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Mi dulce Jo - Howard Waldrop

 

Su nombre, de acuerdo con el certificado de nacimiento, era Edward Smith. La «señora Smith» lo había abandonado en el hospital, al partir con destino desconocido. Fue criado en el Hogar Sylacauga, situado en la calle 12 de Birmingham, Alabama.

El niño era precoz; de otro modo, nadie habría reparado en él. Los psicólogos se inclinaban a pensar que tanto su padre como su madre habían tenido un cociente intelectual de genios. Seguramente no había sacado su inteligencia del mostrador de un café de camioneros. No se sabía que era lo que había impulsado a la «señora Smith» a abandonar a su hijo recién nacido en la sala de maternidad de un gran hospital metropolitano.

Baste decir que, a los veintisiete años, Edward NMI Smith fue nombrado director de información pública de la Administración de los Servicios de Ciencias del Espacio. Era el hombre más joven y más brillante que había llegado a ocupar un puesto tan importante en el gobierno. En esa época estaba infelizmente casado y era padre de un niño; un hombre muy solo.

Durante el año en que estuvo al cargo de la dirección, los primeros hombres regresaron de las estrellas. Habían partido hacia Alfa del Centauro veintiséis años atrás, acelerando hasta alcanzar velocidades próximas a la de la luz, durante el tercio intermedio de su travesía. Llegaron en doce años. Una noche, dieciséis años después de la partida de las primeras naves, un mensaje cayó del claro cielo.

Siete de las nueve naves hicieron el viaje. Durante su transcurso, las tripulaciones permanecieron despiertas, como todas las tripulaciones de las naves espaciales. Guiaron a la enorme nave a través de la oscuridad, controlando por medio de monitores a aquellos colonizadores que viajaban congelados, con la esperanza de hallar un nuevo mundo cuya órbita girara alrededor de la estrella más próxima.

Alfa del Centauro IV, llamada Nova Terra (por supuesto), había sido descubierta en primer lugar. Poca gravedad, mucha luz solar, poco oxígeno, mucho nitrógeno. Un buen mundo.

El mensaje provino del nuevo transmisor de Nova Terra. La estación de radio había estado emitiendo durante cuatro años cuando su primer mensaje llegó a la Tierra, y otros cuatro años transcurrirían hasta que supieran si la Tierra había recibido el mensaje. Las distancias inmensas, la negrura profunda, las estrellas brillantes.

Mientras tanto, dos años y medio después de la colonización de Nova Terra, una expedición emprendió el regreso. Debido al tiempo de demora entre emisión y recepción, el mensaje que informaba acerca de su partida de Nova Terra fue recibido dieciocho años y medio después de que las naves abandonaran la Tierra. Alguien llegó rápidamente a la conclusión de que, en ese momento, ya hacía cuatro años que las naves estaban en camino, y que llegarían en otros ocho.

El mensaje decía: «Dos naves regresan a la Tierra. Los métodos desarrollados aquí permiten a las tripulaciones dormir por turnos. Algunos colonizadores de regreso. Hasta dentro de doce años.»

Ocho años más tarde, las naves estaban en órbita alrededor del sol, a unos pocos cientos de kilómetro por encima de la Tierra. De noche, se veían más brillantes que Venus, más brillantes que las estaciones espaciales que giraban cerca de ellas; dos estrellas nuevas en el cenit.

Ed Smith, el nuevo director de información de la Administración del Servicio de Ciencias del Espacio, y su equipo, estaban en la Estación Nº 3 para dar la bienvenida a los primeros hombres y mujeres que regresaban de las estrellas.

- ¡Madre Iglesia! En cualquier momento a partir de ahora - dijo Newton Thornton, mirando el reloj de pared.

- Tranquilo, Newton - dije -. Este es el momento de gloria de la Estación. El primero desde que partieron las naves estelares, hace casi tres décadas. No puedes censurarlos porque demoren la descompresión un poco más de lo debido.

- Ya lo sé, señor Smith - dijo -, pero maldición, bien que se están tomando su tiempo.

- Bien, los tendremos todo lo que queramos - dije.

Las puertas se abrieron y salieron, el director de la estación caminando a grandes trancos a la cabeza, como un león rey de la manada.

Su mano complacida se extendió casi automáticamente.

- Este es el señor Smith, damas y caballeros, el director de información de los Servicios del Espacio. Señor Smith, la tripulación y los colonizadores de Nova Terra.

Hice un pequeño saludo impaciente. Varios miembros de la tripulación me devolvieron el saludo, rígida y formalmente. Dos de las mujeres hicieron una reverencia.

Todos sonreímos.

El comandante Gunderson aspiraba el humo de su cigarro como si fuese aire.

- Le sorprenderá saber - dijo - que el tabaco no crece en las áreas de Nova Terra que hemos colonizado. La mayor parte del suelo es demasiado ácido. Por supuesto, eso era hace... ¿cuánto?... doce años. Ahora puede haber más tabaco que en Carolina del Norte. - Aspiró más humo de su cigarro.

- Así lo espero - dijo Newton -. Carolina ya no tiene tabaco.

- ¿Qué?

- Virginia, las Carolinas, Georgia, perdieron más de las tres cuartas partes de las cosechas, hace once años. Una nueva plaga de hongos. Se expande con rapidez. Las esporas se extienden en una capa tan gruesa, sobre el suelo, que la tierra no podrá ser usada durante años. Todo el tabaco que tenemos ahora se planta en Arizona, Nuevo México y en algunas partes de las llanuras californianas... que, en parte, aún eran desérticas cuando ustedes partieron - dijo Newton.

- Maldito sea - dijo Gunderson. La fatiga ensombreció su rostro -. Nos llevará un tiempo adaptarnos...

Miró con fijeza la brasa de su cigarro.

- Partí como colonizador. Veintiséis años atrás. Eso es mucho tiempo. Decidí que, aún con mi entrenamiento en el Servicio, sería mejor para mí viajar dormido. Por si alguna vez querían regresar y las tripulaciones se negaran a hacer otro viaje de doce años. - Se frotó el cabello cano.

- Los tripulantes... envejecieron. Yo no. Pensé que sería como ellos durante el viaje de regreso. Eso fue antes de que desarrolláramos los rápidos métodos criogénicos, que permiten que la tripulación duerma por turnos. Sólo he estado despierto durante siete meses, desde que partirnos de Nova Terra.

«Sabía que habría gente que querría regresar. No es una aventura estar allá afuera. Es un trabajo duro.»

Apagó la colilla con mucho cuidado.

- Diablos, he envejecido sólo tres años y siete meses desde que partí de la Tierra, veintiséis años atrás. Por supuesto, ya era viejo cuando partí.

Thornton se rió.

El Comandante Gunderson se puso serio.

- Hay gente que sólo envejeció tres años - dijo -. Algunos de los colonizadores partieron dormidos. Han regresado dormidos. Estuvieron despiertos sólo tres años. Lo que encontraron allí no les gustó más que lo que dejaron al partir.

Suspiró y se reclinó en su silla.

- Creo que fue por eso por lo que partí dormido, en lugar de partir como miembro de la tripulación. Sabía que habría gente como ésa, que necesitaría regresar más que había necesitado partir. Creo que fue por eso.

Después de que el Comandante se fue, Newton Thornton me miró.

- ¿Cómo lo harán para lograrlo? - preguntó.

