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La mansión de Keziah Mason - Julien C. Raasveld

Danny Raven sonrió. Había adivinado. Era posible hablar con aquel hombre.

—Bueno, pues...

Se interrumpió al acercarse la camarera con dos vasos de cerveza que colocó sobre la mesa. Era patente que la chica no vivía exclusivamente de las propinas que le daban los parroquianos, dada su extremada minifalda y su recargado maquillaje. 

Cuando la camarera se dio cuenta de que aquellos clientes podían comprar lo que ella quería vender, hizo todo lo posible para que pudieran observar toda la mercancía. 

Pero no habían ido allí a pasar un rato alegre con una chica. Por eso, Danny Raven se limitó a darle un cachete en la bien contorneada zona glútea, mientras le decía:

—Gracias, guapa, pero hoy no.

La camarera se alejó mientras les insinuaba que, aparte de lo que ellos deseaban, podría ofrecerles placeres inimaginables.

Danny Raven creyó conveniente dejarlo para más adelante, cuando hubiese terminado aquel asunto que tenía entre manos. 

Apartó la placentera idea de su mente, sorbió un trago de cerveza y se dirigió a su acompañante, el cual daba la impresión de no encontrarse muy a gusto en aquel sitio. 

Bueno, lo más importante de todo era que estaba dispuesto a hablar, y eso solo era posible en aquel lugar. Solo en los bajos fondos se podía hacer un trato sin temer ser descubierto. O hay que ser muy estúpido. Danny miró fijamente al hombre que tenía frente a él...

Danny Raven sabía perfectamente que aquel hombre estaba enterado, y lo que era aún más importante, estaba dispuesto a hablar.

—¿Quién es ese Keziah Mason? —le preguntó, mientras miraba a su alrededor para comprobar que nadie los escuchaba. Afortunadamente no había nadie, excepto los empleados, medio dormidos tras el mostrador.

Danny sabía cómo comportarse en tales casos. De lo contrario, no hubiera hecho aquel descubrimiento... Escribió unas palabras en un trozo de papel, lo puso sobre la mesa y lo empujó hacia su acompañante. Este leyó aquellas palabras, miró a Danny a través de los cristales de sus gafas y le dijo:

—La Oficina de Registro cierra a las cuatro, señor.

—Oh, sí, es verdad, gracias —respondió Danny, guiñando.

Contempló al individuo mientras bebía un trago de cerveza, y luego le preguntó:

—Bueno, ¿qué es lo que puede contarme?

El hombrecillo le miró con malicia.

—Quizá nada, quizá mucho; todo depende...

Danny puso un billete de mil francos sobre la mesa. El hombre silbó suavemente.

—¿Tanto dinero? Entonces es que usted debe estar muy... Me pregunto cómo puede tener tanto dinero.

—Eso ahora no importa. Tengo mi sistema para conseguir la información que deseo. Vamos, hable.

—Pues bien, lo que le han dicho es cierto. Ese brujo de Keziah Mason llegó a Arkham en 1692. La casa en la que vivió aún existe.

—¿Dónde está?

—En la calle de los Dos Embajadores, número 7.

—¿La calle de los Dos Embajadores? Nunca he oído hablar de ella —respondió Danny.

—Por supuesto. El Ayuntamiento se encargó de que desapareciera de todos los planos, y finalmente la clausuró, después de que una serie de espantosos asesinatos fuesen descubiertos en 1693 en los muelles. Pero aquellas medidas no sirvieron para nada.

—Entonces, ¿dónde está esa calle? —preguntó Danny.

—¿Conoce usted el Canal Fibre? —le dijo el hombrecillo—. Supongo que sí. También conocerá la calle Whitethroat. Bueno, pues entre ambas calles existe un gigantesco almacén que está abandonado desde hace cientos de años, y otro más en la otra punta. Ambos almacenes constituyen el principio y el fin de la calle de los Dos Embajadores. Fueron construidos allí, y fueron cerrados a finales de 1693.

—¿Cómo conseguiré penetrar en ellos? —le preguntó Danny.

—El almacén del Canal Fibre tiene una puerta. Aquí tiene usted la llave.

—¿Existe el peligro de que alguien de la Oficina de Registro se dé cuenta de la desaparición?

—Así es, o mejor dicho, había solo una persona que conocía la existencia de la calle de los Dos Embajadores, y es un secreto. Es por ello por lo que aún sigo preguntándome cómo es posible...

—Ya se lo dije antes: tengo mi método para conseguir las informaciones que deseo.

Danny Raven se levantó bruscamente. Le dio otros mil francos al hombrecillo.

