Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
¿Dónde están los dioses? - Ernesto Laureano
—¿Dónde están los dioses? —preguntó el Pequeño, mientras se ocultaba con su familia en la caverna, de aquella noche de tormenta primordial.
Luego, el Pequeño preguntó a su tribu:
Y el Joven preguntó a su pueblo, mientras reía a orillas del río:
Y el Hombre preguntó a los suyos:
Y el Hombre descubrió el origen de su forma. Aprendió a crear vida en sus laboratorios, con respeto y sabiduría...
Y el Hombre preguntó con desconfianza:
Y el Hombre aprendió a amar a todo ser viviente que pisara el mundo o viviera fuera de él. Con amor, sus ojos se volcaron a las artes, y ellas las alas del espíritu humano acicalaron con ternura...
Y el Hombre preguntó a los niños que ayer reían, y ahora eran hombres que odiaban:
Y el Hombre preguntó al polvo de su cultura, a las ovejas sociales de su época:
Y el Anciano preguntó a la multitud solitaria:
Y el Anciano preguntó:
Y a medida que el Anciano buscaba a los dioses, iba creando en el camino nuevos cielos y nuevas tierras; nuevos espacios y tiempos. Y en un pequeño mundo azul, que él había creado, hubo una tormenta primordial, antigua y perfecta. Y en ese pequeño mundo azul, el Anciano escuchó a un Pequeño preguntar algo que lo hizo sonreír y descansar:
Espiral - Enrique Anderson Imbert
Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo obscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.