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El hombre con piernas - Al Sarrantonio

—No te creo.

—Pues debes.

—No.

—Lo harás —insistió Nellie—. La prueba será un viaje en autobús.

—Yo tengo la lista de precios —dijo Willie. Sus ojos relucían—, y pagaré nuestro viaje, pues no te creo, y haré que digas que no está allí.

—Está.

—Demuéstralo.

—Sólo hay una manera.

—Una manera —canturreó Willie—. Una manera —repitió, haciendo rodar las palabras por su lengua, sobre sus labios, y lanzándolas por último a la atmósfera.

Los ojos de Nellie estaban ensombrecidos en contraste con los suyos jóvenes.

—Lo demostraré —dijo ella, con frialdad.

—Lo harás —coreó Willie.

Después de que Willie fuese al baño (él siempre tenía que ir al baño), salieron de la casa. Se pusieron gruesos abrigos de invierno, espesas manoplas y negras botas brillantes, y se escurrieron de la casa por la puerta trasera, sigilosamente. La madre debía de estar en la parte delantera, junto a la cálida luz del televisor, contemplando sus soporíferas óperas.

—Tenemos dos horas —dijo Willie, en un tono que en realidad no daba a entender de cuánto tiempo disponían.

—Nos sobra tiempo —añadió Nellie.

El autobús del sábado llegaba tarde. Se detuvieron ante la segunda parada para que ni la madre ni ninguna de sus amigas los pudiesen reconocer. Willie palpó con sus dedos el monedero dentro de su bolsillo, corrió la cremallera que liberaba el dinero, y la volvió a cerrar. Pateó el suelo debido al frío. Nellie permanecía rígida, su anorak de un azul vivo le daba las dimensiones de un hombre de las nieves. Sus ojos estaban semiocultos por el gorro, que se había calado hasta las orejas, y evitaba la mirada de Willie.

—Él no está allí —dijo Willie en un tono de voz lento e irritante.

—Sí que está —le replicó Nellie entre sus dientes, que le castañeteaban violentamente.

—Todo fue un sueño.

—Lo vi ayer, cuando pasamos con el autobús escolar —le contestó Nellie con rudeza—. Lo vi con tanta claridad como tus labios. Él estaba allí, parado en el porche de su casa, y me vio cuando el autobús pasó por delante.

—Lo soñaste.

—No.

—Nunca encontrarás la casa.

—La grabé en mi mente.

—¡Bah! —dijo.

Ella se volvió para golpearle, pero él evitó con agilidad su acometida, haciendo que todavía se enfureciese más.

—No existe —dijo él, sacudiendo su mano ante ella en un gesto de negación.

Ella tomó un puñado de nieve y se lo tiró a él con rabia.

—Ya lo verás todo enterito.

Permanecieron callados sobre la nieve, esperando el autobús, golpeándose los cuerpos para ahuyentar el frío. La temperatura había descendido. La luz relucía brillante sobre la nieve. De no haber estado tan habituados a ella, el resplandor les hubiese dañado los ojos.

—No te creo —dijo Willie.

En aquel momento llegó el autobús.

Subieron resoplando, y Willie sacó su monedero, depositando el dinero sobre la palma de su mano. Tenía lo justo. Por unos instantes, retuvo una moneda, esperando que fuese suficiente, y luego la depositó en la bandeja, sonriendo al conductor. Éste no le devolvió la sonrisa. Se desplazaron hasta el centro del vehículo, eligiendo dos asientos en el lado que Nellie dijo que era el adecuado.

—¿Y por qué no en el otro lado? De todas maneras, tampoco vamos a ver la casa.

—Siéntate —dijo Nellie.

El autobús era cálido. Se distrajeron contemplando las formas de la nieve en el exterior. Willie observó las casas conforme iban pasando. Parecían sueños envueltos en la niebla. Lo que más le atraía eran los conos de agua helada que pendían de los alerones de los tejados. Algunos colgaban de tal manera que casi tocaban a sus simétricos que se elevaban desde el suelo.

—Brrr —gruñó Nellie, contemplando la misma escena a través del círculo que había abierto en el entelado cristal de la ventanilla.

—Es precioso —dijo Willie, volviéndose hacia ella.

—Brrr —dijo ella de nuevo, provocándolo—. Eres demasiado joven para entender lo que el frío significa.

Él se encogió de hombros y se volvió, admirando el multicolor resplandor del hielo sobre un grupo de casas. En su mente, todo el mundo se convirtió en una bola de nieve.

—Ahí está —gritó Nellie de repente, dándole una enérgica sacudida—. Eso es.

Willie siguió con su mirada el dedo de ella, allá donde éste le indicaba a través del espacio abierto en el vaho que empañaba la ventanilla.

—Sigo sin creérmelo —dijo, pero su voz era un susurro y sabía que estaba mintiendo.

Allí había una casa distinta de las otras; se elevaba solitaria, con un espacio abierto a ambos lados. Aunque rodeada de bloques de viviendas, se vislumbraba con singularidad. Parecía una casa encantada; sus ventanas conformaban un rostro, y la entrada, amplia de extremo a extremo, era la boca. La casa permanecía enigmática y solitaria y, allí, cubierta de nieve, daba una sensación de respeto, cual si fuera una gran araña blanca.

—Haré que me creas —dijo Nellie.

Estaba tratando de alcanzar el tirador que daba la señal de parada al autobús, cuando la mano de Willie tomó la suya. Él quería detenerla. Deseaba permanecer allí, dentro del cálido autobús, contemplando el mundo exterior hasta que éste cumpliese todo su itinerario y lo dejase de nuevo ante la puerta de su hogar. Luego haría rápidamente un castillo con la nieve y entraría a tiempo de cenar.

—Te creo, vamos a casa —dijo.

Nellie se plantó ante él, sonriendo.

—Ya te dije que era verdad.

—Tú eres mayor que yo —dijo Willie por toda respuesta.

—Ya lo sé —dijo ella, tirando de la cuerda y empezando a caminar hacia la salida, así que el autobús hubo parado en una parada que había junto a la curva.

Él se ajustó las manoplas, que se había quitado para vaciar sus bolsillos y le habían quedado prendidas de su abrigo invernal, sujetas por unos cordoncillos, y corrió tras ella cuando su cabeza ya se perdía de vista entre los escalones de la salida.

Permanecieron plantados, solos, en la parada, mientras el autobús se alejaba.

La tarde empezaba a declinar y estaba todo sumido en el más absoluto silencio. En aquellos momentos, el mero sonido de las cadenas que para la nieve llevaban ajustadas a sus ruedas los vehículos habría perturbado al universo, y en lo hondo de su corazón, ambos sabían que tal coche no pasaría por allí. Hasta los hilos telefónicos permanecían inmóviles; la brisa que los había estado sacudiendo durante el día también se había apaciguado.

