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Dormir, acaso soñar - Mel Washburn

La cena había sido sencillamente horrible —el asado carbonizado, la verdura recocida—, y Oliver Evans no se había comportado de forma demasiado amable. Después de cada uno de aquellos platos incomibles se había mofado de los esfuerzos culinarios de su esposa confiándoles a los dos invitados que ella nunca había sido capaz de cocinar nada que valiese la pena.

—Será mejor que vuelvas a poner esto en la olla otro rato, Mary comentó mientras sostenía en lo alto una zanahoria lacia y amarilla—. Me parece que todavía está un poco viva. —Y les hacía un guiño sin disimular a los invitados.

—Ji, ji, ji —cacareaba el pequeño profesor—. Yo no dirría «un poco viva», ¿eh? O uno está vivo o no lo está. Ji, ji. ¿No estoy en lo cierrto, doctorr?

Victor Marx sonrió cortésmente, pero no dijo nada. La vida y la muerte eran los temas de los que habitualmente se ocupaba de forma profesional. No le gustaba nada hacer bromas sobre eso mientras cenaba.

Mary Evans se ruborizó.

—Me parece que la cena no estaba demasiado buena, ¿verdad, Ollie?

—Ha estado de pena, querida. Sencillamente espantosa. Pero... —Se inclinó hacia el lado opuesto de la mesa y le dio un húmedo beso en la mejilla—. Todos sabemos que has hecho todo cuanto has podido, aunque el resultado haya sido patético, y te perdonamos. —Eructó, incómodo—. ¡Ah, qué mal sabor de boca! Me recuerda los desarreglos gástricos que solíamos padecer en aquella cofradía de estudiantes. ¿Te acuerdas de la bazofia que nos daba Cookie, Victor?

—Claro que sí, Oliver. Y también recuerdo aquella vez que le echaste jabón al estofado de buey. Toda la cocina se llenó de espuma.

Oliver se echó a reír estrepitosamente.

—Los muchachos se disgustaron terriblemente conmigo, hasta que vieron llegar a los proveedores con los filetes y el helado que había encargado.

—Siempre hacías las cosas a lo grande, Oliver.

—En aquellos días, tenía acceso a los millones del viejo. Pero ahora, con las condiciones del testamento... —Se encogió de hombros—. Ahora no puedo permitirme el lujo de malgastar ni siquiera escamas de jabón.

—Qué encantadores son los rrecuerrdos —dijo el profesor—. Me pasaría horras escuchándolos.

—Sí, apuesto a que sí. —Oliver se limpió la cara con la servilleta y comenzó a dar muestras de impaciencia—. Bueno, ya está bien de hablar de platos y de comida. Pasemos al salón a tomar el café.

—¡Oh, cielo santo! —Mary se puso en pie de un salto—. Se me ha olvidado poner el café en el fuego.

—Porr favorr, querrida señorra, perrmítame. —El profesor se levantó de la silla—. Me considerro en cierrto modo un experrto en el tema Kaffee.

—Oh, no, yo...

—Vamos, Mary —le dijo su esposo—. Deja que el profesor prepare el café. No puede salirle peor que a ti. —Dirigió una sonrisa al profesor—. ¿Sabrá usted hervir el agua sin que se le queme?

—Crreo que sí. Ji, ji.

—Pues entonces es usted un chef de cuatro estrellas comparado con la querida frau aquí presente. Vaya usted tranquilamente a preparar el café.,

—Serrvidor.

El profesor, sorprendentemente ágil para tratarse de un jorobado de cabellos grises, se fue cojeando hacia la cocina. Oliver, su esposa, y el antiguo compañero de universidad del primero entraron en el salón y se sentaron.

—¡Ostras! —gritó Oliver cuando los muelles de su sillón favorito, muy viejo, le pincharon el trasero—. Tenemos que cambiar este trasto, Mary.                                                          

—Oh, cielos, Ollie, no podemos permitirnos... —El marido puso mala cara—. Quiero decir... —La mujer se hundió en un silencio embarazoso.

—No es de buena educación tratar los asuntos financieros cuando hay invitados delante, querida. —Oliver se echó a reír amargamente—. Aunque ya sé que este antro no deja gran cosa a la imaginación —miró con desprecio en torno suyo la andrajosa alfombra, el papel de la pared que se estaba cayendo a tiras, los muebles mugrientos—. Cuesta de creer, ¿verdad, Vic? Mientras nosotros estamos aquí sentados hay más de un millón de pavos que mi padre ganó con el sudor de su frente bien guardados en el banco, pero a mí no se me permite tocar ni un céntimo de ellos.

—Algún día tendremos un hijo, Ollie... —empezó a decir suavemente su esposa.

—No es muy probable que lo tengamos. Ya llevamos diecisiete años intentándolo, cariño. Y resulta que ahora el apuesto joven Evans, el orgullo del equipo de remo de la fraternidad, se ha convertido en el gordo y calvo Ollie, que tiene un empleo de tercera categoría, una casucha cochambrosa y toda la fortuna de la familia encerrada bajo llave en fideicomisos, reservada para unos hijos que nunca van a llegar.

—Y con una esposa que lo adora —añadió Mary.

Oliver sonrió tristemente.

