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La mansión de Keziah Mason - Julien C. Raasveld

Danny Raven sonrió. Había adivinado. Era posible hablar con aquel hombre.

—Bueno, pues...

Se interrumpió al acercarse la camarera con dos vasos de cerveza que colocó sobre la mesa. Era patente que la chica no vivía exclusivamente de las propinas que le daban los parroquianos, dada su extremada minifalda y su recargado maquillaje. 

Cuando la camarera se dio cuenta de que aquellos clientes podían comprar lo que ella quería vender, hizo todo lo posible para que pudieran observar toda la mercancía. 

Pero no habían ido allí a pasar un rato alegre con una chica. Por eso, Danny Raven se limitó a darle un cachete en la bien contorneada zona glútea, mientras le decía:

—Gracias, guapa, pero hoy no.

La camarera se alejó mientras les insinuaba que, aparte de lo que ellos deseaban, podría ofrecerles placeres inimaginables.

Danny Raven creyó conveniente dejarlo para más adelante, cuando hubiese terminado aquel asunto que tenía entre manos. 

Apartó la placentera idea de su mente, sorbió un trago de cerveza y se dirigió a su acompañante, el cual daba la impresión de no encontrarse muy a gusto en aquel sitio. 

Bueno, lo más importante de todo era que estaba dispuesto a hablar, y eso solo era posible en aquel lugar. Solo en los bajos fondos se podía hacer un trato sin temer ser descubierto. O hay que ser muy estúpido. Danny miró fijamente al hombre que tenía frente a él...

Danny Raven sabía perfectamente que aquel hombre estaba enterado, y lo que era aún más importante, estaba dispuesto a hablar.

—¿Quién es ese Keziah Mason? —le preguntó, mientras miraba a su alrededor para comprobar que nadie los escuchaba. Afortunadamente no había nadie, excepto los empleados, medio dormidos tras el mostrador.

Danny sabía cómo comportarse en tales casos. De lo contrario, no hubiera hecho aquel descubrimiento... Escribió unas palabras en un trozo de papel, lo puso sobre la mesa y lo empujó hacia su acompañante. Este leyó aquellas palabras, miró a Danny a través de los cristales de sus gafas y le dijo:

—La Oficina de Registro cierra a las cuatro, señor.

—Oh, sí, es verdad, gracias —respondió Danny, guiñando.

Contempló al individuo mientras bebía un trago de cerveza, y luego le preguntó:

—Bueno, ¿qué es lo que puede contarme?

El hombrecillo le miró con malicia.

—Quizá nada, quizá mucho; todo depende...

Danny puso un billete de mil francos sobre la mesa. El hombre silbó suavemente.

—¿Tanto dinero? Entonces es que usted debe estar muy... Me pregunto cómo puede tener tanto dinero.

—Eso ahora no importa. Tengo mi sistema para conseguir la información que deseo. Vamos, hable.

—Pues bien, lo que le han dicho es cierto. Ese brujo de Keziah Mason llegó a Arkham en 1692. La casa en la que vivió aún existe.

—¿Dónde está?

—En la calle de los Dos Embajadores, número 7.

—¿La calle de los Dos Embajadores? Nunca he oído hablar de ella —respondió Danny.

—Por supuesto. El Ayuntamiento se encargó de que desapareciera de todos los planos, y finalmente la clausuró, después de que una serie de espantosos asesinatos fuesen descubiertos en 1693 en los muelles. Pero aquellas medidas no sirvieron para nada.

—Entonces, ¿dónde está esa calle? —preguntó Danny.

—¿Conoce usted el Canal Fibre? —le dijo el hombrecillo—. Supongo que sí. También conocerá la calle Whitethroat. Bueno, pues entre ambas calles existe un gigantesco almacén que está abandonado desde hace cientos de años, y otro más en la otra punta. Ambos almacenes constituyen el principio y el fin de la calle de los Dos Embajadores. Fueron construidos allí, y fueron cerrados a finales de 1693.

—¿Cómo conseguiré penetrar en ellos? —le preguntó Danny.

