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La isla de los antropólogos - Iban Zaldua

Las islas Mouk son el paraíso del antropólogo moderno. Cualquiera puede comprobar, hojeando los índices de Current Anthropology o de American Anthropologist, la popularidad de que gozan estas islas. No hay menos de dos artículos por año y cada lustro, por término medio, ven la luz dos estudios monográficos de mayor o menor envergadura sobre uno o más aspectos de su sociedad, su cultura o su socioecología. 

Y no son más que algunas de las tesis doctorales —las elegidas— que sobre el tema se leen, año tras año, en las diferentes facultades de antropología y filosofía de Europa y Norteamérica.

Conocidas en el mundo occidental desde el primer viaje de Cook, que repostó en la mayor de las islas, a las que denominó —un poco rimbombantemente— Glory Islands, no empezaron a interesar verdaderamente a la antropología hasta los años setenta. 

Las descripciones anteriores son muy vagas: alejadas de las líneas de navegación, las Mouk, pequeñas y —en opinión de los marineros europeos— pobres, fueron olvidadas por comerciantes, soldados y misioneros. Algunos investigadores han resaltado, recientemente, la ausencia de noticias sobre la vida y costumbres de sus habitantes en las escasas referencias anteriores a la Segunda Guerra Mundial (Juárez, 1987). 

Los japoneses ni siquiera se dignaron ocuparlas entonces. Los norteamericanos se conformaron con instalar en 1943 un puesto de radio custodiado por tres o cuatro soldados, que fue desmantelado enseguida, en 1946, cuando las Mouk volvieron a quedar bajo soberanía británica. Los ingleses reconstruyeron el puesto de radio, le añadieron una estación meteorológica y siete barracones y, casi sin darse cuenta, plantaron la semilla de Winstontown, hasta la fecha la única ciudad del archipiélago.

Nuestra historia da comienzo pocos años más tarde, en 1948. Feargal Fischer, un irlandés recién licenciado en antropología por la Universidad de Glasgow, llega a las islas Mouk con la intención de recoger material sobre las costumbres y usos de los indígenas, consigue el permiso de uno de los clanes —así los denomina él— para vivir entre ellos y pasa tres largos años de estudio, privaciones y trópico. 

De vuelta a su Dublín natal publica un digno ensayo, The Moukians: A South Pacific Society, que conoció tres ediciones y —cuentan— fue muy alabado por Evans-Pritchard en sus clases (Fischer, 1951). En él, Fischer nos describe la sociedad de la isla principal, de economía basada en una agricultura de subsistencia, como patriarcal y patrilineal y con fuertes valores militaristas (los clanes luchaban sin cesar entre sí). 

Desgraciadamente, la prematura muerte de Fischer en un accidente de motocicleta le impidió viajar de nuevo allí para ahondar en sus investigaciones, especialmente en lo referido a algunas cuestiones que no quedaron suficientemente claras en su primer trabajo, como el rol de las denominadas «mujeres-tiburón» a la hora de elegir al jefe de guerra, o la relación con la cosmología mouk de las escarificaciones a las que se sometían los adultos una vez se habían cobrado su primera presa de caza. El estudio de Fischer quedó, sin embargo, como una de las pequeñas obras clásicas de la antropología irlandesa de la época.

Ningún científico social se volvió a preocupar de las islas Mouk hasta finales de los años sesenta. Entretanto, Su Graciosa Majestad, sin que nadie se lo pidiera, concedió la independencia a las islas y, casi al mismo tiempo, un empresario hotelero neozelandés, Wayne Townshend, erigía en Winstontown el primer apartamento de lujo de la isla. 

«Las Mouk, un paraíso en la Tierra» fue el lema que acompañó a unas cuantas fotografías de las playas de las islas, eje de una campaña publicitaria que adornó las paredes de unas cuantas agencias de viajes. La campaña no tuvo, en un principio, demasiado éxito: el viaje en hidroavión hasta las islas resultaba caro y otros destinos atraían el interés del turismo masivo. 

Puede que fuera la visión de esta propaganda repugnante y capitalista la que animara a Pierre Roulat, licenciado en Sociología y Antropología por Nanterre, a decidir el tema para su tesis de doctorado: ya veía el título, Colonialisme, néocolonialisme et capitalisme. La destruction d'un monde traditionnel: les îles Mouk, impreso en la portada de algún libro de la editorial Maspero (Crandell, 1981). Claro que aquel largo lema correspondía solo a sus hipótesis de partida, pero estaba seguro de que lograría demostrarlas.

