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Blancanieves y los siete enanitos - James Finn Garner

Érase una vez una joven princesa en absoluto desagradable desde el punto de vista estético que, además, se hallaba dotada de un temperamento mucho más cautivador que el de la mayoría de sus conciudadanos. Era conocida con el apodo de Blancanieves, denominación que refleja la discriminación implícita en el hecho de asociar cualidades agradables o atractivas con la luz y otras más antipáticas o repelentes con la oscuridad. Así, y desde su más tierna edad, Blancanieves era ya una víctima inconsciente —si bien privilegiada— de esta clase de clasificaciones cromáticas.

Cuando Blancanieves era aún muy joven, su madre cayó repentinamente enferma, vio luego acrecentada su falta de salud y terminó por caer en estado terminal. Su padre, el rey, la lloró durante lo que podríamos considerar como un período de tiempo aceptable y, por fin, requirió a otra mujer para ocupar el puesto de reina. Blancanieves hizo cuanto estuvo en su mano para agradar a su nueva madre política, pero no pudo evitar que entre ambas se estableciera una relación de frialdad y distancia.

La más preciada posesión de la reina era un espejo mágico que tenía la virtud de responder con veracidad a cualquier pregunta que se le formulara. Sin embargo, sus largos años de condicionamiento social bajo una dictadura jerárquica masculina habían convertido a la reina en una mujer considerablemente insegura acerca de sus propios méritos. La belleza física había llegado a convertirse en el único valor que por entonces la preocupaba, y se había acostumbrado a autodefinirse basándose únicamente en su aspecto personal.

Así pues, todas las mañanas, la reina preguntaba a su espejo:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo contestaba:
«Permitidme —oh, mi reina— ser sincero: sois sin duda la más bella que existe en el mundo entero.»

Aquel diálogo fue sucediéndose a diario con regularidad hasta un día en que la reina se despertó sintiendo que no tenía bien el pelo y, ávida de apoyo externo, formuló la pregunta de costumbre. El espejo, sin embargo, repuso:
«Tal valor a la belleza no debes darle, ricura, pues tiempo ha que Blancanieves te supera en hermosura.»

Al oír aquello, la reina montó en cólera. Cualquier oportunidad de colaborar con Blancanieves en pos de un sólido lazo de hermandad era algo que ya pertenecía al pasado. Por el contrario, la reina se dejó llevar por un acceso transitorio de prepotencia masculina y ordenó al real maestro talador que se llevara a Blancanieves al bosque y la matara. Asimismo (y posiblemente para impresionar a los varones de la corte real), añadió una bárbara exigencia: debía arrancar el corazón a la joven y llevarlo posteriormente a su presencia.

El maestro talador aceptó entristecido aquellas órdenes y condujo a la muchacha, que de hecho era ya una mujer incipiente, hasta el corazón del bosque. Sin embargo, su relación con la tierra y con las estaciones naturales del año habían hecho de él una persona bondadosa, y no pudo soportar la idea de hacer daño a la joven. Así, puso a Blancanieves al corriente de la opresiva e insolidaria orden de la reina y la exhortó a partir a la carrera y a internarse cuanto pudiera en el bosque.

La atemorizada Blancanieves hizo lo que le ordenaban. El maestro talador, temeroso de la ira de la reina por más que hubiera rehusado a poner fin a otra vida con el simple fin de complacerla, acudió al poblado y pidió al pastelero que le fabricara un corazón de mazapán. A continuación, se lo entregó a la reina, quien lo devoró ávidamente, ofreciendo con ello un repugnante espectáculo de pseudocanibalismo.

Entretanto, Blancanieves seguía corriendo entre la espesura. Y justamente cuando ya creía haberse alejado lo más posible de la civilización y de sus peligrosos efectos, tropezó con una cabaña. En su interior, pudo distinguir una hilera de siete camas diminutas sin hacer. Vio asimismo siete platos apilados en el fregadero y siete butacones anatómicos emplazados frente a otros tantos televisores con control remoto. 

Supuso que la cabaña debía pertenecer bien a siete hombres de pequeño tamaño o bien a algún numerólogo desaseado. Las camas mostraban un aspecto tan tentador que la fatigada joven se acurrucó sobre una de ellas e, inmediatamente, se quedó dormida.

Cuando despertó, varias horas más tarde, vio ante sí los rostros de siete hombres barbudos y verticalmente limitados que la contemplaban inmóviles alrededor de la cama y se incorporó, sobresaltada. 

Uno de los hombres dijo: —¿Habéis visto eso? Típico de las mujeres frívolas: tan pronto descansan pacíficamente como se incorporan y se ponen a chillar. 

—Estoy completamente de acuerdo —dijo otro—. Esta mujer desbaratará nuestros potentes vínculos de hermandad y creará entre nosotros una situación de rivalidad en la persecución de sus afectos. Yo voto por arrojarla al río en un saco lleno de piedras. 

—Yo también opino que deberíamos deshacernos de ella —dijo un tercero— pero, ¿por qué degradar el medio ambiente? ¿Por qué no arrojarla a los osos o algo por el estilo? Así, pasaría a formar parte de la cadena alimenticia. 

—¡Bravo, bravo! —Bien pensado, hermano.

Cuando Blancanieves recuperó por fin la conciencia, suplicó: —Por favor, por favor, no me matéis. No pretendía causar daño alguno al acostarme en vuestra cama. Pensé que nadie lo advertiría. 

—¿Lo veis? —dijo uno de los hombres— Ya empiezan a aflorar las clásicas inquietudes femeninas. Ahora protesta porque no hemos hecho las camas. 

—¡Matadla! ¡Matadla! 

—¡No, por favor! —gimió la joven—. Si me he internado tanto en estos bosques es debido a que mi madre política, la reina, ordenó que me mataran. 

—¿Habéis oído? ¡He ahí la mutua vengatividad femenina! 

—¡No pretendas hacerte la víctima con nosotros, guapa! 

—¡SILENCIO! —retumbó uno de ellos, dotado de una flamígera cabellera roja cubierta por la piel de una especie animal no humana. 

Blancanieves advirtió que era el jefe del grupo, y que de él dependía su suerte. 

-Explícate. ¿Cómo te llamas y cuál es el motivo real de tu presencia aquí? 

—Me llamo Blancanieves —comenzó ella—, y ya os he explicado el motivo: mi madre política, la reina, ordenó a un maestro talador que me llevara al bosque y me matara, pero él se compadeció de mí y me dijo que echara a correr por el bosque y que me alejara todo lo posible. 

—Típico de las mujeres —gruñó uno de los miembros del grupo para sus adentros—: se buscan a un hombre para que les haga el trabajo sucio.

El jefe alzó la mano exigiendo silencio y dijo: —Muy bien, Blancanieves. Si esa es tu historia, imagino que tendremos que creerte.

Blancanieves comenzaba a sentirse molesta por el trato que estaba recibiendo, pero intentó no mostrarlo. 

—En cualquier caso, ¿puede saberse quiénes sois vosotros? —inquirió. 

—Se nos conoce con el nombre de los Siete Gigantes Colosales —repuso el jefe. A Blancanieves se le escapó una risita que no pasó desapercibida, pero el líder continuó—: Somos colosales en espíritu y, por lo tanto, gigantes entre los habitantes del bosque. Antes, solíamos ganarnos la vida explotando nuestras minas, pero llegamos a la decisión de que tal despojamiento de los recursos del planeta resultaba tan inmoral como inconsciente a largo plazo (y, por si fuera poco, el mercado de metales está bajo mínimos). Así pues, nos hemos convertido en abnegados custodios de la tierra y vivimos aquí en completa armonía con la naturaleza. Y, para llegar a fin de mes, organizamos asimismo retiros destinados a aquellos jóvenes que necesitan entrar en contacto con sus primitivas identidades masculinas. 

