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Patrocinio Tipa - Eraclio Zepeda

    Todo iba muy bien. Todo caminaba. La risa igual que la sangre caminaba. Pero aluego fue cuando nos cayó la sal. Todo se empezó a descomponer. Yo ya lo tenía completo mi deseo: había tierra, había agua, había dos hijos; los dientes de las mazorcas estaban ya como avisando. Pero todo se echó a perder. Vino el mal y hubo que salir corriendo.

Patrocinio Tipá se vino a vivir a Juan Crispín, el mismo día en que se quemó la ceiba de la plazuela; fue que le cayó un rayo en época de secas y el árbol se quemó todito. Fue muy mala señal aquel rayo en seco, y peor cayendo sobre la ceiba; aquello fue muy mal anticipo, y Patrocinio Tipá llegó ese mero día. Fue como un aviso.

Patrocinio Tipá era de Copoya.

—Me salí de Copoya, que es mi pueblo, porque la tierra del tata ya no ajustaba pa todos los hermanos; y también porque es mi natural andar buscando caminos porque no estoy enraizado en ninguna parte.

Después de mucho caminar, recorriendo todas las riberas del rumbo fue que vino a dar a Juan Crispín. Había viajado mucho el Patrocinio. No se aguantaba en ningún lugar. Apenas se quería encariñar con las calles de algún pueblo, luego luego le empezaba a dar el ansia de seguir otro camino.

—Resulta que nací con pata de vago. Pie de chucho como dicen por allí. Me gusta andar de arriba pa abajo por todas estas tierras del diablo. Desde chiquitío era ya muy dado a pepenar el rumbo; nomás agarraba mi morralito y patas pa qué te quiero.

Patrocinio Tipá conoció tierras. Las cañadas y los valles se le fueron acomodando detrás de los ojos.

—Ya es de nacimiento el andar de andariego. Así es mi natural y ni modo. Fue culpa de mi tata si bien se analiza. Cuando nací, el viejito no se dio prisa pa enterrar mi ombligo que es como debe hacerse, que es como manda la buena crianza. 

Se descuidó el tata; fue que lo puso sobre una piedra del patio y en lo que fue por un machete, pa hacer el hoyito del entierro, vino una urraca y se llevó mi ombligo pa más nunca. Ansina fue que lo contó el viejito. Y siendo ansina, ¿onde diablos voy a estar quieto? Siempre volando como mi ombligo, que esa fue mi ganancia. 

Por eso es que no quedo quieto en ningún lugar; pepeno las ganas de jalar veredas. Si me hubieran enterrado el pellejito, otro fuera el cuento.

Por eso a Patrocinio Tipá le gritaban las huellas de todos los caminos para que él les fuera a poner los pies encima.

Sin embargo, Patrocinio Tipá echó raíces una vez. Fue aquí en Juan Crispín. Aquí vino a dejar el camino, y por eso le cayó la mala suerte; por buscar lo que no era su destino. Vino con propósito de quince días; ese era el plan que traía el Patrocinio. Pero vaya usted a saber qué fue lo que le pasó. Aquí se quedó a trabajar con ganas. Tal vez fue que le cayó ceniza de la ceiba en la cabeza, el día en que llegó, y por eso fue que ya no pudo seguir vagando.

—Me empezó a llegar la gana de tener algo. Siempre había visto las cosas como de prestado. Nunca pal morral. Por eso fue que me entró la ilusión de comprar algunas tierritas aquí en Juan Crispín. Aquí fue que me gustó pa echar las raicitas. 

Es difícil, no vaya asté a creer que no, quedarse viendo las mismas caras cuando se está acostumbrando a ser patrón de veredas. Pero yo, sin embargo, sin ombligo y sin nada, me quedé sembrado en Juan Crispín. ¡Capaz fueron las cenizas de la ceiba las que me agarraron desprevenido!

Tipá trabajó macizo. Se le había metido entre los ojos, igual que antes el paisaje de las tierras ajenas, la idea de tener algo. Y no descansó hasta hundir las manos en la tierra propia.

—No sé, vaya asté a saber por qué, pero eso de pegar de gritos y que esos gritos queden en terreno de uno, es cosa que vale la pena. Yo lo supe bien y por eso es que no me duele andar otra vez de pie de chucho. No le guardo rencor a la época esa, en que me sumí en un  mismo lugar, por que estuve contento, manque después  eso haya sido la causa de mi salazón.

Un año trabajó como baldío en el rancho de ño Pedro Galindo. Luego estuvo como mediero, y siempre trabajando fuerte. Hasta que un día hizo tratos para comprar terrenos a don Pedro.

—No es por presumir, pero me afané galán y le pagué pronto. Por vida de San Roquito que me dio mucha alegría posesionarme de La Esperanza. Son esas siete hectáreas que asté vio a pegaditos a los amates, a un ladito de la Poza del Muerto. Esas tierras que asté constató, llenas de mala yerba, eran La Esperanza; ahora, da tristeza pasar por allí. 

Pero antes, me cae de madre, que era un gusto ver lo bien labradas que estaban. Yo me enterraba hasta los tobillos en los surcos pa sentirme bien adentro de mis tierras. Pa que me pepenaran con ganas porque siempre estaba medio descontento con eso de ser fuereño.

Construyó, cerca de los amates, una casa de paredes de barro. Ahí se sentaba en la puerta a chiflar en las tardes cuando acababa el trabajo.

—De primeras como que me entraba un miedito por no seguir el camino. Tenía cisco de que me salara por no seguir en el camino, que esa era mi obligación por lo de mi ombligo; pero en después pensé que eran puras tonterías. Y eso fue lo que me perdió: andar de confiado.

