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La máquina de pensar en Gladys - Mario Levrero

Antes de acostarme hice la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo estuviera en orden; la ventana del baño chico, al fondo, estaba abierta -para que durante la noche se secara la camisa de poliéster que me pondría al día siguiente-; cerré la puerta (para evitar corrientes de aire); en la cocina, la canilla de la pileta goteaba y la apreté, la ventana estaba abierta y la dejé así -cerrando la persiana-; la lata de la basura ya había sido sacada fuera, las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en cero, la perilla de control de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y la botella empezada de agua mineral tenía puesto el tapón hermético, de plástico; en el comedor, el gran reloj tenía cuerda para algunos días más y la mesa había sido levantada; en la biblioteca debí apagar el amplificador, que alguien había dejado encendido, pero el tocadiscos se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchufada y producía el suave ronroneo habitual; la ventanita alta que da al pozo de aire estaba abierta, y el humo de los cigarrillos del día se escapaba, lentamente, por ella; cerré la puerta; en el living hallé una colilla en el suelo; la deposité en el cenicero de pie, que la sirvienta se ocupa de vaciar por las mañanas; en mi dormitorio le di cuerda al despertador, comprobando que la hora que indicaba coincidía con la del reloj pulsera en mi muñeca, y lo puse para que sonara media hora más tarde a la mañana siguiente (porque había decidido suprimir el baño; me sentía un poco resfriado); me acosté y apagué la luz.

Por la madrugada desperté inquieto, un ruido desacostumbrado me había producido un sobresalto; me ovillé en la cama y me cubrí con las almohadas y me puse las manos en la nuca y esperé el final de todo aquello con los nervios en tensión: la casa se estaba derrumbando.



 

La mujer del sacerdote budista - Oliver Schreiner

Hace muchos años, en un piso londinense situado al final de largos tramos de escalera, ardía el fuego en una chimenea. En las paredes se veían las marcas que habían dejado los cuadros, ya descolgados; el papel pintado tenía florecillas azules, en el suelo había una alfombra azul de fieltro, y junto al fuego, a un lado, una mujer en una silla.

En aquel momento se abrió la puerta y entró la anciana que se ocupaba del portal.

-¿Quiere algo esta noche?- preguntó.

-No, sólo estoy esperando una visita; cuando haya venido, me iré,

-¿Se han llevado ya todas sus cosas?

-Sí, dejo sólo esto.

La anciana bajó de nuevo, pero volvió a subir con una taza de té en la mano.

-Bébase esto, sienta bien: nada ayuda tanto como el té cuando una se ha pasado el día embalando cosas.

La joven que estaba junto al fuego no le dio las gracias, pero acarició la mano de la mujer de la muñeca a los dedos.

-Me despediré de usted cuando salga.

La mujer atizó el fuego, echó los últimos carbones y se marchó. Cuando hubo salido, en lugar de tomarse el té, la joven sacó una pequeña pitillera de plata del bolsillo y encendió un cigarrillo. Fumó un rato junto al hogar; después se levantó y anduvo por la habitación.

Poco después se sentó de nuevo al lado de la chimenea. Tiró la colilla del cigarrillo al fuego y empezó otra vez a ir y venir con las manos a la espalda. Regresó a su asiento y encendió otro cigarrillo. Volvió a dar vueltas por la habitación. Luego se sentó y contempló el fuego; unió con fuerza las palmas de las manos y se quedó mirándolo fijamente.

Se oyó entonces un rumor de pasos en la escalera y alguien llamó a la puerta.

La mujer se levantó, echó la colilla a las llamas y dijo sin moverse del sitio:

-¡Adelante!

Se abrió la puerta y apareció un hombre vestido de etiqueta con un sobretodo abierto.

-¿Me permite? No he podido librarme de esto abajo, no he visto dónde dejarlo. -Se quitó el abrigo-. ¿Cómo está usted? ¡Esto es un auténtico nido!

Ella le indicó una silla.

-Espero que no le moleste que le haya pedido que venga.

-Oh, no. Estoy encantado. Pero he encontrado la nota en mi club hace veinte minutos. ¿Así que se va a la India? ¡Qué maravilla! Pero ¿qué va usted a hacer allí? Si no me equivoco, fue Grey quien me contó hace seis semanas que se iba usted, aunque lo comentó como una de esas historias míticas que no merecen mucho crédito. Sin embargo, todavía no lo entiendo, a mí no me sorprende nada. -La miró con una expresión entre divertida e interesada-. ¡Cuánto tiempo desde que nos vimos por última vez! ¿Seis meses? ¿Ocho?

-Siete -dijo ella.

-De veras, tenía la sensación de que me evitaba usted. ¿Qué ha estado haciendo todo este tiempo?

-Oh, he estado ocupada. ¿No quiere un cigarrillo? -preguntó ella tendiéndole la pitillera.

-¿Fumará usted también? Ya sé que no le parece bien fumar en presencia de hombres, pero puede hacer una excepción en mi caso.

-Gracias. -La mujer encendió el suyo y le pasó las cerillas.

-Pero dígame, de verdad, ¿qué ha estado haciendo todo este tiempo? Ha desaparecido usted de la vida civilizada. Cuando estuve en casa de los Graham en primavera, dijeron que iba usted a ir y, al final, en el último momento, se echó atrás. Nos decepcionó a todos. ¿Y qué la lleva ahora a la India? ¿Va a ir a predicar la doctrina social y la igualdad intelectual a las mujeres hindúes e incitarlas a la revuelta? ¿Se casará usted con un viejo sacerdote budista, construirá una casita en lo alto del Himalaya y vivirá allí, hablando de filosofía y meditando? Me parece que eso es lo que a usted le gustaría. ¡No me sorprendería nada si me dijeran que lo ha hecho!

Ella se rió y sacó la pitillera. La mujer fumó lentamente.

-Llevo aquí mucho tiempo, cuatro años, y quiero cambiar. Me alegré de ver lo bien que le fue en las elecciones -añadió ella-. Tenía usted un gran interés, ¿verdad?

-Oh, sí. La lucha fue reñida. Eso dice en mi favor, aunque no era exactamente un asunto personal. Pero fue para mí una gran inquietud.

-¿No le parece que se equivocó al enviar aquella carta a los periódicos? -preguntó ella-. El silencio habría reforzado su postura.

-Sí, tal vez sí; ahora lo creo, pero me aconsejaron que la enviara. De todos modos hemos ganado, así que qué más da -dijo él, recostándose en la silla.

-¿Está usted bien?

-Oh, sí, muy bien; aburrido. Algunas veces uno no sabe para qué sirve tanto trabajo y tanto esfuerzo.

-¿Adónde irá de vacaciones este año?

-Oh, a Escocia, imagino; siempre voy allí; a la vieja casa.

-¿Por qué no va a Noruega? El cambio sería mayor para usted y significaría mayor descanso. ¿Le llegó un libro sobre la caza en Noruega?

-¿Fue usted quien me lo envió? ¡Qué amable! Lo leí con mucho interés. Estaba casi decidido a ponerme en camino en el acto. Supongo que es la vis inertiae que nos invade a medida que nos hacemos mayores lo que nos devuelve a los orígenes. Sería mucho mejor cambiar.

-Hay una lista al final del libro de las cosas exactas que hay que llevar -dijo ella-. Me pareció que ahorraba molestias; podría dársela a su criado y dejar que él se ocupara de todo. ¿Todavía lo tiene?

-Oh, sí. Me es tan fiel como un perro, me parece que no me abandonaría por nada. No me deja ir a cazar porque el pasado otoño me hice un esguince en el pie y tengo que ir a escondidas. Cree que no puedo tenerme en la silla con un esguince de tobillo; pero es muy buena persona; me cuida como una madre. -Fumó en silencio; el fuego brillaba en su chaqueta negra-. Pero ¿para qué se va usted a la India? ¿Conoce a alguien allí?

