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La mansión de Keziah Mason - Julien C. Raasveld

Danny Raven sonrió. Había adivinado. Era posible hablar con aquel hombre.

—Bueno, pues...

Se interrumpió al acercarse la camarera con dos vasos de cerveza que colocó sobre la mesa. Era patente que la chica no vivía exclusivamente de las propinas que le daban los parroquianos, dada su extremada minifalda y su recargado maquillaje. 

Cuando la camarera se dio cuenta de que aquellos clientes podían comprar lo que ella quería vender, hizo todo lo posible para que pudieran observar toda la mercancía. 

Pero no habían ido allí a pasar un rato alegre con una chica. Por eso, Danny Raven se limitó a darle un cachete en la bien contorneada zona glútea, mientras le decía:

—Gracias, guapa, pero hoy no.

La camarera se alejó mientras les insinuaba que, aparte de lo que ellos deseaban, podría ofrecerles placeres inimaginables.

Danny Raven creyó conveniente dejarlo para más adelante, cuando hubiese terminado aquel asunto que tenía entre manos. 

Apartó la placentera idea de su mente, sorbió un trago de cerveza y se dirigió a su acompañante, el cual daba la impresión de no encontrarse muy a gusto en aquel sitio. 

Bueno, lo más importante de todo era que estaba dispuesto a hablar, y eso solo era posible en aquel lugar. Solo en los bajos fondos se podía hacer un trato sin temer ser descubierto. O hay que ser muy estúpido. Danny miró fijamente al hombre que tenía frente a él...

Danny Raven sabía perfectamente que aquel hombre estaba enterado, y lo que era aún más importante, estaba dispuesto a hablar.

—¿Quién es ese Keziah Mason? —le preguntó, mientras miraba a su alrededor para comprobar que nadie los escuchaba. Afortunadamente no había nadie, excepto los empleados, medio dormidos tras el mostrador.

Danny sabía cómo comportarse en tales casos. De lo contrario, no hubiera hecho aquel descubrimiento... Escribió unas palabras en un trozo de papel, lo puso sobre la mesa y lo empujó hacia su acompañante. Este leyó aquellas palabras, miró a Danny a través de los cristales de sus gafas y le dijo:

—La Oficina de Registro cierra a las cuatro, señor.

—Oh, sí, es verdad, gracias —respondió Danny, guiñando.

Contempló al individuo mientras bebía un trago de cerveza, y luego le preguntó:

—Bueno, ¿qué es lo que puede contarme?

El hombrecillo le miró con malicia.

—Quizá nada, quizá mucho; todo depende...

Danny puso un billete de mil francos sobre la mesa. El hombre silbó suavemente.

—¿Tanto dinero? Entonces es que usted debe estar muy... Me pregunto cómo puede tener tanto dinero.

—Eso ahora no importa. Tengo mi sistema para conseguir la información que deseo. Vamos, hable.

—Pues bien, lo que le han dicho es cierto. Ese brujo de Keziah Mason llegó a Arkham en 1692. La casa en la que vivió aún existe.

—¿Dónde está?

—En la calle de los Dos Embajadores, número 7.

—¿La calle de los Dos Embajadores? Nunca he oído hablar de ella —respondió Danny.

—Por supuesto. El Ayuntamiento se encargó de que desapareciera de todos los planos, y finalmente la clausuró, después de que una serie de espantosos asesinatos fuesen descubiertos en 1693 en los muelles. Pero aquellas medidas no sirvieron para nada.

—Entonces, ¿dónde está esa calle? —preguntó Danny.

—¿Conoce usted el Canal Fibre? —le dijo el hombrecillo—. Supongo que sí. También conocerá la calle Whitethroat. Bueno, pues entre ambas calles existe un gigantesco almacén que está abandonado desde hace cientos de años, y otro más en la otra punta. Ambos almacenes constituyen el principio y el fin de la calle de los Dos Embajadores. Fueron construidos allí, y fueron cerrados a finales de 1693.

