En la actual calle de Venustiano
Carranza, antes llamada “de la cadena” tuvo lugar un suceso que originó
la presencia de un espectro, y con él, esta leyenda.
Nos encontramos en los años finales del siglo xvi. Los vecinos de la Nueva España, integrados por indios, mestizos, españoles, y frailes peninsulares en su mayoría, vivían en permanente temor debido a la gran
cantidad de crímenes
que ocurrían a diario, al parecer ejecutados por
el mismo sujeto.
Por las noches, en cualquier momento, se
escuchaban fuertes alaridos en la calle, que el asesino profería mientras escapaba. La población sabía que se acababa de cometer un crimen y
entonces, ponían
seguro a las puertas y ventanas de sus casas con fuertes trancas.
Algunas personas lo llegaron a ver.
Corriendo, gritando, y aún empuñando la daga, el ser terrible parecía volar entre las calles empedradas. Todos
los que lo vieron o escucharon, creyeron que era el demonio.
Así, el fraile Zanabria, que en una de esas
noches, en compañía
de un mestizo, regresaba de dar una confesión. De lejos lo vieron y en seguida,
escucharon una voz desesperada:
¡La ronda! ¡Venid! ¡Alguaciles! ¡Dios mío, venid!
Temerosos, se acercaron al lugar de
donde provenía el llamado y allí encontraron a un hombre, inclinado
sobre otro que yacía
en el suelo, cubierto de sangre.
—¡Dios mío! ¿Qué sucede?
—¡Mi hermano se muere, padre! ¡Ha sido acuchillado por ese demonio! ¡Confesadle, por Dios!
Fray Zanabria se inclinó hacia el herido, le tomó
la cabeza entre sus manos, mas se dio
cuenta de que agonizaba.
—Lo siento, caballero, sólo puedo darle la extremaunción.
—¡No es posible, padre! ¿Acaso va a morir?
—Callad y dejadme hacer.
El fraile Zanabria, con la cruz y el
rosario en mano, procedió al sacramento; luego, cerró los ojos del muerto y lo cubrió con su túnica. La ronda pasó en esos momentos, se acercó al grupo. El hermano del difunto se adelantó:
—¡Mirad! ¡Mi hermano Don Jimeno ha sido víctima de ese demonio!
—¡Ira de Dios! ¡Otro muerto acuchillado sin piedad! ¿qué mano perversa es capaz de tal infamia?
—Lo vimos, señor capitán. ¡Creo que es el mismo diablo!
—Perdonad, padre, pero para mí que es obra de un malvado.
—¡Hombre o demonio sois la justicia! ¡Detenedle!
—Qué más quisiera, pero bien sabéis que ése, tan luego ataca dentro de la ciudad
como fuera de la traza.
En efecto, el criminal daba muerte a sus
víctimas en cualquier rumbo de la capital,
sin que fijase un patrón del tipo de personas; lo mismo perecerían hombres que mujeres, pobres y ricos.
Lo único común era la puñalada, honda y certera que asestaba en
el pecho, de manera que el atacado moría casi al instante.
Despoblada prácticamente la ciudad en ese entonces, no
siempre se escuchaban los alaridos del asesino, ni los ayes del moribundo. Sólo se encontraban los cadáveres, frescos aún, o en los inicios de la descomposición. Cuando esto ocurría, los pobladores daban por atribuir el
crimen al “demonio”, pues la soledad de los parajes nocturnos propiciaba la
fantasía. Otros, más incrédulos, lo negaban.
Así, cuando se encontró el cadáver de Don Pedro de Villegas en las
afueras de la ciudad, y se observó que el tipo de herida era más fino, producto de una espada u otra
arma, y también,
que había varias heridas en su pecho, y no una,
como se sabía, acostumbraba dar el demonio, un
conocido del difunto señaló su sospecha: con seguridad el crimen había sido ejecutado por el esposo de la
mujer con quien don Pedro tenía amoríos prohibidos. Otro hombre, aunque aceptó el argumento, juró haber escuchado en ese lugar los
alaridos usuales del asesino. La justicia, por su parte, sólo cumplió con las diligencias de rutina que el
caso requería, sin que hiciera ninguna investigación posterior.
Pero los crímenes continuaron, por lo que el virrey,
Don Luis de Velasco II, reunió a las autoridades civiles y eclesiásticas de la Nueva España, para darles a conocer su mandato,
mismo que decía:
“Yo, el Virrey Don Luis de Velasco II, ordeno, en
relación a los crímenes que agostan a la Nueva España, que si se trata de un ser demoníaco,
se haga cargo del asunto el Santo Oficio; y si es de este mundo, la justicia, a
fin de aplicarle al criminal el más horrible y cruel de los castigos. De modo pues,
que para un mismo fin, la justicia de Dios y del Virrey, trabajarán por separado”.
