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La transferencia - Algernon Blackwood (Parte 2 y última)

Sin saberlo, Jamie había dado la última pincelada al retrato que yo había trazado, inconscientemente. El hombre poseía, y ponía en juego, cierta callada, irresistible facultad de despojarte de todas tus reservas, para luego, rápidamente, asimilárselas él. 

Al principio te dabas cuenta de una tensa resistencia; poco a poco esta resistencia se teñía de cansancio; la voluntad se volvía flácida; y luego, o te marchabas, o cedías... aceptando todo lo que él dijera con una sensación de debilidad presionando hasta los mismos bordes del colapso. 

Con un antagonista masculino acaso fuera diferente, pero aun en este caso el esfuerzo de resistencia generaba una fuerza que absorbía él y no el otro. Él nunca cedía. Una especie de instinto le enseñaba a protegerse contra toda rendición. Quiero decir que nunca cedía ante seres humanos. 

Esta vez se trataba de una cuestión muy diferente. No tenía más posibilidad que una mofeta o una mosca ante los engranajes de un enorme motor de «atracción de feria», como solía decir Jamie.

Así era como le veía yo: como una gran esponja humana, atiborrada y empapada de vida, o de los frutos de la vida absorbidos de otros..., robados. Mi idea de un vampiro humano quedaba confirmada. Aquel hombre andaba por el mundo transportando aquellas acumulaciones de vida de los demás. En este sentido, su «vida» no le pertenecía realmente. Por cierta razón, me figuro, no la tenía tan plenamente bajo su dominio como se imaginaba.

Y dentro de una hora ese hombre estaría aquí. Me fui a la ventana. La vista se me extravió hacia el trecho vacío, negro mate, que se extendía en medio de la estupenda lozanía de las flores del jardín. Se me antojaba un borroso pedazo de vacío que bostezaba pidiendo ser llenado y alimentado. 

La idea de que Jamie jugase en torno de sus desnudas orillas se me hacía aborrecible. Yo contemplaba las grandes nubes de verano, arriba en el cielo, la quietud de la tarde, la calígine. Por el jardín se extendía un silencio recalentado, opresivo. No recordaba otro día tan sofocante, tan inmóvil. Un día tendido allí, aguardando. También el personal de la casa aguardaba; esperaba que míster Frene llegase de Londres, con su gran automóvil.

Y jamás olvidaré la sensación de encogimiento y pena glaciales con que escuché el roncar del coche. El tío Frank había llegado. Habían servido el té en el césped, bajo las limas, y mistress Frene y Gladys, de regreso de la excursión, se habían sentado en sillones de mimbre. 

Míster Frene, el menor, esperaba en el vestíbulo para dar la bienvenida a su hermano; pero Jamie —según supe más tarde— había manifestado una alarma tan histérica y ofrecido una resistencia tan desesperada que se consideró más prudente tenerle en su habitación. Quizá, después de todo, su presencia no fuese necesaria. 

Se adivinaba perfectamente que la visita tenía algo que ver con el lado desagradable de la vida: dinero, capitulaciones, o qué sé yo. Nunca me enteré bien; solo supe que los padres de Jamie estaban ansiosos y que había que ganarse la benevolencia del tío Frank. No importa. Eso no tiene nada que ver con el asunto. 

Lo que sí tuvo que ver —de lo contrario no escribiría yo esta narración— es que mistress Frene me hizo llamar, pidiéndome que bajase «luciendo mi bonito vestido blanco, si no me importaba», y que yo estaba aterrorizada, aunque al mismo tiempo halagada, porque aquello significaba que una cara bonita se consideraba una preciada adición al panorama que le ofrecían al visitante. 

Además, por raro que parezca, yo sentía que mi presencia era, en cierto modo, inevitable; que, fuese por la razón que fuere, estaba dispuesto que yo presenciara lo que presencié. Y en el instante en que llegué al prado... —titubeo antes de ponerlo por escrito, porque parece una cosa tan tonta, tan inconexa— habría jurado, mientras mis ojos se encontraban con los de aquel hombre, que se produjo una especie de oscuridad repentina; una oscuridad que robó el esplendor veraniego de todos los seres y todos los objetos, y que la producían unos escuadrones de caballitos negros salidos de su persona, que corrían en derredor nuestro, dispuestos al ataque.

Después de una primera mirada momentánea de aprobación, el hombre no volvió a fijarse en mí. El té y la conversación discurrían apaciblemente; yo ayudaba a pasar platos y tazas, llenando las pausas con comentarios intrascendentes dirigidos a Gladys. A Jamie no se le mencionó siquiera. 

Exteriormente todo parecía bien; pero interiormente todo era horrible... aquello bordeaba el límite de las cosas inenarrables, y parecía tan cargado de peligro que cuando hablaba yo no lograba dominar el temblor de mi voz.

