… Esta mañana nos encontramos en la puerta del hotel. Me pediste que te acompañara a tomar una copa, dijiste que ibas de camino a ver a un señor que te haría inmortal, y querías que fuese contigo.

            —Eso no tiene el menor sentido.

            —¡Sí, claro que sí! Hasta me acuerdo del nombre de ese señor. Terola. Jack Terola.

            Evelyn hablaba con voz suave, pero insistente:

            —¿Fuiste a ver a ese hombre, al tal Terola?

            —No lo sé. Creo que… que fuimos las dos, tú y yo. A fin de cuentas, yo no iría sola a un sitio así, y además Terola era amigo tuyo, no mío.

            —Nunca había oído ese nombre. Hasta que he leído los periódicos vespertinos.

            —¿Periódicos?

            —Terola ha sido asesinado hoy, poco antes del mediodía —dijo Evelyn—. Es importante que recuerdes, Helen. ¿Has ido allí esta mañana?

            La señorita Clarvoe se quedó callada, con la cara en blanco.

            —¿Has visto a Terola esta mañana, Helen?

            —Tengo… Tengo que subir.

            —Tenemos que hablar.

            —No. No. Tengo que subir a mi habitación y cerrar con llave para que no entre toda esa fealdad. —Se dio la vuelta y echó a andar hacia el ascensor con los hombros hundidos y las manos en los bolsillos del abrigo, como si quisiera evitar cualquier contacto físico.

            Esperó a que se vaciara uno de los ascensores y luego entró en él y le ordenó al ascensorista que cerrara la puerta de inmediato. El viejo y cansado ascensorista tenía la estatura de un niño, como si los años que había pasado dentro de esa cajita hubiesen detenido su crecimiento. Estaba acostumbrado a las rarezas de la señorita Clarvoe, como subirse sola al ascensor, y en el pasado había recibido muy buenas propinas por tolerarlas.

            Cerró la puerta y, mientras el artefacto iniciaba su ascensión, mantuvo la mirada fija en los botones de los pisos.

            —Hace un día invernal, señorita Clarvoe.

            —No lo sé. Yo he perdido el mío.

            —¿Cómo dice?

            —Que he perdido el día —repuso ella lentamente—. Lo he buscado por todas partes, pero no logro encontrarlo.

            —¿Se… se encuentra bien, señorita Clarvoe?

            —No me llame así.

            —¿Señora…?

            —Llámeme Evelyn.

            —Sí, señora.

            —Venga, dígalo. Adelante. Diga Evelyn.

            —Evelyn —dijo el anciano mientras empezaba a temblar.

            De regreso a su suite, la señorita Clarvoe cerró la puerta y, sin quitarse el abrigo, se abalanzó inmediatamente sobre el teléfono. Mientras marcaba, notaba cómo le crecía la excitación dentro del cuerpo cual lava fundida de un cráter.

            —¿Señora Clarvoe?

            —¿Eres… eres tú, Evelyn?

            —Por supuesto que sí. Le he hecho otro favor.

            —Te lo ruego, ten compasión.

            —No gimotee. Lo odio. Odio a los lloricas.

            —Evelyn…

            —Solo quería decirle que ya le he encontrado a Helen. La tengo encerrada en su habitación del hotel, sana y salva.

            —¿Se encuentra bien?

            —No se preocupe, que yo la cuido. Soy la única que sabe cómo tratarla. Se ha portado muy mal y necesita un poco de disciplina. Cuenta mentiras, ¿sabe usted?, unas mentiras espantosas, así que tendré que darle una buena lección, como a los demás.

            —Déjame hablar con Helen.

