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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 6 y última)

Dilvish se detuvo una vez para apoyar la mano en el muro.

—¿Está lejos? —preguntó.

—Sí. ¿Por qué?

—Sigo notando las vibraciones con mucha fuerza —dijo Dilvish—. Debemos estar muy por debajo del nivel del castillo... metidos ya en la montaña.

—Cierto —replicó Reena, dando otra vuelta.

—Al principio he temido que nos echaran el castillo en la cabeza...

—Seguramente destruirán el castillo si esto dura mucho más —dijo la joven—. Estoy muy orgullosa de Ridley... a pesar de las inconveniencias.

—No me refería exactamente a eso —dijo Dilvish, mientras continuaban la huida hacia abajo—. ¡Eh! ¡Esto empeora! —Extendió una mano para conservar el equilibrio mientras la escalera temblaba con una pasajera onda de choque—. ¿No os parece que toda la montaña está temblando?

—Sí, así es —replicó Reena—. Debe ser cierto.

—¿El qué?

—Oí decir que hace siglos, en la cumbre de su poder, el ma... Jelerak creó esta montaña con un conjuro.

—¿Y?

—Si él está suficientemente arraigado en este lugar, supongo que podrá recurrir a esos viejos hechizos suyos para obtener más fuerza. En cuyo caso...

—La montaña podría derrumbarse igual que el castillo.

—Existe esa posibilidad. ¡Oh, Ridley! ¡Buena suerte!

—¡No será tan buena si seguimos debajo!

—Cierto —dijo Reena, que de pronto avanzó más deprisa todavía—. Puesto que él no es vuestro hermano, entiendo vuestra opinión. Sin embargo, debéis estar complacido viendo a Jelerak tan apremiado.

—Así es —admitió Dilvish—, pero debéis prepararos para cualquier contingencia.

Reena guardó silencio unos instantes.

—¿La muerte de Ridley? —preguntó por fin—. Sí. Hace tiempo que comprendí que había grandes posibilidades de esto, fuera cual fuese la naturaleza de su encuentro. De todas formas, desaparecer con tanto estrépito... Eso también impresiona, ¿sabéis?

—Sí —replicó Dilvish—. Yo también lo he pensado muchas veces.

De pronto, llegaron al rellano. Reena lo cruzó inmediatamente y condujo a Dilvish hacia un túnel. El rocoso suelo tembló bajo sus pies. La luz danzó de nuevo. En alguna parte hubo un lento ruido rechinante que duró tal vez diez segundos. Entraron corriendo en el túnel.

—¿Y vos? —dijo Reena, mientras se adentraban presurosos en el túnel—. Si Jelerak sobrevive, ¿continuaréis buscándole?

—Sí —dijo Dilvish—. Sé con certeza que él tiene como mínimo otras seis ciudadelas. Conozco la localización aproximada de varias. Las buscaré igual que busqué este lugar.

—Yo he estado en tres —replicó Reena—. Si sobrevivimos a esto, os explicaré algo de ellas. Tampoco será fácil asaltarlas.

—Eso no importa —dijo Dilvish—. Nunca pensé que fuera fácil. Si él vive, iré a visitarlas. Si no consigo localizarle, las destruiré una a una hasta que él tenga que verme por fuerza.

El ruido rechinante se produjo otra vez. Fragmentos de roca cayeron alrededor de la pareja. Mientras esto ocurría, la luz flotante desapareció.

—Quedaos quieto —dijo Reena—. Haré otra.

Varios instantes después, otra luz brilló entre las manos de la joven. Siguieron avanzando y los ruidos de la roca cesaron un rato.

—¿Qué haréis si Jelerak muere? —preguntó Reena.

Dilvish guardó silencio unos momentos.

—Visitaré mi patria —dijo por fin—. Ha pasado mucho tiempo desde que me fui. ¿Qué haréis vos si conseguimos salir de aquí?

—Tooma, Ánkyra, Blostra —replicó Reena—, como ya he dicho, si encuentro algún caballero deseoso de escoltarme hasta alguna de esas ciudades.

—Creo que eso podría arreglarse —dijo Dilvish.

Al acercarse al final del túnel, un intenso temblor recorrió la montaña entera. Reena se tambaleó; Dilvish la sujetó y fue arrojado contra el muro. A través de los hombros, notó las potentes vibraciones de la roca. Detrás de la pareja se inició un constante estruendo al caer piedras.

—¡Deprisa! —dijo Dilvish, empujando a la joven.

La luz avanzó ebriamente ante ellos. Llegaron a una fría caverna.

—Este es el lugar —dijo Reena, señalando con el dedo—. El trineo está allí.

Dilvish vio el vehículo, cogió del brazo a Reena y se dirigió hacia él.

—¿A qué altura de la montaña estamos? —preguntó.

—Dos tercios del camino, más o menos —dijo Reena—. Estamos un poco por debajo del punto donde la pendiente se hace muy escarpada.

—De todas formas, la pendiente no será suave —dijo Dilvish. Se detuvo junto al vehículo y apoyó una mano en el borde—. ¿Cómo proponéis sacarlo fuera?

—Esa será la parte difícil —replicó la joven. Metió la mano en su corpiño y sacó un pergamino doblado—. He arrancado esta hoja de uno de los libros de la torre. Cuando ordené a los criados que construyeran este trineo, sabía que necesitaría algo fuerte para arrastrarlo. Se trata de un encantamiento bastante complejo, pero hará venir a un animal demoníaco que obedecerá nuestras órdenes.

—¿Puedo verlo?

Reena le dio la hoja. Dilvish la desdobló y la sostuvo cerca de la luz flotante.

—Este hechizo requiere preparativos bastante largos —dijo instantes después—. No creo que nos quede tanto tiempo, a juzgar por la forma en que tiembla y se desmorona todo.

