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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 4)

Tras separar los postigos, Dilvish bajó a la habitación. La tenue luz de la ventana le mostró parte del desorden que reinaba allí. Se detuvo unos instantes para memorizar la disposición lo mejor posible; se volvió después y cerró la ventana, aunque no por completo. Los empañadísimos vidrios obstruían buena parte de la luz, pero él no deseaba verse delatado por una chismosa corriente de aire.

Avanzó en silencio, siguiendo el mapa de su mente. Había envainado su larga espada y solo llevaba una daga en la mano. Tropezó una vez antes de llegar a la puerta (con la pata de una silla que sobresalía), pero avanzaba con tanta lentitud que no hubo ruido alguno. Abrió ligeramente la puerta y miró a la derecha. Un pasillo oscuro...

Salió y miró a la izquierda. Había luz en esa dirección. Se dirigió hacia ella. Al avanzar, vio que procedía de la derecha: un corredor lateral o una habitación abierta. El ambiente fue haciéndose más cálido, la sensación más agradable que Dilvish había experimentado en las últimas semanas. Se detuvo, tanto para prestar atención a sonidos delatores como para saborear aquella sensación. Al cabo de unos instantes hubo un tenuísimo ruido al otro lado del rincón. Dilvish se acercó un poco y aguardó. El sonido no se repitió.

Con el cuchillo bajo, avanzó. Vio que era la entrada de una habitación y contempló a una mujer sentada en el interior; la mujer estaba leyendo un libro y había un vaso en la mesita situada a la derecha. Dilvish miró a ambos lados del umbral, comprobó que estaba solo y entró.

—Será mejor que no gritéis —dijo.

Ella bajó el libro y le miró fijamente.

—No lo haré —replicó—. ¿Quién sois?

Dilvish vaciló.

—Llamadme Dilvish —dijo por fin.

—Mi nombre es Reena. ¿Qué deseáis?

Dilvish bajó ligeramente el arma.

—He venido a matar. No os pongáis en mi camino y nada os pasará. Hacedlo, y lo pagaréis. ¿Cuál es vuestra situación en esta casa?

Reena palideció. Escrutó el semblante del guerrero.

—Estoy... prisionera —dijo.

—¿Por qué?

—Nuestros medios de salida están bloqueados, igual que los medios normales de entrada.

—¿Cómo?

—Fue un accidente... por así decirlo. Pero no pienso que lo creáis.

—¿Por qué no? Hay accidentes.

Ella le miró de un modo extraño.

—Eso os ha traído aquí, ¿no es cierto?

Dilvish sacudió lentamente la cabeza.

—Temo no comprenderos.

—Cuando él descubrió que el espejo no podía ya transportarle a este lugar, os envió a matar a la persona responsable, ¿no es cierto?

—No he sido enviado —dijo Dilvish—. He venido por voluntad y deseo propios.

—Ahora soy yo la que no os comprende —dijo Reena—. Afirmáis que habéis venido a matar, y Ridley espera que alguien venga a matarle. Lógicamente...

—¿Quién es Ridley?

—Mi hermano, el aprendiz de mago que atiende este lugar para su maestro.

—¿Vuestro hermano es aprendiz de Jelerak?

—¡Por favor! ¡Ese nombre!

—¡Estoy harto de murmurarlo! ¡Jelerak! ¡Jelerak! ¡Jelerak! Si puedes oírme, Jelerak, ¡ven a verme más de cerca! ¡Estoy preparado! ¡Acabemos con esto! —gritó Dilvish.

Ambos guardaron silencio unos instantes, como si esperaran una réplica u otra manifestación. No pasó nada. Finalmente, Reena carraspeó.

—¿Vuestra disputa, pues, es enteramente con el maestro? ¿No con su siervo?

—Eso es correcto. Los actos de vuestro hermano no significan nada para mí, mientras no obstruyan mis propósitos. Sin saberlo, tal vez, ya lo han hecho... si es que él ha cerrado el paso a este lugar a mi enemigo. Pero no considero eso como motivo de venganza. ¿Qué es ese espejo de transporte de que habláis? ¿Lo ha roto vuestro hermano?

—No —replicó Reena—, está físicamente intacto. Pero bien podía haberlo roto. Ha puesto el hechizo de transporte en suspenso, por así decirlo. Es una puerta usada por el maestro. Él lo usaba para venir aquí... y desde aquí podía usarlo igualmente para viajar a cualquier otra de sus fortalezas, y seguramente a otros lugares. Ridley anuló el espejo cuando... no era él mismo.

—Quizá se le pueda convencer para que vuelva a dejarlo como antes. Luego, cuando Jelerak venga a averiguar la causa del problema, yo estaré aguardándolo.

Reena meneó la cabeza.

—No es tan sencillo —dijo. Y agregó—: Debéis estar incómodo, con esa postura encorvada propia de un luchador. Yo sé que estoy incómoda simplemente viéndoos. ¿No queréis tomar asiento? ¿Os apetecería un vaso de vino?

Dilvish miró por encima del hombro.

—No es nada personal —dijo—, pero preferiría seguir de pie.

Envainó la daga, no obstante, y se acercó al bufete, donde había una botella de vino abierta y varios vasos.

—¿Bebéis esto?

Reena sonrió y se levantó. Atravesó la habitación para ponerse junto a Dilvish, cogió la botella y llenó dos vasos.

—Servidme uno, caballero.

Dilvish cogió un vaso y se lo dio con una cortés inclinación de cabeza. La mirada de la joven topó con la de él al aceptarlo. Reena alzó el vaso y bebió. Dilvish cogió el otro vaso, lo olió, lo probó.

—Muy bueno.

—La provisión de mi hermano —dijo ella—. Le gusta lo mejor.

—Habladme de vuestro hermano.

Reena se volvió un poco y se apoyó en el bufete.

—Lo eligieron aprendiz entre muchos candidatos —dijo— porque poseía grandes aptitudes naturales para ello. ¿Sabéis que la magia, en sus más elevadas manifestaciones, requiere asumir una personalidad artificialmente construida... cuidadosamente desarrollada, disciplinada, suave como un guante cuando se actúa?

—Sí —replicó Dilvish.

Reena le miró de reojo y prosiguió hablando.

—Pero Ridley siempre ha sido distinto a casi todo el mundo, puesto que ya poseía dos personalidades. Normalmente es amable, ingenioso, interesante. No obstante, de vez en cuando lo domina su otra naturaleza y se convierte en todo lo contrario: cruel, violento, malicioso. Tras iniciar su trabajo con la magia superior, el otro lado de su personalidad logró fundirse con el lado mágico. Cuando asumía las actitudes mentales y emotivas precisas para su trabajo, el otro lado estaba presente. Había hecho grandes avances para llegar a ser un excelente mago, pero siempre que recurría a la magia se transformaba en otra cosa... muy poco agradable. Sin embargo, la situación no habría sido un gran inconveniente, siempre que mi hermano pudiera desprenderse de su otra personalidad con la misma facilidad con que la asumía... con el anillo que había hecho para tal fin. Pero al cabo de un tiempo, este... otro... se resistió a la restauración. Ridley llegó a creer que el otro trataba de dominarle.

—He oído hablar de personas así, con más de una naturaleza o carácter —dijo Dilvish—. ¿Qué sucedió finalmente? ¿Qué lado ha dominado?

—La lucha continúa. Él está en su mejor personalidad actualmente. Pero teme enfrentarse al otro... que se ha convertido en un demonio personal para él.

Dilvish asintió y terminó de beber. Reena señaló la botella. El guerrero se sirvió más vino.

—De modo que el otro dominaba —dijo Dilvish— cuando él anuló el hechizo del espejo.

—Sí. Al otro le gusta dejar tareas inacabadas, de forma que mi hermano tendrá que recurrir a él...

—Pero cuando él era... el otro... ¿dijo por qué había hecho eso con el espejo? Eso parece ser algo más que una lucha mental. Debió comprender que estaba provocando problemas peligrosísimos... procedentes de otra parte.

—Él sabía lo que se hacía —dijo Reena—. El otro es un egoísta extraordinario. Cree estar preparado para enfrentarse al mismo maestro en una lucha por el poder. Privar al espejo de su carácter pretendía ser un reto. En realidad, él me dijo entonces que ese acto pretendía resolver dos situaciones al mismo tiempo.

—Creo que puedo imaginar la segunda —dijo Dilvish.

—Sí —replicó la joven—. El otro cree que venciendo en esa contienda podrá revelarse como la personalidad dominante.

—¿Qué opináis vos?