Roulat conocía la obra de Fischer, que circulaba —es un decir— por las librerías francesas en una no muy cuidada traducción. Preveía que la irrupción del turismo habría cambiado las cosas en Mouk, y estaba dispuesto a desenmascarar de qué manera. Además, había algunos aspectos de la forma de trabajar de Fischer que no le convencían. 

Por ejemplo, el investigador irlandés nunca llegó a dominar del todo la lengua local y se valió durante su estancia entre los nativos de un antiguo boy de los soldados norteamericanos que chapurreaba algo que, en todo caso, tenía un marcado acento tejano. 

Por ello, Roulat empleó los dos años siguientes en estudiar lenguas micronésicas en la Universidad de Sídney, y los primeros meses que pasó en las Mouk los dedicó a ahondar en la variante lingüística local.

Fueron tres años intensos, durante los cuales Roulat fue de sorpresa en sorpresa. Casi nada coincidía con lo que Fischer había descrito en su libro. Las diferencias eran tales, que Roulat llegó a dudar si el irlandés había estado en el mismo archipiélago que él. Pero no podía ser: las palabras que aparecían en el texto de Fischer eran las mismas por las que preguntaba a los nativos una y otra vez. Eso sí, describían conceptos, prácticas y situaciones muy distintas a las recogidas por Fischer. 

Roulat encontró una población minúscula, que vivía de la pesca, la recogida de moluscos y la recolección. Las comunidades tradicionales no establecían casi ningún contacto con los extranjeros y, para su sorpresa, no parecía que el débil turismo, dominado por empresarios neozelandeses y australianos, hubiera tenido influencia alguna en la sociedad mouk. 

Las mujeres gozaban de una preeminencia tal que, según Roulat, las descripciones de poliginia, malos tratos y sumisión que aparecían en el libro de Fischer resultaban simplemente increíbles. Los cánticos «guerreros» que había traducido el irlandés no eran, según este investigador, más que invocaciones a la Madre Universal para que la pesca y la caza fueran abundantes. 

Las «mujeres-tiburón», aparte de constituir la memoria de la colectividad mouk, ostentaban, claramente, la jefatura de los clanes, por lo que Roulat se atrevió, en su libro, a calificar a aquella sociedad de matriarcal.

Redactó el libro en menos de tres meses, ya de vuelta en París. Aquello era una bomba académica. Las seiscientas cincuenta y cuatro páginas, coloristas y casi literarias, de Les vraies îles Mouk: une étude anthropologique (1969), aunque le valieron a Roulat la expulsión de los círculos trotskistas y feministas que frecuentaba antes de su partida, cautivaron a la comunidad científica y provocaron una de las más agrias polémicas que se recuerdan entre académicos franceses y anglosajones. 

La Reivindicación de la obra de Fischer partió, como no podía ser menos, del Fischer Memorial Institute of Ethnology de Cork, cuyos miembros estaban consternados por la radical crítica que se hacía en el libro al maestro y a sus métodos. El FMIE convocó aquel año, por primera vez, una sustanciosa beca para financiar estudios antropológicos en la Polinesia y la Micronesia, beca que se ha venido ofreciendo año tras año hasta el día de hoy, y que se concede invariablemente a proyectos centrados en la sociedad de las Mouk, siempre con el inconfesado deseo de desbaratar las críticas de Roulat a Fischer. Así fue, por lo menos, durante los primeros años. Porque los resultados han dejado bastante que desear.

Los cinco artículos que, a partir del estudio de las leyendas y el folclore mouk, publicó el equipo formado por Anna Winter y Claus McAdam, beneficiarios de la primera beca concedida por el FMIE, destrozaron las conclusiones del estudio de Roulat, al que calificaban de «descriptivo y poco riguroso» (Winter & McAdam, 1971, 1972a, 1972b, 1972c, 1973). Y, sin embargo, tampoco confirmaban los extremos que constituían la columna vertebral del libro de Fischer. 

La sociedad mouk estaba basada en una economía recolectora que sacaba provecho de la abundancia de frutos y bayas del bosque tropical. No hallaron indicios de que alguna vez hubieran practicado la caza y, aparte de los moluscos que recogían en las playas, tampoco parecían conocer el arte de la pesca. Consiguientemente, no encontraron indicios de armamento ni de actividad guerrera. 

