INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta herencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta herencia. Mostrar todas las entradas

Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su Familia - H. P. Lovecraft (Parte 1)

La vida es algo espantoso; y desde el trasfondo de lo que conocemos de ella asoman indicios demoníacos que la vuelven a veces infinitamente más espantosa. La ciencia, ya opresiva en sus tremendas revelaciones, será quizá la que aniquile definitivamente nuestra especie humana —si es que somos una especie aparte—; porque su reserva de insospechados horrores jamás podrá ser abarcada por los cerebros mortales, en caso de desatarse en el mundo. 

Si supiéramos qué somos, haríamos lo que hizo Arthur Jermyn, que empapó sus ropas de petróleo y se prendió fuego una noche. Nadie guardó sus restos carbonizados en una urna, ni le dedicó un monumento funerario, ya que aparecieron ciertos documentos, y cierto objeto dentro de una caja, que han hecho que los hombres prefieran olvidar. Algunos de los que lo conocían niegan incluso que haya existido jamás.

Arthur Jermyn salió al páramo y se prendió fuego después de ver el objeto de la caja, llegado de África. Fue este objeto, y no su raro aspecto personal, lo que lo impulsó a quitarse la vida. Son muchos los que no habrían soportado la existencia, de haber tenido los extraños rasgos de Arthur Jermyn; pero él era poeta y hombre de ciencia, y nunca le importó su aspecto físico. 

Llevaba el saber en la sangre; su bisabuelo, el barón Robert Jermyn, había sido un antropólogo de renombre; y su tatarabuelo, Wade Jermyn, uno de los primeros exploradores de la región del Congo, y autor de diversos estudios eruditos sobre sus tribus animales, y supuestas ruinas. Efectivamente, Wade estuvo dotado de un celo intelectual casi rayano en la manía; su extravagante teoría sobre una civilización congoleña blanca le granjeó sarcásticos ataques, cuando apareció su libro, Reflexiones sobre las diversas partes de África. En 1765, este intrépido explorador fue internado en un manicomio de Huntingdon.

Todos los Jermyn poseían un rasgo de locura, y la gente se alegraba de que no fueran muchos. La estirpe carecía de ramas, y Arthur fue el último vástago. De no haber sido así, no se sabe qué habría podido ocurrir cuando llegó el objeto aquel. Los Jermyn jamás tuvieron un aspecto completamente normal; había algo raro en ellos, aunque el caso de Arthur fue el peor, y los viejos retratos de familia de la Casa Jermyn anteriores a Wade mostraban rostros bastante bellos. 

Desde luego, la locura empezó con Wade, cuyas extravagantes historias sobre África hacían a la vez las delicias y el terror de sus nuevos amigos. Quedó reflejada en su colección de trofeos y ejemplares, muy distintos de los que un hombre normal coleccionaría y conservaría, y se manifestó de manera sorprendente en la reclusión oriental en que tuvo a su esposa. Era, decía él, hija de un comerciante portugués al que había conocido en África, y no compartía las costumbres inglesas. Se la había traído, junto con un hijo pequeño nacido en África, al volver del segundo y más largo de sus viajes; luego, ella lo acompañó en el tercero y último, del que no regresó. Nadie la había visto de cerca, ni siquiera los criados, debido a su carácter extraño y violento. 

Durante la breve estancia de esta mujer en la mansión de los Jermyn, ocupó un ala remota y fue atendida tan sólo por su marido. Wade fue, efectivamente, muy singular en sus atenciones para con la familia; pues cuando regresó de África, no consintió que nadie atendiese a su hijo, salvo una repugnante negra de Guinea. A su regreso, después de la muerte de lady Jermyn, asumió él enteramente los cuidados del niño.

Pero fueron las palabras de Wade, sobre todo cuando se encontraba bebido, las que hicieron suponer a sus amigos que estaba loco. En una época de la razón como el siglo XVIII, era una temeridad que un hombre de ciencia hablara de visiones insensatas y paisajes extraños bajo la luna del Congo; de gigantescas murallas y pilares de una ciudad olvidada, en ruinas e invadida por la vegetación, y de húmedas y secretas escalinatas que descendían interminablemente a la oscuridad de criptas abismales y catacumbas inconcebibles. 

Especialmente, era una temeridad hablar de forma delirante de los seres que poblaban tales lugares: criaturas mitad de la jungla, mitad de esa ciudad antigua e impía… seres que el propio Plinio habría descrito con escepticismo, y que pudieron surgir después de que los grandes monos invadiesen la moribunda ciudad de las murallas y los pilares, de las criptas y las misteriosas esculturas. 

