INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta espejo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta espejo. Mostrar todas las entradas

Cuentos del Club de los Casados Negros - David Langford

—Caballeros, creo que quizá yo tenga la solución a su problema —murmuró con voz humilde Isaac, el mayordomo, mientras servía el brandy.

—¡Es imposible! —jadeó Movias—. Esto no es más que un truco para impedirme que recite mi condensación del Diccionario de Johnson en verso libre.

—Continúa, Isaac —dijo Savimo—. No hagas caso de ese pesado.

—Gracias, señor. En primer lugar, enseguida me di cuenta de que el difunto doctor Osmavi era, evidentemente, un caballero muy erudito.

—¿Y qué pruebas tienes de eso? —preguntó Movias.

—Señor, el que en su apartamento estuviera presente La tabla periódica de Primo Levi. En otras palabras…, un libro.

—¡Por… supuesto!

—Bien, caballeros, ya sabemos que el Departamento de Policía de Nueva York examinó ese libro de la forma más concienzuda posible, buscando el código secreto que, según las últimas palabras del doctor Osmavi, debía encontrarse «en el libro». Buscaron por entre todas las páginas; hurgaron en el lomo y despegaron las tapas. Pero no se les ocurrió tomar en consideración la posibilidad de que, debido a su mentalidad erudita y cultivada, el doctor Osmavi podía haber pronunciado sus últimas palabras indicando no alguna tirilla de papel, sino ¡un mensaje realmente escrito en el libro!

—¡Dios mío! —dijo Movias.

—De hecho, sugiero que el código secreto, lo único que puede evitar la Tercera Guerra Mundial e impedir la invasión trantoriana, se encuentra… escrito a mano en uno de los márgenes.

—Isaac, esto es increíble —dijo Savimo sin perder la compostura—. Sin embargo, sigue sin servirnos de nada. No sabemos en qué margen mirar… o en qué página. Hay docenas de posibilidades. —Y contempló con expresión lúgubre el delgado volumen que yacía sobre la mesa del comedor.

—Con todos mis respetos, señor, creo que sí lo sabemos. Un hombre tan meticuloso como el doctor Osmavi debió inventarse indudablemente algún truco memorístico particular, algo capaz de asegurar que el número de la página no se le iría jamás de la cabeza. Y, caballeros, estoy seguro de que recordarán el informe policial según el cual el doctor Osmavi balbuceó una escena de Shakespeare durante sus delirios finales.

—¿Y qué? —gritó Movias con cara de pocos amigos.

—Señor, ¿se me permite sugerir que el único discurso shakesperiano que un policía sería capaz de reconocer es el famoso soliloquio de Hamlet? Dado que yo mismo soy existencialista en mis ratos libres, me he aprendido de memoria todo el pasaje. Ser o no ser…

—¡Ya lo tengo! —gritó Movias, golpeando la mesa con el puño y haciendo saltar las copas de brandy—. En esa frase hay dos letras E… ¡Eso quiere decir que el código estará en la segunda página! —Abrió el libro de un manotazo… y en su rostro brilló la más terrible decepción.

—Señor, dado que en un libro moderno el texto empieza normalmente en la página número tres, podemos eliminar esa posibilidad. El título del libro, junto con el hecho de que el doctor Osmavi estuviera licenciado en química, sugiere otra interpretación. Caballeros, el que haya dos letras E nos indica que en realidad debemos buscar la segunda letra del alfabeto, que es la B, y si a esa B le unimos la E, tendremos, naturalmente, el símbolo químico del berilio, el cuarto elemento de la tabla periódica. ¿Puedo sugerirles que examinen la cuarta página?

Movias pasó la página, y todos los Casados Negros lanzaron una exclamación de sorpresa al ver unas grandes letras mayúsculas escritas con tinta fosforescente de color verde en el margen. Movias leyó en voz alta lo que decían: «LA PALABRA CLAVE ES EVALCARBALAP».

—¡Isaac, esto es asombroso!

—Siempre me esfuerzo por servirles lo mejor posible, señor.

Pero ahora le tocaba a Savimo mostrarse insatisfecho.

—Tus deducciones parecen sólidas, Isaac…, pero, aunque hayas logrado dar con la verdad por pura suerte, tu lógica no es a prueba de bomba ni mucho menos. Diste por sentado que Osmavi era un hombre amante de la literatura basándote tan sólo en ese libro. Pero, ¿y suponiendo que el libro hubiera pertenecido a Vamsoi, el escritor, que compartía el apartamento con él?

Isaac sonrió.

—Señor, eliminé a Vamsoi dado que las pruebas demuestran que no es un auténtico escritor y, por lo tanto, es altamente improbable que posea libros. Recordarán que la policía registró el «despacho» de Vamsoi, y que nos proporcionó un inventario completo de su contenido. En ese inventario había dos omisiones muy significativas. Si se me permite volver a leer esa lista…

—No, no —se apresuró a decir Movias—. La recordamos perfectamente.

—Entonces, señor, estoy seguro de que no se les habrá pasado por alto la ausencia de dos artículos que son indudablemente esenciales en la parafernalia de un escritor.

—¿Una mesa, una silla, una máquina de escribir? —propuso Savimo—. ¿Revistas porno? ¿Una ventana por la que mirar? ¿Unos pantalones?

—Todos esos objetos estaban presentes en la lista, caballeros. Pero, ¿quién puede creer que en el despacho de un auténtico autor con un ego dotado de una salud normal no vaya a haber… un esbozo de autobiografía, o un espejo?

Espiral - Enrique Anderson Imbert

Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo obscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

 


Blancanieves - Hermanos Grimm


Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La Reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: «¡Ah, si pudiese tener una hija que fuese blanca como nieve, roja como sangre y negra como el ébano de esta ventana!».
 
No mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina.
 
Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía sufrir que nadie la aventajase en hermosura.
 
Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»

Y el espejo le contestaba invariablemente:
«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país.»

La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad.
 
Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día.
Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina.
 
Al preguntar ésta un día al espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
 
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois como una estrella,
pero Blancanieves es mil veces más bella.»
 
Espantóse la Reina, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía revolvérsele el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo de día ni de noche.
 
