INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta James Finn Garner. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta James Finn Garner. Mostrar todas las entradas

Ricitos de Oro - James Finn Garner

En las profundidades de la espesura, más allá del río, en el mismo corazón del bosque, habitaba una familia de osos compuesta por Papá Oso, Mamá Osa y el Pequeño Osito.

Vivían todos una existencia antropomórfica diseñada como familia nuclear y enmarcada en el espacio de una diminuta cabaña. Ni que decir tiene que todos lamentaban profundamente esta circunstancia, ya que, tradicionalmente, la familia establecida en torno a un núcleo no ha servido para otra cosa que para esclavizar a las mujeres, inculcar una moral farisaica en sus miembros e infundir en las generaciones subsiguientes rígidas nociones en lo que se refiere a los respectivos papeles heterosexuales de sus miembros. 

Así y todo, intentaban vivir felices y procuraban adoptar las medidas necesarias para evitar tales peligros (entre otras, habían optado por dirigirse a su retoño como «criatura», en tanto que denominación desprovista de género específico).

Una mañana, se sentaron todos a desayunar en su pequeña cabaña antropomórfica. Papá Oso había preparado grandes cuencos de gachas naturales y desprovistas de ingredientes artificiales. Las gachas, sin embargo, acababan de ser retiradas del fogón y aún se encontraban demasiado sobrecargadas desde el punto de vista térmico como para poder consumirse. Así pues, decidieron aguardar a que sus cuencos se enfriaran y salieron a dar un paseo y a visitar a sus vecinos del reino animal.

Apenas hubieron partido, surgió de entre los arbustos una joven mujer cutáneamente empobrecida en melanina que se deslizó hasta el interior de la cabaña. Se llamaba Ricitos de Oro y llevaba varios días observando a los osos. Se trataba, dicho sea de paso, de una bióloga especializada en el estudio de osos antropomórficos. 

En otro tiempo, había ejercido como profesora, pero su agresiva y masculina actitud frente a la ciencia (era aficionada a desgarrar los tenues velos de la Naturaleza, exponiendo sus secretos, invadiendo su esencia y empleándola en beneficio de sus propios y egocéntricos propósitos para luego alardear de tales violaciones a través de colaboraciones en diversas revistas) la había llevado a su cese.

La vil bióloga en cuestión llevaba ya algún tiempo observando la cabaña. Su intención era implantar radiotransmisores en los osos y controlar posteriormente sus desplazamientos migratorios y vitales con total desprecio de su intimidad personal (o, mejor dicho, animal). 

Guiada únicamente por sus propósitos de espionaje científico, Ricitos de Oro allanó la cabaña de los osos. Tras penetrar en la cocina, aderezó sus cuencos de gachas con un sedante. A continuación, irrumpió en el dormitorio y dispuso trampas en las camas. 

Su plan consistía en drogar a los osos y aprovechar el momento en que se dispusieran a tenderse en sus respectivos lechos para atenazar lazos radiotransmisores en torno a sus cuellos tan pronto como depositaran la cabeza sobre la almohada.

Ricitos de Oro se rió entre dientes y pensó: «¡Estos osos han de ser mi pasaporte hacia la fama! ¡Ya les enseñaré yo a esos mentecatos de la universidad los arrestos que hacen falta para realizar una investigación como Dios manda!». A continuación, se agazapó en una esquina del dormitorio y esperó. Y siguió esperando, y esperó aún un rato más. Pero los osos tardaban tanto en regresar de su paseo que se quedó dormida.

Cuando los osos regresaron por fin, se sentaron dispuestos a consumir su desayuno, pero inmediatamente se detuvieron.

—¿No te da la sensación de que estas gachas están algo pasadas, Mamá? —preguntó Papá Oso.

—Sí —repuso Mamá Osa—, así es. ¿Y las tuyas, Criatura? ¿Te huelen como si estuvieran pasadas?

—Sí, es cierto —dijo el Pequeño Osito—. Huelen a producto químico.

Recelosos, se levantaron de la mesa y acudieron a la sala de estar. Papá Oso olfateó el aire y preguntó:

—¿Hueles algo, Mamá?

—Sí —afirmó Mamá Osa—. Sí huelo. ¿Hueles tú algo, Criatura?

