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Visión del futuro remoto - María Covadonga Mendoza

 La tierra está seca, áspera al tacto del único ojo del cielo, que quema con su furia la arena estéril; las huellas de la vida han sido borradas por el aliento de la desolación. 

A lo lejos, se distinguen las ruinas de atalayas centenarias que hace tiempo doblaron la testuz de piedra, trastornadas por el abandono. El aire cala sus restos muertos en vano intento por resucitarlas. No hay movimiento, ni sonido alguno. 

En torno a ellas pulula un gran número de seres invisibles, pálidos recuerdos de existencia, señal inequívoca del paso de la muerte. Rondan las jambas derribadas, saltan los muros, dan vueltas alrededor de lo que en otro tiempo fue su hogar. No tienen memoria, e ignoran qué les lleva a volver una y otra vez a aquel sitio donde ya no les recibe nadie. 

Quieren gritar pero carecen de garganta; o llorar sobre las fosas donde aún reposan sus huesos, pero han sido privados de ojos. Permanecen en un estado de eterna ignorancia y eterna esperanza; separados tanto de la vida como de la muerte, sin poder engendrar materia ni pensamiento, sin poder sentir placer o dolor; ciegos, mudos y sordos. 

Con pesadillas en vez de sueños, como entes vegetativos, carentes incluso de extensión física. El tiempo no les afecta, pues están fuera de sus dominios; lo ven pasar, lo ven detenerse y acelerarse, destruir lo orgánico y lo inorgánico, en connivencia con sus hijas, las doncellas de la muerte, portadoras de afiladas espadas que se ceban en todo cuanto existe sin asomo de remordimiento.

Allá, en lontananza, un grupo de personas macilentas y desarrapadas camina hacia la ruina de la antigua ciudad, metidos los pechos, los pies desnudos; los vestidos que llevan no ocultan la extrema delgadez de sus miembros; el hambre dibuja muecas horribles en sus labios sin carne; su piel esta cubierta por una costra rojiza, como el manto de una enfermedad bíblica e innombrable. 

Son en suma, la viva imagen de la degeneración humana. No se atreven a mirar hacia arriba: el sol les castiga los ojos; ni al frente, pues la visión del yermo les encoge los corazones; arrastran los pies al andar, sus fuerzas están mermadas por el éxodo. Aunque hace calor, algunos sufren temblores y escalofríos, precursores de un fin próximo y horrible.

Encaramado en una colina, otro grupo observa la caravana de silentes viajeros. La alegría les embarga. Hace semanas que no topan con seres humanos. Las madres desempolvan una sonrisa para sus hijos; los hombres, descienden con premura la ladera envueltos en una nube de polvo. Los caminantes detienen su marcha.

La gente de la colina se allega a los forasteros, quienes de puro agotados, no pueden mostrar todo el gozo que vibra en sus corazones. El jefe de los nativos, le toma la mano al que comanda la expedición...

Esa noche hay fiesta en el poblado de los hombres de la colina. Por primera vez en mucho tiempo tienen cena en abundancia. Mientras se cocina al fuego la carne de los nómadas, las madres, felices, relatan a sus hijos los versículos de la Profecía Sagrada, para que la recuerden y la repitan a las generaciones venideras:

Y en aquel tiempo grande será la afllicción;
Si una mujer tiene dos hijos y los dos mueren,
Por uno lo sentirá, porque aún es humana,
Pero por el otro no, porque tendrá hambre
Y necesitará alimentar su propio cuerpo.
Y si un hombre tiene dos hermanos y los dos mueren,
Por uno lo sentirá pero por el otro no,
Porque el mundo ya no da ni pan ni vino, 
Y las bocas están hambrientas y sedientas.
El tiempo se llevó la prosperidad;
La guerra desapareció de la tierra,
Y se llevó a los combatientes.
La enfermedad devora la carne
Que hemos de comer.
Hubo un día en que las naciones
Luchaban; había mucha gente
Y mucha hambre.
Dejamos crecer al hambre; mermó la gente.
Mermaron los árboles, creció la plaga.
Creció el aire impuro, mermaron las aguas. 
En aquellos tiempos que han de llegar
Los vivos buscarán los sepulcros de los antepasados,
Para enterrarse con ellos.
Pero no morirán hasta que no los consuma el dolor y la fiebre.
Los muertos no podran descansar en paz
Porque habrán de servir de alimento a los vivos.

