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Granny - Ron Goulart

Se podía escuchar al viejo gritando por encima del sonido de la tormenta, emitiendo el agudo grito por una boca sin dientes.

Roy McAlbin, de estatura media y un ligero exceso de peso, sacó un cigarrillo del bolsillo de su impermeable y se apoyó sobre el borde de la balaustrada. La lluvia caía pesadamente, dejándole únicamente la espalda libre.

—¿Y qué es eso, doctor Caswell?

—No soy médico, míster McAlbin —dijo el delgado Caswell, de edad media, que estaba de pie sobre el felpudo situado junto a la entrada del edificio de oficinas.

—Está bien, míster Caswell, ¿por qué ese viejo está gritando allá en su cabaña?

Caswell restregó la palma de su mano izquierda sobre el pomo de cristal de la puerta de su oficina, y frunció el ceño, mirando por encima de la balaustrada de madera.

—Míster McAlbin, siento simpatía por el hecho de que como periodista, aun cuando sea un periodista libre sin compromiso con ninguna publicación, siente curiosidad. Pero no puedo empezar a contestar todas las preguntas que se le ocurran.

—Tampoco es usted un psicólogo, ¿verdad?

—No, yo no lo soy, aunque aquí en Paxville Woods disponemos tanto de doctores calificados como de personal psicológico acreditado.

—También ha conseguido a uno de los más conocidos pintores primitivistas de América —dijo McAlbin por entre el humo de su cigarrillo con filtro, restregándose después las húmedas y mofletudas mejillas con los dedos—. Hay una gran cantidad de gente interesada en Granny Goodwaller, míster Caswell.

—Sí, lo sabemos, míster McAlbin —contestó Caswell—. Pero sigue usted poniendo un terrible énfasis en la palabra "conseguido".

—Bueno, le diré una cosa —dijo—, siento una gran curiosidad por saber por qué Granny Goodwaller abandonó su apartamento hace tres meses y se marchó a la colina, a su villa de Paxville. Me pregunto por qué está ahora aquí, en Paxville Woods, en una cabaña en la que nadie puede entrar. Me gustaría hacerle una entrevista.

—Sí, le comprendí desde la primera vez que se presentó y me planteó su caso —dijo Caswell, dejando de restregar el pomo de cristal y acercándose más a McAlbin—. Paxville es un lugar maravilloso para gente mayor. Allí, detrás del bosque, disponemos de casas y apartamentos donde nuestros ancianos, individualmente o por parejas, pueden vivir sus últimos años rodeados de una bien ordenada comodidad. Aquí, en el hospital y en la zona de cabañas disponemos evidentemente de mayores facilidades de tipo médico. Disponemos incluso de unos cuantos bungalós privados destinados a cuidados intensivos.

—¿Quiere decir eso que Granny está enferma?

—Granny tiene noventa años —dijo Caswell—. Como usted dice, es una de las grandes artistas norteamericanas. Nos sentimos muy honrados cuando ella decidió, hace ya cerca de dos años, venir a vivir a nuestro complejo de Paxville, que por entonces acababa de iniciar sus actividades. Ella es una mujer muy anciana, míster McAlbin. Necesita muchos cuidados y no puede ser entrevistada.

—¿Pero sigue pintando aún?

—Sí, Granny conserva su fortaleza y sigue produciendo bastante. Si visita usted cualquiera de las exquisitas galerías de arte de Paxville Village, o bien la galería de Brimstone, podrá ver expuestas sus últimas obras. Puede que los óleos originales resulten un poco caros para alguien que se dedica al juego de escribir libremente, pero también podrá encontrar deliciosas tarjetas de saludo y algunos grabados.

—Ya he visto las pinturas en Paxville —dijo McAlbin.

El anciano que habitaba la cabaña individual de la colina había dejado de gritar. La lluvia, fría y dura, seguía cayendo. La tarde estaba empezando a oscurecerse.

—La exhibición de pinturas de Granny en la galería Marcus de Nueva York..., se trata de obras recientes, ¿verdad?

—Sí —contestó Caswell—. La Marcus Card Company ayudó a Granny a hacerse famosa, y ella insiste en que sean ellos los que consigan sus mejores obras. Bueno, en realidad, no puedo concederle mucho más tiempo, míster McAlbin. Gracias por su interés por Granny. Le voy a decir que ha venido usted y estoy seguro de que eso hará aparecer en su rostro una sonrisa triste y dulce.

—¿Dónde trabaja ahora? ¿En esa cabaña suya? —preguntó McAlbin arrojando la colilla por encima de la balaustrada, hacia el césped cortado que había cerca del porche.

—Sí, a veces pinta en la cabaña —confirmó Caswell—. Además, dispone de un gran taller aquí, en nuestro edificio principal.

—¿Podría verlo?

—Se trata simplemente de una gran habitación, llena de lienzos extendidos, y que huele mucho a pintura y a trementina.

—El ver los lugares donde trabajan los artistas me ayuda mucho —dijo McAlbin—. Aún tengo la intención de escribir algo sobre Granny Goodwaller y su trabajo. Como usted no me va a permitir visitarla, lo menos que podría hacer es dejarme ver el lugar donde ella crea sus pinturas.

Después de un breve bufido, Caswell dijo:

—Está bien. Venga por aquí —comenzó a andar a lo largo del porche y, volviéndose, frunció el ceño y dijo—: Y, por favor, no arroje más colillas sobre el césped.

McAlbin abandonó el lugar quince minutos después. Bajo su impermeable, envuelto en un paño lleno de pintura, llevaba una espátula y una taza de té que había cogido en el frío estudio, mientras Caswell le bajaba un álbum lleno de pruebas de tarjetas de saludo. 

Mientras avanzaba por el camino empedrado, dirigiéndose hacia la zona de aparcamiento, McAlbin metió las manos en los bolsillos de su impermeable. Unas dos docenas de cabañas se extendían por las cinco o seis hectáreas de terreno de Paxville. 

La hierba y los arbustos se veían limpios y cuidados; la mayor parte de las flores empezaban a descolorarse y a marchitarse. McAlbin había llegado hasta aquí, en Connecticut, impulsado por un presentimiento. «Estoy en lo cierto», se dijo a sí mismo. Subió a su coche y se dirigió hacia la ciudad.

.-.-.-.-.-.-.-

Las hojas secas se inclinaban y caían, chocando contra las pequeñas ventanas emplomadas de la galería de arte de Brimstone. McAlbin se colocó un puño pálido en el bolsillo de su abrigo y produjo con su lengua un sonido que trataba de ser un débil eco del viento y de las hojas muertas. 

«No, no», murmuró. Estaba ahora de pie, apoyado contra una de las paredes de la gran sala de la galería, después de haber pasado cuidadosamente de un cuadro de Granny Goodwaller a otro. Ahora se había detenido ante una luminosa escena de niñas pequeñas que le estaban colocando una silla de montar a un poni, en medio de un campo veraniego: figuras pequeñas, un poni de patas tiesas y color marrón. «No», repitió McAlbin.

—De ninguna manera —dijo una voz amable justo a su lado.

McAlbin se volvió dándose cuenta de la presencia de una jovencita de pelo castaño, cuyo rostro aún estaba arrebolado a causa del viento mañanero que soplaba en el exterior.

—¿Perdón? —dijo él.

—Estabas mirando de un modo negativo y sólo quería asegurarte que las niñas también tienen ponis de ese color —las pecas configuraron dos débiles arcos bajo sus luminosos ojos—. Yo lo tuve, por ejemplo.

—Estás tranquilizándome —dijo McAlbin—. Cuando era chico nunca tuve un poni, aunque sí una bicicleta. Mi tío la pintó con el mismo color que ese feo caballo.

—No pareces sentir mucha simpatía por el trabajo de Granny.

—No. Si esta rama del arte dependiera de gente con la misma clase de gusto que yo, me temo que no tardaría en desmoronarse toda tu industria sobre Granny Goodwaller.

—No se trata exactamente de mi industria —dijo la chica—. Yo soy copropietaria de una tienda de regalos situada cerca de Paxville Village.

—A propósito, me llamo Roy McAlbin —le dijo—. Soy un periodista libre. ¿Quién eres tú?

