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El monje negro - Anton Chéjov (Parte 1)

1

Andrei Vasilievich Kovrin, Magíster, estaba agotado, tenía los nervios deshechos. No hacía nada por seguir el tratamiento médico. Algunas veces, mientras tomaba una copa con su amigo el doctor, este le aconsejaba pasar una temporada en el campo, mejor dicho, toda la primavera y el verano, pero Andrei nunca le hacía caso. Pocos días después, recibió una extensa carta de Tania Pesotski, que le invitaba a pasar unos días en la casa de su padre en Borisovka. Kovrin decidió ir.

Pero antes de hacerlo –era el mes de abril– se marchó a su tierra nativa, Kovrinka, y pasó allí tres semanas en absoluta soledad. Cuando llegó el buen tiempo, se dirigió a la casa de campo de su antiguo tutor y pariente, Pesotski, el famoso horticultor ruso. Desde Kovrinka a Borisovka había una distancia de unos setenta y cuatro kilómetros, y el viaje en la magnífica y cómoda calesa a lo largo de aquellos caminos, tan excelentes durante la primavera, prometía ser muy placentero.

La casa de Pesotski, en Borisovka, era muy grande, con una fachada repleta de columnas y adornada con esculturas de leones, a las que se les estaba cayendo el estuco. En la entrada principal había un sirviente de librea. El viejo parque, lúgubre y oscuro, era de estilo inglés, y se extendía desde la mansión hasta el río en una distancia de un kilómetro, donde terminaba en un talud arcilloso cubierto de pinos, cuyas raíces desnudas parecían garras peludas. 

Más abajo se deslizaba un arroyuelo solitario, y el murmullo de sus aguas rivalizaba con el trinar de los pájaros. En una palabra, todo invitaba al visitante a sentarse y escribir una balada. Pero los jardines y los huertos, que junto con los viveros ocupaban una extensión de unos ochenta acres, inspiraban sensaciones muy distintas. Incluso durante el mal tiempo eran esplendorosos y alegres. Aquellas hermosas rosas, los lirios, camelias, tulipanes y tantas plantas floridas de toda clase y colores nunca habían sido contempladas por los ojos de Kovrin. 

La primavera acababa de comenzar, y las variedades de flores exóticas aún estaban protegidas por campanas de cristal, pero a simple vista se veía que pronto brotarían por todas partes, formando un imperio de delicadas sombras. Pero lo más encantador de todo este esplendoroso cuadro era contemplar, en las primeras horas de la mañana, las gotas cristalinas de rocío sobre los pétalos y hojas de aquella exuberante vegetación.

Durante su infancia la parte decorativa del jardín, llamada despectivamente por Pesotski «el estercolero», había producido en Kovrin una impresión fabulosa. ¡Cuántos milagros de arte, cuántas estudiadas monstruosidades, cuántas burlas de la Naturaleza! Los espalderos de árboles frutales, ese peral que parecía un álamo de forma piramidal, aquellas encinas y tilos de abundante follaje, las bóvedas formadas por los manzanos, todo tenía el sello característico del dominio de la floricultura de que hacía gala su amigo Pesotski; incluso en los ciruelos estaba grabada la fecha 1862, para conmemorar el año en que su amigo se consagró al arte del cultivo de plantas y flores. 

Había también unas hileras de árboles erectos, simétricos, cuyos troncos se alzaban verticales como palmeras, pero que, vistos de cerca, resultaban ser árboles vulgares. Pero lo que más alegría y vida daba a los jardines y huertos era el constante quehacer de los jardineros de Pesotski. Desde el alba hasta la puesta del sol, aquellos hombres parecían infatigables y activas hormigas, trabajando entre los árboles, arbustos y planteles, unos regando, otros excavando la tierra, otros sembrando.

Kovrin llegó a Borisovka a las nueve. Encontró a Tania y a su padre muy alarmados. Aquella noche clara y estrellada predecía que habría una helada, y el jefe de los jardineros, Iván Karlich, se había ido al pueblo, por lo que no tenían a ningún responsable en quien confiar. Durante la cena sólo se habló de la inminente helada; y se decidió que Tania no se acostaría, sino que permanecería despierta hasta la una de la madrugada. Iría a inspeccionar los jardines para ver si todo estaba en orden, mientras que Igor Semionovich, por su parte, se levantaría a las tres de la madrugada o quizá aún más temprano.

Kovrin estuvo con Tania toda la noche, y al llegar las doce, la acompañó al jardín. El aire tenía un olor muy fuerte, como si estuviera ardiendo. En el huerto más grande, llamado «huerta comercial», ya que cada año producía millares de rublos de beneficios a Igor Semionovich, había una fina y negra capa de estiércol que cubría todas las hojas jóvenes, con el fin de salvar las plantas. 

Los árboles estaban alineados como jugadores de ajedrez en rectas hileras, como filas de soldados; y esta pedante regularidad, junto con el peso de la uniformidad, hacía parecer monótono y fastidioso al jardín. Kovrin y Tania se movían de un lado para otro, arriba y abajo, por los senderos y por todos los vericuetos del jardín, comprobando el buen estado del estiércol, las pajas y las coberturas de parihuelas. 

En raras ocasiones se encontraron con los trabajadores, que se movían como sombras entre aquella humareda. Sólo los cerezos, los ciruelos y algunos manzanos estaban floreciendo, pero el jardín entero se hallaba envuelto en aquella densa humareda producida por el estiércol fermentado, causa por la cual Kovrin sólo se halló en condiciones de poder respirar aire puro al llegar a los viveros.

–Me acuerdo de que, cuando era niño –dijo Kovrin–, siempre me hacía estornudar el humo, pero no comprendo cómo puede salvar a las plantas de la helada.

–El humo es un buen sustituto cuando no hay nubes –respondió Tania.

–¿Para qué quiere las nubes?

–Cuando el tiempo es nuboso y suave no se producen las heladas mañaneras.

–¿Es cierto eso?

Kovrin se echó a reír y cogió de la mano a Tania. Su rostro serio, frío; sus finas y negras cejas; el rígido cuello de su chaqueta, que le dificultaba girar la cabeza; su vestido bien arropado para defenderse del helado rocío; y toda su figura, esbelta y ligera le agradaban mucho.

–¡Santo cielo, cuánto ha crecido esta criatura! –dijo Kovrin–. La última vez que estuve aquí, hace unos cinco años, era usted aún una niña. Era delgada, de piernas largas y desaliñada, y yo siempre me estaba metiendo con usted. ¡Cuánto cambió en cinco años!

–Sí, cinco años –repitió Tania–. ¡Muchas cosas han pasado desde entonces! Dígame con sinceridad, Andrei –continuó ella, mirándole burlonamente–, ¿cree que durante todos estos cinco años se ha olvidado de nosotros? No sé cómo me he atrevido a hacerle esta pregunta. Además, después de todo, usted es un hombre libre de hacer lo que quiera, de llevar la vida que desee. Sí, tiene que ser de este modo; es natural. Pero, de todas formas, quiero que sepa una cosa: hayan cambiado o no sus relaciones con mi familia con el paso de los años, en esta casa se le considera como un miembro más. Tenemos derecho a ello.

–Estoy completamente convencido de que así me consideran, Tania –respondió Kovrin.

–¿Palabra de honor?

–Palabra de honor.

–Antes me di cuenta de que se sorprendió al ver tantas fotografías suyas en nuestro hogar –prosiguió Tania–. Sin embargo, bien sabe cuánto le adora mi padre, cuánto le estima. Usted es un erudito, no un hombre vulgar y corriente. Sí, se ha labrado una brillante carrera. Pues bien, mi padre cree que a él le debe usted su triunfo. ¡Deje que siga creyéndolo!

Empezaba a amanecer. Cambió la tonalidad del cielo, y el follaje y las nubes comenzaron a mostrarse cada vez más claros. Los ruiseñores empezaron a cantar y procedente de los campos llegó el grito de las codornices.

–Ya es hora de irnos a la cama –dijo Tania–. Además, también hace mucho frío.

Luego se acercó a Kovrin, le cogió la mano y dijo:

–Gracias, Andrei, por haber venido. En este lugar no estamos acostumbrados a los grandes sucesos. Aquí la vida transcurre apacible y monótonamente, sin ningún acontecimiento descollante. Siempre los jardines, sólo los jardines y nada más que jardines. Sí, una existencia muy monótona. Bosques, madera, camuesas, cardos lecheros, esquejes, podar, hacer injertos, trasplantar... Toda nuestra vida se limita a esto, ni siquiera soñamos con otra cosa que no sea manzanas y peras. Desde luego, todo esto es muy útil y muy bueno, pero algunas veces no puedo resistir la tentación de desear un cambio en mi vida. Recuerdo aquella época en que usted solía visitarnos, cuando venía a pasar aquí las vacaciones, cómo cambiaba toda la casa; parecía más fresca, más alegre, como si alguien hubiese quitado las telas que cubrían los muebles. Yo era entonces una niña, pero comprendía...

Tania siguió hablando durante cierto tiempo, expresando sus sentimientos y recuerdos. De repente a la mente de Kovrin vino la idea de que era muy posible que durante aquel verano se sentiría tan atraído hacia aquella criatura vivaraz y parlanchina, que podía llegar a enamorarse de ella. Dadas las circunstancias, nada más natural y posible. Aquel pensamiento le agradó y divirtió, y mientras dirigía su mirada hacia Tania, a su mente acudieron aquellos versos de Pushkin:


                        Oniegin, no ocultaré
                   que amo a Tatiana locamente


Cuando llegaron a la mansión, Igor Semionovich ya se había levantado. Kovrin no sentía ningún deseo de dormir; se puso a hablar con el anciano, y volvió con él al jardín. Igor Semionovich era alto, ancho de hombros y grueso. Padecía de dificultad respiratoria, y sin embargo, caminaba a un paso tan rápido, que era difícil seguirle de cerca. La expresión de su rostro era siempre la de un hombre preocupado, como si pensase que de retrasarse un minuto en hacer las cosas, todo el mundo se vendría abajo.

