El joven
guardián, Ve, estaba muy excitado. Había hecho un descubrimiento de tal
magnitud que insistía en informar personalmente a Lor, el guardián jefe de
aquel sector del universo.
Su superior
inmediato le dijo que enviara el informe por conducto regular.
- Lor lo
recibirá a su debido tiempo - dijo su superior -. Esas cosas no corren prisa.
Hazlo sin prisas, y todo saldrá bien.
Ve no quiso
escucharle. El conducto regular era bueno para los informes rutinarios - nivel
de radiación de los diversos soles, paso de cometas, explosiones de supernovas,
y cosas por el estilo -, pero aquel informe era importante, demasiado
importante para que sufriera un retraso. Apeló al antiguo derecho de todos los
guardianes a presentar personalmente sus informes a Lor si, al observar los
mundos del espacio, notaban algo anormal.
Su superior
suspiró. Ve era joven e impetuoso. Ve no había aprendido aún a través de la
experiencia que todas las cosas suceden a su debido tiempo, y que, en realidad,
es muy poco lo que se puede hacer en lo que a ellas respecta.
Pero si Ve
invocaba el derecho de los guardianes a presentar informes personales a Lor,
tenía que permitirle cruzar la línea. Si Lor le despedía con cajas destempladas
por molestarle con nimiedades sin importancia, Ve podría añadir aquella
experiencia al acervo de sus conocimientos.
De modo que su
superior firmó los pases necesarios y Ve fue acompañado a través de la
jerarquía de mandos, a través del equivalente de capitanes, comandantes,
coroneles y generales hasta ser introducido a presencia de Lor.
Lor no llevaba
ningún emblema. Iba modestamente vestido, y parecía un obrero, quizás un
vigilante de una sola estrella, pero Ve no necesitó ver al general de cinco
estrellas que estaba a la derecha de Lor, ni al general de cinco estrellas que
estaba a su izquierda - los generales de cinco estrellas eran utilizados como
mensajeros -, para saber que se encontraba en presencia del jefe supremo. Ya
que Lor estaba rodeado de un aura de autoridad. Parecía enorme, acostumbrado a
mandar.
Lor estaba
sentado ante su escritorio. Había un fruncimiento de concentración en su rostro
mientras estudiaba las cifras extendidas delante suyo. No advirtió la presencia
de Ve.
Ve esperó. Los
generales de cinco estrellas le miraron sin verle. Ve se dio cuenta,
súbitamente, de que los técnicos, segunda categoría, no se movían en el mismo
plano que los generales de cinco estrellas. Y él había ido a hablar con Lor,
que utilizaba a aquellos generales como mensajeros.
Ve, inquieto
mientras esperaba, deseó repentinamente no estar allí. Deseó haber seguido el
consejo de su superior presentando su informe por conducto regular. Se retorció
y se preguntó si podría salir de la estancia sin que Lor se diera cuenta. Empezó
a deslizarse hacia la puerta.
El general que
estaba a la derecha de Lor se enteró súbitamente de su existencia.
- Quédate donde
estás - dijo.
Ve enrojeció.
- Yo...
pensé...
- Y cállate -
añadió el general.
Ve casi se
mordió la lengua en su apresuramiento por cerrar la boca.
Lor levantó los
ojos. Miró directamente a Ve.
- ¿Qué deseas?
- dijo.
Ve saludó
rápidamente.
- Señor, he
invocado el antiguo derecho de todos los guardianes...
- De no ser
así, no estarías aquí - dijo Lor -. ¿Cuál es tu información? Estoy muy ocupado,
como ya has podido ver.
Ve deseó que el
suelo se abriera y le tragara.
- Señor, los
bichos del Planeta Tres del Sistema Solar 31.941...
Lor parpadeó.
Era evidente que no pensaba en lo que Ve estaba diciendo.
- ¿Qué es eso?
- Preguntó.
- Los bichos
del Planeta Tres del Sistema Solar...
- ¿Bichos? -
inquirió Lor.
- Así fueron
clasificados en el último informe, señor. El informe fue redactado por la
última expedición regular que visitó su planeta, hace 4.200 años. Tiene
prevista una inspección cada cinco mil años. Posiblemente, la próxima
inspección podrá clasificarlos de un modo distinto, pero de momento están
anotados como bichos.