            —Oh, no. Ahora mismo no puede hablar. No le toca. Tenemos que turnarnos, ¿sabe usted? Es muy molesto, porque Helen no me cede el turno de manera voluntaria, así que tengo que adelantarme a ella para poder hablar. Se sentía débil a causa del accidente y le dolía la cabeza, así que me he podido hacer con el mando. Yo me encuentro bien. Yo nunca estoy enferma. Eso se lo dejo a ella. Todas esas cosas sórdidas, como estar enferma o envejecer, se las dejo a ella. Yo solo tengo veintiún años, mientras que esa cacatúa ya pasa de los treinta…

             

            * * *

              

            Evelyn Merrick estaba esperando a Blackshear en el hall cuando este apareció al cabo de veinte minutos.

            —He llegado en cuanto he podido —dijo Blackshear—. ¿Dónde está Helen?

            —Encerrada en su habitación. La seguí para intentar hablar con ella, pero no hizo caso de mis llamadas. Así que me quedé pegada a la puerta y la oí hablar ahí dentro.

            —¿Qué estaba haciendo?

            —Ya lo sabe, señor Blackshear. Se lo he dicho cuando le he llamado. Estaba hablando por teléfono, utilizando mi nombre, imitando mi voz, haciéndose pasar por mí.

            Blackshear puso mala cara:

            —Ojalá eso fuera todo, un jueguecito infantil, una broma.

            —¿De qué se trata?

            —Sufre una extraña forma de locura, señorita Merrick, la enfermedad que yo pensaba que tenía usted. Un médico lo llamaría personalidad múltiple. Puede que un cura lo considerara posesión demoníaca. Helen Clarvoe está poseída por un demonio que la obliga a hacerse pasar por usted.

            —¿Y por qué habría de tomarla conmigo?

            —¿Está dispuesta a ayudarme a descubrirlo?

            —No lo sé. ¿Qué tengo que hacer?

            —Subamos a su habitación para hablar con ella.

            —No nos dejará entrar.

            —Hay que intentarlo —dijo Blackshear—. Me temo que eso es todo lo que puedo hacer por Helen, intentarlo. Intentarlo, fracasar y volverlo a intentar.

            Tomaron el ascensor hasta la tercera planta y recorrieron el largo pasillo enmoquetado que conducía a la suite de la señorita Clarvoe. La puerta estaba cerrada y atrancada y no salía ninguna luz de las rendijas, pero Blackshear podía oír hablar a una mujer en el interior. No era la voz de Helen, cansada, ausente; era una voz fuerte, dura y aguda, como la de una colegiala.

            Golpeó decididamente la puerta con los nudillos y gritó:

            —¿Helen? Déjame entrar.

            —Lárguese, viejo imbécil, y déjenos en paz.

            —¿Estás ahí, Helen?

            Mira en qué lío me has metido. Me ha encontrado. Eso es lo que querías, ¿verdad? Siempre has estado celosa de mí, siempre has querido que desapareciera de tu vida. Pues ya lo has logrado, al llamar a ese tal Blackshear y a la policía para que me persigan como a una delincuente común. Yo no soy una delincuente común. Todo lo que le hice a Terola fue tocarle con las tijeras para darle una pequeña lección. ¿Cómo iba a saber yo que tenía la piel más blanda que la mantequilla? Un hombre normal no habría ni sangrado, de lo delicado que fue el pinchazo. No es culpa mía si ese pobre idiota se murió. Pero la policía no me creerá. Tengo que esconderme aquí contigo. Solas tú y yo, ¿qué te parece? Pongo a Dios por testigo de que si yo lo puedo soportar, tú también. Eres un aburrimiento, vieja amiga, eso no me lo negarás. Igual tengo que salir de vez en cuando para divertirme un poco.

            Blackshear pensó en seguir gritando, pero las palabras se le murieron de desesperación en la garganta: Lucha, Helen. Defiéndete. Plántale cara. Se puso a aporrear la puerta con los puños.

            ¿Lo estás oyendo? Intenta echar la puerta abajo para llegar hasta su cariñito. ¿No es enternecedor? No se imagina la cantidad de puertas que tendrá que derribar; esta solo es la primera. Hay cien más, pero ese cretino lamentable de ahí fuera cree que puede lograrlo con sus puños. Qué tío tan gracioso. Dile que si no se marcha nunca te volverá a ver viva. Venga. Habla. ¡Habla, arpía inmunda!