Al socaire de los cánticos, los espectros de los que fueron, siguen rondando los edificios derruidos, en vano, sin rumbo fijo. Sus filas se han engrosado con nuevos elementos, que ciegos, mudos y sordos buscan explicación a su estado. Arriba, en medio del océano negro en que se ha convertido el cielo, la luna vigila. 

El tiempo sigue pasando; pero también él será derribado algún día, y con él, sus hijas, las doncellas de la muerte.  

Las ratas - Francisco Espínola

Me veo, siendo muy niño, siguiendo una mañana hacia el fondo de la casona familiar a una criada que, entre aspavientos, portaba una gran caldera de agua hirviente. 

El fondo era extenso. A un lado, estaba la caballeriza y el altillo para los forrajes, largos de varios metros. Al frente, las habitaciones de la servidumbre y de los recogidos. 

Cuando la criada se detuvo frente a una trampa de alambre que encerraba dos ratas, el espanto estrujó mi corazón. Al vernos, ellas se debatieron contra las paredes de la jaula, arañando los alambres. Luego, se echaron con las cabecitas pegadas al suelo, jadeantes. Sus ojillos abiertos no querían mirar.

De pronto, profiriendo a gritos:
-¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora! - la mujer alzó la caldera.

Un chorro quemante, un solo, breve chorro, cayó sobre las ratas, cuyos lomos humearon, despeinándose, y se encogieron entre ahogados chillidos. La maldita jaula se estremeció, se dio vuelta, rodó, saltó, despidiendo un pegajoso tufo a carne recocida. Como ositos se paraban en dos patas las infortunadas, rascando con las uñas los fatales alambres. Y caían. Y en botes de epilepsia se destrozaban los hocicos buscando salida. 

Inexorable, la criada dejó caer un nuevo chorro; esta vez prolongado, perseguidor. Sin voz de horror, yo permanecía inmóvil, con los ojos secos, vueltos vidrio. Entre el clamor ya desvaneciéndose,  la jaula daba tumbos, crujía a influjo de las pequeñas garras urgidas. Y aparecían los dientecillos en las crispaciones del martirio.

-¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora!

Hasta que una cayó encogiéndose en brusca crispatura y se estiró luego, imperceptiblemente. Entonces, enloquecida, la otra quiso guarecer la cabeza bajo el cuerpo inerte. Pero alcanzada otra vez por el agua, tocó el techo, de un brinco, rodó también, temblando, y quedó quieta.

Cayó todavía más agua, acabando con la tersura de aquellas pieles grises. La mujer se alejó sin mirarme. Yo... yo no había recibido todavía el golpe de saber que las oraciones aprendidas eran sólo para los humanos; que lo demás, las plantas, las bestias, la tierra toda quedaban fuera, en horroroso desamparo. 

Cuando pude salir de mi anonadamiento, me arrodillé, pues. Y elevé mis preces a Dios por las almas de las dos bestezuelas quemadas.

Momentáneamente, una dulce paz se posesionó de mí. Volví al patio. Entré en el cuarto donde mi madre yacía en cama, enferma. No sé por qué, guardé el secreto de la escena que acababa de presenciar. Ella extendió el brazo, y acarició mis mejillas. Estaba ojerosa y pálida. Bella como la que, allí mismo, rodeada de flores, me contemplaba desde su nicho, a la luz permeante de una veladora.

Mi madre me cantaba siempre la canción de un viejo arpista muy pobre, con varios niñitos, a quienes tenía muy poco que darles de comer. Una noche de lobos en que llegó sin nada, al oír "¡Danos pan! ¡Tenemos hambre!", desesperado, se puso a tañer el arpa. Ellos danzaban. Danzaban hasta caer, dormidos, a sus pies, para no abrir ya nunca más los ojos.

Bajo la mano de mi madre, él reciente martirio y la idea de los roedores que todavía vivían en sus cuevas del fondo volvieron a turbar mi corazón. Asocié la canción del viejo arpista con sus niños hambrientos.
-Mamá -dije, trepándome a la cama-, cántame lo de los niños.

Ella sonrió, melancólica. Me situó de manera que yo no tocara su vientre, y accedió con su cara junto a la mía. Pero su acento, ahora, evocaba para mí más que niños danzando hasta morir bajo los sones del arpa. Yo veía también ratas, muchas ratas, extenuándose hasta caer inanimadas...

