INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta personalidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta personalidad. Mostrar todas las entradas

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 4)

Tras separar los postigos, Dilvish bajó a la habitación. La tenue luz de la ventana le mostró parte del desorden que reinaba allí. Se detuvo unos instantes para memorizar la disposición lo mejor posible; se volvió después y cerró la ventana, aunque no por completo. Los empañadísimos vidrios obstruían buena parte de la luz, pero él no deseaba verse delatado por una chismosa corriente de aire.

Avanzó en silencio, siguiendo el mapa de su mente. Había envainado su larga espada y solo llevaba una daga en la mano. Tropezó una vez antes de llegar a la puerta (con la pata de una silla que sobresalía), pero avanzaba con tanta lentitud que no hubo ruido alguno. Abrió ligeramente la puerta y miró a la derecha. Un pasillo oscuro...

Salió y miró a la izquierda. Había luz en esa dirección. Se dirigió hacia ella. Al avanzar, vio que procedía de la derecha: un corredor lateral o una habitación abierta. El ambiente fue haciéndose más cálido, la sensación más agradable que Dilvish había experimentado en las últimas semanas. Se detuvo, tanto para prestar atención a sonidos delatores como para saborear aquella sensación. Al cabo de unos instantes hubo un tenuísimo ruido al otro lado del rincón. Dilvish se acercó un poco y aguardó. El sonido no se repitió.

Con el cuchillo bajo, avanzó. Vio que era la entrada de una habitación y contempló a una mujer sentada en el interior; la mujer estaba leyendo un libro y había un vaso en la mesita situada a la derecha. Dilvish miró a ambos lados del umbral, comprobó que estaba solo y entró.

—Será mejor que no gritéis —dijo.

Ella bajó el libro y le miró fijamente.

—No lo haré —replicó—. ¿Quién sois?

Dilvish vaciló.

—Llamadme Dilvish —dijo por fin.

—Mi nombre es Reena. ¿Qué deseáis?

Dilvish bajó ligeramente el arma.

—He venido a matar. No os pongáis en mi camino y nada os pasará. Hacedlo, y lo pagaréis. ¿Cuál es vuestra situación en esta casa?

Reena palideció. Escrutó el semblante del guerrero.

—Estoy... prisionera —dijo.

—¿Por qué?

—Nuestros medios de salida están bloqueados, igual que los medios normales de entrada.

—¿Cómo?

—Fue un accidente... por así decirlo. Pero no pienso que lo creáis.

—¿Por qué no? Hay accidentes.

Ella le miró de un modo extraño.

—Eso os ha traído aquí, ¿no es cierto?

Dilvish sacudió lentamente la cabeza.

—Temo no comprenderos.

—Cuando él descubrió que el espejo no podía ya transportarle a este lugar, os envió a matar a la persona responsable, ¿no es cierto?

—No he sido enviado —dijo Dilvish—. He venido por voluntad y deseo propios.

—Ahora soy yo la que no os comprende —dijo Reena—. Afirmáis que habéis venido a matar, y Ridley espera que alguien venga a matarle. Lógicamente...

—¿Quién es Ridley?

—Mi hermano, el aprendiz de mago que atiende este lugar para su maestro.

—¿Vuestro hermano es aprendiz de Jelerak?

—¡Por favor! ¡Ese nombre!

—¡Estoy harto de murmurarlo! ¡Jelerak! ¡Jelerak! ¡Jelerak! Si puedes oírme, Jelerak, ¡ven a verme más de cerca! ¡Estoy preparado! ¡Acabemos con esto! —gritó Dilvish.

Ambos guardaron silencio unos instantes, como si esperaran una réplica u otra manifestación. No pasó nada. Finalmente, Reena carraspeó.

—¿Vuestra disputa, pues, es enteramente con el maestro? ¿No con su siervo?

—Eso es correcto. Los actos de vuestro hermano no significan nada para mí, mientras no obstruyan mis propósitos. Sin saberlo, tal vez, ya lo han hecho... si es que él ha cerrado el paso a este lugar a mi enemigo. Pero no considero eso como motivo de venganza. ¿Qué es ese espejo de transporte de que habláis? ¿Lo ha roto vuestro hermano?

—No —replicó Reena—, está físicamente intacto. Pero bien podía haberlo roto. Ha puesto el hechizo de transporte en suspenso, por así decirlo. Es una puerta usada por el maestro. Él lo usaba para venir aquí... y desde aquí podía usarlo igualmente para viajar a cualquier otra de sus fortalezas, y seguramente a otros lugares. Ridley anuló el espejo cuando... no era él mismo.

—Quizá se le pueda convencer para que vuelva a dejarlo como antes. Luego, cuando Jelerak venga a averiguar la causa del problema, yo estaré aguardándolo.

