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La isla de los antropólogos - Iban Zaldua

Las islas Mouk son el paraíso del antropólogo moderno. Cualquiera puede comprobar, hojeando los índices de Current Anthropology o de American Anthropologist, la popularidad de que gozan estas islas. No hay menos de dos artículos por año y cada lustro, por término medio, ven la luz dos estudios monográficos de mayor o menor envergadura sobre uno o más aspectos de su sociedad, su cultura o su socioecología. 

Y no son más que algunas de las tesis doctorales —las elegidas— que sobre el tema se leen, año tras año, en las diferentes facultades de antropología y filosofía de Europa y Norteamérica.

Conocidas en el mundo occidental desde el primer viaje de Cook, que repostó en la mayor de las islas, a las que denominó —un poco rimbombantemente— Glory Islands, no empezaron a interesar verdaderamente a la antropología hasta los años setenta. 

Las descripciones anteriores son muy vagas: alejadas de las líneas de navegación, las Mouk, pequeñas y —en opinión de los marineros europeos— pobres, fueron olvidadas por comerciantes, soldados y misioneros. Algunos investigadores han resaltado, recientemente, la ausencia de noticias sobre la vida y costumbres de sus habitantes en las escasas referencias anteriores a la Segunda Guerra Mundial (Juárez, 1987). 

Los japoneses ni siquiera se dignaron ocuparlas entonces. Los norteamericanos se conformaron con instalar en 1943 un puesto de radio custodiado por tres o cuatro soldados, que fue desmantelado enseguida, en 1946, cuando las Mouk volvieron a quedar bajo soberanía británica. Los ingleses reconstruyeron el puesto de radio, le añadieron una estación meteorológica y siete barracones y, casi sin darse cuenta, plantaron la semilla de Winstontown, hasta la fecha la única ciudad del archipiélago.

Nuestra historia da comienzo pocos años más tarde, en 1948. Feargal Fischer, un irlandés recién licenciado en antropología por la Universidad de Glasgow, llega a las islas Mouk con la intención de recoger material sobre las costumbres y usos de los indígenas, consigue el permiso de uno de los clanes —así los denomina él— para vivir entre ellos y pasa tres largos años de estudio, privaciones y trópico. 

De vuelta a su Dublín natal publica un digno ensayo, The Moukians: A South Pacific Society, que conoció tres ediciones y —cuentan— fue muy alabado por Evans-Pritchard en sus clases (Fischer, 1951). En él, Fischer nos describe la sociedad de la isla principal, de economía basada en una agricultura de subsistencia, como patriarcal y patrilineal y con fuertes valores militaristas (los clanes luchaban sin cesar entre sí). 

Desgraciadamente, la prematura muerte de Fischer en un accidente de motocicleta le impidió viajar de nuevo allí para ahondar en sus investigaciones, especialmente en lo referido a algunas cuestiones que no quedaron suficientemente claras en su primer trabajo, como el rol de las denominadas «mujeres-tiburón» a la hora de elegir al jefe de guerra, o la relación con la cosmología mouk de las escarificaciones a las que se sometían los adultos una vez se habían cobrado su primera presa de caza. El estudio de Fischer quedó, sin embargo, como una de las pequeñas obras clásicas de la antropología irlandesa de la época.

Ningún científico social se volvió a preocupar de las islas Mouk hasta finales de los años sesenta. Entretanto, Su Graciosa Majestad, sin que nadie se lo pidiera, concedió la independencia a las islas y, casi al mismo tiempo, un empresario hotelero neozelandés, Wayne Townshend, erigía en Winstontown el primer apartamento de lujo de la isla. 

«Las Mouk, un paraíso en la Tierra» fue el lema que acompañó a unas cuantas fotografías de las playas de las islas, eje de una campaña publicitaria que adornó las paredes de unas cuantas agencias de viajes. La campaña no tuvo, en un principio, demasiado éxito: el viaje en hidroavión hasta las islas resultaba caro y otros destinos atraían el interés del turismo masivo. 

Puede que fuera la visión de esta propaganda repugnante y capitalista la que animara a Pierre Roulat, licenciado en Sociología y Antropología por Nanterre, a decidir el tema para su tesis de doctorado: ya veía el título, Colonialisme, néocolonialisme et capitalisme. La destruction d'un monde traditionnel: les îles Mouk, impreso en la portada de algún libro de la editorial Maspero (Crandell, 1981). Claro que aquel largo lema correspondía solo a sus hipótesis de partida, pero estaba seguro de que lograría demostrarlas.

Roulat conocía la obra de Fischer, que circulaba —es un decir— por las librerías francesas en una no muy cuidada traducción. Preveía que la irrupción del turismo habría cambiado las cosas en Mouk, y estaba dispuesto a desenmascarar de qué manera. Además, había algunos aspectos de la forma de trabajar de Fischer que no le convencían. 

Por ejemplo, el investigador irlandés nunca llegó a dominar del todo la lengua local y se valió durante su estancia entre los nativos de un antiguo boy de los soldados norteamericanos que chapurreaba algo que, en todo caso, tenía un marcado acento tejano. 

Por ello, Roulat empleó los dos años siguientes en estudiar lenguas micronésicas en la Universidad de Sídney, y los primeros meses que pasó en las Mouk los dedicó a ahondar en la variante lingüística local.