—¿Cómo conseguiré penetrar en ellos? —le preguntó Danny.

—El almacén del Canal Fibre tiene una puerta. Aquí tiene usted la llave.

—¿Existe el peligro de que alguien de la Oficina de Registro se dé cuenta de la desaparición?

—Así es, o mejor dicho, había solo una persona que conocía la existencia de la calle de los Dos Embajadores, y es un secreto. Es por ello por lo que aún sigo preguntándome cómo es posible...

—Ya se lo dije antes: tengo mi método para conseguir las informaciones que deseo.

Danny Raven se levantó bruscamente. Le dio otros mil francos al hombrecillo.

—Supongo que con esto habrá suficiente para que tenga la boca cerrada, ¿no es así?

El hombrecillo sonreía maliciosamente mientras Danny abandonaba la taberna.

Solo una cosa no había dicho a Danny Raven: los asesinatos no cesaron, pese a la clausura de la calle de los Dos Embajadores. Y aún se cometían: el brujo Keziah Mason había desaparecido y nunca volvió a ser encontrado...

Danny Raven era inteligente; nadie lo dudaba; sus brillantes estudios eran una prueba de ello. Quizá era demasiado inteligente, y por eso no quiso adaptarse a una existencia para la que había sido destinado. Dio muestras de rebeldía desde su más temprana edad; siempre se había negado a conjugar el verbo «tener».

Danny no deseaba ser un empleado como sus demás compañeros de escuela. Eligió la senda del crimen; pero siempre los realizaba de una forma ingeniosa. 

Dado que no tenía mucho dinero, comprendió que no podía dedicarse a los grandes negocios. Solo se pueden hacer las «cosas grandes» cuando se tiene cierto grado de respetabilidad (es decir, dinero), pues de otra forma se llama la atención de los poderosos y de los cazadores, de los que nadie puede escapar. 

No, los negocios pequeños eran la especialidad de Danny. Cosas de las que la policía se limita a hacer un informe, para luego archivarlo en la sección «Crímenes no descubiertos», para luego olvidarlos.

Danny siempre trabajaba solo. Nadie sabía nada de él, y, por lo tanto, a nadie preocupaban sus problemas.

Hasta que un día se le presentó la oportunidad al encontrar un viejo pergamino, que abría una nueva perspectiva en su vida. Si consiguió descubrir los secretos del malvado brujo Keziah Mason, ¿qué cosa, por difícil que fuera, se le resistiría de ahora en adelante? Danny se hallaba dominado por una espantosa fiebre, solo de pensar en las grandes posibilidades que se le presentaban. Era su ruina o...

Se dirigió directamente al almacén del Canal Fibre, no sin antes cerciorarse preguntando a unos empleados si había otro almacén idéntico en la calle Whitethroat. 

Entonces comprendió que aquel hombrecillo no le había mentido. Al comprobar esto, se tranquilizó y comenzó a pensar en la perspectiva tan hermosa que se le presentaba por vez primera en su existencia. 

Al acercarse a la pequeña puerta, su corazón empezó a latir rápidamente, como queriendo escapar por su garganta. También comprobó la veracidad de otra información que le había dado el hombrecillo; todas las demás ventanas y portales estaban tapiados con ladrillos.

La llave penetró en la cerradura, pero aquella puerta hacía muchos años que no se utilizaba para abrirla y tuvo que emplear toda su astucia. 

Cuando ya se disponía a abandonar la empresa por miedo a romper la llave forzando la cerradura, esta cedió produciendo un suave clic. Con mucho cuidado, Danny abrió la puerta, pero procurando que no se repitiera el anterior clic. 

Era muy difícil que hubiera alguien en aquel lugar de la ciudad, y mucho menos a aquella hora tan intempestiva, pero era imposible asegurarlo. Danny era un hombre muy prudente.