Finalmente, llamó un día a un montero y le dijo:
—Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado.
 
Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, echóse ésta a llorar:
—¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! —suplicaba—. Me quedaré en el bosque y jamás volveré a palacio.
 
Y era tan hermosa que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:
—¡Márchate, pues, pobrecilla!
 
Y pensó: «No tardarán las fieras en devorarte». Y, sin embargo, parecióle como si se le quitase una piedra del corazón al no tener que matarla. Y como acertara a pasar por allí un jabatillo, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato.
 
La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves.
 
La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado sin causarle el menor daño.
 
Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar.
 
Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo.
 
Había un mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platitos y siete vasitos; y al lado de cada platito había su cucharilla, su cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la pared veíanse siete camitas, con sábanas de inmaculada blancura.
 
Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquitín de legumbres y un bocadito de pan de cada platito, y bebió una gota de vino de cada copita, pues no quería tomarlo todo de uno solo.
 
Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino bien; se acostó en ella, encomendóse a Dios y quedó dormida.
 
Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado en ella, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al marcharse.
 
Dijo el primero:
—¿Quién se sentó en mi sillita?
 
El segundo:
—¿Quién ha comido de mi platito?
 
El tercero:
—¿Quién ha cortado un poco de mi pan?
 
El cuarto:
—¿Quién ha comido de mi verdurita?
 
El quinto:
—¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito?
 
El sexto:
—¿Quién ha cortado con mi cuchillito?
 
Y el séptimo:
—¿Quién ha bebido de mi vasito?
 
Luego el primero, dándose una vuelta por la habitación y viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:
 
—¿Quién se ha subido en mi camita?
Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos:
—¡Alguien estuvo echado en la mía!
 
Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves dormida en ella. Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña.
 
—¡Oh, Dios mío; oh, Dios mio! —decían—. ¡Qué criatura más hermosa!
 
Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla, sino dejar que siguiera durmiendo en la camita.
 
El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la noche.
 
Al clarear el día despertóse Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:
 
—¿Cómo te llamas?
—Me llamo Blancanieves —respondió ella.
—¿Y cómo llegaste a nuestra casa? —siguieron preguntando los hombrecillos.
 
Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo todo el día hasta que, al atardecer, encontró la casita.
 
Dijeron los enanos:
—¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará.
—¡Sí! —exclamó Blancanieves—. Con mucho gusto.
Y se quedó con ellos.
 
A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos salían a la montaña en busca de mineral y oro, y al regresar por la tarde, encontraban la comida preparada.
 
Durante el día, la niña se quedaba sola, y los buenos enanitos le advirtieron:
—Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes entrar a nadie!
 
La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves, vivía segura de volver a ser la primera en belleza.
 
Acercóse un día al espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella.»
 
Sobresaltóse la Reina, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces otra manera de deshacerse de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaba reposar.
 
Finalmente, ideó un medio. Tiznóse la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida. Así disfrazada, dirigióse a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó:
   
—¡Vendo cosas buenas y bonitas!
Asomóse Blancanieves a la ventana y le dijo:
—¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traéis para vender?
—Cosas finas, cosas finas —respondió la Reina—. Lazos de todos los colores.
 
Y sacó uno trenzado, de seda multicolor. «Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer», pensó Blancanieves. Y, abriendo la puerta, compró el primoroso lacito.
—¡Qué linda eres, niña! —exclamó la vieja—. Ven, que yo misma te pondré el lazo.
 
Blancanieves, sin sospechar nada, púsose delante de la vendedora para que le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y cayó como muerta.
—¡Ahora ya no eres la más hermosa! —dijo la madrastra, y se alejó precipitadamente.
 
Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los sietes enanos. Imaginad su susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta.
Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí.
 
Al oír los enanos lo que había sucedido, le dijeron:
—La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie mientras nosotros estemos ausentes.
 
La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondió el espejo, como la vez anterior:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella.»
 
Al oírlo, del despecho toda la sangre le afluyó al corazón, pues vio que Blancanieves continuaba viviendo. «Esta vez —se dijo— idearé una treta de la que no te escaparás». Y, valiéndose de las artes diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado.
 
Luego volvió a disfrazarse, adoptando también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos.
—¡Buena mercancía para vender! —gritó.
Blancanieves, asomándose a la ventana, díjole:
—Seguid vuestro camino, que no puedo abrir a nadie.
—¡Al menos podrás mirar lo que traigo! —dijo la vieja.
 
Y, sacando el peine, lo levantó en el aire. Gustóle tanto el peine a la niña, que olvidándose de todas las advertencias abrió la puerta.
Cuando se hubieron puesto de acuerdo sobre el precio dijo la vieja:
—Ven que te peine como Dios manda.
 
La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó insensible.
—¡Dechado de belleza —exclamó la malvada bruja—, ahora sí que estás lista!
Y se marchó.
 
Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, en seguida sospecharon de la madrastra. Y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Quitáronselo y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo ocurrido.
Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la puerta a nadie.

La Reina, de nuevo en palacio, fue directamente a su espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y, como las veces anteriores, respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella.»
 
Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso temblar de rabia.
—¡Blancanieves morirá —gritó—, aunque me haya de costar a mí la vida!
 
Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado significaba la muerte segura.
 
Cuando tuvo preparada la manzana, pintóse nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las siete montañas, a la casa de los siete enanos.
 
Llamó a la puerta, Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo:
—No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.
—Como quieras —respondió la campesina—. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te regalo una.
—No —contestó la niña—, no puedo aceptar nada.
—¿Temes acaso que te envenene? —dijo la vieja—. Fíjate —corto la manzana en dos mitades—: tú te comes la parte roja, y yo, la blanca. 
 
La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, no pudo ya resistir.
 
Alargó la mano y cogió la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó en el suelo muerta.
Contemplóla la Reina con una mirada de rencor y, echándose a reír, dijo:
 
—¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los enanos.
 
Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondióle el espejo, al fin:
«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país.»

Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pueda aquietarse.

Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta.
 
La colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron:
—No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra.
 
Y mandaron fabricar una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos lados. La colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: «Princesa Blancanieves».
 
Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña, y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí haciéndole vela. Y hasta los animales acudieron a llorar a Blancanieves; primero, una lechuza; luego, un cuervo y, finalmente, una palomita.
 
Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano.
 
Sucedió, empero, que un príncipe que se había metido en el bosque, se dirigió a la casa de los enanitos para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro.
 
Dijo entonces a los enanos:
—Dadme el ataúd, os pagaré por él lo que me pidáis.
Pero los enanos contestaron:
—Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos.
—En tal caso, regaládmelo —propuso el príncipe—, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.
 
Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro.
 
El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó del cuello de Blancanieves el bocado de la manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y recobró la vida.
 
Levantó la tapa del ataúd, se incorporó y dijo:
—¡Dios Santo!, ¿dónde estoy?
Y el príncipe le respondió, loco de alegría:
—Estás conmigo —y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo—. Te quiero más que a nadie en el mundo. Vente al castillo de mi padre y serás mi esposa.
 
Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde en seguida se dispuso la boda que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor.
 
A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó:
«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?»
Y respondió el espejo:
«Señora Reina, vos sois como una estrella,
pero la reina joven es mil veces más bella.»

La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda, pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina.
 
Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Cogiéndolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta.

El espejo de Matsuyama - Juan Valera

     Hace mucho tiempo vivían dos jóvenes esposos en lugar muy apartado y rústico. Tenían una hija y ambos la amaban de todo corazón. No diré los nombres de marido y mujer, que ya cayeron en olvido, pero diré que el sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.

     Hubo de acontecer, cuando la niña era aún muy pequeñita, que el padre se vio obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan lejos, ni la madre ni la niña podían acompañarle, y él se fue solo, despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos regalos.

     La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver tantos primores y maravillas.

     En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que sabía que a él le gustaba en extremo.

     No atino a encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la peregrinación, y en la capital misma.

     -¡A ti -dijo a su mujer- te he traído un objeto de extraño mérito; se llama espejo! Mírale y dime qué ves dentro.

     Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro, brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.

     -¿Qué ves? -preguntó el marido, encantado del pasmo de ella y muy ufano de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.

     -Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡caso extraño!, un vestido azul, exactamente como el mío.

     -Tonta, es tu propia cara la que ves -le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía-. Ese redondel de metal se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.

     Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada momento, porque como ya dije, era la primera vez que había visto un espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para usada de diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros.

     Pasaron años, y marido y mujer vivían aún muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, recelando que su uso pudiera engreír a la niña. 

    Como no hablaba nunca del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.

     Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fue empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.

     Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre todo por la niña.

     La llamó, pues, y le dijo:

     -Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti. 

    Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada, expiró a poco.

     En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con sus deberes.

     De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando complacerla, en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:

     -Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.

     Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo, cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.

     La niña contestó:

     -Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.

     Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había dejado de cumplirle.

     Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante a la de su difunta madre.

Boxeador - Carlos Wynter Melo

No sabemos si Martínez es mala persona. Tampoco podríamos decir que es un alma de Dios. Ausente, si alguna palabra lo define es esa: ausente. Y nadie conoce sus emociones ni entiende por qué es feliz con una vida tan simple, de figuras de sombra y boxeo.

Martínez no conocía a Orlando el Nica Mojica; no, señor. Habrán intercambiado saludos alguna vez, no más que eso. No tenían por qué odiarse, como han insinuado algunos periódicos. La Sombra Martínez -le he dicho a los reporteros- es incapaz de odiar a alguien. 

Hay quien pudiera, viendo la apariencia distraída de Martínez, pensar que es tonto. Tampoco es el caso. No se le puede llamar tonto a quien proyecta figuras en la pared con semejante maestría. Si se me pregunta, les diré que Martínez es sencillamente un libro en blanco. Nada más y nada menos. Y nadie sabe al instante siguiente qué aparecerá en sus páginas. El tipo vive tras sus ojos y, en el momento justo, ¡zas!, sale a la superficie. 

Entonces es un genio; como cuando exhibe su boxeo matemático. Aún ahora, con los años encima, la manera como planea y desarrolla un combate es ilustre. 

En la víspera de la pelea con el Nica, la Sombra me contó su sueño. Más que un sueño, era una pesadilla. Y es que basta recordar la vida que llevaba Martínez antes de ser campeón: pobre que era, un muerto de hambre en todo el sentido de la palabra. 

Cuando tenía como seis años -y eso es algo que no olvidó nunca-, un tipo le robó los chicles que vendía. Le dijo: "Pelaíto, yo te voy a comprar todos tus chicles, todos, pero tienes que dármelos y esperar un momentito aquí; yo regresaré con tu plata". El tipo, por supuesto, nunca regresó. Ese día Martínez juró por todos los santos que no volverían a aprovecharse de él. 

Me dijo en una ocasión:
-Yo, de niño, era muy tonto, después cambié y me hice hombre. 

En el sueño, a la Sombra le daban una tunda, una soberana paliza. Varias veces soñó lo mismo: se miraba en un espejo y del azogue oscuro brotaba un rostro que no alcanzaba a definirse y salía un puño y otro y Martínez no sabía ni de dónde le venían los puñetes. 

Mientras lo apaleaban, una voz le decía: "Ya estás viejo, boxeador, ya estás muy viejo, te has vuelto débil". Despertaba empapado en sudor y con los brazos tensos. Durante el sueño, el miedo no lo dejaba ni respirar. 

Me comentó después un poco asustado:
-Hombre, no me sentía así desde hacía años. Estaba indefenso. No quiero dormir por no sentirme igual. 

Quizás ese miedo oculto lo llevó a esforzarse extraordinariamente. Él nunca aceptó que estaba viejo. Para él, había Martínez para rato. Y ya a nadie le cabe duda después de su pelea con el Nica. La gente lo respeta otra vez.

La Sombra ha ganado mil apuestas haciendo figuras en los muros. Es tan natural para él como respirar. Le dicen "haz una pantera" y él rápidamente crispa los dedos de una mano, acomoda los de la otra y la pantera aparece. Su figura preferida es la de un niño caminando, con su perfil muy bien definido, los brazos moviéndose al compás de la marcha y las piernas flexionándose una y otra vez.