—Nan Hendry —dijo la joven, sonriendo tranquilamente—. ¿Entonces no has venido a esta parte de Connecticut para ver nuestras famosas pinturas?

—Sí, aunque no exactamente para admirarlas.

Nan se llevó la mano izquierda a la mejilla, pasándosela por el arco que formaban las pecas.

—No te acabo de entender.

—Mira, Nan —preguntó—, ¿estarías interesada en que cenáramos juntos?

—Sí, eso podría ser agradable. ¿Quieres decir esta misma noche?

.-.-.-.-.-.

McAlbin volvió a llenar su copa y dejó la botella de vino sobre la mesa, cerca de su mano.

—Me agrada esta pequeña posada —le dijo a Nan— y este pequeño restaurante. Existe en todo el lugar una cierta sensación de europeísmo —los leños colocados en la cercana chimenea crepitaban y se movían, y él se detuvo un momento.— Aunque no deberían servir este vino de Nueva York. No, los únicos vinos buenos de tipo doméstico proceden de unos cuantos vinateros de California, muy poco conocidos.

—¿Has estado en muchos sitios? —preguntó la guapa chica—. ¿En Europa y en todos los Estados Unidos?

—Claro. Una de las grandes ventajas del trabajo libre es la de poder viajar. Sólo necesito llevarme la cámara fotográfica, un poco de ropa limpia y mi máquina de escribir portátil. En realidad, ni siquiera la necesito porque puedo tomar notas taquigráficas; en cuanto a la historia, la puedo escribir más tarde en alguna máquina alquilada, o simplemente la puedo telegrafiar. Todo depende de para quién esté trabajando.

—¿Y quién es en este caso?

—Por ahora, para nadie. No voy a decir nada sobre todo esto hasta que no consiga más material. Después, me dirigiré a alguna de las revistas semanales de noticias, o bien a una revista ilustrada. Les venderé toda la historia por unos honorarios adecuados, sin mayor compromiso.

—¿Qué estás investigando exactamente? No es que trate de fisgonear en tu método de trabajo. Sin embargo, siento curiosidad e interés.

McAlbin bebió un sorbo de vino.

—Eso está bien, Nan. Quiero decirte una cosa: uno se encuentra con una gran cantidad de chicas, tanto aquí como en ultramar, que no se preocupan lo más mínimo por lo que hace un tipo como yo. Cualquier clase de conversación profesional las aburre. No es que se trate de chicas especialmente domésticas. Se trata simplemente de unas imbéciles, poco más. Cuando un hombre llega a los treinta años, y ésa es la edad que he cumplido hace apenas tres semanas, la sociedad cree que debe haberse asentado en alguna parte. Sin embargo, yo no puedo ver ninguna razón por la que tenga que hacerlo, especialmente con una imbécil.

—Evidentemente, no estás casado.

—No. La mayor parte de las mujeres no se atreverían a seguir una vida errante como la mía —dijo—. Hace ya seis años que hago este trabajo, casi siete, prácticamente desde que terminé el servicio militar. Te voy a decir otra cosa porque pareces una clase de chica excepcional, una chica capaz de comprender: siento un verdadero impulso por descubrir la verdad, descubrir la verdad y sacarla a la luz. A veces, la verdad hace daño a la gente; en otras ocasiones incluso la destruye. Pero uno no puede dejar que eso preocupe demasiado. La verdad es como una especie de antorcha, y uno tiene que mantenerla encendida.

—Sí, puedo comprender eso, Roy —Nan se tocó la mejilla y sonrió—. Existe una gran cantidad de hombres que no tienen el mismo valor que tú. Eso me hace pensar en mi padre.

—¿De verdad? —preguntó McAlbin echándose a reír—. No es ése mi caso; al menos no lo puedo decir así. Mis padres nunca se atrevieron a hacer demasiadas cosas. Ahora, soy más o menos un huérfano.

—Lo siento.

—Se trata simplemente de la verdad. No hay nada por lo que preocuparse.

—Me siento realmente interesada por tu trabajo, Roy —dijo Nan—. Si quieres hablar sobre el proyecto que ahora llevas entre manos, me gustaría escuchar lo que digas. Supongo que, a veces, la clase de trabajo que haces puede llegar a ser muy solitario.

—Bien —dijo él—. No se trata de material relacionado con ningún escándalo matrimonial, ni con ningún crimen sindical. Ni siquiera se trata de una cuestión política. Sin embargo, creo que hay aquí una bonita y pequeña cosecha y voy a tratar de llegar al fondo de las cosas. Mira, hace un par de semanas me encontraba en San Francisco y vi una exhibición de nuevas pinturas hechas por tu Granny Goodwaller. Pasé por San Francisco sin sentirme siquiera con ánimos para ver a los amigos que tengo allí. Ellos siguen creyendo que estoy en el Pacífico o en algún lugar parecido. En cualquier caso, Nan, tuve oportunidad de ver esas pinturas y algo me conmocionó. No sé cómo es que nadie se ha dado cuenta de ello hasta ahora. Probablemente es porque Granny Goodwaller ocupa un lugar bastante peculiar dentro del arte norteamericano; no se trata de una verdadera artista y, sin embargo, tampoco es una simple pintora comercial. Es una pintora primitivista, de acuerdo, pero que ha alcanzado un gran éxito. Y que es muy rica.

—¿Qué es lo que notaste? —preguntó Nan, inclinándose hacia él.

—Las pinturas son falsas —dijo McAlbin.

Nan quedó fuertemente impresionada y frunció el ceño.

—¿Quieres decir que alguien está vendiendo pinturas falsificadas de Granny Goodwaller?

—Eso fue lo primero que pensé —dijo McAlbin—. Así es que con mucho cuidado y lo más sutilmente que pude, hice algunas preguntas a la gente de la galería de arte. Se trataba de una tranquila galería de arte situada en la Post Street, y conseguí descubrir que recibían las pinturas de Paxville, Connecticut, de la galería instalada en la ciudad residencial que ha estado manejando los ingresos de Granny desde hace varios años.

—Pero, Roy —dijo la chica—, ¿qué puede significar eso?

—Si estoy en lo cierto —contestó—, y tengo bastantes conocimientos de pintura como para estar bastante seguro, eso significa que en Paxville está sucediendo algo malo. Mira, Nan, ya he descubierto con anterioridad un par de casos de fraudes artísticos, aunque las falsificaciones se referían a pinturas de maestros antiguos. Estoy seguro de que la docena de pinturas que pude contemplar en San Francisco son falsificaciones. También sucede lo mismo con la mayor parte de las que están exhibidas en Paxville, con diez de las quince que se encuentran en la galería de Brimstone, donde nos encontramos esta mañana.

Nan respiró profundamente.

—¿Qué crees que está sucediendo exactamente, hoy?

—Puede suceder que Granny, que ya tiene noventa años, no pueda realizar todo ese trabajo con la rapidez con que solía hacerlo y disponga de un ayudante para asistirla en el cumplimiento de los pedidos —se reclinó en el asiento, poniéndose cómodo; la luz del fuego de la chimenea se reflejó en su rostro rechoncho—. Sin embargo, Nan, he venido aquí porque se me ocurrió otra idea, que ahora estoy tratando de comprobar.

—¿Cuál es tu teoría?

—Toda la instalación de Paxville se encuentra en un recinto privado —dijo McAlbin—. Lo he comprobado. También he descubierto que Granny Goodwaller no tiene parientes cercanos. Suponte que la anciana se haya dado un golpe y ya no pueda pintar más —se restregó la copa de vino contra su mejilla—. Suponte, que es lo que realmente me intriga, suponte que la anciana y la decana de los pintores primitivistas norteamericanos se puso enferma y murió. Puede que a la gente que está alrededor de Paxville le interese aparentar que está viva.

—Eso sería terrible —dijo la chica—. ¿Por qué razón va alguien a pretender que Granny esté viva si ha muerto realmente?

—Mientras las pinturas de Granny sigan saliendo de su estudio, seguirá llegando a Paxville una gran cantidad de dinero. Caswell y un par de sus hombres son socios en una empresa que comercia con la venta de las pinturas de Granny, comercializándolas. Como ya sabes, además, también utilizan sus pinturas para confeccionar tarjetas de saludo y calendarios.