Y veía contento cómo el maíz hacía canciones con el viento, mientras los clarineros volaban en parvaditas sobre la casa y los amates.

—Luego me vino el amor. Me quedé bien enamorado de la Consuela Cundapí, hija de Pablo Cundapí de oficio carpintero; es aquel que se fue a vivir a Tuxtla, tiene ya su tiempecito.

La Consuela Cundapí era muy bonita. Ella también se enamoró del Patrocinio, y buscó la manera de apalabrarse con él.

—¡Qué chula era mi Consuela! Tenía unos ojos muy negros y daba gusto vérselos y quedarse ahí viéndolos y viéndolos, como si fueran piedritas de anillo. Cuando había baile, mi Consuela se ponía a bailar solita a medio patio, y con los ojitos cerrados bailaba y bailaba, y venía y se iba, como si estuviera soñando; iba entre las parejas de novios como si fuera una tortolita. Ni se veía que moviera los pies. ¡Animas que parecía como si flotara! Bonito era verla con sus trenzas sobre el pecho y sus grandes moñotes verdes, o rojos, o amarillos.

El Patrocinio le habló a Pedro Cundapí, y tanto le dijo y tanto le habló que aquél aceptó que se casara la Consuela.

—Hubo fiesta grande. Mandé traer la marimba y hubo harto trago y harta bulla. Diez manojos de cohetes mandé a quemar ese día. Ya por esas fechas yo era el mero y cabal dueño de La Esperanza. Por allá nos fuimos a vivir; en la primera casa fue que estuvimos, porque ya la otra fue la de la mala suerte.

Aquel año del matrimonio del Patrocinio Tipá hubo una gran cosecha; y él compró una lámpara de gasolina. Luego los hijos empezaron a nacer.

—La Consuela era buena pa írmelos dando. Crecieron contentos. Dos eran: un barraquito: Floreano, y una hembrita: la Chepita. Eran dos, pero hacían bulla y alegría hasta pa aventar pa arriba.

Patrocinio no descuidó los nacimientos. En cuanto nacían tomaba los ombligos y los enterraba muy hondo, en tierra abonada, debajo de un amate, para que enraizaran fuerte en la tierra de La Esperanza, y sintieran, de grandes, la unión a estas llanadas y no fueran a salir con ánima de vago.

—Tenía todo, pero nos cayó la sal. Se nos vino a meter el mal agüero hasta en la última hormiga de La Esperanza. Mala señal fue aquel rayo que me recibió la tarde que asomé por Juan Crispín.

Por el mes de agosto vino de visita la madre de la Consuela.

—Daba gusto ver a la abuela con los nietos. Jugaban al igual. Pero una mañana la viejita amaneció con calentura. Allí empezó la peste. Por la tarde le asomaron unas ronchas que luego se hicieron granitos rojos. Harta agua les salía por los agujeritos que dejaban los granos cuando reventaban. Me fui a llamar al viejo Seín que era muy buen yerbero. Llegó al otro día en la mañanita ¡Je! En cuanto vio a la vieja salió de pelada. No más nos dijo que era virgüela y salió corriendo.

A los tres días se murió la nana de la Consuela y a los ocho ella cayó enferma y al poco el hijo, el Floreanito. Yo andaba muy asustado y llevaba razón. Estaba como presintiendo. Y es que ya nos había caído la sal.

El Floreanito se murió a la semana.

—Yo, palabra, lloré sobre mi hijito. Ni vergüenza me da contarlo. Se me murió en los brazos, porque yo lo cargaba pa que también a yo me pegara la fiebre. Se me fue quedando como dormido en los brazos. Ni siquiera lo pude velar, porque me ordenaron en el cabildo que lo enterrara esa misma tarde. 

Yo, solo, me fui al panteón cargando al Floreanito porque nadie quiso ayudarme por puro miedo a la enfermedá. Ahora me doy cuenta que tenían razón, pero aquel día me hubiera gustado ahorcarlos a uno por uno. Mi Floreanito se quedó en la tierra sin tener rezos, ni música, ni cohetes. La Chepita no se contagió. La mandé con unos parientes pa que me la cuidaran. 

La Consuela pasó la enfermedá. ¡Cómo lloró cuando se vio en el espejo! Estaba toda llena de agujeros como esas carotas de piedra que a veces se encuentran en la montaña. La Consuela quedó marcada por la viruela. Sólo sus ojos negros como piedritas de anillo tenían vida. Todo lo demás se lo llevó el mal junto con las risas del Floreanito.

—Mucho lloraba la Consuela. ¡Mi Consuela! Pero yo la acariciaba y le decía que ahí estaba yo, y ahí estaba la Chepita, y ahí estaban sus siete hectáreas de La Esperanza. "Consoláte, Consuela". le decía todo el día. Y ella como que se quería reír.

Patrocinio Tipá quedó hueco. Quería alegrar a la Consuela pero en el fondo tenía una herida por la que le caía la risa igual que un cántaro roto. Por las noches iba a donde estaba entenado el ombligo del Floreanito y lloraba y hundía las manos en la tierra y luego quemaba flores de cedrón para regar sus cenizas sobre la tierra, para que el alma de su hijo no se fuera de las tierras de La Esperanza,

—Pero ya la sal estaba por todos lados. Hasta en los surcos. Ya todo estaba echándose a perder. Olía a rancio como si el viento estuviera podrido.

Todo traía recuerdos. Aire de recuerdos. Se oían pasos de recuerdos. Toda la casa recordaba las risas sembradas con cariño. 

—Ya la casa me empezó a dar rabia. Jedía de noche. Peor cuando había luna. Por eso fue que pensé que era bueno construir otra casa a un lado del amate. Y así lo hice; sólo pa que al final la desgracia acabara de llevarse a La Esperanza.