Alguien dijo una noche, maravillado por la habilidad del boxeador, que bien podían ser las sombras las que proyectaban a Martínez. Yo lo he observado mucho y por Dios que, a simple vista, eso parece.

Por su parte, el Nica era un tipo -que Dios me perdone- bocón. Era de esos que repiten una y otra vez que nadie les dura más de un asalto y que el contendiente acabará hecho papilla.

Martínez permaneció tranquilo ante sus bravuconadas. En vez de gastar pólvora en gallinazo, se concentró en los entrenamientos. Fue obsesivo. Y me causaba dolor verlo así; le dije más de una vez que eso no era normal.
En fin, llegó el día del combate y ocurrió lo que todos sabemos: la Sombra mató al Nica. 

¡Fue una zurra histórica! No podemos quitarle méritos al Nica -que en paz descanse-: se portó a la altura. Pero la Sombra fue implacable. Recibió golpes como un animal y, aun así, mantuvo su ofensiva. 

Cuando el Nica cedió a la presión, la Sombra aplicó su estrategia ganadora: lo trabajó con la izquierda y, de inmediato, con volados de derecha. Ya para entonces, ambos tenían las caras bañadas con sangre. Y cayó el Nica. Su cuerpo empezó a convulsionar sobre la lona. Entró el médico y eso fue todo. 

La Sombra seguía saltando sobre las puntas de sus pies, sin que se pudiera decir si estaba compungido o contento.

Sacamos a Martínez cubierto por su bata de lujo. Muchas personas lo abuchearon y algunos periodistas lo siguieron. Nos llovían latas y restos de comida. Bueno, eso es lo que todos sabemos. Voy a contar ahora lo que solo yo sé; yo, que fui a visitar a la Sombra durante su convalecencia y que lo escuché como solo lo hacen quienes quieren de verdad.

Sé, por ejemplo, las razones por las cuales el campeón dejó su carrera boxística. Y sé también lo que lo cambió de manera tan drástica, lo que lo hizo, precisamente, otra persona.

Recuerdo que me recibió con una amplia y juguetona sonrisa y que él fue el primero en hablar:
-Se nos murió el Nica.
Solo asentí.
-No he dejado de pensar en él. Las pesadillas continuaron después de su muerte, ¿sabes? Yo pensé que al ganarle iban a parar.
-¿Y qué tienen que ver las pesadillas con el Nica, campeón?
-Se me metió entre ceja y ceja que el Nica era el rostro en el espejo, el de la pesadilla. Creí que el Nica era mi destino y me daba un hijueputa miedo mi destino, ¿me entiendes?

Nos quedamos en silencio. Era la primera vez que la Sombra me hablaba desde su corazón. Añadió como si hablara solo:
-Las pesadillas continuaron después de su muerte porque yo no he resuelto nada con vencer al Nica. Me concentré en superar mi destino y en realidad no superé nada.

Volvimos a callar.
-¿Recuerdas lo que dijo el tipo de mis sombras?, ¿que no sabía si ellas eran quienes me proyectaban a mí? Bueno, yo tampoco lo sé. Yo no sé si el odio me movía contra el Nica. Yo no sé si le pegué con saña. No lo sé.
-Ya no pienses en eso -le dije para calmarlo.
-No te preocupes. No hablo con angustia. 

De este momento en adelante, soy libre, para bien o para mal. Ya nada me importa demasiado. ¡Descubrí la identidad del rostro de la pesadilla! Todo es muy obvio, amigo: cuando uno se mira en un espejo, ¿de quién es la cara que aparece?  

El mar del espejo - Lawrence Yep

Cielo irreal.

Mar irreal.

Cuando se puso el sol enano y se enfrió la superficie del mar de cristal, fueron apareciendo jirones de una piel oscura y arrugada, y, entre ellos, pude ver mi propio reflejo. La imagen del ser humano con su traje espacial era tan perfecta que podría haber sido mi propio cuerpo irreal aprisionado dentro del mar, y mi persona sobre el mar podría ser sólo un objeto etéreo, un espíritu humano suspendido sobre los grandes y oscuros misterios de otro mundo, empeñado en recuperar su antiguo cuerpo.

El aire color sangre pareció tornarse más oscuro y más sólido, como si el cielo se hiciera carne para envolverme. Incesantes ondulaban las olas desde el horizonte: marejadas de fluido resinoso se extendían perezosamente pendiente arriba, se detenían un instante como gigantescas amebas de transparente vidrio violeta para escurrirse luego otra vez hacia el mar.

Las constelaciones desconocidas comenzaron a aparecer en el cielo violeta a mis espaldas y avisté la estrella blanca que era mi nave, la "Regina Coeli", deslizándose velozmente entre ellas. Sólo cien millas me separaban de mi propia especie y de un pasaje de retorno a la Tierra, pero en una distancia vertical. Palpé la radio destruida en la parte posterior de mi equipo de respiración. Sin medios para comunicarme con la nave, tanto daría que estuviera a un año luz de ella.

Luego sentí a Llyth invadiendo mi mente: reconfortando mi espíritu, dispersando las sombras. Ahora veo el mundo de Llyth a través de sus ojos y ya no me resulta tan extraño: es un bello mundo cristalino, tan frágil y tan delicado que apenas me atrevo a respirar. Es un mundo de silencios donde las palabras son armas peligrosas y es preferible no pronunciarlas.

-¿Estás bien? -me transmitió telepáticamente ella-. ¿Has comido?

Miré hacia la cámara hemisférica donde ella había pasado todo el día, aquejada de una misteriosa enfermedad.

-Es un día propicio para el ayuno -mentí.

El agua reciclada de mi traje espacial estaba tan putrefacta que no podía seguir bebiéndola menos que estuviera muy sediento. Acababa de recoger mi hilo de nilón, suavemente, para que no se desprendiera ni un poquito del plancton que se había acumulado sobre él. 

El plancton alcanzaba un par de centímetros de espesor, pero era todo de un color inadecuado. Pasé los dedos por el hilo y oí crujir los cuerpos de cristal. Durante un cierto tiempo había podido recoger un poco de plancton de base orgánica, que luego transformaba en una pasta e introducía a través de una válvula de expulsión de mi casco, pero ya había terminado la temporada. Había sido un error pensar que podría llegar a adaptarme al mundo de Llyth.