—Pero es la única posibilidad que tenemos —dijo Reena—. Necesitaremos estas provisiones. Yo no podía saber que la maldita montaña iba a desmoronarse. Tendremos que arriesgarnos a esa demora.

Dilvish sacudió la cabeza y le devolvió la hoja.

—Aguardad aquí —dijo—, ¡y no iniciéis ese hechizo todavía!

Dilvish dio media vuelta y se abrió paso por el túnel, donde soplaban heladas ráfagas. Cristales de nieve yacían en el suelo. Tras doblar un breve recodo, vio la amplia boca de la cueva, débilmente iluminada. El suelo tenía una gruesa capa de nieve encima del hielo. 

Dilvish se acercó a la entrada, asomó la cabeza, miró hacia abajo. Era posible pasar el trineo por el borde del saliente hasta un punto no muy alto a la izquierda. Pero luego el vehículo simplemente caería como un cohete, alcanzando una velocidad suicida mucho antes de llegar al pie de la montaña.

Dilvish avanzó hasta el mismo saliente, miró hacia arriba. Una proyección rocosa le impidió ver más arriba. Avanzó cinco pasos a la izquierda, observó, miró alrededor. Luego se aproximó al extremo derecho del saliente y volvió a mirar, protegiendo sus ojos de la ráfaga de helados cristales con una mano.

—¿Qué era aquello...?

—¡Black! —gritó Dilvish a un retazo de sombra más oscuro situado más arriba y a un lado—. ¡Black!

La sombra pareció agitarse. Dilvish ahuecó las manos a ambos lados de su boca y gritó de nuevo.

—¡Diiil... viish! —La respuesta bajó la pendiente hacia el guerrero en cuanto se apagó su grito.

—¡Aquí abajo! —Agitó las manos por encima de la cabeza.

—¡Ya... te... veo!

—¡¿Puedes llegar hasta aquí?!

No hubo réplica, pero la sombra se movió. Bajó del saliente donde estaba e inició un lento descenso con las patas rígidas hacia Dilvish, que siguió donde estaba, bien visible, agitando los brazos. 

La silueta de Black no tardó en aclararse entre los remolinos de nieve. Avanzaba con paso firme. Pasó por la mitad del recorrido, continuó. Al llegar junto a Dilvish, Black irradió calor varios segundos y la nieve se fundió y goteó a ambos lados.

—Están ocurriendo asombrosas brujerías en lo alto —dijo Black—. Vale la pena observarlas.

—Mucho mejor que lo hagamos de lejos —replicó Dilvish—. La montaña entera podría venirse abajo.

—Sí, se vendrá abajo —dijo Black—. Algo que hay arriba está recurriendo a viejos encantamientos muy elementales incrustados por todo el lugar. Es muy instructivo. Monta y te llevaré abajo.

—No es tan sencillo.

—¿Ah, no?

—Hay una mujer... y un trineo en la cueva.

Black apoyó las patas delanteras en el saliente y, tras tomar impulso, se situó junto a Dilvish.

—Entonces será mejor echar un vistazo —dijo—. ¿Cómo te ha ido arriba?

Dilvish se encogió de hombros.

—Todo eso habría sucedido igualmente sin estar yo, seguramente —dijo—, pero al menos he tenido el placer de ver a alguien poner en apuros a Jelerak.

—¿Está él arriba?

Se adentraron en la cueva.

—Su cuerpo está en otro sitio, pero la parte que muerde ha rendido visita.

—¿Con quién está peleando?

—Con el hermano de la dama que estás a punto de conocer. Por aquí.

Doblaron el recodo y entraron en la cueva más espaciosa. Reena seguía de pie junto al trineo. Se había cubierto con una piel. Los cascos metálicos de Black resonaron en la roca.

—¿Deseabais un animal demoníaco? —le dijo Dilvish—. Black, esta es Reena. Reena, os presento a Black.

Black inclinó la cabeza.

—Encantado —dijo Black—. Vuestro hermano me ha proporcionado considerable diversión mientras aguardaba fuera.

Reena sonrió y extendió una mano para tocarle el cuello.

—Gracias —dijo la joven—. Me complace conocerte. ¿Puedes ayudarnos?

Black se volvió y observó el trineo.

—Detrás —dijo al cabo de unos instantes. Y agregó—: Enganchado detrás del trineo, podría sujetarlo un poco y dejar que me precediera montaña abajo. Pero los dos tendréis que caminar... junto a mí, agarrados. No creo poder hacerlo si os ponéis en el trineo. Incluso así será difícil, pero considero que es la única forma.

—En ese caso, será mejor que lo saquemos y partamos —dijo Dilvish mientras la montaña temblaba de nuevo.

Reena y Dilvish agarraron el vehículo por ambos lados. Black se apoyó sobre la parte trasera. El trineo empezó a moverse. En cuanto llegaron a la nieve del suelo de la cueva, el avance se hizo más fácil. Finalmente, dieron vuelta al vehículo en la boca de la gruta y engancharon a Black a los arreos. 

Con cuidado, suavemente después, pasaron la parte trasera del vehículo por el saliente en la zona no muy elevada de la izquierda mientras Black avanzaba despacio, manteniendo la tensión en los arreos. Los patines golpearon la nieve de la pendiente y Black dejó caer el trineo hasta que reposó totalmente en el terreno. Luego fue detrás cautelosamente, dando rígidos tirones hacia arriba para sujetar el trineo tras dar el último salto.

—Muy bien —dijo—. Ahora bajad y agarraos a mí, uno a cada lado.

Dilvish y Reena lo siguieron y ocuparon sus respectivas posiciones. Black inició lentamente el avance.