Reena meneó la cabeza.

—No es tan sencillo —dijo. Y agregó—: Debéis estar incómodo, con esa postura encorvada propia de un luchador. Yo sé que estoy incómoda simplemente viéndoos. ¿No queréis tomar asiento? ¿Os apetecería un vaso de vino?

Dilvish miró por encima del hombro.

—No es nada personal —dijo—, pero preferiría seguir de pie.

Envainó la daga, no obstante, y se acercó al bufete, donde había una botella de vino abierta y varios vasos.

—¿Bebéis esto?

Reena sonrió y se levantó. Atravesó la habitación para ponerse junto a Dilvish, cogió la botella y llenó dos vasos.

—Servidme uno, caballero.

Dilvish cogió un vaso y se lo dio con una cortés inclinación de cabeza. La mirada de la joven topó con la de él al aceptarlo. Reena alzó el vaso y bebió. Dilvish cogió el otro vaso, lo olió, lo probó.

—Muy bueno.

—La provisión de mi hermano —dijo ella—. Le gusta lo mejor.

—Habladme de vuestro hermano.

Reena se volvió un poco y se apoyó en el bufete.

—Lo eligieron aprendiz entre muchos candidatos —dijo— porque poseía grandes aptitudes naturales para ello. ¿Sabéis que la magia, en sus más elevadas manifestaciones, requiere asumir una personalidad artificialmente construida... cuidadosamente desarrollada, disciplinada, suave como un guante cuando se actúa?

—Sí —replicó Dilvish.

Reena le miró de reojo y prosiguió hablando.

—Pero Ridley siempre ha sido distinto a casi todo el mundo, puesto que ya poseía dos personalidades. Normalmente es amable, ingenioso, interesante. No obstante, de vez en cuando lo domina su otra naturaleza y se convierte en todo lo contrario: cruel, violento, malicioso. Tras iniciar su trabajo con la magia superior, el otro lado de su personalidad logró fundirse con el lado mágico. Cuando asumía las actitudes mentales y emotivas precisas para su trabajo, el otro lado estaba presente. Había hecho grandes avances para llegar a ser un excelente mago, pero siempre que recurría a la magia se transformaba en otra cosa... muy poco agradable. Sin embargo, la situación no habría sido un gran inconveniente, siempre que mi hermano pudiera desprenderse de su otra personalidad con la misma facilidad con que la asumía... con el anillo que había hecho para tal fin. Pero al cabo de un tiempo, este... otro... se resistió a la restauración. Ridley llegó a creer que el otro trataba de dominarle.

—He oído hablar de personas así, con más de una naturaleza o carácter —dijo Dilvish—. ¿Qué sucedió finalmente? ¿Qué lado ha dominado?

—La lucha continúa. Él está en su mejor personalidad actualmente. Pero teme enfrentarse al otro... que se ha convertido en un demonio personal para él.

Dilvish asintió y terminó de beber. Reena señaló la botella. El guerrero se sirvió más vino.

—De modo que el otro dominaba —dijo Dilvish— cuando él anuló el hechizo del espejo.

—Sí. Al otro le gusta dejar tareas inacabadas, de forma que mi hermano tendrá que recurrir a él...

—Pero cuando él era... el otro... ¿dijo por qué había hecho eso con el espejo? Eso parece ser algo más que una lucha mental. Debió comprender que estaba provocando problemas peligrosísimos... procedentes de otra parte.

—Él sabía lo que se hacía —dijo Reena—. El otro es un egoísta extraordinario. Cree estar preparado para enfrentarse al mismo maestro en una lucha por el poder. Privar al espejo de su carácter pretendía ser un reto. En realidad, él me dijo entonces que ese acto pretendía resolver dos situaciones al mismo tiempo.

—Creo que puedo imaginar la segunda —dijo Dilvish.

—Sí —replicó la joven—. El otro cree que venciendo en esa contienda podrá revelarse como la personalidad dominante.

—¿Qué opináis vos?

Reena recorrió lentamente la habitación y se volvió hacia Dilvish.

—Que tal vez sí —dijo—, pero no creo que venza.

Dilvish apuró el vaso y lo dejó a un lado. Cruzó los brazos sobre su pecho.

—¿Existe alguna posibilidad —preguntó— de que Ridley domine al otro antes de que ocurra ese conflicto?

—No lo sé. Él lo ha intentado... pero teme que el otro haga lo mismo.

—¿Y si triunfa? ¿Creéis que eso aumentaría sus posibilidades?

—¿Quién puede decirlo? Yo no, ciertamente. Estoy harta de todo esto y odio este lugar. ¡Ojalá me encontrara en algún sitio caluroso, como Tooma o Ánkyra!

—¿Qué haríais allí?