Durante varias noches, se pudo ver a los
religiosos recorrer las calles, con las cruces y utensilios necesarios para el
exorcismo; mientras tanto, el capitán y sus lanceros hacían lo propio. Pero en todas las
ocasiones en que el asesino atacaba, los soldados y los religiosos llegaron
tarde; ya la víctima
yacía moribunda, y el responsable había escapado.
Ciertamente oyeron sus alaridos, pero se
confundían sobre el lugar de procedencia de éstos. Los religiosos también lo vieron correr, y aunque hicieron el
esfuerzo de perseguirle, pronto desapareció de su vista.
El asesino se escabullía con presteza, parecía ser hombre y demonio a la vez; un
demonio que tenía,
a decir de un fraile, un pie de cabra y el otro de gallo, o que era una bruja,
como señalaba uno de los oidores que formaba
parte de la comitiva. Cansados y temerosos, los frailes oraban en la plenitud
del sereno nocturno, para alejar el maleficio que asolaba a la ciudad
virreinal.
Después de un tiempo la persecución cesó. Aun cuando el sentir general era
aprensivo, las actividades de los pobladores se realizaban de manera
acostumbrada; entre ellos el oidor mayor, Don Álvaro de Peredo y Zúñiga, que laboraba como siempre en su
casa, en la calle de la cadena.
Una mañana, el sirviente del oidor entró en su despacho para comunicarle,
sumamente nervioso:
—Perdonad, señor amo, pero un hombre pregunta por vos.
—Decidle que me vea en la Audiencia.
—Le dije tal, señor, más insiste. Dice que es asunto secretísimo, relativo al demonio criminal.
—¿Qué? ¡Hacedle pasar y dejadme a solas con él!
El oidor lo esperó de pie; entró un hombre de aspecto modesto que se
presentó:
—Buenos días, vuestra señoría. Soy Lizardo de Ontuñano, natural de San Lucas, tahonero de
oficio. Me atrevo a molestaros porque...
—¿Decís que conocéis la identidad del asesino, del diabólico ser?
—Así es, señor oidor mayor. Le he seguido varias
noches, y le he visto atacar a sus indefensas víctimas.
—¿Y después...? ¡Continuad!
—Le he seguido y le he visto entrar a su
casa.
El oidor mayor se puso de pie, resuelto:
—¡No perdamos tiempo! ¡Vayamos a la Audiencia! Ahí se os dará fuerte recompensa por revelar la
identidad del criminal.
El oidor se hallaba alborozado, en su
mente pronto se formó la idea sobre las ventajas que obtendría por intervenir en asunto tan álgido. Pero el hombre se quedó
callado, sin moverse, a lo que el oidor
le demandó:
—¿Pero qué os pasa? ¿Por qué os detenéis?
—Perdonad, señor oidor, pero no busco recompensa por
revelar el nombre del criminal, sino por callarlo.
—¿Qué decís? ¡No os entiendo! ¿Pagar porque calléis? ¡Si lo que precisamos es saber el nombre
del asesino!
Con la cabeza baja, que escondía sus torvos ojos, el hombre le dijo:
—Señor oidor... Es que el asesino es vuestro
hermanastro, don Gaspar de Aceves.
—¡No es posible! Mi hermano está enfermo, ¡Pero criminal no es!
—Averiguadlo, vuestra señoría.
El oidor dejó al hombre en el despacho. Caminó
hasta la habitación de su hermanastro, abrió la puerta, y grande fue su estupor
cuando revisó el lecho de éste: encima de las mantas sucias y
revueltas, se hallaba una capa, cuyo embozo tenía manchas de sangre, y sobre éste yacía un puñal, con el filo cubierto por abundante
sangre reseca.
—¡Es la sangre de sus víctimas! ¡Dios mío!
Cuando regresó donde lo esperaba Lizardo, el oidor iba
anonadado. Todavía
dudó por un momento, le costaba creerlo,
pero ahí estaban las pruebas; además, sabía que su hermano no estaba bien de sus
facultades mentales. El tahonero esperó un momento a que se repusiera, entonces
le dijo:
—¿Os habéis convencido, verdad? Fije vuestra
merced la cantidad de oros que ha de darme, que yo me daré por bien pagado.