Patrocinio Tipá construyó su casa. El mismo fue haciendo las paredes. Los vecinos le ayudaron a colocar las puertas y las vigas. Porque así es la costumbre por estos lados.

Cuando la casa estuvo terminada, Patrocinio Tipá envió las tejas que deben mandarse a las madrinas de la casa. Escogió las diez mejores, las más rojas, las más pulidas, y escogió el sitio exacto en que deberían de ser colocadas cuando las madrinas las devolvieran con las figuritas de adorno, para que la casa estuviera contenta, y hubiera siempre calma bajo el techo. Y de esas diez tejas escogió la mejor, y con barro hizo un caballito que él mismo colocó sobre aquélla y la envió a la casa de la madrina mayor, porque así es la costumbre por estos lados.

—Nombré madrina mayor a ña Petra Cunjamá, para que ella llevara al borrego del bautizo. También alisté la música y el trago. Iba a ser fiesta buena como salió realmente.

A las cinco de la tarde empezaron a llegar los amigos del Patrocinio Tipá. Ya los músicos estaban esperando hacía rato. Desde San Fernando vinieron ese día para tocar en Juan Crispín, en la fiesta de la última teja de la casa del Patrocinio.

—Fue al Fidel Aquino y a sus hijos a los que traje pa que tocaran. Los mismos que hicieron la música cuando me casé con la Consuela. Quise que fueran ellos pa ver si todo volvía a comenzar como en denantes y echábamos la salazón pal otro lado. 

La Consuela se peinó sus trenzas como cuando era muchacha y se puso ropa nueva y estaba muy animada. Desde la muerte del Floreanito la risa se había pelado de su cara pero ahora estaba contenta. Como que quería gozar mucho porque estaba como presintiendo algo.

    Después llegaron las familias invitadas. Al ratito las madrinas con sus tejas arregladas con papel de China y polvo de brillo. Algunas tenían hasta palomitas besándose recortadas en cartón.

—La Consuela recibía las tejas con mucha satisfacción. La casa estaba bonita dicho sea sin presumir. Al rato asomó la madrina mayor; traía un borrego todo vestidito con listones y papel de China y con la cara pintada. Hermoso estaba el borrego pero yo desde que lo vi se me puso algo que me dio mala espina porque tenía dos patitas blancas y esa es mala cuestión. Trae sal. Y ya pa sal estaba bueno.

    La música empezó a sonar y La Esperanza reventaba de puro gusto. Las parejas salieron al patio para bailar los sones.

—Mi Consuela estaba animada. La pobrecita volvió a bailar sola en la mitad del baile, con los ojitos cerrados, como si estuviera soñando, y los brazos caídos y yendo de un lado pal otro sin que le viera mover los pies como si fuera un trompito dormido. 

A mí me tenía muy contento verla otra vez como cuando la conocí, porque desde la virgüela no había querido ser como en denantes. De vez en cuando, bailando, se reía como en sueños y todos la veían con cariño, y de verdá parecía que no tuviera marca de virgüela.

    A las seis de la tarde se empezó a abrir el agujero para el borrego en la mitad de la casa.

—Los cohetes tronaban cada poco, en tandas de a quince. El chucho brincaba tras las varas como si quisiera morder el fuego. ¡Cómo me hubiera gustado que estuviera el Floreanito!

A las seis y media paró la música. Todos se acercaron a la casa y las madrinas recogieron sus tejas vestidas y yo me subí al tejado pa recibirlas. Las madrinas me las iban dando y yo las colocaba en su lugar en el mero lomo del tejado. Al final coloqué la teja de la madrina mayor, ña Petra, que fue con la que cerró la tapa de la viga. Todos echaron aplauso. Luego le puse su cruz pa que no anduvieran rondando espantos por la casa.

    Patrocinio estaba con el gusto metido adentro de los huesos. Veía su casa nueva con el adorno de las tejas de fiesta. Levantó la cara y vio al cielo y los ojos se le llenaron con la luz anaranjada de la tarde. No había nubes. Ese año iba a llover tarde.

—Luego avisé que fuéramos pa dentro de la casa por lo del borrego. Nos amontonamos en la orilla del agujero que habíamos hecho en el piso. La ña Petra vino con el animalito y yo le volví a echar de ver las dos patitas blancas que me daban qué pensar.

La madrina tomó al borrego del pescuezo. Todos se pusieron serios. Algunos tenían hinchadas las venas de la frente.

—Yo mero le pasé el cuchillo a ña Petra. Ella rezó un Padre Nuestro y luego le clavó el cuchillo al borrego a la mitad del pescuezo y lo aventó pal hoyo. ¡Cómo bramaba el borrego! Daba de estremecimientos allá en el fondo. La gente empezó a hacer bulla y a aplaudir. Mandé que tronaran treinta cohetes. Entoavía bramando el borrego le empezamos a aventar la tierra encima.

Lo último que vi del animalito fue una de las patitas blancas. Me la quedé viendo hasta que la chupó la tierra.

Los invitados rellenaron el agujero y luego saltaron sobre la tierra para apretarla.

—Así fue como bautizamos la casa. El borrego sirve pa que no haya muertos en la casa nueva. El se lleva todo lo malo que pueda venir. El sale con la peor parte. A él le toca lo que podía ser pa un cristiano. Pero lo que es a mí, nadie me quitaba de la cabeza que aquel animal no era efectivo porque tenía dos patas blancas.

Cuando todo quedó listo dentro de la casa, las mujeres rezaron y los hombres fueron a beber aguardiente.

