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Muerte de una heroína roja - Qiu Xiaolong

 

Nada más volver a su despacho, empezó a sonar el teléfono. Era el Chino de ultramar. Lu volvió a contarle que había iniciado con éxito su propio negocio, El suburbio de Moscú, un restaurante de estilo ruso en la calle Huaihai, cuya carta incluía caviar, consomés y vodka, y unas camareras rusas muy ligeras de ropa que iban de un lado a otro. Parecía satisfecho y muy seguro de sí mismo. Chen no alcanzaba a entender cómo había conseguido tanto en tan poco tiempo.

—Entonces ¿los negocios marchan bien?

—De maravilla, amigo. Viene un montón de gente durante el día a mirar nuestra carta, nuestra reserva de vodkas y nuestras chicas rusas, altas y pechugonas, con sus blusas y faldas transparentes.

—De verdad, tienes mucho ojo para los negocios, Lu.

—Como dijo Confucio hace miles de años, «La belleza da hambre».

—No, «Es tan bella que uno podría devorarla» —corrigió Chen—. Eso fue lo que dijo Confucio. ¿De dónde has sacado a las rusas?

—Vinieron a verme. Un amigo tiene una red de trabajadores extranjeros. Son chicas simpáticas. Ganan cuatro o cinco veces más que en su país. Hoy en día a China le va mucho mejor que a Rusia.

—Es verdad —a Chen le impresionó el orgullo latente en las palabras de Lu.

—¿Recuerdas cuando llamábamos a los rusos "hermanos mayores"? La rueda de la diosa Fortuna ha girado: ahora las llamo mis "hermanitas". En cierto sentido, estas chicas lo son, porque dependen de mí para todo. Para empezar, no tienen dónde vivir, y los hoteles son demasiado caros. He comprado varias camas plegables, duermen en la parte trasera del restaurante y se ahorran mucho dinero. Para que lo tengan más fácil, también he puesto una ducha con agua caliente.

—Entonces las cuidas bien.

—Así es, y te confiaré un secreto, amigo: Tienen pelos en las piernas. No te dejes engañar por su aspecto suave y liso. Una semana sin jabón ni maquinilla de afeitar y esas piernas tan estupendas se ponen peludas.

—Te estás volviendo eliótico, Chino de ultramar.

—¿Qué quieres decir?

—Nada, sólo me recuerda algo que escribió T. S. Eliot. Algo sobre piernas desnudas, blancas y enjoyadas que de pronto, a la luz del día, aparecen velludas. ¿O era John Donne?

—Eliot o quien sea, no me importa, pero es verdad. Lo he visto con mis propios ojos: una bañera llena de pelos rubios y castaños.

—Me estás tomando el pelo.

—Ven y lo verás con tus propios ojos, no sólo las piernas, también el negocio. ¿Este fin de semana te va bien? Te reservaré a una de las rubias, la más sexy. "Servicio especial", tan especial que también te darán ganas de devorarla. La satisfacción de Confucio garantizada.

—Me temo que sea demasiado para mi cartera.

—¿Qué dices? Eres mi mejor amigo, y te debo en parte mi éxito. Yo te invito a todo, desde luego.

—Iré —dijo Chen— si puedo escaparme una noche de la semana que viene.

El inspector jefe Chen se preguntó si aunque tuviera tiempo, iría. Había leído un reportaje sobre los llamados servicios especiales en algunos restaurantes de dudosa reputación.

Miró su reloj: las tres y media. Seguramente no quedaría nada de comer en la cantina de la oficina. La conversación con el Chino de ultramar Lu le había abierto el apetito, y luego pensó en algo que casi había olvidado: la cena con Wang Feng en su piso. Súbitamente, todo lo demás podía esperar hasta mañana. La idea de tener a Wang de invitada para una cena a la luz de las velas le aceleró el pulso. Salió del despacho a toda prisa y se dirigió al mercado en la calle Ninghai, a unos quince minutos a pie desde su casa.

Como de costumbre, el mercado estaba lleno de gente que iba de un lado a otro con cestos de bambú bajo el brazo y con sus bolsas de plástico. Chen había consumido su ración de cerdo y de huevos para todo el mes. Esperaba conseguir pescado y verduras, a Wang le gustaba el marisco. Había una larga cola delante de la pescadería. Chen observó una hilera de cestas, cajas de cartón rotas, taburetes e incluso ladrillos, entre las personas que esperaban. A cada paso que daban, los clientes empujaban lentamente esos mojones. El objeto era un símbolo de la presencia de su dueño. Cuando una cesta se acercaba al final, aparecía el dueño y recuperaba su lugar. En realidad, era probable que en una cola de quince personas hubiese unas cincuenta por delante. Calculó que, al ritmo que avanzaban, pasaría una hora o más antes de que lo atendieran.

Decidió probar suerte en el mercado libre, que quedaba a sólo una manzana del mercado estatal de Ninghai. Aunque no se conocía con esa denominación a principios de los noventa, todos sabían de su existencia. El servicio era mejor, y la calidad también. La única diferencia eran los precios, que solían ser dos o tres veces más caros que en el mercado de Ninghai. El mercado estatal y el mercado privado eran un ejemplo de coexistencia pacífica. El socialismo y el capitalismo, lado a lado. Algunos cuadros veteranos del Partido temían el inevitable choque entre los dos sistemas, pero para la gente que iba al mercado, eso no era lo importante. Chen se detuvo ante un pintoresco despliegue de cebolletas y jengibre abrigado por una sombrilla de Hangzhou. Compró un puñado de cebolletas frescas, y el vendedor le añadió de regalo un pequeño trozo de jengibre.

Chen estuvo otro largo rato escogiendo lo que necesitaba para la cena. Gracias al adelanto de la editorial Lijiang, se dio el lujo de comprar dos libras de cordero, una bandeja de ostras y una pequeña bolsa de espinacas. Poco después, cediendo a un impulso, salió del mercado y se dirigió a la nueva joyería de la calle Longmen.

El dependiente de la tienda se le acercó con expresión de sorpresa. Chen sospechó que su aspecto, el de un policía de uniforme con una bolsa de plástico en las manos, no era precisamente el de un cliente habitual, si bien resultó ser un buen cliente. No dedicó demasiado tiempo a mirar los brillantes objetos expuestos en las vitrinas. Enseguida le atrajo un collar de perlas posado sobre una tela de satén plateada en una caja de terciopelo púrpura. Le costó más de ochocientos yuanes, pero estaba seguro de que le quedaría muy bien a Wang, y que a Ruth Rendell le parecería bien que se gastara de ese modo el dinero ganado con la traducción de su obra. Además, necesitaba motivarse para completar la próxima, El hablante de mandarín.