Contemplaba la cara dura, inexpresiva del visitante; advertía su extraordinaria delgadez y el brillo raro, aceitoso, de sus ojos firmes. No centelleaban; pero le absorbían a uno con una especie de brillo suave, cremoso, como el de los ojos de los orientales. Y todo lo que decía o hacía anunciaba lo que yo osaría llamar la succión de su presencia. Con su naturaleza lograba este resultado de una manera automática. Nos dominaba a todos, aunque de una manera tan suave que, hasta que había tenido lugar el hecho, nadie lo advertía.

No obstante, antes de haber transcurrido cinco minutos, yo me daba cuenta de una sola cosa. Mi mente se enfocaba sobre ella, nada más, y con tal viveza que me maravillaba que los otros no se pusieran a gritar, o a correr, o a tomar alguna medida violenta para impedir aquello. Y aquello era esto: que, separado meramente por menos de una docena de metros, aquel hombre, que vibraba con la vitalidad adquirida de otros, estaba fácilmente al alcance de aquel punto de vacío que bostezaba y esperaba, ansiando que lo llenasen. La tierra olfateaba su presa.

Aquellos dos «centros» activos se hallaban en posición de combate; el hombre tan delgado, tan duro, tan vivaz, aunque en realidad abarcando una gran dimensión con el amplio entorno de vida de los otros que se había apropiado, tan práctico y victorioso; el otro tan paciente, profundo, con la poderosísima atracción de la tierra entera detrás, y... —¡ay!—, tan consciente de que, por fin, se le presentaba la oportunidad.

Lo vi todo tan claramente como si hubiera estado contemplando a dos grandes animales preparándose para la batalla, ambos inconscientemente; aunque en cierta inexplicable manera, aquello yo lo veía, por supuesto, dentro de mí, no fuera. El conflicto sería aborreciblemente desigual. 

Cada bando había enviado ya sus emisarios, aunque yo no pudiera decir cuánto tiempo hacía, porque la primera prueba que él dio de que algo anormal sucedía en su interior fue cuando, de pronto, la voz se le volvió confusa, se equivocaba de palabras y los labios le temblaron un momento y perdieron tono. 

Un segundo después su rostro delataba aquel cambio singular y horrible, como si adquiriese una especie de flácidez alrededor de los pómulos y creciese, creciese, de modo que yo recordé la angustiosa frase de Jamie. En aquel preciso segundo, yo adiviné que los emisarios de los dos reinos, el humano y el vegetal, se habían encontrado ya. 

Por primera vez en su larga carrera de medrar a costa ajena, míster Frene se veía enfrentado contra un reino más vasto de lo que suponía, y al descubrir esta realidad, se estremecía interiormente en aquella reducida porción que era su verdadera y auténtica persona. Advertía la llegada del enorme desastre.

—Sí, John —estaba diciendo, con aquella voz pausada, como felicitándose a sí mismo—, sir George me regaló ese coche; me lo dio para obsequiarme. ¿Verdad que fue un gesto encan...? —pero aquí se interrumpió bruscamente, balbució, tomó aliento, se puso en pie y miró, inquieto, a su alrededor. Por un segundo hubo una pausa sorprendida e incómoda. 

Fue como el chasquido que pone en marcha una enorme maquinaria, ese momento de pausa que precede al verdadero arranque. Luego, en verdad, todo sucedió con la velocidad de una máquina que rueda cuesta abajo y sin control. Yo pensé en una dinamo gigante que girase en silencio e invisible.

—¿Qué es aquello? —gritó con voz apagada y saturada de alarma—. ¿Qué es aquel horrible lugar? ¡Oh, además, alguien llora allí...! ¿Quién es?

Y señalaba el terreno desnudo. En seguida, antes de que nadie pudiera contestarle, se puso a cruzar el prado en aquella dirección, andando a cada instante con paso más rápido. Antes de que nadie pudiera moverse, había llegado al borde. Se inclinó... y fijó la mirada en el suelo.

Tuve la sensación de que transcurrían varias horas; pero en realidad fueron segundos; porque el tiempo se mide por la cualidad y no la cantidad de las sensaciones que contiene. Lo vi todo con detalle despiadado, fotográfico, grabado vivamente entre la confusión general. 

Ambos bandos desplegaban una tremenda actividad, aunque solo uno, el humano, ejercía toda su fuerza... en forma de resistencia. El otro se limitaba a extender, por así decirlo, un solo tentáculo de su vasta enorme fuerza potencial; no se precisaba más. Fue una victoria tranquila, fácil. ¡Ah, resultaba más bien lamentable! No hubo jactancia ni gran esfuerzo, en un bando al menos. 

Casi pegada a la vera del hombre, presencié la escena; pues parece que fui la única persona que se movió y le siguió. Nadie más dejó su puesto, aunque mistress Frene armaba un tremendo ruido con las tazas, realizando no sé qué impulsivos gestos con las manos, y Gladys, recuerdo, profirió un grito... como un pequeño alarido:

—¡Oh, madre, es el calor!, ¿verdad?

Míster Frene, el padre, estaba pálido como la ceniza, y mudo.

