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Cuando ganamos la calle - Gustavo Masso

Ahí estábamos matando el sábado, contándonos chistes y vacilando a las chamacas, adiós mamacita, a qué horas vas al pan, si como las mueves etcétera, que pasaban a cada rato para ir a la Guadalupana, la tienda de la esquina, a traer algún mandado, mientras nos gorreábamos unos a otros los cigarros y nos mentábamos la madre o nos golpeábamos amistosamente.

También los escuincles de la cuadra estaban, como de costumbre, jugando futbol a media calle, driblando de vez en cuando algún coche. Por eso teníamos que estarnos cuidando de los balonazos, ¡bolita favor...!, que nos llegaban. 

Pero ahora, por más que les aventábamos la bola bien lejos, ¡háganse para allá, cabrones!, los canijos ya nos habían agarrado de sus tarugos y se la pasaban chutando con todas sus ganas para acá. 

En una de esas le dieron un pelotazo en la mera jeta al Macuarro, que ese sí es rete enojón, y que se levanta hecho la madre a perseguirlos, aunque con esos guarachotes que usa cuándo los iba a alcanzar. 

De todos modos nos quedamos con el balón y los escuincles ya no se animaron a pedirlo. Nomás los veíamos parados en la esquina haciéndonos gestos y burlándose.

Entonces, como el Federico ya iba a empezar otra vez con su chistecito del cura, que es bien mamón, que nos ponemos de acuerdo para echar una cascarita de futbol y, pa luego es tarde, formamos los equipos, cuatro contra cuatro, el que pierda paga las caguamas, ¡van!, pusimos las porterías, coladeritas de tras pasos, con dos piedrotas en medio de la calle, se vale rebotar en la banqueta y no hay ofsaid, sale, sacan pichones, y comenzamos a jugar con entusiasmo, pensando más que nada en las cervezas que estaban de por medio.

Los comerciantes de la cuadra, ¡ya van a empezar esos vagos!, bajaron luego luego sus cortinas, aunque de todos modos casi era hora de cerrar, y los chavitos, que ya nos habían perdido el miedo y se interesaron en el partido, se acomodaron en un zaguán y desde ahí soltaban la carcajada cada vez que atropellábamos a alguna señora, ¡brutos, desconsiderados!, que pasaba por allí con su chilpayate en brazos, o cuando nos metíamos algún faul más o menos aparatoso.

El juego estaba reñido y ya íbamos dos dos cuando un coche, un Gálaxi negro grandote, se soltó tocando el cláxon para que lo dejáramos pasar. Nosotros ni lo pelamos, así que siguió pite y pite hasta que el Macuarro se encabronó y le tiró adrede un balonazo que le dio en la frente y le abolló toda la parrilla. 

Entonces, como ya se habían juntado cuatro o cinco coches más, atrás de él, el cuate este del Gálaxi, ¡qué se han creído!, se sintió de pronto valiente y se bajó a echar bronca. Los de los otros carros también se bajaron a ver qué pasaba, los niños salieron del zaguán y se acercaron, y en las ventanas de las casas los vecinos, ¿quién le pegó a quién?, se asomaban a preguntar a los de afuera. 

Pronto se hizo una bolita de gente que no sabía ni qué pedo pero ai estaban de chismosos.

El del Gálaxi discutía, ¡ustedes no saben con quién se están metiendo!, sacaba credenciales y quería quitar las piedras, y nosotros agarrábamos al Macuarro, ¡déjenme partirle su madre a este pinche viejo!, que se le quería ir encima, mientras en medio de la discusión el Toño, que se da aires de galán, aprovechaba para llegarle, ¿por qué tan sola, mamacita?, a una chava de un Volkswagen que no sabía ya ni dónde meterse.

El caso es que nosotros no aflojamos, y lo bueno es que los vecinos, ¡no se dejen muchachos!, comenzaron a apoyarnos, mientras desde las azoteas de las casas le aventaban basura y porquería y media a los coches. 

