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La Cosa invisible - William Hope Hodgson (Parte 2 y última)

»Me había puesto en pie en el instante en que me di cuenta de que nada se cernía sobre mí, y ahora estaba decidido a revisar el presbiterio y a comprobar si la daga se había movido. Así que abandoné el banco y salí al pasillo central, donde me detuve bruscamente, pues una repugnancia casi irresistible me impedía avanzar hacia aquella parte de la capilla. 

»Un escalofrío constante y singular me recorría la columna vertebral arriba y abajo, y un dolor sordo se apoderó de la parte inferior de la espalda, como si luchara conmigo mismo para dominar aquella repentina sensación de terror y horror. Les diré que nadie que no haya pasado por ese tipo de experiencia puede hacerse una idea del dolor físico y real que produce, consecuencia de la intensa tensión nerviosa que esos terrores sobrenaturales provocan en el sistema nervioso. Permanecí inmóvil, sintiéndome claramente enfermo. 

»Pero conseguí reponerme en cosa de medio minuto, y eché a andar, supongo que con la misma gracia que un autómata de hojalata, moviendo continuamente la linterna de izquierda a derecha y de atrás hacia delante y sobre mi cabeza. Y la mano con la que empuñaba el revólver sudaba tanto que el arma casi se me resbala. No suena muy heroico, ¿verdad? 

»Atravesé el breve presbiterio y llegué al peldaño que conducía a la pequeña puerta de la verja del presbiterio. Dirigí la luz de la linterna hacia la daga. Sí, pensé, todo está en orden. De pronto me pareció que faltaba algo, y me incliné hacia delante para mirar por encima de la verja, manteniendo la luz en alto. Mi sospecha había sido espantosamente acertada. La daga no estaba. Solo la vaina en forma de cruz seguía suspendida sobre el altar.

»Un repentino y aterrado fogonazo de la imaginación hizo que me imaginara la daga moviéndose a uno y otro lado de la capilla, como con voluntad propia, pues fuera cual fuera la fuerza que la guiaba, desde luego no era visible. Me volví hacia la izquierda para mirar aterrorizado a mi espalda, alzando la linterna para ayudar a mis ojos. En ese mismo instante recibí un tremendo golpe en el lado izquierdo del pecho, y me desplomé hacia atrás, cayendo al pasillo, mi armadura resonando con fuerza en el horrible silencio. 

»Aterricé de espaldas y me deslicé a lo largo del pulido mármol. Golpeé con el hombro izquierdo uno de los bancos de la primera fila, y eso me incorporó, medio aturdido. Luché por ponerme en pie, terriblemente mareado y dolorido, pero el miedo que me dominaba hizo que no me importara. Había perdido la linterna y el revólver, y estaba tan desorientado que no sabía dónde estaba. Agaché la cabeza y huí en la completa oscuridad para golpearme contra un banco. Salté hacia atrás, tambaleándome, me recuperé un poco y corrí al centro del pasillo, tapándome el rostro con los brazos envueltos en cota de malla. Choqué contra mi cámara, tirándola entre los bancos. Me di contra la pila bautismal y me tambaleé hacia atrás. 

»Entonces vi que estaba en la salida. Busqué enloquecido la llave en el bolsillo de la bata. La encontré y palpé febrilmente la puerta buscando la cerradura. La encontré, metí la llave, la giré, abrí la puerta de golpe y salí. Cerré de un portazo y me apoyé contra ella, jadeando, mientras volvía a palpar enloquecido buscando la cerradura, esta vez para cerrar la puerta a lo que fuera que hubiera en la capilla. Lo conseguí y empecé a palpar estúpidamente las paredes del corredor buscando el camino. Llegué al salón, y poco después a mi habitación.

»Una vez en ella, me senté un tiempo hasta calmarme y recuperar un asomo de normalidad. Algo después comencé a quitarme la armadura y vi que tanto la cota de malla como el peto habían resultado traspasados a la altura del pecho. Y de pronto comprendí que aquella cosa había buscado mi corazón.

»Me desnudé con rapidez y descubrí que la piel del pecho, encima del corazón, había recibido un corte lo bastante profundo como para que un poco de sangre me manchara la camisa, pero nada más. Y tenía todo el pecho contusionado y me dolía terriblemente. Ya imaginarán lo que habría pasado de no llevar armadura. En todo caso, lo asombroso era que no hubiera perdido el conocimiento.

»Aquella noche no me acosté, sino que me quedé sentado en el borde de la cama, pensando y esperando el alba, pues si quería ocultar que había hecho un duplicado de la llave debía arreglar el desorden de la capilla antes de que sir Alfred Jarnock entrara en ella.

»En cuanto la pálida luz de la mañana fue lo bastante intensa como para mostrarme el interior de mi habitación, bajé en silencio a la capilla. Abrí la puerta calladamente y con los nervios en tensión. La gélida luz del alba iluminaba claramente el lugar… Todo parecía envuelto en una calma espectral y ultraterrena. ¿Entienden la sensación? Esperé varios minutos en la puerta a que aumentase la luz, y supongo que mi valor. Un extraño rayo luminoso del sol naciente se filtraba por el gran ventanal de la fachada este, bañando toda la capilla con luz coloreada. Entonces hice un tremendo esfuerzo y me obligué a entrar.

»Recorrí el pasillo hasta donde había derribado mi cámara en la oscuridad. Las patas del trípode asomaban desde el interior de un banco, y esperaba encontrar la máquina hecha pedazos, pero no había sufrido más daño que la rotura del cristal en que se apoya la placa.

»Volví a colocar la cámara en la posición desde la que había tomado la última fotografía; pero retiré la placa que había expuesto con el flash y me la guardé en un bolsillo, lamentando no haber tomado otra foto cuando oí los extraños sonidos del presbiterio.

»Tras colocar la cámara fotográfica, fui al altar a recobrar la linterna y el revólver, que, como ya dije, había soltado al ser apuñalado. Encontré la linterna en el suelo, cerca del púlpito, irremediablemente deformada, con las cortinillas rotas. Debía haber seguido sujetando el revólver hasta que choqué con el banco, porque se encontraba en el suelo del pasillo, justo donde debía haber chocado con la esquina del banco. Estaba intacto.

»Tras recuperar ambos objetos, me dirigí hacia la verja del presbiterio, para ver si la daga había vuelto, o la habían devuelto, a su vaina sobre el altar. Pero antes de llegar tuve la sorpresa de descubrir la daga en el suelo del presbiterio, inmóvil y ominosa sobre el mármol pulimentado del suelo, a cosa de un metro de donde había sido golpeado. 

»Me pregunto si ustedes, si alguno de ustedes, puede comprender el nerviosismo que me asaltó al ver esa cosa. Salté hacia delante en un impulso súbito e irracional, y puse el pie sobre la daga para sujetarla allí. ¿Entienden lo que les digo? ¿De veras? Durante cosa de un minuto creo que fui incapaz de agacharme para cogerla. Cuando por fin lo hice y la tuve en las manos, se me pasó el susto, y al recuperar el raciocinio (y supongo que la luz del día) me sentí como un asno. Y esto me pareció natural, se lo aseguro. 

»Pero es que había sentido un miedo completamente desconocido para mí. ¡Y no lo digo por el mal chiste del asno! Me refiero a lo peculiar que me resultó descubrir en aquel momento un nuevo matiz o clase de miedo que hasta entonces había estado lejos de mi conocimiento o imaginación. ¿No les parece?

»Examiné minuciosamente la daga, dándole vueltas una y otra vez entre las manos, y me di cuenta de que lo hacía sin llegar a empuñarla. Era como si de un modo inconsciente me sorprendiera el que no se moviera en mis manos. Pero esa sensación desapareció. La extraña arma no presentaba signo alguno de haber apuñalado a alguien, aunque el color oscuro de la hoja era ligeramente más claro en la redondeada punta que había traspasado la armadura.

»Una vez concluí el examen de la daga, subí el peldaño del presbiterio y crucé la puertecita de la verja. A continuación, me arrodillé sobre el altar, devolví la daga a su vaina y volví a cruzar la verja, cerrando la puertecita detrás de mí y sintiéndome muy a disgusto por dejar esa horrible arma en su lugar acostumbrado. 

»Sin pararme a analizar a fondo mis sentimientos, yo diría que tenía la convicción irracional, y nada consciente, de que la probabilidad de peligro era mayor con ella en el lugar donde había estado los últimos cinco siglos que estando fuera de él. Pero cuando recuerdo el aspecto “ominoso” que parecía tener esa cosa en el suelo del presbiterio, no creo que esta sea una buena explicación. 

»Solo sé que, una vez devolví la daga a su sitio, tuve un ataque de nervios y solo me detuve a recoger la linterna de donde la había dejado, sin dejar de mirar el arma, tras lo cual me alejé a paso raudo por el pasillo y salí de ese lugar.

»Una vez cerré la puerta detrás de mí, me di cuenta de lo considerable que había sido mi tensión nerviosa. Ya no consideraba al anciano sir Alfred un hipocondríaco por tomar tantísimas precauciones con la capilla. Y de pronto me pregunté si no estaría al tanto de alguna tragedia pasada relacionada con la daga.

»Regresé a mi habitación, me lavé, me afeité y me vestí, tras lo cual leí un poco. Luego bajé la escalera y pedí al mayordomo en funciones que me preparara algunos bocadillos y una taza de café.

»Media hora más tarde me dirigía a Burtontree, caminando todo lo deprisa que podía, ya que se me había ocurrido una idea que estaba ansioso por poner en práctica. Llegué al pueblo poco antes de las ocho y media, y encontré al fotógrafo con la puerta aún cerrada. No esperé, y llamé hasta que apareció sin la bata de trabajo, claro indicio de que aún no había acabado de desayunar. Le expliqué en pocas palabras que quería usar su cuarto oscuro inmediatamente, y al instante lo puso a mi disposición.

»Había llevado conmigo la placa que había tomado con flash, y en cuanto estuve listo empecé su revelado. Pero no fue esa la placa que metí primero en la solución, sino la segunda, la que había estado en la cámara todo el tiempo que yo había esperado a oscuras. Recordarán que había dejado todo el tiempo el objetivo destapado, por lo que el presbiterio había estado, por así decirlo, bajo observación.

»Todos ustedes conocen mis experimentos con “fotografía sin luz”, o sea con luz no visible, inspirados en los trabajos que se han hecho con rayos X. Pero deben entender que, pese a intentar revelar esa placa “no expuesta”, no tenía ninguna idea clara de cuál sería el resultado, apenas la vaga esperanza de que pudiera mostrarme algo.

»Fue esa posibilidad lo que me hizo observar con el mayor interés y concentración la acción del líquido revelador sobre la placa. Por fin vi aparecer una ligera mancha negra en la parte superior, seguida de otras, indefinidas y de contornos imprecisos. Cogí el negativo y lo acerqué a la luz. Las manchas eran bastante pequeñas y prácticamente se concentraban en uno de los extremos de la placa, y, como ya he dicho, les faltaba definición. Aun así, bastaron para excitarme, por lo que volví a sumergirla en la solución.

»La observé durante varios minutos, sacándola una o dos veces para un examen más detenido, pero sin conseguir imaginarme lo que podían representar aquellas manchas, hasta que de pronto pensé que en uno o dos lugares su forma sugería la cruz de la daga. Pero eran formas tan indefinidas que me inducían a la prudencia y no dejarme impresionar en exceso por tan incómoda semejanza, aunque debo confesar que esa simple idea bastaba para suscitarme algunos escalofríos.

»Prolongué algo más el revelado, puse el negativo en el hiposulfito y empecé a trabajar con la otra placa. Se reveló sin problemas y pronto tuve un negativo bastante decente, similar en todos los aspectos (salvo en la diferencia de luz) al tomado el día anterior. Tras fijarlo y lavarlo unos minutos con agua del grifo junto al que no había estado “expuesto”, los dejé durante quince minutos en una solución de alcohol desnaturalizado, tras lo cual los llevé a la cocina del fotógrafo y los sequé en el horno.

»Mientras se secaban las placas, el fotógrafo y yo hicimos una ampliación del negativo tomado con luz de día. Luego hicimos lo mismo con los dos que acababa de revelar, lavándolos lo más deprisa posible, pues no quería dejar huellas en ellos, y los secamos con alcohol.

»Una vez hecho esto los llevé a la ventana y los examiné a fondo, empezando por el que parecía mostrar oscuras dagas en varios lugares. Pero ni siquiera la ampliación me convencía de que las marcas representaran algo anormal. Por ello la dejé a un lado, decidido a no permitir que mi imaginación viera armas en aquellos contornos indefinidos.