—Cómo me da tristeza cuando hablo de aquella fiesta. La Consuela estuvo contenta y mi hijita la Chepita, que ya caminaba, estaba como loca del gusto y corría de un rincón pal otro muerta de la risa. Tenía que acabar mal toda aquella alegría. Porque La Esperanza ya estaba muerta desde que asomó la peste, y el mal agüero andaba rondando como si fuera una lechuza buscando animalitos pa caerles encima.

A las diez se empezaron a ir los invitados. Poco a poco se fue quedando sola La Esperanza. La Consuela todavía bailó la última pieza y al final cargó a la Chepita y bailó con ella en sus brazos.

—Por ahí de las once sólo estaba el viejo Crescencio que ni siquiera podía caminar del pedo que había agarrado. Voy ir a dejar al tío Crescencio le dije a la Consuela. Y dicho y hecho, me lo llevé al viejo, casi cargado, hasta su casa. Mi Consuela se quedó sola en la casa y tocaba las paredes nuevas y miraba las tejas rojas, y las vigas olorosas a resina todavía, y con la lámpara de gasolina alumbraba las dos ventanitas de la casa.

Patrocinio acompañó al viejo hasta su casa. Allí estaba cuando vio el fogonazo de un relámpago y luego el gran retumbo de un rayo.

—Rayo en seco. .. —dijeron.

Patrocinio tuvo un estremecimiento.

—Yo no sé, pero todo aquel día había andado como sobreaviso. Algo nos estaba rondando. Cuando oí el rayo sentí un olor a cacho quemado que se me agarraba de la nariz, que es lo que siempre me pasa cuando tengo miedo de un mal pensamiento.

Patrocinio se regresó rápido para La Esperanza. A cada paso sentía que el corazón le bailaba adentro del pecho y una opresión le cegaba los ojos.

—Empecé a pensar una bola de cosas. Eran como dibujos: Miraba la urraca que se robó mi ombligo; luego la ceiba que se quemó el día en que llegué a Juan Crispín; luego vi los terrenos de La Esperanza cuando entoavía no eran míos. En seguida veía yo que mi obligación era andar caminando por todos los rumbos y que no había hecho caso, y también miraba los ombliguitos de mis hijos que los enterraba hasta el fondo de un agujero, pero los ombligos brincan al igual que el borrego de esa tarde. Vi al Floreanito muerto, todo rojo y  lleno de la sanguaza de los granos. Le piqué al paso.

Al voltear la cuesta que da para sus tierras el Patrocinio sintió que le quebraban las piernas. Su casa estaba rodeada de vecinos y otros llegaban corriendo. El palo de amate estaba desgajado. Sintió que le soplaban dentro del oído, y que un ruidito como de colmillos de jabalí le roía la cabeza. Quiso correr pero tropezó. Quedó de rodillas y temblando.

—Sentía como si el estómago se me hubiera subido a la boca y que lo masticaba, y me quedaba muy agria la lengua. Tuve mucho miedo porque como que adiviné todo lo que pasaba.

—El rayo... el rayo... rayo en seco sobre tu casa, Patrocinio —le gritaban.

—Yo sentía como si la gente estuviera muy lejos o como cuando golpeás una piedra bajo el agua. Palabra que cuando me iba acercando no podía pensar en nada. Parecía como si el alma se me hubiera salido. No la sentía.

—El rayo... la Consuela... el rayo en seco... la Chepita.... primero el relámpago... todo fue de un jalón —le llegaban los gritos al Patrocinio.

Cuando llegó a la casa vio a la Consuela muerta y entre sus brazos a la Chepita también muerta, abrazadas como si el rayo las hubiera agarrado bailando todavía.

—Yo de plano no pude hacer nada. Me quedé como un palo, sin llorar, ni afligirme, sin moverme, como si de un machetazo me hubieran echado afuera la sangre. No sé qué fue lo que me pasó. Pero todo lo veía natural. Como si ya en denantes lo hubiera visto, o como si el tata me lo hubiera platicado cuando era yo chiquitío allá en Copoya. No más me acerqué a mi gente, las abracé y las empecé a besar. Creo que ya mero lloraba pero hasta ahí me acuerdo.

El Patrocinio quedó atontado. No contestaba. No hablaba. No veía. Los vecinos prepararon todo lo necesario.

—Cuando vine a ver, ya mi Consuela y mi Chepita estaban vestidas y con las velas prendidas. Ya había gente rezándoles. Ahí fue cuando me puse a pegar de gritos. Quise salir corriendo pero mi comadre me detuvo. Tenés que quedarte, es tu obligación —me dijo—; y ahí me quedé toda la noche sin darme cuenta de nada.

Al día siguiente enterraron a los muertos del Patrocinio. El fue pero andaba como si también le hubiera tocado el rayo. Parecía que se iba a morir al rato. De vez en cuando pegaba un grito como de loco o como de borracho.

Después del entierro lo llevaron para su casa y lo tendieron en un catre. Ahí se quedó dormido.

—A la media noche me levanté. Había una luna que parecía una rodajita de caña. Ahí fue en donde me di cuenta de todo. Pero ni me maté, ni me arranqué el pellejo, ni me saqué los ojos. Sólo me fui pa donde estaba el amate. Ahí, con el machete, marqué muchas cruces y luego me oriné sobre la tierra en que estaban enterrados los ombliguitos de mis hijos. 

Y luego maldije al rayo que quemó la ceiba de la plazuela y que me echó la sal. Si tanta sal hay en La Esperanza que le caiga toda de un jalón —gritaba. Y agarré puños de sal y los iba sambutiendo en los surcos pa que nunca naciera nada en estas tierras. Y luego agarré la lámpara de gasolina y la encendí y me puse a ver todos los rincones de la casa como buscándole el paso a los espantos. Luego me acordé de las patas blancas del borrego y me puse a desenterrarlo y con el machete me lo hice picadillo y aventé los pedazos pa todos lados. Luego quemé la casa.