—Difícil —dijo mientras descendían—. Un día inventarán nombres para las propiedades de los objetos, como la tendencia de un objeto a moverse en cuanto está en movimiento.

—¿De qué servirá eso? —preguntó Reena—. Todo el mundo sabe ya que eso es lo que sucede.

—¡Ah! Pero pueden aplicarse números a la cantidad de materia implicada y a la cantidad de empuje requerido, y obtener prodigiosos y útiles cálculos.

—Parece demasiado problemático para tan escaso provecho —dijo la joven—. Idear magia es mucho más fácil.

—Quizá tengáis razón.

Descendieron firmemente; los cascos de Black aplastaron la helada corteza. Más tarde, cuando por fin llegaron a un lugar desde donde se divisaba el castillo, vieron que la torre más elevada y otras no tan altas habían caído. Mientras lo observaban, una porción de muro se desmoronó. Los fragmentos rodaron por el borde y, por fortuna, bajaron la ladera muy a la derecha del grupo. 

Debajo de la nieve, la montaña temblaba constantemente, y llevaba ya largo rato así. Rocas y trozos de hielo rebotaban de vez en cuando junto a los tres fugados. Siguieron descendiendo durante lo que les pareció un tiempo interminable. Black movió el trineo hacia abajo, poco a poco, paso a paso, mientras Reena y Dilvish arrastraban sus ateridos pies junto a la montura.

Al llegar cerca del pie de la ladera, un terrible estruendo reverberó alrededor del grupo. Tras levantar la cabeza, vieron cómo se desmoronaban y menguaban los restos del castillo, que se plegaba sobre sí mismo. Black apretó el paso arriesgadamente mientras los fragmentos caían alrededor.

—Cuando lleguemos abajo —dijo—, desatadme inmediatamente, pero poneos al otro lado del trineo mientras lo hacéis. Lo pondré de través cuando lleguemos allí. Después, si podéis engancharme delante sin perder tiempo, hacedlo. Pero si la lluvia de fragmentos es demasiado fuerte, agazapaos al otro lado del trineo. Yo me situaré delante para servir de escudo. Pero si podéis engancharme delante, subid enseguida y mantened agachada la cabeza.

Bajaron patinando buena parte del trecho final, y por un instante pareció que el trineo iba a volcar mientras Black lo manejaba. Tras incorporarse, Dilvish empezó a desenganchar rápidamente el arnés. Reena se puso detrás del trineo y miró hacia arriba.

—¡Dilvish! ¡Mirad! —gritó.

Dilvish levantó la cabeza mientras terminaba de soltar los arreos y Black se apartó. El castillo había desaparecido por completo y habían surgido grandes fisuras en la ladera. En la cumbre de la montaña, dos columnas de humo, una oscura y otra clara, se erguían inmóviles pese al viento que debía azotarlas. Black se colocó entre los arreos. Dilvish comenzó a engancharlo otra vez. Más fragmentos descendían por la ladera, a la derecha del grupo.

—¿Qué es eso? —dijo Dilvish.

—La columna oscura es Jelerak —replicó Black.

Dilvish siguió observando de vez en cuando mientras enganchaba a Black, y de pronto vio que las columnas se movían, despacio, una hacia la otra. No tardaron en entrecruzarse, aunque sin confundirse, retorciéndose y enredándose como un par de serpientes en plena pelea. Dilvish terminó de poner los arneses.

—¡Subid! —gritó a Reena mientras otra porción de la montaña se desmoronaba.

—¡Tú también! —dijo Black, y Dilvish se colocó junto a la joven.

No tardaron en correr, cobrando cada vez más velocidad. La parte alta de la masa de hielo reventó y, pese a ello, los ondulantes rivales siguieron girando en el cielo.

—¡Oh, no! ¡Ridley está debilitándose! —dijo Reena mientras continuaba la huida. Dilvish vio que la columna oscura llevaba a la otra hacia el corazón de la desmoronada montaña. Black apretó el paso, aunque todavía resbalaban. Al poco tiempo, los humeantes rivales desaparecieron en lo alto. Black más velozmente, hacia el sur.

Tal vez pasó un cuarto de hora sin cambios en el panorama que dejaban atrás, aparte de que iba menguando de tamaño. Pero Dilvish y Reena, agazapados bajo las pieles, siguieron observando. Una sensación de premonición parecía brotar del paisaje. 

Cuando se produjo la conmoción, la tierra tembló y lanzó el trineo de un lado a otro, y los temblores continuaron mucho tiempo. La cumbre de la montaña reventó, salpicando el cielo con una oscura nube expansiva. Luego, la negra mancha quedó marcada con rayas, ensanchada por el viento, y algunas porciones se alargaron hacia el oeste como dedos lentamente extendidos. Al cabo de un rato, una potente onda de choque alcanzó al grupo.

Mucho más tarde, una solitaria nube, apagada y de bordes irregulares, la nube oscura, se separó de la confusión. Arrastrando rasgadas humaredas, sacudida por el viento, avanzó igual que un viejo tambaleante, huyendo hacia el sur. Pasó muy a la derecha del grupo y no se detuvo.

—Ese es Jelerak —dijo Black—. Está herido.

Contemplaron la turbulenta nube hasta que desapareció de pronto muy hacia el sur. Luego, de nuevo volvieron la cabeza hacia las ruinas del norte. Siguieron observando hasta que el lugar dejó de verse, pero la columna blanca no se alzó. Finalmente, Reena bajó la cabeza. Dilvish le pasó un brazo por los hombros. Los patines del trineo cantaban suavemente al deslizarse por la nieve.

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 3)

Reena sacó prenda tras prenda de su guardarropa. Su habitación estaba llena de vestidos y capas, embozos y sombreros, abrigos y botas, prendas interiores y guantes. Yacían en la cama, en todas las sillas y en dos banquetas de la pared.