-Tú... -comenzó a decir Llyth, pero sus palabras se disolvieron en un intenso estallido blanco de dolor. Empecé a subir apoyándome en la barandilla.

-No, no. No te acerques -dijo exasperadamente ella.

Permanecí impotente en la cubierta de su nave de cristal. Sólo Llyth era capaz de controlarlo. Nave es una palabra humana que yo empleaba para facilitar la descripción. En realidad, el casco era una colonia de gusanos a los que habían hecho crecer de manera forzada en torno a los compartimentos y el generador, formando una semiesfera. 

Los gusanos vivían en tubos de vidrio y cada generación se había ido superponiendo a la anterior hasta transformar el casco en un panal de diminutos tubos de escaso peso. La capa exterior todavía seguía con vida y sólo Llyth era capaz de hacer salir a los gusanos de sus tubos y filtrar el agua, con lo cual impartían un lento movimiento perezoso a la nave. Los gusanos estaban dotados de la inteligencia suficiente para actuar colectivamente e impedir que la nave se hundiera.

Entonces divisé tres luces que pasaron rozando la superficie del mar en formación triangular, proyectando sus reflejos sobre los montículos casi solidificados. Eran varios bólidos de mi nave. Excitado, busqué a tientas la linterna de mano que llevaba colgada del cinturón del traje.

-Llyth, se acercan -dije-. Llegará ayuda para ti y para mí.

-Nos separarán -dijo Llyth asustada.

Naturalmente, Llyth tenía razón Yo sólo había estado posponiendo el momento en que tendría que dejarla. Ningún capitán humano, y especialmente Christie, permitiría que Llyth me acompañase. No sabía demasiado bien qué hacer. A fin de cuentas, le debía la vida a Llyth.

-Estás herida. Tal vez incluso moribunda -dije en tono poco convincente-. Necesitas ayuda.

-Por favor. Espera sólo un poquito más y... -El resto de su frase se descompuso y los fragmentos de las palabras se perdieron en otro estallido de dolor.

-¿Llyth?

Como respuesta me llegó un suave resplandor pero ella era incapaz de formar ideas claras. Avancé cautelosamente sobre la cubierta de cristal. Aunque le habían dado una textura rugosa, mis botas espaciales a duras penas lograban la suficiente tracción. La puerta de su camarote estaba cerrada y la golpeé sintiéndome frustrado.

-¿Llyth?

Sólo recibí una débil respuesta, apenas consciente. Nuevamente intentó formar un pensamiento coherente, pero el dolor era demasiado grande. Los bólidos estaban casi al alcance de mis señales, de modo que me dispuse a coger la linterna. Un minuto más y podrían verme, pero Llyth no podía esperar ni siquiera eso.

Sólo se me ocurría una salida: Llyth me había dicho que sus gentes empleaban un procedimiento de cura mental, no un encantamiento de brujos, ni un dominio de la mente sobre la materia, sino una especie de animación mental suspendida. 

Cuando el dolor de un paciente era tan intenso que amenazaba con desintegrar la matriz de su identidad, un telépata experimentando abría su propia mente al paciente y absorbía su identidad conmovida por el dolor para integrarla en sus propias memorias. El telépata mantenía al paciente en su propia mente hasta que desaparecía el dolor físico.

Yo no era un gran telépata, pero decidí hacer lo que pudiera. Me senté y comencé a reconstruir nuestro primer encuentro tan vívidamente como me fue posible. Recurrí a todo: imágenes, sonido y tacto, y sentí penetrar a Llyth dentro de mí. No tenía muchos otros buenos recuerdos que pudiera emplear. Llyth siempre me impulsaba a hablarle de la Tierra, pero cuando uno ha nacido en el Noveno Círculo, la esfera más baja de la Tierra, lo único que uno desea es olvidarlo. Muchas personas -como mi familia- ni siquiera han visto nunca el Sol.

Esa es la razón de que yo no fuera capitán explorador, la tarea más peligrosa de la flota. Una nave exploradora está formada en su mayor parte por el motor y los medidores, con una envoltura tan condenadamente fina que bastaría una ballesta para derribarla. 

Por lo general sólo salía en vuelo de reconocimiento una vez cada cuatro semanas terráqueas corrientes para comprobar si el mundo merecía ser "ilustrado" por nuestra flota y era digno de recibir las bendiciones de nuestra civilización. Cada veintiocho días pasaba doce horas convertido en blanco flotante; pero hasta el momento había sobrevivido a todos mis compañeros de promoción. 

Había salido con vida de ocho colisiones, todo un récord. En la flota incluso habían comenzado a llamarme Jack "el Gato" Cleland y dejaron de cruzar apuestas sobre la fecha de mi muerte.

El mundo de Llyth era teóricamente una misión sencilla. Según los informes preliminares obtenidos a través de los comerciantes, el pueblo de Llyth estaba en el nivel tecnológico 4, preatómico, y su inmovilidad social les hacía propicios para la ilustración. 

Estaban organizados en familias matriarcales y sólo las mujeres que habían cumplido una cierta edad podían aparearse con los escasos zánganos supervivientes. Al parecer, empleaban drogas para mantener en funcionamiento a los zánganos hasta que éstos caían exhaustos, pero aun así había sido preciso fijar la edad de la pubertad social de las mujeres en los veinticinco años, aunque la mujer tal vez ya estuviera físicamente madura a los diez años. A las mujeres de edades comprendidas entre los diez y los veinticinco años las mantenían apartadas del serrallo, dedicadas a trabajar o combatir duramente.

La "Regina Coeli" se alzaba negra y enorme sobre mi cabeza cuando me lancé en mi nave exploradora. Christie, o la capitana Christina, no dijo nada, pero lo cierto es que ya nos habíamos despedido la noche anterior en su camarote. Christie, que había logrado algunos rescates que estuvieron a punto de hundir su fuselaje o de hacer caer un proyectil en el puente, era en parte la causa de que yo aún siguiera con vida.

