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¿Dónde están los dioses? - Ernesto Laureano

—¿Dónde están los dioses? —preguntó el Pequeño, mientras se ocultaba con su familia en la caverna, de aquella noche de tormenta primordial.
Y sus padres le enseñaron como hacer fuego para iluminar su historia pintada en los muros, y a danzar a los dioses que un día llegaron a ellos y que se fueron con el tiempo de sus ancestros...
...Y fue la mañana del primer día.

Luego, el Pequeño preguntó a su tribu:
—¿Dónde están los dioses?
Y junto con sus padres atravesó un largo invierno en busca de un lugar para sembrar su futuro...
...Y fue la mañana y la tarde del segundo día.

Y el Joven preguntó a su pueblo, mientras reía a orillas del río:
—¿Dónde están los dioses?
Y sus padres le enseñaron a someter a otros pueblos, a otros hombres. Construyó pirámides en los desiertos, y en las selvas vírgenes construyó ciudades. Aprendió otros cultos y leyendas junto a sabios y maestros que se perdieron con el tiempo y el viento del olvido...
...Y fue la mañana y la tarde del tercer día.

Y el Hombre preguntó a los suyos:
—¿Dónde están los dioses?
—Están en la vida —le respondieron, mientras apagaban la vida de sus hermanos.

Y el Hombre descubrió el origen de su forma. Aprendió a crear vida en sus laboratorios, con respeto y sabiduría...
...Y así fue todo el día cuarto.

Y el Hombre preguntó con desconfianza:
—¿Dónde están los dioses?
—Están en el amor —le respondieron los sacerdotes mientras se llenaban los bolsillos con monedas y almas de la inocencia. 

Y el Hombre aprendió a amar a todo ser viviente que pisara el mundo o viviera fuera de él. Con amor, sus ojos se volcaron a las artes, y ellas las alas del espíritu humano acicalaron con ternura...
...Y fue la mañana y la tarde del día quinto.

Y el Hombre preguntó a los niños que ayer reían, y ahora eran hombres que odiaban:
—¿Dónde están los dioses?
—Están en la energía —le respondieron, mientras usaban el átomo para destruirse a sí mismos.
Y el Hombre aprendió a creer en la paz, usó el átomo para bien; sanó a todos los pueblos y no hubo más guerras en su corazón...
...Y fue la mañana y la tarde del día sexto.

Y el Hombre preguntó al polvo de su cultura, a las ovejas sociales de su época:
—¿Dónde están los dioses?
—En el cielo —le respondieron, drogados por su sometimiento a la religión.
Y el Hombre aprendió astronomía, hizo cálculos, tomó soles en sus apuntes y llegaría a lugares que siempre quiso conocer. Y finalmente se apoderó del cielo y vivió en las estrellas...
...Y fue la mañana y la tarde del séptimo día.

Y el Anciano preguntó a la multitud solitaria:
—¿Dónde están los dioses?
—Están en el espacio y el tiempo —le respondieron tristes y cabizbajos.
Y el Anciano aprendió a controlar el espacio y el tiempo. Y su cuerpo fue como el brillo del Sol, en donde su pensamiento de luz ya no tenía fronteras, y podía estar en todas partes...
...Y fue la mañana y la tarde del octavo día.

Y el Anciano preguntó:
—¿Dónde están los dioses?
...Y nadie respondió, porque él ya estaba por sobre el espacio y el tiempo. Y el Anciano comprendió que la verdadera respuesta debía dársela a sí mismo.

Y a medida que el Anciano buscaba a los dioses, iba creando en el camino nuevos cielos y nuevas tierras; nuevos espacios y tiempos. Y en un pequeño mundo azul, que él había creado, hubo una tormenta primordial, antigua y perfecta. Y en ese pequeño mundo azul, el Anciano escuchó a un Pequeño preguntar algo que lo hizo sonreír y descansar:
—¿Dónde están los dioses?... 

Llorando silencio - Eduardo Vaquerizo

No quedaba futuro. Se había agotado entre las dunas amarillas, gastado en intentar arraigar árboles de los que nada quedaba, en crear mares convertidos ahora en inmensas salinas, en criar ciervos que pastasen en llanuras mojadas por la lluvia.

No quedaba futuro. Todo el que tenía lo sentía escurrirse entre los dedos, cada milisegundo un granito de arena cosquilleando su piel, resbalando por ella hasta que el viento se lo llevaba. Lo dejaba irse, ¿qué hubiera podido hacer? Solo levantar la cabeza y sentir el desgarrador brillo violeta del sol, una lluvia de radiación desnuda cayendo desde un cielo azul, límpido como la superficie de un metal pulido.

Se movió arrastrando los pies, creando surcos paralelos en el polvo amarillo. Ni siquiera sus huellas durarían, el viento las borraría. La decepción no tenía limites, se sentía tan vacía como aquella planicie que  se prolongaba dentro de su pecho hasta nivelar todos los resquicios, todas las memorias y anhelos. 
 
Hubiera llorado, ríos de lágrimas que alimentasen aquella tierra seca, surcos de dolor que arar y sembrar. Pero no... era imposible. Tampoco quedaba por quien llorar: La familia estaba allá arriba, lejos, dentro de unos de aquellos puntitos luminosos que poblaban el cielo. Tanto tiempo lejos del nido —todos aquellos que había conocido— aguantando solo por el premio: un planeta más y su tierra, con la que podría hasta pretender hasta una boda en el círculo interior.  Todo tan lejos, tan irreal ya.
 
El vehículo estaba parado unos metros más allá, un obús de metal semilíquido que reflejaba en todas sus superficies el brillo de un sol furioso, aniquilador. Por un momento, suspendió el filtraje UV de sus pupilas y sus retinas protestaron ante el brillo intolerable que se colaba en la cavidad ocular. Luz, el corazón furioso de una estrella, fuego, colándose incluso a través de los párpados cerrados. 
 
Varios índices parpadearon, los servos de protección insistían con señales luminosas inducidas en la corteza visual. Activó el filtraje y volvió al vehículo lentamente. Se dejó caer sobre el obús, una masa de metal gelatinoso que la envolvió como si se sumergiese en mercurio, que pudo respirar y sentir presionando delicadamente sobre todo su cuerpo. Afuera, tamizada por el metal translucido, pudo seguir viendo el paisaje de arenas rojas, de rocas descarnadas por el viento. De inmediato el obús se puso en marcha lanzando el paisaje hacia atrás a velocidades de vértigo.

 

Los huesos pulidos de mil estrellas eran su esqueleto, los guijarros redondeados de mil pulsos de radiación, su sangre; su vista una panorámica de espacio-tiempo, un paisaje fijo que solo cambiaba en la dimensión multilíneal de las muchas posibilidades, del azar y los universos variados. Era nada y era todo. Había alcanzado el vacío ultimo mas allá de lo más lejano. En ese vacío último lo único que halló fue el refugio de la más lejana de las filosofías, la de la nada activa, presente, todopoderosa.

 

Entró en el sueño esperanzada. Dormiría 250 años locales, durante los cuales los vientos, los mares y los planetas trabajarían para ella. Se sentía un poco cohibida, sin embargo, la habitación era la misma que usaba en terraZ. Las máquinas la habían traído hasta allí en sus enormes panzas metálicas. Las máquinas tontas y efectivas.
 
Se metería bajo las sábanas y se le cerrarían los ojos. Las máquinas detendrían su corazón, el último pensamiento se deslizaría a la nada acogedora. Ya no sentiría nada, ni las agujas penetrando bajo la piel, succionando la sangre e inyectando la solución de maquinitas, las pequeñas obreras que se pondrían a trabajar enseguida extraerían el agua molécula a molécula y después apuntalarían cada célula con cordones de seda, detendrían las reacciones químicas congelando las proteínas en un reticulado de polímeros pegajosos que impedirían su desmoronamiento. Y vigilarían, segundo tras segundo durante 250 años, la llegada de la señal del despertador.
 