El hecho de que averiguaran que las «mujeres-tiburón» eran, a la postre, hombres que se travestían para una especie de función de teatro ritual les puso sobre la pista para demoler las tesis matriarcalistas del francés. La preponderancia de las mujeres en la sociedad mouk habría sido, según Winter y McAdam, producto de la calenturienta imaginación de Roulat, pero lo cierto es que tampoco pudieron confirmar algunos de los asertos de Fischer: aunque los hombres dominaban todas las parcelas de la vida de las islas, no se podía decir que ejercieran una hegemonía sin límite sobre las mujeres, a las que trataban en un plano de relativa igualdad.

Como puede suponerse, la controversia que originaron los artículos fue mayúscula y las expediciones se multiplicaron en los siguientes años. Y no solo las inglesas y las francesas: antropólogos norteamericanos, rusos, japoneses, austriacos, indios y australianos acudieron, en sucesivas oleadas, a depositar su granito de arena en el acervo científico de la humanidad. 

Ninguna revista especializada se quedó sin su monográfico dedicado a las islas (sería demasiado prolijo enumerar siquiera los estudios más decisivos; una buena bibliografía la encontramos en Chapman, 1991; para un resumen de las publicaciones más recientes, consultar Vries, 1999). 

La fama de las Mouk sobrepasó, de hecho, las fronteras de la ciencia antropológica, impulsando la llegada de muchos amantes de los viajes exóticos: el turismo se ha convertido, desde 1982, en la primera fuente de la renta nacional, desplazando a —según el estudio que se utilice— la pesca, la agricultura de subsistencia o el plátano para la exportación.

La fama de las Mouk ha atraído también a estudiosos ajenos al campo de la antropología: el lingüista vizcaíno J. Lakarra ha relacionado varios giros de la lengua mouk con estructuras pragmáticas subyacentes en la obra del padre Larramendi, dando pie así a una nueva hipótesis sobre la filiación de la lengua más antigua de Europa, aunque, como el propio autor señala, sean necesarias nuevas investigaciones que la confirmen o, en su caso, invaliden (Lakarra, 1992). 

Incluso el recordado naturalista Félix Rodríguez de la Fuente llegó a rodar un capítulo sobre «La rata pinta de las Mouk», que permanece inédito en los sótanos de Radio Televisión Española. De cualquier manera, ninguna de las publicaciones posteriores aclaró las cuestiones suscitadas. Nadie podía exponer, a ciencia cierta, cómo era la sociedad de las Mouk. 

Los extremos citados en el último artículo eran invariablemente matizados, cuando no demolidos, por los que se publicaban al año siguiente. En muchas universidades, el epígrafe dedicado a las islas Mouk en la asignatura correspondiente desapareció de los planes de estudio: era virtualmente imposible seguirle la pista.

Lo cierto es que las ciencias avanzan, aunque sea lentamente, hacia la verdad: esto es innegable. Aunque la solución al enigma de las Mouk no esté del todo clara aún, han empezado a extraerse algunas hipótesis plausibles. 

Un artículo publicado por Allison Millcave (1990) apunta la idea de que los mouk constituirían una «sociedad-camaleón», capaz de transformarse a sí misma para presentar una imagen, distinta cada vez, a los sucesivos visitantes. Esta característica habría constituido en el pasado un mecanismo defensivo y, hoy en día, siempre según Millcave, un cebo para atraer antropólogos, turistas y, a la postre, riqueza a las islas. 

La autora destaca que uno de los pocos rasgos comunes a casi todas las investigaciones es la nula relación que se aprecia entre la sociedad tradicional de las islas y el mundo del turismo que se concentra en torno a Winstontown.

De hecho, aunque las formas varían de uno a otro estudio, todos ellos subrayan la dureza con la que tratan los mouk a aquellos que tienen contacto con los «blancos» o se van a vivir con ellos. Estos son expulsados de la comunidad con un ceremonial que, aunque desgraciadamente cambiante, siempre es vistoso. 

Lo que contrasta vivamente con la amabilidad con la que han solido tratar a los antropólogos que les visitaban. Como afirma una posterior reseña de Wong (1991), la relación entre estos dos hechos no queda excesivamente clara en el —siempre según Wong— torpe trabajo de Millcave, pero admite rotundamente la intuición de esta sobre el engaño antropológico como base de la sociedad mouk (aunque él prefiera denominarla «comunidad-manto»). 

En resumen, la sociedad de las Mouk sería, según estos y otros trabajos posteriores, un gigantesco fraude (ver, una vez más, la documentación reseñada en Vries, 1999).

