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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 6 y última)

Dilvish se detuvo una vez para apoyar la mano en el muro.

—¿Está lejos? —preguntó.

—Sí. ¿Por qué?

—Sigo notando las vibraciones con mucha fuerza —dijo Dilvish—. Debemos estar muy por debajo del nivel del castillo... metidos ya en la montaña.

—Cierto —replicó Reena, dando otra vuelta.

—Al principio he temido que nos echaran el castillo en la cabeza...

—Seguramente destruirán el castillo si esto dura mucho más —dijo la joven—. Estoy muy orgullosa de Ridley... a pesar de las inconveniencias.

—No me refería exactamente a eso —dijo Dilvish, mientras continuaban la huida hacia abajo—. ¡Eh! ¡Esto empeora! —Extendió una mano para conservar el equilibrio mientras la escalera temblaba con una pasajera onda de choque—. ¿No os parece que toda la montaña está temblando?

—Sí, así es —replicó Reena—. Debe ser cierto.

—¿El qué?

—Oí decir que hace siglos, en la cumbre de su poder, el ma... Jelerak creó esta montaña con un conjuro.

—¿Y?

—Si él está suficientemente arraigado en este lugar, supongo que podrá recurrir a esos viejos hechizos suyos para obtener más fuerza. En cuyo caso...

—La montaña podría derrumbarse igual que el castillo.

—Existe esa posibilidad. ¡Oh, Ridley! ¡Buena suerte!

—¡No será tan buena si seguimos debajo!

—Cierto —dijo Reena, que de pronto avanzó más deprisa todavía—. Puesto que él no es vuestro hermano, entiendo vuestra opinión. Sin embargo, debéis estar complacido viendo a Jelerak tan apremiado.

—Así es —admitió Dilvish—, pero debéis prepararos para cualquier contingencia.

Reena guardó silencio unos instantes.

—¿La muerte de Ridley? —preguntó por fin—. Sí. Hace tiempo que comprendí que había grandes posibilidades de esto, fuera cual fuese la naturaleza de su encuentro. De todas formas, desaparecer con tanto estrépito... Eso también impresiona, ¿sabéis?

—Sí —replicó Dilvish—. Yo también lo he pensado muchas veces.

De pronto, llegaron al rellano. Reena lo cruzó inmediatamente y condujo a Dilvish hacia un túnel. El rocoso suelo tembló bajo sus pies. La luz danzó de nuevo. En alguna parte hubo un lento ruido rechinante que duró tal vez diez segundos. Entraron corriendo en el túnel.

—¿Y vos? —dijo Reena, mientras se adentraban presurosos en el túnel—. Si Jelerak sobrevive, ¿continuaréis buscándole?

—Sí —dijo Dilvish—. Sé con certeza que él tiene como mínimo otras seis ciudadelas. Conozco la localización aproximada de varias. Las buscaré igual que busqué este lugar.

—Yo he estado en tres —replicó Reena—. Si sobrevivimos a esto, os explicaré algo de ellas. Tampoco será fácil asaltarlas.

—Eso no importa —dijo Dilvish—. Nunca pensé que fuera fácil. Si él vive, iré a visitarlas. Si no consigo localizarle, las destruiré una a una hasta que él tenga que verme por fuerza.

El ruido rechinante se produjo otra vez. Fragmentos de roca cayeron alrededor de la pareja. Mientras esto ocurría, la luz flotante desapareció.

—Quedaos quieto —dijo Reena—. Haré otra.

Varios instantes después, otra luz brilló entre las manos de la joven. Siguieron avanzando y los ruidos de la roca cesaron un rato.

—¿Qué haréis si Jelerak muere? —preguntó Reena.

Dilvish guardó silencio unos momentos.

—Visitaré mi patria —dijo por fin—. Ha pasado mucho tiempo desde que me fui. ¿Qué haréis vos si conseguimos salir de aquí?

—Tooma, Ánkyra, Blostra —replicó Reena—, como ya he dicho, si encuentro algún caballero deseoso de escoltarme hasta alguna de esas ciudades.

—Creo que eso podría arreglarse —dijo Dilvish.

Al acercarse al final del túnel, un intenso temblor recorrió la montaña entera. Reena se tambaleó; Dilvish la sujetó y fue arrojado contra el muro. A través de los hombros, notó las potentes vibraciones de la roca. Detrás de la pareja se inició un constante estruendo al caer piedras.

—¡Deprisa! —dijo Dilvish, empujando a la joven.

La luz avanzó ebriamente ante ellos. Llegaron a una fría caverna.

—Este es el lugar —dijo Reena, señalando con el dedo—. El trineo está allí.

Dilvish vio el vehículo, cogió del brazo a Reena y se dirigió hacia él.

—¿A qué altura de la montaña estamos? —preguntó.

—Dos tercios del camino, más o menos —dijo Reena—. Estamos un poco por debajo del punto donde la pendiente se hace muy escarpada.

—De todas formas, la pendiente no será suave —dijo Dilvish. Se detuvo junto al vehículo y apoyó una mano en el borde—. ¿Cómo proponéis sacarlo fuera?

—Esa será la parte difícil —replicó la joven. Metió la mano en su corpiño y sacó un pergamino doblado—. He arrancado esta hoja de uno de los libros de la torre. Cuando ordené a los criados que construyeran este trineo, sabía que necesitaría algo fuerte para arrastrarlo. Se trata de un encantamiento bastante complejo, pero hará venir a un animal demoníaco que obedecerá nuestras órdenes.

—¿Puedo verlo?

Reena le dio la hoja. Dilvish la desdobló y la sostuvo cerca de la luz flotante.

—Este hechizo requiere preparativos bastante largos —dijo instantes después—. No creo que nos quede tanto tiempo, a juzgar por la forma en que tiembla y se desmorona todo.

—Pero es la única posibilidad que tenemos —dijo Reena—. Necesitaremos estas provisiones. Yo no podía saber que la maldita montaña iba a desmoronarse. Tendremos que arriesgarnos a esa demora.

Dilvish sacudió la cabeza y le devolvió la hoja.

—Aguardad aquí —dijo—, ¡y no iniciéis ese hechizo todavía!

Dilvish dio media vuelta y se abrió paso por el túnel, donde soplaban heladas ráfagas. Cristales de nieve yacían en el suelo. Tras doblar un breve recodo, vio la amplia boca de la cueva, débilmente iluminada. El suelo tenía una gruesa capa de nieve encima del hielo. 

Dilvish se acercó a la entrada, asomó la cabeza, miró hacia abajo. Era posible pasar el trineo por el borde del saliente hasta un punto no muy alto a la izquierda. Pero luego el vehículo simplemente caería como un cohete, alcanzando una velocidad suicida mucho antes de llegar al pie de la montaña.

Dilvish avanzó hasta el mismo saliente, miró hacia arriba. Una proyección rocosa le impidió ver más arriba. Avanzó cinco pasos a la izquierda, observó, miró alrededor. Luego se aproximó al extremo derecho del saliente y volvió a mirar, protegiendo sus ojos de la ráfaga de helados cristales con una mano.