Lor hizo un
leve gesto con las manos. Un gesto de impaciencia por algo trivial.
- Eso no
importa. La clasificación es probablemente correcta. ¿Dónde dices que están
situados?
- En el Planeta
Tres del Sistema Solar 31.941.
Lor enarcó las
cejas.
- ¿Y dónde está
situado ese Sistema Solar? - inquirió.
Ve quedó
boquiabierto por el asombro. Siempre había supuesto, no, le habían dicho
específicamente una y otra vez en sus conferencias de adoctrinamiento, que Lor
lo sabía todo. Le impresionó intensamente comprobar que Lor ni siquiera sabía
dónde estaba situado el Sistema Solar 31.941.
- Bueno, está
debajo de las Pléyades - dijo, buscando el modo de explicarle a Lor dónde
estaba situado aquel sol y sus nueve planetas -. Al sur de Vega, y...
- Humm -
murmuró Lor. Se volvió al general que estaba a su izquierda -. Tráeme el mapa
estelar.
El general
salió apresuradamente de la habitación. Regresó con el inmenso mapa que
mostraba el emplazamiento de todos los soles de aquel sector del Universo. Al
fin, Lor consiguió localizar el sistema solar 31.941.
- Aquí está -
dijo -. Bueno, no son tan pequeños. ¿El tercer planeta del sol, dices? Tráeme
una lupa.
Le entregaron
una magnífica lupa. Examinó el mapa con ella durante un largo rato.
- Ahora veo el
planeta - dijo, transcurridos unos instantes -. Tiene una sola luna. Bien.
Lor pareció
complacido por haber localizado aquel sistema solar. Después de todo, era casi
una hazaña haber podido localizar un único sol y nueve planetas circundantes,
situados en una de las secciones menos pobladas del universo. El hecho de que
aquel sol y sus planetas estuvieran señalados en los mapas indicaba una organización
eficaz, lo cual resultaba muy agradable para el jefe supremo.
- Bueno - dijo
Lor, alzando la mirada hacia Ve. - ¿Qué pasa con los animales de ese planeta
que te ha inducido a presentarme un informe personal?
Ve respiró a
fondo. Eso era lo que le había llevado allí, después de recorrer una cuarta
parte del universo.
- Señor - dijo
-. ¡Han descubierto la energía atómica!
A pesar de no
ser más que un técnico de segunda categoría, Ve sabía lo importante que era
aquella noticia. La energía atómica, la energía básica del universo. La raza
que la poseyera podría trasladarse a cualquier parte y hacer cualquier cosa. No
podrían hacerlo inmediatamente, pero una vez realizado el descubrimiento
fundamental, todo lo demás llegaría por sus pasos contados.
Los bichos del
Planeta Tres poseían la energía atómica.
Los rostros de
los generales habían expresado una gran sorpresa cuando Ve habló. Incluso Lor
pareció impresionado.
- No - dijo -.
Debes de estar equivocado.
- No estoy
equivocado - insistió Ve -. Cuando noté la primera vibración procedente de una
lejana explosión atómica, llevé a cabo una minuciosa investigación. No cabe
ninguna duda. Han conseguido liberar energía nuclear y mantener una reacción en
cadena en uno de los elementos más pesados.
Ve se dio cuenta
de que la noticia afectaba seriamente a Lor.
- ¡Energía
atómica! - exclamó Lor -. Eso significa que no tardarán en construir naves
espaciales.
Ve asintió.
- Tienen una
luna, señor, a la cual pueden llegar con naves espaciales rudimentarias. Y una
vez alcancen su luna, no tardarán en volar por todo el sistema solar. Después,
no pasará mucho tiempo sin que se presenten aquí.
- Sí - murmuró
Lor -. Y cuando nos encuentren...
Ve comprendió
la pregunta que se formaba en la mente de Lor. Se estremeció. Por algún motivo
desconocido para él, se sentía atraído por los diminutos seres que vivían en el
Planeta Tres. A pesar de estar clasificados como bichos, eran grandes en un
sentido. A Ve le disgustaba tener que informar a Lor de lo que sabía acerca de
ellos, pero tenía que hacerlo.
- ¿Son una raza
pacifica? - inquirió Lor.
Ve vaciló.