—Sí, yo misma los vendo en mi tienda de regalos —Nan dejó descansar sus delgadas manos sobre la mesa, sacudiendo la cabeza—. Supongo que lo que tú sugieres es algo remotamente posible, Roy. Sin embargo, parece algo demasiado terrible para que alguien se atreva a hacerlo. ¿Qué dicen las otras personas con las que has discutido tu teoría?

—No soy de esa clase de tipos que se confían a todo el mundo —dijo McAlbin con suavidad—. Normalmente, no lo hago.

—Bueno, aprecio que hayas confiado en mí. Tu teoría es bastante inquietante.

—No se trata únicamente de una teoría —dijo él—. Cuando estuve en Paxville hace un par de días me llevé de allí una espátula y una taza de té, que se supone pertenecen a Granny. Una vez que termine aquí voy a hacer que comprueben las huellas digitales en Washington..., y hay huellas digitales suficientes para realizar esa comprobación.

—Está bien —dijo Nan—. ¿Y cuánto tiempo te quedarás aquí?
—Aún quiero dar un vistazo a la cabaña de Granny en los terrenos de Paxville —dijo McAlbin—. Y como quiero mantener mi mente muy abierta, hasta intentaré ver personalmente a la propia Granny.

—Quizá pueda ayudarte.

—¿De verdad?

Ella volvió a fruncir el ceño.

—Pensaré sobre este asunto y ya te diré algo —dijo ella.

—De todos modos, he estado hablando demasiado de mí mismo —observó McAlbin—. Cambiemos de tema, Nan. Habla de ti misma.

La joven miró sus manos, bajando la mirada y mordiéndose el labio. Después, sonrió, mirándole a él.

—Está bien, Roy...

.-.-.-.-.-.-.-

El día siguiente amaneció seco y claro. A las diez de la mañana, Nan le llamó. McAlbin había estado sentado sobre el borde de la cama, en su habitación de la posada Brimstone, tomando notas en uno de los cuadernos de colegial que le gustaba utilizar.

—Creo que puedo ayudarte —dijo la joven.

McAlbin garabateó su nombre en el margen del cuaderno.

—¿De qué modo, Nan? No quiero que te mezcles en este asunto de Paxville.

—Lo que me contaste anoche resultó algo muy inquietante para mí. No me gusta que se haga una cosa así precisamente aquí —dijo ella—. Está bien, dices que no estás absolutamente seguro. Creo que deberías estarlo. Y creo que puedo ser capaz de ayudarte a encontrar algo más.

—Lo aprecio mucho, Nan. Sin embargo, hay riesgos...

—No dejes que te eche abajo tus planes, Roy. Pero, en cualquier caso, tengo una idea.

—Adelante, dímela.

—Conozco a uno de los celadores de Paxville Woods. Independientemente de lo que pienses que está sucediendo allí, te puedo asegurar que Ben es un hombre honrado.

—Ben, está bien, ¿y...?

—Me dijiste que querías penetrar en el interior del recinto para echar un vistazo a la cabaña donde vive Granny.

—Así es. ¿Quieres decir que ese amigo tuyo, el honrado Ben, puede introducirme en el recinto?

—Se lo puedo preguntar. Pero primero quería estar segura de que tú estabas de acuerdo.

McAlbin asintió con un movimiento instintivo de cabeza hacia el receptor.

—No parece mal.

—Me pondré en contacto con Ben y trataré de organizar algo para esta noche, o para cualquier noche no muy lejana —dijo la joven con su voz suave y amable—. Si no te importa, me gustaría llevarte allí en mi coche.

—No estoy convencido de que eso sea muy seguro para ti.

—Roy, quiero ayudarte, por favor.

—Está bien, Nan —admitió, asintiendo de nuevo.

—Te llamaré pronto, en cuanto sepa algo.

—Gracias, Nan. Te lo agradezco.

Poco menos de dos horas después, ella le volvió a llamar.

Aquella tarde, McAlbin se encontraba envuelto en el pesado crepúsculo, escuchando. Todo a su alrededor estaba rodeado por una estremecedora tranquilidad. Extendió la mano y tocó la puerta de hierro en la enorme verja que rodeaba todo el recinto. Después, muy lentamente, hizo girar la manija. La puerta se abrió y no sonó ninguna alarma. Dio un suspiro. El amigo de Nan había cumplido lo prometido. 

McAlbin atravesó la puerta y la volvió a cerrar tras él. Se encontraba en el bosque, lleno de árboles rectos, cuyas hojas caídas crujían al ser pisadas. Avanzó lentamente hacia la colina, moviéndose lo más silenciosamente que pudo.

Tras haber descendido unos minutos, vio las luces de las cabañas que deseaba encontrar. En aquel sector, tres de las seis cabañas tenían luces encendidas. McAlbin se detuvo, aún en el bosque, y sacó de un bolsillo un croquis hecho a lápiz. 

La cabaña de Granny era la tercera de la izquierda. Levantó la mirada del dibujo, dirigiéndola hacia las cabañas. En la de ella había ventanas iluminadas. Plegó el papel y sacó su cámara fotográfica en miniatura.

No había sirvientes cerca de la cabaña. Permaneció a la sombra de los árboles y se aseguró de ello. Después, mientras la noche comenzaba a caer lentamente a su alrededor, McAlbin avanzó por el campo. Se inclinó bastante al llegar cerca de la vivienda de Granny y se aproximó paralelamente al seto que la rodeaba. Después, se fue elevando, mirando muy cuidadosamente hacia la ventana iluminada.

Una radio estaba tocando música antigua en su interior. Escuchó el sonido producido por el balanceo de una mecedora. McAlbin ajustó su cámara y se aproximó a la ventana. Se levantó por completo y pudo mirar hacia su interior. Había un caballete en la habitación construida con troncos de pino. 

Sobre el caballete vio una pintura, semiacabada, de gente menuda en un trineo. McAlbin vio una cabeza gris y una espalda cubierta por un chal de lana. Una mano estaba extendiendo débilmente una turbia pintura marrón sobre los flancos de un diminuto caballo. Hizo una fotografía.

La mano dejó entonces la espátula a un lado, se quitó la peluca gris. Caswell se levantó, se quitó el chal de la espalda y apuntó una pistola directamente hacia la ventana.

McAlbin saltó, corrió... en una nueva dirección, tratando de no seguir el mismo camino por donde había venido.

Las últimas luces del día habían desaparecido y una suave oscuridad azulada llenaba todo el bosque. Los árboles terminaron por convertirse en sombras negras. Sin embargo, se sentía rodeado por una tranquila y ominosa claridad. 

McAlbin se apretó los fuertes dedos de sus manos contra su blando pecho, aspirando la mayor cantidad de aire que pudo. Trató de respirar en silencio, pero no podía evitar un ligero silbido mientras subía lentamente por la colina, atravesando el bosque.

Se detuvo un momento, escuchando para ver si alguien le perseguía, pero no oyó nada. Una tenue y fría neblina se estaba extendiendo por entre los desnudos troncos de los árboles. Continuó su camino hacia arriba. Las hojas crujían a cada paso que daba, por mucho cuidado que llevara, señalando así el camino que seguía. 

McAlbin se detuvo de nuevo, escuchando con atención. No escuchó ningún sonido, a excepción de los que él mismo producía. Sus costillas empezaban a dolerle, apretándole los pulmones. Suspiró y reanudó su ascenso.

McAlbin no podía seguir una marcha rápida entre los árboles. Tuvo la impresión de que estaban cambiando de posición. Deteniéndose, echó un vistazo hacia la fría oscuridad. Inhaló aire con rapidez, sobrecogido. En la cresta de la colina había alguien, de pie, en silencio y esperando. Alguien estaba esperando pacientemente, oscuro y recto, como uno de los árboles muertos. 

Estaba seguro de que allá arriba había alguien, un hombre, justo a su izquierda; probablemente, se trataba de uno de los mozos, un hombre grande y ancho que se le había anticipado. McAlbin se agachó, dejándose caer sobre sus manos y rodillas y empezó a avanzar lentamente, apartándose de la figura que le esperaba. Se mantuvo agachado, arrastrando sus delicadas palmas y rodillas sobre las espinas y los trozos astillados de ramas caídas. 