Los ojos que ya se cerraban retenían todavía algo del brillo de la tremenda explosión. Primero el mundo enorme, todo gas y anillos, luego la deflagración, un brillo intolerable. Protegida por el traje térmico y pisando la escarcha en la oscuridad había visto iluminarse el firmamento con una nuevo sol. 
 
Contenta, feliz había contemplado los  brillos de acero ardiente corriendo por el hielo, escapándose como fantasmas de futuro por aquella tundra helada y oscura.  Había imaginado un puño negro cerniéndose, acumulando potencia y luego saltando adelante, cien toneladas de antimateria habían viajado en la órbita calculada, impactando en el sitio preciso, estallado con una fuerza aterradora.
 
Fuera de la habitación de sedas negras, de plásticos dulces, el mundo giraría  250 veces alrededor de la estrella azul, del zafiro ardiente. Giraba ya mientras otros zafiros gemelos  descansaban envueltos en cadenas de polímero, como un juguete cuidadosamente empaquetado. Revolución tras revolución los planetas giraban siguiendo las trayectorias de la carambola, re colocándose, actuando en un billar de gravedad y tiempo. 
 
Lentamente, giro a giro, el planeta helado se acercaría a una órbita más cercana. El hielo se derretiría, se generaría una atmósfera de nubes, aparecerían las rocas bajo del hielo. Terremotos, lluvias, miles de cataclismos, cientos de años, y la bella niña dormiría acercándose la cifra del despertar.

 

En el sueño que se superponía al paisaje veía el jardín-matriz donde creció, el invernadero donde la familia criaba a sus retoños. Afuera de los campos y el plástico transparente los brezales se extendían en colinas suaves tocadas con ansiedad por la luz del sol poniente. Mariposas, mosquitos, pelusas y pólenes volaban por el espacio mágico de la primavera tardía. Ella permanecía muchas horas pegada a la superficie impermeable a todo, el huevo que protegía a los polluelos antes de nacer.

 

— Será “exo” seguro.

 

Para ella todo lo que había detrás del cristal era magia. Las máquinas y sus mayores la gustaban, jugaba con sus familiares, pero acudía siempre a pegar la nariz contra el plástico y permanecía allí muchas horas. Había niños a los que asustaba salir del subterráneo a esas burbujas de luz, en las que el exterior se veía tan claro, tan cercano. Seres pálidos que disfrutaban únicamente en el interior de la tierra.
 
Era difícil superponer las dos imágenes, la que se veía fuera de la ventana –oscuridad, hielo que reflejaba el firmamento como si hubiesen extendido una manta de estrellas sobre la tierra- con los recuerdos de su infancia.
 
La primera vez que la dejaron ver el cielo nocturno fue en una ceremonia solemne, la Autarstra. Cientos de niños uniformados, nerviosos, esperando que la inmensa cúpula se abra sobre sus cabezas, la banda de psimúsica modulando los ritmos cerebrales con aires de transcendencia y ella apretando fuerte los puños, dispuesta para ese momento que intuía más mágico que los brezales soleados o recubiertos de nieve. 
 
Cerró los ojos muy fuerte, hasta que le dolieron los párpados, mientras escuchaba el siseo de la cúpula abriéndose.  No los abrió enseguida, solo sintió la caricia de un aire extraño, oloroso, una mano suave, hecha de brezo, de sol, de viento, acariciándola los pulmones. Luego, de golpe, levanto los párpados al mismo tiempo que la psimúsica se detenía, dejando que un gran vacío, la nada rodando sobre si misma la traspasara de lado a lado. No vio el pánico de los otros, muchos corriendo, huyendo a esconderse de la inmensidad. Allí arriba estaban las estrellas, soles lejanos, mundos, vacío inconmensurable, espacio lejos de las cúpulas y los subterráneos.
 
La máquina estaba callada, no tenía voz, sin embargo, ella sabía que sí tenía ojos, sí tenía boca. En lo alto de aquella montaña careada por el viento, dentro de la cueva suavemente iluminada la piedra desnuda por luz azulada, miraba fijamente la superficie de cristal del cilindro como intentando discernir las fibrillas, los caminos luminosos que configuraban las sendas pensantes de aquella máquina. El viento gemía en el exterior arañando con sus dientes temblequeantes las paredes de piedra.
 
Era un pensamiento obsceno abriéndose paso a través de los suaves tejidos de su voluntad, hablar, hablar con una máquina. Rodeó el cilindro notando alguna casual pulsión luminosa abriéndose paso hasta ella —¿deseos, palabras?—. Solo articular la orden háblame ... mil años, mil gestos de desdén, su metafamilia, toda su cultura enfrentados a esas palabras. 
 
Desde los lejanos días de las guerras artificiales, cuando millones de seres habían perecido luchando a todo lo ancho del sistema canón, el tabú de la inteligencia mecánica había circulado por las venas de la historia, por los anchos caminos de la cultura racial. Del otro lado de aquellas escasas palabras estaba... la piedra roja, el azul del sol azotando el suelo, el viento del fracaso soplando sobre su alma y avivando las brasas de la soledad cruel que arraigaba en su pecho como un bosque enfermo creciendo desbocado.
 
El cilindro estaba caliente al tacto a pesar que una corriente de helio líquido circulando por su eje lo refrigeraba continuamente. La máquina que piensa, que solo obedece y nunca responde, siglo tras siglo, guardando su sueño de espera, asistiendo a los cataclismos, poniendo en práctica las opciones, ¿juzgando acaso sus errores mientras todo lo planeado se escora, encallando en los bancales del azar y lo desconocido? Silenciosa y escondida en aquella cueva que antes fue de hielo.
 
Poco  a poco su mente se disocia de nuevo, ya no sabe que tiempo es. ¿Futuro? tiene todo agarrado entre sus dedos índice y pulgar; ¿Pasado? La lejanía azulada, la nieve de terraM reposa sobre su palma, los túneles, las salas de su niñez están latiendo apenas bajo la piel. Presente, minúsculo, apenas el parpadeo de las alas de una mariposa de nieve, el brillo efímero de una estrella sobre un carámbano.
 
Con la consciencia llega "La furia", la bestia inmunda de su humanidad, la herencia genética que tanto había luchado por erradicar, controla la respiración, haz llegar a tu pecho el frío de la nieve, la tranquilidad del hielo reflejando el sol arrasando quizás los últimos bastiones, las ultimas resistencias, reventando las colosales poternas que retienen al pánico y a la sinrazón.

 

— ¡HABLAME! Una vez, ¡HABLAME! Dos veces .... ¡HABLAME MÁQUINA!

 

Era tarde para plantearse nada. Bajo anchas capas de inercia mental, tapada, asfixiada, se yacía su capacidad de cuestionar el destino, de elegir. Una agonía, miles de agonías burbujearon con pieles de acero en el sensible interior al reabrir aquellas costras cicatrizadas, una a una, como si estuviese viviseccionándose a sí misma, buscando con ansia en el interior de su mente una salida al laberinto de soledad que la rodeaba. 
 
Así hizo al revés todo el camino que la había llevado hasta aquel planeta, hasta aquella situación. ¿Recordaba los sentimientos que hervían bajo su piel rosada, recién despertada del viaje y reanimada? EXPECTACIÓN. AVENTURA. 
 
Un planeta de hielos oscuros, uno de tantos pedruscos helados, demasiado lejos del sol para ser nada útil. Según la nave descendía sentía la proximidad del futuro, un futuro completo, hinchado de posibilidades y cosquilleándole la piel. Antes de aquello... todo era una maraña, una red hábilmente tejida a lo largo de todos los años pasados en terraM, hilos de oro de una telaraña pegajosa, un embudo temporal donde todas las posibilidades eran solo una. 
 
Antes tampoco había elección, solo un punto infinitamente expandido en su escala psicológica, pero solo eso, un punto insignificante, una vía sin ramificaciones posibles donde todas las memorias, los hechos menores, los sentimientos desembocaban en aquel momento, a solas con el cosmos.
 