»Cogí las otras dos ampliaciones que, como recordarán, las dos eran del presbiterio, y empecé a compararlas. Las examiné durante algunos minutos, sin distinguir diferencia alguna en la escena captada, hasta que, de pronto, vi algo en lo que diferían. En la segunda ampliación, la del negativo tomado con flash, la daga no estaba en su vaina. Pero yo estaba seguro de que estaba enfundada minutos antes de tomar la fotografía.

»Tras aquel descubrimiento me puse a comparar las dos ampliaciones de un modo muy diferente a mi anterior examen. Le pedí al fotógrafo una regla graduada y llevé a cabo una comparación metódica y exacta de los detalles de ambas fotografías.

»De pronto tropecé con algo que me llenó de excitación. Dejé la regla, pagué al fotógrafo y abandoné la tienda, saliendo a la calle. Me llevaba las tres ampliaciones, tras enrollarlas a medida que caminaba. Tuve la suerte de encontrar un coche de punto en una esquina de aquella misma calle, con lo que no tardé en volver al castillo.

»Me apresuré a subir a mi habitación para dejar allí las fotografías, y bajé en busca de sir Alfred Jarnock, pero me encontré con el señor George Jarnock, que me dijo que su padre estaba demasiado indispuesto para levantarse, y que prefería que nadie entrase en la capilla mientras él no se levantase.

»El joven Jarnock medio se deshizo en disculpas por su padre, resaltando el hecho de que quizá sir Alfred se mostraba prudente en exceso, pero que, considerando lo sucedido, debía admitir que las precauciones estaban justificadas. También añadió que su padre se había comportado siempre así, incluso antes del horrible ataque sufrido por el mayordomo, llevando siempre la llave encima y sin permitir el acceso al lugar salvo para el servicio religioso, y para la hora diaria en que se efectuaba la limpieza antes de mediodía.

»Asentí con la cabeza a todo ello, pero, en cuanto el joven se fue, cogí mi duplicado de la llave y me dirigí a la capilla. Entré y la cerré tras de mí, y procedí a realizar algunos experimentos particularmente interesantes e incluso singulares. Todos los realicé con éxito, hasta el punto de que abandoné el lugar sumido en un estado de febril excitación. Pregunté por el señor George Jarnock, y me dirigieron al saloncito.

»—Venga conmigo —dije cuando lo encontré—. Écheme una mano, por favor. Tengo que mostrarle algo peculiar en extremo.

»Era evidente que estaba sumamente perplejo, pero me siguió enseguida. Hizo un montón de preguntas mientras caminábamos, a las cuales contesté negando con la cabeza y rogándole que esperase un poco.

»Lo conduje a la armería. Allí le sugerí que cogiera a un maniquí vestido con armadura por un lado, mientras yo lo cogía por el otro. Él asintió, aunque evidentemente extrañado, y entre los dos nos lo llevamos hasta la puerta de la capilla. 

»Cuando me vio sacar la llave y abrir, pareció aún más estupefacto, pero se contuvo, sin duda esperando una explicación por mi parte. Entramos en la capilla y cerré la puerta detrás de nosotros, tras lo cual transportamos el maniquí con su armadura hasta la puerta de la verja, donde lo dejamos descansando en la tarima circular de madera.

»—¡Atrás! —grité de repente cuando el joven Jarnock hizo ademán de abrir la puerta—. ¡Por Dios, hombre, no haga eso!

»—¿Que no haga qué? —preguntó, medio perplejo y medio irritado por mis palabras y modales.

»—Un instante —dije—. Hágase un momento a un lado y observe.

»Se apartó hacia la izquierda mientras yo cogía el maniquí entre mis brazos y lo ponía de cara al altar, de forma que quedase cerca de la puertecita. Entonces, manteniéndome bien apartado a la derecha, empujé al maniquí por detrás, para que presionara ligeramente la puerta, abriéndola. En ese mismo instante, el maniquí recibió un golpe tremendo que lo arrojó hasta el pasillo, con su armadura rebotando sonora y estruendosamente contra el pulido mármol del suelo.

»—¡Cielo santo! —exclamó el joven Jarnock, apartándose de la verja, con el rostro muy pálido.

»—Acérquese y mire esa cosa —dije, y lo conduje hasta donde había caído el maniquí, cuyas extremidades superiores aparecían curiosamente desarticuladas, en extraña contorsión.

»Me incliné sobre él y señalé con el dedo. Allí, justo en medio del peto de grueso acero, estaba clavada “la daga del dolor”.

»—¡Cielo santo! —repitió el joven Jarnock—. ¡Cielo santo! ¡Es la daga! ¡Esta cosa ha sido apuñalada del mismo modo que Bellet!

»—Sí —repliqué, y le vi echar un rápido vistazo hacia la entrada de la capilla. Pero debo hacerle justicia y decir que no se movió ni un centímetro.

»—Venga a ver cómo ha pasado —dije, y le guié de vuelta a la verja del presbiterio.

»De la pared situada a la izquierda del altar, descolgué un instrumento de hierro, largo y curiosamente adornado, muy similar a una lanza corta. Inserté la punta en un agujero situado en el poste izquierdo de la puerta de la verja. Hice fuerza hacia arriba y el poste se dividió verticalmente en dos partes y una de ellas se inclinó hacia atrás, hacia el altar, como si tuviera bisagras en la base. 

»Esa parte siguió inclinándose, dejando la otra mitad del poste todavía en pie. Seguí empujando la parte movediza y bajándola, hasta que se oyó un chasquido y una parte del suelo se deslizó a un lado, mostrando una cavidad alargada y poco profunda, que bastaba para contener esa mitad transversal del poste. Apoyé todo mi peso en la palanca y la hice entrar en el nicho. A continuación se oyó un sonido metálico, como el de algún tope moviéndose para contener el potente resorte que se había puesto en marcha.

»Luego fui a por el maniquí y, tras unos instantes de forcejeo, conseguí sacar la daga de la armadura. Coloqué la empuñadura de la antigua arma en un agujero situado en la parte superior del poste, donde encajó sin problemas con la punta hacia arriba. 

»Tras esto volví a coger mi palanca y a empujar con fuerza, haciendo descender el poste unos treinta centímetros más, hasta el fondo de la cavidad, alojándolo en ella con otro chasquido. Retiré la palanca, y la estrecha sección de suelo volvió a su primitiva posición, ocultando poste y daga, sin que se distinguiera de la superficie que lo circundaba.

»Entonces cerré la puerta de la verja y los dos nos colocamos a un lado. Cogí mi palanca y empujé la puerta con ella, abriéndola. Al instante se oyó un ruido sordo, y algo atravesó el aire con un silbido, golpeando la pared de la capilla. Era la daga. Entonces indiqué a Jarnock que la otra mitad del poste había vuelto a su lugar, adquiriendo un aspecto tan sólido como el que se encontraba a la derecha de la puerta.

»—¡Ahí la tiene! —dije, volviéndome hacia el joven y dando una palmada al montante que podía separarse en dos—. Esa es la cosa “invisible” que usaba la daga, pero ¿quién diablos es la persona que pone la trampa? —repuse mirándolo fijamente.

»—Mi padre es el único con llave —dijo—. Así que es prácticamente imposible que alguien entre a hacer nada.

»Volví a mirarlo, pues era obvio que seguía sin llegar a una conclusión.

»—Verá, señor Jarnock —dije, quizá con más brusquedad de la que debiera, considerando lo que debía decirle—, ¿está usted totalmente seguro de que sir Alfred se encuentra… mentalmente equilibrado?

»Me miró medio espantado y se ruborizó lentamente. Entonces me di cuenta de lo poco delicado que había sido con mi pregunta.

»—No… no lo sé —respondió, tras una breve pausa, y después guardó silencio, salvo por uno o dos comentarios incoherentes.

»—Diga la verdad. ¿No ha sospechado nada en alguna ocasión? No tema contármelo.

»—Bueno —respondió despacio—. Admito que a veces he pensado que padre estaba algo… algo raro. Quizá. A veces. Pero siempre he querido pensar que me equivocaba. Siempre esperé que nadie más se diera cuenta. Verá, quiero mucho al viejo.

»—Con razón —dije, tras asentir con la cabeza—. No hay ninguna necesidad de organizar un escándalo por lo sucedido. Pero deberíamos hacer algo discretamente. Sin ruido, ya sabe. Creo que usted debería tener una charla con su padre para decirle que hemos descubierto lo de esta cosa —añadí tocando el poste.

»El joven Jarnock, muy agradecido por mi consejo, me estrechó la mano con fuerza, cogió mi llave y salió de la capilla. Regresó cerca de una hora después, con aire alterado. Me dijo que mis conclusiones eran por completo acertadas. Había sido sir Alfred Jarnock quien ponía la trampa, tanto la noche en que casi muere el mayordomo como la noche de la víspera. 

»De hecho, parecía ser que hacía muchos años que el anciano señor venía poniéndola en marcha cada noche. Había conocido su existencia por un antiguo manuscrito de la biblioteca del castillo. Se había concebido y usado en eras pretéritas para proteger los cálices de oro del rito, que parece ser que se guardaban en un nicho oculto en la parte posterior del altar.

»Sir Alfred Jarnock había utilizado aquel nicho para ocultar en secreto las joyas de su esposa, que había muerto doce años antes. El joven me contó que su padre no había vuelto a ser el mismo desde entonces.

»Le mencioné que me tenía desconcertado que la noche en que alcanzó al mayordomo se hubiera dispuesto la trampa antes del servicio, pues, si le había entendido bien, su padre acostumbraba a poner la trampa a última hora de la noche para desconectarla en la mañana antes de que alguien entrase en la capilla. Él me contestó que su padre, en un momento de pérdida de memoria (por otra parte natural en su neurótico estado), debía haberla dispuesto demasiado pronto, siendo eso lo que había estado a punto de provocar una tragedia.

»Nada más puedo contarles del asunto. Por lo que pude descubrir, el anciano no está loco en el sentido popular de la palabra. Es extremadamente neurótico y ha desarrollado cierta hipocondría, probablemente debido a la impresión y la pena ocasionadas por la muerte de su esposa, lo cual lo abocó a largos años de tristes meditaciones y a un exceso de soledad y fúnebres pensamientos. De hecho, el joven Jarnock me contó que su padre a veces se pasaba horas enteras rezando en la capilla.

Carnacki acabó de hablar y se inclinó hacia delante para rellenar la pipa.

—Pero no nos ha contado cómo descubrió el secreto del poste dividido, ni todo lo demás —dije, hablando por los cuatro.

—¡Ah, eso! —replicó Carnacki, dando unas vigorosas bocanadas a la pipa—. Al comparar las fotos, descubrí que la que había tomado de día mostraba que el poste izquierdo de la puerta de la verja tenía mayor grosor que la tomada de noche con flash. Eso fue lo que me puso sobre la pista. Comprendí al momento que el fondo del asunto debía estar en algún truco mecánico, y no en algo de naturaleza sobrenatural. Examiné el poste, y el resto fue sencillo, como han visto.

Se levantó y fue hasta la repisa de la chimenea.

—Por cierto, quizá están interesados en echar un vistazo a la llamada «daga del dolor». El joven Jarnock tuvo la amabilidad de regalármela, como pequeño recuerdo de mi aventura.

Nos la pasó para que la examináramos, mientras él guardaba silencio ante el fuego, dando bocanadas a su pipa con aire meditabundo.

—Jarnock y yo hicimos lo necesario para que la trampa no volviera a funcionar —comentó al cabo de unos momentos—. Como ven, yo tengo la daga, y el viejo Bellet ya puede levantarse, así que el asunto ha podido acallarse con discreción. A pesar de todo, supongo que la capilla jamás perderá su reputación de lugar peligroso. Y ahora ya es seguro guardar en ella objetos de valor.

—Hay dos cosas que todavía no ha explicado —dije—. ¿Qué cree que fue lo que hizo aquellos sonidos metálicos cuando estaba a oscuras en la capilla? ¿Y cree que los pasos apagados eran reales, o solo imaginados, producto del cansancio y la tensión?

—No sé con seguridad a qué se debían los sonidos metálicos —replicó Carnacki—. Es algo que me tiene un tanto desconcertado. Solo se me ocurre que el resorte que hacía funcionar el poste debió «ceder» un poco, desplazándose ligeramente en su escondrijo. De suceder así, y dada la tensión que soportaba, debió hacer un ruido muy fuerte. Y cualquier sonido, por débil que sea, llega muy lejos en medio de la noche cuando uno piensa en «fantasmas». Supongo que me entienden.

—Sí —concedí—. ¿Y los otros sonidos?