Algunos minutos después, se levantó, explorando los contornos, volviendo a dejarse caer con rapidez. Había alguien más, recortado sobre el horizonte, esperándole; otro hombre, de pie, con los brazos cruzados y las piernas separadas; se trataba de una figura imprecisa, borrosa a causa de la creciente neblina, pero, sin duda alguna, estaba allí.

Empezó a arrastrarse en una nueva dirección, ahora con mayor lentitud. Trató de no hacer ningún ruido, de moverse y respirar sin atraer ninguna atención. La neblina se espesó, aumentando el frío de la noche a medida que esta avanzaba. McAlbin miró su reloj. Se dio cuenta entonces de que sólo hacía trece minutos que estaba en el bosque. Suspiró de nuevo y siguió avanzando.

Mucho tiempo después, aunque en realidad sólo habían pasado unos once minutos, llegó a una esquina del bosque y vio ante él el pequeño claro del camino donde Nan había aparcado su coche. Ella seguía allí; el vehículo se dibujaba borrosamente entre las sombras, bajo las ramas bajas de un árbol de hoja perenne. 

Sin preocuparse entonces por las alarmas, McAlbin corrió hacia la cerca de hierro, buscó un hueco adecuado y saltó sobre ella. No sonó ninguna alarma.

Cayó en el terreno exterior del recinto y corrió hacia el coche. Abrió la puerta del asiento situado junto al del conductor y se introdujo en el coche.

—Larguémonos de aquí —dijo y, de pronto, se detuvo, quedando inmovilizado por la sorpresa.

Caswell estaba sentado ante el volante y tenía en la mano derecha el mismo pequeño revólver con el que le había apuntado antes. Utilizando su mano izquierda, la extendió y pulsó el conmutador de la radio del vehículo.

—Tratando de conseguir un informe meteorológico. Parece como si mañana pudiéramos tener nieve. Todo parece indicarlo así, ¿no le parece?

McAlbin recuperó su respiración, dando una boqueada y preguntó:

—¿Dónde está Nan?

—Uno de mis empleados la llevó a casa.

—No puede seguir con todo esto, Caswell; no me puede seguir la pista como si se tratara de cazar a un animal salvaje, y tampoco puede raptar a Nan Hendry. Estamos en una zona suburbana de Connecticut, y no en un antiguo reino feudal.

—Ella no ha sido raptada; se encuentra perfectamente —dijo Caswell—. Sucede sencillamente que Nan parece estar de nuestra parte, como muchas otras personas. Usted mismo, míster McAlbin, indicó la gran cantidad de residentes de nuestra zona que dependen de Granny para vivir. Entre unas cosas y otras, la anciana representa aproximadamente un millón y medio anual para todos nosotros. Cuando murió esta primavera pasada, decidimos ignorar el hecho. Su estilo, terriblemente simplista, resulta muy fácil de imitar. Un joven artista, amigo de Nan, pinta para nosotros los nuevos cuadros de Granny. Nadie, excepto usted, ha descubierto nuestra pequeña operación.

—Cometí un error al confiarme a Nan, ¿verdad?

—Nunca se confíe a nadie si no tiene necesidad de hacerlo —replicó Caswell—. Desearía que un par de docenas de personas, tanto dentro como fuera de Paxville, no tuvieran por qué estar enteradas del asunto de Granny. Sin embargo, un plan tan complejo como este requiere a menudo contar con un gran número de participantes.

—Se supone que Granny Goodwaller ya tiene noventa años. ¿Durante cuánto tiempo cree que la va a poder mantener con vida?

—Por lo menos durante otros cinco años —dijo Caswell—. Eso nos reportará más de cinco millones de dólares; quizá más si conseguimos realizar un par de proyectos mercantiles en los que estamos trabajando ahora. Después, podremos permitirnos el lujo de hacerla morir. La codicia se apoderaría de todos si tratáramos de mantener el asunto de un modo indefinido; además, podrían surgir sospechas. Afortunadamente, Granny, al igual que usted, no tenía familiares inmediatos, nadie que nos pudiera causar problemas. Ella también era una persona que sólo dependía de sí misma y de su trabajo.

—Yo no dejo de tener ciertas conexiones. ¿Qué está usted pensando hacer?

—Sé que posee usted un tenaz y a menudo cruel espíritu de dedicación a la verdad —dijo Caswell—. ¿Dejarle marchar? No, eso no funcionaría para nosotros. No se le puede sobornar, ni se puede confiar en usted para que mantenga la boca cerrada. Por otra parte, me preocupa esa taza de té que cogió. Puede que mis huellas estén en ella, y también están en los archivos de ciertos lugares. No, durante todo ese tiempo no le podremos dejar marchar.

—¿Qué forma tan arrogante de hablar es esa? ¿Cree usted que me puede asesinar simplemente porque he descubierto su juego?

—No vamos a asesinarle, míster McAlbin —replicó Caswell—. Sólo vamos a mantenerle aquí y a evitar que nos cause problemas.

—¿Cómo cree que va a poder mantenerme aquí, en una vieja cabaña y entre unos viejos?

—Eso es algo bastante simple —dijo Caswell.

La puerta situada detrás de McAlbin se abrió y alguien puso una mano sobre su boca, tiró de su cuerpo y le sacó del coche.

Al cabo de una semana le habían arrancado todos los dientes, teñido el cabello de blanco, arrugado la piel y le habían alojado en un bungaló de cuidados intensivos donde le administraron drogas. 

Le dijeron que era un anciano muy enfermo... y, durante un largo período de tiempo, él creyó lo que le dijeron.

La isla de los antropólogos - Iban Zaldua

Las islas Mouk son el paraíso del antropólogo moderno. Cualquiera puede comprobar, hojeando los índices de Current Anthropology o de American Anthropologist, la popularidad de que gozan estas islas. No hay menos de dos artículos por año y cada lustro, por término medio, ven la luz dos estudios monográficos de mayor o menor envergadura sobre uno o más aspectos de su sociedad, su cultura o su socioecología. 

Y no son más que algunas de las tesis doctorales —las elegidas— que sobre el tema se leen, año tras año, en las diferentes facultades de antropología y filosofía de Europa y Norteamérica.

Conocidas en el mundo occidental desde el primer viaje de Cook, que repostó en la mayor de las islas, a las que denominó —un poco rimbombantemente— Glory Islands, no empezaron a interesar verdaderamente a la antropología hasta los años setenta. 

Las descripciones anteriores son muy vagas: alejadas de las líneas de navegación, las Mouk, pequeñas y —en opinión de los marineros europeos— pobres, fueron olvidadas por comerciantes, soldados y misioneros. Algunos investigadores han resaltado, recientemente, la ausencia de noticias sobre la vida y costumbres de sus habitantes en las escasas referencias anteriores a la Segunda Guerra Mundial (Juárez, 1987). 

Los japoneses ni siquiera se dignaron ocuparlas entonces. Los norteamericanos se conformaron con instalar en 1943 un puesto de radio custodiado por tres o cuatro soldados, que fue desmantelado enseguida, en 1946, cuando las Mouk volvieron a quedar bajo soberanía británica. Los ingleses reconstruyeron el puesto de radio, le añadieron una estación meteorológica y siete barracones y, casi sin darse cuenta, plantaron la semilla de Winstontown, hasta la fecha la única ciudad del archipiélago.

Nuestra historia da comienzo pocos años más tarde, en 1948. Feargal Fischer, un irlandés recién licenciado en antropología por la Universidad de Glasgow, llega a las islas Mouk con la intención de recoger material sobre las costumbres y usos de los indígenas, consigue el permiso de uno de los clanes —así los denomina él— para vivir entre ellos y pasa tres largos años de estudio, privaciones y trópico. 

De vuelta a su Dublín natal publica un digno ensayo, The Moukians: A South Pacific Society, que conoció tres ediciones y —cuentan— fue muy alabado por Evans-Pritchard en sus clases (Fischer, 1951). En él, Fischer nos describe la sociedad de la isla principal, de economía basada en una agricultura de subsistencia, como patriarcal y patrilineal y con fuertes valores militaristas (los clanes luchaban sin cesar entre sí). 