—¿Qué era aquello...?

—¡Black! —gritó Dilvish a un retazo de sombra más oscuro situado más arriba y a un lado—. ¡Black!

La sombra pareció agitarse. Dilvish ahuecó las manos a ambos lados de su boca y gritó de nuevo.

—¡Diiil... viish! —La respuesta bajó la pendiente hacia el guerrero en cuanto se apagó su grito.

—¡Aquí abajo! —Agitó las manos por encima de la cabeza.

—¡Ya... te... veo!

—¡¿Puedes llegar hasta aquí?!

No hubo réplica, pero la sombra se movió. Bajó del saliente donde estaba e inició un lento descenso con las patas rígidas hacia Dilvish, que siguió donde estaba, bien visible, agitando los brazos. 

La silueta de Black no tardó en aclararse entre los remolinos de nieve. Avanzaba con paso firme. Pasó por la mitad del recorrido, continuó. Al llegar junto a Dilvish, Black irradió calor varios segundos y la nieve se fundió y goteó a ambos lados.

—Están ocurriendo asombrosas brujerías en lo alto —dijo Black—. Vale la pena observarlas.

—Mucho mejor que lo hagamos de lejos —replicó Dilvish—. La montaña entera podría venirse abajo.

—Sí, se vendrá abajo —dijo Black—. Algo que hay arriba está recurriendo a viejos encantamientos muy elementales incrustados por todo el lugar. Es muy instructivo. Monta y te llevaré abajo.

—No es tan sencillo.

—¿Ah, no?

—Hay una mujer... y un trineo en la cueva.

Black apoyó las patas delanteras en el saliente y, tras tomar impulso, se situó junto a Dilvish.

—Entonces será mejor echar un vistazo —dijo—. ¿Cómo te ha ido arriba?

Dilvish se encogió de hombros.

—Todo eso habría sucedido igualmente sin estar yo, seguramente —dijo—, pero al menos he tenido el placer de ver a alguien poner en apuros a Jelerak.

—¿Está él arriba?

Se adentraron en la cueva.

—Su cuerpo está en otro sitio, pero la parte que muerde ha rendido visita.

—¿Con quién está peleando?

—Con el hermano de la dama que estás a punto de conocer. Por aquí.

Doblaron el recodo y entraron en la cueva más espaciosa. Reena seguía de pie junto al trineo. Se había cubierto con una piel. Los cascos metálicos de Black resonaron en la roca.

—¿Deseabais un animal demoníaco? —le dijo Dilvish—. Black, esta es Reena. Reena, os presento a Black.

Black inclinó la cabeza.

—Encantado —dijo Black—. Vuestro hermano me ha proporcionado considerable diversión mientras aguardaba fuera.

Reena sonrió y extendió una mano para tocarle el cuello.

—Gracias —dijo la joven—. Me complace conocerte. ¿Puedes ayudarnos?

Black se volvió y observó el trineo.

—Detrás —dijo al cabo de unos instantes. Y agregó—: Enganchado detrás del trineo, podría sujetarlo un poco y dejar que me precediera montaña abajo. Pero los dos tendréis que caminar... junto a mí, agarrados. No creo poder hacerlo si os ponéis en el trineo. Incluso así será difícil, pero considero que es la única forma.

—En ese caso, será mejor que lo saquemos y partamos —dijo Dilvish mientras la montaña temblaba de nuevo.

Reena y Dilvish agarraron el vehículo por ambos lados. Black se apoyó sobre la parte trasera. El trineo empezó a moverse. En cuanto llegaron a la nieve del suelo de la cueva, el avance se hizo más fácil. Finalmente, dieron vuelta al vehículo en la boca de la gruta y engancharon a Black a los arreos. 

Con cuidado, suavemente después, pasaron la parte trasera del vehículo por el saliente en la zona no muy elevada de la izquierda mientras Black avanzaba despacio, manteniendo la tensión en los arreos. Los patines golpearon la nieve de la pendiente y Black dejó caer el trineo hasta que reposó totalmente en el terreno. Luego fue detrás cautelosamente, dando rígidos tirones hacia arriba para sujetar el trineo tras dar el último salto.

—Muy bien —dijo—. Ahora bajad y agarraos a mí, uno a cada lado.

Dilvish y Reena lo siguieron y ocuparon sus respectivas posiciones. Black inició lentamente el avance.

—Difícil —dijo mientras descendían—. Un día inventarán nombres para las propiedades de los objetos, como la tendencia de un objeto a moverse en cuanto está en movimiento.

—¿De qué servirá eso? —preguntó Reena—. Todo el mundo sabe ya que eso es lo que sucede.

—¡Ah! Pero pueden aplicarse números a la cantidad de materia implicada y a la cantidad de empuje requerido, y obtener prodigiosos y útiles cálculos.

—Parece demasiado problemático para tan escaso provecho —dijo la joven—. Idear magia es mucho más fácil.

—Quizá tengáis razón.

Descendieron firmemente; los cascos de Black aplastaron la helada corteza. Más tarde, cuando por fin llegaron a un lugar desde donde se divisaba el castillo, vieron que la torre más elevada y otras no tan altas habían caído. Mientras lo observaban, una porción de muro se desmoronó. Los fragmentos rodaron por el borde y, por fortuna, bajaron la ladera muy a la derecha del grupo. 

Debajo de la nieve, la montaña temblaba constantemente, y llevaba ya largo rato así. Rocas y trozos de hielo rebotaban de vez en cuando junto a los tres fugados. Siguieron descendiendo durante lo que les pareció un tiempo interminable. Black movió el trineo hacia abajo, poco a poco, paso a paso, mientras Reena y Dilvish arrastraban sus ateridos pies junto a la montura.

Al llegar cerca del pie de la ladera, un terrible estruendo reverberó alrededor del grupo. Tras levantar la cabeza, vieron cómo se desmoronaban y menguaban los restos del castillo, que se plegaba sobre sí mismo. Black apretó el paso arriesgadamente mientras los fragmentos caían alrededor.

—Cuando lleguemos abajo —dijo—, desatadme inmediatamente, pero poneos al otro lado del trineo mientras lo hacéis. Lo pondré de través cuando lleguemos allí. Después, si podéis engancharme delante sin perder tiempo, hacedlo. Pero si la lluvia de fragmentos es demasiado fuerte, agazapaos al otro lado del trineo. Yo me situaré delante para servir de escudo. Pero si podéis engancharme delante, subid enseguida y mantened agachada la cabeza.

Bajaron patinando buena parte del trecho final, y por un instante pareció que el trineo iba a volcar mientras Black lo manejaba. Tras incorporarse, Dilvish empezó a desenganchar rápidamente el arnés. Reena se puso detrás del trineo y miró hacia arriba.

—¡Dilvish! ¡Mirad! —gritó.

Dilvish levantó la cabeza mientras terminaba de soltar los arreos y Black se apartó. El castillo había desaparecido por completo y habían surgido grandes fisuras en la ladera. En la cumbre de la montaña, dos columnas de humo, una oscura y otra clara, se erguían inmóviles pese al viento que debía azotarlas. Black se colocó entre los arreos. Dilvish comenzó a engancharlo otra vez. Más fragmentos descendían por la ladera, a la derecha del grupo.