—Bueno, pues lo mismo… Quiero decir que el extraordinario silencio puede explicar eso. Pudieron ser sonidos corrientes a los que no se presta atención en condiciones normales, o quizá solo imaginaciones mías. Es imposible decirlo. A mí me resultaron desagradablemente reales. En cuanto al ruido de algo reptando, estoy casi seguro de que una de las patas del trípode de mi cámara se deslizó unos centímetros, y en ese caso bien pudo hacer que se cayera la tapa del objetivo, lo cual explicaría el golpecito seco que oí a continuación.

—¿Cómo explica que la daga estuviese en su sitio, sobre el altar, la primera vez que la examinó aquella noche? —pregunté
—. ¿Cómo podía estar allí si en ese mismo momento estaba en la trampa?

—¡Ese fue mi error! —replicó Carnacki—. La daga no podía estar en la vaina, pero yo creí que sí lo estaba. Comprendan que la extraña forma en cruz de la vaina hace creer que está el arma completa. Su empuñadura sobresale muy poco de la parte superior de la vaina… ¡Todo un inconveniente para quien quiera desenvainarla con rapidez!

Asintió mientras nos miraba y bostezó, mirando entonces el reloj.

—¡Fuera todos! —dijo con tono amistoso, usando su frase habitual—. Quiero irme a la cama.

Nos levantamos, le estrechamos la mano y nos precipitamos a la noche y el silencio del camino, rumbo a nuestras casas.

Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 3)

 He dicho ya que sus caprichos eran muchos y variados, y que je les ménageais (pues no hay traducción posible de la frase). En esta oportunidad Dupin rehusó toda conversación vinculada con los asesinatos, hasta el día siguiente a mediodía. Entonces, súbitamente, me preguntó si había observado alguna cosa peculiar en el escenario de aquellas atrocidades.

Algo había en su manera de acentuar la palabra, que me hizo estremecer sin que pudiera decir por qué.

—No, nada peculiar —dije—. Por lo menos, nada que no hayamos encontrado ya referido en el diario.

—Me temo —repuso Dupin— que la Gazette no haya penetrado en el insólito horror de este asunto. Pero dejemos de lado las vanas opiniones de ese diario. Tengo la impresión de que se considera insoluble este misterio por las mismísimas razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a lo outré de sus características. 

»La policía se muestra confundida por la aparente falta de móvil, y no por el asesinato en sí, sino por su atrocidad. Está asimismo perpleja por la aparente imposibilidad de conciliar las voces que se oyeron disputando, con el hecho de que en lo alto solo se encontró a la difunta mademoiselle L’Espanaye, aparte de que era imposible escapar de la casa sin que el grupo que ascendía la escalera lo notara. 

»El salvaje desorden del aposento; el cadáver metido, cabeza abajo, en la chimenea; la espantosa mutilación del cuerpo de la anciana, son elementos que, junto con los ya mencionados y otros que no necesito mencionar, han bastado para paralizar la acción de los investigadores policiales y confundir por completo su tan alabada perspicacia. Han caído en el grueso pero común error de confundir lo insólito con lo abstruso. 

»Pero, justamente a través de esas desviaciones del plano ordinario de las cosas, la razón se abrirá paso, si ello es posible, en la búsqueda de la verdad. En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse tanto «qué ha ocurrido», como «qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada ocurrido anteriormente». En una palabra, la facilidad con la cual llegaré o he llegado a la solución de este misterio se halla en razón directa de su aparente insolubilidad a ojos de la policía.

Me quedé mirando a mi amigo con silenciosa estupefacción.

—Estoy esperando ahora —continuó Dupin, mirando hacia la puerta de nuestra habitación— a alguien que, si bien no es el perpetrador de esas carnicerías, debe de haberse visto envuelto de alguna manera en su ejecución. Es probable que sea inocente de la parte más horrible de los crímenes. 

»Confío en que mi suposición sea acertada, pues en ella se apoya toda mi esperanza de descifrar completamente el enigma. Espero la llegada de ese hombre en cualquier momento... y en esta habitación. Cierto que puede no venir, pero lo más probable es que llegue. Si así fuera, habrá que retenerlo. He ahí unas pistolas; los dos sabemos lo que se puede hacer con ellas cuando la ocasión se presenta.

Tomé las pistolas, sabiendo apenas lo que hacía y, sin poder creer lo que estaba oyendo, mientras Dupin, como si monologara, continuaba sus reflexiones. Ya he mencionado su actitud abstraída en esos momentos. Sus palabras se dirigían a mí, pero su voz, aunque no era forzada, tenía esa entonación que se emplea habitualmente para dirigirse a alguien que se halla muy lejos. Sus ojos, privados de expresión, solo miraban la pared.

—Las voces que disputaban y fueron oídas por el grupo que trepaba la escalera —dijo— no eran las de las dos mujeres, como ha sido bien probado por los testigos. Con esto queda eliminada toda posibilidad de que la anciana señora haya matado a su hija, suicidándose posteriormente. Menciono esto por razones metódicas, ya que la fuerza de madame de L’Espanaye hubiera sido por completo insuficiente para introducir el cuerpo de su hija en la chimenea, tal como fue encontrado, amén de que la naturaleza de las heridas observadas en su cadáver excluye toda idea de suicidio. 

»El asesinato, pues, fue cometido por terceros, y a estos pertenecían las voces que se escucharon mientras disputaban. Permítame ahora llamarle la atención, no sobre las declaraciones referentes a dichas voces, sino a algo peculiar en esas declaraciones. ¿No lo advirtió usted?

Hice notar que, mientras todos los testigos coincidían en que la voz más ruda debía ser la de un francés, existían grandes desacuerdos sobre la voz más aguda o —como la calificó uno de ellos— la voz áspera.

—Tal es el testimonio en sí —dijo Dupin—, pero no su peculiaridad. Usted no ha observado nada característico. Y, sin embargo, había algo que observar. Como bien ha dicho, los testigos coinciden sobre la voz ruda. Pero, con respecto a la voz aguda, la peculiaridad no consiste en que estén en desacuerdo, sino en que un italiano, un inglés, un español, un holandés y un francés han tratado de describirla, y cada uno de ellos se ha referido a una voz extranjera. Cada uno de ellos está seguro de que no se trata de la voz de un compatriota. 

»Cada uno la vincula, no a la voz de una persona perteneciente a una nación cuyo idioma conoce, sino a la inversa. El francés supone que es la voz de un español, y agrega que «podría haber distinguido algunas palabras si hubiera sabido español». El holandés sostiene que se trata de un francés, pero nos enteramos de que, como no habla francés, testimonió mediante un intérprete. El inglés piensa que se trata de la voz de un alemán, pero el testigo no comprende el alemán. El español «está seguro» de que se trata de un inglés, pero «juzga basándose en la entonación», ya que no comprende el inglés. El italiano cree que es la voz de un ruso, pero nunca habló con un nativo de Rusia

»Un segundo testigo francés difiere del primero y está seguro de que se trata de la voz de un italiano. No está familiarizado con la lengua italiana, pero al igual que el español, «está convencido por la entonación». Ahora bien: ¡cuán extrañamente insólita tiene que haber sido esa voz para que pudieran reunirse semejantes testimonios! ¡Una voz en cuyos tonos los ciudadanos de las cinco grandes divisiones de Europa no pudieran reconocer nada familiar! 

»Me dirá usted que podía tratarse de la voz de un asiático o un africano. Ni unos ni otros abundan en París, pero, sin negar esa posibilidad, me limitaré a llamarle la atención sobre tres puntos. Un testigo califica la voz de «áspera, más que aguda». Otros dos señalan que era «precipitada y desigual». Ninguno de los testigos se refirió a palabras reconocibles, a sonidos que parecieran palabras.

»No sé —continuó Dupin— la impresión que pudo haber causado hasta ahora en su entendimiento, pero no vacilo en decir que cabe extraer deducciones legítimas de esta parte del testimonio —la que se refiere a las voces ruda y aguda—, suficientes para crear una sospecha que debe de orientar todos los pasos futuros de la investigación del misterio. 

»Digo «deducciones legítimas», sin expresar plenamente lo que pienso. Quiero dar a entender que las deducciones son las únicas que corresponden, y que la sospecha surge inevitablemente como resultado de las mismas. No le diré todavía cuál es esta sospecha. Pero tenga presente que, por lo que a mí se refiere, bastó para dar forma definida y tendencia determinada a mis investigaciones en el lugar del hecho.

»Transportémonos ahora con la fantasía a esa habitación. ¿Qué buscaremos en primer lugar? Los medios de evasión empleados por los asesinos. Supongo que bien puedo decir que ninguno de los dos cree en acontecimientos sobrenaturales. Madame y mademoiselle L’Espanaye no fueron asesinadas por espíritus. Los autores del hecho eran de carne y hueso, y escaparon por medios materiales. ¿Cómo, pues? 

»Afortunadamente, solo hay una manera de razonar sobre este punto, y esa manera debe conducirnos a una conclusión definida. Examinemos uno por uno los posibles medios de escape. Resulta evidente que los asesinos se hallaban en el cuarto donde se encontró a mademoiselle L’Espanaye, o por lo menos en la pieza contigua, en momentos en que el grupo subía las escaleras. Vale decir que debemos buscar las salidas en esos dos aposentos. 

»La policía ha levantado los pisos, los techos y la mampostería de las paredes en todas direcciones. Ninguna salida secreta pudo escapar a sus observaciones. Pero como no me fío de sus ojos, miré el lugar con los míos. Efectivamente, no había salidas secretas. Las dos puertas que comunican las habitaciones con el corredor estaban bien cerradas, con las llaves por dentro. Veamos ahora las chimeneas. 

»Aunque de diámetro ordinario en los primeros ocho o diez pies por encima de los hogares, los tubos no permitirían más arriba el paso del cuerpo de un gato grande. Quedando así establecida la total imposibilidad de escape por las vías mencionadas nos vemos reducidos a las ventanas. Nadie podría haber huido por la del cuarto delantero, ya que la muchedumbre reunida lo hubiese visto. 

»Los asesinos tienen que haber pasado, pues, por las de la pieza trasera. Llevados a esta conclusión de manera tan inequívoca, no nos corresponde, en nuestra calidad de razonadores, rechazarla por su aparente imposibilidad. Lo único que cabe hacer es probar que esas aparentes «imposibilidades» no son tales en realidad.

»Hay dos ventanas en el aposento. Contra una de ellas no hay ningún mueble que la obstruya, y es claramente visible. La porción inferior de la otra queda oculta por la cabecera del pesado lecho, que ha sido arrimado a ella. La primera ventana apareció firmemente asegurada desde dentro. Resistió los más violentos esfuerzos de quienes trataron de levantarla. 

»En el marco, a la izquierda, había una gran perforación de barreno, y en ella un solidísimo clavo hundido casi hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se vio que había un clavo colocado en forma similar; todos los esfuerzos por levantarla fueron igualmente inútiles. La policía, pues, se sintió plenamente segura de que la huida no se había producido por ese lado. Y, por tanto, consideró superfluo extraer los clavos y abrir las ventanas.

»Mi examen fue algo más detallado, y eso por la razón que acabo de darle: allí era el caso de probar que todas las aparentes imposibilidades no eran tales en realidad.

»Seguí razonando en la siguiente forma... a posteriori. Los asesinos escaparon desde una de esas ventanas. Por tanto, no pudieron asegurar nuevamente los marcos desde el interior, tal como fueron encontrados (consideración que, dado lo obvio de su carácter, interrumpió la búsqueda de la policía en ese terreno). Los marcos estaban asegurados. Es necesario, pues, que tengan una manera de asegurarse por sí mismos. 

»La conclusión no admitía escapatoria. Me acerqué a la ventana que tenía libre acceso, extraje con alguna dificultad el clavo y traté de levantar el marco. Tal como lo había anticipado, resistió a todos mis esfuerzos. Comprendí entonces que debía de haber algún resorte oculto, y la corroboración de esta idea me convenció de que por lo menos mis premisas eran correctas, aunque el detalle referente a los clavos continuara siendo misterioso. Un examen detallado no tardó en revelarme el resorte secreto. Lo oprimí y, satisfecho de mi descubrimiento, me abstuve de levantar el marco.

»Volví a poner el clavo en su sitio y lo observé atentamente. Una persona que escapa por la ventana podía haberla cerrado nuevamente, y el resorte habría asegurado el marco. Pero, ¿cómo reponer el clavo? La conclusión era evidente y estrechaba una vez más el campo de mis investigaciones. Los asesinos tenían que haber escapado por la otra ventana. 