Sacudió la cabeza.
- No - dijo -.
No son pacíficos. Por el contrario, son muy aficionados a la guerra. Están
luchando unos contra otros continuamente, declarándose la guerra por los motivos
más nimios, o sin motivos.
Pudo ver el
descontento que estas noticias provocaban en Lor. Los generales, en cambio, las
acogieron con agrado
- No llegarán
hasta nosotros en seguida - dijo Lor, mirando a Ve -. ¿Crees, por lo que sabes
de ellos, que habrán aprendido los caminos de la paz cuando estén en
condiciones de llegar hasta nosotros?
Ve suspiró.
- No he visto
nada en su historia que lo haga suponer - dijo.
- Entonces,
tenemos que hacernos a la idea de que una nueva raza caerá sobre nosotros a
través del espacio - observó Lor, con tristeza.
Los generales
sonrieron.
En la oficina
del jefe supremo se hizo un profundo silencio. Lor estaba meditando en el
problema que acababa de presentárseles a los guardianes del espacio.
Ve pensaba
también en aquel problema. Las palabras de Lor: «Una nueva raza caerá sobre
nosotros a través del espacio» martilleaban incesantemente su cerebro. Poco a
poco, empezó a captar el sentido de aquellas palabras.
Significaban que los
bichos del Planeta Tres cruzarían el espacio. Como eran una raza de guerreros,
llegarían en grandes naves de combate, en cruceros espaciales de gran
autonomía. Una patrulla de rápidas naves de exploración iría delante de ellos.
Habría guerra.
Sólo podía
haber guerra. Los bichos del Planeta Tres no conocían otra cosa. Confiar en que
cambiaran sus instintos bélicos, era como esperar que el cielo se desplomara.
Habían luchado durante tanto tiempo unos contra otros, que el luchar era en
ellos una segunda naturaleza, algo que aceptaban sin pensar.
Los guardianes
del espacio eran pacíficos. A pesar de que seguían manteniendo una organización
militar, casi habían olvidado el propósito por el cual fue creada. Únicamente
los generales recordaban cosas como aquéllas.
Desde luego, los guardianes
poseían grandes poderes, enormes poderes, pero si se permitía que los bichos
crecieran demasiado, ni siquiera los grandes poderes de los guardianes
bastarían para rechazarlos.
- ¿Qué sugieres
tú? - preguntó Lor, de pronto, mirando al general que estaba a su izquierda.
- Eliminarlos -
respondió inmediatamente el general -. Antes de que alcancen la importancia
suficiente para retarnos, borrar su planeta de la faz del cielo. Una pequeña
expedición puede encargarse del trabajo. Me ofrezco voluntario para conducirla.
- ¡No! - exclamó
Ve,
Lor le miró y
le ignoró. Se volvió al general que estaba a su derecha.
- Y tú, ¿qué
sugieres? - preguntó.
El general
sonrió.
- Sugiero que
esperemos un poco.
- ¿Por qué? -
preguntó Lor.
El general hizo
un expresivo gesto con las manos.
- Si esperamos,
se harán más fuertes. Destruirlos entonces será una prueba mucho mejor para
nosotros. Desde luego, no sugiero que esperemos hasta que se hagan demasiado
fuertes - se apresuró a añadir.
- ¿Sólo lo
suficientemente fuertes para permitirnos unas maniobras militares en gran
escala? - preguntó Lor.
- Algo por el
estilo - respondió el general que estaba a su derecha -. Puedo organizar un
equipo especial que elabore los planes para su destrucción en cuanto sean tan
fuertes que su aniquilamiento no resulte un juego de niños.
- Hum - murmuró
Lor.
En su rostro no
se reflejaba la menor satisfacción. Miró a los dos generales con expresión
pensativa, y luego se volvió hacia Ve.
- Me ha
parecido comprender, por tu exclamación, que no apruebas la destrucción de esos
bichos - dijo.
Los dos
generales estaban mirando a Ve con fijeza. Le estaban viendo, no había duda. La
expresión de sus rostros le dijo a Ve lo que le harían si se atrevía a oponerse
a sus planes.
Tomó aliento.
- No, señor -
dijo.
No miró a los
generales. Miró únicamente a Lor.
- ¿Por qué? -
preguntó Lor.