Pero en el mismo instante que yo llegaba al lado del tío Frank se vio claramente qué era lo que me había llevado allí tan instintivamente. Al otro lado, entre las hayas plateadas, estaba el pequeño Jamie. Estaba observando. 

Yo sentí —por él— uno de estos impulsos que estremecen el corazón; un miedo líquido recorrió todo mi ser, tanto más efectivo cuanto que era realmente ininteligible. Sin embargo, comprendía que si hubiera podido saberlo todo, y qué era lo que quedaba detrás, el miedo habría sido más justificado; comprendía que aquello era espantoso, estaba lleno de terror.

Y entonces sucedió —fue una visión verdaderamente perversa—, como el contemplar un universo en acción, contenido, no obstante, en una reducida superficie de terreno. Creo que el hombre comprendió vagamente que si alguien ocupara su puesto, quizá pudiera salvarse, y que este fue el motivo de que, discerniendo instintivamente el sustituto que tenía más fácilmente a su alcance, vio al niño y le llamó en voz alta, desde el otro lado del suelo desnudo:

—¡Jamie, hijo mío, ven acá!

Su voz fue como un disparo agudo, pero al mismo tiempo monótono y sin vida, como cuando un rifle falla el tiro; una voz seca pero débil, sin «estallido». En realidad era una súplica. Y, con profunda sorpresa, yo escuché mi propia voz, vibrando imperiosa y fuerte, aunque no tuviera consciencia de decir las palabras que estaba pronunciando:

—¡Jamie, no te muevas! ¡Quédate donde estás! —Pero Jamie, el pequeñín, no obedeció a ninguno de los dos. Se acercó todavía más al borde y se quedó plantado allí... ¡riendo! Yo escuchaba aquella risa; pero habría jurado que no procedía de él. Era la tierra, el trecho de suelo desnudo el que producía aquel sonido.

Míster Frene se volvió de costado, levantando los brazos. Vi su cara dura, descolorida, ensanchándose un poco, desparramarse por el aire y caer hacia el suelo. Y vi que, al mismo tiempo, le ocurría algo similar a toda su persona, porque se perdió en la atmósfera en un chorro de movimiento. 

Por un segundo, la cara me hizo pensar en esos juguetes de caucho de los que tiran los niños. Se hizo enorme. Aunque esto era solamente una impresión externa. Lo que sucedía realmente —lo comprendí con toda claridad— era que toda la vida y la energía que había absorbido de los demás durante años ahora se la quitaban y la transferían... a otra parte.

Por un momento, en el borde, se bamboleó horriblemente; luego, con aquel raro movimiento de costado, rápida pero desmañadamente, penetró en el centro del espacio desnudo y cayó pesadamente de bruces. Sus ojos, mientras caía, se apagaron de manera extraña, y por todo su rostro aparecía escrita, con claridad prístina, una expresión que yo ahora solo sabría calificar de destrucción. Se le veía completamente destruido. 

Capté un sonido —¿de Jamie?—, pero esta vez no era una carcajada. Era como una deglución; era un sonido bajo y apagado, profundamente hundido en la tierra. De nuevo pensé en unos escuadrones de caballitos negros alejándose al galope por un pasillo subterráneo, bajo mis pies, hundiéndose en las profundidades, y sus pisadas se iban debilitando más y más, enterrándose en la distancia. En mi olfato penetraba un fuerte olor de tierra.

Y luego... todo pasó. Volví en mí. Míster Frene, el menor, levantaba la cabeza de su hermano del prado donde había caído, junto a la mesa del té. En realidad no se había movido de allí. Y Jamie, según supe después, había estado todo el rato durmiendo arriba, en su cama, rendido por el llanto y la inexplicable alarma. Gladys vino corriendo con agua fría, esponja, toalla y también brandy..., en fin, multitud de cosas.

—Madre, ha sido el calor, ¿verdad? —Oí el murmullo de la niña; pero no la respuesta de la madre. A juzgar por su cara, habría dicho que, por su parte, mistress Frene estaba al borde del colapso. Luego vino el mayordomo, y entre todos levantaron al caído y le llevaron al interior de la casa. El tío Frank se recobró aun antes de que llegara el médico.

Pero lo que me extrañó mayormente fue la profunda convicción que tenía de que todos los demás habían visto lo mismo que vi yo, solo que ninguno dijo ni media palabra del suceso; ni la ha dicho nadie hasta el día de hoy. Y esto acaso fuera lo más horrendo de todo.

Desde aquel día hasta el de hoy, apenas oí nombrar jamás a míster Frene, el mayor. Pareció como si, súbitamente, hubiera desaparecido de este mundo. Los periódicos no le mencionaban. Por lo visto, sus actividades cesaron por completo. Sea como fuere, la vida que llevó luego se distinguió por su inanidad. Realmente, nunca hizo nada digno de la mención pública. Aunque también puede ser que, habiendo dejado de estar a las órdenes de mistress Frene, no tuviera yo ocasión alguna de enterarme de nada.

