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La máquina de pensar en Gladys - Mario Levrero

Antes de acostarme hice la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo estuviera en orden; la ventana del baño chico, al fondo, estaba abierta -para que durante la noche se secara la camisa de poliéster que me pondría al día siguiente-; cerré la puerta (para evitar corrientes de aire); en la cocina, la canilla de la pileta goteaba y la apreté, la ventana estaba abierta y la dejé así -cerrando la persiana-; la lata de la basura ya había sido sacada fuera, las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en cero, la perilla de control de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y la botella empezada de agua mineral tenía puesto el tapón hermético, de plástico; en el comedor, el gran reloj tenía cuerda para algunos días más y la mesa había sido levantada; en la biblioteca debí apagar el amplificador, que alguien había dejado encendido, pero el tocadiscos se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchuf...

La mujer del sacerdote budista - Oliver Schreiner

Hace muchos años, en un piso londinense situado al final de largos tramos de escalera, ardía el fuego en una chimenea. En las paredes se veían las marcas que habían dejado los cuadros, ya descolgados; el papel pintado tenía florecillas azules, en el suelo había una alfombra azul de fieltro, y junto al fuego, a un lado, una mujer en una silla. En aquel momento se abrió la puerta y entró la anciana que se ocupaba del portal. -¿Quiere algo esta noche?- preguntó. -No, sólo estoy esperando una visita; cuando haya venido, me iré, -¿Se han llevado ya todas sus cosas? -Sí, dejo sólo esto. La anciana bajó de nuevo, pero volvió a subir con una taza de té en la mano. -Bébase esto, sienta bien: nada ayuda tanto como el té cuando una se ha pasado el día embalando cosas. La joven que estaba junto al fuego no le dio las gracias, pero acarició la mano de la mujer de la muñeca a los dedos. -Me despediré de usted cuando salga. La mujer atizó el fuego, echó los últimos carbones y se m...

El poder de los nombres - Úrsula K. Le Guin

El señor Bajocolina salió de debajo de su colina, sonriendo y respirando con dificultad. Cada resoplido salía disparado por las ventanas de su nariz como una doble bocanada de vapor, blanca nieve bajo el sol matinal. El señor Bajocolina contempló el cielo brillante de diciembre y sonrió más ampliamente que nunca, mostrando unos dientes blancos como la nieve. Luego se dirigió al pueblo. —Día, señor Bajocolina —le decían los aldeanos cuando se cruzaban con él por la calle angosta, entre casas de tejados cónicos y sobresalientes como los sombreretes rojos y gruesos de las setas venenosas. —¡Día, día! —respondía él a todos. (Por supuesto que desear a cualquiera un buen día traía mala suerte; en un lugar tan afectado por Influencias como Sattins Island, donde un adjetivo descuidado puede cambiar el tiempo por una semana, era suficiente con decir sólo el momento del día.)  Todos le hablaban, algunos con cariño, otros con cariñoso desdén. Era todo lo que la pequeña isla poseía a modo de ...

Magia negra - Jessie Adelaide Middleton

 La dama que tan amablemente ha corroborado esta historia con su experiencia personal tenía una prima que se casó con un oficial del ejército indio y se marchó a la India en torno al año 19… Puesto que no tengo permiso para dar sus nombres, aunque me hayan permitido utilizar su historia, los llamaré el capitán y la señora Ross. Esta última tenía el pelo cobrizo, lo que despierta gran admiración entre las razas nativas. Al llegar a Calcuta, se dirigieron al norte, donde el capitán Ross estaba destinado, y la señora Ross, que visitaba la India por primera vez, se quedó maravillada con todo lo que vio. Cuando llegaron a su bungaló, la señora Ross reparó en un viejo nativo que estaba de cuclillas en el exterior de la casa. Se trataba de un anciano con una apariencia especialmente repulsiva: sucio, andrajoso y de aspecto malvado, el cual, aunque saludó a la memsahib con una humilde reverencia, le dirigió una mirada siniestra que la hizo estremecerse. Le preguntó a su marido por é...