Fueron tres años intensos, durante los cuales Roulat fue de sorpresa en sorpresa. Casi nada coincidía con lo que Fischer había descrito en su libro. Las diferencias eran tales, que Roulat llegó a dudar si el irlandés había estado en el mismo archipiélago que él. Pero no podía ser: las palabras que aparecían en el texto de Fischer eran las mismas por las que preguntaba a los nativos una y otra vez. Eso sí, describían conceptos, prácticas y situaciones muy distintas a las recogidas por Fischer. 

Roulat encontró una población minúscula, que vivía de la pesca, la recogida de moluscos y la recolección. Las comunidades tradicionales no establecían casi ningún contacto con los extranjeros y, para su sorpresa, no parecía que el débil turismo, dominado por empresarios neozelandeses y australianos, hubiera tenido influencia alguna en la sociedad mouk. 

Las mujeres gozaban de una preeminencia tal que, según Roulat, las descripciones de poliginia, malos tratos y sumisión que aparecían en el libro de Fischer resultaban simplemente increíbles. Los cánticos «guerreros» que había traducido el irlandés no eran, según este investigador, más que invocaciones a la Madre Universal para que la pesca y la caza fueran abundantes. 

Las «mujeres-tiburón», aparte de constituir la memoria de la colectividad mouk, ostentaban, claramente, la jefatura de los clanes, por lo que Roulat se atrevió, en su libro, a calificar a aquella sociedad de matriarcal.

Redactó el libro en menos de tres meses, ya de vuelta en París. Aquello era una bomba académica. Las seiscientas cincuenta y cuatro páginas, coloristas y casi literarias, de Les vraies îles Mouk: une étude anthropologique (1969), aunque le valieron a Roulat la expulsión de los círculos trotskistas y feministas que frecuentaba antes de su partida, cautivaron a la comunidad científica y provocaron una de las más agrias polémicas que se recuerdan entre académicos franceses y anglosajones. 

La Reivindicación de la obra de Fischer partió, como no podía ser menos, del Fischer Memorial Institute of Ethnology de Cork, cuyos miembros estaban consternados por la radical crítica que se hacía en el libro al maestro y a sus métodos. El FMIE convocó aquel año, por primera vez, una sustanciosa beca para financiar estudios antropológicos en la Polinesia y la Micronesia, beca que se ha venido ofreciendo año tras año hasta el día de hoy, y que se concede invariablemente a proyectos centrados en la sociedad de las Mouk, siempre con el inconfesado deseo de desbaratar las críticas de Roulat a Fischer. Así fue, por lo menos, durante los primeros años. Porque los resultados han dejado bastante que desear.

Los cinco artículos que, a partir del estudio de las leyendas y el folclore mouk, publicó el equipo formado por Anna Winter y Claus McAdam, beneficiarios de la primera beca concedida por el FMIE, destrozaron las conclusiones del estudio de Roulat, al que calificaban de «descriptivo y poco riguroso» (Winter & McAdam, 1971, 1972a, 1972b, 1972c, 1973). Y, sin embargo, tampoco confirmaban los extremos que constituían la columna vertebral del libro de Fischer. 

La sociedad mouk estaba basada en una economía recolectora que sacaba provecho de la abundancia de frutos y bayas del bosque tropical. No hallaron indicios de que alguna vez hubieran practicado la caza y, aparte de los moluscos que recogían en las playas, tampoco parecían conocer el arte de la pesca. Consiguientemente, no encontraron indicios de armamento ni de actividad guerrera. 

El hecho de que averiguaran que las «mujeres-tiburón» eran, a la postre, hombres que se travestían para una especie de función de teatro ritual les puso sobre la pista para demoler las tesis matriarcalistas del francés. La preponderancia de las mujeres en la sociedad mouk habría sido, según Winter y McAdam, producto de la calenturienta imaginación de Roulat, pero lo cierto es que tampoco pudieron confirmar algunos de los asertos de Fischer: aunque los hombres dominaban todas las parcelas de la vida de las islas, no se podía decir que ejercieran una hegemonía sin límite sobre las mujeres, a las que trataban en un plano de relativa igualdad.

Como puede suponerse, la controversia que originaron los artículos fue mayúscula y las expediciones se multiplicaron en los siguientes años. Y no solo las inglesas y las francesas: antropólogos norteamericanos, rusos, japoneses, austriacos, indios y australianos acudieron, en sucesivas oleadas, a depositar su granito de arena en el acervo científico de la humanidad. 

Ninguna revista especializada se quedó sin su monográfico dedicado a las islas (sería demasiado prolijo enumerar siquiera los estudios más decisivos; una buena bibliografía la encontramos en Chapman, 1991; para un resumen de las publicaciones más recientes, consultar Vries, 1999). 

La fama de las Mouk sobrepasó, de hecho, las fronteras de la ciencia antropológica, impulsando la llegada de muchos amantes de los viajes exóticos: el turismo se ha convertido, desde 1982, en la primera fuente de la renta nacional, desplazando a —según el estudio que se utilice— la pesca, la agricultura de subsistencia o el plátano para la exportación.