Pero el colmo fue cuando al carnicero que vive en la esquina se le ocurrió salir a afilar sus cuchillos en la banqueta, a la vista de todos. Ahí empezó la desbandada, y como los coches de atrás se estaban echando en reversa para salir por un callejoncito lateral, al del Gálaxi, ¡mejor ai muere!, se le quitó lo valiente, se subió a su carro y se echó también en reversa seguido de todos los chavitos, ¡pinche viejo maricón!, que iban golpeándole los cristales y burlándose.

Total que acabamos el partido, hicimos coperacha para tomar una cerveza, y ya de nochecita, cuando de las casas salía un olor a frijoles recién hechecitos y a café con leche, nos metimos a cenar, pero nadie quitó las piedras de la calle. 

Esa noche, a pesar de ser sábado, no nos emborrachamos. 

Estocolmo 3 - Amparo Dávila


A pesar de ser otoño hacía un tiempo espléndido la tarde en que yo caminaba por la Colonia Juárez rumbo a la calle de Estocolmo. Allí vivían, en el número 3, desde hacía dos meses, Homero y Betty. Sin embargo, era la primera vez que iba a su nuevo departamento. 

Primero había sido la enfermedad de mamá, que me tuvo a su lado todo el tiempo, como sucedía siempre que algo perturbaba su salud, lo que me había impedido visitarlos. Mamá es de esas personas demasiado aprensivas a quienes hay que dedicarse en cuerpo y alma, pues si llegan a sentirse poco atendidas o descuidadas caen en fuertes crisis depresivas que ponen en peligro su recuperación. 

Después, por el trabajo rezagado y la intención de ponerlo al corriente se fue pasando el tiempo, y éramos tan amigos que sólo por inconvenientes así se justificaba que hubieran pasado tantos días sin verlos. En el reloj de la Profesa daban las seis de la tarde cuando toqué el timbre de Estocolmo 3. Casi sin aliento llegué hasta el quinto piso donde estaba el departamento de mis amigos.

—Pero qué agradable sorpresa.

—Por fin te dejas ver.

Y los dos comenzaron a hacerme mil reproches por el largo tiempo que había dejado de verlos, tanto, que ni siquiera conocía la nueva casa. Yo trataba de explicarles todo lo que me había ocurrido y por qué no me había sido posible visitarlos antes.

Un poco aclaradas las cosas, Betty me quitó el abrigo y se encaminó al dormitorio a dejarlo, mientras Homero me mostraba la estancia.

—Tiene una vista estupenda —decía al tiempo en que descorría la cortina para que yo pudiera admirar un magnífico panorama que el crepúsculo matizaba con tonalidades rosas y ocres. Le aseguré que el departamento me parecía muy bonito, y era verdad, pues aquella pequeña estancia, lo único que conocía hasta ese momento, con su gran ventanal, muros recubiertos de madera y chimenea, era de lo más agradable y acogedor, y ellos la habían amueblado con buen gusto: un sofá amplio y dos butacas (de esas en que uno se hunde cómodamente), varios estantes llenos de libros, una mesa de trabajo, cuadros, lámparas, y muchas otras pequeñas cosas que uno gusta de ver y tener cerca.

—Los pisos altos tienen muchas ventajas —seguía diciendo Homero.

Estuve de acuerdo con él, pero no dejé de hacerle notar que la escalera era bien pesada, y que yo aún no recobraba mi aliento. "Se acostumbra uno pronto y, además, es un buen ejercicio que lo mantiene a uno ágil y favorece la circulación." 

Nos sentamos y Homero siguió platicándome de lo contentos que estaban con el departamento; que cada día le descubrían mayores ventajas; que había sido una gran suerte encontrarlo en ese punto de la ciudad, tan bien comunicado, como si hubiera sido hecho precisamente para ellos, de acuerdo a sus necesidades, con una renta bastante moderada, sin ningún ruido, y donde él podía trabajar a gusto.

Betty regresó de la recámara con una caja de bombones y una cajetilla de cigarrillos y, tras ella, una muchacha rubia vestida de blanco. Al verlas llegar intenté moverme hasta un extremo del sofá para dejarles lugar donde sentarse.

—No, no te incomodes, estás bien ahí, yo me voy a sentar aquí junto a Homero —y acercó una silla.

—¿Qué opinan si tomamos un ron? —propuso Homero.

—Desde luego —afirmó Betty.