Cuando volvió a su piso, por primera vez se dio cuenta, sorprendido, de lo impresentable que podía ser una habitación de soltero: cuencos y platos en la fregadera, un par de vaqueros tirados en el suelo al lado del sofá, libros por todas partes, una capa de polvo en el alféizar de la ventana, e incluso la estantería de ladrillos y tablas junto al escritorio le pareció un adefesio. Se lanzó de lleno a poner orden.

* * *

Era la primera vez que Wang aceptaba una invitación para cenar con él a solas, y en su piso. Desde la noche de la fiesta de inauguración el progreso en su relación era tangible. A medida que avanzaba con el caso, Chen tenía la sensación de que cada vez descubría más cosas en ella. Wang no sólo era una mujer atractiva y alegre, sino además inteligente y muy perspicaz, hasta más que el propio Chen. Sin embargo, había algo más. Mientras investigaba, se había planteado otras cuantas preguntas acerca de su vida. Había llegado la hora de decidirse, tal y como Guan lo hiciera años atrás.

Wang llegó unos minutos antes de las seis. Llevaba una chaqueta de seda blanca sobre un sencillo vestido negro con dos tirantes delgados que parecían los de una combinación. Chen le ayudó a quitarse la chaqueta. La blancura de sus hombros le pareció deslumbrante bajo la luz fluorescente. Traía una botella de vino blanco, un regalo perfecto para la ocasión. Chen tenía un juego de copas en el armario.

—¡Qué habitación tan impecable para un inspector jefe tan ocupado como tú!

—Tenía buenos motivos para poner orden —respondió—. Es agradable tener un lugar limpio cuando viene a verte una amiga.

En la mesa, un mantel blanco, servilletas rosadas plegadas, palillos de caoba y cucharas plateadas de mango largo. El escenario era el idóneo para una cena sencilla: una pequeña olla de agua hervía en un infiernillo, y a su alrededor, el cordero cortado en lonchas finas como el papel, un plato de espinacas y una docena de ostras con rodajas de limón distribuidas en una bandeja, junto a pepinos marinados en vinagre y ajo al escabeche en unos platillos a ambos lados. Cada comensal tenía un plato con salsa.

Metían las lonchas de cordero en el agua hirviendo, las sacaban al cabo de unos segundos y las untaban en la salsa. Era una de las recetas "especiales" que le había enseñado el Chino de ultramar Lu: una mezcla de salsa de soja, mantequilla de sésamo, tofu fermentado y pimienta molida con una pizca de perejil. El cordero, que conservaba su color rosáceo, estaba tierno y sabroso.

Chen abrió la botella de vino. Chocaron las copas antes de saborear el vino blanco y brillante bajo una luz tenue.

—Por ti —dijo él.

—Por nosotros.

—¿Por qué brindamos? —preguntó mientras untaba la carne en la salsa.

—Por esta noche.

Wang abrió una ostra con un cuchillo pequeño. Con sus dedos menudos y delicados, manejó diestramente el cuchillo y cortó el músculo bisagra. Se llevó la ostra a la boca. Un trozo de alga verde colgaba de la concha. Chen vio el destello del nácar de una blancura inigualable que contrastaba con los labios de Wang.

—Están buenas —suspiró ella con una mirada de satisfacción y dejó la concha.

La miró por encima de su copa, pensando en el contacto de sus labios con el nácar y luego con el cristal. Wang bebió un trago de vino, se limpió la boca con la servilleta de papel y tomó una ostra. Chen se sorprendió al ver cómo, después de untarla con salsa, se inclinó para ofrecérsela. Un gesto sumamente íntimo, casi el gesto de una mujer recién casada. Él dejó que deslizase los palillos en su boca, y la ostra se derritió al contacto de su lengua. Una sensación extraña y placentera.

Para él, estar a solas en su propia casa con una mujer que le atraía era algo nuevo. Hablaban, sin que por ello se sintieran obligados a conversar. Bastaba con mirarse el uno al otro sin decir nada.

Empezó a lloviznar. De noche la ciudad también parecía más íntima y apacible, con su velo de luces titilando hasta el infinito. Después de cenar, con un asomo de voz, Wang le dijo que quería ayudarle a recoger.

—Me gusta mucho lavar los platos después de una buena cena.

—No, no tienes que hacer nada.

Pero ya se había levantado. Se quitó los zapatos y cogió el delantal de Chen que colgaba del pomo de la puerta. Era agradable verla atarearse sin el menor esfuerzo, como si llevara años viviendo ahí. El delantal blanco, ceñido a su fina cintura, le daba un encanto vagamente doméstico.

—Hoy eres mi invitada —insistió él.

—No puedo quedarme sin hacer nada mientras te ocupas de todo en la cocina.

En realidad, no era una cocina, sino un espacio estrecho con un fogón de gas y la fregadera. Todo muy apretado, apenas lo bastante amplio para que cupieran los dos a la vez. Estaban muy cerca, sus hombros se tocaban. Él abrió la pequeña ventana encima de la fregadera. Su sensación de bienestar no sólo se debía a la buena comida y el vino. Le ilusionaba estar en casa, y no en un piso pobremente amueblado.

—¡Oh!, dejémoslo todo así —le desató el delantal—. Basta.

—Pronto correrán cucarachas por tu piso nuevo —le advirtió ella con una sonrisa.

—Ya las tengo —la llevó de vuelta a la sala—. Tomemos otra copa, la penúltima.

—Como tú quieras.

Cuando Chen volvió con las copas, ella se mecía en la silla de mimbre, junto al sofá. Al hundirse en la silla, su vestido corto se recogió, descubriendo parte de sus muslos. Se apoyó contra el armario, tocando con la mano el cajón superior, donde había guardado el collar de perlas. Wang parecía absorta en el color cambiante del vino que tenía en la mano.

—¿Te importaría sentarte junto a mí un momento?

—Te veo mejor desde aquí —dijo Chen embriagado por el perfume de su cabello.

Él se quedó de pie con su copa. Era difícil expresar el significado de penúltima copa en chino. Había aprendido sus connotaciones en una película estadounidense, donde una pareja bebía un poco de vino antes de ir a la cama. La atmósfera de intimidad que había brotado entre los dos lo turbaba.

—Te has olvidado de las velas —dijo ella y bebió de nuevo.

—Sí, ahora vendrían bien —advirtió—, y el Bolero en un aparato de música sería fantástico.

Eso también estaba en las películas. Los amantes, cuando hacían el amor, ponían su música preferida. El ritmo del clímax que se va acercando. Ella se llevó un dedo a la mejilla y miró a Chen fijamente, como si lo contemplara por primera vez. Levantó una mano, se quitó la goma y se soltó el pelo, que se derramó sobre sus hombros. Wang parecía relajada, cómoda, como en casa. Chen se arrodilló en el suelo a sus pies.