Solo después de haber cerrado cuidadosamente la puerta tras de él, se decidió a encender su lámpara de bolsillo. El almacén era muy grande, estaba vacío y en él reinaba un silencio de muerte. Había telarañas por todas partes. 

Danny se estremeció. No se explicaba el motivo por el cual presentía que no todo marchaba bien. Entonces lo comprendió: no había ratas. Generalmente, en los viejos edificios, estos sucios animaluchos abundaban por centenares, pero aquí no había el menor ruido, el menor susurro, ni siquiera un ratón.

Se echó a reír para infundirse valor. «Debo congratularme por no verme molestado por esos irritantes y peligrosos roedores», se dijo. Se puso a andar por el almacén, hasta llegar a la puerta posterior, que empujó suavemente. Aunque estaba seguro de lo que iba a encontrar, no pudo contener un grito estridente de sorpresa.

Delante de él, encerrada entre altas paredes y terminando en la parte posterior del otro almacén, había una calle bañada por los rayos plateados de la luna. Las casas a ambos lados de la misma estaban en ruinas, y la hierba crecía ya entre los resquicios de las piedras.

Y, a pesar de todo, había una extraña atmósfera de vida, una impresión semejante a la de observar a un hombre muerto dentro de un ataúd.

Tuvo que hacer un esfuerzo para penetrar en aquella calle.

Su linterna iba iluminando los números de las casas. Finalmente llegó a la número siete. A diferencia de las demás casas, esta se conservaba intacta. Empujó la puerta, pero esta estaba cerrada. Pero este no era un gran obstáculo para Danny. 

Hizo unos cuantos forcejeos con su ganzúa e inmediatamente la puerta quedó abierta. En el suelo no había nada. Penetró más adentro. Un ruido extraño estuvo a punto de ponerle en fuga. Entonces reconoció ese ruido de patas arañando la madera de la escalera. Supuso que allí sí que había ratas. 

Se secó el sudor del rostro. Siguió avanzando, cerciorándose de que a aquella hora no conseguiría nada, debiendo regresar al día siguiente y seguir investigando a la luz del día. 

Con mucho cuidado comenzó a subir por las vetustas escaleras, temiendo caerse en cualquier momento al pisar algún peldaño carcomido por el paso de los años. 

Pero, por lo visto, la escalera se mantenía en perfecto estado, como el resto de la casa. En el piso superior solo había una habitación. La abrió y entró en ella.

De nuevo, un extraño ruido le hizo sobresaltarse. Dirigió su lámpara de bolsillo a todos los lados de la habitación, deteniéndose finalmente en un rincón de la misma.

Horrorizado, permaneció clavado en el suelo, contemplando aquella cosa que le miraba fijamente. Entonces unas palabras acudieron a su memoria: «...El carcelero se ha vuelto loco y murmura algo sobre una cosa que sale corriendo de la celda de Keziah».

Dando un alarido de terror, Danny se volvió y echó a correr hacia la puerta, pero allí había una vieja mujer jorobada que le contuvo con un gesto de la mano, mientras pronunciaba extrañas palabras en un idioma que Danny desconocía.

Danny sintió como si desapareciera en medio de una turbulenta niebla, en la que solo veía los negros ojos fijos de la mujer clavados en él, cada vez haciéndose más grandes, más grandes, más grandes...

Se vio sumergido en una suave e infinita oscuridad.

No, no era infinita, ya que vio una luz roja. Danny Raven se despertó y contempló las llamas del horno. Quiso incorporarse, pero sus tobillos y sus muñecas estaban atados a una mesa. 

Dominado por el horror, recordó lo que había sucedido. La puerta se abrió. La vieja mujer entró, con aquella cosa increíble en sus hombros. Puso a su lado una copa, dibujada con extraños diseños. 

La cosa murmuró unos sonidos irreconocibles con voz aguda y estridente, mirándolo fijamente. El sudor bañaba todo el cuerpo de Danny.