De pronto, algo cálido cayó sobre mi mejilla. Alcé la cabeza. Estaba llorando mi madre. Evocaba por su parte, sin duda, ahora lo comprendo, algo más que los hijos del arpista. Y derramaba lágrimas por dos niños, yo y el que iba a nacerle, que nos hundiríamos pronto en el incierto, hosco porvenir. 

Recién terminaba una guerra. El padre, herido, todavía no había llegado: en los fogones revolucionarios las brasas ardían, aún... Pero siguió con un acento triste como nunca, como jamás había cantado, mientras mi alma se iba sintiendo presa de un oscuro y poderoso infortunio que me fue estrechando cada vez más a ella, hasta que, de pronto, lanzó un gemido mi madre. Y una anciana negra, arrojando su cigarro a medio fumar, entró en el cuarto y me llevó afuera a pesar de las protestas.

En el patio, junto al pasillo de la puerta de calle, sobre una pequeña mesa, había siempre una bandeja con monedas para los mendigos que acudían diariamente. Al pasar junto a ella me asaltó una súbita idea que quise rechazar lleno de susto; pero que lenta y seguramente fue ganando mi voluntad. 

Se disimulaba entre otras, aparecía en parte, se desnudaba y se ocultaba en seguida, conducía mi imaginación hacia los estantes del vecino almacén y la tornaba presto, con sabrosas adquisiciones, hacia las negras cuevas de las ratas.

Desde ese momento, muchas veces me dirigía a la caballeriza, subía por la escalera hasta el vasto altillo, me tumbaba entre los fardos de pasto, y allí acariciaba la ensoñación, conmovido... ¡Ah! Era de noche, imaginaba yo, era de noche en una inmensa planicie solitaria. 

Me veía, a la luz de una luna pálida, con las manos desbordantes de exquisitas confituras. Y de todos los puntos del horizonte irrumpían, entonces, las ratas. Silencioso, sin sorpresa, multiplicándose en las sombras, avanzaba el pardo tendal como tibia marea de lava. 

Mis manos se abrían inagotables. Y los míseros roedores devoraban, junto con los dulces dones, mi ternura irresistible y desbordada. Lejos las trampas traidoras, las criadas crueles, los humeantes calderos. En la vasta planicie ellas y yo. Y la luna pálida. Y mi pasión, cuyo ardiente conjuro incorporaba en el vago horizonte más y más acercantes animalillos. 

Saltaban éstos entre mis piernas. Cogían en el aire los trozos de pan, de queso, de chauchas de algarrobo. Y en amplios movimientos mis brazos arrojábanlos en derredor a los lejanos. Luego, calladamente, bajo la luna pálida, íbanse retirando hacia detrás del confín. Y quedaba yo solo en la vasta planicie. 

Solo, grave y amoroso como un dios. Protegiendo el sueño de la confiada multitud maldita.

Pero pronto la realidad volvía. Y me asaltaba la desolación. Deambulaba  sin  sombra  por la  enorme casa; Yo, niño, entre las campanadas de las altas torres que me envolvían y envolvían el pueblo y seguían hacia los campos, desfallecía de angustioso amor. 

¿Malditas las que roban, destrozan, contagian las pestes? ¿Trampas para ellas? ¿Muerte?... ¡Ah, Dios mío! Y me escurría entre las patas de los caballos, y trepaba al altillo a resonar con la planicie bajo la luna pálida.

Hasta que, para mantenerse, el ensueño empezó a exigir algo, aunque fuese un poco, de verdad. Se me aparecía de nuevo, insistente, la bandeja con monedas del patio. Y el almacén vecino, de sabrosas provisiones. Entonces, me ahogaba la congoja. 

Y la sensación del mundo subterráneo y desdichado de las ratas, infundiéndome infinita piedad, no era bastante para mover mi mano. Llegaba de abajo, de la cuadra, el sordo mascar de los caballos. Este rumor oscuro, paciente, se fundía al oscuro y paciente infortunio de las cuevas. 

Mi alma, que después sabría de las cuevas desdichadas y oscuras y pacientes de los hombres, se agitaba en un desesperado delirio. El miedo a robar me rodeaba con barrotes de jaula. Hundía la cara entre el pasto seco, cuyo perfume traía también sus peculiares sensaciones de oscura resignación, de mansedumbre. Y lloraba. 

Cierta imagen desolada aparecía fatalmente. La de un hombre de piernas atadas por debajo del vientre de su cabalgadura, de manos atadas a la espalda, llevando en pos a una pareja de policías emponchados, que atravesó el pueblo cierta tarde de lluvia. Tan abatida iba su cabeza, que la hundía casi entre las negras barbas. 