—¿Qué es esto?

—¿Qué?

Él le tocó el pie descalzo. Tenía una mancha de salsa en el dedo pequeño, y se la quitó frotando con los dedos. Ella se acercó hasta rozar su mano. Chen se fijó en el dedo del anillo. Se apreciaba una franja de piel más clara, donde antes había llevado la sortija de matrimonio. Se quedaron así, tomados de la mano. Mirando su rostro enrojecido, Chen creyó estar ante un libro abierto que lo invitaba a leer. ¿O acaso ya leía demasiado?

—¡Todo es tan maravilloso esta noche! —suspiró Wang—. Gracias.

—«Lo mejor está por venir» —avisó él recordando un poema casi olvidado.

Hacía tiempo que esperaba ese momento. La luz suave realzaba el perfil de sus curvas bajo la fina tela de su vestido. Parecía otra mujer, madura, femenina y seductora. ¿Cuántas mujeres diferentes habitaban en ella? Wang se meció hacia atrás, apartándose de él, y le tocó la mejilla. La palma de su mano era ligera como una nube.

—¿Vuelves a pensar en el caso?

—No. En este momento, no.

Era verdad, pero ahora se preguntaba por qué le preocupaba tanto el caso de Guan. ¿Se debía a las emociones tan intensas que había puesto en juego? Quizá su propia vida personal era tan prosaica que necesitaba compartir la pasión de otros, o quizá anhelase un cambio drástico en su vida.

—Tengo que pedirte un favor —dijo Wang.

—Lo que desees.

—No quiero que me interpretes mal —respiró hondo y luego calló un instante—. Hay algo entre nosotros, ¿no?

—¿Tú qué piensas?

—Lo supe desde que nos conocimos.

—Yo también.

—Antes de conocerte ya era la prometida de Yang, pero tú nunca me has preguntado nada.

—Tampoco tú sobre mí, ¿no? —le tomó la mano—. No tiene mayor importancia.

—Tú tienes una carrera prometedora —dijo con una emoción que se transmitió a todos sus finos rasgos—. Es muy importante para ti…, y para mí también.

—Una carrera prometedora…, pues no lo sé—eran palabras que sonaban como un preludio, lo presentía—. ¿Por qué tenemos que hablar de mi carrera ahora?

—Lo tenía todo preparado para decírtelo, pero es más difícil de lo que pensaba. Contigo aquí, que has sido tan bueno conmigo, me cuesta más…, mucho más.

—Dímelo, Wang.

—Verás, esta tarde he ido al Instituto de Lenguas Extranjeras de Shanghai, y la escuela pide una compensación por lo que han gastado con Yang, ¿sabes? Una compensación por su formación, por su salario y por la cobertura médica de sus años en la universidad, o no podré conseguir el documento para mi pasaporte. Es una suma importante, veinte mil yuanes. Me preguntaba si pudieras hablar con alguien en el Departamento de Pasaportes de tu oficina. Es la única manera en la que podría conseguirlo sin el documento del Instituto de Lenguas Extranjeras.

—¿Quieres conseguir un pasaporte…, para ir a Japón?

No se parecía en nada a lo que él esperaba.

—Sí, ya he presentado la solicitud hace unas semanas.

Para salir de China, Wang necesitaba un pasaporte. Así que debía presentar una solicitud autorizada con la aprobación de su unidad laboral, y debido a su matrimonio, aunque fuese puramente virtual, también necesitaba un documento de la unidad laboral de Yang. Quizá fuera difícil, pero no imposible. A veces se concedían pasaportes sin la autorización de la unidad laboral. La posición del inspector jefe Chen le permitía ayudarle.

—Entonces, ¿vas a encontrarte con él? —preguntó incorporándose.

—Sí.

—¿Por qué?

—Ha conseguido todos los documentos para que me reúna con él. Incluso me ha conseguido un trabajo en un canal de televisión china en Tokio. Es un canal pequeño, no como aquí, pero relacionado con mi línea de trabajo. No hay gran cosa entre él y yo, pero es una oportunidad que no puedo desperdiciar.

—Pero también tienes una carrera prometedora aquí.

—Una carrera prometedora aquí —repitió Wang con una sonrisa amarga—, obligada a contar una mentira tras otra.

Era verdad, según la idea que uno tuviera del trabajo de un periodista en China. Como reportera del periódico del Partido, Wang tenía que informar sometiéndose a los intereses de éste, que siempre figuraban en primer lugar. Para eso le pagaban, no cabía duda.

—Aun así, las cosas aquí están mejorando —dijo Chen, que se sentía obligado a decir algo.

—A este paso tan lento, en veinte años podré escribir lo que quiera, cuando esté vieja y canosa.

—No, no lo creo —Chen quería decirle que ella nunca sería vieja ni tendría canas, no para él, pero prefirió guardar silencio.

—Tú eres diferente, Chen —dijo Wang—. Tú sí que puedes hacer algo aquí.

—Gracias por decírmelo.

—Te han propuesto para asistir al seminario del Instituto Central del Partido, y puedes llegar muy lejos en China. No creo que yo pueda serte de gran ayuda aquí…, para tu carrera, quiero decir —añadió al cabo de un momento—, e incluso peor…

—Lo fundamental es… —prosiguió con voz pausada— que te marchas a Japón.

—Sí, me marcho, pero pasará algún tiempo, por lo menos un par de meses, antes de que pueda conseguir el pasaporte y el visado, y estaremos juntos… como esta noche —Wang levantó la cabeza y se llevó una mano al hombro desnudo con un gesto ligero, como si fuera a quitarse una de las tiras—. Algún día, cuando ya no estés interesado en tu carrera política aquí, quizá puedas reunirte conmigo allá.

Él se giró para mirar por la ventana. La calle a esa hora había cobrado vida con una multitud de paraguas de colores. La gente iba de un lado a otro y, quizá, también hacia diferentes destinos. Él creía que el matrimonio de Wang era un fracaso. Nadie podría destrozarlo, a menos que ya estuviera deshecho. En este caso la prueba era que el hombre había abandonado a su mujer, pero ella aún quería reunirse con ese hombre, y no con él.

Esa noche no se parecía en nada a lo que él esperaba, y tal vez, todo duraría un par de meses más.

El padre de Chen, un prestigioso profesor de neoconfucianismo, había enseñado a su hijo todas las doctrinas éticas. No había sido un esfuerzo inútil, y él no había sido miembro del Partido durante todos esos años por nada. Wang era la mujer de otro hombre, seguiría siéndolo. Eso lo decía todo. Había un límite que no podía franquear.

—Dado que vas a reunirte con tu marido —se giró para mirarla—, no creo que sea buena idea que nos sigamos viéndo…, de esta manera, quiero decir. Seguiremos siendo amigos, eso sí. En cuanto a lo que me pides, haré todo lo que pueda.