Tras menear la cabeza, Reena describió un lento círculo para examinar el conjunto. En la segunda vuelta, retiró una prenda de los montones y la plegó sobre su brazo izquierdo. Luego cogió una gruesa bufanda de piel de un gancho. Entregó ambas cosas al hombre alto, cetrino y silencioso que estaba de pie junto a la puerta. El arrugadísimo rostro del hombre parecía el del criado que había servido la cena: inexpresivo, de vagos ojos.

El criado recogió las prendas y las plegó. Reena le dio un segundo vestido, un sombrero, unos calzones y ropa interior. Guantes... El hombre recogió dos gruesas mantas que Reena sacó de un estante. Más calzones... Él metió todo en una especie de talego de lona.

—Lleva este... y otro vacío —dijo Reena, y se dirigió hacia la puerta.

Cruzó el umbral y atravesó el pasillo hasta una escalera, que empezó a bajar. El siervo la siguió, sosteniendo el saco junto al cuello con una mano, delante de él. Llevaba otro saco, plegado, bajo el otro brazo, que pendía rígidamente a su costado.

Reena avanzó por diversos pasillos hasta una espaciosa cocina vacía, donde el fuego seguía ardiendo sin llama en un hogar. El viento producía silbidos en la chimenea. Reena pasó junto al enorme tajadero y se dirigió hacia la habitación auxiliar de la cocina, a la izquierda. Examinó los estantes, recipientes y cajones, deteniéndose solo para mascar un bizcocho mientras miraba.

—Dame el saco —dijo—. No, ese no. El vacío.

Desplegó el saco y comenzó a llenarlo... con carnes secas, trozos de queso, botellas de vino, hogazas de pan. Hizo una pausa, examinó de nuevo las existencias, añadió luego un saquito de té y otro de azúcar. Metió también una olla pequeña y algunos cubiertos.

—Llévate este también —dijo por fin, dando media vuelta y saliendo de la despensa.

Avanzó con más precaución, con el siervo pisándole los talones en silencio, un saco en ambas manos. Reena se detuvo y aguzó el oído en rincones y escaleras antes de proseguir. Pero lo único que escuchó fueron los chillidos que sonaban muy arriba.

Finalmente llegó a una larga y estrecha escalera que bajaba y desaparecía en las tinieblas.

—Aguarda —dijo en voz baja, y alzó ambas manos, las ahuecó ante sus labios, sopló suavemente y las contempló.

Una chispita apareció en sus palmas, se apagó, brotó de nuevo mientras Reena musitaba suaves palabras. Separó las manos sin dejar de mover los labios. La minúscula luz quedó suspendida en el aire ante ella, agrandándose, aumentando su brillo. Era blancoazulada y alcanzaba la intensidad de varias velas.

Reena pronunció una última palabra y la luz empezó a moverse, desplazándose hacia abajo por la escalera. La joven la siguió. El criado fue detrás. Durante largo rato estuvieron bajando. La escalera descendía en espiral sin término visible. La luz parecía guiarlos. Las paredes cobraron humedad, frialdad, enorme frialdad, y las heladas figuras acabaron cubriéndose de una fina pátina. Reena se tapó más con la capa. Los minutos iban pasando.

Por fin llegaron a un rellano. Distantes paredes eran apenas visibles en la negrura más allá de la luz. Reena se dirigió hacia la izquierda y la luz se desplazó para precederla. Atravesaron un largo corredor ligeramente inclinado hacia abajo y, al cabo de un rato, llegaron a otra escalera, en un lugar donde las paredes se ensanchaban a ambos lados y el rocoso techo mantuvo su nivel hasta que desapareció durante el descenso.

Las dimensiones de la cámara en la que entraron no eran discernibles. Parecía más una caverna que una habitación. El suelo era menos regular que en cualquier otro punto anterior y, con mucho, era el lugar más frío que habían recorrido. Con la capa totalmente cerrada, las manos bajo ella, Reena entró en la cámara y se desplazó en diagonal hacia la derecha.

Finalmente apareció un gran trineo en forma de caja, con un ceroso trapo colgado de la punta del patín izquierdo. Se hallaba cerca del muro, en la entrada de un túnel donde bramaba un helado viento. La luz quedó encima, suspendida. Reena se detuvo y se volvió hacia el siervo.

—Ponlos ahí —dijo señalando—, en la parte delantera.

Suspiró mientras el criado obedecía, y después se inclinó y cubrió los sacos con una piel blanca que estaba plegada en el asiento del vehículo.

—Muy bien —dijo dando media vuelta—. Será mejor que regresemos.

Apuntó en la dirección por donde habían venido y la luz flotante se movió para seguir la indicación de su dedo.

En la habitación circular de la parte superior de la torre más elevada, Ridley pasaba las páginas de uno de los grandes libros. El viento bramaba como un fantasma por encima del inclinado techo, que de vez en cuando vibraba con la fuerza del aire. La misma torre tenía una oscilación apenas perceptible.

Ridley murmuró algo mientras tocaba la encuadernación de cuero, recorriendo con sus ojos las hojas color crema. No lucía ya la cadena con el anillo. El adorno descansaba en ese momento encima de una pequeña cómoda junto a la pared próxima a la puerta; un alto espejo situado encima reflejaba su imagen, con la piedra brillando pálidamente.

Sin dejar de murmurar, Ridley pasó una hoja, luego otra, y se detuvo. Cerró los ojos un momento y se volvió, dejando el libro en el atril. Se situó en el centro exacto de la habitación y permaneció allí largo rato, en el centro de un diagrama rojo dibujado en el suelo. Prosiguió murmurando. De pronto dio media vuelta y se acercó a la cómoda. Cogió el anillo y la cadena. Desató la segunda y retiró el primero.