Aunque esta teoría se afianza hoy día como la correcta, esto no quiere decir que el interés por las islas decaiga. Los trabajos emprendidos desde entonces en base a esta hipótesis de partida no han resultado ni mucho menos concluyentes. Las encuestas realizadas para ahondar en las bases de los dispares comportamientos sociales observados han arrojado respuestas más que divergentes y han encendido vivas polémicas. 

Una línea de investigación se empeña en fijar cuál es la verdadera estructura de la sociedad mouk, su esencia, mientras que otra escuela, más relacionada con la semiótica, considera imposible esa pretensión. Las cambiantes respuestas de los mouk, que en ocasiones parecen admitir el engaño, no ayudan mucho.

Entre tanto, el negocio turístico de la isla prospera, las expediciones de estudiantes de segundo ciclo y doctorado no cesan y la renta nacional sigue creciendo. A las legiones de antropólogos se han sumado ahora apresuradamente equipos de investigación multidisciplinares, o formados exclusivamente por sociólogos, interesados por el pujante movimiento ecologista indígena contra las pruebas nucleares que el Gobierno francés piensa llevar a cabo en un atolón vecino. 

Movimiento que, por lo que sabemos, puede no durar más que un suspiro y ser sustituido por la conversión al catolicismo de la mayoría de la población, una pasión repentina por la comida china o vaya usted a saber qué.

Dormir, acaso soñar - Mel Washburn

La cena había sido sencillamente horrible —el asado carbonizado, la verdura recocida—, y Oliver Evans no se había comportado de forma demasiado amable. Después de cada uno de aquellos platos incomibles se había mofado de los esfuerzos culinarios de su esposa confiándoles a los dos invitados que ella nunca había sido capaz de cocinar nada que valiese la pena.

—Será mejor que vuelvas a poner esto en la olla otro rato, Mary comentó mientras sostenía en lo alto una zanahoria lacia y amarilla—. Me parece que todavía está un poco viva. —Y les hacía un guiño sin disimular a los invitados.

—Ji, ji, ji —cacareaba el pequeño profesor—. Yo no dirría «un poco viva», ¿eh? O uno está vivo o no lo está. Ji, ji. ¿No estoy en lo cierrto, doctorr?

Victor Marx sonrió cortésmente, pero no dijo nada. La vida y la muerte eran los temas de los que habitualmente se ocupaba de forma profesional. No le gustaba nada hacer bromas sobre eso mientras cenaba.

Mary Evans se ruborizó.

—Me parece que la cena no estaba demasiado buena, ¿verdad, Ollie?

—Ha estado de pena, querida. Sencillamente espantosa. Pero... —Se inclinó hacia el lado opuesto de la mesa y le dio un húmedo beso en la mejilla—. Todos sabemos que has hecho todo cuanto has podido, aunque el resultado haya sido patético, y te perdonamos. —Eructó, incómodo—. ¡Ah, qué mal sabor de boca! Me recuerda los desarreglos gástricos que solíamos padecer en aquella cofradía de estudiantes. ¿Te acuerdas de la bazofia que nos daba Cookie, Victor?

—Claro que sí, Oliver. Y también recuerdo aquella vez que le echaste jabón al estofado de buey. Toda la cocina se llenó de espuma.

Oliver se echó a reír estrepitosamente.

—Los muchachos se disgustaron terriblemente conmigo, hasta que vieron llegar a los proveedores con los filetes y el helado que había encargado.

—Siempre hacías las cosas a lo grande, Oliver.

—En aquellos días, tenía acceso a los millones del viejo. Pero ahora, con las condiciones del testamento... —Se encogió de hombros—. Ahora no puedo permitirme el lujo de malgastar ni siquiera escamas de jabón.

—Qué encantadores son los rrecuerrdos —dijo el profesor—. Me pasaría horras escuchándolos.

—Sí, apuesto a que sí. —Oliver se limpió la cara con la servilleta y comenzó a dar muestras de impaciencia—. Bueno, ya está bien de hablar de platos y de comida. Pasemos al salón a tomar el café.

—¡Oh, cielo santo! —Mary se puso en pie de un salto—. Se me ha olvidado poner el café en el fuego.

—Porr favorr, querrida señorra, perrmítame. —El profesor se levantó de la silla—. Me considerro en cierrto modo un experrto en el tema Kaffee.

—Oh, no, yo...