Era una
pregunta que Ve no podía contestar. Pero trató de encontrar una respuesta.
Pensó en los pequeños seres del Planeta Tres. Mientras atendía a sus
obligaciones, había tenido ocasión de observarlos de cerca. Les había visto
realizar cosas excelentes, cosas audaces. Les había visto enfrentarse con un
planeta poblado de bestias enormes, de enmarañadas selvas, de estériles
desiertos. Les habla visto enfrentarse con el hielo de los polos, con el oscuro
horror de los grandes océanos. Les había visto hacer aquellas cosas sabiendo
que las bestias podían matarles, que la selva podía estrangularles, que los
polos podían helarles, que los desiertos podían achicharrarles. Les había visto
enfrentarse con la muerte en mil formas distintas, sin temblar. Para Ve, había
cierta grandeza en ellos, en su obstinación en seguir adelante, en su no darse
nunca por vencidos.
Pero ése no era
el motivo de que no deseara que fueran destruidos; no el único motivo, al
menos. Y sabía que los generales no aceptarían ningún motivo. Ya que,
indiscutiblemente, unos bichos poseedores de la energía atómica eran unos
bichos peligrosos. Ve sacudió la cabeza.
- Ignoro el
motivo, señor - dijo.
- Hay que
destruirlos ahora - apremió el general que estaba a la izquierda de Lor.
- Es preferible
esperar un poco y luego destruirlos - dijo el general de la derecha.
- No sé si
podemos destruirlos - dijo Lor.
- ¿Eh? -
exclamaron a dúo los sorprendidos generales -. Nosotros tenemos el poder.
- Hay implicado
algo más que poder - dijo Lor.
Se volvió hacia
Ve.
- Dime -
inquirió -, ¿han descubierto la energía atómica por sí mismos? ¿Es un secreto
que han arrancado a la naturaleza por su propia inteligencia, o han obtenido
alguna ayuda para conseguirlo?
Ve no pudo
comprender el alcance de aquellas preguntas. Los generales lo comprendieron, y
miraron a Ve.
- Han obtenido
ayuda para conseguirlo - dijeron los generales -. ¿No es cierto? Han obtenido
ayuda.
- No - dijo Ve.
Nadie les ha ayudado. Lo han descubierto por si mismos.
Lor miró a sus
dos generales.
- Entonces,
esto responde a vuestras preguntas. Si han hecho el descubrimiento por sí
mismos, no podemos destruirles para protegernos. Existe una ley del universo
que dice que una raza o una especie que consiga un adelanto por su propia
inteligencia, por su propia fuerza, no será destruida sólo por el
descubrimiento que ha hecho. De no ser así, la evolución en los mundos del
espacio se interrumpiría.
Los generales
escucharon aquellas palabras con el ceño fruncido.
- Seguramente,
la ley no rige para los bichos - sugirió uno de ellos.
- La ley rige
para todas las formas de vida - replicó Lor -. No olvidéis que hay guardianes
que nos vigilan a nosotros, del mismo modo que nosotros vigilamos a los seres
que están por debajo nuestro. Si quebrantamos su ley, nos condenaremos a
nosotros mismos.
Lor sacudió la
cabeza. Un gesto definitivo.
Ve contempló a
su jefe, intrigado. Allí había alta política, que él ni siquiera había empezado
a comprender. Sabía, desde luego, que existían poderes más elevados que los
guardianes del universo, pero no se le había ocurrido que aquellos poderes más
elevados pudieran estar interesados en los bichos. Al parecer, lo estaban. Al
parecer, su protección se extendía sobre todas las formas de vida, incluso
sobre los seres del Planeta Tres.
Ve se sintió
mejor. La destrucción inmediata estaba descartada. Esto era seguro. Lor lo
había dicho así.
- No podemos
emprender ninguna acción contra ellos - continuó Lor -. La ley les protege.
Pero la ley también prevé determinadas protecciones para nosotros, establece
determinadas salvaguardias. Durante los siglos que han de transcurrir antes de
que los bichos lleguen hasta nosotros, esas salvaguardias tendrán tiempo más
que suficiente para actuar.