—Sí, eso también.

¡Aquí está el Kaffee! —anunció el profesor alegremente entrando con una bandeja en la que había cuatro tazas—. Ésta parra la anfitrriona... ésta parra el doctorr... ésta parra el anfitrrión —Les tendió sendas tazas—. Lo he prreparrado como lo hacemos en Viena. ¡Esperro que les guste! —Levantó la taza y sorbió ruidosamente—. ¡Aja! Sencillamente perrfecto. Puede que al prrincipio no les guste, perro hay que concederrle una oporrtunidad parra aprreciarrlo bien. Bébanselo hasta la última gota; luego díganme qué opinión les merrece.

Vic se llevó la taza a los labios, pero el olor bastó para hacerlo retroceder, notó un ligero hedor a goma quemada. «Qué porquería más horrible», pensó, pero entonces advirtió que el profesor lo observaba atentamente, de modo que se puso la taza en los labios y bebió. 

El brebaje era tan espeso como el aceite de motor usado, y tenía casi el mismo sabor, pero el profesor, a quien Vic acababa de conocer aquella noche, parecía inocente (aunque excéntrico), y deseoso de agradar. Así que Vic hizo un esfuerzo y apura el contenido de la taza.

—¿Le gusta? ¿O no? —le preguntó el profesor con una sonrisa burlona.

—Un sabor poco corriente. Casi único, diría yo.

El profesor sonrió, satisfecho.

—Y a usted, ¿le gusta? —preguntó a Mary.

—Pues yo... —titubeó—. Encuentro que tiene un sabor terriblemente fuerte.

—Sí, fuerrte. ¿Perro le gusta?

—Oh... oh, sí.

—Entonces bébaselo todo. Debe apurrarrlo hasta el fondo.

—Vamos, Mary, bébetelo —la animó su marido.

—Muy bien. —Vació la taza.

—¡Eso es! ¡Excelente! —El profesor parecía encantado: su café era un éxito.

—¿Así que usted es oriundo de Viena? —le preguntó Vic a fin de entablar conversación.

—No, orriundo no. Estudié allí muchos años. Antes de eso, de niño, vivía en otrro lugarr, en los Cárrpatos. ¿Sabe usted dónde está eso?

—Creo que sí. En Rusia o por ahí ¿no?

—Ji, ji, ji. Porr ahí. De todos modos erra un lugar muy agrradable para crrecerr allí y luego marrcharrse. Perro esto me gusta más.

—¡Oh! ¡Oh, Dios mío! —exclamó Mary.

—¿La he molestado, mi querrida señorra? —El profesor la miró inquisitivo.

—No, es que yo... —De pronto, palideció y pareció asustarse. La cara se le puso brillante a causa de la transpiración—. Yo... —Resbaló del sofá y se desplomó en el suelo.

—¡Querrida señorra! —El profesor se arrodilló junto a ella rápidamente.

—¡Mary! ¿Mary? —exclamó Oliver Evans mientras Víctor Marx salía precipitadamente de la habitación para ir a buscar el maletín negro de médico que tenía en el coche. Cuando volvió a entrar se encontró con que Mary Evans yacía en el suelo y los dos hombres se hallaban de pie, mirándola con semblante solemne.

—¿Cómo está? —les preguntó Vic.

—Examínela usted y díganoslo, porr favorr, herr doctorr —respondió el profesor.

Él y Oliver se hicieron a un lado para permitir que Víctor se arrodillara junto a la postrada mujer.

—No respira —dijo. Le palpó la arteria carótida—.Tampoco tiene pulso.                           

—¿Está usted segurro? —le preguntó el profesor en un tono curiosamente seco.

—Sí, por favor, asegúrate, Vic —dijo Oliver.

Vic sacó el estetoscopio del maletín negro, le desabrochó la blusa a Mary y le auscultó atentamente el pecho.

—Se le ha parado el corazón, estoy seguro.

Cerró el puño y lo levantó diez centímetros por encima del esternón de Mary, dispuesto a aplicarle un masaje precardial que quizá lograse que el corazón de la mujer volviese a latir.

Pero los dedos del profesor, como si fueran una garra, se ciñeron alrededor de su muñeca y frenaron el brazo de Vic con sorprendente fuerza.

—Porr favorr, no haga nada prrecipitado —le dijo—. Sólo dígame, porr favorr, ¿está usted absolutamente segurro de que la vida de la señorra ha cesado?

Vic pensó que aquel viejo debía de estar histérico. Seguro que el horror de aquellos momentos le había puesto fuera de sí.

—¡Oliver! ¡Ayúdame! —dijo.

Pero Oliver se limitó a mirarlo fríamente.

—Contéstale al profesor, Vic. ¿Está muerta Mary? Danos una opinión medica profesional.

—Tú, su marido, no quieres... —Vic balbuceó—. ¿Te niegas a dar tu permiso para aplicarle masajes de reanimación? ¿No quieres que intente salvarla?

—No, no quiero, Vic. Sólo quiero que me digas si está clínicamente muerta o no.

Vic notó que, de alguna manera, se hallaba en peligro. Aquellos hombres actuaban como si estuvieran locos, pero era evidente que la histeria no se había apoderado de ellos: una extraña astucia impregnaba sus acciones.