Sin embargo, después de su último viaje, Wade hablaba de esas cosas con estremecido y misterioso entusiasmo, casi siempre después de su tercer vaso en el Knight’s Head, alardeando de lo que había descubierto en la selva y de que había vivido entre ciertas ruinas terribles que él sólo conocía. Y al final hablaba en tales términos de los seres que allí vivían, que lo internaron en el manicomio. 

No manifestó gran pesar cuando lo encerraron en la celda enrejada de Huntingdon, ya que su mente funcionaba de forma extraña. A partir del momento en que su hijo empezó a salir de la infancia, le fue gustando cada vez menos el hogar, hasta que últimamente parecía amedrentarlo. El Knight’s Head llegó a convertirse en su domicilio habitual; y cuando lo encerraron, manifestó una vaga gratitud, como si para él representase una protección. Tres años después, murió.

Philip, el hijo de Wade Jermyn, fue una persona extraordinariamente rara. A pesar del gran parecido físico que tenía con su padre, su aspecto y comportamiento eran en muchos detalles tan toscos que todos acabaron por rehuirle. Aunque no heredó la locura como algunos temían, era bastante torpe y propenso a periódicos accesos de violencia. De estatura pequeña, poseía, sin embargo, una fuerza y una agilidad increíbles. 

A los doce años de recibir su título se casó con la hija de su guardabosque, persona que, según se decía, era de origen gitano; pero antes de nacer su hijo, se alistó en la marina de guerra como simple marinero, lo que colmó la repugnancia general que sus costumbres y su unión habían despertado. Al terminar la guerra de América, se corrió el rumor de que iba de marinero en un barco mercante que se dedicaba al comercio en África, habiendo ganado buena reputación con sus proezas de fuerza y soltura para trepar, pero finalmente desapareció una noche, cuando su barco se encontraba fondeado frente a la costa del Congo.

Con el hijo de Philip Jermyn, la ya reconocida peculiaridad familiar adoptó un sesgo extraño y fatal. Alto y bastante agraciado, con una especie de misteriosa gracia oriental pese a sus proporciones físicas un tanto singulares, Robert Jermyn inició una vida de erudito e investigador. Fue el primero en estudiar científicamente la inmensa colección de reliquias que su abuelo demente había traído de África, haciendo célebre el apellido en el campo de la etnología y la exploración. 

En 1815, Robert se casó con la hija del séptimo vizconde de Brightholme, con cuyo matrimonio recibió la bendición de tres hijos, el mayor y el menor de los cuales jamás fueron vistos públicamente a causa de sus deformidades físicas y psíquicas. Abrumado por estas desventuras, el científico se refugió en su trabajo, e hizo dos largas expediciones al interior de África. 

En 1849, su segundo hijo, Nevil, persona especialmente repugnante que parecía combinar el mal genio de Philip Jermyn y la hauteur de los Brightholme, se fugó con una vulgar bailarina, aunque fue perdonado a su regreso, un año después. Volvió a la mansión Jermyn, viudo, con un niño, Alfred, que sería con el tiempo padre de Arthur Jermyn.

Decían sus amigos que fue esta serie de desgracias lo que trastornó el juicio de Robert Jermyn; aunque probablemente la culpa estaba tan sólo en ciertas tradiciones africanas. El maduro científico había estado recopilando leyendas de las tribus onga, próximas al territorio explorado por su abuelo y por él mismo, con la esperanza de explicar de alguna forma las extravagantes historias de Wade sobre una ciudad perdida, habitada por extrañas criaturas. 

Cierta coherencia en los singulares escritos de su antepasado sugería que la imaginación del loco pudo haber sido estimulada por los mitos nativos. El 19 de octubre de 1852, el explorador Samuel Seaton visitó la mansión de los Jermyn llevando consigo un manuscrito y notas recogidas entre los onga, convencido de que podían ser de utilidad al etnólogo ciertas leyendas acerca de una ciudad gris de monos blancos gobernada por un dios blanco. 

Durante su conversación, debió de proporcionarle sin duda muchos detalles adicionales, cuya naturaleza jamás llegará a conocerse, dada la espantosa serie de tragedias que sobrevinieron de repente. Cuando Robert Jermyn salió de su biblioteca, dejó tras de sí el cuerpo estrangulado del explorador; y antes de que consiguieran detenerlo, había puesto fin a la vida de sus tres hijos: los dos que no habían sido vistos jamás, y el que se había fugado. 