—Vamos —dijo Nellie, avanzando sobre la nieve de la calle.

Willie se desplazó inquieto tras ella.

Cruzaron la calle cogidos de la mano, y sólo entonces, cuando llegaron al lado opuesto de la curva frente a la casa, el mundo empezó a girar de nuevo.

Un coche con cadenas sobre sus neumáticos cruzó ante ellos.

—Ya te dije que te creía —dijo Willie, tratando de tomar una vez más su mano.

Ella no le correspondió.

—Pero no sé si me creo a mí misma —dijo ella.

Ascendieron los escalones del porche, los cuales crujieron suavemente, incluso bajo el níveo manto. Alguien había tirado sal sobre los peldaños intencionadamente, y sus botas se aferraban tan bien que Willie pensó en unas manos emergiendo de la madera y anclando allí sus botas, escalón a escalón.

Una vez alcanzado el peldaño superior, Nellie señaló.

—Fue aquí donde lo vi —dijo—, Justo al lado de esta ventana junto a la puerta.

—Yo... no sé —dijo Willie.

Ella se elevó para alcanzar el timbre, pero esa vez las manos de Willie alcanzaron las de ella y las mantuvieron sujetas.

—Por favor.

Ella volvió los ojos hacia él, y su mirada le dijo: «Dime por qué, sólo una razón por la cual debería detenerme».

—Porque no quiero saber —dijo Willie conteniendo un sollozo.

—Tú no quieres saber —dijo ella—, pero yo sí quiero.

Su mano se liberó de la presión de las suyas y presionó el timbre con firmeza.

En alguna parte, muy al interior de la casa, sonó una armonía musical.

Luego silencio.

Nellie pulsó el timbre de nuevo; esta vez por más tiempo, manteniendo su manopla sobre él.

Dong. Dong. Dong. Dong.

Ahora, desde el interior, les llegó el sonido de unos pasos.

Al principio dudosos, pasos de alguien inseguro, y a continuación firmes y resueltos.

Tardaron bastante en llegar hasta la puerta, pero Nellie y Willie aguardaron.

Dong. Dong.

Nellie apartó su mano del timbre.

La puerta, una estrecha apertura en la boca de la araña —de la casa-araña—, se abrió.

Alguien se quedó mirándolos fijamente y dijo:

—¿Sí?

Nellie dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos.

—Pa... —empezó a decir.

—...dre —concluyó Willie, con la boca completamente abierta.

 

Ante ellos se alzaba un hombre con su negro pelo enmarañado y una expresión infantil en su ancho rostro. Su boca esbozaba una media sonrisa, como predispuesta a decir algo. Un tenue aroma a tabaco emanaba de su camisa de franela y de él mismo. Llevaba tirantes.

—Disculpadme, ¿de qué se trata? —dijo, con un aire de pasmo cruzando sus facciones.

—Yo..., usted... —empezó a decir Willie.

—Padre —dijo Nellie simplemente desde el suelo.

Las cejas del hombre se contrajeron, pero no perdieron su sonrisa.

—Lo que ella quiere decir es que pensó que usted era nuestro padre —dijo Willie.

Y tomó a su hermana de la mano empezando a descender los escalones del porche.

Nellie clavó sus pies en la nieve.

—No —gritó—, yo tengo razón. —Y volviéndose hacia el hombre en la puerta le dijo—: Usted es nuestro padre.

—¿Eh?... Sí, puede ser.

El hombre los observó de arriba abajo, deteniendo su vista sobre las botas de goma de los muchachos.

—¿Puede ser? —dijo Nellie balbuceando.

Luego se quedó con los brazos colgándole a ambos costados, hasta que tomó conciencia de que eran sus manos, y sin saber qué hacer con ellas, las introdujo en sus bolsillos.

—Mamá nos dijo que habías muerto —le espetó Willie inconscientemente.

El hombre pareció meditar, y luego abrió las puertas de par en par.

—Entrad y protegeos del frío —dijo.

Nellie empezó a adelantarse, pero Willie no se movió.

—No creí que pudieses ser tú —dijo casi para sí mismo.

—Entrad —dijo el hombre con suavidad.

Tras ellos quedó el tenue chasquido de la puerta al cerrarse, y luego la tibieza de la casa los embargó. Casi hacía demasiado calor allí dentro.

—Vamos a la sala —dijo él, avanzando ante ellos.

Fue entonces cuando Willie se dio cuenta de su cojera. Se movía con rigidez, al igual que un hombre sobre unos zancos. Y aunque la expresión de su cara no parecía alterarse, Willie podía intuir el esfuerzo tras su inexpresividad: un gruñido que acompañaba a cada uno de sus pasos.

—Sentaos —les indicó el hombre.

Tomaron asiento en un enorme sofá verde que los engulló a medias envueltos en mullidos cojines.

—Quitaos los abrigos.

El hombre se sentó en una silla de rígido respaldo, arrastrándola hasta el extremo de la pieza, ante ellos. Le costó bastante esfuerzo acomodarse en ella.

A la derecha de los niños ardía un fuego, una gran fogata; la habitación estaba a oscuras, pero debido al resplandor ambarino del fuego y al reflejo que la nieve aportaba desde el exterior a través de los amplios ventanales, en la habitación reinaba una confortable y cálida claridad.

Ninguno de los dos se movió para quitarse los abrigos.

—Tenemos que regresar pronto con el autobús —se explicó Nellie, sin apartar su mirada del hombre—. Ella nos dijo que habías muerto.

—¿Eso hizo? —dijo el hombre, buscando su mirada y sosteniéndola—. Qué interesante.

La sonrisa suavizó su rostro, haciéndole parecer más niño aún.

—¿Fuiste herido en un choque de trenes? —dijo Willie cuidadosamente—, ¿esa es la razón de tu cojera?

Los ojos del hombre se posaron en el suelo, antes de elevarse y encontrarse con los suyos.

—No —dijo simplemente.

Sus ojos se posaron en las piernas de Willie, antes de volver a mirar a Nellie.

—Él era muy pequeño para acordarse —dijo ella—. Pero yo lo recuerdo todo muy bien. Dijeron que moriste cuando el tren en el que viajabas se saltó una señal y chocó con los vagones de cola de otro convoy. Ellos dijeron que perdiste ambas piernas...

—¿Es lo que dijeron?

—Sí.

—Entonces, creo que estaban equivocados.

—Padre —musitó Nellie, como acostumbrándose a la palabra.

El hombre, por toda respuesta, asintió lentamente con la cabeza.

—¿Cuánto tiempo te has estado escondiendo? —preguntó Willie.

Empezaba a sentirse incómodo en aquel sofá, y se semidesabrochó el anorak.