            Una pausa. Acto seguido, la voz de Helen, un suspiro hecho jirones:

            —Señor Blackshear, Paul, váyase.

            —Resiste, Helen. Voy a ayudarte.

            —Váyase, váyase.

            ¿Oyes eso, don Juan? Que te vayas, dice. Don Juan. Dios, qué divertido. Menudo romance tenías, ¿eh, Helen? ¿De verdad creías que alguien se podía enamorar de ti, vieja bruja? Vete a consultar la bola de cristal, grajo. Se echó a reír. El sonido subía y bajaba, como el de una sirena anunciando un desastre con sus alaridos; y de repente, se hizo el silencio, como si todo en la noche contuviera el aliento.

            Blackshear pegó la boca a la rendija de la puerta y dijo:

            —Helen, escúchame.

            —Lárgate.

            —Abre la puerta. Evelyn Merrick está aquí conmigo.

            —Embustero.

            —Abre la puerta y compruébalo por ti misma. Tú no eres Evelyn. Evelyn está aquí a mi lado.

            —¡Mentiroso, mentiroso, mentiroso!

            —Por favor, Helen, déjanos entrar para que te podamos ayudar… Dígale algo, señorita Merrick.

            —No te estamos engañando —dijo Evelyn—. Te aseguro que soy yo, Helen.

            —¡Embusteros!

            Pero el cerrojo hizo un clic y la cadena se deslizó y, lentamente, la puerta se abrió y asomó el rostro atormentado de la señorita Clarvoe. Se dirigió a Blackshear con esos labios pálidos que sufrían lo suyo para dar forma a las palabras:

            —Helen no está aquí. Se ha ido. Es vieja, está enferma y tiene tantas desgracias que solo quiere que la dejen en paz.

            —Escúchame, Helen —dijo Blackshear—. Tú no eres vieja ni estás enferma…

            —Yo no. Pero ella sí. Te estás confundiendo. Yo soy Evelyn. Y estoy bien. Tengo veintiún años. Soy guapa. Soy popular. Me divierto mucho. Nunca me canso ni me pongo enferma. Voy a ser inmortal. —Se interrumpió de repente, con los ojos clavados en Evelyn Merrick, sintiendo al mismo tiempo fascinación y repulsión—. Y esta chica… ¿quién es?

            —Ya lo sabes, Helen. Es Evelyn Merrick.

            —Una impostora es lo que es. Deshazte de ella. Dile que se vaya.

            —Muy bien —dijo Blackshear con preocupación—. De acuerdo. —Se volvió hacia Evelyn—. Más vale que baje y llame a un médico.

            La señorita Clarvoe vio alejarse a Evelyn por el pasillo y meterse en el ascensor.

            —¿Para qué habría de llamar a un médico? ¿Está enferma?

            —No.

            —Entonces, ¿para qué llamar a un médico si no está enferma? —Y añadió malhumorada—: No me gustas gran cosa. Eres un viejo taimado. Eres demasiado mayor para mí. No te molestes en rondarme. Solo tengo veintiuno. Y un centenar de novios…

            —Helen, por favor.

            —No me llames así, no pronuncies ese nombre. Yo no soy Helen.

            —Sí que lo eres. Eres Helen y no quiero que seas nadie más. Me gustas tal como eres. Y les gustarás a otros, si se lo permites. Les gustarás tal como eres, te querrán por ti misma, Helen.

            —¡No! ¡Yo no soy Helen ni quiero serlo! ¡La odio!

            —Helen es una chica estupenda —dijo Blackshear con suavidad—. Es inteligente y sensible, sí, y también guapa.

            —¿Guapa? ¿Esa cacatúa? ¿Esa bruja? ¿Esa arpía inmunda?