—¿Qué es eso? —dijo Dilvish.

—La columna oscura es Jelerak —replicó Black.

Dilvish siguió observando de vez en cuando mientras enganchaba a Black, y de pronto vio que las columnas se movían, despacio, una hacia la otra. No tardaron en entrecruzarse, aunque sin confundirse, retorciéndose y enredándose como un par de serpientes en plena pelea. Dilvish terminó de poner los arneses.

—¡Subid! —gritó a Reena mientras otra porción de la montaña se desmoronaba.

—¡Tú también! —dijo Black, y Dilvish se colocó junto a la joven.

No tardaron en correr, cobrando cada vez más velocidad. La parte alta de la masa de hielo reventó y, pese a ello, los ondulantes rivales siguieron girando en el cielo.

—¡Oh, no! ¡Ridley está debilitándose! —dijo Reena mientras continuaba la huida. Dilvish vio que la columna oscura llevaba a la otra hacia el corazón de la desmoronada montaña. Black apretó el paso, aunque todavía resbalaban. Al poco tiempo, los humeantes rivales desaparecieron en lo alto. Black más velozmente, hacia el sur.

Tal vez pasó un cuarto de hora sin cambios en el panorama que dejaban atrás, aparte de que iba menguando de tamaño. Pero Dilvish y Reena, agazapados bajo las pieles, siguieron observando. Una sensación de premonición parecía brotar del paisaje. 

Cuando se produjo la conmoción, la tierra tembló y lanzó el trineo de un lado a otro, y los temblores continuaron mucho tiempo. La cumbre de la montaña reventó, salpicando el cielo con una oscura nube expansiva. Luego, la negra mancha quedó marcada con rayas, ensanchada por el viento, y algunas porciones se alargaron hacia el oeste como dedos lentamente extendidos. Al cabo de un rato, una potente onda de choque alcanzó al grupo.

Mucho más tarde, una solitaria nube, apagada y de bordes irregulares, la nube oscura, se separó de la confusión. Arrastrando rasgadas humaredas, sacudida por el viento, avanzó igual que un viejo tambaleante, huyendo hacia el sur. Pasó muy a la derecha del grupo y no se detuvo.

—Ese es Jelerak —dijo Black—. Está herido.

Contemplaron la turbulenta nube hasta que desapareció de pronto muy hacia el sur. Luego, de nuevo volvieron la cabeza hacia las ruinas del norte. Siguieron observando hasta que el lugar dejó de verse, pero la columna blanca no se alzó. Finalmente, Reena bajó la cabeza. Dilvish le pasó un brazo por los hombros. Los patines del trineo cantaban suavemente al deslizarse por la nieve.

El montón de arena - John Keefauver

Los primeros que llegaron a la playa vieron el montón de arena e imaginaron que lo había hecho alguien al amanecer. Alguien que, quizá, lo había abandonado para irse a desayunar y que regresaría más tarde, durante el transcurso de la mañana, para terminar la escultura y poder participar así en el concurso de castillos de arena de aquel día. 

Aquello parecía una buena explicación (al menos así se pensó más tarde) sobre la existencia del gigantesco montón de arena de por lo menos siete metros de altura, quizá ocho y pico, con una base proporcionada, situado en la playa, no muy lejos del agua, y que ya estaba allí a las nueve de la mañana, sin nadie a su alrededor.

Parecía haber sido hecho con extraordinaria rapidez o, de todos modos, sin ningún diseño, como si se tratara del primer paso para construir una gigantesca escultura cuya arena habría salido de aquel enorme montón. No hubo extrañeza al principio; eso apareció más tarde, cuando toda la ciudad estaba hablando ya de la pequeña colina de arena.

Al principio, nadie prestó mucha atención al montón (solo algunos se preguntaron quién podría haber pensado en crear una escultura tan gigantesca; alguien que tendría que haberla empezado a construir al amanecer), porque todo el mundo estaba más preocupado por construir su propia escultura para participar en el concurso.

Pero a medida que fue avanzando la mañana y nadie apareció para continuar el trabajo en la montaña de arena, empezó a hablarse más sobre el extraño montón, sobre todo después de que llegaran los jueces alrededor del mediodía y empezaran a preguntar a unos y a otros si alguien sabía a quién pertenecía la colina de arena.

—¿Era una inscripción en el concurso? —Naturalmente, nadie sabía más de lo que pudieran saber los jueces.

Así es que aquella cosa quedó allí, sin que nadie la atendiera ni la trabajara, mientras las horas pasaban y los padres les decían a sus hijos que no subieran sobre ella, ni que la tocaran siquiera, porque podría tratarse del comienzo de una escultura. Aquella resultaba una orden muy difícil de cumplir para los chicos, porque la gran montaña de arena era el lugar más tentador donde poder jugar. 

De hecho, uno de los chicos subió a la colina para terminar bajando, con lágrimas en los ojos, cuando su padre le amenazó gritándole. Entonces, el padre trató de alisar las pisadas de su hijo, refunfuñando todo el tiempo contra el loco —más bien locos, por el tamaño de la montaña— que hizo aquello y luego se marchó, dejándolo sin vigilancia.

A las dos de la tarde, los jueces empezaron a recorrer el largo centenar de creaciones de arena, arriba y abajo de la playa en una extensión aproximada de quinientos metros: había castillos, desde luego, de todos los tamaños; animales (cocodrilos, tortugas y ballenas); creaciones excéntricas como el VW, la hamburguesa y el trozo de tarta («Almuerzo»), una bañera con una mujer dentro, un ratón aproximándose a una ratonera con un trozo de queso en ella, las pirámides y esculturas relacionadas con el programa espacial. Y el montón de arena.

A las tres y media, los jueces ya habían comparado sus notas y concedido el primer premio a «Apolo 12». El segundo premio fue para el VW, y el ratón, la ratonera y el queso consiguieron el tercero. Los jueces ignoraron el montón de arena; lo consideraron como tarea de unos muchachos que habían terminado por cansarse.

Tradicionalmente, después de haber concedido los premios y cuando ya la gente empezaba a marcharse a casa, se permitía a los niños destruir las esculturas. De todos modos, la marea las cubriría y se podía conceder aquel placer a los chicos. Los niños se lanzaron salvajemente contra las creaciones, gritando de placer, mientras los padres les observaban casi con el mismo gusto. 

Ocasionalmente, algún adulto se unía a su hijo en la tarea de destrozar una de las esculturas de arena. Pero los pequeños no podían hacer mucho para destruir la montaña de arena. Corrieron arriba y abajo de ella, dándole patadas, pero habrían necesitado una pala mecánica para haberla destrozado por completo. O eso, o haber trabajado durante horas para aplanarla. Los adultos ignoraron el montón de arena.