—Me gustaría ser la cortesana mejor pagada de la ciudad, y cuando me hartara de eso, tal vez casarme con un noble. Me gustaría una vida de indolencia, lujo y cordialidad, lejos de las batallas de los expertos.

Reena miró a Dilvish.

—Tenéis una parte de sangre elfa, ¿no es cierto?

—Sí.

—Y parecéis tener conocimientos de estos asuntos. De modo que habéis llegado con algo más que una espada para hacer frente al maestro...

Dilvish sonrió.

—Le traigo un presente del Infierno.

—¿Sois mago?

—Mi conocimiento de estos asuntos es altamente especializado. ¿Por qué?

—Estaba pensando que si fuerais lo bastante experto como para reparar el espejo, yo podría usarlo para marcharme y no ponerme en el camino de nadie.

Dilvish meneó la cabeza.

—Los espejos mágicos no son mi especialidad. Ojalá lo fueran. Resulta un poco penoso haber recorrido tanta distancia en busca de un enemigo y descubrir que su acceso está impedido.

Reena se echó a reír.

—¿Creéis que una cosa así va a detenerlo?

Dilvish alzó la mirada, dejó caer los brazos, miró alrededor.

—¿Qué queréis decir?

—El que buscáis estará molesto por la situación, sí. Pero ello difícilmente puede representar una barrera insuperable. Él se limitará a no usar su cuerpo.

Dilvish empezó a pasear de un lado a otro de la habitación.

—En ese caso, ¿qué es lo que lo retiene? —preguntó.

—En primer lugar, necesitará acrecentar su poder. Si llega aquí sin cuerpo, estará en ligera desventaja ante cualquier conflicto que surja. Es preciso que acumule poder para compensar su desventaja.

Dilvish dio media vuelta y miró a la joven, con la espalda apoyada en la pared.

—Esto no me gusta en absoluto —dijo—. Últimamente deseo algo que pueda sufrir heridas. ¡No un espectro sin cuerpo! ¿Cuánto durará esta concentración de poder? ¿Qué opináis? ¿Cuándo llegará él?

—No puedo oír las vibraciones a ese nivel. No lo sé.

—¿Existe alguna posibilidad de forzar a vuestro hermano a...?

Se deslizó un panel detrás de Dilvish y un criado con cara de momia le golpeó en la nuca con un bastón. Aturdido, el guerrero se tambaleó. El bastón se alzó y cayó de nuevo. Dilvish cayó de rodillas y por fin se desplomó.

Ridley apartó al criado y entró en la habitación. El portador del bastón y un segundo siervo le siguieron.

—Muy bien, hermana. Muy bien —observó Ridley—, retenerle aquí hasta que nos pudiéramos ocupar de él.

Ridley se arrodilló y extrajo la larga espada de la vaina del costado de Dilvish. La arrojó al otro lado de la habitación. Tras dar la vuelta al cuerpo de Dilvish, sacó la daga de la vaina más pequeña y la alzó.

—Hay que acabar de una vez —dijo.

—¡Eres un necio! —afirmó Reena, que se había acercado y le había agarrado la muñeca—. ¡Ese hombre podía haber sido un aliado! ¡No está buscándote! ¡Quiere matar al maestro! Le tiene un rencor personal.

Ridley bajó la daga. Reena no le soltó la muñeca.

—¿Y tú has creído eso? —dijo—. Llevas aquí demasiado tiempo. El primer hombre que se presenta te hace creer...

Reena le abofeteó.

—¡No tienes derecho a hablarme así! ¡Él ni siquiera sabía quién eres! ¡Podía haber sido útil! ¡Ahora no confiará en nosotros!

Ridley observó el rostro de Dilvish. Luego se levantó, con el brazo caído. Dejó caer la daga y de una patada la mandó al otro lado de la sala. Reena le soltó la muñeca.

—¿Quieres su vida? —dijo él—. De acuerdo. Pero si él no va a confiar en nosotros, tampoco nosotros podemos confiar en él. —Se volvió hacia los criados, que permanecían inmóviles detrás—. Lleváoslo —les ordenó— y echadlo por el agujero para que haga compañía a Mack.

—Estás agravando tus errores —dijo Reena.

Ridley miró ferozmente a su hermana.

—Y yo estoy harto de tus burlas —dijo—. Te he concedido su vida. Confórmate con eso, antes de que cambie de opinión.

Los criados se agacharon y levantaron la inerte forma de Dilvish entre los dos. Lo llevaron hacia la puerta.

—Tanto si me equivoqué como si acerté con él —dijo Ridley, señalando a los criados—, habrá un ataque. Tú lo sabes. En una forma o en otra. Probablemente pronto. Tengo que hacer preparativos y no deseo que me molesten.

Se volvió dispuesto a irse. Reena se mordió el labio antes de responder.

—¿Te falta mucho para lograr algo así como... un arreglo?