Nevil Jermyn murió defendiendo a su hijo de dos años, cosa que consiguió, y cuyo asesinato entraba también, al parecer, en las locas maquinaciones del anciano. El propio Robert, tras repetidos intentos de suicidarse, y una obstinada negativa a pronunciar un solo sonido articulado, murió de un ataque de apoplejía al segundo año de su reclusión.

Alfred Jermyn fue barón antes de cumplir los cuatro años, pero sus gustos jamás estuvieron a la altura de su título. A los veinte, se había unido a una banda de músicos, y a los treinta y seis había abandonado a su mujer y a su hijo para enrolarse en un circo ambulante americano. Su final fue repugnante de veras. Entre los animales del espectáculo con el que viajaba, había un enorme gorila macho de color algo más claro de lo normal; era un animal sorprendentemente tratable y de gran popularidad entre los artistas de la compañía. 

Alfred Jermyn se sentía fascinado por este gorila, y en muchas ocasiones los dos se quedaban mirándose a los ojos largamente, a través de los barrotes. Finalmente, Jermyn consiguió que le permitiesen adiestrar al animal asombrando a los espectadores y a sus compañeros con sus éxitos. Una mañana, en Chicago, cuando el gorila y Alfred Jermyn ensayaban un combate de boxeo muy ingenioso, el primero propinó al segundo un golpe más fuerte de lo habitual, lastimándole el cuerpo y la dignidad del domador aficionado. 

Los componentes de «El Mayor Espectáculo del Mundo» prefieren no hablar de lo que siguió. No se esperaban el grito escalofriante e inhumano que profirió Alfred, ni verlo agarrar a su torpe antagonista con ambas manos, arrojarlo con fuerza contra el suelo de la jaula, y morderlo furiosamente en la garganta peluda. Había cogido al gorila desprevenido; pero este no tardó en reaccionar; y antes de que el domador oficial pudiese hacer nada, el cuerpo que había pertenecido a un barón había quedado irreconocible.

(CONTINUARA...)

Villa Ruiseñor - Agatha Christie (parte 1)