—De modo que ya está despierto, ¿no es así? Magnífico. Entonces la ceremonia ya puede comenzar.

—¿Quién es usted?

—Mi verdadero nombre no significaría nada para usted. Pero uno acostumbra a llamarme Keziah Mason. Y ese es Brown Jenkin —dijo mientras indicaba hacia la «cosa».

—Pero... pero... esto es imposible; en 1693 usted ya era una anciana. Usted no puede tener ahora trescientos años de edad.

La extraña mujer sonrió con satisfacción.

—¿Es que acaso piensa, idiota, que nos perseguían y quemaban en la hoguera simplemente porque éramos seres humanos corrientes? Estúpido. Bah, ustedes los terráqueos cada día se vuelven más cretinos. En aquellos primitivos días de la Edad Oscura, ya todos adivinaban por instinto que pertenecíamos a otra raza, que éramos los Otros Seres y, por lo tanto, peligrosos para ellos.

—Pero entonces, ¿quién es usted? —preguntó Danny.

La vieja se encogió de hombros.

—Soy Otro Ser. El mundo en el que vivimos no existe para ustedes, y nunca lo encontrarán. Incluso uno de nuestros compañeros divulgó un gran número de nuestros secretos, pero nadie le creyó.

—¿Quién? ¿Quién?

—Eso no tiene ninguna importancia. Nos agrada vuestro mundo, pero cada vez que uno de nosotros pretende alcanzarlo, la Ofrenda debe ser hecha. ¿Está preparado, Brown Jenkin?

La «cosa» saltó sobre su cuerpo con un cuchillo en sus terribles garras. Keziah Mason se puso a cantar con una voz estridente, y Danny alcanzó a sentir un profundo dolor cuando el cuchillo penetró en la carne de su vientre. 

Pero antes de que el brujo sacara los intestinos fuera de su cuerpo, reconoció una palabra: NYARLATHOTEP... y vio un inmenso y oscuro boquete en el techo, en el que extrañas y horribles sombras se movían guiadas por un monstruo vestido de negro y con la cabeza llena de tentáculos, mientras la canción de Keziah Mason era repetida por un coro de voces no humanas...


El cuento de Omar y Dilaram - Wilhelm Raabe

–Doctor Hagen, usted que peregrinó por el desierto, ¡relátenos un cuento!

–¡Bravo! –gritó el científico–. La señorita Eugenia siempre tiene las ideas más sensatas. ¡Aligere usted los caballos y alivie al camello del aburrimiento! ¡Adelante, doctor! Ya me siento como si estuviera en la costa oriental del mar Rojo... Pero por favor ningún pensamiento morboso o de muerte, ¡se lo ruego, Hashid!

–Sí, ¡cuéntenos un cuento, doctor! –dijo Lida–. Como los que usted acostumbraba relatarme antes de dormir, cuando llegaba demasiado cansada de la ópera y me quedaba tensa. Cuente, pues...

–Bien. Sucede en un fantástico país de Oriente –dijo al momento Hagen–. Escuchen ustedes: hace muchos años, se hallaba un joven en la gran ciudad de Bagdad. Sentado, bajo la luz de la lámpara, descifraba un antiguo manuscrito cuyas letras estaban escritas con los caracteres más extraños. Un amigo suyo se lo había obsequiado como recuerdo de la maravillosa e increíble ciudad de Bizancio. 

Era entonces una hermosa noche de verano. La Luna se elevaba por encima de los jardines del califa, hacia la otra orilla del Tigris; en el azul obscuro de la noche flotaba radiante y pura. Un ligero airecillo transportaba el perfume de los árboles, rebosantes de pétalos, hacia la ventana. En ocasiones, alguna góndola cruzaba velozmente sobre la superficie lustrosa del agua y por momentos se escuchaba a lo lejos una lira y, de vez en cuando, la estrofa de una canción de pescadores. 