- Como todo el mundo - dije, recordando -. Se las arreglan de uno u otro modo.

 

Los interrogatorios se demoraban. Los informes ocupaban un cuarto pequeño. Nacimientos y muertes, posibilidades de cultivo, deficiencias minerales; todo lo que sirve para decirle a uno qué clase de planeta es, para que uno pueda decidir cómo transformarlo en lo que uno quiere que sea. Aún teníamos que entrevistar a doce de los colonizadores que habían regresado, y al Capitán Welkins. Welkins había partido como miembro de la tripulación y había regresado igual. Despierto todo el tiempo. Los psicólogos lo entrevistaban primero. Nosotros hablaríamos con él más tarde. Los colonizadores y los tripulantes estaban ansiosos por descender al planeta del que habían partido veintiséis años atrás. Nosotros íbamos lo más rápido posible para conseguir la información que necesitábamos. Y estábamos tan cansados como ellos. A todos nos vendría bien un descanso.

A veces, durante aquella segunda semana, llamaba a mi esposa y a mi hijo.

 

Yo: Hola, Angie.

AN: ¿Eres tú, Ed?

YO: Sí. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Billy?

AN: Oh, estamos bien. Muy bien.

Yo: Dile que no sé cuándo estaré de regreso. Pero no me demoraré demasiado. Una semana, a lo sumo.

AN: Te echa de menos. Todo el día pregunta por ti.

Yo: Bien, creo que yo os encuentro a faltar a los dos.

AN: ¿Seguro?

Yo: Diablos, ya sabes lo que quiero decir.

AN: Bien, espero que vuelvas pronto.

Yo: Maldición, Angie. Lo que necesito es un descanso. Estoy rendido. Tengo mucho trabajo aquí.

AN: Entonces tal vez puedas llevar a Billy a las montañas dentro de unas semanas.

Yo: No quiero llevar a Billy a ninguna parte. Lo único que quiero es descansar.

AN: Perdóname.

Yo: Mira, Angie. Dile a Billy que lo veré pronto.

AN: ¿Y yo?

Yo: ¿Y tú qué?

AN: ¿Es que ni siquiera puedes tratar de ser amable de vez en cuando?

Yo: Hace mucho que dejé de hacerlo. Te veré pronto.

AN: ¿Estás seguro de que no desperdiciarás tu valioso tiempo si me ves?

Colgué. Maldición. Maldición.

 

Su nombre era Jo Ellen Singletary. Era una de las personas de las que había hablado el comandante Gunderson. Era muy bonita. A veces, mientras hablaba, se le formaban pequeñas arrugas alrededor de la boca. Minúsculas arrugas. Aparentaba veinte o veinticinco años.

Yo tenía listos sus informes parciales. Nunca los miraba hasta que no tenía que escribir los informes completos. Trabajaba con el biograma que Newton hacía de cada persona. Aún no me había entrevistado con Welkins. Los psicólogos se estaban demorando.

- Usted es uno de los casos especiales - dije.

- ¿Especiales? Oh, usted quiere decir que soy una de los que volvieron.

- Sí, de los que volvieron.

- Entonces supongo que soy especial - dijo ella.

- ¿Qué la hizo decidirse a regresar? - le pregunté.

- No... no me gustaba la vida allá. - Cambió de posición en la silla. Newton había ido a buscarnos algunos bocadillos. Ella paseó la mirada por el cuarto.

- Entonces volví. Quiero empezar otra vez aquí, en la Tierra.

- Advertirá que, las cosas han cambiado, en estos veintiséis años - dije.

Por toda respuesta, sus ojos empezaron a humedecerse. No me gustan las mujeres cuando lloran. Empecé a levantarme; luego me arrepentí.

- Lamento haberla alterado - dije -. Sólo era una pregunta.

- No. No, no era. - Su rostro se puso tenso -. Usted quiso decir que la vida aquí no será más fácil ahora que cuando me fui. ¿No es así?

Miré los papeles que estaban encima de mi escritorio.

- No. Ha sido una semana muy dura. Lamento haberla alterado. No tengo excusa.

- Sé que ha tenido una semana muy dura - dijo ella, con la vista clavada en mí. Comenzó a llorar otra vez -. Tampoco yo tengo excusa para llorar.

Ahora ella comenzó a llorar realmente.

Dejé la pluma, caminé alrededor del escritorio y me quedé a su lado como un tonto, mientras ella lloraba. Su pelo olía a almizcle. Usaba un nuevo perfume que debía haber comprado en la estación. Angie tenía el mismo, en casa.

Fue entonces que me di cuenta de la magnitud de lo que ella debía enfrentar. Regresaba a la Tierra con sólo tres años más de los que tenía cuando partió. Volvía a un mundo enteramente distinto. Lo que había visto a través de las ventanas de la estación no era la imagen familiar de la Tierra, sino otro planeta azul donde, por azar, se hablaba la misma lengua. El shock cultural la esperaba con sus fauces listas para atraparla. El shock tecnológico acechaba a la vuelta de cada esquina, en cada nuevo sonido. Y ella aún no había bajado a la Tierra.

Puse una mano en su cabeza.

- Puedo llamar a uno de los médicos para que le dé algo - le dije.

Sacudió la cabeza negativamente. Se recostó sobre mi mano.

- Tengo tanto miedo - dijo.

- Lo sé. Lo sé - dije.

Mentí.

 

Uno nunca se propone que pasen esas cosas.

Pasan, simplemente, a medida que se deteriora el matrimonio, y es algo tan sencillo que uno no lo advierte durante días, horas, hasta que uno no ve lo que ha pasado. Y entonces ya no hay nada que hacer, porque la situación lo tiene asido por el cuello y por el corazón.

No hay repique de campanas, ni cantos de pájaros. Sé que no debí haberla ayudado tanto como lo hice durante los días que siguieron. Pero también sé que no me podría haber sucedido con ninguna otra persona, en ninguna otra parte.

Las entrevistas habían terminado, incluso la de Welkins. Seguiríamos en contacto con Welkins. Algunos de los miembros de la tripulación y todos los colonizadores que habían regresado querían dejar los Servicios del Espacio. Era un embrollo legal regulado por las cortes. Si un hombre había prestado servicio durante treinta años, obtenía su pensión de retiro, más el incremento de la pensión debido a las misiones arriesgadas, aún cuando hubiera pasado doce o más de esos treinta años en un profundo sueño criogénico.

Yo podía dejar esos problemas para los abogados. Se hacían las bromas de siempre acerca de dormir en horas de servicio y de ser promovido durante el sueño, y acerca de todas esas cosas de las que yo podía prescindir.

No fueron solamente las últimas dos semanas y media las que me agotaron. Yo estaba realmente agotado. Agotado de trabajar. Agotado de vivir tal como había vivido durante los últimos cinco años. Ya había llegado hasta donde quería llegar en el Servicio. Podían tratar de promoverme a algún cargo administrativo en los laboratorios, pero yo no quería. Mi vida había sido escribir, trabajar con las palabras. No quería un empleo en el que las únicas palabras que usaría serían las del Informe Anual a la Nación. No quería salir, sino que, simplemente, no quería ascender.

Jo Ellen, el agotamiento, la soledad, el trabajo: todo me llegó al mismo tiempo.

No podía dejar que ella se alejara, que se perdiera en la multitud, con sólo una carta cada tres semanas.