—El almacén del Canal Fibre tiene una puerta. Aquí tiene usted la llave.

—¿Existe el peligro de que alguien de la Oficina de Registro se dé cuenta de la desaparición?

—Así es, o mejor dicho, había solo una persona que conocía la existencia de la calle de los Dos Embajadores, y es un secreto. Es por ello por lo que aún sigo preguntándome cómo es posible...

—Ya se lo dije antes: tengo mi método para conseguir las informaciones que deseo.

Danny Raven se levantó bruscamente. Le dio otros mil francos al hombrecillo.

—Supongo que con esto habrá suficiente para que tenga la boca cerrada, ¿no es así?

El hombrecillo sonreía maliciosamente mientras Danny abandonaba la taberna.

Solo una cosa no había dicho a Danny Raven: los asesinatos no cesaron, pese a la clausura de la calle de los Dos Embajadores. Y aún se cometían: el brujo Keziah Mason había desaparecido y nunca volvió a ser encontrado...

Danny Raven era inteligente; nadie lo dudaba; sus brillantes estudios eran una prueba de ello. Quizá era demasiado inteligente, y por eso no quiso adaptarse a una existencia para la que había sido destinado. Dio muestras de rebeldía desde su más temprana edad; siempre se había negado a conjugar el verbo «tener».

Danny no deseaba ser un empleado como sus demás compañeros de escuela. Eligió la senda del crimen; pero siempre los realizaba de una forma ingeniosa. 

Dado que no tenía mucho dinero, comprendió que no podía dedicarse a los grandes negocios. Solo se pueden hacer las «cosas grandes» cuando se tiene cierto grado de respetabilidad (es decir, dinero), pues de otra forma se llama la atención de los poderosos y de los cazadores, de los que nadie puede escapar. 

No, los negocios pequeños eran la especialidad de Danny. Cosas de las que la policía se limita a hacer un informe, para luego archivarlo en la sección «Crímenes no descubiertos», para luego olvidarlos.

Danny siempre trabajaba solo. Nadie sabía nada de él, y, por lo tanto, a nadie preocupaban sus problemas.

Hasta que un día se le presentó la oportunidad al encontrar un viejo pergamino, que abría una nueva perspectiva en su vida. Si consiguió descubrir los secretos del malvado brujo Keziah Mason, ¿qué cosa, por difícil que fuera, se le resistiría de ahora en adelante? Danny se hallaba dominado por una espantosa fiebre, solo de pensar en las grandes posibilidades que se le presentaban. Era su ruina o...

Se dirigió directamente al almacén del Canal Fibre, no sin antes cerciorarse preguntando a unos empleados si había otro almacén idéntico en la calle Whitethroat. 

Entonces comprendió que aquel hombrecillo no le había mentido. Al comprobar esto, se tranquilizó y comenzó a pensar en la perspectiva tan hermosa que se le presentaba por vez primera en su existencia. 

Al acercarse a la pequeña puerta, su corazón empezó a latir rápidamente, como queriendo escapar por su garganta. También comprobó la veracidad de otra información que le había dado el hombrecillo; todas las demás ventanas y portales estaban tapiados con ladrillos.

La llave penetró en la cerradura, pero aquella puerta hacía muchos años que no se utilizaba para abrirla y tuvo que emplear toda su astucia. 

Cuando ya se disponía a abandonar la empresa por miedo a romper la llave forzando la cerradura, esta cedió produciendo un suave clic. Con mucho cuidado, Danny abrió la puerta, pero procurando que no se repitiera el anterior clic. 

Era muy difícil que hubiera alguien en aquel lugar de la ciudad, y mucho menos a aquella hora tan intempestiva, pero era imposible asegurarlo. Danny era un hombre muy prudente.

Solo después de haber cerrado cuidadosamente la puerta tras de él, se decidió a encender su lámpara de bolsillo. El almacén era muy grande, estaba vacío y en él reinaba un silencio de muerte. Había telarañas por todas partes. 