-No -dijo ella-, pero creo que es un lugar espléndido. Siempre he sentido gran interés por el Oriente. Es una vida compleja e interesante.

El se volvió y la miró.

-Va a buscar nuevas experiencias, dirá usted, imagino. Nunca he conocido a una mujer que se echara a perder como lo hace usted; una mujer con su atractivo que permitiera que se le escapara la vida entre los dedos y no hiciera nada por evitarlo. Debe de ser usted la mujer de más éxito de todo Londres. Oh, sí; ya sé lo que me va a decir: «Me da igual». Y ahí está la cosa: no le da igual. Va usted en pos de experiencias, va a conseguirlo todo, y nunca lo consigue. Dice que escribirá cuando sepa suficiente y nunca está satisfecha. Tendría que estar ganando dos mil al año pero le da igual. ¡Ahí está la cuestión! Vivir, enterrarse con un montón de antiguallas. Nunca hará nada. Podría tenerlo todo y lo deja escapar.

-Oh, tengo una vida muy plena -dijo ella-. Hay dos cosas que son realidades absolutas, el amor y el conocimiento, y no es posible eludirlas. -Había tirado el cigarrillo y contemplaba el fuego con una sonrisa.

-He dejado este piso a una amiga mía -añadió, mirando a su alrededor y sonriendo-. No sabe que le voy a dejar estas cosas. Le gustarán porque son mías. El mundo es muy hermoso, me parece a mí... delicioso.

-Oh, sí. Pero ¿qué hace usted con él? ¿Qué partido le saca? Debería sentar la cabeza y casarse, como las demás mujeres, en lugar de vagar por el mundo hasta la India y la China y Dios sabe dónde. Está arruinando su vida. Se rodea siempre de todo tipo de gente insólita. Si oigo que un hombre o una mujer es gran amigo suyo, siempre me digo: «¿Y a éste qué le pasa? ¿Ha perdido su dinero, se ha echado a perder él? ¿Tiene una enfermedad incurable?». Diría que sólo puede parecerle interesante una persona que padezca algún mal de mente o de cuerpo. Me parece que adora usted los harapos. ¡Mira que venir a encerrarse en un lugar así, lejos de todos y de todo! Es un error; es una majadería.

-Soy muy feliz -contestó ella-. Mire -dijo, inclinándose hacia el fuego con las manos sobre las rodillas-. Lo que importa es que algo te necesite. No es una cuestión de amor. Para qué estar cerca de algo si otras personas pueden ser de la misma utilidad que uno. Si los demás pueden ser más útiles es puro egoísmo. Lo que establece el lazo orgánico de la unión es la necesidad que unas cosas tienen de otras. A usted le gustan las montañas y los caballos, pero ellos no lo necesitan; Así pues, ¡de qué sirve decir nada! Imagino que lo más delicioso de la vida es sentir que algo te necesita y entregarse en el momento en que seamos necesarios. Aquello que no te necesita... hay que quererlo con cierta distancia.

-Oh, pero una mujer como usted debería casarse, debería tener hijos. Se malgasta usted en el primer mendigo anciano, la primera mujer desamparada o el primer criminal fugitivo con que se encuentra; será estupendo para ellos, pero para usted es un error. -Tocó suavemente la ceniza con la punta del dedo y la tiró-. Yo sí tengo la intención de casarme -dijo, volviendo a apoyar un codo sobre una rodilla y a ladear la cabeza, de modo que ella le veía el cabello castaño con rizos menudos un poco entreverados de gris en las sienes-. Es cosa curiosa que cuando un hombre alcanza cierta edad quiera casarse. No se enamora; no es que tenga planes concretos; es la sensación de que debe tener casa, mujer y niños. Supongo que es el mismo tipo de sensación que empuja a los pájaros a fabricar nidos en determinadas épocas del año. No es amor; es algo más. Cuando era joven despreciaba a los hombres que se casaban y me preguntaba por qué lo hacían; podían perderlo todo y no ganaban nada. Pero, cuando un hombre alcanza los treinta y seis, sus sentimientos cambian. No es amor o pasión lo que quiere; es un hogar; es una esposa y niños. Puede tener casa y criados, pero no es lo mismo. Yo habría dicho que a las mujeres les pasaba igual.

Ella guardó silencio un minuto, sosteniendo un cigarrillo entre los dedos; después dijo lentamente:

-Sí, algunas veces la mujer siente un curioso deseo de tener un hijo, especialmente cuando se acerca a los treinta o los sobrepasa. Es distinto al amor por una persona en concreto. Pero es algo que hay que superar. Para una mujer, el matrimonio es mucho más serio que para un hombre. Puede pasarse la vida sin encontrar al hombre al que sea capaz de querer y, si lo encuentra, quizá no sea conveniente o posible. El matrimonio se ha convertido en algo muy complejo, ahora que se ha transformado en algo tan intelectual. ¿No quiere otro?

Le tendió la pitillera.

-Puede encenderlo con el mío.

Se inclinó para encenderlo.

-Es usted un hombre que debería casarse. No tiene un trabajo que absorba su pensamiento y en el que interfiera una mujer; el matrimonio lo completaría. -Se reclinó, fumando serenamente.

-Sí -dijo él-. Pero hay demasiadas cosas que hacer en esta vida; nunca encuentro el momento de buscar una mujer y no me atraen esas bellezas sonrosadas tan comunes y que tanto gustan a algunos hombres. Yo necesito otra cosa. Si he de tener una esposa, tendré que ir a América a buscarla.

-Sí, una americana le convendrá más.

-Sí -dijo él-. No quiero una mujer a la que cuidar; tiene que ser autosuficiente y tampoco tiene que ser aburrida. Usted ya sabe lo que quiero decir. La vida está demasiado llena de preocupaciones para ocuparse además de una criatura indefensa.

-Sí -dijo ella levantándose y apoyando el codo en la chimenea-. El tipo de mujer que usted desea debe ser joven y fuerte; no es necesario que sea demasiado hermosa, pero tiene que ser atractiva; tiene que tener energía, pero no una individualidad demasiado acusada; tiene que ser en gran medida neutra; no debe mostrar por usted una devoción demasiado apasionada o demasiado profunda, pero sí respaldarlo de modo completamente racional. Debe tener los mismos objetivos y gustos que usted. Ninguna mujer tiene derecho a casarse con un hombre si se va a ver obligada a moldearse para adaptarse a él. Quizá ella podría desearlo, pero, por muy apasionadamente que se lo proponga, nunca podrá ser lo que otras mujeres son sin esfuerzo. El carácter dominará todo lo demás y acabará saliendo. -La mujer miró el fuego-. Cuando se case usted, no debe hacerlo con una mujer que lo halague demasiado. Es siempre señal de algún tipo de falsedad. Si una mujer lo ama como a ella misma, lo criticará y lo comprenderá como si fuera ella misma. Dos personas que van a pasar juntas toda la vida deben ser capaces de mirarse a los ojos y decirse la verdad. Eso ayuda en la vida. Encontrará muchas mujeres así en América -dijo ella-, mujeres que lo ayudarán a triunfar, que no lo arrastrarán hacia abajo.

-Sí, ésa es mi idea. Pero ¿de dónde voy a sacar a la mujer ideal?