 

Ella había estado en contaduría para buscar su paga de retiro. Con esa última firma de la nómina de salarios, nuestra relación dejaba de ser oficial. El sol brillaba en el azul cielo matinal por encima del edificio de los Servicios del Espacio. No había cohetes reluciendo bajo el sol. No había naves zumbando por encima de nuestras cabezas. Todos los lanzamientos se llevaban acabo fuera, salvo los de las naves que partían desde Florida.

Ella estaba vestida con un conjunto nuevo de pantalón y chaqueta. Estaba bella, su cabello color bronce relucía bajo la luz. El hormigón del paseo había empezado a irradiar olas de calor.

- Bien - dijo ella.

- Sí. Aquí termina todo - dije.

Ella me miró. Yo la miré. Visiones de fatalidad y polvo de estrellas.

- No lo creo - murmuró. Ante Dios y ante todo el mundo.

De la mano, cruzando el paseo.

El PACV que habíamos alquilado se detuvo cuando paré los motores.

Las estrellas, una de ellas la estrella a la que ella había ido y de la que había regresado, resplandecían encima nuestro.

Angie y Billy y los pensamientos de Angie y Billy a miles de kilómetros de distancia. Las ranas de Florida de fondo. Una muchacha de las estrellas a mi lado. Cerveza de Milwaukee en el refrigerador.

Escuchamos las ranas.

- No hay ninguna - dijo ella.

- ¿Qué?

- Ranas.

- ¿Qué?

- No hay ranas allá. En Nova Terra. No hay ranas.

- Oh.

Después, tras un silencio.

- ¿Qué dirá tu mujer? ¿Tienes hijos?

- Uno - dije -. Un varón. Cinco años. Se llama...

- No quiero saberlo - dijo ella -. No quiero.

- Está bien. No te preocupes.

- Ya lo estoy. Tú lo estás.

- Jesús - dije -. Jesús.

Me besó.

- ¿Lo merezco? No puede ser.

- Sí - dije.

 

Una señora vecina llamó al hotel cinco días más tarde. Estaba trastornada. Angie se había enterado de todo y lloraba todo el día. La vecina dijo que lo menos que yo podía hacer era tener la decencia de llamarla. Las copias fotostáticas de los informes de los colonizadores habían llegado a la casa. Lo menos que podía hacer era decirle qué era lo que quería hacer con ellos. Y así seguía y seguía y seguía.

Le pedí que le dijera a Angie que estaría allí al día siguiente.

A la mañana siguiente Jo Ellen hizo mi valija. Lloraba, y trataba de no hacerlo.

No le había dicho nada. Me desperté y observé cómo terminaba de poner mis últimas ropas en la maleta.

- Tienes el baño preparado. Tu traje está colgado junto a la bañera. Te reservé pasaje en el vuelo de las once y cuarenta. Sólo tendrás que apurarte un poco.

- ¿Cómo te enteraste? - le pregunté.

- No lo sé. Esto no es nuevo para mí. Es una de las razones por las que partí la primera vez. Nada mejoró allí.

- Volveré dentro de unos días.

- Lo sé - dijo ella, llorando.

Me afeité, tomé un baño y me acicalé. Cuando salí del baño, ella ya no estaba. No había dejado ninguna nota. El tiempo calmo, el vuelo sin novedad.

 

- ¿No trajiste a Jo Ellen? - me preguntó en cuanto traspuse la puerta.

Esta endemoniada situación duró hasta que me fui. No hubo arreglo, ni esperanzas, ni valió la pena discutir o rogar. Había llevado a Billy a la casa de su madre. Ya había conseguido un abogado. No quería nada más que librarse de mí y quedarse con Billy. Le dije que se quedara con todo. Que dejara los informes donde estaban. Yo haría que la agencia viniera a retirarlos. Y adiós.

Malos modos. Odio. Todo eso.

Hay sólo unos pocos lugares a donde uno puede correr cuando el mundo ha cambiado completamente. La hallé en uno de ellos.

Me acerqué muy silenciosamente y me senté junto a ella, que tomaba sol. Unos minutos después ella volvió la cabeza hacia donde yo me había sentado.

- Hola - le dije.

Ella se incorporó de un salto, luego volvió a apoyar la cabeza sobre la arena.

- No creí que volvieras, Ed. El último no volvió.

- No importa - dije -. Yo sí.

Ella siguió mirando la arena, fijamente, un rato.

Garrapateé algo sobre la resplandeciente arena de la playa.

- Dime - le dije - ¿Cómo es la vida allí?

Ella se rió y lloró y me atrajo hacia ella.

Las olas se movían y susurraban en la playa. Subía la marea.

 

Tres días más tarde reparamos por primera vez en el detective privado. Era un hombrecito gordo que había estado en dos de los lugares a los que nosotros habíamos ido. Jo Ellen lo vio primero.

Con el resurgir de la Madre Iglesia, hay algunas nuevas leyes arcaicas en los libros. Algunas exigen seis meses y un día de ausencia del hogar antes de declarar la deserción. O uno tiene que firmar una declaración de crueldad mental que lo hace aparecer como un verdadero canalla. Sin embargo, hay otro modo de obtener el divorcio en unas pocas semanas.

Traté de matar a ese bastardo antes de que él y su compañero dispararan el flash aquella noche. Aún había gente que se ganaba la vida consiguiendo pruebas para los divorcios. No sé qué pasará cuando el hombre sea lo suficientemente lúcido como para disolver un matrimonio en el momento en que dos personas dejen de llevarse bien.

La lámpara que arrojé se estrelló contra el dintel, al lado del fotógrafo. El grandote, el forzudo, se adelantó hacia mí mientras yo saltaba de la cama. Lo pateé tan fuerte como pude. Atrapó mi pie y me hizo caer sobre mi trasero. Me golpeé la cabeza contra la cama. El dolor me traspasó. Quedé ahí tendido, con la cabeza zumbándome.

- Si te vuelves a levantar, te haré daño - dijo el grandote. El gordito sacó otra instantánea, y le hizo señas al grandote para que saliera.

Jo Ellen lloraba mientras me ayudaba a levantarme. El gordo se fue. Yo también lloraba. Por lo menos todo terminaría pronto.

Cuando se me despejó la cabeza, empecé a redactar mi renuncia.

 

Pensamos que todo habría terminado. Sin embargo, Angie no me dejaba ir. Aquella noche me llamó por teléfono. Quería verme. Quería que volviéramos a intentarlo. Piensa en Billy.

- ¿Después de que tus matones hicieron lo que hicieron?

- Lo siento, cariño. No sabía que lo harían de esa manera. Sabes que necesitaba tener esas fotos.

- Seguro.

- Cariño, regresa conmigo. Olvidaré. Lo olvidaré todo si tú quieres. Romperé esas fotografías. Haremos cuenta de que esto no sucedió jamás. Por favor, cariño, por favor.

- Dale tus fotografías al juez. Y también a los periódicos, si quieres. De todos modos habrá escándalo, así que no importa si es un gran escándalo. Hazlo enseguida.

- No quiero herirte, cariño. Preferiría... No quiero hacerlo.

- Eres una perra. Angie.

- No digas eso. No lo digas.

- Fuera de mi vida. - Colgué el teléfono.

Había presentado mi renuncia la mañana anterior. Estábamos en la cama.

Miré el estómago de Jo Ellen. Minúsculas marcas alargadas subían por su abdomen formando una fina red. Es curioso que uno no repare en ciertas cosas durante algún tiempo.