—¿Ah, sí? ¿Y en qué consiste eso, aparte de dedicarse a beber leche directamente del envase? —preguntó Blancanieves. 

—Yo en tu lugar no emplearía ese sarcasmo —advirtió el jefe de los Siete Gigantes Colosales—. Mis compañeros quieren desembarazarse de ti porque consideran corruptora cualquier presencia femenina, y podría suceder que no me fuera posible detenerles, ¿comprendes? ¡Camaradas, debemos hablar con sinceridad y franqueza! ¡Retirémonos a nuestro refugio!

Los siete hombrecillos abandonaron atropelladamente la estancia, gritando y despojándose de sus vestiduras, y Blancanieves esperó su regreso sin saber qué hacer. Temerosa de pisar cualquier cosa que pudiera andar arrastrándose entre la suciedad que alfombraba el suelo, decidió no moverse de la cama, y de hecho logró esperar hasta su regreso sin moverse.

A sus oídos llegó un fuerte estrépito acompañado de gritos y, al poco rato, los Siete Gigantes Colosales penetraron de nuevo en la cabaña. Iban todos ataviados con sendos taparrabos y, por fortuna, no olían tan mal como hubiera cabido esperar. 

—¡Agggh! ¡Mirad lo que ha hecho con mi cama! ¡Cambio mi voto! ¡Quiero que desaparezca de aquí! 

—Cálmate, hermano —dijo el jefe—. ¿Es que no te das cuenta? De esto es precisamente de lo que se trata: de contrastar. Nos será tanto más fácil comprobar nuestros progresos como verdaderos hombres si contamos con la presencia de una hembra con la que poder compararnos.

Los hombres comenzaron a refunfuñar, poniendo en duda lo acertado de su decisión, pero Blancanieves ya estaba harta: —¡Me niego a seguir aquí en calidad de objeto, sin otra función que la de vara de medir de vuestros respectivos egos y penes! 

—De acuerdo, pues —dijo el líder del grupo—. Eres libre de buscar tú misma el camino de regreso a través del bosque. No olvides darle recuerdos a la reina. 

—Bueno, también es cierto que puedo quedarme algún tiempo, hasta que se me ocurra otro plan —repuso ella. 

—Perfectamente —dijo el jefe—, pero deberás atenerte a ciertas normas básicas. Nada de quitar el polvo, nada de ordenar la casa y nada de andar lavando la ropa interior en el fregadero. 

—Y nada de fisgar en el refugio. 

—Y no te acerques a nuestras cosas.

Entretanto, en el castillo, la reina se felicitaba de la desaparición de su única rival en hermosura, y andaba entretenida en su gabinete leyendo el *Elle* y *Glamour* y permitiéndose consumir tres onzas enteras de chocolate (sin purgarse a continuación, como solía hacer para conservar la línea). Al poco rato, se dirigió con aire decidido hacia su espejo mágico y le planteó la misma pregunta amarga de siempre:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo repuso:
«Tienes un peso perfecto para tu figura y talla pero, en LO QUE HAY QUE TENER, comparada a Blancanieves no pasas de ser morralla.»

Al oír aquello, la reina apretó los puños y dejó escapar un alarido con toda la fuerza de sus pulmones. Sus propias inseguridades llevaban años consumiéndola, hasta el punto de acabar por apartarla moralmente de la norma. Recurriendo a toda su astucia y malicia, comenzó a proyectar un plan mediante el cual asegurar la inviabilidad de su hija política.

Pocos días después, Blancanieves —quien por supuesto se había abstenido de tocar u ordenar nada— se hallaba sentada en el suelo de la cabaña, meditando. De pronto, oyó que llamaban a la puerta. Blancanieves acudió a abrir y descubrió ante sí a una mujer notablemente dotada desde el punto de vista cronológico que portaba una cesta al brazo. A juzgar por sus vestidos, parecía hallarse libre de las limitaciones de un empleo regular. 

—Ayuda a una mujer de ingresos inciertos, querida —dijo—, y compra una de mis manzanas.

Blancanieves reflexionó unos instantes. Personalmente, tenía como norma no adquirir alimentos de intermediarios, ya que lo consideraba una forma de protesta contra los consorcios comerciales agrarios. Su corazón, sin embargo, se había enternecido ante aquella mujer económicamente marginada, por lo que dijo que sí. 

Lo que Blancanieves ignoraba era que en realidad se trataba de la reina, oculta tras un disfraz, y que la manzana había sido alterada química y genéticamente de tal modo que cualquiera que la mordiera estaría condenado a dormir para siempre.

Cualquiera pensaría que al recibir el dinero correspondiente al pago de la manzana, la reina se habría sentido eufórica de comprobar que su plan de venganza estaba funcionando. Sin embargo, al contemplar la hermosa complexión y la tersa figura de Blancanieves se sintió sucesivamente asaltada por oleadas de envidia y autodesprecio. Por fin, rompió en lágrimas. 

—¿Qué ocurre? ¿Qué le sucede? —preguntó Blancanieves. 

—Eres tan joven y tan hermosa —sollozó la reina disfrazada— mientras que yo resulto repelente a la vista y empeoro con cada día que pasa. 

—No debería usted decir eso. Después de todo, la belleza reside en el interior de las personas. 

—Hace años que me lo repito a mí misma —repuso la reina—, pero aún no alcanzo a creérmelo. ¿Cómo logras mantenerte en una forma tan espléndida? 

—Bueno... medito mucho, hago tres horas de aeróbic todos los días y cada vez que me ponen un plato delante procuro no consumir más que la mitad. ¿Querría usted que la enseñara? 

—Oh, sí, sí, por favor —dijo la reina. 

Así pues, comenzaron con una simple sesión de treinta minutos de meditación hatha yoga y, a continuación, practicaron aeróbic durante una hora. Luego, mientras descansaban, Blancanieves partió la manzana por la mitad y entregó uno de los trozos a la reina. Ésta, sin pensar, lo mordió, y ambas cayeron en un profundo sueño.

Ya avanzado el día, los Siete Gigantes Colosales regresaron de un refugio que poseían en el bosque, cuidadosamente guarnecido con barro, plumas y pieles animales. Les acompañaba el príncipe de un reino vecino que había acudido a aquel retiro masculino con la esperanza de hallar una cura para su impotencia (o, como él prefería denominarla, su involuntaria suspensión de actividad falocéntrica). 

Venían todos riendo y entrechocando las palmas con gran camaradería, pero se detuvieron al ver los dos cuerpos tendidos. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó el príncipe. 

—Aparentemente, nuestra invitada y esta otra mujer han debido de enzarzarse en una refriega y se han liquidado la una a la otra —sugirió uno de los gigantes. 

—Si pensaban que de este modo iban a hacernos caer presa de nuestros sentimientos más débiles, se equivocan de medio a medio —bufó otro. 

—Bueno, ya que tenemos que desembarazarnos de ellas, ¿por qué no poner en práctica uno de esos funerales vikingos acerca de los que tanto hemos leído? 

—¿Sabéis? —dijo el príncipe—, quizá juzguéis que lo que voy a decir resulta ligeramente depravado, pero tengo confianza en vosotros. Encuentro atractiva a la más joven. Sumamente atractiva. ¿Os importaría, muchachos..., esto..., esperar fuera mientras yo...? 

