La cena había sido sencillamente horrible —el asado carbonizado, la
verdura recocida—, y Oliver Evans no se había comportado de forma demasiado
amable. Después de cada uno de aquellos platos incomibles se había mofado de
los esfuerzos culinarios de su esposa confiándoles a los dos invitados que ella
nunca había sido capaz de cocinar nada que valiese la pena.
—Será mejor que vuelvas a poner esto en la olla otro rato, Mary
comentó mientras sostenía en lo alto una zanahoria lacia y amarilla—. Me parece
que todavía está un poco viva. —Y les hacía un guiño sin disimular a los
invitados.
—Ji, ji, ji —cacareaba el pequeño profesor—. Yo no dirría «un poco
viva», ¿eh? O uno está vivo o no lo está. Ji, ji. ¿No estoy en lo cierrto,
doctorr?
Victor Marx sonrió cortésmente, pero no dijo nada. La vida y la muerte
eran los temas de los que habitualmente se ocupaba de forma profesional. No le
gustaba nada hacer bromas sobre eso mientras cenaba.
Mary Evans se
ruborizó.
—Me parece que la cena no estaba demasiado buena, ¿verdad, Ollie?
—Ha estado de pena, querida. Sencillamente espantosa. Pero... —Se
inclinó hacia el lado opuesto de la mesa y le dio un húmedo beso en la
mejilla—. Todos sabemos que has hecho todo cuanto has podido, aunque el
resultado haya sido patético, y te perdonamos. —Eructó, incómodo—. ¡Ah, qué mal
sabor de boca! Me recuerda los desarreglos gástricos que solíamos padecer en
aquella cofradía de estudiantes. ¿Te acuerdas de la bazofia que nos daba
Cookie, Victor?
—Claro que sí, Oliver. Y también recuerdo aquella vez que le echaste
jabón al estofado de buey. Toda la cocina se llenó de espuma.
Oliver se echó a reír estrepitosamente.
—Los muchachos se disgustaron terriblemente conmigo, hasta que vieron
llegar a los proveedores con los filetes y el helado que había encargado.
—Siempre hacías las cosas a lo grande, Oliver.
—En aquellos días, tenía acceso a los millones del viejo. Pero ahora,
con las condiciones del testamento... —Se encogió de hombros—. Ahora no puedo
permitirme el lujo de malgastar ni siquiera escamas de jabón.
—Qué encantadores son los rrecuerrdos —dijo el profesor—. Me pasaría
horras escuchándolos.
—Sí, apuesto a que sí. —Oliver se limpió la cara con la servilleta y
comenzó a dar muestras de impaciencia—. Bueno, ya está bien de hablar de platos
y de comida. Pasemos al salón a tomar el café.
—¡Oh, cielo santo! —Mary se puso en pie de un salto—. Se me ha
olvidado poner el café en el fuego.
—Porr favorr, querrida señorra, perrmítame. —El profesor se levantó de
la silla—. Me considerro en cierrto modo un experrto en el tema Kaffee.
—Oh, no, yo...
—Vamos, Mary —le dijo su esposo—. Deja que el profesor prepare el
café. No puede salirle peor que a ti. —Dirigió una sonrisa al profesor—. ¿Sabrá
usted hervir el agua sin que se le queme?
—Crreo que sí. Ji, ji.
—Pues entonces es usted un chef de cuatro estrellas comparado
con la querida frau aquí presente. Vaya usted tranquilamente a preparar
el café.,
—Serrvidor.
El profesor, sorprendentemente ágil para tratarse de un jorobado de
cabellos grises, se fue cojeando hacia la cocina. Oliver, su esposa, y el
antiguo compañero de universidad del primero entraron en el salón y se
sentaron.
—¡Ostras! —gritó Oliver cuando los muelles de su sillón favorito, muy
viejo, le pincharon el trasero—. Tenemos que cambiar este trasto, Mary.
—Oh, cielos, Ollie, no podemos permitirnos... —El marido puso mala
cara—. Quiero decir... —La mujer se hundió en un silencio embarazoso.
