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Un maravilloso cuento oriental de un santo desnudo - Wilhelm Heinrich Wackenröder

El Oriente es la patria de todo lo maravilloso. En la antigüedad y en los inicios de las costumbres de tan lejanos países, se hallan consejas y enigmas extremadamente raros que aún se resisten a la razón, según ella misma más sabia. 

Viven también en estos parajes seres extraños que nosotros consideramos locos pero que, en aquellas tierras, son adorados como seres sobrenaturales. 

El espíritu oriental considera a estos santos desnudos como depositarios maravillosos de un genio más elevado que, desde el firmamento, se ha precipitado en el cuerpo humano, que ahora no sabe comportarse humanamente. 

Pues, según vemos, todas las cosas en el Mundo son ya de una u otra manera, según las observemos. La razón humana es un filtro maravilloso que, a su solo contacto, convierte todo cuanto existe de acuerdo con nuestros deseos.

Así, uno de estos santos desnudos vivía en una remota caverna o gruta, a cuyo lado corría un hilo de agua. Nadie podía decir cómo había llegado hasta allí. Como quiera que haya sido, su presencia se había notado desde hacía pocos años. Lo descubrió una caravana y, desde entonces, se sucedieron frecuentes peregrinaciones hasta su solitaria morada.

Este curioso ser no gozaba de paz ni en la noche ni en el día, tenía siempre la impresión de estar bajo el continuo zumbido de las rotaciones de la Rueda del Tiempo.

Nada podía hacer frente a ese ruido, nada podía proponerse. Un miedo inmenso lo agotaba en su trabajo continuo, impidiéndole también escuchar otra cosa que no fuese –en su incansable movimiento– el estrépito de la terrible rueda, la cual llegaba hasta las mismas estrellas o incluso las sobrepasaba. 

Como una cascada de caudalosas y retumbantes corrientes que caían desde el firmamento, derramándose para la eternidad, suspendida en el instante, carente del sosiego de un segundo, así sonaba en sus oídos, y sus sentidos todos se hallaban fijamente concentrados sólo en ella. La efusión de su miedo, cautiva cada vez más en el remolino de una salvaje confusión, era arrastrada a su yo interior, y los sonidos, mezclados unos con otros, se tornaban atrozmente indómitos. 

No podía descansar, día y noche se le veía en el ajetreo más laborioso y enérgico, como si intentara darle vueltas a una enorme rueda. De sus incoherentes frases podía sacarse en limpio que se sentía repelido por ella, que quería reforzar la veloz y desenfrenada rotación con todo el esfuerzo de su cuerpo, con objeto de que el tiempo no cayera en peligro de inmovilizarle un solo instante. Como se le preguntara qué estaba haciendo, gritaba entonces convulsivamente:

–¡Infelices! ¿No estáis oyendo la fragorosa Rueda del Tiempo?

Y acto seguido continuaba trabajando más desenfrenadamente aún, derramando sudor sobre la tierra, y con gestos desarticulados posaba la mano sobre su palpitante pecho, como si quisiera sentir el enorme engranaje de la perpetua marcha. Se enfurecía cuando los peregrinos llegaban a él y permanecían de pie, tranquilamente, observándolo o susurrando entre sí. 
 
Se estremecía apasionadamente al mostrarles la incontenible rotación de la perpetua Rueda del Tiempo, veloz, uniforme y regular. Crecía su cólera frente a aquellos que no sentían ni notaban nada del mecanismo, en el que estaban también engranados férreamente; los apartaba de sí cuando, en medio de su furor, alguien se le aproximaba demasiado.

Si no querían verse expuestos, tenían que imitar vivazmente su esforzado movimiento. Pero su enojo se volvía mucho más feroz y peligroso sí a su lado un desconocido emprendía cualquier trabajo físico, como sembrar en las proximidades de su caverna o bien arrancar yerbas o cortar ramas. Entonces, en virtud de que, hallándose bajo el terrible fluir del tiempo, alguien fuera capaz de pensar en estas míseras ocupaciones, él solía reírse inconteniblemente. 