—¡Detente ahora mismo! —dijo el jefe de los gigantes—. Esos trozos de manzana a medio comer... ese atuendo repugnante... esto tiene toda la pinta de tratarse de alguna clase de sortilegio. No están ni mucho menos muertas. 

—Buf... —suspiró el príncipe—, no sabéis cuánto me alegro. Bueno, chicos, ¿podríais, pues, levantar el vuelo y dejarme que...? 

—Alto ahí, príncipe —dijo el jefe—. ¿Acaso Blancanieves ha logrado que vuelvas a sentirte hombre? 

—Desde luego que sí. Y ahora, ¿os importaría...? 

—¡No la toques! No la toques o romperás el hechizo —dijo el líder. A continuación, caviló unos segundos y dijo—: Hermanos, creo adivinar ciertas posibilidades económicas en todo esto. Si conservamos a Blancanieves en esta comarca, podríamos anunciar nuestros retiros como centros de tratamiento contra la impotencia.

Los gigantes mostraron su aprobación asintiendo con la cabeza, pero el príncipe les interrumpió: —¿Y qué hay de mí? Yo ya he pagado mi inscripción. ¿Cuándo me tocará... esto... hacer la cura? 

—No te enrolles, príncipe —dijo el jefe—. Se ve pero no se toca. De otro modo, romperás el hechizo. Ahora bien, te diré qué puedes hacer: puedes montártelo con la otra. 

—No quisiera parecer clasista —dijo el príncipe—, pero no tiene el calibre necesario para mí. 

—Eso me suena a farol viniendo de alguien que siempre falla el blanco —dijo uno de los gigantes, y todos, menos el príncipe, rompieron en carcajadas.

Dijo el jefe: —Vamos, hermanos, recojamos a estas dos y veamos cómo exhibirlas del modo más eficaz posible.

Hicieron falta tres gigantes para alzar a cada una de las mujeres, pero al fin consiguieron transportar los dos cuerpos. Apenas lo habían hecho, sin embargo, cuando los trozos de manzana envenenada se desprendieron de los labios de Blancanieves y de la reina y ambas despertaron de su sueño. 

—¿Qué os habéis creído que estáis haciendo? ¡Dejadnos en el suelo! —gritaron.

Los gigantes se sobresaltaron hasta tal punto que poco les faltó para dejarlas caer. 

—¡No he escuchado nada tan repugnante en toda mi vida! —vociferó la reina—. ¡Ofrecernos al público como si fuéramos objetos! 

—Y tú —dijo Blancanieves dirigiéndose al príncipe—, intentando hacértelo con una chica que está en coma. ¡Puaj! 

—Oye, a mí no me eches la culpa —dijo el príncipe—. Ten en cuenta que se trata de un problema de salud. 

—No empecéis a echarnos las culpas a nosotros —dijo el líder de los gigantes—. Al fin y al cabo, fuisteis vosotras quienes invadisteis nuestra propiedad. ¡Puedo llamar a la policía! 

—Ni se te ocurra, Napoleón —dijo la reina—. Estos bosques son propiedad de la corona. Vosotros sois los intrusos.

Aquella réplica despertó una notable agitación entre los presentes, pero nada comparable al revuelo que causó su siguiente advertencia: —Y, otra cosa: mientras estábamos paralizadas y todos vosotros os dedicabais a divagar desde vuestra perspectiva machista, tuve ocasión de experimentar una revelación personal. De ahora en adelante, pienso dedicar mi vida a eliminar el abismo que se abre entre el cuerpo y el espíritu de las mujeres. Proyecto enseñar a todas ellas a aceptar su imagen física natural y a superar su desintegración. Blancanieves y yo vamos a fundar un centro de conferencias y un balneario femenino en este preciso lugar, un sitio donde podamos celebrar retiros, reuniones y conferencias para todas las hermanas del planeta.

Inmediatamente, se desató una enorme algarabía de gritos e insultos, pero la reina terminó por salirse con la suya.

No obstante, antes de que pudieran ser desahuciados de su residencia, los Siete Gigantes Colosales lograron organizar el traslado de su refugio a otro lugar aún más internado en las profundidades del bosque. 

El príncipe permaneció en el balneario en calidad de elegante —pero inofensivo— profesor de tenis. 

Y Blancanieves y la reina se convirtieron en buenas amigas y llegaron a hacerse mundialmente famosas por sus contribuciones a la causa de la hermandad femenina. 

En cuanto a los gigantes, nunca más volvió a saberse de ellos, salvo por las diminutas huellas que de vez en cuando aparecían por las mañanas bajo las ventanas de los vestuarios del balneario.

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 5)

Se limpió de nuevo la ropa, se quitó los guantes y volvió a dejarlos en el cinto. Se pasó las manos por el cabello mientras miraba alrededor en busca de algo que pudiera servir de arma. No encontrando nada apropiado, comenzó a subir.

Al llegar a un rellano, Dilvish oyó un chillido aterrador.

—¡Por favor! ¡Oh, por favor! ¡Este dolor!

Dilvish permaneció inmóvil, con una mano en la barandilla y la otra extendida hacia una espada que no estaba allí. Pasó un minuto. Empezó otro. El grito no se repitió. No hubo ningún tipo de ruido en aquella dirección. Atento, Dilvish continuó subiendo sin apartarse de la pared, comprobando los escalones antes de apoyar todo su peso en ellos. Al llegar a la parte superior de la escalera, examinó el corredor en ambas direcciones. Parecía estar desierto. El grito había surgido de algún punto a la derecha. Dilvish se dirigió hacia allí.

Mientras avanzaba, oyó un repentino sollozo, delante y a la izquierda. Se acercó a la puerta ligeramente entornada de la que parecía proceder el sollozo. Se detuvo y acercó un ojo a la enorme cerradura. Había iluminación en el interior, pero nada visible aparte de un fragmento de pared sin ornamentación y el borde de una pequeña ventana. Tras erguirse, Dilvish se volvió para buscar algún arma.

El fornido criado se había aproximado en total silencio y se alzaba imponente ante Dilvish, con el bastón cayendo ya. Dilvish paró el golpe con el brazo izquierdo. Pero el impulso lanzó al criado hacia adelante y chocó con Dilvish, empujándole hacia la puerta, que se abrió de par en par, y lanzándole a la habitación. Dilvish oyó un grito detrás mientras se esforzaba en levantarse. Al mismo tiempo la puerta se cerró de golpe, y el guerrero escuchó una llave que se deslizaba en la cerradura.

—¡Una víctima! ¡Me envía una víctima cuando lo que deseo es libertad! —Siguió un suspiro—. Muy bien...

Dilvish se volvió en cuanto oyó la voz, y su memoria le llevó al instante a otro lugar. Cuerpo rojo brillante, piernas largas y delgadas, garras en todos los dedos, orejas puntiagudas, cuernos doblados hacia atrás, ojos rasgados y amarillos... La criatura estaba agazapada en el centro de un pentáculo, sin dejar de mover los pies a uno y otro lado, extendiendo las manos hacia Dilvish...

—¡Estúpido espectro! —espetó Dilvish, hablando en otra lengua—. ¿Vas a destruir a tu libertador?

El demonio echó atrás los brazos y las pupilas de sus ojos se dilataron.

—¡Hermano! ¡No te conocía en forma humana! —respondió en mabrahoring, el idioma de los demonios—. ¡Perdóname!

Dilvish se puso lentamente en pie.

—¡Estoy pensando en dejarte pudrir aquí por esta recepción! —replicó Dilvish mientras examinaba la cámara.