Sus dedos tamborilearon,
impacientes, sobre el escritorio. El descubrimiento de la energía atómica le
enfrentaba con un grave problema. Estaba prohibido destruir a los seres que
hablan efectuado el descubrimiento, pero, si no les destruía, podía verse
obligado eventualmente a luchar contra ellos.
Lor miró al
general que estaba a su izquierda.
- Prepara el
equipo de exploración de probabilidades para que empiece a funcionar
inmediatamente - dijo -. Que lo enfoquen sobre ese planeta donde se
desenvuelven los bichos. Aunque no los destruyamos ahora, antes de que hayan
tenido una oportunidad para desarrollar el descubrimiento que han hecho,
podemos enterarnos si tendremos que destruirlos o no en el futuro. La ley les
concede tiempo para su desarrollo. Si no utilizan ese tiempo provechosamente,
podríamos eliminarlos alegando incompetencia.
- Enterado,
señor - respondió el general.
Mientras el
general salía de la estancia, Lor se volvió hacia Ve.
- Examinaremos
los diversos caminos que esa raza puede seguir en el futuro - explicó - Veremos
si las salvaguardias funcionan. Como recompensa por tu diligencia en informarme
acerca del descubrimiento de la energía atómica, puedes venir con nosotros y
ver lo que el futuro reserva a los bichos del Planeta Tres.
Ve siguió a Lor
al sector del cuartel general donde estaba instalada la máquina de
probabilidades. Nunca había visto aquella máquina, pero conocía la teoría en
que se basaba su funcionamiento.
Dicho en pocas palabras, era una máquina que
revelaba los futuros. No el futuro, sino los futuros, los distintos caminos que
un planeta, una raza o un individuo podían seguir.
Cuando entraron
en la amplia habitación donde se encontraba la máquina de los futuros, Ve se
dio cuenta de la intensa agitación que reinaba a su alrededor. La máquina no
era utilizada con frecuencia. Ahora que había sido ordenado su funcionamiento,
los técnicos se afanaban en ponerla a punto.
Numerosas baterías de calculadores
estaban siendo encendidas y comprobadas. Un equipo de bibliotecarios estaba
reuniendo la información necesaria acerca del Planeta Tres del Sistema Solar
31.941, información que tenía que ser suministrada a la enorme máquina antes de
que pudiera calcular y exponer los diversos futuros que se abrían ante el
planeta y ante la raza que lo habitaba.
- Estamos
preparados, señor - informó un general -. Si quiere pasar a la sala de
visionamiento...
Cuando
estuvieron sentados en la sala de visionamiento, todas las luces se apagaron.
La oscuridad era absoluta. Toda claridad, toda radiación de cualquier tipo, habían
sido eliminadas de aquella sala, incluidos los rayos cósmicos.
- Hemos llegado
ya a la conclusión de que el Planeta Tres del Sistema Solar 31.941 tiene tres
posibles futuros - dijo la voz de un técnico en la oscuridad -. Pueden existir
otros, pero hemos descubierto las tres potencialidades más importantes, los
tres caminos que el planeta puede seguir en el futuro. A continuación va a ser
explorado el camino número uno.
Se oyó un suave
chasquido en la oscuridad, y un sonido sibilante que se apagó rápidamente. Ve
sabía que la máquina de los futuros estaba emitiendo intensas corrientes de
energía etérea, que se movían a una velocidad varias veces superior a la de la
luz y que estaban concentradas sobre el Planeta Tres, explorándolo. Aquellos
rayos de energía estaban pesando, midiendo todo el sistema solar, y enviando
datos a la máquina.
En la parte
delantera de la sala, la oscuridad se aclaró. Empezó a formarse un cuadro, el
cuadro de un sol y nueve pequeños planetas subalternos, en miniatura. Tal como
era proyectado por la máquina de los futuros, el sistema solar parecía un
hermoso juguete capaz de entusiasmar a un chiquillo, pero Ve sabía que aquello
era solamente un cuadro, y que la realidad era muy distinta.
Había visto de
cerca a aquel sol de juguete. Conocía la enorme radiación que desprendía.
Aunque en la pantalla pareciera un juguete para niños, Ve sabía lo inmenso que
era, allí, en las inexploradas profundidades del espacio.
- Camino número
uno, formándose - anunció la voz del técnico.
