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Post Bombum - Alberto Vanasco

 Ahora las aguas, las olas furiosas venían de pronto y arrasaban la tierra. Entre las palmeras despedazadas, entre restos del gran incendio, sobre el carbón y el hielo, algunos pocos hombres habían encontrado refugio. Muy pocos, apenas tres o cuatro, según podía verse cuando salían de sus escondrijos para atrapar alguna alimaña y volvían a ocultarse casi enseguida. 

El sol asomaba de nuevo, a veces, entre las brumas, pero la lluvia proseguía cayendo inconteniblemente, desde el primer momento, como si ya nunca fuera a dejar de caer. Entre espirales de humo y de tierra, la vida, desorientada, pugnaba por seguir adelante: animales monstruosos, vegetales estrafalarios aparecían sobre el humus calcinado. 

Uno de los hombres, que había perdido un zapato, se arrastró fuera de la caverna y espió. Los otros dos andaban por ahí, detrás de un reptil informe, discutiendo a gritos, porfiando por la presa y tirándose piedras. Eran el que había perdido un ojo y el que había perdido el pelo. Alguien había encendido un fuego que cubría de humo la colina. El que había perdido un zapato se detuvo para matar una nueva especie de ciempiés que dormía sobre una roca y se lo comió. Después estiró el cuello para mirar a lo lejos:

- ¡Eh! Vengan - gritó -. Nadie les va a hacer nada. Vengan a calentarse un poco. - Y se paró junto a la fogata.

El calvo se acercó, masticando todavía un pedazo del reptil que había cazado y se agachó al lado del fuego, y así se quedó, en cuclillas, balanceándose torpemente. El tercero, el tuerto, también se fue arrimando y por fin se detuvo pegado a las llamas.

- Ya estamos los tres juntos - dijo ufano el del zapato.

Los otros dos gruñeron. Pasó más de media hora sin que volvieran a hablar. Sus hijos también habían empezado a rondar el lugar. Había uno que parecía un sapo, con el cuerpo hinchado y aplastado contra el suelo. El otro parecía una chica y hacía pensar en un árbol, con el tallo muy fino y crecido, y los dos brazos como ramas quebradas a los costados. El tercero daba la impresión de ser todavía un feto.

- Tenemos que hacer algo - dijo el que había perdido un zapato.

- ¿Hacer qué? - preguntó el que apenas había conservado un ojo.

- Algo, salvar alguna cosa, para ellos - dijo el otro, señalando vagamente a los chicos.

- No hay nada que salvar - dijo el calvo.

Estuvieron en silencio otra hora, oyendo tan sólo los graznidos, los bramidos de sus hijos que se empujaban hacia el borde del abismo, se arañaban mutuamente y pugnaban por arrojarse unos a otros al vacío.

- No podemos seguir de esta manera, escondiéndonos y espiándonos todo el tiempo como enemigos - dijo por fin el que no había conservado más que un zapato. - Quedamos solamente nosotros tres, a lo mejor sólo nosotros en toda la tierra, cada uno con un hijo, y algo tenemos que hacer.

- No hay nada que hacer - insistió el que no había conservado más que el cuero cabelludo.

- Les voy a explicar - dijo el del zapato -. Yo pienso que sí. No tenemos nada que hacer y de algún modo hay que pasar el tiempo. Oigan. Entre los tres debemos saber algunas cosas. Podemos anotarlas y ordenarlas, juntar todos nuestros conocimientos para dejárselos a nuestros hijos y a los hijos suyos. 

Ellos tendrán que empezarlo todo de nuevo y nuestros apuntes pueden servirles de mucho, una especie de enciclopedia, ¿eh, qué les parece? - Los otros dos gruñeron. - Usted, por ejemplo - le dijo al tuerto -, ¿qué hacía? ¿Cómo se llama?

- Mi nombre es Antonio Morales. Trabajaba de capataz en el puerto. ¿Usted a qué se dedicaba?

- Yo me llamo Silva - informó el del ojo -. Era oficinista.