Ridley se detuvo, sin volver la cabeza.

—Menos de lo que pensaba que me faltaría —replicó— en este punto. Ahora creo que tengo una posibilidad de dominar. Por eso no puedo permitirme riesgo alguno, y por eso no puedo tolerar más interrupciones o retrasos. Vuelvo a la torre ahora mismo.

Se dirigió hacia la puerta, por la que acababa de pasar el cuerpo de Dilvish. Reena bajó la cabeza.

—Buena suerte —dijo en voz baja.

Ridley salió apresuradamente de la habitación.

Los mudos criados llevaron a Dilvish por un corredor débilmente iluminado. Al llegar a una hendidura de la pared, se detuvieron y dejaron el cuerpo en el suelo. Uno de ellos entró en el nicho y abrió una trampa del suelo. Tras acercarse de nuevo al inmóvil cuerpo, ayudó a levantarlo y ambos criados bajaron a Dilvish, con los pies por delante, por la oscura abertura que había quedado al descubierto. Le soltaron y el cuerpo dejó de verse. Un criado cerró la trampa. Finalmente, los dos se volvieron y se fueron por el corredor.

Dilvish notó que se deslizaba por una superficie inclinada. Durante unos instantes tuvo la visión de que Black había resbalado en el ascenso de la montaña. Estaba deslizándose Torre de Hielo abajo, y cuando llegara a la parte más baja...

Dilvish abrió los ojos. Le asaltó una instantánea claustrofobia. Estaba avanzando en la oscuridad. Al hacer un viraje, había notado la pared muy cerca. Dilvish pensó que si estiraba las manos para agarrarse, se las despellejaría.

¡Los guantes! Los había apretado al cinto.

Los buscó, los sacó, empezó a ponérselos. Se incorporó mientras lo hacía. Parecía haber un débil retazo de luz más adelante. Extendió ambas manos, y las piernas al mismo tiempo, hacia los lados. Su talón derecho tocó la pared en el mismo momento que sus manos. Después el izquierdo...

Notando una vibración en la cabeza, Dilvish incrementó la presión en los cuatro puntos. Las palmas de sus manos empezaron a calentarse con la fricción, pero su velocidad disminuyó un poco. Apretó con más fuerza, clavó los talones. La velocidad disminuyó.

Dilvish recurrió a toda su fuerza. Los guantes empezaron a desgastarse. El izquierdo se desgarró. La palma de su mano comenzó a arder. Por delante, el cuadrado débilmente iluminado aumentó de tamaño. Dilvish comprendió que podría detenerse antes de llegar abajo. Empujó una vez más. Olió a paja podrida y llegó al lugar. Cayó de pie y de inmediato se desplomó.

El picor que sentía en la mano izquierda impidió que se desmayara. Respiró profundamente el fétido aire. Aún estaba mareado. En su nuca notaba un enorme dolor. No recordaba qué había sucedido. Permaneció inmóvil, jadeante, mientras los latidos de su corazón se calmaban. El suelo era frío. 

Fragmento tras fragmento, los recuerdos volvieron... Recordó la ascensión al castillo, la entrada... La mujer, Reena... Habían estado conversando... La cólera ardió en su pecho. Ella le había engatusado. Le había retenido hasta recibir ayuda para enfrentarse a él.

Pero el relato de la joven tenía una construcción excesivamente elaborada, llena de innecesarios detalles... Dilvish se extrañó. ¿Habría algo más que simple traición? Suspiró. Todavía no estaba preparado para pensar. ¿Dónde se hallaba? Suaves sonidos le llegaron a través de la paja. Tal vez una celda... ¿Había otro preso? 

Algo corrió por su espalda. Se incorporó en parte bruscamente, notó que se derrumbaba, se volvió de costado al hacerlo. Vio las menudas y oscuras siluetas en la penumbra. Ratas. Eso era. Observó la mitad de celda que tenía ante los ojos. Nada más... 

Dio la vuelta para apoyarse en el otro costado, vio la puerta destrozada. Se incorporó, ahora con más cuidado que antes. Se frotó la cabeza y parpadeó al ver la luz. Una rata se alejó con esos movimientos.

Dilvish se puso en pie, se limpió la ropa. Avanzó hacia la puerta rota, la tocó. Apoyado en el marco, contempló la gran habitación de heladas paredes. Llameaban antorchas fijadas en brazos a ambos extremos de la habitación. Había una salida abierta, oscuridad al otro lado. Dilvish pasó entre la puerta y el marco, sin dejar de mirar alrededor. 

No había más sonido que los suaves ruidos de las ratas detrás y el goteo de agua. Observó las antorchas. La de la izquierda era ligeramente mayor. Se acercó y la sacó del brazo. Luego se dirigió hacia el oscuro umbral.