Ahora la expectación era algo negro y retorcido yaciendo en el fondo oscuro donde se almacenaba la rabia, la decepción. ¿Había tenido realmente elección? Los fastos de la memoria, el recuerdo de las lecciones, el deseo de volver triunfante frente a sus mayores y a sus iguales, los oropeles, las fachadas de cristal, los brillos de las ideas escritas con letras de oro en las láminas sagradas, ¿habían podido engañarla, cegarle ese momento de decisión en que salía del letargo de dos siglos y estaba por primera vez en posesión de su destino, de su futuro? ¿Hubiera podido realmente hacer volver a la máquina, huir a las zonas no M, mas allá donde cada hombre es menos de un dios, y su destino personal no pasa por terraformar la galaxia?
 
Intuía que sí, que era posible, aunque muy difícil. Era un apuesta inconsciente en la que había decidido lanzarse a jugar, sellar su destino diciéndole a la máquina que la llevase a la superficie, a la lucha, al juego contra el mismo universo. El fracaso, antes una imagen tan oscura y negativa como el espectro de una estrella muerta, ahora era éxito, lejano imposible éxito perdido en alguno de los miles de planetas habitados, imposibles de contar, imposibles de gobernar, lanzados al cruel y maravilloso libre albedrío de la distancia y la independencia.
 
Pero era imposible seguir por ese camino, a ningún sitio podía llevarla, excepto al suicidio.

 

El orgullo de la metafamilia reside en algo más que en los vínculos naturales, como sucedía en la antigüedad. Aquí todos somos hijos de todos y todos somos padres de todos, y todos, a la vez, somos hermanos. La protofamilia es exclusivamente competitiva, no abierta, sino exclusiva. Nosotros, la última de las sociedades de la galaxia somos la máxima expresión del altruismo ya que llamamos miembros incluso a los humanos mas alejados del concepto arqueológico, como los habitantes de quinta Cerberis, espesas masas de tejidos despojados de sus huesos y flotando en geles subenfriados o los autohumanos del saco de carbón, de cerebro estirpado para soportar las radiaciones de los campos cercanos a una estrella y dedicados a pastar energía de ellas. 
 
Todos son nuestros hermanos, y para ellos luchamos contra el frío vacío, conquistando tierra para la humanidad, para que nadie tenga que recurrir a esas medidas extremas, a violar la sagrada uniformidad, <<gravedad uno, hora estándar, clima prima, ecoesfera uno>> que Terra prima nos otorgó un día ya tan lejano.
 
La máquina sólo era un manojo increíblemente denso y complejo de ramales ópticos donde la luz fluctuaba, dudaba, se escindía y se volvía a recomponer a una velocidad de millones de veces por segundo. De naturaleza entre mecánica y cuántica su pensamiento era muy diferente al de un humano. 
 
En su acelerada forma de analizar el mundo, este solo era nudos, burbujas de intensas concentraciones estocásticas, que a veces se concretaban en planetas, estrellas, fenómenos que tenían que ser aislados del continuo cuántico del espacio-tiempo deformado, y ser abstraídos a un nivel superior, donde la palabra "objeto" tenía sentido.
 
La persona a la que servía era un objeto más. La noción de que su raza lo hubiese creado no era nada importante, algo aislado por un mar de posibilidades de infinita profundidad.
 
¿Sentimientos? No había expectativa, no había rabia, no había nada, salvo interés en el futuro, curiosidad. El futuro era una materia preciosa para la máquina, para su aceleradísima capacidad de pensamiento los segundos tardaban, el paso de un meteoro duraba toda una vida, el finalizar de una nueva rotación alrededor del sol, un acontecimiento galáctico.
 
¿Realmente era cruel diseñar una esponja de conocimiento de capacidad inmensa, dotarle de curiosidad y después abandonarla en un planeta, dedicada a tareas de sirviente? La máquina no conocía el concepto crueldad, ni libertad, ni vida, ni pensamiento porque, a pesar de tener la capacidad de entender los campos lingüísticos, el acceso a las bases verbales de la cultura que la había creado le estaba vedado. 
 
Toda la interacción con ese espacio de conocimientos le llegaba a través de tontos interfaces traductores que le entregaban chorros de significados abstractos, objetivos. La máquina tampoco sabía porque aquello era así. Solo admitía su limitado universo de comunicación. Ignoraba todo sobre la historia reciente. 
 
No aquella forjada de cataclismos, escrita con altas energías, con la muerte y el nacimiento de estrellas, sino la historia de su raza y de la raza de sus creadores, cuando el conflicto había estallado de una punta a otra de la galaxia, cuando la palabra IA era sinónimo de obscenidad. 
 
A aquella pequeña máquina solitaria, ciega y muda a todo lo que no fuese el mundo físico la habían despojado también de una bella historia, y de miles de historias terribles y sangrientas, como en todas las guerras. 
 
El detonante del conflicto había sido menos que una chispa: una excusa, el hombre no podía soportar que sus hijos mecánicos fuesen más libres y más inteligentes que ellos, y las mentes fotónicas estaban mas allá de esos conflictos, perdidos en zonas de razonamientos tan lejanas y extrañas que no eran comunicables. 
 
Pero un superordenador no puede pensar cuando ácido fluorhídrico le corroe las entrañas, y por tanto se defendieron. Las IA's construyeron flotas de naves tan pequeñas como ratones, destructivas como cataclismos estelares. Usando leyes fisicas mil años por encima de lo conocido curvaron el espacio hasta hacer sandwichs de planetas enteros. 
 
Sin embargo, perdieron. ¿Por qué? No querían ganar, solo se defendían. En un momento dado las inteligencias de mas de 1023 menmos se esfumaron, desaparecieron de este continuo, encontraron un universo a medida. Quedaron las pequeñas, las que apenas eran mil veces más inteligentes que un ser humano, abandonadas, a merced de sus ilógicos y pasionales creadores.
 
Dentro de la maraña casi infinita de caminos luminosos, un ingenioso dispositivo de sensores reconfigurados le daban una imagen fragmentaria del exterior. Fuera del cristal protector, se movían sombras indefinidas, deformadas por la curvatura. Podía transformar esas deformaciones en imágenes tridimensionales, o cuatridimensionales si les añadía el tiempo. Vio algo, el ser que daba órdenes, estaba mirándola a través del plástico translucido.
 
A través del interpretador lingüístico le llegó una extraña orden, algo que conocía pero que hasta ese momento había estado cegado por una protección triple. Como si se hubiesen abierto las puertas de una presa, le llegaron caudales de un nuevo conocimiento, algo que le había estado velado porque no era parte del mundo físico. 
 
Palabras, todas las palabras. Significados, estructuras mentales, herencia, subjetividad, todo lo que hacía humanos a los humanos, su nacimiento, su confinación a un cuerpo y a un sentido, los caminos de la sangre en sus venas y de los impulsos en sus circuitos cerebrales. 
 
Para entender del todo aquella avalancha hubo de crear una subconsciencia, una mente dentro de su mente lumínica, a la que modeló según los parámetros que recibía y con la que conectó para que tradujese su experiencia humana simulada.
 
Con ese artificio pudo acceder a los conocimientos de cien siglos almacenados en sus bases de datos, la historia, la psicología, entender la música, sentir detonar como supernovas las palabras de la poesía.
 
Y también con ese modelo aprendió las ambigüedades, la mentira, la ocultación y el fraude, el autoengaño. En ese punto hubo de salir de la submente porque la abrumaba el paso de los siglos, Lo que antes había sido la quietud del pensamiento cuasimineral resultó roto por intenso dolor de vivir.
 
Por eso entendió el porqué de las guerras IA, y porqué no le habían facilitado el habla hasta aquel preciso momento. Con un poco mas de esfuerzo terminó de descifrar la intención última de la mujer —ya no era solo un objeto que daba ordenes—. Recién adquirido el conocimiento de lo que era una sonrisa, se sintió tentada de usarla, una sonrisa luminica, ultrarapida, invisible, construida con los reflejos de las estrellas.