- ¡Ah, oficinista! ¿Vio? - dijo el del zapato. Después los dos miraron al que había perdido el pelo.

- Mi nombre es Anderson. Era encargado de una casa de departamentos. El fuego se está por apagar.

- No, todavía está prendido pero arrímele esas tablas. No tenga miedo. Gracias. ¿Ven? Yo estoy acostumbrado a hacer esto, a mandar, a organizar. Por algo era capataz en el puerto. Usted, Silva, trabajaba en una oficina. Debe saber muchas cosas, por lo menos más que nosotros, ¿o me equivoco?

- Bueno, sí, puede ser. Algo he leído, aunque así no más por encima.

- No importa. Todo es importante. No tenemos papel pero podemos ir anotando lo que sea en estos vidrios sucios que hay aquí. Vidrios rotos es lo que sobra. Empecemos. ¿Qué sabe?

Silva pensó durante un rato bastante largo. Miraba las llamas con su solo ojo. Sentía frío y apenas había comido esa semana. ¿Qué sabía él? Ahora sentía que sabía casi nada. Comprendía que los habían destruido con los conocimientos más atroces y refinados que algunos pocos hombres se habían reservado para ellos, y allí estaban ahora, con sus hijos monstruosos y el mundo aniquilado, tratando de salvar o recuperar algo. Nerón, pensó de pronto con alegría. Eso sí. Recordaba haber visto por televisión una película sobre el emperador romano.

- Nerón - dijo -. Eso nos puede servir de referencia.

- Cómo no, sí señor - dijo Morales con entusiasmo -. Cualquier cosa sirve para empezar. ¿En qué año fue lo de Nerón? Así podemos ir ordenando un poco las épocas.

- No recuerdo ese detalle. Fue con Julio César. Nerón quemó Roma. Creo que quinientos años antes de Cristo.

- Espere. Nerón, Cristo, Julio César. Muy bien, esto marcha. ¿Y lo de Cristo cuándo fue, entonces?

- Ni antes ni después de Cristo, supongo.

- Supone bien - dijo Morales y anotó algo en el vidrio -. Perfecto. ¿Qué más? ¿Qué sabe de Julio César?

- Julio César fue el fundador de Roma.

- Nerón quemó Roma y Julio César la volvió a fundar, ¿no es así?

- Sí, más o menos, creo que sí.

- Bueno - dijo el hombre con un solo zapato -. Esto ya está. Pasemos a los griegos. ¿Qué saben de los griegos?

- Los griegos vivieron antes.

- ¿Cuándo?

- Diez mil años antes de Cristo. Son famosos porque vivían en Troya. Allí pelearon con los cartagineses.

- ¿Y quién ganó?

- Creo que ninguno de los dos. De allí viene la frase una victoria a lo Pirro.

- ¿Pirro era emperador de Cartago?

- Claro, por supuesto. Anótelo.

- Ya está. Pero basta por hoy de historia, mañana seguiremos. Veamos un poco de ciencias - dijo entonces Morales. - Usted, Anderson, que fue portero, debe saber algo de electricidad.

- Portero no, encargado. Bueno, de electricidad, no precisamente. No es necesario saber esas cosas para ser encargado de una casa de departamentos. Sé poner un enchufe, conectar una lámpara, pero nada más. Eso sí, Podemos anotar que hay dos corrientes, corriente alternada y corriente continua.

- ¿Y cuál es la diferencia?

- Y, que una lo mata, la otra le da un golpe.

- Golpe. ¿Qué más? - dijo Morales. Estaba exultante -. ¿Qué es la electricidad? ¿Cómo se obtiene?

- Bueno, viene de la usina. Qué es, no lo sé, aunque una vez recibí una descarga. Es como un rayo. En la usina sí, hay cables, bobinas, dínamos. Ahí tiene, eso podría ser interesante para nuestros hijos.

- ¿Qué es un dínamo?

- Son como unas escobillas que dan vuelta y se forma el fluido eléctrico.

- ¿Y qué más?

- Con eso creo que es bastante. Anote. Fluido eléctrico.