Cuando empezó a caer la neblina de la tarde y el tiempo se hizo más frío, se produjo un rápido abandono de la playa, que tenía ahora el aspecto de haberse producido allí una verdadera batalla campal. Únicamente el gran montón de arena permaneció intacto. Sin embargo, la marea alta de la noche se encargaría de ella. ¿Qué locos podrían haber realizado todo aquel trabajo para no volver a aparecer y terminar su tarea? ¿Qué tontos podrían haber sido?

Al oscurecer, la marea lamía ya la base de la montaña de arena. Poco después del amanecer, un madrugador que vivía frente a la playa se dio cuenta de la presencia de un coche de la policía aparcado frente a su casa. Cuando salió para investigar, vio a uno de los policías en la playa, observando el montón de arena. Cuando el policía regresó a su coche, le dijo al residente que se había acercado a él:

—Esa maldita colina de arena aún sigue ahí. Parece como si la marea no le hubiera quitado ni un solo centímetro.

Y cuando el residente se dirigió a la playa, él mismo pudo comprobar que la marea alta había aplanado y alisado todos los restos de las esculturas de arena del día anterior durante la noche y la madrugada, dejando únicamente el gigantesco montón de arena que, en cualquier caso, parecía ser aún más grande que el día anterior. La base de la montaña aparecía plana allí donde la marea la había rodeado, pero, extrañamente, la marea parecía no haber aplanado ni derribado ninguna parte de la base.

A media mañana, una buena cantidad de niños estaban jugando sobre el enorme montón, pero este era de tal tamaño que el único daño que le hicieron fue el de dejar una gran cantidad de pisadas sobre él. Los adultos miraban la montaña con curiosidad, pero entonces ninguno de ellos trató de mantener a sus hijos alejados de ella.

Mientras el mismo residente almorzaba en la terraza de su casa frente a la playa, vio un coche de la prensa aparcado en la calle de enfrente. Un fotógrafo se acercó a la playa y sacó algunas fotografías de la colina de arena, y en el periódico local de aquella tarde apareció una fotografía de la «Misteriosa montaña de arena que desafía al mar». La historia contada bajo la fotografía estaba redactada con bastante atrevimiento.

Aquella misma tarde, y según pudo estimar el residente, unas cien personas se encontraban alrededor de la montaña de arena esperando que subiera la marea. Los niños jugaban sobre ella y, en esta ocasión, estaban acompañados por algunos muchachos mayores. Sin embargo, un hombre le gritó a su hijo diciéndole que bajara de la montaña:

—¿Por qué? —quiso saber el niño.

—No discutas conmigo. ¡Baja de ahí!

Cuando la marea rodeó poco a poco el gran montón, todos los padres hicieron bajar a sus hijos de la montaña, sobre la que solo quedaron los jóvenes de mayor edad, aquellos que habían acudido allí sin sus padres. 

Gritaban y reían a medida que la marea rodeaba el montón por completo, hasta que uno de ellos, algo más joven, se quedó en silencio y finalmente saltó desde el montón de arena al agua y echó a correr hacia la parte seca de la playa. 

Después, los otros le siguieron, uno tras otro, hasta que la montaña de arena, llena de pisadas, se quedó aislada en medio del agua, que fue subiendo milímetro a milímetro, centímetro a centímetro a medida que avanzó la noche.

Algunos mirones habían traído linternas, pero, a medida que se iban viendo forzados a apartarse de la montaña, sus luces fueron perdiendo efectividad gradualmente. Sin embargo, cuando un coche patrulla que había en la calle contigua a la playa encendió sus luces y las enfocó sobre el montón de arena, todos pudieron ver que la montaña seguía incólume, como si una ola fuera quitándole arena y otras aportándole más.

Al día siguiente, una multitud más numerosa rodeaba el montón de arena. El propio residente que vivía frente a la playa pudo ver en las primeras informaciones locales de la televisión un informe sobre la «montaña de arena» que «sobrevivió a la noche». 

Las imágenes demostraban claramente que la montaña seguía siendo tan grande aquella mañana como lo había sido el día anterior. Y aquella tarde apareció en el periódico local otra fotografía y otro comentario sobre la montaña de arena, aunque en esta ocasión se publicó en la portada.

La historia seguía contándose con ligereza y un oceanólogo dijo que la montaña permanecía como consecuencia de la «presión ejercida por la mole de arena». Más adelante, se incluía el comentario de un geólogo: «La arena del mar se amontona de diversas formas..., especialmente con la ayuda de algunos bromistas locales dotados de muchas palas y un verdadero aguante».

Durante aquella noche, la gente era mucho más numerosa que la noche anterior, aunque hubo más padres que mantuvieron a sus hijos alejados del montón. Se habló de excavar la montaña para aplanarla o, al menos, para ver qué demonios había en su interior. Pero ninguna de aquellas conversaciones era seria. Sería realizar una gran cantidad de trabajo para nada. Sería algo tonto. Que el agua se encargara de deshacerse de ella.

A medida que la marea fue rodeando la montaña de arena, las conversaciones disminuyeron cuando pareció evidente que, una vez más, la montaña iba a resistir la marea alta de aquella noche. Los mirones, incluyendo a algunos que permanecían en la calle, se quedaron en silencio. Las luces de un coche patrulla iluminaron, también esta vez, la montaña de arena a medida que iba subiendo el nivel del agua, como si la montaña fuera un monumento. 

Muchos espectadores permanecieron allí incluso hasta que la marea alcanzó su punto más alto y, justo poco antes del amanecer, cuando la marea volvió a subir un poco, dos ancianos permanecieron junto al coche patrulla que había vuelto al lugar, deteniéndose y volviendo a dirigir sus faros hacia la playa. La montaña de arena continuaba allí. Según dijo uno de los hombres, era como si se tratara de la única escultura real que hubiera habido allí jamás.

Al cuarto día de existencia de la montaña de arena, solo unos pocos padres permitieron a sus hijos jugar sobre ella. Desde luego, hubo chicos de mayor edad que acudieron a la playa solos, sin sus padres, y que subieron y bajaron de la montaña. 

Pero al quinto día solo siete chicos ascendieron a la montaña, aunque fue un día hermoso y soleado y la playa se vio abarrotada de gente. Un hombre se había traído una pala e iba de un lado a otro de la playa preguntando a la gente si había algún otro voluntario con palas. No hubo nadie. 

Así es que el hombre se dirigió solo hacia la montaña de arena y, divertidamente, empezó a introducir su pala en la arena; pero se tuvo que detener cuando uno de los jóvenes que estaban sobre el montón empezó a gritar para terminar bajando a la playa, seguido de los demás, como si cada uno de ellos tuviera miedo de quedarse solo sobre la montaña.

—¿Qué ocurre? —se le preguntó al niño que lloraba.

Pero todo lo que hizo el muchacho fue balbucear que se había «asustado». Y el hombre de la pala regresó a donde estaba su familia, en la misma playa, y le dio la espalda al montón de arena.

Al séptimo día de la montaña de arena, un sábado, tres coches cargados de hombres que llevaban varias cajas de cerveza acamparon cerca de la colina de arena a primeras horas del atardecer. Cada uno de ellos llevaba una pala. Inmediatamente, una multitud se congregó a su alrededor para preguntar si iban a aplanar la montaña de arena y que, si era así, se dieran prisa.