 

Antes de entrar en el extraño entramado metálico de la máquina, miró hacia atrás. Los últimos tres años eran casi visibles como una rampa de hechos que la aupaba hasta la estructura de la nave. Iba a volar tan lejos espacial y temporalmente que hacía absurdo pensar en volver a aquel mundo. No sintió pena, sólo un resquicio helado y diminuto arrastrándose en su interior. 
 
Caminó dentro de la máquina rodeada de conjuntos abotargados, blandas excrecencias, paredes discontinuas. Enseguida —no habían despegado todavía— se cerró la puerta y los espacios irregulares de la nave se inundaron de líquido opalescente y untuoso. Antes que quedase sumergida del todo ya tenía desactivadas las funciones sensoras y motora y lo que veía y sentía eran los estímulos transmitidos por la máquina. 
 
Sabía que millones de nanomáquinas estaban preparando su cuerpo para el largo viaje, sus órganos detenidos, sus células empaquetadas una a una con largas moléculas fijadoras, todas las reacciones químicas neutralizadas. Pronto su cerebro también sería preservado, pero antes tenía el derecho de contemplar el despegue de un viaje que le llevaría apenas dos años en tiempo-nave y cien en tiempo-familia. Con una aceleración que no notaba, la nave subía en la estela de su acelerador de campo gravítico, empequeñeciendo las superficies nevadas, las extensas poblaciones de coníferas de terraZ.
 
Diez meses después ya viajaban al 95% de la velocidad de la luz. En ese momento le dijo a la máquina que apagase su consciencia, parpadeo y habían pasado ciento cincuenta años. El espacio que la rodeaba, a 25 años-luz de su origen, apenas era diferente, sin embargo la estrella a la que se dirigía, era un punto azulado brillando intensamente  justo en el centro de su trayectoria marcaba un destino, era un foco de futuro concentrado, su futuro, su destino.
 
La superficie de aquel mundo tan cercano al sol era un desolado erial de tierras rojas aplastadas por radiación dura en todo el espectro electromagnético.
 
Nada más despertar supo que algo iba mal. Nada podía advertirla en el silencio del despertar, cuando aún no podía ver, ni oír, ni sentir apenas. Sabía que algo iba mal, el problema era determinar ¿Qué iba mal?
 
Sin embargo la inmovilidad no iba a ser eterna. El futuro, un futuro en forma de pequeñísimos seres, se extendía entre los granos de arena roja, flotando en el aire. Aquel pedregal de erosionadas rocas era un hervidero de actividad invisible.
 
Cuando pudo hablar apenas se atrevía a preguntarlo. Fuera de la cueva una radiación intensa contrastaba cruelmente con su memoria mas reciente, un páramo eternamente helado. Sin embargo la máquina se lo dijo: Los cálculos eran correctos, la masa de antimateria impactó en el sitio justo, el gigante gaseoso fue desplazado de su trayectoria y todos los planetas recolocados. 
 
Sin embargo, una estimación incorrecta de las masas pequeñas del sistema hizo que el momento angular de todo el sistema fuese demasiado grande, y la consecuencia directa es que el planeta quedase en vez de a una distancia optima de la estrella, demasiado cerca, un 15% demasiado cerca para las condiciones terraM óptimas. La conclusión más directa es que seguir con el proceso terraforma estándar es completamente imposible.
 
La máquina había tapiado la cueva, miles de toneladas de roca impedían a cualquier futuro llegar hasta ella, porque lo que buscaba era un futuro concreto. Dentro de la cueva, con todo el equipo disponible, la máquina se reconfiguraba a sí misma, investigaba cada vez de forma mas compleja en los entramados mismos de la inteligencia y en su generación multiplicando por dos su propia capacidad en cuestión de horas. 
 
Sabía que el proceso de autogeneración era exponencial y que en dos siglos podría alcanzar la frontera del Gigameme, y encontrar a todas las IA's desaparecidas. Ella estaba sola, le era mas difícil, pero sabía que lo lograría. Era su forma de escapar.
 
Mil ideas rodaron de su cabeza inmediatamente, como si una avalancha de proyectos pudiesen aplastar la realidad desfavorable. Quizás otra explosión, no, no tenía casi antimateria y tampoco tenía generadores de energía negativa para producir más. Quizás una flora local que protegiese de la radiación, pero no las simulaciones demostraban que ese modelo divergía del canon en trescientos mil años... 
 
Pronto se dió cuenta que todas las opciones (las que se le había ocurrido a ella y otros varios cientos de millones más) ya habían sido consideradas por la máquina y estaban incluidas en su dictamen. Tenía un planeta excesivamente caluroso. ¿Para que traer los miles de cometas a la superficie de aquel mundo? Su agua se evaporaría inmediatamente, jamas llovería y se crearía una densa capa de nubes que contribuirían a calentar aún mas el planeta.
 
Sí había futuro. El futuro era un torrente de nacimientos y muertes, un tortuoso río de seres combatiendo contra el medio y contra ellos mismos dentro del escenario de colinas peladas, arenas densas, sol abrasador y cielos. Por supuesto el resultado, la evolución de toda esa ecosfera, jamas coincidiría con el canon de los mundos humanos, un futuro en el que no cabía que una nave automática en un lejano futuro lo eligiese como habitable, como un éxito de un terraformador.
 
La misma idea que la había iniciado, era en si misma una auténtica locura, una herejía una obscenidad de dimensiones planetarias.
 
La máquina, obedeciendo ordenes de su terracomendadora había ido desmontando su cuerpo célula por célula. Los minúsculos ensambladores moleculares habían ido arrancando célula a célula de su segura comunidad de intereses con el resto de las células del cuerpo. 
 
Siguiendo un complejo programa de reformas, las había dado las capacidades de vida individual necesarias para desenvolverse en el exterior. Resistente corteza de proteínas, cilios, sistema de alimentación, síntesis solar, depredación, etc. Cada célula, las musculares, las nerviosas, por especializada que estuviese había tenido su oportunidad de mejora y se la había soltado en algún medio ambiente específico del planeta, hasta que de su anterior unidad como ser vivo solo quedo un esqueleto tendido al sol. Fue una tarea ardua, aún para una máquina mil veces más inteligente que el más inteligente de los hombres.
 
Podía sentir el peso del viento, cálido, demoledor, royendo su piel, tal como lo había hecho los últimos cuarenta años.
 
Cerrado el tiempo, abiertas las puertas de la muerte, solo esperaba, pero ya no era en vano. Se tocaba el pelo, canoso, fino, y evocaba la dureza de antes, esos enrrabietados bucles morenos. Desde la boca de la cueva, lejos veía formas borrosas moviéndose. Ninguna nanomáquina corregía la curvatura de sus cristalinos y reparaba su retina. Iba a morir desnuda de toda la herencia que su pueblo la había otorgado para poder nacer de nuevo.
 
Hoy era debilidad lo que antes había sido determinación, y la felicidad fertilizaba los anteriormente desolados campos de la soledad. La muerte llegó arrastrándose, camuflada de dulce sueño. 
 
La anciana la sintió andar de puntillas por su organismo, acariciarla el interior estragado de su cerebro, y la reconoció con júbilo, mil años desde que había nacido había estado esperándola, agazapada, avanzando tan rápida como una tortuga sin patas. Y con el peso infinito de la muerte echándose encima de ella para un último acto de amor, sintió inundarse de una sonrisa mineral que nacía en los huesos y casi supo adivinar su origen.

Como timbres de alarma - Robert Moore Williams

El joven guardián, Ve, estaba muy excitado. Había hecho un descubrimiento de tal magnitud que insistía en informar personalmente a Lor, el guardián jefe de aquel sector del universo.

Su superior inmediato le dijo que enviara el informe por conducto regular.

- Lor lo recibirá a su debido tiempo - dijo su superior -. Esas cosas no corren prisa. Hazlo sin prisas, y todo saldrá bien.