La habitación estaba preparada para eso, comprobó Dilvish; todo estaba yerto. En la pared opuesta había un gran espejo con un marco metálico de intrincada talla...

—¡Perdóname! —gritó el demonio, haciendo una profunda reverencia—. ¡Fíjate cómo me humillo! ¿Realmente puedes liberarme? ¿Lo harás?

—Antes explícame cómo has llegado a esta desgraciada situación —dijo Dilvish.

—¡Ah! Fue el joven mago de este lugar. ¡Está loco! Todavía puedo verlo en su torre, divirtiéndose con su locura. ¡Es dos personas en una! Un día una debe vencer a la otra. Pero hasta entonces, él empieza tareas y las deja sin acabar... como llamar a mi pobre persona a este lugar maldito, obligarme a ocupar este pentáculo dos veces maldito y privarme de su tres veces maldita presencia sin dejarme marchar. ¡Oh! ¡Ojalá estuviera libre para ajustarle las cuentas! ¡Por favor! ¡Este dolor! ¡Libérame!

—También yo he conocido un poco el dolor —dijo Dilvish—, y tú aguantarás el tuyo mientras te hago más preguntas. —Dilvish señaló el espejo con el dedo—. ¿Es ese el espejo usado para viajar?

—¡Sí! ¡Sí, es ese!

—¿Podrías reparar el daño que ha sufrido?

—No sin la ayuda del ejecutor humano que obró el encantamiento. Es demasiado potente.

—Muy bien. Recita ahora tus juramentos de despedida y yo haré lo preciso para liberarte.

—¿Juramentos? ¿Entre nosotros? ¡Ah! ¡Comprendo! ¡Temes que envidie el cuerpo que llevas puesto! Quizá seas sensato... Como quieras. Mis juramentos...

—Incluirán a todos los habitantes de esta casa —dijo Dilvish.

—¡Ah! —aulló el demonio—. ¡Vas a privarme de que me vengue de ese mago loco!

—Todos me pertenecen ahora —dijo Dilvish—. ¡No intentes regatear conmigo!

Una astuta expresión apareció en el semblante del demonio.

—¿Ah, sí...? —dijo—. ¡Ah! ¡Comprendo! Tuyos... Bien, al menos habrá venganza... con mucho desgarramiento y chillidos, confío. Eso bastará. Sabiendo eso es mucho más fácil renunciar a cualquier derecho. Mis juramentos...

El demonio inició la espeluznante letanía y Dilvish escuchó atentamente temiendo desviaciones del necesario modelo. No hubo ninguna. Dilvish pronunció las palabras de despedida. El demonio se acurrucó e inclinó la cabeza. Tras acabar, Dilvish miró el pentáculo. El demonio había desaparecido de allí, pero seguía presente en la habitación. Se hallaba en un rincón, esbozando una congraciadora sonrisa. Dilvish ladeó la cabeza.

—Estás libre —dijo—. ¡Vete!

—¡Un momento, gran señor! —dijo el demonio, encogido de miedo—. Es agradable estar libre y os lo agradezco. Sé también que solo uno de los grandes de Abajo ha podido obrar esta liberación sin un mago humano. Por eso me humillo y ruego vuestro favor un momento más para advertiros. La carne puede haber embotado vuestros sentidos normales y os hago saber que ahora percibo las vibraciones en otro plano. Algo terrible viene hacia aquí... y a menos que vos seáis parte de sus obras, o él de las vuestras, creo que debéis saberlo, gran señor.

—Ya lo sabía —dijo Dilvish—, pero me complace que me lo hayas comunicado. Revienta la cerradura de la puerta si quieres hacerme un último servicio. Luego puedes irte.

—¡Gracias! Recordad a Quennel en vuestros días de ira... ¡Y recordad que él os ha servido aquí!

El demonio dio media vuelta y pareció deshacerse como niebla con el viento, acompañado por un sordo bramido. Un momento después se produjo un brusco restallido en dirección a la puerta. Dilvish cruzó la habitación. 

La cerradura estaba destrozada. Abrió la puerta y asomó la cabeza. El corredor estaba desierto. Dudó mientras consideraba ambas direcciones. Luego, tras un ligero encogimiento de hombros, salió y se dirigió hacia la derecha.

Llegó, al cabo de un rato, a un gran comedor; el fuego seguía humeando en el hogar y el viento silbaba en la chimenea. Dilvish dio una vuelta completa a la sala, pasando junto a las paredes, las ventanas, el espejo... Volvió al punto de partida; ningún nicho de las paredes daba acceso a otra parte.

Dilvish salió y retrocedió por el pasillo. Al hacer tal cosa, oyó su nombre pronunciado con un murmullo. Se detuvo. La puerta de la izquierda estaba ligeramente abierta. Volvió la cabeza en esa dirección. Había sido una voz femenina.

—Soy yo, Reena.

La puerta se abrió más. Dilvish la vio de pie, sosteniendo una gran espada. Reena extendió el brazo.

—Vuestra espada. ¡Cogedla! —dijo ella.

Dilvish cogió la espada en sus manos, la examinó, la envainó.

—...Y vuestra daga.

Dilvish repitió el proceso.

—Lamento —dijo la joven— lo sucedido. Me sorprendió tanto como a vos. Fue obra de mi hermano, no mía.

—Creo que deseo creeros —dijo él—. ¿Cómo me habéis localizado?

—Esperé a estar segura de que Ridley había vuelto a la torre. Luego os busqué en las celdas, abajo, pero os habíais ido. ¿Cómo conseguisteis salir?

—Salí.

—¿Queréis decir que encontrasteis la puerta que hay allí?

—Sí.

Dilvish escuchó la brusca respiración de la joven, casi un jadeo.

—Eso no es nada agradable —dijo Reena—. Significa que Mack anda suelto.

—¿Quién es Mack?

—El predecesor de Ridley como aprendiz aquí. No sé exactamente qué pasó... si él ensayó algún experimento que no acabó bien, o si su transformación fue un castigo del maestro por alguna indiscreción. Fuese como fuese, Mack se convirtió en una bestia estúpida y hubo que encerrarlo abajo, debido a su enorme fuerza y a que de vez en cuando recordaba hechizos nocivos. Su esposa se volvió loca después de eso. Todavía está aquí. Fue una experta secundaria en otra época. Tenemos que salir de aquí.

—Quizá tengáis razón —dijo Dilvish—, pero acabad el relato.

—Ah. Os he estado buscando desde entonces. Cuando estaba a punto de lograrlo, noté que el demonio ya no gritaba. Fui e investigué. Comprobé que lo habían liberado. Estaba segura de que Ridley continuaba en la torre. ¿Fuisteis vos, no es cierto?

—Sí, yo lo liberé.

—Entonces pensé que podíais estar cerca, y oí que alguien se movía en el comedor. Por eso me oculté aquí y esperé a ver quién era. Os he traído vuestras armas para demostrar mis buenas intenciones.

—Aprecio el detalle. Me resta decidir qué hacer. Estoy seguro de que tendréis algunas sugerencias.

—Sí. Tengo la impresión de que el maestro vendrá aquí pronto y matará a cuantos seres vivos encuentre bajo estos techos. No quiero estar aquí cuando eso ocurra.

—En realidad, él debe llegar pronto. El demonio me lo dijo.

—Es difícil asegurar qué sabéis y qué no sabéis —dijo Reena—, qué podéis hacer y qué no podéis hacer. Es obvio que tenéis conocimientos de las artes. ¿Pretendéis permanecer aquí y hacerle frente?