—No es de buena educación tratar los asuntos financieros cuando hay
invitados delante, querida. —Oliver se echó a reír amargamente—. Aunque ya sé
que este antro no deja gran cosa a la imaginación —miró con desprecio en torno
suyo la andrajosa alfombra, el papel de la pared que se estaba cayendo a tiras,
los muebles mugrientos—. Cuesta de creer, ¿verdad, Vic? Mientras nosotros
estamos aquí sentados hay más de un millón de pavos que mi padre ganó con el
sudor de su frente bien guardados en el banco, pero a mí no se me permite tocar
ni un céntimo de ellos.
—Algún día tendremos un hijo, Ollie... —empezó a decir suavemente su
esposa.
—No es muy probable que lo tengamos. Ya llevamos diecisiete años
intentándolo, cariño. Y resulta que ahora el apuesto joven Evans, el orgullo
del equipo de remo de la fraternidad, se ha convertido en el gordo y calvo
Ollie, que tiene un empleo de tercera categoría, una casucha cochambrosa y toda
la fortuna de la familia encerrada bajo llave en fideicomisos, reservada para
unos hijos que nunca van a llegar.
—Y con una esposa que lo adora —añadió Mary.
Oliver sonrió tristemente.
—Sí, eso también.
¡Aquí está el Kaffee! —anunció el
profesor alegremente entrando con una bandeja en la que había cuatro tazas—.
Ésta parra la anfitrriona... ésta parra el doctorr... ésta parra el anfitrrión
—Les tendió sendas tazas—. Lo he prreparrado como lo hacemos en Viena. ¡Esperro
que les guste! —Levantó la taza y sorbió ruidosamente—. ¡Aja! Sencillamente
perrfecto. Puede que al prrincipio no les guste, perro hay que concederrle una
oporrtunidad parra aprreciarrlo bien. Bébanselo hasta la última gota; luego
díganme qué opinión les merrece.
Vic se llevó la taza a los labios, pero el olor bastó para hacerlo
retroceder, notó un ligero hedor a goma quemada. «Qué porquería más horrible»,
pensó, pero entonces advirtió que el profesor lo observaba atentamente, de modo
que se puso la taza en los labios y bebió.
El brebaje era tan espeso como el
aceite de motor usado, y tenía casi el mismo sabor, pero el profesor, a quien Vic
acababa de conocer aquella noche, parecía inocente (aunque excéntrico), y
deseoso de agradar. Así que Vic hizo un esfuerzo y apura el contenido de la
taza.
—¿Le gusta? ¿O no? —le preguntó el profesor con una sonrisa burlona.
—Un sabor poco corriente. Casi único, diría yo.
El profesor sonrió, satisfecho.
—Y a usted, ¿le gusta? —preguntó a Mary.
—Pues yo... —titubeó—. Encuentro que tiene un sabor terriblemente
fuerte.
—Sí, fuerrte. ¿Perro le gusta?
—Oh... oh, sí.
—Entonces bébaselo todo. Debe apurrarrlo hasta el fondo.
—Vamos, Mary, bébetelo —la animó su marido.
—Muy bien. —Vació la taza.
—¡Eso es! ¡Excelente! —El profesor parecía encantado: su café era un
éxito.
—¿Así que usted es oriundo de Viena? —le preguntó Vic a fin de
entablar conversación.
—No, orriundo no. Estudié allí muchos años. Antes de eso, de niño,
vivía en otrro lugarr, en los Cárrpatos. ¿Sabe usted dónde está eso?
—Creo que sí. En Rusia o por ahí ¿no?
—Ji, ji, ji. Porr ahí. De todos modos erra un lugar muy agrradable
para crrecerr allí y luego marrcharrse. Perro esto me gusta más.
—¡Oh! ¡Oh, Dios mío! —exclamó Mary.
—¿La he molestado, mi querrida señorra? —El profesor la miró
inquisitivo.
—No, es que yo... —De pronto, palideció y pareció asustarse. La cara
se le puso brillante a causa de la transpiración—. Yo... —Resbaló del sofá y se
desplomó en el suelo.
—¡Querrida señorra! —El profesor se arrodilló junto a ella
rápidamente.
—¡Mary! ¿Mary? —exclamó Oliver Evans mientras Víctor Marx salía
precipitadamente de la habitación para ir a buscar el maletín negro de médico
que tenía en el coche. Cuando volvió a entrar se encontró con que Mary Evans
yacía en el suelo y los dos hombres se hallaban de pie, mirándola con semblante
solemne.