El pequeño sistema
solar empezó a moverse. El movimiento se hizo más rápido a medida que la
máquina avanzaba en el Tiempo buscando una de las probabilidades del sistema.
Luego, el
sistema solar desapareció y en la pantalla quedó un solo planeta, el Planeta
Tres.
El Planeta Tres
flotaba en el espacio, un hermoso globo de forma redondeada. Aumentando de
tamaño en la pantalla, se hizo visible el azul oscuro de sus mares, el pardo de
sus desiertos, el verde de sus fértiles valles y llanuras. Las blancas
caperuzas polares resplandecieron bajo los rayos de aquel lejano sol.
Era un
espectáculo maravilloso. Ve se removió en su asiento, emocionado por aquella
belleza. Incluso Lor, que permanecía muy quieto, mirando con profunda atención,
pareció impresionado por la belleza de la escena.
El Tiempo
pasaba rápidamente sobre el planeta. Los años discurrían como segundos. Ve
miraba atentamente, buscando alguna señal de actividad.
Sucedió en un
abrir y cerrar de ojos.
Se produjo una
cegadora explosión.
La pantalla se
iluminó súbitamente en un infierno de resplandores blancos, mientras el Planeta
Tres estallaba.
Una bomba
brilló en el cielo.
Ve se olvidó de
respirar.
La pantalla se
oscureció.
Lor se removió
en su asiento.
- Ese es un
posible futuro - dijo, lentamente -. Después de descubrir la energía atómica,
empiezan a experimentar con los elementos más ligeros. Provocan una reacción en
cadena, probablemente a base del átomo de hidrógeno, que hace estallar todo el
planeta.
Uno de los
posibles futuros del Planeta Tres era la desintegración. El que llegara o no
aquel futuro dependía de la forma en que utilizaran el nuevo poder que habían
descubierto. Si lo utilizaban de un modo, se volarían a sí mismos y a su
planeta antes de que pudieran darse cuenta de lo que sucedía.
- La
posibilidad de que hagan volar su propio planeta es una de las salvaguardias
que he mencionado - dijo Lor -. Si siguen ese camino, no tenemos nada que temer
de ellos.
Pero,
¿seguirían aquel camino?
Ve no sabía el
camino que seguirían, ni lo sabía ninguno de los guardianes, ni siquiera el
propio Lor. Aquel camino era solamente un futuro potencial, algo que podía
suceder. Pero había otros caminos.
Se oyó de nuevo
el sonido sibilante, y de nuevo brillaron en la pantalla los nueve pequeños
planetas y su sol, como juguetes capaces de entusiasmar a un chiquillo.
- Camino número
dos - anunció la voz del técnico.
Ve miró
atentamente.
El Planeta Tres
aumentó de tamaño en la pantalla, tan hermoso como siempre. Se produjo un
movimiento en el aire, encima del planeta. Ve aguzó la mirada para ver lo que
estaba sucediendo.
- ¡Guerra! -
susurró Lor.
Entonces, Ve
vio lo que era aquel movimiento. Bandadas naves cruzaban el aire. En el cielo
se estaban produciendo unas feroces luchas. Las naves se embestían y destruían
mutuamente. Vio desaparecer ciudades enteras.
Vio el final de
la guerra.
Una a una, las
naves desaparecieron.
Las ciudades
cesaron de desintegrarse.
Ve esperó ver
lo que sucedería cuando la guerra hubiera terminado.
Esperó y
esperó.
No sucedió
nada.
- Acercad más
el foco - ordenó Lor.
Los técnicos
obedecieron. En la pantalla, el planeta aumentó todavía más de tamaño.
Ve vio lo que
había sucedido.
El Planeta Tres
estaba muerto. Las ruinas de las ciudades yacían bajo un cielo vacío. Las
carreteras estaban desiertas. Los campos aparecían desnudos.
Los ríos
discurrían, los mares brillaban al sol, los vientos soplaban, pero en el mundo
no había ninguna vida visible. Ninguna forma de vida.
Ningún animal
se movía, ninguna vegetación brotaba del suelo.
- Veo lo que ha
sucedido - dijo Lor -. Han lanzado un gas radiactivo, tratando de matar a sus
enemigos. El gas se ha esparcido a través de toda la atmósfera y ha matado a
todas las cosas vivientes del planeta. Un importante producto de la
desintegración atómica es la radiactividad...