Sin embargo, la vida ulterior de aquel trozo estéril de jardín siguió un rumbo completamente distinto. Que yo sepa, los jardineros no procedieron a ninguna enmienda de su suelo, ni se abrió ningún desagüe, ni se trajo tierra nueva; pero ya antes de que me marchase yo, al verano siguiente, había cambiado. Permanecía inculto; pero poblado de grandes y lozanas hierbas y enredaderas, fuertes, bien alimentadas, reventando literalmente de vida.

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 4)

Tras separar los postigos, Dilvish bajó a la habitación. La tenue luz de la ventana le mostró parte del desorden que reinaba allí. Se detuvo unos instantes para memorizar la disposición lo mejor posible; se volvió después y cerró la ventana, aunque no por completo. Los empañadísimos vidrios obstruían buena parte de la luz, pero él no deseaba verse delatado por una chismosa corriente de aire.

Avanzó en silencio, siguiendo el mapa de su mente. Había envainado su larga espada y solo llevaba una daga en la mano. Tropezó una vez antes de llegar a la puerta (con la pata de una silla que sobresalía), pero avanzaba con tanta lentitud que no hubo ruido alguno. Abrió ligeramente la puerta y miró a la derecha. Un pasillo oscuro...

Salió y miró a la izquierda. Había luz en esa dirección. Se dirigió hacia ella. Al avanzar, vio que procedía de la derecha: un corredor lateral o una habitación abierta. El ambiente fue haciéndose más cálido, la sensación más agradable que Dilvish había experimentado en las últimas semanas. Se detuvo, tanto para prestar atención a sonidos delatores como para saborear aquella sensación. Al cabo de unos instantes hubo un tenuísimo ruido al otro lado del rincón. Dilvish se acercó un poco y aguardó. El sonido no se repitió.

Con el cuchillo bajo, avanzó. Vio que era la entrada de una habitación y contempló a una mujer sentada en el interior; la mujer estaba leyendo un libro y había un vaso en la mesita situada a la derecha. Dilvish miró a ambos lados del umbral, comprobó que estaba solo y entró.

—Será mejor que no gritéis —dijo.

Ella bajó el libro y le miró fijamente.

—No lo haré —replicó—. ¿Quién sois?

Dilvish vaciló.

—Llamadme Dilvish —dijo por fin.

—Mi nombre es Reena. ¿Qué deseáis?

Dilvish bajó ligeramente el arma.

—He venido a matar. No os pongáis en mi camino y nada os pasará. Hacedlo, y lo pagaréis. ¿Cuál es vuestra situación en esta casa?

Reena palideció. Escrutó el semblante del guerrero.

—Estoy... prisionera —dijo.

—¿Por qué?

—Nuestros medios de salida están bloqueados, igual que los medios normales de entrada.

—¿Cómo?

—Fue un accidente... por así decirlo. Pero no pienso que lo creáis.

—¿Por qué no? Hay accidentes.

Ella le miró de un modo extraño.

—Eso os ha traído aquí, ¿no es cierto?

Dilvish sacudió lentamente la cabeza.

—Temo no comprenderos.

—Cuando él descubrió que el espejo no podía ya transportarle a este lugar, os envió a matar a la persona responsable, ¿no es cierto?

—No he sido enviado —dijo Dilvish—. He venido por voluntad y deseo propios.

—Ahora soy yo la que no os comprende —dijo Reena—. Afirmáis que habéis venido a matar, y Ridley espera que alguien venga a matarle. Lógicamente...

—¿Quién es Ridley?

—Mi hermano, el aprendiz de mago que atiende este lugar para su maestro.

—¿Vuestro hermano es aprendiz de Jelerak?

—¡Por favor! ¡Ese nombre!

—¡Estoy harto de murmurarlo! ¡Jelerak! ¡Jelerak! ¡Jelerak! Si puedes oírme, Jelerak, ¡ven a verme más de cerca! ¡Estoy preparado! ¡Acabemos con esto! —gritó Dilvish.

Ambos guardaron silencio unos instantes, como si esperaran una réplica u otra manifestación. No pasó nada. Finalmente, Reena carraspeó.

—¿Vuestra disputa, pues, es enteramente con el maestro? ¿No con su siervo?

—Eso es correcto. Los actos de vuestro hermano no significan nada para mí, mientras no obstruyan mis propósitos. Sin saberlo, tal vez, ya lo han hecho... si es que él ha cerrado el paso a este lugar a mi enemigo. Pero no considero eso como motivo de venganza. ¿Qué es ese espejo de transporte de que habláis? ¿Lo ha roto vuestro hermano?

—No —replicó Reena—, está físicamente intacto. Pero bien podía haberlo roto. Ha puesto el hechizo de transporte en suspenso, por así decirlo. Es una puerta usada por el maestro. Él lo usaba para venir aquí... y desde aquí podía usarlo igualmente para viajar a cualquier otra de sus fortalezas, y seguramente a otros lugares. Ridley anuló el espejo cuando... no era él mismo.

—Quizá se le pueda convencer para que vuelva a dejarlo como antes. Luego, cuando Jelerak venga a averiguar la causa del problema, yo estaré aguardándolo.