—¿Cómo está? —les preguntó Vic.
—Examínela usted y díganoslo, porr favorr, herr doctorr
—respondió el profesor.
Él y Oliver se hicieron a un lado para permitir que Víctor se
arrodillara junto a la postrada mujer.
—No respira —dijo. Le palpó la arteria carótida—.Tampoco tiene pulso.
—¿Está usted segurro? —le preguntó el profesor en un tono curiosamente
seco.
—Sí, por favor, asegúrate, Vic —dijo Oliver.
Vic sacó el estetoscopio del maletín negro, le desabrochó la blusa a
Mary y le auscultó atentamente el pecho.
—Se le ha parado el corazón, estoy seguro.
Cerró el puño y lo levantó diez centímetros por encima del esternón de
Mary, dispuesto a aplicarle un masaje precardial que quizá lograse que el
corazón de la mujer volviese a latir.
Pero los dedos del profesor, como si fueran una garra, se ciñeron
alrededor de su muñeca y frenaron el brazo de Vic con sorprendente fuerza.
—Porr favorr, no haga nada prrecipitado —le dijo—. Sólo dígame, porr
favorr, ¿está usted absolutamente segurro de que la vida de la señorra ha
cesado?
Vic pensó que aquel viejo debía de estar histérico. Seguro que el
horror de aquellos momentos le había puesto fuera de sí.
—¡Oliver! ¡Ayúdame! —dijo.
Pero Oliver se limitó a mirarlo fríamente.
—Contéstale al profesor, Vic. ¿Está muerta Mary? Danos una opinión
medica profesional.
—Tú, su marido, no quieres... —Vic balbuceó—. ¿Te niegas a dar tu
permiso para aplicarle masajes de reanimación? ¿No quieres que intente
salvarla?
—No, no quiero, Vic. Sólo quiero que me digas si está clínicamente
muerta o no.
Vic notó que, de alguna manera, se hallaba en peligro. Aquellos
hombres actuaban como si estuvieran locos, pero era evidente que la histeria no
se había apoderado de ellos: una extraña astucia impregnaba sus acciones.
—Muy bien; la examinaré atentamente. —La palpó; hizo percusión en el
pecho; estudió con detenimiento las pupilas de Mary y comprobó los reflejos—.
Las funciones vitales han cesado por completo. El cerebro no recibe oxígeno
—declaró finalmente—. A todos los efectos, ha fallecido.
—¿Está usted absolutamente segurro? —le preguntó el profesor con los
ojos bailándole de forma diabólica, como si se tratara de alguna broma
horripilante.
—Absolutamente.
—Bien, ése es el paso númerro uno. —El profesor aplaudió
vigorosamente—. Ahora, vayamos con el númerro dos.
—El paso más importante —dijo Oliver.
—Quizá sí.
El profesor salió cojeando en dirección a la cocina, y muy pronto se
oyó el entrechocar de las cacerolas y el fuerte tintineo de las tazas.
—¿Qué es eso del paso número dos? —le susurró Vic a Oliver en un
aparte.
—Pues hacerla volver a la vida. O, más bien, hacerla salir de ese
estado de muerte aparente.
—¿No se trata de una muerte real?
—Francamente, espero que no. El profesor me prometió que no lo sería.
—¿Te prometió...? —Un escalofrío de horror recorrió la columna
vertebral de Vic—. ¿Quieres decir que él le ha hecho esto?
—Sí, claro. Con el café. En el de ella había puesto algo especial.
—¡Oh, Señor! —Vic se puso en pie de un salto—. Esto es... ¡horroroso!
—Se retorció las manos, consternado—. Ese maníaco ha asesinado a tu esposa y tú
se lo has consentido. Cielo santo, Ollie, ¿en qué estabas pensando? ¿Cómo has
podido hacer una cosa así?
—Porr favorr, doctorr Marrx, cálmese. —El profesor se encontraba de
pie junto a la puerta de la cocina—. La señorra no está muerrta, así que el
térrmino «asesinato» difícilmente viene al caso. Lo que hemos hecho ha sido
suprrimirrle las funciones vitales, que han quedado a un nivel mínimo: no
pueden detectarrse, perro siguen ahí. Si es necesarrio, el sujeto puede
sobrrevivirr en este estado durrante meses.