Reena recorrió lentamente la habitación y se volvió hacia Dilvish.

—Que tal vez sí —dijo—, pero no creo que venza.

Dilvish apuró el vaso y lo dejó a un lado. Cruzó los brazos sobre su pecho.

—¿Existe alguna posibilidad —preguntó— de que Ridley domine al otro antes de que ocurra ese conflicto?

—No lo sé. Él lo ha intentado... pero teme que el otro haga lo mismo.

—¿Y si triunfa? ¿Creéis que eso aumentaría sus posibilidades?

—¿Quién puede decirlo? Yo no, ciertamente. Estoy harta de todo esto y odio este lugar. ¡Ojalá me encontrara en algún sitio caluroso, como Tooma o Ánkyra!

—¿Qué haríais allí?

—Me gustaría ser la cortesana mejor pagada de la ciudad, y cuando me hartara de eso, tal vez casarme con un noble. Me gustaría una vida de indolencia, lujo y cordialidad, lejos de las batallas de los expertos.

Reena miró a Dilvish.

—Tenéis una parte de sangre elfa, ¿no es cierto?

—Sí.

—Y parecéis tener conocimientos de estos asuntos. De modo que habéis llegado con algo más que una espada para hacer frente al maestro...

Dilvish sonrió.

—Le traigo un presente del Infierno.

—¿Sois mago?

—Mi conocimiento de estos asuntos es altamente especializado. ¿Por qué?

—Estaba pensando que si fuerais lo bastante experto como para reparar el espejo, yo podría usarlo para marcharme y no ponerme en el camino de nadie.

Dilvish meneó la cabeza.

—Los espejos mágicos no son mi especialidad. Ojalá lo fueran. Resulta un poco penoso haber recorrido tanta distancia en busca de un enemigo y descubrir que su acceso está impedido.

Reena se echó a reír.

—¿Creéis que una cosa así va a detenerlo?

Dilvish alzó la mirada, dejó caer los brazos, miró alrededor.

—¿Qué queréis decir?

—El que buscáis estará molesto por la situación, sí. Pero ello difícilmente puede representar una barrera insuperable. Él se limitará a no usar su cuerpo.

Dilvish empezó a pasear de un lado a otro de la habitación.

—En ese caso, ¿qué es lo que lo retiene? —preguntó.

—En primer lugar, necesitará acrecentar su poder. Si llega aquí sin cuerpo, estará en ligera desventaja ante cualquier conflicto que surja. Es preciso que acumule poder para compensar su desventaja.

Dilvish dio media vuelta y miró a la joven, con la espalda apoyada en la pared.

—Esto no me gusta en absoluto —dijo—. Últimamente deseo algo que pueda sufrir heridas. ¡No un espectro sin cuerpo! ¿Cuánto durará esta concentración de poder? ¿Qué opináis? ¿Cuándo llegará él?

—No puedo oír las vibraciones a ese nivel. No lo sé.

—¿Existe alguna posibilidad de forzar a vuestro hermano a...?

Se deslizó un panel detrás de Dilvish y un criado con cara de momia le golpeó en la nuca con un bastón. Aturdido, el guerrero se tambaleó. El bastón se alzó y cayó de nuevo. Dilvish cayó de rodillas y por fin se desplomó.

Ridley apartó al criado y entró en la habitación. El portador del bastón y un segundo siervo le siguieron.

—Muy bien, hermana. Muy bien —observó Ridley—, retenerle aquí hasta que nos pudiéramos ocupar de él.

Ridley se arrodilló y extrajo la larga espada de la vaina del costado de Dilvish. La arrojó al otro lado de la habitación. Tras dar la vuelta al cuerpo de Dilvish, sacó la daga de la vaina más pequeña y la alzó.

—Hay que acabar de una vez —dijo.

—¡Eres un necio! —afirmó Reena, que se había acercado y le había agarrado la muñeca—. ¡Ese hombre podía haber sido un aliado! ¡No está buscándote! ¡Quiere matar al maestro! Le tiene un rencor personal.

Ridley bajó la daga. Reena no le soltó la muñeca.

—¿Y tú has creído eso? —dijo—. Llevas aquí demasiado tiempo. El primer hombre que se presenta te hace creer...

Reena le abofeteó.

—¡No tienes derecho a hablarme así! ¡Él ni siquiera sabía quién eres! ¡Podía haber sido útil! ¡Ahora no confiará en nosotros!

Ridley observó el rostro de Dilvish. Luego se levantó, con el brazo caído. Dejó caer la daga y de una patada la mandó al otro lado de la sala. Reena le soltó la muñeca.

—¿Quieres su vida? —dijo él—. De acuerdo. Pero si él no va a confiar en nosotros, tampoco nosotros podemos confiar en él. —Se volvió hacia los criados, que permanecían inmóviles detrás—. Lleváoslo —les ordenó— y echadlo por el agujero para que haga compañía a Mack.

—Estás agravando tus errores —dijo Reena.

Ridley miró ferozmente a su hermana.

—Y yo estoy harto de tus burlas —dijo—. Te he concedido su vida. Confórmate con eso, antes de que cambie de opinión.

Los criados se agacharon y levantaron la inerte forma de Dilvish entre los dos. Lo llevaron hacia la puerta.

—Tanto si me equivoqué como si acerté con él —dijo Ridley, señalando a los criados—, habrá un ataque. Tú lo sabes. En una forma o en otra. Probablemente pronto. Tengo que hacer preparativos y no deseo que me molesten.

Se volvió dispuesto a irse. Reena se mordió el labio antes de responder.

—¿Te falta mucho para lograr algo así como... un arreglo?

Ridley se detuvo, sin volver la cabeza.

—Menos de lo que pensaba que me faltaría —replicó— en este punto. Ahora creo que tengo una posibilidad de dominar. Por eso no puedo permitirme riesgo alguno, y por eso no puedo tolerar más interrupciones o retrasos. Vuelvo a la torre ahora mismo.

Se dirigió hacia la puerta, por la que acababa de pasar el cuerpo de Dilvish. Reena bajó la cabeza.

—Buena suerte —dijo en voz baja.

Ridley salió apresuradamente de la habitación.

Los mudos criados llevaron a Dilvish por un corredor débilmente iluminado. Al llegar a una hendidura de la pared, se detuvieron y dejaron el cuerpo en el suelo. Uno de ellos entró en el nicho y abrió una trampa del suelo. Tras acercarse de nuevo al inmóvil cuerpo, ayudó a levantarlo y ambos criados bajaron a Dilvish, con los pies por delante, por la oscura abertura que había quedado al descubierto. Le soltaron y el cuerpo dejó de verse. Un criado cerró la trampa. Finalmente, los dos se volvieron y se fueron por el corredor.

Dilvish notó que se deslizaba por una superficie inclinada. Durante unos instantes tuvo la visión de que Black había resbalado en el ascenso de la montaña. Estaba deslizándose Torre de Hielo abajo, y cuando llegara a la parte más baja...

Dilvish abrió los ojos. Le asaltó una instantánea claustrofobia. Estaba avanzando en la oscuridad. Al hacer un viraje, había notado la pared muy cerca. Dilvish pensó que si estiraba las manos para agarrarse, se las despellejaría.

¡Los guantes! Los había apretado al cinto.

Los buscó, los sacó, empezó a ponérselos. Se incorporó mientras lo hacía. Parecía haber un débil retazo de luz más adelante. Extendió ambas manos, y las piernas al mismo tiempo, hacia los lados. Su talón derecho tocó la pared en el mismo momento que sus manos. Después el izquierdo...

Notando una vibración en la cabeza, Dilvish incrementó la presión en los cuatro puntos. Las palmas de sus manos empezaron a calentarse con la fricción, pero su velocidad disminuyó un poco. Apretó con más fuerza, clavó los talones. La velocidad disminuyó.

Dilvish recurrió a toda su fuerza. Los guantes empezaron a desgastarse. El izquierdo se desgarró. La palma de su mano comenzó a arder. Por delante, el cuadrado débilmente iluminado aumentó de tamaño. Dilvish comprendió que podría detenerse antes de llegar abajo. Empujó una vez más. Olió a paja podrida y llegó al lugar. Cayó de pie y de inmediato se desplomó.

El picor que sentía en la mano izquierda impidió que se desmayara. Respiró profundamente el fétido aire. Aún estaba mareado. En su nuca notaba un enorme dolor. No recordaba qué había sucedido. Permaneció inmóvil, jadeante, mientras los latidos de su corazón se calmaban. El suelo era frío. 