Desvié la nave exploradora a través de un enorme banco de nubes, con el sol a mis espaldas, en dirección a la cara nocturna. Sabía que debía haber un mar a mis pies, pero los datos que recibía lo situaban a una distancia que podía ser tanto de un metro como de tres millas. En aquel momento no lo sabía, pero los reflejos procedían de una bandada de pájaros-sol. Cometí el error de descender para efectuar una inspección visual.

Llyth me habló luego de los pájaros-sol. En realidad son animales, con una fina membrana silícea que recubre un esqueleto muy rudimentario. Tienen una forma como de barriles huecos. Por las noches flotan sobre las corrientes de aire y se alimentan de insectos voladores y durante el día permanecen en la superficie del mar. Lo primero que noté fueron los chirridos de los tubos de entrada al succionar los cuerpos de vidrio.

Cuando la maldita nave empezó à saltar, encendí las luces y casi quedé cegado por el reflejo. Concentré los retropropulsores a toda velocidad e hice subir la nave casi en vertical. Tenía que ponerme en órbita antes de que los conductos del combustible estuvieran hechos del todo jirones. No importaba que la órbita fuera muy próxima: si conseguía dar dos o tres vueltas al mundo, con toda seguridad me recogerían.

Puse todo mi empeño en hacer subir la nave remolona y estaba a punto de salir de la atmósfera -casi veía ya las estrellas- cuando sentí que la nave daba una sacudida y se detenía en seco. De nada hubiera servido enviar una señal por radio con el mundo interpuesto entre la nave madre y yo. 

Permanecí un largo instante mirando las estrellas; había estado tan cerca de la salvación... Luego accioné la cápsula de eyección. Nunca me había sentido tan solo como cuando sentí el contacto de la espuma amortiguadora en torno a mis tobillos, allí sentado en la oscuridad.

La cápsula salió proyectada con una explosión ensordecedora que desperdigó los fragmentos de mi nave por el firmamento. Tenía la esperanza de que la "Regina Coeli" encontrara algunos de los restos y pudiera hacerse una idea general de dónde me hallaba. 

Las envolturas de metal fueron desprendiéndose con agudos chirridos, mientras una pesada mano intentaba aplastarme; las placas contragravitatorias entraron en funcionamiento cuando ya empezaba a notar el olor a quemado de los circuitos. Aterricé con un choque seco y me estuve balanceando un rato.

Cuando la cápsula se detuvo, aparté la espuma con las manos y busqué la puerta. Cuando asomé la cabeza al mundo, me quedé sin aliento. Me parecía estar flotando en el espacio. La superficie solidificada reflejaba casi a la perfección el cielo nocturno, excepto en las grandes hendiduras causadas por mi caída. 

La cápsula estaba en una grieta de unos tres metros de ancho, pero un fluido resinoso ya empezaba a rellenar el hueco a su alrededor para congelarla en una gran cicatriz. Volví a mirar fascinado las estrellas reflejadas; cada rayo parecía una fina aguja, como si apuntara a mis ojos. Me sentí como un dios, de pié sobre el piso del cielo. Era bello y aterrador, encantador y, sin embargo, tan remoto...

Estaba en el centro de la oscuridad, donde la verdad y la belleza y el honor no significaban gran cosa. No había arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha, ni delante ni detrás. Bajo la superficie estrellada descubrí unos objetos dorados semejantes a serpientes, borrosos como espectros, que subían hasta darse de narices contra la superficie. Apretaban sus hinchados vientres blancos contra el vidrio para mirarme, antes de desaparecer nuevamente en las sombras.

Entonces vi a Llyth. Le habían ordenado recoger una especie de lirio marino que sus gentes tomaron en otros tiempos por estrellas caídas y que aún eran considerados un delicado manjar. 

Al principio Llyth era una silueta contra las estrellas, una sombra que avanzaba a través del cíelo nocturno. Su cuerpo era más alargado y con menos curvas que el de un ser humano y ello le daba en cierto modo un aspecto más grácil, como si su cuerpo fuera una purificación del cuerpo humano. 

Su cara azul parecía extraña y salvaje, como si el frío páramo desconocido respirara al unísono con ella. No tenía cabellos y eso confería una apariencia suave e infantil a su rostro.

Intenté salir con cuidado de la cápsula, pero mis manos parecían como engrasadas sobre la superficie casi sin roce. Salieron despedidas bajo mi cuerpo y me deslicé fuera de la cápsula. 

Apoyé lentamente las manos para incorporarme del suelo y sentarme, pero descubrí que no me era posible. Una brisa me arrastró y comencé a deslizarme hacia adelante. El tejido de mi traje siseaba contra la superficie helada y mi casco chirriaba. La radio rota dejó una estela de diodos y trocitos de circuito a mis espaldas.

De no haber sido por Llyth, podría haber seguido deslizándome hasta que el amanecer iniciara el deshielo. Al principio, mi aspecto y mi voz le parecieron los de un demonio, pero cuando vio mi impotencia, deslizándome allí sobre el hielo, empezó a considerarme una larva encerrada en su capullo, en vez de un ser de otro mundo con una piel extraña. Llyth llevaba pequeñas hojas aserradas acopladas a la suela de sus botas que le permitían patinar sobre la superficie.

Me recogió y me sostuvo, acariciándome como en su caso habría consolado a una larva. Cuando sintió que respondía a su gentileza con sentimientos de gratitud y de paz, supo que no era un monstruo; pero también sintió algo más (no quiero pensar en ello); bajo la superficie serena latía una corriente oculta. 

Era algo que Llyth sólo lograba comprender a medias. Yo -no, ella- veía una confusión de cuerpos y de rostros que se encendían y se apagaban entre las sombras, ora aflorando casi a la superficie, ora ocultos en la oscuridad. No quiero pensar en ello, pero pude sentir que Llyth me empujaba a recordar las imágenes reales...

Eva me había tocado. Aunque sólo tenía dieciséis años, era una mujer de la noche desde hacía dos. Yo tenía quince años cuando le di la rosa que había robado durante la visita informativa a los jardines botánicos del Círculo Uno. 