Regresó a la cocina.
—Sí, cálmate, Vic. Lo hecho, hecho está. Ahora, veamos si es capaz de
deshacerlo, ¿de acuerdo?
—Pero, ¿por qué, Ollie? ¿Qué propósito tiene todo esto?
—Es una especie de experimento. Si funciona con Mary, pienso llevarlo
a cabo conmigo mismo.
—Pero, ¿por qué?
—Para hacerme de una vez con el dinero del fideicomiso. Según la
voluntad de mi padre, si yo muero mi esposa recibirá el dinero sin más
obstáculos. El viejo siempre sintió debilidad por las viudas y los huérfanos.
Así que, suponiendo que este potingue funcione correctamente, me tomaré una
dosis y haré que me declaren muerto; Mary recibirá el dinero del fideicomiso y
luego el profesor me resucitará. Sencillo, ¿no?
—¿Estaba Mary al corriente de todo esto?
Oliver pareció incómodo.
—Bueno, aún no. Me figuré que si se lo decía... a lo mejor no habría
querido hacer de conejillo de Indias. Aunque, a decir verdad, como es una
cabeza de chorlito es muy probable que yo hubiera podido convencerla de todos
modos.
El brillo demente que asomaba por el rabillo del ojo de Oliver le
recordó a Vic que él mismo también podía encontrarse en peligro en aquel lugar.
—Si te dijera que quiero marcharme ahora mismo, ¿intentarías
detenerme?
—No. Diantres, no. Tú te has creído que estaba muerta. Eso es todo lo
que quería de ti. Aunque yo diría que, como amigo preocupado, seguro que no
quieres moverte de aquí hasta ver cómo sale Mary de todo esto.
—Ya sé cómo saldrá. Está muerta, pobre mujer.
—Siemprre dudando, como santo Tomás, ¿eh, doctorr? —El profesor entró
en el salón llevando una humeante taza llena de líquido y algunas otras cosas—.
¿Sigue sin crreerrse que la señorra está perrfectamente bien?
—No me lo creo en absoluto.
—Bueno, sólo tiene que esperrarr cinco minutos y verrá lo que pasa.
—Le dio la taza a Oliver—. ¿Quierre sostenerrme esto? —Se arrodilló junto a la
cabeza de Mary y, abriéndole la boca, le deslizó un tubo de goma por el
esófago—. ¡Todo listo! —Sujetó un embudo de plástico al tubo y vertió en él el
contenido de la taza—. Usted tomarrá nota del tiempo —le dijo a Vic.
Vic no apartó los ojos del reloj de pulsera y, al cabo de cinco
minutos, vio con sorpresa cómo los párpados de Mary empezaban a agitarse y que
ella emitía un profundo gemido.
—¡Ya está! —El profesor le quitó el tubo y el embudo. Al cabo de diez
minutos Mary estaba consciente. A los quince minutos los hombres la ayudaron a
sentarse en el sofá.
—Nos has tenido terriblemente preocupados, querida Mary —le dijo
Oliver—. Te has desmayado, o algo así. —Se volvió hacia Vic con una sonrisa
sarcástica—. ¿Quieres examinarla ahora, aunque sólo sea para asegurarnos de que
se encuentra del todo bien?
—Puedes jurar que lo haré.
Vic la examinó minuciosamente pero, aparte de una ligera somnolencia,
la mujer se hallaba en perfectas condiciones. Le pidió que fuera a su consulta
al día siguiente a fin de realizarle más pruebas; así lo hizo Mary, pero no
pudo encontrarle nada.
Aunque normalmente no se interesaba por aquella clase de cosas, Vic se
sorprendió a sí mismo, durante los días que siguieron, leyendo con avidez las
notas necrológicas del periódico local. Y, en efecto, aproximadamente una
semana y media después, leyó que su antiguo compañero de universidad, Oliver
Evans, había fallecido inesperadamente. Se pedía a los amigos que presentaran
sus condolencias en la casa del difunto donde los restos estarían de cuerpo
presente hasta el día del funeral.
Cuando Vic llegó a la deteriorada casa, un hombre alto y pálido,
ataviado con un brillante traje negro, lo recibió a la puerta y le pidió que
firmara en el libro de invitados. Vic advirtió que, aparte del «Profesor
Vladislav Xrxdnsyvitch, doctor en Medicina», él era la única persona que había
visitado los restos del pobre Oliver.