—¡Claro que lo vamos a hacer! —dijo uno de los hombres que, al parecer, era su jefe; un hombre de unos treinta años, corpulento y peludo—. En cuanto nos tomemos unas cuantas cervezas.

La multitud esperó con impaciencia mientras los hombres, gastándose bromas entre ellos, recostándose sobre las espaldas, mirando hacia la montaña de arena, bebían lentamente sus cervezas. Ante los gritos de «¿Qué estáis esperando?», «¡Vamos!» y «¡No se puede hacer nada ahí tumbados!», los hombres se echaron a reír y miraron a su jefe, que dijo:

—No hay prisa, muchachos. Ese montón de arena no se va a marchar a ningún lado. Y si hay algo dentro, tampoco va a desaparecer.

Después, al ver que una media docena de hombres que no pertenecían a su grupo se habían marchado para regresar provistos de sus propias palas, se levantó y dijo:

—Vamos. Ahí está nuestro trabajo.

Pero después, viendo que los seis hombres provistos de palas tampoco tenían prisa por empezar a excavar la montaña, se volvió a tumbar y abrió otra lata de cerveza. Los otros hicieron lo mismo. A medida que cada uno de ellos terminaba su lata de cerveza, la colocaba cuidadosamente en un montón que, toscamente y en miniatura, se parecía a la montaña de arena. Ninguno de los hombres ofreció una cerveza a nadie que no formara parte de su grupo, y ninguno de ellos llevaba puesto el bañador.

A primeras horas de la noche, cuando ya se habían bebido casi toda la cerveza y la marea empezaba a lamer la montaña de arena, el jefe se levantó y, deliberada y dramáticamente, mirando primero a su alrededor para comprobar que estaba siendo observado, destruyó el montón de latas de cerveza de un fuerte puntapié.

—¡Está bien! —gritó—. ¡Vayamos a por ese maldito montón de arena!

Y animados por algunos —aunque la mayor parte de los mirones permanecían silenciosos—, los hombres hundieron sus palas en la montaña de arena. Empezaron a excavar furiosamente, arrojando la arena tan lejos como podían. Eran unos doce, que rodearon el montón de arena a varios niveles y, dirigidos por su jefe, cantaron mientras trabajaban:

—Montaña, montaña, excávala. Montaña, montaña, remuévela. Montaña, montaña, alcanzad su corazón. Montaña, montaña...

Los mirones se acercaron al montón de arena tanto como pudieron, hasta el punto adonde iba a parar la arena arrojada por las palas, mientras que, tras ellos, al ver la gente cómo se atacaba a la montaña, acudía hacia ella desde todas las partes de la playa y desde la calle que corría paralela al mar. Los coches se detenían y sus ocupantes bajaban para observar.

—... remuévela —los mirones se sumaban ahora al canto—, alcanzad su corazón.

Al cabo de unos momentos, algunos de los espectadores provistos de palas preguntaron a los bebedores de cerveza si podían ayudar y, una vez obtenido el permiso, subieron también a la montaña y empezaron a excavar.

—... remuévela.

Los hombres que no tenían palas subieron a la colina para ir quitando arena con las manos, cantando al mismo tiempo. Después, subieron las mujeres, y los jóvenes, y los niños.

—... remuévela.

Finalmente, el montón de arena quedó cubierto de gente que cantaba, excavaba furiosamente, apartaba arena con las manos, sin reírse, apretándose cada vez más a medida que los bebedores de cerveza trabajaban en la base y mientras la parte superior de la montaña iba siendo aplanada.

—... alcanzad su corazón.

Ahora, el nivel del agua estaba aumentando alrededor de la montaña decapitada, humedeciendo la arena arrojada desde la altura del montón que quedaba, aplanándola, volviendo a llevársela hacia el océano. Aumentando milímetro a milímetro, centímetro a centímetro a medida que el sol descendía más y más, el agua fue invadiendo la zona hasta que algunos hombres y mujeres recogieron a sus hijos más pequeños y vadearon desde la base de la montaña hasta la playa seca. 

Una de las mujeres se cayó y su hija gritó de terror cuando, alcanzada por detrás por una poderosa palada de arena, cayó al agua. Un policía los sacó rápidamente de allí. Su coche patrulla estaba listo para iluminar la escena en el caso de que se hiciera completamente de noche antes de que hubiera podido ser destruida la montaña. Sus luces ya estaban encendidas y dirigidas hacia el montón de arena.

Poco a poco, el nivel de arena de la montaña fue descendiendo, hasta que solo siguieron excavando los primeros hombres, ahora más lentamente y cantando menos, aunque los mirones seguían cantando con fuerza, casi con furia. 

Después, cuando el océano empezó a lamer la parte superior de lo que quedaba del montón de arena, los trabajadores fueron abandonando el agua, hasta que solo quedó en ella su jefe, sudando, trabajando duro y limitando su canto a un «¡excava, remueve, corazón!».

Se apartó del agua en el momento en que el océano cubrió finalmente la montaña, sintiéndose desilusionado y farfullando:

—¡Demonios! No había una maldita cosa en ese montón de arena.

El residente que vivía frente a la playa se levantó al amanecer. Cuando miró hacia la playa desde la ventana de su sala de estar, no supo si sentirse desilusionado o aliviado al ver que la montaña había desaparecido. Supuso que sintió un poco de ambas cosas, pero sobre todo se sintió aliviado.

Desde la distancia no pudo ver cómo comenzaba a formarse una nueva montaña de arena, no muy lejos de la que había sido destruida. Sin embargo, ya avanzado el día, tanto él como otros pudieron verla a medida que la marea de la mañana apilaba más y más arena. 

Y también pudo ver la segunda pequeña montaña, cerca de la primera, mientras ambas crecían a una velocidad similar. A las nueve de la mañana siguiente, las dos eran más grandes que la antigua montaña de arena.

Los años amargos - Dana Lyon

La mujer terminó de limpiar la cocina, después de su solitaria comida —la pechuga de pollo hervida con vino, la refrescante ensalada de aguacates y las galletas tostadas que ella misma se había hecho, y de las que dejó suficientes para el desayuno—, y ahora la pequeña casa estaba en perfecto orden. 

El sol, sobre el rústico pueblo de montaña que había elegido como hogar permanente, no tardaría en desaparecer tras las colinas boscosas, pues el atardecer nunca era un período demasiado prolongado, y ahora sólo quedarían unos pocos momentos antes de que todo quedara envuelto en la oscuridad. Así pues, debía dar el último vistazo del día al terreno preparado para plantar su nuevo césped de jardín.

Mañana, le había dicho Samuel; mañana, el suelo estaría preparado para recibir la semilla y después, con la voluntad de Dios, podría tener un césped decente para variar. Él se sentía orgulloso de sus trabajos; nadie había sido capaz aún de hacer crecer un césped adecuado en esta zona rocosa de las colinas. Muchos lo habían intentado y sólo habían obtenido unas pocas briznas de hierba. 