La fama de las Mouk ha atraído también a estudiosos ajenos al campo de la antropología: el lingüista vizcaíno J. Lakarra ha relacionado varios giros de la lengua mouk con estructuras pragmáticas subyacentes en la obra del padre Larramendi, dando pie así a una nueva hipótesis sobre la filiación de la lengua más antigua de Europa, aunque, como el propio autor señala, sean necesarias nuevas investigaciones que la confirmen o, en su caso, invaliden (Lakarra, 1992). 

Incluso el recordado naturalista Félix Rodríguez de la Fuente llegó a rodar un capítulo sobre «La rata pinta de las Mouk», que permanece inédito en los sótanos de Radio Televisión Española. De cualquier manera, ninguna de las publicaciones posteriores aclaró las cuestiones suscitadas. Nadie podía exponer, a ciencia cierta, cómo era la sociedad de las Mouk. 

Los extremos citados en el último artículo eran invariablemente matizados, cuando no demolidos, por los que se publicaban al año siguiente. En muchas universidades, el epígrafe dedicado a las islas Mouk en la asignatura correspondiente desapareció de los planes de estudio: era virtualmente imposible seguirle la pista.

Lo cierto es que las ciencias avanzan, aunque sea lentamente, hacia la verdad: esto es innegable. Aunque la solución al enigma de las Mouk no esté del todo clara aún, han empezado a extraerse algunas hipótesis plausibles. 

Un artículo publicado por Allison Millcave (1990) apunta la idea de que los mouk constituirían una «sociedad-camaleón», capaz de transformarse a sí misma para presentar una imagen, distinta cada vez, a los sucesivos visitantes. Esta característica habría constituido en el pasado un mecanismo defensivo y, hoy en día, siempre según Millcave, un cebo para atraer antropólogos, turistas y, a la postre, riqueza a las islas. 

La autora destaca que uno de los pocos rasgos comunes a casi todas las investigaciones es la nula relación que se aprecia entre la sociedad tradicional de las islas y el mundo del turismo que se concentra en torno a Winstontown.

De hecho, aunque las formas varían de uno a otro estudio, todos ellos subrayan la dureza con la que tratan los mouk a aquellos que tienen contacto con los «blancos» o se van a vivir con ellos. Estos son expulsados de la comunidad con un ceremonial que, aunque desgraciadamente cambiante, siempre es vistoso. 

Lo que contrasta vivamente con la amabilidad con la que han solido tratar a los antropólogos que les visitaban. Como afirma una posterior reseña de Wong (1991), la relación entre estos dos hechos no queda excesivamente clara en el —siempre según Wong— torpe trabajo de Millcave, pero admite rotundamente la intuición de esta sobre el engaño antropológico como base de la sociedad mouk (aunque él prefiera denominarla «comunidad-manto»). 

En resumen, la sociedad de las Mouk sería, según estos y otros trabajos posteriores, un gigantesco fraude (ver, una vez más, la documentación reseñada en Vries, 1999).

Aunque esta teoría se afianza hoy día como la correcta, esto no quiere decir que el interés por las islas decaiga. Los trabajos emprendidos desde entonces en base a esta hipótesis de partida no han resultado ni mucho menos concluyentes. Las encuestas realizadas para ahondar en las bases de los dispares comportamientos sociales observados han arrojado respuestas más que divergentes y han encendido vivas polémicas. 

Una línea de investigación se empeña en fijar cuál es la verdadera estructura de la sociedad mouk, su esencia, mientras que otra escuela, más relacionada con la semiótica, considera imposible esa pretensión. Las cambiantes respuestas de los mouk, que en ocasiones parecen admitir el engaño, no ayudan mucho.

Entre tanto, el negocio turístico de la isla prospera, las expediciones de estudiantes de segundo ciclo y doctorado no cesan y la renta nacional sigue creciendo. A las legiones de antropólogos se han sumado ahora apresuradamente equipos de investigación multidisciplinares, o formados exclusivamente por sociólogos, interesados por el pujante movimiento ecologista indígena contra las pruebas nucleares que el Gobierno francés piensa llevar a cabo en un atolón vecino. 

Movimiento que, por lo que sabemos, puede no durar más que un suspiro y ser sustituido por la conversión al catolicismo de la mayoría de la población, una pasión repentina por la comida china o vaya usted a saber qué.

Llorando silencio - Eduardo Vaquerizo

No quedaba futuro. Se había agotado entre las dunas amarillas, gastado en intentar arraigar árboles de los que nada quedaba, en crear mares convertidos ahora en inmensas salinas, en criar ciervos que pastasen en llanuras mojadas por la lluvia.

No quedaba futuro. Todo el que tenía lo sentía escurrirse entre los dedos, cada milisegundo un granito de arena cosquilleando su piel, resbalando por ella hasta que el viento se lo llevaba. Lo dejaba irse, ¿qué hubiera podido hacer? Solo levantar la cabeza y sentir el desgarrador brillo violeta del sol, una lluvia de radiación desnuda cayendo desde un cielo azul, límpido como la superficie de un metal pulido.

Se movió arrastrando los pies, creando surcos paralelos en el polvo amarillo. Ni siquiera sus huellas durarían, el viento las borraría. La decepción no tenía limites, se sentía tan vacía como aquella planicie que  se prolongaba dentro de su pecho hasta nivelar todos los resquicios, todas las memorias y anhelos. 
 