Ella no era casada. Miré las marcas. No dije nada. Me acarició el cabello.

- ¿Qué vamos a hacer? - preguntó -. Nos seguirán a todas partes.

- No a todas partes. - Me decidí en ese mismo instante.

- ¿A dónde no?

- Allí, fuera - dije.

- Oh, Ed, no. No podría hacerlo. Creo que no podría.

- No hay ningún problema, dijiste. Sólo dormir y despertarse en otro lugar.

- No. No es eso. ¿Y si pasa algo? ¿Y si alguno de los dos... no... no se despierta? ¿O los dos? ¿O si la nave no llega? Dos de las nuestras no llegaron - dijo.

- No podemos quedarnos aquí. No quiero. Demasiados recuerdos y todos malos. Salvo tú -. Besé sus húmedos párpados.

- ¿Cuándo? - preguntó ella.

- El mes próximo. Las doce naves. Podríamos olvidarlo todo, todo lo que pasó. Tus problemas, mis problemas.

- Sí - dijo ella -. Sí.

 

FUNCIONARIO DEL ESPACIO RENUNCIA.

ESPOSA DEL DIRECTOR DEL ESPACIO PIDE DIVORCIO.

HISTORIA DE AMOR DESDE LAS ESTRELLAS.

 

Todo estaba muy tranquilo en la sección de Criogenia. Los periódicos se habían olvidado de nosotros; estábamos a salvo hasta que partieran las naves. Yo aún tenía algunos amigos en el Servicio.

Cuarto de Preparación Nº 3. Los técnicos de batas blancas nos dejaron solos.

- No te pasará nada - dije -. Ya lo has hecho dos veces. Te dormirás inmediatamente. A mí, tendrán que encadenarme.

- No - dijo mi dulce Jo -. Tú también te dormirás enseguida. La próxima cosa que sabrás es que estás en un planeta nuevo, volviendo a empezar.

Ella lloraba. Ella era bella. Ella era mía.

- Ve tú primero. Te amo. Te veré después - dije. La besé. Le había dado una rosa, y ella la tenía como si fuera una mariposa, y lloraba sobre ella.

- Te amo - dijo ella. Me besó. Un técnico se la llevó. Ella era la luz y el aire, y yo la amaba.

Esperé la aguja.

Había alguien en el cuarto. Miré.

Angie había cambiado en un mes. Parecía dos veces mas vieja. Tenía el rostro demacrado, los ojos rojos. Tenía una expresión salvaje en el rostro, un animal oculto bajo la piel. Tuve miedo.

No había nadie con ella.

- ¿No trajiste a los periodistas? - pregunté -. No puedes dejarme ir, ¿no es cierto? ¿Vas a controlarme, para asegurarte de que sigo con esto?

- No - dijo -. Quería que leyeras esto. Me lo acaban de dar los detectives. Sólo quería que supieras lo que estás haciendo. No podía dejar que siguieras adelante.

- ¿Crees que puedes detenemos?

- No. Yo no. Tú solo te detendrás.

Se volvió y se fue. Yo no podía creerlo. Sin ruegos, sin amenazas. Abrí el sobre.

La primera página era un mensaje del director de la agencia de detectives. La siguiente información, etc. Había rastros de lágrimas sobre la página.

La segunda página era el informe sobre Jo Ellen, una de las copias que habían quedado en casa. La leí. Luego volví la página.

 

Angie, no podías dejarme ir, ¿no es cierto?

¿Puedes perdonarme, Jo Ellen? Te amo tanto.

Angie no podía dejarme ir. Tenía que fisgar. Tenía que hacerlo. Seguir los rastros hasta llegar a veintisiete años atrás.

La vida de Angie. Mi vida. Tu vida.

Fría, fría la aguja entrando en la vena. Caliente la droga. Rápido el sueño.

Angie no pensó que yo podría seguir adelante con todo.

Pesados mis párpados, oscura la noche en mi cerebro. Dormir como una piedra.

Jo Ellen, te amo, sin importarme nada. Los años transcurrirán en la rápida oscuridad. Tal vez haya un planeta verde allá.

Un planeta verde y fresco. El sitio perfecto para que un muchacho lleve a su madre a pasar la luna de miel.

Afortunadamente, no será otra Tierra. Porque la Tierra, en verdad, confunde a alguna gente.

 

FIN

 

 

 

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Como timbres de alarma - Robert Moore Williams

El joven guardián, Ve, estaba muy excitado. Había hecho un descubrimiento de tal magnitud que insistía en informar personalmente a Lor, el guardián jefe de aquel sector del universo.

Su superior inmediato le dijo que enviara el informe por conducto regular.

- Lor lo recibirá a su debido tiempo - dijo su superior -. Esas cosas no corren prisa. Hazlo sin prisas, y todo saldrá bien.

Ve no quiso escucharle. El conducto regular era bueno para los informes rutinarios - nivel de radiación de los diversos soles, paso de cometas, explosiones de supernovas, y cosas por el estilo -, pero aquel informe era importante, demasiado importante para que sufriera un retraso. Apeló al antiguo derecho de todos los guardianes a presentar personalmente sus informes a Lor si, al observar los mundos del espacio, notaban algo anormal.

Su superior suspiró. Ve era joven e impetuoso. Ve no había aprendido aún a través de la experiencia que todas las cosas suceden a su debido tiempo, y que, en realidad, es muy poco lo que se puede hacer en lo que a ellas respecta. 

Pero si Ve invocaba el derecho de los guardianes a presentar informes personales a Lor, tenía que permitirle cruzar la línea. Si Lor le despedía con cajas destempladas por molestarle con nimiedades sin importancia, Ve podría añadir aquella experiencia al acervo de sus conocimientos.

De modo que su superior firmó los pases necesarios y Ve fue acompañado a través de la jerarquía de mandos, a través del equivalente de capitanes, comandantes, coroneles y generales hasta ser introducido a presencia de Lor.

Lor no llevaba ningún emblema. Iba modestamente vestido, y parecía un obrero, quizás un vigilante de una sola estrella, pero Ve no necesitó ver al general de cinco estrellas que estaba a la derecha de Lor, ni al general de cinco estrellas que estaba a su izquierda - los generales de cinco estrellas eran utilizados como mensajeros -, para saber que se encontraba en presencia del jefe supremo. Ya que Lor estaba rodeado de un aura de autoridad. Parecía enorme, acostumbrado a mandar.

Lor estaba sentado ante su escritorio. Había un fruncimiento de concentración en su rostro mientras estudiaba las cifras extendidas delante suyo. No advirtió la presencia de Ve.

Ve esperó. Los generales de cinco estrellas le miraron sin verle. Ve se dio cuenta, súbitamente, de que los técnicos, segunda categoría, no se movían en el mismo plano que los generales de cinco estrellas. Y él había ido a hablar con Lor, que utilizaba a aquellos generales como mensajeros.

Ve, inquieto mientras esperaba, deseó repentinamente no estar allí. Deseó haber seguido el consejo de su superior presentando su informe por conducto regular. Se retorció y se preguntó si podría salir de la estancia sin que Lor se diera cuenta. Empezó a deslizarse hacia la puerta.

El general que estaba a la derecha de Lor se enteró súbitamente de su existencia.

- Quédate donde estás - dijo.

Ve enrojeció.

- Yo... pensé...