-Vaya y búsquela. Vaya a América en lugar de ir a Escocia este año. Hará bien. Un hombre tiene derecho a buscar lo que necesita. En el caso de las mujeres es distinto; ésa es una de las diferencias radicales entre hombres y mujeres. -Bajó la vista hacia el fuego-. Es una ley de la naturaleza femenina y de las relaciones entre los sexos. No hay en ello nada arbitrario y convencional, del mismo modo que no lo hay tampoco en el hecho de que la mujer dé a luz al hijo y el varón no. Desde un punto de vista intelectual podemos ser iguales. Imagino que si cincuenta hombres y cincuenta mujeres tuvieran que resolver un problema matemático lo harían del mismo modo; cuanto más abstracto e intelectual es el terreno, más nos parecemos. Cuanto más nos acercamos a lo personal y lo sexual, más distintos somos -dijo-. Si tuviera que representar la naturaleza del hombre y de la mujer con un diagrama, pintaría dos círculos; el lado derecho de ambos lo pintaría de rojo brillante; después lo difuminaría hasta que en el lado izquierdo se transformara en azul para uno y verde para el otro. Esa zona representa el sexo y, cuanto más te acercas, más distintos son los colores de los discos. Pero, si giras los discos para que se toquen los lados rojos, parecen exactamente iguales; si los giras hasta que entren en contacto el verde y el azul, parecerán totalmente distintos. Por ese motivo vemos que los hombres brutales y sensuales invariablemente creen que las mujeres son totalmente distintas a los hombres, son otro tipo de criaturas; y los hombres muy cultos e intelectuales algunas veces creen que somos exactamente iguales. El amor sexual puede ser, en sustancia, idéntico para ambos; en la forma de su expresión tiene que distinguirse. La culpa no es del varón, es cosa de la naturaleza.

»Si un hombre ama a una mujer, tiene derecho a intentar que lo quiera porque puede hacerlo abiertamente, directamente, sin someterse. No es necesario que haya sutilezas, vías indirectas. En el caso de las mujeres no es igual; la mujer no puede aceptar un amor que no se ponga a sus pies. La naturaleza ordena que nunca muestre lo que siente; la mujer que dijera a un hombre que lo amaba habría levantado para siempre entre ambos una barrera insuperable; y, si lo atrajera sutilmente, utilizando medios de mujer, con silencios, sutilezas, tirando el pañuelo, con visitas sorpresa, con la amable afirmación de que no pensaba verlo cuando había hecho un largo viaje sólo para eso, estaría condenada. Conseguiría el amor, pero lo habría profanado con astucias; no tendría valor. Por ello, en la relación con el otro sexo, la mujer debe quedarse de brazos cruzados; sólo tiene derecho a tomar el amor que se postra a sus pies y le ruega que lo acepte. He aquí la verdadera diferencia entre un hombre y una mujer. Ustedes pueden ir en pos del amor porque pueden hacerlo abiertamente; nosotras no podemos porque debemos hacerlo con argucias. La mujer tiene que quedarse de brazos cruzados.

»Por supuesto, la amistad es diferente. En ese terreno nos encontramos en pie de igualdad con los hombres; es posible pedir a un amigo que venga a verte, como acabo de hacer con usted. Ése es el atractivo que tiene el intelecto y la vida intelectual para una mujer, permite que se aflojen los grilletes; y ése es el motivo de que se retraiga tanto ante el sexo. Tal vez si estuviera muriéndose o se encontrara en una situación igual de grave, podría... La muerte significa mucho más para una mujer que para un hombre; si una mujer sabe que se muere, puede mirar el mundo que la rodea y sentir que las ataduras de su sexo, que la han quebrado y aplastado toda la vida, han desaparecido: no existe ya la mujer, sólo queda el ser humano, capaz de tratar a su entorno en pie de igualdad.

»No hay motivo para que no vaya usted a América y busque esposa con total deliberación. No debe decir mentiras. Busque hasta que encuentre a una mujer a la que quiera de veras, que le convenga sin la menor duda y no sólo la ame, y pídale entonces que se case con usted. Tienen que tener niños; la vida de un anciano sin hijos es muy triste.

-Sí, tendría que tener hijos. Ahora muchas veces pienso que para qué sirve todo esto, este trabajo, este esfuerzo, si no tengo a nadie a quien dejárselo. Es un vacío, imaginemos que consigo...

-¿Imaginemos que consigue su título?

-Sí. ¿De qué me sirve si no tengo a nadie a quien legárselo? Ésa es la sensación que tengo. Es muy raro estar sentado hablando de esto con usted. Pero es usted tan distinta a otras mujeres... Si todas fueran como usted, sus teorías de la igualdad entre hombres y mujeres funcionarían. Es usted la única mujer con la que puedo estar sin darme cuenta de que es una mujer.

-Sí -dijo ella. Siguió contemplando el fuego

-¿Cuánto tiempo piensa estar en la India?

-Oh, no voy a volver.

-¡No va a volver! Eso es imposible. Romperá el corazón de la mitad de la gente de por aquí si no vuelve. No he conocido nunca a una mujer con una capacidad semejante para atrapar el corazón de los hombres, a pesar de esa filosofía suya. No sé -añadió con una sonrisa- si no habría caído yo también en esa trampa (hace tres años casi creí caer) si no hubiera estado usted siempre atacándome de modo tan incontinente y persistente en todos los aspectos y en todas las ocasiones. No me gusta el dolor, las bofetadas me enfrían. Pero no parece tener ese efecto en otros hombres... El año pasado, cuando estuve en el campo, conocí a un individuo ridículo. Ya sabe cómo se llama... -Agitó los dedos mientras hacía memoria-... Un individuo grande, de bigote amarillo, un comandante que se ha ido ahora a la costa oriental de África; las señoras sacaron a la luz que llevaba siempre una fotografía de usted en el bolsillo; y tenía la costumbre de sacar trocitos de artículos que usted había publicado y enseñárselos a la gente con aire misterioso. Casi se batió en duelo con un hombre una noche, después de la cena, porque habló de usted de un modo que le pareció inapropiado...

-No me gusta hablar de los hombres que me han querido -dijo ella-. Por pequeño e insignificante que fuera ese individuo, me ofreció lo mejor de sí mismo. No hay nada ridículo en el amor. Me parece que una mujer debe pensar que todo el amor que los hombres le han dado y que ella no ha podido devolver es como una corona que le han puesto encima; tiene que intentar crecer para estar a su altura. No puedo soportar la idea de que todo el amor que se me ha dado se ha malgastado en alguien que no lo merecía. Esos hombres han sido encantadores y me han hecho un gran honor. Les estoy agradecida. Si un hombre te dice que te quiere -dijo, mirando el fuego-, si descubre su pecho ante ti para que lo golpees a voluntad, lo menos que puedes hacer es extender la mano y ocultarlo de la mirada de los demás. Si fuera una cierva y un ciervo se hiriera al perseguirme, aunque no pudiera tenerlo como compañero, me quedaría quieta y echaría tierra con la pezuña sobre el lugar en el que hubiera vertido su sangre; el resto de la manada no sabría que se había herido siguiéndome. Taparía la sangre, si fuera una cierva -repitió, y guardó silencio. Luego se sentó en la silla y añadió con la mano extendida-: Sin embargo, no pienso lo mismo que todo el mundo sobre el amor. Creo que el amado otorga un bien a quien ama, tan grande y hermoso es haber sido amado. Creo que el hombre debería dar las gracias a la mujer o la mujer debería dar las gracias al hombre que la ha amado, haya sido correspondido o no, los hayan separado o no las circunstancias. -Se frotó la rodilla suavemente con la mano.

-Bueno, tengo que irme -dijo él, sacándose el reloj-. Es tan fascinante hablar con usted que podría quedarme toda la noche, pero tengo todavía dos compromisos.

Se puso en pie; ella se puso en pie también y lo miró un momento.