Saltaba de su cueva como un tigre y, si llegaba a alcanzar a un infeliz, le arrancaba la vida de un solo golpe. Regresaba de inmediato a su caverna y con mayor vehemencia que antes, daba vuelta a la Rueda del Tiempo. Sin embargo, durante varios días seguía enfurecido; les hablaba a los hombres con frases sin sentido, reclamándoles cómo era posible que se ocuparan de otras cosas y emprendiesen trabajos tan indignos. 

No era capaz de alargar el brazo hacia cualquier cosa para tomarla con la mano, no podía dar ningún paso como otro cualquiera. Un miedo estremecedor lo recorría por dentro al intentar, aunque fuera una sola vez, interrumpir ese vertiginoso caos. 

Apenas en contadas ocasiones, cuando las noches lucían hermosas y la Luna se elevaba delante de su obscura gruta, se abrazaba de pronto a sí mismo, gemía y lloraba desesperado, pues el ruido de la gigantesca Rueda del Tiempo no lo dejaba en paz para que él, que era un santo, pudiera realizar y crear algo sobre la faz de la Tierra. 

En aquellos momentos sentía un anhelo por todo lo hermoso y desconocido, y hacía esfuerzos por levantarse y poner manos y pies en movimientos suaves y tranquilos, ¡pero todo esfuerzo era inútil! Buscaba algo especial, desconocido, que pudiera tocar y a lo cual quería entregarse. 

Aspiraba a salvarse de sí mismo dentro o fuera de sí mismo, pero ¡era imposible! Su desesperación y su llanto no podían ser mayores. Lanzando un fuerte bramido, se levantaba de un salto y empujaba de nuevo la tremendamente ruidosa Rueda del Tiempo.

Así continuó durante varios años, días y noches enteros. En cierta ocasión, en verano, en una hermosa noche de Luna llena, el santo estaba, como otras veces, en el suelo de su caverna, gimoteando y retorciéndose las manos. 

La noche era fascinante: en el azuloso firmamento las estrellas lucían como adornos dorados sobre un amplio y sólido escudo; de las claras mejillas del rostro de la Luna irradiaba una tenue luz bajo la cual la verde Tierra se bañaba. Las copas de los árboles emergían, bajo esa maravillosa iluminación, como nubes que navegaban sobre troncos, y las chozas de los lugareños se hallaban convertidas en obscuras figuras rocosas y en albeantes palacios fantasmagóricos. Los hombres, no más cegados por los rayos del Sol, vivían con sus miradas en el firmamento, y sus almas se reflejaban hermosamente en el celestial esplendor de la noche de Luna.

Dos amantes, que gustaban de abandonarse a las maravillas de la soledad nocturna, remontaron esa noche el río en un bote ligero, que pasó ante la caverna del santo. Los penetrantes rayos lunares habían alumbrado y diluido sus más íntimos y obscuros rincones en las almas de los amantes. Habían fundido sus sentimientos más delicados y, unidos, navegaban dentro de las ilimitadas corrientes. 

Desde su embarcación se esparcía una música etérea que flotaba ascendiendo hacia el espacio celeste. Dulces trompetas y algunos otros encantadores instrumentos recrearon un mundo de flotantes sonidos melodiosos y, a través de ellos, se escuchaba la siguiente canción:

 

Una ansiada y dulce lluvia 
recorre los campos y los ríos.
Tersos rayos de Luna preparan el tálamo 
a los arrobados sentidos del amor.
¡Ay! ¡Cómo murmuran las aguas! ¡Cómo reflejan
sus rizados hilos en la bóveda celeste!
Amor habita el firmamento,
como oleaje puro nos inflama
en una gloria luminar que no se encendería
si Amor no infundiera fortaleza.
Y, tocado por el hálito del Cielo,
Cielo, agua y Tierra se sonríen.
El claro de Luna se prolonga en las flores,
robadas por el sueño fueron las palmeras,
el follaje corona los santuarios
y, elevando sus tiernos suspiros,
desde su quimera, palmeras y flores,
hijas de Amor, esparcen todos sus sonidos.