Ve no quiso escucharle. El conducto regular era bueno para los informes rutinarios - nivel de radiación de los diversos soles, paso de cometas, explosiones de supernovas, y cosas por el estilo -, pero aquel informe era importante, demasiado importante para que sufriera un retraso. Apeló al antiguo derecho de todos los guardianes a presentar personalmente sus informes a Lor si, al observar los mundos del espacio, notaban algo anormal.

Su superior suspiró. Ve era joven e impetuoso. Ve no había aprendido aún a través de la experiencia que todas las cosas suceden a su debido tiempo, y que, en realidad, es muy poco lo que se puede hacer en lo que a ellas respecta. 

Pero si Ve invocaba el derecho de los guardianes a presentar informes personales a Lor, tenía que permitirle cruzar la línea. Si Lor le despedía con cajas destempladas por molestarle con nimiedades sin importancia, Ve podría añadir aquella experiencia al acervo de sus conocimientos.

De modo que su superior firmó los pases necesarios y Ve fue acompañado a través de la jerarquía de mandos, a través del equivalente de capitanes, comandantes, coroneles y generales hasta ser introducido a presencia de Lor.

Lor no llevaba ningún emblema. Iba modestamente vestido, y parecía un obrero, quizás un vigilante de una sola estrella, pero Ve no necesitó ver al general de cinco estrellas que estaba a la derecha de Lor, ni al general de cinco estrellas que estaba a su izquierda - los generales de cinco estrellas eran utilizados como mensajeros -, para saber que se encontraba en presencia del jefe supremo. Ya que Lor estaba rodeado de un aura de autoridad. Parecía enorme, acostumbrado a mandar.

Lor estaba sentado ante su escritorio. Había un fruncimiento de concentración en su rostro mientras estudiaba las cifras extendidas delante suyo. No advirtió la presencia de Ve.

Ve esperó. Los generales de cinco estrellas le miraron sin verle. Ve se dio cuenta, súbitamente, de que los técnicos, segunda categoría, no se movían en el mismo plano que los generales de cinco estrellas. Y él había ido a hablar con Lor, que utilizaba a aquellos generales como mensajeros.

Ve, inquieto mientras esperaba, deseó repentinamente no estar allí. Deseó haber seguido el consejo de su superior presentando su informe por conducto regular. Se retorció y se preguntó si podría salir de la estancia sin que Lor se diera cuenta. Empezó a deslizarse hacia la puerta.

El general que estaba a la derecha de Lor se enteró súbitamente de su existencia.

- Quédate donde estás - dijo.

Ve enrojeció.

- Yo... pensé...

- Y cállate - añadió el general.

Ve casi se mordió la lengua en su apresuramiento por cerrar la boca.

Lor levantó los ojos. Miró directamente a Ve.

- ¿Qué deseas? - dijo.

Ve saludó rápidamente.

- Señor, he invocado el antiguo derecho de todos los guardianes...

- De no ser así, no estarías aquí - dijo Lor -. ¿Cuál es tu información? Estoy muy ocupado, como ya has podido ver.

Ve deseó que el suelo se abriera y le tragara.

- Señor, los bichos del Planeta Tres del Sistema Solar 31.941...

Lor parpadeó. Era evidente que no pensaba en lo que Ve estaba diciendo.

- ¿Qué es eso? - Preguntó.

- Los bichos del Planeta Tres del Sistema Solar...

- ¿Bichos? - inquirió Lor.

- Así fueron clasificados en el último informe, señor. El informe fue redactado por la última expedición regular que visitó su planeta, hace 4.200 años. Tiene prevista una inspección cada cinco mil años. Posiblemente, la próxima inspección podrá clasificarlos de un modo distinto, pero de momento están anotados como bichos.

Lor hizo un leve gesto con las manos. Un gesto de impaciencia por algo trivial.

- Eso no importa. La clasificación es probablemente correcta. ¿Dónde dices que están situados?

- En el Planeta Tres del Sistema Solar 31.941.

Lor enarcó las cejas.

- ¿Y dónde está situado ese Sistema Solar? - inquirió.

Ve quedó boquiabierto por el asombro. Siempre había supuesto, no, le habían dicho específicamente una y otra vez en sus conferencias de adoctrinamiento, que Lor lo sabía todo. Le impresionó intensamente comprobar que Lor ni siquiera sabía dónde estaba situado el Sistema Solar 31.941.

- Bueno, está debajo de las Pléyades - dijo, buscando el modo de explicarle a Lor dónde estaba situado aquel sol y sus nueve planetas -. Al sur de Vega, y...

- Humm - murmuró Lor. Se volvió al general que estaba a su izquierda -. Tráeme el mapa estelar.

El general salió apresuradamente de la habitación. Regresó con el inmenso mapa que mostraba el emplazamiento de todos los soles de aquel sector del Universo. Al fin, Lor consiguió localizar el sistema solar 31.941.

- Aquí está - dijo -. Bueno, no son tan pequeños. ¿El tercer planeta del sol, dices? Tráeme una lupa.

Le entregaron una magnífica lupa. Examinó el mapa con ella durante un largo rato.

- Ahora veo el planeta - dijo, transcurridos unos instantes -. Tiene una sola luna. Bien.

 Lor pareció complacido por haber localizado aquel sistema solar. Después de todo, era casi una hazaña haber podido localizar un único sol y nueve planetas circundantes, situados en una de las secciones menos pobladas del universo. El hecho de que aquel sol y sus planetas estuvieran señalados en los mapas indicaba una organización eficaz, lo cual resultaba muy agradable para el jefe supremo.

- Bueno - dijo Lor, alzando la mirada hacia Ve. - ¿Qué pasa con los animales de ese planeta que te ha inducido a presentarme un informe personal?

Ve respiró a fondo. Eso era lo que le había llevado allí, después de recorrer una cuarta parte del universo.

- Señor - dijo -. ¡Han descubierto la energía atómica!

A pesar de no ser más que un técnico de segunda categoría, Ve sabía lo importante que era aquella noticia. La energía atómica, la energía básica del universo. La raza que la poseyera podría trasladarse a cualquier parte y hacer cualquier cosa. No podrían hacerlo inmediatamente, pero una vez realizado el descubrimiento fundamental, todo lo demás llegaría por sus pasos contados.

Los bichos del Planeta Tres poseían la energía atómica.

Los rostros de los generales habían expresado una gran sorpresa cuando Ve habló. Incluso Lor pareció impresionado.

- No - dijo -. Debes de estar equivocado.

- No estoy equivocado - insistió Ve -. Cuando noté la primera vibración procedente de una lejana explosión atómica, llevé a cabo una minuciosa investigación. No cabe ninguna duda. Han conseguido liberar energía nuclear y mantener una reacción en cadena en uno de los elementos más pesados.

Ve se dio cuenta de que la noticia afectaba seriamente a Lor.

- ¡Energía atómica! - exclamó Lor -. Eso significa que no tardarán en construir naves espaciales.

Ve asintió.

- Tienen una luna, señor, a la cual pueden llegar con naves espaciales rudimentarias. Y una vez alcancen su luna, no tardarán en volar por todo el sistema solar. Después, no pasará mucho tiempo sin que se presenten aquí.

- Sí - murmuró Lor -. Y cuando nos encuentren...

Ve comprendió la pregunta que se formaba en la mente de Lor. Se estremeció. Por algún motivo desconocido para él, se sentía atraído por los diminutos seres que vivían en el Planeta Tres. A pesar de estar clasificados como bichos, eran grandes en un sentido. A Ve le disgustaba tener que informar a Lor de lo que sabía acerca de ellos, pero tenía que hacerlo.

- ¿Son una raza pacifica? - inquirió Lor.

Ve vaciló. Sacudió la cabeza.

- No - dijo -. No son pacíficos. Por el contrario, son muy aficionados a la guerra. Están luchando unos contra otros continuamente, declarándose la guerra por los motivos más nimios, o sin motivos.