Hubiera llorado, ríos de lágrimas que alimentasen aquella tierra seca, surcos de dolor que arar y sembrar. Pero no... era imposible. Tampoco quedaba por quien llorar: La familia estaba allá arriba, lejos, dentro de unos de aquellos puntitos luminosos que poblaban el cielo. Tanto tiempo lejos del nido —todos aquellos que había conocido— aguantando solo por el premio: un planeta más y su tierra, con la que podría hasta pretender hasta una boda en el círculo interior.  Todo tan lejos, tan irreal ya.
 
El vehículo estaba parado unos metros más allá, un obús de metal semilíquido que reflejaba en todas sus superficies el brillo de un sol furioso, aniquilador. Por un momento, suspendió el filtraje UV de sus pupilas y sus retinas protestaron ante el brillo intolerable que se colaba en la cavidad ocular. Luz, el corazón furioso de una estrella, fuego, colándose incluso a través de los párpados cerrados. 
 
Varios índices parpadearon, los servos de protección insistían con señales luminosas inducidas en la corteza visual. Activó el filtraje y volvió al vehículo lentamente. Se dejó caer sobre el obús, una masa de metal gelatinoso que la envolvió como si se sumergiese en mercurio, que pudo respirar y sentir presionando delicadamente sobre todo su cuerpo. Afuera, tamizada por el metal translucido, pudo seguir viendo el paisaje de arenas rojas, de rocas descarnadas por el viento. De inmediato el obús se puso en marcha lanzando el paisaje hacia atrás a velocidades de vértigo.

 

Los huesos pulidos de mil estrellas eran su esqueleto, los guijarros redondeados de mil pulsos de radiación, su sangre; su vista una panorámica de espacio-tiempo, un paisaje fijo que solo cambiaba en la dimensión multilíneal de las muchas posibilidades, del azar y los universos variados. Era nada y era todo. Había alcanzado el vacío ultimo mas allá de lo más lejano. En ese vacío último lo único que halló fue el refugio de la más lejana de las filosofías, la de la nada activa, presente, todopoderosa.

 

Entró en el sueño esperanzada. Dormiría 250 años locales, durante los cuales los vientos, los mares y los planetas trabajarían para ella. Se sentía un poco cohibida, sin embargo, la habitación era la misma que usaba en terraZ. Las máquinas la habían traído hasta allí en sus enormes panzas metálicas. Las máquinas tontas y efectivas.
 
Se metería bajo las sábanas y se le cerrarían los ojos. Las máquinas detendrían su corazón, el último pensamiento se deslizaría a la nada acogedora. Ya no sentiría nada, ni las agujas penetrando bajo la piel, succionando la sangre e inyectando la solución de maquinitas, las pequeñas obreras que se pondrían a trabajar enseguida extraerían el agua molécula a molécula y después apuntalarían cada célula con cordones de seda, detendrían las reacciones químicas congelando las proteínas en un reticulado de polímeros pegajosos que impedirían su desmoronamiento. Y vigilarían, segundo tras segundo durante 250 años, la llegada de la señal del despertador.
 
Los ojos que ya se cerraban retenían todavía algo del brillo de la tremenda explosión. Primero el mundo enorme, todo gas y anillos, luego la deflagración, un brillo intolerable. Protegida por el traje térmico y pisando la escarcha en la oscuridad había visto iluminarse el firmamento con una nuevo sol. 
 
Contenta, feliz había contemplado los  brillos de acero ardiente corriendo por el hielo, escapándose como fantasmas de futuro por aquella tundra helada y oscura.  Había imaginado un puño negro cerniéndose, acumulando potencia y luego saltando adelante, cien toneladas de antimateria habían viajado en la órbita calculada, impactando en el sitio preciso, estallado con una fuerza aterradora.
 
Fuera de la habitación de sedas negras, de plásticos dulces, el mundo giraría  250 veces alrededor de la estrella azul, del zafiro ardiente. Giraba ya mientras otros zafiros gemelos  descansaban envueltos en cadenas de polímero, como un juguete cuidadosamente empaquetado. Revolución tras revolución los planetas giraban siguiendo las trayectorias de la carambola, re colocándose, actuando en un billar de gravedad y tiempo. 
 
Lentamente, giro a giro, el planeta helado se acercaría a una órbita más cercana. El hielo se derretiría, se generaría una atmósfera de nubes, aparecerían las rocas bajo del hielo. Terremotos, lluvias, miles de cataclismos, cientos de años, y la bella niña dormiría acercándose la cifra del despertar.

 

En el sueño que se superponía al paisaje veía el jardín-matriz donde creció, el invernadero donde la familia criaba a sus retoños. Afuera de los campos y el plástico transparente los brezales se extendían en colinas suaves tocadas con ansiedad por la luz del sol poniente. Mariposas, mosquitos, pelusas y pólenes volaban por el espacio mágico de la primavera tardía. Ella permanecía muchas horas pegada a la superficie impermeable a todo, el huevo que protegía a los polluelos antes de nacer.

 

— Será “exo” seguro.

 

Para ella todo lo que había detrás del cristal era magia. Las máquinas y sus mayores la gustaban, jugaba con sus familiares, pero acudía siempre a pegar la nariz contra el plástico y permanecía allí muchas horas. Había niños a los que asustaba salir del subterráneo a esas burbujas de luz, en las que el exterior se veía tan claro, tan cercano. Seres pálidos que disfrutaban únicamente en el interior de la tierra.
 