—Muy bien; la examinaré atentamente. —La palpó; hizo percusión en el pecho; estudió con detenimiento las pupilas de Mary y comprobó los reflejos—. Las funciones vitales han cesado por completo. El cerebro no recibe oxígeno —declaró finalmente—. A todos los efectos, ha fallecido.

—¿Está usted absolutamente segurro? —le preguntó el profesor con los ojos bailándole de forma diabólica, como si se tratara de alguna broma horripilante.

—Absolutamente.

—Bien, ése es el paso númerro uno. —El profesor aplaudió vigorosamente—. Ahora, vayamos con el númerro dos.

—El paso más importante —dijo Oliver.

—Quizá sí.

El profesor salió cojeando en dirección a la cocina, y muy pronto se oyó el entrechocar de las cacerolas y el fuerte tintineo de las tazas.

—¿Qué es eso del paso número dos? —le susurró Vic a Oliver en un aparte.

—Pues hacerla volver a la vida. O, más bien, hacerla salir de ese estado de muerte aparente.

—¿No se trata de una muerte real?

—Francamente, espero que no. El profesor me prometió que no lo sería.

—¿Te prometió...? —Un escalofrío de horror recorrió la columna vertebral de Vic—. ¿Quieres decir que él le ha hecho esto?

—Sí, claro. Con el café. En el de ella había puesto algo especial.

—¡Oh, Señor! —Vic se puso en pie de un salto—. Esto es... ¡horroroso! —Se retorció las manos, consternado—. Ese maníaco ha asesinado a tu esposa y tú se lo has consentido. Cielo santo, Ollie, ¿en qué estabas pensando? ¿Cómo has podido hacer una cosa así?

—Porr favorr, doctorr Marrx, cálmese. —El profesor se encontraba de pie junto a la puerta de la cocina—. La señorra no está muerrta, así que el térrmino «asesinato» difícilmente viene al caso. Lo que hemos hecho ha sido suprrimirrle las funciones vitales, que han quedado a un nivel mínimo: no pueden detectarrse, perro siguen ahí. Si es necesarrio, el sujeto puede sobrrevivirr en este estado durrante meses.

Regresó a la cocina.

—Sí, cálmate, Vic. Lo hecho, hecho está. Ahora, veamos si es capaz de deshacerlo, ¿de acuerdo?

—Pero, ¿por qué, Ollie? ¿Qué propósito tiene todo esto?

—Es una especie de experimento. Si funciona con Mary, pienso llevarlo a cabo conmigo mismo.

—Pero, ¿por qué?

—Para hacerme de una vez con el dinero del fideicomiso. Según la voluntad de mi padre, si yo muero mi esposa recibirá el dinero sin más obstáculos. El viejo siempre sintió debilidad por las viudas y los huérfanos. Así que, suponiendo que este potingue funcione correctamente, me tomaré una dosis y haré que me declaren muerto; Mary recibirá el dinero del fideicomiso y luego el profesor me resucitará. Sencillo, ¿no?                          

—¿Estaba Mary al corriente de todo esto?                   

Oliver pareció incómodo.

—Bueno, aún no. Me figuré que si se lo decía... a lo mejor no habría querido hacer de conejillo de Indias. Aunque, a decir verdad, como es una cabeza de chorlito es muy probable que yo hubiera podido convencerla de todos modos.

El brillo demente que asomaba por el rabillo del ojo de Oliver le recordó a Vic que él mismo también podía encontrarse en peligro en aquel lugar.

—Si te dijera que quiero marcharme ahora mismo, ¿intentarías detenerme?

—No. Diantres, no. Tú te has creído que estaba muerta. Eso es todo lo que quería de ti. Aunque yo diría que, como amigo preocupado, seguro que no quieres moverte de aquí hasta ver cómo sale Mary de todo esto.

—Ya sé cómo saldrá. Está muerta, pobre mujer.

—Siemprre dudando, como santo Tomás, ¿eh, doctorr? —El profesor entró en el salón llevando una humeante taza llena de líquido y algunas otras cosas—. ¿Sigue sin crreerrse que la señorra está perrfectamente bien?

—No me lo creo en absoluto.

—Bueno, sólo tiene que esperrarr cinco minutos y verrá lo que pasa. —Le dio la taza a Oliver—. ¿Quierre sostenerrme esto? —Se arrodilló junto a la cabeza de Mary y, abriéndole la boca, le deslizó un tubo de goma por el esófago—. ¡Todo listo! —Sujetó un embudo de plástico al tubo y vertió en él el contenido de la taza—. Usted tomarrá nota del tiempo —le dijo a Vic.

Vic no apartó los ojos del reloj de pulsera y, al cabo de cinco minutos, vio con sorpresa cómo los párpados de Mary empezaban a agitarse y que ella emitía un profundo gemido.

—¡Ya está! —El profesor le quitó el tubo y el embudo. Al cabo de diez minutos Mary estaba consciente. A los quince minutos los hombres la ayudaron a sentarse en el sofá.

—Nos has tenido terriblemente preocupados, querida Mary —le dijo Oliver—. Te has desmayado, o algo así. —Se volvió hacia Vic con una sonrisa sarcástica—. ¿Quieres examinarla ahora, aunque sólo sea para asegurarnos de que se encuentra del todo bien?