El joven lector se sintió un tanto extraño. De los pergaminos que leía surgía un Mundo maravilloso que lo envolvía. En el momento de llegar a un pasaje borroso, imposible de leer, levantaba la vista y sentía entonces como si tuviera que bajarla otra vez de inmediato, encima del rollo que leía, para no perder ese sueño encantador. Palpitaba allí un inmenso mar de exuberantes islas con temibles desfiladeros habitados por excelentes y hermosos nativos y horripilantes monstruos. 

Un pueblo pagano había destruido una ciudad grande y magnífica situada a las orillas del mar. En la corriente, las huestes lavaban sus armas teñidas de sangre, así como sus heridas; luego subieron a sus navíos, rumbo a su patria, cada líder agrupando a los suyos, todos cargados con su botín. 

Había en aquellas tierras un rey lo mismo amado que odiado por diosas y dioses, protegido y a la vez amenazado de quedar en la ruina; y, habiendo sido expulsado de una isla por la tempestad y habiéndose tragado el mar a sus hombres, relataba a otro rey sus aventuras y desventuras: cómo lo había amado una hermosa e inmortal deidad; cómo había luchado contra los monstruos, las olas y los gigantes; cómo había descendido al Averno para visitar a sus guerreros muertos, a los hombres y mujeres del pasado. 

El joven leía por momentos en voz alta la estrofa de una canción, como si se deleitara con el agradable sonido de las palabras, semejantes al fragor ondulante y melodioso de las armas, como si fuese el murmullo de las olas o el palpitar de un corazón humano.

–Alá, Alá –exclamó–. ¡Esto es hermoso, es magnífico! ¡Ay! Y pensar que yo sólo estoy aquí sentado con el corazón desbordante. Alá, Alá. Así llevan tan lejos tu nombre y el de tu Profeta a través de todos los mares y países.

Un fuego salvaje se reflejaba en los ojos del joven. Pero muy pronto se extinguió, tan rápido como se había encendido.

–¡Ah! –dijo, con voz sorda–. ¿No está también, al otro extremo de las márgenes del mar poniente, el gran Okbah? El condujo su blanco camello hacia el torrente de las aguas y exclamó: “Alá, tú eres testigo de que no me fue posible continuar más adelante”.

–Georg Wilhelm Friedrich Hegel y la filosofía alemana. ¡Brrr...! –dijo el científico, que se sentía muy feliz cuando podía darle una patada a la Idea absoluta.

Pero Hagen no se dejó interrumpir. Sonriente, continuó en seguida:

–¡Ah! Pero él pudo continuar –exclamó el joven lector–. ¿Acaso los jinetes del desierto no trajeron al rey noticias de los fieles, la nueva de que los soldados de Alá luchaban una vez más contra los hombres de piel blanca, lejos, muy lejos del brazo del mar en el poniente? Dios es grande... Se dirigen de nuevo hacia el Oriente, hacia el Sol naciente, y arremeten contra el enemigo. ¡Ay, y tener que estar aquí sentado marchitándose con una mujer del harem!

El joven se había sobresaltado; miraba a través de la superficie del río. Se apoyó con una mano en el borde de la ventana y unas lágrimas rodaron de sus ojos. De pronto, detrás suyo, una puerta se abrió y una muchacha entró cautamente a la habitación. 

Traía consigo un cesto con flores y frutas lleno hasta los bordes y se quedó de pie al ver al pensativo joven acodado en la ventana. Cruzó en silencio la alfombra, hizo a un lado los manuscritos extendidos sobre una tabla, depositó su aromática cesta y extrajo una rosa blanca. Sonriente, con el dedo en los labios, se acercó lo más callada que pudo al joven soñador y depositó la rosa en su mano, que él tenía puesta en el borde de la ventana. Asombrado, él se dio vuelta.

–¡Dilaram! –exclamó y entonces la hermosa niña lo abrazo.

–¿Otra vez triste, Omar? –preguntó ella–. ¿Qué te preocupa, amigo mío?