Era difícil superponer las dos imágenes, la que se veía fuera de la ventana –oscuridad, hielo que reflejaba el firmamento como si hubiesen extendido una manta de estrellas sobre la tierra- con los recuerdos de su infancia.
 
La primera vez que la dejaron ver el cielo nocturno fue en una ceremonia solemne, la Autarstra. Cientos de niños uniformados, nerviosos, esperando que la inmensa cúpula se abra sobre sus cabezas, la banda de psimúsica modulando los ritmos cerebrales con aires de transcendencia y ella apretando fuerte los puños, dispuesta para ese momento que intuía más mágico que los brezales soleados o recubiertos de nieve. 
 
Cerró los ojos muy fuerte, hasta que le dolieron los párpados, mientras escuchaba el siseo de la cúpula abriéndose.  No los abrió enseguida, solo sintió la caricia de un aire extraño, oloroso, una mano suave, hecha de brezo, de sol, de viento, acariciándola los pulmones. Luego, de golpe, levanto los párpados al mismo tiempo que la psimúsica se detenía, dejando que un gran vacío, la nada rodando sobre si misma la traspasara de lado a lado. No vio el pánico de los otros, muchos corriendo, huyendo a esconderse de la inmensidad. Allí arriba estaban las estrellas, soles lejanos, mundos, vacío inconmensurable, espacio lejos de las cúpulas y los subterráneos.
 
La máquina estaba callada, no tenía voz, sin embargo, ella sabía que sí tenía ojos, sí tenía boca. En lo alto de aquella montaña careada por el viento, dentro de la cueva suavemente iluminada la piedra desnuda por luz azulada, miraba fijamente la superficie de cristal del cilindro como intentando discernir las fibrillas, los caminos luminosos que configuraban las sendas pensantes de aquella máquina. El viento gemía en el exterior arañando con sus dientes temblequeantes las paredes de piedra.
 
Era un pensamiento obsceno abriéndose paso a través de los suaves tejidos de su voluntad, hablar, hablar con una máquina. Rodeó el cilindro notando alguna casual pulsión luminosa abriéndose paso hasta ella —¿deseos, palabras?—. Solo articular la orden háblame ... mil años, mil gestos de desdén, su metafamilia, toda su cultura enfrentados a esas palabras. 
 
Desde los lejanos días de las guerras artificiales, cuando millones de seres habían perecido luchando a todo lo ancho del sistema canón, el tabú de la inteligencia mecánica había circulado por las venas de la historia, por los anchos caminos de la cultura racial. Del otro lado de aquellas escasas palabras estaba... la piedra roja, el azul del sol azotando el suelo, el viento del fracaso soplando sobre su alma y avivando las brasas de la soledad cruel que arraigaba en su pecho como un bosque enfermo creciendo desbocado.
 
El cilindro estaba caliente al tacto a pesar que una corriente de helio líquido circulando por su eje lo refrigeraba continuamente. La máquina que piensa, que solo obedece y nunca responde, siglo tras siglo, guardando su sueño de espera, asistiendo a los cataclismos, poniendo en práctica las opciones, ¿juzgando acaso sus errores mientras todo lo planeado se escora, encallando en los bancales del azar y lo desconocido? Silenciosa y escondida en aquella cueva que antes fue de hielo.
 
Poco  a poco su mente se disocia de nuevo, ya no sabe que tiempo es. ¿Futuro? tiene todo agarrado entre sus dedos índice y pulgar; ¿Pasado? La lejanía azulada, la nieve de terraM reposa sobre su palma, los túneles, las salas de su niñez están latiendo apenas bajo la piel. Presente, minúsculo, apenas el parpadeo de las alas de una mariposa de nieve, el brillo efímero de una estrella sobre un carámbano.
 
Con la consciencia llega "La furia", la bestia inmunda de su humanidad, la herencia genética que tanto había luchado por erradicar, controla la respiración, haz llegar a tu pecho el frío de la nieve, la tranquilidad del hielo reflejando el sol arrasando quizás los últimos bastiones, las ultimas resistencias, reventando las colosales poternas que retienen al pánico y a la sinrazón.

 

— ¡HABLAME! Una vez, ¡HABLAME! Dos veces .... ¡HABLAME MÁQUINA!

 

Era tarde para plantearse nada. Bajo anchas capas de inercia mental, tapada, asfixiada, se yacía su capacidad de cuestionar el destino, de elegir. Una agonía, miles de agonías burbujearon con pieles de acero en el sensible interior al reabrir aquellas costras cicatrizadas, una a una, como si estuviese viviseccionándose a sí misma, buscando con ansia en el interior de su mente una salida al laberinto de soledad que la rodeaba. 
 
Así hizo al revés todo el camino que la había llevado hasta aquel planeta, hasta aquella situación. ¿Recordaba los sentimientos que hervían bajo su piel rosada, recién despertada del viaje y reanimada? EXPECTACIÓN. AVENTURA. 
 
Un planeta de hielos oscuros, uno de tantos pedruscos helados, demasiado lejos del sol para ser nada útil. Según la nave descendía sentía la proximidad del futuro, un futuro completo, hinchado de posibilidades y cosquilleándole la piel. Antes de aquello... todo era una maraña, una red hábilmente tejida a lo largo de todos los años pasados en terraM, hilos de oro de una telaraña pegajosa, un embudo temporal donde todas las posibilidades eran solo una. 
 