Pudo ver el descontento que estas noticias provocaban en Lor. Los generales, en cambio, las acogieron con agrado

- No llegarán hasta nosotros en seguida - dijo Lor, mirando a Ve -. ¿Crees, por lo que sabes de ellos, que habrán aprendido los caminos de la paz cuando estén en condiciones de llegar hasta nosotros?

Ve suspiró.

- No he visto nada en su historia que lo haga suponer - dijo.

- Entonces, tenemos que hacernos a la idea de que una nueva raza caerá sobre nosotros a través del espacio - observó Lor, con tristeza.

Los generales sonrieron.

En la oficina del jefe supremo se hizo un profundo silencio. Lor estaba meditando en el problema que acababa de presentárseles a los guardianes del espacio.

Ve pensaba también en aquel problema. Las palabras de Lor: «Una nueva raza caerá sobre nosotros a través del espacio» martilleaban incesantemente su cerebro. Poco a poco, empezó a captar el sentido de aquellas palabras. 

Significaban que los bichos del Planeta Tres cruzarían el espacio. Como eran una raza de guerreros, llegarían en grandes naves de combate, en cruceros espaciales de gran autonomía. Una patrulla de rápidas naves de exploración iría delante de ellos. Habría guerra.

Sólo podía haber guerra. Los bichos del Planeta Tres no conocían otra cosa. Confiar en que cambiaran sus instintos bélicos, era como esperar que el cielo se desplomara. Habían luchado durante tanto tiempo unos contra otros, que el luchar era en ellos una segunda naturaleza, algo que aceptaban sin pensar.

Los guardianes del espacio eran pacíficos. A pesar de que seguían manteniendo una organización militar, casi habían olvidado el propósito por el cual fue creada. Únicamente los generales recordaban cosas como aquéllas. 

Desde luego, los guardianes poseían grandes poderes, enormes poderes, pero si se permitía que los bichos crecieran demasiado, ni siquiera los grandes poderes de los guardianes bastarían para rechazarlos.

- ¿Qué sugieres tú? - preguntó Lor, de pronto, mirando al general que estaba a su izquierda.

- Eliminarlos - respondió inmediatamente el general -. Antes de que alcancen la importancia suficiente para retarnos, borrar su planeta de la faz del cielo. Una pequeña expedición puede encargarse del trabajo. Me ofrezco voluntario para conducirla.

- ¡No! - exclamó Ve,

Lor le miró y le ignoró. Se volvió al general que estaba a su derecha.

- Y tú, ¿qué sugieres? - preguntó.

El general sonrió.

- Sugiero que esperemos un poco.

- ¿Por qué? - preguntó Lor.

El general hizo un expresivo gesto con las manos.

- Si esperamos, se harán más fuertes. Destruirlos entonces será una prueba mucho mejor para nosotros. Desde luego, no sugiero que esperemos hasta que se hagan demasiado fuertes - se apresuró a añadir.

- ¿Sólo lo suficientemente fuertes para permitirnos unas maniobras militares en gran escala? - preguntó Lor.

- Algo por el estilo - respondió el general que estaba a su derecha -. Puedo organizar un equipo especial que elabore los planes para su destrucción en cuanto sean tan fuertes que su aniquilamiento no resulte un juego de niños.

- Hum - murmuró Lor.

En su rostro no se reflejaba la menor satisfacción. Miró a los dos generales con expresión pensativa, y luego se volvió hacia Ve.

- Me ha parecido comprender, por tu exclamación, que no apruebas la destrucción de esos bichos - dijo.

Los dos generales estaban mirando a Ve con fijeza. Le estaban viendo, no había duda. La expresión de sus rostros le dijo a Ve lo que le harían si se atrevía a oponerse a sus planes.

Tomó aliento.

- No, señor - dijo.

No miró a los generales. Miró únicamente a Lor.

- ¿Por qué? - preguntó Lor.

Era una pregunta que Ve no podía contestar. Pero trató de encontrar una respuesta. Pensó en los pequeños seres del Planeta Tres. Mientras atendía a sus obligaciones, había tenido ocasión de observarlos de cerca. Les había visto realizar cosas excelentes, cosas audaces. Les había visto enfrentarse con un planeta poblado de bestias enormes, de enmarañadas selvas, de estériles desiertos. Les habla visto enfrentarse con el hielo de los polos, con el oscuro horror de los grandes océanos. Les había visto hacer aquellas cosas sabiendo que las bestias podían matarles, que la selva podía estrangularles, que los polos podían helarles, que los desiertos podían achicharrarles. Les había visto enfrentarse con la muerte en mil formas distintas, sin temblar. Para Ve, había cierta grandeza en ellos, en su obstinación en seguir adelante, en su no darse nunca por vencidos.

Pero ése no era el motivo de que no deseara que fueran destruidos; no el único motivo, al menos. Y sabía que los generales no aceptarían ningún motivo. Ya que, indiscutiblemente, unos bichos poseedores de la energía atómica eran unos bichos peligrosos. Ve sacudió la cabeza.

- Ignoro el motivo, señor - dijo.

- Hay que destruirlos ahora - apremió el general que estaba a la izquierda de Lor.

- Es preferible esperar un poco y luego destruirlos - dijo el general de la derecha.

- No sé si podemos destruirlos - dijo Lor.

- ¿Eh? - exclamaron a dúo los sorprendidos generales -. Nosotros tenemos el poder.

- Hay implicado algo más que poder - dijo Lor.

Se volvió hacia Ve.

- Dime - inquirió -, ¿han descubierto la energía atómica por sí mismos? ¿Es un secreto que han arrancado a la naturaleza por su propia inteligencia, o han obtenido alguna ayuda para conseguirlo?

Ve no pudo comprender el alcance de aquellas preguntas. Los generales lo comprendieron, y miraron a Ve.

- Han obtenido ayuda para conseguirlo - dijeron los generales -. ¿No es cierto? Han obtenido ayuda.

- No - dijo Ve. Nadie les ha ayudado. Lo han descubierto por si mismos.

Lor miró a sus dos generales.

- Entonces, esto responde a vuestras preguntas. Si han hecho el descubrimiento por sí mismos, no podemos destruirles para protegernos. Existe una ley del universo que dice que una raza o una especie que consiga un adelanto por su propia inteligencia, por su propia fuerza, no será destruida sólo por el descubrimiento que ha hecho. De no ser así, la evolución en los mundos del espacio se interrumpiría.

Los generales escucharon aquellas palabras con el ceño fruncido.

- Seguramente, la ley no rige para los bichos - sugirió uno de ellos.

- La ley rige para todas las formas de vida - replicó Lor -. No olvidéis que hay guardianes que nos vigilan a nosotros, del mismo modo que nosotros vigilamos a los seres que están por debajo nuestro. Si quebrantamos su ley, nos condenaremos a nosotros mismos.

Lor sacudió la cabeza. Un gesto definitivo.

Ve contempló a su jefe, intrigado. Allí había alta política, que él ni siquiera había empezado a comprender. Sabía, desde luego, que existían poderes más elevados que los guardianes del universo, pero no se le había ocurrido que aquellos poderes más elevados pudieran estar interesados en los bichos. Al parecer, lo estaban. Al parecer, su protección se extendía sobre todas las formas de vida, incluso sobre los seres del Planeta Tres.

Ve se sintió mejor. La destrucción inmediata estaba descartada. Esto era seguro. Lor lo había dicho así.

- No podemos emprender ninguna acción contra ellos - continuó Lor -. La ley les protege. Pero la ley también prevé determinadas protecciones para nosotros, establece determinadas salvaguardias. Durante los siglos que han de transcurrir antes de que los bichos lleguen hasta nosotros, esas salvaguardias tendrán tiempo más que suficiente para actuar.

Sus dedos tamborilearon, impacientes, sobre el escritorio. El descubrimiento de la energía atómica le enfrentaba con un grave problema. Estaba prohibido destruir a los seres que hablan efectuado el descubrimiento, pero, si no les destruía, podía verse obligado eventualmente a luchar contra ellos.

Lor miró al general que estaba a su izquierda.