–Y ahora, hermano, le voy a revelar un misterio –dijo Igor, deteniéndose para recuperar el aliento–. En la superficie de la tierra, como puede ver, hay escarcha, está helada, pero eleve el termómetro unas yardas y verá que hay calor... ¿A qué se debe este misterio?

–Confieso que no lo sé –dijo Kovrin, riendo.

–¡No! Usted no puede saberlo todo. El cerebro más privilegiado de todo el mundo no puede comprender todo. ¿Todavía sigue estudiando filosofía?

–Sí –respondió Kovrin–; siempre estoy estudiando filosofía y psicología.

–¿Y no se aburre?

–Al contrario, no puedo vivir sin ello.

–Alabado sea Dios –respondió Semionovich, mientras se retorcía las puntas de su poblado bigote–. Alabado sea Dios; sí, todo eso le será útil en la vida... Me alegro mucho, hermano, muchísimo...

De repente se calló y se puso a escuchar. Sus facciones se endurecieron, echó a correr por el sendero y pronto desapareció entre los árboles, en medio de una nube de polvo y arena.

–¿Quién ha sido el que ha trabado este caballo al árbol? –gritó con voz desesperada–. ¿Quién de ustedes, ladrones y asesinos, se atrevió a atar este caballo al manzano? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Arruinado, destruido, estropeado! ¡El jardín está arruinado, el jardín está destruido! ¡Oh, Dios mío!

Cuando regresó junto a Kovrin, su rostro reflejaba una expresión de lástima e impotencia.

–¿Qué se puede hacer con esta clase de gente? –le preguntó a Kovrin con voz quejumbrosa, mientras se retorcía las manos–. Anoche Stepka trajo una carga de abono y dejó atado al pobre animal al árbol. Y lo ató con tanta fuerza que ha producido unos daños irreparables en la corteza del manzano. ¿Qué se puede hacer con hombres de esta calaña? Acabo de hablarle y se ha limitado a bajar los ojos a tierra, igual que un estúpido. ¡Este miserable debería ser ahorcado!

Cuando al fin se calmó, abrazó a Kovrin y le besó en la mejilla.

–Bueno, ¡bendito sea Dios...! ¡Bendito sea Dios! –murmuró–. Me alegro de que haya llegado, hermano Kovrin. No tengo palabras para expresarle lo contento que estoy porque vino a vernos, gracias.

Luego, con la misma expresión ansiosa, y caminando con paso rápido, se puso a dar vueltas por todo el jardín, enseñando a Kovrin los naranjos, los viveros de temperatura constante, los cobertizos y dos colmenas a las que describió como el milagro del siglo.

A medida que caminaban, el sol empezó a despuntar, iluminando el jardín y calentando la tierra y el aire. Cuando Kovrin pensó que si aquel hermoso sol se mostraba ya a principios de la primavera, dedujo los numerosos días soleados y felices que le esperaban durante todo un largo verano. Y de repente experimentó la misma alegría y felicidad que sintiera durante su infancia en aquel jardín. 

Entonces se sintió dominado por una profunda emoción y abrazó al anciano, besándole con ternura. Ambos se dirigieron a la casa y tomaron té en antiguas tazas de porcelana de China, además de galletas y crema; y esto también le recordó a Kovrin sus días de infancia y juventud. Durante aquel pequeño ágape, las reminiscencias brotaron en la mente de ambos hombres, y un sentimiento de intensa felicidad inundó sus corazones.

Esperó a que Tania se despertase, y después de tomar café con ella, se fue a pasear al jardín. Luego se dirigió a su habitación y se puso a trabajar. Leyó con atención, tomando notas de todo lo que creía importante. Sólo levantaba la vista cuando creía sentir la necesidad de mirar a través de la ventana o contemplar las rosas, frescas aún por el rocío, colocadas en un florero sobre su mesa. Kovrin creyó sentir por un instante que todas las venas de su cuerpo temblaban de alegría.

II

Pero en el campo, Kovrin siguió con aquella nerviosa e intranquila vida que había llevado en la ciudad. Leía y escribía mucho, estudió lengua italiana, y cuando salía a dar un paseo, al rato ya pensaba en regresar y ponerse a trabajar. Dormía tan poco que todo el mundo en la casa estaba desconcertado; si alguna vez, por pura casualidad, descansaba media hora durante el día, por la noche no podía hacerlo. Sin embargo, al día siguiente de estas involuntarias vigilias, se sentía alegre y dinámico.

Hablaba mucho, bebía vino y fumaba caros puros. A menudo, casi todos los días, algunas muchachas de las casas de los alrededores venían a la mansión de Vasilievich, tocaban el piano con Tania y cantaban. Algunas veces también venía un vecino, un hombre joven, quien tocaba muy bien el violín. Kovrin oía con agrado su música y canciones, pero había llegado a un extremo en que todo aquello le abrumaba; tanto, que algunas veces sus ojos se cerraban involuntariamente, adormilándose.

Una tarde, después de la hora del té, se sentó en la terraza para dedicarse a la lectura. Mientras, en el salón, Tania, una amiga soprano, otra contralto y el ya citado violinista, ensayaban la conocida serenata de Braga. Kovrin atendió a la letra, y aunque esta era en ruso, no logró entender su significado. Al final dejó el libro, se puso a escuchar con atención y logró comprenderla. 

Una chica de imaginación febril oyó durante la noche unos sonidos misteriosos en su jardín; un sonido tan maravilloso y extraño que se vio forzada a admitir su armonía y «santidad», que para nosotros los mortales son incomprensibles; luego aquellos sones se elevaron al cielo, desapareciendo. Kovrin despertó. Se dirigió al salón y luego al vestíbulo, donde comenzó a pasearse.

Cuando cesó la música, cogió de la mano a Tania y la llevó a la terraza.

–Durante todo el día –le dijo Kovrin– he tenido metida en la cabeza una extraña leyenda. No sé si la he leído o se la he escuchado contar a alguien; no lo recuerdo. Se trata de una leyenda muy curiosa, aunque no muy coherente. Antes de contársela, quiero advertirle de que no está muy clara. Hace mil años, un monje, vestido de negro, erraba por unos parajes solitarios, no sé si en Siria o en Arabia. A unas millas de distancia de aquel lugar unos pescadores vieron a otro monje negro caminando lentamente sobre la superficie del agua de un lago. El segundo monje era un espejismo. 

-Tenga usted en cuenta que las leyendas prescinden de las leyes de la óptica, como es lógico, y escuche lo que viene a continuación. Del primer espejismo se produjo otro espejismo; del segundo espejismo se produjo un tercero, de forma que la imagen del Monje Negro se refleja eternamente desde un estrato de la atmósfera a otro. En cierta ocasión fue visto en África, luego en la India, en otra ocasión en España, luego en el extremo norte. Al fin, se eclipsó de la atmósfera de la Tierra, pero nunca se presentaron las condiciones necesarias como para que desapareciera del todo. 

-Quizá hoy sea visto en Marte o en la constelación de la Cruz del Sur. Ahora bien, la esencia de todo esto, su verdadero meollo, por emplear esta palabra vulgar, radica en una profecía que sostiene que exactamente mil años después de que el monje se retirara a aquellos parajes desiertos, el espejismo volverá a ser captado en la atmósfera de la Tierra y se mostrará a todos los hombres del mundo. Este plazo de mil años, según mis cálculos, está a punto de expirar. Según la leyenda, debemos ver al Monje Negro hoy o mañana.

–Es una historia muy extraña –dijo Tania, a quien no le había agradado.

–Pero lo más sorprendente de todo –dijo Kovrin riéndose– es que no recuerdo cómo esta leyenda se me ha metido en la cabeza. ¿La he leído? ¿Me la han contado? ¿Se trata simplemente de un sueño? No lo sé. Pero me interesa. Durante todo el día no he podido pensar en otra cosa; la tengo clavada en la mente.

Kovrin se despidió de Tania, quien regresó al salón, y salió de la casa para pasear por entre los planteles de flores del jardín, meditando sobre aquella extraña leyenda. El sol acababa de ponerse. Las flores recién regadas emanaban un fuerte y delicado aroma. En la mansión, la música había comenzado a sonar de nuevo, y a la distancia, el violín parecía producir el efecto de una voz humana. Mientras forzaba su memoria para recordar cómo había llegado a conocer aquella leyenda, Kovrin, ensimismado, paseaba por el parque, sin darse cuenta de que caminaba en dirección a la orilla del riachuelo.

Descendió por un sendero repleto de raíces al descubierto, espantando las agachadizas y poniendo en fuga a dos patos. En las ramas oscuras de los pinos se reflejaban los últimos rayos del sol. Kovrin pasó al otro lado del riachuelo. Ahora, delante de él, se extendía un hermoso y extenso campo cubierto de centeno. En todo lo que alcanzaba su vista no se veía un alma viviente; y le pareció que aquel sendero debía conducirle a una región enigmática e inexplorada donde aún quedaba el resplandor del sol.

«¡Qué lugar más tranquilo y bucólico! –pensó para sí–. Tengo la impresión de que en este instante todo el mundo me contempla desde arriba, esperando que yo descubra algo importante.»

Una ráfaga de aire dobló los tallos verdes de los centenos. De nuevo sopló el viento, pero esta vez con más fuerza, rivalizando con el suave murmullo de las hojas de los pinos. Kovrin se detuvo asombrado. En el horizonte, como un ciclón o una tromba de agua, algo negro, alto, se elevó del suelo. Sus formas eran indefinidas; pero, después de fijarse con atención en aquella cosa tan extraña, Kovrin se dio cuenta de que no estaba fija al suelo, sino que se movía a una velocidad increíble, en dirección a él. 

Y a medida que se acercaba, se hacía cada vez más y más pequeña. Involuntariamente, Kovrin se echó a un lado del sendero para dejarla pasar. Pasó ante él un monje vestido de negro, de cabellos grises y cejas negras, con las manos cruzadas sobre el pecho. Caminaba sobre el duro suelo con los pies descalzos. Una vez que se hubo alejado unos veinte metros, el monje volvió el rostro hacia Kovrin, le hizo una señal con la cabeza, y le sonrió con bondad. Su rostro delgado estaba pálido como la cera. Luego, a medida que se alejaba, empezó a aumentar de tamaño, cruzó el río caminando sin hundirse sobre su superficie, y atravesó sin ruido alguno el muro de piedra caliza, desapareciendo como el humo.