—Adiós, querida.
—Adiós, cariño.
Alix Martin quedó apoyada contra la acera rústica contemplando la figura de su marido que se alejaba por el camino en dirección al pueblo.
Al fin dobló un recodo y le perdió de vista, pero Alix continuó en la misma posición apartando distraída un mechón de sus preciosos cabellos castaños que le caía sobre la frente.
Alix Martin no era hermosa, ni siquiera bonita, estrictamente hablando; pero su rostro...  el rostro de una mujer que ya había pasado la primera juventud y tenía una expresión radiante, se había dulcificado hasta tal punto que sus antiguos compañeros de trabajo apenas la hubieran reconocido. La señorita Alix King había sido una joven eficiente de modales ligeramente bruscos, muy capaz y segura de sí... que sacaba el menor, no el mayor, partido posible a sus hermosos cabellos castaños. Su boca, de bonita línea, siempre estaba contraída en un gesto severo. Sus ropas fueron siempre limpias y cómodas, pero sin el menor detalle de coquetería.
Alix se había graduado en una escuela muy rígida, y por espacio de quince años, desde los dieciocho a los treinta y tres, se había mantenido (y a su madre inválida durante siete) gracias a su trabajo de taquimecanógrafa; fue la lucha por la vida la que endureció los suaves rasgos de su rostro de niña.
Cierto que tuvo un... novio. Dick Windyford, un compañero de oficina. Siendo una mujer sensata, Alix supo siempre que él la amaba. Exteriormente eran amigos, nada más. Con su sueldo escaso, Dick había tenido que contribuir a la educación de su hermano menor, y por el momento no podía pensar en casarse. Sin embargo, cuando Alix pensaba en el porvenir lo hacía con la certeza de que algún día sería la esposa de Dick. Se querían, o por lo menos eso hubiera dicho ella, pero ambos eran muy sensatos... tenían mucho tiempo por delante y ninguna necesidad de apresurarse. Y así fueron pasando los años.
Y pronto la liberación de aquella penosa vida cotidiana le vino a la joven de la manera más inesperada. Una prima lejana había muerto dejando su dinero a Alix. Varios miles de libras, las suficientes para proporcionarle una renta anual de doscientas. Para Alix aquello era la libertad, la vida, la independencia. Ahora ella y Dick no tendrían que esperar más.
Pero Dick reaccionó de un modo extraño. Nunca había hablado a Alix directamente de su amor, y ahora parecía menos inclinado que nunca. La evitaba, y se hizo reservado y pesimista. Alix no tardó en comprender la razón. Se había convertido en una mujer de posibilidades, y la delicadeza y el orgullo impedían que el correcto Dick la convirtiera en su esposa.
Alix le quiso más que nunca por eso, e incluso se preguntaba si no habría de ser ella quien diera el primer paso, cuando por segunda vez ocurrió lo inesperado.
Conoció a Gerald Martin en casa de unos amigos. Se enamoraron locamente y a la semana estaban prometidos; y la joven, que nunca había creído en «el flechazo», apenas sabía lo que estaba ocurriendo.
Sin querer había encontrado el medio de despertar a su antiguo amor. Dick Windyford se puso furioso al conocer la noticia.
—Ese hombre es completamente desconocido para ti. No sabes nada de él.
—Sé que le quiero.
—¿Cómo puedes saberlo... en una semana?
—Todo el mundo no necesita once años para descubrir que se ha enamorado —replicó Alix furiosa.
Dick se puso lívido.
—Yo te he querido desde que te conocí, y creí que tú también me querías.
Alix fue sincera.
—Yo también lo creí —admitió—. Pero es porque no sabía lo que era el amor verdadero.
Entonces Dick volvió a enfurecerse. Ruegos, súplicas... incluso amenazas contra el hombre que le había suplantado. Alix estaba sorprendida al descubrir aquel volcán oculto bajo el reservado exterior del hombre que creyó conocer tan bien. Y también le asustó un poco. Claro que Dick no podía pensar seriamente lo que estaba diciendo... aquellas amenazas para vengarse de Gerald Martin. Estaba despechado, no era nada más.
Sus pensamientos la habían llevado a recordar aquella entrevista aquella mañana soleada mientras se apoyaba contra la cerca de su casita. Hacía un mes que estaba casada, y era completamente feliz. No obstante, durante la ausencia momentánea de su esposo, que lo era todo para ella, una sombra de esa ansiedad era Dick Windyford.
Por tercera vez desde su matrimonio había soñado lo mismo. El medio ambiente variaba, pero los factores principales eran siempre los mismos. Veía a su esposo muerto y a Dick Windyford de pie a su lado, y ella sabía sin la menor duda que era su mano la que había descargado el golpe fatal.
Pero por terrible que fuera aquélla, aún había algo más horrible todavía... que le parecía horrible al despertar, pero que durante el sueño era para ella algo perfectamente natural e inevitable. Ella, Alix Martin, se alegraba de la muerte de su esposo... alargaba sus manos agradecidas hacia el asesino, e incluso le daba las gracias. El sueño siempre terminaba lo mismo... refugiándose en brazos de Dick Windyford.
Nada dijo de aquel sueño a su esposo, pero le preocupaba más de lo que hubiera querido admitir. ¿Sería un aviso... contra Dick Windyford? ¿Tendría algún poder secreto que trataba de transmitir a través de la distancia?