»Suponiendo, pues, que los resortes fueran idénticos en las dos ventanas, como parecía probable, necesariamente tenía que haber una diferencia entre los clavos, o por lo menos en su manera de estar colocados. Trepando al armazón de la cama, miré minuciosamente el marco de sostén de la segunda ventana. Pasé la mano por la parte posterior, descubriendo en seguida el resorte que, tal como había supuesto, era idéntico a su vecino. Miré luego el clavo. Era tan sólido como el otro y aparentemente estaba fijo de la misma manera y hundido casi hasta la cabeza.

»Pensará usted que me sentí perplejo, pero si así fuera no ha comprendido la naturaleza de mis inducciones. Para usar una frase deportiva, hasta entonces no había cometido falta. No había perdido la pista un solo instante. Los eslabones de la cadena no tenían ninguna falla. Había perseguido el secreto hasta su última conclusión: y esa conclusión era el clavo

»Ya he dicho que tenía todas las apariencias de su vecino de la otra ventana; pero el hecho, por más concluyente que pareciera, resultaba de una absoluta nulidad comparado con la consideración de que allí, en ese punto, se acababa el hilo conductor. «Tiene que haber algo defectuoso en el clavo», pensé. Al tocarlo, su cabeza quedó entre mis dedos juntamente con un cuarto de pulgada de la espiga. El resto de la espiga se hallaba dentro del agujero, donde se había roto. 

»
La fractura era muy antigua, pues los bordes aparecían herrumbrados, y parecía haber sido hecho de un martillazo, que había hundido parcialmente la cabeza del clavo en el marco inferior de la ventana. Volví a colocar cuidadosamente la parte de la cabeza en el lugar de donde la había sacado, y vi que el clavo daba la exacta impresión de estar entero; la fisura resultaba invisible. Apretando el resorte, levanté ligeramente el marco; la cabeza del clavo subió con él, sin moverse de su lecho. Cerré la ventana, y el clavo dio otra vez la impresión de estar dentro.

»Hasta ahora, el enigma quedaba explicado. El asesino había huido por la ventana que daba a la cabecera del lecho. Cerrándose por sí misma (o quizá ex profeso) la ventana había quedado asegurada por su resorte. Y la resistencia ofrecida por este había inducido a la policía a suponer que se trataba del clavo, dejando así de lado toda investigación suplementaria.

»La segunda cuestión consiste en el modo del descenso. Mi paseo con usted por la parte trasera de la casa me satisfizo al respecto. A unos cinco pies y medio de la ventana en cuestión corre una varilla de pararrayos. Desde esa varilla hubiera resultado imposible alcanzar la ventana, y mucho menos introducirse por ella. 

»Observé, sin embargo, que las persianas del cuarto piso pertenecen a esa curiosa especie que los carpinteros parisienses denominan ferrades; es un tipo rara vez empleado en la actualidad, pero que se ve con frecuencia en casas muy viejas de Lyon y Bordeaux. Se las fabrica como una puerta ordinaria (de una sola hoja, y no de doble batiente), con la diferencia de que la parte inferior tiene celosías o tablillas que ofrecen excelente asidero para las manos. En este caso las persianas alcanzan un ancho de tres pies y medio. 

»Cuando las vimos desde la parte posterior de la casa, ambas estaban entornadas, es decir, en ángulo recto con relación a la pared. Es probable que también los policías hayan examinado los fondos del edificio; pero, si así lo hicieron, miraron las ferrades en el ángulo indicado, sin darse cuenta de su gran anchura; por lo menos no la tomaron en cuenta. Sin duda, seguros de que por esa parte era imposible toda fuga, se limitaron a un examen muy sumario. 

»Para mí, sin embargo, era claro que si se abría del todo la persiana correspondiente a la ventana situada sobre el lecho, su borde quedaría a unos dos pies de la varilla del pararrayos. También era evidente que, desplegando tanta agilidad como coraje, se podía llegar hasta la ventana trepando por la varilla. Estirándose hasta una distancia de dos pies y medio (ya que suponemos la persiana enteramente abierta), un ladrón habría podido sujetarse firmemente de las tablillas de la celosía. 

»Abandonando entonces su sostén en la varilla, afirmando los pies en la pared y lanzándose vigorosamente hacia adelante habría podido hacer girar la persiana hasta que se cerrara; si suponemos que la ventana estaba abierta en este momento, habría logrado entrar así en la habitación.

»Le pido que tenga especialmente en cuenta que me refiero a un insólito grado de vigor, capaz de llevar a cabo una hazaña tan azarosa y difícil. Mi intención consiste en demostrarle, primeramente, que el hecho pudo ser llevado a cabo; pero, en segundo lugar, y muy especialmente, insisto en llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi sobrenatural, de ese vigor capaz de cosa semejante.

»Usando términos judiciales, usted me dirá sin duda que para «redondear mi caso» debería subestimar y no poner de tal modo en evidencia la agilidad que se requiere para dicha proeza. Pero la práctica de los tribunales no es la de la razón. Mi objetivo final es tan solo la verdad. Y mi propósito inmediato consiste en inducirlo a que yuxtaponga la insólita agilidad que he mencionado a esa voz tan extrañamente aguda (o áspera) y desigual sobre cuya nacionalidad no pudieron ponerse de acuerdo los testigos y en cuyos acentos no se logró distinguir ningún vocablo articulado.

Al oír estas palabras pasó por mi mente una vaga e informe concepción de lo que quería significar Dupin. Me pareció estar a punto de entender, pero sin llegar a la comprensión, así como a veces nos hallamos a punto de recordar algo que finalmente no se concreta. Pero mi amigo seguía hablando.

—Habrá notado usted —dijo— que he pasado de la cuestión de la salida de la casa a la del modo de entrar en ella. Era mi intención mostrar que ambas cosas se cumplieron en la misma forma y en el mismo lugar. Volvamos ahora al interior del cuarto y examinemos lo que allí aparece. Se ha dicho que los cajones de la cómoda habían sido saqueados, aunque quedaron en ellos numerosas prendas. Esta conclusión es absurda. No pasa de una simple conjetura, bastante tonta por lo demás. ¿Cómo podemos asegurar que las ropas halladas en los cajones no eran las que estos contenían habitualmente? 

»Madame L’Espanaye y su hija llevaban una vida muy retirada, no veían a nadie, salían raras veces, y pocas ocasiones se les presentaban de cambiar de tocado. Lo que se encontró en los cajones era de tan buena calidad como cualquiera de los efectos que poseían las damas. Si un ladrón se llevó una parte, ¿por qué no tomó lo mejor... por qué no se llevó todo? En una palabra: ¿por qué abandonó cuatro mil francos en oro, para cargarse con un hato de ropa? El oro fue abandonado. 

»La suma mencionada por monsieur Mignaud, el banquero, apareció en su casi totalidad en los sacos tirados por el suelo. Le pido, por tanto, que descarte de sus pensamientos la desatinada idea de un móvil, nacida en el cerebro de los policías por esa parte del testimonio que se refiere al dinero entregado en la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que esta (la entrega del dinero y el asesinato de sus poseedores tres días más tarde) ocurren a cada hora de nuestras vidas sin que nos preocupemos por ellas. 

»En general, las coincidencias son grandes obstáculos en el camino de esos pensadores que todo lo ignoran de la teoría de las probabilidades, esa teoría a la cual los objetivos más eminentes de la investigación humana deben los más altos ejemplos. En esta instancia, si el oro hubiese sido robado, el hecho de que la suma hubiese sido entregada tres días antes habría constituido algo más que una coincidencia. Antes bien, hubiera corroborado la noción de un móvil. 

»Pero, dadas las verdaderas circunstancias del caso, si hemos de suponer que el oro era el móvil del crimen, tenemos entonces que admitir que su perpetrador era lo bastante indeciso y lo bastante estúpido como para olvidar el oro y el móvil al mismo tiempo.

»Teniendo, pues, presentes los puntos sobre los cuales he llamado su atención —la voz singular, la insólita agilidad y la sorprendente falta de móvil en un asesinato tan atroz como este—, echemos una ojeada a la carnicería en sí. Estamos ante una mujer estrangulada por la presión de unas manos e introducida en el cañón de la chimenea con la cabeza hacia abajo. 

»Los asesinos ordinarios no emplean semejantes métodos. Y mucho menos esconden al asesinado en esa forma. En el hecho de introducir el cadáver en la chimenea admitirá usted que hay algo excesivamente inmoderado, algo por completo inconciliable con nuestras nociones sobre los actos humanos, incluso si suponemos que su autor es el más depravado de los hombres. Piense, asimismo, en la fuerza prodigiosa que hizo falta para introducir el cuerpo hacia arriba, cuando para hacerlo descender fue necesario el concurso de varias personas.

»Volvámonos ahora a las restantes señales que pudo dejar ese maravilloso vigor. En el hogar de la chimenea se hallaron espesos (muy espesos) mechones de cabello humano canoso. Habían sido arrancados de raíz. Bien sabe usted la fuerza que se requiere para arrancar en esa forma veinte o treinta cabellos. Y además vio los mechones en cuestión tan bien como yo. Sus raíces (cosa horrible) mostraban pedazos del cuero cabelludo, prueba evidente de la prodigiosa fuerza ejercida para arrancar quizá medio millón de cabellos de un tirón. 

»La garganta de la anciana señora no solamente estaba cortada, sino que la cabeza había quedado completamente separada del cuerpo; el instrumento era una simple navaja. Lo invito a considerar la brutal ferocidad de estas acciones. No diré nada de las contusiones que presentaba el cuerpo de madame L’Espanaye. Monsieur Dumas y su valioso ayudante, monsieur Etienne, han decidido que fueron producidas por un instrumento contundente, y hasta ahí la opinión de dichos caballeros es muy correcta. 

»El instrumento contundente fue evidentemente el pavimento de piedra del patio, sobre el cual cayó la víctima desde la ventana que da sobre la cama. Por simple que sea, esto escapó a la policía por la misma razón que se les escapó el ancho de las persianas: frente a la presencia de clavos se quedaron ciegos ante la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas alguna vez.

»Si ahora, en adición a estas cosas, ha reflexionado usted adecuadamente sobre el extraño desorden del aposento, hemos llegado al punto de poder combinar las nociones de una asombrosa agilidad, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una grotesquerie en el horror por completo ajeno a lo humano, y una voz de tono extranjero para los oídos de hombres de distintas nacionalidades y privada de todo silabeo inteligible. ¿Qué resultado obtenemos? ¿Qué impresión he producido en su imaginación?

Al escuchar las preguntas de Dupin sentí que un estremecimiento recorría mi cuerpo.

—Un maníaco es el autor del crimen —dije—. Un loco furioso escapado de alguna maison de santé de la vecindad.

—En cierto sentido —dijo Dupin—, su idea no es inaplicable. Pero, aun en sus más salvajes paroxismos, las voces de los locos jamás coinciden con esa extraña voz escuchada en lo alto. Los locos pertenecen a alguna nación, y, por más incoherentes que sean sus palabras, tienen, sin embargo, la coherencia del silabeo. Además, el cabello de un loco no es como el que ahora tengo en la mano. Arranqué este pequeño mechón de entre los dedos rígidamente apretados de *madame* L’Espanaye. ¿Puede decirme qué piensa de ellos?

—¡Dupin... este cabello es absolutamente extraordinario...! ¡No es cabello humano! —grité, trastornado por completo.

—No he dicho que lo fuera —repuso mi amigo—. Pero antes de que resolvamos este punto, le ruego que mire el bosquejo que he trazado en este papel. Es un facsímil de lo que en una parte de las declaraciones de los testigos se describió como «contusiones negruzcas, y profundas huellas de uñas» en la garganta de mademoiselle L’Espanaye, y en otra (declaración de los señores Dumas y Etienne) como «una serie de manchas lívidas que, evidentemente, resultaban de la presión de unos dedos».

»Notará usted —continuó mi amigo, mientras desplegaba el papel— que este diseño indica una presión firme y fija. No hay señal alguna de deslizamiento. Cada dedo mantuvo (probablemente hasta la muerte de la víctima) su terrible presión en el sitio donde se hundió primero. Le ruego ahora que trate de colocar todos sus dedos a la vez en las respectivas impresiones, tal como aparecen en el dibujo.

Lo intenté sin el menor resultado.

—Quizá no estemos procediendo debidamente —dijo Dupin—. El papel es una superficie plana, mientras que la garganta humana es cilíndrica. He aquí un rodillo de madera, cuya circunferencia es aproximadamente la de una garganta. Envuélvala con el dibujo y repita el experimento.

Así lo hice, pero las dificultades eran aún mayores.

—Esta marca —dije— no es la de una mano humana.

—Lea ahora —replicó Dupin— este pasaje de Cuvier. 

 

(CONTINUARÁ...) 

