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El hada del diente - Harvey Jacobs

Cuando Roger Ploom perdió el primer diente su madre armó un revuelo enorme. Y le dijo al pequeño que pusiera el diente bajo la almohada. Ahí fue a parar, pues, el diente caído, y Roger se durmió. Cuando se despertó, encontró un dólar en el lugar donde había estado el diente.

—El hada de los dientes ha venido durante la noche —le dijo su madre.

Cuando empezó a bailarle otro diente, Roger reventaba de gozo. Naturalmente, cuando Roger Ploom mordió un caramelo, el diente se cayó. Bajo la almohada fue también éste, y por la mañana halló en su puesto un dólar.

La tercera vez que a Roger Ploom le cayó un diente probó de mantenerse despierto para ver al hada de los dientes. ¿Qué aspecto tendría aquella criatura que cambiaba dólares por dientes viejos? ¿Vestiría como los dentistas? ¿Qué hacía de los dientes? ¿Tenían algún valor en alguna otra parte? 

El padre de Roger Ploom era dueño de una tienda. Compraba cosas a un precio y las vendía a otro, superior. ¿Se dedicaba el hada de los dientes a una actividad parecida, sacando un beneficio? Había de haber algo que explicase el motivo de lo que sucedía bajo su almohada en el corazón de la noche. 

Roger Ploom se quedó dormido antes de que viniera el hada de los dientes. Se despertó al amanecer, y allí estaba su tercer dólar, terso y verde como la lechuga, esperando su regordeta mano.

—El hada de los dientes, ¿siempre deja un dólar a cambio de un diente? —le pregunto Roger Ploom a su madre.

—Para los chicos buenos, sí —respondió la madre—. Para los malos, no.

De modo que los niños malos, y es de presumir que sucediera igual con las niñas malas, no obtenían nada a cambio de los dientes que se les caían. ¿Por qué? ¿Tendrían algo aquellos dientes que no permitiera aprovecharlos? ¿O, simplemente, sería el hada una criatura que sólo querría tratar con unos cuantos individuos que le merecieran confianza? 

El tema en conjunto interesaba profundamente a Roger Ploom. También le interesaba el dinero. El problema lo constituía el transcurso de tiempo que necesitaban sus dientes para empezar a movérsele, bailar y caer. 

En el cuarto diente, Roger se esforzó en colaborar en este proceso, y acelerarlo. Con la lengua, movía el diente adelante y atrás. Lo cual le producía una sensación deliciosa de placer y dolor. Le daba pena ver cómo el diente cedía y caía lo mismo que una hoja. Pero disfrutaba al conseguir otro dólar.

—Eres un chico afortunado —dijo su padre cuando Roger Ploom le enseñó la última recompensa—. Sin duda ganas más que trabajando.

El padre acababa de corroborar lo que Roger Ploom sospechaba. Había encontrado una veta riquísima. Eso de los dientes caídos era un negocio que andaba parejo con la lámpara de Aladino y el vellocino de oro.

Roger Ploom consideró que este asunto era un non sequitur, pero aceptó un diente de Bettey, que iba a su misma clase. Roger le dio una moneda de cinco centavos. Y Bettey los aceptó. Bettey era una chica mala en todos los conceptos, una arma–camorras. No cabía duda, a ella nunca le daban ni un centavo por sus dientes. 

Roger Ploom la eligió para la primera transacción por dos motivos. Quería ver si se podía engañar al hada de los dientes. Y quería saber si los dientes de niña se pagaban al mismo precio que los suyos.

—Me ha caído otro diente —le dijo a su madre. Le enseñó el incisivo de Bettey y luego lo puso bajo la almohada.

—¡Canastos, y cómo creces! —exclamó la madre.

Aquella mañana tentó cuidadosamente bajo la almohada. Era una prueba vital. Si el hada de los dientes andaba distraída y aceptaba el de Bettey, él habría hallado una mina de oro. En cambio, si el hada era una de esas criaturas que lo saben todo, Roger quizá ya no cosechara ni un penique más, ni siquiera por sus propias gemas blancas, perlinas.

Bajo la almohada había un dólar, lo mismo que las otras veces. De modo que, o el hada era una tonta, o necesitaba dientes, y los necesitaba con urgencia. Roger Ploom, muchacho práctico, se inclinó por la segunda probabilidad. Sus padres le habían dicho muchísimas veces que nadie da un dólar a cambio de nada. Y el dicho tenía lógica. 