- Puede ser. Ya está - contestó Morales.

- ¿Y usted qué sabe? - le preguntó el que tenía un ojo de menos a Morales, que tenía de menos un zapato.

- Sé hacer una estiba de congelado o cómo hay que colgar el chilled y acomodar todo tipo de carga blanca.

- No creo que eso ahora nos sirva de mucho - dijo el otro -. ¿No sabe algo de barcos?

- Sí, sé abrir una bodega, sé el nombre de cada una de sus partes.

- ¿Por qué flota un barco? Eso es lo que nos gustaría saber.

- Bueno, flota porque es hueco. Hay una ley física para eso.

- El principio de Newton - aclaró el que había sido oficinista.

- Ah, cierto. ¿Cómo dijo? ¿Newton?

- Sí, pero espere. El principio de Newton dice que la gravedad es lo que atrae a todos los cuerpos. Ese fue un gran descubrimiento. Es un principio universal.

- ¿Y por eso flota un barco?

- No. Precisamente flota por todo lo contrario. Es el agua que lo mantiene a flote.

- ¿Entonces?

- Ya le dije. El principio de Newton.

- Ya que estamos en las ciencias - dijo Morales escribiendo con ahínco -. ¿Qué es la relatividad?

- Ah, sí, Einstein tenía que ver con eso - explicó Silva, guiñando el único ojo que le quedaba -. Descubrió la relatividad. Revolucionó la astrología. Decía que todo era relativo.

- Bien - dijo Morales, tomando un vidrio nuevo -. Todo relativo. ¿Cómo eran las fórmulas?

- No sé. Espere. Eran un poco complicadas. Decía que la luz va a una velocidad de trescientos mil kilómetros por minuto.

- ¿Está seguro? ¿No es mucho?

- No, es lo único que recuerdo con exactitud. Pero ponga una hora, por si acaso.

- Perfecto, una hora. ¿Quién sabe algo de geometría?

- El teorema de Pitágoras - dijo Silva, a quien su único ojo le brillaba ahora con energía.

- ¿Qué es eso?

- Es una manera de medir los lados de una escuadra. Oigan, decía más o menos así... no anote todavía: la suma de los catetos es igual a la hipotenusa.

- Muy interesante. ¿No puede aclararme?

- Sí, mire. - Sacó un cuchillo y los otros dos se alarmaron pero sólo hizo un triángulo rectángulo sobre el suelo arrasado -. ¿Ven? Quiere decir que este lado (y trazó una raya igual a la hipotenusa) es igual a la suma de estos otros dos (e hizo dos segmentos unos después del otro iguales a los catetos).

- Pero esos no son iguales - dijeron los otros a un tiempo.

- A simple vista no, pero matemáticamente sí. Por eso Pitágoras tuvo que demostrarlo.

- Muy bien - dijo Morales -. Si vienen seres de otro planeta se encontrarán con estos vidrios y tendrán una idea completa de todo lo que el hombre había llegado a saber.

- ¿Por qué no agregamos algo de literatura? - dijo Silva.

- ¿Literatura? - repitió Anderson.

- No, literatura no. Tenemos que poner cosas fundamentales. Por ejemplo, ¿qué es una bomba atómica? ¿Cómo se hace? Eso sería muy importante.

- ¿Bomba atómica? - dijeron los otros dos. Un silencio compacto se abatió sobre los tres hombres. La lluvia seguía desmoronándose y Morales debía proteger los vidrios con su cuerpo para que el agua no fuera borrando lo que escribía. 

En eso el viento candente y húmedo arrastró las hojas empapadas de un libro que se habían salvado del gran incendio. Anderson, el calvo, las alisó y las trajo. Era un tesoro de un valor incalculable para ellos: nada menos que un tratado de anatomía, de astronomía, de zoología. De inmediato se pusieron a estudiarlo y transcribirlo para sus hijos.

- A ver, el sistema nervioso, ¿qué dice? - organizó Morales.