—Esa era mi finalidad al recorrer tanta distancia —replicó Dilvish—. Pero quiero hacerle frente en carne y hueso y, si no lo encuentro aquí, es mi intención usar cualquier medio de transporte mágico presente para buscarlo en otras de sus fortalezas. Desconozco cómo le afectarán mis especiales presentes separado de la existencia corporal. Sé que mi espada no servirá.

—Seríais prudente —dijo Reena mientras lo cogía del brazo—, muy prudente, si seguís viviendo para combatir otro día.

—En especial si vos necesitáis mi ayuda para salir de aquí... —contestó Dilvish.

Reena asintió.

—Desconozco qué clase de rencor podéis guardarle —dijo la joven, apoyándose en Dilvish—, y sois un hombre extraño, pero no creo que esperéis vencerle aquí. Él habrá acumulado enorme poder, temiendo lo peor. Llegará con precaución... ¡Con suma precaución! Conozco una posible salida si vos colaboráis. Pero debemos apresurarnos. Él puede llegar ahora mismo. Él...

—¡Cuán astuta eres, querida muchacha! —sonó una voz seca y gutural al final del pasillo, por donde Dilvish había llegado.

Al reconocer la voz, Dilvish se volvió. Una silueta con una oscura capucha se hallaba al otro lado de la puerta del comedor.

—Y tú —prosiguió el extraño—, ¡Dilvish! Es muy difícil librarse de una persona como tú, retoño de Selar, aunque ha transcurrido mucho tiempo desde las batallas.

Dilvish sacó la espada. Una Frase Atroz quiso salir de sus labios, pero se abstuvo de pronunciarla, inseguro respecto a si lo que veía representaba en realidad una presencia física.

—¿Qué nuevo tormento puedo idear para ti? —preguntó el otro—. ¿Una transformación? ¿Una degeneración? ¿Una...?

Dilvish avanzó hacia él, haciendo caso omiso de sus palabras.

—Volved —oyó musitar a Reena detrás.

Siguió avanzando hacia la silueta de su enemigo.

—Yo no hice nada para que tú... —empezó a decir.

—Interrumpiste un rito importante.

—...Me arrebataras la vida y la echaras a perder. Me infligiste una terrible venganza con la misma naturalidad con que un hombre se deshace de un mosquito.

—Estaba enojado, igual que un hombre con un mosquito.

—Me trataste como si fuera un objeto, no una persona. Eso no puedo perdonarlo.

Una suave risita brotó de la capucha.

—Y tal parece que ahora debo tratarte igual para defenderme.

La figura alzó la mano, apuntando a Dilvish con dos dedos. Dilvish reaccionó precipitadamente: alzó la espada, recordó el hechizo de protección de Black... y seguía detestando tener que iniciar su propio hechizo. Los dedos extendidos parecieron fulgurar un instante y Dilvish notó algo similar al viento. Eso fue todo.

—¿Eres una simple ilusión de este lugar? —preguntó el otro. Había empezado a retroceder y, por primera vez, había en su voz un ligero pero perceptible temblor.

Dilvish arremetió con la espada, pero no encontró nada. La figura ya no estaba ante él. Se hallaba entre las sombras del extremo opuesto del comedor.

—¿Es tuya esta criatura, Ridley? —le oyó preguntar Dilvish de pronto—. Si es así, debo alabarte por evocar algo que no tenía deseo alguno de recordar. Pero eso no me apartará del asunto que tengo entre manos. ¡Déjate ver, si te atreves!

Dilvish escuchó un ruido de deslizamiento a la izquierda y se abrió un panel. Vio salir la delgada figura de un hombre joven, con un brillante anillo en el dedo índice de la mano izquierda.

—Muy bien. Prescindiremos de estos efectos teatrales —sonó la voz de Ridley. Parecía faltarle el aliento y hacer esfuerzos para dominarse—. Soy dueño de mí mismo y de este lugar —prosiguió. Miró a Dilvish—. ¡Tú, criatura! Me has servido bien. No tienes absolutamente nada más que hacer aquí, porque ahora todo está entre nosotros dos. Te concedo autorización para irte y adoptar tu forma natural. Puedes llevarte a la joven como pago.

Dilvish vaciló.

—¡Vete, he dicho! ¡Ahora mismo!

Dilvish salió de espaldas de la habitación.

—Veo que has dejado de lado la compasión —oyó decir a Jelerak— y que has aprendido la necesaria dureza. Esto va a ser interesante.

Dilvish vio brotar una baja pared de fuego entre ambos rivales. Escuchó risas en el comedor... ¿De quién? Él no estaba seguro. Luego hubo un crujido y una oleada de peculiares olores. De repente, la habitación se convirtió en una llamarada de luz. Con la misma brusquedad, se sumió de nuevo en las tinieblas. Las risas continuaban. Dilvish oyó caer baldosas de las paredes.

Se volvió. Reena continuaba en el mismo sitio donde la había dejado.

—Lo ha conseguido —dijo la joven en voz baja—. Ha dominado al otro. Lo ha conseguido...

—Nada podemos hacer aquí —afirmó Dilvish—. Ahora todo queda, como ha dicho él, entre ellos.

—¡Pero su nueva fuerza podría no ser suficiente!

—Supongo que Ridley lo sabe y que por eso desea que os lleve conmigo.

Bajo ellos, el suelo se estremeció. Un cuadro cayó de una pared cercana.

—No sé si puedo abandonar así a mi hermano, Dilvish.

—Tal vez esté entregando su vida por vos, Reena. Quizás haya usado sus nuevos poderes para reparar el espejo o para huir de este lugar por otro medio. Le habéis oído plantear las cosas. ¿Vais a despreciar su regalo?

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Es posible que Ridley no sepa nunca cuánto he deseado que triunfara.

—Tengo la impresión de que lo sabe —dijo Dilvish—. Bien, ¿cómo vamos a salvarnos?

—Venid por aquí —dijo Reena cogiéndole del brazo mientras un espantoso grito sonaba en el comedor, seguido por un tronido que pareció hacer temblar el castillo entero.

Luces multicolores centellearon detrás mientras Reena guiaba a Dilvish por el pasillo.

—Tengo un trineo —dijo la joven— en una caverna muy profunda. Está lleno de provisiones.

—¿Cómo...? —empezó a decir Dilvish, y se detuvo y levantó la espada que llevaba desenvainada.

Una anciana se hallaba ante ellos junto a la escalera y miraba coléricamente al guerrero. Pero los ojos de Dilvish habían ido más allá de la vieja para contemplar la enorme y pálida mole que, poco a poco, subía los últimos escalones con la cabeza vuelta en dirección a los dos.

—¡Ven, Mack! —chilló de pronto la anciana—. ¡El hombre que me atacó! ¡Me hirió en el costado! ¡Aplástalo!

Dilvish dirigió la punta de su espada al cuello de la criatura que se aproximaba.

—Si él me ataca, lo mataré —dijo—. No deseo hacerlo, pero la elección no está de mi mano. Está en la vuestra. Él puede ser grande y fuerte, pero no es tan rápido. Le he visto moverse. Le haré un enorme agujero, y del agujero saldrá mucha sangre. Tengo entendido que en otro tiempo le amasteis, señora. ¿Qué pensáis hacer?

Olvidadas emociones flamearon en las facciones de Meg.

—¡Mack! ¡Detente! —gritó—. No es él. ¡Me había equivocado!

Mack se detuvo.

—¿No... es... él? —dijo.

—No. Estaba... confundida.

