Ahora las
aguas, las olas furiosas venían de pronto y arrasaban la tierra. Entre las
palmeras despedazadas, entre restos del gran incendio, sobre el carbón y el
hielo, algunos pocos hombres habían encontrado refugio. Muy pocos, apenas tres
o cuatro, según podía verse cuando salían de sus escondrijos para atrapar
alguna alimaña y volvían a ocultarse casi enseguida.
El sol asomaba de nuevo, a
veces, entre las brumas, pero la lluvia proseguía cayendo inconteniblemente,
desde el primer momento, como si ya nunca fuera a dejar de caer. Entre
espirales de humo y de tierra, la vida, desorientada, pugnaba por seguir
adelante: animales monstruosos, vegetales estrafalarios aparecían sobre el
humus calcinado.
Uno de los hombres, que había perdido un zapato, se arrastró
fuera de la caverna y espió. Los otros dos andaban por ahí, detrás de un reptil
informe, discutiendo a gritos, porfiando por la presa y tirándose piedras. Eran
el que había perdido un ojo y el que había perdido el pelo. Alguien había
encendido un fuego que cubría de humo la colina. El que había perdido un zapato
se detuvo para matar una nueva especie de ciempiés que dormía sobre una roca y
se lo comió. Después estiró el cuello para mirar a lo lejos:
- ¡Eh! Vengan -
gritó -. Nadie les va a hacer nada. Vengan a calentarse un poco. - Y se paró
junto a la fogata.
El calvo se
acercó, masticando todavía un pedazo del reptil que había cazado y se agachó al
lado del fuego, y así se quedó, en cuclillas, balanceándose torpemente. El
tercero, el tuerto, también se fue arrimando y por fin se detuvo pegado a las
llamas.
- Ya estamos
los tres juntos - dijo ufano el del zapato.
Los otros dos
gruñeron. Pasó más de media hora sin que volvieran a hablar. Sus hijos también
habían empezado a rondar el lugar. Había uno que parecía un sapo, con el cuerpo
hinchado y aplastado contra el suelo. El otro parecía una chica y hacía pensar
en un árbol, con el tallo muy fino y crecido, y los dos brazos como ramas
quebradas a los costados. El tercero daba la impresión de ser todavía un feto.
- Tenemos que
hacer algo - dijo el que había perdido un zapato.
- ¿Hacer qué? -
preguntó el que apenas había conservado un ojo.
- Algo, salvar
alguna cosa, para ellos - dijo el otro, señalando vagamente a los chicos.
- No hay nada
que salvar - dijo el calvo.
Estuvieron en
silencio otra hora, oyendo tan sólo los graznidos, los bramidos de sus hijos
que se empujaban hacia el borde del abismo, se arañaban mutuamente y pugnaban
por arrojarse unos a otros al vacío.
- No podemos
seguir de esta manera, escondiéndonos y espiándonos todo el tiempo como
enemigos - dijo por fin el que no había conservado más que un zapato. -
Quedamos solamente nosotros tres, a lo mejor sólo nosotros en toda la tierra,
cada uno con un hijo, y algo tenemos que hacer.
- No hay nada
que hacer - insistió el que no había conservado más que el cuero cabelludo.
- Les voy a
explicar - dijo el del zapato -. Yo pienso que sí. No tenemos nada que hacer y
de algún modo hay que pasar el tiempo. Oigan. Entre los tres debemos saber
algunas cosas. Podemos anotarlas y ordenarlas, juntar todos nuestros
conocimientos para dejárselos a nuestros hijos y a los hijos suyos.
Ellos
tendrán que empezarlo todo de nuevo y nuestros apuntes pueden servirles de
mucho, una especie de enciclopedia, ¿eh, qué les parece? - Los otros dos
gruñeron. - Usted, por ejemplo - le dijo al tuerto -, ¿qué hacía? ¿Cómo se
llama?
- Mi nombre es
Antonio Morales. Trabajaba de capataz en el puerto. ¿Usted a qué se dedicaba?
- Yo me llamo
Silva - informó el del ojo -. Era oficinista.
- ¡Ah,
oficinista! ¿Vio? - dijo el del zapato. Después los dos miraron al que había
perdido el pelo.
- Mi nombre es
Anderson. Era encargado de una casa de departamentos. El fuego se está por
apagar.
- No, todavía
está prendido pero arrímele esas tablas. No tenga miedo. Gracias. ¿Ven? Yo
estoy acostumbrado a hacer esto, a mandar, a organizar. Por algo era capataz en
el puerto. Usted, Silva, trabajaba en una oficina. Debe saber muchas cosas, por
lo menos más que nosotros, ¿o me equivoco?