Una fría corriente de aire agitó las llamas cuando Dilvish la cruzó. Se hallaba en otra cámara, más pequeña que la que acababa de dejar. Vio una escalera al frente. Avanzó hacia ella y empezó a subir. La escalera solo tenía un recodo. En la parte superior, Dilvish vio una lisa pared a la derecha, un amplio corredor de bajo techo a la izquierda. Siguió el corredor.

Al cabo de quizá medio minuto, observó lo que parecía ser un rellano, con un pasamano que sobresalía de la pared. Al aproximarse vio que había una abertura de la que salía la baranda. Precavidamente, Dilvish subió al rellano, aguzó el oído unos instantes, asomó la cabeza por el rincón. Nada. Nadie. Solo una larga y oscura escalera ascendente. 

Se cambió la antorcha, cuyas llamas eran bajas, a la otra mano y comenzó a subir rápidamente. Esa escalera era mucho más alta que la anterior, ascendía en espiral largo trecho. Dilvish llegó súbitamente al final, se le cayó la antorcha y pisó las llamas unos instantes. 

Después de pararse en el último escalón, salió al corredor. Tenía una alfombra alargada y ornamentos en las paredes. Grandes velas ardían en soportes a lo largo del pasillo. A la derecha había una amplia escalera ascendente. Dilvish se acercó al primer escalón, convencido de haber llegado a una parte más frecuentada del castillo.

 

(CONTINUARÁ...) 

La bestia se acerca - Margaret Millar

            SE dio la vuelta y vio a Evelyn Merrick acercándosele a través de la recepción, abriéndose paso con dificultad entre la multitud. Ese día, que había cambiado a la señorita Clarvoe, también había hecho lo propio con Evelyn. Ni sonreía ni parecía tan segura de sí misma como cuando se encontraron en la calle. Ahora era una extraña con mala cara y mirada fría que iba vestida de negro, como si estuviese de luto.

            —Veo que has leído mi nota.

            —Sí —dijo la señorita Clarvoe—. Aquí la tengo.

            —Tenemos que hablar.

            —Sí, claro que sí, tengo que averiguar cómo he perdido el día, cómo me han pasado los minutos por encima sin tocarme, como pájaros apresurados. Los minutos del ganso salvaje. Recuerdo que una vez papá nos llevó a cazar, a Evelyn y a mí. Ese día papá se enfadó conmigo porque el calor me dio dolor de cabeza. Dijo que yo era una aguafiestas y una quejica. Y añadió: ¿Por qué no puedes ser como Evelyn?

            —Todo el mundo ha estado muy preocupado por ti —dijo la desconocida—. ¿Dónde te has metido?

            —Ya lo sabes. Lo sabes muy bien. Estaba contigo.

            —¿De qué estás hablando?

            —Hemos ido juntas al campo… a ver los altramuces… Hemos…

            La voz de la extraña era dura y horrenda:

            —Siempre has contado mentiras fantasiosas, Helen, pero esta vez te has superado a ti misma. Hace casi un año que no nos vemos.

            —No intentes negarlo…

            —No intento negarlo. ¡Lo niego!

            —Por favor, no levantes la voz. La gente nos mira. Eso no me conviene: tengo una reputación que proteger, un nombre.

            —Nadie nos está prestando la menor atención.

            —Vaya que sí. Mira, se me han roto las medias, y el abrigo. De ir al campo. Tú no te acuerdas de que hemos ido al campo, juntas, para ver los altramuces. Tropecé con un pedrusco y me caí. —Pero su voz adoptaba un tono interrogativo y sus ojos destilaban incertidumbre y temor—. ¿Te…? ¿Te acuerdas ahora?

            —No hay nada de lo que acordarse.

            —¿Nada?

            —Hace casi un año que no nos vemos, Helen.

            —Pero esta mañana… Esta mañana nos encontramos en la puerta del hotel. Me pediste que te acompañara a tomar una copa, dijiste que ibas de camino a ver a un señor que te haría inmortal, y querías que fuese contigo.

            —Eso no tiene el menor sentido.

            —¡Sí, claro que sí! Hasta me acuerdo del nombre de ese señor. Terola. Jack Terola.

            Evelyn hablaba con voz suave, pero insistente:

            —¿Fuiste a ver a ese hombre, al tal Terola?

            —No lo sé. Creo que… que fuimos las dos, tú y yo. A fin de cuentas, yo no iría sola a un sitio así, y además Terola era amigo tuyo, no mío.

            —Nunca había oído ese nombre. Hasta que he leído los periódicos vespertinos.

            —¿Periódicos?

            —Terola ha sido asesinado hoy, poco antes del mediodía —dijo Evelyn—. Es importante que recuerdes, Helen. ¿Has ido allí esta mañana?