            Intentó cerrar la puerta, pero Blackshear se lo impidió con todo su peso. Ella soltó la puerta y reculó por la habitación, con una mano a la espalda, como una niña ocultando un objeto prohibido. Pero Blackshear ya sabía lo que escondía. Podía ver su imagen en el espejo redondo que había sobre la mesita del teléfono.

            —Deja el abrecartas, Helen. Vuélvelo a poner sobre el escritorio, que es donde tiene que estar. Tienes mucha fuerza, podrías hacer daño a alguien sin querer… Por cierto, ¿cómo conociste a Terola?

            —En un bar. Se estaba tomando una copa, me miró y se enamoró de mí a primera vista. Les pasa a muchos. No pueden evitarlo. Es por este magnetismo que tengo. ¿No lo notas?

            —Sí, sí, lo noto. Deja el cuchillo, Helen.

            —¡No soy Helen! Soy Evelyn. Dilo. Di que soy Evelyn.

            Se la quedó mirando, sin decir nada, y de repente ella se dio la vuelta y echó a correr hacia el espejo. Pero el rostro que vio no era el suyo. No era ni siquiera una sola cara, sino docenas, dando vueltas sin parar… Evelyn, Douglas, Blackshear, Verna, Terola, su padre, la señorita Hudson, Harley Moore, el recepcionista y el viejecito del ascensor… Todas esas caras giraban como una noria y, mientras lo hacían, movían la boca y berreaban palabras: ¿Qué te pasa, nena, estás loca? Siempre has contado unas mentiras muy fantasiosas. Qué pena que no tuviésemos una hija como Evelyn. No se puede hacer un bolso de seda con una piel de cerdo. ¿Por qué no puedes ser más como Evelyn?

            Las voces se disiparon, se detuvo la inmensa noria y solo quedó un rostro en el espejo. Era el suyo, así como la boca que se movía también lo era, y las palabras que salían de ella eran pronunciadas por su propia voz:

            —Que Dios me ayude.

            La memoria la apuñaló con terribles certezas. Recordaba los bares, las cabinas telefónicas, las carreras, las calles desconocidas. Recordaba a Terola y el aspecto extraño e incrédulo que tenía justo antes de morir, así como el olor acre del café requemándose en el hornillo. Recordaba haber retirado los billetes de su propio clip y pensar luego que se los habían robado. Recordaba a aquel gato de callejón, los rayos del aire nocturno, el sabor de la lluvia, el joven que se reía porque ella era a prueba de agua…

            —Dame el cuchillo, Helen.

            Podía ver a Blackshear en el espejo, acercándose de manera lenta y prudente, como un cazador con la bestia a la vista.

            —No pasa nada, Helen. No te excites. Todo va a salir bien.

            Hizo una pausa. Y acto seguido volvió a hablar en un tono suave y persuasivo. Sobre médicos y hospitales y reposo y cuidados y el futuro. Siempre el futuro, como si fuese algo concreto y tangible, redondo y rosado como una manzana.

            Contempló en el espejo la bola de cristal y vio su futuro: las noches emponzoñadas por el recuerdo, los días corroídos por el deseo.

            —Solo es cuestión de tiempo, Helen. Te recuperarás.

            —Cállate —sentenció ella—. Eso es mentira.

            Observó el cuchillo que tenía en la mano y le pareció que solo él decía la verdad, que era su último y definitivo amigo.

            Hundió el cuchillo en el suave hueco de su garganta. No sintió dolor, solo una leve sorpresa ante lo bonita que era la sangre, como lazos brillantes e inacabables que nunca más serían atados.  

La demanda de las lágrimas de la Reina - Lord Dunsany

Sylvia, reina de los bosques, reunió a la corte en su palacio y se burló de sus pretendientes. Les cantaría, dijo, les ofrecería banquetes, les narraría cuentos de los tiempos legendarios; sus juglares harían cabriolas ante ellos, sus ejércitos les saludarían, sus bufones bromearían con ellos y tendrían extravagantes ocurrencias; sólo que no podía quererles.