Me veía atado yo, tan pequeño, a un enorme caballo, bajo la lluvia. Yo, en un peregrinaje sin descanso ni retorno, atadas las manos, atadas las piernas por debajo del vientre del caballo, seguido de patibularios emponchados, cada vez más lejos, más lejos de mi madre...

Pero triunfó mi piedad. Y atravesé el patio. Y robé. Y compré. Y repartí entre mis invisibles amigos, echándoles dentro de las cuevas el botín de mis robos.

Pasaron los años. Dejé el pueblo por Montevideo. Pero me ahogaba. Regresé. Y mi corazón me fue arrastrando hacia las míseras cuevas de quienes suelen destrozar, llevar las pestes. Ahora, éstos eran hombres. ¡Ay, Dios mío!

Cómo Tupá hizo crecer el maíz - Leyenda Argentina

    Todo el país de los guaraníes sufría de una gran sequía. Los dos ríos que pasaban por la región ya casi no llevaban agua y los peces habían muerto. Ya no se extraía alimento. Ya no valía la pena arrojar atarrayas.
    Los cazadores regresaban de la selva sin haber encontrado qué cazar. Los pantanos se habían secado y los pájaros se habían ido por falta de agua.
    Era la primera vez que los guaraníes aguantaban hambre. Le habían rogado a Tupá que les mandara la lluvia, pero el cielo continuaba azul, y el Sol ardía y quemaba lo poco verde que todavía se podía encontrar en los rincones sombríos.
    La tierra se había endurecido, y ahora se abría bajo las pisadas de los hombres, que salían de la región en busca de comida. Pero en todas partes se veía la misma miseria.
    Muchos murieron. «Tupá no ayudará», decían los que quedaban, desesperados.        Entre éstos había dos guerreros solteros que marchaban adelante de los demás. A Avatí y Ñandé, que así se llamaban los guerreros, les daba lástima el llanto de los niños, y estaban dispuestos a arriesgar su vida para salvarlos.
    Un día estaban discutiendo las necesidades de los suyos, y nuevamente aseguraron: «Daríamos nuestra vida para aliviar el hambre de nuestros hermanos».     Apenas pronunciaron estas palabras, apareció ante ellos un hombre desconocido, que les dijo: «Escuché sus palabras. Si hablaban en serio, Tupá les ayudará. El me mandó a la Tierra a buscar a un hombre que esté dispuesto a dar su vida por los demás; de su cuerpo nacerá la planta que les dará de comer a todos. Crecerá en todas partes, si los hombres la cultivan cerca de sus pueblos, y sus frutos se podrán guardar para tiempos de sequía. Con esta mata divina ya no habrá miseria entre los guaraníes».
    Al oír esto, ambos jóvenes se levantaron y dijeron: «Moriremos, si Tupá lo ha dispuesto así».
    «No es necesario que mueran ambos», contestó el desconocido. «Uno debe quedar vivo y buscar un sitio al lado del río, cerca del pueblo. Allí aflojará la tierra y enterrará a su amigo. De su cuerpo nacerá la planta de Tupá, que le dará vida eterna por haberse sacrificado por los demás».
    Los amigos buscaron el lugar y se dieron la mano. Ambos deseaban salvar a su pueblo, pero Avatí fue el elegido por Tupá, y le tocó la muerte. Ñandé alistó la tierra, y llorando lo enterró. Todos los días fue a visitarlo y a regar la tierra
con agua del río, y las palabras de Tupá se cumplieron. De la tierra salió un vástago que Ñandé jamás había visto, y la planta creció, floreció y dio sus primeros frutos, frutos en abundancia.
    Entonces Ñandé llamó a su gente, le mostró la planta y le contó lo que había sucedido. Cuando terminó su cuento, apareció aquel desconocido y exclamó: «Ñandé les dijo la verdad: Avatí vivirá para siempre mientras ustedes siembren los granos secos de esta mata y cuiden los surcos. Tupá mandará la lluvia y nunca volverá a haber hambre entre los guaraníes».
    Los hombres se inclinaron ante el mensajero de Tupá y luego empezaron a festejar el acontecimiento, bailando, cantando y alabando a su creador, y desde entonces crece el maíz y los nutre a todos con sus frutos deliciosos.