Danny se estremeció. No se explicaba el motivo por el cual presentía que no todo marchaba bien. Entonces lo comprendió: no había ratas. Generalmente, en los viejos edificios, estos sucios animaluchos abundaban por centenares, pero aquí no había el menor ruido, el menor susurro, ni siquiera un ratón.

Se echó a reír para infundirse valor. «Debo congratularme por no verme molestado por esos irritantes y peligrosos roedores», se dijo. Se puso a andar por el almacén, hasta llegar a la puerta posterior, que empujó suavemente. Aunque estaba seguro de lo que iba a encontrar, no pudo contener un grito estridente de sorpresa.

Delante de él, encerrada entre altas paredes y terminando en la parte posterior del otro almacén, había una calle bañada por los rayos plateados de la luna. Las casas a ambos lados de la misma estaban en ruinas, y la hierba crecía ya entre los resquicios de las piedras.

Y, a pesar de todo, había una extraña atmósfera de vida, una impresión semejante a la de observar a un hombre muerto dentro de un ataúd.

Tuvo que hacer un esfuerzo para penetrar en aquella calle.

Su linterna iba iluminando los números de las casas. Finalmente llegó a la número siete. A diferencia de las demás casas, esta se conservaba intacta. Empujó la puerta, pero esta estaba cerrada. Pero este no era un gran obstáculo para Danny. 

Hizo unos cuantos forcejeos con su ganzúa e inmediatamente la puerta quedó abierta. En el suelo no había nada. Penetró más adentro. Un ruido extraño estuvo a punto de ponerle en fuga. Entonces reconoció ese ruido de patas arañando la madera de la escalera. Supuso que allí sí que había ratas. 

Se secó el sudor del rostro. Siguió avanzando, cerciorándose de que a aquella hora no conseguiría nada, debiendo regresar al día siguiente y seguir investigando a la luz del día. 

Con mucho cuidado comenzó a subir por las vetustas escaleras, temiendo caerse en cualquier momento al pisar algún peldaño carcomido por el paso de los años. 

Pero, por lo visto, la escalera se mantenía en perfecto estado, como el resto de la casa. En el piso superior solo había una habitación. La abrió y entró en ella.

De nuevo, un extraño ruido le hizo sobresaltarse. Dirigió su lámpara de bolsillo a todos los lados de la habitación, deteniéndose finalmente en un rincón de la misma.

Horrorizado, permaneció clavado en el suelo, contemplando aquella cosa que le miraba fijamente. Entonces unas palabras acudieron a su memoria: «...El carcelero se ha vuelto loco y murmura algo sobre una cosa que sale corriendo de la celda de Keziah».

Dando un alarido de terror, Danny se volvió y echó a correr hacia la puerta, pero allí había una vieja mujer jorobada que le contuvo con un gesto de la mano, mientras pronunciaba extrañas palabras en un idioma que Danny desconocía.

Danny sintió como si desapareciera en medio de una turbulenta niebla, en la que solo veía los negros ojos fijos de la mujer clavados en él, cada vez haciéndose más grandes, más grandes, más grandes...

Se vio sumergido en una suave e infinita oscuridad.

No, no era infinita, ya que vio una luz roja. Danny Raven se despertó y contempló las llamas del horno. Quiso incorporarse, pero sus tobillos y sus muñecas estaban atados a una mesa. 

Dominado por el horror, recordó lo que había sucedido. La puerta se abrió. La vieja mujer entró, con aquella cosa increíble en sus hombros. Puso a su lado una copa, dibujada con extraños diseños. 

La cosa murmuró unos sonidos irreconocibles con voz aguda y estridente, mirándolo fijamente. El sudor bañaba todo el cuerpo de Danny.

—De modo que ya está despierto, ¿no es así? Magnífico. Entonces la ceremonia ya puede comenzar.

—¿Quién es usted?

—Mi verdadero nombre no significaría nada para usted. Pero uno acostumbra a llamarme Keziah Mason. Y ese es Brown Jenkin —dijo mientras indicaba hacia la «cosa».