—Idos ahora, señor... Lizardo. Ya os avisaré mañana.
El oidor abandonó su trabajo ese día, torturado por el descubrimiento, por
el conflicto entre su deber y sus sentimientos. Tomada su decisión, al día siguiente entregó una cantidad a Lizardo de Ontuñano, quien le aseguró su silencio. Por otra parte, encerró a su hermano.
Sin embargo, el hombre no se conformó, a la primera extorsión continuaron otras. El oidor mayor había desmejorado. Le pesaban los alcances
de la enfermedad de su hermano, y empezaba a irritarle cada vez más la presencia del extorsionador.
Al fin, una mañana, mandó detenerle; lo culpaba de ser el autor
de los crímenes en serie. Lizardo de Ontuñano,
dicen los documentos del Santo Oficio, proclamó su inocencia, pero fue en vano.
El
juicio se acercaba. Él sabía que podía ser condenado, consciente de la
influencia del oidor y de la arbitrariedad de la Inquisición, conocida por
todos los habitantes. Pidió hablar con el oidor mayor, pero al tiempo que lo
comunicó al carcelero, detrás apareció el oidor para interrogarlo.
En
la celda, Lizardo quiso chantajear al funcionario, con la amenaza de delatar a
su hermano si sostenía su acusación, pero el oidor no cedió. Entonces, tomaron
un acuerdo: el oidor le propuso que declarara conocer al asesino, haberlo
visto, pero no saber su nombre ni el lugar de su morada. A cambio de ello, juró
dejarlo ir. Por su parte, Lizardo juró guardar el secreto.
Se
llevó a cabo el juicio, con el oidor mayor al frente del jurado. Éste le
preguntó:
—¿Confesáis
que habéis visto morir a las víctimas, correr la sangre, y saber su identidad?
—Sí,
confieso.
El
oidor se levantó de su asiento para señalarlo:
—Miembros
de este Santo Tribunal ¡No hay duda alguna! ¡Aquí tenéis al diabólico asesino!
¡Sometedle a tortura, en tanto se decide la forma de matarle!
El
verdugo lo tomó por los hombros, violento lo condujo a la cámara de castigos.
Ahí, fue sometido al suplicio del potro. Un verdugo daba vueltas a unas barras,
colocadas en el extremo derecho del cilindro de madera, que a la cabecera del
hombre, y envuelto en cuerdas, jalaba de sus brazos sujetados. Mientras tanto,
un fraile lo interrogó sobre las razones de sus asesinatos; Lizardo negó todo. Y antes de la fractura de sus
miembros, dijo:
—¡Soltadme! ¡El criminal es el hermano del oidor
mayor, Don Gaspar de Aceves!
Pronto, el fraile acudió con el oidor mayor para comunicarle lo
dicho por el reo. Éste
no dio importancia al hecho, adujo una venganza en su contra, y ordenó
mayor tortura hasta lograr su muerte,
preocupado en el fondo de que siguiera hablando. Pero al fraile se le ocurrió una siniestra idea: castigarle por sus
crímenes y por difamación al oidor. Intrigado, éste quiso saber de qué manera se haría tal castigo, a lo que el fraile
respondió:
—Vivís en la calle de la cadena. ¡Que sea colgado de la cadena superior
que está frente a vuestra casa!
El día de la ejecución, la gente se agolpaba en las aceras,
furiosa arremetía
en contra del reo, que en esos momentos pasaba, en medio de la procesión de guardias y religiosos.
Una vez que llegaron al lugar, la
sentencia fue leída
por el pregonero. Colgaron la cadena a su cuello y entonces, el fraile se acercó al hombre, ya aniquilado por las
torturas. En tono piadoso le expresó:
—Confesad vuestros crímenes para que vuestra alma pueda llegar
al cielo.
—Sois sacerdote. Decidle a ese Dios que
invocáis, que me permita volver a este mundo a
demostrar mi inocencia.
—¡No puedo pedir tal cosa!
—Lo haré yo, si llego a vislumbrar el cielo. ¡Y os juro por Dios, que vos también sabréis de mi inocencia!
A lo lejos, ya aletargado, escuchó la orden de su muerte.
Su cuerpo quedó pendido de una de las cadenas
superiores de la casa frontal a la del oidor mayor, donde quedó tres días, expuesto al morbo público. Al cuarto día, el cadáver fue bajado.