    —Le mentaba la madre a los santos porque me hicieron el mal, o no me quisieron hacer el bien que es lo mismo. También les eché maldición a las cenizas que me cayeron en la cabeza aquella tarde en que llegué a Juan Crispín. Luego les grité a mis piernas que no se hundieran en la tierra. Que nos fuéramos pal monte otra vez. Que nos olvidáramos de todo, de las risas, de los chiquitíos, de la Consuela, de los surcos. 

    Le grité a mi ombligo que regresara. Lo último que me acuerdo es que con el cuchillo me hice un tajo en la barriga para quitarme el agujero del ombligo, y que se me cayera, y echarlo a volar, a ver si así quedaba otra vez sin raíz. Después quién sabe qué pasó.

Vine a darme cuenta hasta en la cama del hospital de Tuxtla. Quién sabe quién me llevó.

De esto ya tiene sus años. Ahora estoy viejo. Pero nunca volví a encariñarme con un pueblo. Volví a ser pie de chucho que así es mi natural. A seguir corriendo tierras, detrás de la urraca que le ganó a mi tata allá en Copoya.

A veces, como ahora, vengo a dar a Juan Crispín. Pero sólo de pasada. Le echo una miradita a mis muertos y luego luego sigo mi camino.

Esto fue lo que me pasó. Lo que le pasó al Patrocinio Tipá nacido en Copoya y salado en Juan Crispín.

Lentamente el viejo Patrocinio se levantó de la piedra en que estaba sentado. Agarró la vereda que va para Zoquintiná. Antes de dar la vuelta para bajar al río, una urraca empezó a volar delante de él.

Dormir, acaso soñar - Mel Washburn

La cena había sido sencillamente horrible —el asado carbonizado, la verdura recocida—, y Oliver Evans no se había comportado de forma demasiado amable. Después de cada uno de aquellos platos incomibles se había mofado de los esfuerzos culinarios de su esposa confiándoles a los dos invitados que ella nunca había sido capaz de cocinar nada que valiese la pena.

—Será mejor que vuelvas a poner esto en la olla otro rato, Mary comentó mientras sostenía en lo alto una zanahoria lacia y amarilla—. Me parece que todavía está un poco viva. —Y les hacía un guiño sin disimular a los invitados.

—Ji, ji, ji —cacareaba el pequeño profesor—. Yo no dirría «un poco viva», ¿eh? O uno está vivo o no lo está. Ji, ji. ¿No estoy en lo cierrto, doctorr?

Victor Marx sonrió cortésmente, pero no dijo nada. La vida y la muerte eran los temas de los que habitualmente se ocupaba de forma profesional. No le gustaba nada hacer bromas sobre eso mientras cenaba.

Mary Evans se ruborizó.

—Me parece que la cena no estaba demasiado buena, ¿verdad, Ollie?

—Ha estado de pena, querida. Sencillamente espantosa. Pero... —Se inclinó hacia el lado opuesto de la mesa y le dio un húmedo beso en la mejilla—. Todos sabemos que has hecho todo cuanto has podido, aunque el resultado haya sido patético, y te perdonamos. —Eructó, incómodo—. ¡Ah, qué mal sabor de boca! Me recuerda los desarreglos gástricos que solíamos padecer en aquella cofradía de estudiantes. ¿Te acuerdas de la bazofia que nos daba Cookie, Victor?

—Claro que sí, Oliver. Y también recuerdo aquella vez que le echaste jabón al estofado de buey. Toda la cocina se llenó de espuma.

Oliver se echó a reír estrepitosamente.

—Los muchachos se disgustaron terriblemente conmigo, hasta que vieron llegar a los proveedores con los filetes y el helado que había encargado.

—Siempre hacías las cosas a lo grande, Oliver.

—En aquellos días, tenía acceso a los millones del viejo. Pero ahora, con las condiciones del testamento... —Se encogió de hombros—. Ahora no puedo permitirme el lujo de malgastar ni siquiera escamas de jabón.

—Qué encantadores son los rrecuerrdos —dijo el profesor—. Me pasaría horras escuchándolos.

—Sí, apuesto a que sí. —Oliver se limpió la cara con la servilleta y comenzó a dar muestras de impaciencia—. Bueno, ya está bien de hablar de platos y de comida. Pasemos al salón a tomar el café.

—¡Oh, cielo santo! —Mary se puso en pie de un salto—. Se me ha olvidado poner el café en el fuego.

—Porr favorr, querrida señorra, perrmítame. —El profesor se levantó de la silla—. Me considerro en cierrto modo un experrto en el tema Kaffee.

—Oh, no, yo...

—Vamos, Mary —le dijo su esposo—. Deja que el profesor prepare el café. No puede salirle peor que a ti. —Dirigió una sonrisa al profesor—. ¿Sabrá usted hervir el agua sin que se le queme?

—Crreo que sí. Ji, ji.

—Pues entonces es usted un chef de cuatro estrellas comparado con la querida frau aquí presente. Vaya usted tranquilamente a preparar el café.,

—Serrvidor.

El profesor, sorprendentemente ágil para tratarse de un jorobado de cabellos grises, se fue cojeando hacia la cocina. Oliver, su esposa, y el antiguo compañero de universidad del primero entraron en el salón y se sentaron.

—¡Ostras! —gritó Oliver cuando los muelles de su sillón favorito, muy viejo, le pincharon el trasero—. Tenemos que cambiar este trasto, Mary.                                                          

—Oh, cielos, Ollie, no podemos permitirnos... —El marido puso mala cara—. Quiero decir... —La mujer se hundió en un silencio embarazoso.