Aquel hada necesitaba dientes y los pagaría a buen precio. La procedencia no importaba. Lo que importaba era quien llevara el negocio y el ritual de la almohada. Roger Ploom, niño bueno, podía actuar de agente con impunidad total. 

Evidentemente, su dormitorio resultaba un terreno perfecto, un lugar adecuado para que el hada lo visitase. En la ciudad abundaban los niños malos. En su propio jardín de la infancia había cuatro y cada uno representaba un criadero potencial de dientes.

Pero, también ahora, el problema lo constituía el tiempo. Los dientes llegaban a manos de Roger Ploom de tarde en tarde y en poca cantidad. Durante los dos meses siguientes sólo pudo comprar dos.

El primero le valió un dólar, como esperaba. El segundo lo tuvo que comprar a cincuenta centavos. El niño que se lo vendió, Billy Latik, era un regateador duro. Dado que el diente le costaba tan caro, Roger Ploom decidió que también había de venderlo a un precio mayor. ¿Cómo podría comunicárselo al hada de los dientes?

Roger Ploom sospechaba que su madre sabía la manera de ponerse en contacto con la desconocida criatura. Cada vez que tenía un diente se lo decía a su madre, y la información iba a parar a su destino. ¿Cómo podría comunicar él directamente, dejando a su madre fuera del negocio? En fin de cuentas, ella no tenía nada que ver.

De modo que habló con miss Bromph, la maestra, y le dijo que necesitaba su ayuda. Le explicó que quería radactar un cuento y le pidió que le escribiese unas palabras en un papel. Miss Bromph sonrió satisfechísima. De buena gana escribió lo que en realidad era una petición dirigida al hada, exigiéndole más dinero, y dijo que se trataba de un cuento muy lindo. Roger Ploom no veía nada lindo en aquellas líneas, pero las tenía.

Y el papelito pasó a ocupar el puesto indicado bajo la almohada; pero el diente caro no. Primero quería saber la respuesta. Aquella noche sonó el teléfono, y Roger oyó que su madre hablaba con alguien. 

Por la manera de hablar de su madre, a Roger Ploom se le antojó que en el otro extremo del hilo estaba miss Bromph. Mas, ¿para qué llamaría una maestra a su casa? No tenía sentido. Lo importante del caso es que al día siguiente encontró un dólar y medio bajo la almohada, y por la noche dejó el diente en su puesto.

Aquel día, en el colegio, Roger Ploom estaba demasiado inquieto incluso para jugar. Si el hada de los dientes los pagaba a un dólar cincuenta cada uno era que tenía muchas ganas de comprar. ¿Podía darse el caso de que hubiera gran escasez de dientes, una verdadera crisis de dientes, allá donde viviera el hada? ¿Y cuánto duraría? 

Roger Ploom sabía que él no era el único proveedor. Una niña buena, Leslie Vine, también obtuvo un dólar por un diente, la semana pasada. ¿Y si millares de niños buenos se extraían de pronto millones de dientes y la bolsa del hada se cerraba por completo? Era el momento de dar el golpe.

Aquella noche, en la cama, Roger Ploom deseaba tener un hermano, o una hermana, o mejor todavía, muchos hermanos y hermanas, como las familias que veía en la televisión. Pero en pura realidad sólo contaba consigo mismo y con sus padres. Tendría que arreglárselas con estos elementos.

Su padre y su madre vieron el Ultimo Programa y se pasaron horas —le pareció a Roger— hablando. Por fin, se fueron a la cama. Roger permaneció inmóvil hasta que oyó la respiración aquélla, indicadora de que se habían dormido. Luego se levantó en silencio y fue a buscar la caja de los instrumentos. 

El contacto de las tenazas en la boca era frío, y cuando apretaba los brazos de las mismas sentía un vivo dolor. No, el plan que se había trazado no servía. No podía arrancarse sus propios dientes.

Roger Ploom oía los ronquidos de su padre. Era un hombre que dormía como un tronco; su madre lo decía siempre. Nada lograba despertarle, ni siquiera el despertador. Además, tenía dientes que no utilizaría nunca, dos hileras. Se vanagloriaba de que tendría una dentadura perfecta hasta el día de su muerte. Le venía de familia. Unos dientes como aquéllos podían valer muy bien dos dólares cada uno, y hasta diez. Acaso cien.