—Vamos, Mary —le dijo su esposo—. Deja que el profesor prepare el café. No puede salirle peor que a ti. —Dirigió una sonrisa al profesor—. ¿Sabrá usted hervir el agua sin que se le queme?

—Crreo que sí. Ji, ji.

—Pues entonces es usted un chef de cuatro estrellas comparado con la querida frau aquí presente. Vaya usted tranquilamente a preparar el café.,

—Serrvidor.

El profesor, sorprendentemente ágil para tratarse de un jorobado de cabellos grises, se fue cojeando hacia la cocina. Oliver, su esposa, y el antiguo compañero de universidad del primero entraron en el salón y se sentaron.

—¡Ostras! —gritó Oliver cuando los muelles de su sillón favorito, muy viejo, le pincharon el trasero—. Tenemos que cambiar este trasto, Mary.                                                          

—Oh, cielos, Ollie, no podemos permitirnos... —El marido puso mala cara—. Quiero decir... —La mujer se hundió en un silencio embarazoso.

—No es de buena educación tratar los asuntos financieros cuando hay invitados delante, querida. —Oliver se echó a reír amargamente—. Aunque ya sé que este antro no deja gran cosa a la imaginación —miró con desprecio en torno suyo la andrajosa alfombra, el papel de la pared que se estaba cayendo a tiras, los muebles mugrientos—. Cuesta de creer, ¿verdad, Vic? Mientras nosotros estamos aquí sentados hay más de un millón de pavos que mi padre ganó con el sudor de su frente bien guardados en el banco, pero a mí no se me permite tocar ni un céntimo de ellos.

—Algún día tendremos un hijo, Ollie... —empezó a decir suavemente su esposa.

—No es muy probable que lo tengamos. Ya llevamos diecisiete años intentándolo, cariño. Y resulta que ahora el apuesto joven Evans, el orgullo del equipo de remo de la fraternidad, se ha convertido en el gordo y calvo Ollie, que tiene un empleo de tercera categoría, una casucha cochambrosa y toda la fortuna de la familia encerrada bajo llave en fideicomisos, reservada para unos hijos que nunca van a llegar.

—Y con una esposa que lo adora —añadió Mary.

Oliver sonrió tristemente.

—Sí, eso también.

¡Aquí está el Kaffee! —anunció el profesor alegremente entrando con una bandeja en la que había cuatro tazas—. Ésta parra la anfitrriona... ésta parra el doctorr... ésta parra el anfitrrión —Les tendió sendas tazas—. Lo he prreparrado como lo hacemos en Viena. ¡Esperro que les guste! —Levantó la taza y sorbió ruidosamente—. ¡Aja! Sencillamente perrfecto. Puede que al prrincipio no les guste, perro hay que concederrle una oporrtunidad parra aprreciarrlo bien. Bébanselo hasta la última gota; luego díganme qué opinión les merrece.

Vic se llevó la taza a los labios, pero el olor bastó para hacerlo retroceder, notó un ligero hedor a goma quemada. «Qué porquería más horrible», pensó, pero entonces advirtió que el profesor lo observaba atentamente, de modo que se puso la taza en los labios y bebió. 

El brebaje era tan espeso como el aceite de motor usado, y tenía casi el mismo sabor, pero el profesor, a quien Vic acababa de conocer aquella noche, parecía inocente (aunque excéntrico), y deseoso de agradar. Así que Vic hizo un esfuerzo y apura el contenido de la taza.

—¿Le gusta? ¿O no? —le preguntó el profesor con una sonrisa burlona.

—Un sabor poco corriente. Casi único, diría yo.

El profesor sonrió, satisfecho.

—Y a usted, ¿le gusta? —preguntó a Mary.

—Pues yo... —titubeó—. Encuentro que tiene un sabor terriblemente fuerte.

—Sí, fuerrte. ¿Perro le gusta?

—Oh... oh, sí.

—Entonces bébaselo todo. Debe apurrarrlo hasta el fondo.

—Vamos, Mary, bébetelo —la animó su marido.

—Muy bien. —Vació la taza.

—¡Eso es! ¡Excelente! —El profesor parecía encantado: su café era un éxito.

—¿Así que usted es oriundo de Viena? —le preguntó Vic a fin de entablar conversación.

—No, orriundo no. Estudié allí muchos años. Antes de eso, de niño, vivía en otrro lugarr, en los Cárrpatos. ¿Sabe usted dónde está eso?

—Creo que sí. En Rusia o por ahí ¿no?