-¡Qué buen aspecto tiene usted! Me parece que ha descubierto el secreto de la eterna juventud. No aparenta ni un día más que cuando lo conocí, hace cuatro años. Parece como si estuviera siempre entre llamas ardientes y no se quemara nunca.

El la miró con expresión divertida, tal como se mira a un niño interesante o a un gran perro de Terranova.

-¿Cuándo volveré a verla?

-¡No volverá a verme!

-¡No volveré a verla! Tenemos que conseguir que vuelva; usted pertenece a este lugar. Se cansará de su budista y volverá con nosotros.

-¿No le molesta que le haya pedido que venga a despedirse? -preguntó ella con aire infantil, impropio de la determinación que mostraba cuando hablaba de cosas impersonales-. Quería decir adiós a todo el mundo. Si no te despides, te sientes inquieto y tienes la sensación de que deberías regresar. Cuando te despides de todos tus amigos, sabes que todo ha terminado.

-Oh, no es una despedida definitiva, volverá usted dentro de diez años y compararemos nuestras experiencias: las suyas con su sacerdote budista y yo con mi bella americana ideal; y veremos a quién le ha ido mejor.

Ella se echó a reír.

-Seguiré sus andanzas por los periódicos, así que no estaremos del todo distanciados; y tal vez le lleguen noticias mías.

-Sí, espero que tenga mucho éxito.

Ella lo estaba mirando de pies a cabeza, con los ojos muy abiertos. Él se volvió hacia la silla de la que colgaba su abrigo.

-¿Lo ayudo a ponérselo?

-Oh, no, gracias.

Él se puso el sobretodo.

-Abróchese hasta arriba -dijo ella-. En esta habitación hace calor.

Él se volvió hacia ella, con el abrigo y los guantes puestos. Se encontraban cerca de la puerta.

-Bien, adiós. Que le vaya bien

Él la miraba, envuelto en su sobretodo. Ella alzó la mano un poco.

-Quisiera pedirle algo- dijo rápidamente.

-¿Qué es?

-¿Le importaría besarme?

Él la miró unos instantes y se inclinó hacia ella.

No podría decirlo con certeza, pero años después tuvo siempre la sensación de que ella extendió la mano y se la puso en la coronilla con una caricia extraña y suave, con el gesto de una madre cuando el niño duerme y no quiere despertarlo. Después se dio la vuelta y ella desapareció. La puerta se había cerrado sin hacer ruido. Se quedó quieto unos momentos, se dirigió a la chimenea y contempló una colilla, retrocedió hasta la puerta y la abrió. La escalera estaba oscura y en silencio. Tocó la campanilla con violencia. La anciana subió. Le preguntó dónde estaba la señora. Ella le dijo que había salido, tenía un coche esperando. Él le preguntó cuándo volvería. La anciana le dijo: «No volverá»; se había ido. Él preguntó adónde se había ido. La mujer dijo que no lo sabía, había dado instrucciones de que le guardaran las cartas durante seis u ocho meses hasta que escribiera comunicando su dirección. Él preguntó si tenía alguna idea de dónde podría encontrarla. La mujer dijo que no. Él dio unos pasos hasta un rincón de la pared donde había habido un cuadro y se quedó mirando como si siguiera ahí colgado. Hizo un gesto con los labios como si lanzara un largo silbido, pero nada se oyó. Dio a la mujer diez chelines y bajó la escalera.

Habían transcurrido ocho años desde entonces.

¡Qué hermosa debe de haber sido la vida para quien sigue pareciendo tan joven!