—Supongo que con esto habrá suficiente para que tenga la boca cerrada, ¿no es así?

El hombrecillo sonreía maliciosamente mientras Danny abandonaba la taberna.

Solo una cosa no había dicho a Danny Raven: los asesinatos no cesaron, pese a la clausura de la calle de los Dos Embajadores. Y aún se cometían: el brujo Keziah Mason había desaparecido y nunca volvió a ser encontrado...

Danny Raven era inteligente; nadie lo dudaba; sus brillantes estudios eran una prueba de ello. Quizá era demasiado inteligente, y por eso no quiso adaptarse a una existencia para la que había sido destinado. Dio muestras de rebeldía desde su más temprana edad; siempre se había negado a conjugar el verbo «tener».

Danny no deseaba ser un empleado como sus demás compañeros de escuela. Eligió la senda del crimen; pero siempre los realizaba de una forma ingeniosa. 

Dado que no tenía mucho dinero, comprendió que no podía dedicarse a los grandes negocios. Solo se pueden hacer las «cosas grandes» cuando se tiene cierto grado de respetabilidad (es decir, dinero), pues de otra forma se llama la atención de los poderosos y de los cazadores, de los que nadie puede escapar. 

No, los negocios pequeños eran la especialidad de Danny. Cosas de las que la policía se limita a hacer un informe, para luego archivarlo en la sección «Crímenes no descubiertos», para luego olvidarlos.

Danny siempre trabajaba solo. Nadie sabía nada de él, y, por lo tanto, a nadie preocupaban sus problemas.

Hasta que un día se le presentó la oportunidad al encontrar un viejo pergamino, que abría una nueva perspectiva en su vida. Si consiguió descubrir los secretos del malvado brujo Keziah Mason, ¿qué cosa, por difícil que fuera, se le resistiría de ahora en adelante? Danny se hallaba dominado por una espantosa fiebre, solo de pensar en las grandes posibilidades que se le presentaban. Era su ruina o...

Se dirigió directamente al almacén del Canal Fibre, no sin antes cerciorarse preguntando a unos empleados si había otro almacén idéntico en la calle Whitethroat. 

Entonces comprendió que aquel hombrecillo no le había mentido. Al comprobar esto, se tranquilizó y comenzó a pensar en la perspectiva tan hermosa que se le presentaba por vez primera en su existencia. 

Al acercarse a la pequeña puerta, su corazón empezó a latir rápidamente, como queriendo escapar por su garganta. También comprobó la veracidad de otra información que le había dado el hombrecillo; todas las demás ventanas y portales estaban tapiados con ladrillos.

La llave penetró en la cerradura, pero aquella puerta hacía muchos años que no se utilizaba para abrirla y tuvo que emplear toda su astucia. 

Cuando ya se disponía a abandonar la empresa por miedo a romper la llave forzando la cerradura, esta cedió produciendo un suave clic. Con mucho cuidado, Danny abrió la puerta, pero procurando que no se repitiera el anterior clic. 

Era muy difícil que hubiera alguien en aquel lugar de la ciudad, y mucho menos a aquella hora tan intempestiva, pero era imposible asegurarlo. Danny era un hombre muy prudente.

Solo después de haber cerrado cuidadosamente la puerta tras de él, se decidió a encender su lámpara de bolsillo. El almacén era muy grande, estaba vacío y en él reinaba un silencio de muerte. Había telarañas por todas partes. 

Danny se estremeció. No se explicaba el motivo por el cual presentía que no todo marchaba bien. Entonces lo comprendió: no había ratas. Generalmente, en los viejos edificios, estos sucios animaluchos abundaban por centenares, pero aquí no había el menor ruido, el menor susurro, ni siquiera un ratón.

Se echó a reír para infundirse valor. «Debo congratularme por no verme molestado por esos irritantes y peligrosos roedores», se dijo. Se puso a andar por el almacén, hasta llegar a la puerta posterior, que empujó suavemente. Aunque estaba seguro de lo que iba a encontrar, no pudo contener un grito estridente de sorpresa.

Delante de él, encerrada entre altas paredes y terminando en la parte posterior del otro almacén, había una calle bañada por los rayos plateados de la luna. Las casas a ambos lados de la misma estaban en ruinas, y la hierba crecía ya entre los resquicios de las piedras.

Y, a pesar de todo, había una extraña atmósfera de vida, una impresión semejante a la de observar a un hombre muerto dentro de un ataúd.

Tuvo que hacer un esfuerzo para penetrar en aquella calle.

Su linterna iba iluminando los números de las casas. Finalmente llegó a la número siete. A diferencia de las demás casas, esta se conservaba intacta. Empujó la puerta, pero esta estaba cerrada. Pero este no era un gran obstáculo para Danny. 