Pero ella estaba decidida a conseguir un césped exuberante detrás de la casa, y después compraría un toldo y algunos muebles de jardín y hasta quizá haría instalar una pequeña fuente; y cuando regresara de su viaje podría sentarse en el exterior durante todo el verano, tomando el sol y disfrutando de la belleza y la tranquilidad conseguida en la vida gracias a sus propios esfuerzos. 

Durante los inviernos viajaría —México, América del Sur, el Mediterráneo—, pero durante los veranos disfrutaría de la casa, del césped y del jardín por los que había esperado tanto tiempo.

Mirando todavía por la ventana, vio algo blanco que saltaba rápidamente sobre la marga oscura de la tierra preparada. Se puso inmediatamente alerta y salió corriendo por la puerta de atrás, gritando:

—¡«Nemo»! ¡«Nemo»!

El pequeño gato negro no le prestó la menor atención porque se había hundido hasta el vientre en la tierra blanda. Sin pensarlo, dándose cuenta únicamente de que el gato se podía hundir por completo como si fueran arenas movedizas, saltó sobre la tierra abonada y se encontró hundida en ella casi hasta las rodillas, antes de que sus pies pudieran posarse sobre la dureza rocosa del suelo que había debajo.

—¡Maldita sea! —exclamó, y se echó a reír—. Soy una vieja tonta.

Se abrió paso por la reblandecida tierra, de unos cuarenta y cinco centímetros de profundidad, rescató al gato que maullaba, y regresó a la casa para quitarse la ropa y ducharse.

A pesar de aquello, se sintió complacida al haber comprobado por sí misma la profundidad del nuevo terreno. Samuel había hecho muy bien su trabajo; evidentemente, había roturado el suelo rocoso lo mejor que pudo y después había extendido sobre él carretadas de tierra blanda, fertilizada y libre de malas hierbas, que ahora estaba lista para recibir al día siguiente las semillas de hierba. 

No le había engañado. No se había limitado, como podrían haber hecho otros jardineros, a extender una fina capa de abono sobre el suelo rocoso, sino que realmente había preparado el suelo para que la hierba creciera durante toda la vida. A pesar de ello, había seguido sacudiendo la cabeza, refunfuñando, al estilo pesimista de estas gentes de la montaña, que parecían demasiado acostumbradas a la desilusión para tentar al destino con la esperanza.

—Las semillas de hierba no quieren crecer aquí —había murmurado mientras rastrillaba y alisaba, alisaba y rastrillaba—. El suelo está vacío. El aire es demasiado ligero y los inviernos demasiado crudos.

Pero había seguido rastrillando y alisando, prometiendo un desastre, pero manteniendo la esperanza, a pesar de sí mismo.

La mujer sonrió, salió de la ducha, se secó, se puso un camisón y una bata encima, lavó al gato a pesar de su enfurecimiento (quien parecía decirle, ¿es que alguien puede lavar a un gato mejor que él mismo?) y tomó asiento en el cómodo sillón que había frente al aparato de televisión.

Estaba sola. Y segura. Segura, al fin. Feliz y cómoda. Descansada. Descansada por primera vez en su vida y con ese maravilloso crucero mundial esperándola, después de sus muchos años de trabajo sin vacaciones. Sólo le faltaban unas pocas semanas, el tiempo suficiente para ver crecer un poco la hierba recién plantada, sabiendo que a su regreso, varios meses después, estaría alta y hermosa. Nunca se había sentido tan contenta, tan excitada como una joven, como se sentía ahora. Los años amargos quedaban atrás; los años excitantes la esperaban delante.

Se cansó y se exasperó con la televisión porque en estas intrincadas montañas sólo se podían captar dos canales y en uno de ellos estaba cantando un grupo de rock, llenando el aire con los gritos y el vocerío de los sonidos modernos; en el otro canal ofrecían una vieja película del Oeste, produciendo también sonidos fuertes, aunque éstos eran del pasado, disparando, gritando y galopando de un lado a otro.

Apagó la televisión y se dirigió a la mesa de despacho, abriendo un cajón. Apartó un pequeño revólver que tenía allí porque estaba viviendo sola, y cogió un montón de folletos de vivos colores para volverlos a mirar, soñando e imaginando su vida en el futuro, ignorando el pasado: el magnífico barco en el que dispondría de una cabina exterior, toda para ella sola, y donde podría pasar días y noches de tranquilo placer; Inglaterra, con su magnífica historia; el continente —París, Venecia y muchas partes más, incluso Creta—, un crucero que iba a durar casi un año completo. Al fin y al cabo, iban a ser las primeras vacaciones después de tantos años que ni siquiera los podía contar.

Se recreó contemplando las imágenes, las vistosas y casi imposibles descripciones y una vez más, al igual que había hecho antes una docena de veces, cogió el voluminoso billete, las direcciones, el recibo, la fecha de partida, los folletos donde se indicaba el tipo de ropa que podía llevar..., todo lo que antes no había sido más que un sueño para ella. Ahora, todo estaba arreglado: Samuel se encargaría de cortar y regar el nuevo césped y cuidaría a «Nemo»; la oficina de correos le guardaría la correspondencia —¿qué correspondencia?—; míster Prescott, el único policía del lugar, daría periódicamente un vistazo a su casa.

Todo estaba en orden, todo estaba esperando. Y finalmente —puro placer—, haría el viaje para bajar de las montañas en el desvencijado y viejo autobús diario, el vuelo aéreo a la ciudad, la noche que pasaría en uno de los grandes hoteles y después, al día siguiente, el trayecto en taxi hasta el gran barco blanco y todo lo que prometía...

Al principio no escuchó la llamada en la puerta. La casa estaba en silencio y el único sonido era el de «Nemo» ronroneando a sus pies; pero ella se hallaba perdida en otro mundo, y el sonido de la primera llamada no le llegó.

Volvió a sonar de nuevo y, en esta ocasión, la escuchó. Sintiéndose aún perdida, sin preguntarse siquiera quién podría estar llamando una vez que había caído la noche, se dirigió hacia la puerta y la abrió, viendo ante ella a un hombre pequeño.

—¿Sí? —preguntó, sorprendida, pero sin sentir aún ningún recelo.

—¿Miss Kendrick?

Preparada o no, consiguió mantener la más completa disciplina física. No vaciló, y en su rostro tampoco apareció ninguna expresión.

—No —dijo tranquilamente—. Debe haberse equivocado.

—Creo que no —dijo el hombre. Era una persona completamente mediocre: de aproximadamente un metro sesenta de estatura, de un pelo rojizo y espeso, con un traje del mismo color y unos ojos azul pálidos.

—Mi nombre es Stella Nordway —afirmó ella— Mistress Stella Nordway.

—¡Oh! —exclamó el hombre, sonriendo—. ¿Se ha casado hace poco?

—Soy viuda desde hace diez años —contestó—. Como ve, está en un error.

—¿Puedo entrar?

—No —y ella empezó a cerrar la puerta.

El rostro del hombre se alteró ligeramente. Primero expresó un ramalazo de furia y después, casi instantáneamente, una máscara de mediocridad que podría hacerle pasar completamente inadvertido entre una multitud.