Fragmento tras fragmento, los recuerdos volvieron... Recordó la ascensión al castillo, la entrada... La mujer, Reena... Habían estado conversando... La cólera ardió en su pecho. Ella le había engatusado. Le había retenido hasta recibir ayuda para enfrentarse a él.

Pero el relato de la joven tenía una construcción excesivamente elaborada, llena de innecesarios detalles... Dilvish se extrañó. ¿Habría algo más que simple traición? Suspiró. Todavía no estaba preparado para pensar. ¿Dónde se hallaba? Suaves sonidos le llegaron a través de la paja. Tal vez una celda... ¿Había otro preso? 

Algo corrió por su espalda. Se incorporó en parte bruscamente, notó que se derrumbaba, se volvió de costado al hacerlo. Vio las menudas y oscuras siluetas en la penumbra. Ratas. Eso era. Observó la mitad de celda que tenía ante los ojos. Nada más... 

Dio la vuelta para apoyarse en el otro costado, vio la puerta destrozada. Se incorporó, ahora con más cuidado que antes. Se frotó la cabeza y parpadeó al ver la luz. Una rata se alejó con esos movimientos.

Dilvish se puso en pie, se limpió la ropa. Avanzó hacia la puerta rota, la tocó. Apoyado en el marco, contempló la gran habitación de heladas paredes. Llameaban antorchas fijadas en brazos a ambos extremos de la habitación. Había una salida abierta, oscuridad al otro lado. Dilvish pasó entre la puerta y el marco, sin dejar de mirar alrededor. 

No había más sonido que los suaves ruidos de las ratas detrás y el goteo de agua. Observó las antorchas. La de la izquierda era ligeramente mayor. Se acercó y la sacó del brazo. Luego se dirigió hacia el oscuro umbral.

Una fría corriente de aire agitó las llamas cuando Dilvish la cruzó. Se hallaba en otra cámara, más pequeña que la que acababa de dejar. Vio una escalera al frente. Avanzó hacia ella y empezó a subir. La escalera solo tenía un recodo. En la parte superior, Dilvish vio una lisa pared a la derecha, un amplio corredor de bajo techo a la izquierda. Siguió el corredor.

Al cabo de quizá medio minuto, observó lo que parecía ser un rellano, con un pasamano que sobresalía de la pared. Al aproximarse vio que había una abertura de la que salía la baranda. Precavidamente, Dilvish subió al rellano, aguzó el oído unos instantes, asomó la cabeza por el rincón. Nada. Nadie. Solo una larga y oscura escalera ascendente. 

Se cambió la antorcha, cuyas llamas eran bajas, a la otra mano y comenzó a subir rápidamente. Esa escalera era mucho más alta que la anterior, ascendía en espiral largo trecho. Dilvish llegó súbitamente al final, se le cayó la antorcha y pisó las llamas unos instantes. 

Después de pararse en el último escalón, salió al corredor. Tenía una alfombra alargada y ornamentos en las paredes. Grandes velas ardían en soportes a lo largo del pasillo. A la derecha había una amplia escalera ascendente. Dilvish se acercó al primer escalón, convencido de haber llegado a una parte más frecuentada del castillo.

 

(CONTINUARÁ...) 

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 2)

El último grito cesó con una apagada nota. Ridley se puso de pie y cruzó el salón hasta una ventana. Frotó el empañado vidrio con la palma de la mano, con un rápido movimiento circular. Acercó la cara a la parte que había limpiado, conteniendo el aliento.

—¿Qué ves? —le preguntó por fin Reena.

—Nieve —murmuró Ridley—, hielo...

—¿Nada más?

—Mi reflejo —respondió el joven, colérico, apartándose de la ventana.

Paseó de un lado a otro. Al pasar junto al rostro del espejo, los espectrales labios se movieron.

—Ha llegado la hora —dijo el espejo.

Ridley replicó con una obscenidad. Continuó paseando, las manos aferradas a la espalda.

—¿Crees que Meg vio realmente algo abajo? —preguntó.

—Sí. Hasta el espejo ha cambiado su tonada.

—¿Qué piensas que es?

—Un hombre con una extraña montura.

—Tal vez no venga hacia aquí. Quizá va de camino a otro sitio.

Reena rió en silencio.

—De camino a la taberna más próxima para echar unos tragos —dijo ella.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡No pienso con claridad! ¡Estoy nervioso! Supongamos, solo supongamos, que él no llega aquí. Solo es un hombre.

—Con una espada. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una en tus manos?

Ridley se humedeció los labios.

—Y él debe ser bastante fuerte —dijo Reena— para haber llegado tan lejos cruzando estas inmensidades.

—Están los criados. Me obedecen. Puesto que ya están muertos, él tendrá problemas para matarlos.

—Ese será el resultado más lógico. Por otra parte, los criados son algo más lentos y torpes que la gente normal... y es posible despedazarlos.

—No haces mucho para animarme, ¿sabes?

—Trato de ser realista. Si afuera hay un hombre con botas elfas, tiene una posibilidad de llegar aquí. Si es de raza fuerte y maneja bien la espada, tiene la posibilidad de cumplir la misión para la que fue enviado.

—¿Y tú seguirás burlándote y lamentándote cuando él me rebane la cabeza? ¡Recuerda que la tuya también rodará!

Reena sonrió.

—No soy responsable en modo alguno de lo que sucedió.

—¿Realmente crees que él lo verá de esa forma? ¿Que se tomará la molestia de verlo así?

Reena apartó la mirada.

—Tuviste una oportunidad —dijo muy despacio— de ser uno de los grandes. Pero no quisiste seguir los cursos normales del desarrollo. Ansiabas poder. Precipitaste las cosas. Corriste lejos. Creaste una situación doblemente peligrosa. Pudiste explicar el cierre como un experimento que no resultó. Pudiste disculparte. Él se habría irritado, pero lo habría aceptado. Pero ahora, sin poder remediar lo que hiciste, ni hacer mucho en otro sentido, todo sea dicho, ahora él se enterará de lo que pasó. Sabrá que intentaste multiplicar tu poder hasta el punto incluso de desafiarle. Ya sabes cuál ha de ser su respuesta en estas circunstancias. Casi simpatizo con él. Si yo fuera él, tendría que hacer lo mismo: destruirte antes de que dominaras al otro. Te has convertido en un hombre sumamente peligroso.

—¡Pero si estoy impotente! ¡No puedo hacer una maldita cosa! ¡Ni siquiera hacer callar a ese simple espejo! —gritó Ridley, señalando el rostro que acababa de hablar otra vez—. ¡En este estado no constituyo amenaza para nadie!

—Aparte de que le has importunado al impedirle el acceso a una de sus fortalezas —dijo Reena—, él tendrá que considerar la posibilidad de que tú continúes aprovechándote... Es decir, que si tú te haces con el control del otro, serás uno de los magos más poderosos del mundo. Siendo su aprendiz... perdón, su exaprendiz, que al parecer ha usurpado una parte de su dominio, solo puede pasar una cosa: un duelo mágico en el que tú tienes una posibilidad de acabar con él. Ya que ese duelo aún no ha comenzado, él debe suponer que no estás preparado... o que estás recurriendo a cierto juego de espera. Por eso ha enviado un vengador humano, antes de correr el riesgo de que tú hayas transformado este lugar en alguna especie de trampa mágica.

—Todo pudo ser un simple accidente. Él también tendría que considerar esa posibilidad...

—En las circunstancias actuales, ¿correrías tú el riesgo de suponer eso y aguardar? Ya conoces la respuesta. Enviarías un asesino.

—He sido un buen siervo. Le he cuidado este lugar...

—Asegúrate de pedirle misericordia por eso la próxima vez que lo veas.

Ridley se detuvo y se frotó las manos.

—Tal vez tú podrías seducirlo. Eres muy atractiva...

Reena sonrió de nuevo.

—Me acostaría con él en un iceberg y no me quejaría —dijo—. Si eso nos sacara del apuro, le ofrecería el mejor paseo a caballo de su larga vida. Pero un mago como ese...

—No él. El vengador.

—Ah.

Reena enrojeció de pronto. Luego meneó la cabeza.

—No puedo creer que alguien que ha viajado tanto se deje disuadir de sus propósitos por un poco de coqueteo, aunque sea con alguien de mis reconocidos encantos. Por no hablar de la idea del castigo a su fracaso. No. Te desvías otra vez del problema real. Solo hay una salida para ti, y ya sabes cuál es.

Ridley bajó los ojos, manoseó el anillo de la cadena.