El sarcófago sellado - R. Lionel Fanthorpe

El profesor Clive Duncan se limpió la frente con un enorme pañuelo de lunares rojos de proporciones verdaderamente nada académicas. Volvió a ajustarse el casco y sonrió con bondad en dirección a su hija Maureen, quien se hallaba en la proa de un bote de quilla plana que los conducía a los tres –Duncan, su hija Maureen y Abdul, el factótum– desde Ombos a Syene, hacia la primera catarata existente. El profesor consultó su mapa.

–Dentro de poco –murmuró para sí–, la isla de Elefantina estará a la vista.

Quizá la alcanzarían si remaban de firme durante un día.

Maureen miró por sobre su hombro a través de las hendiduras del toldo de papiro; la brisa parecía hacer poco o nada para suavizar aquel calor bochornoso y sofocante. Se preguntó qué estaba haciendo allí, en Egipto, y llegó a la conclusión de que la respuesta podía condensarse en una sola palabra: curiosidad.

Quería conocer el pasado de Egipto, de Siria, de Babilonia tal como fuera en los días de mayor esplendor de su historia. «Estremecimiento» quizá fuese una palabra demasiado fuerte, pensó para sí; no buscaba una emoción intensa, sino que sentía un inmenso deseo de hallar algo nuevo, algo que nadie pudiera pensar que existiese. 

La arqueología era una de esas ciencias en las que uno siempre puede estar a punto de descubrir algo realmente maravilloso e insospechado. La tragedia de la arqueología parecía ser que la especialización había aplastado los intentos de los más brillantes exponentes para absorber y abarcar este vasto campo de la investigación científico-arqueológica.

El calor y el movimiento cadencioso del toldo de papiro acabó por adormecerla, lo que habría sido un gran alivio de no ser por las moscas pegajosas y molestas. Maureen se vio obligada a sacar aquel curioso abanico de papel comprado en cierta ocasión a un artesano de Tebas y darse aire con él. 

Gracias a ello, pudo espantar las dichosas moscas y refrescar su rostro con aquella brisa artificial. Se puso a pensar otra vez en su inmenso deseo de descubrir algo nuevo, desconocido, en el maravilloso campo de la arqueología, y se adormeció. Mientras Maureen dormía, los remeros egipcios hacían avanzar el bote, Nilo arriba, en dirección a Ombos y a los misterios y secretos que detrás de él se escondían.

El profesor Duncan volvió a secarse la frente. Luego se quitó el casco y alisó sus cabellos, aquellos cabellos de indeterminado color, quemados por el sol de muchos años de estancia en el Oriente Medio. Dejó el mapa que había estado examinando y cogió un antiguo papiro. Este trataba de la historia de las religiones de las dinastías antiguas. Se puso a estudiarlo lenta y cuidadosamente. Los símbolos jeroglíficos eran tan fáciles de leer para él como lo sería un alfabeto corriente para la mayoría de los hombres.

Aquel histórico documento se refería a las principales divinidades egipcias. Hablaba de Nun, en cierta época conocido bajo el nombre de Nu, una especie de mar en el que habían sido sembradas antes de la Creación las semillas de todas las cosas existentes en este mundo. El antiguo papiro que el profesor Duncan estaba estudiando aludía a Nun como Padre de los dioses. El profesor lo estudiaba desde un punto de vista estrictamente intelectual, pues según sus conocimientos en esta materia, Nun no tenía ni templos ni adoradores. 

Luego estaba Atum, a quien se le consagró el toro. Fue una especie de cosa preexistente, algo así como un Logos creativo, pues fue lo primero que nació y el creador de todos los dioses. Más adelante, en manuscritos posteriores, su nombre se transformó en Atum-Ra. Este dios fue adorado en la mayoría de los templos sagrados durante las últimas dinastías.

El sol parecía calentar más aún, y el profesor Duncan se quedó dormido mientras el papiro caía de sus manos al suelo de la embarcación. Al tambalearse su cabeza, Abdul, que estaba situado detrás de él, se apresuró en coger una almohada y colocó sobre ella la cabeza del profesor. Sonrió inescrutablemente, cogió el papiro del suelo y lo enrolló con cuidado. 

A continuación miró a través de las hendiduras del toldo, y se puso a escuchar, con esos oídos que solo tienen aquellos hombres privilegiados que pueden percibir los sonidos maravillosos de la madre Naturaleza, descubriendo el suave murmullo de las aguas del Nilo y el dulce chocar de las ondas contra los costados de la embarcación. 

Poco a poco, el calor bochornoso y sofocante empezó a disminuir, y aunque tanto el profesor como su hija dormían, sus mentes no estaban lejos de la Leyenda de la Tumba Perdida de Ombos que los había traído a aquellas tórridas orillas altas del Nilo.

Pronto se divisó el embarcadero. La barca enfiló suave y lentamente hacia él. Los remeros dejaron de bogar, y el bote, obediente a la mano del timonel, atracó al embarcadero. Los hombres de tierra lanzaron unos cabos, y la embarcación quedó sujeta y firme. Entonces, Abdul tocó con suavidad el hombro del profesor Duncan para avisarle de que ya habían llegado. Este abrió los ojos y le miró.

–Ya hemos llegado, profesor –dijo el árabe, con voz profunda y potente, tan enigmática como el gran desierto libio que se extendía más allá.

Maureen se desperezó y abrió los ojos. El profesor Clive Duncan la ayudó a desembarcar. Abdul cogió los paquetes sin hacer ningún esfuerzo, pues se trataba de un árabe de poderosa musculatura. No había fardo, por pesado que fuese, que se le resistiera.

Las pensiones de Ombos no eran tan excelentes como para ser inscritas en una guía internacional de hostelería, pero Abdul se encargó de hallar un lugar en el pueblo donde se podía dormir y comer más o menos bien.

Al llegar a la puerta de esta «pensión», por así llamarla, se encontraron con un joven de boca sonriente y ojos tan negros como las noches en el desierto, aunque daban la impresión de mirar a todas partes, pues no permanecían fijos un solo segundo.

Había algo en aquel muchacho árabe que hizo recordar al profesor Clive Duncan la luz del sol sobre las aguas del Nilo: siempre en constante movimiento, nunca inmóvil, limitándose a moverse continuamente, con una cadencia que parecía aumentar aún más el calor. 

Al día siguiente por la mañana alquilaron tres camellos y se dirigieron a la orilla oriental del Nilo, penetrando en el desierto arábigo. Delante de ellos, a cien millas de distancia, las aguas del mar Rojo les esperaban, igual que esperaron a los israelitas unos milenios antes.

Habían recorrido unas diez o doce millas cuando Duncan volvió a consultar su mapa.

–Profesor –dijo Abdul, rompiendo aquel silencio pegajoso y sofocante que emanaba de las ardientes arenas–, ¿qué piensa de esas rocas de arena petrificada? ¿No están en el mapa secreto?

–¿Crees que pueden ser las mismas? ¿Piensas que por pura casualidad hemos acertado donde los demás, antes que nosotros, han fracasado? ¿Consideras que un descubrimiento de esta categoría e importancia puede llevarse a cabo en tan poco tiempo?

Abdul se encogió de hombros, algo decepcionado por la respuesta del profesor, y contestó:

–Solo trataba de exponerle una idea, profesor. Es usted quien decide.

–Bueno, vamos a echarles un vistazo –aprobó Duncan.

Desmontaron de los camellos y se cobijaron bajo la sombra de un gran montículo de arena. Entonces el profesor se puso a estudiar aquel mapa misterioso que había llegado a sus manos por medios asimismo extraños pocos meses antes.

–Sí, puede ser –dijo Duncan–. Examinemos ese camellón más de cerca.

Con una extraña sensación no exenta de misterio, el profesor, su hija Maureen y Abdul se dirigieron hacia la roca arenisca. Esta daba la impresión de haber sido esculpida por las manos de dioses celosos de que profanasen aquel lugar. Había grabados en ella unos signos que prohibían acercarse. Abdul rodeó la roca y luego se aproximó a Duncan y estudió nuevamente el mapa misterioso.

–Profesor, si me permite que suba –dijo Abdul–, quizá pueda ver el otro lado de las dos cumbreras y comprobar si también están grabadas.

–¿Serías capaz de ello?

Abdul se limitó a sonreír.

–Profesor, puedo subir igual que un mono a la palmera más alta de un oasis.

Maureen y su padre vieron cómo Abdul, compañero suyo en esta y muchas otras expediciones, subía con una agilidad atlética por aquella roca arenisca de cortantes filos y peligrosa inclinación. Trepó a lo alto de la misma con igual facilidad con que Duncan y Maureen hubiesen podido subirse a una silla. Para ello antes había asegurado el extremo de una cuerda en uno de los picos de la roca arenisca, mediante un lazo corredizo.

Abdul permaneció de pie al llegar a la cima como un personaje de las historias de Kipling dispuesto a tocar la trompeta y avisar al resto de la columna de caballería de que le habían tendido una emboscada, aun a riesgo de su propia vida.

La excitación que demostraba mientras movía rápidamente los brazos y hacía extraños gestos demostraba que había descubierto algo importante. Bajó de la roca y se acercó a ellos, falto de respiración, jadeante, nervioso, con los ojos brillantes como las estrellas del desierto. Luego dijo, con voz dominada por el entusiasmo:

–Profesor, las dos cumbreras del lado norte pueden ser las que indica el mapa.

Para otro hombre que no fuese Duncan, las palabras de Abdul hubieran debido ser comprobadas, pero el profesor siempre había confiado plenamente en su excelente guía y compañero de tantas expediciones arqueológicas. El profesor no era uno de esos pedantes que juzgan el nivel cultural de una persona por el color de su piel o la raza a la que pertenece. 

Clive Duncan era ya muy viejo y había viajado mucho; sabía que era auténtico aquel adagio que aseguraba que en todas las razas hay hombres buenos, malos, inteligentes e ignorantes. Abdul, para el profesor Clive Duncan, era una joya preciosa en sus investigaciones arqueológicas. Reunía dos cualidades esenciales en esta clase de expediciones: la astucia del ánade migratorio y la rapidez y la perspicacia del águila dorada.

–Sería importante y necesario que usted tratase de encontrar la entrada de esta roca arenisca, pues forzosamente debe haber una –dijo Abdul.

Duncan asintió con la cabeza.

–Resulta extraño –dijo el profesor– que el muerto haya conservado su secreto, y que ahora, después de haber investigado tantos meses en otro lado, nos encontremos frente a la solución del problema. Bueno, digamos que todo ha sido pura coincidencia.

Acto seguido se puso a meditar en silencio. Maureen se echó a reír; pero su risa era más bien un sonido raro, nada jocoso ni divertido.

–Papá –dijo Maureen–, tengo la impresión de que llevamos tantos años efectuando expediciones arqueológicas que al final has acabado por creer en todos los misterios de las religiones egipcias y ahora todos aceptamos las fuerzas y poderes sobrenaturales.

–Pues yo opino simplemente –respondió el profesor– que este es el lugar indicado en el mapa, que debemos considerarnos afortunados y que todo esto no constituye ningún misterio de fuerzas o poderes sobrenaturales, sino solo suerte, pura suerte.

–Admito –respondió su hija Maureen– que algunos de los más grandes descubrimientos han sido llevados a cabo por pura suerte y nada más que por suerte, como ocurrió con los papiros del mar Muerto.

–Exactamente –respondió su padre–. Los papiros del mar Muerto son una prueba de ello. Muchos de los grandes descubrimientos se deben al azar. Pero dime, hija mía, ¿quién podría asegurar la diferencia existente entre la suerte y «otra cosa»?

–¿Acaso quieres insinuar, querido papá, que esos descubrimientos no se deben realmente a la «suerte»? ¿Crees que existen poderes sobrenaturales que empujan y conducen a los hombres a descubrir cosas, y que luego parece que todo ha sido pura suerte?

Duncan sonrió. El profesor parecía muy viejo y sabio cuando sonreía. Su rostro se llenaba de líneas risueñas. Si su barba hubiera sido un poquito más larga, se le habría tomado fácilmente por un Papá Noel oriental, o quizá por un San Nicolás árabe.

–Bueno, dejemos de filosofar y vayamos a ver qué hay de realidad en todo esto.

Maureen y Abdul le siguieron hasta la cara norte de la cumbrera de roca arenisca.

–Estoy pensando –intervino Abdul– que los hombres que construyeron una tumba en este sitio no subieron a la cumbrera para luego descender por la hondonada. Me parece algo imposible.

–Pues pudieron hacerlo, querido Abdul –respondió el profesor Clive Duncan–, si la obra que pensaban llevar a cabo era de suma importancia. Y tú sabes perfectamente que este es nuestro caso.