Roger Ploom entró de puntillas en el dormitorio de sus padres. Su madre dormía acurrucada de cara a la pared. Su padre estaba cerca de la puerta, fácilmente accesible. Y, cosa todavía mejor, tenía la boca abierta de par en par. Era una persona excelente su padre, así con la boca bien abierta y una sonrisa en la cara. Sin duda estaba soñando algo agradable.

Roger Ploom cogió las tenazas y probó que tal apretaban. Se le escapó una risita en la oscuridad. Mañana, sin duda alguna, tendría lo suficiente para comprarse un triciclo. O quizá dos.

Dormir, acaso soñar - Mel Washburn

La cena había sido sencillamente horrible —el asado carbonizado, la verdura recocida—, y Oliver Evans no se había comportado de forma demasiado amable. Después de cada uno de aquellos platos incomibles se había mofado de los esfuerzos culinarios de su esposa confiándoles a los dos invitados que ella nunca había sido capaz de cocinar nada que valiese la pena.

—Será mejor que vuelvas a poner esto en la olla otro rato, Mary comentó mientras sostenía en lo alto una zanahoria lacia y amarilla—. Me parece que todavía está un poco viva. —Y les hacía un guiño sin disimular a los invitados.

—Ji, ji, ji —cacareaba el pequeño profesor—. Yo no dirría «un poco viva», ¿eh? O uno está vivo o no lo está. Ji, ji. ¿No estoy en lo cierrto, doctorr?

Victor Marx sonrió cortésmente, pero no dijo nada. La vida y la muerte eran los temas de los que habitualmente se ocupaba de forma profesional. No le gustaba nada hacer bromas sobre eso mientras cenaba.

Mary Evans se ruborizó.

—Me parece que la cena no estaba demasiado buena, ¿verdad, Ollie?

—Ha estado de pena, querida. Sencillamente espantosa. Pero... —Se inclinó hacia el lado opuesto de la mesa y le dio un húmedo beso en la mejilla—. Todos sabemos que has hecho todo cuanto has podido, aunque el resultado haya sido patético, y te perdonamos. —Eructó, incómodo—. ¡Ah, qué mal sabor de boca! Me recuerda los desarreglos gástricos que solíamos padecer en aquella cofradía de estudiantes. ¿Te acuerdas de la bazofia que nos daba Cookie, Victor?

—Claro que sí, Oliver. Y también recuerdo aquella vez que le echaste jabón al estofado de buey. Toda la cocina se llenó de espuma.

Oliver se echó a reír estrepitosamente.

—Los muchachos se disgustaron terriblemente conmigo, hasta que vieron llegar a los proveedores con los filetes y el helado que había encargado.

—Siempre hacías las cosas a lo grande, Oliver.

—En aquellos días, tenía acceso a los millones del viejo. Pero ahora, con las condiciones del testamento... —Se encogió de hombros—. Ahora no puedo permitirme el lujo de malgastar ni siquiera escamas de jabón.

—Qué encantadores son los rrecuerrdos —dijo el profesor—. Me pasaría horras escuchándolos.

—Sí, apuesto a que sí. —Oliver se limpió la cara con la servilleta y comenzó a dar muestras de impaciencia—. Bueno, ya está bien de hablar de platos y de comida. Pasemos al salón a tomar el café.

—¡Oh, cielo santo! —Mary se puso en pie de un salto—. Se me ha olvidado poner el café en el fuego.

—Porr favorr, querrida señorra, perrmítame. —El profesor se levantó de la silla—. Me considerro en cierrto modo un experrto en el tema Kaffee.

—Oh, no, yo...

—Vamos, Mary —le dijo su esposo—. Deja que el profesor prepare el café. No puede salirle peor que a ti. —Dirigió una sonrisa al profesor—. ¿Sabrá usted hervir el agua sin que se le queme?

—Crreo que sí. Ji, ji.

—Pues entonces es usted un chef de cuatro estrellas comparado con la querida frau aquí presente. Vaya usted tranquilamente a preparar el café.,

—Serrvidor.

El profesor, sorprendentemente ágil para tratarse de un jorobado de cabellos grises, se fue cojeando hacia la cocina. Oliver, su esposa, y el antiguo compañero de universidad del primero entraron en el salón y se sentaron.