—Soy investigador privado —dijo—, para la Halmut Bonding Company. Me han contratado para encontrar a una mujer llamada Norma Kendrick que desfalcó más de cien mil dólares en la empresa donde trabajaba durante los últimos siete años. La quieren atrapar, miss Kendrick. Y el dinero.

—Puede entrar —dijo ella, y abrió la puerta un poco más.

Se introdujo en la casa e instantáneamente encontró la silla más incómoda de la habitación, de respaldo corto y recto, y se sentó en el borde, como si el haberse sentado en el cómodo sofá le hubiera hecho perder su estado de alerta.

—Está usted equivocado —volvió a decir ella, aunque esta vez casi con indecisión—. Yo no soy...

—He trabajado como investigador durante los últimos veintitrés años. Y sé de usted lo siguiente: trabajó como contable principal para la Sharpe Wholesale Hardware Company. Un establecimiento grande y próspero. Usted era una persona competente y digna de confianza Sólo había una pequeña peculiaridad con usted: durante los últimos siete años se negó a tomarse las tres semanas de vacaciones a que tenía derecho cada año...

—Pero yo... —le interrumpió ella, pero se mordió las palabras, pues lo que iba a expresar habría significado admitir lo que le decía el hombre, así es que se corrigió rápidamente—. Pero yo no tengo nada que ver con todo eso, así es que como ve...

—Es usted Norma Kendrick —le interrumpió él—. No puedo dejar de admitir que siento una gran curiosidad por saber por qué se convirtió de repente en una malhechora. Se estuvo haciendo cargo durante años de su padre inválido y haciendo su trabajo y volviendo a casa todas las noches para seguir la misma rutina. Entonces, de repente, decidió usted apoderarse de una parte del dinero de la empresa. 

Al final del primer año, se dio cuenta de que no podía dejar sus libros de contabilidad... habría significado tener que admitir a un contable que la sustituyera durante su ausencia. Se me advirtió que míster Sharpe no sintió mayor curiosidad por saber por qué usted no deseaba tomarse cada año su período de vacaciones, aunque me dijo que había confiado plenamente en usted, pues era hija de un viejo amigo y siempre había demostrado su competencia y responsabilidad, que la hacían digna de toda confianza. 

Y, más aún, explicó su renuncia a las vacaciones diciendo que no podía abandonar a su padre enfermo para ir a ningún sitio, y que necesitaba desesperadamente el dinero para pagar los medicamentos de su padre, así es que si míster Sharpe, además de su salario regular, le pagaba a usted lo mismo que tendría que pagar a un contable que la sustituyera durante las vacaciones, le quedaría muy agradecida.

La mujer permaneció completamente inmóvil, temerosa de hablar, y de no decir nada. Sería mejor escuchar, pensó. Tenía que haber una escapatoria en alguna parte.

—¿De verdad? —preguntó, estimulándole.

Él quedó sorprendido, quizá porque había esperado otra negativa por parte de ella.

—Así es que en lugar de las vacaciones se tomaba frecuentemente un largo fin de semana, desde el jueves al lunes, o desde el viernes al martes. Durante esos períodos de tiempo se las arreglaba para adoptar su segunda personalidad, con el nombre de Stella Nordway. Se puso una peluca rubia, unas gafas, unas ropas más jóvenes, y compró esta casa. 

También compró un billete para realizar un crucero mundial. Hizo todas estas cosas con bastante rapidez, después de haber estado llevándose el dinero durante siete años, y no solamente porque finalmente había muerto su padre, sino también porque el propietario de la empresa estaba dispuesto a retirarse y venderla. Y esa venta, desde luego, habría significado un repaso muy cuidadoso de los libros de contabilidad. Y bien, miss Kendrick, ¿qué dice usted a todo esto?

Su mente se agitó.

—¿Me persigue la policía? —preguntó, en un abandono final ante lo inevitable.

El hombre sonrió.

—No, todavía no. Como ya le he dicho antes, trabajo primero para la compañía de seguros, y después para su antiguo jefe, aunque, desde luego, en cuanto haya sido localizada, tendrá que intervenir la ley. La policía también la está buscando, pero en una dirección diferente. La empresa de seguros quiere recuperar su dinero..., lo que quede de él... y el Estado también obtendrá su venganza. Desaparecerá su pequeña casa...

Echó un vistazo por la limpia y atractiva habitación así como por la ventana, mirando al cielo oscuro, donde las estrellas brillaban claramente en el aire de la montaña. Suspiró con placer. Aquello también sería un maravilloso retiro para él, después de toda una vida de trabajo en la ciudad.

—Su viaje alrededor del mundo... y no sabe cuánto la envidio por eso... también tendrá que ser olvidado.

Ella empezaba a sentirse confundida. ¿Por qué no estaba allí la policía? ¿Por qué aquel hombre no le había dicho a míster Prescott, el único policía del lugar, que en el pueblo había un fugitivo de la justicia? ¿Por qué se había presentado él allí, para decirle todas aquellas cosas, sin hacer nada al respecto? 

Ella se dio cuenta de que había perdido la partida, pero supo desde el principio que todo no era más que un juego. La amargura que sentía era biliosa.

El pequeño hombre volvió a hablar, medio sonriendo.

—Mistress Nordway... —empezó a decir.

—¿Mistress Nordway? —repitió ella—. Pero usted..., usted insiste en afirmar que soy Norma Kendrick...

—Puede usted ser cualquiera de las dos, como más le guste —le dijo tranquilamente—. Todo depende de usted.

Se dejó caer en el sillón, completamente confundida, siendo su confusión mucho mayor que su error.

—¿Qué quiere decir? —balbució.

—Bueno, solamente eso. Tiene usted más valor que yo. Más ingenuidad. Posee un mayor espíritu de juego. Yo he estado atado a una esposa enferma durante muchos años, del mismo modo que usted lo estuvo a su padre, y cuanto más me preocupaba por ella, tanto peor era su carácter. Odiaba tener que depender de mí. No había forma de ganar el dinero suficiente para escapar. Soy lo que soy. He ahorrado a mi empresa muchos miles de dólares, quizá millones, pero mi salario sigue siendo insignificante... Así pues, ¿cuánto vale su libertad, mistress Nordway? ¿O debo llamarla miss Kendrick? ¿Qué queda del dinero que robó?

Ella se quedó helada.      

En esta ocasión no sintió temor, sino rabia. Podía comprender la necesidad de la ley de hacerle pagar lo que había hecho..., eso era la consecuencia de haber perdido el juego; pero asistir impasiblemente al robo de todo lo que había esperado, de todo aquello por lo que había trabajado, poniendo en riesgo su libertad, y todo ello a cargo de este inconsecuente zalamero y pequeño oportunista que estaba sentado frente a ella con tanta presunción... eso no lo podía aceptar.

Se levantó y, tratando de que su voz no la comprometiera en nada, dijo:

—No queda mucho dinero después de haber comprado la casa y el billete para el crucero mundial. Me quedaría en la miseria.

—Aceptaré la casa —dijo él ligeramente al ver que estaba ganando—, y también puede devolver el billete. O, mejor aún, pásemelo a mí...