Ésa no era forma, dijeron ellos, de tratar a príncipes en todo su esplendor y a misteriosos trovadores que ocultaban nombres regios; no está de acuerdo con la fábula; no hay precedente de ello en la mitología. La reina podía haber arrojado su guante, dijeron ellos, en la guarida de un león, podía haber pedido una veintena de cabezas de serpientes venenosas de Licantara, o de haber exigido la muerte de cualquier dragón notable, o enviarles a todos ellos tras alguna demanda fatal, mas que no pudiera quererles... ¡eso nunca se había oído!... no tenía parangón en los anales del romance.

Y entonces ella les dijo que, si tenían necesidad de una demanda, ofrecería su mano al primero que la hiciera llorar; y la demanda sería llamada, para referirse a ella en las historias o canciones, la Demanda de las Lágrimas de la Reina, y el que las consiguiera se casaría con ella, aunque sólo fuera un insignificante duque de algún país desconocido en los romances.

Y muchos de ellos estallaron en cólera, pues esperaban alguna demanda sangrienta. Mas el anciano chambelán de los lores dijo, mientras murmuraban entre ellos en un lejano rincón de la cámara, que la demanda aunque ardua era sensata, porque si ella podía llorar alguna vez, también podía amar. 

Ellos habían conocido toda su niñez: ella nunca había suspirado. Muchos hombres había visto ella, tanto pretendientes como cortesanos, mas jamás había vuelto la cabeza cuando alguno de ellos pasó cerca. Su belleza era como los apacibles ocasos de esas tardes amargas en que todo el mundo está congelado: producía asombro y escalofríos. 

Era como una montaña soleada que se alzara en solitario, embellecida por el hielo, como un desolado y solitario resplandor, avanzada la tarde, lejos del mundo confortable y sin apenas acompañamiento de estrellas: la perdición  de los montañeros.

Si ella pudiera llorar, dijeron ellos, podría amar.

Y ella sonrió agradablemente a aquellos ardientes príncipes, y a aquellos trovadores que ocultaban nombres regios.

Luego, uno a uno, cada príncipe pretendiente contó la historia de su amor, con los brazos extendidos y puesto de rodillas. Y fueron tan tristes y lastimosos los relatos, que con frecuencia lloró en los balcones alguna doncella de palacio. Mas la reina asintió muy cortésmente con la cabeza como una indiferente magnolia cuya radiante floración fuera sacudida inútilmente en plena noche por todos los vientos.

Y cuando los príncipes contaron sus desesperados amores y se fueron sin otro botín que el de sus propias lágrimas, llegaron los desconocidos trovadores y relataron sus historias en forma de canción, ocultando sus graciosos nombres.

Y hubo uno, Ackronnion, cubierto de harapos en los que se había depositado el polvo de los caminos, bajo los cuales llevaba una armadura abollada por los golpes, que, cuando tocó el arpa y cantó, hizo llorar a las doncellas en todos los balcones, e incluso gimotear al anciano chambelán de los lores, quien más tarde rióse con los ojos arrasados en lágrimas y dijo:

"Es fácil conseguir que los ancianos lloren, o arrancar frívolas lágrimas a las chicas perezosas; mas no logrará que la Reina de los Bosques prorrumpa en llantos".

Y ella asintió cortésmente con la cabeza. Y ese hombre fue el último en intervenir. Y aquellos duques y príncipes, y trovadores disfrazados, se marcharon desolados. Sin embargo, Ackronnion meditó mientras se iba.

Él era rey de Afarmah, Lool y Haf, señor de Zeroora y la accidentada Chang, y duque de Molóng y Mlash, lugares todos ellos familiarizados con el romance o no ignorados en la gestación de los mitos. Meditó mientras se ponía su ligero disfraz.

Todos aquellos que no recuerden su niñez, por tener otras cosas que hacer, deben saber que debajo del País de las Hadas, que está, como todos saben, en los confines del mundo, mora la Bestia Alegre. Un sinónimo de la alegría.