No sabía gran cosa de hipnotismo, pero había oído muchas veces que las personas pueden ser hipnotizadas contra su voluntad.
El timbre del teléfono sonando en el interior de la casa la sacó de sus pensamientos y yendo hasta la casita lo descolgó. Se tambaleó y tuvo que apoyarse para no caer. ¿Quién dirían ustedes que llamaba?
—Vaya, Alix, ¿qué le ocurre a tu voz? No te hubiera conocido. Soy Dick.
—¡Oh! —dijo Alix—. ¡Oh! ¿Dónde estás?
—En «La Posada del Viajero»... así se llama, ¿no? ¿O es que ni siquiera conoces la existencia de la posada del pueblo? Estoy de vacaciones... y vine a pescar por aquí. ¿Tienes algún inconveniente en que os vaya a ver a vuestra casa esta noche después de cenar?
—No —replicó Alix, tajante—. No debes venir.
Hubo una pausa y luego volvió a dejarse oír la voz de Dick un tanto alterada.
—Perdona —le dijo en tono grave—. No era mi intención molestarte...
Alix se apresuró a rectificar. Claro que debía parecerle extraño su comportamiento. Y lo era. Sus nervios estaban deshechos, pero no era culpa de Dick que ella tuviera aquellos sueños.
—Quise decir que esta noche tenemos un... compromiso —explicó tratando de que su voz sonara lo más natural posible—. ¿Por qué no vienes a cenar mañana?
Pero evidentemente Dick había notado la falta de cordialidad en su invitación.
—Muchísimas gracias —dijo en el mismo tono formal—. Pero tal vez me marche de un momento a otro. Depende de si regresa un compañero mío. Adiós Alix —hizo una pausa y luego agregó en tono distinto—: te deseo mucha suerte, querida.
Alix colgó el aparato con alivio.
—Él no debe venir aquí —se repitió—. No debe venir aquí. ¡Oh! ¡Qué tonta soy! Ponerme tan nerviosa por una tontería. De todas maneras, celebro que no venga.
Y cogiendo un sombrero de paja de encima de una mesa salió de nuevo al jardín deteniéndose ante el nombre grabado en el porche: «Villa Ruiseñor».
—¿Verdad que es un nombre bonito? —le había dicho a Gerald en cierta ocasión antes de casarse y él se rió.
—Eres una mujer de ciudad —le dijo en tono afectuoso—. No creo que hayas oído nunca el canto del ruiseñor. Y me alegro. Los ruiseñores debieran cantar sólo para los enamorados. Ya los oiremos juntos las noches de verano y ante nuestra propia casa.
Y el recuerdo de cómo los había oído, hizo enrojecer de felicidad a Alix de pie ante el umbral de su casita.
Fue Gerald quien encontró «Villa Ruiseñor», contándoselo a Alix con gran entusiasmo. Era lo que necesitaban... una ocasión única... la mejor oportunidad de toda su vida. Y cuando Alix la vio también quedó cautivada. Cierto que su situación era un tanto alejada..., estaba a dos kilómetros del pueblo más cercano..., pero la casa en sí era exquisita, con su aire de cuento, y sus magníficos cuartos de baño, con agua caliente, luz eléctrica y teléfono, que en el acto fue víctima de su encanto. Luego surgió una contrariedad. El propietario, un hombre muy rico que la hizo a su capricho, se negó a alquilarla. Únicamente se encontraba dispuesto a venderla.
Gerald Martin, aunque poseía una buena renta, no estaba en posición de poder tocar el capital. Todo lo que podría ofrecer eran mil libras y el propietario pedía tres. Pero Alix, que estaba enamorada de la casita, acudió en su ayuda. Su capital estaba más disponible, siendo en bonos al portador, y emplearía la mitad en adquirir la casa. Así que «Villa Ruiseñor» pasó a ser suya y ni un solo momento tuvieron que lamentar su elección. Era cierto que el servicio no apreciaba aquella soledad campestre... y en realidad no habían conseguido encontrar criada..., pero Alix, que nunca pudo tener vida de hogar, disfrutaba preparando la comida y cuidando de la casa.
El jardín, exuberante de flores, era atendido por un viejecillo del pueblo que acudía un par de veces por semana, y Gerald Martin, gran aficionado a la jardinería, pasaba en él la mayor parte de su tiempo.
Al dar la vuelta a la casa, Alix se extrañó al ver al viejo jardinero trabajando en los parterres. Estaba sorprendida porque solía ir los lunes y viernes, y aquel día era miércoles.
—Vaya, Jorge, ¿qué está haciendo aquí? —preguntó al acercarse a él.
El viejecito enderezóse con una risita mientras se llevaba la mano a su sombrero.
—Ya pensé que le extrañaría, pero ahí tiene, señora. El viernes es el santo del alcalde, y tenemos fiesta en el pueblo, y yo me dije: ni al señor Martin ni a su buena esposa les importará que por una vez vaya el miércoles en vez del viernes.
—Tiene usted mucha razón —dijo Alix—. Espero que disfrute mucho en la fiesta.
—Sí —repuso Jorge con sencillez—. Es agradable llenar el estómago sabiendo que no es uno el que paga. El alcalde da un té espléndido a todos sus servidores, y además, señora, quise verla antes de su partida para saber qué es lo que hay que plantar. ¿No tiene idea de cuándo volverá poco más o menos?
—Pero si no me marcho.
Jorge la miró extrañado.
—Pero, ¿no se va a Londres mañana?
—No. ¿Cómo se le ha ocurrido pensarlo?
Jorge ladeó la cabeza.
—Ayer tarde me encontré a su esposo en el pueblo y me dijo que usted se iba mañana a Londres, y que no sabía cuándo regresaría.
—Tonterías —dijo Alix, riendo—. No debió entenderlo bien.
De todas maneras se preguntaba qué era lo que le podría haber dicho Gerald para que el viejecillo llegara a semejante error. ¿Ir a Londres? No quería volver a Londres en toda su vida.