—Puedes jurar que lo haré.

Vic la examinó minuciosamente pero, aparte de una ligera somnolencia, la mujer se hallaba en perfectas condiciones. Le pidió que fuera a su consulta al día siguiente a fin de realizarle más pruebas; así lo hizo Mary, pero no pudo encontrarle nada.

Aunque normalmente no se interesaba por aquella clase de cosas, Vic se sorprendió a sí mismo, durante los días que siguieron, leyendo con avidez las notas necrológicas del periódico local. Y, en efecto, aproximadamente una semana y media después, leyó que su antiguo compañero de universidad, Oliver Evans, había fallecido inesperadamente. Se pedía a los amigos que presentaran sus condolencias en la casa del difunto donde los restos estarían de cuerpo presente hasta el día del funeral.

Cuando Vic llegó a la deteriorada casa, un hombre alto y pálido, ataviado con un brillante traje negro, lo recibió a la puerta y le pidió que firmara en el libro de invitados. Vic advirtió que, aparte del «Profesor Vladislav Xrxdnsyvitch, doctor en Medicina», él era la única persona que había visitado los restos del pobre Oliver. 

En el interior se encontró con que habían arreglado, aunque no reformado, el salón: hileras de velas perfumadas proporcionaban la única iluminación pero, a pesar de ello, se veía perfectamente el papel roto de la pared, la alfombra desgastada y los muebles de ínfima calidad, que estaban apartados contra la pared. 

En medio de la habitación había una tarima cubierta de tela negra y, sobre ella, se hallaba el mueble más atractivo de la estancia, un ataúd de madera barnizada con brillantes adornos de latón. «Debe de haberle costado un buen fajo a Ollie —pensó Vic—. Aunque supongo que ahora está en situación de permitírselo.»

En la cabecera del ataúd se hallaba de pie Mary, toda vestida de negro; tenía un aspecto casi atractivo con el pelo castaño claro bellamente peinado y la cara de luna transfigurada por una dignidad doliente.

—Hola, Vic —le saludó ella en un susurro—. Gracias por venir.

—No podía dejar de hacerlo —replicó él sinceramente—. ¿El profesor vuelve a estar en la cocina?

—¿Qué? Oh, no. Sólo estuvo aquí el tiempo necesario para recoger el dinero que Ollie le debía. Luego se marchó. Tenía que coger un avión.

—¿No dejó nada?

—¿Qué? ¿Te refieres al café? Claro. Lo mantengo caliente en el fogón. Es una cosa muy rara, el último deseo de Ollie...

—¿Fue que el profesor le vertiera café por la garganta en el funeral?

—Sí, ¿no es extraño? Pero el profesor me mostró cómo hacerlo. Y Ollie, en el lecho de muerte, me hizo prometer que lo haría, así que... —Miró con cariño a su marido, tendido en el ataúd—. Siempre tuvo muchas ideas raras, hasta el final. Cielos, voy a echarlo de menos.

—¿Te lo explicó todo? Me refiero a lo de aquel desmayo tuyo.

—Pues no, no me explicó nada; lo que sí me hizo fue un montón de preguntas sobre ello.

—¿Como qué?

—Lo que sentí. Si noté algún dolor. ¡Pobrecito! Estaba tan preocupado por que yo hubiera podido sufrir de un modo u otro en aquellos momentos...

—¿Y fue así?

Ella abrió mucho los ojos.

—Oh, sí, terriblemente. Padecí unas pesadillas espantosas mientras estuve desmayada, Vic. No te puedes hacer idea. Demonios, tormentos y... bueno, sencillamente, cosas horrorosas. ¡Y todo parecía tan real! Te juro que me habría vuelto loca si hubiese durado más de lo que duró. Naturalmente, no le conté nada de esto a Ollie. ¿Qué necesidad había de preocuparlo por mi culpa?

—Claro, ¿para qué?

Vic calculó que el pobre Oliver llevaba viviendo la misma clase de pesadillas casi treinta y seis horas.

Mary le habló con aire ausente de todo el dinero que había heredado y de lo alegremente que se separaría de él con tal de tener de nuevo a Oliver vivo. Luego dejó vagar la mirada por el reloj de pulsera de Vic.

—¡Ay, Dios mío! ¡Qué desastre! —Con ojos llenos de angustia salió corriendo hacia la cocina mientras Vic la seguía muy de cerca—. ¡Oh, Señor, mira eso! —Levantó un cazo humeante del fogón: todo lo que quedaba dentro era una substancia negra y carbonizada que se había quemado hasta el fondo—. Oh, madre mía, el café del profesor se ha echado a perder.

—Metió el cazo chamuscado en el fregadero—. Bueno, tendré que hacer otro nuevo. Al fin y al cabo, el pobre Oliver no notará la diferencia, y yo me sentiré mejor sólo con saber que lo he preparado yo misma. ¿Crees que hago lo correcto? —preguntó volviéndose hacia Vic.

Pero Vic ya se precipitaba como una exhalación hacia el salón y levantaba el puño cerrado, exactamente diez centímetros por encima del pecho de Oliver, con la vana esperanza de resucitar a su amigo sin la receta del famoso café vienes del profesor.