 —Me parece buena idea —dije yo, que, debo confesar estaba bastante sorprendida y desconcertada por aquella descortesía, ¿o de qué otra manera llamarla?, de no presentarme a la joven de blanco. A lo mejor pensaban que ya la conocía; pero, de todos modos... Me preguntaba también si no sería alguna pariente de Betty, pues yo no conocía a su familia que vivía en Nueva York.

—A ti no te gusta muy fuerte, ¿verdad? —recordaba Homero cuando estaba preparando las copas.

—Lo dejo a tu gusto.

—¿Y cómo está tu madre ahora? —preguntó Betty.

Comencé a informarle a grandes rasgos sobre la salud de mamá, sin dejar de observar de reojo a la muchacha, que se había quedado de pie junto a un librero mirando los volúmenes. Homero vino con las copas para Betty y para mí, luego trajo la suya y se sentó. Los dos hacían caso omiso de la muchacha y yo no me atrevía a preguntarles nada, porque su misma presencia me intimidaba y no entendía qué estaba sucediendo allí.

—Por el gusto de tenerte aquí.

—Ya teníamos ganas de verte.

—Y yo no menos que ustedes. Y ¿cómo te va con tu nuevo trabajo, Homero?

—Bastante bien. Dos o tres horas por las mañanas solamente. No se puede decir que sea pesado.

—Y ¿es interesante lo que haces?

—Leer todos los periódicos, recortar notas, archivarlas, eso es todo...

—Tienes suerte, no cabe duda, pues me parece un trabajo perfecto.

—Lo mejor sería no trabajar —dijo riéndose Betty—, ¿no les parece?

Seguimos platicando un poco de todo. Homero y Betty casi se quitaban la palabra. Realmente estaban muy animados esa tarde. Entretanto, la muchacha se acercó hacia donde estábamos y se sentó en una silla de bejuco, tan frágil y fina como ella misma. Desde ahí nos observaba en silencio. Yo miré a mis amigos con mirada inquisidora, pero ellos no se dieron por aludidos, como si no quisieran tomarla en cuenta. 

Entonces me puse a pensar si sería una de esas personas que abusan de la amistad, que acostumbran perturbar la intimidad de amigos y vecinos, y de las que nunca se sabe cómo desembarazarse y se termina por odiarlas frenéticamente. Era indudable que ellos sabían lo que estaban haciendo. Traté, entonces, de no preocuparme demasiado por su presencia, pero tampoco lograba ignorarla, sentada allí, tan quieta, en conmovedor silencio.

Pocas veces he estado tan incómoda como esa tarde en que visité a Homero y a Betty en su departamento de Estocolmo 3. Soy de esas personas con una rígida educación y me mortifica profundamente cometer lo que a mi juicio pueda calificarse de faltas elementales de buenos modales o de cortesía. Así que, sólo mediante un gran esfuerzo, lograba soportar aquella absurda y molesta situación y me decía que más tarde, o cuando hubiera oportunidad, ellos me explicarían los motivos especiales y sin duda justificados que tenían para tratar de esa manera a la muchacha de blanco.

Homero insistió en que tomáramos otra copa y, mientras él la preparaba, Betty se levantó a encender las lámparas porque ya había oscurecido y apenas si nos veíamos las caras. Al pasar junto a la muchacha tropezó con su silla y, por poco la tira al suelo; pero ni siquiera por esto fue para pedirle la más mínima disculpa y siguió como si nada hubiera ocurrido. 

Yo no me enteré de qué cara puso la joven, pues no me atreví a mirarla. Ahora sí ya no sabía qué pensar de todo aquello y había empezado a sufrir por la pobre chica que, sin duda, no tenía el menor sentido de la dignidad, o el tacto de irse. En fin, la gente es tan rara a veces…

Homero regresó con las copas y seguimos nuestra charla. Me contaron que les habían pintado todo el departamento según su deseo, pues antes tenía un papel tapiz oscuro que lo ensombrecía demasiado y le daba un aspecto fúnebre. También les habían puesto una estufa nueva porque la que había no funcionaba bien. 