- Prepara el equipo de exploración de probabilidades para que empiece a funcionar inmediatamente - dijo -. Que lo enfoquen sobre ese planeta donde se desenvuelven los bichos. Aunque no los destruyamos ahora, antes de que hayan tenido una oportunidad para desarrollar el descubrimiento que han hecho, podemos enterarnos si tendremos que destruirlos o no en el futuro. La ley les concede tiempo para su desarrollo. Si no utilizan ese tiempo provechosamente, podríamos eliminarlos alegando incompetencia.

- Enterado, señor - respondió el general.

Mientras el general salía de la estancia, Lor se volvió hacia Ve.

- Examinaremos los diversos caminos que esa raza puede seguir en el futuro - explicó - Veremos si las salvaguardias funcionan. Como recompensa por tu diligencia en informarme acerca del descubrimiento de la energía atómica, puedes venir con nosotros y ver lo que el futuro reserva a los bichos del Planeta Tres.

Ve siguió a Lor al sector del cuartel general donde estaba instalada la máquina de probabilidades. Nunca había visto aquella máquina, pero conocía la teoría en que se basaba su funcionamiento. 

Dicho en pocas palabras, era una máquina que revelaba los futuros. No el futuro, sino los futuros, los distintos caminos que un planeta, una raza o un individuo podían seguir.

Cuando entraron en la amplia habitación donde se encontraba la máquina de los futuros, Ve se dio cuenta de la intensa agitación que reinaba a su alrededor. La máquina no era utilizada con frecuencia. Ahora que había sido ordenado su funcionamiento, los técnicos se afanaban en ponerla a punto. 

Numerosas baterías de calculadores estaban siendo encendidas y comprobadas. Un equipo de bibliotecarios estaba reuniendo la información necesaria acerca del Planeta Tres del Sistema Solar 31.941, información que tenía que ser suministrada a la enorme máquina antes de que pudiera calcular y exponer los diversos futuros que se abrían ante el planeta y ante la raza que lo habitaba.

- Estamos preparados, señor - informó un general -. Si quiere pasar a la sala de visionamiento...

Cuando estuvieron sentados en la sala de visionamiento, todas las luces se apagaron. La oscuridad era absoluta. Toda claridad, toda radiación de cualquier tipo, habían sido eliminadas de aquella sala, incluidos los rayos cósmicos.

- Hemos llegado ya a la conclusión de que el Planeta Tres del Sistema Solar 31.941 tiene tres posibles futuros - dijo la voz de un técnico en la oscuridad -. Pueden existir otros, pero hemos descubierto las tres potencialidades más importantes, los tres caminos que el planeta puede seguir en el futuro. A continuación va a ser explorado el camino número uno.

Se oyó un suave chasquido en la oscuridad, y un sonido sibilante que se apagó rápidamente. Ve sabía que la máquina de los futuros estaba emitiendo intensas corrientes de energía etérea, que se movían a una velocidad varias veces superior a la de la luz y que estaban concentradas sobre el Planeta Tres, explorándolo. Aquellos rayos de energía estaban pesando, midiendo todo el sistema solar, y enviando datos a la máquina.

En la parte delantera de la sala, la oscuridad se aclaró. Empezó a formarse un cuadro, el cuadro de un sol y nueve pequeños planetas subalternos, en miniatura. Tal como era proyectado por la máquina de los futuros, el sistema solar parecía un hermoso juguete capaz de entusiasmar a un chiquillo, pero Ve sabía que aquello era solamente un cuadro, y que la realidad era muy distinta. 

Había visto de cerca a aquel sol de juguete. Conocía la enorme radiación que desprendía. Aunque en la pantalla pareciera un juguete para niños, Ve sabía lo inmenso que era, allí, en las inexploradas profundidades del espacio.

- Camino número uno, formándose - anunció la voz del técnico.

El pequeño sistema solar empezó a moverse. El movimiento se hizo más rápido a medida que la máquina avanzaba en el Tiempo buscando una de las probabilidades del sistema.

Luego, el sistema solar desapareció y en la pantalla quedó un solo planeta, el Planeta Tres.

El Planeta Tres flotaba en el espacio, un hermoso globo de forma redondeada. Aumentando de tamaño en la pantalla, se hizo visible el azul oscuro de sus mares, el pardo de sus desiertos, el verde de sus fértiles valles y llanuras. Las blancas caperuzas polares resplandecieron bajo los rayos de aquel lejano sol.

Era un espectáculo maravilloso. Ve se removió en su asiento, emocionado por aquella belleza. Incluso Lor, que permanecía muy quieto, mirando con profunda atención, pareció impresionado por la belleza de la escena.

El Tiempo pasaba rápidamente sobre el planeta. Los años discurrían como segundos. Ve miraba atentamente, buscando alguna señal de actividad.

Sucedió en un abrir y cerrar de ojos.

Se produjo una cegadora explosión.

La pantalla se iluminó súbitamente en un infierno de resplandores blancos, mientras el Planeta Tres estallaba.

Una bomba brilló en el cielo.

Ve se olvidó de respirar.

La pantalla se oscureció.

Lor se removió en su asiento.

- Ese es un posible futuro - dijo, lentamente -. Después de descubrir la energía atómica, empiezan a experimentar con los elementos más ligeros. Provocan una reacción en cadena, probablemente a base del átomo de hidrógeno, que hace estallar todo el planeta.

Uno de los posibles futuros del Planeta Tres era la desintegración. El que llegara o no aquel futuro dependía de la forma en que utilizaran el nuevo poder que habían descubierto. Si lo utilizaban de un modo, se volarían a sí mismos y a su planeta antes de que pudieran darse cuenta de lo que sucedía.

- La posibilidad de que hagan volar su propio planeta es una de las salvaguardias que he mencionado - dijo Lor -. Si siguen ese camino, no tenemos nada que temer de ellos.

Pero, ¿seguirían aquel camino?

Ve no sabía el camino que seguirían, ni lo sabía ninguno de los guardianes, ni siquiera el propio Lor. Aquel camino era solamente un futuro potencial, algo que podía suceder. Pero había otros caminos.

Se oyó de nuevo el sonido sibilante, y de nuevo brillaron en la pantalla los nueve pequeños planetas y su sol, como juguetes capaces de entusiasmar a un chiquillo.

- Camino número dos - anunció la voz del técnico.

Ve miró atentamente.

El Planeta Tres aumentó de tamaño en la pantalla, tan hermoso como siempre. Se produjo un movimiento en el aire, encima del planeta. Ve aguzó la mirada para ver lo que estaba sucediendo.

- ¡Guerra! - susurró Lor.

Entonces, Ve vio lo que era aquel movimiento. Bandadas naves cruzaban el aire. En el cielo se estaban produciendo unas feroces luchas. Las naves se embestían y destruían mutuamente. Vio desaparecer ciudades enteras.

Vio el final de la guerra.

Una a una, las naves desaparecieron.

Las ciudades cesaron de desintegrarse.

Ve esperó ver lo que sucedería cuando la guerra hubiera terminado.

Esperó y esperó.

No sucedió nada.

- Acercad más el foco - ordenó Lor.

Los técnicos obedecieron. En la pantalla, el planeta aumentó todavía más de tamaño.

Ve vio lo que había sucedido.

El Planeta Tres estaba muerto. Las ruinas de las ciudades yacían bajo un cielo vacío. Las carreteras estaban desiertas. Los campos aparecían desnudos.

Los ríos discurrían, los mares brillaban al sol, los vientos soplaban, pero en el mundo no había ninguna vida visible. Ninguna forma de vida.

Ningún animal se movía, ninguna vegetación brotaba del suelo.

- Veo lo que ha sucedido - dijo Lor -. Han lanzado un gas radiactivo, tratando de matar a sus enemigos. El gas se ha esparcido a través de toda la atmósfera y ha matado a todas las cosas vivientes del planeta. Un importante producto de la desintegración atómica es la radiactividad...