Sosteniendo el anillo entre el pulgar y el índice de la mano derecha, extendió el índice de la otra mano y rápidamente deslizó el anillo en ese dedo. Lo sacó casi de inmediato y respiró profundamente. Contempló su reflejo en el espejo. Se apresuró a ponerse de nuevo el anillo, se detuvo unos segundos, lo retiró con más lentitud.

Dio vueltas al anillo y lo examinó. La piedra parecía brillar un poco más. Se lo puso una vez más, se lo quitó, se detuvo, se lo puso, se lo quitó, se lo puso, se detuvo, se lo quitó, volvió a ponérselo, hizo una pausa más larga, empezó a quitárselo con lentitud, se lo puso otra vez...

De haber mirado el espejo, Ridley habría reparado en que cada manipulación del anillo provocaba un rápido cambio de expresión en su semblante. El joven pasó por ciclos de asombro y placer, temor y satisfacción mientras el anillo entraba y salía en su dedo. Se lo quitó otra vez y lo dejó encima de la cómoda. Se frotó el dedo. Se contempló en el espejo, bajó los ojos, miró fijamente las profundidades de la piedra. Se humedeció los labios.

Dio media vuelta, dio varios pasos sobre el dibujo, se detuvo. Se volvió y contempló el anillo. Volvió y lo cogió, y lo sopesó en la palma de su mano derecha. Volvió a ponérselo en el dedo y siguió luciéndolo, todavía aferrándolo fuertemente con los dedos de la otra mano. En esta ocasión apretó los dientes y arrugó la frente.

En ese momento el espejo se empañó y una nueva imagen empezó a tomar forma en el cristal. Roca y nieve... Cierto tipo de movimiento... Un hombre... El hombre se arrastraba por la nieve... No. ¡Las manos del hombre buscaban asideros! ¡Avanzaba hacia arriba, no hacia adelante! ¡Estaba trepando, no arrastrándose!

La imagen se hizo más clara. Mientras el hombre subía y localizaba otro apoyo para los pies, Ridley vio las botas verdes. Acto seguido... Ridley dio una brusca orden. Hubo un efecto en lontananza. El hombre empequeñeció, la faz de la escarpa se amplió y se elevó. Allí, por encima del escalador, se alzaba el castillo, aquel castillo con la luz brillante en la ventana de la torre más elevada.

Tras lanzar una maldición, Ridley arrancó el anillo de su dedo. La imagen desapareció al instante, para ser sustituida por la colérica expresión de Ridley.

—¡No! —gritó, corriendo hacia la puerta y abriéndola—. ¡No!

Abrió la puerta de par en par y bajó como una flecha la escalera de caracol.

Dilvish descansó un rato, espalda y piernas apoyadas en los lados de la chimenea de roca, los guantes en su regazo. Sopló sobre sus manos, se las frotó. La grieta acababa a corta distancia por encima de su cabeza. No habría más descansos hasta que llegara a la cumbre, y luego... ¿quién podía decirlo?

Algunos copos de nieve flotaban alrededor. Dilvish escrutó el oscuro cielo, como había hecho regularmente, previendo el retorno de la criatura voladora, pero no vio nada. La idea de que la criatura le atrapara en posición vulnerable le producía considerable preocupación. Siguió frotándose las manos hasta notar picor, hasta percibir que recuperaban un poco de calor. Después se puso los guantes para conservar esa calidez. Echó atrás la cabeza tanto como pudo y miró hacia arriba. Había recorrido dos terceras partes del ascenso por la faz vertical.

Buscó y localizó nuevos asideros para las manos. Escuchó los latidos de su corazón, momentáneamente normales otra vez. Poco a poco, cautelosamente, Dilvish siguió subiendo con los brazos extendidos. Un último impulso hacia arriba. Tras salir de la chimenea, Dilvish se agarró a un saliente y subió un poco más. Sus pies encontraron un punto de apoyo y extendió de nuevo una mano.

Se preguntó si Black habría descubierto un buen camino para bajar. Pensó en su última comida, fría y seca, que estuvo a punto de congelar su lengua. Recordó mejores alimentos en tiempos pasados y notó que la boca se le hacía agua. Llegó a un lugar resbaladizo, lo pasó. Le extrañó la extraña sensación que había tenido antes, como si alguien estuviera vigilándole. 

Había escudriñado el cielo apresuradamente, pero la criatura voladora no estaba por allí. Tras situarse en una gruesa proyección rocosa, sonrió al comprobar que el muro de piedra se inclinaba hacia adentro. Encontró un punto de apoyo para los pies y trepó.

Avanzó con más rapidez a partir de entonces, y al poco tiempo topó con un abrupto borde que quizá fuera el fin de la escalada. Ascendió penosamente hacia el reborde mientras la pendiente se intensificaba y meditó sus movimientos una vez llegara a la cima. Trepó cada vez más deprisa, y por fin la pendiente se suavizó y pudo avanzar agachado. 

Cerca de lo que le pareció la cumbre, trepó más pausadamente hasta quedar tendido a poco menos de dos metros del borde. Aguzó el oído unos instantes, pero no había ruidos aparte del viento.

Con sumo cuidado, los guantes en los dientes, Dilvish sacó el cinto con la espada por encima del brazo y el hombro, y de la cabeza. Desató el cinto y lo bajó. Compuso su ropa, se colocó después el cinto en la cintura. Avanzó con gran lentitud ante la proximidad del borde. 

Cuando por fin alzó la cabeza sobre la roca, sus ojos se llenaron del blanco fulgor del castillo, erguido cual obra de pastelero no demasiado lejos. Pasaron varios minutos mientras Dilvish examinaba el lugar. Nada se movía aparte de la nieve. Buscó una puerta lateral, una ventana baja, cualquier entrada indirecta... Cuando creyó haber encontrado lo que buscaba, trepó al saliente y prosiguió su avance.