La mejor mentira - Cuento judío

 Hershele vivía en una pequeña aldea de Polonia que se llamaba Ostropolie. Era un hombre muy pobre, y le costaba alimentar a su familia. Sin embargo, tenía tanta alegría de vivir que se podía permitir venderle un poco a los demás.

Un día, hambriento como de costumbre, Hershele entró en una panadería.

–¿Me daría uno de esos pancitos con semilla de amapola? –le pidió al panadero.

–Cómo no, Hershele, siempre que tengas con qué pagarlo –dijo el panadero. Y le alcanzó un pancito de aspecto tierno y delicioso.

Hershele lo miró por todos lados sin mucho interés y finalmente se decidió:

–Disculpe, pero cambié de idea, se lo devuelvo. Prefiero esa rosquita dulce. El precio es el mismo, ¿verdad?

El panadero volvió a poner el pan en su lugar y le dio a Hershele la rosquita.

–¡Mmm, qué deliciosa! –dijo nuestro pícaro amigo–. Creo que voy a comérmela aquí mismo.

Dicho y hecho, se la devoró en un instante sin dejar ni una miga. Se estaba por ir cuando el panadero lo detuvo.

–Hershele, no me pagaste la rosquita dulce.

–¿Cómo que no? –contestó Hershele–. Le di a cambio el pancito. ¿Acaso no valen igual?

–¡Pero si el pancito tampoco me lo pagaste!

–¿Y por qué lo iba a pagar si no me lo comí?

El panadero lo miró un instante desconcertado. Se habría lanzado a atraparlo si no hubiera sido porque un rico forastero, que estaba por casualidad en la panadería, pagó la deuda de Hershele.

–Ese hombre me interesa –le dijo al panadero–. Estoy organizando una gran fiesta y me gustaría contratarlo para que entretenga a mis invitados.

Por supuesto, Hershele ya estaba en la calle, alejándose de la panadería lo más rápido posible. El forastero lo alcanzó.

–Hershele Ostropolier –le dijo–, he oído hablar mucho de sus picardías. Quiero ofrecerle un trabajo. Pero antes me gustaría comprobar por mí mismo qué clase de hombre es usted. Le pagaré una moneda de plata si me dice una mentira rápida.

–¿Por qué una, si me prometió dos? –contestó Hershele.

Y así consiguió el trabajo.

La fiesta se hizo en una hermosa noche de verano, después de la cosecha, y todos los invitados estaban de muy buen humor. Uno de ellos se jactaba de ser el mejor mentiroso de todos los tiempos y desafió a Hershele a una competencia, que nuestro amigo aceptó muy contento.

–Ayer atrapé a una pulga de las orejas –dijo el campeón de las mentiras–. Luchaba tratando de soltarse, pero yo le até las patas con un pelo. De pronto se me resbaló de la mano y cayó en el barril de aceite. Pensé que se habría muerto ahogada, pero esta mañana cuando me desperté, el barril estaba vacío. La maldita pulga se había tomado todo el aceite y había crecido tanto que se estaba poniendo mi levita para salir a pasear por el pueblo.

Todos aplaudieron entusiasmados y miraron a Hershele. ¿Qué podría decir que fuese todavía más ridículo o gracioso o mentiroso? Hershele miró a todos con mucha seriedad.

–Lo siento, pero tendremos que suspender el concurso, porque este caballero está haciendo trampa. Lo que acaba de contar no es ninguna mentira. Yo estuve allí y lo vi con mis propios ojos.

Por supuesto, Hershele ganó la competencia.