Ella me cogió de la mano y me condujo a través de la hierba de polietileno y entre los macizos de luminiscentes flores de plástico hasta el tubo de servicio que se elevaba junto a los gigantescos tubos de los ascensores. Pude ver su triste sonrisa bajo la pálida luz verdosa.

-Eres tan bello -dijo-. Pareces un ángel.

No dije nada mientras su mano bajaba y mis entrañas se encabritaban..., pero no quiero seguir recordando.

Marie tenía cabellos plateados que flotaban en torno a su cuello movidos por la brisa del bólido descapotado. Nos deslizábamos a ritmo lento por el espacio de aire privado de su padre. Había conectado el piloto automático para que el aparato no cesara de moverse en círculos. 

Las luces del Círculo Uno resplandecían muy abajo, como los ríos de monedas de oro, y arriba, casi al alcance de mi mano, estaban las estrellas. Ya había estado otras veces en el Círculo Uno, pero las luces ahogaban siempre el resplandor de las estrellas. Marie se reía de la mirada hambrienta con que yo contemplaba las estrellas, como si fuera a comérmelas..., pero quiero olvidar...

No quería continuar. Había recordado algunas cosas de la Tierra y lo vívido de su aspecto me asustaba. Después levanté la vista para mirarla y comprobé que lo que yo había tomado por unos ajustados pantalones era, en realidad, una gruesa capa aislante de silicona. 

Su esqueleto recubría su cuerpo por fuera y todas sus partes blandas estaban dentro. Su cara era como un cristal azul oscuro a través del cual podía distinguir finos cables, como de oro, acabados en pequeñas estrellas que eran sus terminaciones nerviosas. 

Con ellas podía captar pequeñas descargas eléctricas, incluso a través de su traje, desde las reacciones galvánicas de la piel para los animales hasta la electricidad estática de los objetos inanimados.

Emitió un leve zumbido con su garganta, pero dejó de tocarme cuando advirtió que eso me ponía muy nervioso, sobre todo después de lo que acababa de ocurrir. De pronto me sentí inundado por una oleada de confianza que me reconfortó y me hizo sentir a salvo. Imposible sentirme solo o tener sentimientos de duda o de culpabilidad. Ella tenía ahora los poderes de una madre.

Sacó del bolsillo un dado negro de aproximadamente un centímetro de arista. Era una piedra de la memoria, el tesoro más preciado de Llyth, su alma, a decir verdad; y me lo entregó impulsada por lo que había podido presenciar por azar. 

Mientras yo lo sostenía en mis guantes, ella inició una queda centinela, que era la clave para liberar la energía almacenada en el corazón, del cristal.

Cuando la energía tocó la matriz de cristales que la rodeaban, comenzaron a proyectarse imágenes tridimensionales hacia el exterior y éstas activaron la capa contigua, que se hizo transparente durante algunos segundos para que pudiera atravesarla la imagen. 

Luego, también esa capa se excitó, liberando sus imágenes. El proceso continuó, hasta que la energía hubo activado la matriz más externa. Después seria preciso recargar el cubo haciéndolo absorber la luz del sol.

De pronto me encontré mirando, no un mar de cristal, sino un magnífico patio de cristal lechoso fundido. Había árboles como varitas mágicas, que habrían cabido en la palma de mi mano, y sus hojas, como fragmentos de rubí, arrojaban su luz sobre el empedrado. 

Había pájaros de espumoso plumaje y vi los congéneres de Llyth bajo un sol blanco e intenso. Era un mundo en el cual todas las mujeres podían tener hijos y no era preciso compartir los zánganos, un mundo que había desaparecido varios eones atrás. La luz centelleaba y parpadeaba como velos tendidos sobre el mar. 

Esas hermosas gentes y esa sol intenso eran sueños, antiguos sueños de belleza que se resistían a abandonar el mundo de Llyth: recuerdos que insistían en atormentar a los actuales habitantes de aquel mundo moribundo.

El mundo de Llyth estaba impregnado de un silencio mayestático, de modo que cualquier sonido, cualquier palabra, poseía una delicada belleza. Parecía necesario contemplar, atesorar y pulimentar cualquier sonido hasta hacerle alcanzar una pureza que yo jamás conocería. 

Sentí un dolor dentro de mí cuando Llyth depositó el cubo sobre el hielo del mar y empezó a canturrear cada vez más alto y más fuerte la tonada, aumentando así la cantidad de energía desprendida. Las imágenes adquirieron su tamaño real y nos convertimos en dos espectros entre aquellas hermosas gentes.

Llyth tenía un aspecto tan anhelante y fantasmagórico que tuve que rodearla con los brazos. Sensibilicé mis guantes. Los electrodos conectados a los puntos de contacto mecánico transmitirían señales a mi piel y me darían una ilusión de tacto. 

Su traje parecía tan compacto, suave y cálido como cualquier carne humana. Deslicé mis manos por sus costados. Llyth parecía el espíritu mismo de ese mundo oscuro, extraño, tan adorable y, sin embargo, tan inalcanzable. Me causó verdadero dolor no poder tocarla realmente. Luego su mano volvió a encontrarme...

Oí el rugido de los bólidos cuando pasaron a una milla de distancia. Había llegado el momento de hacerles una señal.

-Llyth -pregunté con cautela-, ¿estás bien?

Sentí cómo emanaba de ella una cálida oleada de gratitud.

-Te quiero -dijo, y los recuerdos, unos recuerdos dolorosos, insistieron en retornar...

..."Te quiero", le había dicho yo a Eva. La cara de Eva se endureció y ella se incorporó, alisándose el vestido.

-No sabes lo que dices -dijo-. Ahora vas a ese colegio elegante del Círculo Dos para las gentes refinadas. Este ya no es tu sitio. No, el Nueve...

...Marie y yo dormimos uno en brazos del otro como chiquillos, imaginando que nos alejábamos flotando en nuestra cama rumbo a las estrellas; pero llegó el amanecer. Cuando le dije que la quería, Marie se quedó muy callada y no dijo nada hasta que hubo hecho aterrizar el bólido junto al ascensor más próximo:

-Tal vez será mejor que no volvamos a vernos, Jack.