–Te equivocas, corazón, no estoy triste. ¿Qué habría de preocuparme?

–Pobres de los hipócritas en aquel Día, dice el sagrado Corán –dijo la muchacha–. ¿Habrás leído otra vez durante largas horas tus horribles y paganos libros que tratan de magia hasta olvidarte de todo lo que te rodea, y también de mí? –añadió ella, amenazándolo traviesamente con su índice.

–¿Quién te podría olvidar, niña? Eres para mí lo que el Sol para la Tierra.

–¡Tú, tú! –dijo la muchacha sonriendo y sentándose en el borde de la ventana, al lado del joven–. ¡Ven, platiquemos! ¡Qué hermosa está la noche, y cómo brillan las ondas del río! ¿Dónde tienes mi lira, pues no la veo?

–¡Aquí está! –dijo Omar.

–Gracias. ¡Pero qué cara has puesto! Avergüenzate ante mi velo... Escucha al ruiseñor... ¡bul, bul, bul! ¡Qué hermoso! ¿Quieres que cante?

–¡Canta la Alabanza al desierto, al inmenso desierto, la alabanza al inmenso mar!

–¡Ay! –dijo la muchacha, algo compungida–. No conozco el desierto ni el mar. Pero pon atención, voy a cantarte otra cosa.

Acarició con sus dedos las cuerdas del instrumento y empezó entonces con una, diáfana y tersa voz:

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué se unen los combatientes del Profeta?

¡De armas resuenan los mercados, de armas las calles!

¡El pueblo de Dios responde al llamado del gran califa!

¡A Oriente y Occidente van las multitudes de fieles!

¡El hombre deja a su mujer, el hijo a su madre!

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana!

¡En la ciudad del mar, temeroso está el rey de los francos,

y el de los persas rasga su vestido...! ¡Llora y se lamenta

la niña en la joven ciudad, a orillas del Tigris!

Los ejércitos del Profeta van a la batalla.

¡Deja el padre a su niño, el hermano a su hermana...!

 

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¿Por qué ese regocijo en las calles de Bagdad?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¿Por qué se oyen trompetas y tambores de plata?

¡Clamor de victoria al amanecer!

¡Destrozada está la defensa de los persas y muerto el padre!

Inclinada está la cabeza del rey de los francos...

Muerto está el hermano...

Regocijo en las calles de Bagdad.

Sentada, la doncella llora...

¿Quién protege a la huérfana,

Quién consuela a la desamparada...?

 

La muchacha dejó caer la lira y su voz se perdió en apagados sollozos. Con mirada fulgurante, Omar tomó el instrumento y continuó la canción:

 

La arena de los caminos de Dios

reluce en el día del Gran Juicio...

Dichosos los combatientes en el Paraíso.

A la huérfana abandonada, la consuela ¡el amor...!

 

–¡El amor! –exclamó la muchacha entre lágrimas–. El amor, el santo amor. Es como la sombra que la palmera brinda al cansado caminante del desierto. ¡Para el niño abandonado, es como el agua para la gacela perseguida! Sagrado es el lugar donde nos encontramos, mi adorado. ¡Que la hora en la cual yo te vi por primera vez sea afortunada para todos los hombres y rebosante de bendiciones para toda la Tierra...!

–¡Dilaram! ¡Dilaram! ¡Paz de mi corazón! –exclamó el joven.

–¡Omar mío...! ¡Mira, tu frente se ha tornado alegre! Ahora tengo que irme. ¡Buenas noches! ¡Buenas noches, querido!

–¿Ya quieres abandonarme? ¡Quédate conmigo!

–Notarán mi ausencia. ¡Buenas noches, buenas noches!

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Dulce soñar bajo el cielo nocturno del Oriente! ¡Grande es la ciencia de Makachefa, grande el arte de reconocer los sentimientos del corazón! ¡Poderosas las fuerzas con las que Alá se ha permitido conmover las almas de las personas...!