- Y cállate - añadió el general.

Ve casi se mordió la lengua en su apresuramiento por cerrar la boca.

Lor levantó los ojos. Miró directamente a Ve.

- ¿Qué deseas? - dijo.

Ve saludó rápidamente.

- Señor, he invocado el antiguo derecho de todos los guardianes...

- De no ser así, no estarías aquí - dijo Lor -. ¿Cuál es tu información? Estoy muy ocupado, como ya has podido ver.

Ve deseó que el suelo se abriera y le tragara.

- Señor, los bichos del Planeta Tres del Sistema Solar 31.941...

Lor parpadeó. Era evidente que no pensaba en lo que Ve estaba diciendo.

- ¿Qué es eso? - Preguntó.

- Los bichos del Planeta Tres del Sistema Solar...

- ¿Bichos? - inquirió Lor.

- Así fueron clasificados en el último informe, señor. El informe fue redactado por la última expedición regular que visitó su planeta, hace 4.200 años. Tiene prevista una inspección cada cinco mil años. Posiblemente, la próxima inspección podrá clasificarlos de un modo distinto, pero de momento están anotados como bichos.

Lor hizo un leve gesto con las manos. Un gesto de impaciencia por algo trivial.

- Eso no importa. La clasificación es probablemente correcta. ¿Dónde dices que están situados?

- En el Planeta Tres del Sistema Solar 31.941.

Lor enarcó las cejas.

- ¿Y dónde está situado ese Sistema Solar? - inquirió.

Ve quedó boquiabierto por el asombro. Siempre había supuesto, no, le habían dicho específicamente una y otra vez en sus conferencias de adoctrinamiento, que Lor lo sabía todo. Le impresionó intensamente comprobar que Lor ni siquiera sabía dónde estaba situado el Sistema Solar 31.941.

- Bueno, está debajo de las Pléyades - dijo, buscando el modo de explicarle a Lor dónde estaba situado aquel sol y sus nueve planetas -. Al sur de Vega, y...

- Humm - murmuró Lor. Se volvió al general que estaba a su izquierda -. Tráeme el mapa estelar.

El general salió apresuradamente de la habitación. Regresó con el inmenso mapa que mostraba el emplazamiento de todos los soles de aquel sector del Universo. Al fin, Lor consiguió localizar el sistema solar 31.941.

- Aquí está - dijo -. Bueno, no son tan pequeños. ¿El tercer planeta del sol, dices? Tráeme una lupa.

Le entregaron una magnífica lupa. Examinó el mapa con ella durante un largo rato.

- Ahora veo el planeta - dijo, transcurridos unos instantes -. Tiene una sola luna. Bien.

 Lor pareció complacido por haber localizado aquel sistema solar. Después de todo, era casi una hazaña haber podido localizar un único sol y nueve planetas circundantes, situados en una de las secciones menos pobladas del universo. El hecho de que aquel sol y sus planetas estuvieran señalados en los mapas indicaba una organización eficaz, lo cual resultaba muy agradable para el jefe supremo.

- Bueno - dijo Lor, alzando la mirada hacia Ve. - ¿Qué pasa con los animales de ese planeta que te ha inducido a presentarme un informe personal?

Ve respiró a fondo. Eso era lo que le había llevado allí, después de recorrer una cuarta parte del universo.

- Señor - dijo -. ¡Han descubierto la energía atómica!

A pesar de no ser más que un técnico de segunda categoría, Ve sabía lo importante que era aquella noticia. La energía atómica, la energía básica del universo. La raza que la poseyera podría trasladarse a cualquier parte y hacer cualquier cosa. No podrían hacerlo inmediatamente, pero una vez realizado el descubrimiento fundamental, todo lo demás llegaría por sus pasos contados.

Los bichos del Planeta Tres poseían la energía atómica.

Los rostros de los generales habían expresado una gran sorpresa cuando Ve habló. Incluso Lor pareció impresionado.

- No - dijo -. Debes de estar equivocado.

- No estoy equivocado - insistió Ve -. Cuando noté la primera vibración procedente de una lejana explosión atómica, llevé a cabo una minuciosa investigación. No cabe ninguna duda. Han conseguido liberar energía nuclear y mantener una reacción en cadena en uno de los elementos más pesados.

Ve se dio cuenta de que la noticia afectaba seriamente a Lor.

- ¡Energía atómica! - exclamó Lor -. Eso significa que no tardarán en construir naves espaciales.

Ve asintió.

- Tienen una luna, señor, a la cual pueden llegar con naves espaciales rudimentarias. Y una vez alcancen su luna, no tardarán en volar por todo el sistema solar. Después, no pasará mucho tiempo sin que se presenten aquí.

- Sí - murmuró Lor -. Y cuando nos encuentren...

Ve comprendió la pregunta que se formaba en la mente de Lor. Se estremeció. Por algún motivo desconocido para él, se sentía atraído por los diminutos seres que vivían en el Planeta Tres. A pesar de estar clasificados como bichos, eran grandes en un sentido. A Ve le disgustaba tener que informar a Lor de lo que sabía acerca de ellos, pero tenía que hacerlo.

- ¿Son una raza pacifica? - inquirió Lor.

Ve vaciló. Sacudió la cabeza.

- No - dijo -. No son pacíficos. Por el contrario, son muy aficionados a la guerra. Están luchando unos contra otros continuamente, declarándose la guerra por los motivos más nimios, o sin motivos.

Pudo ver el descontento que estas noticias provocaban en Lor. Los generales, en cambio, las acogieron con agrado

- No llegarán hasta nosotros en seguida - dijo Lor, mirando a Ve -. ¿Crees, por lo que sabes de ellos, que habrán aprendido los caminos de la paz cuando estén en condiciones de llegar hasta nosotros?

Ve suspiró.

- No he visto nada en su historia que lo haga suponer - dijo.

- Entonces, tenemos que hacernos a la idea de que una nueva raza caerá sobre nosotros a través del espacio - observó Lor, con tristeza.

Los generales sonrieron.

En la oficina del jefe supremo se hizo un profundo silencio. Lor estaba meditando en el problema que acababa de presentárseles a los guardianes del espacio.

Ve pensaba también en aquel problema. Las palabras de Lor: «Una nueva raza caerá sobre nosotros a través del espacio» martilleaban incesantemente su cerebro. Poco a poco, empezó a captar el sentido de aquellas palabras. 

Significaban que los bichos del Planeta Tres cruzarían el espacio. Como eran una raza de guerreros, llegarían en grandes naves de combate, en cruceros espaciales de gran autonomía. Una patrulla de rápidas naves de exploración iría delante de ellos. Habría guerra.

Sólo podía haber guerra. Los bichos del Planeta Tres no conocían otra cosa. Confiar en que cambiaran sus instintos bélicos, era como esperar que el cielo se desplomara. Habían luchado durante tanto tiempo unos contra otros, que el luchar era en ellos una segunda naturaleza, algo que aceptaban sin pensar.

Los guardianes del espacio eran pacíficos. A pesar de que seguían manteniendo una organización militar, casi habían olvidado el propósito por el cual fue creada. Únicamente los generales recordaban cosas como aquéllas. 

Desde luego, los guardianes poseían grandes poderes, enormes poderes, pero si se permitía que los bichos crecieran demasiado, ni siquiera los grandes poderes de los guardianes bastarían para rechazarlos.