Al llegar a este punto, el profesor adoptó la postura de un sabio catedrático de arqueología enseñando en un aula universitaria algo que resultaría misterioso para sus alumnos. Luego, prosiguió:

–Existían tres métodos para evitar que el contenido de una tumba sagrada fuese profanado por los ladrones del desierto. El método más corriente consistía en sellar las puertas mediante grandes masas de arena contenidas por gigantescas y pesadas rocas. Este era un método excelente, pero siempre contando con que los ladrones dispusieran de poco tiempo, ya que las tumbas importantes eran inspeccionadas con frecuencia por funcionarios faraónicos, y los ladrones corrían un gran riesgo. Luego existía el método de los laberintos, mediante el cual se construían pasajes interiores combinados de tal forma que era difícil tanto encontrar la cámara mortuoria como salir de ella una vez dentro.

–¿Y cuál era el tercer método? –preguntó Maureen, con una sonrisa en los labios, pues ella lo sabía, y su padre estaba al corriente de ello.

El profesor Duncan sonrió y repuso:

–El tercer método consistía en la defensa mecánica o física: la trampa, a simple vista inofensiva, en la cual quedaba aprisionado el profanador de la tumba. Generalmente se combinaban los tres métodos, pero el más eficaz, al menos desde el punto de vista arqueológico, era el simple encubrimiento. En efecto, un laberinto puede solucionarse tarde o temprano; recuerden ustedes a Ariadna y su ovillo de lana; las trampas pueden ser evitadas o desconectadas. Además, dicha trampa solo funcionaba una sola vez, por lo que, cuando había atrapado a su primera víctima, los demás podían entrar con impunidad en la tumba. Mas siempre existía el temor de que, una vez atrapada la primera víctima, pudiese volver a funcionar, y como los ladrones de tumbas son, por lo general, vulgares truhanes, tenían miedo, a pesar de todo. Pero el método del encubrimiento era el más seguro. Consistía en lo siguiente: se escogía un lugar apartado y solitario, y una vez que los trabajadores habían terminado de construir la tumba sagrada, se les cortaba la lengua cruelmente o, lo más corriente, se les asesinaba. Luego se borraban todos los vestigios y huellas y se tapaba y encubría la entrada. ¿Qué mejor defensa podía existir? Solo la suerte o la casualidad podían desbaratar este astuto encubrimiento; o ese poder extraño, del que antes hablábamos, sobrenatural y misterioso, que conduce a la persona afortunada directamente hasta el lugar donde se encuentra la tumba.

El profesor Duncan calló unos instantes, miró a sus compañeros, y prosiguió:

–Pero a pesar de que este último método es perfecto, siempre existía la posibilidad de que a alguien se le escapase una palabra, un simple detalle, que llegara a oídos extraños. Entonces se rompía la cadena de eslabones de estos misterios, y todas aquellas precauciones resultaban estériles. El plan de construcción de una tumba sagrada requería un plano, un mapa, trazado por la mano de un arquitecto que luego sería asesinado. Dicho mapa era escondido en un lugar inaccesible durante años, siglos o milenios. Pero un día podía llegar a las manos de algún científico, ya sea un arqueólogo, un egiptólogo, un lingüista o un historiador. Pues bien, tenemos el mapa; por eso estamos aquí. Prescindamos ahora de los medios misteriosos gracias a los cuales llegó a nuestras manos.

–Excelente conjetura –dijo Maureen.

–La conjetura es la mano derecha del científico y del investigador; la conjetura es la base, los cimientos sobre los cuales elabora su plan de trabajo, y sin la cual no se conseguiría nada en ese largo camino que conduce al progreso tecnológico e histórico.

–Ya veo que te encuentras muy filósofo en estos momentos, papá –dijo Maureen–. ¿No te queda ningún otro aforismo para nosotros?

–Ya veo que mis perlas no han sido apreciadas en su justo valor –dijo el profesor Clive Duncan, sonriendo, mientras ponía la mano sobre el hombro de su hija.

–Profesor, ¿qué es esto? –inquirió Abdul.

El guía árabe indicaba en ese instante un agujero tan pequeño como el de la guarida de una rata del desierto.

–¿Podría ser la parte superior de una gruta bloqueada con arena? –preguntó Abdul.

–Puede ser, mi querido Abdul, puede ser –respondió el profesor Duncan.

A continuación se puso a apartar la arena que cubría aquella especie de hendidura. Al cabo de unos instantes se dirigió al árabe y dijo:

–Es algo muy diferente a la entrada de la madriguera de un zorro del desierto.

–Cogeré una pala y apartaré toda esta arena, y así veremos lo que hay realmente debajo.

Abdul comenzó a sacar arena con la pala arqueológica, llevado por una especie de furia rítmica, arrojándola al aire que la arrastraba en torbellino. Continuó excavando durante más de veinte minutos. Solo había espacio suficiente en aquel boquete para un hombre, pero al cabo de cierto tiempo ya cabían dos, por lo que el profesor cogió otra pala, se introdujo en el pozo y se puso también a excavar. 

Era obvio que ambos estaban convencidos de que estaban limpiando de arena la entrada de una caverna o algo parecido. A la mente de Duncan acudió la idea de los papiros del mar Muerto, mientras trabajaba con la pala. Mas no eran pergaminos, ni ninguna otra clase de papeles o documentos lo que el profesor esperaba encontrar debajo de la tierra arenisca.

Media hora más tarde ya había sitio suficiente para que Maureen también bajara a excavar. Como ya eran tres los que trabajaban, la arena salía con más rapidez, y dos horas antes del crepúsculo, el hoyo tenía una profundidad de unos diez pies. Con inagotable energía, Abdul hundió la pala en la arena y se oyó un ruido metálico.

Abdul se sorprendió y, suponiendo que había logrado dar con la entrada de la caverna, prosiguió hincando la pala con más fuerza y entusiasmo que nunca. De inmediato el profesor y Maureen se unieron a él, y formaron una «cadena» de excavadores. Mientras Abdul sacaba la arena, el profesor la retiraba hacia atrás, y Maureen la expulsaba fuera del hondón. Minutos después quedaba al descubierto la entrada de la caverna.

Maureen se acordó entonces de las defensas establecidas por Robinson Crusoe, tan gráficamente descritas por la pluma inmortal de Daniel Defoe.

La luz era muy tenue dentro de la caverna, pues se habían distanciado algo de la entrada. Los rayos crepusculares del sol iluminaban el lado opuesto de la cumbrera. El profesor ordenó a su hija que se acercara a los camellos y buscase las lámparas eléctricas que llevaban en su carga. 

A la muchacha le costó trabajo alcanzar el lomo de la bestia, pero al fin pudo lograrlo, y regresó al lado de su padre y Abdul con dos poderosas linternas. El profesor encendió una de ellas y la sostuvo por encima de su cabeza. 

En principio, la pala de Abdul había puesto al descubierto lo que parecía ser el fondo de una caverna de roca arenisca; pero los ojos observadores de Duncan descubrieron algo más. Quizá solo fuese una mera coincidencia, pero detrás del hombro izquierdo de Abdul había unas marcas grabadas en la pared de la gruta.

–Un momento, amigos míos –dijo el profesor–; aquí hay algo muy interesante.

Se acercó a la pared de la caverna y examinó aquellas marcas. Luego se volvió hacia Abdul con una sonrisa en los labios.

–No creo que mi razonamiento deductivo sea tan grande como el de Sherlock Holmes –dijo Duncan–, pero dada la posición en que te encontrabas, y la dirección de tu paleta al remover la tierra, no creo que estas marcas en el muro las hayas hecho tú.

–No, no lo creo –respondió Abdul–. No recuerdo haber golpeado algo detrás de mí.

–Exactamente –dijo Duncan–, esa marca fue hecha por un pico primitivo egipcio. Creo que el último hombre fue enterrado en esta caverna hace unos cuatro milenios.

–Mucho tiempo, profesor –comentó Abdul–. Es mucho tiempo ese, en verdad...

Maureen se acercó sosteniendo una lámpara eléctrica. Entonces ella y su padre se aproximaron al muro y examinaron las marcas.

–Aquí hay otra –dijo Maureen–; aquí, un poco más abajo.

–Maravilloso –respondió su padre–. Esto corrobora que Abdul no las hizo.

–¿Cree usted, profesor, que esta roca es un bloque para ocultar la entrada? –preguntó Abdul.

–Lo creo –respondió Duncan.

–Entonces tendremos que removerla.

–Hay un pico en el camello –dijo Maureen.

–Excelente idea –contestó su padre.

Se trataba de un pico de acero bien templado, y en las manos musculosas e infatigables de Abdul empezó a horadar la pétrea pared. Diez minutos después se pudo remover un gran trozo de piedra, y quedó al descubierto el espacio suficiente para dejar pasar el tórax de un hombre. Abdul apartó la piedra. Maureen y su padre se subieron a ella y con sus linternas eléctricas observaron a través de aquel boquete.

–¡Una puerta! –exclamó el profesor.

Penetró por el boquete y se puso a examinar una puerta finamente esculpida según los métodos utilizados en la antigüedad en Egipto. La decoración era soberbia, tan fresca como el primer día en que el pintor la dibujara aplicando sus pigmentos a las aristas y cavidades de la roca.

–¿Puede usted interpretar lo que quieren decir estos dibujos, profesor? –preguntó Abdul.

–Algunos de ellos, sí; otros, no –respondió Duncan–. Maureen, acércate con la linterna eléctrica, y tú también, Abdul.

Ambos obedecieron.

–¿Qué significan estos dibujos? –insistió el guía árabe, que no podía contener su curiosidad.

–Está en dos escritos –respondió el profesor con calma–. El primero de ellos está en jeroglífico egipcio antiguo, y creo que es el más reciente de los dos. El segundo escrito es al parecer una traducción de otro jeroglífico de una lengua mucho más antigua.

–Nunca hasta ahora había visto unos símbolos como estos –dijo Maureen–, y sin embargo, la longitud de los dos escritos y el parecido entre ambos parece indicar una simple traducción el uno del otro.

–¿Quiere usted decir –preguntó Abdul– que esta tumba fue construida en parte por unos egipcios antiguos y... alguien más..., otra raza, otra tribu?

–Sí, y por muy raro que parezca, me estoy preguntando si este no es un escrito antiguo perteneciente a alguna tribu perdida, que pudo haber vivido en el desierto del Sáhara en los días del período neolítico. –Al llegar a este extremo, el profesor sonrió y añadió–: Ya saben ustedes que mis teorías son poco ortodoxas en este punto.

–Pero ¿qué quieren decir estos jeroglíficos? –volvió a insistir Abdul, no pudiendo reprimir más su curiosidad.

–Me temo –respondió Duncan– que se trata de la clásica advertencia que nos previene de algún peligro. Literalmente, reza lo siguiente: «Muerte para todos aquellos que profanen y violen esta tumba».

Abdul sonrió, pero su rostro ya no reflejaba la osadía de que siempre había hecho gala.

–He visto en muchas ocasiones ese tipo de advertencias –respondió Abdul–, y aunque parece una tontería, es peligroso seguir adelante.

El profesor Clive Duncan asintió con la cabeza, pero luego, ante el asombro de sus dos acompañantes, dijo:

–Sin embargo, yo intentaré entrar.

El profesor Duncan estudió las ilustraciones de la puerta con ojos de un experto en arte y de un historiador.

–Este parece ser el dios Geb –dijo suavemente, mientras deslizaba sus dedos por un dibujo indeterminado que representaba una figura semihumana–. Y esta de aquí solo puede ser la diosa Nut. El que la sostiene debe ser Shu; pero estas otras son mucho más difíciles de interpretar, pues son muy complejas.

–Pues yo he visto ilustraciones muy parecidas a estas antes –dijo Abdul.

–Sí, lo que tú has visto son unas pinturas iguales a estas en una tumba de Butehamon, existente en el museo de Turín –dijo el profesor Duncan.

Mientras tanto, Maureen observaba otros grabados y jeroglíficos.

–Este debe ser Atum –dijo ella–, sosteniendo a Pschent.

–Sí, es extraño, muy extraño –comentó su padre–. La manufactura casi parece de diferente época. Atum, en ese tipo de representación, es simbólico del Nuevo Reino, que abarca desde el año 1580 hasta aproximadamente el año 1090 antes de Jesucristo.

–¿Está usted seguro, profesor, de que no es una pintura de Khepri? –preguntó Abdul.

–Tienes muchísima razón, Abdul. Y esto complica más aún las cosas.

–Parecen ser pinturas en relieve –dijo el árabe indicando algo a la izquierda, al pie de la puerta.