—No podemos quedarnos más —interrumpió Nellie—, no, al menos esta vez.

El hombre sonrió.

—¿Cuánto tiempo escondiéndote? —insistió Willie.

El hombre inspiró profundamente y reflexionó.

—Veamos —dijo—. Debió de ser... —Contó con sus dedos—. Cinco años.

Cuando lo hubo dicho, sus manos se depositaron con suavidad sobre sus piernas.

—¿Por qué? —preguntó Nellie—. ¿Por qué tuviste que esconderte?

—Tuve que irme. —Se sujetó las piernas de repente, como si se fuese a incorporar—. ¿Qué tal si os hago un poco de chocolate? Todavía debéis de tener frío. Luego podemos continuar charlando.

—En realidad nos tendríamos que ir en seguida.

—Por favor... —La súplica en su voz era temblorosa; había brotado imprevista.

—De acuerdo —dijo Nellie con rapidez—. Lo que pasa es que todavía... no te conocemos lo suficiente.

—Eso es cierto.

Se elevó con gestos forzados, y suspiró cuando por fin consiguió ponerse en pie, ayudándose del respaldo de la silla.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Nellie.

—Sí —dijo él. Sus ojos no se apartaron de los pies de ella, y se estiró como lo hubiese hecho un tipo duro—. Volveré en unos instantes.

Desapareció en la parte trasera de la casa y ellos permanecieron unos instantes siguiéndole con la vista.

—¿Me crees ahora? —dijo Nellie.

—Es igual que el retrato que hay en el dormitorio de mamá —admitió Willie, huraño—. Pero no me gusta.

—A mí sí —dijo ella con énfasis—. Lo que le pasa es que hace demasiado tiempo que no nos ve.

Willie se levantó.

—No me gusta la forma que tiene de caminar.

—¿Adonde vas?

—Al baño —respondió Willie en un susurro.

—Espera hasta que él regrese.

—Si en efecto es papá, puedo ir al baño ahora.

—Tiene que serlo.

Willie se alejó, sacudiendo su cabeza.

Pronto se extravió. Siguiendo el camino que tomase el hombre, saliendo por la misma puerta, apareció en un corredor que parecía formar parte de un laberinto. Era completamente distinto al resto de la casa. Los azulejos del suelo, blancos y verdes, estaban destrozados y de las paredes colgaban desconchadas capas de pintura. 

El primer corredor desembocaba en otro, y en otro, y éste en otro más. Willie se vio pronto rodeado de pasadizos que se bifurcaban ante él en una oscuridad cada vez más creciente; diminutas bombillas sobre su cabeza despedían macilentos haces de luz.

Willie avanzó con suavidad, tanteando las paredes, hasta que un sonido percutiendo al fondo de uno de los corredores hizo que se adentrase en él.

Un sonido agudo, un canto, y tras él el sonido del metal chocando entre sí.

Willie se detuvo ante una puerta, la entreabrió y echó un vistazo. Se veían unos escalones descendiendo entre la oscuridad hacia una zona que se adivinaba mejor iluminada.

Allá abajo, alguien estaba canturreando.

Una voz dichosa, aunque de una tonalidad similar al gemido de un gato cuando alguien le pisa la cola inesperadamente.

Los metales dejaron de chocar entre sí.

El canto se detuvo.

Se oyó un gruñido y el sonido de algo al ser golpeado y cerrado, luego un susurro de ropas, y poco después, pasos.

Diminutos pasos de danza, más gruñidos, y de repente, fuertes pisadas.

Alguien subía por la escalera.

Willie retrocedió y se quedó encogido en la oscuridad.

Tras una larga espera, durante la cual Willie contó veinte pasos, la puerta se abrió ante él, y vio ante sí al hombre que era su padre. Su camisa de franela estaba desabrochada y Willie pudo ver finas correas y hebillas cruzadas sobre su piel.

El hombre avanzó al interior de la casa.

Willie contó hasta cincuenta y luego emergió de entre las sombras. Conteniendo su respiración, abrió la puerta de la bodega y observó hacia abajo. La luz seguía encendida. Descendió dos peldaños y atisbo, estirando su cuello. De la bodega no subía ningún sonido.

Bajó hasta abajo.

Suspiró.

Aunque sabía que no se hallaba allí, la llamó involuntariamente:

—Nellie...

En todas las paredes de la habitación, en todas y cada una de las paredes de la pieza, se veían, colgando en racimos, agrupadas, apiladas sobre cajas, apoyadas en las esquinas, piernas...

...piernas.

Las había a cientos, quizá mil pares de piernas. De todas las tallas y tamaños. Cada una de ellas estaba apropiadamente vestida, con medias o calcetines, zapatillas o zapatos, botas o babuchas. Willie pudo casi imaginarse el resto de la gente que debería estar unida a esas extremidades: banqueros y aprendices; chicos de reparto y mensajeros; vendedores, ejecutivos... 

Había un par de gruesas piernas que parecían de un carnicero, y algunos pares estilizados que debían ser de bailarines; de un conductor de autobuses, o de un deportista. Todas ellas tenían tirantes en la parte superior, un marco de cuero, una almohadilla y unas hebillas.

Había un par de piernas para cada personaje que uno pudiese imaginar.

—Oh, Nellie —suspiró Willie, deseando que su hermana estuviese allí, para sujetarle fuertemente la mano.

Aparte de las piernas, el único objeto que había en la habitación era una pequeña mesa en el rincón más alejado y, sobre ella, un potente fluorescente iluminaba con crudeza los instrumentos de tortura que se encontraban sobre ella.

Sierras, cuchillos y navajas; brillantes sierras dispuestas para hacer su trabajo.

—Oh, Nellie, Nellie —suspiró Willie de nuevo.

Un ruido le llegó desde la parte alta.

Una luz se encendió en la escalera.

Fuertes pisadas.

Conteniendo la respiración, Willie se volvió.

Un rostro le contemplaba, mirándolo de arriba abajo.

—¡Nellie!

—¡Shhh!

Ella volvió a desaparecer en lo alto de la escalera. Willie oyó el ruido de la puerta al ser cerrada y luego ella volvió a estar junto a él. Willie empezó a empujarla, mostrándole los centenares de piernas colgando de las paredes.

—Nellie, él...

—Él me lo contó todo —dijo ella interrumpiéndole.

—¿Dónde está él? —preguntó Willie.

—Arriba. —Sus ojos se contrajeron—. Le conté que el conductor del autobús es el novio de mamá y que si no nos veía en la parada, vendría a por nosotros. Evidentemente y porque no tenía por qué no hacerlo, me creyó.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo Willie lleno de temor.

—El quiere que nos quedemos —contestó Nellie.

—¡No!

—Él no es malo, Willie. La mayoría de estas piernas son de gente que ya había muerto cuando él las consiguió.

