Las islas Mouk son el paraíso del antropólogo moderno. Cualquiera puede comprobar, hojeando los índices de Current Anthropology o de American Anthropologist, la popularidad de que gozan estas islas. No hay menos de dos artículos por año y cada lustro, por término medio, ven la luz dos estudios monográficos de mayor o menor envergadura sobre uno o más aspectos de su sociedad, su cultura o su socioecología.
Y no son más que algunas de las tesis doctorales —las elegidas— que sobre el tema se leen, año tras año, en las diferentes facultades de antropología y filosofía de Europa y Norteamérica.
Conocidas en el mundo occidental desde el primer viaje de Cook, que repostó en la mayor de las islas, a las que denominó —un poco rimbombantemente— Glory Islands, no empezaron a interesar verdaderamente a la antropología hasta los años setenta.
Las descripciones anteriores son muy vagas: alejadas de las líneas de navegación, las Mouk, pequeñas y —en opinión de los marineros europeos— pobres, fueron olvidadas por comerciantes, soldados y misioneros. Algunos investigadores han resaltado, recientemente, la ausencia de noticias sobre la vida y costumbres de sus habitantes en las escasas referencias anteriores a la Segunda Guerra Mundial (Juárez, 1987).
Los japoneses ni siquiera se dignaron ocuparlas entonces. Los norteamericanos se conformaron con instalar en 1943 un puesto de radio custodiado por tres o cuatro soldados, que fue desmantelado enseguida, en 1946, cuando las Mouk volvieron a quedar bajo soberanía británica. Los ingleses reconstruyeron el puesto de radio, le añadieron una estación meteorológica y siete barracones y, casi sin darse cuenta, plantaron la semilla de Winstontown, hasta la fecha la única ciudad del archipiélago.
Nuestra historia da comienzo pocos años más tarde, en 1948. Feargal Fischer, un irlandés recién licenciado en antropología por la Universidad de Glasgow, llega a las islas Mouk con la intención de recoger material sobre las costumbres y usos de los indígenas, consigue el permiso de uno de los clanes —así los denomina él— para vivir entre ellos y pasa tres largos años de estudio, privaciones y trópico.
De vuelta a su Dublín natal publica un digno ensayo, The Moukians: A South Pacific Society, que conoció tres ediciones y —cuentan— fue muy alabado por Evans-Pritchard en sus clases (Fischer, 1951). En él, Fischer nos describe la sociedad de la isla principal, de economía basada en una agricultura de subsistencia, como patriarcal y patrilineal y con fuertes valores militaristas (los clanes luchaban sin cesar entre sí).
Desgraciadamente, la prematura muerte de Fischer en un accidente de motocicleta le impidió viajar de nuevo allí para ahondar en sus investigaciones, especialmente en lo referido a algunas cuestiones que no quedaron suficientemente claras en su primer trabajo, como el rol de las denominadas «mujeres-tiburón» a la hora de elegir al jefe de guerra, o la relación con la cosmología mouk de las escarificaciones a las que se sometían los adultos una vez se habían cobrado su primera presa de caza. El estudio de Fischer quedó, sin embargo, como una de las pequeñas obras clásicas de la antropología irlandesa de la época.
Ningún científico social se volvió a preocupar de las islas Mouk hasta finales de los años sesenta. Entretanto, Su Graciosa Majestad, sin que nadie se lo pidiera, concedió la independencia a las islas y, casi al mismo tiempo, un empresario hotelero neozelandés, Wayne Townshend, erigía en Winstontown el primer apartamento de lujo de la isla.
«Las Mouk, un paraíso en la Tierra» fue el lema que acompañó a unas cuantas fotografías de las playas de las islas, eje de una campaña publicitaria que adornó las paredes de unas cuantas agencias de viajes. La campaña no tuvo, en un principio, demasiado éxito: el viaje en hidroavión hasta las islas resultaba caro y otros destinos atraían el interés del turismo masivo.
Puede que fuera la visión de esta propaganda repugnante y capitalista la que animara a Pierre Roulat, licenciado en Sociología y Antropología por Nanterre, a decidir el tema para su tesis de doctorado: ya veía el título, Colonialisme, néocolonialisme et capitalisme. La destruction d'un monde traditionnel: les îles Mouk, impreso en la portada de algún libro de la editorial Maspero (Crandell, 1981). Claro que aquel largo lema correspondía solo a sus hipótesis de partida, pero estaba seguro de que lograría demostrarlas.
Roulat conocía la obra de Fischer, que circulaba —es un decir— por las librerías francesas en una no muy cuidada traducción. Preveía que la irrupción del turismo habría cambiado las cosas en Mouk, y estaba dispuesto a desenmascarar de qué manera. Además, había algunos aspectos de la forma de trabajar de Fischer que no le convencían.