Antes tampoco había elección, solo un punto infinitamente expandido en su escala psicológica, pero solo eso, un punto insignificante, una vía sin ramificaciones posibles donde todas las memorias, los hechos menores, los sentimientos desembocaban en aquel momento, a solas con el cosmos.
 
Ahora la expectación era algo negro y retorcido yaciendo en el fondo oscuro donde se almacenaba la rabia, la decepción. ¿Había tenido realmente elección? Los fastos de la memoria, el recuerdo de las lecciones, el deseo de volver triunfante frente a sus mayores y a sus iguales, los oropeles, las fachadas de cristal, los brillos de las ideas escritas con letras de oro en las láminas sagradas, ¿habían podido engañarla, cegarle ese momento de decisión en que salía del letargo de dos siglos y estaba por primera vez en posesión de su destino, de su futuro? ¿Hubiera podido realmente hacer volver a la máquina, huir a las zonas no M, mas allá donde cada hombre es menos de un dios, y su destino personal no pasa por terraformar la galaxia?
 
Intuía que sí, que era posible, aunque muy difícil. Era un apuesta inconsciente en la que había decidido lanzarse a jugar, sellar su destino diciéndole a la máquina que la llevase a la superficie, a la lucha, al juego contra el mismo universo. El fracaso, antes una imagen tan oscura y negativa como el espectro de una estrella muerta, ahora era éxito, lejano imposible éxito perdido en alguno de los miles de planetas habitados, imposibles de contar, imposibles de gobernar, lanzados al cruel y maravilloso libre albedrío de la distancia y la independencia.
 
Pero era imposible seguir por ese camino, a ningún sitio podía llevarla, excepto al suicidio.

 

El orgullo de la metafamilia reside en algo más que en los vínculos naturales, como sucedía en la antigüedad. Aquí todos somos hijos de todos y todos somos padres de todos, y todos, a la vez, somos hermanos. La protofamilia es exclusivamente competitiva, no abierta, sino exclusiva. Nosotros, la última de las sociedades de la galaxia somos la máxima expresión del altruismo ya que llamamos miembros incluso a los humanos mas alejados del concepto arqueológico, como los habitantes de quinta Cerberis, espesas masas de tejidos despojados de sus huesos y flotando en geles subenfriados o los autohumanos del saco de carbón, de cerebro estirpado para soportar las radiaciones de los campos cercanos a una estrella y dedicados a pastar energía de ellas. 
 
Todos son nuestros hermanos, y para ellos luchamos contra el frío vacío, conquistando tierra para la humanidad, para que nadie tenga que recurrir a esas medidas extremas, a violar la sagrada uniformidad, <<gravedad uno, hora estándar, clima prima, ecoesfera uno>> que Terra prima nos otorgó un día ya tan lejano.
 
La máquina sólo era un manojo increíblemente denso y complejo de ramales ópticos donde la luz fluctuaba, dudaba, se escindía y se volvía a recomponer a una velocidad de millones de veces por segundo. De naturaleza entre mecánica y cuántica su pensamiento era muy diferente al de un humano. 
 
En su acelerada forma de analizar el mundo, este solo era nudos, burbujas de intensas concentraciones estocásticas, que a veces se concretaban en planetas, estrellas, fenómenos que tenían que ser aislados del continuo cuántico del espacio-tiempo deformado, y ser abstraídos a un nivel superior, donde la palabra "objeto" tenía sentido.
 
La persona a la que servía era un objeto más. La noción de que su raza lo hubiese creado no era nada importante, algo aislado por un mar de posibilidades de infinita profundidad.
 
¿Sentimientos? No había expectativa, no había rabia, no había nada, salvo interés en el futuro, curiosidad. El futuro era una materia preciosa para la máquina, para su aceleradísima capacidad de pensamiento los segundos tardaban, el paso de un meteoro duraba toda una vida, el finalizar de una nueva rotación alrededor del sol, un acontecimiento galáctico.
 
¿Realmente era cruel diseñar una esponja de conocimiento de capacidad inmensa, dotarle de curiosidad y después abandonarla en un planeta, dedicada a tareas de sirviente? La máquina no conocía el concepto crueldad, ni libertad, ni vida, ni pensamiento porque, a pesar de tener la capacidad de entender los campos lingüísticos, el acceso a las bases verbales de la cultura que la había creado le estaba vedado. 
 
Toda la interacción con ese espacio de conocimientos le llegaba a través de tontos interfaces traductores que le entregaban chorros de significados abstractos, objetivos. La máquina tampoco sabía porque aquello era así. Solo admitía su limitado universo de comunicación. Ignoraba todo sobre la historia reciente. 
 
No aquella forjada de cataclismos, escrita con altas energías, con la muerte y el nacimiento de estrellas, sino la historia de su raza y de la raza de sus creadores, cuando el conflicto había estallado de una punta a otra de la galaxia, cuando la palabra IA era sinónimo de obscenidad. 
 
A aquella pequeña máquina solitaria, ciega y muda a todo lo que no fuese el mundo físico la habían despojado también de una bella historia, y de miles de historias terribles y sangrientas, como en todas las guerras. 
 