—Sí —dijo el Pequeño Osito—. Sí huelo. Huelo un aroma acre, sudoroso y en absoluto limpio.

Cada vez más alarmados, se dirigieron al dormitorio, y Papá Oso preguntó:

—¿No es un lazo y un collar radiotransmisor lo que distingo bajo mi almohada, Mamá?

—En efecto —repuso Mamá Osa—. ¿Hay un lazo y un collar radiotransmisor bajo la mía, Criatura?

—¡Sí que los hay! —exclamó el Pequeño Osito—. ¡Y, además, puedo ver al ser humano que los ha puesto ahí!

Diciendo esto, el Pequeño Osito señaló el rincón en el que dormía Ricitos de Oro. Los tres comenzaron a gruñir y Ricitos de Oro se despertó sobresaltada. Poniéndose en pie de un brinco, trató de escapar, pero Papá Oso obstaculizó su huida de un zarpazo y Mamá Osa hizo lo propio. 

Reducida así Ricitos de Oro a una situación de incapacidad motora, Papá y Mamá Oso se abalanzaron sobre ella con uñas y dientes. Inmediatamente la engulleron y, al cabo de unos instantes, no quedaban de la rebelde bióloga otros vestigios que un mechón de cabellos rubios y su cuaderno de apuntes.

El Pequeño Osito contempló la escena estupefacto y, cuando todo hubo concluido, preguntó:

—Mamá, Papá, ¿qué habéis hecho? Pensaba que éramos todos vegetarianos.

—Y lo somos —eructó Papá Oso—, pero siempre estamos dispuestos a probar cosas nuevas. La flexibilidad no es sino una más de las muchas ventajas que encierra todo sistema de vida pluricultural.

Cenicienta - James Finn Garner

Érase una vez una joven llamada Cenicienta cuya madre natural había muerto siendo ella muy niña. Pocos años después, su padre había contraído matrimonio con una viuda que tenía dos hijas mayores. La madre política de Cenicienta la trataba con notable crueldad, y sus hermanas políticas le hacían la vida sumamente dura, como si en ella tuvieran a una empleada personal sin derecho a salario.

Un día, les llegó una invitación. El príncipe proyectaba celebrar un baile de disfraces para conmemorar la explotación a la que sometía a los desposeídos y al campesinado marginal. 

A las hermanas políticas de Cenicienta les emocionó considerablemente verse invitadas a palacio, y comenzaron a planificar los costosos atavíos que habrían de emplear para alterar y esclavizar sus imágenes corporales naturales con vistas a emular modelos irreales de belleza femenina. (Especialmente irreales en su caso, dado que desde el punto de vista estético se hallaban lo bastante limitadas como para parar un tren.) La madre política de Cenicienta también planeaba asistir al baile, por lo que Cenicienta se vio obligada a trabajar como un perro (metáfora tan apropiada como desafortunadamente denigratoria de la especie canina).

Cuando llegó el día del baile, Cenicienta ayudó a su madre y hermanas políticas a ponerse sus vestidos. Se trataba de una tarea formidable: era como intentar apelmazar cuatro kilos y medio de carne animal no humana en un pellejo con capacidad para contener apenas la mitad. A continuación, vino la colosal intensificación cosmética, proceso que resulta preferible no describir aquí en absoluto. 

Al caer la tarde, la madre y hermanas políticas de Cenicienta la dejaron sola con órdenes de concluir sus labores caseras. Cenicienta se sintió apenada, pero se contentó con la idea de poder escuchar sus discos de canción protesta.

Súbitamente, surgió un destello de luz y Cenicienta pudo ver frente a ella a un hombre ataviado con holgadas prendas de algodón y un sombrero de ala ancha. Al principio, pensó que se trataba de un abogado del Sur o de un director de banda, pero el recién llegado no tardó en sacarla de su error.

—Hola, Cenicienta, soy el responsable de tu padrinazgo en el reino de las hadas o, si lo prefieres, tu representante sobrenatural privado. ¿Así que deseas asistir al baile, no es cierto? ¿Y ceñirte, con ello, al concepto masculino de belleza? ¿Apretujarte en un estrecho vestido que no hará sino cortarte la circulación? ¿Embutir los pies en unos zapatos de tacón alto que echarán a perder tu estructura ósea? ¿Pintarte el rostro con cosméticos y productos químicos de efectos previamente ensayados en animales no humanos?