—Pero... pero... esto es imposible; en 1693 usted ya era una anciana. Usted no puede tener ahora trescientos años de edad.

La extraña mujer sonrió con satisfacción.

—¿Es que acaso piensa, idiota, que nos perseguían y quemaban en la hoguera simplemente porque éramos seres humanos corrientes? Estúpido. Bah, ustedes los terráqueos cada día se vuelven más cretinos. En aquellos primitivos días de la Edad Oscura, ya todos adivinaban por instinto que pertenecíamos a otra raza, que éramos los Otros Seres y, por lo tanto, peligrosos para ellos.

—Pero entonces, ¿quién es usted? —preguntó Danny.

La vieja se encogió de hombros.

—Soy Otro Ser. El mundo en el que vivimos no existe para ustedes, y nunca lo encontrarán. Incluso uno de nuestros compañeros divulgó un gran número de nuestros secretos, pero nadie le creyó.

—¿Quién? ¿Quién?

—Eso no tiene ninguna importancia. Nos agrada vuestro mundo, pero cada vez que uno de nosotros pretende alcanzarlo, la Ofrenda debe ser hecha. ¿Está preparado, Brown Jenkin?

La «cosa» saltó sobre su cuerpo con un cuchillo en sus terribles garras. Keziah Mason se puso a cantar con una voz estridente, y Danny alcanzó a sentir un profundo dolor cuando el cuchillo penetró en la carne de su vientre. 

Pero antes de que el brujo sacara los intestinos fuera de su cuerpo, reconoció una palabra: NYARLATHOTEP... y vio un inmenso y oscuro boquete en el techo, en el que extrañas y horribles sombras se movían guiadas por un monstruo vestido de negro y con la cabeza llena de tentáculos, mientras la canción de Keziah Mason era repetida por un coro de voces no humanas...


Rapunzel - James Finn Garner

Érase una vez un calderero económicamente desfavorecido que vivía con su mujer. Su falta de bienestar material no debe dar a entender que el conjunto de los caldereros formen un grupo económicamente marginado, ni que, de ser así, merezcan sufrir dicha condición. 

Por más que en los cuentos infantiles clásicos el calderero represente el arquetipo de víctima propiciatoria, este individuo en particular era calderero de profesión y, sencillamente, se encontraba en una posición de desventaja económica.

El calderero y su mujer vivían en una diminuta casucha próxima a la modesta finca de una de las brujas de la localidad. Desde su ventana, podían admirar el jardín de la bruja, que ésta cuidaba meticulosamente en un repugnante intento por imponer sobre la Naturaleza nuestras nociones humanas de orden.

La mujer del calderero estaba embarazada y, mientras observaba el jardín de la bruja, comenzó a experimentar un apetito irresistible por las lechugas que ésta cultivaba. Suplicó al calderero que saltara la valla y le trajera algunas, y su esposo terminó por ceder a sus deseos: al caer la noche, saltó la valla y se apropió de unas cuantas lechugas. Sin embargo, antes de que pudiera regresar a su hogar, se vio sorprendido por la bruja.

Ahora bien, la bruja en cuestión era una persona de amabilidad sumamente limitada. (No pretendemos afirmar con ello que todas las brujas —ni siquiera algunas— lo sean, ni despojar a esta bruja en cuestión de su derecho a expresar su carácter natural, sea éste cual fuere. Antes bien, nos inclinamos por reconocer que dicho carácter se debía, sin duda, a numerosas circunstancias relacionadas con su educación y su entorno social que aquí, desgraciadamente, habremos de omitir por necesidades de espacio.)

Pero, como decíamos, la bruja era una persona de amabilidad notablemente limitada, por lo que el calderero experimentó un agudo temor cuando ella, asiéndole por el cuello, le preguntó: —¿A dónde vas con mis lechugas?