-Pero, ¿por qué? -pregunté, aunque ya sabía amargamente que, a pesar de toda mi inteligencia y mis capacidades, yo seguía siendo un habitante del Círculo Nueve para ella...

...Y Eva murió un año más tarde de una sobredosis de píldoras del paraíso verde y un año después Marie se casaba con un subalterno, un descendiente de una antigua estirpe de generales; que tenía la absoluta confianza de llegar a ser general a su vez cuando cumpliera los cuarenta...

Quería dejar de recordar. Quería regresar a casa. Quería a Christie, la loca Christie...

-Tranquilo ahora -dijo Christie-. Tranquilo.

Se alejó aproximadamente un metro, flotando, desnuda, con los cabellos agitados como un animal salvaje, en la gravedad cero. Pensé que aun considerándome bastante buen luchador en los enfrentamientos en el vacío, después de la última hora pasada en ese pequeño camarote debía reconocer la superioridad de Christie:

-¿Qué es lo que quieres, Christie? -pregunté finalmente exasperado.

Las facciones de Christie se habían dulcificado.

-No me gusta que me toquen, Jack.

-¡Demonios! -Alargué el brazo para coger mis ropas que pasaron flotando por mi lado.

-No me has entendido. -Me cogió la muñeca y la retuvo firmemente-. Deseo compartir contigo algo mejor y más limpio que el sexo. Cuando hayas usado un catex, no querrás volver a hacer nunca el amor.

Sacó apresuradamente una fina varita negra de la caja fuerte del capitán. Un catex transmitía una pequeña descarga eléctrica que sacudía e inmovilizaba las defensas de la mente, permitiendo aflorar los recuerdos dotados de una carga emocional. Yo había visto catatéticos en otras ocasiones con las mandíbulas caídas y los rostros babeantes, o arrastrándose a cuatro patas y gruñendo como animales.

-No quiero, Christie.

Christie agitó levemente una pierna y se interpuso entre la puerta y yo.

-Esta es la primera vez que comparto mi catex con alguien.

Había un tono de muda súplica en su voz.

-De acuerdo, Christie -dije al fin.

Vi la varita acercándose a mi sien como una serpiente. Una explosión de luz inundó mi cabeza y disolvió mi conciencia...

-Lo sé. -Llyth se movió en su camarote y me transmitió cálidos sentimientos-. Esa primera vez cuando pude sentir la promesa que encerrabas a través de ti, comprendí lo que era ser madre. Fue un gran regalo, algo que jamás podría tomarme a la ligera.

Aquella primera ocasión, Llyth había tenido que excitarse a través de mis asociaciones, pero por fortuna más adelante pudimos prescindir de ellas. Sin embargo, Llyth había comprendido cuánto me avergonzaba compartir con ella esos recuerdos e hizo todo lo que pudo por recompensarme. 

De no haber sido por Llyth, yo habría muerto en el plazo de una semana. Fue ella quien encontró el plancton orgánico que yo podía comer, y si yo le había revelado a Llyth los secretos de mi mente, ella me mostró los misterios de su mundo. Algunos días nos sumergíamos, Llyth nadando delante como una foca, mientras yo la seguía más patosamente en mi traje espacial.

Por la noche, cuando el mar se helaba y se fundía con el cielo nocturno, Llyth le cantaba a su dado y reconstruía ese antiguo mundo dorado. Durante un tiempo me pareció haber trascendido las leyes humanas para entrar en un universo separado, en el cual era lo más natural del mundo que hiciéramos el amor de la única manera a nuestro alcance, aunque ésta fuera cuando menos desmañada.

Estuvimos ideando maneras de poder estar juntos desnudos, pero ninguna resultó practicable. Yo llevaba un contador de atmósferas en el guante derecho y los colores de la franja me decían qué gases componían el aire de Llyth. El verdadero problema era que éste no contenía suficiente oxígeno para los humanos. 

A través de cautelosas pruebas dimos con una combinación que ambos podíamos respirar, basada en el aire de mi reciclador y la atmósfera de Llyth. El compartimento de su nave era hermético y calculé que podría permanecer allí durante toda una noche si iba renovando de vez en cuando el ambiente con aire de mi reciclador. 

El único inconveniente era que una vez sacado el aire de mi reciclador no podría comprimirlo otra vez y, sin posibilidad de acceso a un nuevo suministro, moriría a la mañana siguiente.

-Creo que ya es hora de que salga -dijo recatadamente Llyth.

Se detuvo tímidamente en el umbral, bajo las estrellas. Yo sabía que Llyth podía remodelar su traje para adaptarlo a la forma que deseara, pero ello solía hacerse bajo anestesia y con aparatos especiales. Sin embargo, Llyth, valiéndose sólo del pequeño soplete manual de mi cinturón, había modelado dolorosamente su traje para darle la forma de un cuerpo humano, con detalles obtenidos de mis recuerdos.

Sus senos eran pequeñas y firmes aureolas lisas y pezones. Tenía una fina cintura moldeada que, se ensanchaba para formar unas caderas y nalgas bien contorneadas con unos muslos llenos y otras cosas. Se había introducido en todos los misterios de la femineidad con un abandono que me asustó. Se había configurado de una manera que le permitiera conocer la completa consumación del amor humano.

Giró tímidamente sobre sí misma para que pudiera admirarla por todos lados.

-¿Te gusto?

-¿Por qué te has transformado? --pregunté.

Deslizó sus brazos alrededor de mi cintura y apretó sus pechos contra mí.

-Porque no quiero vivir sin ti. Cuando tú mueras, quiero morir yo también.

Los bólidos habían desaparecido del cielo nocturno y sólo veía las extrañas estrellas desconocidas. Miré hacia donde suponía que estaba la Tierra y de pronto comprendí que ya no me importaba si regresaba o no a casa. Al diablo la humanidad. ¿Qué ser humano había hecho nunca tanto por mí? Con quién más me había aproximado a un amor como ése había sido con mi viciosa Christie.

La noche de ese mundo extraño parecía tan fría y tan dura, tan inmensa y terrorífica... Abracé a Llyth un instante porque era tan cálida y suave, tan serena y amable.

-Sí -dije-. Yo deseo lo mismo.