Meg estaba cantando a las bailarinas ratas. Las antorchas tremolaban. La humedad corría por las paredes. La bruja tranquilizó a los animales con migas de pan. Las acarició, las rascó y se rió entre dientes.

Hubo otro fuerte golpe en la puerta central. En esta ocasión la madera se astilló cerca de las bisagras.

—Mmeg... ¡Mmeg!...

Y el gran ojo apareció de nuevo detrás de las rejas. Meg levantó la cabeza, observó los húmedos y azulados ojos. Una preocupada expresión asomó en su semblante.

—¿Sí?... —dijo en voz baja.

—¡Meg!

Hubo otro estrépito. La puerta se estremeció. Aparecieron grietas en los bordes.

—¡Meg!

Otro golpe. La puerta crujió y sobresalió del marco; las rajas se ensancharon. Meg agitó la cabeza.

—¿Sí? —dijo en voz más alta, con cierta excitación en su tono.

Las ratas saltaron de su regazo, de sus hombros, de sus rodillas y huyeron precipitadamente por la paja. El siguiente golpe arrancó la puerta de sus goznes, empujándola casi medio metro hacia afuera. 

Una manaza cadavérica, más bien una garra, apareció en el borde con una cadena colgando de un puño metálico alrededor de la muñeca que resonó al golpear la pared, la puerta...

—¿Meg?

La bruja se puso en pie, dejando caer el pan restante que llevaba en el chal. Un negro torbellino de peludos cuerpos se agitó alrededor de las migas, y los chillidos apagaron la réplica de la bruja, que se abrió paso entre las ratas. Otro empujón abrió más la puerta. 

Una cabeza blanca, gigantesca y calva, con una zanahoria colgante por nariz, se asomó por el borde. El cuello era tan grueso que parecía prolongarse hasta los extremos de los anchos hombros. Los brazos eran tan grandes como muslos, la piel albina y con manchones de grasa. Apartó la puerta con un hombro y salió, con la espalda inclinada en un ángulo anormal, la cabeza echada hacia adelante, moviendo unas piernas como columnas. Vestía los jirones de una camisa y los desgarrados restos de unos calzones que, igual que su propietario, habían perdido por completo el color. Los ojos azules, que parpadearon y se humedecieron con la luz de las antorchas, se centraron en Meg.

—¿Mack?... —dijo la bruja.

—¿Meg?...

—¡Mack!

—¡Meg!

La bruja corrió a abrazar al cuarto de tonelada de níveos músculos, con los ojos también húmedos mientras él lograba estrecharla con suavidad. Ambos se hablaron con tiernos murmullos. Finalmente, la bruja le agarró el enorme brazo con su manita.

—Ven. Ven, Mack —le dijo—. Comida para ti. Calor. Estarás libre. Ven.

Le condujo hacia la salida de la cámara, olvidando a sus preciosas ratas. 

Ignorado, el criado de apergaminada piel se movía en los aposentos de Reena con silenciosos pies, recogiendo las esparcidas prendas y volviéndolas a poner en cajones y armarios. Reena estaba sentada ante el tocador, peinándose. Al terminar de poner en orden la habitación, el criado se acercó y se paró junto a la joven. Reena alzó la cabeza, miró alrededor.

—Muy bien —dijo—. No tengo más necesidad de ti. Puedes volver a tu ataúd.

La silueta de la oscura librea dio media vuelta y se fue. Reena se levantó y cogió una palangana de debajo de la cama. Tras llevarla a la mesita de noche, añadió agua de una jarra azul que estaba allí. Volvió al tocador, cogió una de las velas que había cerca del espejo y la colocó a la izquierda de la palangana. Luego se agachó y contempló la húmeda superficie. Las imágenes corrían en el agua... Mientras Reena observaba, fluyeron hasta unirse, se separaron, se combinaron...

El hombre estaba cerca de la cumbre. Reena se estremeció ligeramente al verlo detenerse para quitarse el cinto que llevaba al hombro y atárselo con la espada a la cintura. Lo vio trepar más, hasta el mismo borde. 

Lo vio examinar el castillo largo rato. Después, el desconocido subió y avanzó por la nieve... ¿Adónde iba? ¿Dónde buscaría una entrada? ...Hacia el norte y acercándose, hacia las ventanas del sombrío almacén de la parte trasera. ¡Naturalmente! La nieve estaba amontonada a más altura allí y muy endurecida. El hombre podía alcanzar el alféizar y encaramarse desde allí.

Solo precisaría unos momentos para abrir un agujero cerca del cerrojo con el puño de su arma, meter una mano y abrirlo. Después, varios largos minutos con la espada para astillar el hielo incrustado en el marco. Más tiempo para abrir la ventana. Otros segundos más para localizar la juntura de los postigos interiores, para introducir la hoja entre ambos, levantarla y soltar el pestillo... Luego se hallaría desorientado en una oscura habitación llena de objetos en desorden. 

Tardaría varios minutos más en superar esa situación... Reena sopló suavemente sobre la superficie del agua y la imagen desapareció entre escarceos. Tras coger la vela, la llevó al tocador, la dejó en el mismo sitio. Volvió a poner la palangana en su posición anterior. Se sentó ante el espejo y cogió un pequeño cepillo y una cajita metálica para añadir un toque de color a sus labios.

Ridley despertó a un criado y lo condujo arriba, para recorrer el pasillo que llevaba a la habitación de donde procedían los gritos. Tras detenerse ante la puerta, buscó la llave adecuada en el aro que llevaba al cinto y la abrió.

—¡Por fin! —sonó la voz del interior—. ¡Por favor! Ya...