- ¿Qué sugieres tú? - preguntó Lor, de pronto, mirando al general que estaba a su izquierda.

- Eliminarlos - respondió inmediatamente el general -. Antes de que alcancen la importancia suficiente para retarnos, borrar su planeta de la faz del cielo. Una pequeña expedición puede encargarse del trabajo. Me ofrezco voluntario para conducirla.

- ¡No! - exclamó Ve,

Lor le miró y le ignoró. Se volvió al general que estaba a su derecha.

- Y tú, ¿qué sugieres? - preguntó.

El general sonrió.

- Sugiero que esperemos un poco.

- ¿Por qué? - preguntó Lor.

El general hizo un expresivo gesto con las manos.

- Si esperamos, se harán más fuertes. Destruirlos entonces será una prueba mucho mejor para nosotros. Desde luego, no sugiero que esperemos hasta que se hagan demasiado fuertes - se apresuró a añadir.

- ¿Sólo lo suficientemente fuertes para permitirnos unas maniobras militares en gran escala? - preguntó Lor.

- Algo por el estilo - respondió el general que estaba a su derecha -. Puedo organizar un equipo especial que elabore los planes para su destrucción en cuanto sean tan fuertes que su aniquilamiento no resulte un juego de niños.

- Hum - murmuró Lor.

En su rostro no se reflejaba la menor satisfacción. Miró a los dos generales con expresión pensativa, y luego se volvió hacia Ve.

- Me ha parecido comprender, por tu exclamación, que no apruebas la destrucción de esos bichos - dijo.

Los dos generales estaban mirando a Ve con fijeza. Le estaban viendo, no había duda. La expresión de sus rostros le dijo a Ve lo que le harían si se atrevía a oponerse a sus planes.

Tomó aliento.

- No, señor - dijo.

No miró a los generales. Miró únicamente a Lor.

- ¿Por qué? - preguntó Lor.

Era una pregunta que Ve no podía contestar. Pero trató de encontrar una respuesta. Pensó en los pequeños seres del Planeta Tres. Mientras atendía a sus obligaciones, había tenido ocasión de observarlos de cerca. Les había visto realizar cosas excelentes, cosas audaces. Les había visto enfrentarse con un planeta poblado de bestias enormes, de enmarañadas selvas, de estériles desiertos. Les habla visto enfrentarse con el hielo de los polos, con el oscuro horror de los grandes océanos. Les había visto hacer aquellas cosas sabiendo que las bestias podían matarles, que la selva podía estrangularles, que los polos podían helarles, que los desiertos podían achicharrarles. Les había visto enfrentarse con la muerte en mil formas distintas, sin temblar. Para Ve, había cierta grandeza en ellos, en su obstinación en seguir adelante, en su no darse nunca por vencidos.

Pero ése no era el motivo de que no deseara que fueran destruidos; no el único motivo, al menos. Y sabía que los generales no aceptarían ningún motivo. Ya que, indiscutiblemente, unos bichos poseedores de la energía atómica eran unos bichos peligrosos. Ve sacudió la cabeza.

- Ignoro el motivo, señor - dijo.

- Hay que destruirlos ahora - apremió el general que estaba a la izquierda de Lor.

- Es preferible esperar un poco y luego destruirlos - dijo el general de la derecha.

- No sé si podemos destruirlos - dijo Lor.

- ¿Eh? - exclamaron a dúo los sorprendidos generales -. Nosotros tenemos el poder.

- Hay implicado algo más que poder - dijo Lor.

Se volvió hacia Ve.

- Dime - inquirió -, ¿han descubierto la energía atómica por sí mismos? ¿Es un secreto que han arrancado a la naturaleza por su propia inteligencia, o han obtenido alguna ayuda para conseguirlo?

Ve no pudo comprender el alcance de aquellas preguntas. Los generales lo comprendieron, y miraron a Ve.

- Han obtenido ayuda para conseguirlo - dijeron los generales -. ¿No es cierto? Han obtenido ayuda.

- No - dijo Ve. Nadie les ha ayudado. Lo han descubierto por si mismos.

Lor miró a sus dos generales.

- Entonces, esto responde a vuestras preguntas. Si han hecho el descubrimiento por sí mismos, no podemos destruirles para protegernos. Existe una ley del universo que dice que una raza o una especie que consiga un adelanto por su propia inteligencia, por su propia fuerza, no será destruida sólo por el descubrimiento que ha hecho. De no ser así, la evolución en los mundos del espacio se interrumpiría.

Los generales escucharon aquellas palabras con el ceño fruncido.

- Seguramente, la ley no rige para los bichos - sugirió uno de ellos.

- La ley rige para todas las formas de vida - replicó Lor -. No olvidéis que hay guardianes que nos vigilan a nosotros, del mismo modo que nosotros vigilamos a los seres que están por debajo nuestro. Si quebrantamos su ley, nos condenaremos a nosotros mismos.

Lor sacudió la cabeza. Un gesto definitivo.

Ve contempló a su jefe, intrigado. Allí había alta política, que él ni siquiera había empezado a comprender. Sabía, desde luego, que existían poderes más elevados que los guardianes del universo, pero no se le había ocurrido que aquellos poderes más elevados pudieran estar interesados en los bichos. Al parecer, lo estaban. Al parecer, su protección se extendía sobre todas las formas de vida, incluso sobre los seres del Planeta Tres.

Ve se sintió mejor. La destrucción inmediata estaba descartada. Esto era seguro. Lor lo había dicho así.

- No podemos emprender ninguna acción contra ellos - continuó Lor -. La ley les protege. Pero la ley también prevé determinadas protecciones para nosotros, establece determinadas salvaguardias. Durante los siglos que han de transcurrir antes de que los bichos lleguen hasta nosotros, esas salvaguardias tendrán tiempo más que suficiente para actuar.

Sus dedos tamborilearon, impacientes, sobre el escritorio. El descubrimiento de la energía atómica le enfrentaba con un grave problema. Estaba prohibido destruir a los seres que hablan efectuado el descubrimiento, pero, si no les destruía, podía verse obligado eventualmente a luchar contra ellos.

Lor miró al general que estaba a su izquierda.

- Prepara el equipo de exploración de probabilidades para que empiece a funcionar inmediatamente - dijo -. Que lo enfoquen sobre ese planeta donde se desenvuelven los bichos. Aunque no los destruyamos ahora, antes de que hayan tenido una oportunidad para desarrollar el descubrimiento que han hecho, podemos enterarnos si tendremos que destruirlos o no en el futuro. La ley les concede tiempo para su desarrollo. Si no utilizan ese tiempo provechosamente, podríamos eliminarlos alegando incompetencia.

- Enterado, señor - respondió el general.

Mientras el general salía de la estancia, Lor se volvió hacia Ve.

- Examinaremos los diversos caminos que esa raza puede seguir en el futuro - explicó - Veremos si las salvaguardias funcionan. Como recompensa por tu diligencia en informarme acerca del descubrimiento de la energía atómica, puedes venir con nosotros y ver lo que el futuro reserva a los bichos del Planeta Tres.

Ve siguió a Lor al sector del cuartel general donde estaba instalada la máquina de probabilidades. Nunca había visto aquella máquina, pero conocía la teoría en que se basaba su funcionamiento. 

Dicho en pocas palabras, era una máquina que revelaba los futuros. No el futuro, sino los futuros, los distintos caminos que un planeta, una raza o un individuo podían seguir.