—Pero...

—Si nos quedamos, dice que será nuestro padre la mayor parte del tiempo. Y yo quiero que él lo sea.

—Pero Nellie...

—Lo necesito, Willie. Al igual que él necesita ser la gente cuyas piernas va usando.

—¡Quiero irme a casa! ¡Él no me gusta!

Temblando, Willie se aferró a su hermana, abrazándola junto a su pecho.

En su espalda, sobre la blusa y bajo el anorak, Willie notó correas y hebillas.

—¡Tú! —gritó, apartándola con energía.

—Sí —contestó Nellie con frialdad.

Willie se dio cuenta entonces de con cuanta lentitud y rigidez se movía ella.

—¡Nellie! —sollozó Willie.

—En esta habitación puedo ser cualquier cosa —dijo Nellie, volviéndose con rigidez y señalando las paredes con el dedo—. Puedo ser el hombre que reparte flores, o la mujer que da clases de piano. Una mañana puedo ser el cartero, o el cobrador de seguros. Maestra, sacerdote, o dentista. Puedo ser —dijo agitando una sierra de acero azulado en el aire— una niña o un niño pequeño.

Willie se lanzó escalera arriba pero tropezó y cayó de rodillas sobre los primeros escalones. Reptando sobre los peldaños, logró alcanzar la puerta superior.

No pudo abrirla.

Nellie subió lentamente tras él. En su rostro había una sonrisa que la auténtica Nellie nunca antes había tenido; una sonrisa de vieja, nada parecida a la que mostrase cuando, haciéndose la hermana mayor, trató de convencerle.

Cuando ella se hallaba a dos pasos de él, Willie le dio un puntapié en las piernas.

—¡Nooo! —gritó ella, cayendo de espaldas.

Como en un sueño, el cuerpo de Nellie se partió en dos. La parte inferior, dos apéndices rodeados de correas y hebillas, golpeó insonoramente los peldaños hasta quedar inmóvil al fondo de la escalera.

La parte superior se transformó en algo distinto. Ya no era Nellie. Ya no era algo humano: cartero, sacerdote, o dentista, sino que se tornó en una blancuzca y chillona criatura, una forma encogida que rodó escaleras abajo cual un insecto albino sobre dos manos deformadas.

—¡Noooooo! —gimió, desplazándose más allá de las dos piernas al fondo de la escalera en dirección a la parte interior de la habitación.

Willie empujó desesperado la puerta de la bodega, y de repente, con un quejido apagado, ésta se abrió. Una vez más estaba en el laberinto. Mosaicos verdiblancos salían despedidos, mientras sus pies trataban de avanzar. 

Giró una y otra vez hasta acabar frente a la puerta de la bodega. Desde el interior le llegó un alarido gimiente que le hizo temblar hasta los huesos. Lo intentó de nuevo: tanteando las paredes, trató de hallar la salida.

Sin saber cómo, apareció en la sala. El mismo fuego ardía en el hogar; los mismos muebles de madera de olivo le rodeaban.

Cruzó la sala corriendo en busca de la salida. Ahí estaba, junto a la puerta, el gran ventanal; tras él el muro exterior, donde le esperaban fuertes nevadas, la televisión, la cena, su madre.

Milagrosamente, cuando miró afuera vio junto a la parada detenido el autobús, esperando.

Su mano estaba sobre el pomo de la puerta.

Tiró para abrirla.

Un pie presionó la hoja para mantenerla cerrada.

Una voz, una voz ahogada, como la de alguien que ha tenido que correr con rapidez, la voz de alguien que él podía haber conocido, dijo:

—Acompáñame, ¿quieres?

Nieve, manzanas y cristal azogado - Neil Gaiman


 

No sé qué clase de ser sea ella. Nadie lo sabe. Mató a su madre al nacer, pero eso no es suficiente para juzgar.

Me llaman sabia pero estoy lejos de serlo, pues todo lo que pude vaticinar fueron fragmentos, momentos congelados atrapados en pilas de agua o en la fría superficie de un trozo de cristal azogado. Si hubiera sido sabia no habría tratado de cambiar lo que vi. Si hubiera sido sabia me habría inmolado antes de encontrarla, antes de haberlo atrapado a él.

Sabia, y hechicera, es lo que ellos dicen; y yo había visto su rostro varonil en sueños y en superficies reflejantes durante toda mi vida: dieciséis años de soñar con él antes de que él atara su caballo junto al puente esa mañana y preguntara por mi nombre.

Me ayudó a subir en su alto caballo y cabalgamos juntos hacia mi pequeña cabaña, mi cara sepultada en el oro de su cabellera. Él reclamó lo mejor que yo tenía; el derecho de un Rey, hablando con propiedad.

Por la mañana su barba era de un rojo cobrizo, y lo reconocí, no como a un rey, porque no sabía nada de reyes en ese entonces, sino como mi amado. Él obtuvo todo lo que quiso de mí, el derecho de los reyes, pero volvió a mí al día siguiente y la noche después: su barba tan roja, su cabello del color del oro, sus ojos tan azules como el cielo en verano, su piel bronceada con el agradable tono del trigo maduro.

Su hija era sólo una niña: de no más de cinco años de edad cuando llegué al palacio. Un retrato de su madre muerta colgaba en la habitación de la princesa, en su torre: una mujer alta, el cabello del color de un bosque obscuro, ojos del color de la nuez. Ella era de una sangre diferente a la de su pálida hija.

La niña no comía con nosotros.

No sé en que parte del palacio comía ella.

Yo tenía mis propias recámaras. Mi esposo, el Rey, tenía sus propias habitaciones también. Cuando lo deseaba enviaba por mí y yo iba a él, y le complacía, y me complacía en él.

Una noche, muchos meses después de haber sido traída al palacio, ella vino a mis habitaciones. Tenía seis años. Yo estaba bordando a la luz de la lámpara, entrecerrando los ojos bajo el humo y la caprichosa iluminación. Cuando erguí el rostro ella estaba ahí.

- ¿Princesa?

Ella no dijo nada. Sus ojos eran negros como el carbón, negros como su cabello; sus labios, más rojos que la sangre. Me miró y sonrió. Sus dientes parecían afilados incluso entonces, bajo la luz de la lámpara.

-¿Qué haces fuera de tu recámara?

-Tengo hambre.— dijo, como cualquier niño.

Era invierno, cuando la comida fresca es un sueño de calidez y luz del sol, pero yo tenía tiras de manzanas maduras, descorazonadas y resecas, colgando de las vigas de mi recámara, y bajé una manzana para ella.

-Toma.