El dueño del edificio era una finísima persona, que había accedido a todo cuanto ellos le solicitaron, ni siquiera fianza les había pedido, y sólo habían dado una renta adelantada. Les subían la correspondencia para que no tuvieran que molestarse en bajar a recogerla; tenían agua caliente todo el día; el gas y la luz estaban incluidos en el alquiler y, en fin, Homero y Betty, nunca habían soñado en encontrar un departamento con tantas ventajas como ese. 

El reloj de la Profesa dio ocho campanadas que me sonaron tristísimas, así se lo dije a ellos. Betty aseguró que no tenían nada de tristes y que eran iguales a las de otros templos. Entonces fue cuando la muchacha se levantó y se encaminó hacia la recámara sin decir nada, así como había llegado.

—Por fin se va... —comenté en voz muy baja, para que ella no pudiera oírme.

 —¿Quién se va?

—¿De qué hablas?

—De ella —contesté simplemente y, con la vista, indiqué a la muchacha que ya entraba en el dormitorio, mientras me preguntaba qué les sucedía a Homero y a Betty.

—No te entiendo —dijo Betty.

—¿No serán los rones? —comentó, burlón, Homero.

—Nunca pensé que esto fuera una broma de ustedes —les reproché. A decir verdad, todo me parecía muy extraño.

—Ésta sí que es la confusión de las lenguas —dijo Homero—, Nadie sabe de qué habla el otro.

—Claro que sí sabemos, pero ya terminen de una vez —supliqué.

—Te aseguro que no sabemos de qué...

—Bueno, de todos modos fue demasiado tenerla así, todo este tiempo —les dije.

—¿Tenerla así, dónde?

—Pero, ¿cómo dónde? Aquí —y señalé la silla que acababa de desocupar la muchacha—, sentada horas y horas sin hablar, como si fuera una pobre muda. Creo que fue excesivo y desconsiderado.

—¿Sentada aquí? —comentó Betty, como sin entender, y miró a Homero fijamente.

—¿Y quién es? ¿Cómo se llama? —se me ocurrió preguntar.

—Bueno... el caso es, que... —comenzó a decir Homero mientras se frotaba las manos como solía hacerlo cuando estaba nervioso:

—¿Para dónde se fue? —preguntó de pronto Betty, interrumpiendo, lo que Homero iba a decir.

—A la recámara —contesté.

Sin decir más los dos se levantaron y se dirigieron hacia el dormitorio, y yo detrás de ellos. Entramos a la recámara y no había nadie allí, sólo un fuerte olor a gardenias y a nardos, un olor demasiado dulce y pegajoso, denso y oscuro, atrayente y repulsivo, que no se podía dejar de aspirar y que contraía el estómago en una náusea incontenible.

—Pero, ¿tú crees que...? ¿Si será la...? —le preguntaba Betty a Homero. Betty tenía los ojos muy abiertos y le temblaba la boca al hablar.

—Uno qué sabe de esas cosas — comentó sencillamente Homero que seguía restregándose las manos, presa de una gran nerviosidad.

Yo decidí marcharme en ese momento. Además de tener el pendiente de mamá que se había quedado sola, me sentía bastante perturbada.

Después supe que Homero y Betty se mudaron de Estocolmo 3 al día siguiente. Después supe, también, muchas otras cosas

La calle del Colgado - Leyenda mexicana

En la actual calle de Venustiano Carranza, antes llamada “de la cadena” tuvo lugar un suceso que originó la presencia de un espectro, y con él, esta leyenda.

Nos encontramos en los años finales del siglo xvi. Los vecinos de la Nueva España, integrados por indios, mestizos, españoles, y frailes peninsulares en su mayoría, vivían en permanente temor debido a la gran cantidad de crímenes que ocurrían a diario, al parecer ejecutados por el mismo sujeto.

Por las noches, en cualquier momento, se escuchaban fuertes alaridos en la calle, que el asesino profería mientras escapaba. La población sabía que se acababa de cometer un crimen y entonces, ponían seguro a las puertas y ventanas de sus casas con fuertes trancas.

Algunas personas lo llegaron a ver. Corriendo, gritando, y aún empuñando la daga, el ser terrible parecía volar entre las calles empedradas. Todos los que lo vieron o escucharon, creyeron que era el demonio.