Relato de acontecimiento - Rubem Fonseca

En la madrugada del día 3 de mayo, una vaca marrón camina por el puente del río Coroado, en el kilómetro 53, en dirección a Río de Janeiro.
Un autobús de pasajeros de la empresa Única Auto Ómnibus, placas RF 80-07-83 y JR 81-12-27, circula por el puente del río Coroado en dirección a São Paulo.
Cuando ve a la vaca, el conductor Plínio Sergio intenta desviarse. Golpea a la vaca, golpea en el muro del puente, el autobús se precipita al río.
Encima del puente la vaca está muerta.
Debajo del puente están muertos: una mujer vestida con un pantalón largo y blusa amarilla, de veinte años presumiblemente y que nunca será identificada; Ovídia Monteiro, de treinta y cuatro años; Manuel dos Santos Pinhal, portugués, de treinta y cinco años, que usaba una cartera de socio del Sindicato de Empleados de las Fábricas de Bebidas; el niño Reinaldo de un año, hijo de Manuel; Eduardo Varela, casado, cuarenta y tres años.
El desastre fue presenciado por Elías Gentil dos Santos y su mujer Lucília, vecinos del lugar.
Elías manda a su mujer por un cuchillo a la casa. ¿Un cuchillo?, pregunta Lucília. Un cuchillo, rápido, idiota, dice Elías. Está preocupado. ¡Ah!, se da cuenta Lucília. Lucília corre.
Aparece Marcílio da Conceição. Elías lo mira con odio. Aparece también Ivonildo de Moura Júnior.
¡Y aquella bestia que no trae el cuchillo!, piensa Elías. Siente rabia contra todo el mundo, sus manos tiemblan. Elías escupe en el suelo varias veces, con fuerza, hasta que su boca se seca.
Buenos días, don Elías, dice Marcílio. Buenos días, dice Elías entre dientes, mirando a los lados, ¡este mulato!, piensa Elías.
Qué cosa, dice Ivonildo, después de asomarse por el muro del puente y ver a los bomberos y a los policías abajo. Sobre el puente, además del conductor de un carro de la Policía de Caminos, están sólo Elías, Marcílio e Ivonildo.
La situación no está bien, dice Elías mirando a la vaca. No logra apartar los ojos de la vaca.
Es cierto, dice Marcílio.
Los tres miran a la vaca.
A lo lejos se ve el bulto de Lucília, corriendo.
Elías volvió a escupir. Si pudiera, yo también sería rico, dice Elías. Marcílio e Ivonildo balancean la cabeza, miran la vaca y a Lucília, que se acerca corriendo. A Lucília tampoco le gusta ver a los dos hombres. Buenos días doña Lucília, dice Marcílio. Lucília responde moviendo la cabeza.
¿Tardé mucho?, pregunta, sin aliento, al marido.
Elías asegura el cuchillo en la mano, como si fuera un puñal; mira con odio a Marcílio e Ivonildo.
Escupe en el suelo. Corre hacia la vaca.
En el lomo es donde está el filete, dice Lucília. Elías corta la vaca.
Marcílio se acerca. ¿Me presta usted después su cuchillo, don Elías?, pregunta Marcílio. No, responde Elías.
Marcílio se aleja, caminando de prisa. Ivonildo corre a gran velocidad.
Van por cuchillos, dice Elías con rabia, ese mulato, ese cornudo. Sus manos, su camisa y su pantalón están llenos de sangre. Debiste haber traído una bolsa, un saco, dos sacos, imbécil. Ve a buscar dos sacos, ordena Elías.
Lucília corre.
Elías ya cortó dos pedazos grandes de carne cuando aparecen, corriendo, Marcílio y su mujer, Dalva, Ivonildo y su suegra, Aurelia, y Erandir Medrado con su hermano Valfrido Medrado.
Todos traen cuchillos y machetes. Se echan encima de la vaca.
Lucília llega corriendo. Apenas y puede hablar. Está embarazada de ocho meses, sufre de helmintiasis y su casa está en lo alto de una loma. Lucília trajo un segundo cuchillo. Lucília corta en la vaca.
Alguien présteme un cuchillo o los arresto a todos, dice el conductor del carro de la policía. Los hermanos Medrado, que trajeron varios cuchillos, prestan uno al conductor.
Con una sierra, un cuchillo y una hachuela aparece João Leitão, el carnicero, acompañado por dos ayudantes.
Usted no puede, grita Elías.
João Leitão se arrodilla junto a la vaca.
No puede, dice Elías dando un empujón a João. João cae sentado.
No puede, gritan los hermanos Medrado.
No puede, gritan todos, con excepción del policía.
João se aparta; a diez metros de distancia, se detiene; con sus ayudantes, permanece observando.
La vaca está semidescarnada. No fue fácil cortar el rabo. La cabeza y las patas nadie logró cortarlas. Nadie quiso las tripas.
Elías llenó los dos sacos. Los otros hombres usan las camisas como si fueran sacos.
El primero que se retira es Elías con su mujer. Hazme un bistec, le dice sonriendo a Lucília. Voy a pedirle unas papas a doña Dalva, te haré también unas papas fritas, responde Lucília.
Los despojos de la vaca están extendidos en un charco de sangre. João llama con un silbido a sus auxiliares. Uno de ellos trae un carrito de mano. Los restos de la vaca son colocados en el carro. Sobre el puente sólo queda una poca de sangre.