—Aborrezco Londres —dijo con voz ronca.
—¡Ah! —repitió Jorge en tono bonachón—. Debí entenderlo mal, y sin embargo, me pareció que estaba bastante claro. Celebro que se quede aquí. No me gusta el ajetreo de las calles y no pienso ir a Londres. Demasiados coches... eso es lo malo de hoy en día. En cuanto alguien tiene automóvil, ya no puede estarse quieto en ninguna parte. El señor Ames, el antiguo propietario de esta casa... era un caballero muy tranquilo hasta que compró uno de esos chismes. No hacía ni un mes que lo tenía cuando se puso en venta esta casa. ¡Con lo que gastó en ella, con tanto cuarto de baño, luz eléctrica y demás! «Nunca recuperará su dinero —le dije—. No todo el mundo tiene afición a lavarse en cada habitación de la casa.» «Pero, Jorge —me dijo—, conseguiré dos mil libras por esta casa, que es lo que me ha costado.» Y las consiguió.
—Consiguió tres mil —dijo Alix, sonriendo.
—Dos mil —repitió Jorge—. Entonces se habló mucho de lo que pedía. Y era una cifra muy alta.
—En realidad fueron tres mil —insistió Alix.
—Las mujeres no entienden nada de números —replicó el jardinero sin dejarse convencer—. No me dirá que el señor Ames tuvo el valor de pedirle tres mil en voz alta.
—A mí no me las pidió —dijo Alix—, sino a mi esposo.
Jorge volvió a inclinarse sobre el parterre.
—El precio fueron dos mil —repitió obstinado.
Alix no se tomó la molestia de discutir con él, y dirigiéndose a otro de los parterres empezó a cortar un ramo de flores. El sol, el perfume de las flores y el ligero zumbido de las abejas contribuían a que el día fuese perfecto.
Cuando se dirigía a la casa con su fragante carga, Alix observó un pequeño objeto verde oscuro que asomaba entre las hojas de una planta. Se agachó para recogerlo viendo que era la agenda de bolsillo de su esposo. Debió caérsele mientras arrancaba las malas hierbas.
La abrió, hojeando su contenido con cierto regocijo. Casi desde el principio de su matrimonio había comprendido que el impulsivo y sentimental Gerald poseía las sorprendentes virtudes de la pulcritud y el orden. Quería que las comidas estuvieran dispuestas a la hora en punto, y siempre planeaba lo que haría al día siguiente con la misma precisión. Aquella mañana, por ejemplo, había anunciado que saldría hacia el pueblo después del desayuno... a las diez y cuarto. Y a esa hora en punto dejaba la casa.
AI repasar la agenda, le divirtió ver que en el día catorce de mayo había anotado: Boda con Alix en San Pedro a las dos y media.
—El grandísimo tonto —murmuró Alix para sí, volviendo las páginas.
De pronto se detuvo.
—Miércoles, dieciocho de junio... vaya, es hoy.
Y en el espacio correspondiente a aquel día estaba escrito con la letra precisa de Gerald: Nueve de la noche. Nada más. ¿Qué era lo que pensaba hacer Gerald a las nueve? Alix sonrió considerando que si aquello ocurriera en una novela, como las que leía a menudo, la agenda hubiera proporcionado alguna revelación sensacional. Seguramente el nombre de otra mujer. Fue volviendo las hojas hacia atrás. Fechas, citas, referencias a tratos de asuntos comerciales, pero un solo nombre de mujer: el suyo.
Sin embargo, mientras guardaba la agenda en su bolsillo y llevaba las flores al interior de la casa, sintió una vaga inquietud. Acudieron a ella las palabras de Dick Windyford como si estuviera allí repitiéndolas: «Ese hombre es un desconocido para ti. No sabes nada de él.»
Era cierto. ¿Qué sabía de él? Al fin y al cabo, Gerald tenía cuarenta años. En todo ese tiempo debía haber habido alguna mujer.
Alix sacudió la cabeza con impaciencia. Nada de entregarse a aquellos pensamientos. Tenía otra preocupación más importante. ¿Debía o no decir a su marido que Dick Windyford había telefoneado?
Cabía la posibilidad de que Gerald le hubiera encontrado en el pueblo, pero en ese caso seguramente lo mencionaría en seguida de llegar y el asunto quedaría fuera de su acción. Y si no..., ¿qué hacer? Alix se daba cuenta de su afán por no decir nada. Gerald siempre se había mostrado amablemente dispuesto hacia el otro. «Pobre diablo —dijo en cierta ocasión—; creo que está tan loco por ti como yo. Qué desagradable debe ser que le rechacen a uno.» No dudaba respecto a los sentimientos de Alix.
Si se lo contaba, estaba segura de que invitaría a Dick Windyford para que fuera a «Villa Ruiseñor». Entonces se enteraría de que Dick mismo lo había propuesto y que ella se negó a que fuera. Y cuando le preguntase por qué lo hizo, ¿qué hacer? ¿Iba a contarle su sueño? Gerald se reiría o... lo que era peor, vería que ella le daba una importancia excesiva, y tal vez pensase... ¡oh, cualquier cosa!
Al final, bastante avergonzada, decidió no decir nada. Era el primer secreto que ocultaba a su esposo y le hizo sentirse intranquila.
Cuando oyó que Gerald regresaba del pueblo, apresuróse a refugiarse en la cocina afanándose en preparar la comida para disimular su turbación.
En seguida comprendió que Gerald no había visto a Dick Windyford e inmediatamente sintióse aliviada y nerviosa a la vez. Ahora sí que le ocultaba algo a su marido, y durante el resto del día estuvo distraída, sobresaltándose al menor ruido, aunque su esposo no pareció observarlo. Él también estaba ensimismado en sus pensamientos y un par de veces tuvo que repetirle alguna observación trivial para que pusiera atención antes de que respondiera.