El Otoño es la temporada para desecar, para preservar; es un tiempo para recoger manzanas, para derretir la grasa de los gansos. El Invierno es la temporada del hambre, de la nieve, de la muerte; y es también el tiempo para el Festín del Equinoccio, cuando frotamos la grasa de los gansos en la piel de un cerdo entero, relleno con las manzanas del otoño, luego lo asuramos o doramos, y nos aprestamos a disfrutar del coscurro.

Ella tomó la manzana seca de mi mano y comenzó a mascarla con sus afilados dientes amarillos.

-¿Está buena?

Ella asintió. Yo había temido a la pequeña princesa desde el principio, pero en ese momento me ablandé y, con mis dedos, gentilmente, palmeé su mejilla. Ella me miró y sonrió (rara vez sonreía), luego hundió su diente en la base de mi pulgar, el Montículo de Venus, e hizo brotar sangre.

Yo comencé a gritar, por el dolor y la sorpresa, pero ella me miró y yo guardé silencio.

La pequeña princesa afirmó su boca en mi mano y lamió, mamó, bebió. Cuando concluyó, dejó mi recámara. Bajo mi mirada el corte que ella había hecho comenzó a cerrarse, a cicatrizar, a sanar. Al día siguiente era una cicatriz vieja: podía haberme hecho ese corte con una navaja en mi niñez.

Había sido congelada por ella, poseída y dominada. Eso me atemorizó, más que la sangre en la que se había nutrido. Después de esa noche cerré las puertas de mi recámara al anochecer, tapiándola con una viga de roble, e hice que el herrero forjara barras de hierro, que colocó en mis ventanas.

Mi marido, mi amado, el rey, enviaba por mí cada vez menos, y cuando iba hacia él lo encontraba mareado, torpe, confundido. Ya no pudo hacer el amor como un hombre lo hace, y no me permitía darle placer con mi boca: la única vez que traté, se estremeció violentamente, y comenzó a llorar. Retiré mi boca y lo abracé fuerte hasta que el llanto pasó; se quedó dormido, como un niño.

Recorrí su piel con mis dedos mientras dormía. Estaba cubierto por una multitud de cicatrices viejas. Pero no pude recordar la presencia de esas marcas en los días de nuestro cortejo, excepto una, en su costado, donde un jabalí lo había corneado cuando era joven.

Rápidamente se convirtió en la sombra del hombre que yo había conocido y amado junto al puente. Sus huesos resaltaban, blancos y azules, bajo su piel. Estuve con él hasta el final: sus manos eran frías como la piedra; sus ojos, de un azul lechoso; su cabello y barba, marchitos, débiles y opacos. Murió sin confesión, su piel arañada y picada de la cabeza a los pies por pequeñas y antiguas cicatrices.

Casi no pesaba nada. La tierra estaba endurecida por el frío, y no pudimos cavar una tumba para él, así que construimos un montículo de piedras y rocas sobre su cuerpo, como recordatorio solamente, porque quedaba muy poco de él para proteger del hambre de las bestias y las aves.

Así que fui reina.

Y era estúpida, y joven (dieciocho veranos habían ido y venido desde que vi la luz por primera vez) y no hice lo que ahora habría hecho.

Si volviera a ese día, habría hecho que le sacaran el corazón, ciertamente. Pero luego haría que le cortaran la cabeza y los brazos y las piernas también. La habría hecho desviscerar. Y luego habría contemplado en la plaza del pueblo cómo el verdugo calentaba al rojo blanco las llamas con un fuelle, contemplado sin parpadear mientras él depositaba cada uno de sus restos en el fuego.

Habría hecho colocar arqueros en torno a la plaza, con órdenes de matar cualquier ave o bestia que se acercara a las flamas, cualquier cuervo o perro o halcón o rata. Y no cerraría los ojos hasta que la princesa fuera cenizas, y el más suave viento pudiera esparcirla como la nieve.

No hice esto, y hay que pagar por nuestros errores.

Dicen que fui engañada; que no era su corazón. Que era el corazón de un animal; un ciervo tal vez, o un jabalí. Eso dice la gente, y están equivocados.

Y algunos dicen (pero esa es su mentira, no la mía) que el corazón me fue entregado, y que yo lo devoré. Las mentiras y las medias verdades surgen como la nieve, cubriendo las cosas que recuerdo, las cosas que vi. Un paisaje, irreconocible después de una tormenta de nieve; eso es en lo que ella ha convertido mi vida.

Había cicatrices en mi amado, en las caderas de su padre, en la bolsa de sus testículos, y en su miembro viril cuando él murió.

Yo no fui con ellos. Se la llevaron en el día, mientras dormía, y estaba débil. Se la llevaron al corazón del bosque, y ahí abrieron su blusa, y extrajeron su corazón, y la dejaron muerta en una zanja, para ser tragada por el bosque. El bosque es un lugar obscuro, la frontera de muchos reinos; nadie sería tan estúpido como para reclamar jurisdicción sobre él.

En el bosque viven los forajidos. En el bosque viven los ladrones, y los lobos también. Puedes cabalgar por el bosque durante días sin ver a nadie; pero hay ojos sobre ti todo el tiempo.

Me trajeron su corazón. Supe que era el suyo: un corazón de cerda o corza no habría seguido latiendo y palpitando después de haber sido extraído.

Lo llevé a mi recámara.

No lo devoré: lo colgué de las vigas sobre mi cama, lo ensarté en un trozo de cordel que yo había llenado con bayas de serbal de cazadores, encarnados como el pecho de un petirrojo, y con cabezas de ajo.

Afuera caía la nieve, cubriendo las huellas de mis hombres, cubriendo su pequeño cuerpo en el bosque, donde yacía.

Hice que el herrero removiera las barras de hierro de mis ventanas; pasaba algún tiempo en mi habitación cada tarde de esos breves días invernales, observando el bosque hasta que caía la obscuridad. Había, como ya lo he dicho, gente en el bosque.

Algunos de ellos venían para la Feria de Primavera: gente avariciosa, feral, peligrosa; algunos eran achaparrados: enanos, pigmeos, jorobados; otros tenían dientes enormes y la mirada ausente de los idiotas; otros tenían dedos como aletas o garras de cangrejo. Salían del bosque arrastrándose cada año en la Feria de Primavera, que se llevaba a cabo cuando la nieve se había derretido.

Cuando era una joven doncella había trabajado en la feria, y ellos me habían asustado entonces, la gente del bosque. Le decía la fortuna a los transeúntes, mirando en una pila de agua, y más tarde, cuando fui mayor, en un disco de cristal azogado, su anverso bañado en plata: el regalo de un mercader cuyo caballo extraviado yo había visto a través de una pila de tinta.