            La señorita Clarvoe se quedó callada, con la cara en blanco.

            —¿Has visto a Terola esta mañana, Helen?

            —Tengo… Tengo que subir.

            —Tenemos que hablar.

            —No. No. Tengo que subir a mi habitación y cerrar con llave para que no entre toda esa fealdad. —Se dio la vuelta y echó a andar hacia el ascensor con los hombros hundidos y las manos en los bolsillos del abrigo, como si quisiera evitar cualquier contacto físico.

            Esperó a que se vaciara uno de los ascensores y luego entró en él y le ordenó al ascensorista que cerrara la puerta de inmediato. El viejo y cansado ascensorista tenía la estatura de un niño, como si los años que había pasado dentro de esa cajita hubiesen detenido su crecimiento. Estaba acostumbrado a las rarezas de la señorita Clarvoe, como subirse sola al ascensor, y en el pasado había recibido muy buenas propinas por tolerarlas.

            Cerró la puerta y, mientras el artefacto iniciaba su ascensión, mantuvo la mirada fija en los botones de los pisos.

            —Hace un día invernal, señorita Clarvoe.

            —No lo sé. Yo he perdido el mío.

            —¿Cómo dice?

            —Que he perdido el día —repuso ella lentamente—. Lo he buscado por todas partes, pero no logro encontrarlo.

            —¿Se… se encuentra bien, señorita Clarvoe?

            —No me llame así.

            —¿Señora…?

            —Llámeme Evelyn.

            —Sí, señora.

            —Venga, dígalo. Adelante. Diga Evelyn.

            —Evelyn —dijo el anciano mientras empezaba a temblar.

            De regreso a su suite, la señorita Clarvoe cerró la puerta y, sin quitarse el abrigo, se abalanzó inmediatamente sobre el teléfono. Mientras marcaba, notaba cómo le crecía la excitación dentro del cuerpo cual lava fundida de un cráter.

            —¿Señora Clarvoe?

            —¿Eres… eres tú, Evelyn?

            —Por supuesto que sí. Le he hecho otro favor.

            —Te lo ruego, ten compasión.

            —No gimotee. Lo odio. Odio a los lloricas.

            —Evelyn…

            —Solo quería decirle que ya le he encontrado a Helen. La tengo encerrada en su habitación del hotel, sana y salva.

            —¿Se encuentra bien?

            —No se preocupe, que yo la cuido. Soy la única que sabe cómo tratarla. Se ha portado muy mal y necesita un poco de disciplina. Cuenta mentiras, ¿sabe usted?, unas mentiras espantosas, así que tendré que darle una buena lección, como a los demás.

            —Déjame hablar con Helen.

            —Oh, no. Ahora mismo no puede hablar. No le toca. Tenemos que turnarnos, ¿sabe usted? Es muy molesto, porque Helen no me cede el turno de manera voluntaria, así que tengo que adelantarme a ella para poder hablar. Se sentía débil a causa del accidente y le dolía la cabeza, así que me he podido hacer con el mando. Yo me encuentro bien. Yo nunca estoy enferma. Eso se lo dejo a ella. Todas esas cosas sórdidas, como estar enferma o envejecer, se las dejo a ella. Yo solo tengo veintiún años, mientras que esa cacatúa ya pasa de los treinta…

             

            * * *

              

            Evelyn Merrick estaba esperando a Blackshear en el hall cuando este apareció al cabo de veinte minutos.

            —He llegado en cuanto he podido —dijo Blackshear—. ¿Dónde está Helen?

            —Encerrada en su habitación. La seguí para intentar hablar con ella, pero no hizo caso de mis llamadas. Así que me quedé pegada a la puerta y la oí hablar ahí dentro.

            —¿Qué estaba haciendo?

            —Ya lo sabe, señor Blackshear. Se lo he dicho cuando le he llamado. Estaba hablando por teléfono, utilizando mi nombre, imitando mi voz, haciéndose pasar por mí.

            Blackshear puso mala cara:

            —Ojalá eso fuera todo, un jueguecito infantil, una broma.

            —¿De qué se trata?

            —Sufre una extraña forma de locura, señorita Merrick, la enfermedad que yo pensaba que tenía usted. Un médico lo llamaría personalidad múltiple. Puede que un cura lo considerara posesión demoníaca. Helen Clarvoe está poseída por un demonio que la obliga a hacerse pasar por usted.

            —¿Y por qué habría de tomarla conmigo?

            —¿Está dispuesta a ayudarme a descubrirlo?

            —No lo sé. ¿Qué tengo que hacer?

            —Subamos a su habitación para hablar con ella.

            —No nos dejará entrar.

            —Hay que intentarlo —dijo Blackshear—. Me temo que eso es todo lo que puedo hacer por Helen, intentarlo. Intentarlo, fracasar y volverlo a intentar.