—Ji, ji, ji. Porr ahí. De todos modos erra un lugar muy agrradable para crrecerr allí y luego marrcharrse. Perro esto me gusta más.

—¡Oh! ¡Oh, Dios mío! —exclamó Mary.

—¿La he molestado, mi querrida señorra? —El profesor la miró inquisitivo.

—No, es que yo... —De pronto, palideció y pareció asustarse. La cara se le puso brillante a causa de la transpiración—. Yo... —Resbaló del sofá y se desplomó en el suelo.

—¡Querrida señorra! —El profesor se arrodilló junto a ella rápidamente.

—¡Mary! ¿Mary? —exclamó Oliver Evans mientras Víctor Marx salía precipitadamente de la habitación para ir a buscar el maletín negro de médico que tenía en el coche. Cuando volvió a entrar se encontró con que Mary Evans yacía en el suelo y los dos hombres se hallaban de pie, mirándola con semblante solemne.

—¿Cómo está? —les preguntó Vic.

—Examínela usted y díganoslo, porr favorr, herr doctorr —respondió el profesor.

Él y Oliver se hicieron a un lado para permitir que Víctor se arrodillara junto a la postrada mujer.

—No respira —dijo. Le palpó la arteria carótida—.Tampoco tiene pulso.                           

—¿Está usted segurro? —le preguntó el profesor en un tono curiosamente seco.

—Sí, por favor, asegúrate, Vic —dijo Oliver.

Vic sacó el estetoscopio del maletín negro, le desabrochó la blusa a Mary y le auscultó atentamente el pecho.

—Se le ha parado el corazón, estoy seguro.

Cerró el puño y lo levantó diez centímetros por encima del esternón de Mary, dispuesto a aplicarle un masaje precardial que quizá lograse que el corazón de la mujer volviese a latir.

Pero los dedos del profesor, como si fueran una garra, se ciñeron alrededor de su muñeca y frenaron el brazo de Vic con sorprendente fuerza.

—Porr favorr, no haga nada prrecipitado —le dijo—. Sólo dígame, porr favorr, ¿está usted absolutamente segurro de que la vida de la señorra ha cesado?

Vic pensó que aquel viejo debía de estar histérico. Seguro que el horror de aquellos momentos le había puesto fuera de sí.

—¡Oliver! ¡Ayúdame! —dijo.

Pero Oliver se limitó a mirarlo fríamente.

—Contéstale al profesor, Vic. ¿Está muerta Mary? Danos una opinión medica profesional.

—Tú, su marido, no quieres... —Vic balbuceó—. ¿Te niegas a dar tu permiso para aplicarle masajes de reanimación? ¿No quieres que intente salvarla?

—No, no quiero, Vic. Sólo quiero que me digas si está clínicamente muerta o no.

Vic notó que, de alguna manera, se hallaba en peligro. Aquellos hombres actuaban como si estuvieran locos, pero era evidente que la histeria no se había apoderado de ellos: una extraña astucia impregnaba sus acciones.

—Muy bien; la examinaré atentamente. —La palpó; hizo percusión en el pecho; estudió con detenimiento las pupilas de Mary y comprobó los reflejos—. Las funciones vitales han cesado por completo. El cerebro no recibe oxígeno —declaró finalmente—. A todos los efectos, ha fallecido.

—¿Está usted absolutamente segurro? —le preguntó el profesor con los ojos bailándole de forma diabólica, como si se tratara de alguna broma horripilante.

—Absolutamente.

—Bien, ése es el paso númerro uno. —El profesor aplaudió vigorosamente—. Ahora, vayamos con el númerro dos.

—El paso más importante —dijo Oliver.

—Quizá sí.

El profesor salió cojeando en dirección a la cocina, y muy pronto se oyó el entrechocar de las cacerolas y el fuerte tintineo de las tazas.

—¿Qué es eso del paso número dos? —le susurró Vic a Oliver en un aparte.

—Pues hacerla volver a la vida. O, más bien, hacerla salir de ese estado de muerte aparente.

—¿No se trata de una muerte real?

—Francamente, espero que no. El profesor me prometió que no lo sería.

—¿Te prometió...? —Un escalofrío de horror recorrió la columna vertebral de Vic—. ¿Quieres decir que él le ha hecho esto?

—Sí, claro. Con el café. En el de ella había puesto algo especial.

—¡Oh, Señor! —Vic se puso en pie de un salto—. Esto es... ¡horroroso! —Se retorció las manos, consternado—. Ese maníaco ha asesinado a tu esposa y tú se lo has consentido. Cielo santo, Ollie, ¿en qué estabas pensando? ¿Cómo has podido hacer una cosa así?