Reena meneó la cabeza.

—No es tan sencillo —dijo. Y agregó—: Debéis estar incómodo, con esa postura encorvada propia de un luchador. Yo sé que estoy incómoda simplemente viéndoos. ¿No queréis tomar asiento? ¿Os apetecería un vaso de vino?

Dilvish miró por encima del hombro.

—No es nada personal —dijo—, pero preferiría seguir de pie.

Envainó la daga, no obstante, y se acercó al bufete, donde había una botella de vino abierta y varios vasos.

—¿Bebéis esto?

Reena sonrió y se levantó. Atravesó la habitación para ponerse junto a Dilvish, cogió la botella y llenó dos vasos.

—Servidme uno, caballero.

Dilvish cogió un vaso y se lo dio con una cortés inclinación de cabeza. La mirada de la joven topó con la de él al aceptarlo. Reena alzó el vaso y bebió. Dilvish cogió el otro vaso, lo olió, lo probó.

—Muy bueno.

—La provisión de mi hermano —dijo ella—. Le gusta lo mejor.

—Habladme de vuestro hermano.

Reena se volvió un poco y se apoyó en el bufete.

—Lo eligieron aprendiz entre muchos candidatos —dijo— porque poseía grandes aptitudes naturales para ello. ¿Sabéis que la magia, en sus más elevadas manifestaciones, requiere asumir una personalidad artificialmente construida... cuidadosamente desarrollada, disciplinada, suave como un guante cuando se actúa?

—Sí —replicó Dilvish.

Reena le miró de reojo y prosiguió hablando.

—Pero Ridley siempre ha sido distinto a casi todo el mundo, puesto que ya poseía dos personalidades. Normalmente es amable, ingenioso, interesante. No obstante, de vez en cuando lo domina su otra naturaleza y se convierte en todo lo contrario: cruel, violento, malicioso. Tras iniciar su trabajo con la magia superior, el otro lado de su personalidad logró fundirse con el lado mágico. Cuando asumía las actitudes mentales y emotivas precisas para su trabajo, el otro lado estaba presente. Había hecho grandes avances para llegar a ser un excelente mago, pero siempre que recurría a la magia se transformaba en otra cosa... muy poco agradable. Sin embargo, la situación no habría sido un gran inconveniente, siempre que mi hermano pudiera desprenderse de su otra personalidad con la misma facilidad con que la asumía... con el anillo que había hecho para tal fin. Pero al cabo de un tiempo, este... otro... se resistió a la restauración. Ridley llegó a creer que el otro trataba de dominarle.

—He oído hablar de personas así, con más de una naturaleza o carácter —dijo Dilvish—. ¿Qué sucedió finalmente? ¿Qué lado ha dominado?

—La lucha continúa. Él está en su mejor personalidad actualmente. Pero teme enfrentarse al otro... que se ha convertido en un demonio personal para él.

Dilvish asintió y terminó de beber. Reena señaló la botella. El guerrero se sirvió más vino.

—De modo que el otro dominaba —dijo Dilvish— cuando él anuló el hechizo del espejo.

—Sí. Al otro le gusta dejar tareas inacabadas, de forma que mi hermano tendrá que recurrir a él...

—Pero cuando él era... el otro... ¿dijo por qué había hecho eso con el espejo? Eso parece ser algo más que una lucha mental. Debió comprender que estaba provocando problemas peligrosísimos... procedentes de otra parte.

—Él sabía lo que se hacía —dijo Reena—. El otro es un egoísta extraordinario. Cree estar preparado para enfrentarse al mismo maestro en una lucha por el poder. Privar al espejo de su carácter pretendía ser un reto. En realidad, él me dijo entonces que ese acto pretendía resolver dos situaciones al mismo tiempo.

—Creo que puedo imaginar la segunda —dijo Dilvish.

—Sí —replicó la joven—. El otro cree que venciendo en esa contienda podrá revelarse como la personalidad dominante.

—¿Qué opináis vos?

Reena recorrió lentamente la habitación y se volvió hacia Dilvish.

—Que tal vez sí —dijo—, pero no creo que venza.

Dilvish apuró el vaso y lo dejó a un lado. Cruzó los brazos sobre su pecho.

—¿Existe alguna posibilidad —preguntó— de que Ridley domine al otro antes de que ocurra ese conflicto?

—No lo sé. Él lo ha intentado... pero teme que el otro haga lo mismo.

—¿Y si triunfa? ¿Creéis que eso aumentaría sus posibilidades?

—¿Quién puede decirlo? Yo no, ciertamente. Estoy harta de todo esto y odio este lugar. ¡Ojalá me encontrara en algún sitio caluroso, como Tooma o Ánkyra!

—¿Qué haríais allí?

—Me gustaría ser la cortesana mejor pagada de la ciudad, y cuando me hartara de eso, tal vez casarme con un noble. Me gustaría una vida de indolencia, lujo y cordialidad, lejos de las batallas de los expertos.

Reena miró a Dilvish.