            Tomaron el ascensor hasta la tercera planta y recorrieron el largo pasillo enmoquetado que conducía a la suite de la señorita Clarvoe. La puerta estaba cerrada y atrancada y no salía ninguna luz de las rendijas, pero Blackshear podía oír hablar a una mujer en el interior. No era la voz de Helen, cansada, ausente; era una voz fuerte, dura y aguda, como la de una colegiala.

            Golpeó decididamente la puerta con los nudillos y gritó:

            —¿Helen? Déjame entrar.

            —Lárguese, viejo imbécil, y déjenos en paz.

            —¿Estás ahí, Helen?

            Mira en qué lío me has metido. Me ha encontrado. Eso es lo que querías, ¿verdad? Siempre has estado celosa de mí, siempre has querido que desapareciera de tu vida. Pues ya lo has logrado, al llamar a ese tal Blackshear y a la policía para que me persigan como a una delincuente común. Yo no soy una delincuente común. Todo lo que le hice a Terola fue tocarle con las tijeras para darle una pequeña lección. ¿Cómo iba a saber yo que tenía la piel más blanda que la mantequilla? Un hombre normal no habría ni sangrado, de lo delicado que fue el pinchazo. No es culpa mía si ese pobre idiota se murió. Pero la policía no me creerá. Tengo que esconderme aquí contigo. Solas tú y yo, ¿qué te parece? Pongo a Dios por testigo de que si yo lo puedo soportar, tú también. Eres un aburrimiento, vieja amiga, eso no me lo negarás. Igual tengo que salir de vez en cuando para divertirme un poco.

            Blackshear pensó en seguir gritando, pero las palabras se le murieron de desesperación en la garganta: Lucha, Helen. Defiéndete. Plántale cara. Se puso a aporrear la puerta con los puños.

            ¿Lo estás oyendo? Intenta echar la puerta abajo para llegar hasta su cariñito. ¿No es enternecedor? No se imagina la cantidad de puertas que tendrá que derribar; esta solo es la primera. Hay cien más, pero ese cretino lamentable de ahí fuera cree que puede lograrlo con sus puños. Qué tío tan gracioso. Dile que si no se marcha nunca te volverá a ver viva. Venga. Habla. ¡Habla, arpía inmunda!

            Una pausa. Acto seguido, la voz de Helen, un suspiro hecho jirones:

            —Señor Blackshear, Paul, váyase.

            —Resiste, Helen. Voy a ayudarte.

            —Váyase, váyase.

            ¿Oyes eso, don Juan? Que te vayas, dice. Don Juan. Dios, qué divertido. Menudo romance tenías, ¿eh, Helen? ¿De verdad creías que alguien se podía enamorar de ti, vieja bruja? Vete a consultar la bola de cristal, grajo. Se echó a reír. El sonido subía y bajaba, como el de una sirena anunciando un desastre con sus alaridos; y de repente, se hizo el silencio, como si todo en la noche contuviera el aliento.

            Blackshear pegó la boca a la rendija de la puerta y dijo:

            —Helen, escúchame.

            —Lárgate.

            —Abre la puerta. Evelyn Merrick está aquí conmigo.

            —Embustero.

            —Abre la puerta y compruébalo por ti misma. Tú no eres Evelyn. Evelyn está aquí a mi lado.

            —¡Mentiroso, mentiroso, mentiroso!

            —Por favor, Helen, déjanos entrar para que te podamos ayudar… Dígale algo, señorita Merrick.

            —No te estamos engañando —dijo Evelyn—. Te aseguro que soy yo, Helen.

            —¡Embusteros!

            Pero el cerrojo hizo un clic y la cadena se deslizó y, lentamente, la puerta se abrió y asomó el rostro atormentado de la señorita Clarvoe. Se dirigió a Blackshear con esos labios pálidos que sufrían lo suyo para dar forma a las palabras:

            —Helen no está aquí. Se ha ido. Es vieja, está enferma y tiene tantas desgracias que solo quiere que la dejen en paz.

            —Escúchame, Helen —dijo Blackshear—. Tú no eres vieja ni estás enferma…

            —Yo no. Pero ella sí. Te estás confundiendo. Yo soy Evelyn. Y estoy bien. Tengo veintiún años. Soy guapa. Soy popular. Me divierto mucho. Nunca me canso ni me pongo enferma. Voy a ser inmortal. —Se interrumpió de repente, con los ojos clavados en Evelyn Merrick, sintiendo al mismo tiempo fascinación y repulsión—. Y esta chica… ¿quién es?

            —Ya lo sabes, Helen. Es Evelyn Merrick.

            —Una impostora es lo que es. Deshazte de ella. Dile que se vaya.