–Ahora comprendo –dijo Kovrin para sí– que la leyenda tenía su fundamento.

Regresó a la casa sin intentar siquiera explicarse este extraño fenómeno, pero vanagloriándose de haber visto no sólo sus ropas negras, sino su fino y pálido rostro, y la fija mirada de sus ojos.

En el parque y en los jardines de la mansión, los visitantes se paseaban tranquilamente; en el interior la música seguía sonando. De modo que sólo él había visto al Monje Negro. Sintió un inmenso deseo de contar a Tania y a Igor Semionovich lo que había visto con sus propios ojos, pero desistió al pensar que lo interpretarían como una alucinación. 

Se unió a aquella alegre compañía, rió, bebió y bailó una mazurca dominado por una inmensa alegría interna. Pero lo más curioso de todo fue que tanto Tania como los demás invitados creyeron ver en su rostro una expresión de éxtasis, lo que encontraron muy divertido.

III

Cuando terminó la cena y todos se hubieron marchado, subió a su habitación y se echó en el diván. Había decidido reflexionar sobre el monje, aclarar aquel extraño misterio; mas en aquel instante, Tania entró en su habitación, interrumpiendo sus proyectos.

–Aquí te traigo, Andrei –le dijo Tania–, los artículos de mi padre... Son muy interesantes. Mi padre escribe muy bien.

–¡Espléndida idea! –exclamó Igor Semionovich, que entró tras ella en la habitación de Kovrin–. Ahora bien, no le haga caso a esta bella muchacha. Aunque puede leerlos si desea dormirse: constituyen un espléndido soporífero.

–Pues según mi opinión –respondió Tania–, estos artículos son magníficos. Le agradeceré, querido Andrei, que los lea, y luego convenza a mi padre para que escriba con más frecuencia. Es capaz de escribir un tratado entero de jardinería.

Igor Semionovich se echó a reír, pero luego se disculpó amablemente, alabó las cualidades de su viejo amigo y dando la razón a su hija:

–Si desea leer esos artículos, querido Andrei –dijo Igor–, le aconsejo que comience con los documentos sobre Gauche y los artículos rusos, pues de otro modo no podrá entenderlos. Antes de precipitarse en valorar mis palabras, le aconsejo que las sopese detenidamente. Aunque no creo que le interesen. Bueno, ya es hora de irse a la cama, querida Tania, pues anoche dormiste muy poco.

Tania salió de la habitación. Igor Semionovich se sentó en un extremo del sofá y exclamó:

–Ah, hermano mío... Ve que escribo artículos, y exhibo en exposiciones e incluso a veces gano medallas... Pesotski, dicen ellos, tiene unas manzanas tan gordas como su cabeza; Pesotski ha hecho una gran fortuna con sus jardines y huertas... En una palabra: «Kochubei es rico y glorioso». Pero mucho me agradaría preguntarle cuál será el final de todo esto. No se trata de mis jardines y viveros; ya sé que son espléndidos, auténticos modelos entre todos los de la región. Aunque también debo confesar que me siento orgulloso de que sean en realidad una institución completa de gran importancia política, y otro paso hacia una nueva era en la agricultura rusa, como asimismo en su industria. Pero todo esto, ¿para qué? ¿Con qué fin? ¿Cuál es la meta final de una vida consagrada a mejorar la agricultura, las flores, las plantas, todo lo relacionado con la tierra?

–Esa pregunta tiene una respuesta muy fácil.

No me refiero a ese sentido. Lo que quiero saber es qué ocurrirá con mis jardines el día en que muera. Tal como están las cosas, puedo asegurarle que todo se vendría abajo si algún día yo faltara. El secreto no radica en que los jardines son grandes y en que tengo muchos trabajadores bajo mis órdenes, sino en el hecho de que adoro el trabajo, ¿me comprende? Lo quiero quizá más que a mí mismo. ¡Míreme! Trabajo desde que sale el sol hasta que se pone. Todo lo hago con mis propias manos. Siembro, trasplanto, riego, hago injertos, todo está hecho por mí. Cuando alguien trata de ayudarme me siento celoso, y me vuelvo irritable hasta el extremo de parecerle rudo a muchas personas. 

-El verdadero secreto radica en el amor, en el ojo del amo que engorda al caballo, y en estar pendiente de todo y de todos. Por eso, cuando voy a visitar a un amigo y charlamos media hora ante un buen vaso de vino, mi imaginación está en los jardines, y temo que algo pueda sucederles durante mi ausencia. Suponga que me muero mañana, ¿quién se ocupará de todo esto?, ¿quién hará el trabajo? ¿Los jefes jardineros? ¿Los trabajadores? Puede usted creerme si le digo, mi querido amigo, que todas mis preocupaciones no se centran en estas personas, sino en la idea de que esto vaya a manos extrañas el día en que yo muera.

–Pero, mi querido amigo –respondió Kovrin–, está Tania; supongo que no desconfiará de ella. Ella ama y sabe llevar esta clase de trabajo.

–Sí, Tania ama y comprende este trabajo; sabe llevarlo mejor que un ingeniero agrónomo del Ministerio de Agricultura. Si después de mi muerte yo estuviera seguro de que todo iría a parar a sus manos, de que ella sola sería la dueña y directora de todo esto, no me importaría nada, moriría a gusto. Pero suponga por un momento –Dios no lo quiera– que se casa. He aquí lo que me atormenta y mortifica, lo que me hace pasar las noches sin pegar los ojos. Porque al casarse, lo lógico es que tenga hijos y que se preocupe más de ellos que de los jardines y viveros. Eso es lo malo. Pero hay algo que temo más aún: que se case con uno de esos individuos que van en busca de una buena dote, que no tienen escrúpulos y gastan el dinero a manos llenas, y que al cabo de un año se haya ido al diablo lo que tanto me ha costado ganar durante años de sacrificio y trabajo. En un negocio como este, una mujer es el azote de Dios.

Igor Semionovich permaneció callado durante unos instantes, moviendo la cabeza de arriba abajo repetidas veces. Luego continuó:

–Quizá me considere usted un egoísta, pero no quiero que Tania se case. Me da miedo. ¿Se ha fijado en esos jóvenes que acuden constantemente a esta casa a visitarla, bajo la excusa de organizar veladas musicales? Todos vienen a lo mismo: a pescar una buena dote. Sobre todo está ese joven del violín, que no le quita la vista de encima. Pero tampoco yo se la quito a él. Me consta que Tania nunca se casaría con él, pero no puedo remediarlo, desconfío mucho... En resumen, hermano, soy un hombre de carácter, y sé lo que debo hacer.

Igor Semionovich se levantó y paseó por la habitación. Se veía que tenía algo muy importante que decir, algo muy serio, pero, por lo visto, no encontraba las palabras exactas para expresarlo.

–Le quiero y le aprecio mucho –prosiguió Igor– y por ello creo que debo hablarle francamente y sin rodeos. En cualquier asunto de suma gravedad o importancia, siempre acostumbro decir lo que pienso, huyendo de toda mistificación. Por consiguiente, debo decirle que es usted el único hombre con el que no me importaría que Tania se casara. Es inteligente, tiene buen corazón, y me consta que no consentirá que todo esto que he labrado con mis propias manos se malogre estérilmente. Más aún, le quiero como si fuera mi propio hijo, y estoy orgulloso de usted. De modo que si usted y Tania... empezaran un romance amoroso que acabara en matrimonio, créame que merecería todas mis bendiciones. Sí, me consideraría el hombre más feliz del mundo. Se lo digo en la cara, sin rodeos, como corresponde a un hombre honrado.

Kovrin sonrió. Igor Semionovich abrió la puerta y se dispuso a abandonar la habitación, pero se detuvo en el umbral:

–Y si usted y Tania llegasen a tener un hijo, haría de él el mejor horticultor. Pero esto, de momento, es una mera hipótesis. Buenas noches.

Cuando Kovrin quedó solo, se instaló cómodamente en un sillón y se puso a leer los artículos de su huésped. El primero de ellos se titulaba "Cultivo intermedio", el segundo, "Unas cuantas palabras en respuesta a las observaciones del señor Z... sobre el tratamiento de las tierras de jardín", y el tercero, "Más sobre los injertos". Los demás artículos venían a ser lo mismo. Pero todos reflejaban desazón e irritabilidad. Incluso una simple hoja con el mero título pacífico "Los manzanos rusos" exhalaba irritabilidad. 

Igor Semionovich comenzaba este trabajo con las palabras «Audi alteram partem», y lo finalizaba con estas otras: «Sapienti sat»; pero entre las dos pacíficas frases latinas se desgranaba un torrente de palabras agrias, dirigidas contra «la aprendida ignorancia de nuestros modernos horticultores que observan a la madre Naturaleza desde sus sillones en la Academia de Ciencias Naturales», y contra el señor Gauche «cuya fama está basada en la admiración de los profanos en la materia de agricultura y dilettanti». También había un párrafo en el que Igor censuraba a aquella gente por castigar a un pobre muerto de hambre a causa de robar unas cuantas frutas en un huerto, destrozando sus espaldas a latigazos.

–Admito que estos artículos son muy buenos –dijo Kovrin para sí–, incluso excelentes, pero también veo que revelan a su autor como un hombre de temperamento duro y de lanza en ristre. Supongo que será igual en todas partes; en todas las carreras, los hombres de ideas geniales son siempre personas muy nerviosas, y víctimas de esta especie de exaltada sensibilidad. Supongo que tiene que ser así.

Pensó en Tania, tan orgullosa de los artículos de su padre, y luego en Igor Semionovich. Tania, pequeña, pálida, ligera, con sus clavículas visibles, con aquellos ojazos tan grandes que parecían estar siempre escudriñando algo. Igor Semionovich, con sus apresurados y pequeños pasos. Volvió a pensar en Tania, tan inclinada a hablar constantemente, tan amante de dialogar y discutir con todos, siempre acompañando la más insignificante frase con gestos y gesticulaciones. En cuanto a si era nerviosa, pues sí, estaba seguro de que lo era en grado sumo.