Desgraciadamente, la prematura muerte de Fischer en un accidente de motocicleta le impidió viajar de nuevo allí para ahondar en sus investigaciones, especialmente en lo referido a algunas cuestiones que no quedaron suficientemente claras en su primer trabajo, como el rol de las denominadas «mujeres-tiburón» a la hora de elegir al jefe de guerra, o la relación con la cosmología mouk de las escarificaciones a las que se sometían los adultos una vez se habían cobrado su primera presa de caza. El estudio de Fischer quedó, sin embargo, como una de las pequeñas obras clásicas de la antropología irlandesa de la época.

Ningún científico social se volvió a preocupar de las islas Mouk hasta finales de los años sesenta. Entretanto, Su Graciosa Majestad, sin que nadie se lo pidiera, concedió la independencia a las islas y, casi al mismo tiempo, un empresario hotelero neozelandés, Wayne Townshend, erigía en Winstontown el primer apartamento de lujo de la isla. 

«Las Mouk, un paraíso en la Tierra» fue el lema que acompañó a unas cuantas fotografías de las playas de las islas, eje de una campaña publicitaria que adornó las paredes de unas cuantas agencias de viajes. La campaña no tuvo, en un principio, demasiado éxito: el viaje en hidroavión hasta las islas resultaba caro y otros destinos atraían el interés del turismo masivo. 

Puede que fuera la visión de esta propaganda repugnante y capitalista la que animara a Pierre Roulat, licenciado en Sociología y Antropología por Nanterre, a decidir el tema para su tesis de doctorado: ya veía el título, Colonialisme, néocolonialisme et capitalisme. La destruction d'un monde traditionnel: les îles Mouk, impreso en la portada de algún libro de la editorial Maspero (Crandell, 1981). Claro que aquel largo lema correspondía solo a sus hipótesis de partida, pero estaba seguro de que lograría demostrarlas.

Roulat conocía la obra de Fischer, que circulaba —es un decir— por las librerías francesas en una no muy cuidada traducción. Preveía que la irrupción del turismo habría cambiado las cosas en Mouk, y estaba dispuesto a desenmascarar de qué manera. Además, había algunos aspectos de la forma de trabajar de Fischer que no le convencían. 

Por ejemplo, el investigador irlandés nunca llegó a dominar del todo la lengua local y se valió durante su estancia entre los nativos de un antiguo boy de los soldados norteamericanos que chapurreaba algo que, en todo caso, tenía un marcado acento tejano. 

Por ello, Roulat empleó los dos años siguientes en estudiar lenguas micronésicas en la Universidad de Sídney, y los primeros meses que pasó en las Mouk los dedicó a ahondar en la variante lingüística local.

Fueron tres años intensos, durante los cuales Roulat fue de sorpresa en sorpresa. Casi nada coincidía con lo que Fischer había descrito en su libro. Las diferencias eran tales, que Roulat llegó a dudar si el irlandés había estado en el mismo archipiélago que él. Pero no podía ser: las palabras que aparecían en el texto de Fischer eran las mismas por las que preguntaba a los nativos una y otra vez. Eso sí, describían conceptos, prácticas y situaciones muy distintas a las recogidas por Fischer. 

Roulat encontró una población minúscula, que vivía de la pesca, la recogida de moluscos y la recolección. Las comunidades tradicionales no establecían casi ningún contacto con los extranjeros y, para su sorpresa, no parecía que el débil turismo, dominado por empresarios neozelandeses y australianos, hubiera tenido influencia alguna en la sociedad mouk. 

Las mujeres gozaban de una preeminencia tal que, según Roulat, las descripciones de poliginia, malos tratos y sumisión que aparecían en el libro de Fischer resultaban simplemente increíbles. Los cánticos «guerreros» que había traducido el irlandés no eran, según este investigador, más que invocaciones a la Madre Universal para que la pesca y la caza fueran abundantes. 

Las «mujeres-tiburón», aparte de constituir la memoria de la colectividad mouk, ostentaban, claramente, la jefatura de los clanes, por lo que Roulat se atrevió, en su libro, a calificar a aquella sociedad de matriarcal.

Redactó el libro en menos de tres meses, ya de vuelta en París. Aquello era una bomba académica. Las seiscientas cincuenta y cuatro páginas, coloristas y casi literarias, de Les vraies îles Mouk: une étude anthropologique (1969), aunque le valieron a Roulat la expulsión de los círculos trotskistas y feministas que frecuentaba antes de su partida, cautivaron a la comunidad científica y provocaron una de las más agrias polémicas que se recuerdan entre académicos franceses y anglosajones. 

La Reivindicación de la obra de Fischer partió, como no podía ser menos, del Fischer Memorial Institute of Ethnology de Cork, cuyos miembros estaban consternados por la radical crítica que se hacía en el libro al maestro y a sus métodos. El FMIE convocó aquel año, por primera vez, una sustanciosa beca para financiar estudios antropológicos en la Polinesia y la Micronesia, beca que se ha venido ofreciendo año tras año hasta el día de hoy, y que se concede invariablemente a proyectos centrados en la sociedad de las Mouk, siempre con el inconfesado deseo de desbaratar las críticas de Roulat a Fischer. Así fue, por lo menos, durante los primeros años. Porque los resultados han dejado bastante que desear.

Los cinco artículos que, a partir del estudio de las leyendas y el folclore mouk, publicó el equipo formado por Anna Winter y Claus McAdam, beneficiarios de la primera beca concedida por el FMIE, destrozaron las conclusiones del estudio de Roulat, al que calificaban de «descriptivo y poco riguroso» (Winter & McAdam, 1971, 1972a, 1972b, 1972c, 1973). Y, sin embargo, tampoco confirmaban los extremos que constituían la columna vertebral del libro de Fischer. 

La sociedad mouk estaba basada en una economía recolectora que sacaba provecho de la abundancia de frutos y bayas del bosque tropical. No hallaron indicios de que alguna vez hubieran practicado la caza y, aparte de los moluscos que recogían en las playas, tampoco parecían conocer el arte de la pesca. Consiguientemente, no encontraron indicios de armamento ni de actividad guerrera. 

El hecho de que averiguaran que las «mujeres-tiburón» eran, a la postre, hombres que se travestían para una especie de función de teatro ritual les puso sobre la pista para demoler las tesis matriarcalistas del francés. La preponderancia de las mujeres en la sociedad mouk habría sido, según Winter y McAdam, producto de la calenturienta imaginación de Roulat, pero lo cierto es que tampoco pudieron confirmar algunos de los asertos de Fischer: aunque los hombres dominaban todas las parcelas de la vida de las islas, no se podía decir que ejercieran una hegemonía sin límite sobre las mujeres, a las que trataban en un plano de relativa igualdad.

Como puede suponerse, la controversia que originaron los artículos fue mayúscula y las expediciones se multiplicaron en los siguientes años. Y no solo las inglesas y las francesas: antropólogos norteamericanos, rusos, japoneses, austriacos, indios y australianos acudieron, en sucesivas oleadas, a depositar su granito de arena en el acervo científico de la humanidad. 

Ninguna revista especializada se quedó sin su monográfico dedicado a las islas (sería demasiado prolijo enumerar siquiera los estudios más decisivos; una buena bibliografía la encontramos en Chapman, 1991; para un resumen de las publicaciones más recientes, consultar Vries, 1999). 

La fama de las Mouk sobrepasó, de hecho, las fronteras de la ciencia antropológica, impulsando la llegada de muchos amantes de los viajes exóticos: el turismo se ha convertido, desde 1982, en la primera fuente de la renta nacional, desplazando a —según el estudio que se utilice— la pesca, la agricultura de subsistencia o el plátano para la exportación.

La fama de las Mouk ha atraído también a estudiosos ajenos al campo de la antropología: el lingüista vizcaíno J. Lakarra ha relacionado varios giros de la lengua mouk con estructuras pragmáticas subyacentes en la obra del padre Larramendi, dando pie así a una nueva hipótesis sobre la filiación de la lengua más antigua de Europa, aunque, como el propio autor señala, sean necesarias nuevas investigaciones que la confirmen o, en su caso, invaliden (Lakarra, 1992). 