Por ejemplo, el investigador irlandés nunca llegó a dominar del todo la lengua local y se valió durante su estancia entre los nativos de un antiguo boy de los soldados norteamericanos que chapurreaba algo que, en todo caso, tenía un marcado acento tejano.
Por ello, Roulat empleó los dos años siguientes en estudiar lenguas micronésicas en la Universidad de Sídney, y los primeros meses que pasó en las Mouk los dedicó a ahondar en la variante lingüística local.
Fueron tres años intensos, durante los cuales Roulat fue de sorpresa en sorpresa. Casi nada coincidía con lo que Fischer había descrito en su libro. Las diferencias eran tales, que Roulat llegó a dudar si el irlandés había estado en el mismo archipiélago que él. Pero no podía ser: las palabras que aparecían en el texto de Fischer eran las mismas por las que preguntaba a los nativos una y otra vez. Eso sí, describían conceptos, prácticas y situaciones muy distintas a las recogidas por Fischer.
Roulat encontró una población minúscula, que vivía de la pesca, la recogida de moluscos y la recolección. Las comunidades tradicionales no establecían casi ningún contacto con los extranjeros y, para su sorpresa, no parecía que el débil turismo, dominado por empresarios neozelandeses y australianos, hubiera tenido influencia alguna en la sociedad mouk.
Las mujeres gozaban de una preeminencia tal que, según Roulat, las descripciones de poliginia, malos tratos y sumisión que aparecían en el libro de Fischer resultaban simplemente increíbles. Los cánticos «guerreros» que había traducido el irlandés no eran, según este investigador, más que invocaciones a la Madre Universal para que la pesca y la caza fueran abundantes.
Las «mujeres-tiburón», aparte de constituir la memoria de la colectividad mouk, ostentaban, claramente, la jefatura de los clanes, por lo que Roulat se atrevió, en su libro, a calificar a aquella sociedad de matriarcal.
Redactó el libro en menos de tres meses, ya de vuelta en París. Aquello era una bomba académica. Las seiscientas cincuenta y cuatro páginas, coloristas y casi literarias, de Les vraies îles Mouk: une étude anthropologique (1969), aunque le valieron a Roulat la expulsión de los círculos trotskistas y feministas que frecuentaba antes de su partida, cautivaron a la comunidad científica y provocaron una de las más agrias polémicas que se recuerdan entre académicos franceses y anglosajones.
La Reivindicación de la obra de Fischer partió, como no podía ser menos, del Fischer Memorial Institute of Ethnology de Cork, cuyos miembros estaban consternados por la radical crítica que se hacía en el libro al maestro y a sus métodos. El FMIE convocó aquel año, por primera vez, una sustanciosa beca para financiar estudios antropológicos en la Polinesia y la Micronesia, beca que se ha venido ofreciendo año tras año hasta el día de hoy, y que se concede invariablemente a proyectos centrados en la sociedad de las Mouk, siempre con el inconfesado deseo de desbaratar las críticas de Roulat a Fischer. Así fue, por lo menos, durante los primeros años. Porque los resultados han dejado bastante que desear.
Los cinco artículos que, a partir del estudio de las leyendas y el folclore mouk, publicó el equipo formado por Anna Winter y Claus McAdam, beneficiarios de la primera beca concedida por el FMIE, destrozaron las conclusiones del estudio de Roulat, al que calificaban de «descriptivo y poco riguroso» (Winter & McAdam, 1971, 1972a, 1972b, 1972c, 1973). Y, sin embargo, tampoco confirmaban los extremos que constituían la columna vertebral del libro de Fischer.
La sociedad mouk estaba basada en una economía recolectora que sacaba provecho de la abundancia de frutos y bayas del bosque tropical. No hallaron indicios de que alguna vez hubieran practicado la caza y, aparte de los moluscos que recogían en las playas, tampoco parecían conocer el arte de la pesca. Consiguientemente, no encontraron indicios de armamento ni de actividad guerrera.
El hecho de que averiguaran que las «mujeres-tiburón» eran, a la postre, hombres que se travestían para una especie de función de teatro ritual les puso sobre la pista para demoler las tesis matriarcalistas del francés. La preponderancia de las mujeres en la sociedad mouk habría sido, según Winter y McAdam, producto de la calenturienta imaginación de Roulat, pero lo cierto es que tampoco pudieron confirmar algunos de los asertos de Fischer: aunque los hombres dominaban todas las parcelas de la vida de las islas, no se podía decir que ejercieran una hegemonía sin límite sobre las mujeres, a las que trataban en un plano de relativa igualdad.
Como puede suponerse, la controversia que originaron los artículos fue mayúscula y las expediciones se multiplicaron en los siguientes años. Y no solo las inglesas y las francesas: antropólogos norteamericanos, rusos, japoneses, austriacos, indios y australianos acudieron, en sucesivas oleadas, a depositar su granito de arena en el acervo científico de la humanidad.