—Tenéis una parte de sangre elfa, ¿no es cierto?

—Sí.

—Y parecéis tener conocimientos de estos asuntos. De modo que habéis llegado con algo más que una espada para hacer frente al maestro...

Dilvish sonrió.

—Le traigo un presente del Infierno.

—¿Sois mago?

—Mi conocimiento de estos asuntos es altamente especializado. ¿Por qué?

—Estaba pensando que si fuerais lo bastante experto como para reparar el espejo, yo podría usarlo para marcharme y no ponerme en el camino de nadie.

Dilvish meneó la cabeza.

—Los espejos mágicos no son mi especialidad. Ojalá lo fueran. Resulta un poco penoso haber recorrido tanta distancia en busca de un enemigo y descubrir que su acceso está impedido.

Reena se echó a reír.

—¿Creéis que una cosa así va a detenerlo?

Dilvish alzó la mirada, dejó caer los brazos, miró alrededor.

—¿Qué queréis decir?

—El que buscáis estará molesto por la situación, sí. Pero ello difícilmente puede representar una barrera insuperable. Él se limitará a no usar su cuerpo.

Dilvish empezó a pasear de un lado a otro de la habitación.

—En ese caso, ¿qué es lo que lo retiene? —preguntó.

—En primer lugar, necesitará acrecentar su poder. Si llega aquí sin cuerpo, estará en ligera desventaja ante cualquier conflicto que surja. Es preciso que acumule poder para compensar su desventaja.

Dilvish dio media vuelta y miró a la joven, con la espalda apoyada en la pared.

—Esto no me gusta en absoluto —dijo—. Últimamente deseo algo que pueda sufrir heridas. ¡No un espectro sin cuerpo! ¿Cuánto durará esta concentración de poder? ¿Qué opináis? ¿Cuándo llegará él?

—No puedo oír las vibraciones a ese nivel. No lo sé.

—¿Existe alguna posibilidad de forzar a vuestro hermano a...?

Se deslizó un panel detrás de Dilvish y un criado con cara de momia le golpeó en la nuca con un bastón. Aturdido, el guerrero se tambaleó. El bastón se alzó y cayó de nuevo. Dilvish cayó de rodillas y por fin se desplomó.

Ridley apartó al criado y entró en la habitación. El portador del bastón y un segundo siervo le siguieron.

—Muy bien, hermana. Muy bien —observó Ridley—, retenerle aquí hasta que nos pudiéramos ocupar de él.

Ridley se arrodilló y extrajo la larga espada de la vaina del costado de Dilvish. La arrojó al otro lado de la habitación. Tras dar la vuelta al cuerpo de Dilvish, sacó la daga de la vaina más pequeña y la alzó.

—Hay que acabar de una vez —dijo.

—¡Eres un necio! —afirmó Reena, que se había acercado y le había agarrado la muñeca—. ¡Ese hombre podía haber sido un aliado! ¡No está buscándote! ¡Quiere matar al maestro! Le tiene un rencor personal.

Ridley bajó la daga. Reena no le soltó la muñeca.

—¿Y tú has creído eso? —dijo—. Llevas aquí demasiado tiempo. El primer hombre que se presenta te hace creer...

Reena le abofeteó.

—¡No tienes derecho a hablarme así! ¡Él ni siquiera sabía quién eres! ¡Podía haber sido útil! ¡Ahora no confiará en nosotros!

Ridley observó el rostro de Dilvish. Luego se levantó, con el brazo caído. Dejó caer la daga y de una patada la mandó al otro lado de la sala. Reena le soltó la muñeca.

—¿Quieres su vida? —dijo él—. De acuerdo. Pero si él no va a confiar en nosotros, tampoco nosotros podemos confiar en él. —Se volvió hacia los criados, que permanecían inmóviles detrás—. Lleváoslo —les ordenó— y echadlo por el agujero para que haga compañía a Mack.

—Estás agravando tus errores —dijo Reena.

Ridley miró ferozmente a su hermana.

—Y yo estoy harto de tus burlas —dijo—. Te he concedido su vida. Confórmate con eso, antes de que cambie de opinión.

Los criados se agacharon y levantaron la inerte forma de Dilvish entre los dos. Lo llevaron hacia la puerta.

—Tanto si me equivoqué como si acerté con él —dijo Ridley, señalando a los criados—, habrá un ataque. Tú lo sabes. En una forma o en otra. Probablemente pronto. Tengo que hacer preparativos y no deseo que me molesten.

Se volvió dispuesto a irse. Reena se mordió el labio antes de responder.

—¿Te falta mucho para lograr algo así como... un arreglo?

Ridley se detuvo, sin volver la cabeza.

—Menos de lo que pensaba que me faltaría —replicó— en este punto. Ahora creo que tengo una posibilidad de dominar. Por eso no puedo permitirme riesgo alguno, y por eso no puedo tolerar más interrupciones o retrasos. Vuelvo a la torre ahora mismo.

Se dirigió hacia la puerta, por la que acababa de pasar el cuerpo de Dilvish. Reena bajó la cabeza.