Kovrin se puso a leer otra vez, pero como no se enteraba de nada de lo que se exponía en aquellos artículos de Semionovich, los tiró al suelo. Aún perduraba en todo su ser la agradable emoción con que había bailado la mazurca y oído aquella música. Todo ello hizo acudir a su mente numerosos pensamientos. Meditó sobre lo que le había ocurrido en el campo de centeno. Si él había visto a solas aquel extraño y misterioso monje, debería estar enloquecido o enfermo, al punto de llegar a padecer alucinaciones. Aquel pensamiento le espantó, pero no por mucho tiempo.

Se sentó en el diván y apoyó la cabeza en sus manos, y se dispuso a gozar pensando en el extraño suceso del que había sido testigo durante la tarde. No podía comprenderlo, pero todo su ser se llenó de gozo. Se levantó y dio algunos pasos por su habitación, disponiéndose a iniciar su trabajo. Pero lo que leía en los libros ya no le satisfacía. Ahora sólo deseaba pensar en algo inmenso, vasto, infinito. Después, Kovrin se desnudó y se acostó, pensando que haría bien en descansar después de las emociones sentidas durante el día. Cuando al final oyó a Igor Semionovich dirigirse a trabajar al jardín, llamó a un criado y le ordenó que trajera una botella de vino. Bebió varios vasos; el vino le atontó y se quedó dormido. 


IV

Igor Semionovich y Tania discutían con frecuencia y se decían uno al otro duras palabras. Aquella mañana habían tenido un altercado, y Tania, después de haber estado llorando, se refugió en su habitación y se negó a bajar a desayunar y a almorzar. Pero Igor era testarudo. Al principio no hizo ningún caso de la conducta de su hija y se marchó con aire digno y solemne, como queriendo dar a entender a todo el mundo que era un hombre de ideas fijas, y que para él la justicia y el orden eran lo primero en la vida, lo más importante de todo. Pero Igor era incapaz de mantener aquella actitud durante mucho tiempo, pues idolatraba a Tania.

No comió nada a la hora de cenar y, durante todo el día, su mente había estado torturada por aquel suceso. Al final no pudo aguantar más y, después de un profundo «¡Dios mío!» que le brotó de lo más hondo de su corazón, se dirigió a la habitación de Tania y golpeó con suavidad la puerta, mientras gritaba con toda dulzura, casi tímidamente:

–¡Tania! ¡Tania!

A través de la puerta llegó una voz llorosa, pero firme y decidida:

–¡Déjame en paz...!, te lo ruego.

Los incidentes sentimentales entre padre e hija repercutían no sólo entre los habitantes de la casa, sino incluso entre todos los trabajadores de las plantaciones. Kovrin, como era usual en él, permaneció enfrascado en su trabajo, pero al final no pudo soportar más la situación y decidió intervenir como mediador entre padre e hija, y dispersar aquella nube negra que se había interpuesto entre ambos seres, tan queridos para él. Sin dudarlo un instante más, se dirigió a la puerta de Tania, la golpeó y fue recibido.

–Vamos, vamos, querida Tania, esto no está bien –empezó a decir en broma, pero dulcemente, mientras contemplaba aquel rostro femenino cubierto de lágrimas–. No es para tanto. Después de todo, son discusiones que se presentan todos los días, en todas las casas. Vamos, querida Tania, hay que saber perdonar. ¿De acuerdo?

–Es que usted no sabe cuánto me tortura –y al decir esto, una lluvia de lágrimas brotó de sus hermosos y grandes ojazos–. Siempre me está atormentando –continuó, mientras se retorcía las manos–. Nunca he dicho nada que pudiera ofenderle. En este caso, sólo me limité a decir que era innecesario mantener tantos trabajadores, pues resultaba un gasto que se podía evitar con facilidad. Me limité simplemente a decir que lo que había que hacer era contratar trabajadores por horas. Usted sabe que esos hombres no han hecho nada durante toda la semana. Yo... lo único que le dije fue esto. Y entonces se puso a gritarme como un energúmeno, diciéndome un montón de cosas, todas ofensivas, profundamente insultantes. Y todo por nada.

–Bueno, no hay que preocuparse por eso –trató de calmarla Kovrin–. Ha estado gritando, chillando, llorando, pataleando: ya es suficiente, ¿no le parece? No puede seguir así todo el día, no sería justo. Sabe que su padre, más que quererla, la adora, la idolatra.

–Mi padre ha arruinado toda mi vida –dijo Tania entre sollozos–. Durante toda mi existencia sólo he oído insultos de sus labios, y sufrido afrenta tras afrenta. Mi padre me considera como algo superfluo en su propia casa. ¡Pues que se quede con su casa! Mañana me marcho de ella. Él es el único responsable de mi marcha. Sí, mañana me iré de este lugar y me pondré a estudiar para luego conseguir un empleo. ¡Que se quede con su dichosa casa!

–Vamos, Tania, vamos, no se ponga así –dijo Kovrin–. Vamos, deje de llorar. Le diré lo que pienso: tanto el uno como el otro son irritables, impulsivos y, si quiere que le diga toda la verdad, los dos están equivocados; sí, los dos, pues exageran las cosas más nimias. Vamos, ya me encargaré yo de que hagan las paces.

Durante todo este tiempo, Kovrin estuvo hablando con un tono persuasivo y suave, pero Tania seguía llorando, encogiéndose de hombros ante todo lo que él le decía, y retorciéndose las manos como si hubiera sufrido un verdadero infortunio. Kovrin trató de hacerle comprender que exageraba la cosa más de lo que debía. Le parecía mentira que por una cosa tan banal aquella criatura quisiera amargarse todo el día y quizá toda su existencia. 
 
Mientras la consolaba, pensó que excepto Tania y su padre, no había nadie en el mundo que le quisiera tanto; y que de no haber sido por ellos, él, que había quedado huérfano durante su tierna infancia, habría pasado el resto de su existencia sin una caricia, sin palabras de consuelo, y sin ese cariño que sólo pueden dar las personas que son de nuestra misma sangre. 
 
Pero también percibió que sus desequilibrados e irritados nervios estaban reaccionando como magnetos a los gritos y sollozos de aquella testaruda muchacha. Se dio cuenta de que nunca podría amar a una mujer robusta y saludable, fresca y sonrosada; pero le conmovía aquella Tania pálida, débil y desgraciada.

Kovrin sentía un gran placer al contemplar sus cabellos sedosos y sus redondeados hombros. Se acercó más a ella y le apretó la mano, mientras con su pañuelo enjugaba las lágrimas que se deslizaban por las sonrosadas mejillas. Por fin, Tania dejó de llorar. Pero siguió quejándose de su padre, censurando su conducta hacia ella, lamentándose de la vida que llevaba en aquella casa, tratando de que Kovrin comprendiese la situación en que se hallaba. 
 
Luego, poco a poco, empezó a sonreír, mientras afirmaba solemnemente que Dios la había castigado dándole aquel carácter tan impulsivo. Y al fin se echó a reír como una loca, se calificó a sí misma de atolondrada e inconsecuente y salió corriendo de la habitación.

Instantes después, Kovrin se dirigió al jardín. Igor Semionovich y Tania, como si nada hubiese pasado, paseaban abrazados por el césped, comiendo pan de centeno y sal. Ambos tenían mucha hambre.

Satisfecho por su papel de intermediario pacificador, Kovrin se dirigió al parque. Mientras se hallaba sentado en un banco, oyó el ruido de un carricoche y la risa de una mujer. De inmediato pensó que aquello significaba que llegaban nuevos visitantes. 
 
Las sombras cubrieron el jardín, y a lo lejos se podía oír algo confusamente la música de un violín, las risas de las mujeres y el alborozado jolgorio de los jóvenes participantes en aquella fiesta. Estos detalles le hicieron recordar al Monje Negro, pues fue en idénticas circunstancias cuando lo vio por primera vez. ¿A qué país, a qué planeta, habría ido aquel absurdo efecto óptico?

Trató de acordarse de aquella vez en que lo vio en el campo de centeno, detrás de los pinos situados en ese instante frente a él. De repente, y precisamente de los mismos pinos, emergió un hombre de mediana estatura, que caminaba lentamente sin hacer el más mínimo ruido. Sus cabellos grises estaban descubiertos, iba vestido de negro y tenía los pies descalzos como un mendigo. Su pálido y cadavérico rostro estaba cubierto de manchas negras. 
 
Después de saludarle con una gentil inclinación de cabeza, el extranjero o mendigo se dirigió al banco y se sentó en él. Kovrin se dio cuenta de inmediato de que era el Monje Negro. Durante un instante ambos se miraron; Kovrin, asombrado, pero el monje bondadosamente, aunque con una expresión taimada y astuta en su rostro.

–Pero si es un espejismo –dijo Kovrin–, ¿cómo es que está aquí, y cómo se sienta en este banco? Esto no está de acuerdo con la leyenda.

–Es lo mismo –respondió el monje con tono suave, volviendo su rostro hacia Kovrin–. La leyenda, el espejismo, yo mismo, todo no es más que el fruto de su imaginación exaltada. Yo soy un fantasma.

–¿Es decir –respondió Kovrin– que no existe?

–Piense lo que quiera –respondió el monje, sonriendo burlonamente–. Yo existo en su imaginación, y dado que su imaginación forma parte de la Naturaleza, es evidente que yo debo existir en la Naturaleza.

–Veo que su rostro demuestra inteligencia y distinción –dijo Kovrin–. Sin embargo, tengo la extraña impresión de que usted ha vivido más de mil años. No creía que mi imaginación fuera capaz de crear tal fenómeno. ¿Por qué me mira con tanto arrobamiento? ¿Acaso está satisfecho de haberme encontrado? ¿Le agrada mi persona?

–Sí; ya que es uno de los pocos a los que se puede llamar con toda justicia «un elegido de Dios». Usted siempre sirve y obedece a la verdad eterna. Sus pensamientos, sus intenciones, su elevada formación científica, su vida entera están marcados con el sello de la divinidad, una impronta celestial. Estas características están reservadas a lo racional y hermoso, es decir, al Eterno.