Silva, con su solo ojo, leyó: "El cerebro es el sistema nervioso y abarca todo el cuerpo. Yo, un suponer, tomo un niño en cualquier lado que sea, y le digo: - Vos acá tenés nervios, y él no me puede decir que no. El cerebro está protegido por un güeso que es un craño. Pero primero está el cerebelo, y después está el bulbo raquídeo. Más tarde está la  columna beltebral y adentro de la columna ésa hay como un cañito que recorre todo el cuerpo. Las circunbelaciones son como unos choricitos todos arrollados que son las cosas que nos permiten hacer las cosas".

- Extraordinario - dijo Morales -. Esto ya es otra cosa. ¿Qué dice ahí del glóbulo?

- Del glóbulo dice: "Qué porquería es el glóbulo". Después dice: "La digestión causa muchas enfermedades".

Así siguieron durante toda aquella tarde y otras muchas tardes, hasta que el hombre con un zapato de menos pensó que ya era suficiente y al otro día, por la mañana reunieron a sus hijos escuálidos y empezaron a transmitirles sus conocimientos; bajo la lluvia incesante en aquel mundo arrasado por unos pocos hombres que habían acaparado los más sutiles y diabólicos poderes de destrucción, aquellos tres sobrevivientes se dedicaron a enseñar a sus herederos la ciencia que habían logrado recomponer a su manera, mientras las criaturas contrahechas que eran sus hijos los escuchaban en silencio, mirándolos con sus ojos sin vida:

- El cuadrado de 2 es 4. Por lo tanto, para hallar el cuadrado de un número se lo multiplica por 2, ejemplo: el cuadrado de 8 es 16, el de 12 es 24, el de 24 es 48...

El juego más antiguo - Alberto Chimal

    Y pasó que en la tierra de Mundarna, en un cruce de caminos, una tarde de invierno, se encontraron dos brujas. Una se llamaba Antazil, la otra Bondur. Eran expertas en sus artes y sobre todo en el de la transformación, que permite a sus adeptos mudar de apariencia y de naturaleza. Venían de lugares lejanos, igualmente distantes, y se odiaban.

   La causa no es tan importante: los conflictos de los poderosos son los nuestros, igual de terribles o de mezquinos, por más que ellos se empeñen en pintarlos dignos de más atención, de horror o maravilla, de arrastrar pueblos y naciones. Básteme decir que habían conversado, por medios mágicos, y decidido: que ninguna podía tolerar más la existencia de la otra, y que allí, lejos de miradas indiscretas, lejos de cualquiera que pudiese sufrir daño, resolverían sus diferencias de una vez. 

    Una llegó por el norte, caminando. La otra por el sur. Cuando estuvieron cerca, a unos palmos de tierra fría la una de la otra, se detuvieron. Se miraron, y no dijeron nada. Pero Antazil se convirtió en águila, grande y majestuosa, de garras y pico de acero, y se arrojó sobre Bondur para sacarle los ojos. Y Bondur se volvió una serpiente constrictora, de piel gruesa y verde, y se enroscó en el águila para estrangularla. 

   Y Antazil se volvió agua para escapar de la serpiente, y Bondur se volvió tierra para absorber el agua, y Antazil se volvió lombriz para devorar la tierra. Luego Bondur se volvió pájaro para comerse a la lombriz... 

    Era el juego más antiguo, como a veces lo llaman, y el que juega pierde cuando no atina a repeler un ataque, cuando no puede hallar una nueva forma, cuando demora demasiado. 
    
   Pero quien juega casi nunca lo hace más que con palabras, con la imaginación, y en cambio la lombriz se transformó en gato y atacó al pájaro, que se volvió perro y persiguió al gato, que se volvió rabia e hizo enfermar al perro, que se volvió tiempo, que cura o que mata. 

    La rabia se convirtió en clepsidra para aprisionar al tiempo; el tiempo se convirtió en piedra para romper la clepsidra, que se convirtió en pico para romper la piedra, que se volvió hacha para cortar el mango del pico... 
    