—El otro... —dijo—. Si controlara al otro, todos nuestros problemas terminarían...

Miró fijamente el anillo como si estuviera hipnotizado.

—Exacto —replicó Reena—. Esa es la única posibilidad real.

—Pero ya conoces mis temores...

—Sí. También son los míos.

—Si no da resultado... ¡si el otro me controla a mí!

—Bien, de cualquier forma estás condenado. Recuerda: un camino es seguro. El otro... ese camino ofrece todavía una posibilidad.

—Sí —dijo Ridley, que seguía sin mirar a la joven—. ¡Pero tú no conoces el horror de eso!

—Puedo suponerlo.

—¡Pero no tienes que sufrirlo!

—Tampoco he creado yo esta situación.

Ridley le lanzó una feroz mirada.

—Estoy harto de oírte alegar inocencia simplemente porque el otro no es tu creación. ¡Al principio hablé contigo y te expliqué todo cuanto pretendía hacer! ¿Intentaste disuadirme? ¡No! ¡Viste las ganancias que nos aguardaban! ¡Me apoyaste para hacerlo!

Reena se tapó la boca con las puntas de los dedos y bostezó delicadamente.

—Hermano —dijo—, supongo que tienes razón. Pero eso no cambia nada, ¿verdad? Nada de lo que hay que hacer...

Ridley hizo rechinar los dientes y se volvió de espaldas.

—No lo haré. ¡No puedo!

—Tal vez pienses de otra forma cuando él llame a la puerta.

—Tenemos infinidad de métodos para enfrentarnos a un solo hombre... ¡aunque sea un espadachín experto!

—¿Pero no lo entiendes? Aunque triunfaras, solo estarías posponiendo la decisión, no resolviendo el problema.

—Necesito ese tiempo. Tal vez imagine una forma de obtener una pequeña ventaja sobre el otro.

Las facciones de Reena se suavizaron.

—¿Realmente crees eso?

—Todo es posible, supongo...

La joven suspiró y se levantó. Se acercó a Ridley.

—Ridley, estás engañándote —dijo—. Jamás serás más fuerte que ahora.

—¡No es cierto! —exclamó él. Continuó yendo de un lado a otro—. ¡No es cierto!

Otro grito sonó en el pasillo. El espejo repitió su mensaje.

—¡Hazlo callar! ¡Tenemos que hacerle callar! ¡Después me preocuparé del otro!

Dio media vuelta y salió impetuosamente del salón. Reena bajó la mano que había alzado hacia Ridley y volvió a la mesa para acabar el vino. El hogar seguía dando quejidos.

Black completó el hechizo. Jinete y montura permanecieron inmóviles un rato.

—¿Ya está? —preguntó finalmente Dilvish.

—Ya está. Ahora estás protegido hasta el segundo nivel.

—No me siento distinto.

—Así debes sentirte.

—¿Debo hacer algo especial para solicitar su defensa si surge la necesidad?

—No, es totalmente automático. Pero que eso no te impida ejercitar la precaución normal respecto a cosas mágicas. Cualquier método tiene puntos débiles. Pero esto es lo mejor que podía hacer yo en el escaso tiempo disponible.

Dilvish asintió y miró la torre de hielo. Black levantó la cabeza y también la observó.

—Supongo que todos los preliminares están resueltos —dijo Dilvish.

—Eso parece. ¿Estás listo?

—Sí.

Black inició el avance. Mirando hacia abajo, Dilvish observó que los cascos parecían de mayor tamaño, más lisos. Quiso hacer la correspondiente pregunta al respecto, pero el viento sopló con más fuerza conforme Black cobraba velocidad y el guerrero decidió economizar su aliento. La nieve le produjo picor en mejillas y manos. Entrecerró los ojos y se inclinó más hacia adelante.

Todavía en terreno plano, el paso de Black fue aumentando poco a poco, y su casco despidió un sonido casi como de campana al golpear una piedra. Pronto avanzó más velozmente que cualquier caballo. A ambos lados, todo se convirtió en una nívea mancha. Dilvish trató de no mirar al frente para proteger sus ojos y su cara. Se agarró con fuerza y pensó en el rumbo que había seguido.

Había escapado del mismo Infierno tras dos siglos de tormento. Muchos humanos que había conocido ya habían muerto y el mundo estaba algo cambiado. Pero el que le había desterrado, condenándole al hacer tal cosa, seguía vivo: el viejo mago Jelerak. 

En los meses siguientes a su regreso, Dilvish buscó a ese ser, una vez libre de la exigencia de una vieja obligación ante los muros de Portaroy. En ese momento, pensó Dilvish, solo vivía para vengarse. Y aquella torre, aquella torre de hielo, una de las siete fortalezas de Jelerak, era el punto más próximo a su enemigo al que había llegado.

Del Infierno se había llevado una colección de Frases Atroces, hechizos de mortífera potencia, tan mortíferos que el que los pronunciaba podía correr un riesgo tan grande como la víctima si su ejecución era ligeramente menos que perfecta. Dilvish solo había usado una Frase Atroz desde su regreso, consiguiendo arrasar una ciudad entera. Su escalofrío fue provocado por el recuerdo de aquel día en la cumbre de la colina, no por las heladas ráfagas que le asaltaban.

Un cambio de equilibrio le indicó que Black había llegado a la pendiente e iniciado el ascenso. El viento producía un ruido atronador. Dilvish bajó la cabeza para protegerse de la persistente caída de hielo. Notó el rápido crujido de los cascos de Black, un sonido constante, todos los movimientos extraordinariamente potentes. Si Black resbalaba, Dilvish sabía que todo habría acabado... Adiós otra vez, mundo... Y Jelerak seguiría impune...

Conforme la reluciente superficie volaba bajo él, Dilvish se esforzó en apartar de su mente los pensamientos en Jelerak, muerte y venganza. Mientras escuchaba el viento y los crujidos del hielo, sus pensamientos se libraron del presente, flotaron sobre los días de infortunio, los días de campañas y viajes, y se posaron en una húmeda mañana estival en los bosques de la lejana Tierra Elfa. 

Él iba de caza cerca del castillo de Mirata. El sol era enorme y dorado, las brisas frescas y, por todas partes... verdor. Dilvish casi olió la tierra, notó la textura de la corteza de los árboles... ¿Volvería a conocer eso alguna vez, tal como había hecho en otro tiempo?

Un grito inarticulado escapó de su garganta, lanzado contra el viento, el destino y la tarea que se había asignado. Dilvish maldijo y se agarró más fuertemente con las piernas; su equilibrio se había alterado otra vez y Dilvish comprendió que la subida era más empinada.

Los cascos de Black golpeaban el suelo quizás un poco más lentamente. Las manos, los pies y la cara de Dilvish estaban entumeciéndose. Se preguntó cuánto habrían ascendido. Se aventuró a mirar al frente, pero solo vio velocísima nieve. «Hemos recorrido un gran trecho», decidió. ¿Dónde estaría el final?

Evocó sus recuerdos de la montaña vista desde abajo, trató de juzgar su posición. Seguramente estarían cerca del punto medio. Quizás, incluso lo habían pasado... Contó los latidos de su corazón, contó las veces que caían los cascos de Black. Sí, al parecer la enorme bestia estaba yendo más despacio... Se arriesgó de nuevo a mirar al frente. 

En esta ocasión tuvo un fugacísimo vislumbre de la imponente cuesta alzada y extendida ante él, centelleando en el atardecer, escarpada, cristalina. La montaña ocultaba buena parte del cielo, por lo que Dilvish dedujo que debían estar cerca.

Black continuó avanzando más despacio. El rugiente viento bajó su voz. La nieve golpeó a Dilvish con fuerza ligeramente disminuida. Dilvish miró hacia atrás por encima del hombro. Vio la gran pendiente extendida detrás, reluciente como los mosaicos de los baños de Ankyra. Hacia abajo, hacia abajo y hacia atrás... Habían recorrido una gran distancia.

Black iba más despacio. Dilvish escuchó tanto como vio el crujir de nieve y hielo aplastados bajo los cascos. Se soltó un poco, se echó ligeramente hacia atrás, levantó la cabeza. Allí estaba el último trecho hacia la torre, que relucía oscuramente, mucho más cerca ya.

De pronto, el viento cesó. El monolito debía estar bloqueándolo, decidió Dilvish. La nieve flotaba con mucha más suavidad. El paso de Black se había transformado en un mediogalope, aunque se esforzaba con no menos diligencia que hasta entonces. El viaje por el túnel cubierto de blanco estaba próximo a su fin.