—Oh, sí, ya lo creo —repuso ella al instante.

Su representante sobrenatural dejó escapar un profundo suspiro y decidió aplazar la educación política de la joven para otro día. Recurriendo a su magia, la envolvió de una hermosa y brillante luz y la transportó hasta el palacio.

Frente a sus puertas, podía verse aquella noche una interminable hilera de carruajes: aparentemente, a nadie se le había ocurrido compartir su vehículo con otras personas. Y llegó Cenicienta en un pesado carruaje dorado que arrastraba con enorme esfuerzo un tiro de esclavos equinos. La joven iba vestida con una ajustada túnica fabricada con seda arrebatada a inocentes gusanos, y llevaba los cabellos adornados con perlas producto del saqueo de laboriosas ostras indefensas. Y en los pies, por arriesgado que ello pueda parecer, llevaba unos zapatos labrados en fino cristal.

Al entrar Cenicienta en el salón de baile, todas las cabezas se volvieron hacia ella. Los hombres admiraron y codiciaron a aquella mujer que tan perfectamente había sabido satisfacer la estética de muñeca Barbie que unos y otros aplicaban a su concepto de atractivo femenino. 

Las mujeres, por su parte, adiestradas desde su más tierna edad en el desprecio de sus propios cuerpos, contemplaron a Cenicienta con envidia y rencor. Ni siquiera su propia madre y hermanas políticas, consumidas por los celos, fueron capaces de reconocerla.

Cenicienta no tardó en captar la mirada errante del príncipe, quien se encontraba en aquel momento ocupado discutiendo acerca de torneos y peleas de osos con sus amigotes. Al verla, el príncipe se sintió temporalmente incapaz de hablar con la misma libertad que la generalidad de la población. «He aquí —pensó—, una mujer a la que podría convertir en mi princesa e impregnar con la progenie de mis perfectos genes, lo que me convertiría en la envidia del resto de los príncipes en varios kilómetros a la redonda. ¡Y encima es rubia!»

El príncipe se dispuso a atravesar el salón de baile en dirección a su presa. Sus amigos siguieron sus pasos en pos de Cenicienta, y todos aquellos varones presentes en la sala que contaban menos de setenta años de edad y no estaban ocupados sirviendo copas hicieron lo propio.

Cenicienta, orgullosa de la conmoción que estaba causando, avanzaba con la cabeza alta, adoptando el porte propio de una mujer de elevada condición social. Pronto, sin embargo, resultó evidente que dicha conmoción se estaba convirtiendo en algo desagradable o, al menos, susceptible de producir disfunción social.

El príncipe había declarado de modo inequívoco a sus amigos que tenía intención de «poseer» a aquella joven mujer. Su determinación, no obstante, había irritado a sus compañeros, ya que también ellos la codiciaban y pretendían poseerla. Los hombres comenzaron a gritarse y empujarse unos a otros. 

El mejor amigo del príncipe, un duque tan robusto como cerebralmente constreñido, le detuvo a medio camino de la pista de baile e insistió en que él sería quien consiguiera a Cenicienta. La respuesta del príncipe consistió en un rápido puntapié en la ingle, lo que dejó al duque temporalmente inactivo. El príncipe, sin embargo, se vio inmovilizado por otros varones sexualmente enloquecidos y desapareció bajo una montaña de animales humanos.

Las mujeres contemplaban la escena, espantadas ante aquella depravada exhibición de testosterona, pero, por más que lo intentaron, se vieron incapaces de separar a los combatientes. A sus ojos, parecía que no era otra que Cenicienta la causa del problema, por lo que la rodearon dando muestras de una nada fraternal hostilidad. Ella trató de escapar, pero sus incómodos zapatos de cristal lo hacían casi imposible. Afortunadamente para ella, ninguna de sus rivales había acudido mejor calzada.

El estruendo creció hasta el punto de que nadie oyó que el reloj de la torre estaba dando las doce. Al sonar la última campanada, la hermosa túnica y los zapatos de Cenicienta se esfumaron y la joven se vio nuevamente ataviada con sus viejos harapos de campesina. Su madre y hermanas políticas la reconocieron de inmediato, pero guardaron silencio para evitar una situación embarazosa.