–Se refiere usted a la verdad eterna. Por consiguiente, ¿puede ser accesible y necesaria la verdad eterna para los hombres si no existe la vida eterna?

–Existe una vida eterna –respondió el monje.

–Por la forma en que me habla veo que cree en la inmortalidad de los hombres.

–Desde luego. A vosotros, los hombres, os espera un maravilloso y grandioso futuro. Y cuantos más hombres como usted tenga el mundo, más pronto llegará. Sin ustedes, ministros de los más altos principios, que viven libre y honradamente, la humanidad no sería nada; desarrollándose en su orden natural, debería esperar el fin de su vida terrena. 
 
-Pero usted ha acelerado en miles de años la llegada de este maravilloso futuro existente dentro del reino de la eterna verdad: y este es el grandioso servicio que ha sabido llevar a cabo. Usted lleva dentro de su ser aquella bendición de Dios que descansa sobre la gente buena, sobre los hombres de corazón limpio y puro.

–¿Y cuál es el objetivo de la vida eterna? –preguntó cada vez más intrigado Kovrin.

–El mismo que el de toda vida. La verdadera felicidad radica en el conocimiento, y la vida eterna presenta innumerables e inextinguibles fuentes de conocimientos. Fue en este sentido que Jesucristo dijo: «En la casa de mi Padre existen muchas moradas...»

–No puede hacerse una idea –respondió Kovrin– de la alegría tan grande que siento al oírle decir esas hermosas palabras.

–Me congratulo de ello.

–Sin embargo –respondió Kovrin– tengo la plena certeza de que apenas se marche, me veré atormentado por la incertidumbre en cuanto a su realidad. Usted es un fantasma, una alucinación. ¿Quiere decir que estoy físicamente enfermo, que mi estado no es normal?

–¿Y qué si lo está? Eso no debe preocuparle. Usted está enfermo porque ha sometido a una tensión excesiva sus poderes, porque ha ofrendado su salud en sacrificio a una idea, y está cerca el día en que sacrificará no solamente esto, sino también su vida. ¿Qué más puede desear? Es a lo que aspira todo ser noble y puro.

–Pero si estoy físicamente enfermo, ¿cómo puedo confiar en mí mismo?

–¿Y cómo sabe que todos los hombres geniales en quienes ha creído todo el mundo no han visto también visiones? Ser un genio es análogo a la demencia. Créame, las personas saludables y normales no son más que hombres ordinarios, vulgares, corrientes; un rebaño de ganado. Los temores a las enfermedades nerviosas, agotamiento y decrepitud sólo pueden tenerlos aquellos cuyos ideales en esta vida se basan en el presente; ese es el rebaño.

–Sin embargo –dijo Kovrin–, los romanos tenían por ideal aquello de mens sana in corpore sano.

–Todo lo que dijeron los romanos y los griegos no era verdad. Exaltaciones, aspiraciones, excitaciones, éxtasis, todas esas cosas que distinguen a los profetas, poetas y mártires de los hombres ordinarios, son incompatibles con la vida animal, es decir, con la salud física. Se lo repito, si quiere ser un hombre saludable y normal únase al rebaño.

–¡Qué extraño es que usted repita ahora cosas que yo pensé en tantas ocasiones! –dijo Kovrin–. Parece como si me hubiera estado espiando y hubiera llegado a enterarse de mis pensamientos secretos. Pero no hablemos de mí. ¿Qué me quiso decir con las palabras «verdad eterna»?

El monje no respondió. Kovrin le miró, pero no pudo ver su rostro. Sus formas se nublaron y desaparecieron; su cabeza y sus brazos se esfumaron; su cuerpo empezó a hacerse difuso, y llegó finalmente a confundirse con las sombras del crepúsculo.

–La alucinación se ha marchado –dijo riéndose Kovrin–. Es una verdadera lástima.

Volvió a la mansión, feliz y satisfecho. Lo que le había dicho el Monje Negro no sólo había halagado su amor propio, sino su espíritu, y todo su ser. ¡Qué ideal más glorioso era ser el elegido, ser ministro de la verdad eterna, poder formar en las filas de aquellos que se apresuraron durante cientos de años en entrar en el reino de Cristo, de aquellos que se sacrificaron para que la Humanidad fuese mejor, y se viera libre de pecado y de sufrimientos, el consagrarlo todo a un ideal, juventud, fuerza, salud, ¡morir por el bienestar de todos! 
 
Y cuando le vino a la mente su pasado, una vida casta y pura, consagrada completamente al trabajo, recordó todo lo que había aprendido y lo que había enseñado y, al final, tuvo que admitir que lo que le había dicho el Monje Negro no era más que la pura verdad. No, el monje aquel no había exagerado nada.

Atravesando el parque, corriendo a su encuentro, se acercaba Tania. Llevaba un vestido distinto al que le había visto la última vez.

–¿Ya regresó? –le gritó entusiasmada, pero con cierto asombro en su cristalina voz–. Estuvimos buscándole por todas partes... ¿Pero qué le ha ocurrido? –preguntó sorprendida, mirándole fijamente a los ojos, unos ojos en los que había un extraño y misterioso reflejo–. Le encuentro muy extraño.

–Estoy muy satisfecho, querida Tania –repuso Kovrin, mientras le ponía una mano sobre los hombros–. Bueno, en realidad, estoy más que satisfecho: ¡soy feliz! Tania, no encuentro las palabras exactas para decirte lo muy querida que eres para mí. Sí, Tania, estoy muy satisfecho; no puedes hacerte una idea de ello.

Besó ardorosamente sus manos, y continuó:

–Acabo de vivir los momentos más maravillosos, más felices, más encantadores de toda mi vida; algo que es imposible que pueda sucederle a un hombre sobre esta superficie terráquea... Pero no te lo puedo contar todo, ya que me tomarías por un loco, o te negarías a creerme. Deja que te hable de tu persona. Tania, te quiero. No sabes durante cuánto tiempo te he querido. El estar cerca de ti, el verte diez veces al día, ha llegado a convertirse en una necesidad para mí. No sé cómo voy a poder vivir sin ti cuando regrese a casa.

–No te creo –respondió Tania–. Estoy segura de que te olvidarás de nosotros a los dos días. Somos gente modesta, y tú eres un gran hombre.

–Estoy hablando en serio, Tania –le contestó Kovrin–. ¡Te llevaré conmigo! ¿Qué me contestas? ¿Vendrás conmigo? ¿Serás mía?

–¿Pero qué tonterías estás diciendo, Andrei? –dijo Tania, tratando de reír. Pero la risa no brotó de sus labios; en su lugar, se ruborizó. Empezó a respirar aceleradamente, y luego se puso a caminar con paso rápido por el parque–. No pienso, nunca he pensado en esto, nunca pensé que podría ocurrir esto –continuó Tania, juntando las manos como en un acto de desesperación.

Kovrin se acercó más a ella, y con aquella misma expresión extraña en su rostro, trató de convencerla, diciéndole apasionadamente:

–Yo anhelo un amor que tome posesión de todo mi ser, de toda mi alma; ¡y ese amor sólo tú puedes dármelo. ¡Soy feliz! ¡Cuán feliz soy!

Tania estaba asombrada y confusa, y no sabía qué decir. Fue tanta la emoción que le produjeron las palabras de Kovrin que parecía haber envejecido diez años. Pero Kovrin la vio más hermosa que nunca, y, arrastrado por la pasión que le dominaba, gritó como en éxtasis:

–¡Qué hermosa eres, querida Tania!

 
(CONTINUARÁ...) 

La renta espectral - Henry James (Parte 3 y última)

No voy a negar a estas alturas que en aquel momento mi corazón brincaba locamente dentro del pecho. Y sin embargo, no puedo dejar de reconocer que el anciano se dirigió a abrirme la puerta con toda tranquilidad, no exenta de cierto aire solemne. Hasta llegué a pensar, dada la extraña concesión del anciano, que este también era un fantasma. 

Pensé que una vez que preparase mi ánimo para enfrentarme a un ser misterioso, un espectro, o lo que fuera, lo demás ya no podría causarme ningún pavor. Todo esto fue lo que pasó por mi mente antes de penetrar en aquella oscura y misteriosa mansión. 

El capitán Diamond metió la llave en la cerradura, dio la vuelta y abrió, mientras me decía en voz baja que ya podía pasar. Quedé envuelto en la oscuridad y oí cómo la puerta se cerraba detrás de mí. Durante unos instantes no me atreví a mover ni un solo dedo de la mano ni de los pies; permanecí inmóvil, valientemente, en aquellas espantosas tinieblas. 

Como no veía ni oía nada, me decidí a encender un fósforo. En la mesa, tal como me había dicho el anciano, había dos antiguos candelabros con sendos cirios. Los encendí e inicié mi visita de exploración.

Ante mí se elevaba una escalera con una balaustrada, de estilo muy antiguo, cuya madera estaba grabada a la usanza de las viejas casas de New England. Desistí momentáneamente de subir por ella, y me dirigí hacia la habitación situada a mi derecha. 

Se trataba de un salón parcamente amueblado y con esa atmósfera típica de las estancias donde nunca ha habido vida humana. Levanté aún más los candelabros y solo pude ver unas cuantas sillas y los muros desnudos. A continuación estaba la habitación desde cuya ventana baja había espiado en dos ocasiones, y que se comunicaba con la sala, tal como imaginé, mediante una puerta plegable. Aquí tampoco encontré la amenaza de ningún espectro. 

Volví a cruzar el salón y recorrí las habitaciones situadas al otro lado; un gran comedor, donde podría haber escrito mi nombre en la mesa situada en el centro, dada la gran cantidad de polvo que la cubría; una ruinosa cocina provista de cacerolas y sartenes siempre frías, ya que el sol jamás penetró en aquella húmeda y helada estancia; y otras dos habitaciones desprovistas de todo mobiliario. 