Ella parecía atónita. Sin decir palabra, apretó los puños y luego ocultó la cara entre las manos. Él sacó con un gesto brusco un cigarrillo de su paquete y lo encendió.

—No es fácil para mí —murmuró Wang—, y no sólo para mí.

—Te entiendo.

—No, no me entiendes. He pensado en ello. No es justo…, para ti.

—No lo sé —dijo él—, pero haré todo lo posible por conseguirte el pasaporte —insistió—. Te lo prometo.

Era lo único que se le ocurría decir.

—Sé lo mucho que te debo.

—¿Para qué están los amigos? —dijo, como si un invisible disco de frases hechas comenzase a sonar en su cerebro.

—Entonces, me voy.

—Sí, es tarde. Te llamaré un taxi.

Ella levantó la cara, y en sus ojos asomó el destello de las lágrimas. Su palidez acentuaba sus rasgos. ¿Era aún más bella en ese momento? Wang se inclinó para ponerse los zapatos. Se miraron sin hablarse. Al cabo de un rato, llegó el taxi. Oyeron cómo sonaba el claxon bajo la lluvia. Él insistió en dejarle su impermeable, un impermeable negro de policía, una prenda sin forma con una capucha fantasmal.

Wang se detuvo al llegar a la puerta y se giró hacia él, con la cara semioculta por la capucha. Chen no le veía los ojos. Luego desapareció. Wang era casi de su misma altura, habrían podido confundirla con él por esa prenda negra de policía. Chen se quedó mirando la figura alta, envuelta en un capote, que se perdía en la niebla bajo la lluvia.

* * *

Chen empezó a silbar y abrió el cajón superior de su armario de archivos. Ni siquiera había tenido oportunidad de sacar las perlas, que bajo aquella luz despedían un bello fulgor. Zhang Ji, un poeta de la dinastía Tang, había escrito un célebre dístico:

«Devuelvo tus lustrosas perlas con lágrimas en los ojos,

Señor, debí conocerte antes de casarme.»

Según algunos críticos, el poema se refería a un episodio en el que Zhang había declinado los favores del Primer Ministro Li Yuan, durante el reinado del emperador Dezhong, a principios del siglo VIII. Por lo tanto, había una analogía política. "No hay más que una interpretación", pensó Chen y se frotó la nariz. No le gustaba su decisión. Ella se había expresado con toda claridad. Podría haber sido la primera noche que él anhelaba, y habrían venido otras sin contraer ningún tipo de obligación, pero había dicho que no. Quizá nunca podría explicar su reacción de manera razonada, ni siquiera a sí mismo.

El timbre de una bicicleta se derramó sobre el silencio de la noche. Podía aplicar la lógica a la vida de otras personas, aunque no a la suya. ¿Era posible que en su decisión hubiera influido el informe que había escuchado por la tarde? En su subconsciente pugnaba por aflorar un paralelismo. Recordó la decisión de Guan de entregarse a Lai antes de separarse de él y lo que Wang le ofrecía antes de ir a reunirse con su marido en Japón. El inspector jefe Chen había cometido muchos errores. La decisión de esa noche sería una más de las que lamentaría con el tiempo. Al fin y al cabo, un hombre es sólo lo que ha decidido hacer o no hacer. «Algunas cosas se harán y otras, no.» Otro de los tópicos confucionistas que le había enseñado su padre. Quizá, en el fondo, él era un conservador, un hombre tradicional, incluso anticuado…, o políticamente correcto, pero su respuesta final fue no. Daba igual lo que hiciera, y más allá del hombre que se proponía ser, se hizo una promesa a sí mismo: resolvería el caso. Para él, el inspector jefe Chen, era la única manera de redimirse.

Nieve, manzanas y cristal azogado - Neil Gaiman


 

No sé qué clase de ser sea ella. Nadie lo sabe. Mató a su madre al nacer, pero eso no es suficiente para juzgar.

Me llaman sabia pero estoy lejos de serlo, pues todo lo que pude vaticinar fueron fragmentos, momentos congelados atrapados en pilas de agua o en la fría superficie de un trozo de cristal azogado. Si hubiera sido sabia no habría tratado de cambiar lo que vi. Si hubiera sido sabia me habría inmolado antes de encontrarla, antes de haberlo atrapado a él.

Sabia, y hechicera, es lo que ellos dicen; y yo había visto su rostro varonil en sueños y en superficies reflejantes durante toda mi vida: dieciséis años de soñar con él antes de que él atara su caballo junto al puente esa mañana y preguntara por mi nombre.

Me ayudó a subir en su alto caballo y cabalgamos juntos hacia mi pequeña cabaña, mi cara sepultada en el oro de su cabellera. Él reclamó lo mejor que yo tenía; el derecho de un Rey, hablando con propiedad.

Por la mañana su barba era de un rojo cobrizo, y lo reconocí, no como a un rey, porque no sabía nada de reyes en ese entonces, sino como mi amado. Él obtuvo todo lo que quiso de mí, el derecho de los reyes, pero volvió a mí al día siguiente y la noche después: su barba tan roja, su cabello del color del oro, sus ojos tan azules como el cielo en verano, su piel bronceada con el agradable tono del trigo maduro.

Su hija era sólo una niña: de no más de cinco años de edad cuando llegué al palacio. Un retrato de su madre muerta colgaba en la habitación de la princesa, en su torre: una mujer alta, el cabello del color de un bosque obscuro, ojos del color de la nuez. Ella era de una sangre diferente a la de su pálida hija.

La niña no comía con nosotros.

No sé en que parte del palacio comía ella.

Yo tenía mis propias recámaras. Mi esposo, el Rey, tenía sus propias habitaciones también. Cuando lo deseaba enviaba por mí y yo iba a él, y le complacía, y me complacía en él.

Una noche, muchos meses después de haber sido traída al palacio, ella vino a mis habitaciones. Tenía seis años. Yo estaba bordando a la luz de la lámpara, entrecerrando los ojos bajo el humo y la caprichosa iluminación. Cuando erguí el rostro ella estaba ahí.

- ¿Princesa?

Ella no dijo nada. Sus ojos eran negros como el carbón, negros como su cabello; sus labios, más rojos que la sangre. Me miró y sonrió. Sus dientes parecían afilados incluso entonces, bajo la luz de la lámpara.

-¿Qué haces fuera de tu recámara?

-Tengo hambre.— dijo, como cualquier niño.

Era invierno, cuando la comida fresca es un sueño de calidez y luz del sol, pero yo tenía tiras de manzanas maduras, descorazonadas y resecas, colgando de las vigas de mi recámara, y bajé una manzana para ella.

-Toma.