—No es de buena educación tratar los asuntos financieros cuando hay invitados delante, querida. —Oliver se echó a reír amargamente—. Aunque ya sé que este antro no deja gran cosa a la imaginación —miró con desprecio en torno suyo la andrajosa alfombra, el papel de la pared que se estaba cayendo a tiras, los muebles mugrientos—. Cuesta de creer, ¿verdad, Vic? Mientras nosotros estamos aquí sentados hay más de un millón de pavos que mi padre ganó con el sudor de su frente bien guardados en el banco, pero a mí no se me permite tocar ni un céntimo de ellos.

—Algún día tendremos un hijo, Ollie... —empezó a decir suavemente su esposa.

—No es muy probable que lo tengamos. Ya llevamos diecisiete años intentándolo, cariño. Y resulta que ahora el apuesto joven Evans, el orgullo del equipo de remo de la fraternidad, se ha convertido en el gordo y calvo Ollie, que tiene un empleo de tercera categoría, una casucha cochambrosa y toda la fortuna de la familia encerrada bajo llave en fideicomisos, reservada para unos hijos que nunca van a llegar.

—Y con una esposa que lo adora —añadió Mary.

Oliver sonrió tristemente.

—Sí, eso también.

¡Aquí está el Kaffee! —anunció el profesor alegremente entrando con una bandeja en la que había cuatro tazas—. Ésta parra la anfitrriona... ésta parra el doctorr... ésta parra el anfitrrión —Les tendió sendas tazas—. Lo he prreparrado como lo hacemos en Viena. ¡Esperro que les guste! —Levantó la taza y sorbió ruidosamente—. ¡Aja! Sencillamente perrfecto. Puede que al prrincipio no les guste, perro hay que concederrle una oporrtunidad parra aprreciarrlo bien. Bébanselo hasta la última gota; luego díganme qué opinión les merrece.

Vic se llevó la taza a los labios, pero el olor bastó para hacerlo retroceder, notó un ligero hedor a goma quemada. «Qué porquería más horrible», pensó, pero entonces advirtió que el profesor lo observaba atentamente, de modo que se puso la taza en los labios y bebió. 

El brebaje era tan espeso como el aceite de motor usado, y tenía casi el mismo sabor, pero el profesor, a quien Vic acababa de conocer aquella noche, parecía inocente (aunque excéntrico), y deseoso de agradar. Así que Vic hizo un esfuerzo y apura el contenido de la taza.

—¿Le gusta? ¿O no? —le preguntó el profesor con una sonrisa burlona.

—Un sabor poco corriente. Casi único, diría yo.

El profesor sonrió, satisfecho.

—Y a usted, ¿le gusta? —preguntó a Mary.

—Pues yo... —titubeó—. Encuentro que tiene un sabor terriblemente fuerte.

—Sí, fuerrte. ¿Perro le gusta?

—Oh... oh, sí.

—Entonces bébaselo todo. Debe apurrarrlo hasta el fondo.

—Vamos, Mary, bébetelo —la animó su marido.

—Muy bien. —Vació la taza.

—¡Eso es! ¡Excelente! —El profesor parecía encantado: su café era un éxito.

—¿Así que usted es oriundo de Viena? —le preguntó Vic a fin de entablar conversación.

—No, orriundo no. Estudié allí muchos años. Antes de eso, de niño, vivía en otrro lugarr, en los Cárrpatos. ¿Sabe usted dónde está eso?

—Creo que sí. En Rusia o por ahí ¿no?

—Ji, ji, ji. Porr ahí. De todos modos erra un lugar muy agrradable para crrecerr allí y luego marrcharrse. Perro esto me gusta más.

—¡Oh! ¡Oh, Dios mío! —exclamó Mary.

—¿La he molestado, mi querrida señorra? —El profesor la miró inquisitivo.

—No, es que yo... —De pronto, palideció y pareció asustarse. La cara se le puso brillante a causa de la transpiración—. Yo... —Resbaló del sofá y se desplomó en el suelo.

—¡Querrida señorra! —El profesor se arrodilló junto a ella rápidamente.

—¡Mary! ¿Mary? —exclamó Oliver Evans mientras Víctor Marx salía precipitadamente de la habitación para ir a buscar el maletín negro de médico que tenía en el coche. Cuando volvió a entrar se encontró con que Mary Evans yacía en el suelo y los dos hombres se hallaban de pie, mirándola con semblante solemne.

—¿Cómo está? —les preguntó Vic.

—Examínela usted y díganoslo, porr favorr, herr doctorr —respondió el profesor.

Él y Oliver se hicieron a un lado para permitir que Víctor se arrodillara junto a la postrada mujer.

—No respira —dijo. Le palpó la arteria carótida—.Tampoco tiene pulso.                           

—¿Está usted segurro? —le preguntó el profesor en un tono curiosamente seco.

—Sí, por favor, asegúrate, Vic —dijo Oliver.

Vic sacó el estetoscopio del maletín negro, le desabrochó la blusa a Mary y le auscultó atentamente el pecho.

—Se le ha parado el corazón, estoy seguro.

Cerró el puño y lo levantó diez centímetros por encima del esternón de Mary, dispuesto a aplicarle un masaje precardial que quizá lograse que el corazón de la mujer volviese a latir.

Pero los dedos del profesor, como si fueran una garra, se ciñeron alrededor de su muñeca y frenaron el brazo de Vic con sorprendente fuerza.

—Porr favorr, no haga nada prrecipitado —le dijo—. Sólo dígame, porr favorr, ¿está usted absolutamente segurro de que la vida de la señorra ha cesado?