Así, el fraile Zanabria, que en una de esas noches, en compañía de un mestizo, regresaba de dar una confesión. De lejos lo vieron y en seguida, escucharon una voz desesperada:

¡La ronda! ¡Venid! ¡Alguaciles! ¡Dios mío, venid!

Temerosos, se acercaron al lugar de donde provenía el llamado y allí encontraron a un hombre, inclinado sobre otro que yacía en el suelo, cubierto de sangre.

—¡Dios mío! ¿Qué sucede?

—¡Mi hermano se muere, padre! ¡Ha sido acuchillado por ese demonio! ¡Confesadle, por Dios!

Fray Zanabria se inclinó hacia el herido, le tomó la cabeza entre sus manos, mas se dio cuenta de que agonizaba.

Lo siento, caballero, sólo puedo darle la extremaunción.

—¡No es posible, padre! ¿Acaso va a morir?

Callad y dejadme hacer.

El fraile Zanabria, con la cruz y el rosario en mano, procedió al sacramento; luego, cerró los ojos del muerto y lo cubrió con su túnica. La ronda pasó en esos momentos, se acercó al grupo. El hermano del difunto se adelantó:

—¡Mirad! ¡Mi hermano Don Jimeno ha sido víctima de ese demonio!

—¡Ira de Dios! ¡Otro muerto acuchillado sin piedad! ¿qué mano perversa es capaz de tal infamia?

Lo vimos, señor capitán. ¡Creo que es el mismo diablo!

Perdonad, padre, pero para mí que es obra de un malvado.

—¡Hombre o demonio sois la justicia! ¡Detenedle!

Qué más quisiera, pero bien sabéis que ése, tan luego ataca dentro de la ciudad como fuera de la traza.

En efecto, el criminal daba muerte a sus víctimas en cualquier rumbo de la capital, sin que fijase un patrón del tipo de personas; lo mismo perecerían hombres que mujeres, pobres y ricos. Lo único común era la puñalada, honda y certera que asestaba en el pecho, de manera que el atacado moría casi al instante.

Despoblada prácticamente la ciudad en ese entonces, no siempre se escuchaban los alaridos del asesino, ni los ayes del moribundo. Sólo se encontraban los cadáveres, frescos aún, o en los inicios de la descomposición. Cuando esto ocurría, los pobladores daban por atribuir el crimen al “demonio”, pues la soledad de los parajes nocturnos propiciaba la fantasía. Otros, más incrédulos, lo negaban.

Así, cuando se encontró el cadáver de Don Pedro de Villegas en las afueras de la ciudad, y se observó que el tipo de herida era más fino, producto de una espada u otra arma, y también, que había varias heridas en su pecho, y no una, como se sabía, acostumbraba dar el demonio, un conocido del difunto señaló su sospecha: con seguridad el crimen había sido ejecutado por el esposo de la mujer con quien don Pedro tenía amoríos prohibidos. Otro hombre, aunque aceptó el argumento, juró haber escuchado en ese lugar los alaridos usuales del asesino. La justicia, por su parte, sólo cumplió con las diligencias de rutina que el caso requería, sin que hiciera ninguna investigación posterior.

Pero los crímenes continuaron, por lo que el virrey, Don Luis de Velasco II, reunió a las autoridades civiles y eclesiásticas de la Nueva España, para darles a conocer su mandato, mismo que decía:

“Yo, el Virrey Don Luis de Velasco II, ordeno, en relación a los crímenes que agostan a la Nueva España, que si se trata de un ser demoníaco, se haga cargo del asunto el Santo Oficio; y si es de este mundo, la justicia, a fin de aplicarle al criminal el más horrible y cruel de los castigos. De modo pues, que para un mismo fin, la justicia de Dios y del Virrey, trabajarán por separado”.

Durante varias noches, se pudo ver a los religiosos recorrer las calles, con las cruces y utensilios necesarios para el exorcismo; mientras tanto, el capitán y sus lanceros hacían lo propio. Pero en todas las ocasiones en que el asesino atacaba, los soldados y los religiosos llegaron tarde; ya la víctima yacía moribunda, y el responsable había escapado.