—No creo que sea transferible —dijo ella, sintiéndose casi ausente—. Espere un momento, lo tengo aquí mismo...

Al dirigirse hacia la mesa, se detuvo un momento ante la ventana, mirando hacia el exterior.

—¿Cómo vino hasta aquí? —preguntó, utilizando el mismo tono de voz ausente—. No veo su coche fuera.

—Lo dejé en una calle más abajo, lejos de aquí —dijo él—, frente a la iglesia. Bajo estas circunstancias, no me pareció una buena idea dejar que alguien se enterara de que tenía usted una visita.

—Comprendo —dijo ella.

Se dirigió hacia la mesa, donde revolvió algo durante un momento, recogió lo que deseaba y lo mantuvo cerca de los pliegues de su bata. Recordó entonces, por un instante, que había vecinos no muy lejos de allí, así es que se encaminó tranquilamente, con discreción, hacia el aparato de televisión.

—¿Le gustan las películas del Oeste, míster...?

—Jordan —dijo él automáticamente—. ¿Por qué? Yo... —su voz sonó desconcertada.

¿Televisión? ¿Ahora?

Ella hizo girar el control de volumen, poniéndolo alto, y la habitación se llenó con el estridente sonido de los cow-boys, que seguían gritando, galopando y disparando. Levantó entonces el pequeño revólver que llevaba en la mano y cuando él la miró asombrado, en su último y breve momento de comprensión, ella le apuntó y le disparó una bala entre los ojos.

No había lugar donde ocultar el cuerpo. Así de simple era el problema. En esta pequeña casa no había sótano; el suelo resultaba demasiado duro y rocoso para cavar una fosa; no tenía coche, pues nunca había aprendido a conducir..., no disponía de ningún lugar donde ocultar este pequeño cuerpo que mostraba un diminuto agujero en el centro de la frente.

Se sentó. No sentía haber realizado aquella acción, sabiendo que aun cuando se hubiera dado cuenta a tiempo de las complicaciones de su acto, le habría matado del mismo modo. Le había impulsado la rabia; no la avaricia, ni el temor, ni un impulso ciego; sólo había sentido una rabiosa necesidad de matar a esta persona, a esta cosa, que estaba dispuesta a destruir toda su vida y su futuro en beneficio propio.

Le dejó allí, sobre la alfombra de la sala de estar, a la que había caído lentamente desde la silla. Había muy poca sangre. Se dirigió hacia la cocina, mirando, a través de la ventana de atrás, su querido pequeño jardín, con el suelo preparado para el nuevo césped en el que había puesto tantas esperanzas. Se sentía paralizada de dolor, al pensar que todos sus grandes planes para el futuro parecían haber quedado destruidos ahora. Se sentía desintegrada, muerta, como el pequeño hombre que estaba en la otra habitación.

Se quedó mirando fijamente a través de la ventana, hacia la negrura de la noche, inmóvil.

El césped. El suelo. Cuarenta y cinco centímetros de abono negro pulverizado sobre la dureza de la roca. Casi medio metro. En realidad, más profundo de lo que necesitaba ser. ¿Era lo bastante profundo? ¿Sería suficiente para un hombre pequeño, extendido de plano? ¿Quedaría bien con las semillas de hierba plantadas sobre él y creciendo hasta convertirse en un césped sólido?

El abono estaba muy blando y ligeramente húmedo. Esperó en la oscuridad, junto a la ventana, de modo que los vecinos pudieran pensar que ya se había acostado, y observó cómo se iban apagando una tras otra las pocas luces que aún quedaban. Era un pueblo donde la gente solía acostarse pronto y levantarse temprano, por lo que no debía esperar más tiempo del que debía...

Finalmente, la noche quedó oscura y silenciosa. Tan silenciosa como la muerte. Se dirigió entonces al terreno de la parte de atrás, y excavó un lugar en el suelo removido, con el tamaño adecuado para colocar en él al pequeño hombre —aunque, desde luego, sólo tenía cuarenta y cinco centímetros de profundidad. 

Llevó mucho cuidado para que la pala no hiciera ningún ruido contra la roca del fondo. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, cuyo único resplandor procedía de las pálidas estrellas, y sus movimientos eran tan silenciosos como la noche.

Llevó al pequeño hombre hacia el terreno y lo dejó en su tumba, con los brazos decorosamente estirados a lo largo de las piernas, y empezó a cubrirlo con la tierra. Se detuvo. El cadáver tenía que estar plano, lo más plano posible, pues Samuel podría querer rastrillar y remover el suelo una vez más, y no debía existir la posibilidad de que sus herramientas de trabajo profundizaran lo suficiente como para encontrarse con algo sólido. Por la forma en que le había colocado, creyó que los hombros del pequeño hombre estaban algo elevados. Tenía que estar más plano, más plano.

La tumba que había abierto era ancha, pero no profunda; había más espacio a ambos lados que sobre él. Lo volvió a intentar de nuevo, extendiendo los brazos del muerto, formando ángulo recto con su cuerpo... ¡Ah! ¡Eso estaba mejor! Ahora se encontraba todo lo plano que podía estar. Ahora podría cubrirlo y olvidarse de él. La hierba no tardaría en crecer sobre él, enredándole en sus propias raíces, cubriéndole para siempre, con toda su identidad, con toda su existencia perdida en otros lugares. Pero no allí.

No allí.

Regresó a la casa y se acostó a dormir. Su futuro estaba de nuevo a salvo.

 Pasó algún tiempo antes de darse cuenta de que sus planes no tenían sentido. Día tras día observó cómo crecía la hierba de su césped y esperó con ansiedad a que aparecieran las primeras hojas verdes, olvidándose casi por completo de lo que había bajo ellas. 

Y la hierba creció, aunque no lo hizo muy bien. «Era como le había dicho Samuel», pensó ella, con desesperación. En estas montañas de rocas, suelo estéril e inviernos crudos ningún césped podría crecer decentemente. Pero las hojas salieron, esforzándose por captar los rayos del sol, un pedazo de verde aquí, otro allí, de modo que, después de todo, quizá hubiera alguna esperanza.

Una mañana, tras una noche de suave lluvia de verano, miró su césped y vio que se había producido un cambio. En el centro había un gran trozo de hierba verde y brillante, muy hermosa, alta y gruesa, que crecía florecientemente entre los trozos más escasos en los que sólo había unas cuantas hojas pálidas; un trozo que crecía florecientemente, en forma de cruz, movido ligeramente por la brisa y calentado por el sol del verano. Un trozo que crecía florecientemente.

 Y así fue como la gente del pequeño pueblo se preguntó por qué aquella vieja y loca mujer segaba con tanto cuidado su césped, dos veces a la semana, todas las semanas. Desde que salieron las primeras hojas de hierba, la mujer nunca más abandonó su casa; nunca más volvió a alejarse de ella, ni siquiera para tomarse unas pequeñas vacaciones; durante el transcurso de los largos años que siguieran nunca dejó de faltar a la cita, lloviera o hiciera sol, en primavera o en otoño, cuando tenía que segar su césped.