    Así combatieron durante mucho tiempo, con furor cada vez más grande, pues no cambiaba con sus formas. Ninguna bruja superaba a la otra, ninguna estratagema servía, y así Bondur y Antazil fueron animales, plantas, objetos, ideas, categorías, todas las cosas que tienen nombre, y cada vez más rápido, hasta que los caminos que se cruzaban bajo la batalla, no exagero, pudieron confundirse con los que llevaban al Templo de las Maravillas, el que Yuma de Haydayn mandó hacer cuando fue rey y en el que estaba, en verdad o en imagen, todo: lo creado y no creado, lo inconcebible, para su goce y el espanto de su pueblo. 
    
    Y hasta que Bondur, furiosa más allá de toda prudencia, se convirtió en hechizo, en magia pura de muerte y ruina. Antazil asumió su verdadera forma y, como bruja, comenzó a disolver el hechizo. Bondur apenas pudo transformarse de nuevo, porque en verdad se disipaba en el poder de Antazil, pero se convirtió en la espada Finor, la de la Gesta de Alabul, la que corta la piedra y seca la carne y es amiga de la desolación, y se arrojó sobre su enemiga. 

  Y he aquí que Antazil, cuando la hoja estaba por atravesarla, se transformó en Bondur. Pensó que Bondur vacilaría, al mirarse fuera de su cuerpo, y vaciló, en efecto, pues Finor, la hoja terrible, la que en la Gesta mató sin piedad al mismo Endhra, al Eterno, se detuvo. 

   Pero luego, para estrangularla con sus propias manos, para hacerla pagar por el horror de verse a sí misma, Bondur se transformó, a su vez, en Antazil. Y entonces se vieron. Sí, Antazil con la carne de Bondur, Bondur con la de Antazil, pero también con los pensamientos de la otra, sus recuerdos, sus motivos para la vida y el arte y el combate. 

   Y cada una comprendió a la otra, como nunca había comprendido nada en la existencia, y cuando se miró desde esos otros ojos, desde afuera, en aquel instante, también se conoció.

Álbum - Alberto Chimal

La cara de su madre. La muñeca que arrojó por la ventana. Los billetes que quemó. La pecera que vació en la sala. La muñeca a la que arrancó las piernas. Su primer psiquiatra. El tazón con el que golpeó a su madre. Su niñera poco antes de marcharse. Su abuela materna poco antes de marcharse. Su padre poco antes de marcharse. La cara de su madre. El gato al que metió en el horno. Su segundo psiquiatra. Su primer kinder. El niño al que pateó. Su tercer psiquiatra. La trenza cortada de su compañera. El rincón en el que estuvo castigada. La cara cortada de su compañera. Su cuarto psiquiatra. Su segundo kinder. El perro al que destripó. La silla a la que fue atada. El brazo en cabestrillo de su madre. El brazo en cabestrillo de su maestra. El brazo en cabestrillo de su quinto psiquiatra. Su tercer kinder. El niño que la golpeó. Un trozo de la oreja del niño que la golpeó. Su cuarto kinder. La denuncia en su contra. El bolso de su madre. La ceremonia de fin de año a la que no asistió. El director de la primaria que no quiso admitirla. La cara de su madre. El director de la segunda primaria que no quiso admitirla. La libreta de ahorros de su madre. El director de la primaria que aceptó admitirla. La niña a la que trató de ahogar en un excusado. La niña a la que empujó por las escaleras. El célebre psiquiatra que la buscó. La cara de su madre. El artículo sobre ella del célebre psiquiatra. La carta en su contra de los padres de sus compañeros. El suéter de su compañero desaparecido. El cuerpo de su compañero desaparecido. La cara de su madre. La patrulla que fue a buscarla. La cara de su madre. El autobús que abordó con su madre. El primer motel donde durmió con su madre. Los vidrios rotos del primer motel donde durmió con su madre. El segundo motel donde durmió con su madre. El incendio del segundo motel donde durmió con su madre. El muchacho que la vio con su madre. El retrato hablado de su madre. La cara de su madre. El tercer motel donde durmió con su madre. El bebé que resistió dos días en el cuarto donde durmió con su madre. La cara de su madre. El cuarto motel donde durmió. El teléfono que su madre trató de usar. La cara de su madre. Un ojo de su madre. La lengua de su madre. El otro ojo de su madre. El coche del hombre que la recogió en la carretera. El primer comentarista que habló de ella en la televisión. El coche del segundo hombre que la recogió en la carretera.