- Bueno, sí,
puede ser. Algo he leído, aunque así no más por encima.
- No importa.
Todo es importante. No tenemos papel pero podemos ir anotando lo que sea en estos
vidrios sucios que hay aquí. Vidrios rotos es lo que sobra. Empecemos. ¿Qué
sabe?
Silva pensó
durante un rato bastante largo. Miraba las llamas con su solo ojo. Sentía frío
y apenas había comido esa semana. ¿Qué sabía él? Ahora sentía que sabía casi nada.
Comprendía que los habían destruido con los conocimientos más atroces y
refinados que algunos pocos hombres se habían reservado para ellos, y allí
estaban ahora, con sus hijos monstruosos y el mundo aniquilado, tratando de
salvar o recuperar algo. Nerón, pensó de pronto con alegría. Eso sí. Recordaba
haber visto por televisión una película sobre el emperador romano.
- Nerón - dijo
-. Eso nos puede servir de referencia.
- Cómo no, sí
señor - dijo Morales con entusiasmo -. Cualquier cosa sirve para empezar. ¿En
qué año fue lo de Nerón? Así podemos ir ordenando un poco las épocas.
- No recuerdo
ese detalle. Fue con Julio César. Nerón quemó Roma. Creo que quinientos años
antes de Cristo.
- Espere.
Nerón, Cristo, Julio César. Muy bien, esto marcha. ¿Y lo de Cristo cuándo fue,
entonces?
- Ni antes ni
después de Cristo, supongo.
- Supone bien -
dijo Morales y anotó algo en el vidrio -. Perfecto. ¿Qué más? ¿Qué sabe de
Julio César?
- Julio César
fue el fundador de Roma.
- Nerón quemó
Roma y Julio César la volvió a fundar, ¿no es así?
- Sí, más o
menos, creo que sí.
- Bueno - dijo
el hombre con un solo zapato -. Esto ya está. Pasemos a los griegos. ¿Qué saben
de los griegos?
- Los griegos
vivieron antes.
- ¿Cuándo?
- Diez mil años
antes de Cristo. Son famosos porque vivían en Troya. Allí pelearon con los
cartagineses.
- ¿Y quién
ganó?
- Creo que
ninguno de los dos. De allí viene la frase una victoria a lo Pirro.
- ¿Pirro era
emperador de Cartago?
- Claro, por
supuesto. Anótelo.
- Ya está. Pero
basta por hoy de historia, mañana seguiremos. Veamos un poco de ciencias - dijo
entonces Morales. - Usted, Anderson, que fue portero, debe saber algo de
electricidad.
- Portero no,
encargado. Bueno, de electricidad, no precisamente. No es necesario saber esas
cosas para ser encargado de una casa de departamentos. Sé poner un enchufe,
conectar una lámpara, pero nada más. Eso sí, Podemos anotar que hay dos
corrientes, corriente alternada y corriente continua.
- ¿Y cuál es la
diferencia?
- Y, que una lo
mata, la otra le da un golpe.
- Golpe. ¿Qué
más? - dijo Morales. Estaba exultante -. ¿Qué es la electricidad? ¿Cómo se
obtiene?
- Bueno, viene
de la usina. Qué es, no lo sé, aunque una vez recibí una descarga. Es como un
rayo. En la usina sí, hay cables, bobinas, dínamos. Ahí tiene, eso podría ser
interesante para nuestros hijos.
- ¿Qué es un
dínamo?
- Son como unas
escobillas que dan vuelta y se forma el fluido eléctrico.
- ¿Y qué más?
- Con eso creo
que es bastante. Anote. Fluido eléctrico.
- Puede ser. Ya
está - contestó Morales.
- ¿Y usted qué
sabe? - le preguntó el que tenía un ojo de menos a Morales, que tenía de menos
un zapato.
- Sé hacer una
estiba de congelado o cómo hay que colgar el chilled y acomodar todo tipo de
carga blanca.
- No creo que
eso ahora nos sirva de mucho - dijo el otro -. ¿No sabe algo de barcos?
- Sí, sé abrir
una bodega, sé el nombre de cada una de sus partes.
- ¿Por qué
flota un barco? Eso es lo que nos gustaría saber.
- Bueno, flota
porque es hueco. Hay una ley física para eso.
- El principio
de Newton - aclaró el que había sido oficinista.
- Ah, cierto.
¿Cómo dijo? ¿Newton?
- Sí, pero
espere. El principio de Newton dice que la gravedad es lo que atrae a todos los
cuerpos. Ese fue un gran descubrimiento. Es un principio universal.
- ¿Y por eso
flota un barco?
- No.
Precisamente flota por todo lo contrario. Es el agua que lo mantiene a flote.
- ¿Entonces?