El poder de los nombres - Úrsula K. Le Guin

El señor Bajocolina salió de debajo de su colina, sonriendo y respirando con dificultad. Cada resoplido salía disparado por las ventanas de su nariz como una doble bocanada de vapor, blanca nieve bajo el sol matinal. El señor Bajocolina contempló el cielo brillante de diciembre y sonrió más ampliamente que nunca,
mostrando unos dientes blancos como la nieve. Luego se dirigió al pueblo.
—Día, señor Bajocolina —le decían los aldeanos cuando se cruzaban con él por la calle angosta, entre casas de tejados cónicos y sobresalientes como los sombreretes rojos y gruesos de las setas venenosas.
—¡Día, día! —respondía él a todos. (Por supuesto que desear a cualquiera un buen día traía mala suerte; en un lugar tan afectado por Influencias como Sattins Island, donde un adjetivo descuidado puede cambiar el tiempo por una semana, era suficiente con decir sólo el momento del día.) 
Todos le hablaban, algunos con cariño, otros con cariñoso desdén. Era todo lo que la pequeña isla poseía a modo de mago, y por lo tanto merecía respeto..., ¿pero cómo se podía respetar a un hombrecillo regordete y cincuentón que se tambaleaba con los pies hacia adentro, sonriendo y exhalando vapor? En el trabajo tampoco era gran cosa. Se esmeraba medianamente en los fuegos artificiales, pero sus elixires eran ineficaces con frecuencia.
Las verrugas que hechizaba reaparecían a los tres días; los tomates que encantaba no llegaban a ser más grandes que los melones; y durante los contados días en que alguna nave extraña se detenía en el puerto de Sattins, el señor Bajocolina permanecía siempre debajo de su colina; por temor, explicaba, al mal de ojo.
En otras palabras, era un mago por la misma razón por la que el zarco Gan era un carpintero: por negligencia. Por esta generación los aldeanos se las apañaban con puertas mal colocadas y hechizos inútiles, y descargaban su irritación tratando al señor Bajocolina con bastante familiaridad, como un simple aldeano más. Hasta lo invitaban a cenar. Una vez él invitó a cenar a algunos de ellos, y sirvió una colación espléndida, con plata, cristal, albaricoque, ganso asado, un chispeante Andrades 639, y budín inglés con salsa fermentada; pero estuvo tan nervioso que quitó toda alegría a la comida, y además, todos volvieron a estar hambrientos media hora después. No le gustaba que nadie visitara su cueva, ni siquiera la antecámara, más allá de la cual en realidad no había llegado nadie. Cuando veía que se acercaba gente a la colina, salía trotando a recibirla. «¡Sentémonos aquí, bajo los pinos!», decía sonriendo y señalando hacia el bosquecillo de abetos; o si llovía: «Vayamos a tomar un trago a la taberna, ¿eh?», aunque todos sabían que él no bebía nada más fuerte que agua de pozo.
Algunos de los niños de la aldea, tentados por aquella cueva, curioseaban y escudriñaban y hacían incursiones cuando el señor Bajocolina salía; pero la puertecilla que conducía a la habitación interior estaba cerrada por medio de un encantamiento, y al parecer, por una vez, se trataba de un encantamiento eficaz.
Una vez que dos niños creían que el hechicero se encontraba en la Costa Oeste curando el burro enfermo de la señora Ruuna, llevaron allí una palanca y un hacha, pero al primer golpe surgió del interior un rugido de ira y una nube de vapor purpúreo. El señor Bajocolina había regresado temprano. Los niños huyeron. Él no salió, y los niños no sufrieron ningún daño, aunque dijeron que de no escucharlo, nadie podría creer que aquel hombrecillo regordete produjera ese horrible y enorme grito-bramido-aullido-silbido.
Aquel día tenía que comprar en el pueblo tres docenas de huevos frescos y cuatrocientos gramos de hígado; también debía pasar por la casita de Fogeno, el capitán, a renovar el hechizo de los ojos del anciano (bastante inútil aplicado a un caso de desprendimiento de retina, pero el señor Bajocolina continuaba intentándolo), y por último se detendría a charlar con la vieja Goody Guld, la viuda del fabricante de concertinas. La mayoría de los amigos del señor Bajocolina eran ancianos. Los hombres jóvenes y fuertes de la aldea le producían timidez, y las muchachas le tenían vergüenza.
—Me pone nerviosa, sonríe tanto... —decían haciendo mohines, retorciendo rizos sedosos alrededor de un dedo.
«Nerviosa» era una palabra de última moda, y todas las madres respondían adustas:
—Nerviosa un cuerno, lo que sois es tontas. ¡El señor Bajocolina es un hechicero muy respetable!
Después de despedirse de Goody Guld, el señor Bajocolina pasó por la escuela, que ese día se reunía fuera, en el baldío. Dado que no había nadie alfabetizado en Sattins Island, no existían libros en los cuales aprender a leer ni pupitres en los que grabar iniciales ni pizarras que borrar, y de hecho no existía un edificio escolar. En los días lluviosos los niños se reunían en el desván del Granero Común, y se ensuciaban los pantalones con heno; en días de sol, la maestra, Palani, los llevaba a donde tuviera ganas. Hoy, rodeada por treinta niños atentos menores de doce años y cuarenta ovejas distraídas menores de cinco, estaba enseñando un punto importante en el plan de estudios: las Reglas de los Nombres. El señor Bajocolina, sonriendo con timidez, se detuvo a mirar y escuchar. Palani, una muchacha rolliza y bonita de veinte años, hacía un cuadro encantador allí, bajo el sol invernal, con niños y ovejas a su alrededor, un roble sin hojas sobre la cabeza y las dunas y el mar y el cielo pálido y transparente detrás. Hablaba con seriedad, con el rostro enrojecido por el viento y las palabras.
—Ya habéis aprendido las Reglas de los Nombres, niños. Son dos, y son las mismas en todas las islas del mundo. ¿Cuál es una de ellas?
—No es buena educación preguntarle a nadie cuál es su nombre —gritó un niño gordo y veloz, que fue interrumpido por una niña pequeña que chillaba:
—¡Nunca podrás decir tu propio nombre a nadie, dice mi mamá!
—Sí, Suba. Sí, querida Popi, no chilles. Tenéis razón. Nunca preguntaréis a nadie su nombre. Nunca diréis el vuestro. Ahora pensad en ello un minuto y decidme por qué llamamos a nuestro hechicero señor Bajocolina —sonrió al señor Bajocolina por encima de las cabezas ensortijadas y los lomos lanudos, y él se
puso radiante y aferró nervioso su bolsa de huevos.
—¡Porque vive debajo de una colina! —gritó media clase.
—¿Pero es ése su verdadero nombre?
—¡No! —dijo el niño gordo, y el chillido de la pequeña Popi le hizo eco:
—¡No!—¿Cómo sabéis que no lo es?
—Porque llegó aquí solo y entonces no había nadie que supiera su verdadero nombre y por eso no nos lo podían decir, y él no podía...
—Muy bien, Suba. Popi, no grites. Tienes razón. Ni siquiera un mago puede decir su verdadero nombre. Cuando vosotros, los niños, hayáis dejado la escuela y estéis atravesando el Pasaje, dejaréis atrás vuestros nombres de niños y conservaréis solamente vuestros nombres verdaderos, los que nunca deberéis preguntar ni entregar. ¿Por qué existe esta regla?
Los niños permanecieron en silencio. Las ovejas balaron con dulzura. El señor Bajocolina contestó la pregunta:
—Porque el nombre es la cosa —dijo con voz suave, tímida, ronca—, y el verdadero nombre es la verdadera cosa. Conocer el nombre significa controlar la cosa. ¿No es así, señorita maestra?
Ella le sonrió e hizo una reverencia, evidentemente un poco desconcertada por su intervención. Y él se fue a su colina al trote, aferrando los huevos contra el pecho. Por alguna razón, el momento que había pasado contemplando a Palani y a los niños le había abierto el apetito. Al pasar, cerró la puerta interior con un encantamiento apresurado; debió de haber dejado uno o dos escapes en el hechizo pues la antecámara vacía pronto estuvo llena del olor de los huevos fritos y el hígado tostado.
Ese día el viento era fresco y ligero y venía del oeste. Al mediodía había traído un pequeño bote que llegó al puerto de Sattins peinando las olas brillantes. Cuando irrumpió en el horizonte, un chico de vista aguda lo notó y, conocedor como todos los niños de cada vela y cada mástil de los cuarenta botes de la flota pesquera, corrió por la calle gritando: «¡Un barco extranjero, un barco extranjero!». La solitaria isla muy rara vez era visitada por algún barco de otra isla igualmente solitaria de la Bordada Este, o por un mercader aventurero del Archipiélago. Cuando el barco llegó al embarcadero, media aldea ya estaba allí para saludarlo, y los pescadores se sumaron luego desde sus hogares, y manadas de vacas y buscadores de almejas y cazadores de hierbas jadeaban por las rocosas colinas en dirección al puerto.