Vic pensó que aquel viejo debía de estar histérico. Seguro que el horror de aquellos momentos le había puesto fuera de sí.

—¡Oliver! ¡Ayúdame! —dijo.

Pero Oliver se limitó a mirarlo fríamente.

—Contéstale al profesor, Vic. ¿Está muerta Mary? Danos una opinión medica profesional.

—Tú, su marido, no quieres... —Vic balbuceó—. ¿Te niegas a dar tu permiso para aplicarle masajes de reanimación? ¿No quieres que intente salvarla?

—No, no quiero, Vic. Sólo quiero que me digas si está clínicamente muerta o no.

Vic notó que, de alguna manera, se hallaba en peligro. Aquellos hombres actuaban como si estuvieran locos, pero era evidente que la histeria no se había apoderado de ellos: una extraña astucia impregnaba sus acciones.

—Muy bien; la examinaré atentamente. —La palpó; hizo percusión en el pecho; estudió con detenimiento las pupilas de Mary y comprobó los reflejos—. Las funciones vitales han cesado por completo. El cerebro no recibe oxígeno —declaró finalmente—. A todos los efectos, ha fallecido.

—¿Está usted absolutamente segurro? —le preguntó el profesor con los ojos bailándole de forma diabólica, como si se tratara de alguna broma horripilante.

—Absolutamente.

—Bien, ése es el paso númerro uno. —El profesor aplaudió vigorosamente—. Ahora, vayamos con el númerro dos.

—El paso más importante —dijo Oliver.

—Quizá sí.

El profesor salió cojeando en dirección a la cocina, y muy pronto se oyó el entrechocar de las cacerolas y el fuerte tintineo de las tazas.

—¿Qué es eso del paso número dos? —le susurró Vic a Oliver en un aparte.

—Pues hacerla volver a la vida. O, más bien, hacerla salir de ese estado de muerte aparente.

—¿No se trata de una muerte real?

—Francamente, espero que no. El profesor me prometió que no lo sería.

—¿Te prometió...? —Un escalofrío de horror recorrió la columna vertebral de Vic—. ¿Quieres decir que él le ha hecho esto?

—Sí, claro. Con el café. En el de ella había puesto algo especial.

—¡Oh, Señor! —Vic se puso en pie de un salto—. Esto es... ¡horroroso! —Se retorció las manos, consternado—. Ese maníaco ha asesinado a tu esposa y tú se lo has consentido. Cielo santo, Ollie, ¿en qué estabas pensando? ¿Cómo has podido hacer una cosa así?

—Porr favorr, doctorr Marrx, cálmese. —El profesor se encontraba de pie junto a la puerta de la cocina—. La señorra no está muerrta, así que el térrmino «asesinato» difícilmente viene al caso. Lo que hemos hecho ha sido suprrimirrle las funciones vitales, que han quedado a un nivel mínimo: no pueden detectarrse, perro siguen ahí. Si es necesarrio, el sujeto puede sobrrevivirr en este estado durrante meses.

Regresó a la cocina.

—Sí, cálmate, Vic. Lo hecho, hecho está. Ahora, veamos si es capaz de deshacerlo, ¿de acuerdo?

—Pero, ¿por qué, Ollie? ¿Qué propósito tiene todo esto?

—Es una especie de experimento. Si funciona con Mary, pienso llevarlo a cabo conmigo mismo.

—Pero, ¿por qué?

—Para hacerme de una vez con el dinero del fideicomiso. Según la voluntad de mi padre, si yo muero mi esposa recibirá el dinero sin más obstáculos. El viejo siempre sintió debilidad por las viudas y los huérfanos. Así que, suponiendo que este potingue funcione correctamente, me tomaré una dosis y haré que me declaren muerto; Mary recibirá el dinero del fideicomiso y luego el profesor me resucitará. Sencillo, ¿no?                          

—¿Estaba Mary al corriente de todo esto?                   

Oliver pareció incómodo.

—Bueno, aún no. Me figuré que si se lo decía... a lo mejor no habría querido hacer de conejillo de Indias. Aunque, a decir verdad, como es una cabeza de chorlito es muy probable que yo hubiera podido convencerla de todos modos.

El brillo demente que asomaba por el rabillo del ojo de Oliver le recordó a Vic que él mismo también podía encontrarse en peligro en aquel lugar.

—Si te dijera que quiero marcharme ahora mismo, ¿intentarías detenerme?

—No. Diantres, no. Tú te has creído que estaba muerta. Eso es todo lo que quería de ti. Aunque yo diría que, como amigo preocupado, seguro que no quieres moverte de aquí hasta ver cómo sale Mary de todo esto.

—Ya sé cómo saldrá. Está muerta, pobre mujer.

—Siemprre dudando, como santo Tomás, ¿eh, doctorr? —El profesor entró en el salón llevando una humeante taza llena de líquido y algunas otras cosas—. ¿Sigue sin crreerrse que la señorra está perrfectamente bien?

—No me lo creo en absoluto.

—Bueno, sólo tiene que esperrarr cinco minutos y verrá lo que pasa. —Le dio la taza a Oliver—. ¿Quierre sostenerrme esto? —Se arrodilló junto a la cabeza de Mary y, abriéndole la boca, le deslizó un tubo de goma por el esófago—. ¡Todo listo! —Sujetó un embudo de plástico al tubo y vertió en él el contenido de la taza—. Usted tomarrá nota del tiempo —le dijo a Vic.

Vic no apartó los ojos del reloj de pulsera y, al cabo de cinco minutos, vio con sorpresa cómo los párpados de Mary empezaban a agitarse y que ella emitía un profundo gemido.