El Otoño es la temporada para desecar, para preservar; es un tiempo para recoger manzanas, para derretir la grasa de los gansos. El Invierno es la temporada del hambre, de la nieve, de la muerte; y es también el tiempo para el Festín del Equinoccio, cuando frotamos la grasa de los gansos en la piel de un cerdo entero, relleno con las manzanas del otoño, luego lo asuramos o doramos, y nos aprestamos a disfrutar del coscurro.

Ella tomó la manzana seca de mi mano y comenzó a mascarla con sus afilados dientes amarillos.

-¿Está buena?

Ella asintió. Yo había temido a la pequeña princesa desde el principio, pero en ese momento me ablandé y, con mis dedos, gentilmente, palmeé su mejilla. Ella me miró y sonrió (rara vez sonreía), luego hundió su diente en la base de mi pulgar, el Montículo de Venus, e hizo brotar sangre.

Yo comencé a gritar, por el dolor y la sorpresa, pero ella me miró y yo guardé silencio.

La pequeña princesa afirmó su boca en mi mano y lamió, mamó, bebió. Cuando concluyó, dejó mi recámara. Bajo mi mirada el corte que ella había hecho comenzó a cerrarse, a cicatrizar, a sanar. Al día siguiente era una cicatriz vieja: podía haberme hecho ese corte con una navaja en mi niñez.

Había sido congelada por ella, poseída y dominada. Eso me atemorizó, más que la sangre en la que se había nutrido. Después de esa noche cerré las puertas de mi recámara al anochecer, tapiándola con una viga de roble, e hice que el herrero forjara barras de hierro, que colocó en mis ventanas.

Mi marido, mi amado, el rey, enviaba por mí cada vez menos, y cuando iba hacia él lo encontraba mareado, torpe, confundido. Ya no pudo hacer el amor como un hombre lo hace, y no me permitía darle placer con mi boca: la única vez que traté, se estremeció violentamente, y comenzó a llorar. Retiré mi boca y lo abracé fuerte hasta que el llanto pasó; se quedó dormido, como un niño.

Recorrí su piel con mis dedos mientras dormía. Estaba cubierto por una multitud de cicatrices viejas. Pero no pude recordar la presencia de esas marcas en los días de nuestro cortejo, excepto una, en su costado, donde un jabalí lo había corneado cuando era joven.

Rápidamente se convirtió en la sombra del hombre que yo había conocido y amado junto al puente. Sus huesos resaltaban, blancos y azules, bajo su piel. Estuve con él hasta el final: sus manos eran frías como la piedra; sus ojos, de un azul lechoso; su cabello y barba, marchitos, débiles y opacos. Murió sin confesión, su piel arañada y picada de la cabeza a los pies por pequeñas y antiguas cicatrices.

Casi no pesaba nada. La tierra estaba endurecida por el frío, y no pudimos cavar una tumba para él, así que construimos un montículo de piedras y rocas sobre su cuerpo, como recordatorio solamente, porque quedaba muy poco de él para proteger del hambre de las bestias y las aves.

Así que fui reina.

Y era estúpida, y joven (dieciocho veranos habían ido y venido desde que vi la luz por primera vez) y no hice lo que ahora habría hecho.

Si volviera a ese día, habría hecho que le sacaran el corazón, ciertamente. Pero luego haría que le cortaran la cabeza y los brazos y las piernas también. La habría hecho desviscerar. Y luego habría contemplado en la plaza del pueblo cómo el verdugo calentaba al rojo blanco las llamas con un fuelle, contemplado sin parpadear mientras él depositaba cada uno de sus restos en el fuego.

Habría hecho colocar arqueros en torno a la plaza, con órdenes de matar cualquier ave o bestia que se acercara a las flamas, cualquier cuervo o perro o halcón o rata. Y no cerraría los ojos hasta que la princesa fuera cenizas, y el más suave viento pudiera esparcirla como la nieve.

No hice esto, y hay que pagar por nuestros errores.

Dicen que fui engañada; que no era su corazón. Que era el corazón de un animal; un ciervo tal vez, o un jabalí. Eso dice la gente, y están equivocados.

Y algunos dicen (pero esa es su mentira, no la mía) que el corazón me fue entregado, y que yo lo devoré. Las mentiras y las medias verdades surgen como la nieve, cubriendo las cosas que recuerdo, las cosas que vi. Un paisaje, irreconocible después de una tormenta de nieve; eso es en lo que ella ha convertido mi vida.

Había cicatrices en mi amado, en las caderas de su padre, en la bolsa de sus testículos, y en su miembro viril cuando él murió.

Yo no fui con ellos. Se la llevaron en el día, mientras dormía, y estaba débil. Se la llevaron al corazón del bosque, y ahí abrieron su blusa, y extrajeron su corazón, y la dejaron muerta en una zanja, para ser tragada por el bosque. El bosque es un lugar obscuro, la frontera de muchos reinos; nadie sería tan estúpido como para reclamar jurisdicción sobre él.

En el bosque viven los forajidos. En el bosque viven los ladrones, y los lobos también. Puedes cabalgar por el bosque durante días sin ver a nadie; pero hay ojos sobre ti todo el tiempo.

Me trajeron su corazón. Supe que era el suyo: un corazón de cerda o corza no habría seguido latiendo y palpitando después de haber sido extraído.

Lo llevé a mi recámara.

No lo devoré: lo colgué de las vigas sobre mi cama, lo ensarté en un trozo de cordel que yo había llenado con bayas de serbal de cazadores, encarnados como el pecho de un petirrojo, y con cabezas de ajo.

Afuera caía la nieve, cubriendo las huellas de mis hombres, cubriendo su pequeño cuerpo en el bosque, donde yacía.

Hice que el herrero removiera las barras de hierro de mis ventanas; pasaba algún tiempo en mi habitación cada tarde de esos breves días invernales, observando el bosque hasta que caía la obscuridad. Había, como ya lo he dicho, gente en el bosque.

Algunos de ellos venían para la Feria de Primavera: gente avariciosa, feral, peligrosa; algunos eran achaparrados: enanos, pigmeos, jorobados; otros tenían dientes enormes y la mirada ausente de los idiotas; otros tenían dedos como aletas o garras de cangrejo. Salían del bosque arrastrándose cada año en la Feria de Primavera, que se llevaba a cabo cuando la nieve se había derretido.

Cuando era una joven doncella había trabajado en la feria, y ellos me habían asustado entonces, la gente del bosque. Le decía la fortuna a los transeúntes, mirando en una pila de agua, y más tarde, cuando fui mayor, en un disco de cristal azogado, su anverso bañado en plata: el regalo de un mercader cuyo caballo extraviado yo había visto a través de una pila de tinta.