Incluso el recordado naturalista Félix Rodríguez de la Fuente llegó a rodar un capítulo sobre «La rata pinta de las Mouk», que permanece inédito en los sótanos de Radio Televisión Española. De cualquier manera, ninguna de las publicaciones posteriores aclaró las cuestiones suscitadas. Nadie podía exponer, a ciencia cierta, cómo era la sociedad de las Mouk. 

Los extremos citados en el último artículo eran invariablemente matizados, cuando no demolidos, por los que se publicaban al año siguiente. En muchas universidades, el epígrafe dedicado a las islas Mouk en la asignatura correspondiente desapareció de los planes de estudio: era virtualmente imposible seguirle la pista.

Lo cierto es que las ciencias avanzan, aunque sea lentamente, hacia la verdad: esto es innegable. Aunque la solución al enigma de las Mouk no esté del todo clara aún, han empezado a extraerse algunas hipótesis plausibles. 

Un artículo publicado por Allison Millcave (1990) apunta la idea de que los mouk constituirían una «sociedad-camaleón», capaz de transformarse a sí misma para presentar una imagen, distinta cada vez, a los sucesivos visitantes. Esta característica habría constituido en el pasado un mecanismo defensivo y, hoy en día, siempre según Millcave, un cebo para atraer antropólogos, turistas y, a la postre, riqueza a las islas. 

La autora destaca que uno de los pocos rasgos comunes a casi todas las investigaciones es la nula relación que se aprecia entre la sociedad tradicional de las islas y el mundo del turismo que se concentra en torno a Winstontown.

De hecho, aunque las formas varían de uno a otro estudio, todos ellos subrayan la dureza con la que tratan los mouk a aquellos que tienen contacto con los «blancos» o se van a vivir con ellos. Estos son expulsados de la comunidad con un ceremonial que, aunque desgraciadamente cambiante, siempre es vistoso. 

Lo que contrasta vivamente con la amabilidad con la que han solido tratar a los antropólogos que les visitaban. Como afirma una posterior reseña de Wong (1991), la relación entre estos dos hechos no queda excesivamente clara en el —siempre según Wong— torpe trabajo de Millcave, pero admite rotundamente la intuición de esta sobre el engaño antropológico como base de la sociedad mouk (aunque él prefiera denominarla «comunidad-manto»). 

En resumen, la sociedad de las Mouk sería, según estos y otros trabajos posteriores, un gigantesco fraude (ver, una vez más, la documentación reseñada en Vries, 1999).

Aunque esta teoría se afianza hoy día como la correcta, esto no quiere decir que el interés por las islas decaiga. Los trabajos emprendidos desde entonces en base a esta hipótesis de partida no han resultado ni mucho menos concluyentes. Las encuestas realizadas para ahondar en las bases de los dispares comportamientos sociales observados han arrojado respuestas más que divergentes y han encendido vivas polémicas. 

Una línea de investigación se empeña en fijar cuál es la verdadera estructura de la sociedad mouk, su esencia, mientras que otra escuela, más relacionada con la semiótica, considera imposible esa pretensión. Las cambiantes respuestas de los mouk, que en ocasiones parecen admitir el engaño, no ayudan mucho.

Entre tanto, el negocio turístico de la isla prospera, las expediciones de estudiantes de segundo ciclo y doctorado no cesan y la renta nacional sigue creciendo. A las legiones de antropólogos se han sumado ahora apresuradamente equipos de investigación multidisciplinares, o formados exclusivamente por sociólogos, interesados por el pujante movimiento ecologista indígena contra las pruebas nucleares que el Gobierno francés piensa llevar a cabo en un atolón vecino. 

Movimiento que, por lo que sabemos, puede no durar más que un suspiro y ser sustituido por la conversión al catolicismo de la mayoría de la población, una pasión repentina por la comida china o vaya usted a saber qué.

Dormir, acaso soñar - Mel Washburn

La cena había sido sencillamente horrible —el asado carbonizado, la verdura recocida—, y Oliver Evans no se había comportado de forma demasiado amable. Después de cada uno de aquellos platos incomibles se había mofado de los esfuerzos culinarios de su esposa confiándoles a los dos invitados que ella nunca había sido capaz de cocinar nada que valiese la pena.

—Será mejor que vuelvas a poner esto en la olla otro rato, Mary comentó mientras sostenía en lo alto una zanahoria lacia y amarilla—. Me parece que todavía está un poco viva. —Y les hacía un guiño sin disimular a los invitados.

—Ji, ji, ji —cacareaba el pequeño profesor—. Yo no dirría «un poco viva», ¿eh? O uno está vivo o no lo está. Ji, ji. ¿No estoy en lo cierrto, doctorr?

Victor Marx sonrió cortésmente, pero no dijo nada. La vida y la muerte eran los temas de los que habitualmente se ocupaba de forma profesional. No le gustaba nada hacer bromas sobre eso mientras cenaba.

Mary Evans se ruborizó.

—Me parece que la cena no estaba demasiado buena, ¿verdad, Ollie?

—Ha estado de pena, querida. Sencillamente espantosa. Pero... —Se inclinó hacia el lado opuesto de la mesa y le dio un húmedo beso en la mejilla—. Todos sabemos que has hecho todo cuanto has podido, aunque el resultado haya sido patético, y te perdonamos. —Eructó, incómodo—. ¡Ah, qué mal sabor de boca! Me recuerda los desarreglos gástricos que solíamos padecer en aquella cofradía de estudiantes. ¿Te acuerdas de la bazofia que nos daba Cookie, Victor?

—Claro que sí, Oliver. Y también recuerdo aquella vez que le echaste jabón al estofado de buey. Toda la cocina se llenó de espuma.

Oliver se echó a reír estrepitosamente.

—Los muchachos se disgustaron terriblemente conmigo, hasta que vieron llegar a los proveedores con los filetes y el helado que había encargado.

—Siempre hacías las cosas a lo grande, Oliver.

—En aquellos días, tenía acceso a los millones del viejo. Pero ahora, con las condiciones del testamento... —Se encogió de hombros—. Ahora no puedo permitirme el lujo de malgastar ni siquiera escamas de jabón.

—Qué encantadores son los rrecuerrdos —dijo el profesor—. Me pasaría horras escuchándolos.

—Sí, apuesto a que sí. —Oliver se limpió la cara con la servilleta y comenzó a dar muestras de impaciencia—. Bueno, ya está bien de hablar de platos y de comida. Pasemos al salón a tomar el café.

—¡Oh, cielo santo! —Mary se puso en pie de un salto—. Se me ha olvidado poner el café en el fuego.

—Porr favorr, querrida señorra, perrmítame. —El profesor se levantó de la silla—. Me considerro en cierrto modo un experrto en el tema Kaffee.

—Oh, no, yo...

—Vamos, Mary —le dijo su esposo—. Deja que el profesor prepare el café. No puede salirle peor que a ti. —Dirigió una sonrisa al profesor—. ¿Sabrá usted hervir el agua sin que se le queme?

—Crreo que sí. Ji, ji.

—Pues entonces es usted un chef de cuatro estrellas comparado con la querida frau aquí presente. Vaya usted tranquilamente a preparar el café.,

—Serrvidor.

El profesor, sorprendentemente ágil para tratarse de un jorobado de cabellos grises, se fue cojeando hacia la cocina. Oliver, su esposa, y el antiguo compañero de universidad del primero entraron en el salón y se sentaron.

—¡Ostras! —gritó Oliver cuando los muelles de su sillón favorito, muy viejo, le pincharon el trasero—. Tenemos que cambiar este trasto, Mary.                                                          

—Oh, cielos, Ollie, no podemos permitirnos... —El marido puso mala cara—. Quiero decir... —La mujer se hundió en un silencio embarazoso.

—No es de buena educación tratar los asuntos financieros cuando hay invitados delante, querida. —Oliver se echó a reír amargamente—. Aunque ya sé que este antro no deja gran cosa a la imaginación —miró con desprecio en torno suyo la andrajosa alfombra, el papel de la pared que se estaba cayendo a tiras, los muebles mugrientos—. Cuesta de creer, ¿verdad, Vic? Mientras nosotros estamos aquí sentados hay más de un millón de pavos que mi padre ganó con el sudor de su frente bien guardados en el banco, pero a mí no se me permite tocar ni un céntimo de ellos.