—¡Cierra la boca! —dijo Ridley, y se volvió. Cogió del brazo al criado y lo condujo hacia la puerta abierta del pasillo. Empujó al criado para meterle en las sombras de la habitación.

—Ponte a un lado —le ordenó—. Quédate ahí. —Siguió guiándolo—. Ahí... donde no pueda verte nadie que pase cerca, pero donde puedas vigilar a ese. Ahora coge esta llave y escucha con atención. Si viene alguien a investigar estos gritos, debes estar preparado. En cuanto él quiera abrir esa puerta, sales rápidamente por detrás de él, le das un golpe y lo encierras... ¡Pega fuerte! Luego cierras la puerta con llave sin perder un instante. Después puedes volver a tu ataúd.

Ridley lo dejó solo, salió al corredor, vaciló un instante y se alejó en dirección al comedor.

—La hora ha llegado —anunció el rostro del espejo, en el mismo momento que entraba el joven.

Ridley se acercó al cristal, contempló la torva cara. Cogió el anillo y se lo puso.

—¡Silencio! —dijo—. Has cumplido tu misión. ¡Vete ya!

El rostro desapareció cuando sus labios empezaban a formar de nuevo las familiares palabras, y Ridley contempló su sombrío reflejo rodeado por el elegante marco. Sonrió vanidosamente, después su semblante cobró seriedad. Sus ojos se entrecerraron, su imagen osciló. El espejo se empañó y se aclaró. Ridley vio al hombre de las botas verdes de pie en el borde de una ventana, astillando el hielo...

Empezó a dar vueltas al anillo. Lo fue volviendo poco a poco, sin cesar, mordiéndose el labio mientras tanto. Luego, bruscamente, lo arrancó de su dedo y suspiró. La presuntuosa sonrisa volvió a su reflejado semblante. Ridley dio media vuelta y cruzó la sala. Pasó por un panel corredizo, se metió por una trampa en el suelo y bajó una escalerilla. Avanzando con rapidez, por todos los atajos que conocía, se dirigió una vez más a la habitación de los siervos.

 

(CONTINUARÁ...) 

Rapunzel - James Finn Garner

Érase una vez un calderero económicamente desfavorecido que vivía con su mujer. Su falta de bienestar material no debe dar a entender que el conjunto de los caldereros formen un grupo económicamente marginado, ni que, de ser así, merezcan sufrir dicha condición. 

Por más que en los cuentos infantiles clásicos el calderero represente el arquetipo de víctima propiciatoria, este individuo en particular era calderero de profesión y, sencillamente, se encontraba en una posición de desventaja económica.

El calderero y su mujer vivían en una diminuta casucha próxima a la modesta finca de una de las brujas de la localidad. Desde su ventana, podían admirar el jardín de la bruja, que ésta cuidaba meticulosamente en un repugnante intento por imponer sobre la Naturaleza nuestras nociones humanas de orden.

La mujer del calderero estaba embarazada y, mientras observaba el jardín de la bruja, comenzó a experimentar un apetito irresistible por las lechugas que ésta cultivaba. Suplicó al calderero que saltara la valla y le trajera algunas, y su esposo terminó por ceder a sus deseos: al caer la noche, saltó la valla y se apropió de unas cuantas lechugas. Sin embargo, antes de que pudiera regresar a su hogar, se vio sorprendido por la bruja.

Ahora bien, la bruja en cuestión era una persona de amabilidad sumamente limitada. (No pretendemos afirmar con ello que todas las brujas —ni siquiera algunas— lo sean, ni despojar a esta bruja en cuestión de su derecho a expresar su carácter natural, sea éste cual fuere. Antes bien, nos inclinamos por reconocer que dicho carácter se debía, sin duda, a numerosas circunstancias relacionadas con su educación y su entorno social que aquí, desgraciadamente, habremos de omitir por necesidades de espacio.)

Pero, como decíamos, la bruja era una persona de amabilidad notablemente limitada, por lo que el calderero experimentó un agudo temor cuando ella, asiéndole por el cuello, le preguntó: —¿A dónde vas con mis lechugas?

El calderero podría acaso haber discutido con ella los conceptos de la propiedad y haber argumentado que las lechugas «pertenecían» en buena ley a cualquiera que tuviera el hambre y el coraje suficientes como para apropiarse de ellas. Sin embargo, imploró piedad, sin importarle el degradante espectáculo que ofrecía con ello. —Ha sido culpa de mi mujer —gimió, de un modo característicamente machista—. Está embarazada y se ha encaprichado con sus espléndidas lechugas. Le ruego que me perdone la vida. Por más que el concepto de hogar regentado por un progenitor único resulta totalmente aceptable, le ruego que no me mate, pues con ello despojaría a mi retoño de una estructura familiar estable basada en el cuidado de ambos cónyuges.

La bruja caviló unos instantes y, a continuación, soltó al calderero y desapareció sin pronunciar palabra. El hombre recogió sus lechugas y regresó a su hogar con enorme alivio.

Pocos meses después, y tras terribles sufrimientos que los hombres nunca podrán apreciar debidamente, la mujer del calderero dio a luz a una hermosísima y saludable mujer de corta edad, a la que llamaron Rapunzel como referencia a un conocido género de lechugas.

Poco después, la bruja se presentó en el umbral de su puerta exigiendo que le fuera entregada la recién nacida a cambio de haber perdonado la vida del calderero cuando éste se introdujo en su jardín. ¿Qué podían hacer? La situación vital de impotencia que padecían siempre les había dejado a merced de cualquier forma de explotación, y en aquel momento no vieron otra alternativa posible. Entregaron a Rapunzel a la bruja y ésta se alejó a toda prisa.