De la sabiduría de los humildes - Rodolfo Modern

Wai Te, un ebanista simple de corazón y muy hábil, fabricaba en madera de oscura caoba un arcón complicado, lleno de herrajes, molduras y divisiones, destinado a guardar las ricas túnicas del emperador, hechas de seda, oro y brocados.
Mientras tanto, veía jugar en la calle a un grupo de niños desarrapados y hambrientos. Cuando el emperador recibió el mueble y fue a abrirlo, encontró en el fondo del arcón, y sobre una almohadilla de terciopelo, un trapo desgarrado y muy zurcido con una inscripción que decía: "Traje de ceremonia de los niños de la calle donde vive Wai Te, el ebanista".

Pulgarcito - Charles Perrault

Había una vez un leñador y su esposa, quienes tenían siete hijos, todos varones. El mayor apenas era un adolescente y el menor rondaba los siete años.

Ellos eran muy pobres, y sus siete hijos eran una gran fuente de problemas porque ninguno podía aún ganarse su pan. Y lo que les causaba más dificultad era que el menor era muy delicado, y difícilmente pronunciaba una palabra, lo que hacía que la gente tomara por estupidez cualquier cosa que dijera con buen sentido. Él era pequeñito, y cuando nació no era más grande que el dedo pulgar; por eso lo llamaron "Pulgarcito".

El pobre niño era el menospreciado de la familia, y siempre lo hacían a un lado. Él era, sin embargo, el más brillante y discreto de los hermanos, y si hablaba poco, oía y pensaba mucho más.

Y vino un año muy malo, y la hambruna fue tan grande para esta pobre gente, que no sabían que hacer con los chicos. Un atardecer, cuando ya ellos estaban en cama, y el leñador estaba sentado con su esposa junto a la chimenea, él le dijo, con su corazón a punto de explotar de pesar:

-"Bien sabes plenamente que no estamos en condiciones de seguir dándole alimento a nuestros hijos, y no soportaría verlos a ellos morir de hambre ante mis ojos, por lo que he resuelto perderlos en el bosque mañana, lo cual es muy fácil de hacer. Cuando estén atando los grupos de leña, nosotros sólo tendremos que correr sigilosamente y abandonarlos sin que nos vean."-

-"¡Oh no!"- gritó su esposa, -"¿Serías realmente capaz de llevarte a los chicos y perderlos?"-

En vano su esposo le presentó su situación de gran pobreza, ella no lo consentía. Ella era muy pobre, pero era su madre.

Sin embargo, habiendo considerado el inmenso pesar que sería para ella verlos morir de hambre en su presencia, ella consintió, y se fue llorando a su cama.

Pulgarcito, que estaba despierto, escuchó todo lo que conversaron, pues oyendo que hablaban de planes futuros, se levantó suavemente y se deslizó debajo del asiento de su padre, de modo que pudo oír sin que lo vieran. Luego volvió a su cama de nuevo, pero esa noche no durmió ni un instante, pensando en qué tendría que hacer. Esa mañana, él se levantó temprano, y se dirigió a la orilla del riachuelo, donde llenó sus bolsillos de pequeñas piedrecillas blancas, y regresó a casa. 

Pulgarcito nunca le contó a sus hermanos una palabra de lo que sabía. Más tarde todos salieron, y fueron a una tupida selva, donde no podían verse unos a otros ni a diez metros de distancia. El leñador comenzó a cortar madera, y los chicos a juntar los palos para hacer gavillas. Su padre y su madre, viéndolos bien ocupados en su labor, se alejaron de ellos silenciosamente y corrieron tan rápido como podían por un ventoso sendero. 

Cuando los muchachos se dieron cuenta de que estaban solos, comenzaron a gritar lo más fuerte que podían. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien cómo regresar a casa de nuevo, ya que cuando venían hacia el bosque, había dejado caer a lo largo del camino las piedritas blancas que traía en su bolso. Entonces él les dijo:

-"No teman, hermanos, nuestro padre y madre nos han dejado aquí, pero yo los llevaré de nuevo a casa. Solamente síganme."-

Ellos lo siguieron, y los llevó a casa por el mismo camino por donde entraron a la floresta. Ellos no se atrevían a ingresar a la casa, sino que se quedaron afuera de la puerta para escuchar lo que sus padres pudieran comentar.

En el mismo momento que el leñador y su esposa llegaban a casa, el señor del feudo les enviaba a ellos diez coronas, que hacía tiempo le debía, y las cuales él pensaba que no volvería a ver. Esto les dio a ellos nueva vida, ya que la pobre gente se estaba muriendo de hambre. El leñador envió a su esposa donde el carnicero inmediatamente. Y como ya hacía rato que no probaban bocado, ella compró el triple de carne necesaria para una cena de dos personas. Cuando ya habían comido, la mujer dijo:

-"¡Dios mío!, ¿dónde estarán nuestros pobres niños ahora?, bien pudieran haber hecho una buena fiesta de todo lo que dejamos aquí. Fuiste tú, Guillermo, quien quisiste que se perdieran. Te dije que nos arrepentiríamos de eso. ¿Qué estarán haciendo ahora en la selva? ¡Oh, no! quizás los lobos ya los devoraron. Fuiste muy inhumano por haber perdido a los chicos."-