Ante aquella mágica transformación, todas las mujeres enmudecieron. Liberada del estorbo de su túnica y de sus zapatos, Cenicienta suspiró, se estiró y se rascó los costados. A continuación, sonrió, cerró los ojos y dijo:

—Y ahora, hermanas, podéis matarme si así lo deseáis, pero al menos moriré contenta.

Las mujeres que la rodeaban volvieron a experimentar una sensación de envidia, pero esta vez enfocaron la situación desde una perspectiva diferente: en lugar de perseguir venganza, comenzaron a desprenderse de los corpiños, corsés, zapatos y demás prendas que las limitaban. Inmediatamente, empezaron a bailar, a saltar y a gritar de alegría, pues se sentían al fin cómodas con sus prendas interiores y sus pies descalzos.

De haber distraído los varones la mirada de su machista orgía de destrucción, habrían podido ver a numerosas mujeres ataviadas tal y como normalmente acuden al tocador. Sin embargo, no cesaron de golpearse, aporrearse, patearse y arañarse hasta perecer todos, desde el primero hasta el último.

Las mujeres chasquearon los labios, sin experimentar remordimiento alguno. El palacio y el reino habían pasado a ser suyos. Su primer acto oficial consistió en vestir a los hombres con sus propios vestidos y afirmar ante los medios de comunicación que los disturbios habían surgido cuando algunas personas amenazaron con revelar la tendencia del príncipe y de sus amigos al travestismo. 

El segundo fue fundar una cooperativa textil destinada únicamente a la producción de prendas femeninas confortables y prácticas. A continuación, colgaron un cartel en el castillo anunciando la venta de CeniPrendas (pues así se denominaba la nueva línea de vestidos) y, gracias a su actitud emprendedora y a sus hábiles sistemas de comercialización, todas —incluidas la madre y hermanas políticas de Cenicienta— vivieron felices para siempre.

Rapunzel - James Finn Garner

Érase una vez un calderero económicamente desfavorecido que vivía con su mujer. Su falta de bienestar material no debe dar a entender que el conjunto de los caldereros formen un grupo económicamente marginado, ni que, de ser así, merezcan sufrir dicha condición. 

Por más que en los cuentos infantiles clásicos el calderero represente el arquetipo de víctima propiciatoria, este individuo en particular era calderero de profesión y, sencillamente, se encontraba en una posición de desventaja económica.

El calderero y su mujer vivían en una diminuta casucha próxima a la modesta finca de una de las brujas de la localidad. Desde su ventana, podían admirar el jardín de la bruja, que ésta cuidaba meticulosamente en un repugnante intento por imponer sobre la Naturaleza nuestras nociones humanas de orden.

La mujer del calderero estaba embarazada y, mientras observaba el jardín de la bruja, comenzó a experimentar un apetito irresistible por las lechugas que ésta cultivaba. Suplicó al calderero que saltara la valla y le trajera algunas, y su esposo terminó por ceder a sus deseos: al caer la noche, saltó la valla y se apropió de unas cuantas lechugas. Sin embargo, antes de que pudiera regresar a su hogar, se vio sorprendido por la bruja.

Ahora bien, la bruja en cuestión era una persona de amabilidad sumamente limitada. (No pretendemos afirmar con ello que todas las brujas —ni siquiera algunas— lo sean, ni despojar a esta bruja en cuestión de su derecho a expresar su carácter natural, sea éste cual fuere. Antes bien, nos inclinamos por reconocer que dicho carácter se debía, sin duda, a numerosas circunstancias relacionadas con su educación y su entorno social que aquí, desgraciadamente, habremos de omitir por necesidades de espacio.)

Pero, como decíamos, la bruja era una persona de amabilidad notablemente limitada, por lo que el calderero experimentó un agudo temor cuando ella, asiéndole por el cuello, le preguntó: —¿A dónde vas con mis lechugas?