La bruja llevó a la pequeña al corazón del bosque y la encerró en una elevada torre de evidente representación simbólica. Allí creció Rapunzel hasta convertirse en una mujer adulta. La torre carecía de puertas o escaleras, y tan sólo tenía una ventana en su parte superior. El único modo de acceder a la ventana era trepando por la larga y voluminosa cabellera de Rapunzel (una vez más, el simbolismo de todo ello debería resultar obvio).

La bruja era la única visitante de Rapunzel. Solía detenerse al pie de la torre y gritar:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Y Rapunzel, obedientemente, dejaba caer su trenza. De este modo, y durante años, permitió que se explotara su cuerpo para satisfacer las necesidades de desplazamiento de otra persona. A la bruja le gustaba la música, y enseñó a Rapunzel a cantar. Juntas, pasaban largas horas cantando en la torre.

Pero un día, un príncipe pasó cerca de la torre y oyó el canto de Rapunzel. No obstante, al aproximarse a la fuente de aquel delicioso sonido avistó a la bruja y se ocultó entre los árboles junto con su equino acompañante. Desde su escondrijo, pudo ver cómo la bruja llamaba a Rapunzel, cómo ésta dejaba caer su trenza y cómo la bruja trepaba por ella. Y, nuevamente, llegó a sus oídos aquel canto hermosísimo. Finalmente, cuando la bruja abandonó la torre y desapareció en la distancia, el príncipe salió de los bosques y dijo:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Inmediatamente, Rapunzel descolgó su trenza por la ventana y el príncipe trepó por ella.

Cuando el príncipe vio a Rapunzel, el atractivo físico de ésta —muy superior a la media— y sus cabellos largos y abundantes le llevaron a presumir (de un modo típicamente sexista) que su personalidad sería igualmente atrayente. (No pretendemos, con ello, sugerir que todos los príncipes juzguen a las personas únicamente por su aspecto, ni negarle a éste en particular su derecho a realizar tales presunciones. Remítase el lector a otras aclaraciones expresadas en párrafos anteriores.)

Y dijo el príncipe: —¡Oh, hermosa doncella! He oído vuestro canto mientras cabalgaba por las cercanías. Cantad de nuevo para mí, os lo ruego.

Rapunzel no sabía muy bien qué actitud adoptar ante aquella persona, ya que hasta entonces nunca había visto un hombre de cerca. Pensó que era una extraña criatura: de grandes dimensiones, rostro velludo y dotada de un poderoso olor acre. De algún modo inexplicable, Rapunzel se sintió extrañamente atraída por aquella mezcla y abrió la boca dispuesta a cantar. —¡Detente inmediatamente! —exclamó una voz procedente de la ventana.

¡La bruja había regresado! —¿Cómo... cómo habéis podido subir? —inquirió Rapunzel. —Ordené fabricar una segunda trenza para emplearla en caso de apuro —dijo la bruja con tono desenfadado—, y parece que tal es el caso. ¡Escúchame, príncipe! Construí esta torre para mantener a Rapunzel alejada de hombres como tú. Fui yo quien la enseñó a cantar y llevo años educando su voz. Se quedará aquí y no cantará para nadie más que para mí, ya que soy la única persona que realmente la ama. —Podemos discutir vuestros problemas de interdependencia más tarde —dijo el príncipe—. Antes quisiera oír a... ¿Rapunzel, se llama?... Querría oír cantar a Rapunzel. —¡NO! —chilló la bruja—. ¡Voy a arrojarte por la ventana sobre las zarzas que crecen bajo ella y así sus espinas te arrancarán los ojos y tendrás que vagar por la campiña maldiciendo tu mala suerte durante el resto de tus días! —Quizá te interese reconsiderar esa decisión —dijo el príncipe—. Verás, tengo en la industria discográfica buenos amigos a los que quizá les interesaría oír a... ¿Rapunzel, te llamabas? Tiene un estilo diferente... pegadizo, diría yo. —¡Lo sabía! ¡Quieres apartarla de mí! —No, no. Quiero que sigas adiestrándola, que la eduques... en calidad de representante —dijo el príncipe—. Luego, en su momento, digamos al cabo de una o dos semanas, podrás revelar su talento al mundo y nos embolsaremos la pasta.

La bruja vaciló unos instantes mientras sopesaba la propuesta, y su actitud se apaciguó visiblemente. A continuación, el príncipe y ella comenzaron a discutir contratos discográficos y derechos de vídeo, así como posibles ideas de comercialización, entre las que se incluían muñecas «Rapunzel»© de tamaño natural equipadas con sus propias Columnas Melódicas© estereofónicas en miniatura. 

Mientras les observaba, Rapunzel veía transformarse sus sospechas en una sensación de repugnancia. Durante años, sus cabellos se habían visto explotados para satisfacer las necesidades de desplazamiento de terceros, y ahora querían explotar también sus dotes vocales. «De modo que la avaricia es un vicio común a ambos sexos», pensó con un suspiro.

Rapunzel fue acercándose lentamente a la ventana sin ser vista y, una vez allí, se descolgó a lo largo de la segunda trenza hasta donde aguardaba el caballo del príncipe. A continuación, desenganchó la trenza y partió con ella al galope dejando que la bruja y el príncipe siguieran discutiendo sus derechos y porcentajes en el fálico torreón.

Rapunzel se dirigió a la ciudad y alquiló una habitación en un edificio provisto de escaleras como es debido. Posteriormente, creó una Fundación no lucrativa para el fomento de la Libre Proliferación de la Música, se cortó la cabellera y la donó a una subasta destinada a la recogida de fondos. 

Durante el resto de sus días, cantó gratuitamente en cafés y galerías de arte, negándose sistemáticamente a explotar, a cambio de dinero, el deseo de oírla cantar que pudieran experimentar otras personas.