—¡Ostras! —gritó Oliver cuando los muelles de su sillón favorito, muy viejo, le pincharon el trasero—. Tenemos que cambiar este trasto, Mary.                                                          

—Oh, cielos, Ollie, no podemos permitirnos... —El marido puso mala cara—. Quiero decir... —La mujer se hundió en un silencio embarazoso.

—No es de buena educación tratar los asuntos financieros cuando hay invitados delante, querida. —Oliver se echó a reír amargamente—. Aunque ya sé que este antro no deja gran cosa a la imaginación —miró con desprecio en torno suyo la andrajosa alfombra, el papel de la pared que se estaba cayendo a tiras, los muebles mugrientos—. Cuesta de creer, ¿verdad, Vic? Mientras nosotros estamos aquí sentados hay más de un millón de pavos que mi padre ganó con el sudor de su frente bien guardados en el banco, pero a mí no se me permite tocar ni un céntimo de ellos.

—Algún día tendremos un hijo, Ollie... —empezó a decir suavemente su esposa.

—No es muy probable que lo tengamos. Ya llevamos diecisiete años intentándolo, cariño. Y resulta que ahora el apuesto joven Evans, el orgullo del equipo de remo de la fraternidad, se ha convertido en el gordo y calvo Ollie, que tiene un empleo de tercera categoría, una casucha cochambrosa y toda la fortuna de la familia encerrada bajo llave en fideicomisos, reservada para unos hijos que nunca van a llegar.

—Y con una esposa que lo adora —añadió Mary.

Oliver sonrió tristemente.

—Sí, eso también.

¡Aquí está el Kaffee! —anunció el profesor alegremente entrando con una bandeja en la que había cuatro tazas—. Ésta parra la anfitrriona... ésta parra el doctorr... ésta parra el anfitrrión —Les tendió sendas tazas—. Lo he prreparrado como lo hacemos en Viena. ¡Esperro que les guste! —Levantó la taza y sorbió ruidosamente—. ¡Aja! Sencillamente perrfecto. Puede que al prrincipio no les guste, perro hay que concederrle una oporrtunidad parra aprreciarrlo bien. Bébanselo hasta la última gota; luego díganme qué opinión les merrece.

Vic se llevó la taza a los labios, pero el olor bastó para hacerlo retroceder, notó un ligero hedor a goma quemada. «Qué porquería más horrible», pensó, pero entonces advirtió que el profesor lo observaba atentamente, de modo que se puso la taza en los labios y bebió. 

El brebaje era tan espeso como el aceite de motor usado, y tenía casi el mismo sabor, pero el profesor, a quien Vic acababa de conocer aquella noche, parecía inocente (aunque excéntrico), y deseoso de agradar. Así que Vic hizo un esfuerzo y apura el contenido de la taza.

—¿Le gusta? ¿O no? —le preguntó el profesor con una sonrisa burlona.

—Un sabor poco corriente. Casi único, diría yo.

El profesor sonrió, satisfecho.

—Y a usted, ¿le gusta? —preguntó a Mary.

—Pues yo... —titubeó—. Encuentro que tiene un sabor terriblemente fuerte.

—Sí, fuerrte. ¿Perro le gusta?

—Oh... oh, sí.

—Entonces bébaselo todo. Debe apurrarrlo hasta el fondo.

—Vamos, Mary, bébetelo —la animó su marido.

—Muy bien. —Vació la taza.

—¡Eso es! ¡Excelente! —El profesor parecía encantado: su café era un éxito.

—¿Así que usted es oriundo de Viena? —le preguntó Vic a fin de entablar conversación.

—No, orriundo no. Estudié allí muchos años. Antes de eso, de niño, vivía en otrro lugarr, en los Cárrpatos. ¿Sabe usted dónde está eso?

—Creo que sí. En Rusia o por ahí ¿no?

—Ji, ji, ji. Porr ahí. De todos modos erra un lugar muy agrradable para crrecerr allí y luego marrcharrse. Perro esto me gusta más.

—¡Oh! ¡Oh, Dios mío! —exclamó Mary.

—¿La he molestado, mi querrida señorra? —El profesor la miró inquisitivo.

—No, es que yo... —De pronto, palideció y pareció asustarse. La cara se le puso brillante a causa de la transpiración—. Yo... —Resbaló del sofá y se desplomó en el suelo.