El calderero podría acaso haber discutido con ella los conceptos de la propiedad y haber argumentado que las lechugas «pertenecían» en buena ley a cualquiera que tuviera el hambre y el coraje suficientes como para apropiarse de ellas. Sin embargo, imploró piedad, sin importarle el degradante espectáculo que ofrecía con ello. —Ha sido culpa de mi mujer —gimió, de un modo característicamente machista—. Está embarazada y se ha encaprichado con sus espléndidas lechugas. Le ruego que me perdone la vida. Por más que el concepto de hogar regentado por un progenitor único resulta totalmente aceptable, le ruego que no me mate, pues con ello despojaría a mi retoño de una estructura familiar estable basada en el cuidado de ambos cónyuges.

La bruja caviló unos instantes y, a continuación, soltó al calderero y desapareció sin pronunciar palabra. El hombre recogió sus lechugas y regresó a su hogar con enorme alivio.

Pocos meses después, y tras terribles sufrimientos que los hombres nunca podrán apreciar debidamente, la mujer del calderero dio a luz a una hermosísima y saludable mujer de corta edad, a la que llamaron Rapunzel como referencia a un conocido género de lechugas.

Poco después, la bruja se presentó en el umbral de su puerta exigiendo que le fuera entregada la recién nacida a cambio de haber perdonado la vida del calderero cuando éste se introdujo en su jardín. ¿Qué podían hacer? La situación vital de impotencia que padecían siempre les había dejado a merced de cualquier forma de explotación, y en aquel momento no vieron otra alternativa posible. Entregaron a Rapunzel a la bruja y ésta se alejó a toda prisa.

La bruja llevó a la pequeña al corazón del bosque y la encerró en una elevada torre de evidente representación simbólica. Allí creció Rapunzel hasta convertirse en una mujer adulta. La torre carecía de puertas o escaleras, y tan sólo tenía una ventana en su parte superior. El único modo de acceder a la ventana era trepando por la larga y voluminosa cabellera de Rapunzel (una vez más, el simbolismo de todo ello debería resultar obvio).

La bruja era la única visitante de Rapunzel. Solía detenerse al pie de la torre y gritar:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Y Rapunzel, obedientemente, dejaba caer su trenza. De este modo, y durante años, permitió que se explotara su cuerpo para satisfacer las necesidades de desplazamiento de otra persona. A la bruja le gustaba la música, y enseñó a Rapunzel a cantar. Juntas, pasaban largas horas cantando en la torre.

Pero un día, un príncipe pasó cerca de la torre y oyó el canto de Rapunzel. No obstante, al aproximarse a la fuente de aquel delicioso sonido avistó a la bruja y se ocultó entre los árboles junto con su equino acompañante. Desde su escondrijo, pudo ver cómo la bruja llamaba a Rapunzel, cómo ésta dejaba caer su trenza y cómo la bruja trepaba por ella. Y, nuevamente, llegó a sus oídos aquel canto hermosísimo. Finalmente, cuando la bruja abandonó la torre y desapareció en la distancia, el príncipe salió de los bosques y dijo:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Inmediatamente, Rapunzel descolgó su trenza por la ventana y el príncipe trepó por ella.

Cuando el príncipe vio a Rapunzel, el atractivo físico de ésta —muy superior a la media— y sus cabellos largos y abundantes le llevaron a presumir (de un modo típicamente sexista) que su personalidad sería igualmente atrayente. (No pretendemos, con ello, sugerir que todos los príncipes juzguen a las personas únicamente por su aspecto, ni negarle a éste en particular su derecho a realizar tales presunciones. Remítase el lector a otras aclaraciones expresadas en párrafos anteriores.)

Y dijo el príncipe: —¡Oh, hermosa doncella! He oído vuestro canto mientras cabalgaba por las cercanías. Cantad de nuevo para mí, os lo ruego.

Rapunzel no sabía muy bien qué actitud adoptar ante aquella persona, ya que hasta entonces nunca había visto un hombre de cerca. Pensó que era una extraña criatura: de grandes dimensiones, rostro velludo y dotada de un poderoso olor acre. De algún modo inexplicable, Rapunzel se sintió extrañamente atraída por aquella mezcla y abrió la boca dispuesta a cantar. —¡Detente inmediatamente! —exclamó una voz procedente de la ventana.