—Algún día tendremos un hijo, Ollie... —empezó a decir suavemente su esposa.

—No es muy probable que lo tengamos. Ya llevamos diecisiete años intentándolo, cariño. Y resulta que ahora el apuesto joven Evans, el orgullo del equipo de remo de la fraternidad, se ha convertido en el gordo y calvo Ollie, que tiene un empleo de tercera categoría, una casucha cochambrosa y toda la fortuna de la familia encerrada bajo llave en fideicomisos, reservada para unos hijos que nunca van a llegar.

—Y con una esposa que lo adora —añadió Mary.

Oliver sonrió tristemente.

—Sí, eso también.

¡Aquí está el Kaffee! —anunció el profesor alegremente entrando con una bandeja en la que había cuatro tazas—. Ésta parra la anfitrriona... ésta parra el doctorr... ésta parra el anfitrrión —Les tendió sendas tazas—. Lo he prreparrado como lo hacemos en Viena. ¡Esperro que les guste! —Levantó la taza y sorbió ruidosamente—. ¡Aja! Sencillamente perrfecto. Puede que al prrincipio no les guste, perro hay que concederrle una oporrtunidad parra aprreciarrlo bien. Bébanselo hasta la última gota; luego díganme qué opinión les merrece.

Vic se llevó la taza a los labios, pero el olor bastó para hacerlo retroceder, notó un ligero hedor a goma quemada. «Qué porquería más horrible», pensó, pero entonces advirtió que el profesor lo observaba atentamente, de modo que se puso la taza en los labios y bebió. 

El brebaje era tan espeso como el aceite de motor usado, y tenía casi el mismo sabor, pero el profesor, a quien Vic acababa de conocer aquella noche, parecía inocente (aunque excéntrico), y deseoso de agradar. Así que Vic hizo un esfuerzo y apura el contenido de la taza.

—¿Le gusta? ¿O no? —le preguntó el profesor con una sonrisa burlona.

—Un sabor poco corriente. Casi único, diría yo.

El profesor sonrió, satisfecho.

—Y a usted, ¿le gusta? —preguntó a Mary.

—Pues yo... —titubeó—. Encuentro que tiene un sabor terriblemente fuerte.

—Sí, fuerrte. ¿Perro le gusta?

—Oh... oh, sí.

—Entonces bébaselo todo. Debe apurrarrlo hasta el fondo.

—Vamos, Mary, bébetelo —la animó su marido.

—Muy bien. —Vació la taza.

—¡Eso es! ¡Excelente! —El profesor parecía encantado: su café era un éxito.

—¿Así que usted es oriundo de Viena? —le preguntó Vic a fin de entablar conversación.

—No, orriundo no. Estudié allí muchos años. Antes de eso, de niño, vivía en otrro lugarr, en los Cárrpatos. ¿Sabe usted dónde está eso?

—Creo que sí. En Rusia o por ahí ¿no?

—Ji, ji, ji. Porr ahí. De todos modos erra un lugar muy agrradable para crrecerr allí y luego marrcharrse. Perro esto me gusta más.

—¡Oh! ¡Oh, Dios mío! —exclamó Mary.

—¿La he molestado, mi querrida señorra? —El profesor la miró inquisitivo.

—No, es que yo... —De pronto, palideció y pareció asustarse. La cara se le puso brillante a causa de la transpiración—. Yo... —Resbaló del sofá y se desplomó en el suelo.

—¡Querrida señorra! —El profesor se arrodilló junto a ella rápidamente.

—¡Mary! ¿Mary? —exclamó Oliver Evans mientras Víctor Marx salía precipitadamente de la habitación para ir a buscar el maletín negro de médico que tenía en el coche. Cuando volvió a entrar se encontró con que Mary Evans yacía en el suelo y los dos hombres se hallaban de pie, mirándola con semblante solemne.

—¿Cómo está? —les preguntó Vic.

—Examínela usted y díganoslo, porr favorr, herr doctorr —respondió el profesor.

Él y Oliver se hicieron a un lado para permitir que Víctor se arrodillara junto a la postrada mujer.

—No respira —dijo. Le palpó la arteria carótida—.Tampoco tiene pulso.                           

—¿Está usted segurro? —le preguntó el profesor en un tono curiosamente seco.

—Sí, por favor, asegúrate, Vic —dijo Oliver.

Vic sacó el estetoscopio del maletín negro, le desabrochó la blusa a Mary y le auscultó atentamente el pecho.

—Se le ha parado el corazón, estoy seguro.

Cerró el puño y lo levantó diez centímetros por encima del esternón de Mary, dispuesto a aplicarle un masaje precardial que quizá lograse que el corazón de la mujer volviese a latir.

Pero los dedos del profesor, como si fueran una garra, se ciñeron alrededor de su muñeca y frenaron el brazo de Vic con sorprendente fuerza.

—Porr favorr, no haga nada prrecipitado —le dijo—. Sólo dígame, porr favorr, ¿está usted absolutamente segurro de que la vida de la señorra ha cesado?

Vic pensó que aquel viejo debía de estar histérico. Seguro que el horror de aquellos momentos le había puesto fuera de sí.

—¡Oliver! ¡Ayúdame! —dijo.

Pero Oliver se limitó a mirarlo fríamente.

—Contéstale al profesor, Vic. ¿Está muerta Mary? Danos una opinión medica profesional.

—Tú, su marido, no quieres... —Vic balbuceó—. ¿Te niegas a dar tu permiso para aplicarle masajes de reanimación? ¿No quieres que intente salvarla?

—No, no quiero, Vic. Sólo quiero que me digas si está clínicamente muerta o no.

Vic notó que, de alguna manera, se hallaba en peligro. Aquellos hombres actuaban como si estuvieran locos, pero era evidente que la histeria no se había apoderado de ellos: una extraña astucia impregnaba sus acciones.

—Muy bien; la examinaré atentamente. —La palpó; hizo percusión en el pecho; estudió con detenimiento las pupilas de Mary y comprobó los reflejos—. Las funciones vitales han cesado por completo. El cerebro no recibe oxígeno —declaró finalmente—. A todos los efectos, ha fallecido.

—¿Está usted absolutamente segurro? —le preguntó el profesor con los ojos bailándole de forma diabólica, como si se tratara de alguna broma horripilante.

—Absolutamente.

—Bien, ése es el paso númerro uno. —El profesor aplaudió vigorosamente—. Ahora, vayamos con el númerro dos.

—El paso más importante —dijo Oliver.

—Quizá sí.

El profesor salió cojeando en dirección a la cocina, y muy pronto se oyó el entrechocar de las cacerolas y el fuerte tintineo de las tazas.

—¿Qué es eso del paso número dos? —le susurró Vic a Oliver en un aparte.

—Pues hacerla volver a la vida. O, más bien, hacerla salir de ese estado de muerte aparente.

—¿No se trata de una muerte real?

—Francamente, espero que no. El profesor me prometió que no lo sería.

—¿Te prometió...? —Un escalofrío de horror recorrió la columna vertebral de Vic—. ¿Quieres decir que él le ha hecho esto?

—Sí, claro. Con el café. En el de ella había puesto algo especial.

—¡Oh, Señor! —Vic se puso en pie de un salto—. Esto es... ¡horroroso! —Se retorció las manos, consternado—. Ese maníaco ha asesinado a tu esposa y tú se lo has consentido. Cielo santo, Ollie, ¿en qué estabas pensando? ¿Cómo has podido hacer una cosa así?

—Porr favorr, doctorr Marrx, cálmese. —El profesor se encontraba de pie junto a la puerta de la cocina—. La señorra no está muerrta, así que el térrmino «asesinato» difícilmente viene al caso. Lo que hemos hecho ha sido suprrimirrle las funciones vitales, que han quedado a un nivel mínimo: no pueden detectarrse, perro siguen ahí. Si es necesarrio, el sujeto puede sobrrevivirr en este estado durrante meses.

Regresó a la cocina.