Ve sabía lo mortíferas que eran las emanaciones radiactivas de la gente del Planeta Tres. Habían hecho una guerra, contaminando de radiactividad toda la atmósfera, destruyéndose a sí mismos.

- Si siguen el segundo camino, no tenemos nada que temer de ellos - dijo Lor -. Nuestra salvaguardia funciona.

El pequeño mundo giraba sin vida en el tranquilo cielo. Eventualmente, cuando hubieran transcurrido unos centenares de siglos, los gases radiactivos se desvanecerían y la vida brotaría de nuevo, para volver a iniciar el largo proceso evolutivo.

Pero aquello costaría millares de años.

- Existen otros caminos - dijo Ve en tono esperanzado.

Era evidente que confiaba en que los habitantes del Planeta Tres seguirían otro camino, escogerían otro futuro, y se salvarían a sí mismos de la destrucción.

- El técnico dijo que había por lo menos otro futuro potencial importante - dijo Ve.

En la oscuridad, se daba cuenta de que Lor le estaba mirando.

- Creo - dijo Lor -, creo que en lo íntimo de tu ser esperas que consigan dominar la energía atómica y eventualmente se lancen contra nosotros.

- No - se apresuró a responder Ve -. Nada de eso.

En lo más íntimo de su ser, le disgustaba ver a aquellos pequeños seres, aunque estuvieran clasificados como bichos, destruyéndose a sí mismos y destruyendo a su mundo. Y ahora sabía por qué no quería verles destruidos. ¡Le atraían a causa de su osadía!

¡Se atrevían a manejar el átomo! Sabiendo que podía destruirles, se atrevían a manejarlo y a investigar sus secretos. Era toda una hazaña. ¡Unos seres tan osados y tan valientes no debían desaparecer del universo!

- Camino número tres, formándose - anunció el técnico.

De nuevo danzaron en el cielo el sol y sus planetas.

Ve contuvo el aliento. Había otro camino que podían seguir en el futuro. ¿Escaparían a la destrucción si seguían este camino? Ve lo ignoraba, pero casi no se atrevía a mirar.

Otra vez la guerra ardió en el planeta, espantosa, terrible, una guerra total.

- ¿No aprenderán nunca? - inquirió Ve, pronunciando las palabras casi involuntariamente -. ¿No aprenderán nunca a evitar la guerra? ¿Será siempre una parte de su cultura? ¿No aprenderán nunca que la guerra y la energía atómica no pueden mezclarse?

A lo largo del camino tres se extendía la guerra.

El foco se acercó más y Ve contempló el comienzo de la destrucción. Vio derrumbarse las orgullosas ciudades, vio caer del cielo la lluvia mortífera, vio abrirse enormes agujeros en la martirizada corteza del planeta a medida que los proyectiles atómicos se hundían en busca de las ciudades que habían sido construidas bajo tierra. Esperó, preguntándose cómo se destruirían a sí mismos esta vez.

El átomo podía ser mal empleado de muchas formas. ¡Había tantas cosas que podían hacerse equivocadamente con él!

Lor había llamado a las cosas que podían hacerse equivocadamente con el átomo «salvaguardias», y desde el punto de vista de los guardianes, desde el punto de vista de la gran raza que vigilaba el espacio eran salvaguardias, pero desde el punto de vista de los pequeños seres que habitaban el Planeta Tres eran trampas que conducían a la muerte repentina, a la destrucción total.

Ve miró, sin atreverse a respirar.

La guerra terminó.

El planeta no estaba destruido.

No había ninguna ciudad en pie. La población había quedado reducida a una cuarta parte de lo que era antes de empezar la lucha, inapreciables recursos naturales habían desaparecido para siempre.

Pero la guerra habla terminado.

Y el Planeta Tres continuaba en el cielo, y continuaba estando habitado. Cierto, la mayoría de los bichos habían muerto, pero habían quedado bastantes vivos.

Ve se dio cuenta de que Lor estaba muy inquieto.

Se dio cuenta de que los generales tenían una expresión vigilante.

La salvaguardia de los guardianes había fallado. Los habitantes del Planeta Tres no habían hecho estallar su mundo, ni se habían destruido a sí mismos.

Manejando el átomo, habían aprendido a dominarlo.

Ese era el motivo de la inquietud de Lor.

El Tiempo corrió rápidamente sobre la pantalla, revelando el, futuro de aquella raza, revelando un posible futuro.

La raza empezó a edificar de nuevo.

No edificaban ciudades. Vivían en pequeños grupos, parecían controlar su número a fin de no sobrepasar sus posibilidades en el terreno de los alimentos. ¡Y seguían adelante, unidos!

No luchaban.

Construían.

Ve vio que empezaban a construir naves espaciales.

Vio la primera nave que despegaba del planeta.

Los técnicos, variando rápidamente el foco de la máquina de los futuros, siguieron el vuelo de aquella nave espacial.

Ve vio que la nave aterrizaba en la luna del planeta.

Supo, entonces, que el primer paso había sido dado.

Supo por qué Lor estaba ahora tan inquieto, por qué los generales permanecían tan vigilantes.

El camino número tres conducía a la conquista del espacio, conducía eventualmente a los lugares donde moraban los guardianes.

El discurrir del Tiempo reveló la construcción de pistas de aterrizaje en la luna, el establecimiento de un tráfico regular, los grandes aprovisionamientos de nuevas materias primas, minerales de todas clases, extraídos del satélite.

Aquella raza ya disponía de suministros adecuados.

Las naves espaciales empezaron a despegar de la luna. Empezaron a volar hacia los planetas. Volaban pacíficamente, a través de las inmensidades del espacio.

- Es suficiente - dijo Lor -. Detened la máquina.

La sala volvió a iluminarse. Ve y los generales siguieron a Lor cuando éste salió de aquel sector del cuartel general donde se albergaba la máquina de los futuros, para regresar a su despacho.

Lor se acercó a la ventana y miró al exterior.

Su ventana se abría al espacio, a la inmensidad de la nada que se extendía entre los mundos. Lor contempló aquel espacio, sin hablar.

La mente de Ve giraba alrededor de una idea central.

- ¿Qué camino seguirán, señor? - preguntó tímidamente. En la amplia estancia reinaba un profundo silencio.

- Lo ignoro - respondió Lor -. Tendrán que escogerlo por sí mismos.

El silencio se hizo más pesado.

- Pero, yo creo - continuó Lor al cabo de unos instantes -, creo que será mejor que nos preparemos para recibir visitantes algún día.

El corazón de Ve brincó al oír aquellas palabras.

- Entonces, ¿cree que seguirán el camino número tres? - inquirió.

- Opino que sí - respondió Lor.

Los generales parecieron repentinamente excitados.

- Así que deberemos preparar nuestras defensas - dijeron.

- No - replicó Lor.

Los generales se quedaron contemplándole, asombrados.

- No necesitamos ninguna defensa - continuó Lor -. El único camino que conduce hasta nosotros es, después de un inicial periodo de conflicto, un camino pacífico. Todos los otros caminos conducen a la destrucción. El único camino que conduce hasta nosotros es el camino de la paz. No necesitaremos ninguna defensa contra unos seres que llegarán en son de paz.

Los generales permanecieron silenciosos.

En su interior, Ve se sintió feliz. Aquellos pequeños seres que se atrevían a manejar el átomo no estaban desahuciados: había aún esperanza para ellos.

- Haremos preparativos para recibirles - dijo Lor -. Llegarán hasta nosotros, en son de paz, cuando se hayan dominado a sí mismos y hayan dominado todos los caminos del universo.

Habla algo profético en el tono majestuoso de su voz.

- ¿Quién sabe? - continuó -. Quizás en alguna época futura podrán ocupar nuestros lugares aquí, como guardianes de este sector del universo, en tanto que nosotros ascendemos a mayores glorias. Este, creo, es su destino.

Su voz se apagó. Ve permaneció silencioso. Los generales permanecieron silenciosos.

Muy lejos, a través de las vastas profundidades del espacio, los bichos del Planeta Tres trabajaban en su bomba atómica.