Es sabido que la alondra en su apogeo, los niños jugando al aire libre, las brujas buenas y los ancianos padres joviales, todos han sido comparados -¡y cuán apropiadamente!- con la mismísima Bestia Alegre. Sólo tiene una "pega" (si se me permite utilizar momentáneamente el argot para explicarme con mayor claridad), sólo un inconveniente, y es que a causa de la alegría de su corazón echa a perder las coles del Anciano que Cuida el País de las Hadas... y, por supuesto, es devoradora de hombres.

Debe sobreentenderse además que quienquiera que logre obtener las lágrimas de la Bestia Alegre en un cuenco y se embriague con ellas, es capaz de hacer derramar lágrimas de alegría a cualquiera, con tal que la posesión le mantenga inspirado para cantar o componer música.

Inmediatamente Ackronnion reflexionó de esta guisa: si él pudiera obtener las lágrimas de la Bestia Alegre por medio de su arte, absteniéndose de la violencia gracias al hechizo de la música, y si algún amigo suyo matara a la Bestia antes de que dejara de llorar -pues el llanto debe tocar a su fin, incluso entre los hombres-, él podría marcharse sano y salvo con las lágrimas, y bebérselas delante de la Reina de los Bosques, arrancando a ésta lágrimas de alegría. 

Por consiguiente buscó a un humilde caballero a quien no le importaba la belleza de Sylvia, Reina de los Bosques, y que en una ocasión, un verano de hace mucho tiempo, había encontrado por sí mismo a una doncella selvática. El hombre se llamaba Arrath y era un caballero armado de la guardia de lanceros, súbdito de Ackronnion. 

Y juntos se pusieron en camino a través de parajes de fábula hasta llegar al País de las Hadas, un reino expuesto al sol (como todos saben) en muchas leguas a lo largo de los confines del mundo. Y por un extraño sendero contiguo llegaron a la tierra que buscaban, en medio de un viento procedente del espacio que soplaba con una especie de sabor metálico a estrellas errantes. 

Aun así llegaron a la casa de paja expuesta al viento, en donde mora el Anciano que Cuida el País de las Hadas, sentado junto a las ventanas del salón que mira más allá del mundo. Les dio la bienvenida en su salón orientado hacia las estrellas, contándoles cuentos del espacio, y, cuando ellos mencionaron su peligrosa demanda, dijo que sería caritativo matar a la Bestia Alegre; pues con toda evidencia él era de esos a los que no les gustaban los modales alegres de aquélla. 

Y luego les condujo afuera por la puerta de atrás, pues la de delante no tenía acera ni siquiera escalones -por ella vaciaba el anciano su agua sucia sobre la Cruz del Sur-, y de esa manera llegaron al huerto donde crecían sus coles y esas flores que sólo brotan en el País de las Hadas, volviendo siempre sus rostros hacia el cometa; y él les señaló el camino hacia un lugar que llamó el Fondo, donde la Bestia Alegre tenía su guarida. 

Entonces se pusieron todos manos a la obra. Ackronnion tenía que ir por las escaleras con su arpa y un cuenco de ágata, mientras Arrath daría un rodeo por el otro lado.

 Luego, el Anciano que Cuida del País de las Hadas regresó a su casa expuesta al viento, murmurando airadamente según pasaba junto a sus coles, pues no le gustaban los modales de la Bestia Alegre y los dos amigos partieron por caminos separados.

Nadie les descubrió salvo aquel ominoso cuervo, ya saciado de carne humana por demasiado tiempo.

Soplaba un viento frío procedente de las estrellas.

Al principio la escalada fue peligrosa; luego, Ackronnion llegó a los amplios y lisos peldaños que partían del borde de la guarida, y en aquel momento oyó en lo alto de las escaleras las continuas risitas de la Bestia Alegre.