Pero la puerta del señor Bajocolina permaneció cerrada.
Solamente había un hombre a bordo del barco. Cuando se lo contaron al anciano capitán Fogeno, un cardumen de cejas blancas descendió hasta sus ojos sin vista.
—Hay una sola clase de hombres que naveguen a solas por la Bordada Externa. Un brujo, un hechicero o un Mago...
Así que los aldeanos quedaron sin aliento ante la posibilidad de ver por una vez en sus vidas a un Mago, uno de los poderosos Magos Blancos de las islas interiores del Archipiélago, ricas, pobladas, llenas de torres. Se decepcionaron, pues el viajero era bastante joven, un sujeto guapo, de barba negra, que los
saludó alegremente desde su barco y saltó a tierra como cualquier marinero que llega contento a puerto. Se presentó de inmediato como un buhonero de mar. Pero cuando le contaron al capitán Fogeno que llevaba consigo un bastón de roble, el anciano movió la cabeza y dijo:—¡Malo! Dos hechiceros en una aldea... —su boca se cerró con un chasquido.
Como el extranjero no podía decir su nombre, inmediatamente le dieron uno: Barbanegra. Y le prestaron mucha atención. Tenía un pequeño y revuelto hato de ropas y sandalias y plumas de piswi para adornar capas e incienso barato y piedras ligeras y delicadas hierbas y grandes cuentas de cristal de Venway..., el lote habitual de un buhonero. Todo Sattins Island fue a mirar, a charlar con él, y quizás a comprar algo.
—¡Imposible de olvidar! —cacareaba Goody Guld, quien al igual que todas las mujeres y todas las muchachas de la aldea, estaba conmovida por la audaz hermosura de Barbanegra. Los chicos también le rondaban, para que les contara sus viajes a lejanas y extrañas islas de la Bordada o les describiera las grandes y ricas islas del Archipiélago, las Rutas Internas, los fondeaderos blancos de naves, y los tejados dorados de Havnor. Los hombres escuchaban sus relatos con gusto, pero algunos de ellos se preguntaban por qué un mercader viajaría solo, y contemplaban pensativamente su vara de roble.
Durante todo este tiempo el señor Bajocolina permaneció debajo de su colina.
—Es la primera isla sin mago que veo —dijo un día Barbanegra a Goody Guld, que en la ocasión había invitado a su sobrino y a Palani a tomar una taza de té de junco con el viajero—. ¿Qué hacéis cuando os duele un diente o una vaca se seca?
—Bueno..., ¡sí tenemos al señor Bajocolina! —dijo la anciana.
—Para lo que sirve... —murmuró Birt, el joven sobrino de Goody Guld, y luego se ruborizó hasta el color púrpura y se le derramó el té; estaba enamorado de la maestra de escuela, pero lo más que había hecho hasta ese momento para demostrarle su amor había sido regalar canastas de caballas frescas a la cocinera de su padre.
—Oh, ¿tenéis un hechicero? —preguntó Barbanegra—. ¿Es invisible?
—No, solamente muy tímido —dijo Palani—. Apenas lleva una semana aquí, ¿no?, y vemos tan pocos extranjeros... —también se ruborizó un poco, pero no derramó su té.
Barbanegra le sonrió.
—Es un buen sattinsano entonces, ¿verdad?
—No —dijo Goody Guld—, no mejor que tú. ¿Más té, sobrino? Manténlo en la taza esta vez... No, mi querido; llegó en un pequeño barco..., ¿hace cuatro años? Fue un día después que concluyó la arribada del sábalo porque estaba recogiendo las redes en la Ensenada Este, y Pondi Cowherd se rompió la pierna aquella misma mañana..., hará cinco años. No, cuatro. No, son cinco, fue el año en que el ajo no se dio.
Entonces llega navegando en una pequeña chalupa cargada hasta el tope de grandes cofres y cajas y le dice al capitán Fogeno, que entonces no estaba ciego, aunque sabe Dios que estaba tan viejo como para haberse quedado ciego dos veces: «Oigo contar —le dice— que no tienen un brujo o hechicero... ¿No
están deseando uno?». «¡Ya lo creo, si la magia es blanca!» dice el capitán, y antes de decir «pulpo» el señor Bajocolina se había instalado debajo de la colina y estaba hechizando la sarna del gato de Goody Beltow. Aunque la piel creció gris, y era un gato naranja. Tenía un aspecto bien raro después de eso.
Murió el invierno pasado, durante el encantamiento del frío. Goody Beltow se tomó la muerte de su gato, pobre criatura, peor que cuando su marido se ahogó en las Orillas Largas, el día de la arribada prolongada de los arenques, cuando mi sobrino Birt aquí presente no era más que un bebé en pañales. —El sobrino de
la señora Goody Guld volvió a derramar el té y Barbanegra hizo una mueca, pero la anciana prosiguió sin desfallecer, y habló hasta que cayó la noche.
Al día siguiente, Barbanegra se hallaba en el muelle trabajando en la tabla arrancada de su barco, a cuya reparación parecía dedicarle mucho tiempo, y como de costumbre, hacía hablar a los taciturnos sattinsanos.
—¿Cuál de estas naves es la de vuestro hechicero? ¿O tiene una de esas que los Magos pliegan dentro de cáscaras de nuez cuando no las usan?
—No —dijo un imperturbable pescador—. Está allá arriba en su cueva, debajo de la colina.
—¿Llevó hasta su cueva el barco que lo trajo?
—Sí. Hasta arriba del todo. Yo lo ayudé. Llena hasta el tope de grandes cajas llenas hasta el tope de libros con encantamientos, dice él. Era pesada como el plomo. —Y el imperturbable pescador le volvió la espalda, suspirando imperturbablemente. El sobrino de Goody Guld, que arreglaba una red allí cerca,
levantó la vista de su trabajo y preguntó con igual imperturbabilidad—: ¿Verdad que te gustaría conocer al señor Bajocolina?
Barbanegra le devolvió la mirada. Por un momento, unos ojos negros y listos se encontraron con unos ojos azules e inocentes; luego Barbanegra sonrió y dijo:
—Sí. ¿Me llevarás a la colina, Birt?
—Sí, cuando haya terminado con esto —dijo el pescador. Y cuando hubo terminado de remendar la red, él y el del Archipiélago partieron por la calle de la aldea hacia la alta colina verde. Pero mientras cruzaban el baldío, Barbanegra le dijo:
—Espera un momento, amigo Birt. Tengo una historia para contarte antes que visitemos a tu hechicero.
—Cuéntala —dijo Birt, sentándose bajo la sombra de una encina perenne.
—Es una historia que empezó hace cien años, y que todavía no ha terminado... Aunque pronto terminará, muy pronto... En el mismo corazón del Archipiélago, donde las islas se apiñan densas como moscas en la miel, hay una pequeña ínsula llamada Pendor. Los señores de Pendor eran hombres poderosos en los viejos días de guerra anteriores a la Liga. Botines y rescates y tributos diluviaban sobre Pendor, y allí se reunió un gran tesoro, hace mucho tiempo. En aquel entonces, de algún lejano lugar en la Bordada Oeste, donde los dragones se crían en las islas de lava, llegó un dragón muy poderoso. No era uno de esos lagartos hiperdesarrollados que la mayoría de vosotros los habitantes de la Bordada Externa llamáis dragones, sino un monstruo grande, negro, alado, sabio, astuto, lleno de fuerza y artificios, y que como todos los dragones, amaba el oro y las piedras preciosas por sobre todas las cosas. Mató al Señor del Mar y a sus soldados, y los habitantes de Pendor huyeron de noche en sus naves. Huyeron todos, y dejaron al dragón enroscado dentro de las Torres de Pendor. Y allí permaneció durante cien años, arrastrando su barriga escamosa sobre esmeraldas y zafiros y monedas de oro, apareciendo solamente una vez cada uno o dos años, cuando debía comer. Invadía islas cercanas en busca de alimento. ¿Sabes lo que comen los dragones?
Birt cabeceó y dijo en un susurro:
—Doncellas.
—Así es —dijo Barbanegra—. Bueno, esto no se podía soportar eternamente, ni tampoco el saber que estaba sentado sobre todo ese tesoro. Así que cuando la Liga se fortaleció, y el Archipiélago no estuvo tan preocupado por guerras y piratería, se decidió atacar Pendor, expulsar al dragón y recuperar el oro y las
joyas para el tesoro de la Liga. Ellos siempre están deseando dinero. Por lo tanto se reunió una enorme flota de cincuenta islas, y en las proas de las siete naves más fuertes colocaron siete Magos, y navegaron hacia Pendor... Llegaron. Desembarcaron. Nada se movió. Todas las casas estaban vacías, los platos