En el interior se encontró con que habían
arreglado, aunque no reformado, el salón: hileras de velas perfumadas
proporcionaban la única iluminación pero, a pesar de ello, se veía
perfectamente el papel roto de la pared, la alfombra desgastada y los muebles
de ínfima calidad, que estaban apartados contra la pared.
En medio de la
habitación había una tarima cubierta de tela negra y, sobre ella, se hallaba el
mueble más atractivo de la estancia, un ataúd de madera barnizada con
brillantes adornos de latón. «Debe de haberle costado un buen fajo a Ollie
—pensó Vic—. Aunque supongo que ahora está en situación de permitírselo.»
En la cabecera del ataúd se hallaba de pie Mary, toda vestida de
negro; tenía un aspecto casi atractivo con el pelo castaño claro bellamente
peinado y la cara de luna transfigurada por una dignidad doliente.
—Hola, Vic —le saludó ella en un susurro—. Gracias por venir.
—No podía dejar de hacerlo —replicó él sinceramente—. ¿El profesor
vuelve a estar en la cocina?
—¿Qué? Oh, no. Sólo estuvo aquí el tiempo necesario para recoger el
dinero que Ollie le debía. Luego se marchó. Tenía que coger un avión.
—¿No dejó nada?
—¿Qué? ¿Te refieres al café? Claro. Lo mantengo caliente en el fogón.
Es una cosa muy rara, el último deseo de Ollie...
—¿Fue que el profesor le vertiera café por la garganta en el funeral?
—Sí, ¿no es extraño? Pero el profesor me mostró cómo hacerlo. Y Ollie,
en el lecho de muerte, me hizo prometer que lo haría, así que... —Miró con
cariño a su marido, tendido en el ataúd—. Siempre tuvo muchas ideas raras,
hasta el final. Cielos, voy a echarlo de menos.
—¿Te lo explicó todo? Me refiero a lo de aquel desmayo tuyo.
—Pues no, no me explicó nada; lo que sí me hizo fue un montón de
preguntas sobre ello.
—¿Como qué?
—Lo que sentí. Si noté algún dolor. ¡Pobrecito! Estaba tan preocupado
por que yo hubiera podido sufrir de un modo u otro en aquellos momentos...
—¿Y fue así?
Ella abrió mucho los ojos.
—Oh, sí, terriblemente. Padecí unas pesadillas espantosas mientras
estuve desmayada, Vic. No te puedes hacer idea. Demonios, tormentos y... bueno,
sencillamente, cosas horrorosas. ¡Y todo parecía tan real! Te juro que me
habría vuelto loca si hubiese durado más de lo que duró. Naturalmente, no le
conté nada de esto a Ollie. ¿Qué necesidad había de preocuparlo por mi culpa?
—Claro, ¿para qué?
Vic calculó que el pobre Oliver llevaba viviendo la misma clase de
pesadillas casi treinta y seis horas.
Mary le habló con aire ausente de todo el dinero que había heredado y
de lo alegremente que se separaría de él con tal de tener de nuevo a Oliver
vivo. Luego dejó vagar la mirada por el reloj de pulsera de Vic.
—¡Ay, Dios mío! ¡Qué desastre! —Con ojos llenos de angustia salió
corriendo hacia la cocina mientras Vic la seguía muy de cerca—. ¡Oh, Señor,
mira eso! —Levantó un cazo humeante del fogón: todo lo que quedaba dentro era
una substancia negra y carbonizada que se había quemado hasta el fondo—. Oh,
madre mía, el café del profesor se ha echado a perder.
—Metió el cazo
chamuscado en el fregadero—. Bueno, tendré que hacer otro nuevo. Al fin y al
cabo, el pobre Oliver no notará la diferencia, y yo me sentiré mejor sólo con
saber que lo he preparado yo misma. ¿Crees que hago lo correcto? —preguntó
volviéndose hacia Vic.
Pero Vic ya se precipitaba como una exhalación hacia el salón y
levantaba el puño cerrado, exactamente diez centímetros por encima del pecho de
Oliver, con la vana esperanza de resucitar a su amigo sin la receta del famoso
café vienes del profesor.