Temió entonces que la alegría de la Bestia fuera insuperable, que no pudiera entristecerla ni la más doliente canción. No obstante, no se volvió atrás, sino que ascendió las escaleras silenciosamente y, depositando el cuenco de ágata en un peldaño, empezó a cantar una canción titulada Dolorosa. 

Ésta mencionaba desolados y lamentables sucesos que acontecieron hace mucho en los albores del mundo. Contaba cómo los dioses, las bestias y los hombres hace mucho tiempo habían sido muy aficionados a las bellas compañías, aunque infructuosamente. Mencionaba una dorada multitud de alegres esperanzas, mas no su realización. Contaba cómo el Amor menospreciaba a la Muerte, mas también hablaba de las risas de ésta.

De pronto cesaron las risas contenidas de la Bestia Alegre dentro de su guarida. Ésta se levantó y tembló. Estaba bastante triste. Ackronnion siguió cantando la canción titulada Dolorosa. La Bestia Alegre se acercó a él lúgubremente. A causa de su pánico, Ackronnion no se detuvo, sino que siguió cantando. Cantó sobre la malignidad del tiempo. Dos lágrimas brotaron de los ojos de la Bestia Alegre. Ackronnion movió el cuenco con el pie hasta colocarlo convenientemente. Cantó sobre el otoño y sobre el paso del tiempo. 

Entonces la Bestia lloró, como lloran las heladas colinas durante el deshielo, y las lágrimas cayeron a raudales en el cuenco de ágata. Ackronnion siguió cantando desesperadamente; mencionaba las cosas agradables que pasan desapercibidas a los hombres, la luz del sol que apenas se advierte en los rostros ahora marchitos. El cuenco estaba lleno.

Ackronnion se desesperó: la Bestia estaba tan cerca. Por un momento pensó que su boca estaba llorosa..., mas lo único que ocurría era que las lágrimas de la Bestia corrían por sus labios. ¡Se sentía como si fuera a ser devorado! ¡La Bestia estaba dejando de llorar! Cantó sobre mundos que han defraudado a los dioses. Y de pronto se oyó un estallido y la fiel lanza de Arrath dio en el blanco por detrás del hombro, y las lágrimas y los jubilosos modales de la Bestia Alegre se terminaron para siempre.

Y se llevaron con cuidado el cuenco de las lágrimas, dejando el cuerpo de la Bestia Alegre como una alternativa de alimentación para el ominoso cuervo; y, al pasar cerca de la casa de paja expuesta a los vientos, se despidieron del Anciano que Cuida el País de las Hadas, el cual, al escuchar la hazaña, se frotó sus grandes manos y masculló una y otra vez:

"Y además algo estupendo: ¡mis coles!, ¡mis coles!".

Y poco después, Ackronnion volvió a cantar en el palacio selvático de la Reina de los Bosques, no sin antes haberse bebido las lágrimas de su cuenco de ágata. Y fue una noche de fiesta, y toda la corte se congregó allí, y los embajadores del país del mito y la leyenda, e incluso algunos procedentes de Terra Cognita.

Y Ackronnion cantó como nunca lo había hecho antes y ya no volverá a hacerlo. ¡Oh, cuán espinosas son las sendas de los humanos, cuán crueles sus contados días y su aflicción final, cuán vano su empeño! Y de la mujer... ¿qué diremos?... su perdición ha sido escrita junto a la del hombre por dioses apáticos, negligentes, con sus rostros vueltos a otras esferas.

Comenzó más o menos así y luego la inspiración le embargó. No me es posible poner por escrito la conflictiva belleza de su canción: había en ella mucha alegría, mezclada con dolor; era como las vidas de los humanos; como nuestro destino.

La canción provocó sollozos, los suspiros volvían en forma de ecos: los senescales y los soldados sollozaban y las doncellas gritaban; las lágrimas caían como lluvia de balcón en balcón.

Alrededor de la Reina de los Bosques había un frenesí de sollozos y pesares.

Mas no, ella no lloró.