 

A las primeras notas de la música y los versos, desapareció en el santo la frenética Rueda del Tiempo. Eran las primeras notas que se habían escuchado en esos solitarios parajes. El incierto anhelo se había cumplido dando fin al hechizo, el genio perdido se había librado de su envoltura terrenal. 

El cuerpo del santo desapareció; esta forma espiritual, bella como un ángel, tejida en ligeros perfumes, se elevó desde la cueva, alargó sus delgados brazos, pleno de ansiedad, hacia el Cielo, y fue ascendiendo acorde con la melodía de la música, en movimientos danzantes, hacia las alturas.

Cada vez más alto, hacia el firmamento, la eterna y diáfana figura flotó, elevada por los tonos suavemente ondulantes de las trompetas y el canto. Con alegría celestial, la figura danzaba aquí y allá, intermitentemente, sobre las blancas nubes que nadaban en el espacio aéreo, balanceándose cada vez más alto en rítmicos movimientos hasta que, finalmente, voló hacia los astros en espirales ascendentes. Entonces el firmamento se dejó oír a través de los aires con estruendoso clamor, puro y celestial, hasta que el genio penetró en su inmensidad.

Caravanas de viajeros admiraron la milagrosa aparición nocturna, y los amantes creían estar viendo al genio del amor y de la música.