Ninguna revista especializada se quedó sin su monográfico dedicado a las islas (sería demasiado prolijo enumerar siquiera los estudios más decisivos; una buena bibliografía la encontramos en Chapman, 1991; para un resumen de las publicaciones más recientes, consultar Vries, 1999).
La fama de las Mouk sobrepasó, de hecho, las fronteras de la ciencia antropológica, impulsando la llegada de muchos amantes de los viajes exóticos: el turismo se ha convertido, desde 1982, en la primera fuente de la renta nacional, desplazando a —según el estudio que se utilice— la pesca, la agricultura de subsistencia o el plátano para la exportación.
La fama de las Mouk ha atraído también a estudiosos ajenos al campo de la antropología: el lingüista vizcaíno J. Lakarra ha relacionado varios giros de la lengua mouk con estructuras pragmáticas subyacentes en la obra del padre Larramendi, dando pie así a una nueva hipótesis sobre la filiación de la lengua más antigua de Europa, aunque, como el propio autor señala, sean necesarias nuevas investigaciones que la confirmen o, en su caso, invaliden (Lakarra, 1992).
Incluso el recordado naturalista Félix Rodríguez de la Fuente llegó a rodar un capítulo sobre «La rata pinta de las Mouk», que permanece inédito en los sótanos de Radio Televisión Española. De cualquier manera, ninguna de las publicaciones posteriores aclaró las cuestiones suscitadas. Nadie podía exponer, a ciencia cierta, cómo era la sociedad de las Mouk.
Los extremos citados en el último artículo eran invariablemente matizados, cuando no demolidos, por los que se publicaban al año siguiente. En muchas universidades, el epígrafe dedicado a las islas Mouk en la asignatura correspondiente desapareció de los planes de estudio: era virtualmente imposible seguirle la pista.
Lo cierto es que las ciencias avanzan, aunque sea lentamente, hacia la verdad: esto es innegable. Aunque la solución al enigma de las Mouk no esté del todo clara aún, han empezado a extraerse algunas hipótesis plausibles.
Un artículo publicado por Allison Millcave (1990) apunta la idea de que los mouk constituirían una «sociedad-camaleón», capaz de transformarse a sí misma para presentar una imagen, distinta cada vez, a los sucesivos visitantes. Esta característica habría constituido en el pasado un mecanismo defensivo y, hoy en día, siempre según Millcave, un cebo para atraer antropólogos, turistas y, a la postre, riqueza a las islas.
La autora destaca que uno de los pocos rasgos comunes a casi todas las investigaciones es la nula relación que se aprecia entre la sociedad tradicional de las islas y el mundo del turismo que se concentra en torno a Winstontown.
De hecho, aunque las formas varían de uno a otro estudio, todos ellos subrayan la dureza con la que tratan los mouk a aquellos que tienen contacto con los «blancos» o se van a vivir con ellos. Estos son expulsados de la comunidad con un ceremonial que, aunque desgraciadamente cambiante, siempre es vistoso.
Lo que contrasta vivamente con la amabilidad con la que han solido tratar a los antropólogos que les visitaban. Como afirma una posterior reseña de Wong (1991), la relación entre estos dos hechos no queda excesivamente clara en el —siempre según Wong— torpe trabajo de Millcave, pero admite rotundamente la intuición de esta sobre el engaño antropológico como base de la sociedad mouk (aunque él prefiera denominarla «comunidad-manto»).
En resumen, la sociedad de las Mouk sería, según estos y otros trabajos posteriores, un gigantesco fraude (ver, una vez más, la documentación reseñada en Vries, 1999).
Aunque esta teoría se afianza hoy día como la correcta, esto no quiere decir que el interés por las islas decaiga. Los trabajos emprendidos desde entonces en base a esta hipótesis de partida no han resultado ni mucho menos concluyentes. Las encuestas realizadas para ahondar en las bases de los dispares comportamientos sociales observados han arrojado respuestas más que divergentes y han encendido vivas polémicas.
Una línea de investigación se empeña en fijar cuál es la verdadera estructura de la sociedad mouk, su esencia, mientras que otra escuela, más relacionada con la semiótica, considera imposible esa pretensión. Las cambiantes respuestas de los mouk, que en ocasiones parecen admitir el engaño, no ayudan mucho.
Entre tanto, el negocio turístico de la isla prospera, las expediciones de estudiantes de segundo ciclo y doctorado no cesan y la renta nacional sigue creciendo. A las legiones de antropólogos se han sumado ahora apresuradamente equipos de investigación multidisciplinares, o formados exclusivamente por sociólogos, interesados por el pujante movimiento ecologista indígena contra las pruebas nucleares que el Gobierno francés piensa llevar a cabo en un atolón vecino.
Movimiento que, por lo que sabemos, puede no durar más que un suspiro y ser sustituido por la conversión al catolicismo de la mayoría de la población, una pasión repentina por la comida china o vaya usted a saber qué.