Los vendedores de la feria tenían miedo de la gente del bosque; clavaban sus mercancías en las tablas de sus puestos: hogazas de pan de jengibre o cinturones de cuero clavados en la madera con grandes clavos de hierro. Si sus mercancías no estaban clavadas, decían ellos, la gente del bosque las tomaría y se las llevaría corriendo, royendo el pan de jengibre o haciendo azotar los cinturones.

Y sin embargo la gente del bosque tenía dinero: una moneda por aquí, otra por allá, algunas veces manchadas de verde por el tiempo sobre la tierra, en las monedas un rostro que resultaba desconocido hasta para los más viejos de entre nosotros.

También traían cosas para mercar, y así la feria continuaba, sirviendo a los parias y a los enanos, sirviendo a los ladrones (si eran circunspectos) que caían sobre los raros viajeros de tierras más allá del bosque, o sobre los gitanos, o sobre los venados. (Esto era latrocinio a los ojos de la ley. Los venados eran propiedad de la reina.)

Los años pasaron lentamente, y mi pueblo declaró que los gobernaba con sabiduría. El corazón colgaba aún sobre mi cama, palpitando suavemente en la noche. Si hubo alguien que guardara luto por la niña, yo no vi evidencia de ello: ella era materia de pesadillas en ese tiempo, y ellos se creían bien librados de ella.

Pasó una Feria de Primavera tras otra: cinco ferias, cada una mas triste, más pobre, más miserable que la anterior. Cada vez venía menos gente desde el bosque a comprar. Los que lo hacían parecían vencidos y ausentes. Los vendedores dejaron de clavar sus mercancías en las tablas de sus puestos. Y para el quinto año no vino sino un puñado de gente desde el bosque: una temerosa confusión de hombrecillos peludos, y nada más.

El Señor de la Feria, con su paje, vino a mí cuando la feria terminó. Lo había conocido superficialmente, antes de ser reina.

-No vengo a ti como mi reina. — dijo.

No dije nada; escuché.

-Vengo a ti porque eres sabia. —continuó— Cuando eras niña encontraste un potro extraviado observando en un receptáculo de tinta; cuando eras doncella encontraste a un niño perdido que se había alejado de su madre, observando ese espejo tuyo. Tú conoces secretos y puedes rastrear cosas perdidas.

”Reina mía—preguntó— ¿qué está llevándose a la gente del bosque? El próximo año no habrá Feria de Primavera. Los viajeros de otros reinos se han vuelto insuficientes y escasos, la gente del bosque casi ha desaparecido. Otro año como éste y todos padeceremos hambre.

Ordené a mi doncella que trajera mi cristal. Era algo simple, un disco de cristal con un reverso de plata que yo mantenía envuelto en piel de corzo en un cofre en mi recámara.

Lo trajeron entonces, y miré en él:

Ella tenía doce años y no era ya una niña. Su piel aún era pálida, sus ojos y cabello negros como el carbón, sus labios rojo sangre.

Llevaba la misma ropa que había llevado cuando partió del castillo (la blusa, la falda), sólo que estaba muy descuidada, muy raída.

Sobre ella llevaba una capucha de cuero, y en lugar de botas llevaba bolsas de cuero sobre sus pequeños pies. Estaba de pie en el bosque, junto a un árbol.

Mientras observaba, en el ojo de mi mente, la vi bordear, y hollar, y revolotear, y saltar de un árbol a otro, como un animal: un lobo o un murciélago. Estaba siguiendo a alguien.

Era un monje. Vestía arpillera, y sus pies estaban desnudos y endurecidos y llenos de costras. Su barba y tonsura eran largos, crecidos, desaliñados.

Ella le observó desde los árboles. Eventualmente él se detuvo para pasar la noche y comenzó a hacer fuego, poniendo las ramas en el suelo, rompiendo el nido de un petirrojo a manera de combustible. Tenía yesca en su manto, e hizo chocar el pedernal contra el acero hasta que las chispas hicieron presa en las ramas y el fuego ardió. Había habido dos huevos en el nido que había encontrado, y los comió crudos. No pudieron haber sido un gran alimento para un hombre de su tamaño.

Permaneció sentado a la luz de las llamas, y ella salió de su escondite. Se puso en cuclillas al otro lado del fuego, y él miró fijamente. Y luego sonrió, como si no hubiera visto otro humano en mucho tiempo, y le llamó a su lado.

Ella se levantó y rodeó el fuego, y esperó a un brazo de distancia.

Él hundió sus manos en su manto hasta que halló una moneda (una pequeña moneda de cobre), y se la arrojó. Ella lo atrapó y asintió, acercándose a él. Él jaló de la cuerda en su cintura, y su manto se abrió. Su cuerpo era tan velludo como el de un oso. Ella lo empujó sobre el musgo. Una mano se arrastró, como una araña, a través de las marañas de vello, hasta cerrarse sobre su hombría; la otra mano trazó un círculo en el pezón izquierdo de él.

Él cerró los ojos y una de sus enormes manos escudriñó bajo su falda. Ella acercó su boca al pezón que había estado acariciando, su piel blanca y lisa sobre el cuerpo lanudo de él.

Ella hundió sus dientes en su pecho profundamente. Sus ojos se abrieron; luego se cerraron nuevamente, y ella bebió. Se montó en él, y tomó alimento. Al hacer esto, un líquido tenue y negruzco comenzó a escurrir de entre sus piernas...

-¿Sabes qué es lo que está reteniendo a los viajeros? ¿Qué le está pasando a la gente del bosque? —preguntó el Señor de la Feria.

Guardé el espejo en la piel de corzo, y le dije que yo me encargaría personalmente de hacer del bosque un lugar seguro una vez más. Tenía que hacerlo, aunque ella me causaba terror.

Yo era la reina.

Una mujer estúpida habría ido entonces al bosque a intentar atrapar a la criatura; pero ya había sido estúpida una vez y no deseaba serlo una segunda.

Pasé el tiempo sobre viejos libros. Lo pasé con las gitanas (quienes cruzaban por nuestro país a través de las montañas del sur, en lugar de cruzar el bosque hacia el norte y el oeste) .Me preparé a mí misma y obtuve las cosas que iba a necesitar, y cuando los primeros copos de nieve comenzaron a caer, yo estaba lista.

Desnuda estaba yo, y sola en la torre más alta del palacio, un lugar abierto al cielo. Los vientos helaban mi cuerpo; mis vellos se iban erizando como piel de gallina sobre mis brazos y mis caderas y mis pechos.

Yo llevaba una cuenco de plata, y una canasta en la que había colocado un cuchillo de plata, un alfiler de plata, una tenazas, una túnica gris, y tres manzanas verdes.

Puse todo en el suelo y permanecí ahí, desvestida, en la torre, humilde frente al cielo nocturno y el viento. Si algún hombre me hubiera visto ahí de pie, yo hubiera arrancado sus ojos; pero no había nadie que me pudiera espiar. Las nubes cruzaban el cielo, ocultando y develando la luna menguante.