- Ya le dije.
El principio de Newton.
- Ya que
estamos en las ciencias - dijo Morales escribiendo con ahínco -. ¿Qué es la
relatividad?
- Ah, sí, Einstein
tenía que ver con eso - explicó Silva, guiñando el único ojo que le quedaba -.
Descubrió la relatividad. Revolucionó la astrología. Decía que todo era
relativo.
- Bien - dijo
Morales, tomando un vidrio nuevo -. Todo relativo. ¿Cómo eran las fórmulas?
- No sé.
Espere. Eran un poco complicadas. Decía que la luz va a una velocidad de
trescientos mil kilómetros por minuto.
- ¿Está seguro?
¿No es mucho?
- No, es lo
único que recuerdo con exactitud. Pero ponga una hora, por si acaso.
- Perfecto, una
hora. ¿Quién sabe algo de geometría?
- El teorema de
Pitágoras - dijo Silva, a quien su único ojo le brillaba ahora con energía.
- ¿Qué es eso?
- Es una manera
de medir los lados de una escuadra. Oigan, decía más o menos así... no anote
todavía: la suma de los catetos es igual a la hipotenusa.
- Muy
interesante. ¿No puede aclararme?
- Sí, mire. -
Sacó un cuchillo y los otros dos se alarmaron pero sólo hizo un triángulo
rectángulo sobre el suelo arrasado -. ¿Ven? Quiere decir que este lado (y trazó
una raya igual a la hipotenusa) es igual a la suma de estos otros dos (e hizo
dos segmentos unos después del otro iguales a los catetos).
- Pero esos no
son iguales - dijeron los otros a un tiempo.
- A simple
vista no, pero matemáticamente sí. Por eso Pitágoras tuvo que demostrarlo.
- Muy bien -
dijo Morales -. Si vienen seres de otro planeta se encontrarán con estos
vidrios y tendrán una idea completa de todo lo que el hombre había llegado a
saber.
- ¿Por qué no
agregamos algo de literatura? - dijo Silva.
- ¿Literatura?
- repitió Anderson.
- No,
literatura no. Tenemos que poner cosas fundamentales. Por ejemplo, ¿qué es una
bomba atómica? ¿Cómo se hace? Eso sería muy importante.
- ¿Bomba
atómica? - dijeron los otros dos. Un silencio compacto se abatió sobre los tres
hombres. La lluvia seguía desmoronándose y Morales debía proteger los vidrios
con su cuerpo para que el agua no fuera borrando lo que escribía.
En eso el
viento candente y húmedo arrastró las hojas empapadas de un libro que se habían
salvado del gran incendio. Anderson, el calvo, las alisó y las trajo. Era un
tesoro de un valor incalculable para ellos: nada menos que un tratado de
anatomía, de astronomía, de zoología. De inmediato se pusieron a estudiarlo y
transcribirlo para sus hijos.
- A ver, el
sistema nervioso, ¿qué dice? - organizó Morales.
Silva, con su
solo ojo, leyó: "El cerebro es el sistema nervioso y abarca todo el
cuerpo. Yo, un suponer, tomo un niño en cualquier lado que sea, y le digo: -
Vos acá tenés nervios, y él no me puede decir que no. El cerebro está protegido
por un güeso que es un craño. Pero primero está el cerebelo, y después está el
bulbo raquídeo. Más tarde está la
columna beltebral y adentro de la columna ésa hay como un cañito que
recorre todo el cuerpo. Las circunbelaciones son como unos choricitos todos
arrollados que son las cosas que nos permiten hacer las cosas".
-
Extraordinario - dijo Morales -. Esto ya es otra cosa. ¿Qué dice ahí del
glóbulo?
- Del glóbulo
dice: "Qué porquería es el glóbulo". Después dice: "La digestión
causa muchas enfermedades".
Así siguieron
durante toda aquella tarde y otras muchas tardes, hasta que el hombre con un
zapato de menos pensó que ya era suficiente y al otro día, por la mañana
reunieron a sus hijos escuálidos y empezaron a transmitirles sus conocimientos;
bajo la lluvia incesante en aquel mundo arrasado por unos pocos hombres que
habían acaparado los más sutiles y diabólicos poderes de destrucción, aquellos
tres sobrevivientes se dedicaron a enseñar a sus herederos la ciencia que
habían logrado recomponer a su manera, mientras las criaturas contrahechas que
eran sus hijos los escuchaban en silencio, mirándolos con sus ojos sin vida:
- El cuadrado
de 2 es 4. Por lo tanto, para hallar el cuadrado de un número se lo multiplica
por 2, ejemplo: el cuadrado de 8 es 16, el de 12 es 24, el de 24 es 48...