Cuando entraron en la amplia habitación donde se encontraba la máquina de los futuros, Ve se dio cuenta de la intensa agitación que reinaba a su alrededor. La máquina no era utilizada con frecuencia. Ahora que había sido ordenado su funcionamiento, los técnicos se afanaban en ponerla a punto. 

Numerosas baterías de calculadores estaban siendo encendidas y comprobadas. Un equipo de bibliotecarios estaba reuniendo la información necesaria acerca del Planeta Tres del Sistema Solar 31.941, información que tenía que ser suministrada a la enorme máquina antes de que pudiera calcular y exponer los diversos futuros que se abrían ante el planeta y ante la raza que lo habitaba.

- Estamos preparados, señor - informó un general -. Si quiere pasar a la sala de visionamiento...

Cuando estuvieron sentados en la sala de visionamiento, todas las luces se apagaron. La oscuridad era absoluta. Toda claridad, toda radiación de cualquier tipo, habían sido eliminadas de aquella sala, incluidos los rayos cósmicos.

- Hemos llegado ya a la conclusión de que el Planeta Tres del Sistema Solar 31.941 tiene tres posibles futuros - dijo la voz de un técnico en la oscuridad -. Pueden existir otros, pero hemos descubierto las tres potencialidades más importantes, los tres caminos que el planeta puede seguir en el futuro. A continuación va a ser explorado el camino número uno.

Se oyó un suave chasquido en la oscuridad, y un sonido sibilante que se apagó rápidamente. Ve sabía que la máquina de los futuros estaba emitiendo intensas corrientes de energía etérea, que se movían a una velocidad varias veces superior a la de la luz y que estaban concentradas sobre el Planeta Tres, explorándolo. Aquellos rayos de energía estaban pesando, midiendo todo el sistema solar, y enviando datos a la máquina.

En la parte delantera de la sala, la oscuridad se aclaró. Empezó a formarse un cuadro, el cuadro de un sol y nueve pequeños planetas subalternos, en miniatura. Tal como era proyectado por la máquina de los futuros, el sistema solar parecía un hermoso juguete capaz de entusiasmar a un chiquillo, pero Ve sabía que aquello era solamente un cuadro, y que la realidad era muy distinta. 

Había visto de cerca a aquel sol de juguete. Conocía la enorme radiación que desprendía. Aunque en la pantalla pareciera un juguete para niños, Ve sabía lo inmenso que era, allí, en las inexploradas profundidades del espacio.

- Camino número uno, formándose - anunció la voz del técnico.

El pequeño sistema solar empezó a moverse. El movimiento se hizo más rápido a medida que la máquina avanzaba en el Tiempo buscando una de las probabilidades del sistema.

Luego, el sistema solar desapareció y en la pantalla quedó un solo planeta, el Planeta Tres.

El Planeta Tres flotaba en el espacio, un hermoso globo de forma redondeada. Aumentando de tamaño en la pantalla, se hizo visible el azul oscuro de sus mares, el pardo de sus desiertos, el verde de sus fértiles valles y llanuras. Las blancas caperuzas polares resplandecieron bajo los rayos de aquel lejano sol.

Era un espectáculo maravilloso. Ve se removió en su asiento, emocionado por aquella belleza. Incluso Lor, que permanecía muy quieto, mirando con profunda atención, pareció impresionado por la belleza de la escena.

El Tiempo pasaba rápidamente sobre el planeta. Los años discurrían como segundos. Ve miraba atentamente, buscando alguna señal de actividad.

Sucedió en un abrir y cerrar de ojos.

Se produjo una cegadora explosión.

La pantalla se iluminó súbitamente en un infierno de resplandores blancos, mientras el Planeta Tres estallaba.

Una bomba brilló en el cielo.

Ve se olvidó de respirar.

La pantalla se oscureció.

Lor se removió en su asiento.

- Ese es un posible futuro - dijo, lentamente -. Después de descubrir la energía atómica, empiezan a experimentar con los elementos más ligeros. Provocan una reacción en cadena, probablemente a base del átomo de hidrógeno, que hace estallar todo el planeta.

Uno de los posibles futuros del Planeta Tres era la desintegración. El que llegara o no aquel futuro dependía de la forma en que utilizaran el nuevo poder que habían descubierto. Si lo utilizaban de un modo, se volarían a sí mismos y a su planeta antes de que pudieran darse cuenta de lo que sucedía.

- La posibilidad de que hagan volar su propio planeta es una de las salvaguardias que he mencionado - dijo Lor -. Si siguen ese camino, no tenemos nada que temer de ellos.

Pero, ¿seguirían aquel camino?

Ve no sabía el camino que seguirían, ni lo sabía ninguno de los guardianes, ni siquiera el propio Lor. Aquel camino era solamente un futuro potencial, algo que podía suceder. Pero había otros caminos.

Se oyó de nuevo el sonido sibilante, y de nuevo brillaron en la pantalla los nueve pequeños planetas y su sol, como juguetes capaces de entusiasmar a un chiquillo.

- Camino número dos - anunció la voz del técnico.

Ve miró atentamente.

El Planeta Tres aumentó de tamaño en la pantalla, tan hermoso como siempre. Se produjo un movimiento en el aire, encima del planeta. Ve aguzó la mirada para ver lo que estaba sucediendo.

- ¡Guerra! - susurró Lor.

Entonces, Ve vio lo que era aquel movimiento. Bandadas naves cruzaban el aire. En el cielo se estaban produciendo unas feroces luchas. Las naves se embestían y destruían mutuamente. Vio desaparecer ciudades enteras.

Vio el final de la guerra.

Una a una, las naves desaparecieron.

Las ciudades cesaron de desintegrarse.

Ve esperó ver lo que sucedería cuando la guerra hubiera terminado.

Esperó y esperó.

No sucedió nada.

- Acercad más el foco - ordenó Lor.

Los técnicos obedecieron. En la pantalla, el planeta aumentó todavía más de tamaño.

Ve vio lo que había sucedido.

El Planeta Tres estaba muerto. Las ruinas de las ciudades yacían bajo un cielo vacío. Las carreteras estaban desiertas. Los campos aparecían desnudos.

Los ríos discurrían, los mares brillaban al sol, los vientos soplaban, pero en el mundo no había ninguna vida visible. Ninguna forma de vida.

Ningún animal se movía, ninguna vegetación brotaba del suelo.

- Veo lo que ha sucedido - dijo Lor -. Han lanzado un gas radiactivo, tratando de matar a sus enemigos. El gas se ha esparcido a través de toda la atmósfera y ha matado a todas las cosas vivientes del planeta. Un importante producto de la desintegración atómica es la radiactividad...

Ve sabía lo mortíferas que eran las emanaciones radiactivas de la gente del Planeta Tres. Habían hecho una guerra, contaminando de radiactividad toda la atmósfera, destruyéndose a sí mismos.

- Si siguen el segundo camino, no tenemos nada que temer de ellos - dijo Lor -. Nuestra salvaguardia funciona.

El pequeño mundo giraba sin vida en el tranquilo cielo. Eventualmente, cuando hubieran transcurrido unos centenares de siglos, los gases radiactivos se desvanecerían y la vida brotaría de nuevo, para volver a iniciar el largo proceso evolutivo.

Pero aquello costaría millares de años.

- Existen otros caminos - dijo Ve en tono esperanzado.