Hizo unos cuantos forcejeos con su ganzúa e inmediatamente la puerta quedó abierta. En el suelo no había nada. Penetró más adentro. Un ruido extraño estuvo a punto de ponerle en fuga. Entonces reconoció ese ruido de patas arañando la madera de la escalera. Supuso que allí sí que había ratas. 

Se secó el sudor del rostro. Siguió avanzando, cerciorándose de que a aquella hora no conseguiría nada, debiendo regresar al día siguiente y seguir investigando a la luz del día. 

Con mucho cuidado comenzó a subir por las vetustas escaleras, temiendo caerse en cualquier momento al pisar algún peldaño carcomido por el paso de los años. 

Pero, por lo visto, la escalera se mantenía en perfecto estado, como el resto de la casa. En el piso superior solo había una habitación. La abrió y entró en ella.

De nuevo, un extraño ruido le hizo sobresaltarse. Dirigió su lámpara de bolsillo a todos los lados de la habitación, deteniéndose finalmente en un rincón de la misma.

Horrorizado, permaneció clavado en el suelo, contemplando aquella cosa que le miraba fijamente. Entonces unas palabras acudieron a su memoria: «...El carcelero se ha vuelto loco y murmura algo sobre una cosa que sale corriendo de la celda de Keziah».

Dando un alarido de terror, Danny se volvió y echó a correr hacia la puerta, pero allí había una vieja mujer jorobada que le contuvo con un gesto de la mano, mientras pronunciaba extrañas palabras en un idioma que Danny desconocía.

Danny sintió como si desapareciera en medio de una turbulenta niebla, en la que solo veía los negros ojos fijos de la mujer clavados en él, cada vez haciéndose más grandes, más grandes, más grandes...

Se vio sumergido en una suave e infinita oscuridad.

No, no era infinita, ya que vio una luz roja. Danny Raven se despertó y contempló las llamas del horno. Quiso incorporarse, pero sus tobillos y sus muñecas estaban atados a una mesa. 

Dominado por el horror, recordó lo que había sucedido. La puerta se abrió. La vieja mujer entró, con aquella cosa increíble en sus hombros. Puso a su lado una copa, dibujada con extraños diseños. 

La cosa murmuró unos sonidos irreconocibles con voz aguda y estridente, mirándolo fijamente. El sudor bañaba todo el cuerpo de Danny.

—De modo que ya está despierto, ¿no es así? Magnífico. Entonces la ceremonia ya puede comenzar.

—¿Quién es usted?

—Mi verdadero nombre no significaría nada para usted. Pero uno acostumbra a llamarme Keziah Mason. Y ese es Brown Jenkin —dijo mientras indicaba hacia la «cosa».

—Pero... pero... esto es imposible; en 1693 usted ya era una anciana. Usted no puede tener ahora trescientos años de edad.

La extraña mujer sonrió con satisfacción.

—¿Es que acaso piensa, idiota, que nos perseguían y quemaban en la hoguera simplemente porque éramos seres humanos corrientes? Estúpido. Bah, ustedes los terráqueos cada día se vuelven más cretinos. En aquellos primitivos días de la Edad Oscura, ya todos adivinaban por instinto que pertenecíamos a otra raza, que éramos los Otros Seres y, por lo tanto, peligrosos para ellos.

—Pero entonces, ¿quién es usted? —preguntó Danny.

La vieja se encogió de hombros.

—Soy Otro Ser. El mundo en el que vivimos no existe para ustedes, y nunca lo encontrarán. Incluso uno de nuestros compañeros divulgó un gran número de nuestros secretos, pero nadie le creyó.

—¿Quién? ¿Quién?

—Eso no tiene ninguna importancia. Nos agrada vuestro mundo, pero cada vez que uno de nosotros pretende alcanzarlo, la Ofrenda debe ser hecha. ¿Está preparado, Brown Jenkin?

La «cosa» saltó sobre su cuerpo con un cuchillo en sus terribles garras. Keziah Mason se puso a cantar con una voz estridente, y Danny alcanzó a sentir un profundo dolor cuando el cuchillo penetró en la carne de su vientre. 

Pero antes de que el brujo sacara los intestinos fuera de su cuerpo, reconoció una palabra: NYARLATHOTEP... y vio un inmenso y oscuro boquete en el techo, en el que extrañas y horribles sombras se movían guiadas por un monstruo vestido de negro y con la cabeza llena de tentáculos, mientras la canción de Keziah Mason era repetida por un coro de voces no humanas...