¡La bruja había regresado! —¿Cómo... cómo habéis podido subir? —inquirió Rapunzel. —Ordené fabricar una segunda trenza para emplearla en caso de apuro —dijo la bruja con tono desenfadado—, y parece que tal es el caso. ¡Escúchame, príncipe! Construí esta torre para mantener a Rapunzel alejada de hombres como tú. Fui yo quien la enseñó a cantar y llevo años educando su voz. Se quedará aquí y no cantará para nadie más que para mí, ya que soy la única persona que realmente la ama. —Podemos discutir vuestros problemas de interdependencia más tarde —dijo el príncipe—. Antes quisiera oír a... ¿Rapunzel, se llama?... Querría oír cantar a Rapunzel. —¡NO! —chilló la bruja—. ¡Voy a arrojarte por la ventana sobre las zarzas que crecen bajo ella y así sus espinas te arrancarán los ojos y tendrás que vagar por la campiña maldiciendo tu mala suerte durante el resto de tus días! —Quizá te interese reconsiderar esa decisión —dijo el príncipe—. Verás, tengo en la industria discográfica buenos amigos a los que quizá les interesaría oír a... ¿Rapunzel, te llamabas? Tiene un estilo diferente... pegadizo, diría yo. —¡Lo sabía! ¡Quieres apartarla de mí! —No, no. Quiero que sigas adiestrándola, que la eduques... en calidad de representante —dijo el príncipe—. Luego, en su momento, digamos al cabo de una o dos semanas, podrás revelar su talento al mundo y nos embolsaremos la pasta.

La bruja vaciló unos instantes mientras sopesaba la propuesta, y su actitud se apaciguó visiblemente. A continuación, el príncipe y ella comenzaron a discutir contratos discográficos y derechos de vídeo, así como posibles ideas de comercialización, entre las que se incluían muñecas «Rapunzel»© de tamaño natural equipadas con sus propias Columnas Melódicas© estereofónicas en miniatura. 

Mientras les observaba, Rapunzel veía transformarse sus sospechas en una sensación de repugnancia. Durante años, sus cabellos se habían visto explotados para satisfacer las necesidades de desplazamiento de terceros, y ahora querían explotar también sus dotes vocales. «De modo que la avaricia es un vicio común a ambos sexos», pensó con un suspiro.

Rapunzel fue acercándose lentamente a la ventana sin ser vista y, una vez allí, se descolgó a lo largo de la segunda trenza hasta donde aguardaba el caballo del príncipe. A continuación, desenganchó la trenza y partió con ella al galope dejando que la bruja y el príncipe siguieran discutiendo sus derechos y porcentajes en el fálico torreón.

Rapunzel se dirigió a la ciudad y alquiló una habitación en un edificio provisto de escaleras como es debido. Posteriormente, creó una Fundación no lucrativa para el fomento de la Libre Proliferación de la Música, se cortó la cabellera y la donó a una subasta destinada a la recogida de fondos. 

Durante el resto de sus días, cantó gratuitamente en cafés y galerías de arte, negándose sistemáticamente a explotar, a cambio de dinero, el deseo de oírla cantar que pudieran experimentar otras personas.

El enano saltarín - James Finn Garner

Hace mucho tiempo, en un reino muy lejano, vivía un molinero afectado por una situación económica sumamente desventajosa. Aquel molinero compartía su humilde morada con su única hija, una joven de espíritu independiente llamada Esmeralda. 

El caso es que, en lugar de mostrarse enfurecido contra el sistema económico que le marginaba, el molinero se sentía sumamente avergonzado de su pobreza, y siempre estaba buscando el modo de hacerse rico rápidamente.

—Si consiguiera casar a mi hija con un hombre rico —solía reflexionar con su actitud sexista y arcaica—, a ella no le faltaría de nada y yo no tendría que volver a trabajar durante el resto de mi vida.

Al fin, concibió una idea que le ayudaría a conseguir tan indigno objetivo. Haría correr el rumor de que su hija era capaz de hilar la paja corriente y convertirla en oro. Mediante aquella falsedad, lograría atraer la atención de numerosos hombres acaudalados y casar a su Esmeralda.

El rumor se propagó por el reino como un reguero de pólvora, y no tardó en llegar a oídos del príncipe. Este, tan codicioso y cándido como la mayoría de los hombres de su posición, creyó aquellas habladurías a pies juntillas e invitó a Esmeralda a su castillo para asistir a los festejos celebrados con motivo del Primero de Mayo. 