Los vendedores de la feria tenían miedo de la gente del bosque; clavaban sus mercancías en las tablas de sus puestos: hogazas de pan de jengibre o cinturones de cuero clavados en la madera con grandes clavos de hierro. Si sus mercancías no estaban clavadas, decían ellos, la gente del bosque las tomaría y se las llevaría corriendo, royendo el pan de jengibre o haciendo azotar los cinturones.

Y sin embargo la gente del bosque tenía dinero: una moneda por aquí, otra por allá, algunas veces manchadas de verde por el tiempo sobre la tierra, en las monedas un rostro que resultaba desconocido hasta para los más viejos de entre nosotros.

También traían cosas para mercar, y así la feria continuaba, sirviendo a los parias y a los enanos, sirviendo a los ladrones (si eran circunspectos) que caían sobre los raros viajeros de tierras más allá del bosque, o sobre los gitanos, o sobre los venados. (Esto era latrocinio a los ojos de la ley. Los venados eran propiedad de la reina.)

Los años pasaron lentamente, y mi pueblo declaró que los gobernaba con sabiduría. El corazón colgaba aún sobre mi cama, palpitando suavemente en la noche. Si hubo alguien que guardara luto por la niña, yo no vi evidencia de ello: ella era materia de pesadillas en ese tiempo, y ellos se creían bien librados de ella.

Pasó una Feria de Primavera tras otra: cinco ferias, cada una mas triste, más pobre, más miserable que la anterior. Cada vez venía menos gente desde el bosque a comprar. Los que lo hacían parecían vencidos y ausentes. Los vendedores dejaron de clavar sus mercancías en las tablas de sus puestos. Y para el quinto año no vino sino un puñado de gente desde el bosque: una temerosa confusión de hombrecillos peludos, y nada más.

El Señor de la Feria, con su paje, vino a mí cuando la feria terminó. Lo había conocido superficialmente, antes de ser reina.

-No vengo a ti como mi reina. — dijo.

No dije nada; escuché.

-Vengo a ti porque eres sabia. —continuó— Cuando eras niña encontraste un potro extraviado observando en un receptáculo de tinta; cuando eras doncella encontraste a un niño perdido que se había alejado de su madre, observando ese espejo tuyo. Tú conoces secretos y puedes rastrear cosas perdidas.

”Reina mía—preguntó— ¿qué está llevándose a la gente del bosque? El próximo año no habrá Feria de Primavera. Los viajeros de otros reinos se han vuelto insuficientes y escasos, la gente del bosque casi ha desaparecido. Otro año como éste y todos padeceremos hambre.

Ordené a mi doncella que trajera mi cristal. Era algo simple, un disco de cristal con un reverso de plata que yo mantenía envuelto en piel de corzo en un cofre en mi recámara.

Lo trajeron entonces, y miré en él:

Ella tenía doce años y no era ya una niña. Su piel aún era pálida, sus ojos y cabello negros como el carbón, sus labios rojo sangre.

Llevaba la misma ropa que había llevado cuando partió del castillo (la blusa, la falda), sólo que estaba muy descuidada, muy raída.

Sobre ella llevaba una capucha de cuero, y en lugar de botas llevaba bolsas de cuero sobre sus pequeños pies. Estaba de pie en el bosque, junto a un árbol.

Mientras observaba, en el ojo de mi mente, la vi bordear, y hollar, y revolotear, y saltar de un árbol a otro, como un animal: un lobo o un murciélago. Estaba siguiendo a alguien.

Era un monje. Vestía arpillera, y sus pies estaban desnudos y endurecidos y llenos de costras. Su barba y tonsura eran largos, crecidos, desaliñados.

Ella le observó desde los árboles. Eventualmente él se detuvo para pasar la noche y comenzó a hacer fuego, poniendo las ramas en el suelo, rompiendo el nido de un petirrojo a manera de combustible. Tenía yesca en su manto, e hizo chocar el pedernal contra el acero hasta que las chispas hicieron presa en las ramas y el fuego ardió. Había habido dos huevos en el nido que había encontrado, y los comió crudos. No pudieron haber sido un gran alimento para un hombre de su tamaño.

Permaneció sentado a la luz de las llamas, y ella salió de su escondite. Se puso en cuclillas al otro lado del fuego, y él miró fijamente. Y luego sonrió, como si no hubiera visto otro humano en mucho tiempo, y le llamó a su lado.

Ella se levantó y rodeó el fuego, y esperó a un brazo de distancia.

Él hundió sus manos en su manto hasta que halló una moneda (una pequeña moneda de cobre), y se la arrojó. Ella lo atrapó y asintió, acercándose a él. Él jaló de la cuerda en su cintura, y su manto se abrió. Su cuerpo era tan velludo como el de un oso. Ella lo empujó sobre el musgo. Una mano se arrastró, como una araña, a través de las marañas de vello, hasta cerrarse sobre su hombría; la otra mano trazó un círculo en el pezón izquierdo de él.

Él cerró los ojos y una de sus enormes manos escudriñó bajo su falda. Ella acercó su boca al pezón que había estado acariciando, su piel blanca y lisa sobre el cuerpo lanudo de él.

Ella hundió sus dientes en su pecho profundamente. Sus ojos se abrieron; luego se cerraron nuevamente, y ella bebió. Se montó en él, y tomó alimento. Al hacer esto, un líquido tenue y negruzco comenzó a escurrir de entre sus piernas...

-¿Sabes qué es lo que está reteniendo a los viajeros? ¿Qué le está pasando a la gente del bosque? —preguntó el Señor de la Feria.

Guardé el espejo en la piel de corzo, y le dije que yo me encargaría personalmente de hacer del bosque un lugar seguro una vez más. Tenía que hacerlo, aunque ella me causaba terror.

Yo era la reina.

Una mujer estúpida habría ido entonces al bosque a intentar atrapar a la criatura; pero ya había sido estúpida una vez y no deseaba serlo una segunda.

Pasé el tiempo sobre viejos libros. Lo pasé con las gitanas (quienes cruzaban por nuestro país a través de las montañas del sur, en lugar de cruzar el bosque hacia el norte y el oeste) .Me preparé a mí misma y obtuve las cosas que iba a necesitar, y cuando los primeros copos de nieve comenzaron a caer, yo estaba lista.

Desnuda estaba yo, y sola en la torre más alta del palacio, un lugar abierto al cielo. Los vientos helaban mi cuerpo; mis vellos se iban erizando como piel de gallina sobre mis brazos y mis caderas y mis pechos.

Yo llevaba una cuenco de plata, y una canasta en la que había colocado un cuchillo de plata, un alfiler de plata, una tenazas, una túnica gris, y tres manzanas verdes.

Puse todo en el suelo y permanecí ahí, desvestida, en la torre, humilde frente al cielo nocturno y el viento. Si algún hombre me hubiera visto ahí de pie, yo hubiera arrancado sus ojos; pero no había nadie que me pudiera espiar. Las nubes cruzaban el cielo, ocultando y develando la luna menguante.