Tomé el cuchillo de plata y corté en mi brazo izquierdo: una, dos, tres veces. La sangre escurrió hacia el cuenco: rojo luciendo negro bajo la luz de la luna.

Agregué el polvo del frasco que colgaba de mi cuello. Era un polvo café, hecho de hierbas secas y de la piel de cierta clase de sapo, y de algunas otras cosas. Este polvo espesaba la sangre, y al mismo tiempo impedía su coagulación.

Tomé las tres manzanas, una por una, y agujeré su piel con delicadeza con mi alfiler de plata. Luego coloqué las manzanas en el tazón de plata y las dejé asentarse ahí mientras los primeros y diminutos copos de nieve del año caían lentamente sobre mi piel, y sobre las manzanas, y sobre la sangre.

Cuando la aurora comenzó a iluminar el cielo me abrigué con el manto gris, y tomé las rojas manzanas del tazón de plata, una por una, alzando cada una y dejándolas caer en mi canasta con unas tenazas de plata, cuidando de no tocarlas. No quedaba nada de mi sangre ni del polvo café en el tazón de plata, nada excepto un residuo negro, como verdín, en el interior.

Enterré el tazón en la tierra. Luego invoqué un hechizo sobre las manzanas (como una vez, años antes, junto a un puente, había invocado un hechizo sobre mí), para que ellas fueran, más allá de toda duda, las más maravillosas manzanas del mundo, y el rubor carmesí de su piel fue del cálido color de la sangre fresca.

Bajé la capucha de mi capa hasta cubrir mi cara, y tomé cintas y hermosos ornamentos de cabello, los coloqué sobre las manzanas en la canasta de mimbre, y me caminé sola dentro del bosque hasta llegar a su morada: un enorme despeñadero de piedra arenisca lleno de cavernas profundas que penetraban en la pared de roca.

Había árboles y montículos alrededor, y yo avancé ágilmente y en silencio de árbol en árbol sin tocar una sola ramilla ni hoja seca.

Eventualmente encontré un lugar para esconderme; y esperé, y observé.

Algunas horas después, un grupo de enanos salió arrastrándose del agujero en la caverna frontal: feos hombrecillos, deformes y peludos, los antiguos habitantes de este país. Se les veía sólo raramente ya.

Desaparecieron en el bosque, y ninguno de ellos me descubrió, aunque uno se detuvo a orinar sobre la roca donde yo estaba escondida. Esperé. Nadie más salió.

Fui a la entrada de la caverna y llamé con una voz vieja y quebrada.

La cicatriz en mi Montículo de Venus latió y palpitó en la medida en que ella se aproximaba, saliendo de la oscuridad, desnuda y sola. Tenía 13 años de edad, mi hijastra, y nada manchaba la perfecta blancura de su piel, excepto por la lívida cicatriz en su pecho izquierdo, donde había estado su corazón, arrancado hacía mucho tiempo.

El interior de sus muslos estaba manchado por una suciedad negra y húmeda. Ella me miró a los ojos, estando yo oculta bajo mi capa. Me miró con voracidad.

-Cintas, patroncita,— croqué —hermosas cintas para su cabello...

Ella sonrió y me atrajo hacia ella. Un tirón, la cicatriz en mi mano me llevaba hacia ella. Hice lo que había planeado hacer, pero lo hice más rápidamente de lo que había pensado: dejé caer mi canasta y chillé como la decrépita buhonera que pretendía ser, y huí.

Mi capa gris era del color del bosque, y yo era rápida; no me atrapó.

Logré volver al palacio.

No pude verlo. Pero, sin embargo, imaginémoslo por un momento, la niña volviendo, frustrada y hambrienta, a su caverna, y encontrando mi canasta abandonada en el suelo.

-¿Qué habrá hecho?

Me gusta creer que primero jugó con las cintas, las enredó en su cabello de cuervos, las enrolló en torno a su pálido cuello o a su breve cintura.

Y entonces, curiosa, revolvió la tela para ver que más había en las canasta; y vio las rojas, rojas manzanas.

Olían a manzanas frescas, desde luego; y también olían a sangre.

Y ella estaba hambrienta. La imagino escogiendo una manzana, presionándola contra su mejilla, sintiendo su fría uniformidad sobre su piel.

Y ella abre la boca y la muerde profundamente...

Cuando llegué a mis habitaciones, el corazón que colgaba de las vigas del techo, con las manzanas y el jamón y las salchichas secas, había dejado de latir. Colgaba ahí, silenciosamente, sin vida ni movimiento, y me sentí segura de nuevo.

Ese invierno las nieves fueron altas y profundas, y tardaron en derretirse.

Para la primavera todos estábamos hambrientos.

La Feria de Primavera mejoró ligeramente ese año. La gente del bosque era escasa, pero estaban ahí, y había viajeros de las tierras más allá del bosque.

Vi a los hombrecillos peludos de la caverna del bosque comprando y regateando piezas de vidrio, y bloques de cristal y de cuarzo. Pagaron por el vidrio con monedas de plata: los despojos de las depredaciones de mi hijastra. Cuando se supo qué era los que estaban comprando, la gente del pueblo se apresuró a sus hogares y volvieron con sus cristales de la suerte, y, en algunos casos, con láminas enteras de vidrio.

Consideré brevemente el hacer matar algunos de los hombrecillos, pero no lo hice. En tanto que el corazón colgara, silencioso e inmóvil y frío, de la viga de mi recámara, yo estaba a salvo, y también lo estaban la gente del bosque y, por lo tanto, eventualmente, la gente del pueblo.

Mi cumpleaños número veinticinco llegó; mi hijastra había mordido del fruto envenenado hacía dos inviernos cuando el príncipe llegó a mi palacio. Era alto, muy alto, con fríos ojos verdes y la piel atezada de aquellos que vienen de más allá de las montes.

Marchaba con una pequeña comitiva: los suficientemente grande como para defenderle, los suficientemente pequeña para que otro monarca (yo, por ejemplo) no lo considerara como una potencial amenaza.

Yo fui pragmática: pensé en la alianza de nuestras tierras, pensé en un reino que se extendiera desde los bosques por todo el sur hasta el mar; pensé en mi amado de barbas y cabello dorados, muerto estos ocho años; y, en la noche, fui a la habitación del príncipe.

Yo no soy inocente, aunque mi difunto marido, quien fue una vez mi rey, fue realmente mi primer amante, no importa lo que la gente diga. Al principio el príncipe parecía excitado. Hizo que me despojara de mi camisa, y me hizo ponerme de pie sobre la ventana abierta, lejos del fuego, hasta que mi piel se puso fría como la piedra. Luego me pidió que yaciera boca arriba, con las manos dobladas sobre mis pechos, y los ojos bien abiertos, pero mirando solamente las vigas del techo.  Me dijo que no me moviera, y que respirara lo menos posible. Me imploró que no dijera nada. Separó mis piernas.