Dilvish varió de nuevo su posición para examinar mejor la elevada escarpa. En este lugar, su superficie se había convertido en un conjunto de texturas. Con el aleteo de las sombras, Dilvish distinguió prominencias, grietas. Roca desnuda sobresalía en numerosos lugares. Rápidamente Dilvish recorrió posibles caminos hacia la cumbre.

Black iba más despacio todavía, casi paseando, pero ya estaban cerca del lugar donde empezaba la escarpadura más abrupta. Dilvish miró alrededor en busca de un punto donde parar.

—¿Qué te parece ese borde de la derecha, Black? —preguntó.

—No es gran cosa —fue la réplica—. Pero vamos hacia allí. La parte más arriesgada será llegar a la roca. No te sueltes aún.

Dilvish se agarró fuertemente mientras Black salvaba cien metros, cien más.

—Desde aquí parece más ancho que desde abajo —observó.

—Sí. Y también más alto. Agárrate bien. Si resbalamos aquí, hay un largo trecho hasta abajo.

El paso de Black se aceleró un poco con la cercanía del saliente que se alzaba casi hasta la altura de un hombre en la ladera. Estaba encajado ligeramente en la faz de la escarpa. Black saltó. Sus cascos traseros golpearon una prominencia de medio metro, una desnuda arruga de helada roca que se extendía horizontalmente por debajo del saliente. El impulso le permitió continuar. La prominencia se partió y destrozó, pero las patas delanteras de Black ya estaban en el rocoso zócalo y las traseras se enderezaron con un suave brinco. Black se debatió en el saliente y encontró un punto de apoyo.

—¿Estás bien? —preguntó Black.

—Sí —dijo Dilvish.

Volvieron simultáneamente la cabeza, despacio, y contemplaron las olas de blanco levantadas por el viento, nubes de humo que atravesaban el rutilante paraje. Dilvish extendió la mano y dio unas palmadas en el lomo de Black.

—Bien hecho —dijo—. En algunos momentos he estado un poco preocupado.

—¿Piensas que has sido el único?

—No. ¿Podremos bajar otra vez?

Black hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Pero tendremos que hacerlo con bastante más lentitud que el ascenso. Es posible que hasta tengas que caminar junto a mí, agarrado. Ya veremos. Este saliente parece prolongarse un poco hacia la montaña. Lo examinaré mientras te dedicas a tus asuntos. Quizás haya un camino de descenso algo mejor. Será más fácil averiguarlo desde aquí.

—De acuerdo —dijo Dilvish, y desmontó por el lado más próximo a la faz de la montaña.

Se quitó los guantes y se frotó las manos, sopló encima de ellas, se las metió bajo las axilas unos instantes.

—¿Has determinado el lugar para tu escalada?

—A la izquierda. —Dilvish señaló el lugar con la cabeza—. Esa grieta llega casi hasta arriba, y es bastante irregular a ambos lados.

—Parece una buena elección. ¿Cómo llegarás hasta allí?

—Comenzaré a subir por aquí. Estos agarraderos parecen bastante buenos. Llegaré a esa grieta después de la primera raja, esa tan grande.

Dilvish se quitó el cinto con la espada y se lo echó al hombro. Se frotó de nuevo las manos, se puso los guantes después.

—Será mejor que me ponga en marcha —dijo—. Gracias, Black. Ya nos veremos.

—Buen detalle que calces esas botas elfas —dijo Black—. Si tropiezas, sabes que caerás de pie... al final.

Dilvish soltó una risotada y extendió la mano hacia el primer agarradero.

Vistiendo un oscuro vestido, envuelta en un mantón verde, la bruja se hallaba sentada en una banqueta en el rincón del recinto subterráneo. Las antorchas llameaban y despedían humo en los dos huecos de la pared, fundiendo las porciones superiores y laterales del barniz de hielo que cubría paredes y techo. Una lamparilla de aceite ardía cerca de sus pies en la roca cubierta de paja del suelo. La bruja canturreó mientras acariciaba una de las hogazas de pan que llevaba en su manto.

Frente a ella había tres pesadas puertas de madera, cerradas con barras de oxidado metal, con ventanillas de rejas en lo alto. Tenues ruidos de movimiento brotaban de la del centro, pero la bruja no les prestaba atención. El agua que goteaba del irregular techo de piedra por encima de las antorchas había formado charcos que se extendían por la hierba y perdían sus lindes. El ruido del goteo acompañaba de forma sincopada el canturreo de la bruja.

—Mis pequeñas, mis preciosas —cantaba—. Venid, Meg. Venid con mamá Meg.

Hubo ruido de fuga precipitada en la paja, en el oscuro rincón próximo a la puerta de la izquierda. Apresuradamente la bruja partió un trozo de pan y lo echó en esa dirección. Hubo nuevos crujidos y suaves movimientos. La bruja hizo un gesto de aprobación, se meció en su asiento y sonrió.

En algún punto, tal vez detrás de la puerta central, hubo un tenue gemido. La bruja ladeó la cabeza un instante, pero después solo hubo silencio.

Lanzó otra miga de pan al mismo rincón. Los ruidos que siguieron fueron más rápidos, más pronunciados. La paja se alzó y descendió. La bruja echó otro trozo, frunció los labios y pronunció un suave ruido de gorjeo. Lanzó más pan.

—Mis pequeñas —cantó de nuevo, mientras una decena de ratas se aproximaban, saltaban sobre el pan, lo partían y lo tragaban. Más animales salieron de las partes oscuras y se unieron a los primeros para luchar por la comida. Se produjeron aislados chillidos con aumentada frecuencia, que poco a poco convergieron en un coro.

La bruja rió entre dientes. Lanzó más pan, más cerca. Treinta o cuarenta ratas se pelearon por las migas.

Tras la puerta central hubo un resonar de cadenas, seguido por otro gemido. Pero la atención de la bruja se centraba en sus pequeñas. Se inclinó hacia adelante y cambió la lamparilla a una posición próxima a la pared de la derecha. Partió otro trozo de pan y dispersó las migas por el suelo ante sus pies.

Numerosos cuerpecillos hicieron susurrar la paja al acercarse. Los chillidos cobraron más fuerza. Hubo un fuerte resonar de cadenas, un gemido mucho más potente. Algo se movió dentro de la celda y chocó contra la puerta, que se agitó, y otro gemido se alzó sobre los ruidos de las ratas.

La bruja volvió la cabeza en esa dirección, arrugando un poco la frente. El siguiente golpe en la puerta produjo un retumbo. Durante un segundo, algo similar a un ojo enorme pareció atisbar por las rejas. El gemido sonó otra vez, casi formando palabras:

—¡Meg!... ¡Meg!...

La bruja se incorporó en la silla y miró fijamente la puerta de la celda. El siguiente estrépito, el más fuerte hasta entonces, hizo resonar violentamente la puerta. Las ratas estaban ya frotando las piernas de la bruja, levantadas sobre sus patas traseras, danzando. La bruja extendió la mano para acariciar a una, a otra... Les dio de comer en sus manos.

Del interior de la celda brotó de nuevo el gemido, esta vez formando extraños sonidos:

—Mmmmegg... Mmeg...

La bruja levantó la cabeza una vez más y miró en esa dirección. Hizo ademán de levantarse. En ese instante, empero, una rata saltó a su regazo. Otro animal trepó por su espalda y se posó en su hombro derecho.

—Preciosas... —dijo ella, frotando su mejilla con una y acariciando a la otra—. Preciosas...

Hubo un ruido como de una cadena partiéndose, seguido por un terrorífico golpe en la puerta. Sin embargo, la bruja no prestó atención, porque sus preciosas ratas estaban bailando y jugando para ella...

 

(CONTINUARÁ...) 

La máquina de pensar en Gladys - Mario Levrero

Antes de acostarme hice la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo estuviera en orden; la ventana del baño chico, al fondo, estaba abierta -para que durante la noche se secara la camisa de poliéster que me pondría al día siguiente-; cerré la puerta (para evitar corrientes de aire); en la cocina, la canilla de la pileta goteaba y la apreté, la ventana estaba abierta y la dejé así -cerrando la persiana-; la lata de la basura ya había sido sacada fuera, las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en cero, la perilla de control de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y la botella empezada de agua mineral tenía puesto el tapón hermético, de plástico; en el comedor, el gran reloj tenía cuerda para algunos días más y la mesa había sido levantada; en la biblioteca debí apagar el amplificador, que alguien había dejado encendido, pero el tocadiscos se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchufada y producía el suave ronroneo habitual; la ventanita alta que da al pozo de aire estaba abierta, y el humo de los cigarrillos del día se escapaba, lentamente, por ella; cerré la puerta; en el living hallé una colilla en el suelo; la deposité en el cenicero de pie, que la sirvienta se ocupa de vaciar por las mañanas; en mi dormitorio le di cuerda al despertador, comprobando que la hora que indicaba coincidía con la del reloj pulsera en mi muñeca, y lo puse para que sonara media hora más tarde a la mañana siguiente (porque había decidido suprimir el baño; me sentía un poco resfriado); me acosté y apagué la luz.