Tomé el cuchillo de plata y corté en mi brazo izquierdo: una, dos, tres veces. La sangre escurrió hacia el cuenco: rojo luciendo negro bajo la luz de la luna.

Agregué el polvo del frasco que colgaba de mi cuello. Era un polvo café, hecho de hierbas secas y de la piel de cierta clase de sapo, y de algunas otras cosas. Este polvo espesaba la sangre, y al mismo tiempo impedía su coagulación.

Tomé las tres manzanas, una por una, y agujeré su piel con delicadeza con mi alfiler de plata. Luego coloqué las manzanas en el tazón de plata y las dejé asentarse ahí mientras los primeros y diminutos copos de nieve del año caían lentamente sobre mi piel, y sobre las manzanas, y sobre la sangre.

Cuando la aurora comenzó a iluminar el cielo me abrigué con el manto gris, y tomé las rojas manzanas del tazón de plata, una por una, alzando cada una y dejándolas caer en mi canasta con unas tenazas de plata, cuidando de no tocarlas. No quedaba nada de mi sangre ni del polvo café en el tazón de plata, nada excepto un residuo negro, como verdín, en el interior.

Enterré el tazón en la tierra. Luego invoqué un hechizo sobre las manzanas (como una vez, años antes, junto a un puente, había invocado un hechizo sobre mí), para que ellas fueran, más allá de toda duda, las más maravillosas manzanas del mundo, y el rubor carmesí de su piel fue del cálido color de la sangre fresca.

Bajé la capucha de mi capa hasta cubrir mi cara, y tomé cintas y hermosos ornamentos de cabello, los coloqué sobre las manzanas en la canasta de mimbre, y me caminé sola dentro del bosque hasta llegar a su morada: un enorme despeñadero de piedra arenisca lleno de cavernas profundas que penetraban en la pared de roca.

Había árboles y montículos alrededor, y yo avancé ágilmente y en silencio de árbol en árbol sin tocar una sola ramilla ni hoja seca.

Eventualmente encontré un lugar para esconderme; y esperé, y observé.

Algunas horas después, un grupo de enanos salió arrastrándose del agujero en la caverna frontal: feos hombrecillos, deformes y peludos, los antiguos habitantes de este país. Se les veía sólo raramente ya.

Desaparecieron en el bosque, y ninguno de ellos me descubrió, aunque uno se detuvo a orinar sobre la roca donde yo estaba escondida. Esperé. Nadie más salió.

Fui a la entrada de la caverna y llamé con una voz vieja y quebrada.

La cicatriz en mi Montículo de Venus latió y palpitó en la medida en que ella se aproximaba, saliendo de la oscuridad, desnuda y sola. Tenía 13 años de edad, mi hijastra, y nada manchaba la perfecta blancura de su piel, excepto por la lívida cicatriz en su pecho izquierdo, donde había estado su corazón, arrancado hacía mucho tiempo.

El interior de sus muslos estaba manchado por una suciedad negra y húmeda. Ella me miró a los ojos, estando yo oculta bajo mi capa. Me miró con voracidad.

-Cintas, patroncita,— croqué —hermosas cintas para su cabello...

Ella sonrió y me atrajo hacia ella. Un tirón, la cicatriz en mi mano me llevaba hacia ella. Hice lo que había planeado hacer, pero lo hice más rápidamente de lo que había pensado: dejé caer mi canasta y chillé como la decrépita buhonera que pretendía ser, y huí.

Mi capa gris era del color del bosque, y yo era rápida; no me atrapó.

Logré volver al palacio.

No pude verlo. Pero, sin embargo, imaginémoslo por un momento, la niña volviendo, frustrada y hambrienta, a su caverna, y encontrando mi canasta abandonada en el suelo.

-¿Qué habrá hecho?

Me gusta creer que primero jugó con las cintas, las enredó en su cabello de cuervos, las enrolló en torno a su pálido cuello o a su breve cintura.

Y entonces, curiosa, revolvió la tela para ver que más había en las canasta; y vio las rojas, rojas manzanas.

Olían a manzanas frescas, desde luego; y también olían a sangre.

Y ella estaba hambrienta. La imagino escogiendo una manzana, presionándola contra su mejilla, sintiendo su fría uniformidad sobre su piel.

Y ella abre la boca y la muerde profundamente...

Cuando llegué a mis habitaciones, el corazón que colgaba de las vigas del techo, con las manzanas y el jamón y las salchichas secas, había dejado de latir. Colgaba ahí, silenciosamente, sin vida ni movimiento, y me sentí segura de nuevo.

Ese invierno las nieves fueron altas y profundas, y tardaron en derretirse.

Para la primavera todos estábamos hambrientos.

La Feria de Primavera mejoró ligeramente ese año. La gente del bosque era escasa, pero estaban ahí, y había viajeros de las tierras más allá del bosque.

Vi a los hombrecillos peludos de la caverna del bosque comprando y regateando piezas de vidrio, y bloques de cristal y de cuarzo. Pagaron por el vidrio con monedas de plata: los despojos de las depredaciones de mi hijastra. Cuando se supo qué era los que estaban comprando, la gente del pueblo se apresuró a sus hogares y volvieron con sus cristales de la suerte, y, en algunos casos, con láminas enteras de vidrio.

Consideré brevemente el hacer matar algunos de los hombrecillos, pero no lo hice. En tanto que el corazón colgara, silencioso e inmóvil y frío, de la viga de mi recámara, yo estaba a salvo, y también lo estaban la gente del bosque y, por lo tanto, eventualmente, la gente del pueblo.

Mi cumpleaños número veinticinco llegó; mi hijastra había mordido del fruto envenenado hacía dos inviernos cuando el príncipe llegó a mi palacio. Era alto, muy alto, con fríos ojos verdes y la piel atezada de aquellos que vienen de más allá de las montes.

Marchaba con una pequeña comitiva: los suficientemente grande como para defenderle, los suficientemente pequeña para que otro monarca (yo, por ejemplo) no lo considerara como una potencial amenaza.

Yo fui pragmática: pensé en la alianza de nuestras tierras, pensé en un reino que se extendiera desde los bosques por todo el sur hasta el mar; pensé en mi amado de barbas y cabello dorados, muerto estos ocho años; y, en la noche, fui a la habitación del príncipe.

Yo no soy inocente, aunque mi difunto marido, quien fue una vez mi rey, fue realmente mi primer amante, no importa lo que la gente diga. Al principio el príncipe parecía excitado. Hizo que me despojara de mi camisa, y me hizo ponerme de pie sobre la ventana abierta, lejos del fuego, hasta que mi piel se puso fría como la piedra. Luego me pidió que yaciera boca arriba, con las manos dobladas sobre mis pechos, y los ojos bien abiertos, pero mirando solamente las vigas del techo.  Me dijo que no me moviera, y que respirara lo menos posible. Me imploró que no dijera nada. Separó mis piernas.