Todo esto me pareció extraño, pero no sorprendente. Regresé al vestíbulo y me dirigí al pie de las escaleras, sosteniendo en alto los candelabros. El subir por ellas exigía gran cuidado ya que, a pesar de la débil luz que arrojaban los dos cirios, la oscuridad era profunda. 

De repente tuve la extraña sensación de que las tinieblas tenían vida, que estaban animadas por algo que no veía ni oía; parecía que la oscuridad y la «cosa» dentro de ella se movían al unísono, una junto a la otra.

Lentamente —digo lentamente porque en aquel momento los segundos me parecieron siglos— «aquello» adoptó la forma de una sombra alargada, puntiaguda y definida, que avanzó hacia la parte alta de la escalera. 

Debo admitir que en aquel instante era consciente de que me hallaba dominado por una sensación a la que, en honor a la verdad, debo aplicar el nombre de miedo. Podía exagerar y especificar que lo que yo sentía era Espanto (sí, con mayúscula); mas para no confundir al lector, me limitaré a decir que experimenté eso que puede hacer perder el conocimiento a un hombre hecho y derecho. 

Observé cómo aumentaba de tamaño aquella sombra macabra, y sentí un miedo irresistible dentro de todo mi cuerpo, ya que crecía de una forma tan misteriosa que parecía confundirse con la oscuridad que nos rodeaba. Reflexioné durante unos instantes, pues gracias a Dios, aún podía razonar, y me dije a mí mismo: «Siempre pensé que los fantasmas eran blancos y transparentes; esto debe ser un juego de luces y de sombras densas y opacas». 

Me esforcé en convencerme a mí mismo de que aquello era un efecto óptico momentáneo y que no debía dejarme llevar por los nervios y sentir miedo, pues entonces todo se habría perdido. De modo que empecé a bajar de espaldas la escalera, escalón por escalón, con lentitud y sumo cuidado, y los ojos fijos en la misteriosa figura negra que permanecía allá arriba. 

Evidentemente hubo un momento, muy breve por cierto, durante el cual pensé que debía subir la escalera con resolución y enfrentarme cara a cara con aquella misteriosa sombra movible y negra, pero las suelas de mis zapatos me parecieron de puro y pesado plomo. Había conseguido lo que me había propuesto, ver al fantasma; ya no tenía nada que hacer allí. 


Entonces decidí observar aquella extraña «cosa» desde otro ángulo, con el fin de poder luego recordarla con el mayor número de detalles posible, y, sobre todo, convencerme a mí mismo de que no era fruto de mi imaginación. Incluso me pregunté cuánto tiempo tendría que estar allí, clavado al suelo, contemplando fijamente al espectro, para que mi retirada no pudiera ser considerada como huida a causa del miedo, lo que habría mermado mi dignidad de hombre sensato y valiente.

Todo esto, desde luego, pasó por mi mente con extremada rapidez, lo que comprobé al observar un movimiento del espectro. En aquella horrible oscuridad aparecieron de repente dos manos blancas, elevándose hacia una altura que deduje debía ser a nivel de su cabeza. Allí se juntaron, frente a lo que debía ser su rostro, y luego se separaron, dejando al descubierto el semblante. Este era confuso, blanco, extraño; en una palabra, espectral. 

Durante unos instantes me estuvo mirando, después de lo cual volvió a elevar una de las manos, lenta y suavemente, hacia atrás y hacia delante. Era un movimiento bastante raro, confuso; parecía denotar resentimiento y, al mismo tiempo, indicar que me marchase. Sin embargo, también era un movimiento trivial, familiar. Familiaridad que no había entrado en mis cálculos, y que, por añadidura, no me agradó lo más mínimo, máxime viniendo de parte de la Presencia Espectral. 

Ahora comprendía lo que el capitán Diamond quería decirme al comentar que aquel fantasma era «infernalmente desagradable». De improviso sentí un impulso incontenible de salir corriendo lo antes posible de aquella misteriosa mansión embrujada, pero, por dejar en buen lugar mi dignidad, decidí hacerlo en forma galante, sin denotar pavor alguno, dado que se trataba de un espectro femenino. 

Y lo único galante que se me ocurrió fue apagar los cirios. De modo que me volví y los apagué. Acto seguido me dirigí hacia la puerta, me detuve ante ella y la abrí. La luz exterior, rayana en la oscuridad, entró en la vieja mansión, iluminó su atmósfera oscura y me hizo ver con más nitidez aquella horrible y sólida sombra.

Al salir, encontré al capitán Diamond sentado sobre la hierba y apoyado en su bastón, bajo el parpadeo de las primeras estrellas de la noche. Me contempló fijamente durante unos instantes, pero no me hizo ninguna pregunta; luego se dirigió a cerrar la puerta. 

Cumplida esta formalidad, llevó a cabo la otra, es decir, aquellas inclinaciones que solía hacer ante la vieja mansión. Luego, sin tomarse siquiera la molestia de avisarme, echó a andar por el mismo camino que ambos habíamos tomado, e instantes después, desapareció de mi vista.

Al cabo de pocos días suspendí mis estudios y me marché fuera para pasar mis vacaciones de verano. Estuve ausente durante varias semanas, en las cuales tuve tiempo suficiente para analizar todas mis experiencias acerca de los fenómenos sobrenaturales. 

Estuve orgulloso de mí mismo al recordar que no sentí miedo alguno en la mansión encantada del viejo Diamond; ni tuve escalofríos, ni temblé, ni eché a correr como un galgo asustado. De todas formas, fue un gran alivio verme a treinta millas de distancia de la escena de mi primer encuentro con el espectro; tanto, que durante mucho tiempo preferí la luz del día a la oscuridad de la noche. 

Mis nervios habían sufrido una gran excitación, y aquella estancia junto al mar durante mis vacaciones acabó por calmarlos del todo. Una vez tranquilizado, me dispuse a estudiar en detalle todas las experiencias sobrenaturales que había sentido en mi espíritu y comprobado en mi cuerpo. 

Cierto que había visto algo —aquello no fue fruto de mi imaginación, no—, pero ¿qué había visto yo? Entonces lamenté no haberme acercado más aún a aquel espectro. Pero es muy fácil hablar; cualquier otro hombre en mis circunstancias habría hecho exactamente lo mismo que yo; en realidad, subir por la escalera hasta llegar junto al fantasma era una auténtica imposibilidad física. 

¿Acaso no fue esta paralización de mis facultades una influencia sobrenatural? Quizá no en forma necesaria, ya que un fantasma falso o fingido puede causar el mismo terror que uno auténtico. ¿Pero cómo pude haber visto al fantasma levantar sus manos? ¿Cómo podía explicarse el que me impresionara tanto? Sin duda alguna, auténtico o falso, se trataba de un fantasma muy inteligente. 

A decir verdad, prefería que fuese un fantasma real, ya que me habría avergonzado el haberme dejado impresionar por uno falso; por otro lado, el haber visto un fantasma auténtico era algo que, tal como estaban las cosas, podría compararse a una pluma en el sombrero de un hombre. Así pues, dejé que mis pensamientos se apaciguaran, cesando de atormentarme con mil conjeturas. 

Pero por más esfuerzos que hacía, de vez en cuando volvían a mi mente, haciendo brotar una y mil preguntas. Debía dejar por descontado que aquel espectro era la hija del capitán Diamond; y si era ella, entonces aquello era su espíritu. ¿Pero no sería su espíritu y algo más? Este era el problema que me trastornaba la mente.

A mediados de septiembre volví a la Facultad de Teología, una vez pasadas las vacaciones, pero no me apresuré a visitar la casa encantada.

Se aproximaba el final del mes, es decir, el último día del trimestre, en que el capitán Diamond, como siempre, debería recoger la renta del espectro. Pero esta vez no me sentí en condiciones de trastornar el peregrinaje del anciano militar; aunque también he de confesar que sentí mucha compasión al imaginarme al anciano capitán avanzando en la oscuridad por aquel solitario, polvoriento y siniestro camino, apoyándose penosamente en su vetusto bastón. 

El día treinta de septiembre, mientras me hallaba estudiando, oí de repente un suave golpear en mi puerta. Me dirigí a ella y la abrí. Delante de mí se presentó una anciana negra, con un turbante rojo envolviendo sus cabellos y parte de su frente, y un gran pañuelo blanco cubriéndole el pecho. La mujer me miró en silencio; tenía aquel aire de gravedad y decencia que suelen tener las personas entradas en años de su raza. 

Yo permanecí inmóvil, en una postura interrogativa, y la pobre negra introdujo una de sus manos en el amplio bolsillo de su delantal y extrajo un librito. Era aquel ejemplar de los Pensamientos, de Pascal, que yo había regalado a su amo.

—Perdone usted, señor —me dijo con voz tenue—. ¿Conoce este libro?

—Lo conozco perfectamente —contesté—, mi nombre está escrito en la contraportada.

—¿Este nombre es el suyo? Quiero decir si no es el de otra persona que se llame igual que usted.

—Si lo duda, puedo escribir mi nombre al lado de este y lo podrá comparar.

La negra permaneció callada durante unos instantes. Luego dijo con tono solemne:

—No serviría para nada la prueba que me propone, pues no sé leer. Pero si me da su palabra de honor, ello me bastará. Vengo de parte del caballero a quien le dio este libro. Me dijo que se lo trajera a usted como prueba... bueno, creo que esa fue la palabra que empleó, para que no dudara usted de que era él quien me enviaba. Está muy enfermo y desea verlo.

—¿El capitán Diamond está enfermo? —contesté—. ¿Es grave su enfermedad?

—Está enfermo, muy enfermo —contestó sollozando la pobre negra—. Yo no entiendo de enfermedades, pero creo que de esta no sale mi amo.

Inmediatamente dije a la mujer que iría a verle en el acto, siempre que tuviese la bondad de esperarme para indicar el camino. La negra asintió con un gesto de cabeza, y momentos después ambos caminábamos por aquellas soleadas calles, yo detrás de ella, como un personaje de Las mil y una noches, conducido por un esclavo a una misteriosa mansión. 

Mi guía me llevó hasta la orilla del río, a una casita pintada de amarillo situada en una calle costera. Abrió la puerta con rapidez y me dejó entrar, y me encontré frente a mi viejo y buen amigo. Estaba en la cama, en una habitación oscura, y, evidentemente, en muy mal estado. 