—¡Querrida señorra! —El profesor se arrodilló junto a ella rápidamente.

—¡Mary! ¿Mary? —exclamó Oliver Evans mientras Víctor Marx salía precipitadamente de la habitación para ir a buscar el maletín negro de médico que tenía en el coche. Cuando volvió a entrar se encontró con que Mary Evans yacía en el suelo y los dos hombres se hallaban de pie, mirándola con semblante solemne.

—¿Cómo está? —les preguntó Vic.

—Examínela usted y díganoslo, porr favorr, herr doctorr —respondió el profesor.

Él y Oliver se hicieron a un lado para permitir que Víctor se arrodillara junto a la postrada mujer.

—No respira —dijo. Le palpó la arteria carótida—.Tampoco tiene pulso.                           

—¿Está usted segurro? —le preguntó el profesor en un tono curiosamente seco.

—Sí, por favor, asegúrate, Vic —dijo Oliver.

Vic sacó el estetoscopio del maletín negro, le desabrochó la blusa a Mary y le auscultó atentamente el pecho.

—Se le ha parado el corazón, estoy seguro.

Cerró el puño y lo levantó diez centímetros por encima del esternón de Mary, dispuesto a aplicarle un masaje precardial que quizá lograse que el corazón de la mujer volviese a latir.

Pero los dedos del profesor, como si fueran una garra, se ciñeron alrededor de su muñeca y frenaron el brazo de Vic con sorprendente fuerza.

—Porr favorr, no haga nada prrecipitado —le dijo—. Sólo dígame, porr favorr, ¿está usted absolutamente segurro de que la vida de la señorra ha cesado?

Vic pensó que aquel viejo debía de estar histérico. Seguro que el horror de aquellos momentos le había puesto fuera de sí.

—¡Oliver! ¡Ayúdame! —dijo.

Pero Oliver se limitó a mirarlo fríamente.

—Contéstale al profesor, Vic. ¿Está muerta Mary? Danos una opinión medica profesional.

—Tú, su marido, no quieres... —Vic balbuceó—. ¿Te niegas a dar tu permiso para aplicarle masajes de reanimación? ¿No quieres que intente salvarla?

—No, no quiero, Vic. Sólo quiero que me digas si está clínicamente muerta o no.

Vic notó que, de alguna manera, se hallaba en peligro. Aquellos hombres actuaban como si estuvieran locos, pero era evidente que la histeria no se había apoderado de ellos: una extraña astucia impregnaba sus acciones.

—Muy bien; la examinaré atentamente. —La palpó; hizo percusión en el pecho; estudió con detenimiento las pupilas de Mary y comprobó los reflejos—. Las funciones vitales han cesado por completo. El cerebro no recibe oxígeno —declaró finalmente—. A todos los efectos, ha fallecido.

—¿Está usted absolutamente segurro? —le preguntó el profesor con los ojos bailándole de forma diabólica, como si se tratara de alguna broma horripilante.

—Absolutamente.

—Bien, ése es el paso númerro uno. —El profesor aplaudió vigorosamente—. Ahora, vayamos con el númerro dos.

—El paso más importante —dijo Oliver.

—Quizá sí.

El profesor salió cojeando en dirección a la cocina, y muy pronto se oyó el entrechocar de las cacerolas y el fuerte tintineo de las tazas.

—¿Qué es eso del paso número dos? —le susurró Vic a Oliver en un aparte.

—Pues hacerla volver a la vida. O, más bien, hacerla salir de ese estado de muerte aparente.

—¿No se trata de una muerte real?

—Francamente, espero que no. El profesor me prometió que no lo sería.

—¿Te prometió...? —Un escalofrío de horror recorrió la columna vertebral de Vic—. ¿Quieres decir que él le ha hecho esto?

—Sí, claro. Con el café. En el de ella había puesto algo especial.

—¡Oh, Señor! —Vic se puso en pie de un salto—. Esto es... ¡horroroso! —Se retorció las manos, consternado—. Ese maníaco ha asesinado a tu esposa y tú se lo has consentido. Cielo santo, Ollie, ¿en qué estabas pensando? ¿Cómo has podido hacer una cosa así?