sobre las mesas llenos del polvo de cien años. Los huesos del viejo Señor del Mar y de sus hombres yacían en los patios del castillo y en las escaleras. Y las habitaciones de la torre apestaban a dragón. Pero no había ningún dragón. Tampoco ningún tesoro, ni un diamante del tamaño de una semilla de amapola, ni una simple cuenta de plata... Al saber que no habría podido resistirse a siete Magos, el dragón se había ido. Lo rastrearon, y descubrieron que había volado a una isla desierta en el norte llamada Udrath; le siguieron la pista hasta allí, ¿y qué encontraron? Huesos de nuevo. Sus huesos, los del dragón. Pero ningún tesoro. Un hechicero, algún hechicero desconocido de otro lugar, debió de haberlo encontrado indefenso y lo derrotó... Y después se fue con el tesoro, ¡delante de las mismas narices de la Liga!
El pescador escuchaba, atento e inexpresivo.
—Por supuesto que habrá sido un hechicero poderoso e inteligente para primero matar al dragón, y segundo escaparse sin dejar rastro. Los Señores y Magos del Archipiélago no pudieron seguirle el rastro en absoluto... Ni sospechas siquiera de dónde había venido o hacia dónde había ido. Estuvieron a punto de abandonar. Esto sucedió la primavera pasada; yo había estado ausente, viajando por la Bordada Norte durante tres años, y regresé en aquellos días. Y me pidieron que les ayudara a encontrar al hechicero desconocido. Esto fue un rasgo de inteligencia de parte de ellos. Porque no soy solamente un hechicero yo mismo, como creo que lo adivinaron algunos de los zoquetes de aquí, sino que soy un descendiente de los Señores de Pendor. Ese tesoro es mío. Es mío, y sabe que es mío. Esos idiotas de la Liga no pudieron encontrarlo porque no es de ellos. Pertenece a la casa de Pendor, y la gran esmeralda, la estrella del tesoro, Inalkil la Piedraverde, conoce a su dueño. ¡Observa! —Barbanegra levantó su bastón de roble y gritó—: ¡Inalkil! —La punta de la vara empezó a brillar, verde, un encendido resplandor verde, una niebla deslumbrante del color de la hierba de abril, y al mismo tiempo la vara se inclinó en la mano del hechicero hasta señalar en línea recta el costado de la colina que se levantaba sobre sus cabezas.
—En el lejano Havnor el resplandor no era tan potente —murmuró Barbanegra—, pero la varilla señalaba en la dirección correcta. Inalkil respondió cuando la llamé. La joya conoce a su dueño. Y yo conozco al ladrón, y lo someteré. Es un hechicero agraciado, que pudo con un dragón. Pero yo soy más poderoso. ¿Quieres saber por qué, zoquete? ¡Porque conozco su nombre!
A medida que el tono de Barbanegra se hacía más arrogante, el rostro de Birt aparecía más y más obtuso, más y más inexpresivo; pero al oír decir a Barbanegra que conocía el verdadero nombre del señor Bajocolina, se sacudió, cerró la boca y contempló al del Archipiélago.—¿Cómo... lo aprendiste? —dijo muy lentamente.
Barbanegra hizo una mueca y no le contestó.
—¿Magia negra? —insistió Birt.
—¿Cómo, si no...?
Birt palideció y no dijo nada.
—¡Soy el Señor del Mar de Pendor, zoquete, y poseeré el oro que mis padres ganaron, y las joyas que mis madres usaron, y la Piedraverde! Porque son míos. Bueno, ahora podrás contar toda la historia a tus gaznápiros de aldea, una vez derrotado ese hechicero y que yo me haya ido. Espera aquí. O puedes venir y
mirar, si no tienes miedo. Nunca volverás a tener la oportunidad de observar a un hechicero en todo su poder. —Barbanegra se volvió, y sin mirar atrás subió a grandes trancos la colina, hacia la entrada de la cueva.
Muy lentamente, Birt lo siguió. Se detuvo a una buena distancia, se sentó bajo un espino y miró. El del Archipiélago se había detenido; era una figura oscura y envarada, sola en la verde ondulación de la colina, de pie y absolutamente inmóvil ante la boca bostezante de la caverna. Repentinamente movió el bastón
sobre su cabeza; el resplandor esmeralda invadió el ámbito mientras gritaba:
—¡Ladrón, ladrón del Tesoro de Pendor, sal a la vista!
Se oyó un estruendo como de loza rota dentro de la cueva, de la que salió despedida una cantidad de polvo. Asustado, Birt se agachó. Cuando volvió a mirar, vio a Barbanegra aún inmóvil, y en la boca de la cueva, polvoriento y desgreñado, estaba el señor Bajocolina. Parecía pequeño y enternecedor, con los pies torcidos hacia adentro como de costumbre, y con las piernecillas arqueadas cubiertas por calzas negras, y sin varilla..., nunca había tenido una, reparó Birt. El señor Bajocolina preguntó con su vocecilla ronca:
—¿Quién es usted?
—Soy el Señor del Mar de Pendor, ladrón, y he venido a reclamar mi tesoro.
Ante esto, el señor Bajocolina se fue poniendo rosado lentamente, como sucedía siempre que la gente era grosera con él. Se puso amarillo, el cabello se convirtió en cerdas, emitió un rugido parecido a una tos, y se convirtió en un león amarillo que saltó por la colina hacia Barbanegra, los colmillos blancos destellando.
Pero Barbanegra se había esfumado. Un tigre gigantesco, del color de la noche y el relámpago, brincaba al encuentro del león... que había desaparecido. De pronto, bajo la cueva se alzaba un bosquecillo alto, negro bajo el sol invernal. El tigre, conteniéndose en pleno salto justo antes de caer bajo la sombra de los
árboles, se encendió en el aire, transformado en una lengua de fuego que azotaba las ramas secas y negras.
Pero donde se habían alzado los árboles, una repentina catarata empezó a caer desde la ladera de la colina, un arco de agua plateada y estruendosa que tronaba sobre el fuego. Sobre el sitio ocupado antes por el fuego... que había desaparecido.Por un instante, ante los ojos fijos del pescador se levantaban dos colinas: la verde que ya conocía y una nueva, una loma parda y pelada, lista para beberse la torrencial catarata. Esto sucedió con tanta rapidez que Birt parpadeó, y después de parpadear parpadeó de nuevo pues lo que estaba viendo era mucho peor. Allí donde había estado la catarata revoloteaba un dragón. Alas negras oscurecían toda la colina, garras de acero se extendían, tanteando, y de los labios oscuros, escamosos, entreabiertos, brotaba fuego y vapor.
Debajo de la criatura monstruosa, Barbanegra se reía.
—¡Toma cualquier forma que te guste, pequeño señor Bajocolina! —se burló—. Puedo enfrentarte.
Pero el juego se vuelve aburrido. Quiero contemplar mi tesoro, Inalkil. Ahora, gran dragón, pequeño hechicero, recobra tu forma real. ¡Te lo ordeno por el poder de tu verdadero nombre: Yevaud!
Birt estaba petrificado, ni siquiera podía parpadear. Se agachó, indeciso entre hacerlo o no; veía al dragón suspendido en el aire sobre Barbanegra, el fuego que llameaba a la manera de muchas lenguas desde la boca escamosa, el humo que salía en chorros de las rojas ventanas de la nariz. Vio cómo el rostro
de Barbanegra se volvía blanco como la tiza, y cómo le temblaban los labios orlados de barba.
—¡Tu nombre es Yevaud!
—Sí —dijo un vozarrón ronco y silbante—. Mi verdadero nombre es Yevaud, y mi verdadera forma es esta.
—Pero el dragón había muerto... Encontraron sus huesos en la isla de Udrath.
—Ése era otro dragón —intervino el dragón, y luego caló como un halcón, con las garras extendidas.
Birt cerró los ojos. Cuando los abrió, el cielo estaba despejado, la colina vacía, excepto una mancha pisoteada de color negro rojizo, y unas pocas huellas de garras en la hierba.
Birt el pescador se puso en pie y corrió. Atravesó el baldío a la carrera, dispersando las ovejas a izquierda y derecha, y bajó por la calle de la aldea hasta la casa del padre de Palani. La joven estaba en el jardín desmalezando las capuchinas.
—¡Ven conmigo! —jadeó Birt; ella lo miró fijamente, él la aferró de la muñeca y la arrastró consigo. Palani chilló un poco, pero no se resistió.
Ambos corrieron recto hacia el muelle; Birt empujó a Palani dentro del Queenie, la chalupa pesquera. El muchacho desató las amarras, asió los remos y partió, remando como un demonio. Lo último que Sattins Island vio de él y de Palani fue la vela del Queenie desvaneciéndose en dirección de la isla más cercana en
el oeste.
Los aldeanos creyeron que nunca dejarían de comentar cómo Birt, el sobrino de Goody Guld, se había vuelto loco y había escapado en un bote con la maestra el mismo día que el buhonero Barbanegra desapareció sin dejar rastro, abandonando todas sus plumas y cuentas. Pero tres días más tarde dejaron de
comentarlo pues tuvieron otras cosas que comentar, cuando el señor Bajocolina salió por fin de su cueva. El señor Bajocolina había resuelto que ya que su verdadero nombre no era más un secreto, bien podía abandonar su disfraz. Caminar era mucho más difícil que volar, y además hacía mucho, mucho tiempo que no comía una verdadera comida.