Meg volvió los ojos hacia el final del pasillo, donde fuentes de fuego fulguraban y se esfumaban, y donde sonaban multitud de gritos, como de dos ejércitos enfrentados.

—¿Qué —dijo Meg señalando— es eso?

—El joven maestro y el viejo maestro están luchando —dijo Reena.

—¿Por qué seguís temiendo pronunciar su nombre? —preguntó Dilvish—. Él está al final del corredor. Es Jelerak.

—¿Jelerak? —Nueva luz apareció en los ojos de Mack mientras señalaba la impresionante sala—. ¿Jelerak?

—Sí —replicó Dilvish, y la pálida criatura se apartó de él y arrastró los pies hacia allí.

Dilvish buscó a Meg, pero la vieja había desaparecido. Luego oyó un grito, «¡Jelerak! ¡Muere!», en lo alto. Levantó la cabeza y vio a la criatura de alas verdes que le había atacado —¿cuánto tiempo hacía?—, volando en la misma dirección.

—Seguramente van hacia la muerte —dijo Reena.

—¿Cuánto tiempo creéis que han esperado una oportunidad como esta? —dijo Dilvish—. Estoy seguro de que ellos saben que perdieron hace mucho tiempo. Pero tener la oportunidad ahora es vencer para ellos.

—Mejor ahí dentro que con vuestra espada.

Dilvish se volvió.

—No estoy tan seguro de que él no me hubiera matado —contestó—. ¿Por dónde vamos?

—Por aquí.

Reena le condujo escalera abajo y por otro corredor que llevaba hacia el extremo norte del edificio. Todo el lugar empezó a temblar a su alrededor mientras avanzaban. Se volcaron muebles, las ventanas se hicieron añicos, cayó una viga. Luego hubo otra vez quietud unos momentos. Reena y Dilvish aceleraron el paso.

Cuando se acercaban a la cocina, el lugar tembló de nuevo con tal violencia que ambos cayeron al suelo. Fino polvo flotaba por todas partes y habían aparecido grietas en las paredes. En la cocina, ardientes brasas habían sido arrancadas de la chimenea y yacían en el suelo diseminadas, humeantes.

—Parece que Ridley está defendiéndose pese a todo.

—Sí, así es —dijo Reena sonriente.

Potes y cazuelas resonaban y chocaban entre sí cuando salieron de la cocina, dirigiéndose hacia la escalera. Los cubiertos danzaban en los cajones. Se detuvieron ante la entrada de la escalera, en el mismo momento que un gemido inhumano recorría el castillo entero. Pocos instantes después, hubo una helada corriente de aire. Una rata, en dirección a la cocina, pasó precipitadamente junto a la pareja.

Reena indicó a Dilvish que se detuviera y, apoyada en la pared, ahuecó las manos delante de su cara. Pareció susurrar algo y, un momento más tarde, creció un minúsculo fuego que se agitó y aumentó ante la joven. Reena movió las manos hacia adelante y la llama flotó hacia la escalera.

—Venid —dijo a Dilvish, y empezó a bajar.

Dilvish la siguió, y de vez en cuando las paredes crujieron siniestramente alrededor. Cuando tal cosa ocurría, la luz danzaba un instante, y algunas veces se apagaba brevemente. Mientras bajaban, los ruidos iban haciéndose más tenues.

 

(CONTINUARÁ...) 

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 3)

Reena sacó prenda tras prenda de su guardarropa. Su habitación estaba llena de vestidos y capas, embozos y sombreros, abrigos y botas, prendas interiores y guantes. Yacían en la cama, en todas las sillas y en dos banquetas de la pared.

Tras menear la cabeza, Reena describió un lento círculo para examinar el conjunto. En la segunda vuelta, retiró una prenda de los montones y la plegó sobre su brazo izquierdo. Luego cogió una gruesa bufanda de piel de un gancho. Entregó ambas cosas al hombre alto, cetrino y silencioso que estaba de pie junto a la puerta. El arrugadísimo rostro del hombre parecía el del criado que había servido la cena: inexpresivo, de vagos ojos.

El criado recogió las prendas y las plegó. Reena le dio un segundo vestido, un sombrero, unos calzones y ropa interior. Guantes... El hombre recogió dos gruesas mantas que Reena sacó de un estante. Más calzones... Él metió todo en una especie de talego de lona.

—Lleva este... y otro vacío —dijo Reena, y se dirigió hacia la puerta.

Cruzó el umbral y atravesó el pasillo hasta una escalera, que empezó a bajar. El siervo la siguió, sosteniendo el saco junto al cuello con una mano, delante de él. Llevaba otro saco, plegado, bajo el otro brazo, que pendía rígidamente a su costado.

Reena avanzó por diversos pasillos hasta una espaciosa cocina vacía, donde el fuego seguía ardiendo sin llama en un hogar. El viento producía silbidos en la chimenea. Reena pasó junto al enorme tajadero y se dirigió hacia la habitación auxiliar de la cocina, a la izquierda. Examinó los estantes, recipientes y cajones, deteniéndose solo para mascar un bizcocho mientras miraba.

—Dame el saco —dijo—. No, ese no. El vacío.

Desplegó el saco y comenzó a llenarlo... con carnes secas, trozos de queso, botellas de vino, hogazas de pan. Hizo una pausa, examinó de nuevo las existencias, añadió luego un saquito de té y otro de azúcar. Metió también una olla pequeña y algunos cubiertos.

—Llévate este también —dijo por fin, dando media vuelta y saliendo de la despensa.

Avanzó con más precaución, con el siervo pisándole los talones en silencio, un saco en ambas manos. Reena se detuvo y aguzó el oído en rincones y escaleras antes de proseguir. Pero lo único que escuchó fueron los chillidos que sonaban muy arriba.

Finalmente llegó a una larga y estrecha escalera que bajaba y desaparecía en las tinieblas.

—Aguarda —dijo en voz baja, y alzó ambas manos, las ahuecó ante sus labios, sopló suavemente y las contempló.

Una chispita apareció en sus palmas, se apagó, brotó de nuevo mientras Reena musitaba suaves palabras. Separó las manos sin dejar de mover los labios. La minúscula luz quedó suspendida en el aire ante ella, agrandándose, aumentando su brillo. Era blancoazulada y alcanzaba la intensidad de varias velas.

Reena pronunció una última palabra y la luz empezó a moverse, desplazándose hacia abajo por la escalera. La joven la siguió. El criado fue detrás. Durante largo rato estuvieron bajando. La escalera descendía en espiral sin término visible. La luz parecía guiarlos. Las paredes cobraron humedad, frialdad, enorme frialdad, y las heladas figuras acabaron cubriéndose de una fina pátina. Reena se tapó más con la capa. Los minutos iban pasando.

Por fin llegaron a un rellano. Distantes paredes eran apenas visibles en la negrura más allá de la luz. Reena se dirigió hacia la izquierda y la luz se desplazó para precederla. Atravesaron un largo corredor ligeramente inclinado hacia abajo y, al cabo de un rato, llegaron a otra escalera, en un lugar donde las paredes se ensanchaban a ambos lados y el rocoso techo mantuvo su nivel hasta que desapareció durante el descenso.

Las dimensiones de la cámara en la que entraron no eran discernibles. Parecía más una caverna que una habitación. El suelo era menos regular que en cualquier otro punto anterior y, con mucho, era el lugar más frío que habían recorrido. Con la capa totalmente cerrada, las manos bajo ella, Reena entró en la cámara y se desplazó en diagonal hacia la derecha.