—Porr favorr, doctorr Marrx, cálmese. —El profesor se encontraba de pie junto a la puerta de la cocina—. La señorra no está muerrta, así que el térrmino «asesinato» difícilmente viene al caso. Lo que hemos hecho ha sido suprrimirrle las funciones vitales, que han quedado a un nivel mínimo: no pueden detectarrse, perro siguen ahí. Si es necesarrio, el sujeto puede sobrrevivirr en este estado durrante meses.

Regresó a la cocina.

—Sí, cálmate, Vic. Lo hecho, hecho está. Ahora, veamos si es capaz de deshacerlo, ¿de acuerdo?

—Pero, ¿por qué, Ollie? ¿Qué propósito tiene todo esto?

—Es una especie de experimento. Si funciona con Mary, pienso llevarlo a cabo conmigo mismo.

—Pero, ¿por qué?

—Para hacerme de una vez con el dinero del fideicomiso. Según la voluntad de mi padre, si yo muero mi esposa recibirá el dinero sin más obstáculos. El viejo siempre sintió debilidad por las viudas y los huérfanos. Así que, suponiendo que este potingue funcione correctamente, me tomaré una dosis y haré que me declaren muerto; Mary recibirá el dinero del fideicomiso y luego el profesor me resucitará. Sencillo, ¿no?                          

—¿Estaba Mary al corriente de todo esto?                   

Oliver pareció incómodo.

—Bueno, aún no. Me figuré que si se lo decía... a lo mejor no habría querido hacer de conejillo de Indias. Aunque, a decir verdad, como es una cabeza de chorlito es muy probable que yo hubiera podido convencerla de todos modos.

El brillo demente que asomaba por el rabillo del ojo de Oliver le recordó a Vic que él mismo también podía encontrarse en peligro en aquel lugar.

—Si te dijera que quiero marcharme ahora mismo, ¿intentarías detenerme?

—No. Diantres, no. Tú te has creído que estaba muerta. Eso es todo lo que quería de ti. Aunque yo diría que, como amigo preocupado, seguro que no quieres moverte de aquí hasta ver cómo sale Mary de todo esto.

—Ya sé cómo saldrá. Está muerta, pobre mujer.

—Siemprre dudando, como santo Tomás, ¿eh, doctorr? —El profesor entró en el salón llevando una humeante taza llena de líquido y algunas otras cosas—. ¿Sigue sin crreerrse que la señorra está perrfectamente bien?

—No me lo creo en absoluto.

—Bueno, sólo tiene que esperrarr cinco minutos y verrá lo que pasa. —Le dio la taza a Oliver—. ¿Quierre sostenerrme esto? —Se arrodilló junto a la cabeza de Mary y, abriéndole la boca, le deslizó un tubo de goma por el esófago—. ¡Todo listo! —Sujetó un embudo de plástico al tubo y vertió en él el contenido de la taza—. Usted tomarrá nota del tiempo —le dijo a Vic.

Vic no apartó los ojos del reloj de pulsera y, al cabo de cinco minutos, vio con sorpresa cómo los párpados de Mary empezaban a agitarse y que ella emitía un profundo gemido.

—¡Ya está! —El profesor le quitó el tubo y el embudo. Al cabo de diez minutos Mary estaba consciente. A los quince minutos los hombres la ayudaron a sentarse en el sofá.

—Nos has tenido terriblemente preocupados, querida Mary —le dijo Oliver—. Te has desmayado, o algo así. —Se volvió hacia Vic con una sonrisa sarcástica—. ¿Quieres examinarla ahora, aunque sólo sea para asegurarnos de que se encuentra del todo bien?

—Puedes jurar que lo haré.

Vic la examinó minuciosamente pero, aparte de una ligera somnolencia, la mujer se hallaba en perfectas condiciones. Le pidió que fuera a su consulta al día siguiente a fin de realizarle más pruebas; así lo hizo Mary, pero no pudo encontrarle nada.

Aunque normalmente no se interesaba por aquella clase de cosas, Vic se sorprendió a sí mismo, durante los días que siguieron, leyendo con avidez las notas necrológicas del periódico local. Y, en efecto, aproximadamente una semana y media después, leyó que su antiguo compañero de universidad, Oliver Evans, había fallecido inesperadamente. Se pedía a los amigos que presentaran sus condolencias en la casa del difunto donde los restos estarían de cuerpo presente hasta el día del funeral.