—Buena suerte —dijo en voz baja.

Ridley salió apresuradamente de la habitación.

Los mudos criados llevaron a Dilvish por un corredor débilmente iluminado. Al llegar a una hendidura de la pared, se detuvieron y dejaron el cuerpo en el suelo. Uno de ellos entró en el nicho y abrió una trampa del suelo. Tras acercarse de nuevo al inmóvil cuerpo, ayudó a levantarlo y ambos criados bajaron a Dilvish, con los pies por delante, por la oscura abertura que había quedado al descubierto. Le soltaron y el cuerpo dejó de verse. Un criado cerró la trampa. Finalmente, los dos se volvieron y se fueron por el corredor.

Dilvish notó que se deslizaba por una superficie inclinada. Durante unos instantes tuvo la visión de que Black había resbalado en el ascenso de la montaña. Estaba deslizándose Torre de Hielo abajo, y cuando llegara a la parte más baja...

Dilvish abrió los ojos. Le asaltó una instantánea claustrofobia. Estaba avanzando en la oscuridad. Al hacer un viraje, había notado la pared muy cerca. Dilvish pensó que si estiraba las manos para agarrarse, se las despellejaría.

¡Los guantes! Los había apretado al cinto.

Los buscó, los sacó, empezó a ponérselos. Se incorporó mientras lo hacía. Parecía haber un débil retazo de luz más adelante. Extendió ambas manos, y las piernas al mismo tiempo, hacia los lados. Su talón derecho tocó la pared en el mismo momento que sus manos. Después el izquierdo...

Notando una vibración en la cabeza, Dilvish incrementó la presión en los cuatro puntos. Las palmas de sus manos empezaron a calentarse con la fricción, pero su velocidad disminuyó un poco. Apretó con más fuerza, clavó los talones. La velocidad disminuyó.

Dilvish recurrió a toda su fuerza. Los guantes empezaron a desgastarse. El izquierdo se desgarró. La palma de su mano comenzó a arder. Por delante, el cuadrado débilmente iluminado aumentó de tamaño. Dilvish comprendió que podría detenerse antes de llegar abajo. Empujó una vez más. Olió a paja podrida y llegó al lugar. Cayó de pie y de inmediato se desplomó.

El picor que sentía en la mano izquierda impidió que se desmayara. Respiró profundamente el fétido aire. Aún estaba mareado. En su nuca notaba un enorme dolor. No recordaba qué había sucedido. Permaneció inmóvil, jadeante, mientras los latidos de su corazón se calmaban. El suelo era frío. 

Fragmento tras fragmento, los recuerdos volvieron... Recordó la ascensión al castillo, la entrada... La mujer, Reena... Habían estado conversando... La cólera ardió en su pecho. Ella le había engatusado. Le había retenido hasta recibir ayuda para enfrentarse a él.

Pero el relato de la joven tenía una construcción excesivamente elaborada, llena de innecesarios detalles... Dilvish se extrañó. ¿Habría algo más que simple traición? Suspiró. Todavía no estaba preparado para pensar. ¿Dónde se hallaba? Suaves sonidos le llegaron a través de la paja. Tal vez una celda... ¿Había otro preso? 

Algo corrió por su espalda. Se incorporó en parte bruscamente, notó que se derrumbaba, se volvió de costado al hacerlo. Vio las menudas y oscuras siluetas en la penumbra. Ratas. Eso era. Observó la mitad de celda que tenía ante los ojos. Nada más... 

Dio la vuelta para apoyarse en el otro costado, vio la puerta destrozada. Se incorporó, ahora con más cuidado que antes. Se frotó la cabeza y parpadeó al ver la luz. Una rata se alejó con esos movimientos.

Dilvish se puso en pie, se limpió la ropa. Avanzó hacia la puerta rota, la tocó. Apoyado en el marco, contempló la gran habitación de heladas paredes. Llameaban antorchas fijadas en brazos a ambos extremos de la habitación. Había una salida abierta, oscuridad al otro lado. Dilvish pasó entre la puerta y el marco, sin dejar de mirar alrededor. 

No había más sonido que los suaves ruidos de las ratas detrás y el goteo de agua. Observó las antorchas. La de la izquierda era ligeramente mayor. Se acercó y la sacó del brazo. Luego se dirigió hacia el oscuro umbral.

Una fría corriente de aire agitó las llamas cuando Dilvish la cruzó. Se hallaba en otra cámara, más pequeña que la que acababa de dejar. Vio una escalera al frente. Avanzó hacia ella y empezó a subir. La escalera solo tenía un recodo. En la parte superior, Dilvish vio una lisa pared a la derecha, un amplio corredor de bajo techo a la izquierda. Siguió el corredor.

Al cabo de quizá medio minuto, observó lo que parecía ser un rellano, con un pasamano que sobresalía de la pared. Al aproximarse vio que había una abertura de la que salía la baranda. Precavidamente, Dilvish subió al rellano, aguzó el oído unos instantes, asomó la cabeza por el rincón. Nada. Nadie. Solo una larga y oscura escalera ascendente. 