El calderero podría acaso haber discutido con ella los conceptos de la propiedad y haber argumentado que las lechugas «pertenecían» en buena ley a cualquiera que tuviera el hambre y el coraje suficientes como para apropiarse de ellas. Sin embargo, imploró piedad, sin importarle el degradante espectáculo que ofrecía con ello. —Ha sido culpa de mi mujer —gimió, de un modo característicamente machista—. Está embarazada y se ha encaprichado con sus espléndidas lechugas. Le ruego que me perdone la vida. Por más que el concepto de hogar regentado por un progenitor único resulta totalmente aceptable, le ruego que no me mate, pues con ello despojaría a mi retoño de una estructura familiar estable basada en el cuidado de ambos cónyuges.

La bruja caviló unos instantes y, a continuación, soltó al calderero y desapareció sin pronunciar palabra. El hombre recogió sus lechugas y regresó a su hogar con enorme alivio.

Pocos meses después, y tras terribles sufrimientos que los hombres nunca podrán apreciar debidamente, la mujer del calderero dio a luz a una hermosísima y saludable mujer de corta edad, a la que llamaron Rapunzel como referencia a un conocido género de lechugas.

Poco después, la bruja se presentó en el umbral de su puerta exigiendo que le fuera entregada la recién nacida a cambio de haber perdonado la vida del calderero cuando éste se introdujo en su jardín. ¿Qué podían hacer? La situación vital de impotencia que padecían siempre les había dejado a merced de cualquier forma de explotación, y en aquel momento no vieron otra alternativa posible. Entregaron a Rapunzel a la bruja y ésta se alejó a toda prisa.

La bruja llevó a la pequeña al corazón del bosque y la encerró en una elevada torre de evidente representación simbólica. Allí creció Rapunzel hasta convertirse en una mujer adulta. La torre carecía de puertas o escaleras, y tan sólo tenía una ventana en su parte superior. El único modo de acceder a la ventana era trepando por la larga y voluminosa cabellera de Rapunzel (una vez más, el simbolismo de todo ello debería resultar obvio).

La bruja era la única visitante de Rapunzel. Solía detenerse al pie de la torre y gritar:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Y Rapunzel, obedientemente, dejaba caer su trenza. De este modo, y durante años, permitió que se explotara su cuerpo para satisfacer las necesidades de desplazamiento de otra persona. A la bruja le gustaba la música, y enseñó a Rapunzel a cantar. Juntas, pasaban largas horas cantando en la torre.

Pero un día, un príncipe pasó cerca de la torre y oyó el canto de Rapunzel. No obstante, al aproximarse a la fuente de aquel delicioso sonido avistó a la bruja y se ocultó entre los árboles junto con su equino acompañante. Desde su escondrijo, pudo ver cómo la bruja llamaba a Rapunzel, cómo ésta dejaba caer su trenza y cómo la bruja trepaba por ella. Y, nuevamente, llegó a sus oídos aquel canto hermosísimo. Finalmente, cuando la bruja abandonó la torre y desapareció en la distancia, el príncipe salió de los bosques y dijo:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Inmediatamente, Rapunzel descolgó su trenza por la ventana y el príncipe trepó por ella.

Cuando el príncipe vio a Rapunzel, el atractivo físico de ésta —muy superior a la media— y sus cabellos largos y abundantes le llevaron a presumir (de un modo típicamente sexista) que su personalidad sería igualmente atrayente. (No pretendemos, con ello, sugerir que todos los príncipes juzguen a las personas únicamente por su aspecto, ni negarle a éste en particular su derecho a realizar tales presunciones. Remítase el lector a otras aclaraciones expresadas en párrafos anteriores.)

Y dijo el príncipe: —¡Oh, hermosa doncella! He oído vuestro canto mientras cabalgaba por las cercanías. Cantad de nuevo para mí, os lo ruego.

Rapunzel no sabía muy bien qué actitud adoptar ante aquella persona, ya que hasta entonces nunca había visto un hombre de cerca. Pensó que era una extraña criatura: de grandes dimensiones, rostro velludo y dotada de un poderoso olor acre. De algún modo inexplicable, Rapunzel se sintió extrañamente atraída por aquella mezcla y abrió la boca dispuesta a cantar. —¡Detente inmediatamente! —exclamó una voz procedente de la ventana.