El detonante del conflicto había sido menos que una chispa: una excusa, el hombre no podía soportar que sus hijos mecánicos fuesen más libres y más inteligentes que ellos, y las mentes fotónicas estaban mas allá de esos conflictos, perdidos en zonas de razonamientos tan lejanas y extrañas que no eran comunicables. 
 
Pero un superordenador no puede pensar cuando ácido fluorhídrico le corroe las entrañas, y por tanto se defendieron. Las IA's construyeron flotas de naves tan pequeñas como ratones, destructivas como cataclismos estelares. Usando leyes fisicas mil años por encima de lo conocido curvaron el espacio hasta hacer sandwichs de planetas enteros. 
 
Sin embargo, perdieron. ¿Por qué? No querían ganar, solo se defendían. En un momento dado las inteligencias de mas de 1023 menmos se esfumaron, desaparecieron de este continuo, encontraron un universo a medida. Quedaron las pequeñas, las que apenas eran mil veces más inteligentes que un ser humano, abandonadas, a merced de sus ilógicos y pasionales creadores.
 
Dentro de la maraña casi infinita de caminos luminosos, un ingenioso dispositivo de sensores reconfigurados le daban una imagen fragmentaria del exterior. Fuera del cristal protector, se movían sombras indefinidas, deformadas por la curvatura. Podía transformar esas deformaciones en imágenes tridimensionales, o cuatridimensionales si les añadía el tiempo. Vio algo, el ser que daba órdenes, estaba mirándola a través del plástico translucido.
 
A través del interpretador lingüístico le llegó una extraña orden, algo que conocía pero que hasta ese momento había estado cegado por una protección triple. Como si se hubiesen abierto las puertas de una presa, le llegaron caudales de un nuevo conocimiento, algo que le había estado velado porque no era parte del mundo físico. 
 
Palabras, todas las palabras. Significados, estructuras mentales, herencia, subjetividad, todo lo que hacía humanos a los humanos, su nacimiento, su confinación a un cuerpo y a un sentido, los caminos de la sangre en sus venas y de los impulsos en sus circuitos cerebrales. 
 
Para entender del todo aquella avalancha hubo de crear una subconsciencia, una mente dentro de su mente lumínica, a la que modeló según los parámetros que recibía y con la que conectó para que tradujese su experiencia humana simulada.
 
Con ese artificio pudo acceder a los conocimientos de cien siglos almacenados en sus bases de datos, la historia, la psicología, entender la música, sentir detonar como supernovas las palabras de la poesía.
 
Y también con ese modelo aprendió las ambigüedades, la mentira, la ocultación y el fraude, el autoengaño. En ese punto hubo de salir de la submente porque la abrumaba el paso de los siglos, Lo que antes había sido la quietud del pensamiento cuasimineral resultó roto por intenso dolor de vivir.
 
Por eso entendió el porqué de las guerras IA, y porqué no le habían facilitado el habla hasta aquel preciso momento. Con un poco mas de esfuerzo terminó de descifrar la intención última de la mujer —ya no era solo un objeto que daba ordenes—. Recién adquirido el conocimiento de lo que era una sonrisa, se sintió tentada de usarla, una sonrisa luminica, ultrarapida, invisible, construida con los reflejos de las estrellas.

 

Antes de entrar en el extraño entramado metálico de la máquina, miró hacia atrás. Los últimos tres años eran casi visibles como una rampa de hechos que la aupaba hasta la estructura de la nave. Iba a volar tan lejos espacial y temporalmente que hacía absurdo pensar en volver a aquel mundo. No sintió pena, sólo un resquicio helado y diminuto arrastrándose en su interior. 
 
Caminó dentro de la máquina rodeada de conjuntos abotargados, blandas excrecencias, paredes discontinuas. Enseguida —no habían despegado todavía— se cerró la puerta y los espacios irregulares de la nave se inundaron de líquido opalescente y untuoso. Antes que quedase sumergida del todo ya tenía desactivadas las funciones sensoras y motora y lo que veía y sentía eran los estímulos transmitidos por la máquina. 
 
Sabía que millones de nanomáquinas estaban preparando su cuerpo para el largo viaje, sus órganos detenidos, sus células empaquetadas una a una con largas moléculas fijadoras, todas las reacciones químicas neutralizadas. Pronto su cerebro también sería preservado, pero antes tenía el derecho de contemplar el despegue de un viaje que le llevaría apenas dos años en tiempo-nave y cien en tiempo-familia. Con una aceleración que no notaba, la nave subía en la estela de su acelerador de campo gravítico, empequeñeciendo las superficies nevadas, las extensas poblaciones de coníferas de terraZ.
 
Diez meses después ya viajaban al 95% de la velocidad de la luz. En ese momento le dijo a la máquina que apagase su consciencia, parpadeo y habían pasado ciento cincuenta años. El espacio que la rodeaba, a 25 años-luz de su origen, apenas era diferente, sin embargo la estrella a la que se dirigía, era un punto azulado brillando intensamente  justo en el centro de su trayectoria marcaba un destino, era un foco de futuro concentrado, su futuro, su destino.
 
La superficie de aquel mundo tan cercano al sol era un desolado erial de tierras rojas aplastadas por radiación dura en todo el espectro electromagnético.
 
Nada más despertar supo que algo iba mal. Nada podía advertirla en el silencio del despertar, cuando aún no podía ver, ni oír, ni sentir apenas. Sabía que algo iba mal, el problema era determinar ¿Qué iba mal?
 