–Es una copia de la cama de Osiris –informó el profesor con un tono de voz en el que se reflejaba una gran excitación–. Ustedes ya conocen el original, que fue hallado en Abidos. Muchos expertos la consideran como la verdadera tumba del dios. Nadie ha sido capaz de fijar la fecha con exactitud.

–Pues cualquier escultor que haya hecho esto conocía el original –intervino Maureen.

Su padre la miró.

–También puede que sea al revés, Maureen –respondió Duncan–, es decir, que el artista que esculpió la antigua estatua en Abidos haya visto antes esta.

–¿Quieres decir, papá, que este lugar puede servir para establecer que fue anterior a Abidos?

–No puedo asegurarlo con absoluta certeza, pero tampoco es imposible –contestó su padre–. De ser así, ello revolucionaría nuestros conceptos sobre la cronología egipcia. A decir verdad, existe una auténtica confusión de fechas entre todos estos grabados.

–¿Entramos? –preguntó Abdul.

–Sí, no veo razón para no hacerlo.

–Pero, papá, incluso en el exterior ya está oscuro, casi de noche.

–Supongo, mi querida pequeña, que no te dará miedo la oscuridad. Ya hace mucho tiempo que me acompañas en mis expediciones arqueológicas, y no creo que a estas alturas temas entrar en una cueva oscura.

–No, pero preferiría esperar la luz del día para entrar ahí –respondió su hija.

Abdul miró al uno y a la otra. Permaneció impasible. Sus labios árabes permanecieron sellados, como esperando que padre e hija llegaran a un acuerdo. Aunque también parecía hacer gala de esa astucia tan típica entre los de su raza, considerando que si se callaba y luego las cosas no salían tal como se esperaban, no se le podría culpar de nada.

–Pues yo digo que entraremos –respondió el profesor a su hija, con tono autoritario.

Duncan se mostraba a veces irascible e irritable, y en esos instantes nada ni nadie podía impedirle hacer lo que se proponía. Algunas reminiscencias de la edad escolar permanecían en la mente madura de su padre, pensó Maureen para sí.

Maureen y Abdul vieron cómo el profesor pasaba sus afilados dedos por la línea que marcaba la unión de las dos hojas de la puerta. Se oyó el clásico ruido de piedra y madera, materiales de los que estaba construida.

–Creo que estoy a punto de encontrar el mecanismo que abre la puerta –dijo el profesor, excitado–. Veo que es mucho más sencillo que el de las tumbas de Tebas; aquellas que investigamos no hace mucho tiempo, ¿no se acuerdan ya de aquella expedición arqueológica?

Clive Duncan hablaba por encima de su hombro, como si fuera consigo mismo, no esperando ninguna respuesta de sus dos acompañantes.

–Creo que aquí tenemos un pequeño problema, pero estoy seguro de que al final lo resolveré –prosiguió esta vez, sin duda alguna hablando consigo mismo–. Vamos, condenada puerta, ábrete ya de una vez. –En ese instante, la puerta pareció moverse casi una pulgada hacia dentro, pero fueron estériles los esfuerzos de Duncan para abrirla del todo.

–Déjeme intentarlo, profesor –dijo Abdul.

Solo había espacio suficiente para una sola persona, por lo que el profesor se retiró hacia atrás, dejando su sitio a Abdul.

–Ten mucho cuidado, Abdul –dijo Duncan–. Acuérdate de lo que nos ocurrió en Tebas.

–¿Es que el peso puede matar? Pero no se preocupe, tendré mucho cuidado.

La fuerza hercúlea de Abdul hizo mover la puerta, poco a poco. Cuando estuvo abierta del todo, el árabe, con suma cautela, exploró la oscuridad que se presentó ante sus ojos, al igual que uno de esos soldados del cuerpo de zapadores que avanza por un campo de minas con el detector en la mano, para localizar los posibles mortíferos aparatos antes de que la infantería avance.

Instantes después se oyó un ruido espantoso: el de una piedra al caer al suelo.

–Tenía yo razón –dijo el profesor–. Es la misma trampa que la de Tebas.

–Pues yo pensé que esta trampa sería más antigua, no tan perfeccionada como aquella.

–Lo es –respondió riendo Clive Duncan–; este sería el modelo en el que se inspiró el constructor de la tumba de Tebas. No creo que la Oficina de Registro de Patentes fuese muy exigente en aquella época.

–Pues yo creía que la originalidad era la clave para resolver los problemas que presentan los mecanismos de defensa de las tumbas –dijo Maureen.

Tras la puerta no se veía casi nada del interior. Una nube de polvo se había levantado, cual un genio hambriento, al caer la enorme piedra.

Esperaron durante unos instantes con el fin de que el aire exterior pudiera entrar y purificar el hediondo, seco y extraño olor de la tumba escondida. Cuando la atmósfera quedó lo suficientemente respirable, Abdul penetró llevando una lámpara eléctrica en la mano. El polvo se había sedimentado, pero a medida que Abdul avanzaba sus sandalias volvían a levantarlo.

Maureen y su padre se hallaban a unos pasos detrás de Abdul, uno a cada lado. Más allá de la puerta, la cámara mortuoria se alargaba en un estrecho pasadizo. Nada en sus paredes indicaba que este pasillo conducía a una cámara mortuoria. Solo unas pequeñas e insignificantes señales estaban grabadas en los muros, y, en un nicho a su izquierda, respecto a la posición en que se hallaban, había una esfinge pequeña, de mirada inescrutable.

–Parece ser una representación de Harmakhis –dijo Maureen, mientras aproximaba su lámpara a una de las figuras grabadas frente a la esfinge.

–En efecto, lo es –respondió su padre–; y esto contribuye a complicar más el enigma. Harmakhis está asociado por lo general, como ustedes ya saben, con Tutmosis IV, y el grabado se parece a la estela del sueño.

–¿A qué período corresponde eso, profesor? –preguntó intrigado el guía árabe.

–Alrededor del año 1500 antes de Jesucristo.

–Siento una sensación muy extraña –dijo Abdul–. Algo así como si ya hubiera estado aquí en otra ocasión.

–Me parece que vamos a tener mucho trabajo para solucionar este embrollo –dijo el profesor, como si no hubiese oído el comentario de Abdul.

De repente se oyó un extraño ruido detrás de ellos.

Maureen se volvió con rapidez, y enfocó su lámpara hacia allí.

–¡Papá, la puerta! ¡Rápido, la puerta!

Los tres echaron a correr hacia el lugar por donde habían entrado, el cual distaba unas veinte yardas del sitio en que se encontraban en aquel momento.

–¿Quién la cerró?

–Desde dentro no la podremos abrir –dijo el profesor–. A menos que empleemos una buena carga de dinamita, o tratemos de buscar otra salida.

Maureen se echó a reír, presa de un ataque de histeria.

–La dinamita está en los camellos, la dinamita está en los camellos –repitió como loca, con voz cada vez más nerviosa y trémula.

–Vamos, hija mía, tranquilízate, ya conseguiremos abrir de nuevo esta puerta –trató de calmarla su padre.

–No podemos salir para recoger los explosivos –insistió enloquecida, sin darse cuenta de la incongruencia de sus palabras.

El profesor le dio unas bofetadas para que volviera a recuperar el control de sus nervios.

–¡Basta, Maureen! –le gritó su padre.

Luego la abrazó y le dijo en tono cariñoso:

–Vamos, hija, tranquilízate, ya encontraremos otra salida.

–Profesor –dijo Abdul–, ¿desea usted que haga presión contra la puerta? 

–Sí, inténtalo –respondió Duncan–; a lo mejor tenemos la misma suerte que la primera vez. Aunque, bien pensado, lo lógico sería que empujáramos todos al mismo tiempo.

–Tiene razón, profesor, pero no lo veo normal; prefiero intentarlo yo solo.

–Espera un momento –le interrumpió Duncan–. Antes de gastar todas nuestras energías empujando esa pesada puerta de piedra, deberíamos tratar de localizar algún mecanismo que pueda abrirla.

–¿Cómo cree que se ha cerrado?

–Oh, no hay nada de sobrenatural en todo ello, si es eso lo que estás pensando –respondió Clive Duncan–. El mecanismo de cierre funciona a base de arena y pesas en equilibrio. Probablemente, el mero hecho de haber forzado la puerta lo ha puesto en funcionamiento.

–Entonces somos los primeros en haber sido atrapados en esta tumba –dijo Maureen.

–Ya veo lo que quieres darme a entender. No..., no creo que la tumba haya sido violada, ya que el mecanismo de cierre estaba intacto.

–¿No puede haber sido a causa de la caída de una roca?

–Oh, lo dudo mucho –respondió el profesor–. Pensar eso sería confiar demasiado en la casualidad, ¿no te parece, hija?

–Sí, probablemente es así –dijo Maureen, mientras fijaba la vista en la puerta que se había cerrado tras ellos. Solo pudo contener la terrorífica claustrofobia que se desarrolló en ella gracias al tremendo esfuerzo de voluntad que hizo.

–Debemos avanzar con sumo cuidado –dijo Duncan.

–Sí, señor –respondió obedientemente Abdul.

–Estoy pensando –dijo el profesor– que el artífice que llevó a cabo este mecanismo de cierre tan perfecto se preocupó de ello con suma astucia. Deduzco que los peligros que se nos presentarán al intentar penetrar en la cámara mortuoria serán mucho más catastróficos, por no decir mortales. Es probable que ese astuto artífice haya colocado unos mecanismos mucho más perfeccionados y efectivos, para evitar que la profanen y violen.

–Pues creo –dijo Abdul– que estamos muy cerca de ella.

La luz de las lámparas eléctricas reveló que habían llegado al final del pasadizo. A partir de aquí, el camino les conducía a una alta y embovedada cámara, a través de un pasaje cuyas paredes eran de piedras pesadas y macizas, recubiertas de extraños jeroglíficos y pinturas.

Abdul trató de penetrar en la cámara mortuoria. Apenas dio un paso y su pie se apoyó en la primera baldosa, el suelo cedió y el árabe se hundió, desapareciendo, mientras daba un horrible y escalofriante grito.

Delante del profesor y de su hija había ahora un boquete, cual si fuera la boca de una piedra carnívora.

–Abdul, Abdul –gritó el profesor–, ¿dónde estás?

No hubo ninguna respuesta. Clive Duncan sujetó a su hija para que no se moviera lo más mínimo. Luego se acercó al borde de aquel negro pozo y alumbró su interior con la linterna. Tuvo que cerrar los ojos al ver el espantoso cuadro que se ofreció a sus ojos, al comprobar el estado en que había quedado su amigo y sirviente Abdul.

–¿Qué ha sucedido? –preguntó Maureen, con la voz dominada por el espanto.

–Abdul ha muerto –dijo su padre.

Las lágrimas cubrieron el rostro de la muchacha.

–¿Cómo ha muerto?

–Prefiero no decírtelo.

–¿Me dejas que me asome y...?

–No –dijo bruscamente su padre, interrumpiéndola–. No quiero que mirada ahí abajo, hija mía. Lo hago por tu bien.

El profesor se sentó en el suelo, la espalda apoyada contra el muro y sosteniendo la cabeza entre las manos, como si tratara de borrar de su mente la espantosa escena que acababa de ver. Luego se levantó y, bordeando con sumo cuidado el pozo mortal, penetró en la primera cámara mortuoria. El suelo era sólido y firme. Después cogió la mano de su hija y la condujo hacia donde él estaba. 

Observó los jeroglíficos que cubrían las paredes de la cámara, mientras su hija permanecía junto a él. Su mente se pobló de negras sombras de desesperación al pensar que estaban encima del cuerpo muerto de Abdul y que la puerta por donde habían entrado estaba cerrada. Habría dado la mitad de su vida por verse al aire libre, bajo las estrellas del desierto. Hizo un esfuerzo tremendo y, al final, pudo controlar sus nervios y su creciente espanto.

–Este lugar está lleno de siniestras advertencias –dijo Duncan–. Nunca había visto nada semejante en toda mi vida de arqueólogo.

El profesor parecía oprimido bajo el peso del denso aire mortuorio de la tumba. En efecto, aquel lugar olía a muerte. Duncan empezó a rodear la cámara, pegado a la pared, tanteando el suelo antes de dar un paso, llevando de la mano a su hija. Llegaron al final de la primera cámara. Empujaron otra puerta y penetraron en la segunda.

–No, no se trata de la cámara mortuoria principal, sino de su antesala –dijo Duncan–. Fíjate, hija, en el mobiliario. No, no es la cámara principal.

Cuando el profesor intentó dar un paso más, se oyó algo así como el sonido de la cuerda de una lira al ser pulsada por su base; un dardo negro y ligero como una pluma agitó el aire y fue a clavarse en la espalda del profesor. Aquel dardo tenía un aspecto repugnante. 