—Porr favorr, doctorr Marrx, cálmese. —El profesor se encontraba de pie junto a la puerta de la cocina—. La señorra no está muerrta, así que el térrmino «asesinato» difícilmente viene al caso. Lo que hemos hecho ha sido suprrimirrle las funciones vitales, que han quedado a un nivel mínimo: no pueden detectarrse, perro siguen ahí. Si es necesarrio, el sujeto puede sobrrevivirr en este estado durrante meses.

Regresó a la cocina.

—Sí, cálmate, Vic. Lo hecho, hecho está. Ahora, veamos si es capaz de deshacerlo, ¿de acuerdo?

—Pero, ¿por qué, Ollie? ¿Qué propósito tiene todo esto?

—Es una especie de experimento. Si funciona con Mary, pienso llevarlo a cabo conmigo mismo.

—Pero, ¿por qué?

—Para hacerme de una vez con el dinero del fideicomiso. Según la voluntad de mi padre, si yo muero mi esposa recibirá el dinero sin más obstáculos. El viejo siempre sintió debilidad por las viudas y los huérfanos. Así que, suponiendo que este potingue funcione correctamente, me tomaré una dosis y haré que me declaren muerto; Mary recibirá el dinero del fideicomiso y luego el profesor me resucitará. Sencillo, ¿no?                          

—¿Estaba Mary al corriente de todo esto?                   

Oliver pareció incómodo.

—Bueno, aún no. Me figuré que si se lo decía... a lo mejor no habría querido hacer de conejillo de Indias. Aunque, a decir verdad, como es una cabeza de chorlito es muy probable que yo hubiera podido convencerla de todos modos.

El brillo demente que asomaba por el rabillo del ojo de Oliver le recordó a Vic que él mismo también podía encontrarse en peligro en aquel lugar.

—Si te dijera que quiero marcharme ahora mismo, ¿intentarías detenerme?

—No. Diantres, no. Tú te has creído que estaba muerta. Eso es todo lo que quería de ti. Aunque yo diría que, como amigo preocupado, seguro que no quieres moverte de aquí hasta ver cómo sale Mary de todo esto.

—Ya sé cómo saldrá. Está muerta, pobre mujer.

—Siemprre dudando, como santo Tomás, ¿eh, doctorr? —El profesor entró en el salón llevando una humeante taza llena de líquido y algunas otras cosas—. ¿Sigue sin crreerrse que la señorra está perrfectamente bien?

—No me lo creo en absoluto.

—Bueno, sólo tiene que esperrarr cinco minutos y verrá lo que pasa. —Le dio la taza a Oliver—. ¿Quierre sostenerrme esto? —Se arrodilló junto a la cabeza de Mary y, abriéndole la boca, le deslizó un tubo de goma por el esófago—. ¡Todo listo! —Sujetó un embudo de plástico al tubo y vertió en él el contenido de la taza—. Usted tomarrá nota del tiempo —le dijo a Vic.

Vic no apartó los ojos del reloj de pulsera y, al cabo de cinco minutos, vio con sorpresa cómo los párpados de Mary empezaban a agitarse y que ella emitía un profundo gemido.

—¡Ya está! —El profesor le quitó el tubo y el embudo. Al cabo de diez minutos Mary estaba consciente. A los quince minutos los hombres la ayudaron a sentarse en el sofá.

—Nos has tenido terriblemente preocupados, querida Mary —le dijo Oliver—. Te has desmayado, o algo así. —Se volvió hacia Vic con una sonrisa sarcástica—. ¿Quieres examinarla ahora, aunque sólo sea para asegurarnos de que se encuentra del todo bien?

—Puedes jurar que lo haré.

Vic la examinó minuciosamente pero, aparte de una ligera somnolencia, la mujer se hallaba en perfectas condiciones. Le pidió que fuera a su consulta al día siguiente a fin de realizarle más pruebas; así lo hizo Mary, pero no pudo encontrarle nada.

Aunque normalmente no se interesaba por aquella clase de cosas, Vic se sorprendió a sí mismo, durante los días que siguieron, leyendo con avidez las notas necrológicas del periódico local. Y, en efecto, aproximadamente una semana y media después, leyó que su antiguo compañero de universidad, Oliver Evans, había fallecido inesperadamente. Se pedía a los amigos que presentaran sus condolencias en la casa del difunto donde los restos estarían de cuerpo presente hasta el día del funeral.