Finalmente apareció un gran trineo en forma de caja, con un ceroso trapo colgado de la punta del patín izquierdo. Se hallaba cerca del muro, en la entrada de un túnel donde bramaba un helado viento. La luz quedó encima, suspendida. Reena se detuvo y se volvió hacia el siervo.

—Ponlos ahí —dijo señalando—, en la parte delantera.

Suspiró mientras el criado obedecía, y después se inclinó y cubrió los sacos con una piel blanca que estaba plegada en el asiento del vehículo.

—Muy bien —dijo dando media vuelta—. Será mejor que regresemos.

Apuntó en la dirección por donde habían venido y la luz flotante se movió para seguir la indicación de su dedo.

En la habitación circular de la parte superior de la torre más elevada, Ridley pasaba las páginas de uno de los grandes libros. El viento bramaba como un fantasma por encima del inclinado techo, que de vez en cuando vibraba con la fuerza del aire. La misma torre tenía una oscilación apenas perceptible.

Ridley murmuró algo mientras tocaba la encuadernación de cuero, recorriendo con sus ojos las hojas color crema. No lucía ya la cadena con el anillo. El adorno descansaba en ese momento encima de una pequeña cómoda junto a la pared próxima a la puerta; un alto espejo situado encima reflejaba su imagen, con la piedra brillando pálidamente.

Sin dejar de murmurar, Ridley pasó una hoja, luego otra, y se detuvo. Cerró los ojos un momento y se volvió, dejando el libro en el atril. Se situó en el centro exacto de la habitación y permaneció allí largo rato, en el centro de un diagrama rojo dibujado en el suelo. Prosiguió murmurando. De pronto dio media vuelta y se acercó a la cómoda. Cogió el anillo y la cadena. Desató la segunda y retiró el primero.

Sosteniendo el anillo entre el pulgar y el índice de la mano derecha, extendió el índice de la otra mano y rápidamente deslizó el anillo en ese dedo. Lo sacó casi de inmediato y respiró profundamente. Contempló su reflejo en el espejo. Se apresuró a ponerse de nuevo el anillo, se detuvo unos segundos, lo retiró con más lentitud.

Dio vueltas al anillo y lo examinó. La piedra parecía brillar un poco más. Se lo puso una vez más, se lo quitó, se detuvo, se lo puso, se lo quitó, se lo puso, se detuvo, se lo quitó, volvió a ponérselo, hizo una pausa más larga, empezó a quitárselo con lentitud, se lo puso otra vez...

De haber mirado el espejo, Ridley habría reparado en que cada manipulación del anillo provocaba un rápido cambio de expresión en su semblante. El joven pasó por ciclos de asombro y placer, temor y satisfacción mientras el anillo entraba y salía en su dedo. Se lo quitó otra vez y lo dejó encima de la cómoda. Se frotó el dedo. Se contempló en el espejo, bajó los ojos, miró fijamente las profundidades de la piedra. Se humedeció los labios.

Dio media vuelta, dio varios pasos sobre el dibujo, se detuvo. Se volvió y contempló el anillo. Volvió y lo cogió, y lo sopesó en la palma de su mano derecha. Volvió a ponérselo en el dedo y siguió luciéndolo, todavía aferrándolo fuertemente con los dedos de la otra mano. En esta ocasión apretó los dientes y arrugó la frente.

En ese momento el espejo se empañó y una nueva imagen empezó a tomar forma en el cristal. Roca y nieve... Cierto tipo de movimiento... Un hombre... El hombre se arrastraba por la nieve... No. ¡Las manos del hombre buscaban asideros! ¡Avanzaba hacia arriba, no hacia adelante! ¡Estaba trepando, no arrastrándose!

La imagen se hizo más clara. Mientras el hombre subía y localizaba otro apoyo para los pies, Ridley vio las botas verdes. Acto seguido... Ridley dio una brusca orden. Hubo un efecto en lontananza. El hombre empequeñeció, la faz de la escarpa se amplió y se elevó. Allí, por encima del escalador, se alzaba el castillo, aquel castillo con la luz brillante en la ventana de la torre más elevada.

Tras lanzar una maldición, Ridley arrancó el anillo de su dedo. La imagen desapareció al instante, para ser sustituida por la colérica expresión de Ridley.

—¡No! —gritó, corriendo hacia la puerta y abriéndola—. ¡No!

Abrió la puerta de par en par y bajó como una flecha la escalera de caracol.

Dilvish descansó un rato, espalda y piernas apoyadas en los lados de la chimenea de roca, los guantes en su regazo. Sopló sobre sus manos, se las frotó. La grieta acababa a corta distancia por encima de su cabeza. No habría más descansos hasta que llegara a la cumbre, y luego... ¿quién podía decirlo?

Algunos copos de nieve flotaban alrededor. Dilvish escrutó el oscuro cielo, como había hecho regularmente, previendo el retorno de la criatura voladora, pero no vio nada. La idea de que la criatura le atrapara en posición vulnerable le producía considerable preocupación. Siguió frotándose las manos hasta notar picor, hasta percibir que recuperaban un poco de calor. Después se puso los guantes para conservar esa calidez. Echó atrás la cabeza tanto como pudo y miró hacia arriba. Había recorrido dos terceras partes del ascenso por la faz vertical.

Buscó y localizó nuevos asideros para las manos. Escuchó los latidos de su corazón, momentáneamente normales otra vez. Poco a poco, cautelosamente, Dilvish siguió subiendo con los brazos extendidos. Un último impulso hacia arriba. Tras salir de la chimenea, Dilvish se agarró a un saliente y subió un poco más. Sus pies encontraron un punto de apoyo y extendió de nuevo una mano.

Se preguntó si Black habría descubierto un buen camino para bajar. Pensó en su última comida, fría y seca, que estuvo a punto de congelar su lengua. Recordó mejores alimentos en tiempos pasados y notó que la boca se le hacía agua. Llegó a un lugar resbaladizo, lo pasó. Le extrañó la extraña sensación que había tenido antes, como si alguien estuviera vigilándole. 

Había escudriñado el cielo apresuradamente, pero la criatura voladora no estaba por allí. Tras situarse en una gruesa proyección rocosa, sonrió al comprobar que el muro de piedra se inclinaba hacia adentro. Encontró un punto de apoyo para los pies y trepó.

Avanzó con más rapidez a partir de entonces, y al poco tiempo topó con un abrupto borde que quizá fuera el fin de la escalada. Ascendió penosamente hacia el reborde mientras la pendiente se intensificaba y meditó sus movimientos una vez llegara a la cima. Trepó cada vez más deprisa, y por fin la pendiente se suavizó y pudo avanzar agachado. 

Cerca de lo que le pareció la cumbre, trepó más pausadamente hasta quedar tendido a poco menos de dos metros del borde. Aguzó el oído unos instantes, pero no había ruidos aparte del viento.

Con sumo cuidado, los guantes en los dientes, Dilvish sacó el cinto con la espada por encima del brazo y el hombro, y de la cabeza. Desató el cinto y lo bajó. Compuso su ropa, se colocó después el cinto en la cintura. Avanzó con gran lentitud ante la proximidad del borde. 

Cuando por fin alzó la cabeza sobre la roca, sus ojos se llenaron del blanco fulgor del castillo, erguido cual obra de pastelero no demasiado lejos. Pasaron varios minutos mientras Dilvish examinaba el lugar. Nada se movía aparte de la nieve. Buscó una puerta lateral, una ventana baja, cualquier entrada indirecta... Cuando creyó haber encontrado lo que buscaba, trepó al saliente y prosiguió su avance.