Ve sabía lo
mortíferas que eran las emanaciones radiactivas de la gente del Planeta Tres.
Habían hecho una guerra, contaminando de radiactividad toda la atmósfera,
destruyéndose a sí mismos.
- Si siguen el
segundo camino, no tenemos nada que temer de ellos - dijo Lor -. Nuestra
salvaguardia funciona.
El pequeño
mundo giraba sin vida en el tranquilo cielo. Eventualmente, cuando hubieran
transcurrido unos centenares de siglos, los gases radiactivos se desvanecerían
y la vida brotaría de nuevo, para volver a iniciar el largo proceso evolutivo.
Pero aquello
costaría millares de años.
- Existen otros
caminos - dijo Ve en tono esperanzado.
Era evidente
que confiaba en que los habitantes del Planeta Tres seguirían otro camino,
escogerían otro futuro, y se salvarían a sí mismos de la destrucción.
- El técnico
dijo que había por lo menos otro futuro potencial importante - dijo Ve.
En la
oscuridad, se daba cuenta de que Lor le estaba mirando.
- Creo - dijo
Lor -, creo que en lo íntimo de tu ser esperas que consigan dominar la energía
atómica y eventualmente se lancen contra nosotros.
- No - se
apresuró a responder Ve -. Nada de eso.
En lo más
íntimo de su ser, le disgustaba ver a aquellos pequeños seres, aunque
estuvieran clasificados como bichos, destruyéndose a sí mismos y destruyendo a
su mundo. Y ahora sabía por qué no quería verles destruidos. ¡Le atraían a
causa de su osadía!
¡Se atrevían a
manejar el átomo! Sabiendo que podía destruirles, se atrevían a manejarlo y a
investigar sus secretos. Era toda una hazaña. ¡Unos seres tan osados y tan
valientes no debían desaparecer del universo!
- Camino número
tres, formándose - anunció el técnico.
De nuevo
danzaron en el cielo el sol y sus planetas.
Ve contuvo el
aliento. Había otro camino que podían seguir en el futuro. ¿Escaparían a la
destrucción si seguían este camino? Ve lo ignoraba, pero casi no se atrevía a
mirar.
Otra vez la
guerra ardió en el planeta, espantosa, terrible, una guerra total.
- ¿No
aprenderán nunca? - inquirió Ve, pronunciando las palabras casi involuntariamente
-. ¿No aprenderán nunca a evitar la guerra? ¿Será siempre una parte de su
cultura? ¿No aprenderán nunca que la guerra y la energía atómica no pueden
mezclarse?
A lo largo del
camino tres se extendía la guerra.
El foco se
acercó más y Ve contempló el comienzo de la destrucción. Vio derrumbarse las
orgullosas ciudades, vio caer del cielo la lluvia mortífera, vio abrirse
enormes agujeros en la martirizada corteza del planeta a medida que los
proyectiles atómicos se hundían en busca de las ciudades que habían sido
construidas bajo tierra. Esperó, preguntándose cómo se destruirían a sí mismos
esta vez.
El átomo podía
ser mal empleado de muchas formas. ¡Había tantas cosas que podían hacerse
equivocadamente con él!
Lor había
llamado a las cosas que podían hacerse equivocadamente con el átomo
«salvaguardias», y desde el punto de vista de los guardianes, desde el punto de
vista de la gran raza que vigilaba el espacio eran salvaguardias, pero desde el
punto de vista de los pequeños seres que habitaban el Planeta Tres eran trampas
que conducían a la muerte repentina, a la destrucción total.
Ve miró, sin
atreverse a respirar.
La guerra
terminó.
El planeta no
estaba destruido.
No había
ninguna ciudad en pie. La población había quedado reducida a una cuarta parte
de lo que era antes de empezar la lucha, inapreciables recursos naturales
habían desaparecido para siempre.
Pero la guerra
habla terminado.
Y el Planeta
Tres continuaba en el cielo, y continuaba estando habitado. Cierto, la mayoría
de los bichos habían muerto, pero habían quedado bastantes vivos.
Ve se dio
cuenta de que Lor estaba muy inquieto.
Se dio cuenta
de que los generales tenían una expresión vigilante.