El leñador se llenó de total impaciencia, ya que ella repitió veinte veces que él se arrepentiría de esa acción, y que ella estaba en lo correcto. Él le pidió que dejara de hablar. El leñador estaba, quizás, más dolido que su esposa, pero ella lo importunaba tanto que no podía soportarla. Ella lloró amargamente, diciendo:

-"¡Dios mío! ¿Dónde están mis muchachos ahora, mis pobres muchachos? "-

Y una vez ella dijo eso tan alto, que los chicos que estaban tras la puerta, lo oyeron y gritaron a coro:

-"¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos!"-

Ella corrió inmediatamente y los metió a la casa, y abrazándolos dijo:

-"Qué feliz me siento de verlos de nuevo, mis queridos muchachitos. Están muy cansados y hambrientos, y mi pobre Pedro, estás lleno de barro. Ven y déjame que te limpie."- 

Pedro era el mayor de ellos, a quien ella amaba más que al resto, porque él era pelirrojo, igual que ella.

Todos se sentaron a la mesa, y comieron con un apetito que deleitó tanto a padre y madre, a quienes les contaron lo asustados que estuvieron en el bosque, casi todos hablando al mismo tiempo. 

Y los padres estaban deleitados de ver a sus hijos una vez más. Y esta dicha perduró mientras las diez coronas se gastaban. Pero cuando ya se acabaron, ellos cayeron de nuevo en sus congojas, y decidieron volver a perder a los muchachos de nuevo. Y para estar bien seguros de hacerlo mejor, determinaron llevarlos a un lugar mucho más largo y a más profundidad dentro del bosque que antes. 

Ellos trataban de hablar de esto muy secretamente, pero fueron oídos otra vez por Pulgarcito, que trazó su plan para salir de la dificultad tal como lo había hecho la vez anterior. Pero a pesar de haberse levantado temprano para ir a recoger las piedritas, no pudo, pues las puertas estaban cerradas con doble tranca. En ese momento no supo que hacer. 

El padre les dio a cada uno un pedazo de pan para el desayuno. Pulgarcito percató que él podría usar el pan en lugar de las piedritas, tirándolo en migajas a lo largo del camino por donde deberían pasar, por lo que lo guardó en su bolso. Su padre y madre los llevaron a lo más denso y oscuro del bosque, y entonces, escapándoseles en un sendero, los dejaron allí.

Pulgarcito no se preocupó mucho por eso, ya que pensó que fácilmente encontraría la ruta de nuevo por medio de las migajas de pan que dejó caer a lo largo del recorrido. Pero se sorprendió mucho cuando no pudo encontrar ni una simple borona: los pájaros habían llegado y comido todo el pan. 

Ahora estaban en un grave problema, pues entre más intentaban salir, más profundamente se internaban en el bosque. Cayó la noche, y se levantó un fuerte viento, que los llenó de temor. Ellos se imaginaban que oían a cada lado a los lobos llegando a devorarlos. Ellos difícilmente se atrevían a hablar o voltear sus cabezas. Entonces llovió tan torrencialmente, que se empaparon hasta la piel. Sus pies resbalaban a cada paso, y caían en el barro, cubriendo sus manos con él, tanto que no sabían que hacer con ellas. 

 Pulgarcito escaló a lo alto de un árbol, para ver que descubría. Mirando alrededor,  vio una pequeña luz, como una candela, pero lejos, después del bosque. Bajó, y cuando estuvo en el suelo, no la pudo ver más, lo que lo puso muy triste. Sin embargo, habiendo caminado por un rato con sus hermanos en la dirección hacia la cual había visto la luz, él la descubrió de nuevo en cuanto salieron del bosque. 

Al fin llegaron a la casa donde brillaba la lucecita, no sin muchos temores, ya que a menudo la perdían de vista, lo que sucedía cada vez que llegaban a una depresión del terreno. Ellos tocaron a la puerta, y una buena mujer vino a abrirles.

Ella les preguntó que deseaban. Pulgarcito le dijo que eran muchachos pobres que se habían perdido en el bosque, y deseaban que por caridad les diera posada. La mujer, viéndolos a todos muy hermosos, comenzó a llorar y a decirles:

-"¡Por Dios!, pobres muchachos, ¿de dónde vienen?, ¿No saben que esta casa pertenece a un cruel ogro que come muchachos y niños?"-

-"¡Ay no!, querida señora "- contestó Pulgarcito, (a quien, junto con sus hermanos, le temblaban todos sus miembros), -"¿Qué debemos hacer? Los lobos del bosque con seguridad nos devorarán esta noche si usted no nos acoge en su casa. Así que preferiríamos que sea el caballero quien nos coma. Quizás él pueda tener piedad de nosotros si usted se lo implora"-

La esposa del ogro, que creía que podría ocultarlos de su esposo hasta la mañana, los dejó entrar, y los llevó a entibiarse a un buen fuego, ya que había un cordero entero asándose para la cena del ogro.