—Sí, cálmate, Vic. Lo hecho, hecho está. Ahora, veamos si es capaz de deshacerlo, ¿de acuerdo?

—Pero, ¿por qué, Ollie? ¿Qué propósito tiene todo esto?

—Es una especie de experimento. Si funciona con Mary, pienso llevarlo a cabo conmigo mismo.

—Pero, ¿por qué?

—Para hacerme de una vez con el dinero del fideicomiso. Según la voluntad de mi padre, si yo muero mi esposa recibirá el dinero sin más obstáculos. El viejo siempre sintió debilidad por las viudas y los huérfanos. Así que, suponiendo que este potingue funcione correctamente, me tomaré una dosis y haré que me declaren muerto; Mary recibirá el dinero del fideicomiso y luego el profesor me resucitará. Sencillo, ¿no?                          

—¿Estaba Mary al corriente de todo esto?                   

Oliver pareció incómodo.

—Bueno, aún no. Me figuré que si se lo decía... a lo mejor no habría querido hacer de conejillo de Indias. Aunque, a decir verdad, como es una cabeza de chorlito es muy probable que yo hubiera podido convencerla de todos modos.

El brillo demente que asomaba por el rabillo del ojo de Oliver le recordó a Vic que él mismo también podía encontrarse en peligro en aquel lugar.

—Si te dijera que quiero marcharme ahora mismo, ¿intentarías detenerme?

—No. Diantres, no. Tú te has creído que estaba muerta. Eso es todo lo que quería de ti. Aunque yo diría que, como amigo preocupado, seguro que no quieres moverte de aquí hasta ver cómo sale Mary de todo esto.

—Ya sé cómo saldrá. Está muerta, pobre mujer.

—Siemprre dudando, como santo Tomás, ¿eh, doctorr? —El profesor entró en el salón llevando una humeante taza llena de líquido y algunas otras cosas—. ¿Sigue sin crreerrse que la señorra está perrfectamente bien?

—No me lo creo en absoluto.

—Bueno, sólo tiene que esperrarr cinco minutos y verrá lo que pasa. —Le dio la taza a Oliver—. ¿Quierre sostenerrme esto? —Se arrodilló junto a la cabeza de Mary y, abriéndole la boca, le deslizó un tubo de goma por el esófago—. ¡Todo listo! —Sujetó un embudo de plástico al tubo y vertió en él el contenido de la taza—. Usted tomarrá nota del tiempo —le dijo a Vic.

Vic no apartó los ojos del reloj de pulsera y, al cabo de cinco minutos, vio con sorpresa cómo los párpados de Mary empezaban a agitarse y que ella emitía un profundo gemido.

—¡Ya está! —El profesor le quitó el tubo y el embudo. Al cabo de diez minutos Mary estaba consciente. A los quince minutos los hombres la ayudaron a sentarse en el sofá.

—Nos has tenido terriblemente preocupados, querida Mary —le dijo Oliver—. Te has desmayado, o algo así. —Se volvió hacia Vic con una sonrisa sarcástica—. ¿Quieres examinarla ahora, aunque sólo sea para asegurarnos de que se encuentra del todo bien?

—Puedes jurar que lo haré.

Vic la examinó minuciosamente pero, aparte de una ligera somnolencia, la mujer se hallaba en perfectas condiciones. Le pidió que fuera a su consulta al día siguiente a fin de realizarle más pruebas; así lo hizo Mary, pero no pudo encontrarle nada.

Aunque normalmente no se interesaba por aquella clase de cosas, Vic se sorprendió a sí mismo, durante los días que siguieron, leyendo con avidez las notas necrológicas del periódico local. Y, en efecto, aproximadamente una semana y media después, leyó que su antiguo compañero de universidad, Oliver Evans, había fallecido inesperadamente. Se pedía a los amigos que presentaran sus condolencias en la casa del difunto donde los restos estarían de cuerpo presente hasta el día del funeral.

Cuando Vic llegó a la deteriorada casa, un hombre alto y pálido, ataviado con un brillante traje negro, lo recibió a la puerta y le pidió que firmara en el libro de invitados. Vic advirtió que, aparte del «Profesor Vladislav Xrxdnsyvitch, doctor en Medicina», él era la única persona que había visitado los restos del pobre Oliver. 

En el interior se encontró con que habían arreglado, aunque no reformado, el salón: hileras de velas perfumadas proporcionaban la única iluminación pero, a pesar de ello, se veía perfectamente el papel roto de la pared, la alfombra desgastada y los muebles de ínfima calidad, que estaban apartados contra la pared. 

En medio de la habitación había una tarima cubierta de tela negra y, sobre ella, se hallaba el mueble más atractivo de la estancia, un ataúd de madera barnizada con brillantes adornos de latón. «Debe de haberle costado un buen fajo a Ollie —pensó Vic—. Aunque supongo que ahora está en situación de permitírselo.»

En la cabecera del ataúd se hallaba de pie Mary, toda vestida de negro; tenía un aspecto casi atractivo con el pelo castaño claro bellamente peinado y la cara de luna transfigurada por una dignidad doliente.

—Hola, Vic —le saludó ella en un susurro—. Gracias por venir.

—No podía dejar de hacerlo —replicó él sinceramente—. ¿El profesor vuelve a estar en la cocina?

—¿Qué? Oh, no. Sólo estuvo aquí el tiempo necesario para recoger el dinero que Ollie le debía. Luego se marchó. Tenía que coger un avión.

—¿No dejó nada?

—¿Qué? ¿Te refieres al café? Claro. Lo mantengo caliente en el fogón. Es una cosa muy rara, el último deseo de Ollie...

—¿Fue que el profesor le vertiera café por la garganta en el funeral?

—Sí, ¿no es extraño? Pero el profesor me mostró cómo hacerlo. Y Ollie, en el lecho de muerte, me hizo prometer que lo haría, así que... —Miró con cariño a su marido, tendido en el ataúd—. Siempre tuvo muchas ideas raras, hasta el final. Cielos, voy a echarlo de menos.

—¿Te lo explicó todo? Me refiero a lo de aquel desmayo tuyo.

—Pues no, no me explicó nada; lo que sí me hizo fue un montón de preguntas sobre ello.

—¿Como qué?

—Lo que sentí. Si noté algún dolor. ¡Pobrecito! Estaba tan preocupado por que yo hubiera podido sufrir de un modo u otro en aquellos momentos...

—¿Y fue así?

Ella abrió mucho los ojos.

—Oh, sí, terriblemente. Padecí unas pesadillas espantosas mientras estuve desmayada, Vic. No te puedes hacer idea. Demonios, tormentos y... bueno, sencillamente, cosas horrorosas. ¡Y todo parecía tan real! Te juro que me habría vuelto loca si hubiese durado más de lo que duró. Naturalmente, no le conté nada de esto a Ollie. ¿Qué necesidad había de preocuparlo por mi culpa?

—Claro, ¿para qué?

Vic calculó que el pobre Oliver llevaba viviendo la misma clase de pesadillas casi treinta y seis horas.

Mary le habló con aire ausente de todo el dinero que había heredado y de lo alegremente que se separaría de él con tal de tener de nuevo a Oliver vivo. Luego dejó vagar la mirada por el reloj de pulsera de Vic.

—¡Ay, Dios mío! ¡Qué desastre! —Con ojos llenos de angustia salió corriendo hacia la cocina mientras Vic la seguía muy de cerca—. ¡Oh, Señor, mira eso! —Levantó un cazo humeante del fogón: todo lo que quedaba dentro era una substancia negra y carbonizada que se había quemado hasta el fondo—. Oh, madre mía, el café del profesor se ha echado a perder.

—Metió el cazo chamuscado en el fregadero—. Bueno, tendré que hacer otro nuevo. Al fin y al cabo, el pobre Oliver no notará la diferencia, y yo me sentiré mejor sólo con saber que lo he preparado yo misma. ¿Crees que hago lo correcto? —preguntó volviéndose hacia Vic.

Pero Vic ya se precipitaba como una exhalación hacia el salón y levantaba el puño cerrado, exactamente diez centímetros por encima del pecho de Oliver, con la vana esperanza de resucitar a su amigo sin la receta del famoso café vienes del profesor.