Por su parte, el oidor Don Álvaro de
Peredo, mandó
poner gruesas rejas en la habitación de su medio hermano, en el mismo día de la ejecución. Quería asegurarse de evitar sus crímenes, pero a la vez, también era una forma de castigo hacia el
verdadero criminal, porque el remordimiento lo atormentaba.
Esa noche, en que la pestilencia del cadáver todavía impregnaba la calle, un impulso
irracional lo hizo salir. Adelantó unos pasos hacia la casa de enfrente, y al elevar
la cabeza, vio, entre la luz de la luna llena, la sombra del ahorcado.
Pensó que era una alucinación, una visión de su conciencia, pero de día y de noche, durante semanas y meses,
la silueta siguió
apareciendo en el mismo lugar. Ya no quería salir de su casa, pero algo lo
impulsaba siempre; entonces, evitaba mirar hacia la cadena, mas una fuerza
ultraterrena lo hacía volver la cabeza, elevar la vista.
Poco tiempo después, encerrado en su alcoba, ya enfermo,
sintió la misma fuerza magnética que provenía de los muros de su habitación: en ellos se dibujó
la sombra.
El oidor, atado por el miedo, empezó a rezar, pero la silueta seguía ahí. Entonces cobró valor:
—¡Marchaos de aquí, sombra ominosa! ¡Comprended, tenía que salvarlo!
Transcurrieron siete meses del suceso.
Los crímenes cesaron, y la confianza volvió entre los habitantes de la capital.
Pero una noche, se escuchó el temible alarido y con él, el descubrimiento de una nueva víctima. El oidor tuvo la seguridad de que
su hermano no era el autor, pues encerrado estaba, y se hallaba dormido la
noche del asesinato.
Dos días después, un hombre que caminaba por la calle,
ya avanzada la noche, fue atajado por la siniestra figura, que al instante
levantó el brazo, con puñal en mano, dispuesto a matarle. Pero
entonces, el asesino sintió una presencia atrás, y se detuvo. Al volver el rostro, se
topó con un espectro, un esqueleto que lo
levantó, con enorme fuerza, y sin darle tiempo
a nada, rodeó su garganta, y apretó, hasta verlo morir.
El hombre que se había salvado del asesino, se alejó del lugar, tembloroso ante la visión de lo ocurrido. Horas más tarde, casi al alba, la ronda de
alabarderos descubrió el cuadro: en el suelo yacía un cadáver, y junto a él, un esqueleto le rodeaba el cuello con
sus manos descarnadas.
Uno de ellos identificó al cadáver como el hermano del oidor mayor,
pero no se supo explicar la presencia del esqueleto, y su identidad; sólo se notó la cadena que colgaba de su cuello sin
piel.
Se llamó al Santo Oficio, quien exorcizó el lugar. Mientras tanto, las
autoridades trataban de explicarse el hecho insólito. Al parecer, el esqueleto asesinó a Don Gaspar Aceves, pero esto no tenía sentido.
Al fin, tuvieron la respuesta. Un
hombre, que venía
apoyado en su esposa, llamó a las puertas de las autoridades religiosas para
dar su testimonio sobre el atentado sufrido la noche anterior, y sobre el
espectro que lo salvó.
Una vez interrogado, quedó claro que el asesino era el hermanastro
del oidor. En cuanto al esqueleto, el testigo dijo haber escuchado, acaso como
parte de su alucinación, que éste dijo a Don Gaspar cuando lo estrangulaba: “¿No me conocéis? ¡Soy Lizardo de Ontuñano, que viene a demostrar su inocencia!”
Los ahí presentes disimularon su risa, pero el
fraile, confesor de Lizardo a la hora de su muerte, contestó muy serio:
—Es verdad lo que dice este hombre. Se
trata del mismo cristiano a quien dimos muerte, acusado por el oidor mayor. No
cabe duda, yo mismo vi la cadena en su cuello al hacer el exorcismo, pero no
creí.
Uno de los oidores comunicó:
—Pediré instrucciones al virrey; entre tanto,
detendremos al oidor mayor.
El fraile contestó:
—Demasiado tarde, vuestra Señoría. El oidor mayor se ahorcó.
Al día siguiente, el esqueleto fue enterrado
en el cementerio.
Por mucho tiempo, la calle de la cadena
fue denominada como “calle del colgado”, quizá debido a la ejecución de Lizardo de Ontuñano, o al suicidio del oidor mayor.
La leyenda empezó con la muerte de ambos, pero por mucho
tiempo, aseguran las personas que la vieron, se mecía la sombra del ahorcado bajo las
cadenas que se extendían de un extremo al otro del muro.