Se cambió la antorcha, cuyas llamas eran bajas, a la otra mano y comenzó a subir rápidamente. Esa escalera era mucho más alta que la anterior, ascendía en espiral largo trecho. Dilvish llegó súbitamente al final, se le cayó la antorcha y pisó las llamas unos instantes. 

Después de pararse en el último escalón, salió al corredor. Tenía una alfombra alargada y ornamentos en las paredes. Grandes velas ardían en soportes a lo largo del pasillo. A la derecha había una amplia escalera ascendente. Dilvish se acercó al primer escalón, convencido de haber llegado a una parte más frecuentada del castillo.

 

(CONTINUARÁ...) 

El juego más antiguo - Alberto Chimal

Y pasó que en la tierra de Mundarna, en un cruce de caminos, una tarde de invierno, se encontraron dos brujas. Una se llamaba Antazil, la otra Bondur. Eran expertas en sus artes y sobre todo en el de la transformación, que permite a sus adeptos mudar de apariencia y de naturaleza. Venían de lugares lejanos, igualmente distantes, y se odiaban.

La causa no es tan importante: los conflictos de los poderosos son los nuestros, igual de terribles o de mezquinos, por más que ellos se empeñen en pintarlos dignos de más atención, de horror o maravilla, de arrastrar pueblos y naciones. Básteme decir que habían conversado, por medios mágicos, y decidido: que ninguna podía tolerar más la existencia de la otra, y que allí, lejos de miradas indiscretas, lejos de cualquiera que pudiese sufrir daño, resolverían sus diferencias de una vez.

Una llegó por el norte, caminando. La otra por el sur. Cuando estuvieron cerca, a unos palmos de tierra fría la una de la otra, se detuvieron. Se miraron y no dijeron nada. Pero Antazil se convirtió en águila, grande y majestuosa, de garras y pico de acero, y se arrojó sobre Bondur para sacarle los ojos. Y Bondur se volvió una serpiente constrictora, de piel gruesa y verde, y se enroscó en el águila para estrangularla.

Y Antazil se volvió agua para escapar de la serpiente, y Bondur se volvió tierra para absorber el agua, y Antazil se volvió lombriz para devorar la tierra. Luego Bondur se volvió pájaro para comerse a la lombriz...

Era el juego más antiguo, como a veces lo llaman, y el que juega pierde cuando no atina a repeler un ataque, cuando no puede hallar una nueva forma, cuando demora demasiado. Pero quien juega casi nunca lo hace más que con palabras, con la imaginación, y en cambio la lombriz se transformó en gato y atacó al pájaro, que se volvió perro y persiguió al gato, que se volvió rabia e hizo enfermar al perro, que se volvió tiempo, que cura o que mata.

La rabia se convirtió en clepsidra para aprisionar al tiempo; el tiempo se convirtió en piedra para romper la clepsidra, que se convirtió en pico para romper la piedra, que se volvió hacha para cortar el mango del pico...

Así combatieron durante mucho tiempo, con furor cada vez más grande, pues no cambiaba con sus formas. Ninguna bruja superaba a la otra, ninguna estratagema servía, y así Bondur y Antazil fueron animales, plantas, objetos, ideas, categorías, todas las cosas que tienen nombre, y cada vez más rápido, hasta que los caminos que se cruzaban bajo la batalla —no exagero— pudieron confundirse con los que llevaban al Templo de las Maravillas, el que Yuma de Haydayn mandó hacer cuando fue rey y en el que estaba, en verdad o en imagen, todo: lo creado y no creado, lo inconcebible, para su goce y el espanto de su pueblo.

Y hasta que Bondur, furiosa más allá de toda prudencia, se convirtió en hechizo, en magia pura de muerte y ruina. Antazil asumió su verdadera forma y, como bruja, comenzó a disolver el hechizo. Bondur apenas pudo transformarse de nuevo, porque en verdad se disipaba en el poder de Antazil, pero se convirtió en la espada Finor, la de la Gesta de Alabul, la que corta la piedra y seca la carne y es amiga de la desolación, y se arrojó sobre su enemiga.

Y he aquí que Antazil, cuando la hoja estaba por atravesarla, se transformó en Bondur. Pensó que Bondur vacilaría al mirarse fuera de su cuerpo, y vaciló, en efecto, pues Finor, la hoja terrible, la que en la Gesta mató sin piedad al mismo Endhra, al Eterno, se detuvo.

Pero luego, para estrangularla con sus propias manos, para hacerla pagar por el horror de verse a sí misma, Bondur se transformó, a su vez, en Antazil. Y entonces se vieron. Sí, Antazil con la carne de Bondur, Bondur con la de Antazil, pero también con los pensamientos de la otra, sus recuerdos, sus motivos para la vida y el arte y el combate.

Y cada una comprendió a la otra, como nunca había comprendido nada en la existencia, y cuando se miró desde esos otros ojos, desde afuera, en aquel instante, también se conoció.