Fue entonces cuando estuvo dentro de mí.

Mientras él comenzaba embestir dentro de mí, sentí alzarse mis caderas, me sentí a mí misma moviéndome para alcanzarlo, giro por giro, empuje por empuje como piedra de molino. Gemí. No puede evitarlo.

Su virilidad se deslizó fuera de mí. Yo la alcancé y la toqué, una cosa pequeña y resbalosa.

-Por favor— dijo suavemente —No debes moverte ni hablar.

Sólo quédate quieta ahí sobre la piedra, tan fría, tan bella.

Traté, pero él había perdido esa fuerza que lo había tornado viril y, en un momento, abandoné la habitación del príncipe, sus lágrimas y maldiciones aún resonando en mis oídos.

Se marchó temprano a la mañana siguiente, con todos sus hombres, cabalgando dentro del bosque.

Imagino su entrepierna en ese momento, mientras cabalgaba, un nudo de frustración en la base de su virilidad. Imagino sus pálidos labios cerrados fuertemente. Entonces imagino su pequeña tropa cabalgando a través del bosque, llegando finalmente al montículo de vidrio y cristal de mi hijastra. Tan pálida. Tan fría. Desnuda bajo el cristal, apenas más que una niña, y muerta.

En mi imaginación, casi puedo sentir la súbita turgencia de su virilidad dentro de sus calzas, visualizar la lujuria que se apoderó de él entonces, las oraciones que murmuró por lo bajo en agradecimiento por su buena fortuna. Lo imagino negociando con los hombrecillos peludos, ofreciéndoles oro y especias por el adorable cadáver bajo el montículo de cristal.

¿Habrán tomado el oro de buena gana? ¿O habrán mirado a aquellos hombres en sus caballos, con sus afiliadas espadas y sus alabardas, dándose cuenta que no tenían alternativa?

No lo sé. No estaba ahí; no estaba observando. Sólo puedo imaginarlo...

Manos, apartando los bloques de cristal y cuarzo de su cuerpo frío. Manos, acariciando gentilmente sus frías mejillas, moviendo su brazo frío, regocijándose de encontrar el cadáver aún fresco y plegable.

¿La habrá hecho suya ahí, enfrente de todos? ¿O hizo que la llevaran a algún rincón escondido antes de montarla?

No puedo saberlo.

¿Fue él quien hizo botar la manzana fuera de su garganta? ¿O fueron los ojos de ella los que se abrieron lentamente mientras él arremetía sobre su cuerpo helado; su boca abriéndose, esos labios rojos desprendiéndose el uno del otro, esos afilados dientes amarillos cerrándose sobre su cuello moreno, mientras la sangre, que es la vida, escurría por su garganta, llevándose consigo el trozo de manzana, mi manzana, mi veneno?

Lo imagino; no los sé.

Pero sé esto: que estuve despierta toda la noche, con los ojos abiertos bajo su corazón que se agitaba y latía una vez más.

Sangre amarga goteó sobre mi rostro esa noche. Mi mano ardía y pulsaba como si hubiera estrellado la base de mi pulgar contra una roca.

Hubo golpes violentos en mi puerta. Sentí miedo, pero soy una reina, y no debo mostrar miedo. Abrí la puerta.

Primero unos hombres irrumpieron en mi recámara y me rodearon, con su espadas afiladas y sus alabardas.

Y entonces él entró y me escupió en la cara.

Finalmente, ella entró en la habitación, como lo había hecho el día en que me convertí en reina y ella era una niña de seis. No había cambiado. No realmente.

Jaló el cordel en que estaba colgado su corazón. Apartó las bayas de serbal de cazadores una a una; arrancó las cabezas de ajo, ahora bulbos secos después de todos estos años; entonces tomó lo suyo, su corazón batiente, una cosa insignificante, no más grande que el de una cabra hembra o de una osa, la sangre desbordando en su mano a intervalos.

Sus uñas deben haber sido tan afiladas como el cristal: abrió su pecho con ella, pasándolas sobre la lívida cicatriz. Su pecho se abrió, súbitamente, hueco y sin sangre. Ella lamió su corazón, una vez, la sangre escurriendo por sus manos, y metió el corazón en las profundidades de su pecho.

La vi hacerlo. La vi cerrar la carne de su pecho una vez más. Vi la cicatriz púrpura comenzar a desvanecerse.

Su príncipe lo miró todo preocupado por un instante, pero de cualquier manera la rodeó con sus brazos, y permanecieron ahí, uno junto a el otro, y esperaron.

Ella siguió fría, y las florescencias de la muerte permanecieron en sus labios, la lujuria de él no disminuyó.

Me dijeron que se iban a casar y que los reinos se unirían después de todo. Me dijeron que yo estaría con ellos el día de su boda.

Aquí la historia comienza a tornarse candente.

Le habían dicho a la gente cosas malas sobre mí; un poco de verdad para dar sabor al plato, pero mezclada con muchas mentiras.

Fui atada y aprisionada. Me mantuvieron en una pequeña celda de piedra bajo el palacio, y permanecía ahí todo el otoño. El día de hoy me sacaron; arrancaron los pocos andrajos que aún cubrían mi cuerpo, y lo lavaron, afeitaron mi cabeza y mi entrepierna, y embarraron mi piel con grasa de ganso.

La nieve caía en el momento en que me trasladaban, (dos hombres sobre cada mano, dos hombres sobre cada pierna) completamente expuesta, y despatarrada, y helada, a través de las muchedumbres del equinoccio, y me trajeron a este horno.

Mi hijastra estaba ahí con su príncipe. Me miró en mi indignidad, pero no dijo nada.

Mientras me ponían dentro, burlada y escarnecida, vi un copo de nieve caer sobre su mejilla y permanecer ahí sin derretirse.

Cerraron la puerta del horno tras de mí. Se está poniendo caliente aquí dentro, y afuera están cantando y festejando y golpeando en las paredes del horno.

Ella no se estaba riendo, ni burlándose, ni hablando. Ella no me miró de reojo ni volteó el rostro. Simplemente me miró; y por un momento me vi reflejada en sus ojos.

No voy a gritar. No les daré esa satisfacción. Tendrán mi cuerpo, pero mi alma y mi historia son mías, y morirán conmigo.

La grasa comienza a derretirse y a relucir sobre mi piel. No haré ningún sonido. No debo pensar más en esto. Debo pensar, mejor, en el copo de nieve sobre su mejilla.

Pienso en su cabello, negro como el carbón; en sus labios, rojos como la sangre; en su piel... blanca como la nieve.