—¡Ya está! —El profesor le quitó el tubo y el embudo. Al cabo de diez minutos Mary estaba consciente. A los quince minutos los hombres la ayudaron a sentarse en el sofá.

—Nos has tenido terriblemente preocupados, querida Mary —le dijo Oliver—. Te has desmayado, o algo así. —Se volvió hacia Vic con una sonrisa sarcástica—. ¿Quieres examinarla ahora, aunque sólo sea para asegurarnos de que se encuentra del todo bien?

—Puedes jurar que lo haré.

Vic la examinó minuciosamente pero, aparte de una ligera somnolencia, la mujer se hallaba en perfectas condiciones. Le pidió que fuera a su consulta al día siguiente a fin de realizarle más pruebas; así lo hizo Mary, pero no pudo encontrarle nada.

Aunque normalmente no se interesaba por aquella clase de cosas, Vic se sorprendió a sí mismo, durante los días que siguieron, leyendo con avidez las notas necrológicas del periódico local. Y, en efecto, aproximadamente una semana y media después, leyó que su antiguo compañero de universidad, Oliver Evans, había fallecido inesperadamente. Se pedía a los amigos que presentaran sus condolencias en la casa del difunto donde los restos estarían de cuerpo presente hasta el día del funeral.

Cuando Vic llegó a la deteriorada casa, un hombre alto y pálido, ataviado con un brillante traje negro, lo recibió a la puerta y le pidió que firmara en el libro de invitados. Vic advirtió que, aparte del «Profesor Vladislav Xrxdnsyvitch, doctor en Medicina», él era la única persona que había visitado los restos del pobre Oliver. 

En el interior se encontró con que habían arreglado, aunque no reformado, el salón: hileras de velas perfumadas proporcionaban la única iluminación pero, a pesar de ello, se veía perfectamente el papel roto de la pared, la alfombra desgastada y los muebles de ínfima calidad, que estaban apartados contra la pared. 

En medio de la habitación había una tarima cubierta de tela negra y, sobre ella, se hallaba el mueble más atractivo de la estancia, un ataúd de madera barnizada con brillantes adornos de latón. «Debe de haberle costado un buen fajo a Ollie —pensó Vic—. Aunque supongo que ahora está en situación de permitírselo.»

En la cabecera del ataúd se hallaba de pie Mary, toda vestida de negro; tenía un aspecto casi atractivo con el pelo castaño claro bellamente peinado y la cara de luna transfigurada por una dignidad doliente.

—Hola, Vic —le saludó ella en un susurro—. Gracias por venir.

—No podía dejar de hacerlo —replicó él sinceramente—. ¿El profesor vuelve a estar en la cocina?

—¿Qué? Oh, no. Sólo estuvo aquí el tiempo necesario para recoger el dinero que Ollie le debía. Luego se marchó. Tenía que coger un avión.

—¿No dejó nada?

—¿Qué? ¿Te refieres al café? Claro. Lo mantengo caliente en el fogón. Es una cosa muy rara, el último deseo de Ollie...

—¿Fue que el profesor le vertiera café por la garganta en el funeral?

—Sí, ¿no es extraño? Pero el profesor me mostró cómo hacerlo. Y Ollie, en el lecho de muerte, me hizo prometer que lo haría, así que... —Miró con cariño a su marido, tendido en el ataúd—. Siempre tuvo muchas ideas raras, hasta el final. Cielos, voy a echarlo de menos.

—¿Te lo explicó todo? Me refiero a lo de aquel desmayo tuyo.

—Pues no, no me explicó nada; lo que sí me hizo fue un montón de preguntas sobre ello.

—¿Como qué?

—Lo que sentí. Si noté algún dolor. ¡Pobrecito! Estaba tan preocupado por que yo hubiera podido sufrir de un modo u otro en aquellos momentos...

—¿Y fue así?

Ella abrió mucho los ojos.

—Oh, sí, terriblemente. Padecí unas pesadillas espantosas mientras estuve desmayada, Vic. No te puedes hacer idea. Demonios, tormentos y... bueno, sencillamente, cosas horrorosas. ¡Y todo parecía tan real! Te juro que me habría vuelto loca si hubiese durado más de lo que duró. Naturalmente, no le conté nada de esto a Ollie. ¿Qué necesidad había de preocuparlo por mi culpa?

—Claro, ¿para qué?

Vic calculó que el pobre Oliver llevaba viviendo la misma clase de pesadillas casi treinta y seis horas.

Mary le habló con aire ausente de todo el dinero que había heredado y de lo alegremente que se separaría de él con tal de tener de nuevo a Oliver vivo. Luego dejó vagar la mirada por el reloj de pulsera de Vic.

—¡Ay, Dios mío! ¡Qué desastre! —Con ojos llenos de angustia salió corriendo hacia la cocina mientras Vic la seguía muy de cerca—. ¡Oh, Señor, mira eso! —Levantó un cazo humeante del fogón: todo lo que quedaba dentro era una substancia negra y carbonizada que se había quemado hasta el fondo—. Oh, madre mía, el café del profesor se ha echado a perder.

—Metió el cazo chamuscado en el fregadero—. Bueno, tendré que hacer otro nuevo. Al fin y al cabo, el pobre Oliver no notará la diferencia, y yo me sentiré mejor sólo con saber que lo he preparado yo misma. ¿Crees que hago lo correcto? —preguntó volviéndose hacia Vic.

Pero Vic ya se precipitaba como una exhalación hacia el salón y levantaba el puño cerrado, exactamente diez centímetros por encima del pecho de Oliver, con la vana esperanza de resucitar a su amigo sin la receta del famoso café vienes del profesor.