Conejo - Alberto Chimal

No tengo nada contra ellos como personas, es decir, si se puede hablar así de los conejos. Pero son muchos. Muchísimos. Y dañinos. No hay que investigar demasiado para darse cuenta de esto. Quiero decir, si se les deja libres en cualquier sitio, y quiero recalcarlo en CUALQUIERA..., se reproducen como..., como conejos. Por eso decimos así y no como cucarachas o como otro animal.

Y se vuelven miles, y millones, y acaban comiéndose la comida de todas las otras especies, y matándolas de hambre, y destruyendo todo. Es terrible. No respetan nada. Nada les importa. Y ni siquiera tienen que ser muchos. Australia, por ejemplo, se arruinó por dos conejos que alguien dejó allá. DOS CONEJOS. Luego ya no había espacio para nadie, ya no había plantas, ya no había nada... Y todo estaba lleno de excremento y porquerías... Está en los libros. No es ningún secreto.

Y yo, por lo menos, no me puedo quedar cruzado de brazos. Todo mundo dice que las personas comunes no podemos hacer nada por tratar de cambiar al mundo, pero no es cierto. Sí podemos. No somos del todo impotentes. No podemos hacer mucho, por eso la gente se desanima, pero si todos hacemos nuestra parte..., si ponemos nuestro granito de arena, como se dice...

Yo, por ejemplo, me dedico a matar conejos. De uno en uno, porque no tengo muchos recursos y no puedo hacer como yo quisiera, es decir, envenenarlos por millones con algún gas o algo por el estilo, pero hago lo que puedo. Y además no lo hago rápido: tengo que ser lento porque si se mueren y ya, no tiene sentido. 
 
En cambio, si sufren queda el escarmiento: los conejos que sobreviven se horrorizan y aprenden a temernos. Esto es algo muy importante aunque sea algo feo. Yo no niego que lo sea. A mi no me gusta. Pero debe hacerse. Es lo que pienso siempre cuando ya tengo al conejo listo, es decir, atado a la cama del cuarto especial con todas las puertas y ventanas cerradas y la música a todo volumen.

Por eso, primero que nada, le hago saber que va a ser ejecutado y le explico por qué. Para que no crea que voy sólo a jugar o que tengo motivos personales.

Luego empiezo. El proceso es muy largo, muy tedioso, y francamente muy desagradable. Pero hay que hacerlo. Y creo que no lo hago mal. Por ejemplo, puedo sacar un hueso sin hacer más que un corte o dos, y sin destrozar los músculos. Y puedo desprender grandes pedazos de piel sin que se rompan...

En fin. Al final tengo lo siguiente: por un lado el tórax, por otro lado todo lo que está dentro del tórax, por otro más todo lo que está conectado con el tórax; entonces corto todas las articulaciones, pongo aparte cada trozo, y me ocupo de la cabeza: arranco todos los dientes, saco los ojos y la nariz, y la rasuro toda, hasta las cejas y las pestañas. Y tomo las fotos. Generalmente uso rollos de 36 exposiciones. Cuando termino tiro los restos al tanque del ácido y me voy al cuarto oscuro. Cuando termino en el cuarto oscuro, el tanque ya está listo para vaciarse, y lo vacío.

Entonces me baño, me visto y voy a alguna oficina de correos para enviar algunas de las fotos, las mejores, a la casa del conejo, para sus parientes. Es la parte que más me gusta, porque los imagino cuando les llega el envío, y porque luego hay que empezar otra vez: buscar otro conejo, seguirlo, averiguar su dirección, vigilarlo hasta conocer sus hábitos. Eso es todavía más largo y tedioso y todo.