Sin embargo, cuando llegó la muchacha, ordenó que la arrojaran a una mazmorra llena de paja y le ordenó que la transformara en oro.

Encerrada en aquel calabozo y temiendo por su vida, Esmeralda se sentó en el suelo y comenzó a sollozar. Nunca hasta entonces se le había revelado con tanta crudeza la capacidad de explotación del sistema patriarcal. Mientras lloraba, apareció de repente en la mazmorra un hombrecillo diminuto tocado con un gorro de feria.

—¿Por qué lloras, querida? —inquirió.

Esmeralda se sobresaltó, pero respondió a su pregunta:

—El príncipe me ha ordenado hilar toda esta paja hasta convertirla en oro.

—Sí, pero, ¿por qué lloras? —preguntó de nuevo.

—Porque no puede hacerse. ¿Qué eres tú, un superdotado o algo por el estilo?

El hombre de estatura reducida se echó a reír y dijo:

—Querida, concentras demasiado tu pensamiento en el hemisferio cerebral izquierdo. Pero estás de suerte. Te enseñaré cómo llevar a cabo esa tarea, sí, pero primero debes prometerme que me darás a cambio lo que yo quiera.

Esmeralda, desprovista de elección alternativa, asintió. Para convertir la paja en oro, ambos la transportaron a una cooperativa campesina próxima, donde fue empleada para recubrir un viejo tejado. 

Dotados así de un hogar más seco, los granjeros vieron mejorar su salud y su productividad, fundaron una escuela comunal y transformaron gradualmente el reino en un modelo de democracia carente de cualquier forma de injusticia económica o social y dotado de una ínfima tasa de mortalidad infantil.

El príncipe, por su parte, fue capturado por una muchedumbre airada y ejecutado a golpes de bieldo frente a su palacio. A medida que fueron incrementándose las inversiones extranjeras de todos los países del mundo, los campesinos recordaron la paja con que tan generosamente les había obsequiado Esmeralda y la recompensaron con numerosas arcas llenas de oro.

Cuando todo hubo terminado, el menudo hombrecillo del gorro de feria se echó a reír y dijo:

—Así es como se consigue transformar la paja en oro. —Inmediatamente, su expresión se tornó amenazadora—: Y ahora que ya he concluido mi labor, te toca a ti cumplir con tu parte del trato. ¡Habrás de entregarme tu primer hijo!

—¡No tengo por qué negociar con alguien capaz de interferir en mis derechos de reproducción! —le espetó Esmeralda sin vacilar.

El hombrecillo verticalmente limitado se sintió impresionado ante la convicción de su tono de voz, por lo que decidió cambiar de táctica y dijo ladinamente:

—Muy bien, querida; te dejaré libre de cualquier obligación si eres capaz de adivinar cómo me llamo.

—De acuerdo —repuso Esmeralda. Caviló unos instantes, golpeándose la barbilla con los dedos, y añadió—: ¿No te llamarás, acaso...? Oh, no lo sé... ¿El enano saltarín, quizá?

—¡AAAARGHHH! —chilló el hombre de altura limitada—. Pero, ¿cómo... cómo has podido saberlo?

Repuso Esmeralda:

—Porque aparece escrito sobre el distintivo del "Seminario en pro de las Personas Pequeñas al Poder" que aún llevas puesto.

El enano saltarín dejó escapar un alarido de furia, dio una patada en el suelo y, al hacerlo, se abrió la tierra y le tragó entre un torbellino de humo y azufre.

Esmeralda, con su dinero, se trasladó a California y abrió una clínica de planificación familiar para enseñar a otras mujeres a no dejarse esclavizar por sus sistemas reproductores y vivió soltera el resto de sus días como una persona concienciada y realizada.


Los tres cerditos - James Finn Garner

Había una vez tres cerditos que vivían juntos en armonía y mutuo respeto con el entorno que les rodeaba. Sirviéndose de los materiales propios de la zona que habitaban, se construyeron cada uno una hermosa casa. 