Por la madrugada desperté inquieto, un ruido desacostumbrado me había producido un sobresalto; me ovillé en la cama y me cubrí con las almohadas y me puse las manos en la nuca y esperé el final de todo aquello con los nervios en tensión: la casa se estaba derrumbando.



 

La mujer del sacerdote budista - Oliver Schreiner

Hace muchos años, en un piso londinense situado al final de largos tramos de escalera, ardía el fuego en una chimenea. En las paredes se veían las marcas que habían dejado los cuadros, ya descolgados; el papel pintado tenía florecillas azules, en el suelo había una alfombra azul de fieltro, y junto al fuego, a un lado, una mujer en una silla.

En aquel momento se abrió la puerta y entró la anciana que se ocupaba del portal.

-¿Quiere algo esta noche?- preguntó.

-No, sólo estoy esperando una visita; cuando haya venido, me iré,

-¿Se han llevado ya todas sus cosas?

-Sí, dejo sólo esto.

La anciana bajó de nuevo, pero volvió a subir con una taza de té en la mano.

-Bébase esto, sienta bien: nada ayuda tanto como el té cuando una se ha pasado el día embalando cosas.

La joven que estaba junto al fuego no le dio las gracias, pero acarició la mano de la mujer de la muñeca a los dedos.

-Me despediré de usted cuando salga.

La mujer atizó el fuego, echó los últimos carbones y se marchó. Cuando hubo salido, en lugar de tomarse el té, la joven sacó una pequeña pitillera de plata del bolsillo y encendió un cigarrillo. Fumó un rato junto al hogar; después se levantó y anduvo por la habitación.

Poco después se sentó de nuevo al lado de la chimenea. Tiró la colilla del cigarrillo al fuego y empezó otra vez a ir y venir con las manos a la espalda. Regresó a su asiento y encendió otro cigarrillo. Volvió a dar vueltas por la habitación. Luego se sentó y contempló el fuego; unió con fuerza las palmas de las manos y se quedó mirándolo fijamente.

Se oyó entonces un rumor de pasos en la escalera y alguien llamó a la puerta.

La mujer se levantó, echó la colilla a las llamas y dijo sin moverse del sitio:

-¡Adelante!

Se abrió la puerta y apareció un hombre vestido de etiqueta con un sobretodo abierto.

-¿Me permite? No he podido librarme de esto abajo, no he visto dónde dejarlo. -Se quitó el abrigo-. ¿Cómo está usted? ¡Esto es un auténtico nido!

Ella le indicó una silla.

-Espero que no le moleste que le haya pedido que venga.

-Oh, no. Estoy encantado. Pero he encontrado la nota en mi club hace veinte minutos. ¿Así que se va a la India? ¡Qué maravilla! Pero ¿qué va usted a hacer allí? Si no me equivoco, fue Grey quien me contó hace seis semanas que se iba usted, aunque lo comentó como una de esas historias míticas que no merecen mucho crédito. Sin embargo, todavía no lo entiendo, a mí no me sorprende nada. -La miró con una expresión entre divertida e interesada-. ¡Cuánto tiempo desde que nos vimos por última vez! ¿Seis meses? ¿Ocho?

-Siete -dijo ella.

-De veras, tenía la sensación de que me evitaba usted. ¿Qué ha estado haciendo todo este tiempo?

-Oh, he estado ocupada. ¿No quiere un cigarrillo? -preguntó ella tendiéndole la pitillera.

-¿Fumará usted también? Ya sé que no le parece bien fumar en presencia de hombres, pero puede hacer una excepción en mi caso.

-Gracias. -La mujer encendió el suyo y le pasó las cerillas.

-Pero dígame, de verdad, ¿qué ha estado haciendo todo este tiempo? Ha desaparecido usted de la vida civilizada. Cuando estuve en casa de los Graham en primavera, dijeron que iba usted a ir y, al final, en el último momento, se echó atrás. Nos decepcionó a todos. ¿Y qué la lleva ahora a la India? ¿Va a ir a predicar la doctrina social y la igualdad intelectual a las mujeres hindúes e incitarlas a la revuelta? ¿Se casará usted con un viejo sacerdote budista, construirá una casita en lo alto del Himalaya y vivirá allí, hablando de filosofía y meditando? Me parece que eso es lo que a usted le gustaría. ¡No me sorprendería nada si me dijeran que lo ha hecho!

Ella se rió y sacó la pitillera. La mujer fumó lentamente.

-Llevo aquí mucho tiempo, cuatro años, y quiero cambiar. Me alegré de ver lo bien que le fue en las elecciones -añadió ella-. Tenía usted un gran interés, ¿verdad?

-Oh, sí. La lucha fue reñida. Eso dice en mi favor, aunque no era exactamente un asunto personal. Pero fue para mí una gran inquietud.

-¿No le parece que se equivocó al enviar aquella carta a los periódicos? -preguntó ella-. El silencio habría reforzado su postura.

-Sí, tal vez sí; ahora lo creo, pero me aconsejaron que la enviara. De todos modos hemos ganado, así que qué más da -dijo él, recostándose en la silla.

-¿Está usted bien?

-Oh, sí, muy bien; aburrido. Algunas veces uno no sabe para qué sirve tanto trabajo y tanto esfuerzo.

-¿Adónde irá de vacaciones este año?

-Oh, a Escocia, imagino; siempre voy allí; a la vieja casa.

-¿Por qué no va a Noruega? El cambio sería mayor para usted y significaría mayor descanso. ¿Le llegó un libro sobre la caza en Noruega?

-¿Fue usted quien me lo envió? ¡Qué amable! Lo leí con mucho interés. Estaba casi decidido a ponerme en camino en el acto. Supongo que es la vis inertiae que nos invade a medida que nos hacemos mayores lo que nos devuelve a los orígenes. Sería mucho mejor cambiar.

-Hay una lista al final del libro de las cosas exactas que hay que llevar -dijo ella-. Me pareció que ahorraba molestias; podría dársela a su criado y dejar que él se ocupara de todo. ¿Todavía lo tiene?

-Oh, sí. Me es tan fiel como un perro, me parece que no me abandonaría por nada. No me deja ir a cazar porque el pasado otoño me hice un esguince en el pie y tengo que ir a escondidas. Cree que no puedo tenerme en la silla con un esguince de tobillo; pero es muy buena persona; me cuida como una madre. -Fumó en silencio; el fuego brillaba en su chaqueta negra-. Pero ¿para qué se va usted a la India? ¿Conoce a alguien allí?

-No -dijo ella-, pero creo que es un lugar espléndido. Siempre he sentido gran interés por el Oriente. Es una vida compleja e interesante.

El se volvió y la miró.

-Va a buscar nuevas experiencias, dirá usted, imagino. Nunca he conocido a una mujer que se echara a perder como lo hace usted; una mujer con su atractivo que permitiera que se le escapara la vida entre los dedos y no hiciera nada por evitarlo. Debe de ser usted la mujer de más éxito de todo Londres. Oh, sí; ya sé lo que me va a decir: «Me da igual». Y ahí está la cosa: no le da igual. Va usted en pos de experiencias, va a conseguirlo todo, y nunca lo consigue. Dice que escribirá cuando sepa suficiente y nunca está satisfecha. Tendría que estar ganando dos mil al año pero le da igual. ¡Ahí está la cuestión! Vivir, enterrarse con un montón de antiguallas. Nunca hará nada. Podría tenerlo todo y lo deja escapar.

-Oh, tengo una vida muy plena -dijo ella-. Hay dos cosas que son realidades absolutas, el amor y el conocimiento, y no es posible eludirlas. -Había tirado el cigarrillo y contemplaba el fuego con una sonrisa.

-He dejado este piso a una amiga mía -añadió, mirando a su alrededor y sonriendo-. No sabe que le voy a dejar estas cosas. Le gustarán porque son mías. El mundo es muy hermoso, me parece a mí... delicioso.