Hurleburlebutxz - Hermanos Grimm

 Érase un rey que estaba cazando y se perdió; entonces se le apareció un pequeño hom­brecillo de pelo blanco y le dijo:
          -Señor rey, si me dais a vuestra hija me­nor, os sacaré del bosque.
          El rey, por el miedo que tenía, se lo prometió; el hom­brecillo le llevó por el buen camino, se despidió de él y cuando el rey se iba le gritó aún:
          -¡Dentro de ocho días iré a recoger a mi novia!
          En casa, sin embargo, el rey se puso muy triste por lo que había prometido, pues la hija menor era a la que más quería. Las princesas se lo notaron y quisieron saber qué era lo que le preocupaba. Finalmente tu­vo que admitir que había prometido que le daría a la más joven de ellas a un pequeño hombrecillo de pelo blanco que se le había aparecido en el bosque, y que éste iría a recogerla dentro de ocho días. Pero ellas le dijeron que se animara, que ya engañarían ellas al hom­brecillo.
          Después, cuando llegó el día señalado, vistieron a la hija de un pastor de vacas con sus vestidos, la sentaron en su habitación y le ordenaron:
          -¡Si viene alguien a recogerte, ve con él!
          Ellas, en cambio, se marcharon todas de la casa.
          Apenas se habían ido llegó al palacio un zorro y le dijo a la muchacha:
          -¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
          La muchacha se sentó en la cola del zorro y, así, se la llevó al bosque.
          Pero en cuanto los dos llegaron a un bello y verde lugar donde el sol brillaba bien claro y cálido, dijo el zorro:
          -¡Bájate y quítame los piojos!        
          La muchacha obedeció.
          El zorro colocó la cabeza en su regazo y empezó a despiojarlo.
          Mientras lo estaba haciendo dijo la muchacha:    
          -¡Ayer a estas horas el bosque estaba aún más her­moso!
          -¿Cómo es que viniste al bosque? -le preguntó el zorro.
          -¡Pues porque saqué con mi padre las vacas a pastar!
          -¡O sea, que tú no eres la princesa! ¡Móntate en mi ruda cola! ¡Volvemos al palacio!
          El zorro la devolvió y le dijo al rey:
          -Me has engañado: ésta es la hija de un pastor de vacas. Dentro de ocho días volveré a recoger a la tuya.
          Al octavo día, sin embargo, las princesas vistieron lu­josamente a la hija de un pastor de gansos, la dejaron allí sentada y se marcharon. Entonces llegó de nuevo el zorro y dijo:
          -¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
          En cuanto llegaron al lugar soleado del bosque, dijo de nuevo el zorro:
          -¡Bájate y quítame los piojos!
          Y mientras la muchacha estaba despiojando al zorro suspiró y dijo:
          -¿Dónde estarán ahora mis gansos?                                                                  -¿Qué sabes tú de gansos?
          -Mucho, pues todos los días los sacaba con mi padre al prado.
          -¡O sea, que tú no eres la hija del rey! ¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Volvemos al palacio!        
          El zorro la devolvió y le dijo al rey:
          -Me has vuelto a engañar: ésta es la hija de un pastor de gansos. Dentro de ocho días volveré y como enton­ces no me des a tu hija, te irá muy mal.
          Al rey le entró miedo y cuando volvió el zorro le dio a la princesa.
          -¡Móntate en mi ruda cola, Hurleburlebutz! ¡Vá­monos! ¡Al bosque!
          Entonces ella tuvo que marcharse montada en la cola del zorro, y cuando llegaron al lugar soleado le dijo a ella también:
          -¡Bájate y quítame los piojos!
          Pero cuando el zorro le puso la cabeza en su regazo la princesa se echó a llorar y dijo:
          -¡Yo que soy hija de un rey tengo que quitarle los piojos a un zorro! ¡Si ahora estuviera en mi alcoba, po­dría ver mis flores en el jardín!
          Entonces el zorro vio que tenía a la verdadera novia, se transformó en el pequeño hombrecillo de pelo blan­co, y aquél era ahora su marido y tuvo que vivir con él en una pequeña cabaña, hacerle la comida y coserle, y así se pasó una buena temporada.
          El hombrecillo, sin embargo, hacía cualquier cosa por ella.
          Una vez le dijo el hombrecillo:
          -Me tengo que marchar, pero pronto llegarán vo­lando tres palomas blancas, pasarán volando muy a ras del suelo. Coge la que esté en el medio y cuando la ten­gas córtale enseguida la cabeza, pero ten cuidado de no coger otra que no sea la del medio u ocurrirá una gran desgracia.
          El hombrecillo se marchó. Y no pasó mucho tiem­po hasta que, efectivamente, llegaron volando las tres palomas blancas.
          La princesa puso mucha atención, agarró la del me­dio, cogió un cuchillo y le cortó la cabeza. Pero en cuan­to cayó al suelo apareció ante ella un joven y hermoso príncipe, y dijo:
          -Un hada me encantó y me condenó a perder mi fi­gura humana durante siete años, al cabo de los cuales, convertido en paloma, pasaría volando al lado de mi es­posa entre otras dos palomas, y si ella no me atrapaba o si atrapaba a otra y yo me escapaba estaría todo perdido y ya no habría salvación para mí. Por eso te pedí que pusie­ras mucha atención, pues yo soy el hombrecillo canoso y tú mi esposa.
          La princesa se quedó entonces muy complacida y se fueron juntos a casa del padre, y cuando éste murió he­redaron su reino.

La Llave Dorada - Hermanos Grimm

 Zagal, que era muy pobre, tuvo que salir, tras la gran nevada invernal, en su trineo, a por leña. Y cuando ya la había reunido y la había cargado, como tenía tantísimo frío, en lugar de irse a su casa quiso antes encender un fuego y calentarse un poco. Cavó en la nieve y cuando estaba limpiando el suelo encontró una llave dorada. Enton­ces pensó que donde estaba la llave tenía que estar tam­bién la cerradura correspondiente, y siguió cavando y encontró una cajita de hierro. « ¡Ay, ojalá sirva la llave! », pensó, pues seguro que había cosas maravillosas y muy valiosas dentro. Buscó, pero allí no había ojo de la cerra­dura. Al fin, sin embargo, encontró uno pequeñísimo y probó, y la llave entró perfectamente. Así que le dio una vuelta y ahora tenemos que esperar a que abra del todo y entonces veremos lo que hay dentro.