No fue hasta después de cenar, cuando estaban sentados en el saloncito de estar con las ventanas abiertas para que entrara la suave brisa de la noche con el perfume de los jazmines, cuando Alix recordó la agenda de bolsillo y se dispuso a distraer sus pensamientos.
—Aquí tengo algo que encontré entre las flores —le dijo arrojándosela sobre el regazo.
—Se me cayó en un parterre, ¿eh?
—Sí. Ahora sé todos tus secretos.
—Soy inocente —replicó Gerald, moviendo la cabeza.
—¿Y qué me dices de lo que has anotado para las nueve de la noche?
—¡Oh!, eso... —pareció cortado de momento, y luego sonrió como si aquello le divirtiera—. Es una cita con una chica guapísima, Alix. Tiene el cabello castaño, los ojos azules y se parece muchísimo a ti.
—No comprendo —dijo Alix, fingiendo ponerse seria—. Estás apartándote de la cuestión.
—No. A decir verdad, lo anoté para acordarme de revelar algunos negativos esta noche, y que tú me ayudes.
Gerald Martin era un fotógrafo entusiasta. Poseía una cámara un tanto anticuada, pero con muy buenas lentes, y él mismo revelaba sus placas en un sótano pequeño que había preparado como cuarto oscuro. Nunca se cansaba de retratar a Alix en distintas posiciones.
—¿Y tiene que ser precisamente a las nueve? —dijo Alix.
Gerald pareció algo molesto.
—Mi querida Alix —dijo con cierta tirantez—, siempre hay que buscar una hora precisa para hacer las cosas. Entonces es cuando se puede trabajar como es debido.
Alix permaneció unos instantes observando a su esposo. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo de su butaca y las líneas de su rostro pulcramente afeitado se recortaban contra el fondo oscuro. Y de pronto, por alguna razón desconocida, sintió que la invadía una ola de pánico y antes de poder evitarlo había exclamado:
—¡Oh, Gerald! ¡Ojalá supiera algo más de ti!
Su esposo volvió su rostro asombrado hacia ella.
—Pero, mi querida Alix, si sabes todo lo referente a mí. Te he hablado de mi infancia en Northumberland, de mi vida en África del Sur, y estos últimos diez años en el Canadá que me proporcionaron el éxito.
—¡Oh, los negocios!
Gerald se echó a reír.
—Sé a lo que te refieres... a la parte amorosa. Todas las mujeres sois iguales. Sólo os interesa la cuestión personal.
Alix sintió que se le secaba la garganta mientras murmuraba:
—Bueno, pero debes de haber tenido... amores. Quiero decir... que si yo supiera...
Hubo una pausa de unos minutos. Gerald Martin había fruncido el ceño y la indecisión se reflejaba en su rostro. Cuando habló, fue en tono grave, sin el menor rastro de frivolidad:
—¿Tú crees que tiene gracia el hacer de esposa de Barba Azul? Sí que ha habido mujeres en mi vida. No lo niego. No me creerías si te lo negara. Pero puedo jurarte que ninguna de ellas significó nada para mí.
 Hubo tal sinceridad en su voz que se sintió agradablemente confortada.
—¿Satisfecha, Alix? —le preguntó con una sonrisa. 
Y luego la contempló con cierta curiosidad.
—¿Por qué se te ha ocurrido hablar de esto precisamente esta noche? Nunca lo mencionaste.
Alix se puso en pie y comenzó a pasear inquieta.
—¡Oh! No lo sé —contestó—. Todo el día he estado nerviosa.
—Es curioso —dijo Gerald en voz baja, como si hablara consigo mismo—. Es muy curioso.
—¿Por qué es curioso?
—Oh, querida, no te pongas así. Sólo digo que es curioso porque por lo general eres siempre tan serena y dulce.
Alix procuró sonreír.
—Hoy todo se confabula para molestarme —confesó—. Incluso el viejo Jorge tenía la ridícula idea de que nos íbamos a Londres. Según él, tú se lo dijiste.
—¿Dónde le viste? —preguntó Gerald, en tono crispado.
—Vino a trabajar hoy en vez del viernes.
—El viejo imbécil —dijo Gerald, enojado.
Alix le miró extrañada. Su esposo tenía el rostro contraído por la ira. Nunca le había visto tan furioso, y al ver su asombro, Gerald hizo un esfuerzo por recuperar el dominio de sí mismo.
—Bueno, es un viejo estúpido —protestó.
—¿Qué le dijiste para que pensara que nos íbamos?
—¿Yo? No le dije nada. A menos... Oh, sí, recuerdo que en broma dije que nos íbamos a Londres a la mañana siguiente, y supongo que lo tomaría en serio. O debió entenderlo mal. Supongo que tú le desengañarías.
Y esperó su respuesta.
—Claro, pero es de esos viejos que cuando se les mete una idea en la cabeza... bueno, no es fácil quitársela.
Y le contó la insistencia del jardinero en la cantidad pedida por la casita.
Gerald guardó silencio unos instantes y luego dijo:
—Ames estaba dispuesto a aceptar dos mil libras en efectivo, y las mil restantes en hipoteca. Supongo que ése será el origen de su error.
—Es muy probable —replicó Alix.
Luego, mirando el reloj, en otro tono:
—Ya debiéramos estar abajo, Gerald. Pasan cinco minutos de la hora fijada.
Una sonrisa muy particular apareció en el rostro de Gerald.
—He cambiado de opinión —dijo tranquilamente—. Esta noche no revelaremos las fotografías.
La mentalidad de la mujer es algo muy curioso. Cuando se acostó aquel miércoles por la noche, Alix sentíase contenta y tranquila. Su felicidad, momentáneamente amenazada, resurgió triunfante como nunca.