Magia negra - Jessie Adelaide Middleton

 La dama que tan amablemente ha corroborado esta historia con su experiencia personal tenía una prima que se casó con un oficial del ejército indio y se marchó a la India en torno al año 19… Puesto que no tengo permiso para dar sus nombres, aunque me hayan permitido utilizar su historia, los llamaré el capitán y la señora Ross. Esta última tenía el pelo cobrizo, lo que despierta gran admiración entre las razas nativas.

Al llegar a Calcuta, se dirigieron al norte, donde el capitán Ross estaba destinado, y la señora Ross, que visitaba la India por primera vez, se quedó maravillada con todo lo que vio.

Cuando llegaron a su bungaló, la señora Ross reparó en un viejo nativo que estaba de cuclillas en el exterior de la casa. Se trataba de un anciano con una apariencia especialmente repulsiva: sucio, andrajoso y de aspecto malvado, el cual, aunque saludó a la memsahib con una humilde reverencia, le dirigió una mirada siniestra que la hizo estremecerse.

Le preguntó a su marido por él, contándole lo que había pasado, y el capitán Ross le respondió con despreocupación:

—Oh, lleva aquí siglos; nadie le presta atención.

—Pero no me gusta el aspecto que tiene —insistió su mujer—. ¿No puedes hacer que se vaya?

—La verdad es que no —respondió el capitán Ross, riéndose—. No conviene ofender a estas personas. Es un tipo muy importante a su manera… Es decir, a los ojos de los nativos. Dicen que es un sabio, y todos le tienen miedo.

Por supuesto, la señora Ross no dijo una palabra más, pues lo último que deseaba era hacer algo que pudiera molestar a su marido. El anciano iba todos los días y se sentaba en la cancela. Cada vez que ella pasaba por su lado, él le hacía una respetuosa reverencia, pero también la miraba de una forma horrible. No cabía duda de que se había dado cuenta desde el principio de que a ella le desagradaba y que lo quería lejos del bungaló.

Al cabo de unas semanas, su marido tuvo que marcharse por obligaciones del servicio, y antes de partir le recomendó a su mujer que no se acercase a los bazares nativos; pero la señora Ross, por extraño que parezca, tenía un deseo irrefrenable de ir a la parte nativa de la ciudad. Sufría un persistente dolor de cabeza, y no dejaba de pensar un momento en que no quería quedarse en el bungaló. Hablaba de esto con su marido una y otra vez.

—¡Lo único que quiero es salir! —se lamentaba ella; y él la tranquilizaba diciéndole que solo eran «nervios» y que disfrutaría de un cambio de aires en cuanto le fuera posible organizarlo.

Un día, la señora Ross estaba sentada en la veranda, cuando sintió que había alguien cerca. Echó un vistazo y se quedó helada al ver que detrás de ella, muy cerca, estaba el viejo nativo, mirándola fijamente con expresión malévola. El capitán Ross seguía fuera, y, a excepción de los criados nativos, no había nadie lo bastante cerca para oír una llamada suya. Los nervios se apoderaron de ella, pero, armándose de valor, se levantó y se encaró al hombre para ordenarle con severidad que se marchara de inmediato.

Él no hizo el menor amago de moverse; bien al contrario, siguió mirándola con la misma expresión malvada que ella ya había percibido. Le ordenó por segunda vez que se fuera, amenazándolo con pedir a los criados que lo echasen. Estaba ya a punto de llamarlos cuando él dijo, muy despacio y con voz imponente:

—No marchar hasta tener un pelo de su cabeza.

Sus ojos tenían un poder muy peculiar, y la señora Ross estaba demasiado asustada para moverse o pedir ayuda. La había inmovilizado como inmoviliza un gato a un ratón bajo su pezuña, y comprendió que debía evitar a toda costa dar muestras de cobardía.

—Está bien —dijo, con toda la amabilidad de la que fue capaz—. Si quiere un pelo, se lo daré. Iré a soltármelo y le traeré uno.

La dejó marchar con tanta tranquilidad que a la señora Ross le asaltó la horrible sospecha de que los criados tal vez estuvieran conchabados con él. Era nueva en la India, y había leído historias aterradoras de traiciones de nativos; así pues, en lugar de dar la voz de alarma, fue a su habitación y se sentó a reflexionar.

«¿Qué voy a hacer? —pensaba angustiada—. No voy a darle el pelo. Lo quiere con algún propósito diabólico. No puedo ponerme bajo su poder. ¿Qué haré?».

Mientras le daba vueltas a lo que podía hacer, su mirada se encontró de pronto con una esterilla que había en el suelo, al lado de su cama. Era un regalo de bodas, y estaba tejida con pelo. Al punto pensó: «¡Ya lo tengo! Le daré un pelo de la esterilla. Se parece lo suficiente al mío para dar el pego». Se agachó y extrajo con mucho cuidado un pelo largo de la esterilla; a continuación, tocó la campanilla, y, cuando el criado respondió, le dio el pelo y le dijo que se lo diera al anciano de la veranda.

El criado, visiblemente horrorizado por la idea, se resistió.

—No debe dar pelo —dijo—. Él no debe tener pelo.

—Haga lo que le digo —insistió la señora Ross. Y el nativo se retiró.

Al cabo de un momento volvió y le dijo que el anciano se había ido.

La señora Ross soltó un profundo suspiro de alivio.

Cuando el capitán Ross llegó a casa aquella tarde, su esposa le contó lo ocurrido, y él montó en cólera y reprendió con dureza a los criados por haber permitido que el viejo hindú accediera a la veranda. A ella le dijo que había hecho muy bien, y que lo mejor sería olvidarse del asunto.

Una noche, en torno a una semana después, estaban los dos sentados en el comedor después de cenar. Eran alrededor de las once. El capitán Ross estaba fumando, y la señora Ross, sentada en un sillón. Los criados habían traído café y se habían retirado a sus habitaciones. El capitán Ross estaba fumándose un cigarrillo y removiendo lentamente el café, preocupado por su esposa, que se había sentido muy enferma durante toda la cena. No tenía la menor idea de lo que le ocurría, pues no la había visto nunca así. De pronto, separó su silla de la mesa, y su marido la vio ponerse en pie muy despacio, dar un paso hacia la ventana, extender los brazos, mecerse con flojedad y gemir débilmente.

En ese preciso instante, oyó un ruido en su habitación, justo encima de ellos: una especie de ¡flap, flap, flap! apagado que parecía desplazarse por el suelo. Miró a su mujer, y la vio alzar la vista sobresaltada.

Cogió el revólver que tenía a mano, se levantó de un salto y escuchó. El ruido continuaba: ¡flap, flap, flap! Fue hasta la puerta y la abrió con suavidad. El ruido fue volviéndose cada vez más nítido. Al poco lo oyó subiendo los últimos peldaños de la escalera, y bajándolos después: ¡flap, flap, flap!

El capitán Ross salió corriendo al pasillo, y en la penumbra vio algo que subía las escaleras. Disparó al punto del que provenía el ruido, pero siguió oyéndose. Disparó una segunda vez, e incluso una tercera. A pesar de todo, el ruido continuó por la veranda, y lo oyó atravesando el jardín.

El ruido de los disparos despertó a los criados, que entraron precipitadamente con velas. La señora Ross salió a tientas y tambaleándose a la veranda, y su marido se precipitó en pos del supuesto ladrón, pero, para su sorpresa, no había nadie allí.

Mientras miraban, su mujer emitió una fuerte exclamación y lo agarró del brazo.

—¡Dios mío! —gritó—. ¡Fíjate en eso!

La esterilla china de su dormitorio, con tres agujeros quemados por donde las balas la habían atravesado, estaba en ese momento cruzando el jardín.