Cuando Vic llegó a la deteriorada casa, un hombre alto y pálido, ataviado con un brillante traje negro, lo recibió a la puerta y le pidió que firmara en el libro de invitados. Vic advirtió que, aparte del «Profesor Vladislav Xrxdnsyvitch, doctor en Medicina», él era la única persona que había visitado los restos del pobre Oliver. 

En el interior se encontró con que habían arreglado, aunque no reformado, el salón: hileras de velas perfumadas proporcionaban la única iluminación pero, a pesar de ello, se veía perfectamente el papel roto de la pared, la alfombra desgastada y los muebles de ínfima calidad, que estaban apartados contra la pared. 

En medio de la habitación había una tarima cubierta de tela negra y, sobre ella, se hallaba el mueble más atractivo de la estancia, un ataúd de madera barnizada con brillantes adornos de latón. «Debe de haberle costado un buen fajo a Ollie —pensó Vic—. Aunque supongo que ahora está en situación de permitírselo.»

En la cabecera del ataúd se hallaba de pie Mary, toda vestida de negro; tenía un aspecto casi atractivo con el pelo castaño claro bellamente peinado y la cara de luna transfigurada por una dignidad doliente.

—Hola, Vic —le saludó ella en un susurro—. Gracias por venir.

—No podía dejar de hacerlo —replicó él sinceramente—. ¿El profesor vuelve a estar en la cocina?

—¿Qué? Oh, no. Sólo estuvo aquí el tiempo necesario para recoger el dinero que Ollie le debía. Luego se marchó. Tenía que coger un avión.

—¿No dejó nada?

—¿Qué? ¿Te refieres al café? Claro. Lo mantengo caliente en el fogón. Es una cosa muy rara, el último deseo de Ollie...

—¿Fue que el profesor le vertiera café por la garganta en el funeral?

—Sí, ¿no es extraño? Pero el profesor me mostró cómo hacerlo. Y Ollie, en el lecho de muerte, me hizo prometer que lo haría, así que... —Miró con cariño a su marido, tendido en el ataúd—. Siempre tuvo muchas ideas raras, hasta el final. Cielos, voy a echarlo de menos.

—¿Te lo explicó todo? Me refiero a lo de aquel desmayo tuyo.

—Pues no, no me explicó nada; lo que sí me hizo fue un montón de preguntas sobre ello.

—¿Como qué?

—Lo que sentí. Si noté algún dolor. ¡Pobrecito! Estaba tan preocupado por que yo hubiera podido sufrir de un modo u otro en aquellos momentos...

—¿Y fue así?

Ella abrió mucho los ojos.

—Oh, sí, terriblemente. Padecí unas pesadillas espantosas mientras estuve desmayada, Vic. No te puedes hacer idea. Demonios, tormentos y... bueno, sencillamente, cosas horrorosas. ¡Y todo parecía tan real! Te juro que me habría vuelto loca si hubiese durado más de lo que duró. Naturalmente, no le conté nada de esto a Ollie. ¿Qué necesidad había de preocuparlo por mi culpa?

—Claro, ¿para qué?

Vic calculó que el pobre Oliver llevaba viviendo la misma clase de pesadillas casi treinta y seis horas.

Mary le habló con aire ausente de todo el dinero que había heredado y de lo alegremente que se separaría de él con tal de tener de nuevo a Oliver vivo. Luego dejó vagar la mirada por el reloj de pulsera de Vic.

—¡Ay, Dios mío! ¡Qué desastre! —Con ojos llenos de angustia salió corriendo hacia la cocina mientras Vic la seguía muy de cerca—. ¡Oh, Señor, mira eso! —Levantó un cazo humeante del fogón: todo lo que quedaba dentro era una substancia negra y carbonizada que se había quemado hasta el fondo—. Oh, madre mía, el café del profesor se ha echado a perder.

—Metió el cazo chamuscado en el fregadero—. Bueno, tendré que hacer otro nuevo. Al fin y al cabo, el pobre Oliver no notará la diferencia, y yo me sentiré mejor sólo con saber que lo he preparado yo misma. ¿Crees que hago lo correcto? —preguntó volviéndose hacia Vic.

Pero Vic ya se precipitaba como una exhalación hacia el salón y levantaba el puño cerrado, exactamente diez centímetros por encima del pecho de Oliver, con la vana esperanza de resucitar a su amigo sin la receta del famoso café vienes del profesor.