Cuando ellos comenzaban a entibiarse oyeron tres o cuatro golpes secos en la puerta. Era el ogro que había llegado a casa. Su esposa rápidamente los ocultó bajo la cama y fue a abrir la puerta. El ogro de inmediato preguntó si ya estaba lista la cena y el vino servido, y se sentó a la mesa. El cordero aún estaba crudo, pero así le gustaba más. El olió a derecha e izquierda, diciendo:

-"Me huele a carne fresca."-

-"Lo que te huele"- dijo su esposa, -"debe ser el ternero que acabo de matar y destazar."-

-"Me huele a carne fresca, te digo una vez más"- replicó el ogro, viendo fijamente a su esposa, -"y hay algo aquí que no comprendo."

Y pronunciando estas palabras se levantó de la mesa y se fue directamente a la cama.

-"Ah"- dijo mirando bajo la cama, -"así es cómo me engañas. No sé por qué no te he comido. Es bueno para ti que seas tan dura de carnes. Aquí está el producto de la caza, que llega muy a tiempo para entretener a tres ogros conocidos que vendrán a visitarme en uno o dos días."- 

Él los fue sacando uno a uno de debajo de la cama. Los pobres chicos cayeron sobre sus rodillas implorando perdón, pero estaban tratando con uno de los más crueles ogros, quien, lejos de tener piedad de ellos, ya los estaba devorando mentalmente, y le dijo a su esposa que ellos serían una comida delicada cuando ella haya cocinado una buena salsa.

Entonces tomó un gran cuchillo, y acercándose a los pobres chicos, lo afiló con una gran piedra de afilar que sostenía en su mano izquierda. Y ya había colgado a uno de ellos por los pies cuando su esposa le dijo:

-"¿Qué necesidad tienes de hacer eso ahora? ¿No tendrás bastante tiempo mañana?"-

-"Déjate de habladurías"- dijo el ogro, -"mis amigos comerán el más tierno"-

-"Pero tienes mucha carne ya lista"- replicó su esposa, -" hay un ternero, dos ovejas, y medio cerdo."-

-"Es cierto" dijo el ogro, -"dale a estos chicos una buena cena, para que no estén tan delgados, y ponlos en la cama"-

La buena mujer estaba muy contenta por ello, y les sirvió una buena cena. Pero ellos estaban tan asustados que no pudieron comer. 

Y en cuanto al ogro, se sentó de nuevo a beber, sintiéndose todo complacido de contar con qué atender a sus amigos. Bebió una docena de vasos de vino más que de costumbre, que se le subieron a la cabeza y lo obligaron a ir a la cama.

El ogro tenía siete hijas, que estaban aún jovencitas. Estas jóvenes ogresas tenían todas muy fina tez, pero todas ellas tenían pequeños ojos grises, cara redonda, nariz aguileña, una gran boca, y muy grandes y afilados dientes. Aún no eran malvadas, pero iban en camino a serlo, pues ya habían comido a pequeños niños.

Su madre ya las había acostado, a todas las siete en una misma cama, y cada una con una corona de oro sobre su cabeza. Había en la habitación otra cama del mismo tamaño, y la esposa del ogro puso a los siete muchachitos en esa cama, y luego ella misma fue a su cama.

Pulgarcito, que había observado que las hijas del ogro tenían coronas de oro sobre sus cabezas, y que estaba temeroso de que el ogro los fuera a matar esa noche, se levantó a medianoche, y tomando las gorritas de sus hermanos y la propia, fue sigilosamente donde las hijas,  y quitándole  sus coronas, les colocó las gorritas de ellos, y a sus hermanos y a él mismo, colocó las coronas de oro, de modo que el ogro los tomara a ellos como sus hijas, y a sus hijas como si fueran ellos, a quienes quería matar.

Las cosas salieron tal como las pensó, ya que el ogro, desvelándose a media noche, le incomodaba que hubiera pospuesto para la mañana lo que él pudo haber hecho temprano esa  noche, y saltó ligero de la cama y tomó su gran cuchillo.

-"Veamos"- dijo, -"cómo funcionan nuestros bribones, y no tenga así que repetir el trabajo"-

Él subió las gradas, y andando a tientas todo el camino, llegó al dormitorio de las hijas, y acercándose a la cama donde estaban los muchachos bien dormidos, menos Pulgarcito, quien se puso terriblemente asustado cuando el ogro pasó su mano sobre su cabeza, tal como lo había hecho con sus hermanos. El ogro sintió las coronas de oro y dijo:

-"Tengo que hacer un fino trabajo con todo esto, aunque cierto, bebí demasiado anoche."-

Entonces se dirigió a la cama donde dormían sus hijas, y sintiendo en sus cabezas los gorros de los chicos, dijo:

-"¡Ah!, mis queridos mozos, ¿están aquí?, vamos a trabajar descaradamente."-

Y diciendo esas palabras, sin mayor dificultad, cruelmente mató a sus siete hijas. Y bien satisfecho con lo que había hecho, regresó a su cama.

En cuanto Pulgarcito escuchó al ogro roncar, despertó a sus hermanos, y les pidió que se pusieran sus vestidos rápidamente y lo siguieran. Llegaron silenciosamente al jardín y escalaron el muro. Ellos corrieron rápido, toda la noche, temblando todo el tiempo, sin saber hacia donde dirigirse.