¡La bruja había regresado! —¿Cómo... cómo habéis podido subir? —inquirió Rapunzel. —Ordené fabricar una segunda trenza para emplearla en caso de apuro —dijo la bruja con tono desenfadado—, y parece que tal es el caso. ¡Escúchame, príncipe! Construí esta torre para mantener a Rapunzel alejada de hombres como tú. Fui yo quien la enseñó a cantar y llevo años educando su voz. Se quedará aquí y no cantará para nadie más que para mí, ya que soy la única persona que realmente la ama. —Podemos discutir vuestros problemas de interdependencia más tarde —dijo el príncipe—. Antes quisiera oír a... ¿Rapunzel, se llama?... Querría oír cantar a Rapunzel. —¡NO! —chilló la bruja—. ¡Voy a arrojarte por la ventana sobre las zarzas que crecen bajo ella y así sus espinas te arrancarán los ojos y tendrás que vagar por la campiña maldiciendo tu mala suerte durante el resto de tus días! —Quizá te interese reconsiderar esa decisión —dijo el príncipe—. Verás, tengo en la industria discográfica buenos amigos a los que quizá les interesaría oír a... ¿Rapunzel, te llamabas? Tiene un estilo diferente... pegadizo, diría yo. —¡Lo sabía! ¡Quieres apartarla de mí! —No, no. Quiero que sigas adiestrándola, que la eduques... en calidad de representante —dijo el príncipe—. Luego, en su momento, digamos al cabo de una o dos semanas, podrás revelar su talento al mundo y nos embolsaremos la pasta.

La bruja vaciló unos instantes mientras sopesaba la propuesta, y su actitud se apaciguó visiblemente. A continuación, el príncipe y ella comenzaron a discutir contratos discográficos y derechos de vídeo, así como posibles ideas de comercialización, entre las que se incluían muñecas «Rapunzel»© de tamaño natural equipadas con sus propias Columnas Melódicas© estereofónicas en miniatura. 

Mientras les observaba, Rapunzel veía transformarse sus sospechas en una sensación de repugnancia. Durante años, sus cabellos se habían visto explotados para satisfacer las necesidades de desplazamiento de terceros, y ahora querían explotar también sus dotes vocales. «De modo que la avaricia es un vicio común a ambos sexos», pensó con un suspiro.

Rapunzel fue acercándose lentamente a la ventana sin ser vista y, una vez allí, se descolgó a lo largo de la segunda trenza hasta donde aguardaba el caballo del príncipe. A continuación, desenganchó la trenza y partió con ella al galope dejando que la bruja y el príncipe siguieran discutiendo sus derechos y porcentajes en el fálico torreón.

Rapunzel se dirigió a la ciudad y alquiló una habitación en un edificio provisto de escaleras como es debido. Posteriormente, creó una Fundación no lucrativa para el fomento de la Libre Proliferación de la Música, se cortó la cabellera y la donó a una subasta destinada a la recogida de fondos. 

Durante el resto de sus días, cantó gratuitamente en cafés y galerías de arte, negándose sistemáticamente a explotar, a cambio de dinero, el deseo de oírla cantar que pudieran experimentar otras personas.

El canario - Katherine Mansfield

¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es solo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar; se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto de que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final.

Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la baranda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. 

No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.

¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. 

Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar solo para mí. Parecía que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y, sin embargo, no lo es. 

O quizá el dolor de lo que uno echa de menos; sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.

...Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:

—¿Ya estás aquí, amor mío?

Desde aquel instante fue mío.

...Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. 

Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir.

—Eres un verdadero comediante —le decía riñéndolo.

Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. 

En su percha jamás había una mancha. Y solo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. 

Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren».

Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto; me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.

...Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. 

Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? 

Pero me acuerdo de que aquella noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.

...¿Has tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un fox-terrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura.

Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. 

Supongo que aún estaba medio dormida; pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad». 

Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.

...Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. 

Sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.

Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. 

Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?