Ciertamente oyeron sus alaridos, pero se confundían sobre el lugar de procedencia de éstos. Los religiosos también lo vieron correr, y aunque hicieron el esfuerzo de perseguirle, pronto desapareció de su vista.

El asesino se escabullía con presteza, parecía ser hombre y demonio a la vez; un demonio que tenía, a decir de un fraile, un pie de cabra y el otro de gallo, o que era una bruja, como señalaba uno de los oidores que formaba parte de la comitiva. Cansados y temerosos, los frailes oraban en la plenitud del sereno nocturno, para alejar el maleficio que asolaba a la ciudad virreinal.

Después de un tiempo la persecución cesó. Aun cuando el sentir general era aprensivo, las actividades de los pobladores se realizaban de manera acostumbrada; entre ellos el oidor mayor, Don Álvaro de Peredo y Zúñiga, que laboraba como siempre en su casa, en la calle de la cadena.

Una mañana, el sirviente del oidor entró en su despacho para comunicarle, sumamente nervioso:

Perdonad, señor amo, pero un hombre pregunta por vos.

Decidle que me vea en la Audiencia.

Le dije tal, señor, más insiste. Dice que es asunto secretísimo, relativo al demonio criminal.

—¿Qué? ¡Hacedle pasar y dejadme a solas con él!

El oidor lo esperó de pie; entró un hombre de aspecto modesto que se presentó:

Buenos días, vuestra señoría. Soy Lizardo de Ontuñano, natural de San Lucas, tahonero de oficio. Me atrevo a molestaros porque...

—¿Decís que conocéis la identidad del asesino, del diabólico ser?

Así es, señor oidor mayor. Le he seguido varias noches, y le he visto atacar a sus indefensas víctimas.

—¿Y después...? ¡Continuad!

Le he seguido y le he visto entrar a su casa.

El oidor mayor se puso de pie, resuelto:

—¡No perdamos tiempo! ¡Vayamos a la Audiencia! Ahí se os dará fuerte recompensa por revelar la identidad del criminal.

El oidor se hallaba alborozado, en su mente pronto se formó la idea sobre las ventajas que obtendría por intervenir en asunto tan álgido. Pero el hombre se quedó callado, sin moverse, a lo que el oidor le demandó:

—¿Pero qué os pasa? ¿Por qué os detenéis?

Perdonad, señor oidor, pero no busco recompensa por revelar el nombre del criminal, sino por callarlo.

—¿Qué decís? ¡No os entiendo! ¿Pagar porque calléis? ¡Si lo que precisamos es saber el nombre del asesino!

Con la cabeza baja, que escondía sus torvos ojos, el hombre le dijo:

Señor oidor... Es que el asesino es vuestro hermanastro, don Gaspar de Aceves.

—¡No es posible! Mi hermano está enfermo, ¡Pero criminal no es!

Averiguadlo, vuestra señoría.

El oidor dejó al hombre en el despacho. Caminó hasta la habitación de su hermanastro, abrió la puerta, y grande fue su estupor cuando revisó el lecho de éste: encima de las mantas sucias y revueltas, se hallaba una capa, cuyo embozo tenía manchas de sangre, y sobre éste yacía un puñal, con el filo cubierto por abundante sangre reseca.

—¡Es la sangre de sus víctimas! ¡Dios mío!

Cuando regresó donde lo esperaba Lizardo, el oidor iba anonadado. Todavía dudó por un momento, le costaba creerlo, pero ahí estaban las pruebas; además, sabía que su hermano no estaba bien de sus facultades mentales. El tahonero esperó un momento a que se repusiera, entonces le dijo:

—¿Os habéis convencido, verdad? Fije vuestra merced la cantidad de oros que ha de darme, que yo me daré por bien pagado.

Idos ahora, señor... Lizardo. Ya os avisaré mañana.

El oidor abandonó su trabajo ese día, torturado por el descubrimiento, por el conflicto entre su deber y sus sentimientos. Tomada su decisión, al día siguiente entregó una cantidad a Lizardo de Ontuñano, quien le aseguró su silencio. Por otra parte, encerró a su hermano.