Cuando Vic llegó a la deteriorada casa, un hombre alto y pálido, ataviado con un brillante traje negro, lo recibió a la puerta y le pidió que firmara en el libro de invitados. Vic advirtió que, aparte del «Profesor Vladislav Xrxdnsyvitch, doctor en Medicina», él era la única persona que había visitado los restos del pobre Oliver. 

En el interior se encontró con que habían arreglado, aunque no reformado, el salón: hileras de velas perfumadas proporcionaban la única iluminación pero, a pesar de ello, se veía perfectamente el papel roto de la pared, la alfombra desgastada y los muebles de ínfima calidad, que estaban apartados contra la pared. 

En medio de la habitación había una tarima cubierta de tela negra y, sobre ella, se hallaba el mueble más atractivo de la estancia, un ataúd de madera barnizada con brillantes adornos de latón. «Debe de haberle costado un buen fajo a Ollie —pensó Vic—. Aunque supongo que ahora está en situación de permitírselo.»

En la cabecera del ataúd se hallaba de pie Mary, toda vestida de negro; tenía un aspecto casi atractivo con el pelo castaño claro bellamente peinado y la cara de luna transfigurada por una dignidad doliente.

—Hola, Vic —le saludó ella en un susurro—. Gracias por venir.

—No podía dejar de hacerlo —replicó él sinceramente—. ¿El profesor vuelve a estar en la cocina?

—¿Qué? Oh, no. Sólo estuvo aquí el tiempo necesario para recoger el dinero que Ollie le debía. Luego se marchó. Tenía que coger un avión.

—¿No dejó nada?

—¿Qué? ¿Te refieres al café? Claro. Lo mantengo caliente en el fogón. Es una cosa muy rara, el último deseo de Ollie...

—¿Fue que el profesor le vertiera café por la garganta en el funeral?

—Sí, ¿no es extraño? Pero el profesor me mostró cómo hacerlo. Y Ollie, en el lecho de muerte, me hizo prometer que lo haría, así que... —Miró con cariño a su marido, tendido en el ataúd—. Siempre tuvo muchas ideas raras, hasta el final. Cielos, voy a echarlo de menos.

—¿Te lo explicó todo? Me refiero a lo de aquel desmayo tuyo.

—Pues no, no me explicó nada; lo que sí me hizo fue un montón de preguntas sobre ello.

—¿Como qué?

—Lo que sentí. Si noté algún dolor. ¡Pobrecito! Estaba tan preocupado por que yo hubiera podido sufrir de un modo u otro en aquellos momentos...

—¿Y fue así?

Ella abrió mucho los ojos.

—Oh, sí, terriblemente. Padecí unas pesadillas espantosas mientras estuve desmayada, Vic. No te puedes hacer idea. Demonios, tormentos y... bueno, sencillamente, cosas horrorosas. ¡Y todo parecía tan real! Te juro que me habría vuelto loca si hubiese durado más de lo que duró. Naturalmente, no le conté nada de esto a Ollie. ¿Qué necesidad había de preocuparlo por mi culpa?

—Claro, ¿para qué?

Vic calculó que el pobre Oliver llevaba viviendo la misma clase de pesadillas casi treinta y seis horas.

Mary le habló con aire ausente de todo el dinero que había heredado y de lo alegremente que se separaría de él con tal de tener de nuevo a Oliver vivo. Luego dejó vagar la mirada por el reloj de pulsera de Vic.

—¡Ay, Dios mío! ¡Qué desastre! —Con ojos llenos de angustia salió corriendo hacia la cocina mientras Vic la seguía muy de cerca—. ¡Oh, Señor, mira eso! —Levantó un cazo humeante del fogón: todo lo que quedaba dentro era una substancia negra y carbonizada que se había quemado hasta el fondo—. Oh, madre mía, el café del profesor se ha echado a perder.

—Metió el cazo chamuscado en el fregadero—. Bueno, tendré que hacer otro nuevo. Al fin y al cabo, el pobre Oliver no notará la diferencia, y yo me sentiré mejor sólo con saber que lo he preparado yo misma. ¿Crees que hago lo correcto? —preguntó volviéndose hacia Vic.

Pero Vic ya se precipitaba como una exhalación hacia el salón y levantaba el puño cerrado, exactamente diez centímetros por encima del pecho de Oliver, con la vana esperanza de resucitar a su amigo sin la receta del famoso café vienes del profesor.