Era evidente que confiaba en que los habitantes del Planeta Tres seguirían otro camino, escogerían otro futuro, y se salvarían a sí mismos de la destrucción.

- El técnico dijo que había por lo menos otro futuro potencial importante - dijo Ve.

En la oscuridad, se daba cuenta de que Lor le estaba mirando.

- Creo - dijo Lor -, creo que en lo íntimo de tu ser esperas que consigan dominar la energía atómica y eventualmente se lancen contra nosotros.

- No - se apresuró a responder Ve -. Nada de eso.

En lo más íntimo de su ser, le disgustaba ver a aquellos pequeños seres, aunque estuvieran clasificados como bichos, destruyéndose a sí mismos y destruyendo a su mundo. Y ahora sabía por qué no quería verles destruidos. ¡Le atraían a causa de su osadía!

¡Se atrevían a manejar el átomo! Sabiendo que podía destruirles, se atrevían a manejarlo y a investigar sus secretos. Era toda una hazaña. ¡Unos seres tan osados y tan valientes no debían desaparecer del universo!

- Camino número tres, formándose - anunció el técnico.

De nuevo danzaron en el cielo el sol y sus planetas.

Ve contuvo el aliento. Había otro camino que podían seguir en el futuro. ¿Escaparían a la destrucción si seguían este camino? Ve lo ignoraba, pero casi no se atrevía a mirar.

Otra vez la guerra ardió en el planeta, espantosa, terrible, una guerra total.

- ¿No aprenderán nunca? - inquirió Ve, pronunciando las palabras casi involuntariamente -. ¿No aprenderán nunca a evitar la guerra? ¿Será siempre una parte de su cultura? ¿No aprenderán nunca que la guerra y la energía atómica no pueden mezclarse?

A lo largo del camino tres se extendía la guerra.

El foco se acercó más y Ve contempló el comienzo de la destrucción. Vio derrumbarse las orgullosas ciudades, vio caer del cielo la lluvia mortífera, vio abrirse enormes agujeros en la martirizada corteza del planeta a medida que los proyectiles atómicos se hundían en busca de las ciudades que habían sido construidas bajo tierra. Esperó, preguntándose cómo se destruirían a sí mismos esta vez.

El átomo podía ser mal empleado de muchas formas. ¡Había tantas cosas que podían hacerse equivocadamente con él!

Lor había llamado a las cosas que podían hacerse equivocadamente con el átomo «salvaguardias», y desde el punto de vista de los guardianes, desde el punto de vista de la gran raza que vigilaba el espacio eran salvaguardias, pero desde el punto de vista de los pequeños seres que habitaban el Planeta Tres eran trampas que conducían a la muerte repentina, a la destrucción total.

Ve miró, sin atreverse a respirar.

La guerra terminó.

El planeta no estaba destruido.

No había ninguna ciudad en pie. La población había quedado reducida a una cuarta parte de lo que era antes de empezar la lucha, inapreciables recursos naturales habían desaparecido para siempre.

Pero la guerra habla terminado.

Y el Planeta Tres continuaba en el cielo, y continuaba estando habitado. Cierto, la mayoría de los bichos habían muerto, pero habían quedado bastantes vivos.

Ve se dio cuenta de que Lor estaba muy inquieto.

Se dio cuenta de que los generales tenían una expresión vigilante.

La salvaguardia de los guardianes había fallado. Los habitantes del Planeta Tres no habían hecho estallar su mundo, ni se habían destruido a sí mismos.

Manejando el átomo, habían aprendido a dominarlo.

Ese era el motivo de la inquietud de Lor.

El Tiempo corrió rápidamente sobre la pantalla, revelando el, futuro de aquella raza, revelando un posible futuro.

La raza empezó a edificar de nuevo.

No edificaban ciudades. Vivían en pequeños grupos, parecían controlar su número a fin de no sobrepasar sus posibilidades en el terreno de los alimentos. ¡Y seguían adelante, unidos!

No luchaban.

Construían.

Ve vio que empezaban a construir naves espaciales.

Vio la primera nave que despegaba del planeta.

Los técnicos, variando rápidamente el foco de la máquina de los futuros, siguieron el vuelo de aquella nave espacial.

Ve vio que la nave aterrizaba en la luna del planeta.

Supo, entonces, que el primer paso había sido dado.

Supo por qué Lor estaba ahora tan inquieto, por qué los generales permanecían tan vigilantes.

El camino número tres conducía a la conquista del espacio, conducía eventualmente a los lugares donde moraban los guardianes.

El discurrir del Tiempo reveló la construcción de pistas de aterrizaje en la luna, el establecimiento de un tráfico regular, los grandes aprovisionamientos de nuevas materias primas, minerales de todas clases, extraídos del satélite.

Aquella raza ya disponía de suministros adecuados.

Las naves espaciales empezaron a despegar de la luna. Empezaron a volar hacia los planetas. Volaban pacíficamente, a través de las inmensidades del espacio.

- Es suficiente - dijo Lor -. Detened la máquina.

La sala volvió a iluminarse. Ve y los generales siguieron a Lor cuando éste salió de aquel sector del cuartel general donde se albergaba la máquina de los futuros, para regresar a su despacho.

Lor se acercó a la ventana y miró al exterior.

Su ventana se abría al espacio, a la inmensidad de la nada que se extendía entre los mundos. Lor contempló aquel espacio, sin hablar.

La mente de Ve giraba alrededor de una idea central.

- ¿Qué camino seguirán, señor? - preguntó tímidamente. En la amplia estancia reinaba un profundo silencio.

- Lo ignoro - respondió Lor -. Tendrán que escogerlo por sí mismos.

El silencio se hizo más pesado.

- Pero, yo creo - continuó Lor al cabo de unos instantes -, creo que será mejor que nos preparemos para recibir visitantes algún día.

El corazón de Ve brincó al oír aquellas palabras.

- Entonces, ¿cree que seguirán el camino número tres? - inquirió.

- Opino que sí - respondió Lor.

Los generales parecieron repentinamente excitados.

- Así que deberemos preparar nuestras defensas - dijeron.

- No - replicó Lor.

Los generales se quedaron contemplándole, asombrados.

- No necesitamos ninguna defensa - continuó Lor -. El único camino que conduce hasta nosotros es, después de un inicial periodo de conflicto, un camino pacífico. Todos los otros caminos conducen a la destrucción. El único camino que conduce hasta nosotros es el camino de la paz. No necesitaremos ninguna defensa contra unos seres que llegarán en son de paz.

Los generales permanecieron silenciosos.

En su interior, Ve se sintió feliz. Aquellos pequeños seres que se atrevían a manejar el átomo no estaban desahuciados: había aún esperanza para ellos.

- Haremos preparativos para recibirles - dijo Lor -. Llegarán hasta nosotros, en son de paz, cuando se hayan dominado a sí mismos y hayan dominado todos los caminos del universo.

Habla algo profético en el tono majestuoso de su voz.

- ¿Quién sabe? - continuó -. Quizás en alguna época futura podrán ocupar nuestros lugares aquí, como guardianes de este sector del universo, en tanto que nosotros ascendemos a mayores glorias. Este, creo, es su destino.

Su voz se apagó. Ve permaneció silencioso. Los generales permanecieron silenciosos.

Muy lejos, a través de las vastas profundidades del espacio, los bichos del Planeta Tres trabajaban en su bomba atómica.