Omar tomó su rollo de debajo de las flores que Dilaram había llevado. Pero no volvió a leer más. Se le cerraban los párpados y su cabeza cayó sobre los almohadones del diván. Así dormitó. A través del río, el viento nocturno llegaba más fresco y más intenso. La lámpara llameaba como si estuviera próxima a apagarse. De un lado a otro, ondeaban los tapices bordados con arabescos de oro sobre sentencias coránicas...

¡Hermosas son las noches de verano a orillas del Tigris! ¡Grande es el poder de los que han sido creados por Alá...!

Una barca ricamente engalanada en oro cruzó velozmente la superficie del río, iluminada por la Luna. El agua refulgía en destellos de plata bajo los remos de los seis esclavos negros que la conducían. Una mujer, envuelta en amplísimos velos, descansaba sobre un hermoso almohadón en la popa de la góndola. Bajo los velos, la mirada de los negros y fulgurantes ojos asaeteaba hacia los muros de las casas y jardines próximos a la ribera del río.

La mujer se incorporó sobre su asiento bajo la ventana de Omar, y dijo:

–¡Aquí!

Los negros levantaron los remos y la barca permaneció inmóvil. De un salto, la mujer de los velos se puso de pie. Así se mantuvo, como una elevada figura, con la mirada fija en la arqueada e iluminada ventana de la casa del joven. En su duermevela, tembloroso, Omar se movió con el pecho agitado, como si buscara el alivio de una pesada carga que lo oprimía. La lámpara llameó por última vez antes de apagarse. Una lira resonó muy tenuemente a través del aire. El joven se despertó y escuchó...

¡Ésa no era la voz de Dilaram! Los tonos que llegaban hasta sus oídos eran más cálidos, más exuberantes, más salvajes y sensuales; dejaron su corazón estremecido. ¡Esa no era la paz de su alma, no eran las amorosas canciones de cuna! Era el lenguaje de la pasión, de la pasión salvaje, del instinto, que se consume como la llama.

–¡La diosa de la boca de fuego!

–¡Aquí está otra vez! –murmuró el joven–. ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! ¿En qué le ha perturbado mi dichoso destino, mi paz? ¡Así viene cada noche, de manera que durante el día tengo que andar como en un sueño! ¡Pobre de mí!

Una silueta de hechizo lo atrajo irresistiblemente hacia la ventana. Inmóvil, la barca permanecía a poca distancia. Mudas, las gotas de los remos de la barca caían sobre el agua. Estrechamente envuelta en su albeante vestido, con el velo echado hacia atrás, la figura de la mujer se mantenía de pie. No se movió en el momento en que Omar apareció en el marco de la ventana. A sus pies estaba la lira con la cual lo había despertado...

–¡Pobre de mí! ¿Qué quiere esa mujer? ¿Qué quiere? –se decía Omar–. ¿Le hablaré...?

–¡Habla! –se oyó una voz, como si la extraña pudiera leer los pensamientos del corazón.

–¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué perturbas mi vida?

La figura levantó el brazo en señal de saludo.

–¡Ven!

–¡No te conozco! ¿Eres una mortal? ¿Eres un hada?

–¡Ven!

–Me inspiras temor...

Como a una señal oculta, los remos se sumergieron de nuevo en el agua. La barca dio un lento viraje.

–¡Ya voy, ya voy! –exclamó el joven.

Se levantó precipitada y alocadamente, abalanzándose contra el borde de la ventana. Descendió entre las vides que circundaban el arco. La barca se acercó como una flecha hasta el muro de la casa. Vacilante, se acercó a la seductora figura, como abrazado por un vértigo...

–¡Mírame! –dijo la mujer–. ¡Yo... te amo!

Omar guardó silencio. Estaba fascinado por el destello de los ojos, que resplandecían como brasas negras, semejantes a los ojos del ángel de la Muerte.