Se hallaba recostado sobre una almohada, con sus tiesos cabellos más erectos que nunca, y los brillantes ojos de siempre dominados por la fiebre. El piso estaba limpio como una patena, lo que me hizo comprobar cuán excelente ama de casa era la anciana negra. 

El capitán Diamond, pálido y rígido sobre aquellas sábanas tan blancas, parecía una de esas figuras grabadas en la losa sepulcral de una tumba gótica. Me miró en silencio, y la anciana sirvienta se marchó, dejándonos solos.

—Sí, es usted —me dijo, haciendo un esfuerzo—; ya veo que es usted. Al fin ha venido. Es un excelente muchacho. Sí, un buen muchacho. ¿Verdad que no me equivoco al decir que es bueno?

—Espero que no —contesté, mientras le dirigía una mirada bondadosa—. Siempre he creído que era un buen muchacho. Pero dejemos esto ahora y hablemos de usted. Observo que se encuentra muy enfermo, bastante enfermo. ¿Qué podría hacer yo por su persona?

—Me encuentro muy mal, gravemente enfermo —repuso mientras hacía un esfuerzo para volverse y dirigir su rostro hacia donde yo me hallaba—. ¡Me duelen tanto mis viejos y pobres huesos!

Le pregunté sobre la naturaleza de su enfermedad, y el tiempo que llevaba postrado en cama, pero pareció no oírme o no querer hacerlo; estaba impaciente por hablarme de algo. Me cogió por la manga, me atrajo hacia sí, y luego dijo casi en un susurro:

—Ha llegado mi hora.

—Oh, desde luego que no —le dije para animarle—. Estoy convencido de que pronto, muy pronto, volveré a verlo andar sobre sus piernas, y tomaremos el sol en aquel romántico banco rodeado de flores, escuchando su siempre amena conversación.

—¡Eso solo Dios lo sabe! —respondió—. Pero no he querido decir que me estoy muriendo; no, todavía no, por ahora. Lo que pretendo decirle es que ha llegado la hora de ir a la vieja mansión y recoger la renta del espectro. Hoy es el día en que debo ir.

—Ah, sí, es cierto —le contesté—. Pero no puede ir hallándose enfermo.

—No, no puedo ir, es verdad. Perderé mi dinero. Es horrible. Aunque me estuviera muriendo, desearía ir por ese dinero, pues durante toda mi vida he sido un hombre honorable, y deseo esa renta espectral para pagar al médico todo lo que le debo, y para ser enterrado como un hombre respetable.

—¿Era esta tarde?

—Sí, a la hora del crepúsculo, en punto.

Luego se recostó de nuevo sobre la almohada y se quedó mirándome con insistencia. Entonces comprendí por qué me había mandado llamar. Moralmente, según mi forma de pensar, no debía oponerme a la última voluntad de un moribundo. Pero, por lo visto, en mi rostro se reflejó lo que yo pensaba, pues el anciano continuó lamentándose de su triste suerte en el mismo tono.

—No puedo perder mi dinero —repitió una y otra vez—. Lo necesito. Alguien debe ir. Se lo he pedido a Belinda, pero ella no quiere ir porque le da mucho miedo, como a todas las mujeres.

—¿Cree que el espectro no tendrá ningún inconveniente en pagarle a otra persona que no sea usted? ¿Está seguro de ello? —insinué.

—Al menos podemos intentarlo. Nunca me ha ocurrido el verme en esta situación, y por ello no puedo asegurarle nada. Pero si le dijera al espectro que estoy gravemente enfermo, que mis viejos huesos me duelen horriblemente, que me estoy muriendo, entonces, quizá se fíe de usted. Creo conocer a mi hija, y no pienso que deje morir a su padre de esta manera.

—¿Quiere que vaya en su lugar?

—Usted ya ha estado allí una vez; sabe lo que es. ¿Es que le da miedo?

Dudé en contestar a su pregunta.

—Denme tres minutos para que lo piense —repuse— y le daré mi respuesta.

Me puse a meditar, mientras dirigía mi mirada por todos los rincones de la estancia, fijándome en los objetos testigos de la decente pobreza de su ocupante. Parecía respirar una atmósfera de súplica en aquella habitación, y hasta me pareció oír una voz rogándome que fuera. Al fin, pensé acceder a la petición del capitán.

—Estoy seguro de que le ha agradado a mi hija como a mí, ya que es un excelente muchacho —continuó hablando el capitán Diamond, sin hacer caso de que yo estaba entregado a mis meditaciones—. Sí, ella confiará en usted lo mismo que lo he hecho yo. Le gustará su rostro, y comprobará que es incapaz de hacer daño a nadie. Son ciento treinta y tres dólares. Procure ponerlos en lugar seguro.

—Sí, iré, tranquilícese —le respondí al capitán Diamond—. Y puede estar seguro de que haré todo lo que esté en mis manos para que tenga su dinero, la renta del espectro. Estaré de regreso alrededor de las nueve de la noche.

Mis palabras hicieron brillar de gozo las pupilas del anciano. Me cogió la mano y la apretó gentilmente, con suma delicadeza, mientras unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Momentos después me marché. Durante el resto del día intenté olvidar la labor que me esperaba a la hora del crepúsculo, pero fue en vano, ya que esta idea acudía a mi mente como atraída por un poderoso imán. No voy a negar que estaba muy nervioso, pues, en realidad, me dominaba una gran excitación. 

Pero si por un lado confiaba en que todo sucediera de la manera más inofensiva para mi seguridad personal, por el otro también temía que todo no fuera tan tremendo, y resultase algo de lo más trivial. Las horas pasaron con lentitud, pero cuando las primeras sombras del crepúsculo empezaron a caer, emprendí inmediatamente mi misión. 

De camino me detuve en la casita del capitán, no solo para interesarme por su salud, sino por si tenía que darme algunas instrucciones que antes hubiera olvidado. La vieja negra me abrió la puerta. Su aspecto era grave y la expresión de su rostro era inescrutable. Me dejó entrar en la casa, y, como respuesta a mis preguntas sobre el estado del enfermo, se limitó a contestarme que el capitán Diamond estaba peor que por la mañana.

—Tiene usted que ser muy astuto y rápido —me dijo— si pretende ir a la mansión del espectro y retornar antes de que él esté ya muerto.

Me bastó una mirada para percibir que la negra sirvienta estaba al corriente de lo que yo haría aquella noche, aunque no vi ninguna muestra que traicionara lo que pensaba en sus negras pupilas.

—¿Por qué se va a morir el capitán Diamond? —pregunté—. Ya sé que se encuentra muy débil y enfermo, pero no como para asegurar que va a morirse. ¿Qué grave enfermedad cree que tiene nuestro excelente amigo?

—Su enfermedad se llama vejez.

—Pero no es tan viejo, mi buena mujer. A lo sumo tendrá sesenta y siete o sesenta y ocho años.

La negra permaneció silenciosa. Luego contestó con voz solemne y grave:

—El capitán Diamond ha llegado al fin; está gastado; no durará mucho.

—¿Puedo verle un instante?

La anciana Belinda asintió con un gesto y me condujo a la habitación de mi amigo.

Este seguía en la misma posición en que le había dejado al marcharme horas antes, exceptuando que ahora tenía los ojos cerrados. Pero me di cuenta que estaba más grave. Le tomé el pulso y comprobé que era muy lento. A pesar de todo, la anciana negra me dijo que el médico había venido a visitarle horas antes aquella tarde y no consideró grave su estado.

—Este médico es un ignorante —dijo ella—, y no ha visto nunca a un moribundo.

En aquel instante mi viejo amigo se movió en su lecho, abrió los ojos, miró alrededor suyo y al cabo de cierto tiempo me reconoció.

—En este momento me disponía a marchar —le dije—. Voy por su dinero. ¿Tiene algo más que decirme antes de que me vaya?

El viejo capitán se incorporó en la cama, apoyándose en la almohada después de hacer un gran esfuerzo con sus huesudos y flácidos brazos. Pareció no oírme o no haber entendido mi pregunta, por lo que insistí:

—Le estoy hablando de la casa, mi querido amigo, de su hija, ¿me comprende?

El capitán Diamond se frotó la frente durante un buen rato, y, al fin, me contestó:

—¡Ah, sí! Confío en usted... ciento treinta y tres dólares en monedas antiguas, todo en monedas antiguas —al llegar a este punto enmudeció por unos instantes, para luego proseguir—. Sea muy respetuoso, muy gentil, si no... —y calló otra vez.

—Oh, no se preocupe, mi buen amigo, seré muy respetuoso y gentil con el espectro de su hija —repuse sonriendo forzadamente—. Pero..., ¿qué me ha querido decir con eso de «si no»?

—¡Si no, me enteraré de ello! —respondió con suma gravedad. Al decir esto, volvió a cerrar sus ojos, y se desvaneció sobre la almohada.

Salí de la casa de mi amigo y me encaminé resueltamente a cumplir mi misterioso encargo. Cuando me hallé frente a la vieja casa, me detuve ante la puerta e hice las reverencias que había visto hacer al capitán. Había calculado mis pasos en forma que pudiera llegar a la mansión a la hora indicada. 

La noche acababa de caer. Saqué la llave, abrí la puerta y la cerré una vez dentro del edificio. Encendí un fósforo y apliqué su llama a los cirios de los dos candelabros que había sobre la mesa. Luego cogí cada uno en cada mano y penetré en el vestíbulo. Estaba vacío, no había nadie, y aunque esperé cierto tiempo, siguió tan vacío como al principio. 

Entonces me dirigí a otra habitación de la planta baja, pero tampoco apareció ninguna sombra negra a detener mis pasos. Al fin me dirigí al gran salón, me detuve al pie de la escalera, y me pregunté si debía o no subirla, con la mirada fija en la parte alta y mi mano apoyada en la barandilla. 

La ansiedad y la angustia me agarrotaban la mente, y tenía motivos para ello; aquella sombra negra que ya había visto antes apareció en las profundas tinieblas del piso superior. No era ninguna ilusión; se trataba de una figura, la misma que viera la primera vez que entré en aquella siniestra mansión. 