Meg estaba cantando a las bailarinas ratas. Las antorchas tremolaban. La humedad corría por las paredes. La bruja tranquilizó a los animales con migas de pan. Las acarició, las rascó y se rió entre dientes.

Hubo otro fuerte golpe en la puerta central. En esta ocasión la madera se astilló cerca de las bisagras.

—Mmeg... ¡Mmeg!...

Y el gran ojo apareció de nuevo detrás de las rejas. Meg levantó la cabeza, observó los húmedos y azulados ojos. Una preocupada expresión asomó en su semblante.

—¿Sí?... —dijo en voz baja.

—¡Meg!

Hubo otro estrépito. La puerta se estremeció. Aparecieron grietas en los bordes.

—¡Meg!

Otro golpe. La puerta crujió y sobresalió del marco; las rajas se ensancharon. Meg agitó la cabeza.

—¿Sí? —dijo en voz más alta, con cierta excitación en su tono.

Las ratas saltaron de su regazo, de sus hombros, de sus rodillas y huyeron precipitadamente por la paja. El siguiente golpe arrancó la puerta de sus goznes, empujándola casi medio metro hacia afuera. 

Una manaza cadavérica, más bien una garra, apareció en el borde con una cadena colgando de un puño metálico alrededor de la muñeca que resonó al golpear la pared, la puerta...

—¿Meg?

La bruja se puso en pie, dejando caer el pan restante que llevaba en el chal. Un negro torbellino de peludos cuerpos se agitó alrededor de las migas, y los chillidos apagaron la réplica de la bruja, que se abrió paso entre las ratas. Otro empujón abrió más la puerta. 

Una cabeza blanca, gigantesca y calva, con una zanahoria colgante por nariz, se asomó por el borde. El cuello era tan grueso que parecía prolongarse hasta los extremos de los anchos hombros. Los brazos eran tan grandes como muslos, la piel albina y con manchones de grasa. Apartó la puerta con un hombro y salió, con la espalda inclinada en un ángulo anormal, la cabeza echada hacia adelante, moviendo unas piernas como columnas. Vestía los jirones de una camisa y los desgarrados restos de unos calzones que, igual que su propietario, habían perdido por completo el color. Los ojos azules, que parpadearon y se humedecieron con la luz de las antorchas, se centraron en Meg.

—¿Mack?... —dijo la bruja.

—¿Meg?...

—¡Mack!

—¡Meg!

La bruja corrió a abrazar al cuarto de tonelada de níveos músculos, con los ojos también húmedos mientras él lograba estrecharla con suavidad. Ambos se hablaron con tiernos murmullos. Finalmente, la bruja le agarró el enorme brazo con su manita.

—Ven. Ven, Mack —le dijo—. Comida para ti. Calor. Estarás libre. Ven.

Le condujo hacia la salida de la cámara, olvidando a sus preciosas ratas. 

Ignorado, el criado de apergaminada piel se movía en los aposentos de Reena con silenciosos pies, recogiendo las esparcidas prendas y volviéndolas a poner en cajones y armarios. Reena estaba sentada ante el tocador, peinándose. Al terminar de poner en orden la habitación, el criado se acercó y se paró junto a la joven. Reena alzó la cabeza, miró alrededor.

—Muy bien —dijo—. No tengo más necesidad de ti. Puedes volver a tu ataúd.

La silueta de la oscura librea dio media vuelta y se fue. Reena se levantó y cogió una palangana de debajo de la cama. Tras llevarla a la mesita de noche, añadió agua de una jarra azul que estaba allí. Volvió al tocador, cogió una de las velas que había cerca del espejo y la colocó a la izquierda de la palangana. Luego se agachó y contempló la húmeda superficie. Las imágenes corrían en el agua... Mientras Reena observaba, fluyeron hasta unirse, se separaron, se combinaron...

El hombre estaba cerca de la cumbre. Reena se estremeció ligeramente al verlo detenerse para quitarse el cinto que llevaba al hombro y atárselo con la espada a la cintura. Lo vio trepar más, hasta el mismo borde. 

Lo vio examinar el castillo largo rato. Después, el desconocido subió y avanzó por la nieve... ¿Adónde iba? ¿Dónde buscaría una entrada? ...Hacia el norte y acercándose, hacia las ventanas del sombrío almacén de la parte trasera. ¡Naturalmente! La nieve estaba amontonada a más altura allí y muy endurecida. El hombre podía alcanzar el alféizar y encaramarse desde allí.

Solo precisaría unos momentos para abrir un agujero cerca del cerrojo con el puño de su arma, meter una mano y abrirlo. Después, varios largos minutos con la espada para astillar el hielo incrustado en el marco. Más tiempo para abrir la ventana. Otros segundos más para localizar la juntura de los postigos interiores, para introducir la hoja entre ambos, levantarla y soltar el pestillo... Luego se hallaría desorientado en una oscura habitación llena de objetos en desorden. 

Tardaría varios minutos más en superar esa situación... Reena sopló suavemente sobre la superficie del agua y la imagen desapareció entre escarceos. Tras coger la vela, la llevó al tocador, la dejó en el mismo sitio. Volvió a poner la palangana en su posición anterior. Se sentó ante el espejo y cogió un pequeño cepillo y una cajita metálica para añadir un toque de color a sus labios.

Ridley despertó a un criado y lo condujo arriba, para recorrer el pasillo que llevaba a la habitación de donde procedían los gritos. Tras detenerse ante la puerta, buscó la llave adecuada en el aro que llevaba al cinto y la abrió.

—¡Por fin! —sonó la voz del interior—. ¡Por favor! Ya...

—¡Cierra la boca! —dijo Ridley, y se volvió. Cogió del brazo al criado y lo condujo hacia la puerta abierta del pasillo. Empujó al criado para meterle en las sombras de la habitación.

—Ponte a un lado —le ordenó—. Quédate ahí. —Siguió guiándolo—. Ahí... donde no pueda verte nadie que pase cerca, pero donde puedas vigilar a ese. Ahora coge esta llave y escucha con atención. Si viene alguien a investigar estos gritos, debes estar preparado. En cuanto él quiera abrir esa puerta, sales rápidamente por detrás de él, le das un golpe y lo encierras... ¡Pega fuerte! Luego cierras la puerta con llave sin perder un instante. Después puedes volver a tu ataúd.

Ridley lo dejó solo, salió al corredor, vaciló un instante y se alejó en dirección al comedor.

—La hora ha llegado —anunció el rostro del espejo, en el mismo momento que entraba el joven.

Ridley se acercó al cristal, contempló la torva cara. Cogió el anillo y se lo puso.

—¡Silencio! —dijo—. Has cumplido tu misión. ¡Vete ya!

El rostro desapareció cuando sus labios empezaban a formar de nuevo las familiares palabras, y Ridley contempló su sombrío reflejo rodeado por el elegante marco. Sonrió vanidosamente, después su semblante cobró seriedad. Sus ojos se entrecerraron, su imagen osciló. El espejo se empañó y se aclaró. Ridley vio al hombre de las botas verdes de pie en el borde de una ventana, astillando el hielo...

Empezó a dar vueltas al anillo. Lo fue volviendo poco a poco, sin cesar, mordiéndose el labio mientras tanto. Luego, bruscamente, lo arrancó de su dedo y suspiró. La presuntuosa sonrisa volvió a su reflejado semblante. Ridley dio media vuelta y cruzó la sala. Pasó por un panel corredizo, se metió por una trampa en el suelo y bajó una escalerilla. Avanzando con rapidez, por todos los atajos que conocía, se dirigió una vez más a la habitación de los siervos.

 

(CONTINUARÁ...)