Sin embargo, el hombre no se conformó, a la primera extorsión continuaron otras. El oidor mayor había desmejorado. Le pesaban los alcances de la enfermedad de su hermano, y empezaba a irritarle cada vez más la presencia del extorsionador.

Al fin, una mañana, mandó detenerle; lo culpaba de ser el autor de los crímenes en serie. Lizardo de Ontuñano, dicen los documentos del Santo Oficio, proclamó su inocencia, pero fue en vano.

El juicio se acercaba. Él sabía que podía ser condenado, consciente de la influencia del oidor y de la arbitrariedad de la Inquisición, conocida por todos los habitantes. Pidió hablar con el oidor mayor, pero al tiempo que lo comunicó al carcelero, detrás apareció el oidor para interrogarlo.

En la celda, Lizardo quiso chantajear al funcionario, con la amenaza de delatar a su hermano si sostenía su acusación, pero el oidor no cedió. Entonces, tomaron un acuerdo: el oidor le propuso que declarara conocer al asesino, haberlo visto, pero no saber su nombre ni el lugar de su morada. A cambio de ello, juró dejarlo ir. Por su parte, Lizardo juró guardar el secreto.

Se llevó a cabo el juicio, con el oidor mayor al frente del jurado. Éste le preguntó:

—¿Confesáis que habéis visto morir a las víctimas, correr la sangre, y saber su identidad?

—Sí, confieso.

El oidor se levantó de su asiento para señalarlo:

—Miembros de este Santo Tribunal ¡No hay duda alguna! ¡Aquí tenéis al diabólico asesino! ¡Sometedle a tortura, en tanto se decide la forma de matarle!

El verdugo lo tomó por los hombros, violento lo condujo a la cámara de castigos. Ahí, fue sometido al suplicio del potro. Un verdugo daba vueltas a unas barras, colocadas en el extremo derecho del cilindro de madera, que a la cabecera del hombre, y envuelto en cuerdas, jalaba de sus brazos sujetados. Mientras tanto, un fraile lo interrogó sobre las razones de sus asesinatos; Lizardo negó todo. Y antes de la fractura de sus miembros, dijo:

—¡Soltadme! ¡El criminal es el hermano del oidor mayor, Don Gaspar de Aceves!

Pronto, el fraile acudió con el oidor mayor para comunicarle lo dicho por el reo. Éste no dio importancia al hecho, adujo una venganza en su contra, y ordenó mayor tortura hasta lograr su muerte, preocupado en el fondo de que siguiera hablando. Pero al fraile se le ocurrió una siniestra idea: castigarle por sus crímenes y por difamación al oidor. Intrigado, éste quiso saber de qué manera se haría tal castigo, a lo que el fraile respondió:

Vivís en la calle de la cadena. ¡Que sea colgado de la cadena superior que está frente a vuestra casa!

El día de la ejecución, la gente se agolpaba en las aceras, furiosa arremetía en contra del reo, que en esos momentos pasaba, en medio de la procesión de guardias y religiosos.

Una vez que llegaron al lugar, la sentencia fue leída por el pregonero. Colgaron la cadena a su cuello y entonces, el fraile se acercó al hombre, ya aniquilado por las torturas. En tono piadoso le expresó:

Confesad vuestros crímenes para que vuestra alma pueda llegar al cielo.

Sois sacerdote. Decidle a ese Dios que invocáis, que me permita volver a este mundo a demostrar mi inocencia.

—¡No puedo pedir tal cosa!

Lo haré yo, si llego a vislumbrar el cielo. ¡Y os juro por Dios, que vos también sabréis de mi inocencia!

A lo lejos, ya aletargado, escuchó la orden de su muerte.

Su cuerpo quedó pendido de una de las cadenas superiores de la casa frontal a la del oidor mayor, donde quedó tres días, expuesto al morbo público. Al cuarto día, el cadáver fue bajado.

Por su parte, el oidor Don Álvaro de Peredo, mandó poner gruesas rejas en la habitación de su medio hermano, en el mismo día de la ejecución. Quería asegurarse de evitar sus crímenes, pero a la vez, también era una forma de castigo hacia el verdadero criminal, porque el remordimiento lo atormentaba.