Permanecí inmóvil, confiando en que la sombra se perfilaría aún más, mientras mis ojos comprobaban que estaba tan quieta como yo, mirándome desde la escalera con su rostro oculto. Entonces me decidí, desaté la ligadura con que el temor había sujetado mi lengua y hablé.

—He venido en nombre del capitán Diamond. Está muy enfermo, y es incapaz de abandonar su lecho. Me rogó que viniera a recoger su dinero, el cual le llevaré de inmediato, apenas salga de aquí.

Aquella sombra negra no hizo la menor señal, permaneciendo completamente inmóvil. Por ello creí oportuno volver a insistir.

—El capitán Diamond se encuentra muy enfermo. Habría venido de hallarse en condiciones de hacerlo, pero apenas puede moverse de la cama.

Al oír mis últimas palabras, aquella figura retiró el velo que cubría su rostro con lentitud y me mostró una máscara blanca y opaca. Luego empezó a descender la escalera. El espanto se apoderó de mí. Instintivamente, di unos pasos hacia atrás, y me dirigí hacia una salita de estar situada frente a mí. Con los ojos fijos en aquella siniestra figura, anduve de espaldas en dirección a la puerta. Me detuve en el centro de la estancia y puse los cirios en el suelo. 

La figura seguía avanzando hacia mí; parecía corresponder a una mujer de elevada estatura, vestida con extrañas gasas negras. Cuando estuvo cerca de mí comprobé que tenía un rostro perfectamente humano, aunque pálido y triste en extremo. Nos quedamos mirándonos el uno al otro; mi temor había desaparecido; en aquel instante solo estaba muy intrigado.

—¿Está gravemente enfermo mi padre? —preguntó la misteriosa aparición.

Al oír aquella voz tan gentil, temblorosa y humana, anduve unos pasos hacia atrás, me puse a temblar, cogí aliento y di una especie de grito. Lo que tenía delante no era un espíritu ni un fantasma, sino una hermosa mujer, una excelente actriz que se había estado riendo de mi credulidad infantil. 

Instintivamente, sin poder contenerme, le arranqué el velo que cubría su cabeza, enfurecido. Entonces me di cuenta de quién era aquella persona. Su largo vestido negro, su rostro apesadumbrado, pintado en forma que pareciera más pálido aún, sus ojos agudos y penetrantes —del mismo color que los de su padre—, todo me lo confirmaba. Incluso aquel gesto ofendido cuando le arranqué el velo corroboraba todo.

—Supongo que mi padre no le ha enviado aquí para que me insulte —gritó.

Acto sucedido se volvió con rapidez, cogió uno de los cirios y se encaminó hacia la puerta. Al llegar allí se detuvo, me volvió a mirar, dudó un instante, y luego, sacó una bolsa llena de monedas, que arrojó al suelo.

—Ahí tiene usted el dinero —me dijo majestuosamente.

Permanecí inmóvil, entre avergonzado y confuso, viendo cómo ella cruzaba el vestíbulo. Cogí la bolsa de las monedas. En ese instante oí un ruido misterioso, y al poco rato vi aparecer de nuevo a aquella hermosa dama, mas sin llevar el cirio en la mano.

—¡Mi padre...! ¡mi padre! —gritó, mientras le temblaban los labios; sus ojos estaban desorbitados y sus gestos eran los de una persona dominada por un espantoso pavor.

—¿Su padre? ¿Dónde está? —pregunté.

—En el vestíbulo, al pie de la escalera.

Hice el gesto de dirigirme hacia aquel sitio, pero ella me retuvo del brazo.

—Está vestido de blanco —gritó la hermosa dama—, en camisa. ¡No es él!

—Pero, ¿qué dice usted? Su padre está en su casa, en su cama, muy enfermo.

Me miró fijamente, con ojos inquisidores.

—¿Agonizando?

—Espero que no —murmuré.

De pronto, dio un profundo suspiro y se cubrió el rostro con las manos.

—¡Oh, cielos! —gritó profundamente aterrorizada—, entonces he visto su espíritu.

Aún seguía sujetándome el brazo, espantada, incapaz de soltarse de él, como si temiera que algo grave le sucedería de un momento a otro.

—¡El espíritu de su padre! —exclamé intrigado y confuso, sin comprender lo que quería decirme.

—Este es el castigo que merezco por haber cometido aquella locura —continuó hablando.

—¡Ah! —exclamé—. ¡Este es el castigo por mi indiscreción, por mi violencia!

—Lléveme lejos de aquí, lléveme lejos de aquí —me repetía, gritándome al oído—. No, en esa dirección, no —añadió al ver que la conducía hacia la puerta del vestíbulo—. ¡En esa dirección, no! ¡Se lo suplico, por Dios! Huyamos por aquí, por la puerta posterior.

Cogió el otro candelabro y me condujo por una habitación hasta la parte oscura de la mansión. Aquí había una puerta, en una especie de fregadero que daba al huerto. Descorrí el mohoso cerrojo que la tenía cerrada y la atravesamos. Acto seguido nos encontramos respirando aire fresco, bajo una bóveda plagada de estrellas. 

La hermosa dama cogió una capa negra que llevaba y se envolvió en ella, permaneciendo dubitativa durante unos instantes. Yo estaba aturrullado, infinitamente confundido, pero la curiosidad que ella despertó en mí era mucho mayor. Agitada, pálida, pintoresca, con gráciles encantos femeninos, me pareció, bajo la luz de las estrellas, más hermosa que antes.

—Ya veo que ha estado desempeñando un bonito papel durante estos últimos años —le dije, algo ofendido ya—. Un juego extraordinario.

Ella me miró sombríamente, sin intención de contestar.

—Sin embargo, yo me presté a este juego con toda mi buena fe —proseguí—. La última vez que vine, hace unos tres meses, como recordará muy bien, me asustó en grado sumo; sí, muchísimo. ¿Se acuerda, verdad?

—Desde luego que se trataba de un juego extraordinario —contestó al fin la hermosa dama—. Pero era el único remedio que había.

—¿No la perdonó él?

—Mientras creyó que estaba muerta, sí —respondió la extraña dama—. Hubo cosas en mi vida que él no podía perdonar.

Durante unos instantes estuve dudando qué preguntarle; es decir, quería hacer una pregunta importante, pero no sabía cómo. Al final me decidí.

—¿Y dónde está su esposo?

—No tengo marido... —repuso—. Nunca he tenido marido.

Hizo un gesto como indicándome que no le hiciera más preguntas, y echó a caminar con rapidez. Yo salí corriendo detrás de ella, rodeamos la casa y al fin salimos a la carretera. Ella no dejaba de murmurar aterrorizada: «Era él..., era él». Una vez en el camino, se detuvo y me preguntó qué senda iba a tomar yo. Yo le indiqué la ruta por la que había venido.

—Entonces, yo cogeré el otro camino —contestó—. ¿Piensa usted dirigirse a la casa de mi padre?

—Directamente —respondí.

—¿Sería tan amable de decirme mañana cómo lo encontró?

—Con mucho gusto. Pero, ¿cómo me comunicaré con usted?

—Escriba unas cuantas palabras en un papel, y deposítelo bajo esa piedra —repuso, indicándome una de las muchas que bordeaban el viejo pozo del huerto.

Le di mi palabra de que así lo haría, y se dispuso a marcharse.

—Sé lo que debo hacer y conozco el camino —dijo—. Todo está arreglado. Es una historia muy antigua.

Se alejó de mí con extraordinaria rapidez, y mientras desaparecía en la oscuridad, con sus velos negros flotando en el viento, aquellos tules fantasmagóricos con los que iba envuelta la primera vez que la vi, acudió de nuevo a mi mente la impresionante aparición de una oscura noche de invierno en esa tenebrosa mansión solitaria. Me alejé de allí y regresé al pueblo, dirigiéndose directamente a la casita pintada de amarillo junto al río.

Sin pensarlo, me tomé la libertad de entrar en la casa del capitán Diamond sin llamar a la puerta. Una vez dentro, al comprobar que no había nadie en el vestíbulo, me dirigí con resolución al dormitorio de mi anciano amigo. Junto a la puerta, sobre una silla baja se hallaba sentada Belinda, con los brazos cruzados.

—¿Cómo se encuentra el enfermo?

—Se ha ido al cielo.

—¿Muerto? —pregunté.

Se levantó, con una especie de risa trágica en los labios.

—¡Ahora ya es un fantasma tan importante como cualquiera de ellos! —exclamó la negra sirvienta.

Entré en la habitación y encontró al viejo capitán extendido en la cama, rígido e inmóvil. Esa misma tarde escribí unas cuantas líneas en un papel, pensando colocarlo a la mañana siguiente bajo la piedra del viejo pozo de Diamond; pero el destino no quiso que yo llevase a cabo mi misión. Aquella noche, debido a las emociones del día, me fue imposible dormir. 

Me levanté de la cama y me puse a pasear por mi habitación. Mientras lo hacía vi, al pasar junto a la ventana, un gigantesco resplandor rojo en el cielo, al noroeste. Alguna casa se incendiaba en el campo, y ardía con evidente rapidez. Estaba en la misma dirección que el escenario de mis aventuras de la tarde precedente. Mientras contemplaba el encendido horizonte, una idea terrible me vino a la mente. 

Yo apagué el cirio que nos había alumbrado, a mí y a mi compañera, cuando nos dirigíamos hacia la puerta por la que escapamos. No había contado con el otro cirio que se había llevado al vestíbulo, el cual había arrojado Dios sabe dónde al huir presa de espanto por ver el espíritu de su padre.

Al día siguiente, cogí la nota que había escrito y me dirigí a aquel cruce de caminos ya tan familiar para mí. La casa embrujada era un montón de restos calcinados y ardientes cenizas; la tapadera del pozo había sido arrancada para sacar agua por los pocos vecinos que habían acudido a apagar aquella gigantesca hoguera, la cual, lógicamente, debían haber considerado como una venganza del diablo. Las piedras del pozo se hallaban dispersas por el huerto, y la tierra estaba inundada de charcos.