–¡Expulsa su imagen de tu corazón! –dijo la mujer–. ¡Ella es una niña! Sígueme a mí... Me perteneces, eres mío...

–¡Paz de mi corazón, paz de mi corazón! –murmuraba Omar como en un sueño.

Un miedo infinito lo estremecía. Podría apuñalar a la hermosa mujer; tomó la empuñadura de su filosa daga en el cinturón... ¡Ella sonreía...! Dejó caer la mano, sentía como si el Mundo circundante, toda su vida anterior, todos sus esfuerzos y sus propósitos se hubiesen perdido. Estaba solo con ella. ¡Todo era... ella...!

–Has ansiado salir de tu limitado espacio –dijo la mujer–. Tú no me conoces... Sin embargo, piensa como si yo fuese el Mundo... la vida...

La barca se deslizó con lentitud hacia la corriente, pero cuando hubo llegado al centro del agua su velocidad aumentó hasta que, finalmente, se precipitó río abajo impulsada por los remos de los mudos y negros esclavos... ¡Se acabó! Perdidos estaban los pensamientos de gloria y honor. Olvidada la paz del hogar paterno... ¡Paz de mi corazón!... ¡Perdida! ¡Perdida...!

Se quedó recostado a sus pies, su cabeza descansaba en su regazo. Su mano jugaba con sus rizos, ella le susurraba palabras al oído... Con los ojos cerrados, ignoraba el destino al que ella lo conducía. En esos momentos, él únicamente vivía bajo el hechizo mágico de su voz. Al abrir los ojos, vio encima suyo el negro cielo nocturno engalanado con el esplendor de las estrellas de Oriente. 

Vio inclinarse sobre sí su hermoso y magnífico rostro, entonces pálido bajo la luz de la Luna; miró muy de cerca sus ojos negros, semejantes al destello de las estrellas. Entonces se estremeció, estaba convertido en un niño carente de voluntad. Nada de él había quedado. ¡Todo era ella!

–¡Soy tuyo! ¡Soy tuyo! –murmuró, mientras ella sonreía.

–¡Ahora te conozco! –dijo él–. Eres la mágica reina Labe, la reina de los espíritus. Tú eres la vida, la libertad. Tú eres... ¡Ay, me vas a matar, lo sé, pero me amas... una noche... una hora!

Ella sonreía mientras la barca proseguía su rumbo.

Maravillosas son las noches de verano a orillas del Tigris...

Donde el Diala del desierto mezcla sus tibias aguas con las del gran río, un pobre pescador sacaba sus redes desde la orilla; sin prestarle mucha atención a sus presas, las dejaba caer sobre la tierra. Más tarde, vio en una olla del río flotar un cadáver hasta que quedó atrapado en un juncal de la orilla...

–Alá –exclamó el hombre–. ¡Qué joven y hermoso! –meneó la cabeza al arrastrar el cuerpo hacia la orilla.

Era notorio que estaba acostumbrado a semejantes cosas. Con ávida mano, despojó al cadáver de sus vestidos y le extrajo la daga del corazón. Desvalijado de esa manera, el pescador lo devolvió a las aguas con una patada.

–¡Vete! –dijo–. ¡Que Alá guíe tu alma al lugar de la piedad!

El cadáver siguió flotando hacia Seleusis, a la cual los fieles de hoy llaman Al-Modaín. Y paz de mi corazón.

–¿Qué le ocurre, señorita Lida? –exclamó el científico, levantándose precipitadamente y un tanto asustado.

–¡Luz, luz! –gimió la cantante con un miedo indescriptible en su voz–. ¡Por Dios, enciendan la luz!

Ninguno de los allí presentes se había dado cuenta de que, durante el fantástico relato del médico, había caído por completo la noche.

–¿Qué ha hecho usted, Hagen? –exclamó Ostermeier–. ¡Oh, Isis y Osiris! Esto sucede cuando uno escucha tales cuentos de fantasmas...