Esa noche, en que la pestilencia del cadáver todavía impregnaba la calle, un impulso irracional lo hizo salir. Adelantó unos pasos hacia la casa de enfrente, y al elevar la cabeza, vio, entre la luz de la luna llena, la sombra del ahorcado.

Pensó que era una alucinación, una visión de su conciencia, pero de día y de noche, durante semanas y meses, la silueta siguió apareciendo en el mismo lugar. Ya no quería salir de su casa, pero algo lo impulsaba siempre; entonces, evitaba mirar hacia la cadena, mas una fuerza ultraterrena lo hacía volver la cabeza, elevar la vista.

Poco tiempo después, encerrado en su alcoba, ya enfermo, sintió la misma fuerza magnética que provenía de los muros de su habitación: en ellos se dibujó la sombra.

El oidor, atado por el miedo, empezó a rezar, pero la silueta seguía ahí. Entonces cobró valor:

—¡Marchaos de aquí, sombra ominosa! ¡Comprended, tenía que salvarlo!

Transcurrieron siete meses del suceso. Los crímenes cesaron, y la confianza volvió entre los habitantes de la capital. Pero una noche, se escuchó el temible alarido y con él, el descubrimiento de una nueva víctima. El oidor tuvo la seguridad de que su hermano no era el autor, pues encerrado estaba, y se hallaba dormido la noche del asesinato.

Dos días después, un hombre que caminaba por la calle, ya avanzada la noche, fue atajado por la siniestra figura, que al instante levantó el brazo, con puñal en mano, dispuesto a matarle. Pero entonces, el asesino sintió una presencia atrás, y se detuvo. Al volver el rostro, se topó con un espectro, un esqueleto que lo levantó, con enorme fuerza, y sin darle tiempo a nada, rodeó su garganta, y apretó, hasta verlo morir.

El hombre que se había salvado del asesino, se alejó del lugar, tembloroso ante la visión de lo ocurrido. Horas más tarde, casi al alba, la ronda de alabarderos descubrió el cuadro: en el suelo yacía un cadáver, y junto a él, un esqueleto le rodeaba el cuello con sus manos descarnadas.

Uno de ellos identificó al cadáver como el hermano del oidor mayor, pero no se supo explicar la presencia del esqueleto, y su identidad; sólo se notó la cadena que colgaba de su cuello sin piel.

Se llamó al Santo Oficio, quien exorcizó el lugar. Mientras tanto, las autoridades trataban de explicarse el hecho insólito. Al parecer, el esqueleto asesinó a Don Gaspar Aceves, pero esto no tenía sentido.

Al fin, tuvieron la respuesta. Un hombre, que venía apoyado en su esposa, llamó a las puertas de las autoridades religiosas para dar su testimonio sobre el atentado sufrido la noche anterior, y sobre el espectro que lo salvó.

Una vez interrogado, quedó claro que el asesino era el hermanastro del oidor. En cuanto al esqueleto, el testigo dijo haber escuchado, acaso como parte de su alucinación, que éste dijo a Don Gaspar cuando lo estrangulaba: “¿No me conocéis? ¡Soy Lizardo de Ontuñano, que viene a demostrar su inocencia!”

Los ahí presentes disimularon su risa, pero el fraile, confesor de Lizardo a la hora de su muerte, contestó muy serio:

Es verdad lo que dice este hombre. Se trata del mismo cristiano a quien dimos muerte, acusado por el oidor mayor. No cabe duda, yo mismo vi la cadena en su cuello al hacer el exorcismo, pero no creí.

Uno de los oidores comunicó:

Pediré instrucciones al virrey; entre tanto, detendremos al oidor mayor.

El fraile contestó:

Demasiado tarde, vuestra Señoría. El oidor mayor se ahorcó.

Al día siguiente, el esqueleto fue enterrado en el cementerio.

Por mucho tiempo, la calle de la cadena fue denominada como “calle del colgado”, quizá debido a la ejecución de Lizardo de Ontuñano, o al suicidio del oidor mayor.

La leyenda empezó con la muerte de ambos, pero por mucho tiempo, aseguran las personas que la vieron, se mecía la sombra del ahorcado bajo las cadenas que se extendían de un extremo al otro del muro.