(CONTINUARA...)

El alquimista - H. P. Lovecraft

Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. 

Sus antiguos torreones, castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas, muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el paso del invasor.

Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. 

Con el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora poderosos señores del lugar.

Fue en una de las vastas y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. 

Nunca conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y, habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que recuerdo que se llamaba Pierre. 

Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. 

Por entonces, Pierre me había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.

Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo que más llamaban mi atención.

Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. 

A lo que me refiero es a la temprana edad en la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos años. 

En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el increíble relato que tenía ante los ojos.

El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. 

En él se hablaba de cierto anciano que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el malhadado, debido a su siniestra reputación. 

A pesar de su clase, había estudiado, buscando cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. 

Michel Mauvais tenía un hijo llamado Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las prácticas más odiosas. 

El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.

Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. 

Sin más demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto en vano. 

Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C. 

«Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida  

Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees»

Proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al amparo de la negra cortina de la noche. 

El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban la colina.

El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. 

Pero cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su temprana muerte. 

Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera su infortunado antepasado al morir.

Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. 

Solitario como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación para la extraña maldición que afligía a mi familia. 

En los pocos momentos de pensamiento racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. 

En algo estaba plenamente resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían extinguido, pondría fin conmigo a la maldición.

Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo enterré, sin ayuda, bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados. 

Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos hallados resultaban extraños y espantosos. 

Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad. Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.

Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con aprensión. 

Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo. Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía.

El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados de los antiguos torreones. 

En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance. 

Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. 

Tan pronto como la antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió firmemente cualquier intento mío de abrirla. 

Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. 

Mis inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que pueda imaginarse. 

Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana. Era un hombre vestido con un casquete y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión. Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca antes viera en un hombre. 

Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal, profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. 

Ahora se clavaban en mí, lacerando mi alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Por fin, la figura habló con una voz retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados de los viejos alquimistas y demonólogos. 

Esa aparición hablaba de la maldición suspendida sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier. 

Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora el odioso narrador. 

Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía de su vengativa maldición. 

Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle el goce de vida y juventud eternas.

Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años antes con mi antepasado. 

Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y de maldad impotente que lanzó el frustrado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.

Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y, recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos pasados desde la época de Charles le Sorcier? 

El peso del espanto, sufrido durante años, desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en una interminable pesadilla. 

Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de la puerta gótica. 

Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme, ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. 

Al fondo de la estancia había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño, pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del suelo. 

Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca retorcida. 

A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada. Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí estremecer al observarlo.

Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.

—¡Necio! —gritaba—. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes quién desveló el secreto de la alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE SORCIER!