Las rodillas de Duncan empezaron a doblarse, y Maureen tuvo que sostenerle para evitar que cayera desmayado sobre el pétreo suelo. Durante unos instantes el profesor permaneció callado, sin poder articular una sola palabra, inmóvil.

–Maureen, hija mía –dijo al fin, con la mirada extraviada en el vacío–, perdóname, lo siento mucho, la culpa ha sido mía. Perdóname.

Maureen se agachó y depositó el cuerpo de su padre sobre el suelo de la cámara mortuoria. Durante unos minutos, un terror espantoso se apoderó de ella. Luego trató de serenarse y se puso a buscar por las paredes el lugar donde podía estar escondido el mecanismo que había disparado el dardo ponzoñoso que había provocado la muerte de su padre. Al fin lo encontró, localizado en una pequeña abertura frente a ella. 

Era un mecanismo primitivo y poco ingenioso, pero horrible y mortífero dentro de su sencillez. Golpeó furiosamente con la pala aquel maldito artefacto, mientras sus gritos de desesperación y angustia resonaban como el eco contra las paredes de la antecámara. Pero, acto seguido por una extraña reacción psicológica, su desesperación, furia y angustia se transformaron en valor y coraje, en un deseo ardiente de lograr lo que ni su padre ni Abdul habían podido llevar a cabo. 

Sí, debía hacerlo como represalia: ella sola descubriría la cámara mortuoria. Sí, ella sola lo haría, para vengarse de este modo de la muerte de su padre y la del fiel sirviente Abdul. 

Lentamente, pero con decisión, avanzó por la antecámara en dirección a la cámara mortuoria. Tenía la impresión de que era empujada hacia allí por unas manos invisibles; fuerzas puramente psíquicas o fruto de su mente. Se detuvo un momento y se puso a escuchar, pero no se oía absolutamente nada. 

Otra puerta se le presentó en su camino, pero esta vez Maureen comprendió que era la última barrera, el último obstáculo entre ella y la cámara mortuoria. Respiró profundamente y contempló las pinturas de los muros. Barcos reales y tronos, dioses con cabeza de animal, y otras muchas escenas mitológicas llenaban las paredes del recinto que acababa de atravesar.

Se había despertado algo de intrepidez en ella; se había enfrentado al miedo y lo había vencido. A partir de ese momento el temor ya no parecía ejercer ninguna influencia sobre ella. La desesperación había dado paso a una firme y tenaz decisión de seguir adelante al precio que fuera, costara lo que costara; una nueva sangre parecía haber llenado su cerebro y sus venas, transformándola en otra mujer. 

Se asemejaba a ese oro que los artífices depuran una y otra vez hasta conseguir una pureza tan extraordinaria que parece ya otro metal. Sí, a partir de ahora nada podía asustarla, no tenía miedo de nada ni de nadie. 

Decididamente se dirigió hacia la puerta de entrada a la cámara mortuoria, empujó, oyó un extraño ruido producido por el moho acumulado durante siglos en los mecanismos metálicos, e instantes después estaba dentro. 

Había un olor a especias y a carne putrefacta, y en la atmósfera parecía flotar la muerte. En el centro de una gran mesa de mármol negro, decorada con piedras preciosas y objetos de arte en oro labrado, se hallaba un sarcófago sellado. Había tanta delicadeza y finura en los grabados del mismo, que, instintivamente, Maureen pensó que contenía el cuerpo de una mujer. 

Se dirigió con paso lento hacia él, mientras contemplaba, a la luz de su linterna, los jeroglíficos de las paredes. Entonces, de repente, todo el valor, todo el coraje que hasta entonces la había ayudado a penetrar con resolución en la cámara mortuoria la abandonó; mejor dicho, se transformó, igual que una muñeca al rompérsele los muelles y resortes, igual que una marioneta al cambiar la posición de las manos que mueven los hilos. 

Dirigió su mirada hacia otro sarcófago, mucho más grande que el anterior, el mayor que había visto en toda su carrera de arqueóloga investigando tumbas egipcias. Era muy ancho, pero tenía un aire de sencillez muy patente; tan simple que se parecía a aquellas cajas mortuorias pertenecientes a los jefes de las tribus preegipcias. 

Este sarcófago sellado se hallaba inclinado verticalmente contra una de las paredes de la cámara, como si fuera el guardián eterno y celoso del otro sarcófago existente en el centro y que contenía el cuerpo de una mujer –probablemente su esposa–. En efecto, a la altura de la cara, el sarcófago tenía una hendidura por la que los ojos del faraón embalsamado podían «ver» que nadie hiciera ningún daño al cuerpo de su bienamada. 

Aquella misma fuerza psíquica que había impulsado a Maureen a penetrar en la cámara mortuoria principal, también la ayudó a acercarse al sarcófago sellado. Puso la lámpara eléctrica en el suelo de forma que iluminara el sarcófago, y estudió los caracteres grabados en la madera. 

Primero observó el clásico círculo, símbolo de la eternidad; debajo del mismo se hallaba grabado un león de terroríficas mandíbulas, en un estilo escultórico que pertenecía al arte asirio-babilónico o egipcio.

No había ninguna dificultad en interpretar aquellos símbolos: «Aquí yace el eterno guardián; cuidado, gran peligro». Pero Maureen, haciendo caso omiso de esta terrible advertencia, arrancó de un golpe la tapa del sarcófago. Inmediatamente dio unos pasos hacia atrás, como impulsada por una inercia psíquica que se había sobrepuesto a su acto volitivo. 

Mas a continuación volvió a acercarse al ya descubierto sarcófago para observar el cuerpo embalsamado y cubierto de vendas desde los pies a la cabeza. Solo los ojos eran visibles. Unos ojos que brillaban con maléfico y terrorífico fuego.

¡Estaba vivo!

Algo, alguna cosa, las artes secretas del antiguo Egipto, la magia, los encantos y los poderes sobrenaturales inherentes a los mismos habían hecho que permaneciese con vida un cuerpo muerto hacía ya muchos milenios. 

De repente, sus brazos empezaron a moverse con lentitud, poco a poco, hasta llegar a la altura de sus hombros. Pero aquellos ojos de mirada ardiente y terrorífica no dejaban de mirarla ni un solo instante, mientras tanto. Súbitamente, con un gesto brusco, la momia sacó fuera uno de sus vendados brazos. 

Maureen dio un grito espantoso y echó a correr. Corrió como nunca lo había hecho en toda su vida, sin preocuparse de que podía pisar una trampa mortal. Atravesó pasadizos y más pasadizos, derribando en su loca carrera todos los objetos sagrados que encontraba a su paso. Quería huir; a cualquier sitio, adonde fuera. Todo antes que permanecer en aquella cámara mortuoria ante una momia viviente.

Pero lo verdaderamente espantoso era que, mientras ella corría enloquecida por aquellos pasajes secretos, oía a sus espaldas el caminar de unos pasos, de unos pies vendados, de alguien que la perseguía lenta pero inexorablemente. La momia, el guardián eterno, quería vengarse de aquella mujer que había violado y profanado su cámara mortuoria. 

Cuando ya creía haberse librado de su persecución, pues ya no oía aquellos pasos, se encontró ante un muro de piedra; aquel pasadizo no tenía salida, estaba atrapada, no se salvaría de la momia viviente. Esta caminaba con lentitud por el único pasaje por donde Maureen hubiera podido escapar. 

La momia parecía haberse dado cuenta de la espantosa situación de su perseguida, y no se apresuraba: avanzaba paso a paso, cada vez más cerca. La hija del profesor Duncan comprobó que había logrado arrancar las vendas que envolvían sus manos. Entonces, enloquecida, se arrojó contra la momia y empezó a golpearla con todas sus fuerzas, pero esta parecía ser tan dura como la roca arenisca de que estaba construida la tumba sagrada.

–Déjeme marchar, déjeme marchar –sollozó Maureen, pero aparentemente, sus súplicas no produjeron ningún efecto en la momia viviente. Esta la cogió en sus brazos como si fuera una pluma y se dirigió hacia la cámara mortuoria. Una vez dentro, cerró la puerta tras de sí, asegurándola con un pesado y gigantesco cerrojo. Pero ahora Maureen tenía la impresión de que en los ojos de la momia ya no se reflejaba aquella maldad y fiereza que antes viera, al arrancar la tapa de su sarcófago.

La cogió por las muñecas con aquellos dedos que parecían de madera, y la condujo solemne y pomposamente hacia el sarcófago sellado situado en el centro de la cámara mortuoria, sobre aquella mesa de mármol negro. Luego, con reverencia, al igual que un sacerdote ante el altar de una diosa, levantó la tapa del sarcófago, después de haber roto con un brusco movimiento los sellos. 

El interior de dicho sarcófago estaba adornado con bellos dibujos, y la decoración de la tapa era de esmerada calidad artística. Pero las figuras, observó Maureen, no habían sido pintadas de acuerdo con el arte tradicional utilizado en el antiguo Egipto. Daban la impresión de haber sido copiadas de la cubierta de una revista moderna de arte. Había una belleza viva en ellas. 

De repente, la momia viviente empezó a golpear aquellos dibujos, y la ira desapareció de sus ojos, dando paso a una mirada triste y decaída. Apoyó su cabeza sobre el sarcófago y empezó a emitir una especie de sonidos que parecían auténticos sollozos humanos.

Maureen se hallaba presa de una intensa emoción; no sabía qué hacer ni qué decir. Comprendió lo que eran aquellos sonidos: la momia viviente lloraba desesperadamente. Eran los sollozos de un corazón enamorado, destrozado por la muerte de su bienamada... 

Se volvió hacia Maureen y la contempló unos instantes, para luego volver a mirar el rostro dibujado en la parte interior del sarcófago. De repente, Maureen se dio cuenta de dónde había visto anteriormente aquellas facciones: las había visto reflejadas en un espejo.

La momia había dejado de sujetarla por las muñecas. Se dirigió a una mesita de madera de sándalo que seguramente había pertenecido, hacía ya muchos siglos, a su bienamada, sobre la cual había un espejo de cobre pulido. 

Maureen lo cogió, lo contempló, se miró en él y luego volvió a depositarlo cuidadosa y reverentemente, con una sensación de infinita tristeza. ¿Acaso su imaginación le estaba jugando una mala pasada, o realmente aquel espejo lo había visto antes, le era familiar?

Maureen cogió otra vez el espejo y, a la luz de la linterna eléctrica, volvió a contemplarse en él. Al estudiar con cuidado su reflejo, ya no le quedó la menor duda sobre su parecido. Empezó a sentir algo extraño dentro de sí misma. Presa de asombro, vio cómo sus cabellos cambiaban de color, dándole a su joven rostro el aspecto de una dama de la época de Cleopatra; incluso vio reflejado en su semblante el maquillaje que se utilizaba en aquella remota época. 

Entonces lo comprendió todo: su rostro, reflejado en aquel espejo de cobre, era exactamente igual al de la momia femenina encerrada en el sarcófago sellado. Sonrió, y el rostro de la muerta también lo hizo en el espejo. Luego este se empañó, Maureen ya no pudo ver nada. Lo volvió a colocar sobre la mesita de sándalo, y cuando se miró otra vez en él, unos instantes después, solo vio reflejado su rostro. 

Maureen se acercó al sarcófago y miró dentro del mismo, contemplando la momia que allí había. Después dirigió su vista hacia la momia viviente, que lloraba apoyada sobre el borde. Esta se incorporó, cogió a Maureen con sus fibrosas y fuertes manos, y la contempló con una mirada en la que se reflejaba la más profunda tristeza. 

Luego condujo a Maureen fuera de la cámara mortuoria, la hizo pasar por la antecámara donde yacía el cuerpo inerte de su padre envenenado por el dardo ponzoñoso, y, finalmente, al lugar donde estaba la trampa donde Abdul se había hundido, pereciendo en aquella horrible y negra profundidad. La condujo hacia la puerta de piedra por la que había entrado con su padre y Abdul, la que abrió de un golpe con su musculoso brazo vendado.

El sol mañanero acababa de salir, y bañaba con sus rayos la planicie del desierto oriental. Uno de estos rayos, cual una flecha de oro, iluminó la entrada de la cueva de roca arenisca. El aire puro y fresco llegó hasta ellos, y entonces, articulando un terrible grito, el guardián eterno de la tumba se desintegró en la luz de la mañana. Un montón de polvo y pingajos se estremeció al ser azotado por la brisa temprana.

Maureen pasó a través del agujero en aquella roca arenisca que servía de barrera ante la tumba sagrada. Salió huyendo de aquella espantosa caverna. A corta distancia de allí, tres camellos atados esperaban.