El ogro, cuando despertó, dijo a su esposa:

-"Ve arriba y viste a esos traviesos que llegaron anoche."-

La ogresa estaba sorprendida de aquella bondad de su esposo, sin imaginar de que manera los iba a vestir, y pensando solamente que él le había ordenado ir arriba y vestirlos, ella fue. Pero se horrorizó cuando se dio cuenta de que sus siete hijas estaban muertas.

Ahí mismo ella se desmayó, lo que sería natural en tal caso. El ogro, extrañado de que su esposa tardara tanto en hacer lo ordenado, subió para ayudarle. Él no fue menos sorprendido que su esposa ante aquel escalofriante espectáculo.

-"¡Oh! ¿Pero que he hecho?"- gritaba, -"¡Esos desgraciados pagarán por esto, e inmediatamente!"-

Él tiró un tarro de agua sobre la cara de su esposa desmayada, y volviéndola en sí, gritó:

-"¡Tráeme rápido mis botas de siete leguas, pues iré a capturarlos!"-

Salió entonces al campo, y después de correr en todas direcciones, llegó al fin al camino principal por donde estaban los muchachos, y a no más de cien pasos de la casa de sus padres. Ellos vigilaron al ogro, quien caminaba en un solo paso montaña tras montaña, y pasaba sobre anchos ríos como si fueran riachuelos. Pulgarcito, viendo un hueco en una roca cercana, escondió a sus hermanos allí, y metiéndose él también, esperaban a ver que llegaría a ser del ogro.

El ogro, que se sentía agotado con su largo e infructuoso viaje, (ya que esas botas de siete leguas exigían mucho esfuerzo a su usuario), tenía una gran necesidad de descansar, y por casualidad, se fue a sentar sobre la roca donde se habían escondido los muchachos. Y como estaba desgastado por la fatiga, quedó dormido, y al cabo de un rato empezó a roncar tan horriblemente que los pobres muchachos no estaban menos asustados que cuando tomó el cuchillo y estaba a punto de quitarles la vida. Pulgarcito no estaba tan asustado como sus hermanos, y les dijo que debían correr de una vez hacia la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan por él. Ellos siguieron lo aconsejado y corrieron de inmediato hacia la casa.

Pulgarcito se acercó entonces al ogro, y suavemente le quitó las botas, y se las puso él mismo sobre sus pies. Las botas eran grandes, pero como eran botas fantásticas, tenían el don de hacerse grandes o pequeñas, de acuerdo a las piernas de quien las usara, de modo que le calzaron al pie y a la pierna como si hubieran sido hechas a la medida para él. Se dirigió entonces directamente a la casa del ogro, donde encontró a la esposa llorando amargamente por la pérdida de sus hijas asesinadas.

-"Su esposo"- dijo Pulgarcito, -"está en grave peligro, ya que ha sido capturado por una banda de ladrones, que han amenazado con matarlo si él no les entrega todo su oro y plata. Y en el  momento en que le tenían puestas sus dagas en la garganta, logró verme y me rogó que viniera y le contara a usted la condición en que se encontraba, y le dijera que me diera todo lo que tuviera de valor, sin retener una sola cosa, pues si no lo matarían sin misericordia. Y como la amenaza iba en serio, me dijo que usara las botas de siete leguas, que puede ver que llevo puestas, de modo que yo pudiera venir rápido y que así le demostraría que no es una imposición de mi parte."- 

La buena mujer, quedando grandemente atemorizada, le dio todo lo que tenía, ya que el ogro aunque comía niños, era un buen esposo. Pulgarcito, teniendo ya toda la fortuna del ogro, llegó con sus hermanos a la casa de sus padres, donde fue recibido con inmensa dicha.

Hay mucha gente que no está de acuerdo con el relato de esta acción de Pulgarcito, y suponen que él nunca le quitó del todo la fortuna al ogro, y que solamente pensó que sería de suficiente justicia tomar las botas de siete leguas, porque él las usaba únicamente para perseguir niños. 

Estos folkloristas  afirman estar muy seguros de eso, porque dicen que han comido y bebido a menudo en la casa del leñador. Ellos declaran que cuando Pulgarcito tomó las botas del ogro, fue a la Corte, donde se enteró de que había problemas en cierto ejército, que se encontraba a doscientas leguas de allí, y que estaban ansiosos por saber del éxito de la batalla. Él fue, dicen ellos, a donde el rey, y le dijo que si quería, el podría traerle noticias al respecto antes del anochecer.

El rey le prometió una gran cantidad de dinero si tenía éxito. Pulgarcito regresó esa misma noche con las noticias, y esta primera expedición causó que fuera conocido, y ganó tanto dinero como quiso, ya que el rey le pagaba muy bien por llevar sus órdenes al ejército. Muchas damas lo contrataban para enviar sus mensajes, con quienes ganó mucho dinero también. Después de algún tiempo de llevar el negocio de mensajero y ganar con ello una gran fortuna, fue a casa de sus padres, y es imposible expresar la felicidad de su familia. Él colocó a todos sus hermanos en circunstancias muy confortables, compró propiedades para sus padres y hermanos, y con eso los asentó muy firmemente en el mundo, mientras que él continuó su camino exitosamente.