Fue entonces cuando estuvo dentro de mí.

Mientras él comenzaba embestir dentro de mí, sentí alzarse mis caderas, me sentí a mí misma moviéndome para alcanzarlo, giro por giro, empuje por empuje como piedra de molino. Gemí. No puede evitarlo.

Su virilidad se deslizó fuera de mí. Yo la alcancé y la toqué, una cosa pequeña y resbalosa.

-Por favor— dijo suavemente —No debes moverte ni hablar.

Sólo quédate quieta ahí sobre la piedra, tan fría, tan bella.

Traté, pero él había perdido esa fuerza que lo había tornado viril y, en un momento, abandoné la habitación del príncipe, sus lágrimas y maldiciones aún resonando en mis oídos.

Se marchó temprano a la mañana siguiente, con todos sus hombres, cabalgando dentro del bosque.

Imagino su entrepierna en ese momento, mientras cabalgaba, un nudo de frustración en la base de su virilidad. Imagino sus pálidos labios cerrados fuertemente. Entonces imagino su pequeña tropa cabalgando a través del bosque, llegando finalmente al montículo de vidrio y cristal de mi hijastra. Tan pálida. Tan fría. Desnuda bajo el cristal, apenas más que una niña, y muerta.

En mi imaginación, casi puedo sentir la súbita turgencia de su virilidad dentro de sus calzas, visualizar la lujuria que se apoderó de él entonces, las oraciones que murmuró por lo bajo en agradecimiento por su buena fortuna. Lo imagino negociando con los hombrecillos peludos, ofreciéndoles oro y especias por el adorable cadáver bajo el montículo de cristal.

¿Habrán tomado el oro de buena gana? ¿O habrán mirado a aquellos hombres en sus caballos, con sus afiliadas espadas y sus alabardas, dándose cuenta que no tenían alternativa?

No lo sé. No estaba ahí; no estaba observando. Sólo puedo imaginarlo...

Manos, apartando los bloques de cristal y cuarzo de su cuerpo frío. Manos, acariciando gentilmente sus frías mejillas, moviendo su brazo frío, regocijándose de encontrar el cadáver aún fresco y plegable.

¿La habrá hecho suya ahí, enfrente de todos? ¿O hizo que la llevaran a algún rincón escondido antes de montarla?

No puedo saberlo.

¿Fue él quien hizo botar la manzana fuera de su garganta? ¿O fueron los ojos de ella los que se abrieron lentamente mientras él arremetía sobre su cuerpo helado; su boca abriéndose, esos labios rojos desprendiéndose el uno del otro, esos afilados dientes amarillos cerrándose sobre su cuello moreno, mientras la sangre, que es la vida, escurría por su garganta, llevándose consigo el trozo de manzana, mi manzana, mi veneno?

Lo imagino; no los sé.

Pero sé esto: que estuve despierta toda la noche, con los ojos abiertos bajo su corazón que se agitaba y latía una vez más.

Sangre amarga goteó sobre mi rostro esa noche. Mi mano ardía y pulsaba como si hubiera estrellado la base de mi pulgar contra una roca.

Hubo golpes violentos en mi puerta. Sentí miedo, pero soy una reina, y no debo mostrar miedo. Abrí la puerta.

Primero unos hombres irrumpieron en mi recámara y me rodearon, con su espadas afiladas y sus alabardas.

Y entonces él entró y me escupió en la cara.

Finalmente, ella entró en la habitación, como lo había hecho el día en que me convertí en reina y ella era una niña de seis. No había cambiado. No realmente.

Jaló el cordel en que estaba colgado su corazón. Apartó las bayas de serbal de cazadores una a una; arrancó las cabezas de ajo, ahora bulbos secos después de todos estos años; entonces tomó lo suyo, su corazón batiente, una cosa insignificante, no más grande que el de una cabra hembra o de una osa, la sangre desbordando en su mano a intervalos.

Sus uñas deben haber sido tan afiladas como el cristal: abrió su pecho con ella, pasándolas sobre la lívida cicatriz. Su pecho se abrió, súbitamente, hueco y sin sangre. Ella lamió su corazón, una vez, la sangre escurriendo por sus manos, y metió el corazón en las profundidades de su pecho.

La vi hacerlo. La vi cerrar la carne de su pecho una vez más. Vi la cicatriz púrpura comenzar a desvanecerse.

Su príncipe lo miró todo preocupado por un instante, pero de cualquier manera la rodeó con sus brazos, y permanecieron ahí, uno junto a el otro, y esperaron.

Ella siguió fría, y las florescencias de la muerte permanecieron en sus labios, la lujuria de él no disminuyó.

Me dijeron que se iban a casar y que los reinos se unirían después de todo. Me dijeron que yo estaría con ellos el día de su boda.

Aquí la historia comienza a tornarse candente.

Le habían dicho a la gente cosas malas sobre mí; un poco de verdad para dar sabor al plato, pero mezclada con muchas mentiras.

Fui atada y aprisionada. Me mantuvieron en una pequeña celda de piedra bajo el palacio, y permanecía ahí todo el otoño. El día de hoy me sacaron; arrancaron los pocos andrajos que aún cubrían mi cuerpo, y lo lavaron, afeitaron mi cabeza y mi entrepierna, y embarraron mi piel con grasa de ganso.

La nieve caía en el momento en que me trasladaban, (dos hombres sobre cada mano, dos hombres sobre cada pierna) completamente expuesta, y despatarrada, y helada, a través de las muchedumbres del equinoccio, y me trajeron a este horno.

Mi hijastra estaba ahí con su príncipe. Me miró en mi indignidad, pero no dijo nada.

Mientras me ponían dentro, burlada y escarnecida, vi un copo de nieve caer sobre su mejilla y permanecer ahí sin derretirse.

Cerraron la puerta del horno tras de mí. Se está poniendo caliente aquí dentro, y afuera están cantando y festejando y golpeando en las paredes del horno.

Ella no se estaba riendo, ni burlándose, ni hablando. Ella no me miró de reojo ni volteó el rostro. Simplemente me miró; y por un momento me vi reflejada en sus ojos.

No voy a gritar. No les daré esa satisfacción. Tendrán mi cuerpo, pero mi alma y mi historia son mías, y morirán conmigo.

La grasa comienza a derretirse y a relucir sobre mi piel. No haré ningún sonido. No debo pensar más en esto. Debo pensar, mejor, en el copo de nieve sobre su mejilla.

Pienso en su cabello, negro como el carbón; en sus labios, rojos como la sangre; en su piel... blanca como la nieve.