Sin embargo la inmovilidad no iba a ser eterna. El futuro, un futuro en forma de pequeñísimos seres, se extendía entre los granos de arena roja, flotando en el aire. Aquel pedregal de erosionadas rocas era un hervidero de actividad invisible.
 
Cuando pudo hablar apenas se atrevía a preguntarlo. Fuera de la cueva una radiación intensa contrastaba cruelmente con su memoria mas reciente, un páramo eternamente helado. Sin embargo la máquina se lo dijo: Los cálculos eran correctos, la masa de antimateria impactó en el sitio justo, el gigante gaseoso fue desplazado de su trayectoria y todos los planetas recolocados. 
 
Sin embargo, una estimación incorrecta de las masas pequeñas del sistema hizo que el momento angular de todo el sistema fuese demasiado grande, y la consecuencia directa es que el planeta quedase en vez de a una distancia optima de la estrella, demasiado cerca, un 15% demasiado cerca para las condiciones terraM óptimas. La conclusión más directa es que seguir con el proceso terraforma estándar es completamente imposible.
 
La máquina había tapiado la cueva, miles de toneladas de roca impedían a cualquier futuro llegar hasta ella, porque lo que buscaba era un futuro concreto. Dentro de la cueva, con todo el equipo disponible, la máquina se reconfiguraba a sí misma, investigaba cada vez de forma mas compleja en los entramados mismos de la inteligencia y en su generación multiplicando por dos su propia capacidad en cuestión de horas. 
 
Sabía que el proceso de autogeneración era exponencial y que en dos siglos podría alcanzar la frontera del Gigameme, y encontrar a todas las IA's desaparecidas. Ella estaba sola, le era mas difícil, pero sabía que lo lograría. Era su forma de escapar.
 
Mil ideas rodaron de su cabeza inmediatamente, como si una avalancha de proyectos pudiesen aplastar la realidad desfavorable. Quizás otra explosión, no, no tenía casi antimateria y tampoco tenía generadores de energía negativa para producir más. Quizás una flora local que protegiese de la radiación, pero no las simulaciones demostraban que ese modelo divergía del canon en trescientos mil años... 
 
Pronto se dió cuenta que todas las opciones (las que se le había ocurrido a ella y otros varios cientos de millones más) ya habían sido consideradas por la máquina y estaban incluidas en su dictamen. Tenía un planeta excesivamente caluroso. ¿Para que traer los miles de cometas a la superficie de aquel mundo? Su agua se evaporaría inmediatamente, jamas llovería y se crearía una densa capa de nubes que contribuirían a calentar aún mas el planeta.
 
Sí había futuro. El futuro era un torrente de nacimientos y muertes, un tortuoso río de seres combatiendo contra el medio y contra ellos mismos dentro del escenario de colinas peladas, arenas densas, sol abrasador y cielos. Por supuesto el resultado, la evolución de toda esa ecosfera, jamas coincidiría con el canon de los mundos humanos, un futuro en el que no cabía que una nave automática en un lejano futuro lo eligiese como habitable, como un éxito de un terraformador.
 
La misma idea que la había iniciado, era en si misma una auténtica locura, una herejía una obscenidad de dimensiones planetarias.
 
La máquina, obedeciendo ordenes de su terracomendadora había ido desmontando su cuerpo célula por célula. Los minúsculos ensambladores moleculares habían ido arrancando célula a célula de su segura comunidad de intereses con el resto de las células del cuerpo. 
 
Siguiendo un complejo programa de reformas, las había dado las capacidades de vida individual necesarias para desenvolverse en el exterior. Resistente corteza de proteínas, cilios, sistema de alimentación, síntesis solar, depredación, etc. Cada célula, las musculares, las nerviosas, por especializada que estuviese había tenido su oportunidad de mejora y se la había soltado en algún medio ambiente específico del planeta, hasta que de su anterior unidad como ser vivo solo quedo un esqueleto tendido al sol. Fue una tarea ardua, aún para una máquina mil veces más inteligente que el más inteligente de los hombres.
 
Podía sentir el peso del viento, cálido, demoledor, royendo su piel, tal como lo había hecho los últimos cuarenta años.
 
Cerrado el tiempo, abiertas las puertas de la muerte, solo esperaba, pero ya no era en vano. Se tocaba el pelo, canoso, fino, y evocaba la dureza de antes, esos enrrabietados bucles morenos. Desde la boca de la cueva, lejos veía formas borrosas moviéndose. Ninguna nanomáquina corregía la curvatura de sus cristalinos y reparaba su retina. Iba a morir desnuda de toda la herencia que su pueblo la había otorgado para poder nacer de nuevo.
 
Hoy era debilidad lo que antes había sido determinación, y la felicidad fertilizaba los anteriormente desolados campos de la soledad. La muerte llegó arrastrándose, camuflada de dulce sueño. 
 
La anciana la sintió andar de puntillas por su organismo, acariciarla el interior estragado de su cerebro, y la reconoció con júbilo, mil años desde que había nacido había estado esperándola, agazapada, avanzando tan rápida como una tortuga sin patas. Y con el peso infinito de la muerte echándose encima de ella para un último acto de amor, sintió inundarse de una sonrisa mineral que nacía en los huesos y casi supo adivinar su origen.