-Oh, sí. Pero ¿qué hace usted con él? ¿Qué partido le saca? Debería sentar la cabeza y casarse, como las demás mujeres, en lugar de vagar por el mundo hasta la India y la China y Dios sabe dónde. Está arruinando su vida. Se rodea siempre de todo tipo de gente insólita. Si oigo que un hombre o una mujer es gran amigo suyo, siempre me digo: «¿Y a éste qué le pasa? ¿Ha perdido su dinero, se ha echado a perder él? ¿Tiene una enfermedad incurable?». Diría que sólo puede parecerle interesante una persona que padezca algún mal de mente o de cuerpo. Me parece que adora usted los harapos. ¡Mira que venir a encerrarse en un lugar así, lejos de todos y de todo! Es un error; es una majadería.

-Soy muy feliz -contestó ella-. Mire -dijo, inclinándose hacia el fuego con las manos sobre las rodillas-. Lo que importa es que algo te necesite. No es una cuestión de amor. Para qué estar cerca de algo si otras personas pueden ser de la misma utilidad que uno. Si los demás pueden ser más útiles es puro egoísmo. Lo que establece el lazo orgánico de la unión es la necesidad que unas cosas tienen de otras. A usted le gustan las montañas y los caballos, pero ellos no lo necesitan; Así pues, ¡de qué sirve decir nada! Imagino que lo más delicioso de la vida es sentir que algo te necesita y entregarse en el momento en que seamos necesarios. Aquello que no te necesita... hay que quererlo con cierta distancia.

-Oh, pero una mujer como usted debería casarse, debería tener hijos. Se malgasta usted en el primer mendigo anciano, la primera mujer desamparada o el primer criminal fugitivo con que se encuentra; será estupendo para ellos, pero para usted es un error. -Tocó suavemente la ceniza con la punta del dedo y la tiró-. Yo sí tengo la intención de casarme -dijo, volviendo a apoyar un codo sobre una rodilla y a ladear la cabeza, de modo que ella le veía el cabello castaño con rizos menudos un poco entreverados de gris en las sienes-. Es cosa curiosa que cuando un hombre alcanza cierta edad quiera casarse. No se enamora; no es que tenga planes concretos; es la sensación de que debe tener casa, mujer y niños. Supongo que es el mismo tipo de sensación que empuja a los pájaros a fabricar nidos en determinadas épocas del año. No es amor; es algo más. Cuando era joven despreciaba a los hombres que se casaban y me preguntaba por qué lo hacían; podían perderlo todo y no ganaban nada. Pero, cuando un hombre alcanza los treinta y seis, sus sentimientos cambian. No es amor o pasión lo que quiere; es un hogar; es una esposa y niños. Puede tener casa y criados, pero no es lo mismo. Yo habría dicho que a las mujeres les pasaba igual.

Ella guardó silencio un minuto, sosteniendo un cigarrillo entre los dedos; después dijo lentamente:

-Sí, algunas veces la mujer siente un curioso deseo de tener un hijo, especialmente cuando se acerca a los treinta o los sobrepasa. Es distinto al amor por una persona en concreto. Pero es algo que hay que superar. Para una mujer, el matrimonio es mucho más serio que para un hombre. Puede pasarse la vida sin encontrar al hombre al que sea capaz de querer y, si lo encuentra, quizá no sea conveniente o posible. El matrimonio se ha convertido en algo muy complejo, ahora que se ha transformado en algo tan intelectual. ¿No quiere otro?

Le tendió la pitillera.

-Puede encenderlo con el mío.

Se inclinó para encenderlo.

-Es usted un hombre que debería casarse. No tiene un trabajo que absorba su pensamiento y en el que interfiera una mujer; el matrimonio lo completaría. -Se reclinó, fumando serenamente.

-Sí -dijo él-. Pero hay demasiadas cosas que hacer en esta vida; nunca encuentro el momento de buscar una mujer y no me atraen esas bellezas sonrosadas tan comunes y que tanto gustan a algunos hombres. Yo necesito otra cosa. Si he de tener una esposa, tendré que ir a América a buscarla.

-Sí, una americana le convendrá más.

-Sí -dijo él-. No quiero una mujer a la que cuidar; tiene que ser autosuficiente y tampoco tiene que ser aburrida. Usted ya sabe lo que quiero decir. La vida está demasiado llena de preocupaciones para ocuparse además de una criatura indefensa.

-Sí -dijo ella levantándose y apoyando el codo en la chimenea-. El tipo de mujer que usted desea debe ser joven y fuerte; no es necesario que sea demasiado hermosa, pero tiene que ser atractiva; tiene que tener energía, pero no una individualidad demasiado acusada; tiene que ser en gran medida neutra; no debe mostrar por usted una devoción demasiado apasionada o demasiado profunda, pero sí respaldarlo de modo completamente racional. Debe tener los mismos objetivos y gustos que usted. Ninguna mujer tiene derecho a casarse con un hombre si se va a ver obligada a moldearse para adaptarse a él. Quizá ella podría desearlo, pero, por muy apasionadamente que se lo proponga, nunca podrá ser lo que otras mujeres son sin esfuerzo. El carácter dominará todo lo demás y acabará saliendo. -La mujer miró el fuego-. Cuando se case usted, no debe hacerlo con una mujer que lo halague demasiado. Es siempre señal de algún tipo de falsedad. Si una mujer lo ama como a ella misma, lo criticará y lo comprenderá como si fuera ella misma. Dos personas que van a pasar juntas toda la vida deben ser capaces de mirarse a los ojos y decirse la verdad. Eso ayuda en la vida. Encontrará muchas mujeres así en América -dijo ella-, mujeres que lo ayudarán a triunfar, que no lo arrastrarán hacia abajo.

-Sí, ésa es mi idea. Pero ¿de dónde voy a sacar a la mujer ideal?

-Vaya y búsquela. Vaya a América en lugar de ir a Escocia este año. Hará bien. Un hombre tiene derecho a buscar lo que necesita. En el caso de las mujeres es distinto; ésa es una de las diferencias radicales entre hombres y mujeres. -Bajó la vista hacia el fuego-. Es una ley de la naturaleza femenina y de las relaciones entre los sexos. No hay en ello nada arbitrario y convencional, del mismo modo que no lo hay tampoco en el hecho de que la mujer dé a luz al hijo y el varón no. Desde un punto de vista intelectual podemos ser iguales. Imagino que si cincuenta hombres y cincuenta mujeres tuvieran que resolver un problema matemático lo harían del mismo modo; cuanto más abstracto e intelectual es el terreno, más nos parecemos. Cuanto más nos acercamos a lo personal y lo sexual, más distintos somos -dijo-. Si tuviera que representar la naturaleza del hombre y de la mujer con un diagrama, pintaría dos círculos; el lado derecho de ambos lo pintaría de rojo brillante; después lo difuminaría hasta que en el lado izquierdo se transformara en azul para uno y verde para el otro. Esa zona representa el sexo y, cuanto más te acercas, más distintos son los colores de los discos. Pero, si giras los discos para que se toquen los lados rojos, parecen exactamente iguales; si los giras hasta que entren en contacto el verde y el azul, parecerán totalmente distintos. Por ese motivo vemos que los hombres brutales y sensuales invariablemente creen que las mujeres son totalmente distintas a los hombres, son otro tipo de criaturas; y los hombres muy cultos e intelectuales algunas veces creen que somos exactamente iguales. El amor sexual puede ser, en sustancia, idéntico para ambos; en la forma de su expresión tiene que distinguirse. La culpa no es del varón, es cosa de la naturaleza.

»Si un hombre ama a una mujer, tiene derecho a intentar que lo quiera porque puede hacerlo abiertamente, directamente, sin someterse. No es necesario que haya sutilezas, vías indirectas. En el caso de las mujeres no es igual; la mujer no puede aceptar un amor que no se ponga a sus pies. La naturaleza ordena que nunca muestre lo que siente; la mujer que dijera a un hombre que lo amaba habría levantado para siempre entre ambos una barrera insuperable; y, si lo atrajera sutilmente, utilizando medios de mujer, con silencios, sutilezas, tirando el pañuelo, con visitas sorpresa, con la amable afirmación de que no pensaba verlo cuando había hecho un largo viaje sólo para eso, estaría condenada. Conseguiría el amor, pero lo habría profanado con astucias; no tendría valor. Por ello, en la relación con el otro sexo, la mujer debe quedarse de brazos cruzados; sólo tiene derecho a tomar el amor que se postra a sus pies y le ruega que lo acepte. He aquí la verdadera diferencia entre un hombre y una mujer. Ustedes pueden ir en pos del amor porque pueden hacerlo abiertamente; nosotras no podemos porque debemos hacerlo con argucias. La mujer tiene que quedarse de brazos cruzados.