            —Muy bien —dijo Blackshear con preocupación—. De acuerdo. —Se volvió hacia Evelyn—. Más vale que baje y llame a un médico.

            La señorita Clarvoe vio alejarse a Evelyn por el pasillo y meterse en el ascensor.

            —¿Para qué habría de llamar a un médico? ¿Está enferma?

            —No.

            —Entonces, ¿para qué llamar a un médico si no está enferma? —Y añadió malhumorada—: No me gustas gran cosa. Eres un viejo taimado. Eres demasiado mayor para mí. No te molestes en rondarme. Solo tengo veintiuno. Y un centenar de novios…

            —Helen, por favor.

            —No me llames así, no pronuncies ese nombre. Yo no soy Helen.

            —Sí que lo eres. Eres Helen y no quiero que seas nadie más. Me gustas tal como eres. Y les gustarás a otros, si se lo permites. Les gustarás tal como eres, te querrán por ti misma, Helen.

            —¡No! ¡Yo no soy Helen ni quiero serlo! ¡La odio!

            —Helen es una chica estupenda —dijo Blackshear con suavidad—. Es inteligente y sensible, sí, y también guapa.

            —¿Guapa? ¿Esa cacatúa? ¿Esa bruja? ¿Esa arpía inmunda?

            Intentó cerrar la puerta, pero Blackshear se lo impidió con todo su peso. Ella soltó la puerta y reculó por la habitación, con una mano a la espalda, como una niña ocultando un objeto prohibido. Pero Blackshear ya sabía lo que escondía. Podía ver su imagen en el espejo redondo que había sobre la mesita del teléfono.

            —Deja el abrecartas, Helen. Vuélvelo a poner sobre el escritorio, que es donde tiene que estar. Tienes mucha fuerza, podrías hacer daño a alguien sin querer… Por cierto, ¿cómo conociste a Terola?

            —En un bar. Se estaba tomando una copa, me miró y se enamoró de mí a primera vista. Les pasa a muchos. No pueden evitarlo. Es por este magnetismo que tengo. ¿No lo notas?

            —Sí, sí, lo noto. Deja el cuchillo, Helen.

            —¡No soy Helen! Soy Evelyn. Dilo. Di que soy Evelyn.

            Se la quedó mirando, sin decir nada, y de repente ella se dio la vuelta y echó a correr hacia el espejo. Pero el rostro que vio no era el suyo. No era ni siquiera una sola cara, sino docenas, dando vueltas sin parar… Evelyn, Douglas, Blackshear, Verna, Terola, su padre, la señorita Hudson, Harley Moore, el recepcionista y el viejecito del ascensor… Todas esas caras giraban como una noria y, mientras lo hacían, movían la boca y berreaban palabras: ¿Qué te pasa, nena, estás loca? Siempre has contado unas mentiras muy fantasiosas. Qué pena que no tuviésemos una hija como Evelyn. No se puede hacer un bolso de seda con una piel de cerdo. ¿Por qué no puedes ser más como Evelyn?

            Las voces se disiparon, se detuvo la inmensa noria y solo quedó un rostro en el espejo. Era el suyo, así como la boca que se movía también lo era, y las palabras que salían de ella eran pronunciadas por su propia voz:

            —Que Dios me ayude.

            La memoria la apuñaló con terribles certezas. Recordaba los bares, las cabinas telefónicas, las carreras, las calles desconocidas. Recordaba a Terola y el aspecto extraño e incrédulo que tenía justo antes de morir, así como el olor acre del café requemándose en el hornillo. Recordaba haber retirado los billetes de su propio clip y pensar luego que se los habían robado. Recordaba a aquel gato de callejón, los rayos del aire nocturno, el sabor de la lluvia, el joven que se reía porque ella era a prueba de agua…

            —Dame el cuchillo, Helen.

            Podía ver a Blackshear en el espejo, acercándose de manera lenta y prudente, como un cazador con la bestia a la vista.

            —No pasa nada, Helen. No te excites. Todo va a salir bien.

            Hizo una pausa. Y acto seguido volvió a hablar en un tono suave y persuasivo. Sobre médicos y hospitales y reposo y cuidados y el futuro. Siempre el futuro, como si fuese algo concreto y tangible, redondo y rosado como una manzana.

            Contempló en el espejo la bola de cristal y vio su futuro: las noches emponzoñadas por el recuerdo, los días corroídos por el deseo.

            —Solo es cuestión de tiempo, Helen. Te recuperarás.

            —Cállate —sentenció ella—. Eso es mentira.

            Observó el cuchillo que tenía en la mano y le pareció que solo él decía la verdad, que era su último y definitivo amigo.

            Hundió el cuchillo en el suave hueco de su garganta. No sintió dolor, solo una leve sorpresa ante lo bonita que era la sangre, como lazos brillantes e inacabables que nunca más serían atados.