Un cerdito se la construyó de paja, otro de madera y el último de ladrillos fabricados a base de estiércol, arcilla y zarcillos y posteriormente cocidos en un pequeño horno. Al terminar, los tres cerditos se sintieron satisfechos de su labor y siguieron viviendo en paz e independencia.

Pero su idílica existencia no tardó en verse desbaratada. Un día, pasó por allí un enorme lobo malo con ideas expansionistas. Al ver a los cerditos, se sintió sumamente hambriento, tanto desde un punto de vista físico como ideológico. 

Cuando los cerditos vieron al lobo, se refugiaron en la casa de paja. El lobo corrió hasta ella y golpeó la puerta con los nudillos, gritando: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar! 

Pero los cerditos respondieron: —Tus tácticas de bandidaje no te servirán para amedrentar a unos cerditos empeñados en la defensa de su hogar y su cultura.

Pero el lobo se negaba a renunciar a lo que consideraba su destino ineludible. En consecuencia, sopló y sopló hasta derribar la casa de paja. Los cerditos, atemorizados, corrieron a la casa de madera con el lobo pisándoles los talones. 

El solar en el que se había alzado la casa de paja fue adquirido por otros lobos para organizar una plantación bananera.

Al llegar a la casa de madera, el lobo volvió a golpear la puerta y gritó: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!

Pero los cerditos gritaron a su vez: —¡Vete al infierno, condenado tirano carnívoro e imperialista!

Al oír aquello, el lobo se rió condescendientemente para sus adentros. Pensó para sí: «Va a ser una lástima que tengan que desaparecer, pero no se puede interrumpir la marcha del progreso.»

A continuación, sopló y sopló hasta derribar la casa de madera. Los cerditos huyeron a la casa de ladrillo con el lobo pisándoles nuevamente los talones. 

Al solar que había ocupado la casa de madera acudieron otros lobos y fundaron una urbanización de recreo en multipropiedad destinada a lobos en período de vacaciones, diseñando cada unidad como una reconstrucción en fibra de vidrio de la antigua casa de madera e instalando tiendas de recuerdos típicos de la localidad, clubes de submarinismo y delfinarios.

El lobo llegó a la casa de ladrillos y, una vez más, comenzó a aporrear la puerta, gritando: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!

Esta vez, y a modo de respuesta, los cerditos entonaron cánticos de solidaridad y escribieron cartas de protesta a las Naciones Unidas.

Para entonces, al lobo comenzaba a irritarle la obcecación de los cerditos en su negativa a contemplar la situación desde una perspectiva carnívora, por lo que sopló y resopló y volvió a soplar hasta que, de repente, se aferró el pecho con las manos y se desplomó muerto como consecuencia de un infarto producido por el exceso de alimentos ricos en grasas.

Los tres cerditos celebraron el triunfo de la justicia y realizaron una breve danza en torno al cadáver del lobo. Su siguiente paso consistió en liberar sus tierras. 

Reunieron a un ejército de cerditos que se habían visto igualmente expulsados de sus propiedades y, con su nueva brigada de porcinistas, atacaron la urbanización con ametralladoras y lanzacohetes y dieron muerte a los crueles opresores lobunos, transmitiendo con ello un mensaje inequívoco al resto del hemisferio de no entrometerse en sus asuntos internos. 

A continuación, los cerditos fundaron un modelo de democracia socialista dotado de educación gratuita, un sistema universal de seguridad social y viviendas asequibles para todos.

Nota del autor: El lobo de este relato representa una imagen metafórica. Ningún lobo real ha sufrido daño alguno durante la redacción de esta historia.

Caperucita Roja - James Finn Garner

Erase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.

De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta. —Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es —respondió. 

—No sé si sabes, querida —dijo el lobo—, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.

Respondió Caperucita: —Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial —en tu caso propia y globalmente válida— que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. 

Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo: —Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca. 

—Acércate más, criatura, para que pueda verte —dijo suavemente el lobo desde el lecho. 

—¡Oh! —repuso Caperucita— Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes! 

—Han visto mucho y han perdonado mucho, querida. 

—Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva. 

—Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida. 

—Y... ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo: —Soy feliz de ser quien soy y lo que soy —y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.

Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. 

Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente. —¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? —inquirió Caperucita.

El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios. 

—¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! —prosiguió Caperucita—
¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?

Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. 

Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.