»Por supuesto, la amistad es diferente. En ese terreno nos encontramos en pie de igualdad con los hombres; es posible pedir a un amigo que venga a verte, como acabo de hacer con usted. Ése es el atractivo que tiene el intelecto y la vida intelectual para una mujer, permite que se aflojen los grilletes; y ése es el motivo de que se retraiga tanto ante el sexo. Tal vez si estuviera muriéndose o se encontrara en una situación igual de grave, podría... La muerte significa mucho más para una mujer que para un hombre; si una mujer sabe que se muere, puede mirar el mundo que la rodea y sentir que las ataduras de su sexo, que la han quebrado y aplastado toda la vida, han desaparecido: no existe ya la mujer, sólo queda el ser humano, capaz de tratar a su entorno en pie de igualdad.

»No hay motivo para que no vaya usted a América y busque esposa con total deliberación. No debe decir mentiras. Busque hasta que encuentre a una mujer a la que quiera de veras, que le convenga sin la menor duda y no sólo la ame, y pídale entonces que se case con usted. Tienen que tener niños; la vida de un anciano sin hijos es muy triste.

-Sí, tendría que tener hijos. Ahora muchas veces pienso que para qué sirve todo esto, este trabajo, este esfuerzo, si no tengo a nadie a quien dejárselo. Es un vacío, imaginemos que consigo...

-¿Imaginemos que consigue su título?

-Sí. ¿De qué me sirve si no tengo a nadie a quien legárselo? Ésa es la sensación que tengo. Es muy raro estar sentado hablando de esto con usted. Pero es usted tan distinta a otras mujeres... Si todas fueran como usted, sus teorías de la igualdad entre hombres y mujeres funcionarían. Es usted la única mujer con la que puedo estar sin darme cuenta de que es una mujer.

-Sí -dijo ella. Siguió contemplando el fuego

-¿Cuánto tiempo piensa estar en la India?

-Oh, no voy a volver.

-¡No va a volver! Eso es imposible. Romperá el corazón de la mitad de la gente de por aquí si no vuelve. No he conocido nunca a una mujer con una capacidad semejante para atrapar el corazón de los hombres, a pesar de esa filosofía suya. No sé -añadió con una sonrisa- si no habría caído yo también en esa trampa (hace tres años casi creí caer) si no hubiera estado usted siempre atacándome de modo tan incontinente y persistente en todos los aspectos y en todas las ocasiones. No me gusta el dolor, las bofetadas me enfrían. Pero no parece tener ese efecto en otros hombres... El año pasado, cuando estuve en el campo, conocí a un individuo ridículo. Ya sabe cómo se llama... -Agitó los dedos mientras hacía memoria-... Un individuo grande, de bigote amarillo, un comandante que se ha ido ahora a la costa oriental de África; las señoras sacaron a la luz que llevaba siempre una fotografía de usted en el bolsillo; y tenía la costumbre de sacar trocitos de artículos que usted había publicado y enseñárselos a la gente con aire misterioso. Casi se batió en duelo con un hombre una noche, después de la cena, porque habló de usted de un modo que le pareció inapropiado...

-No me gusta hablar de los hombres que me han querido -dijo ella-. Por pequeño e insignificante que fuera ese individuo, me ofreció lo mejor de sí mismo. No hay nada ridículo en el amor. Me parece que una mujer debe pensar que todo el amor que los hombres le han dado y que ella no ha podido devolver es como una corona que le han puesto encima; tiene que intentar crecer para estar a su altura. No puedo soportar la idea de que todo el amor que se me ha dado se ha malgastado en alguien que no lo merecía. Esos hombres han sido encantadores y me han hecho un gran honor. Les estoy agradecida. Si un hombre te dice que te quiere -dijo, mirando el fuego-, si descubre su pecho ante ti para que lo golpees a voluntad, lo menos que puedes hacer es extender la mano y ocultarlo de la mirada de los demás. Si fuera una cierva y un ciervo se hiriera al perseguirme, aunque no pudiera tenerlo como compañero, me quedaría quieta y echaría tierra con la pezuña sobre el lugar en el que hubiera vertido su sangre; el resto de la manada no sabría que se había herido siguiéndome. Taparía la sangre, si fuera una cierva -repitió, y guardó silencio. Luego se sentó en la silla y añadió con la mano extendida-: Sin embargo, no pienso lo mismo que todo el mundo sobre el amor. Creo que el amado otorga un bien a quien ama, tan grande y hermoso es haber sido amado. Creo que el hombre debería dar las gracias a la mujer o la mujer debería dar las gracias al hombre que la ha amado, haya sido correspondido o no, los hayan separado o no las circunstancias. -Se frotó la rodilla suavemente con la mano.

-Bueno, tengo que irme -dijo él, sacándose el reloj-. Es tan fascinante hablar con usted que podría quedarme toda la noche, pero tengo todavía dos compromisos.

Se puso en pie; ella se puso en pie también y lo miró un momento.

-¡Qué buen aspecto tiene usted! Me parece que ha descubierto el secreto de la eterna juventud. No aparenta ni un día más que cuando lo conocí, hace cuatro años. Parece como si estuviera siempre entre llamas ardientes y no se quemara nunca.

El la miró con expresión divertida, tal como se mira a un niño interesante o a un gran perro de Terranova.

-¿Cuándo volveré a verla?

-¡No volverá a verme!

-¡No volveré a verla! Tenemos que conseguir que vuelva; usted pertenece a este lugar. Se cansará de su budista y volverá con nosotros.

-¿No le molesta que le haya pedido que venga a despedirse? -preguntó ella con aire infantil, impropio de la determinación que mostraba cuando hablaba de cosas impersonales-. Quería decir adiós a todo el mundo. Si no te despides, te sientes inquieto y tienes la sensación de que deberías regresar. Cuando te despides de todos tus amigos, sabes que todo ha terminado.

-Oh, no es una despedida definitiva, volverá usted dentro de diez años y compararemos nuestras experiencias: las suyas con su sacerdote budista y yo con mi bella americana ideal; y veremos a quién le ha ido mejor.

Ella se echó a reír.

-Seguiré sus andanzas por los periódicos, así que no estaremos del todo distanciados; y tal vez le lleguen noticias mías.

-Sí, espero que tenga mucho éxito.

Ella lo estaba mirando de pies a cabeza, con los ojos muy abiertos. Él se volvió hacia la silla de la que colgaba su abrigo.

-¿Lo ayudo a ponérselo?

-Oh, no, gracias.

Él se puso el sobretodo.

-Abróchese hasta arriba -dijo ella-. En esta habitación hace calor.

Él se volvió hacia ella, con el abrigo y los guantes puestos. Se encontraban cerca de la puerta.

-Bien, adiós. Que le vaya bien

Él la miraba, envuelto en su sobretodo. Ella alzó la mano un poco.

-Quisiera pedirle algo- dijo rápidamente.

-¿Qué es?

-¿Le importaría besarme?

Él la miró unos instantes y se inclinó hacia ella.

No podría decirlo con certeza, pero años después tuvo siempre la sensación de que ella extendió la mano y se la puso en la coronilla con una caricia extraña y suave, con el gesto de una madre cuando el niño duerme y no quiere despertarlo. Después se dio la vuelta y ella desapareció. La puerta se había cerrado sin hacer ruido. Se quedó quieto unos momentos, se dirigió a la chimenea y contempló una colilla, retrocedió hasta la puerta y la abrió. La escalera estaba oscura y en silencio. Tocó la campanilla con violencia. La anciana subió. Le preguntó dónde estaba la señora. Ella le dijo que había salido, tenía un coche esperando. Él le preguntó cuándo volvería. La anciana le dijo: «No volverá»; se había ido. Él preguntó adónde se había ido. La mujer dijo que no lo sabía, había dado instrucciones de que le guardaran las cartas durante seis u ocho meses hasta que escribiera comunicando su dirección. Él preguntó si tenía alguna idea de dónde podría encontrarla. La mujer dijo que no. Él dio unos pasos hasta un rincón de la pared donde había habido un cuadro y se quedó mirando como si siguiera ahí colgado. Hizo un gesto con los labios como si lanzara un largo silbido, pero nada se oyó. Dio a la mujer diez chelines y bajó la escalera.

Habían transcurrido ocho años desde entonces.

¡Qué hermosa debe de haber sido la vida para quien sigue pareciendo tan joven!