La salvaguardia
de los guardianes había fallado. Los habitantes del Planeta Tres no habían
hecho estallar su mundo, ni se habían destruido a sí mismos.
Manejando el
átomo, habían aprendido a dominarlo.
Ese era el
motivo de la inquietud de Lor.
El Tiempo
corrió rápidamente sobre la pantalla, revelando el, futuro de aquella raza,
revelando un posible futuro.
La raza empezó
a edificar de nuevo.
No edificaban
ciudades. Vivían en pequeños grupos, parecían controlar su número a fin de no
sobrepasar sus posibilidades en el terreno de los alimentos. ¡Y seguían
adelante, unidos!
No luchaban.
Construían.
Ve vio que empezaban
a construir naves espaciales.
Vio la primera
nave que despegaba del planeta.
Los técnicos,
variando rápidamente el foco de la máquina de los futuros, siguieron el vuelo
de aquella nave espacial.
Ve vio que la
nave aterrizaba en la luna del planeta.
Supo, entonces,
que el primer paso había sido dado.
Supo por qué
Lor estaba ahora tan inquieto, por qué los generales permanecían tan
vigilantes.
El camino
número tres conducía a la conquista del espacio, conducía eventualmente a los
lugares donde moraban los guardianes.
El discurrir
del Tiempo reveló la construcción de pistas de aterrizaje en la luna, el
establecimiento de un tráfico regular, los grandes aprovisionamientos de nuevas
materias primas, minerales de todas clases, extraídos del satélite.
Aquella raza ya
disponía de suministros adecuados.
Las naves
espaciales empezaron a despegar de la luna. Empezaron a volar hacia los
planetas. Volaban pacíficamente, a través de las inmensidades del espacio.
- Es suficiente
- dijo Lor -. Detened la máquina.
La sala volvió
a iluminarse. Ve y los generales siguieron a Lor cuando éste salió de aquel
sector del cuartel general donde se albergaba la máquina de los futuros, para
regresar a su despacho.
Lor se acercó a
la ventana y miró al exterior.
Su ventana se
abría al espacio, a la inmensidad de la nada que se extendía entre los mundos.
Lor contempló aquel espacio, sin hablar.
La mente de Ve
giraba alrededor de una idea central.
- ¿Qué camino
seguirán, señor? - preguntó tímidamente. En la amplia estancia reinaba un
profundo silencio.
- Lo ignoro -
respondió Lor -. Tendrán que escogerlo por sí mismos.
El silencio se
hizo más pesado.
- Pero, yo creo
- continuó Lor al cabo de unos instantes -, creo que será mejor que nos
preparemos para recibir visitantes algún día.
El corazón de
Ve brincó al oír aquellas palabras.
- Entonces,
¿cree que seguirán el camino número tres? - inquirió.
- Opino que sí
- respondió Lor.
Los generales
parecieron repentinamente excitados.
- Así que
deberemos preparar nuestras defensas - dijeron.
- No - replicó
Lor.
Los generales
se quedaron contemplándole, asombrados.
- No
necesitamos ninguna defensa - continuó Lor -. El único camino que conduce hasta
nosotros es, después de un inicial periodo de conflicto, un camino pacífico.
Todos los otros caminos conducen a la destrucción. El único camino que conduce
hasta nosotros es el camino de la paz. No necesitaremos ninguna defensa contra
unos seres que llegarán en son de paz.
Los generales
permanecieron silenciosos.
En su interior,
Ve se sintió feliz. Aquellos pequeños seres que se atrevían a manejar el átomo
no estaban desahuciados: había aún esperanza para ellos.
- Haremos
preparativos para recibirles - dijo Lor -. Llegarán hasta nosotros, en son de
paz, cuando se hayan dominado a sí mismos y hayan dominado todos los caminos
del universo.
Habla algo
profético en el tono majestuoso de su voz.
- ¿Quién sabe?
- continuó -. Quizás en alguna época futura podrán ocupar nuestros lugares
aquí, como guardianes de este sector del universo, en tanto que nosotros
ascendemos a mayores glorias. Este, creo, es su destino.
Su voz se
apagó. Ve permaneció silencioso. Los generales permanecieron silenciosos.
Muy lejos, a
través de las vastas profundidades del espacio, los bichos del Planeta Tres
trabajaban en su bomba atómica.